
Tú tienes en ese encuentro de palabras, añoranzas de las que yo no me acuerdo, propias de la vida que vivimos, eres para mí ese país antiguo de los recuerdos que todos tenemos, las voces que nos acompañaron como sentencias cumplidas. Cada día que me las cuentas ando almacenándolas. A pesar de la edad no hablamos de enfermedades, nos miramos y llegamos el otro día ambos a la conclusión que era cierta, aquella frase de nuestro padre: "la salud se ve". Cuando le preguntaban si era médico, siempre contestaba, "lo menos que puedo." Ni comentamos la sexualidad que aún nos queda, enhiesta, culmen de nuestro vicio.
Hablamos de lo que han escrito los demás, de esos autores que ya no leo y que fueron haciendo tantos años, biblioteca en mi biblioteca. El otro día Hemingway el hombre hecho pedazos pero ajeno a la derrota, o el propio Borges cuando sentenció: "Mi padre escribió, pero tuvo la decencia de no publicar jamás." Tú aún lo has hecho con esos micro relatos precisos para tu expresión de cada momento. En cambio, yo ya lo ves, me refugio en este mundo de escribir deprisa, que a alguien le guste una metáfora y luego ya no queda más, sino la insistencia, ese "tropo que consiste en usar las palabras con sentido distinto del que tiene propiamente, pero que guarda con éste una relación descubierta por la imaginación" (María Moliner)
Si me quita la imaginación y el sentimiento al decirlas, al decírselas a alguien, no me queda casi nada. Me he de esconder medio abrazado para que cuando se terminen la ilusiones y se conviertan en recuerdos bien recientes, un horror, espanto, esa senectud de la memoria, que al final no valdrá nada lo que vengo escribiendo más de quince años en este sugestivo escritorio público. No tienen apoyatura verdadera porque si una vez creo haberla encontrado, me quedo de repente sin ella. Te acuerdas, "el andamiaje de los sentimientos" que me leíste y te gustaba.
Prefiero, qué duda ya me cabe, habernos reencontrado entre las palabras. Ya se me va terminando esta forma de escribir, ir a decirlo y no decirlo del todo que casi no se entiende, como si lo tuviera todo aún sin decidir porque son muchas más las cosas que no se dicen que las que se dicen. Y no pasa nada, le queda a uno la desesperación del ángulo de que hablaba Pascal Quinard. Soporto nada menos que las heridas que ya no se desangran por el hueco del recuerdo. Nos las vamos curando entre palabras, con una desnudez sumisa frente a ellas que oculta un fondo de congoja y de derrota imposible de explicar.
Es lo de menos: las derrotas son las únicas victorias que valen la pena. No sé si te lo dije