martes, 30 de junio de 2009

Mi viaje sin libros a los libros II Parte


Continuamos el día 22 con el mismo sol de la mañana anterior, como si la continuidad sólo la pudiera tener la mañana hasta con una excesiva plenitud en el cuerpo. En esa sesión íbamos a poder escuchar y hablar con Ángeles Mastreta, una gran escritora mexicana que en tiempos insólitos, en su tierra, fue inventándose personajes femeninos que más que reivindicar –creo yo- una feminidad, le devolvió a la mujer su papel lúdico, con el mismo derecho que el hombre, impúdicas si hacía falta, pero con un contenido en sus novelas relevante y tierno.

Llevé conmigo a la sesión porque tenía la idea de intervenir en la mesa redonda con ella unas cuantas citas de su última obra “Maridos” donde el tiempo se desgasta, pero no así la humedad y el vicio. Hay mucho amor en esos personajes, quieren a tiempo y a destiempo, ahí está su poder, su falta de deterioro.

Como muy bien ha señalado la crítica, Mastreta se desnudó, contó su vida, lloró, habló de sus amores, de esas historias que se convierten en vicio, en placer, en delirio para saber en el acto del amor, como dice en "Maridos" dónde tiene cada mujer su clítoris, “nunca en el mismo lugar, muchas lo tienen cada vez en un pliegue distinto.”

Explicó que “Arráncame la vida” y “Mal de amores”, las ha escrito porque necesitaba salir, ser otra persona. Así pienso yo también que está el buen arte de novelar: dejar de ser uno mismo en la escritura, buscar a alguien bien distinto aunque luego en efecto rebote, seamos también nosotros mismos.

No tuve más remedio que plantearle una pregunta sobre la convivencia a raíz de una hermosa cita que pronuncié ante su mirada cálida, entregada: “¿El sexo? –dijo Cristina. Eso, mira se te olvida, haces yoga, te masturbas. Pero la conversación, ¿cómo construyes veinticinco años de conversación? Eso no se suple. Para eso no hay remedio.” Y habría que añadir, Ángeles, y a la vez cómo copular con el silencio, obtener de su lujo y su lujuria las pausas suficientes para lograr que esa conversación, veinticinco, treinta, cuarenta años -¡cual largo me lo fiáis!- pueda sostener y hacer posible así la convivencia entre un hombre y una mujer.
Vivir la historias que no terminan nunca, vivir la vida que hemos construido y mantenido, ese amor eterno, que como bien dice ella, lo mismo dura tres meses, que huele siempre igual, tiene el mismo tiento, el palpar siniestro y obsceno, el cuerpo apaciguado o enardecido.
La Mastreta como sus personajes es una enamorada del ocio y la palabra, por eso defendió la existencia de su blog para escribir lo que quería.

Parece que allí está como empedernida y muy bien lo ha dicho, “todo lo que es empedernido es vicio”. Cuando regresa le dice a su marido, en "Maridos" donde él lamenta no haber dormido una sola noche: “pues me voy a ir más seguido.” Porque en ese más seguido está el vicio, empreñarse con el sueño, buscar hasta la desmemoria de lo que no debe ser memoria.

Oyéndola en “Lecciones y maestros” en la Fundación de Santillana del Mar, casi me sentí joven, me di cuenta que es cierto como ella dice “siempre sorprende que también los demás envejezcan”. Me gustó su emoción y su palabra, hice mío ese diálogo:

“-¿Y puedo ser cliente tuyo?
-Salgo carísima.
-¿Cómo en cuanto?
-Como en gustarme."

Niveles de aceptación en la vida, nortes que nunca debemos perder: gustar y que te gusten, un anhelo permanente viajando por los libros sin libros, para hacerme un hueco en la memoria, en la forma de un viaje, esa intención de nunca clausurar, de tener siempre un romance conmigo mismo.

viernes, 26 de junio de 2009

Mi viaje sin libros a los libros


I Jornada

Siempre viajo con libros porque no hacerlo sería salir de mi reposo cotidiano desamparado, sin ropa ni motivos. Pero estos días pasados, del 21 al 23 de Junio, lo he hecho hacia su propio mundo por la ruta que me marcaba la gramática mayor: el lenguaje. Conseguí ser becario por la Universidad Internacional Menéndez Pelayo de Santander y poder acudir así a la III Cita Internacional de Literatura en español que viene convocando cada año la Fundación Santillana en su sede, “Torre Don Borja” en Santillana del Mar.

Y digo que lo conseguí porque dificultades hubieron para ello, pero ando desde antiguo acostumbrado en esos menesteres ya que la realidad me ha demostrado que la vida no da ni quita nada: lo que obtienes es fruto siempre de trabajo y esfuerzo, lo que pierdes, por negligencia o descuido. Sólo salvo las deficiencias y limitaciones a veces de nuestro propio físico que llegan sin avisar, traídas además de la mano del dolor, pero tampoco importa demasiado porque el dolor siempre acaba por hacer más elocuentes a los hombres.

Al curso “Lecciones y maestros” acudieron este año Luis Mateo Diez, Ángeles Mastreta y Antonio Muñoz Molina, tres ejemplos básicos de literatura de alto nivel española y mexicana. He vivido con ellos personalmente y a través de su voz lo que he tenido y tengo tantas veces entre las manos, en mi pensamiento, en mi afán de curiosidad y aprendizaje, sus libros, su palaba, el lujo de la gramática mayor: su lenguaje.

La primera jornada me permitió conocer de primera mano, tras una prodigiosa exposición la evolución y el porqué de la obra de Luis Mateo Diez, uno de los más importantes novelistas españoles del último cuarto de siglo. Luis Mateo Diez supo explicar admirablemente cómo ha sido capaz en sus novelas de descubrir lo ajeno porque “lo propio hay que inventárselo”; cómo contar el cuento de la vida; cómo ir a parar siempre a los callejones de los personajes tirados y extraer de ellos su esencia y su vértigo.

Con la palabra escrita -el segundo oficio más viejo del mundo- ha sabido este gran novelista llevarnos a la vida cada vez, cada página, cada momento porque “nadie quiere morirse, quiere quedarse otro rato”.
Pues algo así cada mañana me pasaba a mí en aquellos claustros de la Fundación rodeado de escritores, catedráticos de lengua, periodistas y críticos de literatura. Era mi viaje sin libros, a los libros, una especie de reposo en donde siempre reposó mi vida, una gratitud a ese mundo al que tanto le di pero más recibí. Cada mañana, “lecciones y maestros”, a cada momento me regalaba enseñanzas de maestros, como si así me fueran descubriendo dónde estaba el prodigio de la letra impresa. Ellos me la pensaron, ellos la contaron, yo me la ido creyendo para seguir subsistiendo. He podido ir descubriendo estos días la vida más cercana, más íntima, con mis ojos ya cargados de mirada cansada pero limpia todavía de deseo de aprendizaje; he manchado a media mañana las palabras y el café; rompí las soledades que siempre nos preceden y me quedaba otra vez viajando con el lujo del lenguaje ajeno.

Me daba más gusto que nunca despertarme porque me iba a llegar al instante hasta como a una fiesta de la piel que ofrecían enseñantes y escritores, pero que la hacía mía cada día como una propiedad particular sin más deber ni derecho que mi vida leyendo abarcando el mundo entero.

martes, 16 de junio de 2009

Quiero el presente de mis pasos difíciles


Jesús Ferrero en un excelente libro Premio Anagrama de Ensayo sobre “Las experiencias del deseo” deja muy claro en su exposición sobre la vergüenza y la culpa que “no podemos vivir con plenitud el presente si el pasado se convierte en una de las formas de la culpa”, ni tampoco “podemos vivir en paz si el futuro se convierte en una de las formas de la urgencia.” Bien me vienes, Jesús, cuando uno mismo ha decidido ya para siempre asumir ese presente de pasos difíciles que dimos y que no tienen ya vuelta atrás, andadura de remiendo porque he decidido no remendarlos, dejarlos donde están, a la intemperie, y quererlos con su obscenidad y su exigencia. No me valdrá la pena porque no quiero pena, ni el remordimiento –qué palabra más hostil- ni la urgencia, ni culpa alguna.

A estas alturas si me he pasado la vida intentado eludir juicios ajenos y rechazando los propios, he preferido el misterio de la vida ajena porque los muertos merecen tanta indulgencia como los vivos y nadie, mientras nos quede un solo minuto de vida, podrá juzgar y saber de nuestro destino hasta que hayamos definitivamente muerto. Por lo tanto no voy asesinar a este presente, voy a dejarlo correr a su aire con desperdicios y errores, con la forma de volverse ante una mirada ajena bella e insistente.

Y hasta no calificaré de mérito alguno ni un solo paso difícil dado, intentaré quedarme en la templanza para que sean templados los juicos ajenos, pero tampoco tendrán demasiada importancia, todo junto plasma la vida y a aguantar a la vida se le debe dar mucho respeto, la esencial lentitud que siempre tiene. Me dejé sobornar muchas veces por su lirismo, por un discreto modo romántico y de resaca porque el lujo siempre lo he encontrado en el corazón del hombre. Umbral decía –metáfora va, metáfora viene- que “el lujo de donde viene lujuria, no una invención natural sino un instinto natural de la especie.”

Ya que lo nombro, estos días precisamente, Seix Barral ha publicado 126 poemas post mortem de Francisco Umbral, su género menos conocido: “la mujer es el aire, lo que ha de venir, el dibujo que buscan acertar las auroras.” Quizá por eso yo seguidor de Umbral soy capaz de esperar de cada aurora la fuerza que me traiga una mujer. La devuelvo con esa plenitud presente, me hago fuerte con ellas y venzo para no tenerle miedo al pasado a todo lo que tenga que venir.

Prefiero quedarme con el turbio presente pero fuerte, construido a veces para envejecer porque envejecer es para mí recuperar el presente y contárselo a alguien, es un instante, rescatar las primeras veces y perderle el miedo al porvenir. De ese presente sé buscar siempre a tiempo aquello que me mantiene como una constante agresión perfumada frente al pasado que ya existe y el futuro que tiene que venir y todavía no me lo han presentado. Quizá sea como las mujeres que Umbral contaba que perfumaban con su sexo el glande para una semana.

Es mi lucha, mi estancia quieta de cada mañana que me hace válido poder terminarlo todo, poder dejarlo en presente tierno como el último libro más difícil que el tiempo. Me acabo cada mañana el declive del acostumbramiento, la prolongación de mi interés por mi presente. Ya Goethe decía que su memoria sólo llegaba hasta donde llegaba su interés. Pues a mí no se me acaba. Tengo como una melena dramática de vida, una zona a destiempo de caricia, una permanente belleza de rincón romano donde están los libros más cercanos, el lujo de mi madurez, un momento con cariz de amuleto.

Entonces, cada mañana soy capaz de matar para la supervivencia propia y ajena todos los dragones de la tierra. Me basta una piel vieja pero memorable y una mirada de confianza.

miércoles, 10 de junio de 2009

No me voy a salvar de nada


Ya poco me va a devolver la vida, que no le robe yo despacio como la despedida que me voy inventando, casi llena de erratas cual si fueran faltas de ortografía en una página en blanco en la que vengo mintiendo yo. Porque ya es hora que viva de la función de la mentira, que me acerque al intento de las culpas que no tienen remedio porque jamás hubo culpabilidad alguna sino senderos propios donde me sentía a gusto y a los que, quizá, pediré volver un día de nuevo. Mi compromiso será una atadura bella y poderosa, una forma de devolver una gratuidad de alguien que supo entregarse generosamente, sin preguntas, con la única exigencia de la continuidad que es lo que se aprende de los labios ajenos, de la caricia sin terminar de darla, de una voz que suena con la dulzura que tienen pocas voces así en la tierra. En el mejor de los casos, como al poeta, me va devolver la vida “los últimos asombros”. A él cuando se le acaba la noche se le termina la aventura. A mí me faltaron aventuras nocturnas pero me traje del día, cada día, el prodigio de asombrarme de ese nuevo día.

Pero me pregunto con la tentación del lenguaje si todas esas palabras con las que he convivido me sirvieron de algo, me condujeron a algún sitio válido. Me pregunto las propias preguntas que me llegan, casi con palpitación de pubis. Me gustaría escaparme de la propia historia que siempre tiene una vida, ver cómo puedo digerirla a estas alturas, sólo cabe el poder de una relación que es la única manera válida de soportar la soledad que siempre se nos viene encima, es la manera de evitar una mala digestión de la vida.

Yo utilizo un medio químico, a diario, insistente: esos fármacos que forman una especie de vergüenza, que solo sabemos respetarlos quienes los tomamos: tener la tensión alta siempre permite la comodidad de bajarla; tras una crisis comicial no te acuerdas ni dónde estás por la vida, cuántos hijos tienes y hasta ni del libro que debes estar leyendo; lo asombroso del dolor, antiguo y pertinaz, que lo amainas con algo de morfina a mano; el amor como un dolor a la edad que sea. Son ese cúmulo de dolores con un calificativo visceral único: crónicos o sucesos diarios en tu diario.
Y conviene tener siempre a mano la intimidad de los olores y sabores propios, intensos, viejos, hasta como una súplica para darle cabida. Para dejarme mirar a fondo, para que de una vez se enteren de todo lo que tengo pendiente, desconocido para los demás e ignorado, en lo personal, incluso. Necesito un verbo finalista, una manera rotunda de explicarlo de una vez por todas como una fornicación de pie contra una pared blanca disponible de la vida donde olvides la castidad de la memoria, el grito de quien te haga gritar, un subidón de éxtasis, el hinduismo de cualquier liberación, pero nunca que parezca una posible salvación.
Porque no me voy a salvar de nada, ni puedo, ni lo deseo: me quedaré con el escozor del gusto como la grupa que se alza desafiante, estoy hecho sin historias ya que contar, aguantando la respiración bajo el agua, el desgaste de un poema, no recordar las cosas en cuanto no conseguimos olvidar nada. Puede parecer composición a la inversa, no lo es porque no olvido nada que no quiero olvidar.

Que ya no me devuelva nada la vida, tengo fuerza todavía de recuperar su lentitud esencial, a lengua llena.

jueves, 4 de junio de 2009

La restitución imprevista del sentimiento

No me lo esperaba, pero me ha venido de nuevo, como nuevo, el sentimiento, parecía sin estrenar o gastado, tanto daba, soy capaz de entregarlo y convertirlo en el tirón necesario para que sea yo quien no pueda dejar de ser de alguien. No sé si me renació desde el sueño que tiene un aliento pesado, con la piel, entre las piernas abiertas de una mujer.

He pensado de esta guisa llegar a los movimientos exactos, tú me tocas por aquí, yo me como tus restos, es así, es la única posibilidad que tengo en este momento. Es lo que hay. Y en este negociado nunca creí que existiera la posibilidad de tocarse por todas partes; hay que ir despacio con los pliegues de la frente, las axilas levantadas, exigiendo; y la boca justo dentro de la otra boca. Iba a ser un momento y todavía no he encontrado ese instante de dejarlo. No se puede, no se debe, el prisionero de una cárcel, en la cárcel debe de quedarse, le ha venido el sentimiento, imprevisto pero exigente como una libertad que le encierra para siempre.
Me viene una felicidad, como a deshoras pero para todas las horas, me llega esa felicidad que me manda cogerla ella misma, sino la puedo perder para siempre. Hace mucho tiempo que busco un equilibrio que eso de la madurez no lo da ni de mentiras, un equilibrio poderoso, concentrado en mi cuerpo para luego poder casi escribir a ciegas: mitad lectura, mitad escritura y entre medio una forma de vivir que es capaz de darme la generosidad de alguien para poder decirle: no puedo más, eres demasiado intensa, tengo todo tuyo y jamás te merecí.

Necesito el sentimiento para poder vivir, voy como todos los animales débiles hacia abajo, hacia el fin. Y mantengo ese sentimiento con los opiáceos y la indecencia, con la mentira que es una forma de sabiduría. Todos sabemos lo que es la vida, monótona, apretada, y buscamos en cada emoción amar desesperadamente y que nos llegue algún regalo: el prodigio de un poema dedicado, un poema que tapará la falta que siempre sentí, un poema tan desgarrador y bello que no puedo evitar la tentación de incluirlo aquí. Me lo prometieron, me lo entregaron:

Prometo estar alegre aunque no sea lo mío


Por Reyes Vaccaro

aunque la vida vaya cuesta abajo

prometo estar alegre aunque nada seamos

aunque la esperanza no sea una letra del tesoro

ni la justicia el pan de cada día;

prometo estar alegre para alegrar yo tu vida

para que sientas que duermo debajo de tu almohada

que puedo ser la música en tu ombligo

y esa luz que se enciende a medianoche.

Prometo ser el cielo de tu mejor paisaje

canturrear en tu oído si eso necesitas

mientras las palabras puedan seguir rodando

arrastrando nuestros cuerpos como hojas

y me sostengan las ganas de estar viva.

Prometo estar alegre en lo que pueda

aunque los reyes magos ya sólo traigan deudas

y los días se parezcan demasiado

y el sol se me vaya de parranda

demostrando así que sólo soy ingenua

y que tendré que seguir usando velas

para alumbrar mi alma pequeñita.

Prometo ser de ti en lo que pueda

y tirar del carro y de la manta

para dejarte desnudo si hace falta

y destrozarlo todo a martillazos

el mapa, los Pcs, el messenger, los libros

dejar sólo mi alma en tus rodillas.


(Fran , este poema es para ti , por la promesa ).

miércoles, 27 de mayo de 2009

Siempre tengo cinco centímetros vacíos


Y no los lleno fácilmente, ni abarco lo suficiente para que me los llenen. Antes incluso que las palabras, le doy prioridad como debe ser a las personas, me acerco a ellas, casi provoco un mutuo balance de bienestares. Empiezo con la mirada, ávida, curiosa, preocupada pero con la sugestión suficiente de convencer al supuesto contrario que la ponga al alcance porque nuestros ojos son nuestra primera costumbre. No llevo reglas de medición, contar se me dio siempre mal y medir peor, llevo la intención, la petición.

Se me nota en muchas ocasiones las decepciones que van a venir como si hubieran tenido ya lugar. En ese mundo es donde están los huecos, donde se palpan los vacíos de mayor o menor anchura, se empieza, simplemente, por esa vigente necesidad permanente de contarlas desde el principio, qué las motivo –ya no si hubieron culpables ni quienes pudieron ser, porque las culpas son siempre propias y hasta el término está en estudio su eliminación académica-.

Yo que llevo algún tiempo, abonando mi riego de vivencias con palabras siempre sentidas, me pregunto, ¿me habrán servido de algo las palabras con las que he convivido tanto tiempo? Ni tan siquiera la parábola del diccionario, encontrar la que se busca, cuando a lo mejor, es bien distinta de la queríamos escribir. Acusé en cambio siempre las heridas del tiempo, de todas las heridas, la única que queda vigente. Podría ser quizá un despreocupado remedio del poeta Bonald: “la única estrategia que puede más que el tiempo/es conseguir perderlo impunemente.”

Pues para perderlo estoy, sin la estirpe de la juventud en mi poder, con ese hueco, esos cinco centímetros que no termino de llenarlos del todo. Y puede que sepa el secreto, mi empeño de ir abarcando, acercándome a todos los pilares donde supe apoyarme cuando joven: la catástrofe espléndida del amor como si fuera a ir invitado ya uno de estos días a la fiesta sabia de los amantes maduros; su profundidad, su fecha sin anillo, su horizonte buscando los labios, todo es según venga la vida. Me vale el amor grandioso e íntimo, pero desmontemos de una vez -así tampoco se cubren los centímetros vacíos- al amor eterno, artesano de la infelicidad de la gente.

Ya no pido, pues, hace tiempo más que me de alguien la mano. Refugiado muchas veces, cómo no sin quererlo, en la oscura catedral de la memoria, sigo sin encontrar la mano a la que no le importe las arrugas mías, que sea a ciegas mano tendida, dejada, enhebrada. No me importan ni a mí, que las llevo puestas. Hasta en ocasiones, la he buscado en un mundo que descubrí al estarme quieto, y no nos engañemos la frivolidad que puede parecer que hay en el mundo virtual, cuando es modo de vida, estilo, se le puede dar una seriedad que sustenta una recién creada virtud de lo que parecía un vicio. Y si es vicio mejor. A veces se sufre con ellos pero se llega a terminar con maneras increíbles de convivencia.

Busco tapar esos centímetros vacíos como una beligerancia de la vida, terminar las malas tardes, el cansancio de tenerlas, suprimir las ficciones de los libros que se escriben ya bien a los veinticinco años cuando yo aún no había casi tenido un orgasmo con ellos. Acabar incluso con los centímetros llenos hasta con las horas del descanso, una forma literaria de la desesperación; mentirme en los deseos que remite a lo que no se tiene, dice Paniker, “pero la sentencia es incompleta, el deseo también remite a lo que ya se tiene sin remedio.”

Pues con deseo porque a pesar de la sentencia lo quiero, esa es su tautología, su atractivo, alguna tarde que te dicen “sino ya sabes” porque pueden llevarse ese deseo a cualquier otra parte. Puede hacerlo una mujer con su vocación para las manos y los labios, desnuda, luego es un enigma saber descifrarlo, lentamente, lentamente. Lo quiero sin lugar a dudas, las dudas las tendré dentro y ya no se me notan, ni me tomo el trabajo de dudar yo solo.

miércoles, 20 de mayo de 2009

Quizá tenga la impertinencia del poeta


Hoy me son muy válidas palabras ajenas, muy alejadas de este mundo de la red, que me explicaban no hace mucho en un correo, que escribir para mí era como leer, como si estuviera haciendo exactamente lo mismo, pero constituyendo una “manifestación vital de lo más satisfactoria.” Tenía en cuenta, esa amiga con mi expresión, mi capacidad para dar sentido a la vida. Ya sé, que ese correo fue un obsequio, un sobre abierto donde está lo mejor que te puede ofrecer una persona, además, cien veces por arriba de mi capacidad y de mi cultura. Jamás figurará escrito por ella comentario alguno, no lo necesito, lo siento cada día, cada vez que escribo, que me siento capaz de manifestarme.

Amo casi a gritos la escritura, como si quisiera desgañitarme para contar tantas cosas a la vez que están dentro y es necesaria su salida, como arañazos que tengo sin curar. Jamás supe ser novelista, ni poeta, sólo esperaba tener un sitio propio, un ángulo amargado de mi ser para enseñarlo, una soledad mal nacida, una forma de amar que nunca supe explicar pero que no deja de ser una manera exquisita para acompañar la escritura. Por eso con mis gritos sin proponérmelo quiero envolver a cualquier mujer con magia y una dulzura tan tierna que puede formar parte de sus pliegues más privados, son como trazos para enseñar las formas del amor, el acorde de un gemido, la dilatación de una vagina.

Escribo despacio, a ver si pillo algo, una mirada sin ojos bonitos, pero como dice Cristina García Morales con “poesía debajo de la cejas”; es el punto ideal para escribir, calmarte luego en la lengua y pensar que menos mal que no quise ser poeta. Hubiera aprendido, entonces, con cualquier mujer, la manera de besarla con una lentitud aplomada y grave, con cautela de ciego y herramientas de carne. Escribo con la lentitud que me da a veces la impertinencia del poeta, el haberle leído antes los versos y habérmelos creído. Escribo hasta sin miedo, como una catástrofe espléndida sabiendo que me voy a estrellar contra algo o contra alguien y no me importa mi propia decepción programada.

En mis escritos cada imagen es un intento se ser esa propia imagen desnuda de ropa y de vergüenza, un proyecto. Todo ello para explicar y poder explicarme que no sé vivir sin la vida, sin escribir de la vida, la que viví, la que quise vivir y la que no viví.

A veces me quedo incompleto, sin acabar de decir las cosas, pero casi contento -como en ese cuento que leí- donde dos amantes, celebraban el polvo que iban a echar y no echaron. Fue quizá que apenas se miraban o se tocaron muy poco; a mí como si no me acababan de llegar todas las letras, yo tampoco escribiré, lo dejaré no escrito para no complicarme más los nervios y como en el acto fisiológico del amor, echaré también de menos, contento, mi escrito. Me pasa eso, que me falta lo no escrito, la paciencia que no tuve, la angustia que no me vino, el libro demasiado abierto por los mismo sitios, entre comillas que le he ido poniendo.

Pero escribo, sobre todo, para evitar los regresos, leerlo de nuevo, recurrir a la súplica permanente de la memoria, segregar melancolía sobrada incluso de lenguaje. Se me deben notar casi siempre las pupilas viejas, la mirada lenta a falta a mi lado de una joven e intensa.

A veces casi escribo borracho, como celebrando una fiesta de inauguración de los recuerdos, persiguiendo mi pasado, tropezando por la vida para ir a parar a esos recuerdos de la infancia que tanto nos marcan. Es un vómito mis escritos en muchas ocasiones, una contracción parturienta, un carraspeo, una falta de equilibrio para intentar recuperarlo.

Perdonarme, pero eso tiene la propia literatura de uno, quién la prueba, repite. Viene a ser un hallazgo, una sed. Qué curioso, yo que tengo los huesos mal nacidos y mal arreglados, los noto al escribir como si se me volvieran tiernos capaces para el camino de nuevo. ¡Vete andando a los sitios, si es que puedes que te queda poco!

Ni yo mismo me entiendo, busco en la literatura que leo o que escribo mi alegría, mi remordimiento, mi miseria, vomito así por el mundo lo que era sólo mío, ya lo he puesto en palabras tan propias que a veces me da tanto miedo y me produce la inevitable urgencia del beso primero al escote abierto para dormirse luego en unos senos lascivos sin misterio.

sábado, 16 de mayo de 2009

Procuro que la noche me pille cerca


Porque siempre le tuve miedo aunque reconozco que admiro su belleza de sede de vicios bien administrados, existe, y como dice el poeta Caballero Bonald en su último libro de poema “La noche no tiene paredes”, con la “la osadía de bordes delictivos.” Yo no sé si llegaban hasta mí esos motivos, pero le tuve, le tengo, le tendré siempre miedo a la noche. Trae finales, lo sé, me va a negar cuando ella lo prefiera, el comienzo de un nuevo día, los que empiezo cada vez con un nuevo esfuerzo y una antigua ternura. No tengo otro sistema de memoria que lo que voy haciendo en la vida noche a noche.

No hay desprecio ni desprestigio en mi postura hacia ella, hay temblores que manejo mal sólo, me pilla casi siempre desnudo del todo, y lo que es peor con menos palabras y muchas más preguntas, con dificultad de asignarle los sentimientos que tuve durante el día. Me sirve apenas para recordar los ratos que me sobraron de cada día y extraer su emoción, cultivar la manía de los libros.

No tiene paredes, poeta, pero tiene una mala trastienda, guardo desordenados los recuerdos; las soledades que encontré idénticas a la mía; hasta el anticipo lujurioso con el polvo de media tarde. Sin paredes pero sin sitios donde apoyarse, a veces igual que durante el día con el peligro de caerse simplemente: cuando iba a comprar el libro del poeta Caballero Bonald, el que he citado ahora, y con él en mis manos “recito un poema que no he leído nunca”; o sino los cálidos y desvergonzados relatos de Cristina García Morales; o viniendo hacia casa de comprar los periódicos que ya había leído en Internet. Porque no tiene paredes para mí ni la noche ni el día, esa es la verdad, puedo ya traer los riesgos de caerme cualquier día. Dentro de la noche, tengo un miedo muy propio y muy mío, de sentirme ya en el suelo y no saber qué viene luego.

Pero en la noche también es cierto que visito todos los sueños. No sé, ayer pensaba, por ejemplo, que quizá me quitara ese miedo a la noche, una mujer treinta años más joven y poder recorrer con ella en lugar de quedarme en casa con la opacidad de los miedos, las calles de mi ciudad; yo se la enseñaría, recorreríamos juntos todos los sitios que me gustan de día aunque estuvieran cerrados y los abiertos a la jerarquía del vicio, donde la edad ni los corrige ni los mengua, les da prestigio; sobre todo pasearíamos y no tendría ningún miedo a caerme, iría simplemente de la mano de ella, al vernos nadie pensaría que ella era mi hija, porque en cada paso de peatones, nos detendríamos en medio y estamparíamos un beso con las bocas bien abiertas mientras los coches hacían pitar sus bocinas. Da lo mismo quizá la gente pensaría de mí que había sido capaz de encontrarme con la hembra más completa de una vida, y de ella estarían seguros que me iba a quitar veinte años en dos días, en el mundo increíble de su entrepierna, enfrascado en la curva inefable de sus pechos.

Sigue el sueño ya en casa, no me vuelva a entrar de nuevo el miedo, sacaríamos a secar en el mismo sitio mi prosa oxidada y las bragas de ella, si es que las llevaba; me pondría a escribir para contarlo con las palabras más puras y sus inmediaciones aunque llevaran el venenoso pozo de mi autobiografía. Mis palabras, quizá en ese sueño junto con ella, como es lo único que tengo me podría quitar del todo el miedo a la noche.

Ya está bien, no tengo ganas de morirme de noche en un museo de medicamentos. Quiero vivir los mejores huecos de mi memoria, como si fuera de día, fastuoso de soledad como un mendigo pero hermoso y vivo; que me pudiera volver a decir una mujer que estoy bueno, que puedo recuperar dónde estoy y cómo estoy mi vida como la sede de una admiración bien administrada.

Así puede ser la noche, así debe ser la noche, para no tener que volver a escribir que deseo que al menos me pille cerca de casa donde sí que debe haber paredes donde apoyarse. Sólo quiero convivir valientemente con ella simplemente, que me deje los recuerdos que habrá sido el mañana de ahora, éste, después de haberlo vivido.


domingo, 10 de mayo de 2009

La vida no explica nada


Cuando uno debiera sentir ese atractivo contenido de la madurez como una forma disimulada de vejez, piensa que echando la vista atrás, preguntándole a la vida y su entorno, algo nos explicará: por qué fuimos así, por qué lo hicimos así. Pero se me está pasando el tiempo muy deprisa y no encuentro los renglones donde la propia vida me explique todo aquello que me sonó de una manera pero que también pudo ser de otra, que incluso hasta significar cualquier otra cosa.

Hasta a veces, es curioso, puede uno respirar a fondo la alegría mala de las cosas sin remedio, tragársela en un momento, como una necesaria respiración cuando no nos queda la posibilidad de hacerlo. Nos trajo los motivos la vida o los buscamos nosotros, rastreamos donde nunca debimos hacerlo, nos quedamos un rato, volvimos de nuevo una y otra vez porque hay una extraña cadencia, la etiqueta de la repetición. Ni tan siquiera punto y coma, esa manera de señalar mejor las pausas y los silencios, se trata del punto y seguido para poder hacerlo de nuevo.

Pero es un gran desacuerdo que por el camino, la vida no nos hubiera ido aportando suficientes señales de lucidez, pero precisamente es la lucidez lo que separa a las personas, los renglones por los que caminamos difícilmente, cada vez más complicados, ahí buscamos explicaciones y no las encontramos. Y la razón de no hallarlas es muy simple, se la volvía a leer hace días a David Trueba en su novela “Saber perder” -¡vaya, lo que nunca queremos aprender!-: "cada uno llevamos nuestra secreta derrota bien adentro, lo más lejos posible de la mirada de los demás."

No queremos nunca enseñar esas derrotas, nos vamos directos al ángulo más oscuro de la soledad humana, cuando si la compartiéramos del todo con alguien quizá nos daríamos cuenta que las derrotas son las únicas victorias que valen la pena, porque las tocamos, porque son la piel que nos hace daño, sus sitios resonantes. Nos abriría muchas veces la puerta del placer que lo vence todo, que le da tono a todo, sin precio ni alquiler, la única tarifa, elegirla frenética, inmensa.

Me he apartado y me seguiré apartando de esa manera civilizada y única de que habla Trueba. Lo propio, el sueño o la realidad de lo mal vivido es sólo mío; el sufrimiento me lo han dado gratuito, me lo puedo permitir, sin explicación alguna, ahí lo tuve, ahí me llegó, quizá porque antes junto a mí lo tenía una joven mujer que lo callaba una y otra vez de una manera espeluznante que era una lección, una exigencia, un turno de espera que de ella tomé con una desesperación de su parte que no supe entender, que no pude comprender. Tampoco la vida me lo ha explicado, me lo dio, como un documento adjunto que lleva durando más de veinte años y me hizo fuerte –dentro de un cuerpo dañado y débil- pero preparado para todo en un final que tengo cerca con un título inevitable: luego de mi fogosa actividad, del periodo angustioso y mal llevado me vendrá la calma para siempre.

Ya para qué quiero más explicaciones, las demás poco importan, la más sólida se me rompió a pedazos y la mía diaria más valdría no mencionarla. Me falta o me sobra un resplandor aunque sea inventado, un vicio que quitarse, un espacio de silencio demasiado lleno de libros, dejar pasar la vida para buscar otra vez la vida, los mejores enseres, la dignidad propia que muchas veces uno la hace pedazos.

Por eso en tantas ocasiones, a través de estas páginas, de la web de los libros, de la rutas desesperadas del blog, busco esos enseres que no tengo. Mientras seguiré escribiendo para comprobar como dice Pascal, que el yo no es forzosamente odioso. Quiero todavía volar, escapar, andar -¡fíjate!- vivir mi presente madurito con una voz profunda y cordial siempre al lado, una escucha tierna, una fuerte existencia con la intensidad de casi un animal.

Aunque me acuse al no explicarme nada mejor la vida, de ser yo por todas partes, egoísta y tenaz, para poder ser algún día, otra cosa mejor.

lunes, 4 de mayo de 2009

Huyendo hacia adelante


Porque no encuentro otra manera de huir que no me destruya. Se trata, a lo mejor, de engañarse, de pensar uno, qué bien lo hiciste y cuando esto termine, ya vendrá una lujuriosa mezcla de insultos y de admiraciones. Me voy a armar, antes de seguir esta andadura hacia delante, con todas esas cosas que uno se cree a solas sin que nadie te obligue ni nadie te acompañe. Podría ser como una forma de deseo. La novela de David Trueba ”Saber perder” –particular en mis manos hoy- comienza así: “El deseo trabaja como el viento, sin esfuerzo aparente.” Pues voy a ver si yo hago como el deseo, sin que los demás se den ni cuenta, ni lo noten mis huesos, hacia delante en la búsqueda de ese deseo, con las palabras que me aprendo y las que me enseñan las miradas ajenas, cuando sin tener por qué hacen que me acerque.

Y entiendo esas llamadas de los demás como una segunda piel que tengo, se lo explicaba a alguien esta mañana como desde aquí, desde dentro. Porque he de substituir con mi segunda piel, las arrugas de la primera, inventarme la forma de superar esa difícil derrota de la vejez, cómo te vas dando cuenta de ella, tú mismo, mientras los demás la ven igual pero callan por respeto, por estima, por una antigua tolerancia entre las gentes de bien, esa interminable clase media donde me incluyeron, que nos injuriamos sin que el ultrajado se entere.

Me vienen las llamadas, me las trae la cultura que no es saberse –ya es colmo de la sabiduría elemental- perfectamente, los tiempos de los verbos. (Eso me dicen por aquí, por casa) Es entrar en los sitios, es saber esperar y que te llamen enseguida, es decirle a una dependienta de poca confianza, “te has cambiado de pelo, te queda fenómeno.” Es haberse dado cuenta, es necesitar a los demás con las manos limpias, el decoro que tiene la ropa aunque sea del año pasado. Ya está hecho, sin que tengas las más mínimas posibilidades de sentirte como un galán protagonista de cine antiguo.

Son los pasos que das, estudiados, adrede, es tu manera de ser, el recurso de huir hacia adelante. Donde estoy termino, no puedo ni intentar con las palabras la perfección de soñarlas unidas a los cuerpos, el mío y el de alguien. He de seguir y huir sólo aunque me basta a veces la compañía inconmensurable de un hermoso correo con dos palabras cortas al final y al principio, la fluidez que sientes y sienten porque a veces es una forma de deseo, -que alcanza tintes de sentimiento- ése que decía Trueba que trabaja como el viento, sin esfuerzo aparente. Es así porque vive siempre en el cerebro más profundo, allí donde no existe el tiempo y todos los espacios son territorios breves. Y me he fijado, tiene señal de circulación obligatoria hacia delante. Lo que no dice es si se trata de una huida o una forma defensa casi obligatoria.

Antes de escribir estas líneas, por una especial razón que antes apunté, he repasado notas del libro de Trueba, y le he de dar la razón cuando habla de derrotas propias, de esas que todos tenemos y que él dice que llevamos bien adentro, es cierto, para evitar miradas ajenas. No tengo más medio para no hundirme con ellas que huir hacia adelante porque si me quedo en mi sitio, me sentiré sin duda el ser más vulnerable de la tierra con razón.

Ya sabéis, ya me conocéis, huiré hacia adelante porque hacia atrás ni puedo ni quiero. Me sobran, no obstante las caricias, saber dónde destinarlas. He hecho mi cultura con el verbo y el beso y busco siempre una boca amada donde dejarlo quieto, húmedo, con la humedad que tiene alguna noche que sientes más necesidad de darlo. También me urgen las miradas obscenas –una forma de religión más cercana- y el placer de perturbarlas. Yo soy siempre las ganas, igual que pasa con los pezones de una hembra enamorada y la molestia de la ropa todavía puesta.

Le diría a David Trueba o a quien tenga ese libro quizá entre sus manos que yo desabrocho el deseo, mi elegante y exquisita manera de huir hacia delante, me lo enseñó la cultura del libro abierto. Sin tener que estudiarlo, sino leerlo, entregarlo, vivirlo.

lunes, 27 de abril de 2009

Demasiados avisos



Es muy preciso Luis Sepúlveda en su última novela “La sombra de lo que fuimos”. Citaré sus palabras exactamente, por eso, porque voy teniendo ya demasiados avisos:

"Un hombre sabe cuando llega al fin de su camino, el cuerpo manda avisos, el maravilloso mecanismo que te mantiene inteligente y alerta empieza a fallar, la memoria hace todo lo posible por salvarte y adorna lo que deseas recordar de manera objetiva. Nunca confíes en la memoria pues siempre está de parte nuestra; adorna lo atroz, dulcifica lo amargo, pone luz donde sólo hubo sombras. La memoria tiende a la ficción."

Tampoco es del todo exacto me parece, o es que a mí me traiciona la memoria, o yo no sé recurrir a ella para que esté completamente a mi favor. Claro que me falla el mecanismo –lo saben tres o cuatro, que ya van siendo demasiados-, y acumulo los avisos de distintas idiosincrasias. Ya me explico: ante todo, muchas veces voy a decir algo y me pregunto antes: ¿merece la pena? Lo que ocurre es que son demasiadas las ocasiones, que moviendo las palabras, como si fueran un simple dedo provocan de inmediato el estremecimiento. No me siento culpable, en todo caso inocente provocador. Pero a quien entra en esa provocación, siempre le doy algo genuino, propio.

Una manera de alcance, que me viene de pronto, es con las propias palabras, con los intactos sentimientos, al acercarme, al hacer que el roce sea un roce parece como si fingiera que soy de otro país para no entender el lenguaje. Ya sobran las palabras, es decir, casi todo y sin embargo lo que llevaban, lo dado, ahí se queda. Por eso provoco una empatía, un deseo de pregunta, casi sabiendo la respuesta. No es un simple traslado de personalidades, hay un matiz, una emoción que vale mutuamente.

Son avisos que me explican que no sirvo para ganar porque para eso hace falta un cúmulo de cosas, no pensé que sería tan hermoso y tan inalcanzable para mí. Creo que le echo la culpa a los avisos, a que siempre he sido un hombre como el árbol, hacia arriba, hacia la luz, bien pronto, bien de mañana y hace ya demasiado tiempo que he descubierto el dolor y no me queda más recurso que la paciencia, como hace días le pedía a la amistad que quería. O algunas fuerzas casi sobrenaturales que me vengan de fuera, humanas, personales.

Por eso me refugio en un mundo de palabras, libre no solo de esos avisos sino también de sospecha, un mundo para mí cargado de prestigio. Rodeado, como no de una soledad aunque no haya órgano que pueda asimilarla toda entera. A veces, todavía, en el trato con la gente me dicen que no voy a tener tiempo a envejecer, que se trata de una madurez, de una elegancia, una solemnidad particular. Yo le llamo, una generosidad ajena, preciosa y gratuita por la propia calificación.

Pero me sabría mal dejarme tantos sentimientos posibles pendientes, aquellos que están más allá de mi capacidad y de mi imaginación; hasta clases de tristeza, decepciones de la vida o alguna forma de alivio, de quitarnos los miedos. Una especie de liberación, un medio para alcanzar libertades que se me han escapado, pero se trata sólo de un sinónimo, no nos engañemos: libertades huidas, libertades perdidas. Y esos avisos son cercanías a la muerte, que nadie sabe lo que es porque sólo pertenece al muerto y su silencio está bien hecho.

Y entre las impaciencias no cumplidas siempre queda un mal recuento de esos besos hondos y cálidos que te entran hasta el alma, que paralizan. Nunca tuve bastante. Y jamás tendré suficiente, lo saben quienes me conocen. Luego me olvidaré de los avisos, seguiré siendo hasta raro, y esa rareza es que pediré que me quieran lo suficiente. ¡Qué término más impreciso!

A lo mejor se trata de cruzarse en el pasillo de los sueños que nunca cumpliré, ni me rindo ni alquilo, no tengo más tarifa que el placer, más tentativa, más explicación que el intercambio del amor. Allí una sola caricia, puede eliminar todos los avisos; solo que alguien me quiera, lo que proporciona una sabiduría que no he vuelto a encontrar. Lo que ofrezco es usado y avisado pero tengo dentro para quién quiera averiguarlo, una ternura urgente, infinita, siamesa y rara. Pero vale la pena, os lo aseguro.