miércoles, 31 de agosto de 2011

UN TIPO EXAGERADO DE MAQUILLAJE


Eso puede que sea el verano y de ahí mi rechazo. Me sobra más tiempo para pensar en mis desperfectos, mezclo los libros que leo con un desorden insoportable, me los creo menos, todos andan detrás de su maquillaje con un tono de piel que no es cierto, permanecemos más desnudos sin motivo y aunque procuro evitarlo llevo pocas prendas puestas, al menos, para disimularlo.

A las puertas de marcharme a mis rincones de siempre lo que ahora escriba tendrá una asimetría minúscula pero desconcertante con lo que quiero ser y lo que estoy siendo. Necesito pues, una pausa larga, un repaso que hasta se puede considerar prematuro sobre mí como una foto de mi vida pero que no captura la vida porque nadie vive nunca la vida que quiere.

En verano noto las horas poco apropiadas, las repaso y los recuerdos además de desordenados los alcanzo con la absoluta certeza de tener que callarme gran parte de las cosas que a estas alturas debía de haber dicho y no lo hice. A alguien le escribía hace poco –contestando a una falsa despedida- que a nadie le gusta contar las partes más dañadas de uno mismo.

Ya lo sé que debiera ser más positivo escribiendo, viviendo, me queda menos tiempo probablemente que a quienes estén leyéndome. Debo de buscarle una causa a muchas cosas y se lo achaco al verano, al verano mal llevado porque me empeño en convencerme a mí mismo que no puedo hacer mejor cosa que estar deseando que se acabe. El rechazo ajeno es lógico, son sus vacaciones, su mejor tiempo de ocio, la riqueza que aporta el descanso cuando uno se lo ha ganado.

Quizá es ya no me gano nada, únicamente mi felicidad puede que sea el silencio del dolor de Bruno Richard en ese amor que le dura tan solo tres años. Pienso en mi falta de ganancias por haber crecido en una religión de comodidades, por eso ni sé aprovechar estos días que se alargan por la luz y el calor que tienen y ni tan siquiera he salido a pasearlos, a ser como fui siempre aquí donde me encuentro ese amigo cordial de edad media, tocado antes de tiempo físicamente, pero que entre la gente era un beneficio compartido.

Todo esto va formando parte de mi zona más inasequible que no le cuento a nadie, ni aquí me voy atreviendo a hacerlo. Procuro que se aleje con las olas de mi mar de siempre con la tecla sup de mi Mac. A lo mejor es el precio que pago por tanta literatura a cuestas, me hacen daño los libros por quererlos tanto, por entenderlos como una manera de intercambio de los sueños. Ando además últimamente tan aficionado a los cuentos que coincido con Ángel Zapata, pienso que “el cuento sabe de la castración, de la pobreza, de la realidad y es –como el Eros platónico- hijo de la escasez y del recurso.” Pero además pienso que poseen una riqueza, una ética de la escritura, de decir en pocas palabras todo lo que tiene la gente dentro. Ese relato, ese mero “efecto” me apasiona, me deja a veces como tumbado para siempre, cual si me hubiera llegado ya el día en que me tengan que llevar a todos los sitios porque ya no sirva para otra cosa, sino para estar leyendo, para evitar como pueda que me duela de nuevo vivir otro verano.

Me vuelvo a casa, pues, como buscando un resguardo, a un sitio antiguo pero deseable. Le daré mañana bien temprano –en la última cura del verano, no si de éste o de todos los veranos- unos bombones, un pequeño detalle a Nuria, mi enfermera. Iré de nuevo como al comienzo, a ese principio tan hermoso que tienen las personas, ajenas a cualquier maquillaje, para ver si consigo hacer sentir que mi abrazo, o hasta simplemente pasar la mano puede producir un temblor que sea obra mía.

Vuelvo a casa, seguro como siempre, de no saber mantener ninguna promesa, pero intentado seguir escribiendo esas frases que tiene la ternura permanente, como si la vida no supiera a nada hasta que pueda volver a enseñar que el cariño que le des a alguien le devuelve una manera de vivir, renueva las ilusiones. Aun me puede quedar del fabuloso mundo de la nada de Mije, esa cita de Smits: “Envíame la almohada/ sobre la que sueñas/y yo te enviaré la mía.”

viernes, 19 de agosto de 2011

ALGO EN COMÚN


Han pasado los años, igual que un vicio eterno, qué se le va a hacer. Permanece una convivencia de puertas abiertas, de ocupaciones diferentes, de formas de estar solo pero con una esencial compañía. Alguien lo apreció y le dio el mejor calificativo que tenía: se os nota algo en común.

Ya no hay besos nuevos, tienen también el cansancio que en todo aporta la vida aunque se parecen mucho a los que nos dimos en el pasado. Siempre queda el roce de las manos, adivinar el mejor momento, los sueños inminentes pero que no llegarán, sentirse cada uno más propio y más del otro, eso debe ser tener algo en común.

Tengo una especie de rara compasión por todo aquello que el roce del tiempo hace peor a las personas o las cosas. Es la exigencia de la entropía como una medida de desorden del propio sistema, esa incertidumbre pero a la vez seguridad en el deterioro, hasta voy perdiendo fruto de la incuria, mi habitual cuidado.

Pero entendiendo peor como es cada cosa porque pienso mucho en cómo han sido, de ahí que tenga que cogerme enérgicamente a las posesiones actuales que me aportan fuerza y ánimo, a la búsqueda de esa comunidad con otro que da valor a cualquier convivencia y más si es la que has sabido elegir y mantener.

Todo es fruto de lo mismo. Recuerdo el acierto de las palabras de Domingo Villar en “La playa de los ahogados”: “-y no te preocupes ya por mí. Ya maduraré. No se madura, replicó su padre, sólo se envejece.”
Porque perdemos o nos damos cuenta cuando estamos en él, ese cálido escalón que podríamos llamar madurez. Ya ni la encuentro, ni la recuerdo. Quizá es que no existió, porque vino sin aviso la vejez.

Lo he explicado más de una vez, me trajeron una manera antes de tiempo, y mi forma de protesta, enérgica y cálida fue no hacerle sitio. Por eso reclamo comunicación, seguir siendo como soy, tener ese algo común con alguien. Ha constituido mi forma de prolongar las tentativas hacia lo mejor porque en esa prolongación está precisamente lo que más satisface.
Vivir en la vida es ser capaz de no negarle nada a la vida.

Con maletas siempre preparadas para el sueño que alguien me quiera mantener, esa cercanía, la posibilidad de compartir la vida diferente pero común. ¡Qué hermoso y qué difícil resulta casi siempre! Vale la pena intentarlo, puertas siempre abiertas como he dicho, aromas de café en cualquier sitio, manera de madrugar respetando el sueño ajeno, una capacidad de escuchar buena música para que desde ahí comiencen los buenos sentimientos.

Tapizar todas las paredes de la casa con los libros ya leídos y los pendientes de leer reclamando su momento. La comodidad que impone querer estar precisamente cómodo con alguien. Todo ese tiempo junto crea una manera de entenderse, hace que los demás se den cuenta que tienes algo en común, nada menos, con la persona que quieres.

Voy a ver si término de una vez el verano y recobro el sitio que más quiero, un hueco que es tan propio que nadie me imagino que lo ocupe. Voy a seguir teniendo certeza que junto con un necesario declive me mantiene mantenerme, porque quiero, a la fuerza, con una resistencia extraña que tenemos los que no nos dimos cuenta que íbamos a madurar y nos habíamos ya hecho viejos.

Donde me encuentre, allá a donde vaya, no dejaré olvidado ese coraje nunca. Mejor llevarlo puesto, casi desde la nuca, cual si fuera a ser el resumen de mi persona entera.


viernes, 12 de agosto de 2011

LA DEMOCRACIA DE LOS CUERPOS



La tiene el verano, sin malentendidos, como una admiración o una tolerancia porque el destino vendrá luego, es el arrastre del ocio, de la búsqueda desenfadada de la mayor cantidad posible de placer. Sin utopías. Hay además el descanso suficiente para una comunicación corporal rápida y certera.

Yo lo contemplo de lejos a donde quisiera acercarme para algo parecido, dar a entender, quizá, a una falta de ortodoxia como si mis maneras inventadas para el papel escrito al menos, fueran una forma aparte. Pero antes puse en ello, al crearlo, una capacidad de imaginación oculta, aparentemente enrevesada pero de la mano de algo sobre lo que quise escribir y el falso pudor me lo impidió. Cuando lo hice fue en una memorable privacidad, pero ha bastado para derrumbar la nostalgia detrás de su construcción o destrucción a base de latigazos, una sola palabra, listo, para darla por terminada.

En mis circunstancias podría ser una prolongación de los deseos, una multiplicación de tentativas, unas maneras extrañas y mal entendidas dentro del marco de la normalidad que siempre tuvo para mí, señales de vulgaridad.

Todo proviene probablemente de las veces que me pesa la soledad bien entendida: en casa, en la calle, entre los demás, en una fiesta, en cualquier sitio. Pesan los años y junto a ellos, las omisiones que traen, precisamente creo en el mundo de mi fantasía por no poder poner en práctica posibilidades inauditas. Pesa una madurez definitiva, tanto libro, maneras de observación en campo ajeno que me hacen pensar a lo mejor que debe ser así, pero no para mí, en absoluto para mí y más a estas alturas. Con este peso de los años.

Repasando ese propio papel imaginado pero prodigioso que fuera de su marco no me atreveré a contar, a pesar de dejar siempre a la mujer en el sitio más excelso; nada menos que siendo una mujer, me llena la palabra, me abre ese camino que no cuento que me llevaría a la vez al concepto de la culpa y a la vez del disfrute pleno. Es una adoración inevitable y justificada por la enseñanza que siempre me aportó a mi propia vida y por el deber de pregonarlo.

Cumpliendo órdenes personalmente como en un vodevil en el que me hubiera tocado el papel más humilde pero excitante, rigiendo, cómo no, esa democracia de los cuerpos que veo tanto este verano desde lejos, cada uno en su posición y en su conato. Debe aportarse en ese establecimiento casi publicable en los mejores estamentos sociales y sexuales unas normativas que producen admiración hasta en la lejanía.

Sin embargo, si yo expusiera una posibilidad enorme y altamente gratificante, partiría de las normas esenciales de saber de una mujer siempre, cómo se siente ella, nada más, parecido a una especie de sudor que uno puede hacerlo propio y venerable enseguida. La composición por extraña que parezca poco importa. Se trataría como una forma tan literaria y hermosa que lo mismo provocaba ejemplo.

Para mí serviría como una especie de creación que me conduciría a no sentirme solo jamás: el espectáculo de la admiración y la excitación ajena con algo propio, la publicidad necesaria luego de lo que fue cuando hizo falta a escondidas. No lo olvidemos, la imaginación en el sexo puede servir para el conocimiento ajeno, por eso estos días el verano me obliga a la observación y al silencio.

Al silencio propio, salvo alguna publicación atrevida y valiente que conduce a mi permanente espera y a incrementar mi deseo. Existirá siempre motivo –a pesar de las repeticiones- del cultivo más hermoso que tiene el ser humano: su capacidad de imaginación, su perfil hasta en los órdenes que pueden desconocer los demás.

Continúa el verano, su insistencia en la democracia que deben tener los cuerpos. Todos tenemos derecho a una de ellas.

domingo, 31 de julio de 2011

CADA VERANO CUMPLO MÁS DE UN AÑO

Quizá tenga la culpa la arena y el mar o al menos su cercanía tan próxima. Aquí mis hijos dieron un paso dejando de ser niños y ahora al cumplir ellos también veranos me van dejando unos atrás; arraigaron con sus juegos la necesidad que sienten ahora de acudir siempre que pueden a este reposo, a este hueco propio porque hice camino para ellos cada vez, cada final de una semana de esfuerzo y trabajo, nada más llegar le pedía a esta ciudad de mar el necesario descanso que mi cuerpo necesitaba.

Aquí hicimos cimiento una mujer y un hombre sin que nadie nos lo hubiera obsequiado porque supimos ganarnos el aprecio ajeno, su confianza dándoles lo mejor nuestro. Lo he dicho muchas veces, la vida no regala nada, lo conseguido honestamente pide antes el canon del esfuerzo material y humano. Al final de mis estudios, el sitio en mi hogar –por acomodado que fuera- exigió de mí el trabajo propio, la ganancia estirada de la vida, por el camino que yo quisiera, pero haciendo camino.

Suertes gratuitas hay pocas y suelen perderse o malgastarse. Amo el esfuerzo, la resistencia, el aprendizaje de la vida, la dureza de cada momento, el trabajo. Ya he dicho también en más de una ocasión que cuando el físico me lo impidió, más que el dolor, fue más poderosa la negación de poder continuar mi propio trabajo, pero al menos me quedó el deseo de seguir aprendiendo, quizá por eso cuando vuelvo cada verano a lo que era el hueco de descanso, envejezco más porque traigo el descanso obligado ya puesto.

A veces he escuchado entre las gentes que me conocen hace años por los viales de este sitio hermoso de mar y playa, palabras elogiosas que no podían consistir ya en triunfos profesionales. Se me había terminado desde hacía bastantes años ese progreso que siempre obtuve allá donde tuve un puesto de trabajo. Tengo el derecho de poder decirlo. No me he jubilado de nada voluntariamente, me ha jubilado muy antes de tiempo la vida y el piropo ajeno se basa en qué he quedado mejor de lo que se pensaban mis amistades.

Naturalmente, porque acudí enseguida al cuaderno de enseñanza esforzada. Sigo teniendo las mismas reglas éticas y estéticas que tuve siempre, la misma densidad de pretensiones, el fuego de la cultura que quiero alimentar sin cesar. No soy nada listo, quiero ser listo que es mejor y a mi edad ya cada minuto es un símbolo que me advierte, vete a ver qué aprendes. No me gusta la filosofía barata de la constante queja, me quejo yo mismo cuando caigo en la tentación de hacerlo.

Quiero conservar cada verano, cada vez que pienso que me estoy haciendo más viejo donde fui tan joven y tan ganado mi derecho al descanso, lo más intacta posible la parte de mi cerebro donde residen el lenguaje, las emociones, la memoria, el deseo de lo que me quede por hacer. En absoluto, por malas que sean un día mis condiciones físicas, caeré en el descrédito propio, ese que nos fabricamos muchas veces por no dedicar un minuto más de esfuerzo en mejorar nuestra vida en la medida que pueda ser. Depende de nosotros antes que de nada ni de nadie y me atrevo a decirlo en los duros momentos que vivimos con gente sin trabajo.
Pues búscalo más, sigue desesperado anhelándolo como el único motivo de estar vivo, el único, lo otro viene luego, importa menos. Aleja de una vez los elogios o los lamentos ajenos, quédate con la rabia propia y sal a la calle con ella puesta, a cara lavada, a cuerpo erguido.

Eso hice de forma continuada–aunque fueran otros tiempos-, a eso me enseñaron porque ese anhelo siempre tendrá la antigüedad de lo auténtico.

Ya sabéis de mis constantes citas de Joyce Carol Oates: "Resolver problemas. Por supuesto. Eso es lo que significa ser humano." Sabéis que soy un adicto al lenguaje, también lo fui al trabajo, esto de ahora es una manera simple de darme cuenta que el tiempo se me agota, de preguntarme a mí mismo –y si le sirve a alguien- qué debo hacer para no estar nunca sin hacer.

Aunque esta fecha, este día 1 de Agosto cada año, junto a la playa y el mar que tanto quise, que tanto punto de encuentro me dieron entre gente que todavía me sigue queriendo y hasta me atrevería a decir admirando, es cercano a un reflejo de lo que me hubiera gustado ser muchos más años antes si hubiera podido. De momento me tendré que conformar con la parte de vida que aún me concede la vida.

viernes, 15 de julio de 2011

CUANTAS COSAS QUE NO SE DICEN


Vivimos con las cosas que contamos y nos cuentan, es una especie de intercambio humano forzoso, y mejor que lo hagamos así porque quizá, ese otro mundo oculto y propio que callamos, que no intercambiamos con nadie, esa soledad de derecho propio nos proporciona la autonomía y la libertad, constituye nuestro trabajo diario y en muchas ocasiones provoca un silencio que nos llevamos hasta el final.

No es que no lo haya dicho todo, es que no dije casi nada, ni tan siquiera con aquellos cercanos a mí, con roce del propio cariño. Ni escribiendo en un rincón fabricado por mí, limpio y privilegiado, deja de estar a solas nuestra soledad. Qué frecuente la expresión de compañía querida, ¿cómo estás? Y jamás decimos cómo verdaderamente nos sentimos. O mejor no hacerlo, a pocos le interesa.

Siento esta sensación más que nunca estos días, me refugio en la posibilidad de poder contar mis cosas más tarde, me queda tanto tiempo, ese es mi engaño, y sin embargo la medida que resta es corta, cada vez más corta. Nadie niega su mortalidad pero ninguno somos capaces de admitirla con sinceridad. La disfrazamos con la salud –mejor o peor- pero está detrás. Vivo una circunstancia a la que el diccionario de común uso informático le otorga la posibilidad de ser el resultado de estrés, heridas, cirugías o inflamaciones de origen congénito; con ella convivo ya todo el año y como final pone sin fecha. Esto sí lo he contado –hasta casi demasiado- porque está siendo parte de mi vida, de las cosas que se dicen y de las que no se dicen estos días. No me contradigo, me digo.

Estoy siendo paciente demasiado tiempo con todas las de la ley, me resta ese derecho. Es la paciencia que ya conté. Mi espera para algo mejor, se me está haciendo demasiado larga, contaba un poco con ella, pero le antepuse equivocadamente unos puntos externos, esos que ponen al final los cirujanos, y en este caso no fueron ciertos: no había que modificar el camino, siempre de dentro a fuera, encarnando buenos tejidos, granulosos, esos que sirven para que duelan los insomnios, la facilidad que siempre he arrastrado para el fracaso.

No cuento las cosas que me sirven para la vida, me entretengo en cambio, ya lo veís, en mi destino de paciente y como tal es mucho más conveniente, forma parte de ese intercambio de razones humanas que tenemos los humanos, callarlo, callar lo que forma parte de la vida más íntima, más propia. No cabe en los mails que quiero tanto, ni mucho menos en las redes sociales donde la gente se desnuda impunemente porque no sabe hacerlo en la intimidad y en la elocuencia de un abrazo que va a ser capaz de hacer memoria en mi vida. Las redes sociales me parecen una especie de prostitución que utiliza tus propias emociones.

Por eso pienso cada vez más en cumplir la riqueza del silencio. Las partículas propias que voy colgando aquí cada vez serán más parecidas y menos frecuentes. Hay razones pienso, que escribir es cosunmir la vida la vida que nos consume. Joyce Carol Oates dice, sin embargo, que “somos adictos al lenguaje porque proporciona cordura”. A mi me facilita como una especie de remordimiento por tantas cosas que no dije a tiempo.

Soy consciente que me he apoyado muchas veces en la mujer. La razón es muy simple: escribe la elegía. Yo le devuelvo con mi palabra una especie de admiración con su propio temblor y mi particular abrazo. Paso con respeto por su recuerdo siempre en busca de armonía.

Pero me voy sintiendo ya demasiado lejos, ajemo a estar aquí, extraño a mi propia palabra, acusándome a mí mismo de tantas cosas calladas, cuando si las hubiera dicho hubiera sido mejor mi condición, mis emociones como una historia de amor que en opinión del poeta, no tiene mérito –hasta se atreve a decir que no conoce ningún caso.- ¡Qué fácil enamorarse! Lo difícil es salir entero.

Me va siendo cada vez más complicado. Ya sé que envejecer es ir acumulando libros dentro, pero de ninguna manera callándose las cosas que he ido aprediendo puede ser soportable.

Estoy estudiando un nuevo sistema operativo informático: el Apple de Mac, porque a aprendiendo algo nuevo ser viejo es una conquista. Tengo una excelente amiga enseñante que puede diariamente practicar lo que dice la Oates: “Enseñar es un acto de comunicación, de empatía, un tender la mano.”

Pues a la espera siempre que alguien me tienda la mano. Mi respuesta será decir algunas cosas que no dije.

MANDELA


POR CORREVEIDILE

El próximo 18 de julio –instituido por la ONU como “día de Mandela”, cumplirá 93 años. Ayer me entero de su “delicada salud” y, lo que es peor, le veo fotografiado sin su sonrisa.

Tengo un breve póstumo para el día que se muera Mandela –por si ya no estoy:

“De buena mañana y al pasar junto al kiosco, leo que ha muerto Madiva, el gran Mandela. Meneo la cabeza con disgusto y desaprobación. Estos hombres no deberían morir –me digo. Es como si apagaran, de pronto y sin avisar, el faro que guía al navegante y le lleva a puerto en medio de la tormenta, en la noche infame de mar arbolada.

En un abrir y cerrar de ojos, se queda uno huérfano, sin la luz del gran sabio africano. Me alejo renuente, sin intento, meneando la cabeza en desacuerdo, tan desorientado, tan roto, que no sé por dónde tiro. En la ciudad donde vivo hay una plaza que lleva su nombre. Y sin marchar a lugar cierto y como quien no quiere la cosa, hasta allí me llego, alguna que otra rosa segada sobre el pavimento y bajo el rótulo, yace allí desparramada. Que sabes que, al tercer día, ni es rosa ni es nada."

Quiera Dios que no vea el día de la orfandad en que nos dejaría Mandela, si se va. Con la vista cansada, como andamos de tanto ver, el oído de tanto oír y el corazón de tanto odiar. “Mientras tengas fuerzas –no más fuera que el aliento, para ayudar a otro, no mueres” – dijo. Solo pido precederle. Ainsi.soit-il. (1)

(1) Que así sea

viernes, 1 de julio de 2011

PARA MÍ ES COMO UNA ANTIGUA RELIGIÓN


Volver a ser paciente: del latín “patior, páteris, passus sum, que significa padecer, según la Wikipedia que estamos haciendo todos en la red. Quizá porque esa religión la he vivido reiteradamente, aunque es curioso cada vez sus dogmas tienen ropajes y maneras diferentes, pero siempre, la esencia, la experiencia de esa palabra es esperar. Has de estar desde el principio sólo con el comienzo pero sin saber el final.

Se siente uno siempre mucho más vulnerable, esperando instrucciones de quien no sabes ni el mando que tiene, pero te ofrece siempre cobijo como si su función en la vida, en forma de trabajo, fuera esa: desde decirte donde debes dejar la ropa, cómo cubrir tu cabello y enseñarte a caminar con tu propio calzado pero que deje de serlo, algo lo disimula para eso. Llevaba no obstante cualquier cosa que llevo para estar por casa, me guardé las elegancias para luego.

Pero eso sí, con muy buena presencia, ese polo Hacket color rojo y el pantalón blanco hacían sitio por allí por donde pasé. No es que mi equilibrio sea muy perfecto, ni mucho menos, pero el porte lo llevo siempre puesto. Me lo ha dado la manera de leer ciertos libros con los poemas dentro, una señal para saber dónde los dejo y poder inmediatamente seguir leyéndolos.

Es un camino antiguo y áspero, una puerta conocida pero que te desorienta luego, nos juntamos un grupo con idéntica obligación y el mismo horario para llegar al final de un largo pasillo a esa Unidad que para mí tenía el prestigio de su estreno con entrada y salida, misma puerta, mismo día. Bueno eso siempre depende, porque la vida jamás tiene antes nada cierto.

No tienes que llevar que llevar ningún impreso porque ya está todo impreso y colocado en mi caso en un voluminoso sobre que junto con los demás –no se ha perdido la buena e higiénica costumbre- los desplazan con un carrito de la compra del supermercado. Porque en definitiva algo había comprado al estar allí tantas veces, algo me había llevado a casa de aprendizaje, de buenos consejos y mejores medicamentos, esos del sobre eterno que nunca quise entender por qué les llaman ofensivamente crónicos.

Será la crónica de esa parte de mi vida donde está todo preestablecido para eliminar los errores, los mismos errores que he cometido después siempre. Nunca quise empezarla, pero me la dieron hecha antes de tiempo, mucho antes de tiempo. Aquí tienes tus crónicos, aquí está tu crónica impresa, me dijeron, te lo enseñan todo, te intentan educar en esa nueva y antigua religión de que hablaba antes aunque vayas cuerpo abajo y recorras con deseo de encontrar en el final la caricia de alguien para dejar de ser paciente.

Esta vez recorrí incluso una zona que no conocía: el desconocimiento voluntario, esa sedación en que nunca te vas del todo pero sí que regresas a todo. Estudiada, señalada, como la noche de un cuerpo que ha dejado medidas en el tuyo sin manual, casi con formas de asceta.

La anestesia te anula, la sedación me parece que no es que te seda, es que deja pendiente como en una especie de alteridad que te protege. Es como un ropaje que sustituye al que había dejado antes en el vestidor con versos evocados, con sueños que empezaron tarde, con la seguridad de entenderme con todos. Te seda hasta la boca para que no busques otra boca, no hay por qué, no hay insistencias, no tienes el mando ni el dominio.

Volví de paso, pues, a esa antigua religión que tengo bien aprendida pero que en cada ocasión antes de llegar te enseña nervios nuevos que luego nada tienen que ver. Viví ese duro intervalo del antes y el después. Me aprendí otra vez y las practiqué sílabas de aprecio con la gente –aunque ese estilo siempre lo conservo-. Quienes me complementan en mi etapa más vulnerable, olvidan inmediatamente mi nombre, probablemente esa celadora que bajo su uniforme verde debía de llevar una blusa aparente, acabó enseñándome las fotos de sus dos mellizas de cinco o seis años. No sé, debe ser esas maneras que tengo de mantenerme acostado en una camilla que hacía senda inmediata a soluciones inevitables ya.

Fue en el sitio de espera donde yo miré su sonrisa, su belleza y su paciencia, su manera de hacer las cosas, como la doctora que calmaba la impaciencia y era, como digo, una sencilla celadora, que guardaba mis inquietudes y mis recelos.

Ella hacía su trabajo y a mí me tocaba vivir mi espectáculo.

lunes, 20 de junio de 2011

LA SOBERANA LIBERTAD DE LOS AFECTOS


No quiero que la lentitud que a veces ya tienen mis palabras pueda parecer un repliegue hasta mis cosas propias, buscando como sea la atención del otro, es que simplemente al hacérseme ya el tiempo más corto, más deprisa, me apoyo en los demás con la soberana libertad que tienen los afectos.

Este fin de semana tenía el mejor proyecto: hacer las tres o cuatro cosas que en lenguaje cotidiano, me entretienen –leer cómodamente algún libro de esos que elijo para devolverme la vida; estudiar desde la pantalla de mi ordenador como Emmanuel Lasker, Gran Maestro de Ajedrez allá por el año 1889, le enseñaba a su rival a ocupar las columnas abiertas y semiabiertas; comprender con Phostoshop totalmente abierto cómo eliminar u ocultar los alrededores de una imagen o simular los reflejos de una mirada cansada y vulnerable por otra en cambio poderosa y brillante; y cuando se me está acabando ya lo que fue un proyecto, llego a la conclusión que se me va haciendo tarde para todo porque es verdad que me pesa la madera de la edad.

Pero he venido aquí al final a escribirlo un rato por aquello de sacarle el mayor partido posible a todos los afectos que me lleguen. Me aprovecharé de ellos para convertirlos en la fuerte convicción que tengo que una vez en mí poder, todas las palabras detrás de mis palabras, voy a utilizarlas para construirme ese necesario manual de la ternura que tiene la vida desde lejos.

He llegado a la firme conclusión que cada cuerpo se expresa de una manera. El mío está ya demasiado tiempo insistente en un mismo tema. Quisiera de una vez dejar de hacerle caso, quedarme únicamente con esas ocasiones que te aportan los afectos: mirar hondamente a las personas que más quiero porque en los ojos el tiempo se hace interminable, te notas tan a gusto, recuerdas las esencias de tus mejores momentos con concisión y aplomo. Allí tengo, precisamente, en esa compañía, el derecho a la soledad que se aprende y se conquista para estar más a gusto cuando te sientes solo. Es como una propia brillantez, la mejor manera de haber leído un libro, las primeras horas del día siguiente, la inminencia de expresar mi dicha.

Ese era mi proyecto entre sábado y domingo precisamente, eso que la gente cuando te dice el Viernes que tengas un buen fin de semana. El mío era tan abierto y a la vez tan propio, con esas columnas abiertas de un tablero de ajedrez –si puede ser Stauton del 4, el mismo tamaño ideal y reglamentario que tiene un cigarro Montecristo luego de una abundante celebración-.
Mi proyecto está siendo muy corto cuando advertí que mi deseo era que durara todo lo posible, pero reclama con derecho esa poderosa soberanía que me aportan los afectos, el fundamento quizá que supondrá mañana una futura nostalgia.

Y eso que siempre, cuando vengo a contar todo esto tengo lo necesario, siempre lo mismo, pero lo más firme y poderoso cuando una persona necesita apoyarse en otra persona. E igual que cumplo el tiempo con las escasas cosas que me llenan, valoro también los enseres que me rodean. No, no es nada extraño y es muy necesario: una comodidad propia que miras de vez en cuando a tu alrededor y que es la mejor manera que tengo de sentir llena mi casa. Las paredes de estancia y hasta de paso con miles de volúmenes ya necesariamente mal colocados; la tranquilidad de un silencio bien fabricado, la llamada de alguien que recuerda precisamente al principio o al final su afecto, o un correo electrónico breve pero completo de quien exige su derecho a saber de un simple restablecimiento.

Todo eso constituye para mí el enorme mundo, la poderosa y soberana libertad que tengo con los afectos. Es la parte de mi memoria, la manera de resolver mis cosas, la mejor página del libro que tengo abierto con las pausas necesarias y gozosas leyéndolo. Es ya de este domingo por la tarde, el proyecto que os dije que tenía para hacer esas pocas cosas pero necesarias que forman los pedazos de la obediencia de mi vida.






lunes, 6 de junio de 2011

MEDIO PAN Y UN LIBRO


Cada vez me cuesta más acostumbrarme a los placeres sociales que en algunas ocasiones me intenta meter la vida dentro y yo me voy quedando fuera porque me cuesta acostumbrarme a esos placeres, prefiero los individuales, los que elijo yo cada vez que amanece. Esos me vienen dejando desde siempre los residuos de los que se alimenta mi riqueza.

Ha llegado a mis manos un hermoso documento: el discurso que pronunció hace 80 años Federico García Lorca al inaugurar la Biblioteca de su pueblo: “yo si tuviera hambre y estuviera desvalido en la calle no pediría un pan; sino que pediría medio pan y un libro.” Es bastante.

Siempre ando hablando de la misma riqueza quizá porque no tengo otra que ofrecer ni de la cual alimentarme. Claro que necesito como Lorca ese medio pan para saciar el hambre, pero a la vez un libro “para que mi alma no muera”. Junto al libro me llega apoyado en la vieja madera de mi edad la respuesta a todas las preguntas y a todas las necesidades. En el libro está la ilusión de prolongar esto como sea.

Leyéndolo en los libros he aprendido la belleza, el poder, la justicia y la sabiduría de los muslos de una mujer para luego poder contarlo fuera. Puede ser también la riqueza a la que me refería antes. Cuántas veces me han dicho que sé poner sobre todo escondida entre las palabras la tregua que siempre necesito para poder querer. Me vacío escribiendo igual que me alimento leyendo.

En cambio, luego, salgo libre a la calle con todos mis esfuerzos para mezclarme con la vida y tengo poco que ofrecer y siento hambre enseguida, como Lorca, de medio pan y un libro. Gravito entre los demás desvestido e inerme con el ansia de cultura y de placer en los labios, en las yemas de los dedos cuando alargo la mano. Busco como un ayuntamiento carnal con los demás, indescriptible, único, para poblar mi propio mundo.

Soy de esta manera fácil y pobre, mucho que pedir y poco que ofrecer. Hasta la historia que tengo detrás tiene ya bastante extensión, pero como dije es simple y trasparente, enlazada como lleva cualquier mujer el lazo de un top que roza justo encima de las caderas la concavidad del ombligo.

Viene bien decirlo, tengo poco de todo, no lo que mi naturaleza quiere, siempre ando escaso del pan y el libro. Sigo teniendo –eso sí, ahora que me acuerdo- las mismas dudas que he tenido siempre; sigo queriendo inagotablemente sin acabar de leer la última página del libro que supe escoger. Desde ahí poseo, sin embargo, una incalculable riqueza para desprenderme luego de ella. Pocos recursos materiales y sociales y en cambio necesidades desmedidas para un continuo intercambio, sea cual sea la línea atrevida que haya tomado.

Por eso escribo, por eso esta cuartilla doblada en plena plaza pública siempre pide y ofrece lo mismo: pido medio pan y un libro, la mejor manera que tuvo un poeta, y ofrezco las únicas certidumbres que he robado de la vida en la tranquilidad de cualquier poema. Tengo así mi modo como de hablar sólo pero que desde lejos noten lo que quiero; el miedo que me produce que se acabe la tarde, que se me termine la vida con los libros que tengo todavía por leer.

Una manera muy cierta y muy personal a que la sociedad no me note, la que ofrece esos beneficios comunes pero que no suponen un esfuerzo propio. Yo estiro de mis posibilidades porque ya son muchas veces que los demás las han necesitado. No lo sé, cualquier amigo, cualquier mujer. Me notaron de lejos que con las palabras aportaría un cierto orden: primero los espejos desde donde poder mirarme para llamarme; luego el intento de llegar hasta la piel donde suele apoyarse lo mejor que tenemos, por ejemplo en mi caso cosas que cuento aquí muchas veces, que me suceden, que acortan mi camino pero siguen pidiendo sitio a quienes me quieren.

De eso se trataba: medio pan era poder estar un poco más y el libro para poder seguir con los ojos abiertos aprendiendo de los demás. Ocurre ya a cierta edad, te das cuenta como dice el poeta “que la vida y los libros/son brazadas de un mismo nadador”, que los poemas, es fácil de entender que me hicieron como soy.

jueves, 26 de mayo de 2011

CUANDO ME PARECEN UN ANUNCIO DE VIDA


Así elijo los libros, ese es mi criterio, mi tentación para ser luego mi decisión, libros nuevos que en ocasiones huelen a papel viejo por lo que voy a aprender de ellos. Libros cuya sensualidad se puede parecer a mujeres saliendo del mar sin saber antes de ellas. Libros colocados en los panelas de novedades de una librería que es una luz cogerlos para verlos, para que sepan de mí al mismo tiempo que sé yo de ellos. Sobre todo busco libros que me sirvan para no estar sólo. Cualquiera no me serviría, sino el escrito con paciencia, plegarias de un novelista, aquellos simplemente que al verlos me parecen una mujer desnudada adrede. Me pueden aportar como con “la acabadora” de Michela Murgia la enseñanza de la pobreza a la miseria para aprender cómo “hacer el puchero hasta con la sombra del campanario.”• Que con ellos mis sentimientos no cree distancia sino acercamiento. Esa es la base.

Soy hasta tímido eligiéndolos, tengo miedo a equivocarme, han de ser siempre tan buenos como he soñado con ellos casi antes de publicarlos. Pero me abrazo a ellos de noche, pienso en dónde colocarlos en mi página web, hasta las sugerencias tienen un orden, una manera de ponerse, de caminar entre ellas. Elijo, sobre todo, aquellos libros tan carnales que no necesitan explicar las partes de nuestra carne, somos su todo, salvaje y único. También elijo libros para aquellos días especialmente cansados y que me dejan luego sus residuos de descanso.

A veces me pasa como en ese bello cuento de Jorge Volpi “A pesar del oscuro silencio” donde cuenta que el personaje se llamaba Jorge, "como yo y por eso su vida me dolía dos veces.” Me lo recordó, tantas veces los libros me duelen dos veces, al escogerlos, al leerlos, al tenerlos por casa como cosa propia. Es exacto: me gustan y me duelen dos veces. Forman parten ya de las costumbres de mi vida y si alguien me pregunta por qué los había elegido, tengo la misma respuesta de su repetición y certidumbre.

Vais a entenderlo más, hay incluso libros que me gusta callármelos porque nuestras alegrías y nuestros dolores vienen cargados de previo o definitivo silencio. Los elijo si me puedo aferrar antes a ellos, tomo notas en la propia librería donde los ojeo y no hay tregua, me hago con ellos. No tenéis nadie ni idea del placer que siento cuando he sabido elegirlos.

Hay un periodo previo que a veces anticipa su puesta a la venta, preguntar por ellos como quien lo hace por quien sabes que va señalarte de alguna manera tu vida todos los días sin que apenas nos percatemos. Van a ser nuestra convivencia, la manera más sencilla de quererse sin pausa ni tregua alguna.

No sé si se lo dije a alguien otro día, puse el mismo símil, en su afecto, en su conocimiento. Me gustan y por eso los elijo para que puedan ser como una metáfora no estrenada todavía. Me gustan los libros que permitan que esa única vez de su lectura que no sea suficiente en la vida, me servirán para buscar en los demás los espacios donde aprenderme las confidenciases ajenas y poder hacerlas propias.

Tengo ahora unos días por delante de descanso porque quizá llevo demasiado tiempo “goteando cansancio”. Leeré si alguien comenta mi escrito de plaza pública y lo contestaré días más tarde, cuando haya acumulado una ternura única que tengo guardada, como alguien me escribió, para que no cerrara este espacio, porque es la forma que tenéis de adivinarme. A ver si puedo seguir llegando despacio al alma de la mujer, que como me ocurre con los libros es capaz de provocarme una forma de anunciarme la vida.

Un libro que he elegido, una mujer a la que escribo: la manera más perfecta de curarme las cicatrices, la búsqueda de una boca a la que aún le queden las ganas de la mía. Ese es mi presente, mi perpetuo presente cuando estoy escribiendo.

domingo, 15 de mayo de 2011

NO VOY A CERRAR EN VACÍO


No voy a cerrar en vacío porque he dejado muchas cosas aquí dentro. Al igual que intento con un maldito acceso en mi cuerpo que prolonga su final y con el que lo único que intento en cada cura, junto con las noticias que me trae el día, es no cerrarlo cuándo dónde no debe cerrarse. Pues lo mismo haré en esta especie red propia e individual, construida con generosidad, que siga teniendo cancha abierta para hablar, por ejemplo, de las soledades iguales que las mías que tienen a veces los escritores.

No tengo mejor arma ni recurso que los que siempre fueron propios para considerarme mejor. No sé si mis palabras podrán ser elixir para sacar conclusiones, lo que sé es que son mi propia vida, mis abrazos guardados tanto tiempo, mi empeño en pedir ayuda, para que alguna amiga me indique la dirección prioritaria. De mi voluntad y mi resolución siento ya muchas veces las lógicas debilidades y ante las contrariedades sólo me sirve la generosidad que tiene el cariño gratis.

Pues seguirá esta puerta abierta contando lo de siempre, sin cerrar en vacío como he dicho porque no debo hacerlo. Al contrario: he cerrado muchas veces los labios escribiendo sobre carne totalmente desprevenida, colocándome exactamente en un sitio propio para de alguna manera ser siempre reincidente. No sé de quién me viene este miedo a hacerme tan mayor, a caerme, a luchar contra eso. Pero la única manera de vencerlo es leyendo y escribiendo y queriendo a quienes precisamente han estado leyéndome.

Eso es permanecer abierto, es estar dispuesto como lo vengo haciendo, igual que cuando uno entra en una mujer para saber sus propios límites y darte cuenta que son ese camino propio que te permitieron vivir todo este tiempo. Permanecer abierto a cada proyecto: es curioso, a veces lo extraigo de un poema, de unos versos; de quién te cuenta que hace demasiado tiempo que lleva sin verte; del espacio cotidiano pero hermoso que me regalan las mañanas; de una respuesta a tiempo, es decir pronto, de alguien entendiendo lo que siento dentro.

No tengo más remedio porque escondiendo lo que estoy escribiendo no acabo por creérmelo, se queda en forma de remanente, anónimo y vacío cuando mi propia cultura me fuerza a ir contándolo. Lo hago de dos maneras, con los libros que estoy leyendo y los ratos que no duermo. No sé, cuando estoy pensando, o cuando desde lejos me avisa alguien antes que venga, cualquier domingo: “--te quiero, te adoro, te abrazo con uno de esos con que nos abrazamos, (lo que hacemos las pocas veces que nos vemos) y luego me pregunta siempre, ¿te he hago daño? -No, le contesto, tú nunca me haces daño, precisamente esto es lo que ando necesitando.” Cariño familiar pero que además hago público y propio al que siempre los dos tendremos derecho. Al mismo tiempo, ese tono propio de hombre y mujer.

Por si, le queda vía libre a alguien para el abrazo, me queda a mí también para los besos aunque haya tenido una vez que quitarlos. Y pido perdón por ello. Tengo sitio para todo y sé respetarlo: el abrazo que ya supe contarlo y quedó con sitio permanente en estas páginas, o para quienes como si fuera una línea paralela que siempre he necesitado, están todavía allí en la esquina con la distancia mínima para darme cuenta que pueden ser siempre un motivo posible de expectación para saber qué me dicen, qué quieren.

Esa es indudablemente la regla de un acceso abierto al que no hay que dejar cerrar en vacío y las palabras que siento. Creo que ya tienen un tinte conocido, a veces un abismo, una explicación para lo que queremos que la tenga, un final siempre abierto como he dicho para sacudir los deseos, el gesto de las felicidades transitorias que son eso, cosa de un rato. Me quedan todavía frases que se me desploman de las manos y no sé a quién decírselas, así sin que se sepa que las estoy dedicando.

Se trata de un equilibrio que siempre tuve escribiendo entre lo que siento y lo que quiero, una pregunta abierta que tengo a mano, una manera de superar momentos malos. Detrás me quedan muchas veces insuficiencia en los gestos, pues los tengo con una brillantez que vengo aprendiendo, esperando, teniendo siempre presente que eso envejece.

Frente a ello la parte más hermosa de nuestra existencia, una bella hendidura para andar caminando: el cariño que siempre dejo con la última metáfora que he encontrado. Y todavía más, me he inventado un paseo cotidiano, seguir aprendiendo aunque tenga los huesos quebradizos, las comisuras de los labios ya vencidas madurando. Puedo más que mis propios deterioros. Se trata simplemente de mi obstinación por la vida.

martes, 3 de mayo de 2011

OTRA VEZ HE DE LEVANTARME DE NUEVO


Como si fuera un hecho cotidiano y normal, pero el suceso de tocar de nuevo el suelo obliga a ello. Ni me sirvió estos días estar junto al mar como si fuera el horizonte que siempre tuve, el mar muy cerca. El anecdotario de las caídas que tiene la vida es múltiple y variado, ajeno a cualquier previsión naturalmente. Caerse es no sostenerse un momento, el suficiente para al mismo tiempo sentir el suelo como pedazo propio del que tienes que levantarte, pero a la vez son otras muchas cosas, darte cuenta, quizá, que acortas los caminos de sobra conocidos. Buscas de inmediato el auxilio y hasta que lo tienes piensas que se te está terminando en ese instante el mundo. Y es muy simple lo que necesitas: levantarte del suelo ya que sólo eres incapaz de hacerlo.

Curiosamente han sido estos días de mayor quietud, de silencio, de pausas en la lectura porque acaba uno convirtiéndola en oficio, casi en destino. Y la anécdota de un cortísimo desplazamiento puede darte con los pies en el suelo. Recuperé con la necesaria ayuda tras mis voces enérgicas y solitarias mi camino de nuevo, hacia casa, hacia mi sitio, hacia los libros, la hoja de papel de un monitor insistente, pero antes, al sentirme unos momentos amigo de una soledad hosca, única y personal, he dejado más señales en mis ojos que dolores sentía por mi cuerpo; he llorado sencilla y llanamente sin tener que dar explicaciones a nadie. Tan solo a mi torpeza y a mis limitaciones.

Empecé a pensar lógicamente que se me están terminando muchas cosas antes de tiempo, hasta aquel que escribía y mostraba la insistencia en el esfuerzo, no era el mismo, ni mucho menos, que quien había estado en el suelo. Pero voy a tener que volver a serlo, subirme de una superficie lisa a las zonas más altas que tiene el entusiasmo del lenguaje, tengo mejor sitio allí, más imaginación para vivir, la posibilidad de ser otra vez el mismo con mi sugestión, con el misterio con que siempre he rodeado las maneras de dirigirme a la gente que quiero.

Me quedan todavía muchos besos y abrazos guardados, todavía por darlos. Y es verdad cómo desde lejos, pero sintiéndolo muy cerca, me lo dijeron. Le he plantado demasiadas veces cara a la vida, he sabido explicar cómo es la ley del esfuerzo para inclinarme siempre por ese lado positivo que siempre existe cerca. Así casi me lo exigieron. Cuatro cosas que he aprendido, cuatro razones; hasta a veces he intentado explicar qué supe de las mujeres para que ellas me contaran cómo eran, cómo me gustaba que fueran.

Tendré pues que compartirlo todo de nuevo, volver a disfrutar los placeres que vi pasar. No ha ocurrido nada especial, ha sido una interrupción imprevista a lo mejor sólo para seguir viéndolos, sintiéndolos como propios e irrenunciables. Es verdad, aún me pueden quedar las mejores cosas de la vida que sean a la vez un punto de encuentro y el mismo de partida.

Hasta me saturan esos momentos de soledad cruda y ancha que todos tenemos derecho a disfrutar porque puede ser en determinados momentos formas de querer a los demás. Todos los sentimientos que se come uno por dentro y no sabe qué hacer con ellos.

Olvidaré los hechos que suponen cualquier caída pero jamás lo más importante de la vida: las personas que me pone cerca, desde cerca o desde lejos. Si el otro día escuchaba a Ana María Matute en su discurso del Premio Cervantes que “el que no inventa no vive”, me voy de nuevo a inventarme las mejores maneras. Seguiré contando los libros que he leído como heridas que ya tuve, que se cuelan por las rendijas, que a veces no me dejan dormir pero siempre soñar, insistiendo en soñar.

Puedo asegurar y aseguro que estaré más cerca otra vez de lo que estuve jamás. De cualquier página en blanco, de las ganas de decir algo cuando me aprieten los sentimientos. Ni le voy a tener miedo a la posibilidad de la felicidad, cuatro momentos bien llevados. Cuando algo esté mal, voy a sentirme bien en el acto porque si me duele una caída, vendrá siempre la alegría, yo la traigo, me la regala el lenguaje cada tarde.

Estoy seguro que voy a sentirme de nuevo a gusto como si hubiera vuelto de la playa a cualquier bar de ambiente donde esté permitido el coloquio que tienen las caricias. No quiero más rencillas con la vida, quiero la vida como si fuera a ser ese punto de apoyo que no tuve el otro día. Esperaré si hace falta en silencio hasta donde lleguen mis dedos, hasta pienso que puede que al levantarme alguien me haya devuelto unos cuantos centímetros que tenía en mis principios.

Volveré de nuevo a las crestas del placer, a los besos que he dado y que no he dado, es mi susto de amor que se me escapa a veces por todos los lados. Seré el que estuve aquí siempre para que alguien venga a leerme. Es verdad que a cierta edad ya nada es ideal, te lo has de fabricar, como si fuera otra vez ese amado de Amos Oz con una especie de entusiasmo contenido, mi pathos más tranquilo, las palabras que sé y a las que me aferro como las más altas que encuentro en la vida.

Desde allí soy capaz de levantarme de nuevo.




viernes, 15 de abril de 2011

YO TAMBIÉN LA DEJO DORMIR


Hago como el poeta, pero no sólo ciertos domingos, sino todos los días, cada mañana porque “como todo el mundo sabe/ el sol no sale hasta que tú no abres los ojos”. (Julio Rodríguez) Yo ando por ahí, a medias en silencio, pongo la música baja, y después gozo a solas el placer de mi lectura en cuarto aparte, lejos de su lecho, de su buen dormir, hasta que empiece del todo la mañana y me llegue el piropo repetido al despertarse, ya con luz, los dos dispuesto a convivir, la misión más hermosa y más difícil que tienen los hombres.

Es que ya nos hemos acostumbrado el uno al otro después de tantos años, me dijo una vez, pero la costumbre no fue obsequio de nadie, la construye uno mismo al lado de quien quiere y a quien quiere; la costumbre es cimiento pero hay que hacerse antes con los materiales. Es una construcción diaria difícil y hermosa y siempre me consideraré capaz de practicarla.

Por eso todo lo que quiero escribir hoy se parece muchísimo al verso de antes del poeta: no nos quedan bostezos, puede que por falta de tiempo: para mí existe esa belleza lenta que adquieren las mujeres porque dejaron aparte la forma de pintarse, a lo mejor al lado de quien les hace compañía, pues quieren sólo ya la compañía. ¡Qué extraños desembolsos tiene la vida! Convivencia es compañía, con la libertad de haber elegido cada compañía.

Tuve de niño una importante enseñanza: aprende a pedir, me dijeron y obtendrás todo lo que necesites, pero antes me advirtieron, no te equivoques sobre quienes puedan dártelo. Ha sido y es hoy una herencia de prestigio: la mano que alargo se siente prieta con la debida etiqueta de no soltarse ya; la complacencia no es adulación, es manera de saber dónde tienen los demás sus cualidades.

Más que comunicarme, me pego, me acerco tanto que muchas veces la mirada la convierto en la mejor palabra que tiene mi lenguaje, el idioma que aprendí, la elección de algo bien hecho, la pausa hasta que llegara una forma de cariño compaginada.

Yo me hago amigo pronto, yo lo quiero todo enseguida, me noto corto de ropa y de mantenimiento. Pero creo esa amistad hasta tal punto que soy capaz como el poeta, de dejar dormir a quien quiera hacerlo, hasta que salga el sol, empiece la mañana, ella abra los ojos, cierre yo un rato el libro hasta que vuelva abrirlo de nuevo. Todo esto vengo a contarlo en tiempo ya de cansancios antiguos, cuando pillo la carne desprevenida, pero es importante insistir en ello, dónde está mi valía, cómo me he comportado así mucho tiempo, esa placidez que tiene dejar dormir, permitir el descanso hasta que llegue de nuevo la mañana entera de la vida. Es tiempo de cauce seco, pero cierto.

Estoy ya situado en la meseta de la calma, lo daba por descontado y desde allí me giro sin que tengan que llamarme. Es verdad que soy del todo una forma hermosa de compañía, anhelada, soñada, un hueco permanente en el cajón de la mesita, se me nota fuera, hasta cuando no estoy otorgando esa compañía. Y digo otorgando, porque para mí es como un placer antiguo y permanente. Acompaño aquí con la palabra que se acerca todavía cuando alguien me avisa que se guarda las palabras porque le llegan hasta el alma o me ordena que comparta el sentimiento y los recuerdos como una manera de acercarse al sueño.

Creo que no lo sabe nadie, pero cada día, cada mañana bien temprano leyendo ya estoy pensando cómo lo permitiré cuando le note los párpados abiertos. Es como una ignorancia ajena pero desde aquí intento siempre hacerme un poco poeta con los libros que tengo sobre la mesa sin levantar sospechas. Curioso, que empiece la lectura de uno nuevo y apenas me lo noten; desde aquí con el ordenador abierto, la casa en silencio y el rigor y el empeño que tengo de quererlo todo luego.

Así consigo que sea tan precioso ser yo compañero; aprecio la sonrisa cuando llego a cualquier sitio y consigo mi mejor manera de ser yo mismo. De esta forma me invento cada vez la prosa de la compañía, la pura y dura prosa que tengo, el tierno aliento, el enorme prestigio pasando por la vida propia y ajena. Aquí escribiendo es como si explicara lo más cautivador que llevo dentro y hasta a veces se me escapa una sombre de lujuria intensa y perezosa. Es mi manera de compaginar la vida, que respeten mi libertad respetando la ajena, aunque con la libertad pasa lo mismo como con la felicidad, nunca se llega, nunca se la tiene completa, tan solo recorremos el camino hacia ella.

Dije ayer, un ayer que por la edad siempre tengo cerca, que iba a llevar yo solo la cuenta de mi esfuerzo y me llegaron las más cariñosas protestas, ese enorme eco que resulta simplemente la razón por la que escribo.

Pues si es preciso pecaré de vez en cuando con la propia escritura, con la espera de los ojos abiertos de una mujer para de esta manera saber que ha empezado de nuevo otra vez la mañana.

miércoles, 6 de abril de 2011

VOY A LLEVAR YO SOLO LA CUENTA DE MI ESFUERZO


Me lo dijeron una mañana con sabor a cerveza bien puesta, me vinieron a insistir casi hasta en la estética de cómo llegaba caminando a la mesa del bar donde me esperaba mezclada la amistad y la copa de cerveza. Yo venía de dos sitios consecutivos y bien distintos: un consultorio de Hospital y una tienda de libros; cierto miedo a que detrás de un acceso ya no quede tejido sino hierro; en cambio, es mejor lo que iba leyéndole en su “Doméstica” a Julio Rodríguez: “Vivir es perdonarse la vida” y me la tengo que perdonar yo sólo, contándome a mí mismo cómo hacerlo. A solas llevaré la cuenta de mi esfuerzo, uno no debe buscar sitio ajeno, cuando tiene el propio, sino palparse el interior cada vez, cada momento y notar hasta qué punto fui capaz de crear mi propio privilegio.

Es cierto que a veces conviene repasar con el cariño ajeno cada paso dado, cada uno de los que sigo dando. Pero las más agudas preguntas y sinceras respuestas vienen de dentro donde están las cosas importantes y bellas. Las voy sacando del más amargo árbol de la memoria, de la senda de los propios dolores, porque ciertamente desde allí me llevaron hasta el estado previo que tiene el lenguaje, por eso mi empeño en expresarme.

Hasta lo he rebatido en voz ajena bien querida y entendida en el tema. Déjame, que nadie tenga más miedo del que yo ya tengo, pero si hubo las suficientes veces para salir de él, no puedo menos que ser capaz de hacerlo de nuevo. Anduve siempre en primera fila hasta que las manos se me hicieron rugosas y alargadas como las de los demás viejos, ahora en cambio el derecho a la vejez lo tengo yo.

Pero nadie va a ser capaz de discutirme esa cuenta del esfuerzo, el valor que tuve en tantas ocasiones para suprimir la tristeza; el dolor que avisaba que el paso siguiente iba a ser mucho peor del que acababa de dar. Utilicé cuantos medios hubo para poder darlos, pero aseguré que llegaría un día en qué únicamente mi figura menos prolongada y más solitaria podría seguir por un camino propio y único, yo sólo, sin apoyo alguno.

Es mi vida, es mi esfuerzo desde esa contabilidad solitaria y orgullosa una protesta a la vida cuando ésta te quita antes de tiempo un pedazo que debiera de tener entero todavía. Una protesta erguida –en metáfora umbraliana- como unos pechos bien llevados con mínima lencería blanca sin que apenas se noten los restos de la última caricia gratuita. Lo tengo todo esto a la vista cada día, me persigue el lenguaje, la palabra que le sobra al poeta, la insistencia que tiene la novela por parecer que no es novela.

Todo es testimonial cada mañana con los libros, dos capsulas de café nexpresso como preparándome a la cultura que me traerá la tarde desde media tarde después de la urgencia de recuperar esa parte que le quité antes al sueño. Mi demostración propia y ajena es simbólica, me cansan tres manzanas de mi barrio casi más que me cansaban aquellas anchas cuadras de la Quinta Avenida en Nueva York. Me cansa comprar la prensa, una revista de informática que leeré a medias solamente, me cansa la sensación que tengo de urgencia para llegar a tiempo y la demora que se producirá después porque siempre iré llegando tarde.

Y este escritorio público, cada vez está más cerca de llegar al silencio, de borrar de la pizarra los escritos donde he dejado demasiadas veces los sentimientos. La red no fue justa conmigo, no fue una mala racha, fue darme cuenta de que nadie vino como yo necesito a quedarse conmigo.

A solas, en cuadernos privados que no leerá nadie mediré lo mismo mi esfuerzo; conservaré la belleza y la tentación que para mí siempre tuvo el idioma, su continuidad la llevo dentro, en los libros que leo, en el temblor del pulso que ya tengo, en la capacidad de pensar que luego de esta mañana vendrá todavía otra de nuevo para seguir ejerciéndome en ese camino del esfuerzo con mi más honda y recóndita certeza.

Me hallo como sólidamente instalado en un amplio pedazo de tierra donde la gratitud suple al deseo, el recuerdo al sueño y la soledad, la necesaria soledad para poder saber hasta dónde seré capaz de llegar, está ahí, inevitable, hablo hasta con ella. Y me ayuda.


sábado, 26 de marzo de 2011

ANTES DE TIEMPO, MUCHO ANTES DE TIEMPO


La imagen no tiene edad, sino la inmortalidad de lo inmortal. Esa casa seguirá siendo nuestra, llenando esa plaza de América donde de niño pasé a hombre y no tuve tiempo de hacerme viejo. Jamás nos la compraron, jamás la venderemos, son cimientos de una familia y nadie puede desposeérnoslos, vendimos el hardware, jamás la raíz. Hasta hubo junto a ella el viejo cauce de un río que se desbordaría luego. Y por ese cauce cuando estuvo seco, con poco más de cincuenta kilos, viviendo allí, era un hombre con la necesaria elegancia que aportan las letras que estudias cada día, terminando mis horas de trabajo con una de deporte por el cauce de ese río, ya no existente, frente a esa propia casa -la más hermosa de Valencia, sin duda- donde como Machado hacía camino al andar, yo lo hice al correr.

Nada sigue igual pero la vida me cortó la edad antes de tiempo, mucho antes de tiempo. Hace días que ya sólo me quejo de eso, que me dejaron atrás con los libros que estaba leyendo, muy atrás con el miedo anticipado me imagino igual que puede quedarse una botella a quedarse vacía o mucho menos llena de lo que debiera. Hubiera sido capaz de llenarme más.

Y no le encuentro el remedio, sino aprender tan solo a resistirme a lo que me traiga ya la vida. Es curiosa la anécdota física (siempre tuve un amplio muestrario) porque llevo meses intentando que me curen lo que en realidad no está enfermo, sino solo abierto. Es un respiradero que tengo junto al fémur, ese hueso del muslo par y asimétrico, hacia abajo y adentro con una oblicuidad mayor en la mujer, allí lo tengo abierto, reclama mi pausa diaria y la atención médica.

Hay con él un ineludible proyecto: que se cierre a su debido tiempo, de dentro a fuera, eliminando lo que no debiera estar allí dentro y por eso ha llamado avisando antes hacia fuera, a la naturaleza externa, sabia e insistente. Yo le escucho su reclamo junto a Pilar, mi enfermera –siempre deben mirar ese proyecto los mismos ojos y enderezarlo las mismas sabias manos- pero motiva mi impaciencia, mi demanda ya de cierre, mi recuerdo a las permanentes cicatrices de mi cuerpo cuando no las tenía, y en su lugar tenía mis aptitudes físicas intactas que me permitían, en este caso, recorer ese camino del viejo cauce de un hermoso río, junto a una casa a la que me atrevía a llamar vieja mansión, arranque de todas las posibilidades de mi vida.

Junto, traje hoy a esta página abierta de mis anhelos de cada momento, el imborrable recuerdo de un sitio de nacimiento, sin poderle poner fecha ni edad a mi propia casa. No la tiene la fotografía. A la vez la dureza de un alto en el camino que ya lleva teniendo una edad de más de veinte años con las luces demasiado encendidas que tuvieron los quirófanos. Y de pronto, cuando vengo echando cuentas no del camino recorrido, cuento que me queda mucho menos porque me apartaron, como he dicho, mucho antes de tiempo. Y tengo ahora, permanente, el recuerdo de lo que es la mediación del tiempo, esperando que un acceso ya no sea puerta abierta sino sendero limpio de la piel de mi cuerpo.

Quisiera que me quedara tiempo todavía para el lenguaje nuevo que me estoy aprendiendo con los libros, con versos de García Montero que ya advierten: "Si el amor como todo es cuestión de palabras/acercarme a tu cuerpo fue crear un idioma." Yo me acerco a los libros que elijo, los cuento, y quisiera ser poeta del idioma aunque no sea verso, explicar lo que he ido leyendo en cada uno de ellos. Voy creando así la arquitectura de las paredes de los sitios donde estoy leyendo.

Todo podría haber sido lo mismo, pero un poco antes. Hubiera estado dispuesto a envejecer y a vivir con la paciencia que tiene la madera o el cuero de las butacas donde leo; no me importaría ahora sentir como me introducen las mechas de plata iónica en la puerta de escape a la altura del trocante. Miraría con pasmo de gratitud los días de belleza y de reposo que me dieron esa vieja casa de propiedad permanente. Me hubiera hecho viejo en ella mucho más lentamente, todavía podrían verse las huellas de mis pisadas cada día junto a un río que allí existía.

Pero no me hubiera venido el anticipo de vida que no había pedido, soportaría mejor el cansancio de cada día y ocuparía sus horas con una estancia más lenta y menos progresiva. Necesito tanto el afecto que proporciona la vida y a las personas que me puso delante, que quisiera encontrar de una vez la fórmula de detenerlo todo un poco a cuenta de lo que no me dieron.
No quiero que me vuelva decepcionar el tiempo al mirar una vieja fotografía cuando ni tan siquiera había aún nacido pero que es historia verídica de mi familia.

Solamente he encontrado que a través de las palabras puedo aprender la necesaria resistencia y mantener el mismo cariño a todas las personas que he querido.

Que nadie deje de estar a mi lado mientras escriba una sola línea en este cuaderno.