
Quizá sea la poca confianza en lo finito, más que miedo a que se acabe el vuelo es la sensación de estar volando como sin carnet de vuelo. Porque puede estar uno condenado a morirse sin ruido, que no quede nada para los vivos, nada de utilidad de lo que hicimos en la vida. Quizá les vaya a faltar a los demás para conmigo la tolerancia que yo siempre empleé, esos hilvanes que me servían para vivir luego. Pero me van faltando contraseñas, hitos para seguir viviendo convencido del valor de lo que hice donde errores y aciertos tuvieron la misma vivienda.
Que nadie se me vaya a asustar pero es que hay muchas veces en que uno no sabe muy bien si es bueno haber alcanzado en cierto modo una edad calificable como en los programas informáticos de opciones avanzadas. Es ya un punto en que no me interesa nada que esté por encima de mí porque me siento por debajo, porque estoy por debajo. Es preciso que haya un nirvana después, más allá de la muerte, en que todos podamos encontrarnos felices y dichosos. Que no hayan mediciones, reproches ni equivocaciones. Es un lenguaje para esos momentos no admitido, no entendido.
A falta de cualquier lenguaje el error y la verdad pueden ser la misma cosa, los éxitos y las decepciones, propias y ajenas irán a pozo común, todos habremos vivido bien, habremos sido buenos, dimos el nivel, casi pintamos de nuevo el futuro como volviéndolo a hacer, descontándolo de pasados que nunca nos gustaron, de ratos malgastados, como dije, de errores y mentiras.
Sé que la vida no son las horas, minutos y segundos que hemos pasado, la vida es un inmenso presente, infinito, sin límite de tiempo, pensándolo bien los límites los ponemos nosotros siempre porque no sabemos valorar ese presente que tenemos dure lo que dure, alcance hasta donde alcance. Pero no lo puedo evitar ya, tengo huellas de tiempo, señales, días precisos donde habrá hasta gente a la que aunque sea un rato alegre le gustas más o eso te hace creer.
Nunca tuve un espíritu atrevido, pero sí un caudal de ganas y energías. Me quejé como todos muchas veces. Tuve un mal mayor: soledades elegidas porque se estaba bien, sin subestimarlas. Carecí de términos medios, quise o no quise, me acerqué o me distancié del todo, de verdad no sé si fui buen compañero, si exprimí demasiado una misoginia acusada cuando me interesaba.
Lo peor quizá fue, quizá ha sido, no saber distinguir posibilidades a mi alcance de las que eran imposibles. Todo esto me viene en estas fechas próximas, alguna demasiado propia, porque curiosamente cerca del mar no me he dado cuenta que la vida tiene su mar y su lecho, que va contracorriente además, que ya me pilla cerca, la orilla más atrás, la vista escandalosamente turbia, la falta muchas veces de unos ojos en mis ojos ya bastante menos tiempo, contabilizándolo como si viera a una mujer con la cintura de reloj de arena.
Allí tendré que ver el tiempo que me queda, hasta cuándo he de seguir volando.