martes, 14 de abril de 2009

Tengo una hondonada donde tiemblo



Se trata de buscarla a tiempo, de encontrarla a veces sin que me entere, me basta con que se enteren los demás, a todos nos pasa, son puntos de nuestro modo propio y una vez en ellos, todo se prolonga, casi tiene la extensión misteriosa y sin fin de un muslo de mujer, nos sentimos a gusto de tener ese hondo hueco y poder compartirlo.

A mí me privan muchas cosas: tomarme la felicidad antes de tiempo, casi por adelantado, vivir entre una esponja de palabras insaciables, encontrar cada vez la postura idónea que tienen los abrazos. Me conmueve la magia de los adjetivos a tiempo, leer entre los versos ajenos cómo se pueden decir tantas inquietudes a tiempo cuando yo siempre fui mal alumno haciendo versos. Sin embargo me he pasado años repitiendo y repitiendo poemas con mi cuarto a oscuras, tentado en aprenderme poesías ajenas, vivir como si fuera poeta, más o menos otro medio de locura.

Con todas las cosas que tanto me gustan -ya lo dije hace días, me parece- le he preguntado al descanso por el propio descanso, he hecho una pausa en aquello que menos falta me hacía y me voy a quedar esperando para poder disfrutar, disfrutando, el hueco más hondo de mi personalidad, justo el punto exacto donde puedo temblar. Y una vez lo haya hecho bastante, todavía sentiré que me queda ese descanso tierno, que soy capaz de prologar con los ojos y el silencio, por ejemplo, en unas niñas que se han hecho mujeres mientras yo no las veía. Hasta me atrevo, con una de ellas, con su amigo cerca, a decirle la osadía, oye, es más mía, a ti te falta todavía mucho tiempo por tenerla. Mientras, ponía mi mano en su cintura como una hora quieta, apretaba algún pliegue para desplegarlo luego y al final siempre dejo en un momento algún beso desperdigado por su cuello. Aunque jamás termino de la misma manera.

Otro motivo –lo que cuento- de sentirme en la hondonada donde tiemblo.

He construido vida cerca y lejos, he prolongado los esfuerzos, he preguntado, he reclamado ese cariño, y ahora que tengo lazos imborrables y prolongados, he adquirido un derecho, porque siempre a la gente que quiero, esa parte irreductible, quieta, provoca una inflexión que marca el resto de mi vida. Todo eso forma parte del fondo donde existe el riesgo de encontrarlo y quedarse porque ya no suelto lo que allí poseo.

Cada noche cuando tengo insomnio gratuito, a veces consigo estarme quieto y hago eso, me pregunto, ¿qué te queda del fondo? ¿Qué va ser lo que más ayuda te aporte? Pues eso, estarme allá en lo hondo del hueco, donde se haya lo mejor que soy y lo más valioso que tengo. Tiene la querella de la aceptación, como quien le pide al ministerio fiscal de la vida, que sea más benevolente, Que me saque bien las cuentas porque tengo raudales de cariño verdadero y regalado, todavía pendiente; porque tiendo las manos y nunca las vuelvo; en las caricias hago siempre eso, -como en el ejemplo propio que cuento- el recorrido hacia la cintura de la niña ya mujer, y cuando se trata de una amiga que se acerca, le hago sitio para que pueda ser parte de lo mejor que tengo, de lo que sueño a veces, antes o luego del insomnio.

Sigo queriendo –de ahí las apetencias que tanto aprecio- ser el protagonista ciego de sacarle el jugo a la vida, a cada sensación, a cada momento, de hacerme así más personal y más propio. Odio la lentitud que me impone ya el cuerpo, pero aún llego a tiempo, creo; aún conservo la religión de aprender en cuanto noto la espera y el olor en labios ajenos. Para poder ir así a parar al final, al resto más propio, a lo mejor que tuve y tengo y poder provocar al menos un ligero temblor, cambiar el saludo por el verdadero cariño. Para temblar conjuntamente. Puedo conseguirlo.


viernes, 10 de abril de 2009

El lujo de la comunicación


Creo que es una especie de riqueza, una peculiaridad de estar vivo, una necesidad, la forma de matar la soledad oculta. Lo he vivido estos días al venirme a una especie de rincón junto al mar, un sitio muy propio, familiar, donde vivían mis hijos su forma de jugar y nosotros con el cansancio de una semana tras otra de trabajo, dos personas, que allí en este “mareny blau” o estrella de mar azul, acariciabamos el mar y le pedíamos reponer las cosas de nuevo.

Esta semana santa, mi ocio ha vuelto a estar en asomarme a esa terraza frente al mar con el típico y vulnerable frio de estas fiestas caigan en las fechas que caigan. Es una especie de maldición, son siempre Pascuas que nos esconden el sol muchas veces, pero que me ha permitido de nuevo al recorrer los viales de esta urbanización, en cada esquina de una edificación, o en la terraza de cualquier bar encontrar siempre a alguien que se levantaba adrede a saludarme. Se comunicaba, me comunicaba, me daba y le devolvía.

Siempre lo tuve ese pequeño poder mientras pasaban los años, las Pascuas, los veranos, mis hijos dejaban de ser niños, pero a mí me quedaba el recuerdo del esfuerzo de tener un sitio aquí. Nadie me lo regaló, como nada en esta vida, esa estrella de mar la obtuve con muchos años de trabajo, con la insistencia para estar aquí. Nacemos en calidad de hijos y debemos morir en calidad de padres, lo contrario es contra natura, si te toca vivirlo te destroza hasta los recuerdos que me trae este mar cada vez, es mío con los que me quisieron, sigue siendo mío con los que me encuentro y vienen claramente a buscar ese encuentro.

Mi padre, siendo médico, llegaba antes a los pacientes, a los enfermos, que a su propia enfermedad o sufrimiento; mi padre supo enseñarme a acercarme a la gente, a quererla y sobre todo a no dejar de quererla; y ahora todavía más cuando me queda mucho menos tiempo, pero aún me paro, todavía me paran, buscan de mi persona a la persona -me lo escribía alguien esta mañana- no me preguntan casi nada ni yo a ellos, es la hermosa complicidad de los silencios, la más opaca y tierna forma de comunicarse.

Ya lo sé que muchas veces desconcierto y fascino porque busco el ángulo de poder abrazarse y cómo admirarse mientras mantienes la miraba firme y decisiva. Es como una forma que todavía me queda de crecimiento, no he terminado de crecer mientras pueda quizá invertir así, subvertir esos valores clásicos del crecimiento. No he terminado de aprender, porque esa cultura inagotable del ser humano, sea cual sea su origen y hasta su formación, si hay detrás una sana intención me sirve de enseñanza a la que todavía llego a tiempo.

A estas alturas nunca doy un balón por perdido, escalo los muros que no puedo, me queda a veces la miseria del sufrimiento; he inventado unos parches para seguir el relato. Llego a la comunicación porque me queda ritual, pasión, desafío, el camino necesario para alcanzar esa extraña madurez cuando ya la pasaste, pero nada ni nadie me obsequió con la facilidad de llegar a ella sin esfuerzo.

A la gente, que me para –incluso aquí junto al mar- hijos de los que fueron mis amigos, que me llevan entre treinta y cien años más o menos, les digo anda, anda, sigue, que te queda mucho camino por andar para dejar como hice yo en la arena, justo, justo al borde este de mar, dolores y sufrimientos, alegrías, soledades compartidas que apaciguaba con el roce del deseo, ya verás cómo te viene algún rato de felicidad luego, de entereza al menos contigo mismo.

Eso me queda a mí, a eso vine esta semana santa, junto al mar, para comunicarlo con los demás, para poder presumir al menos del lujo de la comunicación bien llevada, una cosa así como la fidelidad a la mujer amada, y qué consiste en dejar que el amor no se te escurra, hacer que tus ojos se te enganchen en alguien. Eso le he dicho al mar esta mañana: quiero sobrevivir a la ternura, mantener como ese lujo de todos los hombres, caer rendido, roto pero vivo, exaltado, voy a ver si lo consigo - es cosa de tiempo- no tener ni principio ni fin.

lunes, 6 de abril de 2009

¿Qué edad tienes?


Tengo la edad de mis palabras, la intención y el destino. Tengo para quién me lo pregunta exactamente la edad de ella, ni un día más, ni un día menos, sólo la edad del encuentro, del instante, de la manera que necesitas, que cuando ella abra sus ojos se encuentre con mis besos amados, algo así como dice la imagen. La edad de la necesidad, de alargar la mano para buscar o para dar. Es difícil y bella esa edad, pero tiene el marco de la inmortalidad. La mía es tan pretenciosa que eso quiere, que me busquen, que me encuentren, que una vez hecho el trato, notado el tacto, coincidamos perfectamente en las ganas de tener la misma edad.

Con esa única edad que tienen los abrazos, hasta romper los siglos en pedazos, te equivocas a la hora de enumerar los recuerdos, te pasa un poco que acumulas tus infancias, la soledad que te quedaba en las arterias y percibes otra edad que no es nunca la real, ya quedamos que debe ser la misma al tener las manos entrelazadas, en ese estado de ánimo compartido, ese hueco insolente antes de juntar los cuerpos, ese pequeño sitio, es la edad, por lo menos es mi edad.

También me ocurre, tomo conciencia –como todos los que queremos cumplir cien años, o volver a la misma edad del quién tenemos al lado- que notamos la más hermosa posibilidad que posee el ser humano: no he terminado de aprender, luego me han devuelto de golpe la juventud que me robó alguien para consumirme de nuevo en un amor ardiente, en la sabiduría de los recuerdos ahorrados, en el aprendizaje de unos ojos abiertos sólo para mirarme. Hay un conocimiento en las personas y en las cosas que has amado que son cultura y compañía, la edad que te preguntan, la que nunca ocultas, pero que es la misma a la que engaño cada mañana, desnudo, frente al espejo de las cosas recientes.

Tengo una edad que me remite, me viene devuelta en cada carta, en cada página escrita como si tuviera lo mejor que tuve cuando tenía treinta años, es decir, tener treinta años. Me inventaba propietario de una madurez que aún no tenía, un sentido común -regular de común- me quedaba más bien con la imperiosa lujuria del tacto cada vez, las atenciones, las palabras tan nuestras cuando compartíamos cigarrillos y carmín. Por eso vuelvo atrás cada vez, no me compensan las ilusiones nuevas a costa del beneficio de una edad más templada, más juiciosa, quizá porque nunca fui templado y juicioso.

Eso sí, tengo una edad muy insistente y en realidad me gusta seguir teniendo la relación del amor, sin piedad, que nada le satisface que no puede esperar paz alguna. Pues me da lo mismo, ¿para qué quieres la paz? Si se me acaba el coraje –ay, joder que no se me termine- esa cierta edad del placer del sexo, para siempre por el tacto de las manos y por el tracto sucesivo de la entre pierna.

¿Qué edad tienes? Y al ir a responderle, se me quebró la voz definitivamente al escucharla, al decir que quiero que sea igual la mía, ese tipo de voz, que -¡maldita sea!- tiene la juventud para siempre, pausada y bella, que te lleva de parte a parte como si amar fuera poder pensar en voz alta con otro ser humano, o sino la obediencia a una voz, a una entonación. Entonces la edad, puede ser un recuerdo que guarda uno así entre la lengua, un aliento, una manera de haberle dicho exactamente la edad que tengo.

Tengo la edad más bonita de la vida por las ganas enormes que le sigo teniendo a la vida como un borracho permanente de la taberna de la esquina que sólo piensa en el vino y las mujeres. Mi bebida favorita es encontrarme las palabras que me hacen falta cada vez que hablo con las mujeres y la vida, porque también le hablo todos los días a la vida.

jueves, 2 de abril de 2009

Tengo los años incompletos


Nunca tuve bastante, ni lo tengo ahora, igual que el otro día decía que si en algún momento me sentía dueño del lenguaje y multiplicaba por mil las sensaciones que puede uno contar, soy consciente que no he hecho lo suficiente, que quiero más. Por eso mucha gente se extrañaba que me gustara tanto el trabajo, que ahora lo reclame, me lo invente, no pare. No quiero ser un número primo sólo divisible por uno o por sí mismo, rechazo su soledad, la que estos días le leía a Paolo Giordano, un chaval de 28 años, turinés licenciado en Física Teórica, no quiero sus números “sospechosos y solitarios”. Quiero ser un número normal y corriente, más todavía, un número con la ilusión de 20 años, que va a ver lo que le falta por hacer, por conocer, por entusiasmarse.

Es como si tuviera dentro de mí una especie de promiscuidad para con la vida, un permanente desafío, una provocación, una rebeldía meditada y consciente. No quiero tomar lo que la vida me ofrezca, quiero más, como una inmensa propiedad particular alargando el dibujo mal trazado de mi caminata diaria. Tengo prisa, ahora que me lo podría tomar con cautela y prudencia, tengo demasiados pedazos incompletos, no quiero un corto presente impersonal e higiénico, necesito todavía un futuro obsceno con una neurótica necesidad de ser querido en exclusiva como si no quedaran más hombres en la tierra.

Yo pongo todo de mi parte, cada vez, cada mañana entera, cada tarde aunque se me termine ya a pedazos, las caderas sean como una sustitución del recuerdo, arrasaré con mi palabra entre los libros ajenos o ante quién sepa aguantarme en sus ojos la mirada de hombre, incompleto, buscando la manera de completarse. Procuraré cada día hacer cosas diferentes, la reiteración de las mismas pierde efecto, buscaré cada ocasión en que tenga la calle delante con su sabiduría, el lujo en sus esquinas como un smoking que no alquila nadie, cada ocasión lo saco del armario de ropa que aún tiene pendiente horario y vida.

Yo le he hecho y lo seguiré haciendo: escribiendo sentimientos, a veces compartiéndolos sin límite, esa pista ancha de las palabras puestas entre los labios para otros labios. Lo he hecho y lo seguiré haciendo porque sino ya no me quedaría sitio ni para el intento. Me urge todo esto en cada momento como en la misma sala de urgencias, los mismos boxes donde dejaba la ropa, el móvil, el dinero, casi la seguridad y la confianza. Es un paso previo a que tengan cuarto para que por unos días reposes de tu insistencia y tu empeño.

Pero cuando he vuelto a salir, me acuerdo inmediatamente de las ganas que tengo de todo, de los años incompletos, de quién puede todavía estar esperándome debajo de la última línea, de la postrera confesión, de la urgencia de volver a sentir el sexo, de cada amor –como un invento nuevo- de cada seducción inacabada, de cada libro abierto, porque esos no se atrevían a quitármelos en los boxes.

Tengo con mi coraje una mezcla de ternura mal servida, una mano que siempre está esperándome porque lo estuvo antes y lo estará ahora; tengo otra vez pendientes los comienzos porque cada vez que los suspendo, que los dejo abiertos, los tomo cuando vuelvo de nuevo; tengo la misma soledad disimulada, la obstinación de acabar de nuevo en las cosas que me perjudican; los sueños pendientes de cruzármelos con alguien en lugar que los crucen por otra parte.

Pero, sobre todo, soy el dueño, de una suntuosidad profunda, la que me regala ganar cada batalla; una casta en tono alto a la que no llega conmigo casi nadie. Me permito este orgullo, de haber aguantado los años como un tiempo cansado, difícil, pero que me ha enseñado que hay que vivir fuera del tiempo, que la intensidad está precisamente en el presente.

Y como me quedan años incompletos, voy a hacerlos presente. No tendré en cuenta ni el cuerpo porque demasiado pronto me regaló su deterioro, aunque cada mañana ni me acuerdo de ello. Grito a voces la vida, ese resplandor, ese espacio inventado, un vicio que no quiero quitarme.

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sábado, 28 de marzo de 2009

La literatura, una licencia para mentir


Ahí es donde me escondo. Mis mentiras serán eternas, yo puedo morir mañana pero ellas se quedan, tras haber pasado como un bachillerato de emociones con un trayecto entrañable y breve. Eso hace que me sienta tantas veces –de ahí que utilice la literatura como una mentira propia, bien fabricada, bien sufrida- como ahora, un hombre solitario sin propina ya en la vida. Es mi manera de sacarle a la mañana su tiempo más generoso y más iluminado, como si le hubiera robado dos o tres horas más al día. No es verdad, ya no tiene veinticuatro, le ha de quedar tiempo para mis mentiras.

Puede que me llegue en un descanso, en una hora intacta –como regalado por alguien- un despojo de un amor que no tuve o no supe reconocer o darle el inmenso valor que tenía. A la espera, bebiendo, como en dos posturas, una copa de alcohol para vivir y otra para beber. Eso me ha llevado (no lo pude remediar o no conseguí hacerlo) a sentirme como ahora: un hombre ya maduro y dolorido, como inscrito en un sindicato vertical hace no sé cuántos años, eso que me permite hacerle la guerra a mi guerra y querer ganársela luego. Antes fui capaz de ganarla siempre, ahora ya es una especie de derrota íntima que no sé cómo viene, pero viene.

Cada vez escribiendo insisto más en un puñado de metáforas –como en su día hicieron felizmente Cela y Umbral. Y voy intercalando así una cita feliz y equivocada que a mí ya no me sirve. Será mi vanidad, mi presunción, (debe ser que llevaban razón cuando me lo dijeron) pero me da lo mismo, todo se viene abajo cuando tienes suficiente poder con las palabras por sí mismas para decir lo que sientes. Y lo tengo para darle luego forma de vicio. Eso es el lenguaje, multiplica por mil cada hallazgo, cada pensamiento. Nadie lo ha dicho mejor que Lila ó Espe, tengo que averiguar cómo se llama muy en la intimidad.

Contaba Reyes en su blog “Por aquí vamos bien”, con esa extraña religión que tienen los poetas, que “de noche saben desmenuzar los miedos/y esperar el alba con los ojos abiertos” y le contesté que mi noche es incompatible con todo lo que he hecho. Como veis voy intercalando las metáforas y los versos buenos.

Así, pues, no tengo secreto. Con la literatura por en medio y el poder del lenguaje vengo engañando. Finalidad: sentir yo menos daño con la forma más literaria de mentir, desentenderme poco a poco de las cosas amargas que me trae la vida, ésa es mi licencia, ahí queda el hueco para que me perdonéis luego.

Pero siempre tendré el propósito de la belleza, eso sí. Ahí echo mano de mi mayor ingenio como cualquier hombre, de la propia modestia del ingenio (no es vanidad, es un intento). Pero tener siempre presente que cada uno escribe siempre lo que sufre, sino no escribe. Es verdad, buscamos la belleza y lleva razón el poeta Carlos Marzal, ya que tengo en mis manos “Ánima mía”: “la belleza es verdad sólo si duele”. Mientras busco la belleza, me empadrono con la literatura, mi licencia de mentir y sufrir.

Pero todas esas mentiras, me ayudan a vivir, hasta me defienden de la muerte. Que deje de llamarme un amigo o un familiar que te llamaba muchas veces, más o menos eso debe ser la muerte.

Bueno, ya veremos qué hago, si esconderme leyendo y escribiendo o saliendo otra vez, como si nada a la calle, fijarme en las cosas que me fijo siempre: cómo andan ahora las mujeres, como si volvieran a tener los muslos lentos y anchos de hembra antigua con nalgas redondas y casi desteñidas; y volver a casa, otra vez a que se haga de noche, amistosa en apariencia pero vacía; las ocupaciones como un simbolismo ofrecido de la vida que te hace recordar otra vez los errores de siempre.

Y al final, pasa lo de siempre, los libros con olor a soledad y tinta impresa; el diccionario que a veces estudio despacio palabra por palabra, sobre todo las que escribo muchas veces, las que ya me las sé; la gramática que me busca el sitio para no despilfarrar demasiado lo que escribo.

Y la literatura, la mentirosa literatura de mi vida con su intensidad, su pasión, la soledad que precede.

miércoles, 25 de marzo de 2009

La memoria, el hombre de recorrido corto



Vengo haciéndolo ya demasiadas veces en estas páginas que pretenden ser, al contrario, sueños con longitud. Sin embargo ahora cuando me piden respuestas propias –ábrete, cuéntame- callo, es una manera de decir o es que ya no puedo o no me van a entender. Sería una explicación en forma de romance antiguo: todos los versos que he dejado incompletos; las veces que necesité dar un beso; largas explicaciones que se remontan siempre a aquello, cuando podía hacer lo que ahora no puedo.

Tengo pocas cosas válidas que contar o voy a contar las mismas, no me valdrá victimismo alguno, sí en cambio la rabia, la manera de querer ser y no poder serlo. Era dueño implícito de la calle, me tiraba la calle lo que ahora me tira mi cuarto abierto sin minimizar nunca la pantalla de un monitor insistente. He desplegado muchas veces una de las dos cosas: o una agresividad que me abría cualquier puerta, o una dignidad callada y cotidiana como si fuera un escritor escribiendo.

Dejé una sombra de trabajo veinte años que hace que todavía tengo intacto mi nombre donde caras nuevas saben que allí estuve. Terminaba a lo mejor la jornada con la copa nocturna en el último sitio abierto, más o menos decente. Yo no llevaba el símil del mono sudado de los obreros, pero convivía en lugar de con los jefes -siéndolo- con las manos llenas de tóner de quienes eran nada menos que el Servicio Técnico. Le ponía mayúsculas al departamento por las veces que nos sacaban las castañas del fuego. ¿Te vienes, Romero?

Trabajaba con una especie de mezcla entre un optimismo suicida de que aquello iba a durar toda la vida y fui yo en cambio quién dejé de acudir una mañana porque ya no pude terminar los kilómetros que corría en el margen del rio, cada noche, como una manera de quitarme de la piel los residuos antiguos que me iban quedando por estar tanto tiempo despilfarrando una edad insolente frente a la droga dura de cada día en manos de quienes me cambiaban la vida por lo que se parecía a la verdadera vida, la que no podía vivir.


Pero es curioso, cuando me di cuenta que no iba a poder volver a convivir con aquellos magnates que sacaban con despotismo agresivo, mis conocimientos a cambio de dinero, desde entonces lo echo de menos. Es terriblemente curioso. Iba a tener que vivir un presente impersonal e higiénico, pero antes, en la calle, entrando en los lujosos despachos de quienes no querían recibirme primero; abarcaba el mundo entero como un pubis sin fronteras, me llevaba a casa cada noche el rastro de las calles en mis hombros, los recursos más extraños para salir adelante, era un dios sin táctica, obedeciendo pero exigiéndole a la vida, y ahora es la vida la que me resta, la que me deja profundamente corto cada día.

“Ábrete, cuéntame”, ¿para qué? Si no lo vamos a arreglar, aunque sustituya los recuerdos –que no se pueden explicar, es lo que pasa, lo que ya pasó- por lo que primero parecerán una victoria y luego, es simplemente la vida.

Por eso al estar aquí demasiado tiempo, al sentir tanta rabia cada vez que cuento las mismas cosas que no tengo ya que contar, tengo una neurótica necesidad de ser querido. Si fuera sexo, pues, brutal, recental, ignorante y urgente, como descubriéndolo otra vez. Si es la caricia permanente que tiene el verbo, intercambiarlo como si buscáramos algo que ya no llega a tiempo.

Tengo un vicio que he de reconocerlo: a las palabras les busco el borde, se lo escucho constantemente; más atrás cuento las sílabas; le pregunto a una catedrática de Instituto, el tiempo de los verbos; voy haciendo manuales de páginas de dudas y quebrantos; de Umbral recuerdo alguna metáfora del tiempo que erosiona siempre.

Y me pasa lo mismo con cada página que escribo, este oficio no es nunca un consuelo o una distracción. Pretendo que sea, por favor, una compañía vuestra.


sábado, 21 de marzo de 2009

Desde casa, desde dentro


Aquí vivo, cuando hace falta, el sabor canalla que siempre tuvo para mí la noche; aquí confesaré dos objetivos: que venga de nuevo la mañana y poder ir a cualquier sitio, a por aquello que necesite buscarlo y que no me lo tenga que traer nadie. Nada menos.


Mientras, desde mi casa comencé a hacerlo todo y voy a terminar las cuatro cosas que me quedan, las de todos los días, pero donde el ocio es riqueza y pobre de aquel que así no lo convierte. Desde ese repetido ocio me he ido situando: como en un mapa geográfico trazado a voluntad, la habitación de una hija, con su residencia extranjera, la hice totalmente mía para siempre. Ya no está ni su cama, ni sus cosas, ni nada parecido; sino mi amplia mesa del ordenador; la impresora multifunción; las llaves de memoria colgando de los cables para tenerlas bien a mano, el disco externo y un ordenador portátil también, para que nunca me falle asomarme al exterior, a esa ventana que un día mi quietud me obligó a hacerlo.

Suprimí en toda la casa las paredes al convertir el placer de leer en algo que me durara toda la vida. Sé que envejecer para mí es ir acumulando los libros leídos dentro, y tenía también que hacerles sitio fuera. Son mi religión, mis respuestas, mi memoria personal de los recuerdos ajenos; son el hueco por derecho en más de doscientos metros, un camino, un pasillo que conduce a todas las partes de la casa parece que no tiene piso ni techo, tiene libros, miles de libros leídos y cantidades por leer, raro es el día que ninguno busque su lugar.

Fijaros, hay a mi alrededor como una literatura cuyo permanente argumento es su presencia, por donde me pasan las cosas que me quedan sin exigirles más detalle que su permanencia, aquello que quieran dar, y punto. Repercutirá, a veces solamente, lo sugerente y lo milagroso de una sola palabra, como un gesto inusual que no todos tenemos. Me servirá para ir sabiendo, para militar, en suma, tanto en la voz como en la palabra. Y de la lectura se me han hecho los ojos negros y densos –más de lo habitual- por esas horas que para mí no pasan. Rodeado de libros no he vencido la frustración de no haber podido leer los libros suficientes. No podrás, no lo intentes, me dijo Josefina Aldecoa.

Porque no los dejo en las estanterías luego, me los llevo a la vida, es mi lujo, mis invenciones, el instinto natural de mi especie de ser hombre; cómo miro a los ojos, cómo le hablo a las mujeres, cómo ofrezco las manos, cómo voy descubriendo la capacidad de los abrazos. Y aquí en casa tengo tres lugares especiales para estar con ellos: donde veis en parte de la imagen, al compartir la vida con quien también se hizo la vida con ellos; otro sillón de cuero viejo que tiene a lo mejor mis mismas antigüedades está en el cuarto que le robé a mi hija, con el ordenador, mis papeles, las notas que sobre ellos voy tomando. Le llamo la butaca de la noche del insomnio luego de los besos entregados.

Y anticiparse a esa noche –porque sin leer es imposible dormirse luego- hace que incline mecánicamente la cama en la misma posición de lectura que a veces allá en los hospitales.

Vivir, amigos, hace ya demasiado tiempo –no me atrevo, no me atrevo a decir cuánto tiempo- que no me resulta fácil. Por la mañana hasta casi consigo creerme la libertad que no tengo, esa que de noche se me cae encima. Se me terminó demasiado pronto lo que encontraba cada día fuera, por eso este refugio de la casa y de las palabras, es lo primero que uno tiene, lo que más dura, lo que más necesito luego.

Soy tan solo el puñado de palabras que conozco, poco más puedo dar o puedo hacer. Si busco el lirismo de los objetos me quedo a medias con el de las malditas palabras. Tú te expresas bien, me dicen luego. ¡Anda ya, es que me prefieres muerto! Es una militancia de partido que no engaña ni traiciona. Es mi ir tirando, mi ir llegando.

En esta casa, demasiado tiempo dentro con una piel ya memorable pero convicta y una mirada limpia. Y esta tarde, concretamente esta tarde, me ha dado por escribir como si fuera una especie de memoria, pero con miedo porque se pasa de vivo a muerto y vuelta a este rumor suave que tengo dentro con cariz de amuleto.