Se trata de buscarla a tiempo, de encontrarla a veces sin que me entere, me basta con que se enteren los demás, a todos nos pasa, son puntos de nuestro modo propio y una vez en ellos, todo se prolonga, casi tiene la extensión misteriosa y sin fin de un muslo de mujer, nos sentimos a gusto de tener ese hondo hueco y poder compartirlo.
A mí me privan muchas cosas: tomarme la felicidad antes de tiempo, casi por adelantado, vivir entre una esponja de palabras insaciables, encontrar cada vez la postura idónea que tienen los abrazos. Me conmueve la magia de los adjetivos a tiempo, leer entre los versos ajenos cómo se pueden decir tantas inquietudes a tiempo cuando yo siempre fui mal alumno haciendo versos. Sin embargo me he pasado años repitiendo y repitiendo poemas con mi cuarto a oscuras, tentado en aprenderme poesías ajenas, vivir como si fuera poeta, más o menos otro medio de locura.
Con todas las cosas que tanto me gustan -ya lo dije hace días, me parece- le he preguntado al descanso por el propio descanso, he hecho una pausa en aquello que menos falta me hacía y me voy a quedar esperando para poder disfrutar, disfrutando, el hueco más hondo de mi personalidad, justo el punto exacto donde puedo temblar. Y una vez lo haya hecho bastante, todavía sentiré que me queda ese descanso tierno, que soy capaz de prologar con los ojos y el silencio, por ejemplo, en unas niñas que se han hecho mujeres mientras yo no las veía. Hasta me atrevo, con una de ellas, con su amigo cerca, a decirle la osadía, oye, es más mía, a ti te falta todavía mucho tiempo por tenerla. Mientras, ponía mi mano en su cintura como una hora quieta, apretaba algún pliegue para desplegarlo luego y al final siempre dejo en un momento algún beso desperdigado por su cuello. Aunque jamás termino de la misma manera.
Otro motivo –lo que cuento- de sentirme en la hondonada donde tiemblo.
He construido vida cerca y lejos, he prolongado los esfuerzos, he preguntado, he reclamado ese cariño, y ahora que tengo lazos imborrables y prolongados, he adquirido un derecho, porque siempre a la gente que quiero, esa parte irreductible, quieta, provoca una inflexión que marca el resto de mi vida. Todo eso forma parte del fondo donde existe el riesgo de encontrarlo y quedarse porque ya no suelto lo que allí poseo.
Cada noche cuando tengo insomnio gratuito, a veces consigo estarme quieto y hago eso, me pregunto, ¿qué te queda del fondo? ¿Qué va ser lo que más ayuda te aporte? Pues eso, estarme allá en lo hondo del hueco, donde se haya lo mejor que soy y lo más valioso que tengo. Tiene la querella de la aceptación, como quien le pide al ministerio fiscal de la vida, que sea más benevolente, Que me saque bien las cuentas porque tengo raudales de cariño verdadero y regalado, todavía pendiente; porque tiendo las manos y nunca las vuelvo; en las caricias hago siempre eso, -como en el ejemplo propio que cuento- el recorrido hacia la cintura de la niña ya mujer, y cuando se trata de una amiga que se acerca, le hago sitio para que pueda ser parte de lo mejor que tengo, de lo que sueño a veces, antes o luego del insomnio.
Sigo queriendo –de ahí las apetencias que tanto aprecio- ser el protagonista ciego de sacarle el jugo a la vida, a cada sensación, a cada momento, de hacerme así más personal y más propio. Odio la lentitud que me impone ya el cuerpo, pero aún llego a tiempo, creo; aún conservo la religión de aprender en cuanto noto la espera y el olor en labios ajenos. Para poder ir así a parar al final, al resto más propio, a lo mejor que tuve y tengo y poder provocar al menos un ligero temblor, cambiar el saludo por el verdadero cariño. Para temblar conjuntamente. Puedo conseguirlo.




