
A cualquier hora me conmueve esa capa exterior que tenemos los animales. Quizá más en estos momentos en que me quita el sueño, los sueños, que ese comienzo de mañana –tan sugestivo para mí, en que debe estar durmiendo todo el mundo- entre las 6 y las 7, noto a la vez junto a la ambición, el sueño, para apaciguar las inquietudes que llegan a mi mente como una especie de música de jazz, desde el silencio algo, después todo.
Por eso pretendo hacer un recorrido por las pieles que toco como sedas que se secan al instante, cual la cabeza mojada de una maga “con un amor honesto y un deseo profundo”; o intento al menos ese polvo literario entre palabras sueltas al que se refería hace días una bruja, “famosa” pero “inexperta”. No voy de nuevo otra mañana inquieta a escribir ninguna carta de amor sin destinatario porque es lo que más pronto envejece. Me reconfortaré pensando de nuevo en el tacto. Ya lo tengo hace tiempo por aquí escrito, cómo al devolverme el cambio de un billete, era motivo descarado e insistente para entrelazar los dedos con una mujer.
Epidermis, la bendita piel, que me permite descubrir a una mujer cada vez, con nuevas experiencias, acomodos y sueños. La piel, tiene escrita la línea de la felicidad, la fiesta de la piel te permite desvestirse con quién estés con la solemnidad y lentitud que le pongas al preámbulo de esa gloria provinciana y propia que ya no te quitará nadie.
Yo sonrío mejor tocando a alguien, de lejos no me sale, lo arreglo todo de aquí al viernes tocando unos pezones, me hago entonces dueño de esos poderes empáticos que apenas empleamos y que forman no solo parte del placer sino del conocimiento. Yo hasta me hago ilusiones con un roce como si fuera droga dura parecida a los parches de “Transec” que me manchan la piel, precisamente, cuando con ella libre soy como una pregunta y sé siempre encontrar las respuestas.
Anticipo sexual, como una especie de permiso que nos damos a medias o la continuación y la respuesta a esa simple pregunta que puedes hacer hasta en la calle: ¿cómo estás?, ¿te gusta dar placer? La piel la llevas y pone, abarca mundos enteros que ni habías pensado imaginarte; te da calma porque te lo tomas con calma; yo de acuerdo con Alan Wats, “la gente que va con prisa, pierde la capacidad de sentir.”
La piel me ha llevado muchas veces a pedazos de amor compartidos porque luego venía la manera más profunda de enamorarse del gesto de la dueña de esa piel, de lo experta que era siempre simplemente estando al lado, sólo viviendo. Me venía una capacidad de sentimiento como un pubis sin fronteras, la capacidad de querer sin que nadie me lo impidiera.
Escribo todo esto en un presente personal y tembloroso. Pueden rasgar de nuevo la propiedad de mi piel sin haberme dado tiempo de acabar diciendo que es mi provocación –con las palabras más propias- mi provocación y mi rebeldía meditada y consciente. No es verdad que la reiteración de las cosas disminuya su efecto y entre en el orden de lo consabido y admitido. No quiero.
Si cierro mi lenguaje, si no tengo palabra a tiempo, ponerme los recuerdos en el sitio, dejarme que siga enamorado ya no sé de quién, quizá de empeñarme en estarlo. Me harán falta los amaneceres viejos, esta habitación donde escribo los renglones más popios, apagaré el iPhone para no poder hablar con nadie, prepararé 3 ó 4 libros, da lo mismo –tengo la mesa aquí cerca llena, sin leer, casi sin ojear, esa profesión de que hablaba Azorín- pero volveré a sentirme bien por lo que cada vez sólo me siento capaz, a medias, de contar aquí.