viernes, 14 de diciembre de 2012

MI LUJO Y MI INDECENCIA



 
Necesito sellar como una especie de pacto donde cuente a la vez mi lujo y mi indecencia hasta poder convencer a quién me lea y dejarme convencer a mí mismo con una especie de encanto en que me quede a medias bañado a la vez de ternura y de temores. Todo no vale lo mismo, ni lo que tienes, ni lo siguiente que puedes ofrecer. Dejando ya casi de tomar café para entender de verdad las posibilidades que me quedan. Aunque del todo me resulta imposible.
Pacto, pues, a medias. De una parte el aroma inconfundible del lenguaje gastado, tan usado que sabe un poco demasiado a metáfora y herramienta, a la palabra cuando ha sido dicha reiteradamente, a tiempo malgastado o quizá lo contrario, al goce incontenible de la oportunidad aprovechada. Suena a intervalo, a una manera para convocar de nuevo la imaginación que anda suelta por los libros, empachado de ellos en una especie de borrachera, de gozosa poesía que puede encontrar para su entrepierna, por ejemplo, cualquier mujer.

Yo mientras, es como si convocara la fuerza que no tengo con el placer y la resistencia: un lujo, una pretensión muy indecente. A base de acercarme completamente a las palabras para encontrar antes las que dijeron los demás, que de esas sé un "puñao". Acorralarlas con mis entendederas, en la cima más íntima de mis sentimientos como una especie de valentía que quizá no tuve a tiempo con la vida. Pero aún conservo mis encantos en la punta de la lengua y con ellos sellaré cualquier pacto.
Habrá que empezar por orden y definir dónde tuve mi lujo y cómo lo mantengo. Me van quedando pocas oportunidades, de ahí que siempre vaya buscándolas por los mismos sitios. Hay una especie de compañía por la vida, sorpresiva e indecente. Te la puede dar cualquiera, todo depende del encanto y la insistencia que pongas en buscarla. Hay que arrojarle buenas dosis de naturalidad, como si no lo hubieras hecho nunca ni tampoco atrevido a buscar el cariño insistente, de nuevo. Es un lujo, seguro, que te viene sin poner ni siquiera antes en entrenamiento un conjunto de habilidades, el intervalo, la seguridad que es preciso demostrar por lo que llevas callado tanto tiempo. Siempre tuve avidez de ello y cierta habilidad que en boca de Pepa Úbeda en sus cuentos para guisos y vinos eróticos, afirma que “bien conducida, precipita. Incluso vestidos”.

No es necesario, me he conformado muchas veces con una fantasía que no era fácil inventársela, ni tan siquiera a medias con alguien. Me hace aguas la voluntad, me falta intensidad y siento vergüenza, pero no deja de atraerme porque se trata de un lujo a medias con la indecencia. Es verdad, creer que amar hace milagros de convivencia y dejarlo entrever con cuatro palabras ajenas, es algo digno de tener en cuenta.

Por lo tanto, el aviso está dado. Cuando tenga un lamento le buscaré la elegancia de no poder evitar el contarlo; si es la filigrana desvestida, seguiré lentamente el escueto y lento proceso de la desnudez. Cuando venga el sosiego luego, cancha abierta aunque contándolo me llene de lugares comunes como si tuviera delante a adversarios.

Pero pienso derrotarlos. Existen todavía caminos indescriptibles que han sido siempre propios y lo siguen siendo. Trazaré entre ellos mis mejores silencios y las maneras más ricas de expresiones que sepa, que me vengan a la boca, sueltas. Escribiré metido de lleno con la debida ceremonia que siempre tengo, atrevida, con la máxima audacia que tiene la caricia de una mano abierta. Eso es lujo, eso es indecencia, eso es insistencia, la propia como la de una falda breve que haga de incitación y de metáfora.

No hace falta que se moleste nadie en contestarme, es necesario tener mucha riqueza en medio de la soledad que siente uno a veces. Como si fuera otra manera de vivir que nunca he explicado suficientemente. No tiene parte de atrás, la llevamos delante quienes la hemos sentido muchas veces aunque estés con quien te la reste. Suele ser a medias, bastante similar. Hay que saber hacerlo y tener suerte, más de la que parece para llegar a acuerdos con tu propia vida y que no se noten.

Todo esto, todo este lujo y toda esta indecencia en la hora de los últimos cuartetos, de la imposible simplificación de Paniker, cuando andamos buscando siempre signos que nos unan a algo o a alguien. ¿Por  qué siento como siento?, Debe ser porque soy lujoso e indecente.

 

miércoles, 28 de noviembre de 2012

NO ES AMOR LO QUE SE PIDE


Sino las pequeñas cosas. Sin descanso. Sin programar que nada especial ocurra, tan sólo la emoción detrás de un punto y coma, receptivo a todo y a todos, paciente, interesado, emocionado. Y además constituye la mejor manera de cultivar los hábitos, de enamorarme de ellos como si alguien fuera capaz de asegurar que cualquier acto de amar constituye una confesión según dijo Camus. Con color a libro viejo, pero también en esas largas tardes de sosiego, un simple carraspeo, una puerta que se cierra sin hacer ruido, la proximidad de alguien que estás deseando, bastándote su compañía. A veces viene a ser como un libro cerca sin acabar de leer, el clic de la cerradura de esa otra puerta que produce quien vuelve al final de cada tarde a casa.
Sin preludios, pero cada gesto excedido si es posible de ternura. Puede parecer un cuento de Páginas de Espuma que acabo de leer, o cualquier razonamiento, de senos recién ascendidos, de palabras que tenía cada vez más escondidas. Siempre constituyen mi ropaje más brillante, los pensamientos siguientes como un vestido ceñido de mujer en “zonas estratégicas”. Esa es ahora ya la única manera que tengo de equivocarme menos, de pedir menos, de ir ignorando adrede casi todos los compromisos que no sean literarios.

Ya vivo ponderando cada vez más la importancia de los modales, las maneras naturales de dar las gracias a alguien que no conoces con tu cara amable aunque te noten viejo; de desearle buenos días a la gente a medida que te la vas encontrando, casi en ocasiones te da pena que ya sea por la tarde y no sepas realmente si ha pasado bien el día; o ese roce insignificante en una tienda a quien simplemente le estás preguntando cuánto vale aquello que tenemos en la mano. Modales de cortesía que son casi insinuaciones, algo de coquetería. Una especie de intimidad espontánea, atrevida, como si estuvieras notando una cintura de mujer entre tus manos y con eso tuvieras bastante.

Es mi acceso privilegiado a donde no suele llegar la gente o porque no sabe o porque no se atreve. Es eso, las pequeñas cosas que recibo y que puedo devolverlas; notar la delicadeza de toda existencia humana, la belleza insoportable de la vida sin leerla pero de la mejor manera para vivirla. De esa vida en sí misma y de todos los que transitan por ella. Los noto, me miran y me preguntan cómo formar de esta manera la próxima metáfora para escribirla luego.
Entre las cosas que me quedan está pues una amabilidad receptiva y paciente que desarrolla hábitos, interés, esfuerzo, la fluida belleza de cada gesto para compensar así la soledad que siempre tiene nuestro cuerpo. Ahí nunca valen remedios ajenos, ni una espalda unida a un pecho, ni el ruido ajeno. Cuenta esa eficacia propia que cuando la ponemos en marcha nuestra propia capacidad se alegra.

Me queda también actuar bien porque eso descubre los valores que no pasan, que tienes. Te acomoda a la vida y tú te ajustas mejor a ella. Me queda en el aire final de la vida pensar que al menos es el del medio, y así me sobrará tiempo plácido y lento para gozar como un lujo la derrota y el júbilo. Me queda intentar seguir queriéndome lo mismo que quiero a tanta gente.

Pero admitirme los descansos porque cada uno descansa como puede y busca el éxtasis de las palabras que más quiere donde puede y cuando puede. Me voy quedando como he dicho con las pequeñas cosas que me parece. Pongo cada vez el mantel de mis deseos sobre los que la vida me está siendo servida como quiero. Hasta me dejaría arrastrar en el fango de las palabras, todas te llevan a lo bueno, cada uno las empleamos de una manera luego, hasta en el fondo de la tristeza hay siempre una palabra que no te dijeron y que aún estás esperando escuchar.

A lo mejor sí que es amor todas las pequeñas cosas que tanto quiero. Y entre ellas esa tan hermosa y solitaria a la que dedico muchas horas de mi vida: cerrar un libro para abrir otro a continuación.

lunes, 5 de noviembre de 2012

AVANZO CON LO MISMO DE SIEMPRE


 
 
Que ya es mérito, una garantía de supervivencia, mejor o peor, pero una especie de guardia permanente. El limpio silencio de la ropa que se va haciendo vieja con su sombra en el suelo y el hábito de ponerse cada día la misma para no tener que pensar demasiado. La estrechez que tienen las palabras cuando las has usado demasiadas veces, el apoyo de quienes te escuchan más poderoso eco que la simple lectura.
Avanzo, y ando dándome cuenta que es mucha historia con escasos puntales para sostenerla y el empeño de enriquecerla. Es sencillo el recorrido, ese café imprescindible que voy mezclando a días entre una cápsula hermética y limpia y el aroma y el ruido que avisa que ya lo tienes, del de siempre. No es que uno sea mejor café que el otro, son diferentes y como todo lo diverso, necesarios

Los mecanismos de estudio que me quedan son, por ejemplo, la selección de la Cámara Alfa o el Mini Bridge de Photoshop;  mi primera Web de acérate a los libros de Dreeamweaver; o las novedades de Mountain Lion de Mac; y saber en esa doble maravilla encadenada de “Finales y Temas de Ajedrez” del argentino Copié dónde está el impulso ganador de ese Alfil en e5 cuando ya ni me acuerdo que en el mate Legal hay que sacrificar la Dama. Esos mis estudios son como una especie de compañía a la desnudez del libro abierto en las manos o sobre las rodillas, casi a veces en el ángulo quieto desde donde leo. He aprendido tan poco y me queda escaso tiempo para descubrir saberes que no sabía detrás del verbo transparente que tiene cualquier tipo de enseñanza. Viene a ser como un intento de acercarse a una compañía diaria y permanente. Aprender algo tiene caracteres de cariño, límites de entendimiento y cultivos del esfuerzo. Es mi rotunda negación a quedarme quieto ya que mis piernas me lo vienen pidiendo insistentemente.

En la elección diaria, en la manera de distribuir el tiempo, en el coraje que aún me queda cuando algo aprendo, en la envidia de poder saberlo hay detrás siempre una planificación previa. Por eso es bonito cada noche, estar dispuesto a regalarle al día que te venga nuevo, eso, un aprendizaje nuevo. Casi a punto de acostarme pongo en orden mi trabajo voluntario y costoso que luego –estoy antes siempre seguro de ello- se quedará incompleto. Da lo mismo, es hermoso pensar que mañana  voy a llegar más lejos antes de un final sin sentido.
Me apoyo sólo en eso, las sujeciones de mi vida las aportan mis esfuerzos casi como una manera de engañarme desde lejos y una compañía permanente, tantas veces enriqueciendo nuestros silencios. Estar con alguien casi totalmente quieto –lo he probado- sin tocarlo, apenas notando el aroma que tenemos todas las personas pero sabiendo que detrás hay un mundo de certezas, de maneras de entenderse, casi como si fuera nuestra silueta.

No hay otra, lo mismo de siempre cada día, cada una de las veces como si fuera el final de una correspondencia o de un silencio. Alrededor también las mismas cosas que me bastan o que me sobran muchas veces, las que durarán más que nosotros. Qué bien que permanezcan los libros donde están o en cualquier sitio; que los lean otros o que sean solamente una convivencia enriquecida creando  nuevos cauces de cultura y compañía.
Lo mismo de siempre porque me importa convivir y aprender con quien lo vengo haciendo y como lo vengo haciendo. Nada especial porque lo importante nunca se cuenta. De esa forma la vida que aún tienes es como una especie de madera envejecida por las conversaciones y los años. No, no se madura, se envejece y no he encontrado otra fórmula para negarle poderío y realidad al cuerpo que saber al final del día, una cosa más de la que sabía. Estoy en ese tiempo en que se analiza el tiempo, el revés de la vida.

Pero me sirve para poder cada día entretenerme, a mi manera, para oponerme a  la prisa con ternura; a que el sudor no me moleste porque puede tener forma de recuerdo; a poder demostrarme algo a mí mismo todavía ya que no tengo que demostrar nada los demás. Es mi propio desafío de la riqueza de las cosas de siempre que traen de nuevo sorpresa y creación.

En la hora de los últimos cuartetos, siempre quiero que no se me termine el libro que estoy leyendo, que permanezcan vivos  mis mejores signos aunque a veces supongan una simplificación. Detrás está lo mejor, lo que me queda como les pasa a los poetas que tienen el poder necesario del silencio en una intimidad adulta, la que tengo todavía como si estuviera ahora escribiendo en la mesa de algún bar con poca iluminación.

Pero de lejos el ruido de los besos  que le doy cada día a la vida.

 

miércoles, 17 de octubre de 2012

LO QUE CUENTA DE VERDAD


En la vida de uno hay algunas fechas que te hacen detenerte y sin necesidad de hacer cuentas especialmente detalladas aceptas sin ningún género de dudas dónde está lo más verdadero y de más valor que has hecho hasta ese momento. Normalmente lo sueles rodear de alguna fiesta especial, las cámaras de fotografía se disparan sin que tú te des cuenta, pero eso luego resulta ser lo de menos, el suceso se termina, la inmortalidad de las imágenes que dieron testimonio, son sólo eso, imágenes, pero por dentro, dirigiendo la mirada y algunas palabras que se te escapan del fondo del alma a la persona con quién has venido viviendo una vida entera, -la cifra redonda de cincuenta años- te sientes infinitamente mejor de lo que pensabas que eras. Echas cuentas internas y sabes verdaderamente lo que cuenta.


No te engaña nadie, tú no eres capaz de hacerlo ni quieres, la vida no te miente, la vida lo confirma: he sabido elegir casi siempre, dando los pasos esenciales,  lo que estaba bien. No hace falta que te lo diga nadie, tú mismo, porque somos tan capaces de hacer tanto el bien como el mal, y la mayoría de las veces hemos elegido el bien. Te acuerdas de muchas cosas porque ya es mucho tiempo junto con alguien, nada desaparece, todo queda y a la hora de decirlo, no me tembló la voz, ni dejó de ser verdadera. Mi mayor deseo, mi más poderosa ilusión, es muy simple: estar con esa misma mujer con la que he construido una vida entera. Y cuando la tengo en algún momento lejos, cuando desde fuera, oigo el tic de la puerta al regresar a casa, me siento infinitamente mejor.

Me valen de verdad los libros que he leído, la mirada quieta que le he mantenido tantas veces, la casa grande y vieja donde crecieron nuestros hijos, la manera que tuvimos de educarlos y formarlos, así en este momento son humana y profesionalmente personas de alto nivel. Me vale la amargura, contra natura, de haber perdido a una hija con sólo 38 años, con una licenciatura en la Universidad completa y brillante, pero por la que tan sólo pudimos hacer una cosa: vivir con ella. No sé si se marchó antes de tiempo o en su momento, vivimos muchas amarguras juntos cuando la salud falla por el peor sitio que puede fallar. Me tocó especialmente a mí la tragedia de decirle a quién la trajo al mundo, ya no está, ya se ha marchado.

Lo dije, la otra noche, porque no era momento de callarme nada, sino de ser más hombre que lo he sido nunca, de estar honestamente con ese grupo de gente que se titula siempre como familiares y amigos. Supe, creo, saber dar las gracias a quienes más me han ayudado cuando en muchos momentos he sufrido quebrantos, quizás antes de tiempo.

No me he arrepiento de nada de lo que tantas veces he escrito, al final siempre tengo las respuestas de las personas sinceras que de verdad me han querido. Y no hace falta, por supuesto que sean públicas. Me llegó el dolor quizá demasiado pronto y también la necesidad de saber luchar, no me bastaba estar, sino contar con esa especie de resistencia que explicaba hace poco en qué consistía.

No sé lo que habré significado para los demás, pero tengo conciencia de no haberlo hecho del todo mal: he querido a quienes me han querido; no he dado en razón y medida por lo que iba a recibir a cambio, sino por la hermosa satisfacción que supone dar. Soy hombre de lectura lenta y a pesar de eso siempre ha sido abundante. Me entiendo bastante bien con el dolor, es una tremenda limitación, no me ha dejado seguir haciendo lo que era mi vida y mi profesión. Pero al dolor hay que saber aguantarlo y no reñir con él porque lleva razón, porque es más poderoso, tiene su importancia y su rigor, no debemos negárselo.

Todo junto, todo junto lo que he hecho, lo que he vivido entre las paredes de una casa y el amplio espacio de ella, tapizada de libros, me ha valido la pena, nos ha valido la pena a una mujer y a mí durante más de cincuenta años ya. Por eso para invitar a quienes esa noche queríamos tener cerca, mandamos tres imágenes, advirtiendo que entre ellas habían transcurrido esos cincuenta años. Desde un viejo negativo, abrazados como se abraza siempre al principio, luego había una señal de un enlace al que dimos el prestigio de ser para toda una vida. Y al final una imagen sin saber apenas que alguien estaba fotografiándonos, cruzando las miradas, uniendo así las vidas que hemos enlazado.

No podía callarlo, porque también es importante lo que piensan los demás: …uno mismo no es nada, uno mismo es algo que no merece la pena. Son los otros los que nos dan la medida de lo que somos"… (Soledad Puértolas)

miércoles, 12 de septiembre de 2012

¿EN QUÉ CONSISTE LA FORTALEZA?





Se lo leí hace poco a Jaime Cabré, uno de los mejores novelistas actuales: "Las cosas han sido como han sido y, si algo he aprendido en la vida, es que los hechos no pueden cambiarse por deseos: hay que tomarlos como vienen. En eso consiste la fortaleza." Los hechos nos van viniendo, y detrás de una línea roja que marca una determinada edad para cada uno, suelen ser duros, difíciles de asimilar, de admitirlos como son y encontrar la forma de resistir. Nuestras capacidades propias las hemos de ir fabricando para entonces, echar luego mano de ellas, eso nos hará fuertes, disminuyen las heridas que los malos momentos nos pueden causar.

Es la única manera de no quedarse con lo que nos trae la vida y no nos gusta, es nuestro prestigio, nuestra valía, Van pasando los años y dentro de nuestra persona se acumulan demasiadas cosas que hacen daño al final. Uno se va defendiendo con cualquier gesto de cariño que verlo compartido con alguien, produce hasta celos por no haberlo practicado antes.

Yo voy alimentando mi fortaleza de una manera muy simple, lo he dicho muchas veces: sintiéndome contento de tener un día más, de poder aprovechar 24 horas nuevas a mi antojo sin la obligación de rendir cuentas a nadie que yo no quiera. Me basta la mañana, la soledad de mis mañanas donde me acompaña esa alegría de nuevo nacimiento de que hablaba antes, un taza de café, y el interés por el libro que leía antes de terminar el último día de la misma manera, leyendo.

Rebusco entre las  cosas que tengo pendientes y me quedo con alguna que siempre me favorece; aporto el convencimiento que las peores sabré solucionarlas aunque sea echando mano de la necesaria fortaleza. ¿Tú qué eres? ¿Tú qué haces? Pues a estas alturas ya, ser fuerte y por si alguien lo dudaba lo dejo aquí escrito, en este montón de folios en blanco que aún me quedan, los lea quien los lea, tengan o no respuesta porque hace tiempo que escribo así, íntimamente de cosas propias.

Siempre ha tenido ese cariz mi blog, tuvo un nacimiento que ya tiene una renuncia, por lo que ahora es total y exclusivamente mío. Bueno, siempre lo fue. En cada línea no consideré cosas ni comportamientos ajenos, tuve la falta de vergüenza de hablar sólo de los propios. Cuando vuelva de nuevo a escribir una línea necesaria y ya casi con carácter urgente, será como dice el poeta porque se acaban los sueños, aprietan más las realidades, envejecen las rutinas como una señal de forma de hacerme viejo.

No opongo resistencia a ello porque ni debo ni puedo.  Me quedan los besos que se dan al retirarse, o esperar que alguien sepa pedírmelos, sin valor, ni precio ni exigencia, porque sí, porque a veces puede producir admiración esa fortaleza que tenemos los débiles. 

La que definí con palabras de Cabré, los hechos no siempre van a coincidir con los deseos, porque de estos tengo demasiados por cumplir y ya no tengo tiempo.
Llevo ya hace tiempo luchando hasta con las ignorancias y contradicciones de la ciencia médica.

Es importante poderle decir a tu médico, te equivocas, te lo digo desde un sitio donde no puedes estar tú, esa silla del paciente que me ha llevado a conocerme porque he sufrido y el sufrimiento es propio, no se lo puedes contar bien a nadie o nadie entenderlo plenamente. Voy en contra dirección muchas veces, lo sé, pero es la única manera que tengo de hacerme comprender, de que se den cuenta que si fueran ciertas todas sus amenazas, no estaría aquí negándoselas.

Mi historia de resistencia me la he hecho yo yendo al revés. Lo que cuento es insuficiente, ya lo sé, debe haber mucho más de lo que se puede contar. Hay pliegues particulares en la ropa de ir por casa que sólo es posible sacar alguien dotado para ello, con su cámara refleja una imagen verdadera e inaudita, la entenderá y te la puede entregar luego para incorporarla a la historia de cincuenta años de convivencia.

Para que yo, como voy a hacer, sea capaz de tener a la gente propia de estas noches, tan cerca que mi forma de convocarlos ha sido esa: "han pasado esos cincuenta años entre estas imágenes". La de hoy me emociona mucho más que las de ayer, porque la acabo de vivir, porque me la fotografiaron viviendo con quien siempre he vivido, nada menos que eso, tan difícil, tan propio.

Tiene esa imágn gestos cansados porque cansa vivir aunque nos guste tanto, pero detrás existe una realidad impresionante: se me nota la compañía y a quien me acompaña mi entrega, explico así sin palabras el sentido de la fortaleza. Ha tardado la memoria muchos años para darme la belleza de esa última madurez, tan difícil de conseguir como si a uno le quedaran muchas cosas por hacer.

viernes, 10 de agosto de 2012

SE ME VAN TERMINANDO LOS ESFUERZOS






Cualquier momento de la vida los requieren. Pero no me esperaba la sorpresa al asomarme a la puerta para que alguien me drenara lo que requería una simple incisión. Acudí al lugar adecuado donde las urgencias suelen prolongar las esperas. En mi caso no me importaba. He aprendido a hacerme menos viejo esperando. Pero el paso siguiente empezó a deshacer mis defensas. Hubo encanto, cariño, traducido cogiéndome las manos, pero la explicación que vino luego ya no fue un deterioro, sino un derrumbe. Se me quedaron dentro de aquel recinto para casos que quedamos que eran solamente de urgencias. Y sin embargo la propuesta que me hicieron, su mano –repito, entre mis manos- es que volviera luego, mucho más tarde, hasta habiendo celebrado la larga pausa con una cena para recobrar el aliento que estaba perdiendo y me quedara después allí dentro. (Ella, me propuso ir alternándome los antibióticos ya que llevaba la vena abierta; otro mucho más médico, en cambio, algo mucho peor: limpiarme los huesos y cambiar de asiento.)

Pero no se trata ahora de contar los sucesos, a cada cual más desafortunado, sino lo peor fue quedarme en aquella estancia de improviso, sin que nadie antes me hubiera avisado, que drenar simplemente una herida, suponía un ingreso sin aviso cuando uno sólo está preparado en la vida para ingresar hacia donde camina. Además, estando “apartado”, sin que tampoco estuvieran autorizados a manipular ni regar con suero fisiológico los bordes de una herida.

Fue pasando el tiempo, fue llegando la noche a la que tanto temo, con lo único bueno de estar lo mejor acompañado posible. Así se me cayó del todo la noche encima, víspera a una víspera de cumplir más años de mi propio calendario y a mi alrededor, por los pasillos de mi ya tantas veces conocido recinto, apenas un silencio, los pequeños ruidos de estar de guardia quienes estaban de guardia, y mientras yo, al dejar pasar así de mal mi tiempo, empezaba el recorrido de ir perdiendo el potencial de mis recursos, mis maneras de sacar refuerzos para los esfuerzos necesarios. Eso es lo que estoy perdiendo. En mi caso, de tanto ejercitarlos, más de veinte años, me voy sintiendo debilitado.

 Esa es la peor dolencia, para evitar esto es por lo que lanzo el grito que me queda dentro. Carencia de recursos, disminución en mi búsqueda de esfuerzos, no haber sido capaz ante el clima de susto que me dejó caer entre las manos dulcemente aquella joven y tierna mujer de bata blanca, de haberme resistido, haber sido capaz de decir no me quedo, prefiero sentirme con mi mínimo aliento como he venido haciendo hasta ahora, con pasos inseguros, con la debilidad de mis países bajos, pero la cabeza lo mínimamente amueblada para saber dónde estaban las personas que me estaban queriendo.

Fue más poderosa la voz enternecedora, ante el riesgo propio, de la joven mujer que se ocupaba de mí y acababa de conocer hacía tan solo unos minutos. Se llamaba Ana y hasta supo terminar sus palabras secándome las lágrimas con su beso, con sus palabras que anteceden al aviso de un estado de coma o la amenaza severa de “te la estás jugando”. Sentí su mejilla junto a la mía como para darme ese esfuerzo que ya no tenía. Todo me venció, todo acabó con lo más valioso que siempre he sentido, mi capacidad de lucha: le di la razón, sentí miedo, rendí mi resistencia.

Pero que nadie me lea con una capacidad de preocupación mayor de la debida, que eso sí, es suficiente. Bastaron 24 horas, lo que me duró aquella mala noche, una amplia explicación para confirmarme los serios peligros que tengo dentro de mi ser, partiendo de una vieja cicatriz, con el nombre propio de haberse fistulizado hasta el hueso, para salir de nuevo por la puerta por donde vine. Ya tendré tiempo si hace falta, de volver al camino donde he estado ya en tantas ocasiones. Que me lleven, que hagan como que camino lo que ya no pueda caminar. No voy a ser el primero, ni el último cuando me llegue ese momento. Mientras, seguiré leyendo, acercando a mis amigos esos libros, temblándome las manos con un libro de buenos versos.

A menos eso sí, que llegue todo un poco más tarde, que no tengan razón los que siempre le echan la culpa a mis huesos. Que me dejen terminar de viejo, siendo viejo, pero no como la otra noche “apartado”. Nunca lo estuve del mundo, aunque siempre me haya acercado a través de los libros. Mentiría si dijera que la otra noche no cogí ninguno. Al menos con los versos que me han servido en el título, siendo propio, además los que he leído de “Climax road” de Vanesa Pérez-Sauquillo: “Cualquier gesto en la vida/exige esfuerzo”…/“Merecerá la pena la batalla”. Porque es verdad, sus versos tienen esa belleza “antigua y agresiva”. De ellos me ocuparé en el sitio debido.

Me ha valido la pena todolo que he hecho hasta ahora, me va a seguir valiendo, hasta secando mis lágrimas en la mejilla de una médico residente en un momento de debilidad cuando sentí que se me iban terminando los esfuerzos. Iré a buscarlos de nuevo.

domingo, 15 de julio de 2012

SIEMPRE ME QUEDAN RECURSOS





Porque la vida que he llevado ha transcurrido dentro de la literatura, y según decía Azorín,  está detrás del adjetivo, una parte de la oración que se agrega para darle fuerza al sustantivo. He llevado conmigo para cualquier momento la enorme belleza de ellos en forma de recursos. Hay sitios, lo veo enseguida, a los cuales no puedo llegar. Es motivo, o la altura de los escalones para alcanzarlos o que no exista apoyo alguno. Me da lo mismo, si me empeño llego. Como si las posibilidades de mis caderas en forma de oraciones ganaran entonces más espacio para poder emplear más esfuerzo. No me canso, no me pienso cansar de hacer lo que puedo e intentar al menos lo que no puedo. Hasta voy a seguir echando mano de la metáfora y el adjetivo aunque no le importe a nadie. Por difícil que me lo pongan no pienso despedirme de nadie, sino de mí mismo. Valdrá el recuerdo de la mirada a una bata abierta, el vestido de unos besos, esa tremenda mezcla de esplendor y derrota que aporta la vida, valdrá cualquier cosa, seguirán ayudando así a mis posibilidades.

En el momento que me hablaron de mis puntos muertos, no hice caso, me pillaron con un libro abierto, con las ganas de seguir siendo, con la palabra preparada, a punto, desnuda y sobada antes por otros. Al decírmelo me acordé al instante de un escritor que explicaba la razón de sus escritos con el sentimiento de la carga, con el enorme poder de negarse a no hacer lo que te advierten que no vas a poder hacer. Mis mejores ideas, las más precisas para contarlas fueron aquellas que utilicé para explicar que el dolor y que el cansancio ni duele ni cansa.

Vendrá ahora otra nueva etapa que será mejor callarla como si se me hubiera terminado la osadía y el descaro que pueden ofrecerte la imaginación llena de pecado. Da lo mismo porque soy el mismo: quien puso hace más de 20 años la primera explicación de mis sentimientos en un foro de oyentes informáticos, siempre a punto con sus respuestas preparadas. Tuve entonces un cariño y un apoyo que tengo ahora derecho a darlo por terminado. A la gente acaban cansándole las explicaciones, hay que vivir como puedes, teatral o distinguido pero propio y honesto. Si escribes, lo más lógico es que intentes cicatrizar tus propias heridas, pero eso sólo debe ser para uso propio.

Punto y aparte, pues, vamos a dejarlo estar, voy a utilizar todos esos recursos que siempre tuve y de los que antes os hablaba en mi propia intimidad, en mi cuarto, rodeado de libros que no me son suficientes para mi necesidad de leer; la plenitud de la mañana que estreno cada vez pero sin tener que contársela a nadie; hacerme un café y buscar un beso lento a la vez en una especie de bruma de vejez, de silencio, de propios pensamientos que no le importan ya a quienes me leyeron pero que para mí tienen una plenitud conmovedora.

Éste, por ejemplo, me ha recordado la capacidad que tengo de esforzarme cuando necesito hacerlo. Será mejor quedarse con el lujo del silencio que decía antes. Eso de contar las cosas de uno donde sea, es indudablemente un mecanismo de defensa frente a la verdadera derrota que proporciona el tiempo, frente a ella no tengo más que un único recurso.

Os cuento: admitirlo hasta casi como bueno, cercano y propio, parecido a mis propias torpezas para subir altas escaleras y llegar hasta arriba. Cuando en la tienda de Apple me dejan su tarjeta chip para poder utilizar el ascensor de los empleados, y como me conocen cuando entro en la tienda, voy consiguiendo pasar desapercibido, mirar cosas en la planta baja y subir luego yo las escaleras hasta las aulas de enseñanza one to one.

Es bueno hacer lo que no puedes y hasta lo que no debes, mirando distraído hacia cualquier parte. Es bueno no admitir para tus cosas ningún “recorte”. Para eso ya están los que mienten. Son buenos esos quesos curados, perjudiciales para el colesterol, sobre todo si procuras no saber si tienes colesterol y todas esas cosas. Esas limitaciones, que ahora al final, cuando ya va a ser más difícil, quiero volver a echar mano como siempre –con mayor energía si es posible- de ser capaz, yo solo, más callado, sin necesidad que me escuche nadie, de echar mano de ellas.

No quiero la mediocridad de los débiles, ni su torpeza inicial ni final. Tuve siempre un oculto deseo de rebeldía en forma de capacidad de resistencia. A nadie le preguntaré ni luego le contaré sobre lo que no puedo hacer, antes lo haré. Ese es el mejor sentimiento de pertenencia que tengo de la vida, pero eso sí, hay que hacerlo callado y con paciencia. El día que no llegue, es que será imposible llegar. Aún en ese momento quiero tener la dignidad de los finales.

lunes, 11 de junio de 2012

CICATRIZO LAS HERIDAS ESCRIBIENDO



Porque busco la dignidad de los finales, cómo terminar mejor de hacer las cosas, cómo evitar dejar señales sin arreglo cuando tuvimos antes la solución en nuestras manos. Pero es que la culpa, el darnos ahora cuenta, la tiene como siempre el tiempo, lo deteriora todo, no se queda con el físico únicamente, existe un cansancio junto a él y el error que supone hacerse demasiadas preguntas, porque precisamente la perfección desaparece cuando uno se empeña en preguntar. La dignidad debe estar, pues, en la parsimonia de que hablaba hace unos días explicando mi forma, mis maneras en la lectura.

Es preciso, pues, curar las heridas hasta con lo que en la vida ha tenido precio puta. Por eso escribo teatral, pero distinguido, me gusta expresarme siempre con la sensualidad al alcance de la mano, con las palabras lo más exactas posibles a lo que estoy pensando, a lo que estoy mirando. Con el último libro de viajes en la mano, con “La huella jonda del héroe” de Montero Glez., por ejemplo, “la sensualidad que se esconde entre los muslos de una mujer.

Así escribo casi siempre, tampoco me precisa mucho que otros me marquen el camino, me gusta desde siempre, la veneración a base de adjetivos y metáforas lo más precisas que puedo. ¿Qué heridas tengo que curarme, pues? Caramba, las de siempre y más ahora que cuesta más estar vivo, tener los dolores entendidos, que te preocupas por llegar en mejor estado a los finales. Te vas haciendo viejo, y el tiempo ya no pasa tan lento.

Pero por eso sigo y todavía, me arriesgo, hablo sobre todo con mujeres que tienen cultura y canción, como si mirarle en ese caso los pechos fuera un descaro cuando es una especie de gratitud. Sigo por la calle, si es preciso, los tacones indecentes de una mujer. Tengo la ventaja que como mis andares son muy a destiempo, pues me sobran las ocasiones, el momento.

Me puede la literatura como si fuera la mejor forma de memoria y de deseo, una mezcla insistente a la que encima le doy rituales personales. Ya dije que leo parsimoniosamente, me place sobremanera el libro que tengo en las manos, pero arrastro por anticipado unos índices de excitación al elegir el siguiente. Muchas veces hago trampas con ellos, irrumpe en la mesa de novedades, o avisa en un suplemento literario ese libro que necesariamente como si fuera un deseo de mujer, está esperando, una  especie de aviso que me pega de lleno y no me deja escapar. Hasta me apresura a terminar el que estoy leyendo y dejarlo ya de cuerpo presente.

No sé cómo encontrar, pues, la dignidad de los finales, curar todo lo que sea curable; no sé si hay que seguir haciendo como siempre, como si tal cosa, si es válida hasta que acabe la materia prima con la que me muevo porque sólo me hacen falta las palabras para los principios y me parece que también para los finales.

No quisiera quedarme con ningún desaire. Ya sabéis mis obligaciones con el cariño: querer hasta que me quieran, con mis ojos viejos pero siempre encendidos, con la vieja esencia de las letras que siempre llevo puestas. Mis sueños imposibles en el vértice de lo posible, así se encuentra entre las páginas de los libros que han sido las partes de mi vida, los matices, las caricias, hasta los finales.

He vivido a cuestas muchos años anclados a un andamiaje demasiado inmóvil, los puntales por en medio en cada paso casi que daba. Sólo supe emplear un mecanismo: luchar contra las dificultades para poder vencerlas luego. Quizá podría servir como una curación total escribiendo, la mejor huella que he dejado luego al ir abriendo entre palabras mías y hasta prestadas las maletas cargadas de memoria.

Escribiendo me he ido curando hasta donde era posible de esa especie de soledad que todos tenemos a veces y no le pertenece a nadie, ni a los seres más queridos, o que tienes más cerca. Y curiosamente he contestado los comentarios como si nos conociéramos de antes dentro del amplio edificio de respuestas que siempre tiene un hombre que sólo las mujeres saben.

He ido dejando caer aquí pedazos de mi vida como se debe hacer siempre, con lo más importante, la carga de sentimientos que traían. Me olvidaré de cómo escribiré los finales que vengan. Quizá quienes me leen saben que no soy más que un invento malogrado, esclavo de mis propias palabras.






martes, 29 de mayo de 2012

LEO CON PARSIMONIA



Para calmar mi incertidumbre, esa que define Beatriz Manjón como “una interferencia y un trago de café”. Leo en cualquier sitio aunque pueda ser improcedente. Para mí procede en todos los sitios de la tierra. Leo, porque es mi necesidad, mi libertad, aunque sirva poco para un curriculum recomendable. Lo hago despacio para sacar de cada libro lo más que puedo, las palabras que no supe escribir yo, eso imposible y único como un abrazo que estabas esperando, tierno, inconmensurable para terminar con esa incertidumbre y poder tener así más ilusión. Sentirme satisfecho con mi propia satisfacción.
No me interesa saber qué pasa cuando acaba el libro, por eso prefiero dejar los que tienen crímenes fuera, sin conocer al criminal; ni tampoco los de amor donde haya que averiguar quién es el amante. Para mi parsimonia, me sirve la prosa a secas, llena de pausas para que en cada una de ellas intercambiemos el autor y yo problemas y sentimientos a medias.

En la lentitud de mi lectura necesito el derecho a tener sueño, cambiar de párrafo a veces sin darme cuenta para tener que volver a encontrarlo luego, por decreto, por respeto a la lectura. En la cama es, una especie de edredón análogo a la piel de quien tienes al lado. Y en todos los sitios, bien despacio, la soledad que tienes dentro los ratos que estás leyendo, una soledad como enemiga a veces que se te ha colado por las rendijas de la puerta medio abierta, de la ventana, del silencio.
Y sobre todo, leo dejando hueco –ya he dicho que  no para cumplir curriculum alguno- sino para que se me note en cualquiera de los sitios donde he pasado tantas horas leyendo. Al final de una vida va a coincidir con lo que decía mi padre en mis tiempos de estudiante de la Facultad cuando hablaba sobre las carreras terminadas de mis hermanos, y al referirse a mí añadía, “el pequeño lee”. Yo me enfadaba, reclamaba mi derecho de estudiante universitario, pero él se estaba refiriendo quizá a la falta de entusiasmo del que andaba sobrado para todos los libros que no eran específicamente de enseñanza.

Siempre he querido escoger yo los libros, y he valido para ello. Con cualquiera en la mano sé casi de inmediato si va a ser bueno, mi margen de error es tan pequeño que no concibo precisamente tener que dejarse un libro por falta de interés. Me provoca la pasión antes, sino, no pasa a ser mi libro, necesito que adquiera el derecho al hueco, a provocar el deseo como una especie de sexo sucio y como decía Wody Allen, por eso bien hecho.
Incluso a veces la necesidad de esa parsimonia si no me la proporciona el sitio, el momento de la vida, sé crearlo a mi alrededor, hasta provoco el silencio en un Centro de Salud, por ejemplo, para alejar de una vez las enfermedades y el empeño que tiene la gente en contarlas. Tengo cerca la anécdota de esta mañana.

Utilizando los medios tecnológicos, la famosa “nube” –icloud de Apple- esa novela de  Andrés  Barba que acaba de empezar esa misma mañana desde una Tablet, la he podido continuar leyendo a través del iPhone a pesar de su escaso tamaño, en la sala de espera de ese Hospital. La señal que he dejado en el libro que me había descargado de Kindle,”tenía la sensación de que allí se abría entonces algo parecido a una brecha y él era capaz de entrar en su cerebro de una manera delicada y misteriosa.” En la la misma posición de hoja doblada que he dejado en el teléfono, al llamarme dos veces porque estaba ensimismado, la enfermera, lo he encontrado luego en casa en la cómoda superficie del iPad. Justo al final de las palabras de Andrés Barba.

Misterioso parece el procedimiento, pero no es ajeno a la necesidad de mi parsimonia, de la lentitud, de la concentración, del silencio. Cualquier sitio es procedente, sabré buscarlo con el libro en la mano o dentro de un teléfono. Buscaré y la tengo muchas veces, la compañía, mudándome  de piel, cultivando las laderas de una hermosa cercanía, la identidad de otra persona cumpliendo el mismo rito con severidad, lentitud y una forma oculta de orgullo para no hacer curriculum.
Decía Juan Carlos Onetti que “le gustaría sufrir de amnesia para olvidar los libros que amaba y volver a leerlos con la misma placentera sorpresa que la primera vez. ¡Qué hermoso elogio de la lectura!.

Con parsimonia, en un espacio de regocijo y aventura, una opción a encontrarse mejor, más humano, el poder del precioso fragmento de las vidas que han vivido o inventado otros, una manera de ser libre. Yo venzo la incertidumbre, bien de mañana con una taza de café, con una taza de café y la mayor lentitud que puedo poner leyendo un libro..


viernes, 11 de mayo de 2012

LA PASIÓN DEL COMIENZO Y LA RABIA DEL FINAL



Aún estoy a medias porque pienso que es un poco pronto para limpiar la pizarra como si fuera un enseñante que anticipa el final de su trabajo sin saber claramente cual fue el mejor momento. Todos ponemos mucha pasión en cada comienzo y sin embargo se nos estampa la mirada, nos llenamos de rabia cuando nos vamos dando cuenta que se trata simplemente que llegamos al final. Morirse debe ser malo, pero sobrevivir con cansancio puede llegar a ser mucho peor. Quizá parecido –dentro de ese mundo propio de las nostalgias que me invento-  que ya no me proporciona consuelo suficiente acabar con el cansancio, descansando;  porque por el contrario es más importante cuando juntaba a esos momentos la alegría suave de tener entre las sábanas a alguien conmigo con idénticas ilusiones de comienzo. Ahora mantengo esa compañía a base de algo tan grandioso como es la comprensión y el entendimiento. Lo alargas cada día con la debida nostalgia de cuando no tenías necesidad de echar mano de ello. Se daba además por descontado.
Pero todo tiene el mismo motivo, la rabia del final, de las cosas que no has hecho, del agotamiento que te lleva a su término porque todo aquello que te pusiste como un hermoso trabajo para sustituir el que ya no tenías, te vas dando cuenta, te vas preguntando, si nadie me obliga, si ya me cansa por qué sigo haciéndolo.

Viene a ser lo mismo a cómo hago a la hora de elegir los libros que voy a ir leyendo. Es muy bonito encontrar el que quieres, el que necesitabas que alguien hubiera escrito para darte placer el leerlo, expresamente a ti, como si su autor supiera que querías que te diera su fantasía, sus ideas, su propia imaginación. Sigo acercándome a las novelas que no tienen historia, son sólo sensaciones de los seres humanos al rozarse, sin llegar a encontrarse jamás. Alguien me lo explicaba: como un polvo sin eyaculación. Me gusta que no pasen cosas, que ya me imaginaré yo que pasan, que me den sólo la prosa, los puntales, el andamiaje sobre el que se sustenta el libro y yo ya le buscaré su belleza. No me hace falta que me definan demasiado los personajes, me bastan los seres humanos húmedos e inseguros.

Y lo mismo que con los libros he venido haciendo, he practicado a la hora de aprender las cosas que no sabía hacer. Me llamó la atención al tener que estar prematuramente mucho tiempo quieto el poder de la comunicación de la red –y prefiero las redes humanas, el contacto individual, a las redes sociales-. Me cautivó la magia del diseño, de cambiar tanto un rostro o un paisaje para apenas reconocerlo; se trata de un infinito poder de la tecnología casi un poco deshonesto pero que requiere habilidad e imaginación como si estuvieras entre sueños de colores.
Pero otras veces, me quedé como haces en la vida con tus propias obligaciones, casi a medias, por terminar, he sentido cansancio antes de tiempo, como si me quedara por acabar de leer la novela y no supiera que quiso decirte del todo su autor, qué es lo que pasaba. Pero cómo no, siempre conservé el deseo de aprender, la rabia –que aparecerá luego al final- de no tener suficiente tiempo para hacer todo lo que quería hacer. Son dos corajes juntos, dos maneras de torcer el gesto sin que nadie me viera, como un símil a no estar haciendo nada práctico.  Eso me ha pasado y me ha pesado en muchas ocasiones sobre mi persona. Como un para qué constante, sin respuesta porque a fin de cuentas  todo lo que hacía o no trascendía o pienso que tenía escaso valor.

Hasta en ese hermoso mundo de comunicación, utilizando una página de  Internet para acercar a mis amigos a los libros que estaba leyendo; incluso a gente que luego me buscaba sin que yo jamás supiera quienes son, en este camino de mutuo recorrido (qué lees, yo estoy leyendo) cada mes me detengo ya para preguntarme si debo seguir haciéndolo, si es verdad como hace un rato me escribía una buena amiga que sugiero y oriento.
Lo he venido haciendo ya desde hace casi 8 años cada mes como quien siente un tremendo amor por algo y quiere compartirlo, abriendo los brazos y las puertas, en un boca a boca que es la mejor manera de decir las cosas. Hablar de libros para mí, es emocionarme, quererlos al contarlo, es una especie de sexo duro perfecto. Evita además el olvido permanentemente, produce necesidades de conocernos mejor, es un rasgo de honradez pasar una página o empezarla de nuevo.

Pero todo esto que comento me lleva al título que le he puesto a mis palabras, reconocer el propio deterioro que para todo y para todos tiene el tiempo, acordarte de la pasión de los comienzos y la rabia que te traen todos los finales. Vas perdiendo hasta el maquillaje detrás del muro de la dignidad que tenías delante. Ganas peso físicamente al escasear ya demasiado tiempo tus movimientos, pero pierdes ese mismo peso o más que te proporcionaba la ilusión de hacer las cosas como cuando tienes el cariño junto.
Pierdes hasta el instinto y la pasión de todo comienzo para seguir empezando de nuevo.

viernes, 20 de abril de 2012

TUITEAR O NAVEGAR, UNA FORMA DE VIVIR



Casi de ser persona, de poder estar en el mundo de hoy. Eso enseña Ramón Reboiras en su novela “Visita a un extraño” para poder contar a medias nuestros vicios casi solos, aquellos que vamos encontrando por la vida.
Como si tuviera poco tiempo, ni tan siquiera para ensayar el gesto del que se marcha de que habla Reboiras, poco tiempo para navegando o tuiteando hacerme con una nueva forma de vivir. Quiero la que tenía, la de empeñarme a  hacerlo caminando de cualquier manera, son ya muchos años de esta otra manera, muchos libros leídos y por leer, muchos momentos en que le he dado las gracias a ese momento, al estar con él, al preguntarle como aprovecharlo, muchos años en la red pero siendo más importante que la red. No voy a tuitear ni a navegar sin motivo. En Internet siempre estoy buscando la referencia de un libro, leyendo un texto o una información que me vale la pena, me enseña, me cultiva. Muchas, muchas cosas por hacer para necesitar el vicio de contar mis vicios. Soy persona, vivo y cumpliré mi compromiso de vivir cien años más sin dejar la mente quieta hasta que se me quede así definitivamente.

En el libro que he citado me enseñan que llevo razón callando, lo que suelo hacer en la vida real. Callando y no preguntando: me gusta el médico que no me dice lo que tengo, que quien me quiere lo haga callando; que mis hijos sean mis hijos aunque parezca siempre a los padres que se les olvida que son nuestros hijos. Me gusta decirle a una hija de una hija al despedirla cada vez que la llevo al aeropuerto (veinte años recién cumplidos y una maleta llena de libros y apuntes de Derecho) “te quiero y todavía  no sé por qué te quiero.” Es el encanto de las verdades ocultas que se llevan dentro, de lo que se escribe a ratos mientras vas leyendo lo que han escrito antes otros más o menos parecido a lo que estás pensando. Tengo una metáfora formidable para ese cariño oculto: es mi recinto húmedo para pensar y no contar lo que estoy pensando, mi manera más hábil de evitar mis desasosiegos, la casa con goteras que todos tenemos, pero mi refugio. Hay que querer sin saber por qué quieres.

Pero tengo miedo de no llegar a tiempo porque me falte tiempo: para saber vivir mi destino, mi momento, mi manera de ser que ido contando, mi disciplina de los vicios, las poesías que he ido dejando en mi disco duro. No sé si es que tuiteaba sin saberlo, si soy tan viejo que fui cultivando el medio antes de inventarse en Internet. Pero lo que es viejo como la vida que vivimos es sufrir por las veces que no la entendemos. Por eso me sigo empeñando en lo mismo, bien sabéis aquellos que seguís mis pensamientos: el poder intacto de los sueños que no pude hacer, el goce del libro abierto por la misma página de la que supe sacar certezas y adicciones.

Y hasta todo el tiempo que me quede me repetiré con lo mismo: la pasión por el verbo antes que el pensamiento, la devoción a la palabra escrita que requiere el beso luego. No sé, lo pongo en duda, si tuitear permite eso. Yo prefiero hacerlo como a oscuras, a medias en silencio, como una especie de recuento conmigo mismo. Ya no escribo casi correos y ninguno que no valga la pena, que no lleve dentro parte propia y reciba algo ajeno. Es cierto que se me come el tiempo, el tiempo, que quiero poder seguir aprendiendo para evitar hacerme viejo, que mi memoria sin embargo es cada vez peor, pero es lógico, al empezar la mañana y encender mi Mac me pregunto por dónde empiezo, qué es lo que busco, lo mejor que quiero. Dónde está la forma de caminar que la vida me ha enseñado a hacer antes de que apareciera twitter.

De la memoria de hoy, mañana no me acuerdo, sin embargo sigue viva la de los libros viejos que duermen ya hace años en las estanterías de las paredes de mi casa. El pasado ha prescrito porque es pasado y para el presente se me está haciendo tarde.

viernes, 30 de marzo de 2012

LA RED, EL TIEMPO QUE ME QUEDA




Voy a ver si explico lo que hace mucho tiempo debía haber explicado y todavía no sé muy bien cómo hacerlo. A estas al turas mi caché de lector, como esa memoria antigua que tiene por ejemplo cualquier ordenador, nadie me lo niega. Sin embargo no sé bien porque estoy escribiendo en este paraninfo anónimo, que muchas veces da miedo y te obliga a disimular identidades propias y ajenas, ignoro las razones, y ahora que me debiera sobrar más el tiempo ando  escaso para lo que me queda por decir y por hacer

Soy incapaz de dejarlo pasar inútilmente, tengo energías todavía para adquirir sabiduría que en este caso, bañada como en la antigüedad de un casco viejo, cuesta más incorporarla, pero nadie me la puede quitar ya. Para todo eso la red se ha convertido en un lujo, en un vicio, en una manera de esconder los amantes y no declarar todos tus bienes, es como una Hacienda pública que en determinados momentos te obliga al silencio y en otros a tus propios desacuerdos.

He dejado huellas y tengo seguidores. Les gusta de mi palabra, la palabra, porque como dijo Burroughs, “la palabra hablada y escrita, actúa como un virus. Se trasmite, se contagia.” Y con la palabra he narrado ese tiempo que he tenido escondido en tantas ocasiones, Allí están mis formas, mis deseos, mi importancia, me gusta a mí también lo que he dejado dicho, no me arrepiento de nada, no borraría nada, ni hasta cuando parece que me he estado dando importancia, ni la propia insistencia con los libros que he leído para inducir a que lo lean otros, a ver si los sienten parecidos.

Qué extraña me ha parecido muchas veces la red en mi propia cama cuando me acordaba de ella luego, me parecía casi ajena, aunque fuera sólo unos instantes para entender dónde me encontraba, qué es lo que quise decir de mí para que todos me entendieran. Pero siempre considero que he sido generoso en muchas ocasiones y con muchas personas. Para todos, pedir nos resulta complicado, pero dar no es nada fácil y yo he intentado hacerlo de múltiples maneras sin que me pidieran.

Ahora, cuando noto  la rapidez con que se me pasan los días frente a la lentitud que tenían cuando uno de joven casi hacía fuerza para que pasaran, ya no me queda la posibilidad de hacer proyectos, sino el más importante, sentirme mejor hoy, no importarme cómo me sentiré mañana. Y cuando llega la noche tengo un descanso muy hermoso y  muy sencillo: sentir el aliento próximo de quien ya duerme. Tiene un valor incalculable, una serenidad gratuita, una manera de estar cómoda y tranquila. Convivo todavía, comparto, en eso estamos.

Ya sé que después vendrá lo mejor que tiene el día: el día. Antes hay que hacer muchos esfuerzos para haber terminado el anterior dignamente. Hasta llegar a ese nuevo, hasta ver desde el principio qué han escrito en la red, está la medianoche, y es difícil –siempre lo ha sido para mí, por eso he insistido que nunca me moriré de día. Esa transición, como dice Barrueco de Lavapiés o de cualquier sitio, los hombres “sienten que es más fina esa delgada línea entre la vida y la muerte.” De ahí la razón de que le tenga tanto miedo a la noche.

Por eso necesito llegar por la mañana nuevamente a mi sitio en el café, en el libro, en la red, para poner cualquier palabra, contar algo sobre ese libro que acabo de leer, cómo sobrevivo, la fuerza que me hace llegar al alba más pronto que nadie. No es que madrugo más, ni tengo ninguna hora de descuento, es que busco tener que levantarme antes con pasión, con mucha insistencia. ¿Dónde vas tan pronto, me preguntan a veces? A la vida, al tiempo que me queda, al libro que he dejado entre medias, a contestar dos líneas a quienes hayan leído las mías.

No me voy de vacaciones, siempre estaré en la democracia de la red, sin importarme que alguien me considere importante o que piense que no vale la pena leerme. Voy a tener, eso sí, siempre, como una aureola de deseo, escribiendo como he hecho muchas veces en aquellas ocasiones que pueden provocármelo. Es mi estilo, mi postura, mi salvación, mi forma de ser permanentemente amante.

Y aquí voy a seguir el tiempo que me quede. No me iré hasta que la vida me elimine de Internet. Bien me vale llevarle la contraria a la frase de Rilke que ese gran novelista gallego que es Ramón Reboiras, utiliza en uno de sus libros para llegar hasta el fin del mundo, como un hombre de este tiempo y de estos años: “”¿Quién nos volvió al revés,/ para que siempre/por más que hagamos tengamos el gesto/del que se marcha?”

Pues yo me quedo el tiempo que me queda. Esto viene a ser como un vicio público, o una virtud en privado, ¿verdad, Ramón?


jueves, 15 de marzo de 2012

"COMO UN POLVO FURIOSO, MEMORABLE"



A veces puede ser hacer cualquier cosa para sentirse  necesariamente mejor. El título es explosivo, las capacidades destruidas, y la única reacción posible es precisamente eso, pensar que somoscapaces de darle a nuestras conductas en la vida, subrayada, grandiosa, maneras que no era posible dejarnos insatisfechos.
¿Dónde tenemos ahora los suficientes recursos para quedar dignamente en cualquier tarea en la que estemos metidos? Ando demasiado quieto porque me cuesta cada vez más dar los pasos, pero debo darlos, es camino de mantenimiento, de conservación, hasta de admiración ajena. Voy eliminando menesteres propios, zonas de cultura, que debe uno –al contrario- ampliarlas cada día. Me doy cuenta, pero no lo hago.

Necesitaría que me lo gritara alguien, que me recordara zonas de satisfacción, momentos inolvidables y lo costoso que resultara ahora volver a repetirlos, pero si es posible, hay que hacerlo como ese polvo furioso y memorable de una novela de guerra de Almudena Grandes, a quien le he robado el calificativo. Pero es justo lo que necesitaba contar ahora para entrar claramente en zona de reclamación desde dentro y hacia los demás.
Recuerdo, releyendo el beso del libro, que las bocas necesitan acoplarse, sin otro sentido ni otro destino. Ese es el secreto, dedicarse a ello todo el tiempo posible, ver si podemos arrancarle al día alguna hora extra que tenga un número superior a 24. (En mi caso, ojos bien abiertos –lo contrario que en el beso- brazos arañando porque necesito siempre agarrarme a algún sitio: o la intencionada sujeción de la cabina de ducha cuando dejo el cuerpo limpio: o ese pequeño escalón que tienen las aceras, que no necesita mirar casi nadie y yo los veo siempre; el marco de la puerta, conocida y propia, de la casa de casi toda la vida, llevando siempre –eso sí- las manos libres y  con todas las luces encendidas.)

Parece contradictorio pero no lo es. Igual que tengo que agarrarme a la dificultad conocida del tiempo que me queda, a cualquier punto de apoyo necesiito igualmente mi intención de no perder intensidad, son muy válidos los ejemplos del polvo y el beso, cualquier sensación que me traiga la calidad de un recuerdo que le puse la etiqueta de presente para siempre. Son imprescindible, para el tipo de vida organizada que tengo, los amores imprudentes que me producen los libros, pero a la vez es necesario acostumbrarte con lo que me va quedando.
Necesito y necesitaré siempre –por eso tantas veces he pregonado el afecto a la gente, y acabo recientemente de hacerlo- como un círculo de abrazos para medirme con la gente. No hace falta mucha precisión, sino confianza, atrevimiento, la insistencia de estar muchos años ya sobreviviendo.

Y para hacerlo en buenas condiciones, para que cualquier cosa a estas alturas pueda parecer memorable has que sacarle partido a las cosas cordiales. Esforzarse –lo tengo decidido- más que para hacer mejor cada paso en la calle, saciarme, encadenarme cada vez más en todo aquello que me produce placer interno. Luego, quizá, tendré la audacia de contarlo, pero lo que es necesario es hacer las menos preguntas posibles, responder siempre que estás bien aunque no estés nada bien, la vieja y mágica ley, evitar uno mismo las preguntas porque suelen tener, a tiempo vencido, una respuesta que no conviene. Si preguntas, si te preguntan y tienes que responder que sea como una caricia, que dice quédate.
Voy a ver, pues, cómo me las arreglo, con 24 horas más o menos, emplear cada uno de los ratos: o leyendo, por el vértigo irremediable que tienen las palabras, esa literatura “intocable” de que hablaba Umbral, que ahí tenía su gloria y su ventaja. Voy a ver si me hago estudiante otra vez, pero mejor estudiante porque me pondré delante de aquello que realmente me interese inmediatamente, urgentemente. No escatimaré el tiempo aunque he comprobado que no puedo hacerlo largo, tengo las neuronas cansadas y viejas, las antiguas se acuerdan de lo antiguo y las nuevas tiene precio de haberlas comprados en alguna tienda de los chinos.

Poca calidad, la clase la he poner yo a base de insistencia, aprovechando el tiempo como si el tiempo se pudiera aprovechar. Buscaré alguna ventana inesperada por donde me entre ese aire limpio y joven de cuando dormía como un niño. De las palabras que me atreva a escribir encontraré por cualquier parte su mayor densidad.
Y finalmente, aquello que puede parecer poco conveniente, el hecho de envejecer, habrá que hacerle caso a Esther Bendahan: que hay que vivir al día, sin proyectos ·porque ser viejo puede ser –y de hecho lo es- una conquista."

Dice Bendahan “sin proyectos”, me quedaré simplemente, eso sí, haciendo cualquier cosa “como un polvo furioso, memorable.”








miércoles, 7 de marzo de 2012

ESA AMISTAD DE RENTA ANTIGUA



Como una forma de hacerle caso a nuestra vejez, tuvimos la otra tarde un rato de compañía, de lenta conversación, sin tener que preguntarnos antes las pausas, porque esas las llevábamos puestas tanto nosotros, mi mujer y yo, como Carmen, nuestra amiga. Las hicimos y seguimos sintiéndonos cómodos, como antiguos amigos.
Y nada más irse yo pensé en contarlo un rato aquí, que es el sitio de mis desahogos, pero he preferido dejar reposar unos días esa conversación de amigos que tuvimos -entre amigos de siempre- que nada nuevo teníamos que decirnos pero que sin embargo siempre evitaremos despedirnos. Porque eso es lo que pasa, con aquellas personas que quieres no te despides nuca, nada nuevo ha ocurrido y siempre tienes algo que decirle, lo notas cada vez que la miras, que comentas algún libro, o que su propia compañera tantos años, hablando un rato, vuelve a ser compañera.

Sí, nos hizo mucho caso, y eso cuando nos hacemos lo que se llama “más mayores”, te das cuenta enseguida. Lo recibes igual que te lo dan, sin esfuerzo, con complacencia. Y la verdad es que ahora escribiendo de lo que nos dijimos esa tarde reciente, no tengo nada especial que contar, sino que estuvimos con un entrecomillado en la presencia, en el tacto de la llegada y la despedida, hasta otro rato, cuando lo vuelva a permitir ser amigos hablando, recordando.
¡Qué riqueza de recuerdos tenían esas dos mujeres! Fueron comunes en su trabajo, fueron compañía, paciencia y ahora queda con los recuerdos la viveza actual de una renta antigua, como decía. Todo ello dentro de una alcoba espaciosa pero en donde, sin embargo, tropezábamos al cortarnos nuestro afecto, al recordar a otros amigos.

Pero sobre todo hablamos del presente, eso que tiene la capacidad –no sé cómo se las arregla-  de abarcarlo todo. Si es algo antiguo lo convierte en festivo, decimos cómo fuimos y coincide en cómo somos. Con una amistad de la que hablo nos uniformamos, no hay que hacer nunca borrón y cuenta nueva, porque en este caso es como si rebotara en las paredes y la sintieras de nuevo con la riqueza que tuvo y que tiene.

Es curioso, si quieres, puedes hacer marcha atrás, nada te lo impide, para saborear la riqueza que tiene algo que empieza, por ejemplo, volver a ser amigos. Los principios siempre tienen indudablemente mucho más entusiasmo que los finales, estos entristecen por la causa que sea. Pero igual que el otro día dije que quiero vivir otros cien años, me pueden  servir para seguir siendo mucho tiempo muy amigo de Carmen.
Yo hace años que vivo un largo proceso de recuperación con contrato de mantenimiento incluido. Y en todo este periodo he sentido la fortaleza prestada que te aporta una persona tan amiga. En el caso de Carmen, dos líneas de ella siempre contienen enseñanza y sabiduría. Yo luego de leerlas dejo dormir con una larga pausa sus palabras, igual que cuando leo un libro bueno o cuando casi me aprendo un poema de sentimiento obligatorio.

En la amistad y en el afecto cada uno pone de su parte lo que sabe, sin darse cuenta de cual es precisamente su parte y la intensidad que tiene. Esas amistades constituyen como un día verbal que no sabe de medidas, sino de una predisposición, por ejemplo, a sentirte tan bien un rato de una tarde y notar que te hacen caso adrede porque no pueden evitarlo.
Pero a estas alturas –precisamente cuando uno ha perdido altura entre otras muchas más cosas- te queda ese recuerdo con forma de presente verdadero. Además sientes dentro la comodidad de no tener que dar las gracias porque a lo mejor te las están dando antes, se dividen a medias, en este caso era entre tres personas. Yo callaba muchas veces, iba aprendiendo.

Al final no lo pude evitar hablar también de libros, de tecnología nueva para leerlos, de formas de intentar aparcar más deprisa el regalo que supone esa vieja amistad tan permanente que además me mantiene joven. Fue precisamente esa gran amiga quien un día me elogiaba con palabras inolvidables la juventud por la que sigo luchando. Que me la den los medios, las personas capaces de enseñarme, quienes tengan verdaderamente esa “permanente y necesaria juventud en la mirada” que hablaba de mí Carmen.

Ojala pueda mantenerla con viveza, como dijo. Que forme también parte de esa amistad de renta antigua que tenemos mientras nos hacemos más mayores.