sábado, 14 de agosto de 2010

JOSUE



POR CORREVEIDILE

El balcón de “Tejidos e Hilaturas de Rodriguez de Carvajal Hermanos”, que Doña María nos tenía reservados, enfrentaba la estatua ecuestre en bronce y tamaño natural de San Martín, en la fachada de la Parroquia de su advocación, desnudo el mendigo que implora al jinete, partiendo éste magnánimo con su espada su manto a la morisca, por darle abrigo y reconfortarle.



Íbamos la familia, esa urdimbre de añagazas, hipocresías y tragaderas que viene a ser la familia cristiana. Íbamos a ver pasar desde allí, el día de la fiesta, la Procesión del Corpus.


Medio siglo después levanto la vista añorante al balcón cuando lo cruzo. Aún me queda el olor a murta y alhucema del pavimento regado recién, el desficio de ver a la niña de la casa en sazón, deambulando de acá para allá, sin poder llegarle con la mano y besar el santo.


Con eso y todo, a pesar de los pesares y de apuntar el ánimo rijoso, el corazón, de niño. Porque me encandilaba cuando, entre los personajes bíblicos, llegaba Josué, del que cuentan que pidió ayuda al Señor para vencer a sus enemigos que ocupaban la tierra de Canaa y Jeovah le mostró su apoyo de forma simbólica, deteniendo la marcha progresiva del sol para darle tiempo a escapar con su tropa.


Altivo y desdeñoso, vestido de centurión romano, desnudos sería más propio decir, sus muslos poderosos, caminaba en avanzada y solitario, despegado de toda la comparsa, alzando con su mano izquierda un sol radiante en oro y apuntándole con la derecha con su espada flamígera, digamos que cada veinte pasos del recorrido; de modo que podía presumirse fundadamente el verle por tres veces representar la pantomina. Y ahora mismo que no sé qué sería, si la magia de poder detener el tiempo, lo inverosimil de la floritura, o la desnudez del soldado, lo que ensimismaba a la pobre criatura en aquellas tardes cándidas y desconsoladas de la floración.


A media procesión, antes que desfilara la torrentera de seminaristas, Doña María se esforzaba por hacer los honores de un balcón a otro. Y sintiéndose obligada a agasajar a sus huéspedes y romper así la monotonía de la larga espera, aparecían sus criadas, con cofia y de punto en blanco, portando bandejas de lata con canapés, “petit choux” de crema y chocolate y así, “María, por Dios, no tenías por qué haberte molestado”, era el comentario de mi madre. “Chica, calla, no tiene ninguna importancia y lo hago muy a gusto”, contestaba la anfitriona mientras yo no les quitaba ojo a las pantorrillas de las aldeanas, a punto de caramelo, que nos servían.


Cuando sonaba la campanilla anunciando que asomaba, entre una nube de incienso, la Custodia, se te quedaba la tarde entre las manos, anochecía, se recogía el personal, en medio de un silencio de muerte, al paso del santísimo Sacramento, subía hasta el balcón el olor a pétalos de rosa que se pudren y adormecía. Para acabar, instantes después, disuelto todo en el sopor profundo y la desgana de la vuelta a casa, a rastras y a contrapelo, a regañadientes con la parentela. A enterrarse vivo en casa y, el año que viene, más.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Las imágenes de nuestra infancia, esas que ha recreado nuestro mundo infantil, confeccionando iconos que se han quedado guardados para siempre en nuestra memoria y que son capaces dé, ahora ya adultos y con toda la vida a cuestas, retornarnos a una época en la que estas instanstáneas de vida eran capaces de producirnos un mundo aleatorio y cinematográfico que cambiaba lo cotidiano de la propia vida familiar, transformándonos en actores y figurantes de esa película que solo la mente de un niño es capaz de imaginar.

Me gusta leerte, Correveidile porque eres como una de esa moviolas que nos trae el encanto de lo añejo y la ternura de un tiempo pasado, mejor o peor, pero vivido con toda la fuerza de la que es capaz un niño.

Un abrazo.

Bolboreta

Fran dijo...

Pron to haré llegar, Bolboreta, tus cariñosas palabras a Correveidile.

A mí como me gusta leerte a ti en todas partes...