martes, 8 de septiembre de 2009

No he sabido hacerme viejo


Supe ser niño y hasta tuve que entender lo que padres adultos mezclaban con una indudable e impecable enseñanza, modos de convivencia nada recomendables. Cuando un hombre y una mujer unidos con el porqué maravilloso del amor, lo rompen a pedazos, nada lo justifica, todos sabemos lo que tenemos que saber de los demás antes y en cualquier ruptura las partes son muy por mitades. Junto a ello aprendí algo esencial y permanente: unos criterios claros y éticos a lo que es muy difícil no saber responder, las mismas pautas de conducta que pasaremos de página luego con nuestros propios hijos. Fui buen niño y hasta entendí para siempre esa insalvable distancia hasta nuestros padres, como una sensación intacta que si un día la perdemos –tenga uno la edad que tenga- ahí se termina una posible y alargada juventud, una madurez bien trabajada hasta que el cuerpo lo permita. Cuando no se tiene ese respeto en la vida para con los demás, eso que debieron enseñarnos a todos le falta a uno lo mejor, lo más valioso que tiene el ser humano.

Quizá eso me ha pasado. Tuve la juventud de la educación, nada menos que de la educación, exquisita, tierna, correcta, bondadosa como un traje con corbata de diario o la ropa más informal para seguir siendo elegante. La llevaba encima gratis allá dónde entraba, la ropa de la cultura propia, inevitable, de no dejar nunca de ser lo que era. Aporté a la vez, por allí por dónde pasé las ganas del trabajo que sólo da el propio trabajo. El mío tuvo cifras, objetivos –a la vez maneras de estar entre mi gente- y sacaba bien las cuentas, siempre con saldo positivo para que al día siguiente me pidieran un poco más y lo diera.


Se terminaron las autoalabanzas porque vine aquí hoy a escribir que a ser viejo no he aprendido a serlo nada bien. Quizá la lentitud de mis posturas provocó el impulso repentino, la palabra sugestiva, la esperada respuesta costara lo que costara. Si encima tenía el dolor de estarme quieto, debí hacerlo, porque el dolor no es para compartir, se aguanta y ya está. Los impulsos pueden estropear la vida, impedir vivir la vida que había aprendido. La quería como un medio para llegar al orgasmo simultáneo de sentirme escuchado fueran cuales fueran mis palabras. Sin embargo estarme quieto, no esperar ya nada, ni bueno ni malo, eso que es precisamente la vejez, no me lo quise creer.


Cada beso humano es también una respuesta y he buscado los besos y muchas cosas que dependían de las palabras, casi todas. Sin saber hacerme viejo, sin querer hacerme viejo, tengo en cambio la turbiedad inevitable de dentro de los ojos, la equivocación del pensamiento, la sospecha que me ha llegado la tristeza antes de tiempo. Me basta solamente con sobrevivir, ir tirando, eso ya me parece que ocupa mi vida.


Pues si tanto me he equivocado con este cuerpo mal llevado y viejo, ¿qué busco? Pues salir de aquí, de voz y pensamiento, abrir una ventana y asomarme; busco saber qué busco que no lo acabo de saber. Me está doliendo el tiempo sin consuelo, tengo miedo del momento, no soporto ni la excitación de mi propio grito, no encuentro –pienso que para siempre- lo cálido de unos primeros momentos, mostrar una persona que ni yo mismo era, soportar la incertidumbre de la noche dejando que pase entera sin que yo la intente interrumpir voluntariamente o alargarla más de lo debido.

Que me vuelvan a gustar las mismas cosas de antes, atreverme, inventar, imaginarme, soñar. Que me interese otra vez la pura y hermosa prosa de no haberme hecho tan mayor, como una vocación de pensar. Recobrar mi pensamiento limpio, desnudo o con una lencería blanca sobre una piel manchada con vocación de ceniza; la alegre protesta de la vida –como una mujer con pechos bien llevados- volviendo a esos criterios claros y éticos que aprendí de niño.

Ir otra vez a la reclamación del presente, que existe, que me quiere, como una llamada urgente de la vida que si se demora, si no le hacemos caso, ya es otra cosa.

miércoles, 2 de septiembre de 2009

Necesito pasar las páginas, Doña Carmen

Ya son muchos años que el mundo de los libros tiene que pasar por las manos de Doña Carmen Balcells, más que su criterio, su voz autoritaria como agente literario lleva a las librerías aquellos libros que merecen su publicación. Jubilada de tacto oficial, presente no obstante todavía en tantas y tantas obras antes de salir a la luz. Su voz ha sonado: “De lo que estoy feliz es de que el futuro no me haya borrado ya”. El futuro del libro electrónico, esa pequeña pantalla que permite la lectura de más de 500 libros, está más cerca de lo que creemos. Se habla de vender este año 22 millones de lectores electrónicos.

Hace ya demasiados años, de la mano de un sistema operativo MSDos me situé delante de un ordenador, aprendí su manejo y lo enseñé, a niños y mayores que no querían quedarse fuera de ese mundo de la red. Tengo ya demasiada longitud de horas, de calcular el diámetro perfecto entre las palabras de un diálogo como si fueran las yemas de los dedos en los pechos de una mujer. Que he ido llenando paredes de una casa para obtener los amigos que no me fallarían; páginas sin leer pero ojeadas a conciencia, profesionalmente; apartados de los libros con su piel y con su tacto, con las páginas con la autoestima más alta de aquel que las escribió, para soñar con ellas, para oler su misterio, su interrogante permanente, la extrañeza de un instante.

Por eso me voy a quedar fuera, Doña Carmen. Preferiré mil veces por qué dijo que sí a que viera la luz una novela. Me he hecho adulto primero y luego viejo con los libros en la mano, pasando sus páginas como un pomelo reventado en la vieja butaca de cuero con un acomodo carnal de lo más confortable. Una butaca que es ancha y agradable, acogedora como un gran hogar, con el libro entre las manos mientras descubriendo entre sus páginas modos de amarme que nadie conoce.

Me gusta más el libro, me gusta tanto el libro que la madurez me parece no aprender casi con ellos, es una especie de nostalgia quieta, un contacto tan cálido que nunca me lo puede dar ese chisme electrónico, con 500 novelas dentro, sin que le roben el sitio a mi casa casi entera, si que se queden la piel que puse en ellos, tomo a tomo, casi un pantis pegajoso a medida que los pasos de mi vida iban con ellos, dilatados en los muslos, alternados al andar y mira que me cuesta caminar.

No, mítica Balcells, dices que el futuro no te ha borrado ya al formar parte de “Leer E”. No, Doña Carmen Balcells, no me vas a quitar el gusto por cuatro días que me quedan, de esta misma mañana en que voy a cambiar la mirada hasta el mar en la bella terraza desde donde casi lo alcanzaba, por entrar de nuevo en el libre sendero de mi librería, me notarán enseguida como si llevara en la mirada, como revuelto y sin ropa mi propia apasionada manera de ojear los libros.

En la puerta dejaré hasta la edad que aparento, entraré sólo con un poco de ingenio para rozar a la vez las páginas de cualquier libro y las manos de una mujer, su frecuencia, me parece que sus caderas nuevas, la convivencia que teníamos antes de irme este verano, la que suscita el descuido, una liturgia que tenemos ambos como pasar las páginas de un libro que nunca dejaré de hacer como si fuera a la vez mi daño y mi placer.

miércoles, 26 de agosto de 2009

Como una tarde sin luces


Así me siento, me vienen recuerdos de este escritorio que empecé hace casi tres años, llamándose primero “inventándose la vida” y que luego los propios tecnicismos me impidieron continuar colgándole más post, más advertencias, más maneras de reaccionar y fue ya en adelante “Mi taller de privilegio”. Recuerdos que también abrigan, no.

O en ocasiones lo contrario porque aquí he andado buscando la paz sin conseguirlo, quizá porque uno es demasiado débil para cargar con todas las certezas.

Ya hace tiempo que lo noto: a la hora de escribir aquí, no encuentro el privilegio, ni es taller, ni es enseñanza propia ni ajena, se me van cerrando los días demasiado de golpe, será por el clima, por el momento. Alguien me dijo que al final del verano a lo mejor me gustaba, y no ha sido así. Sigue sin gustarme.

He releído al azar varias veces en que conté sensaciones y aún me gustan menos, aunque me libera que el miedo a equivocarse es un derecho del poeta. Y son muchas las veces que me siento poeta sin escribir poemas, siempre los he guardado para destruirlos luego.

“Mi talle de privilegio” ha pretendido ser como una sala insonorizada de resacas, que nadie me pretenda quitar el empeño del lenguaje, pero más que aportar como una música propia, quise poder convertirla en la posibilidad de las escuchas.

Ayer lo leía en un periódico que el sexo no es solo una Y. El sexo cuando lo he notado lo he contado en formas y maneras de mujer: empalmando a un hombre en menos de treinta segundos; leyendo a cada hembra como un libro abierto y ella por dentro ardiendo para entrar en danza.

Ayer lo leía, también en un periódico, en el relato de Navellón sobre la caída de Óscar Pérez a más de 6.000 metros de altitud, explicando que “no se siente miedo, no hay tiempo para ello” y que lo último que le dijo, es cuando puedas, súbeme tabaco.

A mí también me hace falta tabaco y no estoy a 6.000 metros de altura, puedo ir a comprarlo en la calle, pero me seguirá faltando tabaco; que alguien me suprima del todo los motivos que me hagan daño, son las cosas que notas cuando no te duermes: fíjate qué raro, la falta de tabaco.

Las cosas las he hecho bien o las he hecho mal, y ya está y he estudiado cómo explicarlas en su momento. Pero una vez contadas las que aquí cuento, lo leí en un post de Carmen, una más de los blogs, “que se sentía a gusto al llegar al sofá y verlos a todos”. Yo me voy quedando, sin embargo, solo. Yo me voy siniendo cada vez más solo. Da lo mismo cerrar esta puerta y abrir luego otra. Pero es muy complicado cambiar de sitio cuando ya tienes el sitio.

Escribir lo necesito, es una ambición de durar, un atrevimiento.

viernes, 21 de agosto de 2009

En lugar de minutos, esperas, veces


Vuelvo pronto ya a la vida de después, como si fuera a ser distinta, pero ando equivocado porque el PIN sigue siendo el mismo que tenía este verano, el que marco cada mañana al teléfono móvil del propio camino. Voy a dejar atrás la belleza de las albas sin esfuerzo con el mar delante como una vegetación de los azules cargados de respuestas. Dejaré sin quedármelo, digo, todo lo que tuve bello: unos versos bien entonados que muchos no entendieron, uno luego recula, vuelve atrás, sigue teniendo miedo porque encuentra un abismo inagotable de nuevo, la manera de vejez en la vejez.


Tengo ganas de volver y un cúmulo de temores por hacerlo –alguien sabrá por qué-. Me esperarán las esperas, las veces sin saberlo, mi falta de capacidad de entendimiento en tantas ocasiones; temores hasta de estarme quieto, capaz de comprender formas con las que me quieren entender. No sirvo, no sirvo para esto, noto que me quedan tres o cuatro telediarios para matar una tarde, una escasa posibilidad de que alguien coja a la vez el mismo libro que estoy leyendo. Los siento en la página “acércate a los libros” pero pocos se acercan del todo, se me quedan antes a mí los libros en la mesa después de leerlos, veinte citas que todavía no he traspuesto de algún libro con tejuelo o de los que yo he tenido entre las manos mucho rato, ojeándolos, casi leyéndolos antes de leerlos.

Tres o cuatro telediarios con esto de la vuelta donde quiero volver para quedarme más tranquilo sobre la forma de entender la vida y a la vez mucho más lejano que podéis imaginaros. Se lo avisan al personal de la limpieza –“como conozco a mi marido querrá volverse inmediatamente de habernos quedado solos, con la casa de al lado, la nuestra, la que están los chicos, vacía-. Les llamo los “chicos” porque yo pienso que han dejado de ser hijos. Estos que ahora tengo, al contrario de los que tenía días antes, son de mucha conversación, no son tan suyos, son más nuestros.

Y en dejarme todo eso estoy, como empujando, con ganas de estar solo, recuperar áreas propias, dos butacas de cuero para que me cuenten lo que pasa, porque lo que me pase a mí es mucho mejor no contarlo, dejar pasar, igual que si fuera hacerle un hueco al tiempo, eso, tres o cuatro telediarios que antes se me escaparon.

Y esta mañana –es curioso- he venido a entrenarme yo solo a pasar un día entero dentro de mi casa, tocar sus paredes, andar descalzo por el parquet que aún no me he aprendido demasiado sus ángulos, ver si las cosas estaban como las dejamos, hasta en lugar de hacerme un café como en el sitio de verano, aquí sin el mar delante, me he hecho un nexpresso, he llorado un rato, como si fuera un “pavo” así me puede llamar quién siente ya aún más cerca el día que deje definitivamente de serlo.

He venido a crear presentimientos, tiempos con sus remansos –no sé a qué hora volveré, ni tan siquiera si comeré, es robarle tiempo al tiempo-.He venido como a inventarme un siglo, ya que a mí me cambiaron, he venido a soñar que soy parte de una tribu de los que precisamente ya no les queda casi siglo. He dejado la prehistoria que tiene el verano, el toque de maldición que decía que siempre posee, la madre de mi mujer, licenciada en Farmacia en aquellos tiempos que estudiar una mujer era motivo de castigo eterno. Ella decía, “todo lo malo ocurre en verano, hasta las guerras”. Debías tener razón, Josefina, igual que cuando afirmabas enérgicamente que por tu cadáver todos tus hijos e hijas cursarían una carrera aunque tuvieras que pedir limosna.

Me he acordado de ti, huyendo del verano. Juan Cruz dice que a ciertas alturas de la vida es la amenaza de una soledad, Mi amigo Juan Cruz que en “Lecciones y Maestros” en Santillana del Mar, con un café en la mano, se acordaba de mí, de la página de mis libros sueltos, de las veces que nos vimos en Segorbe con motivo del concurso de cuentos de Max Aub. “-Hola, acércate a los libros” me dijo, cómo andas de libros”.

Ando bien, pero ando mal del verano, de las ganas que se termine del todo y de lo que me viene luego, de la forma de apaciguar los desesperos, de arreglármelas para que no quede nada y puedan entendérmelo todo. A mí, que de mí dicen que no logro entender en muchas ocasiones, que al final canso; a mí que dejo los pedazos de la vida que me quedan sin pedírmelos, todos enteros; pero mal dejados por lo visto. Me hago más mayor y no aprendo, no aprendo a esperar los minutos, los silencios, las veces que no me pertenecen.

Tampoco he aprendido en el verano, ni he reinventando el amor hasta que llegue a las manos, hasta que entienda que como dice Umbral en un verso inédito, “vivir es amar y olvidar mucho”; o se me acabe del todo este verano y tenga que apurar antes esos tres o cuatro telediarios que me queden, muy necesarios para al menos tener una dignidad y un valor no para recular ni para volver atrás, sino para ya no estar.

Una dignidad para enamorarse como quien pilla un resfriado, sin quererlo, sin creérselo, a mi pesar y sin poder defenderme después. La dignidad para dormir bien, a pierna suelta como luego de un polvo y listo, con la varita mágica todavía enhiesta, estallante, rezumando lava y añoranza; con la posibilidad de encontrar el silencio a solas y quedármelo luego como una manera de sobrevivir al cualquier desengaño. Con la herida de la edad porque envejecer es inimagiable excepto para quién envejece.




sábado, 15 de agosto de 2009

Me he puesto un parche de mujer en el pecho


Llevo sobre el pecho un parche de un opiáceo, Transec35, para calmar el dolor, lo cambio cada tres días y medio, sólo, frente al espejo, recién salido de la ducha. Pues a la vez, estos días, que se me está acabando el verano, he decidido a la vez que calmo los dolores de mi cuerpo, adherirme así como si fuera el resultado de mis sueños de hace siglos, una fornicación del subconsciente, la manera de tener un apogeo de luz y actualidad allá donde más nos asomamos para apaciguar los desesperos. Todo eso en forma de parche de mujer.


Me sentía demasiado en la rampa de bajada, sin tener por qué, y tomé la decisión de inmediato, de adherírmelo. Se me acercó más que nunca una mujer y consideré de inmediato en besar su carne húmeda y vegetal, la que hay al final de los besos en la boca, esos besos del comienzo y del final. Ella me fue preguntando por mis cosas de fuera, intercambiamos escribirnos despacio, sabe hasta dejar un poema con dueño para siempre, un poema que nadie me había escrito parecido en los más recientes veinte años que uno siempre tiene a mano; me dijo más o menos vente aquí, luego tendremos las certezas que siempre se recuerdan luego.


Es una mujer que cubre con sus manos la lumbre de la evidencia, me pregunta cada vez que la llamo al contestarme, como quien devuelve con su seguridad la pregunta en respuesta, “¿qué pasa Fran?” Tiene belleza, maneras que no tiene nadie; “qué pasa Fran” no me lo había dicho nadie en mi vida, cada vez que lo dice, es como soñar con ella, sentirse uno necesariamente bien. “Qué pasa Fran” y ya no puede pasar nada más que un baile, ese beso de que hablaba, eliminar cualquier presente triste y pálido suyo o mío; es otra vez un retorno a las ganas de la vida nada menos.
Se me estaban yendo y sin embargo me las trajo como un obsequio para que me pegara la pegatina, el parche de felicidad para eliminar las gotas de amargura que tenía, con el parche me venía a decir, la felicidad la tienes ahí a mano, tiene un parecido a una blusa de seda, como una vuelta al sueño de las cosas insignificantes que me advirtió que podía ser capaz de hacer.


Así me siento todo yo de nuevo, entero, otra vez sobrante de caricias. El parche de ella no me puede ofrecer vivir un poco más, nadie sabe, pero sí vivir más plenamente las cosas de esta vida. Es un parche que sirve para sostener la debilidad que tengo suelta, puede hasta ser el sueño de una entrepierna a mi alcance, siempre cerca, y la lengua de su boca en la mía. Eso es entereza y fortaleza; eso, el tono que tenía que lo tengo de nuevo, es una evolución, una aproximación, un climax que se te queda para siempre.

Es, sobre todo, una cuestión de comunicación, de piel, una cuenta sílabas de las palabras que nos vamos a decir. Sé que su piel tiene sobre mi piel una línea infinita de felicidad, una tinta de saliva cada vez que uno le hable al otro, el espectáculo conmovedor de la inmediatez como sea cuando hasta las palabras fallen. Saber significa salirte de tu propia piel. Al menos intentarlo. De vez en cuando. Pues me pasa cada vez, renuevo el parche del opiáceo, le doy un mensaje de silencio al dolor, pero ella no hace falta, se pegó para quedarse como si fuera una princesa de cuento, la sinapsis de la materia unida.

Quiero, es muy sencillo, que me deje cultivar sus laderas mudándome de piel cada día para ser uno con sus cambios con sus ecos. Esa será mi manera de llevar esta adherencia. Estamos siempre buscando quiénes fuimos, en los espejos y en las sombras, aunque la piel devuelva a la realidad la evidencia de que esa juventud ya no existe. No quiero devoluciones imposibles, quedarme como estoy, sentirme propio, en cada lado un parche, pero en uno toda mi aspiración, mi existencia.

Ya lo dije: un parche se llama “Transec35”. El otro no necesita comillas: Reyes Vaccaro.

domingo, 9 de agosto de 2009

Mi depósito del tiempo vivido


No se me termina y yo mismo estoy juzgando insistentemente mis acciones y tampoco se me acaba la necesidad de que me escuchen, de colgar el post de las cosas al oído, las que considero demasiado a flor de piel y por eso no las digo, quizá porque siempre noto que me falta aunque fuera como una caricatura en la escucha. No la encuentro, por eso no escribiré esos sentimientos porque me parece que hacerlo sería como a fondo perdido, mejor callarme, quedarme con las mismas cosas –ya veréis- y soportar así lo mejor posible el tirón de vivir.

Estoy siendo incapaz de olvidar lo suficiente y presentarme aquí desnudo, sin posesiones, ni tan siquiera la palabra mal utilizada tantas veces, la posible e imposible. Y que conste que siempre llego con hambre de sabores, de armonías, de maneras de acercarme, soy capaz de decirlo al oído templado y tierno, al que se acerca antes de que yo me aproxime. No hay manera, cada vez siento lo mismo, en cada ocasión o momento, necesito lo mismo y quienes me leen se creen muchas veces que son maneras mirar la vida, y no es la vida, es mi vida.

Escribiendo aquí todas estas veces parece que no pierdo nada, mucho peor no gano nada. Uno llega a cualquier parte inacabado, incompleto, se traía tres miradas, el empeño de estar vivo, de no haberse planteado todavía siquiera esa personalización prematura de la muerte, cada uno de la manera que sea. Y cité a Molina Foix y lo traigo de nuevo, huyendo de la muerte: “Morir siempre es prematuro. Hasta para los condenados a muerte.”

Pues yo me siento condenado a vivir y una vez empiezo a contarlo, pero puestos a ello como si fuera al revés, del final incompleto hasta el principio igualmente desdibujado por la falta de memoria. Pero eso da lo mismo, me interesa sobre todo el cargamento propio de hoy y la respuesta ajena, vaciar el depósito del tiempo que he vivido y cubrir si es posible los huecos que no pude o no supe cubrir.

Y me vengo acercando, como he dicho, buscando el oído quieto. Me va faltando el eco, puede faltar del todo porque hubo un tiempo que esto sólo se apoyaba con un único apoyo. Ya sabía antes de escribirla que cada palabra tenía su analógica, su semejante, como una mano tendida siempre.


Ya está bien yo decía, si tuviera esas respuestas a mi lado sabría hacer buen uso de ellas. Podríamos fabricar dos personas juntas la metáfora del hombre que siempre sueña lo venidero, como un sistema de sombras preparado, igual que dos amantes despacio que cruzaban esa distancia de sus cuerpos aunque fueran a destinos diversos.

Por eso sigo escribiendo, pero al mismo tiempo porque falta todo lo que falta o lo que yo creo y siento que falta, no cuelgo el post más verdadero. Aparento un falso sosiego pero carezco de una paz sin cansancio, ésa que existe en el borde los besos.

Ando por el camino de que se lo vayan creyendo, no tengo un solo gesto que no sea verdadero, pero se me notan los huecos dentro de la profundidad de mi propio depósito. Pienso seguir haciéndolo –lo he dicho en muchas ocasiones- lo más despojado de incertidumbres que puedo. En la carne tengo ya muchas veces una desobediencia irremediable; conservo la soledad y su conocimiento hasta en mis manos más viejas, creo que los dedos aún están intactos empeñados en el propio tacto para buscarlo y no dejarlo.

Vengo a decirlo porque en todo ese depósito de tiempo transcurrido aún me quedan para el futuro maneras de explicar algo cansado pero bueno, para poder compartirlo como quien lo hace con el tabaco: una naturalidad, una forma de ser que enriquece, la piel tendría que estar sobre la piel, algún sueño por inventar, inventarlo, ver cómo soy capaz de colgar de una vez el post más verdadero.

sábado, 1 de agosto de 2009

Cumplo años a las 7 de la mañana, luego ya no


Luego ya no, porque no me gustará lo que me toca vivir y me lo he preparado yo mismo, me lo he hecho todos estos años anteriores, y me voy cansando de ello, hasta ya no tengo más remedio que con mis palabras, como siempre, buscar mi derecho a la felicidad porque no he hecho nada malo ni he dejado de hacer lo necesario para tenerla un rato. Una cierta felicidad que deben dar los años, antigua y profunda para poder demostrar que soy mejor de lo que puedan contar por ahí. Necesito montar como una celebración –no de los años- porque ya no necesito tartas que soplar, sino pedir y recibir una ofrenda casi divina junto a alguien algún día o al menos unos momentos, para al mismo tiempo poder así respirar a salvo de contrariedades y malos sabores.

Hace tiempo, hace ya bastante tiempo que eyaculo en mis palabras un poderío congénito, libre, tierno, vestido de estreno, utilizando incluso una especie de calzoncillos eróticos que no sé de dónde me los saco, pero así me presento, así vuelvo a estar ahora, este rato, estas siete de la mañana que eso sí, no me las quita nadie y aún me queda aunque os parezca extraño muchas palabras tiernas por estrenar: cuando estoy en la ciudad en un amplio salón, una música recién puesta cada vez, el necesario engaño al cuerpo de dos cafés bien espesos y la soledad de 200 metros para mí, el parquet para ir descalzo y a lo mejor tener la fractura de un dedo meñique como un niño jugando, pero una tranquilidad leyendo que es incapaz de mejorármela nadie de la tierra.

O si es como ahora, como en este instante, con el mar delante, intenso, pasional como me siento yo, casi como incitándome a que ofrezca de nuevo eso, lo único que tengo, las ganas de enamorarme de cualquiera: a lo mejor la muchacha que está haciendo footing en la orilla que ya ni la recuerdo, no sé quiénes son sus padres que seguro que los conozco, ni a ella por supuesto. Corre libre, debe ser con sus pensamientos, igual que hacía yo hasta que ya no pude hacerlo más.

O la mujer que tenga en sueños, -porque siempre tengo una metida entre ellos- alguien con quien inventarme un juego erótico y rasposo pero inevitable, a ver si es posible de cualquier manera llegar a tener la inagotable capacidad que otorga la esclavitud del sentimiento, el sometimiento como el medio más cercano de que no me haga daño estar ahora mismo –luego ya no- cumpliendo años y diciendo con voz muy propia, escondida de tonalidades por los años, los dos términos más hermosos que tiene el castellano, ven, te deseo. Eso me servirá para amar siempre en el obstáculo, en la dificultad, en el ansia de ser diferente, hasta que a cualquiera le cueste alcanzar quererme a fondo perdido, cada vez, a las siete de la mañana encendiendo un mundo nuevo para mí.

Ya lo sé que la felicidad al fin va ser unas frases que dije una vez y sigo diciendo, repitiendo, un surco de palabras que yo siempre tengo porque ando sobrado pero necesitado para darlas, para decirlas insistiendo, relajado en el hombro de quién sea capaz de llegar hasta aquí, hasta esta terraza a la que le sobra el mar de bella que es, hasta este desespero por sentirme mejor como un terco deseo, una solemne intuición para decirle a una mujer después, ¡qué bien estoy contigo!.

Se me está terminando el tiempo, ya empieza a no ser las siete de la mañana, ya mi cumpleaños no podré celebrarlo con nadie porque esto de escribir se va a convertir en el final de un principio. Me gustaría ser más que un inservible come mujeres, que me comieran a mí como hombre con lo que llevo puesto. Ya, ya sé que esto es como una especie de prostitución que no termino, un empeño, un hueco que no sé llenar porque es difícil hacerlo o que lo hagan por mí en una especie de sexualidad descabellada y única, libre en el mercado de palabras, en los post que cuelgo sin vergüenza, con la necesaria indecencia para que se noten que son míos.

Ya no son ni las siete y un minuto, se me ha escapado el tiempo con la hora, he terminado de una vez el rito antiguo del cumpleaños cuando tienes a todos los seres queridos. A mí me falta ya hace tiempo una hija muy bella que insistía muchas veces –siempre cuento lo mismo de ella y sin embargo las cosas que podría contar- me decía, “papá, es que tú lo lees todo”. Ya quisiera, le respondía y se marchaba con sus tacones por el pasillo de casa, bella, esbelta, reclamando su merecido descanso.

¿Pero todo esto que he escrito para qué? Pues a lo mejor tan sólo para darle la razón a Vicente Molina Foix en su libro de ensayos que ha reunido maravillosamente y que le ha puesto de título el único que se le puede poner a todo esto que nos viene haciendo daño y así tener la manera de contrarrestarlo: “Con tal de no morir”, eso que significa que nadie vuelve a verte.

Sin embargo, yo quisiera que me volvieran a ver, aproximadamente unos cien años, poder inventarme otro escrito sin pies ni cabeza, poder como estoy haciendo ahora, leyendo un nuevo libro. Con tal de no morir.

lunes, 27 de julio de 2009

Me he quedado sin pulso


“No es que sienta tu ausencia el sentimiento.
Es que la siente el cuerpo. No te miro.
No te puedo tocar por más que estiro
Los brazos como un ciego contra el viento.”

Ángel González

La cita proviene de un hermoso libro de relatos de Joaquín Rodríguez, titulado “Las mujeres que vuelan” cuya reseña incluiré en mi página web de literatura el próximo mes.
Pero me sirve, como me viene sirviendo toda mi vida la literatura irremediablemente almacenada en mi forma de vivir para que me permita al menos una disponibilidad de la escritura, o como en frase de Bolaño, “líneas capaces de cogerme del pelo y levantarme cuando mi cuerpo ya no quiera aguantar más.” Porque me derrota ya aguantar, porque me voy dejando de engañar a mí mismo sobre una fortaleza que quizá no tenía más sustento ni más ajuste que las palabras que leía.

He venido a un espacio muy hermoso, de esos que llaman urbanización para dar la sensación de que algún organismo estatal lo organiza. No, no es así, el “Mareny Blau”, ésta estrella de mar azul la urbanizamos unos cuantos con la convivencia del cariño, de las mañanas al sol para que los cuerpos se doraran, de los paseos por la tarde junto al mar donde estaba repartido gratuito el asombro, el beneplácito del silencio con el sonido del mar como techo.

He venido, otro año de nuevo, siempre ya falta alguno de la lista donde no hacemos lista, porque la vida si está se vence, se tienen los años en su totalidad, a veces se coge algún atajo para evitar que no te noten lo que se nota. He venido otro año, eso, a cumplir años, nadie te los pregunta ni te los cuenta, yo siempre digo que estoy bien a la típica de pregunta como si fuera un estado de embarazo, estoy bien porque no entro en los detalles. Los detalles me los quedo, son la parte más personal que tengo, son el sombrajo de mi memoria, confesiones que no le deben importar a nadie porque siempre se han producido luego de un coito, de algún hábito, de la ilusión de permanencia, del beneplácito que me dejan mis propios silencios. Esos, mis detalles, incontenibles y propios.

Aún me queda en los viales que recorro más o menos -siempre tiene que ser más o menos- el gesto, la cercanía de un amigo, su respeto con forma de antigüedad bien llevada, como una dictadura de la vejez que lo despeja todo, puede ser al pararse a saludar a alguien, como una tarde alargándose, un tiempo de sobra, prestado, cualquier cosa que no viene a cuento, el desgaste de aquel presente que tuvimos juntos, un descuido, una desactivación, una falta de pulso.

Así me siento, como si me hubiera quedado sin pulso al venir a estos terrenos propiedad del mar, lo urbanizaron su arena y sus aguas, su gente tumbada, los niños que traje que se empeñan en volver hasta que un día me tengan ellos, ya bien adultos, que traer. Pero mientras no sea así, aquí, separado de mi mundo habitual, de mi rincón con libros, asiento y silencio, he de reconocer no obstante que “estiro los brazos como un ciego contra el viento”, que ya no puedo tocar la misma mar intacta, que mi goce es inferior, que lleva razón González que tengo el sentimiento pero no la tiene ya el cuerpo, que busco el lugar exacto y propio donde estuve, las huellas de mi sobre la arena y no quedan, debió de ser como un malentendido con la literatura que yo llevaba y el llanto pesado que ahora tengo.

Venir aquí ha sido sentarme sobre la propia melancolía. Fui poderoso muchos años, hasta le daba severas órdenes a mi perro al llegar los fríos viernes del invierno cuando lo dejaba suelto y le decía, “a la media hora te quiero aquí”, haz lo mismo que voy a hacer yo en la terraza: el oficio de abrazarme a nadie y sentirme propio con las personas que habían llenado mi vida todas las semanas. Ir allí venía a ser como dos enamorados, con los niños por el parque y nosotros en el lecho –sin que hiciera falta tener lecho- para no cansarnos de nuestros propios olores y nuestros sabores.

He venido aquí y como siempre me he quedado sin metáforas y no encuentro las pasiones, sólo noto con el aire las arrugas del contorno de los ojos como redes de pesca cargadas de miradas, sólo noto las palabras que dije cada viernes cuando ya tranquilo me sentía como poeta de café, venido a menos pero con la piel todavía tejida de empujones.

De todo ello no nota su ausencia mi sentimiento, lo notan los brazos que estiro, el alma, los suspiros, la boca abierta y muda, el límite voraz de todas mis sensaciones.

lunes, 20 de julio de 2009

Se me está terminando la magia


Hasta en los sitios donde estaba tranquilo cada verano exclamo: ¡la que se me viene encima!. Destruyo así, en las líneas de la mala recepción a forasteros propios, su comienzo bien ganado de descanso. Pienso egoístamente en mí, en ángulos que resultaban cómodos, en no echar ya cuentas, en acercarme más a la incertidumbre de la edad: porque creo que lo dije alguna vez que la edad no es algo fijo, ni una cifra concreta, insultante y voraz. Estoy a punto de cumplir otra nueva edad real –a ver cuántos días faltan, da lo mismo los que falten- pero en cuanto la tenga, sea de mi propiedad, la dejaré atrás lo más rápidamente que pueda. Mi celebración con los míos consistirá en pensar, más o menos, estoy como estaba hace un año (ninguna garantía de prestigio) quizá en este haya el peligro de ese mal hurgar en comportamientos que a todos nos suena como una mala entonación de principios, de esos que nos enseñaron de niños recién venidos.

Pero yo todo este tiempo he ido construyendo una magia propia que me quitaba de la cara forúnculos de vejez puestos al revés, impedía hasta a veces en parte ese pequeño y cautivador temblor de las manos que servían incluso para lo que llamaba mis caricias: ir acumulando libros leídos dentro, asentarse en un miedo bien armado de recuerdos; las secuencias de palabras que siempre tengo. A eso le he tenido tantas veces miedo, que se lo sigo teniendo. Y magia tuve también por dentro o haciendo sitio fuera al último escalón de la escalera de los labios, imprevisible, intacta como el color de una risa, no me digáis que consiguiendo creérselo no se acumula una propiedad, que precisamente es la que noto que ando perdiendo.

Entonces, qué hago al cumplir más años si supongo que no existe ninguna edad correcta, todas tienen sus más y sus menos de lo que parece a simple vista. Te vas acercando, pues ya tengo tantos años e incluso pienso en ese futuro que se me viene encima y sigo queriendo saber qué va a pasar más adelante. Yo acudiré a él como más adúltero o más desnudo, sin haber sido infiel, ni haberse desprendido de la ropa que permite la asiduidad de la noche completa, las manías del goce, las imágenes de los sueños murmurados apenas y los espantos contados, el abandono de la desnudez y luego del sueño saber extraer el mejor secreto que tiene el lenguaje, la luz, el día luego, la ropa que te vuelves a poner.

Todo eso formaba un conglomerado mágico y tranquilo que se va pareciendo cada vez más a todo lo contrario: a una fecha de caducidad más próxima, a preguntar en ese diccionario “abierto por inventario” que han escrito varios escritores: "- Maestro ¿Por qué la felicidad está siempre en la otra orilla?
-Para que cada uno aprenda a construir su propio puente." He aprendido mucho en ese diccionario, he buscado mi puente como “un compendio de creencias, un prodigio de síntesis." Creencias me van quedando pocas, las síntesis me salen cada vez peor –incluso las propias-

Todo esto tiene el mismo origen, la misma palabra como punto de partida: la insaciable ley humana del deseo. Quiero más que tengo, que no se me terminen los espacios, que de verdad voy notando que se acaban como una ecuación de segundo grado que nunca supe resolver.
Me siento ya como madera de barco viejo que por ni dimensión ni atractivo tiene hueco; soy tan solo ya tarde de humo y lectura eterna; dolores de pliegues que siento siempre, formas que ya ha adquirido mi vida con las que me hago daño con un mal que no está hecho ni pagado ni terminado. Simplemente convive con todo, y como hombre sólo percibo a veces el cansancio de ese daño. Siempre queremos un borrón completo, un hacer que no duela, una acumulación de lo que ocurre en otro lugar de la conciencia.

Pero que me quede algo todavía de la magia que tenía antes, como una mujer que pone las piernas sobre los hombros para que el hombre llegue más hondo aunque detrás esté un daño indecible y amargo. Igual –ya que he puesto el símil- que la carne se verifica, dejarme el eterno hueco que siempre tuve para las palabras. Al menos que me entiendan las mujeres porque para mí siempre me dan una sensación de eternidad como un túnel que tiene la esencia del mundo. Necesito tenerlo cerca. Hace poco me dijeron “date tiempo” para asimilar realidades que ignoraba. Pues en ello estoy para no quedarme fuera.

miércoles, 15 de julio de 2009

Pasciencia e incertidumbre


Me pregunto cada vez más veces si me queda ya retorno en las palabras, si interesan a alguien, si se entiende que sobre todo busco un hedonismo armonioso, una paciencia que cuento pero que hay que alimentar de la incertidumbre de lo propio y de la que encontramos en lo ajeno. En el fondo cada vez es lo mismo, me gustaría esa intensidad tan especial a todas horas como un vals de la vida que bailas sin cansarte y sin cansar, una especie de lentitud luego del coito con la vida con todas las partes del cuerpo por pequeñas que sean.

La paciencia también es el precio de haberte equivocado tantas veces, la resaca de la noche al despertarte que se espabila a la vez con mi sistema nervioso. La paciencia tiene fijo un lugar en mi cuerpo, un altar de sacrificio, una inalterable necesidad de vida adulta, mi manera de sentarme o de permanecer de pie y caminar. Hasta llegará a ser si sigo escribiendo sobre ello, la figura de un hombre con forma de querubín rodeado de amadisis, de novias desnudas, como un amante antiguo que es capaz de arrancar el placer del otro en el momento exacto y sin esfuerzo.

Pero no me quedaré desnudo de incertidumbre, de saber qué viene luego para esclarecer toda cosa complicada y problemática. No quiero dar la imagen de hombre quieto por muy quieto que tenga que estar, tengo un afán afásico de gozar la vida y para eso necesito la inquietud hasta de mi propio entendimiento. Y por eso empieza a dolerme demasiado que alguien confunda mi paciencia, mi silencio a veces, que rehúya necesariamente el movimiento con que no busque todavía de la vida como ese cuento excepcional que todavía no hemos leído, un viento para violar la piel, hasta me atrevo a decir que metidos en el amor, llegar a algo exagerando la curiosidad y la indecencia.

No quiero que se me haga tarde, que se me haga más tarde. Necesito que me espere alguien siempre como una simiente aún, una aventura, la gruta de unas axilas con unos presentimientos aún gozosos. Me bastará –pido poco- que me miren con cariño para que mis engranajes funcionen, para que mí paciencia sea válida, utilizable y mi incertidumbre con la misma inquietud que puede tener un beso, el caminar de una mujer con sandalias de tacón alto, vaya donde vaya el improvisado placer que parece que si uno da rienda suelta la vida lo tiene todo calculado.

Pues si es así, y están ambas apoyaturas a mi alcance, prometo subir las escaleras con más seguridad, casi con la elegancia que puede darme la mano firme de una niña dueña de un cariño consistente que hace sentirme precisamente consistente. Quemo mis dedos, y las palmas viejas de mis manos como si aún me quedara por escribir en este bloque de hojas propias lo mejor de mi vida. Quemaré si es preciso para demostrar mi paciencia y mi incertidumbre mis dedos en el fósforo que puede tener una cintura querida; gastaré mi consistencia lo que haga falta con besos con forma inquieta, igual que mis palabras; iré contando más o menos cosas porque lo demás ya lo cuenta el cine de los ojos quietos en otros ojos.

Escribiré, ahora que pienso esas cartas tan íntimas y tan desvergonzadas con chasquidos de sexo que se abre, con sonidos que llegan desde dentro de alguien y que acaban siendo propios. Haré historia de mi pobre historia pero eso sí como un cuerpo profundo cruzado de pasado y lleno de las dentelladas que da la vida en las respuestas.

Más o menos, para que no se sepa de mí, qué es lo uno y qué es lo otro de lo que titulo como paciencia e incertidumbre. Escondidos los hilos de las cremalleras de los quirófanos donde estuve, enamorado del analgésico sorprendente de lo profundo que sepa darme alguien. Como un dibujo que acabo de ver o una imagen que siempre me cautiva y sorprende: ella se cubría con una camiseta sólo para tapar un instante el desnudo, el sujetador no existe, una zona abierta y desdibujada de los muslos para que el cuerpo recuerde su memoria de cuerpo pausado y exigente en su dominio.

miércoles, 8 de julio de 2009

Asombro y asombroso


Por mi afán de vivir, de ponerle pasión a todo, de utilizar el pensamiento con el viejo y torpe mecanismo de las palabras, me acerco cada vez más a ese balcón que no es enseñanza para nadie cuando lo cuento porque me enredo muchas veces precisamente con el verbo. Pero para mí es la manera de poder seguir viviendo con un ápice de asombro e intentar así parecer que llevo a cuestas unos pensamientos asombrosos.

Cada vez sé qué gusto menos porque empiezo por mí mismo, pero no me puedo ni me quiero liberar. El pensamiento me lo dieron y lo vengo llenando ya hace mucho tiempo de una enorme curiosidad para ver cómo quedan estas cosas desde cerca. Ya me lo dijo hace días la Mastreta: “de aquel lado nadie ha vuelto y me gusta vivir en este”. Pues en este lado vengo llenándome de asombros, a veces, con la enorme cercanía que puede producirse entre las personas que lo intentan, que se esfuerzan, que entre ellas mismas también si lo contaran producirían un enorme pasmo.

Soy curiosidad, soy razón, soy amor que a veces hasta dejaría con un beso prolongado en un paso de peatones con el semáforo en rojo. Es hermoso que eso puede producir inquietud en los conductores que sólo quieren ya llegar pronto a cualquier sitio, y sin embargo uno, besando de ese modo, ya ha llegado, su andadura permanece, no necesita el cambio si detrás de ese beso además hubiera alguien que fuera dejar testimonio de su existencia con “versos sin remedio” como yo le llamo cuando se es poeta sin intentarlo.

Asombroso nunca lo conseguí ser, el término con que me rebatían era “medianía” como si la conducta humana hubiera que medirla y no fuera cuestión de aliento, de color de pelo, de una forma de pensamiento, de tener una humanidad dentro fuerte frente a cualquier tipo de engaño sin que esos intentos lleguen a dejar rasgos y jamás uno los convierta en propios.

Asombroso me gustaría poder ser sólo con el lenguaje. Ya es toda una vida diciéndole al cerebro vete allí, cógete unas cuantas palabras –y gusten más o menos a los demás- las metes en la metáfora de siempre, porque me lo dijo Umbral, que escribir era eso, tres o cuatro metáforas. Ahora además hay un inconveniente, que si algo no lo sabes o no lo tienes, te dicen enseguida, descárgatelo de la red. Pues yo entonces siempre digo que para resultar ser más o menos asombroso lo que diga no puedo haberlo buscado en internet, porque entonces tendrá un anonimato imposible de quitar por más que intente vestirlo con rasgos inconfundibles de mi personalidad, de mi ser, de mi insomnio mal puesto a la hora de dormir, de formas de dolor con las que ya he cumplido veinte años de aniversario y he sido capaz de apagar las velas de la tarta y era mucho apagar.

Ya sé que cuando mayor es la promesa más importante puede ser el fracaso. Pues vengo aquí y ahora a arriesgarme: me acostaré cada noche sin ápice de ceniza en ningún sueño y menos si me lo aporta un pedazo de correo que no sé porqué le llaman tan feo –electrónico- cuando es todo carne y sentimiento; una enorme armonía en cada intento por andar un poco armónico con la vida, ¡nada menos!; la promesa de nunca separarme de quién sin tenerla cerca sentiría enseguida un vértigo especial si la perdiera; enseñar a los demás esa especie de paraíso propio que todos llevamos dentro.

Más o menos, eso y lo que me venga ocurriendo, mi manera de defensa, las fuerzas de reserva que tengo que os aseguro son de mi propia humanidad y no tienen nada que ver los libros, me los dejo olvidados cuando hace falta echar mano de ella. A eso yo le llamo, que me instalo, como quien toma sitio que no se lo va a quitar nadie, es mi asombro y mi manera de parecer asombroso. Será mi aurora, mi anochecer, mi mediodía.

Es mi forma de luchar contra esa soledad que todos llevamos dentro, que nos proporciona conocimiento y sabiduría, es indudable, pero que nos quita tiempo y vida. Por eso hoy vengo empeñado con las formas del asombro. La más propia, la que suelo emplear es empañarme del mecanismo del lenguaje y del tacto, porque si te escribes con alguien siempre te imaginas el tacto ajeno, su susto, su cercanía, el placer del vértigo que suelen dar las manos, el contacto cálido de las anatomías encajadas.

Todo eso te lo puede dar la escritura, si la traes de casa bien hecha con una ternura de cuerpos imperfectos, con el pathos de la lejanía y a partir de cierta edad, no sé, como un tracto sucesivo de entre pierna.

viernes, 3 de julio de 2009

Mi viaje sin libros a los libros III Jornada


Y llegamos al tercer día, a la jornada de clausura. Antes, una tarde –y no sería noble no mencionarlo- José Antonio Lasheras, director del Museo Las Cuevas de Altamira, no nos lo enseñó, nos lo hizo creer, lo que era tan difícil de creer, se inventaba los miles de años como quién habla de ayer o antes de ayer, pero fue capaz ante la bellísima reproducción de lo que fueron las cuevas de mantener la atención y en mi caso hizo imposible el cansancio. ¡Dímelo al final, me advirtió! Y vaya si tuve el honor y el placer de decírselo, dos horas y media más tarde.

En esta tercera jornada, Antonio Muñoz Molina nos iba a hablar de su obra, serena y acreditada que como le dijimos en el mismo tren de vuelta a Madrid desde Santander, venimos leyendote en casa, mi mujer y yo hace cuarenta años. Sus 24 novelas han sido eso, novelas para nosotros, nos las ha hecho creer todas porque tiene una capacidad de creación, una calidad y una sencillez en el lenguaje que es difícil superar en la novelística española de este último cuarto de siglo.

En Santillana del Mar fue mucho él, pausado pero exigente con el auditorio y hasta se resistió a pesar de horarios de aviones de regreso que nadie abreviara o le pusiera término cuando en el coloquio, en la mesa redonda con críticos y profesores se explayaba en sus formas, explicaba por qué ese amigo le decía con tono de reproche que no entendía con tanto viaje, tanta vivienda siempre estaba en el mismo sitio, entre sus libros, sus discos, su pantalla del ordenador. Fue un Muñoz Molina generoso que no tuvo pegas en reconocer que para escribir hay que buscar el momento de la “inspiración” que a veces llega no precisamente en nuestro puesto de trabajo, sino en la calle, entre la gente. La palabra y el sentido de lo que queremos decir vienen cuando vienen, cuando detrás hay ese poder de creación que posee Antonio.

Así lo confesó con humildad ese hijo de Úbeda, a quien su padre ya intuyendo su futuro, le dijo un día subido en el burro, búscate, hijo, un trabajo a la sombra. Su castellano tiene una suntuosidad profunda y una casta y tono viejo y esa inspiración, sin buscar eufemismos de que habló; “surge como venida de ninguna parte, y sin embargo ha requerido toda la experiencia de la vida, todo lo que se recuerda y todo lo olvidado.” ¡Ahí es nada, recuerdo y olvido! La templanza de una literatura que le viene sola, que la trajo del periodismo y ahora lo sigue haciendo con una gran altura cada sábado en “Babelia”, el suplemento literario del “El País”.
Muñoz Molina tiene en sus novelas la cautivadora presencia, crea como un sistema de sombras en sus letras, una manera de ser novelista, que lo ha hecho un tremendo novelista, le ha llevado a la Academia, a dirigir el Instituto Cervantes en Nueva York, a saber vivir allí y poder contarnos lo que es ese país, hasta tal punto que constituía un deber de gratitud entre aquellas mesa en forma de café en la sala donde se celebraron las Jornadas de “lecciones y maestros”, rendir culto a un maestro, que nos anuncia humildemente en el tren su próxima novela en Noviembre y cuando le interrogamos como quien no quiere, no sabe si es como “El Jinete polaco”.
No, no lo va a ser, sino una nueva novela de Muñoz Molina. A mí me va a servir para seguir leyendo y quitarme de en medio la vejez que me aprieta muchas más veces de lo que piensan los que me leen en este blog, un artilugio bien inventado donde pedazos de literatura siempre se pueden encontrar por ahí sueltos para que alguien les acerque su soledad o su ternura, o ambas cosas a la vez. Porque es cierto como dice Paniker que “la vida es limitación y en consecuencia obligación de optar; ahora bien hay momentos en que uno acierta a conciliar contrarios; entonces se está a la vez de ida y de vuelta, se es a la vez ingenuo y lúcido, joven y viejo.”
Por ahí ando yo pidiéndole a los libros como si fueran mis contrarios bien elegidos y en este viaje a ellos, pero sin ellos, he aprendido en “lecciones y maestros” que la luz del amanecer no tiene a veces piedad de nuestros cuerpo porque nota que tenemos los ojos cansados, habrá que rendirse pues, sólo para leer, ya que uno no sabe apenas escribir, a mantenerse en esa iluminación sensual y gratuita que he disfrutado estos días en la Fundación Santillana del Mar.
Gracias, maestros.

martes, 30 de junio de 2009

Mi viaje sin libros a los libros II Parte


Continuamos el día 22 con el mismo sol de la mañana anterior, como si la continuidad sólo la pudiera tener la mañana hasta con una excesiva plenitud en el cuerpo. En esa sesión íbamos a poder escuchar y hablar con Ángeles Mastreta, una gran escritora mexicana que en tiempos insólitos, en su tierra, fue inventándose personajes femeninos que más que reivindicar –creo yo- una feminidad, le devolvió a la mujer su papel lúdico, con el mismo derecho que el hombre, impúdicas si hacía falta, pero con un contenido en sus novelas relevante y tierno.

Llevé conmigo a la sesión porque tenía la idea de intervenir en la mesa redonda con ella unas cuantas citas de su última obra “Maridos” donde el tiempo se desgasta, pero no así la humedad y el vicio. Hay mucho amor en esos personajes, quieren a tiempo y a destiempo, ahí está su poder, su falta de deterioro.

Como muy bien ha señalado la crítica, Mastreta se desnudó, contó su vida, lloró, habló de sus amores, de esas historias que se convierten en vicio, en placer, en delirio para saber en el acto del amor, como dice en "Maridos" dónde tiene cada mujer su clítoris, “nunca en el mismo lugar, muchas lo tienen cada vez en un pliegue distinto.”

Explicó que “Arráncame la vida” y “Mal de amores”, las ha escrito porque necesitaba salir, ser otra persona. Así pienso yo también que está el buen arte de novelar: dejar de ser uno mismo en la escritura, buscar a alguien bien distinto aunque luego en efecto rebote, seamos también nosotros mismos.

No tuve más remedio que plantearle una pregunta sobre la convivencia a raíz de una hermosa cita que pronuncié ante su mirada cálida, entregada: “¿El sexo? –dijo Cristina. Eso, mira se te olvida, haces yoga, te masturbas. Pero la conversación, ¿cómo construyes veinticinco años de conversación? Eso no se suple. Para eso no hay remedio.” Y habría que añadir, Ángeles, y a la vez cómo copular con el silencio, obtener de su lujo y su lujuria las pausas suficientes para lograr que esa conversación, veinticinco, treinta, cuarenta años -¡cual largo me lo fiáis!- pueda sostener y hacer posible así la convivencia entre un hombre y una mujer.
Vivir la historias que no terminan nunca, vivir la vida que hemos construido y mantenido, ese amor eterno, que como bien dice ella, lo mismo dura tres meses, que huele siempre igual, tiene el mismo tiento, el palpar siniestro y obsceno, el cuerpo apaciguado o enardecido.
La Mastreta como sus personajes es una enamorada del ocio y la palabra, por eso defendió la existencia de su blog para escribir lo que quería.

Parece que allí está como empedernida y muy bien lo ha dicho, “todo lo que es empedernido es vicio”. Cuando regresa le dice a su marido, en "Maridos" donde él lamenta no haber dormido una sola noche: “pues me voy a ir más seguido.” Porque en ese más seguido está el vicio, empreñarse con el sueño, buscar hasta la desmemoria de lo que no debe ser memoria.

Oyéndola en “Lecciones y maestros” en la Fundación de Santillana del Mar, casi me sentí joven, me di cuenta que es cierto como ella dice “siempre sorprende que también los demás envejezcan”. Me gustó su emoción y su palabra, hice mío ese diálogo:

“-¿Y puedo ser cliente tuyo?
-Salgo carísima.
-¿Cómo en cuanto?
-Como en gustarme."

Niveles de aceptación en la vida, nortes que nunca debemos perder: gustar y que te gusten, un anhelo permanente viajando por los libros sin libros, para hacerme un hueco en la memoria, en la forma de un viaje, esa intención de nunca clausurar, de tener siempre un romance conmigo mismo.

viernes, 26 de junio de 2009

Mi viaje sin libros a los libros


I Jornada

Siempre viajo con libros porque no hacerlo sería salir de mi reposo cotidiano desamparado, sin ropa ni motivos. Pero estos días pasados, del 21 al 23 de Junio, lo he hecho hacia su propio mundo por la ruta que me marcaba la gramática mayor: el lenguaje. Conseguí ser becario por la Universidad Internacional Menéndez Pelayo de Santander y poder acudir así a la III Cita Internacional de Literatura en español que viene convocando cada año la Fundación Santillana en su sede, “Torre Don Borja” en Santillana del Mar.

Y digo que lo conseguí porque dificultades hubieron para ello, pero ando desde antiguo acostumbrado en esos menesteres ya que la realidad me ha demostrado que la vida no da ni quita nada: lo que obtienes es fruto siempre de trabajo y esfuerzo, lo que pierdes, por negligencia o descuido. Sólo salvo las deficiencias y limitaciones a veces de nuestro propio físico que llegan sin avisar, traídas además de la mano del dolor, pero tampoco importa demasiado porque el dolor siempre acaba por hacer más elocuentes a los hombres.

Al curso “Lecciones y maestros” acudieron este año Luis Mateo Diez, Ángeles Mastreta y Antonio Muñoz Molina, tres ejemplos básicos de literatura de alto nivel española y mexicana. He vivido con ellos personalmente y a través de su voz lo que he tenido y tengo tantas veces entre las manos, en mi pensamiento, en mi afán de curiosidad y aprendizaje, sus libros, su palaba, el lujo de la gramática mayor: su lenguaje.

La primera jornada me permitió conocer de primera mano, tras una prodigiosa exposición la evolución y el porqué de la obra de Luis Mateo Diez, uno de los más importantes novelistas españoles del último cuarto de siglo. Luis Mateo Diez supo explicar admirablemente cómo ha sido capaz en sus novelas de descubrir lo ajeno porque “lo propio hay que inventárselo”; cómo contar el cuento de la vida; cómo ir a parar siempre a los callejones de los personajes tirados y extraer de ellos su esencia y su vértigo.

Con la palabra escrita -el segundo oficio más viejo del mundo- ha sabido este gran novelista llevarnos a la vida cada vez, cada página, cada momento porque “nadie quiere morirse, quiere quedarse otro rato”.
Pues algo así cada mañana me pasaba a mí en aquellos claustros de la Fundación rodeado de escritores, catedráticos de lengua, periodistas y críticos de literatura. Era mi viaje sin libros, a los libros, una especie de reposo en donde siempre reposó mi vida, una gratitud a ese mundo al que tanto le di pero más recibí. Cada mañana, “lecciones y maestros”, a cada momento me regalaba enseñanzas de maestros, como si así me fueran descubriendo dónde estaba el prodigio de la letra impresa. Ellos me la pensaron, ellos la contaron, yo me la ido creyendo para seguir subsistiendo. He podido ir descubriendo estos días la vida más cercana, más íntima, con mis ojos ya cargados de mirada cansada pero limpia todavía de deseo de aprendizaje; he manchado a media mañana las palabras y el café; rompí las soledades que siempre nos preceden y me quedaba otra vez viajando con el lujo del lenguaje ajeno.

Me daba más gusto que nunca despertarme porque me iba a llegar al instante hasta como a una fiesta de la piel que ofrecían enseñantes y escritores, pero que la hacía mía cada día como una propiedad particular sin más deber ni derecho que mi vida leyendo abarcando el mundo entero.

martes, 16 de junio de 2009

Quiero el presente de mis pasos difíciles


Jesús Ferrero en un excelente libro Premio Anagrama de Ensayo sobre “Las experiencias del deseo” deja muy claro en su exposición sobre la vergüenza y la culpa que “no podemos vivir con plenitud el presente si el pasado se convierte en una de las formas de la culpa”, ni tampoco “podemos vivir en paz si el futuro se convierte en una de las formas de la urgencia.” Bien me vienes, Jesús, cuando uno mismo ha decidido ya para siempre asumir ese presente de pasos difíciles que dimos y que no tienen ya vuelta atrás, andadura de remiendo porque he decidido no remendarlos, dejarlos donde están, a la intemperie, y quererlos con su obscenidad y su exigencia. No me valdrá la pena porque no quiero pena, ni el remordimiento –qué palabra más hostil- ni la urgencia, ni culpa alguna.

A estas alturas si me he pasado la vida intentado eludir juicios ajenos y rechazando los propios, he preferido el misterio de la vida ajena porque los muertos merecen tanta indulgencia como los vivos y nadie, mientras nos quede un solo minuto de vida, podrá juzgar y saber de nuestro destino hasta que hayamos definitivamente muerto. Por lo tanto no voy asesinar a este presente, voy a dejarlo correr a su aire con desperdicios y errores, con la forma de volverse ante una mirada ajena bella e insistente.

Y hasta no calificaré de mérito alguno ni un solo paso difícil dado, intentaré quedarme en la templanza para que sean templados los juicos ajenos, pero tampoco tendrán demasiada importancia, todo junto plasma la vida y a aguantar a la vida se le debe dar mucho respeto, la esencial lentitud que siempre tiene. Me dejé sobornar muchas veces por su lirismo, por un discreto modo romántico y de resaca porque el lujo siempre lo he encontrado en el corazón del hombre. Umbral decía –metáfora va, metáfora viene- que “el lujo de donde viene lujuria, no una invención natural sino un instinto natural de la especie.”

Ya que lo nombro, estos días precisamente, Seix Barral ha publicado 126 poemas post mortem de Francisco Umbral, su género menos conocido: “la mujer es el aire, lo que ha de venir, el dibujo que buscan acertar las auroras.” Quizá por eso yo seguidor de Umbral soy capaz de esperar de cada aurora la fuerza que me traiga una mujer. La devuelvo con esa plenitud presente, me hago fuerte con ellas y venzo para no tenerle miedo al pasado a todo lo que tenga que venir.

Prefiero quedarme con el turbio presente pero fuerte, construido a veces para envejecer porque envejecer es para mí recuperar el presente y contárselo a alguien, es un instante, rescatar las primeras veces y perderle el miedo al porvenir. De ese presente sé buscar siempre a tiempo aquello que me mantiene como una constante agresión perfumada frente al pasado que ya existe y el futuro que tiene que venir y todavía no me lo han presentado. Quizá sea como las mujeres que Umbral contaba que perfumaban con su sexo el glande para una semana.

Es mi lucha, mi estancia quieta de cada mañana que me hace válido poder terminarlo todo, poder dejarlo en presente tierno como el último libro más difícil que el tiempo. Me acabo cada mañana el declive del acostumbramiento, la prolongación de mi interés por mi presente. Ya Goethe decía que su memoria sólo llegaba hasta donde llegaba su interés. Pues a mí no se me acaba. Tengo como una melena dramática de vida, una zona a destiempo de caricia, una permanente belleza de rincón romano donde están los libros más cercanos, el lujo de mi madurez, un momento con cariz de amuleto.

Entonces, cada mañana soy capaz de matar para la supervivencia propia y ajena todos los dragones de la tierra. Me basta una piel vieja pero memorable y una mirada de confianza.

miércoles, 10 de junio de 2009

No me voy a salvar de nada


Ya poco me va a devolver la vida, que no le robe yo despacio como la despedida que me voy inventando, casi llena de erratas cual si fueran faltas de ortografía en una página en blanco en la que vengo mintiendo yo. Porque ya es hora que viva de la función de la mentira, que me acerque al intento de las culpas que no tienen remedio porque jamás hubo culpabilidad alguna sino senderos propios donde me sentía a gusto y a los que, quizá, pediré volver un día de nuevo. Mi compromiso será una atadura bella y poderosa, una forma de devolver una gratuidad de alguien que supo entregarse generosamente, sin preguntas, con la única exigencia de la continuidad que es lo que se aprende de los labios ajenos, de la caricia sin terminar de darla, de una voz que suena con la dulzura que tienen pocas voces así en la tierra. En el mejor de los casos, como al poeta, me va devolver la vida “los últimos asombros”. A él cuando se le acaba la noche se le termina la aventura. A mí me faltaron aventuras nocturnas pero me traje del día, cada día, el prodigio de asombrarme de ese nuevo día.

Pero me pregunto con la tentación del lenguaje si todas esas palabras con las que he convivido me sirvieron de algo, me condujeron a algún sitio válido. Me pregunto las propias preguntas que me llegan, casi con palpitación de pubis. Me gustaría escaparme de la propia historia que siempre tiene una vida, ver cómo puedo digerirla a estas alturas, sólo cabe el poder de una relación que es la única manera válida de soportar la soledad que siempre se nos viene encima, es la manera de evitar una mala digestión de la vida.

Yo utilizo un medio químico, a diario, insistente: esos fármacos que forman una especie de vergüenza, que solo sabemos respetarlos quienes los tomamos: tener la tensión alta siempre permite la comodidad de bajarla; tras una crisis comicial no te acuerdas ni dónde estás por la vida, cuántos hijos tienes y hasta ni del libro que debes estar leyendo; lo asombroso del dolor, antiguo y pertinaz, que lo amainas con algo de morfina a mano; el amor como un dolor a la edad que sea. Son ese cúmulo de dolores con un calificativo visceral único: crónicos o sucesos diarios en tu diario.
Y conviene tener siempre a mano la intimidad de los olores y sabores propios, intensos, viejos, hasta como una súplica para darle cabida. Para dejarme mirar a fondo, para que de una vez se enteren de todo lo que tengo pendiente, desconocido para los demás e ignorado, en lo personal, incluso. Necesito un verbo finalista, una manera rotunda de explicarlo de una vez por todas como una fornicación de pie contra una pared blanca disponible de la vida donde olvides la castidad de la memoria, el grito de quien te haga gritar, un subidón de éxtasis, el hinduismo de cualquier liberación, pero nunca que parezca una posible salvación.
Porque no me voy a salvar de nada, ni puedo, ni lo deseo: me quedaré con el escozor del gusto como la grupa que se alza desafiante, estoy hecho sin historias ya que contar, aguantando la respiración bajo el agua, el desgaste de un poema, no recordar las cosas en cuanto no conseguimos olvidar nada. Puede parecer composición a la inversa, no lo es porque no olvido nada que no quiero olvidar.

Que ya no me devuelva nada la vida, tengo fuerza todavía de recuperar su lentitud esencial, a lengua llena.

jueves, 4 de junio de 2009

La restitución imprevista del sentimiento

No me lo esperaba, pero me ha venido de nuevo, como nuevo, el sentimiento, parecía sin estrenar o gastado, tanto daba, soy capaz de entregarlo y convertirlo en el tirón necesario para que sea yo quien no pueda dejar de ser de alguien. No sé si me renació desde el sueño que tiene un aliento pesado, con la piel, entre las piernas abiertas de una mujer.

He pensado de esta guisa llegar a los movimientos exactos, tú me tocas por aquí, yo me como tus restos, es así, es la única posibilidad que tengo en este momento. Es lo que hay. Y en este negociado nunca creí que existiera la posibilidad de tocarse por todas partes; hay que ir despacio con los pliegues de la frente, las axilas levantadas, exigiendo; y la boca justo dentro de la otra boca. Iba a ser un momento y todavía no he encontrado ese instante de dejarlo. No se puede, no se debe, el prisionero de una cárcel, en la cárcel debe de quedarse, le ha venido el sentimiento, imprevisto pero exigente como una libertad que le encierra para siempre.
Me viene una felicidad, como a deshoras pero para todas las horas, me llega esa felicidad que me manda cogerla ella misma, sino la puedo perder para siempre. Hace mucho tiempo que busco un equilibrio que eso de la madurez no lo da ni de mentiras, un equilibrio poderoso, concentrado en mi cuerpo para luego poder casi escribir a ciegas: mitad lectura, mitad escritura y entre medio una forma de vivir que es capaz de darme la generosidad de alguien para poder decirle: no puedo más, eres demasiado intensa, tengo todo tuyo y jamás te merecí.

Necesito el sentimiento para poder vivir, voy como todos los animales débiles hacia abajo, hacia el fin. Y mantengo ese sentimiento con los opiáceos y la indecencia, con la mentira que es una forma de sabiduría. Todos sabemos lo que es la vida, monótona, apretada, y buscamos en cada emoción amar desesperadamente y que nos llegue algún regalo: el prodigio de un poema dedicado, un poema que tapará la falta que siempre sentí, un poema tan desgarrador y bello que no puedo evitar la tentación de incluirlo aquí. Me lo prometieron, me lo entregaron:

Prometo estar alegre aunque no sea lo mío


Por Reyes Vaccaro

aunque la vida vaya cuesta abajo

prometo estar alegre aunque nada seamos

aunque la esperanza no sea una letra del tesoro

ni la justicia el pan de cada día;

prometo estar alegre para alegrar yo tu vida

para que sientas que duermo debajo de tu almohada

que puedo ser la música en tu ombligo

y esa luz que se enciende a medianoche.

Prometo ser el cielo de tu mejor paisaje

canturrear en tu oído si eso necesitas

mientras las palabras puedan seguir rodando

arrastrando nuestros cuerpos como hojas

y me sostengan las ganas de estar viva.

Prometo estar alegre en lo que pueda

aunque los reyes magos ya sólo traigan deudas

y los días se parezcan demasiado

y el sol se me vaya de parranda

demostrando así que sólo soy ingenua

y que tendré que seguir usando velas

para alumbrar mi alma pequeñita.

Prometo ser de ti en lo que pueda

y tirar del carro y de la manta

para dejarte desnudo si hace falta

y destrozarlo todo a martillazos

el mapa, los Pcs, el messenger, los libros

dejar sólo mi alma en tus rodillas.


(Fran , este poema es para ti , por la promesa ).

miércoles, 27 de mayo de 2009

Siempre tengo cinco centímetros vacíos


Y no los lleno fácilmente, ni abarco lo suficiente para que me los llenen. Antes incluso que las palabras, le doy prioridad como debe ser a las personas, me acerco a ellas, casi provoco un mutuo balance de bienestares. Empiezo con la mirada, ávida, curiosa, preocupada pero con la sugestión suficiente de convencer al supuesto contrario que la ponga al alcance porque nuestros ojos son nuestra primera costumbre. No llevo reglas de medición, contar se me dio siempre mal y medir peor, llevo la intención, la petición.

Se me nota en muchas ocasiones las decepciones que van a venir como si hubieran tenido ya lugar. En ese mundo es donde están los huecos, donde se palpan los vacíos de mayor o menor anchura, se empieza, simplemente, por esa vigente necesidad permanente de contarlas desde el principio, qué las motivo –ya no si hubieron culpables ni quienes pudieron ser, porque las culpas son siempre propias y hasta el término está en estudio su eliminación académica-.

Yo que llevo algún tiempo, abonando mi riego de vivencias con palabras siempre sentidas, me pregunto, ¿me habrán servido de algo las palabras con las que he convivido tanto tiempo? Ni tan siquiera la parábola del diccionario, encontrar la que se busca, cuando a lo mejor, es bien distinta de la queríamos escribir. Acusé en cambio siempre las heridas del tiempo, de todas las heridas, la única que queda vigente. Podría ser quizá un despreocupado remedio del poeta Bonald: “la única estrategia que puede más que el tiempo/es conseguir perderlo impunemente.”

Pues para perderlo estoy, sin la estirpe de la juventud en mi poder, con ese hueco, esos cinco centímetros que no termino de llenarlos del todo. Y puede que sepa el secreto, mi empeño de ir abarcando, acercándome a todos los pilares donde supe apoyarme cuando joven: la catástrofe espléndida del amor como si fuera a ir invitado ya uno de estos días a la fiesta sabia de los amantes maduros; su profundidad, su fecha sin anillo, su horizonte buscando los labios, todo es según venga la vida. Me vale el amor grandioso e íntimo, pero desmontemos de una vez -así tampoco se cubren los centímetros vacíos- al amor eterno, artesano de la infelicidad de la gente.

Ya no pido, pues, hace tiempo más que me de alguien la mano. Refugiado muchas veces, cómo no sin quererlo, en la oscura catedral de la memoria, sigo sin encontrar la mano a la que no le importe las arrugas mías, que sea a ciegas mano tendida, dejada, enhebrada. No me importan ni a mí, que las llevo puestas. Hasta en ocasiones, la he buscado en un mundo que descubrí al estarme quieto, y no nos engañemos la frivolidad que puede parecer que hay en el mundo virtual, cuando es modo de vida, estilo, se le puede dar una seriedad que sustenta una recién creada virtud de lo que parecía un vicio. Y si es vicio mejor. A veces se sufre con ellos pero se llega a terminar con maneras increíbles de convivencia.

Busco tapar esos centímetros vacíos como una beligerancia de la vida, terminar las malas tardes, el cansancio de tenerlas, suprimir las ficciones de los libros que se escriben ya bien a los veinticinco años cuando yo aún no había casi tenido un orgasmo con ellos. Acabar incluso con los centímetros llenos hasta con las horas del descanso, una forma literaria de la desesperación; mentirme en los deseos que remite a lo que no se tiene, dice Paniker, “pero la sentencia es incompleta, el deseo también remite a lo que ya se tiene sin remedio.”

Pues con deseo porque a pesar de la sentencia lo quiero, esa es su tautología, su atractivo, alguna tarde que te dicen “sino ya sabes” porque pueden llevarse ese deseo a cualquier otra parte. Puede hacerlo una mujer con su vocación para las manos y los labios, desnuda, luego es un enigma saber descifrarlo, lentamente, lentamente. Lo quiero sin lugar a dudas, las dudas las tendré dentro y ya no se me notan, ni me tomo el trabajo de dudar yo solo.

miércoles, 20 de mayo de 2009

Quizá tenga la impertinencia del poeta


Hoy me son muy válidas palabras ajenas, muy alejadas de este mundo de la red, que me explicaban no hace mucho en un correo, que escribir para mí era como leer, como si estuviera haciendo exactamente lo mismo, pero constituyendo una “manifestación vital de lo más satisfactoria.” Tenía en cuenta, esa amiga con mi expresión, mi capacidad para dar sentido a la vida. Ya sé, que ese correo fue un obsequio, un sobre abierto donde está lo mejor que te puede ofrecer una persona, además, cien veces por arriba de mi capacidad y de mi cultura. Jamás figurará escrito por ella comentario alguno, no lo necesito, lo siento cada día, cada vez que escribo, que me siento capaz de manifestarme.

Amo casi a gritos la escritura, como si quisiera desgañitarme para contar tantas cosas a la vez que están dentro y es necesaria su salida, como arañazos que tengo sin curar. Jamás supe ser novelista, ni poeta, sólo esperaba tener un sitio propio, un ángulo amargado de mi ser para enseñarlo, una soledad mal nacida, una forma de amar que nunca supe explicar pero que no deja de ser una manera exquisita para acompañar la escritura. Por eso con mis gritos sin proponérmelo quiero envolver a cualquier mujer con magia y una dulzura tan tierna que puede formar parte de sus pliegues más privados, son como trazos para enseñar las formas del amor, el acorde de un gemido, la dilatación de una vagina.

Escribo despacio, a ver si pillo algo, una mirada sin ojos bonitos, pero como dice Cristina García Morales con “poesía debajo de la cejas”; es el punto ideal para escribir, calmarte luego en la lengua y pensar que menos mal que no quise ser poeta. Hubiera aprendido, entonces, con cualquier mujer, la manera de besarla con una lentitud aplomada y grave, con cautela de ciego y herramientas de carne. Escribo con la lentitud que me da a veces la impertinencia del poeta, el haberle leído antes los versos y habérmelos creído. Escribo hasta sin miedo, como una catástrofe espléndida sabiendo que me voy a estrellar contra algo o contra alguien y no me importa mi propia decepción programada.

En mis escritos cada imagen es un intento se ser esa propia imagen desnuda de ropa y de vergüenza, un proyecto. Todo ello para explicar y poder explicarme que no sé vivir sin la vida, sin escribir de la vida, la que viví, la que quise vivir y la que no viví.

A veces me quedo incompleto, sin acabar de decir las cosas, pero casi contento -como en ese cuento que leí- donde dos amantes, celebraban el polvo que iban a echar y no echaron. Fue quizá que apenas se miraban o se tocaron muy poco; a mí como si no me acababan de llegar todas las letras, yo tampoco escribiré, lo dejaré no escrito para no complicarme más los nervios y como en el acto fisiológico del amor, echaré también de menos, contento, mi escrito. Me pasa eso, que me falta lo no escrito, la paciencia que no tuve, la angustia que no me vino, el libro demasiado abierto por los mismo sitios, entre comillas que le he ido poniendo.

Pero escribo, sobre todo, para evitar los regresos, leerlo de nuevo, recurrir a la súplica permanente de la memoria, segregar melancolía sobrada incluso de lenguaje. Se me deben notar casi siempre las pupilas viejas, la mirada lenta a falta a mi lado de una joven e intensa.

A veces casi escribo borracho, como celebrando una fiesta de inauguración de los recuerdos, persiguiendo mi pasado, tropezando por la vida para ir a parar a esos recuerdos de la infancia que tanto nos marcan. Es un vómito mis escritos en muchas ocasiones, una contracción parturienta, un carraspeo, una falta de equilibrio para intentar recuperarlo.

Perdonarme, pero eso tiene la propia literatura de uno, quién la prueba, repite. Viene a ser un hallazgo, una sed. Qué curioso, yo que tengo los huesos mal nacidos y mal arreglados, los noto al escribir como si se me volvieran tiernos capaces para el camino de nuevo. ¡Vete andando a los sitios, si es que puedes que te queda poco!

Ni yo mismo me entiendo, busco en la literatura que leo o que escribo mi alegría, mi remordimiento, mi miseria, vomito así por el mundo lo que era sólo mío, ya lo he puesto en palabras tan propias que a veces me da tanto miedo y me produce la inevitable urgencia del beso primero al escote abierto para dormirse luego en unos senos lascivos sin misterio.

sábado, 16 de mayo de 2009

Procuro que la noche me pille cerca


Porque siempre le tuve miedo aunque reconozco que admiro su belleza de sede de vicios bien administrados, existe, y como dice el poeta Caballero Bonald en su último libro de poema “La noche no tiene paredes”, con la “la osadía de bordes delictivos.” Yo no sé si llegaban hasta mí esos motivos, pero le tuve, le tengo, le tendré siempre miedo a la noche. Trae finales, lo sé, me va a negar cuando ella lo prefiera, el comienzo de un nuevo día, los que empiezo cada vez con un nuevo esfuerzo y una antigua ternura. No tengo otro sistema de memoria que lo que voy haciendo en la vida noche a noche.

No hay desprecio ni desprestigio en mi postura hacia ella, hay temblores que manejo mal sólo, me pilla casi siempre desnudo del todo, y lo que es peor con menos palabras y muchas más preguntas, con dificultad de asignarle los sentimientos que tuve durante el día. Me sirve apenas para recordar los ratos que me sobraron de cada día y extraer su emoción, cultivar la manía de los libros.

No tiene paredes, poeta, pero tiene una mala trastienda, guardo desordenados los recuerdos; las soledades que encontré idénticas a la mía; hasta el anticipo lujurioso con el polvo de media tarde. Sin paredes pero sin sitios donde apoyarse, a veces igual que durante el día con el peligro de caerse simplemente: cuando iba a comprar el libro del poeta Caballero Bonald, el que he citado ahora, y con él en mis manos “recito un poema que no he leído nunca”; o sino los cálidos y desvergonzados relatos de Cristina García Morales; o viniendo hacia casa de comprar los periódicos que ya había leído en Internet. Porque no tiene paredes para mí ni la noche ni el día, esa es la verdad, puedo ya traer los riesgos de caerme cualquier día. Dentro de la noche, tengo un miedo muy propio y muy mío, de sentirme ya en el suelo y no saber qué viene luego.

Pero en la noche también es cierto que visito todos los sueños. No sé, ayer pensaba, por ejemplo, que quizá me quitara ese miedo a la noche, una mujer treinta años más joven y poder recorrer con ella en lugar de quedarme en casa con la opacidad de los miedos, las calles de mi ciudad; yo se la enseñaría, recorreríamos juntos todos los sitios que me gustan de día aunque estuvieran cerrados y los abiertos a la jerarquía del vicio, donde la edad ni los corrige ni los mengua, les da prestigio; sobre todo pasearíamos y no tendría ningún miedo a caerme, iría simplemente de la mano de ella, al vernos nadie pensaría que ella era mi hija, porque en cada paso de peatones, nos detendríamos en medio y estamparíamos un beso con las bocas bien abiertas mientras los coches hacían pitar sus bocinas. Da lo mismo quizá la gente pensaría de mí que había sido capaz de encontrarme con la hembra más completa de una vida, y de ella estarían seguros que me iba a quitar veinte años en dos días, en el mundo increíble de su entrepierna, enfrascado en la curva inefable de sus pechos.

Sigue el sueño ya en casa, no me vuelva a entrar de nuevo el miedo, sacaríamos a secar en el mismo sitio mi prosa oxidada y las bragas de ella, si es que las llevaba; me pondría a escribir para contarlo con las palabras más puras y sus inmediaciones aunque llevaran el venenoso pozo de mi autobiografía. Mis palabras, quizá en ese sueño junto con ella, como es lo único que tengo me podría quitar del todo el miedo a la noche.

Ya está bien, no tengo ganas de morirme de noche en un museo de medicamentos. Quiero vivir los mejores huecos de mi memoria, como si fuera de día, fastuoso de soledad como un mendigo pero hermoso y vivo; que me pudiera volver a decir una mujer que estoy bueno, que puedo recuperar dónde estoy y cómo estoy mi vida como la sede de una admiración bien administrada.

Así puede ser la noche, así debe ser la noche, para no tener que volver a escribir que deseo que al menos me pille cerca de casa donde sí que debe haber paredes donde apoyarse. Sólo quiero convivir valientemente con ella simplemente, que me deje los recuerdos que habrá sido el mañana de ahora, éste, después de haberlo vivido.