
miércoles, 26 de agosto de 2009
Como una tarde sin luces

viernes, 21 de agosto de 2009
En lugar de minutos, esperas, veces
Vuelvo pronto ya a la vida de después, como si fuera a ser distinta, pero ando equivocado porque el PIN sigue siendo el mismo que tenía este verano, el que marco cada mañana al teléfono móvil del propio camino. Voy a dejar atrás la belleza de las albas sin esfuerzo con el mar delante como una vegetación de los azules cargados de respuestas. Dejaré sin quedármelo, digo, todo lo que tuve bello: unos versos bien entonados que muchos no entendieron, uno luego recula, vuelve atrás, sigue teniendo miedo porque encuentra un abismo inagotable de nuevo, la manera de vejez en la vejez.
Tengo ganas de volver y un cúmulo de temores por hacerlo –alguien sabrá por qué-. Me esperarán las esperas, las veces sin saberlo, mi falta de capacidad de entendimiento en tantas ocasiones; temores hasta de estarme quieto, capaz de comprender formas con las que me quieren entender. No sirvo, no sirvo para esto, noto que me quedan tres o cuatro telediarios para matar una tarde, una escasa posibilidad de que alguien coja a la vez el mismo libro que estoy leyendo. Los siento en la página “acércate a los libros” pero pocos se acercan del todo, se me quedan antes a mí los libros en la mesa después de leerlos, veinte citas que todavía no he traspuesto de algún libro con tejuelo o de los que yo he tenido entre las manos mucho rato, ojeándolos, casi leyéndolos antes de leerlos.
Tres o cuatro telediarios con esto de la vuelta donde quiero volver para quedarme más tranquilo sobre la forma de entender la vida y a la vez mucho más lejano que podéis imaginaros. Se lo avisan al personal de la limpieza –“como conozco a mi marido querrá volverse inmediatamente de habernos quedado solos, con la casa de al lado, la nuestra, la que están los chicos, vacía-. Les llamo los “chicos” porque yo pienso que han dejado de ser hijos. Estos que ahora tengo, al contrario de los que tenía días antes, son de mucha conversación, no son tan suyos, son más nuestros.
Y en dejarme todo eso estoy, como empujando, con ganas de estar solo, recuperar áreas propias, dos butacas de cuero para que me cuenten lo que pasa, porque lo que me pase a mí es mucho mejor no contarlo, dejar pasar, igual que si fuera hacerle un hueco al tiempo, eso, tres o cuatro telediarios que antes se me escaparon.
Y esta mañana –es curioso- he venido a entrenarme yo solo a pasar un día entero dentro de mi casa, tocar sus paredes, andar descalzo por el parquet que aún no me he aprendido demasiado sus ángulos, ver si las cosas estaban como las dejamos, hasta en lugar de hacerme un café como en el sitio de verano, aquí sin el mar delante, me he hecho un nexpresso, he llorado un rato, como si fuera un “pavo” así me puede llamar quién siente ya aún más cerca el día que deje definitivamente de serlo.
He venido a crear presentimientos, tiempos con sus remansos –no sé a qué hora volveré, ni tan siquiera si comeré, es robarle tiempo al tiempo-.He venido como a inventarme un siglo, ya que a mí me cambiaron, he venido a soñar que soy parte de una tribu de los que precisamente ya no les queda casi siglo. He dejado la prehistoria que tiene el verano, el toque de maldición que decía que siempre posee, la madre de mi mujer, licenciada en Farmacia en aquellos tiempos que estudiar una mujer era motivo de castigo eterno. Ella decía, “todo lo malo ocurre en verano, hasta las guerras”. Debías tener razón, Josefina, igual que cuando afirmabas enérgicamente que por tu cadáver todos tus hijos e hijas cursarían una carrera aunque tuvieras que pedir limosna.
Me he acordado de ti, huyendo del verano. Juan Cruz dice que a ciertas alturas de la vida es la amenaza de una soledad, Mi amigo Juan Cruz que en “Lecciones y Maestros” en Santillana del Mar, con un café en la mano, se acordaba de mí, de la página de mis libros sueltos, de las veces que nos vimos en Segorbe con motivo del concurso de cuentos de Max Aub. “-Hola, acércate a los libros” me dijo, cómo andas de libros”.
Ando bien, pero ando mal del verano, de las ganas que se termine del todo y de lo que me viene luego, de la forma de apaciguar los desesperos, de arreglármelas para que no quede nada y puedan entendérmelo todo. A mí, que de mí dicen que no logro entender en muchas ocasiones, que al final canso; a mí que dejo los pedazos de la vida que me quedan sin pedírmelos, todos enteros; pero mal dejados por lo visto. Me hago más mayor y no aprendo, no aprendo a esperar los minutos, los silencios, las veces que no me pertenecen.
Tampoco he aprendido en el verano, ni he reinventando el amor hasta que llegue a las manos, hasta que entienda que como dice Umbral en un verso inédito, “vivir es amar y olvidar mucho”; o se me acabe del todo este verano y tenga que apurar antes esos tres o cuatro telediarios que me queden, muy necesarios para al menos tener una dignidad y un valor no para recular ni para volver atrás, sino para ya no estar.
Una dignidad para enamorarse como quien pilla un resfriado, sin quererlo, sin creérselo, a mi pesar y sin poder defenderme después. La dignidad para dormir bien, a pierna suelta como luego de un polvo y listo, con la varita mágica todavía enhiesta, estallante, rezumando lava y añoranza; con la posibilidad de encontrar el silencio a solas y quedármelo luego como una manera de sobrevivir al cualquier desengaño. Con la herida de la edad porque envejecer es inimagiable excepto para quién envejece.
sábado, 15 de agosto de 2009
Me he puesto un parche de mujer en el pecho

Me sentía demasiado en la rampa de bajada, sin tener por qué, y tomé la decisión de inmediato, de adherírmelo. Se me acercó más que nunca una mujer y consideré de inmediato en besar su carne húmeda y vegetal, la que hay al final de los besos en la boca, esos besos del comienzo y del final. Ella me fue preguntando por mis cosas de fuera, intercambiamos escribirnos despacio, sabe hasta dejar un poema con dueño para siempre, un poema que nadie me había escrito parecido en los más recientes veinte años que uno siempre tiene a mano; me dijo más o menos vente aquí, luego tendremos las certezas que siempre se recuerdan luego.
Es una mujer que cubre con sus manos la lumbre de la evidencia, me pregunta cada vez que la llamo al contestarme, como quien devuelve con su seguridad la pregunta en respuesta, “¿qué pasa Fran?” Tiene belleza, maneras que no tiene nadie; “qué pasa Fran” no me lo había dicho nadie en mi vida, cada vez que lo dice, es como soñar con ella, sentirse uno necesariamente bien. “Qué pasa Fran” y ya no puede pasar nada más que un baile, ese beso de que hablaba, eliminar cualquier presente triste y pálido suyo o mío; es otra vez un retorno a las ganas de la vida nada menos.
Se me estaban yendo y sin embargo me las trajo como un obsequio para que me pegara la pegatina, el parche de felicidad para eliminar las gotas de amargura que tenía, con el parche me venía a decir, la felicidad la tienes ahí a mano, tiene un parecido a una blusa de seda, como una vuelta al sueño de las cosas insignificantes que me advirtió que podía ser capaz de hacer.
Así me siento todo yo de nuevo, entero, otra vez sobrante de caricias. El parche de ella no me puede ofrecer vivir un poco más, nadie sabe, pero sí vivir más plenamente las cosas de esta vida. Es un parche que sirve para sostener la debilidad que tengo suelta, puede hasta ser el sueño de una entrepierna a mi alcance, siempre cerca, y la lengua de su boca en la mía. Eso es entereza y fortaleza; eso, el tono que tenía que lo tengo de nuevo, es una evolución, una aproximación, un climax que se te queda para siempre.
domingo, 9 de agosto de 2009
Mi depósito del tiempo vivido

sábado, 1 de agosto de 2009
Cumplo años a las 7 de la mañana, luego ya no

lunes, 27 de julio de 2009
Me he quedado sin pulso

Es que la siente el cuerpo. No te miro.
No te puedo tocar por más que estiro
Los brazos como un ciego contra el viento.”
Ángel González
La cita proviene de un hermoso libro de relatos de Joaquín Rodríguez, titulado “Las mujeres que vuelan” cuya reseña incluiré en mi página web de literatura el próximo mes.
He venido a un espacio muy hermoso, de esos que llaman urbanización para dar la sensación de que algún organismo estatal lo organiza. No, no es así, el “Mareny Blau”, ésta estrella de mar azul la urbanizamos unos cuantos con la convivencia del cariño, de las mañanas al sol para que los cuerpos se doraran, de los paseos por la tarde junto al mar donde estaba repartido gratuito el asombro, el beneplácito del silencio con el sonido del mar como techo.
He venido, otro año de nuevo, siempre ya falta alguno de la lista donde no hacemos lista, porque la vida si está se vence, se tienen los años en su totalidad, a veces se coge algún atajo para evitar que no te noten lo que se nota. He venido otro año, eso, a cumplir años, nadie te los pregunta ni te los cuenta, yo siempre digo que estoy bien a la típica de pregunta como si fuera un estado de embarazo, estoy bien porque no entro en los detalles. Los detalles me los quedo, son la parte más personal que tengo, son el sombrajo de mi memoria, confesiones que no le deben importar a nadie porque siempre se han producido luego de un coito, de algún hábito, de la ilusión de permanencia, del beneplácito que me dejan mis propios silencios. Esos, mis detalles, incontenibles y propios.
Aún me queda en los viales que recorro más o menos -siempre tiene que ser más o menos- el gesto, la cercanía de un amigo, su respeto con forma de antigüedad bien llevada, como una dictadura de la vejez que lo despeja todo, puede ser al pararse a saludar a alguien, como una tarde alargándose, un tiempo de sobra, prestado, cualquier cosa que no viene a cuento, el desgaste de aquel presente que tuvimos juntos, un descuido, una desactivación, una falta de pulso.
Así me siento, como si me hubiera quedado sin pulso al venir a estos terrenos propiedad del mar, lo urbanizaron su arena y sus aguas, su gente tumbada, los niños que traje que se empeñan en volver hasta que un día me tengan ellos, ya bien adultos, que traer. Pero mientras no sea así, aquí, separado de mi mundo habitual, de mi rincón con libros, asiento y silencio, he de reconocer no obstante que “estiro los brazos como un ciego contra el viento”, que ya no puedo tocar la misma mar intacta, que mi goce es inferior, que lleva razón González que tengo el sentimiento pero no la tiene ya el cuerpo, que busco el lugar exacto y propio donde estuve, las huellas de mi sobre la arena y no quedan, debió de ser como un malentendido con la literatura que yo llevaba y el llanto pesado que ahora tengo.
Venir aquí ha sido sentarme sobre la propia melancolía. Fui poderoso muchos años, hasta le daba severas órdenes a mi perro al llegar los fríos viernes del invierno cuando lo dejaba suelto y le decía, “a la media hora te quiero aquí”, haz lo mismo que voy a hacer yo en la terraza: el oficio de abrazarme a nadie y sentirme propio con las personas que habían llenado mi vida todas las semanas. Ir allí venía a ser como dos enamorados, con los niños por el parque y nosotros en el lecho –sin que hiciera falta tener lecho- para no cansarnos de nuestros propios olores y nuestros sabores.
He venido aquí y como siempre me he quedado sin metáforas y no encuentro las pasiones, sólo noto con el aire las arrugas del contorno de los ojos como redes de pesca cargadas de miradas, sólo noto las palabras que dije cada viernes cuando ya tranquilo me sentía como poeta de café, venido a menos pero con la piel todavía tejida de empujones.
De todo ello no nota su ausencia mi sentimiento, lo notan los brazos que estiro, el alma, los suspiros, la boca abierta y muda, el límite voraz de todas mis sensaciones.
lunes, 20 de julio de 2009
Se me está terminando la magia

-Para que cada uno aprenda a construir su propio puente." He aprendido mucho en ese diccionario, he buscado mi puente como “un compendio de creencias, un prodigio de síntesis." Creencias me van quedando pocas, las síntesis me salen cada vez peor –incluso las propias-
Me siento ya como madera de barco viejo que por ni dimensión ni atractivo tiene hueco; soy tan solo ya tarde de humo y lectura eterna; dolores de pliegues que siento siempre, formas que ya ha adquirido mi vida con las que me hago daño con un mal que no está hecho ni pagado ni terminado. Simplemente convive con todo, y como hombre sólo percibo a veces el cansancio de ese daño. Siempre queremos un borrón completo, un hacer que no duela, una acumulación de lo que ocurre en otro lugar de la conciencia.
miércoles, 15 de julio de 2009
Pasciencia e incertidumbre

miércoles, 8 de julio de 2009
Asombro y asombroso

viernes, 3 de julio de 2009
Mi viaje sin libros a los libros III Jornada

martes, 30 de junio de 2009
Mi viaje sin libros a los libros II Parte

La Mastreta como sus personajes es una enamorada del ocio y la palabra, por eso defendió la existencia de su blog para escribir lo que quería.
-Salgo carísima.
-¿Cómo en cuanto?
-Como en gustarme."
viernes, 26 de junio de 2009
Mi viaje sin libros a los libros

martes, 16 de junio de 2009
Quiero el presente de mis pasos difíciles

miércoles, 10 de junio de 2009
No me voy a salvar de nada

jueves, 4 de junio de 2009
La restitución imprevista del sentimiento
No me lo esperaba, pero me ha venido de nuevo, como nuevo, el sentimiento, parecía sin estrenar o gastado, tanto daba, soy capaz de entregarlo y convertirlo en el tirón necesario para que sea yo quien no pueda dejar de ser de alguien. No sé si me renació desde el sueño que tiene un aliento pesado, con la piel, entre las piernas abiertas de una mujer.He pensado de esta guisa llegar a los movimientos exactos, tú me tocas por aquí, yo me como tus restos, es así, es la única posibilidad que tengo en este momento. Es lo que hay. Y en este negociado nunca creí que existiera la posibilidad de tocarse por todas partes; hay que ir despacio con los pliegues de la frente, las axilas levantadas, exigiendo; y la boca justo dentro de la otra boca. Iba a ser un momento y todavía no he encontrado ese instante de dejarlo. No se puede, no se debe, el prisionero de una cárcel, en la cárcel debe de quedarse, le ha venido el sentimiento, imprevisto pero exigente como una libertad que le encierra para siempre.
Prometo estar alegre aunque no sea lo mío
Por Reyes Vaccaro
aunque la vida vaya cuesta abajo
prometo estar alegre aunque nada seamos
aunque la esperanza no sea una letra del tesoro
ni la justicia el pan de cada día;
prometo estar alegre para alegrar yo tu vida
para que sientas que duermo debajo de tu almohada
que puedo ser la música en tu ombligo
y esa luz que se enciende a medianoche.
Prometo ser el cielo de tu mejor paisaje
canturrear en tu oído si eso necesitas
mientras las palabras puedan seguir rodando
arrastrando nuestros cuerpos como hojas
y me sostengan las ganas de estar viva.
Prometo estar alegre en lo que pueda
aunque los reyes magos ya sólo traigan deudas
y los días se parezcan demasiado
y el sol se me vaya de parranda
demostrando así que sólo soy ingenua
y que tendré que seguir usando velas
para alumbrar mi alma pequeñita.
Prometo ser de ti en lo que pueda
y tirar del carro y de la manta
para dejarte desnudo si hace falta
y destrozarlo todo a martillazos
el mapa, los Pcs, el messenger, los libros
dejar sólo mi alma en tus rodillas.
(Fran , este poema es para ti , por la promesa ).
miércoles, 27 de mayo de 2009
Siempre tengo cinco centímetros vacíos

miércoles, 20 de mayo de 2009
Quizá tenga la impertinencia del poeta

Amo casi a gritos la escritura, como si quisiera desgañitarme para contar tantas cosas a la vez que están dentro y es necesaria su salida, como arañazos que tengo sin curar. Jamás supe ser novelista, ni poeta, sólo esperaba tener un sitio propio, un ángulo amargado de mi ser para enseñarlo, una soledad mal nacida, una forma de amar que nunca supe explicar pero que no deja de ser una manera exquisita para acompañar la escritura. Por eso con mis gritos sin proponérmelo quiero envolver a cualquier mujer con magia y una dulzura tan tierna que puede formar parte de sus pliegues más privados, son como trazos para enseñar las formas del amor, el acorde de un gemido, la dilatación de una vagina.
Escribo despacio, a ver si pillo algo, una mirada sin ojos bonitos, pero como dice Cristina García Morales con “poesía debajo de la cejas”; es el punto ideal para escribir, calmarte luego en la lengua y pensar que menos mal que no quise ser poeta. Hubiera aprendido, entonces, con cualquier mujer, la manera de besarla con una lentitud aplomada y grave, con cautela de ciego y herramientas de carne. Escribo con la lentitud que me da a veces la impertinencia del poeta, el haberle leído antes los versos y habérmelos creído. Escribo hasta sin miedo, como una catástrofe espléndida sabiendo que me voy a estrellar contra algo o contra alguien y no me importa mi propia decepción programada.
En mis escritos cada imagen es un intento se ser esa propia imagen desnuda de ropa y de vergüenza, un proyecto. Todo ello para explicar y poder explicarme que no sé vivir sin la vida, sin escribir de la vida, la que viví, la que quise vivir y la que no viví.
A veces me quedo incompleto, sin acabar de decir las cosas, pero casi contento -como en ese cuento que leí- donde dos amantes, celebraban el polvo que iban a echar y no echaron. Fue quizá que apenas se miraban o se tocaron muy poco; a mí como si no me acababan de llegar todas las letras, yo tampoco escribiré, lo dejaré no escrito para no complicarme más los nervios y como en el acto fisiológico del amor, echaré también de menos, contento, mi escrito. Me pasa eso, que me falta lo no escrito, la paciencia que no tuve, la angustia que no me vino, el libro demasiado abierto por los mismo sitios, entre comillas que le he ido poniendo.
Pero escribo, sobre todo, para evitar los regresos, leerlo de nuevo, recurrir a la súplica permanente de la memoria, segregar melancolía sobrada incluso de lenguaje. Se me deben notar casi siempre las pupilas viejas, la mirada lenta a falta a mi lado de una joven e intensa.
A veces casi escribo borracho, como celebrando una fiesta de inauguración de los recuerdos, persiguiendo mi pasado, tropezando por la vida para ir a parar a esos recuerdos de la infancia que tanto nos marcan. Es un vómito mis escritos en muchas ocasiones, una contracción parturienta, un carraspeo, una falta de equilibrio para intentar recuperarlo.
Perdonarme, pero eso tiene la propia literatura de uno, quién la prueba, repite. Viene a ser un hallazgo, una sed. Qué curioso, yo que tengo los huesos mal nacidos y mal arreglados, los noto al escribir como si se me volvieran tiernos capaces para el camino de nuevo. ¡Vete andando a los sitios, si es que puedes que te queda poco!
Ni yo mismo me entiendo, busco en la literatura que leo o que escribo mi alegría, mi remordimiento, mi miseria, vomito así por el mundo lo que era sólo mío, ya lo he puesto en palabras tan propias que a veces me da tanto miedo y me produce la inevitable urgencia del beso primero al escote abierto para dormirse luego en unos senos lascivos sin misterio.
sábado, 16 de mayo de 2009
Procuro que la noche me pille cerca

domingo, 10 de mayo de 2009
La vida no explica nada
Cuando uno debiera sentir ese atractivo contenido de la madurez como una forma disimulada de vejez, piensa que echando la vista atrás, preguntándole a la vida y su entorno, algo nos explicará: por qué fuimos así, por qué lo hicimos así. Pero se me está pasando el tiempo muy deprisa y no encuentro los renglones donde la propia vida me explique todo aquello que me sonó de una manera pero que también pudo ser de otra, que incluso hasta significar cualquier otra cosa.
Hasta a veces, es curioso, puede uno respirar a fondo la alegría mala de las cosas sin remedio, tragársela en un momento, como una necesaria respiración cuando no nos queda la posibilidad de hacerlo. Nos trajo los motivos la vida o los buscamos nosotros, rastreamos donde nunca debimos hacerlo, nos quedamos un rato, volvimos de nuevo una y otra vez porque hay una extraña cadencia, la etiqueta de la repetición. Ni tan siquiera punto y coma, esa manera de señalar mejor las pausas y los silencios, se trata del punto y seguido para poder hacerlo de nuevo.
Pero es un gran desacuerdo que por el camino, la vida no nos hubiera ido aportando suficientes señales de lucidez, pero precisamente es la lucidez lo que separa a las personas, los renglones por los que caminamos difícilmente, cada vez más complicados, ahí buscamos explicaciones y no las encontramos. Y la razón de no hallarlas es muy simple, se la volvía a leer hace días a David Trueba en su novela “Saber perder” -¡vaya, lo que nunca queremos aprender!-: "cada uno llevamos nuestra secreta derrota bien adentro, lo más lejos posible de la mirada de los demás."
No queremos nunca enseñar esas derrotas, nos vamos directos al ángulo más oscuro de la soledad humana, cuando si la compartiéramos del todo con alguien quizá nos daríamos cuenta que las derrotas son las únicas victorias que valen la pena, porque las tocamos, porque son la piel que nos hace daño, sus sitios resonantes. Nos abriría muchas veces la puerta del placer que lo vence todo, que le da tono a todo, sin precio ni alquiler, la única tarifa, elegirla frenética, inmensa.
Me he apartado y me seguiré apartando de esa manera civilizada y única de que habla Trueba. Lo propio, el sueño o la realidad de lo mal vivido es sólo mío; el sufrimiento me lo han dado gratuito, me lo puedo permitir, sin explicación alguna, ahí lo tuve, ahí me llegó, quizá porque antes junto a mí lo tenía una joven mujer que lo callaba una y otra vez de una manera espeluznante que era una lección, una exigencia, un turno de espera que de ella tomé con una desesperación de su parte que no supe entender, que no pude comprender. Tampoco la vida me lo ha explicado, me lo dio, como un documento adjunto que lleva durando más de veinte años y me hizo fuerte –dentro de un cuerpo dañado y débil- pero preparado para todo en un final que tengo cerca con un título inevitable: luego de mi fogosa actividad, del periodo angustioso y mal llevado me vendrá la calma para siempre.
Ya para qué quiero más explicaciones, las demás poco importan, la más sólida se me rompió a pedazos y la mía diaria más valdría no mencionarla. Me falta o me sobra un resplandor aunque sea inventado, un vicio que quitarse, un espacio de silencio demasiado lleno de libros, dejar pasar la vida para buscar otra vez la vida, los mejores enseres, la dignidad propia que muchas veces uno la hace pedazos.
Por eso en tantas ocasiones, a través de estas páginas, de la web de los libros, de la rutas desesperadas del blog, busco esos enseres que no tengo. Mientras seguiré escribiendo para comprobar como dice Pascal, que el yo no es forzosamente odioso. Quiero todavía volar, escapar, andar -¡fíjate!- vivir mi presente madurito con una voz profunda y cordial siempre al lado, una escucha tierna, una fuerte existencia con la intensidad de casi un animal.
Aunque me acuse al no explicarme nada mejor la vida, de ser yo por todas partes, egoísta y tenaz, para poder ser algún día, otra cosa mejor.