
Nos poníamos sobre sus tablas con los pies colgando, a veces nos llegaban las olas de la misma orilla del mar donde nos habíamos bañado, desnudos como el viento, exigentes ante miradas ajenas. Me excitaste aquella tarde cuando me diste tus explicaciones: prefiero a los amantes maduros como tú -así los hago más propios- hacen el amor más lento, prolongan el goce y cumplen, cumplen porque yo me empeño a todas horas que me cuenten lo que saben del tema. Tú cada vez –le respondí- consigues lo mejor: que el hombre acabe siempre siendo el cabrón de ella.
Dime, mi amor, te empeñabas, has de hacerme saber todo lo que tú sabes del deseo para que cuando esté con un amante maduro sea a la vez cuerda, inteligente y valiente y ¡brutalmente lasciva! La carne –fue como mi primera lección- merece ser investigada hasta la última sensación, no dejemos los restos para nadie; si la lujuria la tienes contigo en ese momento, agótala aunque te queden todavía, sin darte cuenta, como inmediatos, sus restos en tus más profundas entrañas de mujer. Una pasión desenfrenada, inextinguible, es ventajosa para el cuerpo, el placer del amor, la inevitable liturgia del deseo la tenemos siempre cerca, y resulta singularmente reparadora.
La vida son sobras que no hay que dejar escapar, son momentos en el quicio de una puerta al quitarse la ropa, son verdades y engaños, arrastra y arrasa, son tacones altos como si fuera un imperio del mandato femenino; la vida es deseo, una manera de olvidar el día, el mes, el año, el momento. En la vida hacer el amor nos deja tan quietos que pensamos que no queda nada luego, quizá tan solo hacerlo de nuevo. Esa felicidad a pedazos que nos proporciona, nos convierte de inocentes en gloriosos aprendices de la carne, tenemos así entre las manos un permanente manual de supervivencia.
Los amantes maduros, le decía –terminaba el verano y ya se acortaba el día- conseguimos como nadie acariciar tus pechos perfectos, no es nada fácil, el tacto tiene un reinado y una disciplina, a veces un instante, simplemente una forma de dejar las manos, una exigencia en el deseo y a la vez una rendición que permite que entonces la mujer encuentre con ese mismo mundo del tacto los huecos más indecentes del hombre. Viene a ser en ella como una forma de aceptación previa y una negación rotunda a la rendición después. Tenlo presente, termina siempre triunfadora cuando te toquen.
-¿Tienes fio?
-Sí, me dijo, pero no nos marchemos. Acaba por explicarme cómo podemos comernos mutuamente, habrá algún rincón desconocido y confortable para ser más hombre y más mujer. En esa liturgia del deseo, no me hablaste nada de la paciencia que hay que poner en ello, como una sagacidad, una esclavitud sin precio, un destino que nos viene de lejos. Qué fácil cuando es fácil y qué difícil debe ser más tarde. La paciencia, le explicaba manoseando su mirada y sus nalgas, ayuda mucho a la religión que existe para desnudar el cuerpo antes de lanzarse al más excitante y desvergonzado de los coitos.
Vámonos, me dijo, ya me he aprendido la disciplina del deber, del deseo y del placer. He quedado con un amante maduro, no pregunta, como tú, hace. Debe saberse toda esa liturgia antes que venga nada luego, que viene.