
La Mastreta como sus personajes es una enamorada del ocio y la palabra, por eso defendió la existencia de su blog para escribir lo que quería.
-Salgo carísima.
-¿Cómo en cuanto?
-Como en gustarme."




No me lo esperaba, pero me ha venido de nuevo, como nuevo, el sentimiento, parecía sin estrenar o gastado, tanto daba, soy capaz de entregarlo y convertirlo en el tirón necesario para que sea yo quien no pueda dejar de ser de alguien. No sé si me renació desde el sueño que tiene un aliento pesado, con la piel, entre las piernas abiertas de una mujer.


Cuando uno debiera sentir ese atractivo contenido de la madurez como una forma disimulada de vejez, piensa que echando la vista atrás, preguntándole a la vida y su entorno, algo nos explicará: por qué fuimos así, por qué lo hicimos así. Pero se me está pasando el tiempo muy deprisa y no encuentro los renglones donde la propia vida me explique todo aquello que me sonó de una manera pero que también pudo ser de otra, que incluso hasta significar cualquier otra cosa.
Hasta a veces, es curioso, puede uno respirar a fondo la alegría mala de las cosas sin remedio, tragársela en un momento, como una necesaria respiración cuando no nos queda la posibilidad de hacerlo. Nos trajo los motivos la vida o los buscamos nosotros, rastreamos donde nunca debimos hacerlo, nos quedamos un rato, volvimos de nuevo una y otra vez porque hay una extraña cadencia, la etiqueta de la repetición. Ni tan siquiera punto y coma, esa manera de señalar mejor las pausas y los silencios, se trata del punto y seguido para poder hacerlo de nuevo.
Pero es un gran desacuerdo que por el camino, la vida no nos hubiera ido aportando suficientes señales de lucidez, pero precisamente es la lucidez lo que separa a las personas, los renglones por los que caminamos difícilmente, cada vez más complicados, ahí buscamos explicaciones y no las encontramos. Y la razón de no hallarlas es muy simple, se la volvía a leer hace días a David Trueba en su novela “Saber perder” -¡vaya, lo que nunca queremos aprender!-: "cada uno llevamos nuestra secreta derrota bien adentro, lo más lejos posible de la mirada de los demás."
No queremos nunca enseñar esas derrotas, nos vamos directos al ángulo más oscuro de la soledad humana, cuando si la compartiéramos del todo con alguien quizá nos daríamos cuenta que las derrotas son las únicas victorias que valen la pena, porque las tocamos, porque son la piel que nos hace daño, sus sitios resonantes. Nos abriría muchas veces la puerta del placer que lo vence todo, que le da tono a todo, sin precio ni alquiler, la única tarifa, elegirla frenética, inmensa.
Me he apartado y me seguiré apartando de esa manera civilizada y única de que habla Trueba. Lo propio, el sueño o la realidad de lo mal vivido es sólo mío; el sufrimiento me lo han dado gratuito, me lo puedo permitir, sin explicación alguna, ahí lo tuve, ahí me llegó, quizá porque antes junto a mí lo tenía una joven mujer que lo callaba una y otra vez de una manera espeluznante que era una lección, una exigencia, un turno de espera que de ella tomé con una desesperación de su parte que no supe entender, que no pude comprender. Tampoco la vida me lo ha explicado, me lo dio, como un documento adjunto que lleva durando más de veinte años y me hizo fuerte –dentro de un cuerpo dañado y débil- pero preparado para todo en un final que tengo cerca con un título inevitable: luego de mi fogosa actividad, del periodo angustioso y mal llevado me vendrá la calma para siempre.
Ya para qué quiero más explicaciones, las demás poco importan, la más sólida se me rompió a pedazos y la mía diaria más valdría no mencionarla. Me falta o me sobra un resplandor aunque sea inventado, un vicio que quitarse, un espacio de silencio demasiado lleno de libros, dejar pasar la vida para buscar otra vez la vida, los mejores enseres, la dignidad propia que muchas veces uno la hace pedazos.
Por eso en tantas ocasiones, a través de estas páginas, de la web de los libros, de la rutas desesperadas del blog, busco esos enseres que no tengo. Mientras seguiré escribiendo para comprobar como dice Pascal, que el yo no es forzosamente odioso. Quiero todavía volar, escapar, andar -¡fíjate!- vivir mi presente madurito con una voz profunda y cordial siempre al lado, una escucha tierna, una fuerte existencia con la intensidad de casi un animal.
Aunque me acuse al no explicarme nada mejor la vida, de ser yo por todas partes, egoísta y tenaz, para poder ser algún día, otra cosa mejor.
Porque no encuentro otra manera de huir que no me destruya. Se trata, a lo mejor, de engañarse, de pensar uno, qué bien lo hiciste y cuando esto termine, ya vendrá una lujuriosa mezcla de insultos y de admiraciones. Me voy a armar, antes de seguir esta andadura hacia delante, con todas esas cosas que uno se cree a solas sin que nadie te obligue ni nadie te acompañe. Podría ser como una forma de deseo. La novela de David Trueba ”Saber perder” –particular en mis manos hoy- comienza así: “El deseo trabaja como el viento, sin esfuerzo aparente.” Pues voy a ver si yo hago como el deseo, sin que los demás se den ni cuenta, ni lo noten mis huesos, hacia delante en la búsqueda de ese deseo, con las palabras que me aprendo y las que me enseñan las miradas ajenas, cuando sin tener por qué hacen que me acerque.
Y entiendo esas llamadas de los demás como una segunda piel que tengo, se lo explicaba a alguien esta mañana como desde aquí, desde dentro. Porque he de substituir con mi segunda piel, las arrugas de la primera, inventarme la forma de superar esa difícil derrota de la vejez, cómo te vas dando cuenta de ella, tú mismo, mientras los demás la ven igual pero callan por respeto, por estima, por una antigua tolerancia entre las gentes de bien, esa interminable clase media donde me incluyeron, que nos injuriamos sin que el ultrajado se entere.
Me vienen las llamadas, me las trae la cultura que no es saberse –ya es colmo de la sabiduría elemental- perfectamente, los tiempos de los verbos. (Eso me dicen por aquí, por casa) Es entrar en los sitios, es saber esperar y que te llamen enseguida, es decirle a una dependienta de poca confianza, “te has cambiado de pelo, te queda fenómeno.” Es haberse dado cuenta, es necesitar a los demás con las manos limpias, el decoro que tiene la ropa aunque sea del año pasado. Ya está hecho, sin que tengas las más mínimas posibilidades de sentirte como un galán protagonista de cine antiguo.
Son los pasos que das, estudiados, adrede, es tu manera de ser, el recurso de huir hacia adelante. Donde estoy termino, no puedo ni intentar con las palabras la perfección de soñarlas unidas a los cuerpos, el mío y el de alguien. He de seguir y huir sólo aunque me basta a veces la compañía inconmensurable de un hermoso correo con dos palabras cortas al final y al principio, la fluidez que sientes y sienten porque a veces es una forma de deseo, -que alcanza tintes de sentimiento- ése que decía Trueba que trabaja como el viento, sin esfuerzo aparente. Es así porque vive siempre en el cerebro más profundo, allí donde no existe el tiempo y todos los espacios son territorios breves. Y me he fijado, tiene señal de circulación obligatoria hacia delante. Lo que no dice es si se trata de una huida o una forma defensa casi obligatoria.
Antes de escribir estas líneas, por una especial razón que antes apunté, he repasado notas del libro de Trueba, y le he de dar la razón cuando habla de derrotas propias, de esas que todos tenemos y que él dice que llevamos bien adentro, es cierto, para evitar miradas ajenas. No tengo más medio para no hundirme con ellas que huir hacia adelante porque si me quedo en mi sitio, me sentiré sin duda el ser más vulnerable de la tierra con razón.
Ya sabéis, ya me conocéis, huiré hacia adelante porque hacia atrás ni puedo ni quiero. Me sobran, no obstante las caricias, saber dónde destinarlas. He hecho mi cultura con el verbo y el beso y busco siempre una boca amada donde dejarlo quieto, húmedo, con la humedad que tiene alguna noche que sientes más necesidad de darlo. También me urgen las miradas obscenas –una forma de religión más cercana- y el placer de perturbarlas. Yo soy siempre las ganas, igual que pasa con los pezones de una hembra enamorada y la molestia de la ropa todavía puesta.
Le diría a David Trueba o a quien tenga ese libro quizá entre sus manos que yo desabrocho el deseo, mi elegante y exquisita manera de huir hacia delante, me lo enseñó la cultura del libro abierto. Sin tener que estudiarlo, sino leerlo, entregarlo, vivirlo.
Es muy preciso Luis Sepúlveda en su última novela “La sombra de lo que fuimos”. Citaré sus palabras exactamente, por eso, porque voy teniendo ya demasiados avisos:
"Un hombre sabe cuando llega al fin de su camino, el cuerpo manda avisos, el maravilloso mecanismo que te mantiene inteligente y alerta empieza a fallar, la memoria hace todo lo posible por salvarte y adorna lo que deseas recordar de manera objetiva. Nunca confíes en la memoria pues siempre está de parte nuestra; adorna lo atroz, dulcifica lo amargo, pone luz donde sólo hubo sombras. La memoria tiende a la ficción."
Tampoco es del todo exacto me parece, o es que a mí me traiciona la memoria, o yo no sé recurrir a ella para que esté completamente a mi favor. Claro que me falla el mecanismo –lo saben tres o cuatro, que ya van siendo demasiados-, y acumulo los avisos de distintas idiosincrasias. Ya me explico: ante todo, muchas veces voy a decir algo y me pregunto antes: ¿merece la pena? Lo que ocurre es que son demasiadas las ocasiones, que moviendo las palabras, como si fueran un simple dedo provocan de inmediato el estremecimiento. No me siento culpable, en todo caso inocente provocador. Pero a quien entra en esa provocación, siempre le doy algo genuino, propio.
Una manera de alcance, que me viene de pronto, es con las propias palabras, con los intactos sentimientos, al acercarme, al hacer que el roce sea un roce parece como si fingiera que soy de otro país para no entender el lenguaje. Ya sobran las palabras, es decir, casi todo y sin embargo lo que llevaban, lo dado, ahí se queda. Por eso provoco una empatía, un deseo de pregunta, casi sabiendo la respuesta. No es un simple traslado de personalidades, hay un matiz, una emoción que vale mutuamente.
Son avisos que me explican que no sirvo para ganar porque para eso hace falta un cúmulo de cosas, no pensé que sería tan hermoso y tan inalcanzable para mí. Creo que le echo la culpa a los avisos, a que siempre he sido un hombre como el árbol, hacia arriba, hacia la luz, bien pronto, bien de mañana y hace ya demasiado tiempo que he descubierto el dolor y no me queda más recurso que la paciencia, como hace días le pedía a la amistad que quería. O algunas fuerzas casi sobrenaturales que me vengan de fuera, humanas, personales.
Por eso me refugio en un mundo de palabras, libre no solo de esos avisos sino también de sospecha, un mundo para mí cargado de prestigio. Rodeado, como no de una soledad aunque no haya órgano que pueda asimilarla toda entera. A veces, todavía, en el trato con la gente me dicen que no voy a tener tiempo a envejecer, que se trata de una madurez, de una elegancia, una solemnidad particular. Yo le llamo, una generosidad ajena, preciosa y gratuita por la propia calificación.
Pero me sabría mal dejarme tantos sentimientos posibles pendientes, aquellos que están más allá de mi capacidad y de mi imaginación; hasta clases de tristeza, decepciones de la vida o alguna forma de alivio, de quitarnos los miedos. Una especie de liberación, un medio para alcanzar libertades que se me han escapado, pero se trata sólo de un sinónimo, no nos engañemos: libertades huidas, libertades perdidas. Y esos avisos son cercanías a la muerte, que nadie sabe lo que es porque sólo pertenece al muerto y su silencio está bien hecho.
Y entre las impaciencias no cumplidas siempre queda un mal recuento de esos besos hondos y cálidos que te entran hasta el alma, que paralizan. Nunca tuve bastante. Y jamás tendré suficiente, lo saben quienes me conocen. Luego me olvidaré de los avisos, seguiré siendo hasta raro, y esa rareza es que pediré que me quieran lo suficiente. ¡Qué término más impreciso!
A lo mejor se trata de cruzarse en el pasillo de los sueños que nunca cumpliré, ni me rindo ni alquilo, no tengo más tarifa que el placer, más tentativa, más explicación que el intercambio del amor. Allí una sola caricia, puede eliminar todos los avisos; solo que alguien me quiera, lo que proporciona una sabiduría que no he vuelto a encontrar. Lo que ofrezco es usado y avisado pero tengo dentro para quién quiera averiguarlo, una ternura urgente, infinita, siamesa y rara. Pero vale la pena, os lo aseguro.