lunes, 20 de junio de 2011
LA SOBERANA LIBERTAD DE LOS AFECTOS
No quiero que la lentitud que a veces ya tienen mis palabras pueda parecer un repliegue hasta mis cosas propias, buscando como sea la atención del otro, es que simplemente al hacérseme ya el tiempo más corto, más deprisa, me apoyo en los demás con la soberana libertad que tienen los afectos.
Este fin de semana tenía el mejor proyecto: hacer las tres o cuatro cosas que en lenguaje cotidiano, me entretienen –leer cómodamente algún libro de esos que elijo para devolverme la vida; estudiar desde la pantalla de mi ordenador como Emmanuel Lasker, Gran Maestro de Ajedrez allá por el año 1889, le enseñaba a su rival a ocupar las columnas abiertas y semiabiertas; comprender con Phostoshop totalmente abierto cómo eliminar u ocultar los alrededores de una imagen o simular los reflejos de una mirada cansada y vulnerable por otra en cambio poderosa y brillante; y cuando se me está acabando ya lo que fue un proyecto, llego a la conclusión que se me va haciendo tarde para todo porque es verdad que me pesa la madera de la edad.
Pero he venido aquí al final a escribirlo un rato por aquello de sacarle el mayor partido posible a todos los afectos que me lleguen. Me aprovecharé de ellos para convertirlos en la fuerte convicción que tengo que una vez en mí poder, todas las palabras detrás de mis palabras, voy a utilizarlas para construirme ese necesario manual de la ternura que tiene la vida desde lejos.
He llegado a la firme conclusión que cada cuerpo se expresa de una manera. El mío está ya demasiado tiempo insistente en un mismo tema. Quisiera de una vez dejar de hacerle caso, quedarme únicamente con esas ocasiones que te aportan los afectos: mirar hondamente a las personas que más quiero porque en los ojos el tiempo se hace interminable, te notas tan a gusto, recuerdas las esencias de tus mejores momentos con concisión y aplomo. Allí tengo, precisamente, en esa compañía, el derecho a la soledad que se aprende y se conquista para estar más a gusto cuando te sientes solo. Es como una propia brillantez, la mejor manera de haber leído un libro, las primeras horas del día siguiente, la inminencia de expresar mi dicha.
Ese era mi proyecto entre sábado y domingo precisamente, eso que la gente cuando te dice el Viernes que tengas un buen fin de semana. El mío era tan abierto y a la vez tan propio, con esas columnas abiertas de un tablero de ajedrez –si puede ser Stauton del 4, el mismo tamaño ideal y reglamentario que tiene un cigarro Montecristo luego de una abundante celebración-.
Mi proyecto está siendo muy corto cuando advertí que mi deseo era que durara todo lo posible, pero reclama con derecho esa poderosa soberanía que me aportan los afectos, el fundamento quizá que supondrá mañana una futura nostalgia.
Y eso que siempre, cuando vengo a contar todo esto tengo lo necesario, siempre lo mismo, pero lo más firme y poderoso cuando una persona necesita apoyarse en otra persona. E igual que cumplo el tiempo con las escasas cosas que me llenan, valoro también los enseres que me rodean. No, no es nada extraño y es muy necesario: una comodidad propia que miras de vez en cuando a tu alrededor y que es la mejor manera que tengo de sentir llena mi casa. Las paredes de estancia y hasta de paso con miles de volúmenes ya necesariamente mal colocados; la tranquilidad de un silencio bien fabricado, la llamada de alguien que recuerda precisamente al principio o al final su afecto, o un correo electrónico breve pero completo de quien exige su derecho a saber de un simple restablecimiento.
Todo eso constituye para mí el enorme mundo, la poderosa y soberana libertad que tengo con los afectos. Es la parte de mi memoria, la manera de resolver mis cosas, la mejor página del libro que tengo abierto con las pausas necesarias y gozosas leyéndolo. Es ya de este domingo por la tarde, el proyecto que os dije que tenía para hacer esas pocas cosas pero necesarias que forman los pedazos de la obediencia de mi vida.
lunes, 6 de junio de 2011
MEDIO PAN Y UN LIBRO
Cada vez me cuesta más acostumbrarme a los placeres sociales que en algunas ocasiones me intenta meter la vida dentro y yo me voy quedando fuera porque me cuesta acostumbrarme a esos placeres, prefiero los individuales, los que elijo yo cada vez que amanece. Esos me vienen dejando desde siempre los residuos de los que se alimenta mi riqueza.
Ha llegado a mis manos un hermoso documento: el discurso que pronunció hace 80 años Federico García Lorca al inaugurar la Biblioteca de su pueblo: “yo si tuviera hambre y estuviera desvalido en la calle no pediría un pan; sino que pediría medio pan y un libro.” Es bastante.
Siempre ando hablando de la misma riqueza quizá porque no tengo otra que ofrecer ni de la cual alimentarme. Claro que necesito como Lorca ese medio pan para saciar el hambre, pero a la vez un libro “para que mi alma no muera”. Junto al libro me llega apoyado en la vieja madera de mi edad la respuesta a todas las preguntas y a todas las necesidades. En el libro está la ilusión de prolongar esto como sea.
Leyéndolo en los libros he aprendido la belleza, el poder, la justicia y la sabiduría de los muslos de una mujer para luego poder contarlo fuera. Puede ser también la riqueza a la que me refería antes. Cuántas veces me han dicho que sé poner sobre todo escondida entre las palabras la tregua que siempre necesito para poder querer. Me vacío escribiendo igual que me alimento leyendo.
En cambio, luego, salgo libre a la calle con todos mis esfuerzos para mezclarme con la vida y tengo poco que ofrecer y siento hambre enseguida, como Lorca, de medio pan y un libro. Gravito entre los demás desvestido e inerme con el ansia de cultura y de placer en los labios, en las yemas de los dedos cuando alargo la mano. Busco como un ayuntamiento carnal con los demás, indescriptible, único, para poblar mi propio mundo.
Soy de esta manera fácil y pobre, mucho que pedir y poco que ofrecer. Hasta la historia que tengo detrás tiene ya bastante extensión, pero como dije es simple y trasparente, enlazada como lleva cualquier mujer el lazo de un top que roza justo encima de las caderas la concavidad del ombligo.
Viene bien decirlo, tengo poco de todo, no lo que mi naturaleza quiere, siempre ando escaso del pan y el libro. Sigo teniendo –eso sí, ahora que me acuerdo- las mismas dudas que he tenido siempre; sigo queriendo inagotablemente sin acabar de leer la última página del libro que supe escoger. Desde ahí poseo, sin embargo, una incalculable riqueza para desprenderme luego de ella. Pocos recursos materiales y sociales y en cambio necesidades desmedidas para un continuo intercambio, sea cual sea la línea atrevida que haya tomado.
Por eso escribo, por eso esta cuartilla doblada en plena plaza pública siempre pide y ofrece lo mismo: pido medio pan y un libro, la mejor manera que tuvo un poeta, y ofrezco las únicas certidumbres que he robado de la vida en la tranquilidad de cualquier poema. Tengo así mi modo como de hablar sólo pero que desde lejos noten lo que quiero; el miedo que me produce que se acabe la tarde, que se me termine la vida con los libros que tengo todavía por leer.
Una manera muy cierta y muy personal a que la sociedad no me note, la que ofrece esos beneficios comunes pero que no suponen un esfuerzo propio. Yo estiro de mis posibilidades porque ya son muchas veces que los demás las han necesitado. No lo sé, cualquier amigo, cualquier mujer. Me notaron de lejos que con las palabras aportaría un cierto orden: primero los espejos desde donde poder mirarme para llamarme; luego el intento de llegar hasta la piel donde suele apoyarse lo mejor que tenemos, por ejemplo en mi caso cosas que cuento aquí muchas veces, que me suceden, que acortan mi camino pero siguen pidiendo sitio a quienes me quieren.
De eso se trataba: medio pan era poder estar un poco más y el libro para poder seguir con los ojos abiertos aprendiendo de los demás. Ocurre ya a cierta edad, te das cuenta como dice el poeta “que la vida y los libros/son brazadas de un mismo nadador”, que los poemas, es fácil de entender que me hicieron como soy.
jueves, 26 de mayo de 2011
CUANDO ME PARECEN UN ANUNCIO DE VIDA
Así elijo los libros, ese es mi criterio, mi tentación para ser luego mi decisión, libros nuevos que en ocasiones huelen a papel viejo por lo que voy a aprender de ellos. Libros cuya sensualidad se puede parecer a mujeres saliendo del mar sin saber antes de ellas. Libros colocados en los panelas de novedades de una librería que es una luz cogerlos para verlos, para que sepan de mí al mismo tiempo que sé yo de ellos. Sobre todo busco libros que me sirvan para no estar sólo. Cualquiera no me serviría, sino el escrito con paciencia, plegarias de un novelista, aquellos simplemente que al verlos me parecen una mujer desnudada adrede. Me pueden aportar como con “la acabadora” de Michela Murgia la enseñanza de la pobreza a la miseria para aprender cómo “hacer el puchero hasta con la sombra del campanario.”• Que con ellos mis sentimientos no cree distancia sino acercamiento. Esa es la base.
Soy hasta tímido eligiéndolos, tengo miedo a equivocarme, han de ser siempre tan buenos como he soñado con ellos casi antes de publicarlos. Pero me abrazo a ellos de noche, pienso en dónde colocarlos en mi página web, hasta las sugerencias tienen un orden, una manera de ponerse, de caminar entre ellas. Elijo, sobre todo, aquellos libros tan carnales que no necesitan explicar las partes de nuestra carne, somos su todo, salvaje y único. También elijo libros para aquellos días especialmente cansados y que me dejan luego sus residuos de descanso.
A veces me pasa como en ese bello cuento de Jorge Volpi “A pesar del oscuro silencio” donde cuenta que el personaje se llamaba Jorge, "como yo y por eso su vida me dolía dos veces.” Me lo recordó, tantas veces los libros me duelen dos veces, al escogerlos, al leerlos, al tenerlos por casa como cosa propia. Es exacto: me gustan y me duelen dos veces. Forman parten ya de las costumbres de mi vida y si alguien me pregunta por qué los había elegido, tengo la misma respuesta de su repetición y certidumbre.
Vais a entenderlo más, hay incluso libros que me gusta callármelos porque nuestras alegrías y nuestros dolores vienen cargados de previo o definitivo silencio. Los elijo si me puedo aferrar antes a ellos, tomo notas en la propia librería donde los ojeo y no hay tregua, me hago con ellos. No tenéis nadie ni idea del placer que siento cuando he sabido elegirlos.
Hay un periodo previo que a veces anticipa su puesta a la venta, preguntar por ellos como quien lo hace por quien sabes que va señalarte de alguna manera tu vida todos los días sin que apenas nos percatemos. Van a ser nuestra convivencia, la manera más sencilla de quererse sin pausa ni tregua alguna.
No sé si se lo dije a alguien otro día, puse el mismo símil, en su afecto, en su conocimiento. Me gustan y por eso los elijo para que puedan ser como una metáfora no estrenada todavía. Me gustan los libros que permitan que esa única vez de su lectura que no sea suficiente en la vida, me servirán para buscar en los demás los espacios donde aprenderme las confidenciases ajenas y poder hacerlas propias.
Tengo ahora unos días por delante de descanso porque quizá llevo demasiado tiempo “goteando cansancio”. Leeré si alguien comenta mi escrito de plaza pública y lo contestaré días más tarde, cuando haya acumulado una ternura única que tengo guardada, como alguien me escribió, para que no cerrara este espacio, porque es la forma que tenéis de adivinarme. A ver si puedo seguir llegando despacio al alma de la mujer, que como me ocurre con los libros es capaz de provocarme una forma de anunciarme la vida.
Un libro que he elegido, una mujer a la que escribo: la manera más perfecta de curarme las cicatrices, la búsqueda de una boca a la que aún le queden las ganas de la mía. Ese es mi presente, mi perpetuo presente cuando estoy escribiendo.
domingo, 15 de mayo de 2011
NO VOY A CERRAR EN VACÍO
No voy a cerrar en vacío porque he dejado muchas cosas aquí dentro. Al igual que intento con un maldito acceso en mi cuerpo que prolonga su final y con el que lo único que intento en cada cura, junto con las noticias que me trae el día, es no cerrarlo cuándo dónde no debe cerrarse. Pues lo mismo haré en esta especie red propia e individual, construida con generosidad, que siga teniendo cancha abierta para hablar, por ejemplo, de las soledades iguales que las mías que tienen a veces los escritores.
No tengo mejor arma ni recurso que los que siempre fueron propios para considerarme mejor. No sé si mis palabras podrán ser elixir para sacar conclusiones, lo que sé es que son mi propia vida, mis abrazos guardados tanto tiempo, mi empeño en pedir ayuda, para que alguna amiga me indique la dirección prioritaria. De mi voluntad y mi resolución siento ya muchas veces las lógicas debilidades y ante las contrariedades sólo me sirve la generosidad que tiene el cariño gratis.
Pues seguirá esta puerta abierta contando lo de siempre, sin cerrar en vacío como he dicho porque no debo hacerlo. Al contrario: he cerrado muchas veces los labios escribiendo sobre carne totalmente desprevenida, colocándome exactamente en un sitio propio para de alguna manera ser siempre reincidente. No sé de quién me viene este miedo a hacerme tan mayor, a caerme, a luchar contra eso. Pero la única manera de vencerlo es leyendo y escribiendo y queriendo a quienes precisamente han estado leyéndome.
Eso es permanecer abierto, es estar dispuesto como lo vengo haciendo, igual que cuando uno entra en una mujer para saber sus propios límites y darte cuenta que son ese camino propio que te permitieron vivir todo este tiempo. Permanecer abierto a cada proyecto: es curioso, a veces lo extraigo de un poema, de unos versos; de quién te cuenta que hace demasiado tiempo que lleva sin verte; del espacio cotidiano pero hermoso que me regalan las mañanas; de una respuesta a tiempo, es decir pronto, de alguien entendiendo lo que siento dentro.
No tengo más remedio porque escondiendo lo que estoy escribiendo no acabo por creérmelo, se queda en forma de remanente, anónimo y vacío cuando mi propia cultura me fuerza a ir contándolo. Lo hago de dos maneras, con los libros que estoy leyendo y los ratos que no duermo. No sé, cuando estoy pensando, o cuando desde lejos me avisa alguien antes que venga, cualquier domingo: “--te quiero, te adoro, te abrazo con uno de esos con que nos abrazamos, (lo que hacemos las pocas veces que nos vemos) y luego me pregunta siempre, ¿te he hago daño? -No, le contesto, tú nunca me haces daño, precisamente esto es lo que ando necesitando.” Cariño familiar pero que además hago público y propio al que siempre los dos tendremos derecho. Al mismo tiempo, ese tono propio de hombre y mujer.
Por si, le queda vía libre a alguien para el abrazo, me queda a mí también para los besos aunque haya tenido una vez que quitarlos. Y pido perdón por ello. Tengo sitio para todo y sé respetarlo: el abrazo que ya supe contarlo y quedó con sitio permanente en estas páginas, o para quienes como si fuera una línea paralela que siempre he necesitado, están todavía allí en la esquina con la distancia mínima para darme cuenta que pueden ser siempre un motivo posible de expectación para saber qué me dicen, qué quieren.
Esa es indudablemente la regla de un acceso abierto al que no hay que dejar cerrar en vacío y las palabras que siento. Creo que ya tienen un tinte conocido, a veces un abismo, una explicación para lo que queremos que la tenga, un final siempre abierto como he dicho para sacudir los deseos, el gesto de las felicidades transitorias que son eso, cosa de un rato. Me quedan todavía frases que se me desploman de las manos y no sé a quién decírselas, así sin que se sepa que las estoy dedicando.
Se trata de un equilibrio que siempre tuve escribiendo entre lo que siento y lo que quiero, una pregunta abierta que tengo a mano, una manera de superar momentos malos. Detrás me quedan muchas veces insuficiencia en los gestos, pues los tengo con una brillantez que vengo aprendiendo, esperando, teniendo siempre presente que eso envejece.
Frente a ello la parte más hermosa de nuestra existencia, una bella hendidura para andar caminando: el cariño que siempre dejo con la última metáfora que he encontrado. Y todavía más, me he inventado un paseo cotidiano, seguir aprendiendo aunque tenga los huesos quebradizos, las comisuras de los labios ya vencidas madurando. Puedo más que mis propios deterioros. Se trata simplemente de mi obstinación por la vida.
martes, 3 de mayo de 2011
OTRA VEZ HE DE LEVANTARME DE NUEVO
Como si fuera un hecho cotidiano y normal, pero el suceso de tocar de nuevo el suelo obliga a ello. Ni me sirvió estos días estar junto al mar como si fuera el horizonte que siempre tuve, el mar muy cerca. El anecdotario de las caídas que tiene la vida es múltiple y variado, ajeno a cualquier previsión naturalmente. Caerse es no sostenerse un momento, el suficiente para al mismo tiempo sentir el suelo como pedazo propio del que tienes que levantarte, pero a la vez son otras muchas cosas, darte cuenta, quizá, que acortas los caminos de sobra conocidos. Buscas de inmediato el auxilio y hasta que lo tienes piensas que se te está terminando en ese instante el mundo. Y es muy simple lo que necesitas: levantarte del suelo ya que sólo eres incapaz de hacerlo.
Curiosamente han sido estos días de mayor quietud, de silencio, de pausas en la lectura porque acaba uno convirtiéndola en oficio, casi en destino. Y la anécdota de un cortísimo desplazamiento puede darte con los pies en el suelo. Recuperé con la necesaria ayuda tras mis voces enérgicas y solitarias mi camino de nuevo, hacia casa, hacia mi sitio, hacia los libros, la hoja de papel de un monitor insistente, pero antes, al sentirme unos momentos amigo de una soledad hosca, única y personal, he dejado más señales en mis ojos que dolores sentía por mi cuerpo; he llorado sencilla y llanamente sin tener que dar explicaciones a nadie. Tan solo a mi torpeza y a mis limitaciones.
Empecé a pensar lógicamente que se me están terminando muchas cosas antes de tiempo, hasta aquel que escribía y mostraba la insistencia en el esfuerzo, no era el mismo, ni mucho menos, que quien había estado en el suelo. Pero voy a tener que volver a serlo, subirme de una superficie lisa a las zonas más altas que tiene el entusiasmo del lenguaje, tengo mejor sitio allí, más imaginación para vivir, la posibilidad de ser otra vez el mismo con mi sugestión, con el misterio con que siempre he rodeado las maneras de dirigirme a la gente que quiero.
Me quedan todavía muchos besos y abrazos guardados, todavía por darlos. Y es verdad cómo desde lejos, pero sintiéndolo muy cerca, me lo dijeron. Le he plantado demasiadas veces cara a la vida, he sabido explicar cómo es la ley del esfuerzo para inclinarme siempre por ese lado positivo que siempre existe cerca. Así casi me lo exigieron. Cuatro cosas que he aprendido, cuatro razones; hasta a veces he intentado explicar qué supe de las mujeres para que ellas me contaran cómo eran, cómo me gustaba que fueran.
Tendré pues que compartirlo todo de nuevo, volver a disfrutar los placeres que vi pasar. No ha ocurrido nada especial, ha sido una interrupción imprevista a lo mejor sólo para seguir viéndolos, sintiéndolos como propios e irrenunciables. Es verdad, aún me pueden quedar las mejores cosas de la vida que sean a la vez un punto de encuentro y el mismo de partida.
Hasta me saturan esos momentos de soledad cruda y ancha que todos tenemos derecho a disfrutar porque puede ser en determinados momentos formas de querer a los demás. Todos los sentimientos que se come uno por dentro y no sabe qué hacer con ellos.
Olvidaré los hechos que suponen cualquier caída pero jamás lo más importante de la vida: las personas que me pone cerca, desde cerca o desde lejos. Si el otro día escuchaba a Ana María Matute en su discurso del Premio Cervantes que “el que no inventa no vive”, me voy de nuevo a inventarme las mejores maneras. Seguiré contando los libros que he leído como heridas que ya tuve, que se cuelan por las rendijas, que a veces no me dejan dormir pero siempre soñar, insistiendo en soñar.
Puedo asegurar y aseguro que estaré más cerca otra vez de lo que estuve jamás. De cualquier página en blanco, de las ganas de decir algo cuando me aprieten los sentimientos. Ni le voy a tener miedo a la posibilidad de la felicidad, cuatro momentos bien llevados. Cuando algo esté mal, voy a sentirme bien en el acto porque si me duele una caída, vendrá siempre la alegría, yo la traigo, me la regala el lenguaje cada tarde.
Estoy seguro que voy a sentirme de nuevo a gusto como si hubiera vuelto de la playa a cualquier bar de ambiente donde esté permitido el coloquio que tienen las caricias. No quiero más rencillas con la vida, quiero la vida como si fuera a ser ese punto de apoyo que no tuve el otro día. Esperaré si hace falta en silencio hasta donde lleguen mis dedos, hasta pienso que puede que al levantarme alguien me haya devuelto unos cuantos centímetros que tenía en mis principios.
Volveré de nuevo a las crestas del placer, a los besos que he dado y que no he dado, es mi susto de amor que se me escapa a veces por todos los lados. Seré el que estuve aquí siempre para que alguien venga a leerme. Es verdad que a cierta edad ya nada es ideal, te lo has de fabricar, como si fuera otra vez ese amado de Amos Oz con una especie de entusiasmo contenido, mi pathos más tranquilo, las palabras que sé y a las que me aferro como las más altas que encuentro en la vida.
Desde allí soy capaz de levantarme de nuevo.
viernes, 15 de abril de 2011
YO TAMBIÉN LA DEJO DORMIR
Hago como el poeta, pero no sólo ciertos domingos, sino todos los días, cada mañana porque “como todo el mundo sabe/ el sol no sale hasta que tú no abres los ojos”. (Julio Rodríguez) Yo ando por ahí, a medias en silencio, pongo la música baja, y después gozo a solas el placer de mi lectura en cuarto aparte, lejos de su lecho, de su buen dormir, hasta que empiece del todo la mañana y me llegue el piropo repetido al despertarse, ya con luz, los dos dispuesto a convivir, la misión más hermosa y más difícil que tienen los hombres.
Es que ya nos hemos acostumbrado el uno al otro después de tantos años, me dijo una vez, pero la costumbre no fue obsequio de nadie, la construye uno mismo al lado de quien quiere y a quien quiere; la costumbre es cimiento pero hay que hacerse antes con los materiales. Es una construcción diaria difícil y hermosa y siempre me consideraré capaz de practicarla.
Por eso todo lo que quiero escribir hoy se parece muchísimo al verso de antes del poeta: no nos quedan bostezos, puede que por falta de tiempo: para mí existe esa belleza lenta que adquieren las mujeres porque dejaron aparte la forma de pintarse, a lo mejor al lado de quien les hace compañía, pues quieren sólo ya la compañía. ¡Qué extraños desembolsos tiene la vida! Convivencia es compañía, con la libertad de haber elegido cada compañía.
Tuve de niño una importante enseñanza: aprende a pedir, me dijeron y obtendrás todo lo que necesites, pero antes me advirtieron, no te equivoques sobre quienes puedan dártelo. Ha sido y es hoy una herencia de prestigio: la mano que alargo se siente prieta con la debida etiqueta de no soltarse ya; la complacencia no es adulación, es manera de saber dónde tienen los demás sus cualidades.
Más que comunicarme, me pego, me acerco tanto que muchas veces la mirada la convierto en la mejor palabra que tiene mi lenguaje, el idioma que aprendí, la elección de algo bien hecho, la pausa hasta que llegara una forma de cariño compaginada.
Yo me hago amigo pronto, yo lo quiero todo enseguida, me noto corto de ropa y de mantenimiento. Pero creo esa amistad hasta tal punto que soy capaz como el poeta, de dejar dormir a quien quiera hacerlo, hasta que salga el sol, empiece la mañana, ella abra los ojos, cierre yo un rato el libro hasta que vuelva abrirlo de nuevo. Todo esto vengo a contarlo en tiempo ya de cansancios antiguos, cuando pillo la carne desprevenida, pero es importante insistir en ello, dónde está mi valía, cómo me he comportado así mucho tiempo, esa placidez que tiene dejar dormir, permitir el descanso hasta que llegue de nuevo la mañana entera de la vida. Es tiempo de cauce seco, pero cierto.
Estoy ya situado en la meseta de la calma, lo daba por descontado y desde allí me giro sin que tengan que llamarme. Es verdad que soy del todo una forma hermosa de compañía, anhelada, soñada, un hueco permanente en el cajón de la mesita, se me nota fuera, hasta cuando no estoy otorgando esa compañía. Y digo otorgando, porque para mí es como un placer antiguo y permanente. Acompaño aquí con la palabra que se acerca todavía cuando alguien me avisa que se guarda las palabras porque le llegan hasta el alma o me ordena que comparta el sentimiento y los recuerdos como una manera de acercarse al sueño.
Creo que no lo sabe nadie, pero cada día, cada mañana bien temprano leyendo ya estoy pensando cómo lo permitiré cuando le note los párpados abiertos. Es como una ignorancia ajena pero desde aquí intento siempre hacerme un poco poeta con los libros que tengo sobre la mesa sin levantar sospechas. Curioso, que empiece la lectura de uno nuevo y apenas me lo noten; desde aquí con el ordenador abierto, la casa en silencio y el rigor y el empeño que tengo de quererlo todo luego.
Así consigo que sea tan precioso ser yo compañero; aprecio la sonrisa cuando llego a cualquier sitio y consigo mi mejor manera de ser yo mismo. De esta forma me invento cada vez la prosa de la compañía, la pura y dura prosa que tengo, el tierno aliento, el enorme prestigio pasando por la vida propia y ajena. Aquí escribiendo es como si explicara lo más cautivador que llevo dentro y hasta a veces se me escapa una sombre de lujuria intensa y perezosa. Es mi manera de compaginar la vida, que respeten mi libertad respetando la ajena, aunque con la libertad pasa lo mismo como con la felicidad, nunca se llega, nunca se la tiene completa, tan solo recorremos el camino hacia ella.
Dije ayer, un ayer que por la edad siempre tengo cerca, que iba a llevar yo solo la cuenta de mi esfuerzo y me llegaron las más cariñosas protestas, ese enorme eco que resulta simplemente la razón por la que escribo.
Pues si es preciso pecaré de vez en cuando con la propia escritura, con la espera de los ojos abiertos de una mujer para de esta manera saber que ha empezado de nuevo otra vez la mañana.
miércoles, 6 de abril de 2011
VOY A LLEVAR YO SOLO LA CUENTA DE MI ESFUERZO
Me lo dijeron una mañana con sabor a cerveza bien puesta, me vinieron a insistir casi hasta en la estética de cómo llegaba caminando a la mesa del bar donde me esperaba mezclada la amistad y la copa de cerveza. Yo venía de dos sitios consecutivos y bien distintos: un consultorio de Hospital y una tienda de libros; cierto miedo a que detrás de un acceso ya no quede tejido sino hierro; en cambio, es mejor lo que iba leyéndole en su “Doméstica” a Julio Rodríguez: “Vivir es perdonarse la vida” y me la tengo que perdonar yo sólo, contándome a mí mismo cómo hacerlo. A solas llevaré la cuenta de mi esfuerzo, uno no debe buscar sitio ajeno, cuando tiene el propio, sino palparse el interior cada vez, cada momento y notar hasta qué punto fui capaz de crear mi propio privilegio.
Es cierto que a veces conviene repasar con el cariño ajeno cada paso dado, cada uno de los que sigo dando. Pero las más agudas preguntas y sinceras respuestas vienen de dentro donde están las cosas importantes y bellas. Las voy sacando del más amargo árbol de la memoria, de la senda de los propios dolores, porque ciertamente desde allí me llevaron hasta el estado previo que tiene el lenguaje, por eso mi empeño en expresarme.
Hasta lo he rebatido en voz ajena bien querida y entendida en el tema. Déjame, que nadie tenga más miedo del que yo ya tengo, pero si hubo las suficientes veces para salir de él, no puedo menos que ser capaz de hacerlo de nuevo. Anduve siempre en primera fila hasta que las manos se me hicieron rugosas y alargadas como las de los demás viejos, ahora en cambio el derecho a la vejez lo tengo yo.
Pero nadie va a ser capaz de discutirme esa cuenta del esfuerzo, el valor que tuve en tantas ocasiones para suprimir la tristeza; el dolor que avisaba que el paso siguiente iba a ser mucho peor del que acababa de dar. Utilicé cuantos medios hubo para poder darlos, pero aseguré que llegaría un día en qué únicamente mi figura menos prolongada y más solitaria podría seguir por un camino propio y único, yo sólo, sin apoyo alguno.
Es mi vida, es mi esfuerzo desde esa contabilidad solitaria y orgullosa una protesta a la vida cuando ésta te quita antes de tiempo un pedazo que debiera de tener entero todavía. Una protesta erguida –en metáfora umbraliana- como unos pechos bien llevados con mínima lencería blanca sin que apenas se noten los restos de la última caricia gratuita. Lo tengo todo esto a la vista cada día, me persigue el lenguaje, la palabra que le sobra al poeta, la insistencia que tiene la novela por parecer que no es novela.
Todo es testimonial cada mañana con los libros, dos capsulas de café nexpresso como preparándome a la cultura que me traerá la tarde desde media tarde después de la urgencia de recuperar esa parte que le quité antes al sueño. Mi demostración propia y ajena es simbólica, me cansan tres manzanas de mi barrio casi más que me cansaban aquellas anchas cuadras de la Quinta Avenida en Nueva York. Me cansa comprar la prensa, una revista de informática que leeré a medias solamente, me cansa la sensación que tengo de urgencia para llegar a tiempo y la demora que se producirá después porque siempre iré llegando tarde.
Y este escritorio público, cada vez está más cerca de llegar al silencio, de borrar de la pizarra los escritos donde he dejado demasiadas veces los sentimientos. La red no fue justa conmigo, no fue una mala racha, fue darme cuenta de que nadie vino como yo necesito a quedarse conmigo.
A solas, en cuadernos privados que no leerá nadie mediré lo mismo mi esfuerzo; conservaré la belleza y la tentación que para mí siempre tuvo el idioma, su continuidad la llevo dentro, en los libros que leo, en el temblor del pulso que ya tengo, en la capacidad de pensar que luego de esta mañana vendrá todavía otra de nuevo para seguir ejerciéndome en ese camino del esfuerzo con mi más honda y recóndita certeza.
Me hallo como sólidamente instalado en un amplio pedazo de tierra donde la gratitud suple al deseo, el recuerdo al sueño y la soledad, la necesaria soledad para poder saber hasta dónde seré capaz de llegar, está ahí, inevitable, hablo hasta con ella. Y me ayuda.
sábado, 26 de marzo de 2011
ANTES DE TIEMPO, MUCHO ANTES DE TIEMPO
La imagen no tiene edad, sino la inmortalidad de lo inmortal. Esa casa seguirá siendo nuestra, llenando esa plaza de América donde de niño pasé a hombre y no tuve tiempo de hacerme viejo. Jamás nos la compraron, jamás la venderemos, son cimientos de una familia y nadie puede desposeérnoslos, vendimos el hardware, jamás la raíz. Hasta hubo junto a ella el viejo cauce de un río que se desbordaría luego. Y por ese cauce cuando estuvo seco, con poco más de cincuenta kilos, viviendo allí, era un hombre con la necesaria elegancia que aportan las letras que estudias cada día, terminando mis horas de trabajo con una de deporte por el cauce de ese río, ya no existente, frente a esa propia casa -la más hermosa de Valencia, sin duda- donde como Machado hacía camino al andar, yo lo hice al correr.
Nada sigue igual pero la vida me cortó la edad antes de tiempo, mucho antes de tiempo. Hace días que ya sólo me quejo de eso, que me dejaron atrás con los libros que estaba leyendo, muy atrás con el miedo anticipado me imagino igual que puede quedarse una botella a quedarse vacía o mucho menos llena de lo que debiera. Hubiera sido capaz de llenarme más.
Y no le encuentro el remedio, sino aprender tan solo a resistirme a lo que me traiga ya la vida. Es curiosa la anécdota física (siempre tuve un amplio muestrario) porque llevo meses intentando que me curen lo que en realidad no está enfermo, sino solo abierto. Es un respiradero que tengo junto al fémur, ese hueso del muslo par y asimétrico, hacia abajo y adentro con una oblicuidad mayor en la mujer, allí lo tengo abierto, reclama mi pausa diaria y la atención médica.
Hay con él un ineludible proyecto: que se cierre a su debido tiempo, de dentro a fuera, eliminando lo que no debiera estar allí dentro y por eso ha llamado avisando antes hacia fuera, a la naturaleza externa, sabia e insistente. Yo le escucho su reclamo junto a Pilar, mi enfermera –siempre deben mirar ese proyecto los mismos ojos y enderezarlo las mismas sabias manos- pero motiva mi impaciencia, mi demanda ya de cierre, mi recuerdo a las permanentes cicatrices de mi cuerpo cuando no las tenía, y en su lugar tenía mis aptitudes físicas intactas que me permitían, en este caso, recorer ese camino del viejo cauce de un hermoso río, junto a una casa a la que me atrevía a llamar vieja mansión, arranque de todas las posibilidades de mi vida.
Junto, traje hoy a esta página abierta de mis anhelos de cada momento, el imborrable recuerdo de un sitio de nacimiento, sin poderle poner fecha ni edad a mi propia casa. No la tiene la fotografía. A la vez la dureza de un alto en el camino que ya lleva teniendo una edad de más de veinte años con las luces demasiado encendidas que tuvieron los quirófanos. Y de pronto, cuando vengo echando cuentas no del camino recorrido, cuento que me queda mucho menos porque me apartaron, como he dicho, mucho antes de tiempo. Y tengo ahora, permanente, el recuerdo de lo que es la mediación del tiempo, esperando que un acceso ya no sea puerta abierta sino sendero limpio de la piel de mi cuerpo.
Quisiera que me quedara tiempo todavía para el lenguaje nuevo que me estoy aprendiendo con los libros, con versos de García Montero que ya advierten: "Si el amor como todo es cuestión de palabras/acercarme a tu cuerpo fue crear un idioma." Yo me acerco a los libros que elijo, los cuento, y quisiera ser poeta del idioma aunque no sea verso, explicar lo que he ido leyendo en cada uno de ellos. Voy creando así la arquitectura de las paredes de los sitios donde estoy leyendo.
Todo podría haber sido lo mismo, pero un poco antes. Hubiera estado dispuesto a envejecer y a vivir con la paciencia que tiene la madera o el cuero de las butacas donde leo; no me importaría ahora sentir como me introducen las mechas de plata iónica en la puerta de escape a la altura del trocante. Miraría con pasmo de gratitud los días de belleza y de reposo que me dieron esa vieja casa de propiedad permanente. Me hubiera hecho viejo en ella mucho más lentamente, todavía podrían verse las huellas de mis pisadas cada día junto a un río que allí existía.
Pero no me hubiera venido el anticipo de vida que no había pedido, soportaría mejor el cansancio de cada día y ocuparía sus horas con una estancia más lenta y menos progresiva. Necesito tanto el afecto que proporciona la vida y a las personas que me puso delante, que quisiera encontrar de una vez la fórmula de detenerlo todo un poco a cuenta de lo que no me dieron.
No quiero que me vuelva decepcionar el tiempo al mirar una vieja fotografía cuando ni tan siquiera había aún nacido pero que es historia verídica de mi familia.
Solamente he encontrado que a través de las palabras puedo aprender la necesaria resistencia y mantener el mismo cariño a todas las personas que he querido.
Que nadie deje de estar a mi lado mientras escriba una sola línea en este cuaderno.
miércoles, 16 de marzo de 2011
EN BURDEOS HAN PLANTADO UN ÁRBOL EN MI NOMBRE
Lo ha plantado una chica que tiene exactamente veinte años, que siempre tendrá tan sólo veinte años. Hoy me ha escrito: “Esta tarde he ido a comprar un arbolito que me gusta mucho - árbol de Judea - y lo voy a plantar en el jardín en nombre tuyo, seguro me dará flores esta primavera!”. Seguro que lo hará, Mariate, las que aún me queden para por poder escribirte porque ya sabes que a mí me gusta vivir con las palabras. Pídele a tu árbol que viva muchos años para que así siempre me recuerdes pues ya sabes que la muerte no llega con la vejez sino con el olvido.
No me olvides jamás ya que tengo tu cariño, que es uno de esos cariños extra que el hombre necesita, esos con los que sin ellos no se puede vivir. ¿No crees?
Ambos lo hemos rescatado de las manos de un hombre que tenía bien desarrollada su capacidad de sentimiento, de curar de los demás no sólo las enfermedades, sino eliminar sus momentos de sufrimiento. Y tú teniendo tan solo veinte años haces lo mismo que él, plantando en tu jardín de Burdeos ese árbol de Judea para que te dé ya flores esta primavera.
Yo, mientras, a estas alturas de mi vida, sólo puedo ofrecerte lo que tienen mis palabras dentro, para como dice Marsé “poderle ser fiel a alguien más allá de la muerte.” Así, me acerco de vez en cuando aquí a esta pizarra pública de mis sentimientos para explicar cómo me siento cada momento. Estos días he estado descansando del teclado, hasta he tenido momentos en que teniendo un libro cerca, he dejado pasar inútilmente las horas sin leerlo. Y eran unos cuentos muy bellos de Sergi Pámies, un escritor catalán, nacido en Paris, que Anagrama publica siempre.
Me ha pesado el tiempo, con los virus que siempre andan por ahí sueltos; también en silencio como dice Pámies “porque hay silencios que de entrada coaccionan, pero a medio plazo liberan.” Y yo ya estoy en el momento en que busco cómo hacer para liberarme de casi todas las cosas.
Han sido muchos momentos de descanso con la lentitud que tienen las horas de la tarde, la misma que necesitamos para recorrer un museo o un parque, o estar sólo en la mesa de un bar para llevarse al menos a casa el sabor y la alegría que tiene la cerveza. He tenido muchos ratos, más aún que leyendo, acordándome de eso, de los cuentos de Pàmies, de la última y memorable novela de Juan Marsé, “Caligrafía de los sueños” donde "siempre pasa lo que ha de pasar, ni más ni menos, y ya está, punto." Pues ya está y punto, para ayudarme a pasar las pausas de estos días, una chica que sólo tiene veinte años y una sonrisa eterna y una manera de preocuparse, como tenía su padre, me ha contado el árbol que ha plantado en su jardín en Burdeos en mi nombre.
Ella tuvo junto a su inteligencia todas las becas del universo y de todas las Universidades, por eso de su estancia en Estados Unidos junto a su correo me ha enviado un maravilloso virtual paseo por Central Park. También pude conocer su grandeza, su inmensa belleza hace poco más de un año, más grande que las dos naciones más pequeñas del mundo –dos veces más que Mónaco y ocho más que la ciudad del Vaticano-. He tenido con el correo de esa chica, la noticia del árbol que ha plantado con mi nombre y el hermoso recuerdo del inolvidable Central Park.
Tendré, pues, que volver a quedarme como en esas áreas de descanso que tiene la vida a esperar a que algún cariño extra pueda regalarme la manera de hacerme más llevaderos esos descansos, a sentirme incluso más humilde entre los libros para poder llevármelos un día todos dentro, para aprender a dar las gracias a esa chica tan joven con la sonrisa siempre puesta de la única manera que sé hacerlo: con fidelidad a las palabras como si con ellas pudiera llegar hasta todas las personas que me quieren, escribirles o llamarles aunque fuera a horas intempestivas o con algún correo suelto o un post en la pizarra para que lo lea todo el mundo y me lleguen las respuestas que tengan que llegarme.
martes, 8 de marzo de 2011
ESE GRAN ALMACEN DE EMOCIONES HUMANAS


Forma mi casa constituyendo sus paredes un gran almacén de emociones humanas, miles de libros que después nadie sabrá qué hacer con ellos, ni siquiera dedicarle el mínimo tiempo necesario para buscar quizá aquellos especialmente queridos y de muy alto valor por su edición, por su momento: mi preferido de Umbral, “Mortal y rosa”; esa prohibida de “La colmena” que tuvo que editar Noguer en México; o el “Rayuela” de Cortazar”; o las Obras Completas de García Lorca publicadas por Losada en rústica, como aquellos libros que había que cortar sus páginas al leerlos. Yo que sé, muchos de ellos, a los que yo tampoco les voy a dedicar ahora tiempo para poder separarlos y regalarlos a alguien en lugar de que se pierdan a la vez que se deshace una casa.
Mientras viva, mientras tenga mis 200 metros para dos personas como si viviéramos a ratos sin encontrarnos apenas, constituyen mi piel y aunque ninguno lo vuelva a leer están casi en su sitio más o menos, en la sala de estar a dónde estamos, en el largo pasillo que prolonga la casa hasta no terminarla, están aquí a mi lado, donde escribo, donde mi mujer le da por practicar todavía deformidades de docencia y estudia como si fuera a seguir enseñando, o leyendo alguna cosa ajena sabe enseguida donde le falla la gramática a cualquiera.
Mientras esté aquí todavía, los libros serán eso, mi gran almacén de riqueza propia que no heredará nadie, que se terminarán conmigo, que me los llevaré hasta luego para que allí a donde vaya pueda poder seguir leyendo. Únicamente voy a dejar presente, cómo los he ido leyendo: desde niño empecé con esas fichas de cartón que todos recordamos con renglones para marcar el camino en que íbamos escribiendo y los mismos datos, las mismas referencias que tienen ahora en la base informática de Acces. Hay un número de orden, a medida he ido creando esa cita guardada; un autor de la misma; el título del libro de donde ha sido sacada, su editorial, su Copyrigth; la fecha de lectura; la valoración personal que me mereció; la cita entrecomillada y el número de la página del libro de dónde proviene y una palabra clave que me puede permitir su localización entre varios miles. Esa base de datos, como el fruto de lo que he estado leyendo toda mi vida, irá a parar a manos de alguien que ha sabido captar cuando se lo enseñé el valor que eso tuvo para mí durante tantos años.
Todo tiene un origen: la imagen que encabeza este post: “Librería Romero”. Por allí pasaron no solo personas que me compraban un libro, sino escritores que en su “rincón de lectura”, explicaron los motivos de su último libro, enriquecieron esa estancia que para mí fue el lugar más hermoso que he ocupado en la vida. Para mí allí fue siempre fiesta, con las copas que tomábamos los actores que estaban actuando en la ciudad en esas fechas; mezclábamos la ginebra y el libro, la sensación y el sueño –al menos yo que al día siguiente iba a intentar vender los mismos libros que ellos se llevaban, diciéndome, “ya te lo pagaré, Romero”.
Daba casi lo mismo, yo no estaba allí dispuesto hacer negocio, en todo caso, el negocio gratuito de querer a los libros y repartirlos un poco; empezar a construir mi almacén de emociones humanas que dentro de poco alguien no sabrá qué hacer con ellas. Pero es igual, yo me siento como el poeta García Montero como si fuera “completamente viernes” para que mañana sea fiesta también. Es lo bueno que tiene cuando te jubila la vejez o la manera de tomarte ya las cosas, o la insistencia de tener que ir al médico e ir llenando de libros olvidados todas las salas de espera. Es fantástico –os lo aviso- no saber del todo cierto, el día de la semana que va a ser mañana, pues pongamos que Viernes, así vienen dos fiestas y tendremos más tiempo para mirar los libros en las paredes, para guardarlos disimuladamente y que no te siente mal ver que ya lo tenías o lo que es peor que estaba en el montón de los que están esperando su momento, su instante, el crujido especial al ver cuántas páginas tiene antes de empezar a leerlo.
Me devora la grandeza de este almacén de emociones humanas, que forma parte de mi mejor deseo como si hubiera estado fabricando toda mi vida este momento: sentirme con los libros –me vais a permitir una metáfora más- como al besar a una mujer, dentro de ella, llena de ella.
domingo, 27 de febrero de 2011
NO ME PUEDO DESPRENDER DE LAS METÁFORAS

Y más ahora cuando había dejado dormir entre los papeles las que había estado aprendiendo entre las muchas que usaba, inagotables y persistentes, Paco Umbral. Ya lo decía él, que escribir era tres o cuatro metáforas y nada más. De pronto, parece haberlas recogido un joven novelista de esos que andan ya enseñándonos cómo se debe hacerlo: Pablo Gutiérrez. Fue primero sus “Rosas resto de alas” cuando una mujer le dice a un hombre “es mejor que hoy no duermas aquí” y todo se tuerce: su desespero, su andar deambulando para que pueda luego pasarle lo contrario. “Quiero que no te vayas. Mejor, firme: quiero que no tengas adónde”. Yo sin una metáfora a mano, sin un cómo suelto no soy nadie. No tengo tampoco adónde.
Gutiérrez arranca sin piedad el dietario de la chica de los hombros bonitos, se gana ese negocio para contarlo magistralmente luego, así parece que se va a pasar media vida, así me llevo pasando yo casi toda la vida. Busqué siempre esos hombros bonitos y los besos mojados de otro beso, por eso me sobraban tanto las consonantes, me enamoré de los adjetivos, así seguí escribiendo, así lo estoy haciendo de una forma oscura, indeterminada pero propia, para que pueda ser mi privilegio.
Durante los días que siguen, mientras me vaya haciendo viejo me va a pasar para poder contarlo, lo mismo que al personaje de Gutiérrez en “Nada es crucial”. Igual voy a cuidar yo mis metáforas: como un hermano, les calentaré un caldo casi reciente que cocinó mi mujer anoche, compraré antibióticos en la farmacia y los traeré para enriquecerlos, libros de Benedetti porque sé que Benedetti es una autopista directa igual que hacia la ingle de las metáforas sensiblotas. Se sentirán tan agradecidas, tan desamparadas y desvalidas en su tonta invalidez que muy pronto se acurrucarán otra vez a mi lado y me devolverán el favor, sí, todo el calor que me permite seguir escribiendo. Gracias Gutiérrez, era eso, precisamente eso lo que vengo haciendo sin saberlo, casi sin quererlo.
No me puedo desprender, del ropaje de las palabras adrede, de esa bendita comparación siempre tan a mano como una axila hermosa de mujer que uno a veces pudo ver, generosamente en Messenger. Para construir mi privilegio, para seguir leyendo a Umbral y después a Gutiérrez, para ir colgando post en mi pizarra propia y que se puedan leer y apostillar luego, ya está Fran con las metáforas en forma de mujer.
Este blog ya lo sabéis –y sino apuntároslo ahora- es como mi piso de habitaciones grandes, para sentirme triste a veces y contarlo siempre, quedarme en la butaca de cuero leyendo y dormirse conmigo cuatro palabras sueltas, parecidas a un pubis de mujer dispuesta y fragante. Ya estamos otra vez.
Ahora estoy en un momento que pueden ser ciertos los versos de poeta José Emilio Pacheco: "Mira las cosas que se van,/recuérdalas,/porque no volverás a verlas nunca." Las cosas, y las metáforas al lado que me las aprendo y las cuento luego, como esta mañana que alguien al curarme una herida y darme unas gasas de repuesto, yo le he hablado –porque me ha visto con un libro en la mano- y me ha preguntado ¿y dónde escribes sobre libros? Aquí mismo, le dije, en cualquier sitio, sólo se trata de que te acerques a los libros -como hago yo- que estoy leyendo.
Quizá no le avisé a tiempo que se iba a encontrar unas cuantas metáforas como una excusa de verano -¿a ver qué más?-; como cuando una mujer tiene los muslos cansados, o al estilo de Umbral, preguntar después, ¿ah, sólo sabes decir eso?, o de Pablo Gutiérrez, cuando Magui se viste y se marcha sin despertar a nadie.
Se me ocurre que puede ser un privilegio, al desvestirte, amar sin que lo sepa nadie.
jueves, 17 de febrero de 2011
MI GLORIA Y MI PRECIPICIO
Empiezan una vez todas las historias y ya no se terminan. Uno enciende el ordenador para escuchar, para contar, después viene lo que existió desde siempre, se abre paso con otras personas que acudieron como yo. Buscamos decir lo propio, no nos engañamos, a veces hasta somos capaces de turbar, de emocionar, quizá de contarlo, como nunca había sido capaz de decirlo. Hasta esa última vez de ayer, que disfrazado de deseo hice perder el recato para llegar hasta la intimidad, la justa dedicación que siembra vivir algún silencio ajeno.
Ahí está el punto de partida: la más honda intimidad, no la engañan ni los chips ni los bytes, termina una y otra vez en hermosa y tradicional. Internet lleva siendo demasiado tiempo mi altura y mi precipicio, mi manera de pararme, mi biografía mal contada, como a trozos, pero hasta demasiado verdaderos. Rendiré hoy, pues, mi mayor homenaje al homenaje que me dieron muchas veces, desvestiré mis silencios, mis insomnios que siempre tiene el sueño, seré más desvergonzado y propio como entre líneas, con los versos que han escrito otros, entre pausas prolongadas adrede para comprobar si es cierto que hago perder el indebido recato porque nunca debe existir, es mejor contarlo todo con todas las posibilidades.
Me he hecho más que mayor en la red, le he obsequiado tantas horas a Internet para saber de la última novela que iba a leer, para notar la cercanía, el trastorno que siempre produce las ganas de esa carecanía. Es curioso, siempre encontré un tiempo para la alegría y otro para la tristeza, un tiempo para los abrazos y otro para la renuncia. Y me daba cuenta en qué momento me encontraba cada vez. En eso he sido casi maestro: he notado la inclinación femenina a ceder, como decía ayer, cuando me decían, más o menos, “por favor, quédate” o el tono triste que se siente cuando no tienes respuesta, cuando callan, no sabes por qué.
Antes he dicho que aquí mismo he llegado a obtener mi altura más ansiada y a la vez me noto ahora como al borde del peligroso precipicio. Aun sintiéndome en semejante peligro jamás renunciaré mientras me quede una palabra por poner atracción a la fascinación. Me la dieron tantas páginas de los libros aprendidas, mi amor a la vida, mis ganas de placer que en lugar de saciar, encadena, vicia, afortunadamente, para cumplir entre letras el ritual oscuro y feroz del apareamiento.
No estoy hecho ya para demasiadas dignidades, por eso estoy aquí, hace tiempo que es mi rato más cercano y más propio, formo así parte del medio más universal de comunicarse centenares de millones de seres humanos. No es que estuve fuera, es que llevo ya una larga parte de mi vida, dentro. Bien pensado me parece que la red es una hermosa manera de contar las formas equivocadas de vivir que nunca nos atrevimos a decir.
Desde esta altura, desde este precipicio llego más al conocimiento propio y de los demás, es mi supervivencia sin decepción luego, una innegable manera de luchar contra la soledad que todos tenemos dentro. Lo que cuento es una especie de locura para poder conocer la que sea ajena y de esta manera, hacerla propia.
Me volví loco desde muy pronto con la primera tecla, con el primer correo que fue una manera de recobrar la antigüedad que tenían los correos para poder convertirlos en lenguaje de hoy. Porque todo es hoy, será mi suceso al salir de casa, el libro del filipino Miguel Syjuco que acabo de dejar sobre la mesa; es hoy insistentemente cada vez, es mi propia madurez o mi mejor vejez porque cuando uno envejece ya no queda otra cosa, pues no es la vejez lo que corrompe sino ya no poder sentir la juventud en tu ser.
Me he hecho insistente, porque lo que me sucede, quizá sea por última vez. Se me terminó el manual de lo que puedo y lo que no puedo hacer y eso que quisiera tener todo a mi disposición sin tener nada que ofrecer. Pero es la única manera del más tierno recreo porque cuando vengo aquí, a este hueco que me hice en la red traigo junto a mi propia locura, una pizca de perversidad oculta, encontrarse bien, hacer todo esto bien.
Seguiré otra vez, desde mi altura, desde mi precipicio que ido creándolo yo mismo, para explicar el derecho a la felicidad, a ser mejor, como un suspiro propio humano y cordial. Hablaré por capítulos de las historias de amor que son posibles, como todo puede ser cierto detrás de lo virtual con el debido atrevimiento. De lleno en un país cuya frontera me atreví a cruzar en la espera del deseo del que hablaba ayer.
lunes, 14 de febrero de 2011
ME GUTARÍA ESCRIBIR UNA DANZA DEL DESEO
Ya que la escritura es una perversión de la vida, pero la ocupación más noble. Hacerlo con la astucia y paciencia del afecto y poder así convencer de la convivencia, una buena compenetración, saber estar juntos. Por ahí anda siempre suelto el deseo. Me gustaría esta vez saber expresar la sonrisa que uno debe llevar dentro para que cualquier cosa que te imagines deje de ser una fantasía y pueda convertirse en el comienzo de cualquier realidad. Pero en el plazo más breve posible, como si estuviera contando ahora lo que es el deseo más obsceno, más completo, rodeado de libros, de mi conversación civilizada y culta. Vendré a buscar junto al empuje propio, esa inclinación femenina, a ceder.
Ya está, voy a ver si lo puedo hacer como una ola de ternura nueva que vengo callándomela demasiado tiempo. Será la mejor prueba contra mi propio tiempo breve, llenar así ese cuarto de estar cómodo y propio, compartido con lo que tengo detrás. Recordaré el increíble detalle de hundirse en una mujer, que viene a ser como suprimir de siempre el espacio que ocupa el pudor. Lo suprimiré, lo contaré porque estoy seguro que escribirlo otra vez vendrá a ser pasar página igual que el cruce de piernas de una mujer, parecida a la vieja elegancia de estar casi en otro mundo. Ya me hace falta, sin dolores ni quejas, que son la estupidez mal callada.
No habrá puntos intermedios para disimular lo bueno, estaré como decía, ocupado casi todo el día experimentando para poder contarlo luego. Las historias con queja son un fastidio, es demasiado divertido eso bueno que siempre tuvo el deseo para privarse de ello. Suprimamos pues, lo duro que queda cuando no hay afecto, por ahí se escapan la mitad de los núcleos donde apoyarse luego, los buscamos y no quedan o no estuvieron. Vamos a pasarlo bien, con ese cargamento propio e inherente de cada sexo. Sin viejas confesiones que suelen traernos lo peor que tuvimos y por eso nos lo callamos, lo pasamos mal cada vez que hablamos en lugar de ocuparnos de lo mejor nuestro y lo que tiene el otro que debe ser mucho cuando lo buscamos y lo hallamos. No nos empeñemos en embarrar el poder que tiene la ternura que está ahí cerca.
Y ni mucho menos ese deseo sólo lo satisface el sexo. Hay una felicidad que es puro apetito sin tenerlo terminado. Cuando saciamos la carne queda la mitad de la carne todavía. Si nos preguntan hacia el final, ¿cómo fue? Pues estar bien con alguien es una de las mejores cosas que puedes hacer si te mantienes vivo: antesala, principio y final de tu deseo, cobertura de no tenerlo terminado cada vez, de esperar el siguiente, sábanas nuevas, un roce diferente, una comunicación que no tuvimos antes, palabras que jamás escribimos. En definitiva, eso sí que hace falta llevarlo puesto: enamorarse, que es una historia tan vieja como la humanidad. Eso lleva consigo una indudable calidad como si no la tuviéramos en cuenta. Comunicarse - quise decir antes y sino lo digo ahora- hasta empezar la danza y no soltarla luego
Pues llevo años pudiendo dar envidia, almacenando preguntas de cómo hay que hacerlo. Es muy simple la fórmula, vive dos películas bien hechas, la ajena y la propia y mirar cómo se desenvuelven. Me gusta Antonio Orejudo cuando en su “Tiempo de descanso” lo explica: "La gente quiere ver follando a la vecina de al lado, a la cajera del supermercado, a la profe de baile. No le importa que la calidad de la imagen sea mala. Lo comprende.”
Pues que todos entendamos que con quien consigas comunicarte arañando de cerca ese inevitable deseo cualquier cosa que te imaginas deja de ser una fantasía. Será el logro propio, que es lo único que entiende todo el mundo, no de justicia. Basado en la lealtad que tiene un atractivo final parecido a cualquier sexualidad. Es mi triunfo, mi deseo, mi victoria, una nueva religión, casi vieja, un fondo verdadero difícil de explicar.
Una manera ideal de ir cubriendo las necesidades del día. Gusta y disgusta por sí mismo, verídico, sin trampa ni cartón. No se me ocurre mejor símil para explicarlo, decir que es una búsqueda apoyada desde siempre en un día a día despampanante y tenaz. La mejor forma de ejercer la libertad es a medias sin sacar nunca la cuenta.
Ya lo diré de una vez: lo más hermoso que he encontrado en este mundo es una cara de mujer cerca sin almanaques propios, todo es hermoso, todo merece la pena ser vivido, hasta el dolor porque detrás del dolor –más o menos lo explicaba el otro día- detrás, está la vida.
Pues la danza del deseo que me gustaría escribir procede a la vez del alboroto de la carne y de un intenso entendimiento.
lunes, 7 de febrero de 2011
LA VEJEZ TAMBIÉN ES UNA CUMBRE
Y puede ser una sugestión, un criterio, una manera de llegar a la última lujuria, a la ternura que aún nos queda, la excusa para buscarse todos los caprichos, excepto los que no te permite el cuerpo porque en palabras de Carlos Marzal, “lo fuera de lugar era un concepto adolescente, pero no un criterio de vejez.” Me voy a permitir, pues, aunque no me dejen, cualquier cosa, venga o no a cuento. Tendré siempre vivo el respeto ajeno, pero ese rincón propio como hacíamos con los juguetes de cuando éramos niños no lo modificarán las circunstancias porque me queda todavía una capacidad de gozo de la que no tuve noticia hasta ahora.
Es nada menos que una cumbre a base de detalles que el más fogoso amor de juventud no me permitió saber que existían: lo vengo haciendo, me lo vienen haciendo ya muchas veces, muchas noches, noto una mano que simplemente pregunta, ¿estás despierto? No hacía falta preguntarlo, sabía que lo estaba por el ruido opaco de la almohada, por la forma de estar acostado, nunca del lado que me duele, por un simple carraspeo de garganta, arreglar el edredón que se estaba cayendo. No se trata de nada especial, es un registro de la carne, cansada y acumulada, a falta de catálogo ya, impaciente por no encontrar la mejor manera de ponerse. Es nada menos que la presencia de un hombre junto a una mujer que llevan así casi todo el tiempo que han vivido, es hacerse viejo sin que sea tan molesto todo lo molesto que es hacerse viejo.
Desde arriba de esa cumbre escribía hace unos días sobre el dolor. Me ha parecido al volverlo a leer como si le estuviera haciendo algún mal gesto y se trata sin duda de un grave error: nadie se conoce mientras no ha sufrido, ni sabes del todo de los demás, cómo eran, cómo van a llegar a ser. Ni yo mismo seré capaz de entender bien lo que hice porque de joven no sabía lo que tardaría la memoria en dejarme libre. Ahora ya lo estoy, ya miro desde arriba, desde esa cumbre, depauperada pero cumbre, gloriosa tantas veces. No es que quiera alardear de ella, pero es que puedo pensar lo que quiera y expresarlo como si estuviera todo sin decidir todavía.
Vivir todo este tramo y lo que encierra, que se me está acabando, es una manera de decir adiós sin decirla, es un placer solitario, narrable, manejado con la mecánica propia que me otorgan las palabras, las tantas palabras que he leído. Contar todo esto que cuento es como ser amante desde siempre y para siempre, son los instantes, quizá los mejores instantes.
He llegado donde estoy, escribiendo muchas veces en los huecos que me permitía la red, haciéndolo con mucha gente de la que en cualquier caso siempre guardaré buen recuerdo para que a su vez lo tengan de mí. Vine hasta aquí con un anecdotario propio, con sucesos de mi día a día. Todo forma parte del equilibrio.
Estos días tengo para añadir cual una continuación a mis múltiples gestos, cómo me someto a la curación de una herida. Paso por distintos Centros de Salud, cruzo diferentes puertas según el día de la semana que sea y me encuentro a diferentes enfermeras. Mechar esa herida es como el abc en su trabajo. Milímetro más o menos vienen a hacer lo mismo. No así el cariño que ponen en ello. Pero, Pilar, Lola, Irene, Camino lo hacen como quien besa por primera vez, me hacen creer que los 2,2 mm de profundidad ya son tan sólo 1,8 y que supuro menos, con una complicidad mutua, una confianza aprendida en los manuales para curar cualquier herida.
La juventud no tiene ese sitio elevado desde donde poder ver casi por completo la duración que van a tener las cosas sin saber el final, sin tener la placidez y el aplomo como una especie de sabiduría gratuita, completa, llena de intimidades que ando desplegando. Ya me he untado con esa especie de barniz corporal que dan las personas elegidas, los sucesos desconocidos que no sabíamos que íbamos a tener, como el andén de una ciudad a la que llegamos tarde.
La vida destruye y remplaza, derriba y suple, pero es acogedora como un gran hogar.
viernes, 28 de enero de 2011
LA PACIENCIA DEL DOLOR
El dolor exige su paciencia. algo tengo, pero a la vez lo sustento en un importante pedestal de salud que me ido fabricando utilizando esa misma paciencia. El dolor reclama, es a veces exigente, pero te obliga a tener una calidad propia que no tienen quienes apenas sienten señales del mismo. Mi calidad me sirve para sonreír y poder decirle a quien puede provocármelo, no te preocupes, el dolor es cosa mía y la resistencia es mía para siempre, densa y profunda. La practico ya de mañana, como mi perfume de salir de casa, mi estirpe propia, casi mi apellido a medias entre los que traje desde mis padres y me ido haciendo con tantas letras ajenas.
El dolor, mi dolor en este caso, físico y pertinaz, no es de grandes ocasiones ni de solemnes proporciones, es ese diario hasta con recordatorios de medianoche, pero que encierra entre los libros que estoy leyendo su forma poética, la línea de cualquier verso para que me lo vaya dulcificando. Y sobre todo aspiro a sacarle partido al cuerpo fuera de su sitio. Necesito, su barniz, su gravedad, como una belleza que nunca tuve y que ahora a base de paciencia puede adornarme hasta la propia vejez mal llevada.
No pasa nada, porque esté escribiendo como una elegía al dolor bien hecho. Tantas y tantas personas en el mundo, en este momento, lo estarán sufriendo con niveles lo suficientemente importantes para que sintamos hacia ellos una generosidad con el cariño que antes no tuvimos. El mío ya lo siento propiedad y usura como un descubrimiento que hace más de veinte años vengo padeciendo, complacido en el intento de alcanzar con él su calma, su espacio, su derecho.
Es como haber creado una intimidad que nunca dejará de haberla ya, como el límite que tiene la piel.Hay momentos que parece que se difumina, se aletarga, como si se quedara más quieta, pero donde hubo un día, un momento, esa intimidad, siempre queda, ya la tengo en propiedad. Lo que llamo intimidad puede ser muy bien una especie de conjunción como dos cuerpos que han copulado y siguen notándolo cada vez que se encuentran. El dolor es la encarnación ya en mi vida, el pasado, el presente, su insistencia futura.
Tampoco querría darle demasiada importancia, como a tantas cosas de la vida, al dolor que duele. A fin de cuentas formará parte del resumen de mi propia vida, acumulará momentos, de esos peores, pero nunca decisivos. Lo que se tiene luego en cuenta es aquello que se encarama con nosotros, provenga de donde provenga. Hasta doliéndonos algo pesa en la queja, su por qué, se busca su razón principal, su raíz, eso que digo, su importancia. Habrá, pues, que guardar silencio de él, callárnoslo a solas a pesar de la insistencia a veces. Lo dicho, es cosa de paciencia, más que de importancia.
De lo que sí que me acuerdo es de su debut corporal, como si fuéramos a ser pareja para siempre. Me fui documentando, preguntado a unos y a otros, esto cuánto dura, cómo es, cuáles son sus límites. Y supe, de acuerdo con la necesaria intimidad que mencionaba antes que para hacerla completa, rica y voluptuosa, alguien me explicó que vendría a ser como los besos de boca, o te convences antes o nunca sabrás darlos. Era, nada menos que el reinado del cuerpo, su humedad, su mundo entero. Parecido a estar con una mujer admirando su boca, sus pómulos quietos, el punto acre de su exigencia tantas veces. Matrimonio perfecto para ser matrimonio, sensorial, prolongado. El debut para casarse fue como la carne cruda de las murmuraciones, ¡qué mal tenía hecho el cuerpo!
Por eso, traspasado el umbral del debut, su belleza, su resistencia está en el cimiento de la paciencia, porque hay detrás una capacidad de gozo, una propiedad que me otorga así el derecho a contarlo, a saberlo. Algo sé del dolor, algo voy aprendiendo.
domingo, 16 de enero de 2011
PERTENEZCO A LA CUNA DEL ESFUERZO
Y jamás me derrumbaré de bruces porque ese es mi reglamento. Incluso podría ser que mantener una herida abierta a la altura del trocante fuera rentable hasta el punto de vista artístico, pero habría otra razón, los que arrastramos algún daño desde piel para fuera o desde piel para dentro, aguantamos así, con todo abierto. Mientras, no ha pasado nada, que me ido haciendo viejo.
Cada mañana siento luego una segunda piel con la mecha dentro, pero a veces aviso el recuerdo, la recomendación de agarrarme a lo bueno, de establecer una dependencia que puedes notarla en ese momento: la cura la compensas con una lágrima además dentro. Es mi forma de acudir al llamamiento, establecer una intimidad con el expresivo encuentro de las coincidencias.
De ahí me viene todo: quedarme con lo bueno es la mercancía que llevo puesta, el almacén del tiempo, hasta incluso también tengo mi libreta y mi poética de los versos con los libros dentro, ese desierto sin soledad al hablar tanto de ellos. Junto, pongo mi esfuerzo y en muchas ocasiones me vale el reino de la cosas tal como empezaron siendo, tal como siguen siendo, no se sabe muy bien si se trata de una recomendación, sin que se note apenas, o una dependencia.
A pesar de todo, ya lo dije, tengo esa involución crepuscular de los que nos hemos hecho viejos, “ebrios en los bares de moda” con algún poeta, con la copa en la mano leyendo en voz alta a una mujer, llegando con la lectura a hacer que se sintiera apenas violada de cariño y se trataba simplemente de alcanzar alguna certeza para andar por la vida. Pero nos alimentábamos de la contundencia de ese instante como si nos hubiéramos extraviado y aquello fuera un acierto además de un hallazgo.
He sentido todo eso, así me he fortalecido, he encontrado las palabras para lo sencillo, que no es fácil decirlo y menos sentirlo. El otro día anotaba esta cita de Cohen: “Cada hombre está solo y a nadie le importa nadie.” Pero está lo que te trae cada día, está nada menos que la vida con su belleza y el misterio imperturbable de lo que a cada uno le dura. Y puedes importarle mucho a alguien, por eso yo mientras voy enterándome de las historias que tiene la gente, de hasta dónde llegará su resistencia, de la verdad del esfuerzo si lo llevas desde la cuna puesto.
Entretanto voy engañándome con las cosas a las que yo les voy a poner el final, a la altura de cualquier trocante; aferrándome hasta llenarme de anécdotas de la mano de alguien sin poder hacerlo todo al instante con los momentos que vienen, que enfrían el ambiente pero frente a los que me impongo, por aquello de la cuna, del reglamento, agarrado a la victoria, luchando contra la aspereza si viene, pero firmes para hacer memoria, saber que donde estuvimos, por donde pasamos dejamos la huella del esfuerzo, la aprendimos antes, fuimos a cualquier escuela humana, donde únicamente al salir dimos las gracias.
Esto me está pasando, me seguirá pasando porque los huesos no miran el calendario. Pero los míos van a acabar enamorados hasta de mis vaqueros cuando me los bajo para que puedan curarme, porque los vaqueros –ya lo dijo Marzal- “no son una simple prenda de vestir. Son un logro civilizador, una dádiva entregada a los hombres del mundo.” Los míos al bajármelos (a lo mejor mientras, se me cae el iPhone del bolsillo e Irene me dice, toma, esto es tuyo) son un aviso cada mañana de que voy a tener otra mañana.
Me frotaré de nuevo con el día, con la fortaleza y la ilusión de que es un nuevo día y yo una criatura, tan viva y tan sencilla que emprendería al instante el idilio de amor que tiene la mujer; la mujer en singular, ese extraordinario ser humano del que vengo aprendiendo en pleno idilio, casi respirando boca a boca, beso tras beso, convexo para una mano cónica.
Mi carácter es así, entregado y provocativo, con los argumentos necesarios siempre para que en cualquier momento sepan perdonarme. Siempre mantengo el nivel de la piel, de la mirada, donde está la otra piel o la otra mirada para crear eso, la intimidad. Mi dureza de hombre frágil, os lo puedo asegurar que es un descubrimiento de una capacidad juntas de gozo y resistencia, igual que hace tantas veces brillantemente la noté en la carne.
Así me reconozco ante un pequeño acontecimiento, una herida abierta a la que no le negué el permiso a tiempo, que lo cuento porque eso sí, siempre me llegan las palabras en su debido momento, debe ser de la misma cuna, del mismo esfuerzo.
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