En la calle, en la red, en el papel. No sé cómo lo haré,
pero ando metido en este proyecto para que me quede aún tiempo para gestos de
amor perdidos, caricias no dadas, comprensiones que llegaron tarde. Se trata de
una terquedad mía, de esas que se alimentan por sí mismas y son a la vez la
mejor nutrición. Si lo miras bien, cien años es poco tiempo.
Vamos a ver cómo lo hago porque yo traigo también, como dice
una amiga poeta, “la obligación de ser fuerte y generoso”. Pero no me vino de
golpe, la fortaleza la fui aprendiendo a medida me iba negando recursos la vida;
la fortaleza me la he ido fabricando. Han influido a veces motivos que parecen
intrascendentes, cosas que nunca estropean a nadie: de joven, la cantidad de
sueños, de viejo, la memoria, la insistente memoria de haber podido hacer cuatro
cosas al menos, mejor hechas. Me ha servido muchas veces para sentirme fuerte
esa razón tan sencilla que tiene la vida, pasarlo putas sin decírselo a nadie,
volver la cara contra la almohada y esperar a la siguiente. Porque sí, siempre
hay –sobre todo a partir de un determinado momento- la siguiente.Nadie se conoce del todo a sí mismo hasta que ha sufrido, entonces estás seguro de cómo eres y practicas una maestría que no te han regalado. Porque no te regalan tu historia, tienes que contarla y yo encontré en la red, a solas con ella, motivos para poder hacerlo. Me he dedicado muchas veces a escribir sin saber el porqué de los pliegues de mi historia, los sitios donde sabía que algo me dolía.
Pero desde ese punto, como si ya hubiera cumplido otros cien años y fuera imposible hacer valer a mis piernas, dar un pasomás a ellas solas, desde ese momento, os cuento, he decidido emprender la tarea de cumplirlos. Me lo dijo hace poco un amiga para que resistiera otros cien inviernos, Y aquí estoy, voy a hacerlo en esos tres espacios: en la calle, los pocos ratos que estoy con ella; en la red donde siempre tendré gente leyéndome, y en el papel, el que han escrito los demás para que yo luego de leerlo, sea únicamente la herencia, la enseñanza que os dejo, a quienes queráis saber de mi propio papel.
No tengo otra manera de poder hacerlo: copular cada mañana
con la vida, ver por donde me duele mientras me hago yo mismo el mejor café que
se puede hacer en el mundo; tomo una pequeña tostada de pan con aceite y con sabor de queso
(ya contaré un día lo que es la empresa de irme a comprar quesos); un pan os
decía, que busco adrede en un horno francés. Leo un par de horas, teniendo a
Mozart cerca, escuchándolo apenas para no despertar a quienes duermen, a
quienes todavía no se han enfrentado a la vida, Me siento delante de un ordenador
de mi sala de máquinas: puede ser uno de los dos pc, un Mac o un iPad con quien
mantengo una emocionante historia de amor de descubrimientos a base de “App’s”.
En mi buzón de correo siempre hay alquilen con quien poder hablar como si
hubieras hecho el amor varias veces, con la misma naturalidad.
Luego me espera la calle. Allí siento más aguda la necesidad
de tener fortaleza porque me pregunto a cada paso cómo voy a dar el siguiente.
(Últimamente he descubierto la mejor manera de hacerlo: igual que hace veinte años
cuando cada noche corría 6 u 8 kilómetros junto al cauce del nuevo rio) Es una
forma de engañarme, de decirle al dolor de cada uno de los pasos que doy,
mereces la pena, mereces cada día más la pena.
Me gusta entrar en las tiendas a comprar lo que haga falta,
y si no es preciso es mucho mayor su encanto; hablar con la gente que hay en
ellas, que se fijen en mí, que se den cuenta de lo que me duelen mis caderas,
mis caderas perpetuas, porque yo no me doy cuenta, a mí ya no me duelen. Que
sepan que tienen delante a un hombre importante aunque al final como otro día
decía voy a dejar pocas cosas: los libros que he leído y la manera de hacer
amigos con ellos.
No le tengo miedo a nada, porque necesito vivir cien años
más nuevamente; sólo necesito el equilibrio del cariño, la manera de mirarme
como si fuera hace más de veinte años que estoy viviendo en la red, en la
calle, en el papel, con mi manera de ser.Aquí estoy, antiguo por los años, joven porque soy pertinaz, porque me empeño. Necesito en estos otros cien años dejar una señal entre la gente, un deseo de mí, grande, acogedor como es mi hogar, un rincón cómodo para todos los que me quieren.






