viernes, 10 de agosto de 2012

SE ME VAN TERMINANDO LOS ESFUERZOS






Cualquier momento de la vida los requieren. Pero no me esperaba la sorpresa al asomarme a la puerta para que alguien me drenara lo que requería una simple incisión. Acudí al lugar adecuado donde las urgencias suelen prolongar las esperas. En mi caso no me importaba. He aprendido a hacerme menos viejo esperando. Pero el paso siguiente empezó a deshacer mis defensas. Hubo encanto, cariño, traducido cogiéndome las manos, pero la explicación que vino luego ya no fue un deterioro, sino un derrumbe. Se me quedaron dentro de aquel recinto para casos que quedamos que eran solamente de urgencias. Y sin embargo la propuesta que me hicieron, su mano –repito, entre mis manos- es que volviera luego, mucho más tarde, hasta habiendo celebrado la larga pausa con una cena para recobrar el aliento que estaba perdiendo y me quedara después allí dentro. (Ella, me propuso ir alternándome los antibióticos ya que llevaba la vena abierta; otro mucho más médico, en cambio, algo mucho peor: limpiarme los huesos y cambiar de asiento.)

Pero no se trata ahora de contar los sucesos, a cada cual más desafortunado, sino lo peor fue quedarme en aquella estancia de improviso, sin que nadie antes me hubiera avisado, que drenar simplemente una herida, suponía un ingreso sin aviso cuando uno sólo está preparado en la vida para ingresar hacia donde camina. Además, estando “apartado”, sin que tampoco estuvieran autorizados a manipular ni regar con suero fisiológico los bordes de una herida.

Fue pasando el tiempo, fue llegando la noche a la que tanto temo, con lo único bueno de estar lo mejor acompañado posible. Así se me cayó del todo la noche encima, víspera a una víspera de cumplir más años de mi propio calendario y a mi alrededor, por los pasillos de mi ya tantas veces conocido recinto, apenas un silencio, los pequeños ruidos de estar de guardia quienes estaban de guardia, y mientras yo, al dejar pasar así de mal mi tiempo, empezaba el recorrido de ir perdiendo el potencial de mis recursos, mis maneras de sacar refuerzos para los esfuerzos necesarios. Eso es lo que estoy perdiendo. En mi caso, de tanto ejercitarlos, más de veinte años, me voy sintiendo debilitado.

 Esa es la peor dolencia, para evitar esto es por lo que lanzo el grito que me queda dentro. Carencia de recursos, disminución en mi búsqueda de esfuerzos, no haber sido capaz ante el clima de susto que me dejó caer entre las manos dulcemente aquella joven y tierna mujer de bata blanca, de haberme resistido, haber sido capaz de decir no me quedo, prefiero sentirme con mi mínimo aliento como he venido haciendo hasta ahora, con pasos inseguros, con la debilidad de mis países bajos, pero la cabeza lo mínimamente amueblada para saber dónde estaban las personas que me estaban queriendo.

Fue más poderosa la voz enternecedora, ante el riesgo propio, de la joven mujer que se ocupaba de mí y acababa de conocer hacía tan solo unos minutos. Se llamaba Ana y hasta supo terminar sus palabras secándome las lágrimas con su beso, con sus palabras que anteceden al aviso de un estado de coma o la amenaza severa de “te la estás jugando”. Sentí su mejilla junto a la mía como para darme ese esfuerzo que ya no tenía. Todo me venció, todo acabó con lo más valioso que siempre he sentido, mi capacidad de lucha: le di la razón, sentí miedo, rendí mi resistencia.

Pero que nadie me lea con una capacidad de preocupación mayor de la debida, que eso sí, es suficiente. Bastaron 24 horas, lo que me duró aquella mala noche, una amplia explicación para confirmarme los serios peligros que tengo dentro de mi ser, partiendo de una vieja cicatriz, con el nombre propio de haberse fistulizado hasta el hueso, para salir de nuevo por la puerta por donde vine. Ya tendré tiempo si hace falta, de volver al camino donde he estado ya en tantas ocasiones. Que me lleven, que hagan como que camino lo que ya no pueda caminar. No voy a ser el primero, ni el último cuando me llegue ese momento. Mientras, seguiré leyendo, acercando a mis amigos esos libros, temblándome las manos con un libro de buenos versos.

A menos eso sí, que llegue todo un poco más tarde, que no tengan razón los que siempre le echan la culpa a mis huesos. Que me dejen terminar de viejo, siendo viejo, pero no como la otra noche “apartado”. Nunca lo estuve del mundo, aunque siempre me haya acercado a través de los libros. Mentiría si dijera que la otra noche no cogí ninguno. Al menos con los versos que me han servido en el título, siendo propio, además los que he leído de “Climax road” de Vanesa Pérez-Sauquillo: “Cualquier gesto en la vida/exige esfuerzo”…/“Merecerá la pena la batalla”. Porque es verdad, sus versos tienen esa belleza “antigua y agresiva”. De ellos me ocuparé en el sitio debido.

Me ha valido la pena todolo que he hecho hasta ahora, me va a seguir valiendo, hasta secando mis lágrimas en la mejilla de una médico residente en un momento de debilidad cuando sentí que se me iban terminando los esfuerzos. Iré a buscarlos de nuevo.

domingo, 15 de julio de 2012

SIEMPRE ME QUEDAN RECURSOS





Porque la vida que he llevado ha transcurrido dentro de la literatura, y según decía Azorín,  está detrás del adjetivo, una parte de la oración que se agrega para darle fuerza al sustantivo. He llevado conmigo para cualquier momento la enorme belleza de ellos en forma de recursos. Hay sitios, lo veo enseguida, a los cuales no puedo llegar. Es motivo, o la altura de los escalones para alcanzarlos o que no exista apoyo alguno. Me da lo mismo, si me empeño llego. Como si las posibilidades de mis caderas en forma de oraciones ganaran entonces más espacio para poder emplear más esfuerzo. No me canso, no me pienso cansar de hacer lo que puedo e intentar al menos lo que no puedo. Hasta voy a seguir echando mano de la metáfora y el adjetivo aunque no le importe a nadie. Por difícil que me lo pongan no pienso despedirme de nadie, sino de mí mismo. Valdrá el recuerdo de la mirada a una bata abierta, el vestido de unos besos, esa tremenda mezcla de esplendor y derrota que aporta la vida, valdrá cualquier cosa, seguirán ayudando así a mis posibilidades.

En el momento que me hablaron de mis puntos muertos, no hice caso, me pillaron con un libro abierto, con las ganas de seguir siendo, con la palabra preparada, a punto, desnuda y sobada antes por otros. Al decírmelo me acordé al instante de un escritor que explicaba la razón de sus escritos con el sentimiento de la carga, con el enorme poder de negarse a no hacer lo que te advierten que no vas a poder hacer. Mis mejores ideas, las más precisas para contarlas fueron aquellas que utilicé para explicar que el dolor y que el cansancio ni duele ni cansa.

Vendrá ahora otra nueva etapa que será mejor callarla como si se me hubiera terminado la osadía y el descaro que pueden ofrecerte la imaginación llena de pecado. Da lo mismo porque soy el mismo: quien puso hace más de 20 años la primera explicación de mis sentimientos en un foro de oyentes informáticos, siempre a punto con sus respuestas preparadas. Tuve entonces un cariño y un apoyo que tengo ahora derecho a darlo por terminado. A la gente acaban cansándole las explicaciones, hay que vivir como puedes, teatral o distinguido pero propio y honesto. Si escribes, lo más lógico es que intentes cicatrizar tus propias heridas, pero eso sólo debe ser para uso propio.

Punto y aparte, pues, vamos a dejarlo estar, voy a utilizar todos esos recursos que siempre tuve y de los que antes os hablaba en mi propia intimidad, en mi cuarto, rodeado de libros que no me son suficientes para mi necesidad de leer; la plenitud de la mañana que estreno cada vez pero sin tener que contársela a nadie; hacerme un café y buscar un beso lento a la vez en una especie de bruma de vejez, de silencio, de propios pensamientos que no le importan ya a quienes me leyeron pero que para mí tienen una plenitud conmovedora.

Éste, por ejemplo, me ha recordado la capacidad que tengo de esforzarme cuando necesito hacerlo. Será mejor quedarse con el lujo del silencio que decía antes. Eso de contar las cosas de uno donde sea, es indudablemente un mecanismo de defensa frente a la verdadera derrota que proporciona el tiempo, frente a ella no tengo más que un único recurso.

Os cuento: admitirlo hasta casi como bueno, cercano y propio, parecido a mis propias torpezas para subir altas escaleras y llegar hasta arriba. Cuando en la tienda de Apple me dejan su tarjeta chip para poder utilizar el ascensor de los empleados, y como me conocen cuando entro en la tienda, voy consiguiendo pasar desapercibido, mirar cosas en la planta baja y subir luego yo las escaleras hasta las aulas de enseñanza one to one.

Es bueno hacer lo que no puedes y hasta lo que no debes, mirando distraído hacia cualquier parte. Es bueno no admitir para tus cosas ningún “recorte”. Para eso ya están los que mienten. Son buenos esos quesos curados, perjudiciales para el colesterol, sobre todo si procuras no saber si tienes colesterol y todas esas cosas. Esas limitaciones, que ahora al final, cuando ya va a ser más difícil, quiero volver a echar mano como siempre –con mayor energía si es posible- de ser capaz, yo solo, más callado, sin necesidad que me escuche nadie, de echar mano de ellas.

No quiero la mediocridad de los débiles, ni su torpeza inicial ni final. Tuve siempre un oculto deseo de rebeldía en forma de capacidad de resistencia. A nadie le preguntaré ni luego le contaré sobre lo que no puedo hacer, antes lo haré. Ese es el mejor sentimiento de pertenencia que tengo de la vida, pero eso sí, hay que hacerlo callado y con paciencia. El día que no llegue, es que será imposible llegar. Aún en ese momento quiero tener la dignidad de los finales.

lunes, 11 de junio de 2012

CICATRIZO LAS HERIDAS ESCRIBIENDO



Porque busco la dignidad de los finales, cómo terminar mejor de hacer las cosas, cómo evitar dejar señales sin arreglo cuando tuvimos antes la solución en nuestras manos. Pero es que la culpa, el darnos ahora cuenta, la tiene como siempre el tiempo, lo deteriora todo, no se queda con el físico únicamente, existe un cansancio junto a él y el error que supone hacerse demasiadas preguntas, porque precisamente la perfección desaparece cuando uno se empeña en preguntar. La dignidad debe estar, pues, en la parsimonia de que hablaba hace unos días explicando mi forma, mis maneras en la lectura.

Es preciso, pues, curar las heridas hasta con lo que en la vida ha tenido precio puta. Por eso escribo teatral, pero distinguido, me gusta expresarme siempre con la sensualidad al alcance de la mano, con las palabras lo más exactas posibles a lo que estoy pensando, a lo que estoy mirando. Con el último libro de viajes en la mano, con “La huella jonda del héroe” de Montero Glez., por ejemplo, “la sensualidad que se esconde entre los muslos de una mujer.

Así escribo casi siempre, tampoco me precisa mucho que otros me marquen el camino, me gusta desde siempre, la veneración a base de adjetivos y metáforas lo más precisas que puedo. ¿Qué heridas tengo que curarme, pues? Caramba, las de siempre y más ahora que cuesta más estar vivo, tener los dolores entendidos, que te preocupas por llegar en mejor estado a los finales. Te vas haciendo viejo, y el tiempo ya no pasa tan lento.

Pero por eso sigo y todavía, me arriesgo, hablo sobre todo con mujeres que tienen cultura y canción, como si mirarle en ese caso los pechos fuera un descaro cuando es una especie de gratitud. Sigo por la calle, si es preciso, los tacones indecentes de una mujer. Tengo la ventaja que como mis andares son muy a destiempo, pues me sobran las ocasiones, el momento.

Me puede la literatura como si fuera la mejor forma de memoria y de deseo, una mezcla insistente a la que encima le doy rituales personales. Ya dije que leo parsimoniosamente, me place sobremanera el libro que tengo en las manos, pero arrastro por anticipado unos índices de excitación al elegir el siguiente. Muchas veces hago trampas con ellos, irrumpe en la mesa de novedades, o avisa en un suplemento literario ese libro que necesariamente como si fuera un deseo de mujer, está esperando, una  especie de aviso que me pega de lleno y no me deja escapar. Hasta me apresura a terminar el que estoy leyendo y dejarlo ya de cuerpo presente.

No sé cómo encontrar, pues, la dignidad de los finales, curar todo lo que sea curable; no sé si hay que seguir haciendo como siempre, como si tal cosa, si es válida hasta que acabe la materia prima con la que me muevo porque sólo me hacen falta las palabras para los principios y me parece que también para los finales.

No quisiera quedarme con ningún desaire. Ya sabéis mis obligaciones con el cariño: querer hasta que me quieran, con mis ojos viejos pero siempre encendidos, con la vieja esencia de las letras que siempre llevo puestas. Mis sueños imposibles en el vértice de lo posible, así se encuentra entre las páginas de los libros que han sido las partes de mi vida, los matices, las caricias, hasta los finales.

He vivido a cuestas muchos años anclados a un andamiaje demasiado inmóvil, los puntales por en medio en cada paso casi que daba. Sólo supe emplear un mecanismo: luchar contra las dificultades para poder vencerlas luego. Quizá podría servir como una curación total escribiendo, la mejor huella que he dejado luego al ir abriendo entre palabras mías y hasta prestadas las maletas cargadas de memoria.

Escribiendo me he ido curando hasta donde era posible de esa especie de soledad que todos tenemos a veces y no le pertenece a nadie, ni a los seres más queridos, o que tienes más cerca. Y curiosamente he contestado los comentarios como si nos conociéramos de antes dentro del amplio edificio de respuestas que siempre tiene un hombre que sólo las mujeres saben.

He ido dejando caer aquí pedazos de mi vida como se debe hacer siempre, con lo más importante, la carga de sentimientos que traían. Me olvidaré de cómo escribiré los finales que vengan. Quizá quienes me leen saben que no soy más que un invento malogrado, esclavo de mis propias palabras.






martes, 29 de mayo de 2012

LEO CON PARSIMONIA



Para calmar mi incertidumbre, esa que define Beatriz Manjón como “una interferencia y un trago de café”. Leo en cualquier sitio aunque pueda ser improcedente. Para mí procede en todos los sitios de la tierra. Leo, porque es mi necesidad, mi libertad, aunque sirva poco para un curriculum recomendable. Lo hago despacio para sacar de cada libro lo más que puedo, las palabras que no supe escribir yo, eso imposible y único como un abrazo que estabas esperando, tierno, inconmensurable para terminar con esa incertidumbre y poder tener así más ilusión. Sentirme satisfecho con mi propia satisfacción.
No me interesa saber qué pasa cuando acaba el libro, por eso prefiero dejar los que tienen crímenes fuera, sin conocer al criminal; ni tampoco los de amor donde haya que averiguar quién es el amante. Para mi parsimonia, me sirve la prosa a secas, llena de pausas para que en cada una de ellas intercambiemos el autor y yo problemas y sentimientos a medias.

En la lentitud de mi lectura necesito el derecho a tener sueño, cambiar de párrafo a veces sin darme cuenta para tener que volver a encontrarlo luego, por decreto, por respeto a la lectura. En la cama es, una especie de edredón análogo a la piel de quien tienes al lado. Y en todos los sitios, bien despacio, la soledad que tienes dentro los ratos que estás leyendo, una soledad como enemiga a veces que se te ha colado por las rendijas de la puerta medio abierta, de la ventana, del silencio.
Y sobre todo, leo dejando hueco –ya he dicho que  no para cumplir curriculum alguno- sino para que se me note en cualquiera de los sitios donde he pasado tantas horas leyendo. Al final de una vida va a coincidir con lo que decía mi padre en mis tiempos de estudiante de la Facultad cuando hablaba sobre las carreras terminadas de mis hermanos, y al referirse a mí añadía, “el pequeño lee”. Yo me enfadaba, reclamaba mi derecho de estudiante universitario, pero él se estaba refiriendo quizá a la falta de entusiasmo del que andaba sobrado para todos los libros que no eran específicamente de enseñanza.

Siempre he querido escoger yo los libros, y he valido para ello. Con cualquiera en la mano sé casi de inmediato si va a ser bueno, mi margen de error es tan pequeño que no concibo precisamente tener que dejarse un libro por falta de interés. Me provoca la pasión antes, sino, no pasa a ser mi libro, necesito que adquiera el derecho al hueco, a provocar el deseo como una especie de sexo sucio y como decía Wody Allen, por eso bien hecho.
Incluso a veces la necesidad de esa parsimonia si no me la proporciona el sitio, el momento de la vida, sé crearlo a mi alrededor, hasta provoco el silencio en un Centro de Salud, por ejemplo, para alejar de una vez las enfermedades y el empeño que tiene la gente en contarlas. Tengo cerca la anécdota de esta mañana.

Utilizando los medios tecnológicos, la famosa “nube” –icloud de Apple- esa novela de  Andrés  Barba que acaba de empezar esa misma mañana desde una Tablet, la he podido continuar leyendo a través del iPhone a pesar de su escaso tamaño, en la sala de espera de ese Hospital. La señal que he dejado en el libro que me había descargado de Kindle,”tenía la sensación de que allí se abría entonces algo parecido a una brecha y él era capaz de entrar en su cerebro de una manera delicada y misteriosa.” En la la misma posición de hoja doblada que he dejado en el teléfono, al llamarme dos veces porque estaba ensimismado, la enfermera, lo he encontrado luego en casa en la cómoda superficie del iPad. Justo al final de las palabras de Andrés Barba.

Misterioso parece el procedimiento, pero no es ajeno a la necesidad de mi parsimonia, de la lentitud, de la concentración, del silencio. Cualquier sitio es procedente, sabré buscarlo con el libro en la mano o dentro de un teléfono. Buscaré y la tengo muchas veces, la compañía, mudándome  de piel, cultivando las laderas de una hermosa cercanía, la identidad de otra persona cumpliendo el mismo rito con severidad, lentitud y una forma oculta de orgullo para no hacer curriculum.
Decía Juan Carlos Onetti que “le gustaría sufrir de amnesia para olvidar los libros que amaba y volver a leerlos con la misma placentera sorpresa que la primera vez. ¡Qué hermoso elogio de la lectura!.

Con parsimonia, en un espacio de regocijo y aventura, una opción a encontrarse mejor, más humano, el poder del precioso fragmento de las vidas que han vivido o inventado otros, una manera de ser libre. Yo venzo la incertidumbre, bien de mañana con una taza de café, con una taza de café y la mayor lentitud que puedo poner leyendo un libro..


viernes, 11 de mayo de 2012

LA PASIÓN DEL COMIENZO Y LA RABIA DEL FINAL



Aún estoy a medias porque pienso que es un poco pronto para limpiar la pizarra como si fuera un enseñante que anticipa el final de su trabajo sin saber claramente cual fue el mejor momento. Todos ponemos mucha pasión en cada comienzo y sin embargo se nos estampa la mirada, nos llenamos de rabia cuando nos vamos dando cuenta que se trata simplemente que llegamos al final. Morirse debe ser malo, pero sobrevivir con cansancio puede llegar a ser mucho peor. Quizá parecido –dentro de ese mundo propio de las nostalgias que me invento-  que ya no me proporciona consuelo suficiente acabar con el cansancio, descansando;  porque por el contrario es más importante cuando juntaba a esos momentos la alegría suave de tener entre las sábanas a alguien conmigo con idénticas ilusiones de comienzo. Ahora mantengo esa compañía a base de algo tan grandioso como es la comprensión y el entendimiento. Lo alargas cada día con la debida nostalgia de cuando no tenías necesidad de echar mano de ello. Se daba además por descontado.
Pero todo tiene el mismo motivo, la rabia del final, de las cosas que no has hecho, del agotamiento que te lleva a su término porque todo aquello que te pusiste como un hermoso trabajo para sustituir el que ya no tenías, te vas dando cuenta, te vas preguntando, si nadie me obliga, si ya me cansa por qué sigo haciéndolo.

Viene a ser lo mismo a cómo hago a la hora de elegir los libros que voy a ir leyendo. Es muy bonito encontrar el que quieres, el que necesitabas que alguien hubiera escrito para darte placer el leerlo, expresamente a ti, como si su autor supiera que querías que te diera su fantasía, sus ideas, su propia imaginación. Sigo acercándome a las novelas que no tienen historia, son sólo sensaciones de los seres humanos al rozarse, sin llegar a encontrarse jamás. Alguien me lo explicaba: como un polvo sin eyaculación. Me gusta que no pasen cosas, que ya me imaginaré yo que pasan, que me den sólo la prosa, los puntales, el andamiaje sobre el que se sustenta el libro y yo ya le buscaré su belleza. No me hace falta que me definan demasiado los personajes, me bastan los seres humanos húmedos e inseguros.

Y lo mismo que con los libros he venido haciendo, he practicado a la hora de aprender las cosas que no sabía hacer. Me llamó la atención al tener que estar prematuramente mucho tiempo quieto el poder de la comunicación de la red –y prefiero las redes humanas, el contacto individual, a las redes sociales-. Me cautivó la magia del diseño, de cambiar tanto un rostro o un paisaje para apenas reconocerlo; se trata de un infinito poder de la tecnología casi un poco deshonesto pero que requiere habilidad e imaginación como si estuvieras entre sueños de colores.
Pero otras veces, me quedé como haces en la vida con tus propias obligaciones, casi a medias, por terminar, he sentido cansancio antes de tiempo, como si me quedara por acabar de leer la novela y no supiera que quiso decirte del todo su autor, qué es lo que pasaba. Pero cómo no, siempre conservé el deseo de aprender, la rabia –que aparecerá luego al final- de no tener suficiente tiempo para hacer todo lo que quería hacer. Son dos corajes juntos, dos maneras de torcer el gesto sin que nadie me viera, como un símil a no estar haciendo nada práctico.  Eso me ha pasado y me ha pesado en muchas ocasiones sobre mi persona. Como un para qué constante, sin respuesta porque a fin de cuentas  todo lo que hacía o no trascendía o pienso que tenía escaso valor.

Hasta en ese hermoso mundo de comunicación, utilizando una página de  Internet para acercar a mis amigos a los libros que estaba leyendo; incluso a gente que luego me buscaba sin que yo jamás supiera quienes son, en este camino de mutuo recorrido (qué lees, yo estoy leyendo) cada mes me detengo ya para preguntarme si debo seguir haciéndolo, si es verdad como hace un rato me escribía una buena amiga que sugiero y oriento.
Lo he venido haciendo ya desde hace casi 8 años cada mes como quien siente un tremendo amor por algo y quiere compartirlo, abriendo los brazos y las puertas, en un boca a boca que es la mejor manera de decir las cosas. Hablar de libros para mí, es emocionarme, quererlos al contarlo, es una especie de sexo duro perfecto. Evita además el olvido permanentemente, produce necesidades de conocernos mejor, es un rasgo de honradez pasar una página o empezarla de nuevo.

Pero todo esto que comento me lleva al título que le he puesto a mis palabras, reconocer el propio deterioro que para todo y para todos tiene el tiempo, acordarte de la pasión de los comienzos y la rabia que te traen todos los finales. Vas perdiendo hasta el maquillaje detrás del muro de la dignidad que tenías delante. Ganas peso físicamente al escasear ya demasiado tiempo tus movimientos, pero pierdes ese mismo peso o más que te proporcionaba la ilusión de hacer las cosas como cuando tienes el cariño junto.
Pierdes hasta el instinto y la pasión de todo comienzo para seguir empezando de nuevo.

viernes, 20 de abril de 2012

TUITEAR O NAVEGAR, UNA FORMA DE VIVIR



Casi de ser persona, de poder estar en el mundo de hoy. Eso enseña Ramón Reboiras en su novela “Visita a un extraño” para poder contar a medias nuestros vicios casi solos, aquellos que vamos encontrando por la vida.
Como si tuviera poco tiempo, ni tan siquiera para ensayar el gesto del que se marcha de que habla Reboiras, poco tiempo para navegando o tuiteando hacerme con una nueva forma de vivir. Quiero la que tenía, la de empeñarme a  hacerlo caminando de cualquier manera, son ya muchos años de esta otra manera, muchos libros leídos y por leer, muchos momentos en que le he dado las gracias a ese momento, al estar con él, al preguntarle como aprovecharlo, muchos años en la red pero siendo más importante que la red. No voy a tuitear ni a navegar sin motivo. En Internet siempre estoy buscando la referencia de un libro, leyendo un texto o una información que me vale la pena, me enseña, me cultiva. Muchas, muchas cosas por hacer para necesitar el vicio de contar mis vicios. Soy persona, vivo y cumpliré mi compromiso de vivir cien años más sin dejar la mente quieta hasta que se me quede así definitivamente.

En el libro que he citado me enseñan que llevo razón callando, lo que suelo hacer en la vida real. Callando y no preguntando: me gusta el médico que no me dice lo que tengo, que quien me quiere lo haga callando; que mis hijos sean mis hijos aunque parezca siempre a los padres que se les olvida que son nuestros hijos. Me gusta decirle a una hija de una hija al despedirla cada vez que la llevo al aeropuerto (veinte años recién cumplidos y una maleta llena de libros y apuntes de Derecho) “te quiero y todavía  no sé por qué te quiero.” Es el encanto de las verdades ocultas que se llevan dentro, de lo que se escribe a ratos mientras vas leyendo lo que han escrito antes otros más o menos parecido a lo que estás pensando. Tengo una metáfora formidable para ese cariño oculto: es mi recinto húmedo para pensar y no contar lo que estoy pensando, mi manera más hábil de evitar mis desasosiegos, la casa con goteras que todos tenemos, pero mi refugio. Hay que querer sin saber por qué quieres.

Pero tengo miedo de no llegar a tiempo porque me falte tiempo: para saber vivir mi destino, mi momento, mi manera de ser que ido contando, mi disciplina de los vicios, las poesías que he ido dejando en mi disco duro. No sé si es que tuiteaba sin saberlo, si soy tan viejo que fui cultivando el medio antes de inventarse en Internet. Pero lo que es viejo como la vida que vivimos es sufrir por las veces que no la entendemos. Por eso me sigo empeñando en lo mismo, bien sabéis aquellos que seguís mis pensamientos: el poder intacto de los sueños que no pude hacer, el goce del libro abierto por la misma página de la que supe sacar certezas y adicciones.

Y hasta todo el tiempo que me quede me repetiré con lo mismo: la pasión por el verbo antes que el pensamiento, la devoción a la palabra escrita que requiere el beso luego. No sé, lo pongo en duda, si tuitear permite eso. Yo prefiero hacerlo como a oscuras, a medias en silencio, como una especie de recuento conmigo mismo. Ya no escribo casi correos y ninguno que no valga la pena, que no lleve dentro parte propia y reciba algo ajeno. Es cierto que se me come el tiempo, el tiempo, que quiero poder seguir aprendiendo para evitar hacerme viejo, que mi memoria sin embargo es cada vez peor, pero es lógico, al empezar la mañana y encender mi Mac me pregunto por dónde empiezo, qué es lo que busco, lo mejor que quiero. Dónde está la forma de caminar que la vida me ha enseñado a hacer antes de que apareciera twitter.

De la memoria de hoy, mañana no me acuerdo, sin embargo sigue viva la de los libros viejos que duermen ya hace años en las estanterías de las paredes de mi casa. El pasado ha prescrito porque es pasado y para el presente se me está haciendo tarde.

viernes, 30 de marzo de 2012

LA RED, EL TIEMPO QUE ME QUEDA




Voy a ver si explico lo que hace mucho tiempo debía haber explicado y todavía no sé muy bien cómo hacerlo. A estas al turas mi caché de lector, como esa memoria antigua que tiene por ejemplo cualquier ordenador, nadie me lo niega. Sin embargo no sé bien porque estoy escribiendo en este paraninfo anónimo, que muchas veces da miedo y te obliga a disimular identidades propias y ajenas, ignoro las razones, y ahora que me debiera sobrar más el tiempo ando  escaso para lo que me queda por decir y por hacer

Soy incapaz de dejarlo pasar inútilmente, tengo energías todavía para adquirir sabiduría que en este caso, bañada como en la antigüedad de un casco viejo, cuesta más incorporarla, pero nadie me la puede quitar ya. Para todo eso la red se ha convertido en un lujo, en un vicio, en una manera de esconder los amantes y no declarar todos tus bienes, es como una Hacienda pública que en determinados momentos te obliga al silencio y en otros a tus propios desacuerdos.

He dejado huellas y tengo seguidores. Les gusta de mi palabra, la palabra, porque como dijo Burroughs, “la palabra hablada y escrita, actúa como un virus. Se trasmite, se contagia.” Y con la palabra he narrado ese tiempo que he tenido escondido en tantas ocasiones, Allí están mis formas, mis deseos, mi importancia, me gusta a mí también lo que he dejado dicho, no me arrepiento de nada, no borraría nada, ni hasta cuando parece que me he estado dando importancia, ni la propia insistencia con los libros que he leído para inducir a que lo lean otros, a ver si los sienten parecidos.

Qué extraña me ha parecido muchas veces la red en mi propia cama cuando me acordaba de ella luego, me parecía casi ajena, aunque fuera sólo unos instantes para entender dónde me encontraba, qué es lo que quise decir de mí para que todos me entendieran. Pero siempre considero que he sido generoso en muchas ocasiones y con muchas personas. Para todos, pedir nos resulta complicado, pero dar no es nada fácil y yo he intentado hacerlo de múltiples maneras sin que me pidieran.

Ahora, cuando noto  la rapidez con que se me pasan los días frente a la lentitud que tenían cuando uno de joven casi hacía fuerza para que pasaran, ya no me queda la posibilidad de hacer proyectos, sino el más importante, sentirme mejor hoy, no importarme cómo me sentiré mañana. Y cuando llega la noche tengo un descanso muy hermoso y  muy sencillo: sentir el aliento próximo de quien ya duerme. Tiene un valor incalculable, una serenidad gratuita, una manera de estar cómoda y tranquila. Convivo todavía, comparto, en eso estamos.

Ya sé que después vendrá lo mejor que tiene el día: el día. Antes hay que hacer muchos esfuerzos para haber terminado el anterior dignamente. Hasta llegar a ese nuevo, hasta ver desde el principio qué han escrito en la red, está la medianoche, y es difícil –siempre lo ha sido para mí, por eso he insistido que nunca me moriré de día. Esa transición, como dice Barrueco de Lavapiés o de cualquier sitio, los hombres “sienten que es más fina esa delgada línea entre la vida y la muerte.” De ahí la razón de que le tenga tanto miedo a la noche.

Por eso necesito llegar por la mañana nuevamente a mi sitio en el café, en el libro, en la red, para poner cualquier palabra, contar algo sobre ese libro que acabo de leer, cómo sobrevivo, la fuerza que me hace llegar al alba más pronto que nadie. No es que madrugo más, ni tengo ninguna hora de descuento, es que busco tener que levantarme antes con pasión, con mucha insistencia. ¿Dónde vas tan pronto, me preguntan a veces? A la vida, al tiempo que me queda, al libro que he dejado entre medias, a contestar dos líneas a quienes hayan leído las mías.

No me voy de vacaciones, siempre estaré en la democracia de la red, sin importarme que alguien me considere importante o que piense que no vale la pena leerme. Voy a tener, eso sí, siempre, como una aureola de deseo, escribiendo como he hecho muchas veces en aquellas ocasiones que pueden provocármelo. Es mi estilo, mi postura, mi salvación, mi forma de ser permanentemente amante.

Y aquí voy a seguir el tiempo que me quede. No me iré hasta que la vida me elimine de Internet. Bien me vale llevarle la contraria a la frase de Rilke que ese gran novelista gallego que es Ramón Reboiras, utiliza en uno de sus libros para llegar hasta el fin del mundo, como un hombre de este tiempo y de estos años: “”¿Quién nos volvió al revés,/ para que siempre/por más que hagamos tengamos el gesto/del que se marcha?”

Pues yo me quedo el tiempo que me queda. Esto viene a ser como un vicio público, o una virtud en privado, ¿verdad, Ramón?


jueves, 15 de marzo de 2012

"COMO UN POLVO FURIOSO, MEMORABLE"



A veces puede ser hacer cualquier cosa para sentirse  necesariamente mejor. El título es explosivo, las capacidades destruidas, y la única reacción posible es precisamente eso, pensar que somoscapaces de darle a nuestras conductas en la vida, subrayada, grandiosa, maneras que no era posible dejarnos insatisfechos.
¿Dónde tenemos ahora los suficientes recursos para quedar dignamente en cualquier tarea en la que estemos metidos? Ando demasiado quieto porque me cuesta cada vez más dar los pasos, pero debo darlos, es camino de mantenimiento, de conservación, hasta de admiración ajena. Voy eliminando menesteres propios, zonas de cultura, que debe uno –al contrario- ampliarlas cada día. Me doy cuenta, pero no lo hago.

Necesitaría que me lo gritara alguien, que me recordara zonas de satisfacción, momentos inolvidables y lo costoso que resultara ahora volver a repetirlos, pero si es posible, hay que hacerlo como ese polvo furioso y memorable de una novela de guerra de Almudena Grandes, a quien le he robado el calificativo. Pero es justo lo que necesitaba contar ahora para entrar claramente en zona de reclamación desde dentro y hacia los demás.
Recuerdo, releyendo el beso del libro, que las bocas necesitan acoplarse, sin otro sentido ni otro destino. Ese es el secreto, dedicarse a ello todo el tiempo posible, ver si podemos arrancarle al día alguna hora extra que tenga un número superior a 24. (En mi caso, ojos bien abiertos –lo contrario que en el beso- brazos arañando porque necesito siempre agarrarme a algún sitio: o la intencionada sujeción de la cabina de ducha cuando dejo el cuerpo limpio: o ese pequeño escalón que tienen las aceras, que no necesita mirar casi nadie y yo los veo siempre; el marco de la puerta, conocida y propia, de la casa de casi toda la vida, llevando siempre –eso sí- las manos libres y  con todas las luces encendidas.)

Parece contradictorio pero no lo es. Igual que tengo que agarrarme a la dificultad conocida del tiempo que me queda, a cualquier punto de apoyo necesiito igualmente mi intención de no perder intensidad, son muy válidos los ejemplos del polvo y el beso, cualquier sensación que me traiga la calidad de un recuerdo que le puse la etiqueta de presente para siempre. Son imprescindible, para el tipo de vida organizada que tengo, los amores imprudentes que me producen los libros, pero a la vez es necesario acostumbrarte con lo que me va quedando.
Necesito y necesitaré siempre –por eso tantas veces he pregonado el afecto a la gente, y acabo recientemente de hacerlo- como un círculo de abrazos para medirme con la gente. No hace falta mucha precisión, sino confianza, atrevimiento, la insistencia de estar muchos años ya sobreviviendo.

Y para hacerlo en buenas condiciones, para que cualquier cosa a estas alturas pueda parecer memorable has que sacarle partido a las cosas cordiales. Esforzarse –lo tengo decidido- más que para hacer mejor cada paso en la calle, saciarme, encadenarme cada vez más en todo aquello que me produce placer interno. Luego, quizá, tendré la audacia de contarlo, pero lo que es necesario es hacer las menos preguntas posibles, responder siempre que estás bien aunque no estés nada bien, la vieja y mágica ley, evitar uno mismo las preguntas porque suelen tener, a tiempo vencido, una respuesta que no conviene. Si preguntas, si te preguntan y tienes que responder que sea como una caricia, que dice quédate.
Voy a ver, pues, cómo me las arreglo, con 24 horas más o menos, emplear cada uno de los ratos: o leyendo, por el vértigo irremediable que tienen las palabras, esa literatura “intocable” de que hablaba Umbral, que ahí tenía su gloria y su ventaja. Voy a ver si me hago estudiante otra vez, pero mejor estudiante porque me pondré delante de aquello que realmente me interese inmediatamente, urgentemente. No escatimaré el tiempo aunque he comprobado que no puedo hacerlo largo, tengo las neuronas cansadas y viejas, las antiguas se acuerdan de lo antiguo y las nuevas tiene precio de haberlas comprados en alguna tienda de los chinos.

Poca calidad, la clase la he poner yo a base de insistencia, aprovechando el tiempo como si el tiempo se pudiera aprovechar. Buscaré alguna ventana inesperada por donde me entre ese aire limpio y joven de cuando dormía como un niño. De las palabras que me atreva a escribir encontraré por cualquier parte su mayor densidad.
Y finalmente, aquello que puede parecer poco conveniente, el hecho de envejecer, habrá que hacerle caso a Esther Bendahan: que hay que vivir al día, sin proyectos ·porque ser viejo puede ser –y de hecho lo es- una conquista."

Dice Bendahan “sin proyectos”, me quedaré simplemente, eso sí, haciendo cualquier cosa “como un polvo furioso, memorable.”








miércoles, 7 de marzo de 2012

ESA AMISTAD DE RENTA ANTIGUA



Como una forma de hacerle caso a nuestra vejez, tuvimos la otra tarde un rato de compañía, de lenta conversación, sin tener que preguntarnos antes las pausas, porque esas las llevábamos puestas tanto nosotros, mi mujer y yo, como Carmen, nuestra amiga. Las hicimos y seguimos sintiéndonos cómodos, como antiguos amigos.
Y nada más irse yo pensé en contarlo un rato aquí, que es el sitio de mis desahogos, pero he preferido dejar reposar unos días esa conversación de amigos que tuvimos -entre amigos de siempre- que nada nuevo teníamos que decirnos pero que sin embargo siempre evitaremos despedirnos. Porque eso es lo que pasa, con aquellas personas que quieres no te despides nuca, nada nuevo ha ocurrido y siempre tienes algo que decirle, lo notas cada vez que la miras, que comentas algún libro, o que su propia compañera tantos años, hablando un rato, vuelve a ser compañera.

Sí, nos hizo mucho caso, y eso cuando nos hacemos lo que se llama “más mayores”, te das cuenta enseguida. Lo recibes igual que te lo dan, sin esfuerzo, con complacencia. Y la verdad es que ahora escribiendo de lo que nos dijimos esa tarde reciente, no tengo nada especial que contar, sino que estuvimos con un entrecomillado en la presencia, en el tacto de la llegada y la despedida, hasta otro rato, cuando lo vuelva a permitir ser amigos hablando, recordando.
¡Qué riqueza de recuerdos tenían esas dos mujeres! Fueron comunes en su trabajo, fueron compañía, paciencia y ahora queda con los recuerdos la viveza actual de una renta antigua, como decía. Todo ello dentro de una alcoba espaciosa pero en donde, sin embargo, tropezábamos al cortarnos nuestro afecto, al recordar a otros amigos.

Pero sobre todo hablamos del presente, eso que tiene la capacidad –no sé cómo se las arregla-  de abarcarlo todo. Si es algo antiguo lo convierte en festivo, decimos cómo fuimos y coincide en cómo somos. Con una amistad de la que hablo nos uniformamos, no hay que hacer nunca borrón y cuenta nueva, porque en este caso es como si rebotara en las paredes y la sintieras de nuevo con la riqueza que tuvo y que tiene.

Es curioso, si quieres, puedes hacer marcha atrás, nada te lo impide, para saborear la riqueza que tiene algo que empieza, por ejemplo, volver a ser amigos. Los principios siempre tienen indudablemente mucho más entusiasmo que los finales, estos entristecen por la causa que sea. Pero igual que el otro día dije que quiero vivir otros cien años, me pueden  servir para seguir siendo mucho tiempo muy amigo de Carmen.
Yo hace años que vivo un largo proceso de recuperación con contrato de mantenimiento incluido. Y en todo este periodo he sentido la fortaleza prestada que te aporta una persona tan amiga. En el caso de Carmen, dos líneas de ella siempre contienen enseñanza y sabiduría. Yo luego de leerlas dejo dormir con una larga pausa sus palabras, igual que cuando leo un libro bueno o cuando casi me aprendo un poema de sentimiento obligatorio.

En la amistad y en el afecto cada uno pone de su parte lo que sabe, sin darse cuenta de cual es precisamente su parte y la intensidad que tiene. Esas amistades constituyen como un día verbal que no sabe de medidas, sino de una predisposición, por ejemplo, a sentirte tan bien un rato de una tarde y notar que te hacen caso adrede porque no pueden evitarlo.
Pero a estas alturas –precisamente cuando uno ha perdido altura entre otras muchas más cosas- te queda ese recuerdo con forma de presente verdadero. Además sientes dentro la comodidad de no tener que dar las gracias porque a lo mejor te las están dando antes, se dividen a medias, en este caso era entre tres personas. Yo callaba muchas veces, iba aprendiendo.

Al final no lo pude evitar hablar también de libros, de tecnología nueva para leerlos, de formas de intentar aparcar más deprisa el regalo que supone esa vieja amistad tan permanente que además me mantiene joven. Fue precisamente esa gran amiga quien un día me elogiaba con palabras inolvidables la juventud por la que sigo luchando. Que me la den los medios, las personas capaces de enseñarme, quienes tengan verdaderamente esa “permanente y necesaria juventud en la mirada” que hablaba de mí Carmen.

Ojala pueda mantenerla con viveza, como dijo. Que forme también parte de esa amistad de renta antigua que tenemos mientras nos hacemos más mayores.












lunes, 27 de febrero de 2012

LA NOBLEZA DEL LIBRO



La nobleza del libro está en las manos del lector. Y por eso se han quedado conmigo, llenando mi casa. Pero cuando llevo una vida íntegra leyendo, y más de veinte años ya junto a uno u otro ordenador, expresando lo que siento y contando lo que he leído en ellos, no podía quedarme fuera de esa “herramienta excelente”, como muy bien la califica Antonio Muñoz Molina en el último “Babelia”, al libro digital.
Sí, aunque cada vez en mi hogar sea más difícil encontrarle un hueco a la última novela que acabo de comprar, o sitio a los versos de Vicente Gallego, (“Nada cuesta aclararse, y cuesta todo,/y todo adquiere luego el mismo precio”) esa no ha sido la verdadera razón para acercarme a la lectura digital que proporciona cualquier dispositivo ebook de los que hay en el mercado.
En el artículo que menciono de Muñoz Molina, “Libros, bicicletas, tranvías”, entiendo su sorpresa ante un amigo que hablaba con devoción de su iPhone y su iPad. Dice que parecía referirse en lugar de a un medio técnico para recibir información sino a algo como “al santo Grial o a la ampolla de vidrio en la que se licua cada año la sangre de San Pancracio.” Es verdad lo que dice Antonio, porque lo que estoy viviendo con la tecnología de Apple que es casi litúrgica, es un modo de ser entrar en una AppleStore, aprender en sus talleres, “one to one”.

Yo no me he abrazado a esa nueva fe en la tecnología para tener que abjurar de convicciones y hábitos anteriores como la tinta y el papel. Todo lo contrario, la autoridad y la nobleza del libro siguen estando en tenerlo en las manos, en hojear sus páginas, en empezar a leer un párrafo suelto, en la travesura de comprarlo. Y para eso hace falta que el libro sea impreso.

Pero he tenido que traicionar, en algunas ocasiones ya, la nobleza del libro editado, por la página electrónica –iluminada incluso de forma que tampoco moleste a tu acompañante de cama a la hora de dormir-.Un simple toque de un dedo sobre la esquina inferior de la pantalla de fibra de carbono que estoy leyendo es suficiente para situarme en la página siguiente. No le pido a este magnífico medio técnico su derecho a la invasión para eliminar el tradicional. Quiero que sea una ayuda, a las de “más calado", a las necesarias, pero que mis manos tengan su antiguo derecho adquirido con tintes de siglos, sigan aportando una nobleza y un estilo al libro impreso, y siempre tengan sitio.

No me he querido quedar fuera, no he podido, igual que hice hace ya más de veinte años, cuando incompletas mis horas y mis ansiedades con sólo el libro en la mano, la red me ofreció una ventana exterior, una tecnología que fue una tentación, mucho más que un entretenimiento. Fue como salir de nuevo al exterior, porque frente al libro no tenía suficiente. No podía llegar, ni caminar hasta la calle desde la inmovilidad de mi asiento.
Gracias a Internet, a tantas horas de estudio cuando ya no tenía ninguna obligación de hacerlo, sino esa especie de gusanillo de cultura que llevamos dentro; gracias a tantas personas que leyeron mis textos o se enteraron de lo que estaba leyendo, me llamaron de lejos, me escribieron, me quisieron. Me pillaban siempre con la quietud del libro quieto, me mimaron con la rigurosa razón de que los mimos no estropean a nadie.

Tampoco me va a deteriorar mi culto a la lectura, el  libro electrónico. Su autoridad la aporta la ventaja tecnológica, su nobleza, trasmitir cultura. Pero quiero advertir mi rechazo a tantas y tantas páginas, lo mismo que ha ocurrido con la música y está acabando con el cine en las salas de cine, donde esa lectura suponga una infracción al derecho a la propiedad intelectual. (Art. 270 y siguientes del Código Penal) Otra cosa es cuando cualquier obra, la propia editorial la ofrece –como está ocurriendo-  a un precio inferior al de su adquisición en papel. En ese pago menor, está el autor, su derecho a la propiedad, y en el lector la honesta lectura.
Eliminemos esa costumbre que ya prolifera de acumular obras y obras gratuitamente pirateadas, cientos y cientos, acumuladas en medios digitales de lectura para no leerlas nunca. Igual que con los películas, uno a veces pregunta a un amigo por un determinado film y su contestación, es "ya la tengo", no si la ha visto o piensa hacerlo o se trata de una buena película. Simplemente está en el disco duro de su ordenador.

Cualquier medio de lectura que tenga en mi mano, no lo voy a utilizar para coleccionar libros en él, sino para leer, para seguir leyendo, siendo como “La hermana de Katia” de Andrés Barba, “con las caderas suaves, con los pechos cayéndole sin prisa.” ¡Qué hermosa metáfora! Sin prisa. No pongo, pues, fronteras a los nuevos medios, es mi total aprobación, mi respuesta, mantener de alguna manera en la lectura mi narcisismo, como una catástrofe espléndida. Es lo que busco leyendo, lo haga con el medio con que lo haga.

jueves, 16 de febrero de 2012

QUIERO VIVIR CIEN AÑOS MÁS



En la calle, en la red, en el papel. No sé cómo lo haré, pero ando metido en este proyecto para que me quede aún tiempo para gestos de amor perdidos, caricias no dadas, comprensiones que llegaron tarde. Se trata de una terquedad mía, de esas que se alimentan por sí mismas y son a la vez la mejor nutrición. Si lo miras bien, cien años es poco tiempo.
Vamos a ver cómo lo hago porque yo traigo también, como dice una amiga poeta, “la obligación de ser fuerte y generoso”. Pero no me vino de golpe, la fortaleza la fui aprendiendo a medida me iba negando recursos la vida; la fortaleza me la he ido fabricando. Han influido a veces motivos que parecen intrascendentes, cosas que nunca estropean a nadie: de joven, la cantidad de sueños, de viejo, la memoria, la insistente memoria de haber podido hacer cuatro cosas al menos, mejor hechas. Me ha servido muchas veces para sentirme fuerte esa razón tan sencilla que tiene la vida, pasarlo putas sin decírselo a nadie, volver la cara contra la almohada y esperar a la siguiente. Porque sí, siempre hay –sobre todo a partir de un determinado momento- la siguiente.

Nadie se conoce del todo a sí mismo hasta que ha sufrido, entonces estás seguro de cómo eres y practicas una maestría que no te han regalado. Porque  no te regalan tu historia, tienes que contarla y yo encontré en la red, a solas con ella, motivos para poder hacerlo. Me he dedicado muchas veces a escribir sin saber el porqué de los pliegues de mi historia, los sitios donde sabía que algo me dolía.

Pero desde ese punto, como si ya hubiera cumplido otros cien años y fuera imposible hacer valer a mis piernas, dar un pasomás a ellas solas, desde ese momento, os cuento, he decidido emprender la tarea de cumplirlos. Me lo dijo hace poco un amiga para que resistiera otros cien inviernos, Y aquí estoy, voy a hacerlo en esos tres espacios: en la calle, los pocos ratos que estoy con ella; en la red donde siempre tendré gente leyéndome, y en el papel, el que han escrito los demás para que yo luego de leerlo, sea únicamente la herencia, la enseñanza que os dejo, a quienes queráis saber de mi propio papel.

No tengo otra manera de poder hacerlo: copular cada mañana con la vida, ver por donde me duele mientras me hago yo mismo el mejor café que se puede hacer en el mundo; tomo una pequeña tostada de pan con aceite y con sabor de queso (ya contaré un día lo que es la empresa de irme a comprar quesos); un pan os decía, que busco adrede en un horno francés. Leo un par de horas, teniendo a Mozart cerca, escuchándolo apenas para no despertar a quienes duermen, a quienes todavía no se han enfrentado a la vida, Me siento delante de un ordenador de mi sala de máquinas: puede ser uno de los dos pc, un Mac o un iPad con quien mantengo una emocionante historia de amor de descubrimientos a base de “App’s”. En mi buzón de correo siempre hay alquilen con quien poder hablar como si hubieras hecho el amor varias veces, con la misma naturalidad.
Luego me espera la calle. Allí siento más aguda la necesidad de tener fortaleza porque me pregunto a cada paso cómo voy a dar el siguiente. (Últimamente he descubierto la mejor manera de hacerlo: igual que hace veinte años cuando cada noche corría 6 u 8 kilómetros junto al cauce del nuevo rio) Es una forma de engañarme, de decirle al dolor de cada uno de los pasos que doy, mereces la pena, mereces cada día más la pena.

Me gusta entrar en las tiendas a comprar lo que haga falta, y si no es preciso es mucho mayor su encanto; hablar con la gente que hay en ellas, que se fijen en mí, que se den cuenta de lo que me duelen mis caderas, mis caderas perpetuas, porque yo no me doy cuenta, a mí ya no me duelen. Que sepan que tienen delante a un hombre importante aunque al final como otro día decía voy a dejar pocas cosas: los libros que he leído y la manera de hacer amigos con ellos.
No le tengo miedo a nada, porque necesito vivir cien años más nuevamente; sólo necesito el equilibrio del cariño, la manera de mirarme como si fuera hace más de veinte años que estoy viviendo en la red, en la calle, en el papel, con mi manera de ser.

Aquí estoy, antiguo por los años, joven porque soy pertinaz, porque me empeño. Necesito en estos otros cien años dejar una señal entre la gente, un deseo de mí, grande, acogedor como es mi hogar, un rincón cómodo para todos los que me quieren.

domingo, 29 de enero de 2012

LO QUE VA QUEDANDO DE MÍ



Las paredes de mi propia casa: aquellos libros que he leído, mi vocación porque he compartido siempre como ciertas las palabras de Jouvet, citadas por José Luis Gómez, “que la vocación no existe hasta que no se convierte en un “choix persistent”, una elección insistente”, lo que ha sido durante toda una vida. Y a estas alturas va quedando poco más, un mantenimiento para todo lo demás a base de los más antiguos esfuerzos, porque si no, los espacios son difíciles de llenar sin que te vaya venciendo el cansancio.
Puede ser una muestra: una página de literatura en la red, un contarle a los demás los libros que he leído, los libros que me han gustado, desde de el verano de 2004 en que lo vengo haciendo, aunque falten algunos libros nuevos este mes, que estén todavía sobre el prolongado estante de libros “pendientes”, esos que me dijo un día en Segorbe, Josefina Aldecoa, que a lo mejor no leería jamás porque otros irían ocupando su lugar.

Nunca es falta de tiempo, lo tuve siempre para cada página como una ceremonia de obligado cumplimiento. No me lo restó el trabajo, ni las obligaciones personales, ni el ocio, porque leyendo lo he ido enriqueciendo minuto tras minuto. El tiempo siempre es nuestro y lo empleamos para lo que más queremos ¿Qué me pasa, pues?

Hasta fallo a veces en algo tan sencillo para mí: saber qué libro debo leer, cual debe hacerse sitio en las paredes de esas estanterías que veis y algunas que oculta la propia intimidad. Siempre supe antes por su autor, su temática, su tiempo de caución, diría yo, leyendo las hojas de cualquier libro entre mis mano, unas líneas al azar –mejor siempre que una sobrecubierta del propio editor- que ese era mi libro casi para el día siguiente, sin pausa y sin enmienda. Hasta tuve muy presente más que el contenido como decía antes, el poder de una narración que está más en cómo se cuenta que en lo qué se cuenta.

Busco que cada libro sea el mejor, inolvidable, que me deje la piel en él leyéndolo, hasta que no me importe en las manos en que terminarán luego. Conmigo ya ha cubierto su ciclo, tiene sitio porque no existe un solo hogar en el mundo donde no quepan los libros que hagan falta.  A mí me han hecho falta todos siempre pero me cansa hablar ya tanto de ellos.

Pido perdón anticipado si me acerco un día al silencio, a que esa elección insistente de la lectura sea tan propia que no necesite divulgación alguna. Pido perdón si me fallan las fuerzas para sostener un libro como algo persistente, terminar de mezclar los deseos ajenos con mis ecuaciones y emociones interiores. Es que queda menos de mí, de todo y para todos; es que cansa el cansancio, apenas ya ni de estar seguro que un libro es bueno.

 La vida se termina siempre a pedazos, no es frecuente que sea de una vez. Mientras, yo voy leyendo los libros más despacio y estoy dudando que sirva al interés y a la cultura de nadie, la que yo me ido fabricando, pero estas han sido mis huellas, mis pasos, la forma con que vivo mejor acompañado. La única manera que tengo de seguir de alguna manera resistiendo.

domingo, 15 de enero de 2012

NO PUEDO LLEGAR A TODO



Ya ha pasado el ruido de estos días, el ruido que muchas veces tiene la vida y que detrás, en cuanto te das cuenta, sólo queda eso, quizá lo que menos te satisface. Ha transcurrido y para hacer más real y llevadera mi actitud de espera, he procurado ir leyendo más despacio. He palpado más el idioma, la voz, la sintaxis que como decía Valery es una facultad del alma, del alma que ha ido enriqueciendo antes, la palabra, el adjetivo suelto, la metáfora que anda siempre uno buscando.

Pero he llegado a la conclusión de que intento demasiadas cosas, voy a tener que poner en fila todos mis anhelos para ver qué puedo hacer más pausadamente como cuando se hace el amor con cada poro, cada pliegue, para terminar en una ceremonia larga y pausadamente practicada y que permite no olvidar ni el olor ni el tacto, hasta los mismo gestos. Tengo que elegir, como si tuviera frente a mí ese dilema que siempre me planteó el tiempo y elegí sin dudarlo: la mañana a la madrugada.

Es curioso, mi intento de velocidad de ocupación supone una merma importante en mi tranquilidad. No es que busque al final de mis actos de cultura y de ocio o de enseñanza ajena la maestría del aplauso. A mí ya no me aplaude nadie hace ya mucho tiempo, quizá tanto que llego a preguntarme si es que mis actos merecieron alguna vez beneplácito ajeno. Cuando hago cualquier cosa, callo, o me lo digo a mí mismo para dentro, no pregono, ni busco la mirada ajena satisfactoria y plena. No soy hombre de éxitos porque no me gusta el éxito ya que pienso que nunca fui capaz de obtenerlo ni tuve casi intención de conseguirlo. De verdad.

Y en este tramo final tan corto, tan escaso, en que cuentas muchos días lo que dura el día, yo lo lleno intentando cubrir las carencias físicas, añadidas a la edad, por una hornada de pan recién hecho, muy pronto, por la mañana; lo entiendo necesariamente como un aviso para no entretenerme, para no dejar escapar ni que se haga mustio o mal utilizado un solo minuto si es posible. Hay que llenar las horas hasta que estén bien llenas. Si leo quiero leer el mejor libro, si escribo de él aspiro a saber luego poder contar a los demás la razón del placer que sentí leyéndolo; si la escritura es propia e íntima, que no tiene más cabida que el hueco noble de cada sentimiento donde contamos lo mejor o lo más tierno o lo que más nos ha estremecido, que eso tenga además la metáfora suelta en que se sepa nombrando lo propio poner al lado la comparación de lo ajeno.

Me mantengo vivo, activo e imbatible. Pero esa vida que enriquezco a diario como puedo me aprieta muchas veces por los lados, tampoco es eso. Debo buscar los resquicios de tranquilidad que dejan las pausas voluntarias, por lo tanto habrá que crearlas, dar lugar a la posibilidad de vivir la vida sin sentir los propios límites porque los hemos asumido, los damos por supuesto. A cambio, para combatirlos deben bastarme tres o cuatro cosas: lo reitero a diario, una literatura basada en el gobierno del adjetivo como un hambre insaciable de palabras que llevan detrás las mejores actitudes porque pertenezco antes al lirismo que a la propia literatura.

Y cada una de las demás actividades tomarlas como una convocatoria sin exigencias, sin que haga falta un resultado perseguido. Nunca vendrá ya el fracaso porque no hay puntuaciones que obtener; a la desgana del cansancio sólo cabe rendirle el descanso como un roce en la piel que me alivie la desgana de mis caderas con demasiada historia, antigua y deteriorante. Deben mandar ellas, o cuando sea el cerebro, ese país grande y poderoso quien diga bastante, no habrá pasado nada peor de lo que ha pasado otras veces. Es que está cansado, ya no puede crecer más hacia arriba, sino que va para abajo y las pausas que pide son como una advertencia, un testimonio que no puede uno disimular.

Era mucho mejor antes, dónde vas a parar. Entonces me agobiaba la ilusión por hacer algo importante para mí mismo, mí peor castigo o mi mejor sostén. Ahora es como si me estuviera inventado otra segunda vida que ya no tuviera plazo pero que la quiero extender tanto, enriquecerla más de lo que suele hacer la gente ahora, que me impide llegar, no a terminar las cosas, sino a seguir un cumplimiento que yo mismo me he fijado.

No, no puedo llegar ya a todo, y necesito ocupar el lugar del descanso como lo hacía antes, libre, sin pensar en el día siguiente, sin miedo, con seguridad, esa vieja seguridad que te da los años que aún no tenía, poderosa, enérgica y hasta importante en las ocasiones en que fue equivocada.

No voy a llevar la cuenta. Desde el comienzo del día voy a hacer lo que pueda. Voy a encontrar en mi propia calma una elegancia sensual y arrogante si es que fuera necesario. Las tres o cuatro cosas que habré hecho, los tres o cuatro libros van a ser los mejores para mí porque los he elegido yo. Y voy a escribir  -será suficiente- para escucharme, para contarme, para decirme.