miércoles, 7 de marzo de 2012

ESA AMISTAD DE RENTA ANTIGUA



Como una forma de hacerle caso a nuestra vejez, tuvimos la otra tarde un rato de compañía, de lenta conversación, sin tener que preguntarnos antes las pausas, porque esas las llevábamos puestas tanto nosotros, mi mujer y yo, como Carmen, nuestra amiga. Las hicimos y seguimos sintiéndonos cómodos, como antiguos amigos.
Y nada más irse yo pensé en contarlo un rato aquí, que es el sitio de mis desahogos, pero he preferido dejar reposar unos días esa conversación de amigos que tuvimos -entre amigos de siempre- que nada nuevo teníamos que decirnos pero que sin embargo siempre evitaremos despedirnos. Porque eso es lo que pasa, con aquellas personas que quieres no te despides nuca, nada nuevo ha ocurrido y siempre tienes algo que decirle, lo notas cada vez que la miras, que comentas algún libro, o que su propia compañera tantos años, hablando un rato, vuelve a ser compañera.

Sí, nos hizo mucho caso, y eso cuando nos hacemos lo que se llama “más mayores”, te das cuenta enseguida. Lo recibes igual que te lo dan, sin esfuerzo, con complacencia. Y la verdad es que ahora escribiendo de lo que nos dijimos esa tarde reciente, no tengo nada especial que contar, sino que estuvimos con un entrecomillado en la presencia, en el tacto de la llegada y la despedida, hasta otro rato, cuando lo vuelva a permitir ser amigos hablando, recordando.
¡Qué riqueza de recuerdos tenían esas dos mujeres! Fueron comunes en su trabajo, fueron compañía, paciencia y ahora queda con los recuerdos la viveza actual de una renta antigua, como decía. Todo ello dentro de una alcoba espaciosa pero en donde, sin embargo, tropezábamos al cortarnos nuestro afecto, al recordar a otros amigos.

Pero sobre todo hablamos del presente, eso que tiene la capacidad –no sé cómo se las arregla-  de abarcarlo todo. Si es algo antiguo lo convierte en festivo, decimos cómo fuimos y coincide en cómo somos. Con una amistad de la que hablo nos uniformamos, no hay que hacer nunca borrón y cuenta nueva, porque en este caso es como si rebotara en las paredes y la sintieras de nuevo con la riqueza que tuvo y que tiene.

Es curioso, si quieres, puedes hacer marcha atrás, nada te lo impide, para saborear la riqueza que tiene algo que empieza, por ejemplo, volver a ser amigos. Los principios siempre tienen indudablemente mucho más entusiasmo que los finales, estos entristecen por la causa que sea. Pero igual que el otro día dije que quiero vivir otros cien años, me pueden  servir para seguir siendo mucho tiempo muy amigo de Carmen.
Yo hace años que vivo un largo proceso de recuperación con contrato de mantenimiento incluido. Y en todo este periodo he sentido la fortaleza prestada que te aporta una persona tan amiga. En el caso de Carmen, dos líneas de ella siempre contienen enseñanza y sabiduría. Yo luego de leerlas dejo dormir con una larga pausa sus palabras, igual que cuando leo un libro bueno o cuando casi me aprendo un poema de sentimiento obligatorio.

En la amistad y en el afecto cada uno pone de su parte lo que sabe, sin darse cuenta de cual es precisamente su parte y la intensidad que tiene. Esas amistades constituyen como un día verbal que no sabe de medidas, sino de una predisposición, por ejemplo, a sentirte tan bien un rato de una tarde y notar que te hacen caso adrede porque no pueden evitarlo.
Pero a estas alturas –precisamente cuando uno ha perdido altura entre otras muchas más cosas- te queda ese recuerdo con forma de presente verdadero. Además sientes dentro la comodidad de no tener que dar las gracias porque a lo mejor te las están dando antes, se dividen a medias, en este caso era entre tres personas. Yo callaba muchas veces, iba aprendiendo.

Al final no lo pude evitar hablar también de libros, de tecnología nueva para leerlos, de formas de intentar aparcar más deprisa el regalo que supone esa vieja amistad tan permanente que además me mantiene joven. Fue precisamente esa gran amiga quien un día me elogiaba con palabras inolvidables la juventud por la que sigo luchando. Que me la den los medios, las personas capaces de enseñarme, quienes tengan verdaderamente esa “permanente y necesaria juventud en la mirada” que hablaba de mí Carmen.

Ojala pueda mantenerla con viveza, como dijo. Que forme también parte de esa amistad de renta antigua que tenemos mientras nos hacemos más mayores.












lunes, 27 de febrero de 2012

LA NOBLEZA DEL LIBRO



La nobleza del libro está en las manos del lector. Y por eso se han quedado conmigo, llenando mi casa. Pero cuando llevo una vida íntegra leyendo, y más de veinte años ya junto a uno u otro ordenador, expresando lo que siento y contando lo que he leído en ellos, no podía quedarme fuera de esa “herramienta excelente”, como muy bien la califica Antonio Muñoz Molina en el último “Babelia”, al libro digital.
Sí, aunque cada vez en mi hogar sea más difícil encontrarle un hueco a la última novela que acabo de comprar, o sitio a los versos de Vicente Gallego, (“Nada cuesta aclararse, y cuesta todo,/y todo adquiere luego el mismo precio”) esa no ha sido la verdadera razón para acercarme a la lectura digital que proporciona cualquier dispositivo ebook de los que hay en el mercado.
En el artículo que menciono de Muñoz Molina, “Libros, bicicletas, tranvías”, entiendo su sorpresa ante un amigo que hablaba con devoción de su iPhone y su iPad. Dice que parecía referirse en lugar de a un medio técnico para recibir información sino a algo como “al santo Grial o a la ampolla de vidrio en la que se licua cada año la sangre de San Pancracio.” Es verdad lo que dice Antonio, porque lo que estoy viviendo con la tecnología de Apple que es casi litúrgica, es un modo de ser entrar en una AppleStore, aprender en sus talleres, “one to one”.

Yo no me he abrazado a esa nueva fe en la tecnología para tener que abjurar de convicciones y hábitos anteriores como la tinta y el papel. Todo lo contrario, la autoridad y la nobleza del libro siguen estando en tenerlo en las manos, en hojear sus páginas, en empezar a leer un párrafo suelto, en la travesura de comprarlo. Y para eso hace falta que el libro sea impreso.

Pero he tenido que traicionar, en algunas ocasiones ya, la nobleza del libro editado, por la página electrónica –iluminada incluso de forma que tampoco moleste a tu acompañante de cama a la hora de dormir-.Un simple toque de un dedo sobre la esquina inferior de la pantalla de fibra de carbono que estoy leyendo es suficiente para situarme en la página siguiente. No le pido a este magnífico medio técnico su derecho a la invasión para eliminar el tradicional. Quiero que sea una ayuda, a las de “más calado", a las necesarias, pero que mis manos tengan su antiguo derecho adquirido con tintes de siglos, sigan aportando una nobleza y un estilo al libro impreso, y siempre tengan sitio.

No me he querido quedar fuera, no he podido, igual que hice hace ya más de veinte años, cuando incompletas mis horas y mis ansiedades con sólo el libro en la mano, la red me ofreció una ventana exterior, una tecnología que fue una tentación, mucho más que un entretenimiento. Fue como salir de nuevo al exterior, porque frente al libro no tenía suficiente. No podía llegar, ni caminar hasta la calle desde la inmovilidad de mi asiento.
Gracias a Internet, a tantas horas de estudio cuando ya no tenía ninguna obligación de hacerlo, sino esa especie de gusanillo de cultura que llevamos dentro; gracias a tantas personas que leyeron mis textos o se enteraron de lo que estaba leyendo, me llamaron de lejos, me escribieron, me quisieron. Me pillaban siempre con la quietud del libro quieto, me mimaron con la rigurosa razón de que los mimos no estropean a nadie.

Tampoco me va a deteriorar mi culto a la lectura, el  libro electrónico. Su autoridad la aporta la ventaja tecnológica, su nobleza, trasmitir cultura. Pero quiero advertir mi rechazo a tantas y tantas páginas, lo mismo que ha ocurrido con la música y está acabando con el cine en las salas de cine, donde esa lectura suponga una infracción al derecho a la propiedad intelectual. (Art. 270 y siguientes del Código Penal) Otra cosa es cuando cualquier obra, la propia editorial la ofrece –como está ocurriendo-  a un precio inferior al de su adquisición en papel. En ese pago menor, está el autor, su derecho a la propiedad, y en el lector la honesta lectura.
Eliminemos esa costumbre que ya prolifera de acumular obras y obras gratuitamente pirateadas, cientos y cientos, acumuladas en medios digitales de lectura para no leerlas nunca. Igual que con los películas, uno a veces pregunta a un amigo por un determinado film y su contestación, es "ya la tengo", no si la ha visto o piensa hacerlo o se trata de una buena película. Simplemente está en el disco duro de su ordenador.

Cualquier medio de lectura que tenga en mi mano, no lo voy a utilizar para coleccionar libros en él, sino para leer, para seguir leyendo, siendo como “La hermana de Katia” de Andrés Barba, “con las caderas suaves, con los pechos cayéndole sin prisa.” ¡Qué hermosa metáfora! Sin prisa. No pongo, pues, fronteras a los nuevos medios, es mi total aprobación, mi respuesta, mantener de alguna manera en la lectura mi narcisismo, como una catástrofe espléndida. Es lo que busco leyendo, lo haga con el medio con que lo haga.

jueves, 16 de febrero de 2012

QUIERO VIVIR CIEN AÑOS MÁS



En la calle, en la red, en el papel. No sé cómo lo haré, pero ando metido en este proyecto para que me quede aún tiempo para gestos de amor perdidos, caricias no dadas, comprensiones que llegaron tarde. Se trata de una terquedad mía, de esas que se alimentan por sí mismas y son a la vez la mejor nutrición. Si lo miras bien, cien años es poco tiempo.
Vamos a ver cómo lo hago porque yo traigo también, como dice una amiga poeta, “la obligación de ser fuerte y generoso”. Pero no me vino de golpe, la fortaleza la fui aprendiendo a medida me iba negando recursos la vida; la fortaleza me la he ido fabricando. Han influido a veces motivos que parecen intrascendentes, cosas que nunca estropean a nadie: de joven, la cantidad de sueños, de viejo, la memoria, la insistente memoria de haber podido hacer cuatro cosas al menos, mejor hechas. Me ha servido muchas veces para sentirme fuerte esa razón tan sencilla que tiene la vida, pasarlo putas sin decírselo a nadie, volver la cara contra la almohada y esperar a la siguiente. Porque sí, siempre hay –sobre todo a partir de un determinado momento- la siguiente.

Nadie se conoce del todo a sí mismo hasta que ha sufrido, entonces estás seguro de cómo eres y practicas una maestría que no te han regalado. Porque  no te regalan tu historia, tienes que contarla y yo encontré en la red, a solas con ella, motivos para poder hacerlo. Me he dedicado muchas veces a escribir sin saber el porqué de los pliegues de mi historia, los sitios donde sabía que algo me dolía.

Pero desde ese punto, como si ya hubiera cumplido otros cien años y fuera imposible hacer valer a mis piernas, dar un pasomás a ellas solas, desde ese momento, os cuento, he decidido emprender la tarea de cumplirlos. Me lo dijo hace poco un amiga para que resistiera otros cien inviernos, Y aquí estoy, voy a hacerlo en esos tres espacios: en la calle, los pocos ratos que estoy con ella; en la red donde siempre tendré gente leyéndome, y en el papel, el que han escrito los demás para que yo luego de leerlo, sea únicamente la herencia, la enseñanza que os dejo, a quienes queráis saber de mi propio papel.

No tengo otra manera de poder hacerlo: copular cada mañana con la vida, ver por donde me duele mientras me hago yo mismo el mejor café que se puede hacer en el mundo; tomo una pequeña tostada de pan con aceite y con sabor de queso (ya contaré un día lo que es la empresa de irme a comprar quesos); un pan os decía, que busco adrede en un horno francés. Leo un par de horas, teniendo a Mozart cerca, escuchándolo apenas para no despertar a quienes duermen, a quienes todavía no se han enfrentado a la vida, Me siento delante de un ordenador de mi sala de máquinas: puede ser uno de los dos pc, un Mac o un iPad con quien mantengo una emocionante historia de amor de descubrimientos a base de “App’s”. En mi buzón de correo siempre hay alquilen con quien poder hablar como si hubieras hecho el amor varias veces, con la misma naturalidad.
Luego me espera la calle. Allí siento más aguda la necesidad de tener fortaleza porque me pregunto a cada paso cómo voy a dar el siguiente. (Últimamente he descubierto la mejor manera de hacerlo: igual que hace veinte años cuando cada noche corría 6 u 8 kilómetros junto al cauce del nuevo rio) Es una forma de engañarme, de decirle al dolor de cada uno de los pasos que doy, mereces la pena, mereces cada día más la pena.

Me gusta entrar en las tiendas a comprar lo que haga falta, y si no es preciso es mucho mayor su encanto; hablar con la gente que hay en ellas, que se fijen en mí, que se den cuenta de lo que me duelen mis caderas, mis caderas perpetuas, porque yo no me doy cuenta, a mí ya no me duelen. Que sepan que tienen delante a un hombre importante aunque al final como otro día decía voy a dejar pocas cosas: los libros que he leído y la manera de hacer amigos con ellos.
No le tengo miedo a nada, porque necesito vivir cien años más nuevamente; sólo necesito el equilibrio del cariño, la manera de mirarme como si fuera hace más de veinte años que estoy viviendo en la red, en la calle, en el papel, con mi manera de ser.

Aquí estoy, antiguo por los años, joven porque soy pertinaz, porque me empeño. Necesito en estos otros cien años dejar una señal entre la gente, un deseo de mí, grande, acogedor como es mi hogar, un rincón cómodo para todos los que me quieren.

domingo, 29 de enero de 2012

LO QUE VA QUEDANDO DE MÍ



Las paredes de mi propia casa: aquellos libros que he leído, mi vocación porque he compartido siempre como ciertas las palabras de Jouvet, citadas por José Luis Gómez, “que la vocación no existe hasta que no se convierte en un “choix persistent”, una elección insistente”, lo que ha sido durante toda una vida. Y a estas alturas va quedando poco más, un mantenimiento para todo lo demás a base de los más antiguos esfuerzos, porque si no, los espacios son difíciles de llenar sin que te vaya venciendo el cansancio.
Puede ser una muestra: una página de literatura en la red, un contarle a los demás los libros que he leído, los libros que me han gustado, desde de el verano de 2004 en que lo vengo haciendo, aunque falten algunos libros nuevos este mes, que estén todavía sobre el prolongado estante de libros “pendientes”, esos que me dijo un día en Segorbe, Josefina Aldecoa, que a lo mejor no leería jamás porque otros irían ocupando su lugar.

Nunca es falta de tiempo, lo tuve siempre para cada página como una ceremonia de obligado cumplimiento. No me lo restó el trabajo, ni las obligaciones personales, ni el ocio, porque leyendo lo he ido enriqueciendo minuto tras minuto. El tiempo siempre es nuestro y lo empleamos para lo que más queremos ¿Qué me pasa, pues?

Hasta fallo a veces en algo tan sencillo para mí: saber qué libro debo leer, cual debe hacerse sitio en las paredes de esas estanterías que veis y algunas que oculta la propia intimidad. Siempre supe antes por su autor, su temática, su tiempo de caución, diría yo, leyendo las hojas de cualquier libro entre mis mano, unas líneas al azar –mejor siempre que una sobrecubierta del propio editor- que ese era mi libro casi para el día siguiente, sin pausa y sin enmienda. Hasta tuve muy presente más que el contenido como decía antes, el poder de una narración que está más en cómo se cuenta que en lo qué se cuenta.

Busco que cada libro sea el mejor, inolvidable, que me deje la piel en él leyéndolo, hasta que no me importe en las manos en que terminarán luego. Conmigo ya ha cubierto su ciclo, tiene sitio porque no existe un solo hogar en el mundo donde no quepan los libros que hagan falta.  A mí me han hecho falta todos siempre pero me cansa hablar ya tanto de ellos.

Pido perdón anticipado si me acerco un día al silencio, a que esa elección insistente de la lectura sea tan propia que no necesite divulgación alguna. Pido perdón si me fallan las fuerzas para sostener un libro como algo persistente, terminar de mezclar los deseos ajenos con mis ecuaciones y emociones interiores. Es que queda menos de mí, de todo y para todos; es que cansa el cansancio, apenas ya ni de estar seguro que un libro es bueno.

 La vida se termina siempre a pedazos, no es frecuente que sea de una vez. Mientras, yo voy leyendo los libros más despacio y estoy dudando que sirva al interés y a la cultura de nadie, la que yo me ido fabricando, pero estas han sido mis huellas, mis pasos, la forma con que vivo mejor acompañado. La única manera que tengo de seguir de alguna manera resistiendo.

domingo, 15 de enero de 2012

NO PUEDO LLEGAR A TODO



Ya ha pasado el ruido de estos días, el ruido que muchas veces tiene la vida y que detrás, en cuanto te das cuenta, sólo queda eso, quizá lo que menos te satisface. Ha transcurrido y para hacer más real y llevadera mi actitud de espera, he procurado ir leyendo más despacio. He palpado más el idioma, la voz, la sintaxis que como decía Valery es una facultad del alma, del alma que ha ido enriqueciendo antes, la palabra, el adjetivo suelto, la metáfora que anda siempre uno buscando.

Pero he llegado a la conclusión de que intento demasiadas cosas, voy a tener que poner en fila todos mis anhelos para ver qué puedo hacer más pausadamente como cuando se hace el amor con cada poro, cada pliegue, para terminar en una ceremonia larga y pausadamente practicada y que permite no olvidar ni el olor ni el tacto, hasta los mismo gestos. Tengo que elegir, como si tuviera frente a mí ese dilema que siempre me planteó el tiempo y elegí sin dudarlo: la mañana a la madrugada.

Es curioso, mi intento de velocidad de ocupación supone una merma importante en mi tranquilidad. No es que busque al final de mis actos de cultura y de ocio o de enseñanza ajena la maestría del aplauso. A mí ya no me aplaude nadie hace ya mucho tiempo, quizá tanto que llego a preguntarme si es que mis actos merecieron alguna vez beneplácito ajeno. Cuando hago cualquier cosa, callo, o me lo digo a mí mismo para dentro, no pregono, ni busco la mirada ajena satisfactoria y plena. No soy hombre de éxitos porque no me gusta el éxito ya que pienso que nunca fui capaz de obtenerlo ni tuve casi intención de conseguirlo. De verdad.

Y en este tramo final tan corto, tan escaso, en que cuentas muchos días lo que dura el día, yo lo lleno intentando cubrir las carencias físicas, añadidas a la edad, por una hornada de pan recién hecho, muy pronto, por la mañana; lo entiendo necesariamente como un aviso para no entretenerme, para no dejar escapar ni que se haga mustio o mal utilizado un solo minuto si es posible. Hay que llenar las horas hasta que estén bien llenas. Si leo quiero leer el mejor libro, si escribo de él aspiro a saber luego poder contar a los demás la razón del placer que sentí leyéndolo; si la escritura es propia e íntima, que no tiene más cabida que el hueco noble de cada sentimiento donde contamos lo mejor o lo más tierno o lo que más nos ha estremecido, que eso tenga además la metáfora suelta en que se sepa nombrando lo propio poner al lado la comparación de lo ajeno.

Me mantengo vivo, activo e imbatible. Pero esa vida que enriquezco a diario como puedo me aprieta muchas veces por los lados, tampoco es eso. Debo buscar los resquicios de tranquilidad que dejan las pausas voluntarias, por lo tanto habrá que crearlas, dar lugar a la posibilidad de vivir la vida sin sentir los propios límites porque los hemos asumido, los damos por supuesto. A cambio, para combatirlos deben bastarme tres o cuatro cosas: lo reitero a diario, una literatura basada en el gobierno del adjetivo como un hambre insaciable de palabras que llevan detrás las mejores actitudes porque pertenezco antes al lirismo que a la propia literatura.

Y cada una de las demás actividades tomarlas como una convocatoria sin exigencias, sin que haga falta un resultado perseguido. Nunca vendrá ya el fracaso porque no hay puntuaciones que obtener; a la desgana del cansancio sólo cabe rendirle el descanso como un roce en la piel que me alivie la desgana de mis caderas con demasiada historia, antigua y deteriorante. Deben mandar ellas, o cuando sea el cerebro, ese país grande y poderoso quien diga bastante, no habrá pasado nada peor de lo que ha pasado otras veces. Es que está cansado, ya no puede crecer más hacia arriba, sino que va para abajo y las pausas que pide son como una advertencia, un testimonio que no puede uno disimular.

Era mucho mejor antes, dónde vas a parar. Entonces me agobiaba la ilusión por hacer algo importante para mí mismo, mí peor castigo o mi mejor sostén. Ahora es como si me estuviera inventado otra segunda vida que ya no tuviera plazo pero que la quiero extender tanto, enriquecerla más de lo que suele hacer la gente ahora, que me impide llegar, no a terminar las cosas, sino a seguir un cumplimiento que yo mismo me he fijado.

No, no puedo llegar ya a todo, y necesito ocupar el lugar del descanso como lo hacía antes, libre, sin pensar en el día siguiente, sin miedo, con seguridad, esa vieja seguridad que te da los años que aún no tenía, poderosa, enérgica y hasta importante en las ocasiones en que fue equivocada.

No voy a llevar la cuenta. Desde el comienzo del día voy a hacer lo que pueda. Voy a encontrar en mi propia calma una elegancia sensual y arrogante si es que fuera necesario. Las tres o cuatro cosas que habré hecho, los tres o cuatro libros van a ser los mejores para mí porque los he elegido yo. Y voy a escribir  -será suficiente- para escucharme, para contarme, para decirme.

viernes, 23 de diciembre de 2011

LA EXIGENCIA DE ESTAR VIVO



Ya lo sé, me desdigo, cuando dije que ya no necesitaba el lenguaje. Será ahora por culpa de los versos que estoy leyendo, de ese grupo de poetas “Tenían veinte años y estaban locos.” Pero la palabra siempre fue en mi vida la guarida que tiene conmigo quien me quiera. Yo me espero en la curva de algún cuello, en el mundo inacabable de la axila. Son días de compañía, más diría de cercanía. A lo mejor hasta necesito la sensación de lo indebido, el mejor almacén de la memoria, la custodia que tienen los libros leyéndolos. Me desdigo, repito, pero la exigencia de estar vivo, estos días, que a lo mejor son menos míos pero estoy más con los míos, me hará buscar de nuevo a ratos entre veinte o treinta mil registros las palabras que otros dijeron, que pusieron en su sitio, a mi alcance, para eso, para ayudarme a estar vivo.

Me viene casi al pelo ese cuento de Pablo Gutiérrez, “Conferencia” que recuerda sus tiempos, los tiempos en que “nos refugiábamos en los portales para manosearnos tímidamente con la sensación de lo indebido y en cambio ellos registran y almacenan en la memoria de sus minicámaras cada corchete de sujetador, cada goma de esperma, fabulosos coleccionistas." Debían ser otros,  aunque han sido testimonio de esos tiempos, otra forma de juventud: manosearse con la sensación de lo indebido.

Pero mi propia juventud -como fuera- es la que echo de menos, la que todavía recuerda sobre todo mi cuerpo y que me ha negado ya la vida para siempre, aquella juventud maniática de la juventud, que vivimos sin saber bien del todo lo que era. Ahora pienso, que aunque los años me la hayan dejado ya tan lejos, no obstante, como me ha escrito hace días una entrañable amiga, quiero conservar como sea la curiosidad mental, generalizada, para poder llegar a aprender algo más en la vida.

Desde aquellos tiempos hasta ahora, he vivido muchos días de sentirme verdaderamente acompañado y a lo mejor no sabía cómo era eso de la mejor compañía. Sin ninguna complicación darte cuenta que eres lo que amas, a quien amas y no quién te ama. Ya, ya se acercaran si quieren darte algo mejor de lo que tienes. Eso espero, eso me mantiene vivo. Pero me da miedo la soledad que tantas veces me invento, contada casi a secas, sin metáfora suelta. No obstante, muchas veces, sentir esa soledad tan cerca es como un pellizco a la felicidad, lo que constituye mis propias emociones sin las cuales no hay proyecto de mantenerse vivo que valga.

Nada menos que mantenerse sin saber hasta cuando. Parecido a la sensación de estar acompañado y que luego te pregunten hace cuánto tiempo, y tú digas, poco rato. Pues igual me queda poco rato, ese espacio de tiempo especialmente corto voy a hacerlo largo con esa curiosidad que necesariamente tengo, con el apoyo del lenguaje como si cada sílaba tuviera un atributo. Por eso a veces hasta engaño, tengo pose de poeta sin poder llegar nunca a ser poeta.

Pero igual que hace unos días aquí mismo contaba la naturalidad de cometer mi última locura, quiero apuntalar ahora la imperiosa necesidad que siento de comerme hasta que pueda, mientras pueda, el mundo que me queda. Siento como un calor repentino engrasado a veces de tristeza, pero da lo mismo, una y otra vez sacaré curiosidades y energías por desenvolver. Es preciso que descubra de nuevo una nueva fascinación en el mundo que prefiero. Ya que lo cité antes a Pablo Gutiérrez, "me asusta pensar qué cosas me atreveré a hacer conmigo, la única persona a la que puedo amar y apretar y putear de veras."  Me da miedo, pero al mismo tiempo señala mis medidas, me devuelve los centímetros de altura que me quitaron en los quirófanos de trauma.

Me da miedo, pero me alienta la exigencia de estar vivo no sé el tiempo, de hacer que las mañanas me crezcan cada vez más hermosas, que alguna poderosa amistad me entienda cuando escribo, cuando cuento lo que leo y por qué lo leo. Seguiré no obstante leyendo hasta que se me partan los libros, se me revienten los ojos y tenga la ilusión que no me quepan ya los libros ni en la memoria, ni en las paredes de mi casa. Contento de estar no sé cómo, pero teniendo con la vida suficiente.

Doy las gracias a la vida y a mi propia exigencia de estar vivo.




martes, 6 de diciembre de 2011

MI ÚLTIMA LOCURA



Dije hace pocos días que me sentía en una especie de pausa seca, como falto de fuerzas, sin excusas posibles porque se me habían terminado ya, que necesitaba humedecer de alguna manera esa propia estancia que siempre me construí de acercamiento y resistencia.

Me ha servido una anécdota con tintes de locura física cuando detrás no existía, aunque lo parezca una ambición material, sino recobrar rasgos propios que siempre me sirvieron para no quedarme quieto. Permanecí bastante más de una hora del comienzo que siempre tiene la mañana para mí, en lugar de con mis hábitos cómodos y placenteros de la lectura, con la dureza de estar de pie esperando turno para entrar en la AppleStore de mi ciudad. No era la inauguración de una tienda, yo no iba a ser un comprador ni los miles de personas que aguardaban, era poder entrar en el templo de la tecnología para entender lo que un hombre como Steve Jobs fue capaz de crear: junto a la técnica, la cumbre del diseño, una capacidad de atracción difícil de entender.

Junto a mí, en esa larguísima cola de espera, gente muy joven, quien esperó toda la noche para entrar el primero con un hijo que 15 meses; o un muchacho caminando con dos muletas delante de mí; los guardias de seguridad manteniendo un orden que nadie alteraba; más de cien empleados que al entrar en el recinto entre sus aplausos entrechocaban sus manos con quienes entrábamos. Hasta aquí la anécdota, mis deterioradas caderas no me dolieron, os lo juro: mi prohibición de permanecer de pie tanto tiempo se olvidó, buscaré la razón para hacerme entender.

Me la dio, al saber de mi locura, una persona entrañable, propia, con sus genes bien cerca de los míos: “lo único que cuenta, es emocionarse.” Es decir, buscar las sensaciones que llegan del corazón hasta tu piel con la emoción que te produzca cualquier circunstancia, importante para uno en ese momento porque sin emoción no hay proyecto que valga. Allí me aferré como a una barandilla alta cual si fuera el mejor soporte frente al cansancio que te crea la vida, una alquimia, esa química mágica cultivada desde la Edad Media, una melodía interna.

Me sonaba dentro, os lo aseguro, mi aventura, mi locura. La necesitaba para huir de las pausas de alguna manera contando que mis piernas que tanto corrieron ya no me dejan correr hace demasiados años. Pues esa fue la contradicción: en aquel pasillo al entrar en la AppleStore al entrechocar las manos, corrí, de alguna manera corrí de nuevo. Me dijeron que nunca lo podría hacer, lo sé cada día al poner los pies en el suelo pero es que “nunca” no es jamás un plazo tan lejano.

Me emocionó el espectáculo, la gente, me emocioné de mí mismo, me inventé un placer que ya no sentía. Era el más viejo de una larguísima cola probablemente, pero todos se equivocaban en la edad porque tenía la juventud que no perderé jamás la que hace que te cunda la vida; la que me deja estar de pie porque tumbado ya no hay vida. Estaba allí, pues, de pie, yo casi diría que sensual, elegante y arrogante.

Hice acopio de fuerzas que vengo necesitando ya hace tiempo y las que pueda seguir necesitando. No me importará que se hayan terminado las excusas, no las necesito porque al haber sido capaz de lo que hice, la propia emoción de haberlo hecho  me ha llevado a recobrar la fuerza necesaria que sólo procede de la ternura. La busqué en mi propia locura porque hace falta el alivio y el desahogo para poder seguir siendo loco y tierno..


martes, 22 de noviembre de 2011

CON LOS AÑOS SE NOS ACABAN LAS EXCUSAS



Y las fuerzas. Pero debe haber una palabra absoluta y cierta, una manera de decir jamás para no despedirme aunque me pase el tiempo por encima, donde ocurren todas las cosas. Por causa del maldito tiempo ando incierto, al compás de mis pasos que tienen mal compás ya hace demasiados años, pero casi sin saberlo. Hasta queriendo quedarme sin lenguaje es cierto mi convencimiento que a estas alturas ya que se nos acaban las excusas conviene estar seguro de cómo terminar uno la vida: al menos con las propias palabras en su sitio, con todas con las que he ido creado mi propio mundo. Y en este momento son la única atadura que me queda para seguir viviendo. Entre ellas, en su justo sitio, las personas que quiero. Aunque el olor de la esas palabras es un olor a antiguo, a libro viejo. Y a la vez “parece ser/que no quiero renunciar a mi pasado/que me siguen doliendo cosas viejas”…(Reyes Vaccaro)
Repito, es verdad que se acaban las excusas, de lo que hemos hecho y de lo que vayamos a hacer, pero no puedo evitar reconocer que me viene el cansancio como si fuera una forma de pesadilla de la vida para la que siempre pensé que no estaba preparado. Quizá lo mejor ha sido vivir con una inteligencia pequeña, una cabeza mínimamente amueblada pero un discernimiento y una sensibilidad importante a la hora de acercarme a la gente. De querer a las personas, trozo a trozo, centímetro a centímetro. Para eso no he tardado, no me ha faltado tiempo.

Me ha ayudado a vivir la gula de las palabras impresas como he dicho muchas veces y más que ayuda, ahora se trata de un mantenimiento. Es curioso, es muy cierto, cuando anda mi pensamiento en el empeño que tenemos a veces de no saber esperar pacientemente lo que tenga que venirte sin tener ya estas alturas demasiada suerte. Siempre fui capaz de mantenerme con el truco de las palabras impresas. En mi caso pienso que es cuanto tenemos: tercas, insistentes, obscenas, sorprendentes. Y a la vez siempre tuve palabras para todo y para todos, supe si no ir a dónde buscarlas. Han sido mi perfume, mi lepra, la resina que tenía para explicar y explicarme mis propias experiencias. Ya sé que tienen el desprestigio de que no arreglan las cosas, pero para mí siempre fueron la caricia que me faltaba por dar.
No es excusa, ya sé que no me quedan excusas, pero me duele todo ya mucho más tiempo. Hasta las cosas que tengo para poner en la agenda de mis actividades cuando empieza el día hasta que termina ese mismo día, para arreglarme a veces las ideas, para no perder tiempo, les voy regateando precisamente el tiempo, o es que van llenándome menos o entendiéndolas yo menos. Estoy perezoso y torpe para contar lo que pienso. Primero porque no debe tener ya interés o se me ha terminado la mejor forma de decirlo.
Tengo muchas menos ganas de hacer las cosas que hago, me enredo con el dolor que se me mete dentro, le hago demasiado caso. Me ando quedando cada vez más adentro, me asomo muchísimo menos a esa publica ventana de la red a la que me asomé por primera vez ya hace más de veinte años aunque estaba quieto en una butaca de la que me era difícil poder levantarme. Pero advierto que lo hice, y porque lo hice, he sido capaz de conseguir todas las ventajas de querer con la vista, la palabra y el tacto mientras, eso sí, eran totalmente inciertos mis pasos porque no podía ni puedo andar mejor con ellos.
Y hasta esta bella empresa de acercarse a los libros y contarlo luego, ando ya pensando que su término podría ser, pues eso, no hacerlo, leer yo más en silencio. Es como si sintiera ya una patología de cansancio, sin excusas ni pretextos. Se me está acabando la iniciativa y el coraje, las ganas que la vida sea una serie de abrazos bien dados, sin motivos, porque lo piden los ojos, las ganas de ser uno tierno. Se me ha acabado ya hace mucho tiempo la plenitud y el coraje que da el cuerpo. Todos son intervalos, ya lo haré luego, ya me vendrá de nuevo la ilusión por hacerlo.
Tengo una especie de insomnio pensando más en lo que pueda llegarme, como esa incertidumbre que tiene el amante, sin amante; con la tristeza demasiado puesta y no tengo otro remedio de buscarme yo la respuesta, una respuesta seria, convincente como si fuera a escribir luego un hermoso relato de amor donde sí que hubiera amante, recuperando las caras y los besos. Estoy en un intervalo y he de salir de ello, como esperando poder dar de nuevo los abrazos a la gente que quiero. Que pase ese intermedio y que pueda así ganarle a la vida cualquier realidad que siempre se impone, hagas lo que hagas y pienses lo que pienses.
A esta especie de pausa seca, tengo que buscar de alguna manera la forma de humedecerla, para que vuelva a tener de nuevo la prisa de terminar un libro para leer otro luego; alargar muchas veces la mano y encontrarla despacio para decirme, puedes, puedes volver a hacerlo todo. La dulzura que siempre en un rincón tiene la vida, no puede esperar, he de recuperarla, como una especie de animal viejo pero ilusionado y tierno.
Todo tiene una belleza dentro, aunque al pasar el tiempo se vayan terminado las excusas.





jueves, 27 de octubre de 2011

QUISIERA DESPRENDERME DEL LENGUAJE



Como una manera de tantear el destino. Dejar de leer tanto y no escribir nada luego para saber más de cerca, más de verdad, cómo me considera la gente. La escritura, al fin y al cabo, no es más que un ejercicio que practicas cuando te sientes solo, es una sugestión, hacer que te entiendan mejor quienes te leen. Es la manera de contar lo que no puedes decirle a nadie. Y si tu página pública un día se queda en blanco sin respuesta alguna, lo mejor es dejar de hacerlo, darte de baja, dejar de ser socio de esa comunicación que nunca llegaste a creerte del todo.
Ese es el camino, ya lo tengo pensado. De alguna manera –teniendo en cuenta los antecedentes- se acaba uno de convencer que la vida no es una permanencia, y la muerte que viene después, hay un poeta colombiano, Nicanor Vélez, que supo definirla muy bien: “La muerte, por lo visto, cuando llega/nos dice: “ya no más”./Es un silencio despojado/de voces y de gritos/de alaridos, silencios y murmullos./Dicen que la muerte es simplemente eso:/un ya no más.”

Pues mejor, antes que llegue, elegir tu propio silencio, recordar que en todo ese tiempo fui demasiadas veces quizá excesivamente generoso, y eso que la generosidad nunca debe tener ni paredes ni tiempo. Primero, lo recuerdo, puse mi carnet de identidad, mi yo más verdadero y más duradero. Luego elegí una ropa corta y cómoda para estar por casa con un Nick delante para cualquier escrito o un simple post; y un apellido después, del que un día supo trazarme León Felipe su camino (¡y dale con los versos!): “Ser en la vida romero que cruza siempre por caminos nuevos.”

Me para no obstante el reguero que a veces, ante personas permanentemente fieles, pueden producir mis palabras: “Me gusta tu palabra, tu forma de hablarnos del amor, de la distancia o de la indiferencia. Es tu bella palabra la que nos llega, nos acaricia, nos toca.” Lo tengo colgado tan reciente que no puedo negar la misma certeza que siento: la palabra toca, si no ya no sirve. Y cuando la he ofrecido tantas veces en estas públicas páginas de la red, de quien llegó a tocarle necesito saberlo. No es una cuestión de vanidad, es rito, es una elemental respuesta porque “he tenido que batallar tanto con ellas, amarlas con locura, beber de sus fuentes para poder vivir.” Son palabras de Nuria Amat.


Por eso dejarlas me produciría un tremendo hueco en mi propia existencia. Tengo una especie de gula de palabras impresas, una necesidad de amontonar los libros y contar luego lo que he sacado de ellos. Ya sé que entre las palabras y la realidad hay un mundo entremedio que es necesario cubrirlo luego, pero en la medida en que he podido lo he hecho. Han sido también, arma de ayuntamiento. Sé de sobra que ahora tienen olor a tiempo, pero en muchas ocasiones –lo recuerdo- han sido y son lo único de valor que tengo. Como el vino, precisan reposo y tiempo para saber el valor definitivo que tienen. De esa manera he ido sacándolas de esos libros amontonados y abiertos.


Debe haber, no obstante una manera de quitarles el lenguaje a las propias palabras y quedarme como con la ropa más cómoda que tengo. Casi desnudas de lenguaje para saber quiénes me quieren. Me empeñaré con ellas, porque como dice Carlos Marzal son mi perfume, mi lepra, su eco en mi conciencia, pero es todo lo que tengo, lo que tuve siempre.


Por eso cuando ha habido quién que se ha referido a ellas, mi respuesta ha de ser que siempre fueron una forma de acercarme, y no lo sé si bellas pero sí quisiera que ahora, como libres del lenguaje, al hacerlas más cómodas poder ver pasar el mundo, todo el mundo, una tarde cualquiera.



Antes de que llegue el silencio, el definitivo silencio, “despojado de voces y de gritos” según el poeta. Antes de ya no más, ya no lo voy a hacer más. Mis lecturas serán sólo propias y de quienes estén más cerca, mi manera de ser, íntima y propia, parecida a vieja. Y mirar que queda, puede que junto con las paredes más queridas cubiertas con libros, como explicación a lo que fue esa manera de ser; que prevalezcan al menos cuatro notas escritas sobre el amor, lo más inusitado que se ha inventado en la vida –ya que estamos todavía en la vida- una norma no escrita, una comunicación, una caricia.



Puede llegar un momento –lo aviso- que sea sólo un gesto de las manos, o como antes, dejar a las palabras sin lenguaje para notarte más cerca, pero a la vez, la manera que uno tiene de no permanecer callado.






viernes, 14 de octubre de 2011

ME APOYO EN LO QUE DICEN, EN LO QUE ME DICEN



Como si me dijeran: puedes, aquí tienes esa ayuda difícil de encontrar pero que cada uno debe de tener cerca. Tengo puntos de sujeción propios, naturalmente, hasta me llegaron a convencer hace bien poco, no cruzas el umbral de la vejez cuando te parece, cuando tu cuerpo te niega alguna determinada postura o una forma de vida. Siempre entonces –me explicaban- hay que recurrir a la propia lucidez que aún te queda en la mente. Si eres capaz de hacerlo, si además consigues las tres o cuatro cosas más valiosas y solemnes, estás aún lejos de esa vejez que uno se empeña en tener a veces.

Y por otro conducto, ya que intento aprenderme lo que dicen y lo que me dicen, me advirtieron tajante y cariñosamente con palabras envueltas en la sabiduría de Marcel Johandeau, con 90 años: "Envejecer, si sabemos, no es en absoluto lo que creemos. No es en absoluto disminuir, sino crecer." Pues ando muy dispuesto todavía a practicar un crecimiento análogo al rato que camino cada día, que abandono el café primoroso que soy capaz de hacerme como un homenaje a tener a mi disposición un nuevo día; a la palabra rica y quieta que escribieron quienes supieron hacerlo mucho antes a veces. (Es un ejemplo que me devolviera juventud una novela costumbrista, que acabo de leer, “Un matrimonio de provincias””, escrita en 1885 por María Antonia Torriani, y me lo avisó para acentuar el contraste, incitándome a leerla, los cuarenta y tantos años actuales de Cristina Grande, prologándola.
Abandonaré también para crearme nuevamente un recorrido físico y reconfortante, la “manera de ser” a la que me he apuntado para siempre que en su día creó Steve Jobs como si le pidiera a esta nueva informática otra juventud que hiciera sitio en mi vida. No me voy a cansar de nada, voy hasta admitir que para recordar el último libro que termino de leer tenga que aprenderme su autor y su título para contárselo luego a la gente.

No estará contraindicado –lo he encontrado en los más oscuros manuales del Google- el derecho a mi excesivo descanso a veces –teléfonos desconectados para que esa manera de dormir la siesta se parezca a veces a la mejor forma de hacerlo: notando la extrañeza de cuerpos enlazados. Ni tampoco la luminosidad que proporciona una quieta ilusión, un viaje comprado en cualquier página “last minute.com”. Para saber de nuevo aquellos recorridos prolongados durante toda la jornada, por Londres -entonces durante todo un mes-como haciendo en propio beneficio de los míos, una especie de auto guía mp3.

Voy a ver si consigo, para creerme de una vez todo eso de no llegar a la vejez, dar lo mejor mío a quienes supieron pedirlo o cuando lo tuvieron conservarlo. No me gustan las pequeñas dosis para quedarse al final con lo que de verdad quieren. Quizá el mejor proyecto sea seguir en las mejores estaciones breves que me queden, sentirme entre la gente que quiero como si agradecerle su cariño y darle el mío no fuera más que sentarse a su lado, saberlo o saberla ahí, apenas eso. Justificar que sea cierto lo que hace también pocos días me escribieron: “lo que tú nos puedes dar, lo que tú nos das y como lo das, no nos lo podrá dar nunca nadie".

Pues vamos a ver cómo organizo esta especie de intercambio para apoyarme a la vez, como afirmo, en todo lo que me dicen. Se impone una necesaria lentitud, como un paso cambiado en la espera, una especie de ensayo, cada pausa, cada olor, cada ejercicio que siempre impone el amor quieras a quien quieras. Siempre fui territorio frágil pero generoso, receptivo del momento por si no se daba de nuevo. Mi información, por mucho que parezca lo contrario, es insuficiente, mis libros no son todos los libros y aunque la literatura no tiene jubilación sí que la puedes alimentar a diario.

De los libros, si no lo sé, lo voy sabiendo, ahora me hace falta más que nunca, donaciones ajenas para mi propio apoyo, para mi manera de entender la edad y de robarle todavía a la vida el lugar más importante que haya en el mundo. Ese sitio va a ser todavía mío, dispuesto a compartirlo como cada mañana que termina de empezar. Mientras, seguiré esperando con esa extraña mansa magia que tienen las palabras si las amas, en busca de territorios escondidos. Quiero sentirlas, ofrecerlas como mis manos, para que hagan lo mejor, todo lo posible, hasta cuando parezca que estén quietas.


         

lunes, 26 de septiembre de 2011

CUANDO YA NO SON BASTANTE LOS ABRAZOS


Ni la memoria que tienen las caricias o los besos apretados, la costumbre de notar a alguien siempre cerca, que reconozcan tu ruido al entrar en casa, eso supone que el amor se acaba, una ley más antigua que las leyes antiguas. Coincide a la vez con que termina el estado lento y animal de los cuerpos jóvenes. Pero entonces empieza algo más difícil de abarcar y muy hermoso, más culto, más espeso y duradero que es esa convivencia tan difícil entre un hombre y una mujer, acabado el amor, cuando ni sirve te quiero ya que estamos en pleno desamor, la única certeza que tenemos entre dos. Y nos quedamos tan solo con eso, esa continuidad de instantes cotidianos, repetidos y difíciles, con agrados y desagrados mezclados pero que aun haciendo grieta sirven poder sostenerse luego, sobre todo antes del final cuando el ser humano con la soledad anterior a la muerte va a sentirse peor, mucho peor.
Vamos ya notándolo, nos notamos ansiosos, igual que antes amábamos, de ser únicamente cotidiano, lo que hacemos cada vez sin que sea una novedad, nada parecido al atractivo de la seducción. Seducimos y nos dejamos seducir antaño, ahora toca lo diario, mirarse poco rato, tocarse apenas pero que sea suficiente, como un apoyo, una solidez que no necesita ya de los abrazos que sin embargo cuando empezamos a darlos parecía que iban a ser para siempre, como una predestinación, una especie de embargo de los sentimientos. La vida nos va clavando espinas cada vez más grandes y entonces ya no son posibles esos abrazos.

Las heridas que nos producen esas espinas tienen muchas veces formas de decepción, incluso en nosotros mismos. Es como si hiciéramos un repaso y nos fuéramos quedando decepcionados porque nuestras propios deseos de siempre se van minimizando, entran en una especie de rutina y de inercia con la que hemos de conseguir que eso constituya un cimiento, un aviso para la convivencia como sea. Y detrás de ellos, si nos fijamos bien, es más de lo mismo, de lo antiguo porque es imposible dejar de querer lo que fue tan importante, aquello con quién fuimos construyendo nuestra vida hasta este momento, donde suplimos ausencias de antes con una fortaleza que tiene algo, a veces poco valorado, la costumbre, el hábito, lo cotidiano si viene desde atrás con la suficiente nobleza.

Hay que estar muy seguro de una persona como es, ese conocimiento suele estar en cualquier sitio si nos fijamos bien, en maneras de ser que no pueden serlo de otra manera. Y entender luego que el tiempo no deteriora sólo tejidos y articulaciones, no produce únicamente espacios y formas a las que no se puede llegar. El tiempo hace siempre mucho daño a todos a la vez, hace daño naturalmente hasta al amor porque está inscrito el desamor igual que en la vida está inscrita la muerte.  El tiempo en forma de recuerdo hace que te duelan las palabras que nos llegaste a decir ni caricias que querías dar. Hasta cosas del otro por saber, por descubrir.

Y ahora cuando llega lo que debiéramos llamar el tiempo de las grietas inesperadas, estando en peores condiciones, a mí me gustaría en este sitio, esta vida paralela de la red donde al final me quedaré completamente solo, que todo el mundo entendiera que la he utilizado como una manera de expresarme. No voy a echar nada ni a nadie de menos, he dado lo que pude y ando bastante bien preparado si me quedo del todo sin abrazos y únicamente tengo que hacer eso, convivir hasta donde llegue. No es ninguna renuncia, igual que una bella mujer jamás en su juventud lo hará con un simple movimiento de caderas para encontrar alguna forma antigua de seducción no practicada.
Igual que el sexo crea una intimidad especial entre las personas, yo lo hago con las palabras, quietas, humildes propias. Pero aquí voy a dárselas a nadie que no sepa pedírmelas. Lo he dicho alguna vez, mi realidad nunca fue gran cosa, además de que es difícil que supongan alguna especie de grandeza para casi nadie.

A lo mejor todo esto no es más que una excusa como una prenda de ropa que me aprieta, pero hay que acostumbrarse a la ropa vieja. Lo que vengo diciendo, lo que me queda por decir y por vivir, es una necesidad. Para al final tengo que confirmar que no me gustan los silencios, prefiero las conversaciones y hasta lo inevitable, lo de siempre, pero bien hecho, prefiero llegar de nuevo, a viejo, pero conservando el cariño. No hacen falta ya los abrazos,  si no nada menos que la convivencia.
Es hermosamente inevitable.

sábado, 17 de septiembre de 2011

NO TARDES





“No tardes./No tengo todo el tiempo del mundo por delante.”
Cristina Pieri Rossi

Me lo digo a mí mismo para buscar aun algo más que quisiera que hubiera tenido mi vida. Para tener siempre dos brazos y dormir entre ellos. O en ese cuello largo, perfumado y hondamente suave que tienen las mujeres en el que suelo fijarme. No sé qué me ha pasado, el otro día leyendo a Beigbeder, estaba completamente de acuerdo: “Me interesé antes por los libros que por la vida.” Por eso me llamaron la atención, cuando escribía de vuelta del verano que estaba necesitado de mi hueco, de lo que eran mis necesidades. Llegaron a decirme generosamente: “tú eres más importante que los libros que lees, no eres sólo los libros, sino también lo que llevas dentro.” No estoy muy seguro de ello y por eso estoy callado tantas veces.
Son inmortalmente ciertos los versos de Caballero Bonald: “Somos el tiempo que nos queda.” Empiezo mi pensamiento, enganchado a los poemas porque resulta cada vez más cierto, que en ellos están muchas veces las mejores respuestas. Cuando escribo aquí no ejerzo el enojoso pero liberador a la vez arte de la mentira. Y eso que estás acostumbrado por la vida que cuando cuentas una mentira, tienes que seguir mintiendo. Sin embargo en este entorno es cierto lo que escribo y más aun lo que siento. Un post, una señal, una llamada en este pedazo de papel más mío que de nadie ya, es a veces, como hoy, eso, no tener todo el tiempo del mundo por delante y reclamar de alguna manera que no me tarde ni nadie ni nada bueno por venir.

Todo esto me pasa, este miedo a quedarme corto ahora, por haberme excedido, es mi forma de ser. Luego te devuelven lo que te han de devolver, casi siempre mucho menos, y voy a quitar el casi. Porque yo nunca me canso de sentir dentro ese cúmulo de afectos que es el mínimo cimiento necesario para vivir. Quiero siempre prolongarlo poderoso y ardiente. Tan amante que soy de las palabras, sin embargo, la vida tiene momentos es que es necesario el poderío del silencio, que cesen todas palabras largo rato.
No tardes, me empeño a decirle a la propia vida, todavía me queda algo de ese puntito estupendo para recibir y dar. Aquí, entre esta colección de sentimientos mal escritos está mi fantasía y mi imaginación, la que yo tengo y la que me aportan los libros que he leído. Siempre tengo intención de buscar entre ellos pero me queda menos tiempo, mucho menos tiempo.
Todo es fruto, -lo dije una vez- fruto de mi escasez, de tener pocos recursos y sin embargo no conformarme con ello. Si intento hacer caso de la advertencia que soy más importante de lo que tienen los libros, que vale más lo que llevo dentro, tendré quizá hacer lo que no me he atrevido hasta ahora: no callarme para que puedan los demás comprenderme. Utilizar algún poema como un artefacto para poder escribir los pliegos que le faltan a mi vida, pedirlos, reclamarlos como un lujo y a la vez, parte de mi aliento, igual que el arte más oculto que tiene la vida: no acostumbrarme con lo que me ha ido quedando.
Sigo siendo un hombre con intenciones y proyectos. Me pido todavía a mí mismo buscar cualquier laguna que tenga mi cultura y aquella en las que me sentí más cómodo y más a gusto, ver la manera de poder incrementarlas. Ya sé que querer todo el mundo quiere, pero yo pienso muy en serio qué hacer, cómo pedir lo necesario para sentir de nuevo escalofríos de cariño.
Aunque la edad y los propios errores muchas veces te sitúan en un área de renuncias, aunque ya no puedas volver a tener un cuerpo joven -la renuncia más dolorosa que prepara la vida- dejarme que viva todavía como en una espera  a plazo corto, que me venga cualquier alegría, sabré hacer uso de ella, agradecerla. Mientras, cada página que ponga en este espacio, absolutamente propio, cada uno de los caracteres del tipo de letra que haya elegido será una resistencia a lo impensado, a lo reprimido.
Me queda alguna cosa que no he hecho y en el límite casi del tiempo que tengo por delante, quiero percibir el poder hacerlo, como un cúmulo de riqueza que todavía tengo reservada.