jueves, 2 de octubre de 2014

"MECANISMOS DE DEFENSA"




 Entrecomillo este título porque son palabras ajenas de una buena amiga aplicadas a mí. Determinadas causas detuvieron mis actividades y no bastó la pausa de las mismas para volver a hacer lo que hacía. Parece fácil y que va a ser de inmediato, pero no es así. Es necesario echar mano de viejos mecanismos de defensa hasta para mantener la mirada cuando te miran, si lo días se te hacen más lentos es que se alarga un poco el tiempo que nos queda como una especie de derecho que tiene la vejez. Uno casi no escribe como habiéndose quedado sin el recurso de las primeras palabras. Pero se trataba de poder llegar otra vez al mismo sitio. No sé de su calidad, pero era lugar propio y compartido. Es un mecanismo de defensa.

Tienen el mismo lugar que tenían, el mundo de los afectos, andadura diaria y válida. Y de las entrañables rutinas: busco de nuevo el bienestar del café cuando creo que no se lo ha tomado nadie todavía, ese café espeso, poderoso para poder tener siempre un libro abierto, poder estar leyendo. Pues si eso ha sido soporte de una vida, dedicación, profesión utilizada para acumular placer, ni puedo ni debo dejar al margen el pequeño colectivo acostumbrado a lo que yo llamo mis sugerencias.

Ha sido un camino válido y público desde hace años como besos entregados a la vez a ese personal anónimo de la red. Allí todo está a la vista, lo toma quien le place, lo hace suyo cuando era mío antes de colgarlo. En cada manera de comentar un libro he puesto siempre como la calidez de una caricia por el placer que tuve leyéndolo, seguro en evitar el posible fracaso de mis propias palabras al lado de las de los escritores.

Me defiendo como puedo, empeñándome. Fui corredor de fondo y entonces corría para aguantar lo que no se aguanta, igual que cuenta esta mañana en un periódico, Leila Guerriero. Como antes me acerco con placer para cumplir el rito de la próxima elección al montón de libros que me  están esperando para cumplir el rito inevitable de mi vida, no es mecanismo de defensa su lectura, es plena defensa.

Pensé, como una manera más de defenderme igual que he hecho otras veces: fingir que nada haya pasado, hacer cosas que venía haciendo antes aunque sólo planteármelas me produzcan una tremenda pereza. Pero si no en ese momento, luego, lo haces, y te atreves a decirte a ti mismo, pues no era tan difícil, estaba bien, no habían caducado porque las caducidades suele ponerlas uno mismo como la etiqueta que casi no se entiende de los medicamentos.

Voy a hacer pues lo mismo. No, no se trata de un periódico del día anterior. Cada mañana, muy de mañana, me trae un moderno mecanismo, digitalmente las noticias de lo  que aún no ha terminado casi de pasar, así me cuesta menos esfuerzo que cuando luego, al mediodía el periódico impreso, loa deja más seguras aunque se hagan viejas en pocos momentos. Empiezo pues, desparramado de noticias.

Cumplo de nuevo mis pasos obligatorios, de “agente de bolsa propia”, como me definió un día un fisio. Me cuesta esfuerzo –es otra forma de defensa- cada paso que doy, corto y temeroso para ir llenando mi bolsa de un par de periódicos, añadido a la debilidad de comprar ese libro que tendrá que esperar su tiempo de lectura pero amparado por mi satisfacción ya de tenerlo. Recorro los turnos de mi entorno, me esfuerzo por ser el último  y que no se cuele esa señora silenciosa que llega tan fácilmente al mostrador y nunca guarda. Compro motivos de capricho para poder cenar sin que me hagan la cena. Y vuelvo para casa, lo que constituye mi más feliz disponibilidad prolongada.

Defenderse es estar dispuesto a que no acabe nunca nada, nada de lo que teníamos, nada de lo que hacíamos. Defenderse es volverlo a empezar cada día como si se me hubiera olvidado lo que he aprendido tantas veces y no quiero que se desplome de las manos. Sé que a estas alturas de la vida no puedo ir de ganador, pero tampoco seré perdedor. Me ejercité ya tantas veces en reconstruirme que es como un tratado propio que me halaga que alguien lo aprecie.

Voy a ir teniendo a medida que vayan viniendo, insuficiencias admitidas. Son ya una inevitable historia. Pero al menos hasta el penúltimo límite me pondré en pie de nuevo. Dejaré que lo pasado inmediato que fue malo, sea eso, pasado, y buscaré mi mejor rito de iniciación y de innovación como una imagen de la vida que me fuera a dar su mejor reflejo.

Sí, ya he convertido mis defensas en una manera de desafiar las reglas del cansancio. Engaño así a la vejez, la llamo de otra manera para no tener que encontrármela. El dolor tiene un lenguaje prioritario que es duro de entender.. En cambio volver a hacer lo mismo, o casi lo mismo que venía haciendo es una manera de darme cuenta que no pienso irme de ningún sitio para mantener el orgullo de mi propia maquinaria vieja.

viernes, 15 de agosto de 2014

CONTRA LA ESTATURA DEL DESASTRE


 
 
Lo dijo antes de marcharse definitivamente el poeta Panero: “Todo hombre tiene la estatura del desastre”. Pero habría que añadir de inmediato para su justa  medida, la capacidad de su resistencia.

Eché mano de ella en muchos momentos porque he sabido en muchas ocasiones que aporta una riqueza que compensa, que remedia el desastre inesperado.

Amigo casi de la amenaza de la ruina fui dejando pasar cada día con la dosis medida de angustia, pero era consciente una vez más que podría volver a esa especie de capricho que me ha ido formando el amor a la vida. Me mantuve aferrado a la vieja rutina del libro abierto  para llegar de nuevo a estos momentos en que yo mismo me asombro, con pausas más largas, con silencios de espera que me llevaban a lo que los demás llamaban “pruebas”, capacidades de respuesta, y en cambio para mí se trataba de esa resistencia propia que he nombrado antes para mermar la estatura del desastre.

Ya voy notando la llegada de pausas reconfortantes, viviendo de nuevo lo que para mí puede ser riquezas habituales. He caminado de nuevo en mi viejo y confortable coche para recorrer caminos breves, despacio, la mirada en el paisaje abierto de nuevo a lo más parecido a la felicidad. Se trata simplemente de comodidades simples y cómodas: vuelvo a desayunar de nuevo robando la alegría que tiene la mañana muy de mañana; a saber lo que está pasando en el mundo entre 9 pulgadas; a irme de compras luego sin saber tan siquiera cual sería mi compra.

Poco a poco, partido a partido de la vida, pero reduciendo así a cada paso la estatura que tuvo el desastre. Tuve además la compañía necesaria para poder calificarla como el más imprescindible medio de resistencia que llevo teniendo toda mi vida y hasta también el infrecuente gesto de una mujer doctora que mientras su sabiduría le llevaba por los caminos necesarios hasta localizar mi ruina y poder remediarla, mientras tanto, vencía mi gesto de posible temor y derrota, con sus manos –desconocidas hasta entonces-con una dosis de ternura que fue capaz de llevarla hasta la mejor curación posible: devolver la sonrisa y la confianza.

Pues ya estoy aquí de nuevo, aferrado a todas y cada una de las palabras que me dieron el tono más humano, más resistente que fui capaz de conservar como respuesta a la estatura del desastre del momento.

domingo, 29 de junio de 2014

MEZCLO LITERATURA Y CARIÑO


 
Como una segunda piel, igual que un profundo abrazo porque cada vez la literatura me sirve más para soportar la perversa locura de la vida. Es un invento viejo que se junta conmigo porque los libros que he leído saben lo que he sido. Mi manera de contarlo luego, tiene preferentemente eso, un profundo cariño a quienes los leen después, a aquellas personas amigos y amigas, que un día me dejan en un simple pero tierno correo, su opinión, en ocasiones su coincidencia.

De eso se trata siempre. La literatura es mi acto de fe, mi creencia de cada momento, puede ser mi excusa y a la vez mi esperanza y mi fundamento. Robaré una cita de Mallarmé: “el universo existe para llegar a un libro.” Pues ya tengo desde tiempo ese amplio mundo ajeno y propio. Llevo leyendo desde tiempos antiguos, y como recuerdo al alcance de mis manos los lomos de esos libros poblando las paredes de mi casa, la que he venido construyendo, como digo, con literatura y cariño.

Las palabras que voy anotando forman a la vez mi única y gastada piel, no constituyen un disfraz entre comillas que puede uno ponerse o no, se convierten en propias allá donde hagan falta, donde convengan. Me dieron su permiso los autores al escribirlas y mi licencia es, durante una vida entera ya, una prolongada base de datos de miles y miles de registros, el cariño y el abrazo que puse primero al leerlas bien despacio y luego al escribirlas como si fueran mi propia ficción que fui incapaz de construir con ellas.

¿Qué he hecho, pues, leyendo tanto? Nada menos que ir viviendo. Mi sorpresa cada vez puede estar en la solapa de cualquier libro todavía por leer, en la sinopsis que me explica lo que es, que me dice de qué trata. Pero no me suelen engañar, tan solo quiero, me basta con eso, que me cuenten cómo vivir. Tras su lectura, el final ha sido mi placer, mi forma de querer. Porque luego, ya lo sé, lo escribiré para que los demás sepan qué es.

Las páginas que he ido leyendo han sido como una manera de quitarles la ropa a quienes las escribieron, para saber de su piel, sin engaños, aunque estén llenas de ficción, porque la ficción es una manera de creerse algo para siempre, una especie de prolongación, un festín inexplorado y cálido.

Y cada nuevo día, cada nueva portada es parte añadida de vida para una especie de construcción definitiva a la cual no le quisiera ver el final nunca. Alargar la mano, poner sobre la mesa más cercana, casi sin orden ni concierto, pero sabiendo cuál será su sitio luego la última o la primera novela que ha llegado a mis manos nunca por sorpresa, sino a sabiendas que iba a ser necesaria, es parte de una costumbre que nunca es rutina y siempre será placer.

Nada menos a la vez, que literatura y cariño, sin saber por dónde empezar es una forma estática pero vivaz de emprender y mantener los avatares que te trae la vida.

De los libros ya no me separa nada, primero creaban aprendizaje y madurez y ahora ya forman parte de mi mejor vejez. Vivir degrada, desgasta, hay que buscar, pues, una forma de resistencia análoga a la que muchas veces tengo que emplear para otros menesteres como el deterioro general del mismo cuerpo. Qué sencilla parece a veces la salida de la vida entre las páginas de un libro. Se me escapan ya otras posibilidades muy hermosas e ilustrativas. Lugares que no conozco, que siguen ahí hermosos, esperándome como me esperaron aquellos a los que fui llegando.

Me pasa igual que lo dije un día refiriéndome a la compañía de una mujer: con los libros me siento enseguida mejor, son un mutuo homenaje que rindo a quién los han escrito y a mí mismo al leerlos. Es mi amor, son mis posibilidades para siempre. Saco de ellos casi todo lo que tienen, no me queda ni una oculta riqueza por descubrir.

Vale ya, me siento para seguir leyendo. Soporto lo que tengo y lo que pueda venir luego. Es el enorme poder y la inmena riqueza que tiene la palabra. Ya da casi lo mismo, ante cualquier dolor, no hay duda, hay un estado previo y poderoso que tiene el lenguaje. No quiero deudas con él, a cambio sólo tengo el cariño dentro de la mayor ternura.

lunes, 2 de junio de 2014

MI RECIENTE LECCIÓN DE ANATOMÍA


 
Estoy leyendo una novela de Marta Sanz donde devuelve a su escritura el derecho a esa lentitud para contarnos cómo su personaje se desnuda, cuenta su propia biografía lentamente, su lección de anatomía, casi como una posición del cuerpo fuera de las sábanas.

Necesito esa misma lentitud para leer cada tarde, para sacar de cada libro entre mis manos lo mejor que tenga. Acumulo ya tanta lectura tantos años que es momento de aplicar el reposo que me exige mi propio cuerpo para otros menesteres, buscar las necesarias pausas para dejar firme la lente intraocular situada detrás de mí cristalino. Se apoyó en tantas palabras ya que está un poco fuera de su sitio.

Me ha avisado temerariamente hace días, desplazándose lo suficiente para que una zona turbia me dijera claramente que quizá haya algo que hacer para recuperar la visión con la claridad que necesito las horas de mi vida que pretendo seguir dedicando a la lectura. Lo necesita mi ego de lector, insólito, intransitivo.

Me preguntó una doctora, puesta en antecedentes de mi incidencia, ¿lee usted mucho? Creo que mis ojos ya le habían dado, con la advertencia del desplazamiento de mi lente, la respuesta. Estaba bien explícita en el fondo de ellos.

¿Qué hacer sino? Si no puedo cumplir la imperiosa necesidad de vivir la vida que deseo y necesito, no tiene cabida ninguna posibilidad ajena a ello. La vida que uno quiere, la vida que ha elegido, la vida que es tu vida, ya está asentada y nadie te la puede tocar.

Es como en la novela de Marta Sanz mi lección de anatomía. Igual que cuenta ella cómo hacía el amor pegando cabezazos sobre el cuerpo del otro, yo lo hago cada vez que me entrego plenamente a la lectura. Me basta este libro que tengo ahora entre las manos, pero necesitaré el siguiente, “como una profesión o un auto de fe”.

Me ha dejado ya la vida las mejores sensaciones, he agrupado en mis palabras lo mejor que pude dar de mis sentimientos. Pero para seguir en ello necesito que llegue hasta mi vista la mayor luminosidad posible. Que nada me la merme, es mía la distancia justa hasta la página de un libro, tuve la mejor mirada también para los seres que quise y todavía mantengo la cercanía más hermosa que me la da precisamente una mano cerca siempre.

Poca riqueza más para añadir a mi propia lección de anatomía. Amo ya una imagen que he convertido en estática para tenerla cada día más cerca. Amo a quien me amó, a quien me fue ayudando cada vez a salvar las contrariedades que vinieron a destiempo insistentemente. Poca riqueza aparente pero singularmente difícil y hermosa.
 
Yo fui poniendo lo demás, lo que faltaba, la tremenda dificultad de la resistencia, esa ha sido mi victoria, como un triunfo sin cálculo previo. Todo se fue  deshaciendo y yo en cambio me fui manteniendo. Es cierto que ahora necesito ampliar las pausas porque se han convertido ya en una patología de descanso necesario apoyado en las mismas palabras que estuve leyendo.

Hasta un colirio cuida de mi ojo con la lente desviada, para darle precisamente reposo. Va como conservándome el camino para poder seguir leyendo al tiempo que acariciando, que buscando ese enorme descanso que pide mi cuerpo, que es ya parte de mi necesaria anatomía. Le da como más lentitud a las tareas emprendidas que van siendo cada vez menos.

Antes tenía como una previa planificación del ocio esparcido durante todo el día. Le robaba a ser posible horas al sueño, me producía rechazo demasiadas horas en la cama, me levantaba a esperar que llegara la mañana. Siempre he sentido hacia ella como una especie de fidelidad, de bien estar, de predisposición para arreglar las cosas pronto. La mañana era empezar el día, estrenarlo cada vez de mi propia vida y estar como más seguro, más defendido para que en esas primeras horas todo fuera a ser mejor. Encajaba ese espacio de tiempo como un oleaje benefactor de mi cuerpo. Acariciaba la mañana con la calidez que la caricia tiene para obtener el resultado perseguido.

Pero ya está casi todo dicho. Es tiempo para llevarlo todo más despacio, mirar más lentamente obligado por el desvío de esa lente intraocular que me resta algo de la claridad que necesito. No es cuestión de desgana, es falta de posibilidades.

Por eso reivindico ya el derecho a ser quién era. Si la vida ya no me puede aportar más beneficios de los que me dio, que al menos me mantenga lo que tengo. Si uno va perdiendo monedas, fuerza y salud, necesito conservar sino las ilusiones que llegan ya a destiempo, las propias, las que tenía. No me hacen falta nuevas, mi anotomía es mi manera de querer, de buscar las mejores palabras con su extraña cualidad sedante hasta el fondo del cuerpo con su olor ya a antiguo, a tiempo.

 

martes, 13 de mayo de 2014

NADIE ME AVISÓ




 
Nadie me avisó de cómo iba a ser esto, de que iban a caminar sin compás alguno el deterioro físico con la intención, con el esfuerzo mental para tener mejor ordenadas las posibilidades del cerebro. También sufre daño la mente cada día, pero menos, o será quizá que constituye ya el único capricho que me puedo permitir.
Se lo acabo de leer  a Elena Medel: “nadie me avisó de madurar así, junto a la vida.” "Madurar era esto:/no caer al suelo, chocar contra el suelo, contemplar el pudrirse de la piel/igual que un fruto antiguo." Cambiaré de verbo para ser más exactos, nadie me avisó de envejecer así. Te viene más de pronto de lo que te imaginabas porque te resistes, no te lo acabas de creer, y luego sin embargo, cuando lo has aceptado quienes tienes más cerca, mejor saben de ti, más te quieren –quizá por ese motivo- ellos no lo acaban tampoco de admitir. Eres su antecesor y si nada sumamente grave pesa sobre ti, es que estás bien, casi como estabas, cuando fuiste poniendo los cimientos para que ellos llegaran al mejor espacio posible de la vida.

Tampoco me advirtieron que tenía voluntariamente que ir reduciendo mis posibilidades, las simples ganas de seguir haciendo las cosas que me más me ha gustado hacer siempre. No quieras aprender más, viene a ser. Lo que aprendiste, ya se quedó fuera de tu alcance. De todas esas cosas, uno lo ignora porque no estaba avisado, saben los demás. Haberlo aprendido antes. Me quejo, pues, de lo poco que sé, lamento lo escaso que ya aprenderé.

Las pausas, los descansos voy necesitando hacerlos mucho más largos. Y se puede cometer el error de dejar para mañana lo que no tenga mañana. Me dan pena tantos libros acumulados todavía por leer. No puedo perder la curiosidad de llegar hasta ellos, de saborear a medias con su autor su placer de haberlos escrito con el mío de leerlos. Sigo escuchando voces de bibliotecarias de casas públicas de lectura, que cuando reciben determinados libros, antes de ponerlos en la vitrina de novedades, saben que deben avisarme para poder leerlos. No puedo, les tengo que decir, voy un rato a ojearlos, a acariciarlos, a tenerlos incluso unos días en casa, como en tiempos de espera que no van a poder llegar.
Por eso el otro día decía que voy tan solo ya a acercarme para contárselo a los demás, a diez o doce libros inmortales, maravillosos, que llenen el tiempo que me queda, que impidan la tristeza de dejar tantos fuera, esperando eternamente.

Todo eso es consecuencia de que nadie me avisó “de madurar así junto a la vida.” Nadie me ofreció la manera de hacerlo sin que apenas se note, acompañados cuerpo y mente, disciplina propia y posibilidades, cercanías como si fueran sueños y distancia ya por el imperativo de los años.

Habérmelo dicho y me hubiera dado más prisa. No me sentiría así como un invitado amargo de mis propias posibilidades. Hubiera hecho más largos los momentos de felicidad, habría disfrutado más, no notaría ahora tanto las ausencias de conocimientos que no tengo tiempo de cubrir. No puedo reconstruir, ando escaso ya de medios y de memoria.
Ni tan siquiera por la pretensión sana de ganarle la partida al cuerpo, me saldrían tan mal las cuentas. Por eso, porque nadie me avisó y porque ahora si lo cuento no se lo acaban de creer.

Pero de todo ello, no obstante, me compensa percibir detrás del último libro que acabo de leer, del posterior aprendizaje que termino de intentar, el reconocimiento de personas capaces de entender mi esfuerzo y mi dedicación. Así es posible, sin que nadie me avisara antes, poder madurar junto a la vida con las personas que son inmejorable compañía para compartir su cariño y su sabiduría.

 

domingo, 13 de abril de 2014

SIEMPRE ESCRIBE A MANO


 
 


Con un viejo lápiz, para mantener inevitablemente la lentitud, igual que un fruto antiguo que recupera así cada vez la memoria de las emociones. Siempre entendí su letra porque aporta su empeño en mantener la dignidad que tienen sus creaciones. No le importa la propia, ni tampoco la ajena. Eso debe ser cosa de viejos, y no va con él, no va con nosotros.

Escribe a mano hasta sobre sus propias piernas, sin casi apoyo, el título de sus escritos. Es capaz de pegarlo, en un pequeño trozo de papel, como una pegatina sobre la imagen elegida, en un ángulo, porque se le debe de haber olvidado que puedo luego titularlos antes de insertar su texto, con una letra de mayor tamaño.

Han pasado casi cuatro años cuando juntos insertábamos cada cuento, cada narración, en mi cuarto, delante inevitablemente del ordenador. Ahora en cambio, no es lo mismo, ya que el cuarto es el suyo, aunque sea prestado. Me leyó este cuento con su voz gastada, grave, como si el sonido le saliera del final del cuerpo. Apenas le oigo, pero da lo mismo porque sus escritos  van a fondo perdido, como si ya no tuvieran remedio las historias que lleva dentro. Le entiendo sobre todo cuando sus últimas palabras las carga con la cortesía de recuperar las emociones.

Me llevé su propia emoción, con la imagen que había elegido, esa calavera que consideraba tan hermosa, tan acorde con que “ningún amor se acaba del todo, ninguno, tampoco, permanece.” Y junto con su emoción, quiero aquí apuntar, que jamás le abandonaré porque sería dejar fuera, esa perseverancia en la vida que es mi mejor parte propia. No le busquemos final a lo que no debe tenerlo porque siempre supone una derrota, se mire por donde se mire.

NINGÚN AMOR SE ACABA DEL TODO, NINGUNO, TAMPOCO, PERMANECE


 
 POR CORREVEIDILE
 
El amor no es nada, sino una mera transformación de las circunstancias. Pero algunos dejan cicatriz. Otros, en cambio, se esfuman como humo de paja –por lo poco que dura y no dejan rastro. El amor no es nada, si, no merece las lágrimas de un chico.

 Pero al menor descuido, uno ya es viejo, se amontonan entonces los recuerdos y te demoras en los gratos que te hicieron feliz y que ahora te dejan el corazón alborotado.

Jorge Patricio era un inmigrante ecuatoriano de 18 años, al que, por un tiempo, di clases de inglés. Era pequeño y de linda presencia. Vivía en una casita modesta –una “escaleta”, le llamamos nosotros. El primer día estábamos solos cuando llegué y me llamó la atención una sillita de esas de bebé, para que el nene llegue a la altura de la mesa y poder comer.

 -¿Esto es para tu hijo?- le dije en plan de coña.

-Sí.

O sea que yo había ido a dar clase a un nene y me enfrentaba a dársela a un nene con un nene.

Solía yo llegar antes que él, que volvía de dejar al niño en la guardería. Me abrió la puerta del zaguán una vecina y le esperaba en la escalera, a la altura de su piso. Un día desde la baranda, vi que al entrar él, levantaba la cabeza con avidez hasta la escalera para haber si había llegado ya. Eso fue todo lo que bastó y sobró para que ahora me salten las lágrimas. Porque poco después dejó de abrirme la puerta.

En su piso quedaron todas mis pertenencias, una gramática muy valiosa y agotada, la película del asesinato de Romero, mis vídeos, casetes, libros, escritos, mi humilde paga, desorden de flor, mi ser hecho pedazos, me volví llorando como un crio por el mismo trayecto de siempre que no parecía serlo, Dios, qué desastre, me decía.

Ahora ves que tampoco fue para tanto. Todo termina, las cosas hay que tomarlas tal y como vienen y no preguntarse nunca el porqué. Todo acaba por ausentarse y encontrar su fin. Que el tiempo cura las cosas y traerá las rosas.

jueves, 13 de marzo de 2014

MUNDO TÁCTIL




Vivimos un mundo guiado por el tacto, para dar órdenes cotidianas en la vida cuando hasta ahora quizá le habíamos otorgado un estilo, una dedicación para saber más y mejor de aquello a donde queríamos llegar. Tacto era una forma de dejar huella, de recuerdo, una capacidad de seducción, una demostración de la mejor ternura.

Ahora es el aviso para comunicarse, hasta un intento de respuesta a donde queremos llegar. Tacto es situarnos, tomar sitio sin saber quizá lo que vendrá después. Le hemos quitado a la palabra tacto, su más hermoso significado, su aire de placer porque ahora es cotidiano su uso, su necesidad. No necesita ni un umbral de calma, no proporciona previamente disfrute alguno. Es posibilidad y necesidad.

Necesitábamos eliminar el tejido previo, ganábamos así un precioso terreno que serviría de paso para otros logros muy hermosos, una posterior  fascinación, una rendición para darnos derecho a la felicidad que venía luego. Era un pequeño coto, no un mundo entero como lo es ahora donde tantas cosas a nuestro alrededor ofrecen la posibilidad de ejercerlo.

Pero a pesar de su amplia aplicación, me lo quisiera reservar para lo que siempre constituyó la belleza de su éxito: que siguiera siendo el anticipo para que dos personas lo necesitaran luego, entre sí, como la forma más hermosa de manifestación íntima. Reservármelo para los grandes acontecimientos propios, a la vez que para los pequeños detalles seleccionados voluntariamente.

Es un éxito el roce de una mano, ese intransferible tacto puede permitir saber ya de las entrañas mismas de su propietaria porque si ambas manos siguen juntas luego, año tras año, se trata, sin duda, de no haberse equivocado, significa el triunfo de una vida, su prolongación, su apoyo. Porque no podemos olvidar la razón del poeta José Manuel Díez, ..."el tacto se perturba en lo que toca."

Una mano en la mano, no suele ser sitio equivocado. Una mano que cede a otra mano, a lo mejor es como abrir el pliegue de una falda, el aviso de la capacidad para la caricia. O tener la fortuna de ser convexo para una mano cóncava porque te sentías algo perdido, sin saber qué hacer con ella. Una mano lenta y voluntaria, bien utilizada, representa quizá la mejor parte de la anatomía humana.

Porque a lo táctil, a ese mundo tan amplio que nos ofrecen ahora se llega con las manos, con los dedos de cada una de ellas, pero insisto, renuncio a muchas aplicaciones para seguir reservando lo táctil a lo que hasta ahora ha constituido atracción o hasta perversión, pero nunca distracción, mera conversación gratuita.

Rechazo, por ejemplo, la constancia habitual en todos los rincones de la tierra del empleo de los dedos de nuestras manos en ese empleo de comunicación inmediata que la tecnología ha puesto –precisamente en nuestras manos- a través de los teléfonos móviles digitales. Para acceder a ellos ya no piden consignas abreviadas de caracteres, basta la huella de un dedo para reconocernos.

Pues no quiero que sepan tan fácilmente de mí. Mejor que me pregunten más para identificarme. Mis huellas me las seguiré  reservando como huecos privados de mi piel, han de ser reclamo  y ofrecimiento de caricias, andan por ellas casi hasta los mismos nervios de mi cuerpo.

Queda claro, pues, definitivamente claro, que el mundo táctil propio, nada menos que el de mis manos han de seguir teniendo el sitio reservado para la más digna utilización. Me valen los ejemplos que he puesto, y no debo olvidarme tampoco de la belleza que tiene mi tacto cuando paso despacio la última página del último libro que acabo de leer.

No haberlo tenido en cuenta aquí, hubiera sido desentonar de mi hábito diario, de mi palabra más común.

jueves, 20 de febrero de 2014

"LA BUENA NOVELA"


 
 

 
Con tantos años leyendo pensé que era difícil encontrar la idea que vengo arrastrando entre miles de páginas ya, el intento para colmar una vida: nada menos que existiera una librería que vendiera sólo buenas novelas. Hay un sitio para cualquier actividad excelso, único, hay una cima difícil de llegar, una certeza, una dimensión. La idea expresada por Laurence Cossé en “La buena novela”, es precisamente esa: Van y Francesca se juntan para llevar a cabo el sueño de sus vidas, montar una librería que sólo venda obras maestras, seleccionadas por un comité de expertos, anónimo, ocho grandes escritores bajo seudónimo.

Nada menos que “libros escritos para nosotros que dudamos de todo, que lloramos por nada; años de trabajo donde los autores hayan depositado, su dolor de espalda, sus crisis, su temor a veces a la idea de perderse, su desánimo, su valentía, su angustia” ["libros que nos demuestren que el amor obra en el mundo al lado del mal, muy cerca, a veces de forma indistinta.” […”buenas novelas”, “libros que no eludan nada de lo trágico de la condición humana ni de las maravillas cotidianas; libros que nos devuelvan el aire a los pulmones.”]

Tantos años, tantos libros, tantas búsquedas para tener entre mis manos esos libros. No desprecio el valle, el terreno que otros siembran para llegar hasta allí, pero necesito la cima, cada vez, cada momento, para decir esto es bueno, esto es nada menos que bueno, para esto sirve la buena literatura, encontrarte a salvo en la vida y de la vida, en busca siempre de la esencia verdadera. Ahí está, hay que encontrarla y luego dejarle sitio para siempre en tus mejores horas, en la más amplia estancia que aún te queda.

Uno muchas veces busca las compensaciones para cubrir los huecos que todavía tiene pendientes. La buena literatura puede ser una de ellas, una fuente de placer, una alegría inagotable. No es ficción, es camino para recorrer o vivir en él. Cossé me lo ha hecho ver a través de sus dos personajes. Puede ser perfecta esa aventura que cuando se llega a ella puede uno convencerse, era eso, era ese mi riesgo, mi posibilidad de perderme. El gusto por la aventura, que se tiene o no se tiene.

Los busqué siempre, libros que estén ahí como seres queridos. Todos lo fueron en cualquier momento: porque llegaron a mis manos para formar parte del abrigo necesario que reclaman de cualquier ser humano, paredes de una casa, préstamos que no devolveremos, como en un idilio perfecto.

Libros capaces al terminar de leerlos de provocar con quién comparte contigo lo mejor que quizá sepas hacer, te pregunte, qué sientes, qué sientes, cuéntame. Porque si no estaba sintiendo algo no me  sirven, ni me entretienen, ni me distraen, ni me quitan los malos pensamientos ni me devuelven el aire que me va faltando ya o me enseñan las manera de ponerme para estar bien o casi bien.

Que me lleven a la noche despacio, sin aspavientos, hasta quedarme dormido en la última página mal leída. Pero estoy seguro, no obstante, que me volverá al día siguiente la energía para verbalizar de nuevo, para que aquella metáfora de la mujer con un escote diez, se me escape letra a  letra en la línea siguiente que me atreveré a escribir.

Necesito que esa buena novela me proporcion la calentura que no tengo, la palabra que me falta cada vez, en cada momento, la memoria cobarde, perversa del instante, nada menos que del instante. Me hace falta ya que cada libro me mate por dentro, sentirme luego en el equipo de los elegidos, de los afortunados que encontraron su mejor oportunidad cuando casi no me quedan.

Para eso tengo que apartar tanto libro que tengo y que no leo, que no llego a leer porque lo peor de caer en la abundancia de coleccionar libros es que luego hay que leerlos. Pues prometo las dos cosas, leerlos, pero saber antes con certeza que son los buenos y dejar fuera el resto.

Y si no sé hacerlo, que me miren los libros, por favor, y me digan soy bueno. Es fácil, un libro es bueno si ejerce, si te llama y te espera, si te encuentra, te reconoce como buen lector porque siempre le respondes cuando te dice, acércate, acércate.

viernes, 24 de enero de 2014

MI TIERNA PERVERSIÓN


 
No lo puedo evitar. Insisto una y otra vez, he llenado casi todas las páginas que he escrito, he buscado en los demás las metáforas más aproximadas para poder expresarme mejor. Hice principio y hará final, ahora que lo voy tocando más cerca. No aporta novedad a mi vida, a mi costumbre diaria. Pienso que cuando hablo de ello mi doctrina insistente no es sabiduría, es simple conocimiento, es parte de mi piel, son paredes de una casa, anclaje seguro.

Muchas veces lo he pensado: mi paso por la vida, la que doy ya por cumplida, quizá para poder contarla está escasa de brillantez. No fueron metas demasiado altas de aspiración primero y logro después. Martillea muchas veces mi pensamiento explicar lo mejor que he hecho, y se mezcla con lo poco que he hecho.

No obstante en cierta ocasión, quien me conoce bien, me habló que es envidiable y al final es gratificante pensar que has hecho siempre lo que te dio más placer como parte propia de uno mismo, de mi egoísmo y mi alegría. Fue mi querer y mi forma de vivir, mi amor propio una forma de amor siempre por en medio.

Reiterado placer que ha completado muchas horas de mi vida. No sé si dejaré genes libres por recoger pero los recomiendo. Hace días en estas mismas páginas donde siempre mi blog constituyó una forma descarada de contar cómo soy, en esta bitácora digital, he ido contando mi historia plana y fuerte –debilidades incluidas- pera lo más cierta posible. He dejado, con salud quebrantada, girones de mi cuerpo, remembranzas, hábitos de vida que siempre tenían la más misma referencia:” ellos”.

Ellos no tuvieron ni tendrán jamás tregua. La permanencia de alguno entre mis manos me exige de inmediato saber la cercanía del siguiente. Y es curioso, cuando los acompaño con sitio propio, con rincón habitual donde dejarlos con rastro de ternura alargando la mano es como si fuera más justo, crea una actitud que ya no necesita el adjetivo.

Con alguno en mis manos, ojeándolo, parece que ya escucho como una voz que me dijera, ¡quédate! Me consta que lo he explicado en muchas ocasiones, pero esa expectativa, esa duda siguiente forma parte de una especie de perversión estimulante, casi creadora de oficio.

Confesaré que hasta en ocasiones cometo pecados con ellos. Lo es simplemente, llevarme a casa, a formar parte de mí poder cierto tiempo, recién recibidos en una Biblioteca pública,  varios de ellos que van a ser una acumulación en casi todos los casos, innecesaria porque acabaré devolviéndolos. Pero han estado conmigo, no llego a todos ellos, pero anda vivo así también mi intento.

Tendré que decirlo, me refiero al paraíso de los libros: porque "el amor a los libros, amigos, es el placer más grande, puto y perfecto que Dios ha previsto para sus criaturas." No me preguntéis quién es el autor de estas palabras, ya ni lo sé desde que pensé que podían ser mías. Ha sido a la vez el medo para consumir mejor el tiempo para construir mi lenguaje, hasta casi la manera de acercarme a las personas.

Voy poniendo necesariamente barreras a la vida porque me las pone la propia vida. Aquí no puede impedirme nadie poder vivir con el tatuaje que me queda siempre cuando leo un libro. Saco de ellos buscando en las profundidades del lenguaje la intención del autor y su belleza. Lo voy dejando en Acces, en una gran base de datos que es la indiscutible garantía de lo que he leído. Allí está el sentido, la perversión, el delirio.

Mirar el ciclo, es evidente: casi me acabé de hacer hombre en aquella propia librería de que os hablaba hace días. Cimenté con ella la forma de hacer amigos, de vestir las paredes de mis cuartos, de llenar tantas horas luego cuando mis piernas fueron perdiendo recorrido. Venzo la desgana de mis caderas doloridas con esa especie de amor imprudente pero permanente. De las palabras de los libros he podido sacar luego como una forma de ser, un roce en la piel para cualquier abrazo luego.

Es de lo único por lo que nunca echaré la toalla sucia al suelo, la que lleva  insistentemente la jerarquía de la vejez. Con un libro en las manos soy invulnerable mientras el cuerpo adquiere el meditado descuido de los cuerpos que esperan. Aporto todavía, leyendo en compañía, una especie de zona altamente erógena. Da lo mismo, entonces cuarenta que ochenta años, ya somos definitivamente jóvenes, con canas vulnerables y las historias vividas, las derrotas y las veces en que uno le ganó a la vida.

Yo he pillado el mejor sitio a la vida leyendo, hay un tiempo opiáceo de sosiego y traslación, un instante eterno, una inmejorable forma de perversión.

martes, 10 de diciembre de 2013

APRETADO SIEMPRE A UN ATADO DE LIBROS


 
Aunque jamás llegaré a poder apretarlos todos, es lo primero , luego de olerlos, antes de su lectura, que te deslumbren y se queden a vivir contigo. Les di paso un primer día, siendo niño y formaron para siempre parte esencial de mi vida.

Por eso cuando leí el domingo un magnífico reportaje sobre las mejores librerías del mundo, desde Manhatan hasta Barcelona, de la mano de magníficos escritores como Muñoz Molina, Leila Guerriero, Guadalupe Nettel o Juan Gabriel Vázquez, entre otros, no pude evitar recordar esa parte maravillosa de mi vida que fue “Librería Romero”.
Mi cuna de libros, mi escaparate a la vida, mi rincón de lectura para muchos escritores que me honraron con su visita a mi "rincón de lectura", para todos aquellos que salieron de mi casa con un libro en la mano buscando un refugio, una aventura, ese sueño ligero que es la literatura.

Es cierto lo que afirman en el prólogo del reportaje que comento de El País, que a la tumba se lleva uno los amores, los amigos y los libros, e igualmente cierto que en cada viaje debiéramos hacer punto de encuentro en la mejor librería del país que estamos visitando. Dice Muñoz Molina que en "Stran", en Manhatan, puede uno  “por unos pocos dólares llevarse cualquier novedad u obra maestra” para poder leerla luego “sentado en la escalinata, o en uno de los bancos en los que se pasan el día gratis los haraganes y los pobres.”

Hablando de dinero yo fundé mi librería sin un céntimo, con libros en depósito, con los servicios de novedades que iban llegando y con la osadía de ser luego, nada menos, que un buen librero. Acabó siendo mi Babel, mis estudios de poeta, mi manera de ponerme luego, mis wiskis de madrugada con la gente del teatro que acudía al final de sus representaciones a comprarme algún libro que olvidarían pagarme con esa seguridad etílica y ese respeto hacia un amigo que pone entremedio cualquier libro.

Apretado y obligado siempre a un atado de libros, leyendo más que vendiendo. Todo libro es pasaje, un tatuaje permanente, un sitio para estar siempre acompañado; es la mentira de los sueños que nos inventan otros. Son las historias que nunca estamos hartos que nos las enseñen, es un placer loco, renovable, incansable. Es aburrirse un domingo por la tarde en el sofá de un salón con un libro abierto y tener tiempo para querer a una mujer hasta la esquina de los labios.

Es lo mejor que he hecho en la vida, de lo que entiendo porque me lo he aprendido entero: cómo estar mucho tiempo leyendo. Se te acaba la vida ya casi cerca y siempre te preguntas, ¿qué he hecho?

Pues aquellos años como librero me sirvieron para enterarme de lo que era la fantasía, para hacerla de mi familia y conseguir que mi tacto tuviera siempre el rigor con que leo un libro, con la más sutil sensualidad que tienen mis manos. Mi felicidad, escondida, inapelable, que a veces hasta da miedo.

La vida te hace ir perdiendo ilusiones recientes que te va negando el tiempo o tu propio abandono. Pero a mí me ha quedado, imborrable, al leer el domingo el suplemento de las mejores librerías del mundo, el recuerdo de ese largo pasaje de mi vida que dediqué como una hermosa profesión a lo que yo llamaría el arte de ser librero. De poder ofrecer en tu mano un buen libro que acabas de leer, de saber qué le gusta a quien tienes enfrente.

Aquello fue vivir, una fiesta completa y hermosa como una historia de amor que no sabes cómo empezarla y jamás la terminarás. Quizá por eso el "acércate a los libros" que cuelgo en la red sea la mejor manera de no decirle adiós.

miércoles, 16 de octubre de 2013

EXPLIQUÉ LO QUE HE SIDO





No era fácil, nunca lo es,  contar las cosas de uno, lo que formó más parte de su vida sobre todo si tu sentimiento tiene más longitud todavía que las palabras que usas. Tenía un bellísimo marco, y no sabían todavía aquellas mujeres que me acompañaban, que me iban a oír –igual que estaba haciendo yo con ellas- quién pensaba que yo era.
Les conté la verdad, no me situé a ningún nivel porque siempre he detestado las alturas o porque nuca llegué a ellas. Era necesario titularme lector, lo que he sido siempre, lo que jamás dejaré de ser mientras pueda. Ese es mi ropaje, mi presencia, yo mismo no me comprendería sin un libro en la mano y por eso reconozco, aunque pueda parecer un disparate, los libros que no he leído y que no sé si tendré tiempo para leer. Ya un día me lo dijo Josefina Aldecoa, ni lo intentes porque no lo vas a conseguir.

Hablé de mis antecedentes académicos casi como si fueran una antigüedad, mi paso de la vida de estudio a la de un duro trabajo, que sólo nombré a secas, me abstuve de decir que mi segundo apellido, años después, todavía está estampado por los despachos ocupados por gentes que no me conocieron pero que saben que siempre han sido ciertos en mí los versos de Benedetti, “ser en la vida romero/sólo romero/que camina siempre por caminos nuevos.”
Me los tuve que hacer más quietos, casi sólo mentales por culpa de una consecuencia de mis largos caminos anteriores. Por eso arrastro –no es preciso advertir aquello que todos comprobaban- lo que yo llamo con ironía, usando mis antecedentes jurídicos- “cadera perpetua”.

No dejé de advertir ante aquella concurrencia, que los mejores años de mi vida fueron como librero, aquella “Librería Romero” que ya no tengo, con cómicos de madrugada como mis mejores clientes, mezclando en el rincón del infierno con los libros del Index, las prohibiciones que caían sobre Simone de Beauvoir, Jean Paul Sartre, André Gide con botellas de buen whisky, conversaciones interminables para que mi madre le advirtiera a mi esposa que pasaba las noches fuera de casa.

Aquellas palabras mías ni las había pensado, aunque era lógico que nos las iban a reclamar a todos. Tuve eso sí, el derecho a hacer pública la carta que crucé con Soledad Puértolas en Marzo del año 2000. La llevaba en la mano, se la enseñé, la  releyó, vi restos de emoción por el motivo que ambos tuvimos al escribirnos. Mi gratitud hacia ella puso fin a mis palabras.

¿Pero expliqué lo qué he sido? Creo que no, porque uno no puede en unos minutos exponer con sus palabras, aunque intenté que acariciaran como a mí lo hacen en cada libro que leo para cubrir mis silencios, mis tiempos de espera que ya me impone la vida. Intenté recordar porque aunque hay que vivir el hoy, que no puedes pasar página de todo porque no recordar duele y no encontrar los recuerdos donde estaban aún duele más.

Quise, cada cosa propia que conté, dejarla en su debido sitio con honestidad. No sé si lo logré, pero lo que si me hubiera gustado es haber dado al menos la sensación de quién soy, que me quitaran la fachada que ya empieza a molestarme, y eso que ya la llevo deteriorada hace demasiado tiempo.

Pretendí explicar por qué estaba allí: por no perder la curiosidad, por aprender algo más de los demás, parecido a cuando paso cada página de un libro y un pensamiento, una imaginación ajena, me enriquece.

Aquellos “talleres islados” iban a ser una emoción nueva y me vale cualquiera siempre, las emociones recién estrenadas. Me tocó también hace demasiados años estrenar el dolor pero me alivia siempre recordar a Ovidio: “Sé paciente y fuerte, algún día este dolor te será útil.”. En ello estoy, en esa espera para la que hace falta mucha resistencia que tan bien califica Jaume Cabré cuando dice que "las cosas han sido como han sido y, si algo he aprendido en la vida, es que los hechos no pueden cambiarse por deseos: hay que tomarlos como vienen. En eso consiste la fortaleza."

Con mi propia fortaleza para lo que dije y me callé, así expliqué lo que he sido en esos talleres literarios de Menorca. Lo que no he conseguido ser, lo acepto y me lo callé.





jueves, 5 de septiembre de 2013

LO QUE TODAVÍA ME QUEDA POR HACER


 
Devolverle a todas mis palabras la deuda que tengo con ellas por el sitio de dónde vinieron y la calma que puse yo en buscarlas. A pesar de todo el tiempo transcurrido con ellas, buscándolas y hallándolas a costa de esos ojos, como los del poeta, cansados de café, me sigo asomando con ellos, a buscar más historias a través de las ventanas que me ha abierto la vida.

Me queda por hacer seguir la búsqueda y el encuentro con ellas. Eso se convierte en la manera de contar cualquier libro; en los miles de registros que he formado con ellas, en pedazos de páginas que no fui capaz de escribir nunca. Me queda quizá por hacer pienso lo mejor. Nunca tuve demasiada imaginación para el futuro, ni apenas me importó, me impuse a la fuerza ser un hombre de hoy, para eso nunca me ha faltado voluntad. No es que me sienta desengañado por el camino que he tenido que recorrer para llegar hasta aquí cada vez, es un tránsito, ya lo sé y cualquiera tiene su precio y hay que pagarlo.

Me quedan, cómo no, los libros por leer. Ese aire que tienen al estar por estrenar, ese olor tan puro y tan posible de recordar cada vez que los tengo en mis manos; saber de la inmediatez del libro siguiente; ser débil, absolutamente débil, cuando alguien con el suficiente criterio para decírmelo, me deja un nuevo libro a mi alcance, conoce mis gustos y mis debilidades, me lo pone con la proximidad que tiene mi mano y asegura que debo leerlo, que me gustará. Otros muchos esperarán entonces. Entre opiniones ajenas y descubrimientos propios qué pocas equivocaciones, en qué escasas ocasiones, dejé un libro sin terminar por completo su lectura. Sería un poco, como algo que tuviera pendiente y no terminara de hacer.

Me queda pendiente también,  poder frenar de una vez el desasosiego que produce dejar de hacer –igual que la lectura de un libro de que hablaba antes- aquello que miro sobre la mesa, de un trabajo hermoso y voluntario como siempre ha sido la ocupación plena, no dejar desaprovechada ninguna hora del día que ya no me devolverá nadie. El tiempo avanza solitario y perfecto, imposible detenerlo, tiene una exigencia y un poder que nunca me sirvieron para llamarle experiencia.

Le tengo tanto respeto al tiempo que cada vez entiendo mejor las palabras de Juan Cruz: "Se me está haciendo de noche/ en la mitad de la tarde/ no quiero volverme sombra/ quiero ser luz y quedarme."  Es el tiempo, la derrota más verdadera y contra ella no he encontrado mecanismos de defensa válidos. De ahí que vaya inventando, acorde con la estación, con el estado de mi cuerpo, con el espacio que voy ocupando cada vez, modos pendientes, cosas que hacer.

Antes comentaba mi insistencia de apoyarme en las palabras, ajenas primero, propias luego. Incluso me he impuesto obligaciones que ni debiera pensar en ellas, pero que pueden ser una tremenda obligación de mesura y buen entendimiento de futuro. Ya que me sobra sitio y a la vez infinidad de cosas que o nunca encontraré o que no tendrán utilidad ya posible, ir deshaciéndome de ellas: como si uno repasara infinidad de líneas escritas y se diera cuenta que ya no tienen sentido en la actualidad, expresaron entonces aquello que era necesario que dijera, pero que no tienen razón de ser ahora.

Sobran tantas cosas de la vida, que si esta se ha hecho estrecha o se va a acabando la voluntad de qué hacer con ella, utilizaré la propia limpieza de utensilios e intenciones para sentirme así luego más cómodo en el marco siempre de las cosas que tengo todavía pendientes por hacer. Tenerlas me exige vivir.

Cada vez que se cumple la típica fecha de cumplir un año más, sólo pienso en una cosa: que se haga corto el tiempo que falta para llegar al siguiente, igual que con un hermoso libro entre las manos anda uno pensando en el que va a leer inmediatamente. Cumplo años adrede, con la intención siempre de volverlo a hacer como si el siguiente fuera a ser más grande, no ya porque lo imponga el guarismo sino por la fuerza que yo le pongo adrede.

Lo que me queda todavía por hacer, es como una naturalidad propia que yo mismo he creado, una interpretación de mí mismo. No obstante la incertidumbre que me ocasiona el paso del tiempo es para mí como una interferencia y una taza de café. Mientras voy a ver si escribo de una vez lo que tengo pendiente, como una remota música incumplida, por sonar.

 

miércoles, 10 de julio de 2013

NO SE QUEMARÁ EL PAPEL (Carta a Juan Cruz)


 


Estos días, Juan, en mi riesgo al empezar el día, en mi hábito, mi secuencia ineludible, he encontrado mi defensa muchos ratos contigo, con tu empeño en evitar que lleguen a extinguirse esas dos especies, el periodismo, los libros, en suma la palabra escrita. Contigo, con tu última obra, he aprendido con su lectura una manera de defenderme frente a la proximidad, todavía proximidad, de esa edad que ya no es edad, ni tan siquiera vejez, sino una cercanía a lo que Lledó dices que llama “esperanza de vida.”
Si se quema del todo el papel antes de irme, habré sentido en carne propia mi destrucción. Qué hacer con las paredes llenas de libros de mi casa, con las horas de una vida entera dedicada a ellos. Es mi historia, la única, la verdadera, leer la  vida que otros contaron, como acabas de hacer tú con “Especies en extinción”.
Tu libro tiene “la gravedad de los instantes” con tanta gente que has conocido, con la que has pasado tus horas, tus cafés, tus copas para siempre, tu insistencia. Yo que siempre he amordazado casi mi propia escritura con las palabras ajenas, desde las metáforas que parece que un día inventó Paco Umbral para todos los demás; yo que siendo estudiante, mi Facultad no fue la de las disciplinas de Derecho, sino la de la pasión por la lectura arrastrada desde niño, he sentido con tu libro entre mis manos estos días, que la Literatura, hasta como simple amante apasionado, puede justificar toda una vida. Y en tu caso lo fue desde el periodismo a la edición y otra vez al periodismo, de forma brillante.
Los personajes que desfilan por tus páginas tienen a la vez la vida y la profesión que te contaban y la que tú les has dado en tu memoria, en la hermosa narración para devolvernos la seguridad que nunca terminará el papel por agotar su vida con nosotros. Es cierto que la imagen y el sonido está robándonos el tiempo y el sitio más antiguo, pero como dices “la vida es crónica y suceso”, como tú has sabido contar y como sabes seguir haciéndolo, es muy cierto que tu libro y tantas horas que llevas escribiendo en libros y periódicos, impedirán que las llamas se lleven tus recuerdos.
Me ha ayudado al leerte, Juan, a recuperar la propia importancia que siempre tuvo para mí la palabra escrita. Todos somos vulnerables al dolor y a la muerte, pero a mí me viene sirviendo la palabra ajena, el amor y el respeto hacia ella cuando he encontrado un valor detrás para recobrar cada mañana un mínimo de resistencia. No me calma al pensar en Dios, ni Dios, tan sólo siempre los libros, la palabra escrita, tu columna cuando detrás de tu periodismo siempre hubo algo más, literatura.
Llevas razón cuando te preguntas “¿cuántas personas  tienen la posibilidad de aceptar su propia muerte antes de morir?" Pues sin aceptarla, Juan, cada uno hemos de ser capaces de al menos convivir nuestra vida con aquello que nos haga posible ser felices con nuestra dedicación. Eso es lo que se traduce de tu libro, de tus memorias más que escritas, sentidas. Has sido capaz en tus más de 400 páginas de captar mi interés no ya por los  retratos profundos y llenos de interés que trazas junto a tantas figuras de la literatura de nuestro tiempo.
Tu hazaña para mí está, en que no hay una sola línea vacía de sentimiento. Es cierto como dice Muñoz Molina que no es automático el paso del sentimiento al acto, hay, efectivamente un abismo entre medio. En tu libro, en cambio, en tu hermosa defensa del papel, tienes tal poso de sentimiento que dan ganas de inmediato en convertirlo en realidad.
Me ha llenado de felicidad leerte, Juan. Gracias por defender mí tiempo en el papel. Ejercí muy escasa y temporalmente mi labor de crítico literario en las páginas de un periódico local y ya en este tiempo que no sé si llamarlo de vejez o de permanencia hasta me permito la osadía de decirle a la gente en la red, lo que leo, de sugerir dónde hay buena literatura. Es fácil, porque es contar por dónde transcurre mi vida.
Salgo de tu libro, fuerte en la idea que no se quemará nunca el papel. Como dijo Vila-matas, se sale de una vida, “como quien sale de una frase.” Para quedarme en la siguiente. De Tu “Especies en extinción” llegaríamos muy bien a “La playa del horizonte”, a ese bar que contabas que ya estaba “absolutamente lleno de pupilas dilatadas.”