jueves, 27 de octubre de 2011

QUISIERA DESPRENDERME DEL LENGUAJE



Como una manera de tantear el destino. Dejar de leer tanto y no escribir nada luego para saber más de cerca, más de verdad, cómo me considera la gente. La escritura, al fin y al cabo, no es más que un ejercicio que practicas cuando te sientes solo, es una sugestión, hacer que te entiendan mejor quienes te leen. Es la manera de contar lo que no puedes decirle a nadie. Y si tu página pública un día se queda en blanco sin respuesta alguna, lo mejor es dejar de hacerlo, darte de baja, dejar de ser socio de esa comunicación que nunca llegaste a creerte del todo.
Ese es el camino, ya lo tengo pensado. De alguna manera –teniendo en cuenta los antecedentes- se acaba uno de convencer que la vida no es una permanencia, y la muerte que viene después, hay un poeta colombiano, Nicanor Vélez, que supo definirla muy bien: “La muerte, por lo visto, cuando llega/nos dice: “ya no más”./Es un silencio despojado/de voces y de gritos/de alaridos, silencios y murmullos./Dicen que la muerte es simplemente eso:/un ya no más.”

Pues mejor, antes que llegue, elegir tu propio silencio, recordar que en todo ese tiempo fui demasiadas veces quizá excesivamente generoso, y eso que la generosidad nunca debe tener ni paredes ni tiempo. Primero, lo recuerdo, puse mi carnet de identidad, mi yo más verdadero y más duradero. Luego elegí una ropa corta y cómoda para estar por casa con un Nick delante para cualquier escrito o un simple post; y un apellido después, del que un día supo trazarme León Felipe su camino (¡y dale con los versos!): “Ser en la vida romero que cruza siempre por caminos nuevos.”

Me para no obstante el reguero que a veces, ante personas permanentemente fieles, pueden producir mis palabras: “Me gusta tu palabra, tu forma de hablarnos del amor, de la distancia o de la indiferencia. Es tu bella palabra la que nos llega, nos acaricia, nos toca.” Lo tengo colgado tan reciente que no puedo negar la misma certeza que siento: la palabra toca, si no ya no sirve. Y cuando la he ofrecido tantas veces en estas públicas páginas de la red, de quien llegó a tocarle necesito saberlo. No es una cuestión de vanidad, es rito, es una elemental respuesta porque “he tenido que batallar tanto con ellas, amarlas con locura, beber de sus fuentes para poder vivir.” Son palabras de Nuria Amat.


Por eso dejarlas me produciría un tremendo hueco en mi propia existencia. Tengo una especie de gula de palabras impresas, una necesidad de amontonar los libros y contar luego lo que he sacado de ellos. Ya sé que entre las palabras y la realidad hay un mundo entremedio que es necesario cubrirlo luego, pero en la medida en que he podido lo he hecho. Han sido también, arma de ayuntamiento. Sé de sobra que ahora tienen olor a tiempo, pero en muchas ocasiones –lo recuerdo- han sido y son lo único de valor que tengo. Como el vino, precisan reposo y tiempo para saber el valor definitivo que tienen. De esa manera he ido sacándolas de esos libros amontonados y abiertos.


Debe haber, no obstante una manera de quitarles el lenguaje a las propias palabras y quedarme como con la ropa más cómoda que tengo. Casi desnudas de lenguaje para saber quiénes me quieren. Me empeñaré con ellas, porque como dice Carlos Marzal son mi perfume, mi lepra, su eco en mi conciencia, pero es todo lo que tengo, lo que tuve siempre.


Por eso cuando ha habido quién que se ha referido a ellas, mi respuesta ha de ser que siempre fueron una forma de acercarme, y no lo sé si bellas pero sí quisiera que ahora, como libres del lenguaje, al hacerlas más cómodas poder ver pasar el mundo, todo el mundo, una tarde cualquiera.



Antes de que llegue el silencio, el definitivo silencio, “despojado de voces y de gritos” según el poeta. Antes de ya no más, ya no lo voy a hacer más. Mis lecturas serán sólo propias y de quienes estén más cerca, mi manera de ser, íntima y propia, parecida a vieja. Y mirar que queda, puede que junto con las paredes más queridas cubiertas con libros, como explicación a lo que fue esa manera de ser; que prevalezcan al menos cuatro notas escritas sobre el amor, lo más inusitado que se ha inventado en la vida –ya que estamos todavía en la vida- una norma no escrita, una comunicación, una caricia.



Puede llegar un momento –lo aviso- que sea sólo un gesto de las manos, o como antes, dejar a las palabras sin lenguaje para notarte más cerca, pero a la vez, la manera que uno tiene de no permanecer callado.






viernes, 14 de octubre de 2011

ME APOYO EN LO QUE DICEN, EN LO QUE ME DICEN



Como si me dijeran: puedes, aquí tienes esa ayuda difícil de encontrar pero que cada uno debe de tener cerca. Tengo puntos de sujeción propios, naturalmente, hasta me llegaron a convencer hace bien poco, no cruzas el umbral de la vejez cuando te parece, cuando tu cuerpo te niega alguna determinada postura o una forma de vida. Siempre entonces –me explicaban- hay que recurrir a la propia lucidez que aún te queda en la mente. Si eres capaz de hacerlo, si además consigues las tres o cuatro cosas más valiosas y solemnes, estás aún lejos de esa vejez que uno se empeña en tener a veces.

Y por otro conducto, ya que intento aprenderme lo que dicen y lo que me dicen, me advirtieron tajante y cariñosamente con palabras envueltas en la sabiduría de Marcel Johandeau, con 90 años: "Envejecer, si sabemos, no es en absoluto lo que creemos. No es en absoluto disminuir, sino crecer." Pues ando muy dispuesto todavía a practicar un crecimiento análogo al rato que camino cada día, que abandono el café primoroso que soy capaz de hacerme como un homenaje a tener a mi disposición un nuevo día; a la palabra rica y quieta que escribieron quienes supieron hacerlo mucho antes a veces. (Es un ejemplo que me devolviera juventud una novela costumbrista, que acabo de leer, “Un matrimonio de provincias””, escrita en 1885 por María Antonia Torriani, y me lo avisó para acentuar el contraste, incitándome a leerla, los cuarenta y tantos años actuales de Cristina Grande, prologándola.
Abandonaré también para crearme nuevamente un recorrido físico y reconfortante, la “manera de ser” a la que me he apuntado para siempre que en su día creó Steve Jobs como si le pidiera a esta nueva informática otra juventud que hiciera sitio en mi vida. No me voy a cansar de nada, voy hasta admitir que para recordar el último libro que termino de leer tenga que aprenderme su autor y su título para contárselo luego a la gente.

No estará contraindicado –lo he encontrado en los más oscuros manuales del Google- el derecho a mi excesivo descanso a veces –teléfonos desconectados para que esa manera de dormir la siesta se parezca a veces a la mejor forma de hacerlo: notando la extrañeza de cuerpos enlazados. Ni tampoco la luminosidad que proporciona una quieta ilusión, un viaje comprado en cualquier página “last minute.com”. Para saber de nuevo aquellos recorridos prolongados durante toda la jornada, por Londres -entonces durante todo un mes-como haciendo en propio beneficio de los míos, una especie de auto guía mp3.

Voy a ver si consigo, para creerme de una vez todo eso de no llegar a la vejez, dar lo mejor mío a quienes supieron pedirlo o cuando lo tuvieron conservarlo. No me gustan las pequeñas dosis para quedarse al final con lo que de verdad quieren. Quizá el mejor proyecto sea seguir en las mejores estaciones breves que me queden, sentirme entre la gente que quiero como si agradecerle su cariño y darle el mío no fuera más que sentarse a su lado, saberlo o saberla ahí, apenas eso. Justificar que sea cierto lo que hace también pocos días me escribieron: “lo que tú nos puedes dar, lo que tú nos das y como lo das, no nos lo podrá dar nunca nadie".

Pues vamos a ver cómo organizo esta especie de intercambio para apoyarme a la vez, como afirmo, en todo lo que me dicen. Se impone una necesaria lentitud, como un paso cambiado en la espera, una especie de ensayo, cada pausa, cada olor, cada ejercicio que siempre impone el amor quieras a quien quieras. Siempre fui territorio frágil pero generoso, receptivo del momento por si no se daba de nuevo. Mi información, por mucho que parezca lo contrario, es insuficiente, mis libros no son todos los libros y aunque la literatura no tiene jubilación sí que la puedes alimentar a diario.

De los libros, si no lo sé, lo voy sabiendo, ahora me hace falta más que nunca, donaciones ajenas para mi propio apoyo, para mi manera de entender la edad y de robarle todavía a la vida el lugar más importante que haya en el mundo. Ese sitio va a ser todavía mío, dispuesto a compartirlo como cada mañana que termina de empezar. Mientras, seguiré esperando con esa extraña mansa magia que tienen las palabras si las amas, en busca de territorios escondidos. Quiero sentirlas, ofrecerlas como mis manos, para que hagan lo mejor, todo lo posible, hasta cuando parezca que estén quietas.


         

lunes, 26 de septiembre de 2011

CUANDO YA NO SON BASTANTE LOS ABRAZOS


Ni la memoria que tienen las caricias o los besos apretados, la costumbre de notar a alguien siempre cerca, que reconozcan tu ruido al entrar en casa, eso supone que el amor se acaba, una ley más antigua que las leyes antiguas. Coincide a la vez con que termina el estado lento y animal de los cuerpos jóvenes. Pero entonces empieza algo más difícil de abarcar y muy hermoso, más culto, más espeso y duradero que es esa convivencia tan difícil entre un hombre y una mujer, acabado el amor, cuando ni sirve te quiero ya que estamos en pleno desamor, la única certeza que tenemos entre dos. Y nos quedamos tan solo con eso, esa continuidad de instantes cotidianos, repetidos y difíciles, con agrados y desagrados mezclados pero que aun haciendo grieta sirven poder sostenerse luego, sobre todo antes del final cuando el ser humano con la soledad anterior a la muerte va a sentirse peor, mucho peor.
Vamos ya notándolo, nos notamos ansiosos, igual que antes amábamos, de ser únicamente cotidiano, lo que hacemos cada vez sin que sea una novedad, nada parecido al atractivo de la seducción. Seducimos y nos dejamos seducir antaño, ahora toca lo diario, mirarse poco rato, tocarse apenas pero que sea suficiente, como un apoyo, una solidez que no necesita ya de los abrazos que sin embargo cuando empezamos a darlos parecía que iban a ser para siempre, como una predestinación, una especie de embargo de los sentimientos. La vida nos va clavando espinas cada vez más grandes y entonces ya no son posibles esos abrazos.

Las heridas que nos producen esas espinas tienen muchas veces formas de decepción, incluso en nosotros mismos. Es como si hiciéramos un repaso y nos fuéramos quedando decepcionados porque nuestras propios deseos de siempre se van minimizando, entran en una especie de rutina y de inercia con la que hemos de conseguir que eso constituya un cimiento, un aviso para la convivencia como sea. Y detrás de ellos, si nos fijamos bien, es más de lo mismo, de lo antiguo porque es imposible dejar de querer lo que fue tan importante, aquello con quién fuimos construyendo nuestra vida hasta este momento, donde suplimos ausencias de antes con una fortaleza que tiene algo, a veces poco valorado, la costumbre, el hábito, lo cotidiano si viene desde atrás con la suficiente nobleza.

Hay que estar muy seguro de una persona como es, ese conocimiento suele estar en cualquier sitio si nos fijamos bien, en maneras de ser que no pueden serlo de otra manera. Y entender luego que el tiempo no deteriora sólo tejidos y articulaciones, no produce únicamente espacios y formas a las que no se puede llegar. El tiempo hace siempre mucho daño a todos a la vez, hace daño naturalmente hasta al amor porque está inscrito el desamor igual que en la vida está inscrita la muerte.  El tiempo en forma de recuerdo hace que te duelan las palabras que nos llegaste a decir ni caricias que querías dar. Hasta cosas del otro por saber, por descubrir.

Y ahora cuando llega lo que debiéramos llamar el tiempo de las grietas inesperadas, estando en peores condiciones, a mí me gustaría en este sitio, esta vida paralela de la red donde al final me quedaré completamente solo, que todo el mundo entendiera que la he utilizado como una manera de expresarme. No voy a echar nada ni a nadie de menos, he dado lo que pude y ando bastante bien preparado si me quedo del todo sin abrazos y únicamente tengo que hacer eso, convivir hasta donde llegue. No es ninguna renuncia, igual que una bella mujer jamás en su juventud lo hará con un simple movimiento de caderas para encontrar alguna forma antigua de seducción no practicada.
Igual que el sexo crea una intimidad especial entre las personas, yo lo hago con las palabras, quietas, humildes propias. Pero aquí voy a dárselas a nadie que no sepa pedírmelas. Lo he dicho alguna vez, mi realidad nunca fue gran cosa, además de que es difícil que supongan alguna especie de grandeza para casi nadie.

A lo mejor todo esto no es más que una excusa como una prenda de ropa que me aprieta, pero hay que acostumbrarse a la ropa vieja. Lo que vengo diciendo, lo que me queda por decir y por vivir, es una necesidad. Para al final tengo que confirmar que no me gustan los silencios, prefiero las conversaciones y hasta lo inevitable, lo de siempre, pero bien hecho, prefiero llegar de nuevo, a viejo, pero conservando el cariño. No hacen falta ya los abrazos,  si no nada menos que la convivencia.
Es hermosamente inevitable.

sábado, 17 de septiembre de 2011

NO TARDES





“No tardes./No tengo todo el tiempo del mundo por delante.”
Cristina Pieri Rossi

Me lo digo a mí mismo para buscar aun algo más que quisiera que hubiera tenido mi vida. Para tener siempre dos brazos y dormir entre ellos. O en ese cuello largo, perfumado y hondamente suave que tienen las mujeres en el que suelo fijarme. No sé qué me ha pasado, el otro día leyendo a Beigbeder, estaba completamente de acuerdo: “Me interesé antes por los libros que por la vida.” Por eso me llamaron la atención, cuando escribía de vuelta del verano que estaba necesitado de mi hueco, de lo que eran mis necesidades. Llegaron a decirme generosamente: “tú eres más importante que los libros que lees, no eres sólo los libros, sino también lo que llevas dentro.” No estoy muy seguro de ello y por eso estoy callado tantas veces.
Son inmortalmente ciertos los versos de Caballero Bonald: “Somos el tiempo que nos queda.” Empiezo mi pensamiento, enganchado a los poemas porque resulta cada vez más cierto, que en ellos están muchas veces las mejores respuestas. Cuando escribo aquí no ejerzo el enojoso pero liberador a la vez arte de la mentira. Y eso que estás acostumbrado por la vida que cuando cuentas una mentira, tienes que seguir mintiendo. Sin embargo en este entorno es cierto lo que escribo y más aun lo que siento. Un post, una señal, una llamada en este pedazo de papel más mío que de nadie ya, es a veces, como hoy, eso, no tener todo el tiempo del mundo por delante y reclamar de alguna manera que no me tarde ni nadie ni nada bueno por venir.

Todo esto me pasa, este miedo a quedarme corto ahora, por haberme excedido, es mi forma de ser. Luego te devuelven lo que te han de devolver, casi siempre mucho menos, y voy a quitar el casi. Porque yo nunca me canso de sentir dentro ese cúmulo de afectos que es el mínimo cimiento necesario para vivir. Quiero siempre prolongarlo poderoso y ardiente. Tan amante que soy de las palabras, sin embargo, la vida tiene momentos es que es necesario el poderío del silencio, que cesen todas palabras largo rato.
No tardes, me empeño a decirle a la propia vida, todavía me queda algo de ese puntito estupendo para recibir y dar. Aquí, entre esta colección de sentimientos mal escritos está mi fantasía y mi imaginación, la que yo tengo y la que me aportan los libros que he leído. Siempre tengo intención de buscar entre ellos pero me queda menos tiempo, mucho menos tiempo.
Todo es fruto, -lo dije una vez- fruto de mi escasez, de tener pocos recursos y sin embargo no conformarme con ello. Si intento hacer caso de la advertencia que soy más importante de lo que tienen los libros, que vale más lo que llevo dentro, tendré quizá hacer lo que no me he atrevido hasta ahora: no callarme para que puedan los demás comprenderme. Utilizar algún poema como un artefacto para poder escribir los pliegos que le faltan a mi vida, pedirlos, reclamarlos como un lujo y a la vez, parte de mi aliento, igual que el arte más oculto que tiene la vida: no acostumbrarme con lo que me ha ido quedando.
Sigo siendo un hombre con intenciones y proyectos. Me pido todavía a mí mismo buscar cualquier laguna que tenga mi cultura y aquella en las que me sentí más cómodo y más a gusto, ver la manera de poder incrementarlas. Ya sé que querer todo el mundo quiere, pero yo pienso muy en serio qué hacer, cómo pedir lo necesario para sentir de nuevo escalofríos de cariño.
Aunque la edad y los propios errores muchas veces te sitúan en un área de renuncias, aunque ya no puedas volver a tener un cuerpo joven -la renuncia más dolorosa que prepara la vida- dejarme que viva todavía como en una espera  a plazo corto, que me venga cualquier alegría, sabré hacer uso de ella, agradecerla. Mientras, cada página que ponga en este espacio, absolutamente propio, cada uno de los caracteres del tipo de letra que haya elegido será una resistencia a lo impensado, a lo reprimido.
Me queda alguna cosa que no he hecho y en el límite casi del tiempo que tengo por delante, quiero percibir el poder hacerlo, como un cúmulo de riqueza que todavía tengo reservada.

jueves, 8 de septiembre de 2011

LLEVAS EL CUENTO PUESTO, CRISTINA GRANDE




Me da lo mismo que sea como “tejidos y novedades” porque en todos hay certezas y despedidas que vienen a ser lo que sabemos de la vida y maneras de decirle adiós. No se te escapa notar “cualquier situación –como dices- por nimia e intrascendente que parezca”. Hay siempre un cuento a la mano para ti.
Me tiembla leyéndote la sencillez con que narras lo que pasa, los antecedentes, la historia que venía antes y aquella que luego vendrá delante. Cuando cuentas que tienes un amante, ya lo adviertes, no puedes perder ni un minuto en tonterías. Tus cuentos visten y desvisten la vida de las personas aunque expliques que “la ambición puede ser el último refugio del fracaso.” Da lo mismo la desnudez con que la busquemos.
Yo te preguntaría, y si no tengo ambición, por qué mi triunfo con las letras se me ha quedado atrás. Son demasiados años leyendo las historias ajenas y quizá por eso no he tenido tiempo, no he sabido, escribir las mías. O me dio miedo, Cristina, que pudieran ser verdad, tan mías que me hicieran aún más daño que guardármelas dentro.
No me atreví a decir las verdades sin tapujos, cogí la frase ajena, la estampé con cuño propio desde el Acces hasta el Mac. Y esas palabras también se juntan por no contarlo todo, y como tú misma dices en “Volanderas” acabaron por no tener importancia. Ya no vale lo que pueda contar sino es mi amor por las palabras que tienen los demás.
Sin embargo para mí tienen valor precisamente por habérmelas callado al menos algo. No como haces tú Cristina donde las desnudas porque sientes la necesidad de hacer un cuento cada vez. En ellos hay en muchas ocasiones el descaro que provoca el dolor, la fuerza de la intimidad, la manera de esforzarse porque sin esfuerzo no hay nada que merezca la pena en la vida.
Cuando he terminado tu libro, me ha faltado un cuento. Lástima que no hayas cumplido más que cuarenta y ocho años, así tus “Tejidos y novedades” hubieran tenido uno más. Uno más como en el viejo cuerpo que siempre pueden tener los humanos, con sus sensaciones.
Ya no sé cuántas veces, Cristina, he leído lo que escribes de tu amante: Sin perder un minuto le convences  que el placer físico te aburre si no es el suyo. Eso pasa casi siempre que te sientes dentro de alguien. No puede uno despegarse para conseguir follar en lugar de hacer el amor.
Lo que he dicho, lo que ahora me escuece, leyéndote Cristina, es por qué me habré callado tantas veces. O no supe escribirlo o a lo peor no me atreví a hacerlo. Ahora tengo una madurez innecesaria y apenas válida, tiene o el nombre o las maneras de la vejez, puede que ambas cosas. Por eso sólo me sirve leerte, saber de tus tejidos y tus novedades y averiguar si pueden de alguna manera coincidir con las mías. Serás mi alternativa al no poder ya contarlo. Te cedo el papel y el lápiz, sobre todo el lápiz que siempre tengo junto a cualquier libro. Me he comprado uno con una superficie plana para que no haga grueso el libro al tenerlo colgando. Ha sido un buen invento. Todavía está puesto en tu libro, es mi homenaje, la manera más tierna que tengo de quererte.
Por favor sigue cumpliendo años, agrupa la próxima vez en lugar de 48 cuentos, uno más menos, para que pueda dejarle puesto de nuevo el lápiz y escribir sobre ellos los mejores momentos que siento, ya que sólo no supe hacerlo.

miércoles, 31 de agosto de 2011

UN TIPO EXAGERADO DE MAQUILLAJE


Eso puede que sea el verano y de ahí mi rechazo. Me sobra más tiempo para pensar en mis desperfectos, mezclo los libros que leo con un desorden insoportable, me los creo menos, todos andan detrás de su maquillaje con un tono de piel que no es cierto, permanecemos más desnudos sin motivo y aunque procuro evitarlo llevo pocas prendas puestas, al menos, para disimularlo.

A las puertas de marcharme a mis rincones de siempre lo que ahora escriba tendrá una asimetría minúscula pero desconcertante con lo que quiero ser y lo que estoy siendo. Necesito pues, una pausa larga, un repaso que hasta se puede considerar prematuro sobre mí como una foto de mi vida pero que no captura la vida porque nadie vive nunca la vida que quiere.

En verano noto las horas poco apropiadas, las repaso y los recuerdos además de desordenados los alcanzo con la absoluta certeza de tener que callarme gran parte de las cosas que a estas alturas debía de haber dicho y no lo hice. A alguien le escribía hace poco –contestando a una falsa despedida- que a nadie le gusta contar las partes más dañadas de uno mismo.

Ya lo sé que debiera ser más positivo escribiendo, viviendo, me queda menos tiempo probablemente que a quienes estén leyéndome. Debo de buscarle una causa a muchas cosas y se lo achaco al verano, al verano mal llevado porque me empeño en convencerme a mí mismo que no puedo hacer mejor cosa que estar deseando que se acabe. El rechazo ajeno es lógico, son sus vacaciones, su mejor tiempo de ocio, la riqueza que aporta el descanso cuando uno se lo ha ganado.

Quizá es ya no me gano nada, únicamente mi felicidad puede que sea el silencio del dolor de Bruno Richard en ese amor que le dura tan solo tres años. Pienso en mi falta de ganancias por haber crecido en una religión de comodidades, por eso ni sé aprovechar estos días que se alargan por la luz y el calor que tienen y ni tan siquiera he salido a pasearlos, a ser como fui siempre aquí donde me encuentro ese amigo cordial de edad media, tocado antes de tiempo físicamente, pero que entre la gente era un beneficio compartido.

Todo esto va formando parte de mi zona más inasequible que no le cuento a nadie, ni aquí me voy atreviendo a hacerlo. Procuro que se aleje con las olas de mi mar de siempre con la tecla sup de mi Mac. A lo mejor es el precio que pago por tanta literatura a cuestas, me hacen daño los libros por quererlos tanto, por entenderlos como una manera de intercambio de los sueños. Ando además últimamente tan aficionado a los cuentos que coincido con Ángel Zapata, pienso que “el cuento sabe de la castración, de la pobreza, de la realidad y es –como el Eros platónico- hijo de la escasez y del recurso.” Pero además pienso que poseen una riqueza, una ética de la escritura, de decir en pocas palabras todo lo que tiene la gente dentro. Ese relato, ese mero “efecto” me apasiona, me deja a veces como tumbado para siempre, cual si me hubiera llegado ya el día en que me tengan que llevar a todos los sitios porque ya no sirva para otra cosa, sino para estar leyendo, para evitar como pueda que me duela de nuevo vivir otro verano.

Me vuelvo a casa, pues, como buscando un resguardo, a un sitio antiguo pero deseable. Le daré mañana bien temprano –en la última cura del verano, no si de éste o de todos los veranos- unos bombones, un pequeño detalle a Nuria, mi enfermera. Iré de nuevo como al comienzo, a ese principio tan hermoso que tienen las personas, ajenas a cualquier maquillaje, para ver si consigo hacer sentir que mi abrazo, o hasta simplemente pasar la mano puede producir un temblor que sea obra mía.

Vuelvo a casa, seguro como siempre, de no saber mantener ninguna promesa, pero intentado seguir escribiendo esas frases que tiene la ternura permanente, como si la vida no supiera a nada hasta que pueda volver a enseñar que el cariño que le des a alguien le devuelve una manera de vivir, renueva las ilusiones. Aun me puede quedar del fabuloso mundo de la nada de Mije, esa cita de Smits: “Envíame la almohada/ sobre la que sueñas/y yo te enviaré la mía.”

viernes, 19 de agosto de 2011

ALGO EN COMÚN


Han pasado los años, igual que un vicio eterno, qué se le va a hacer. Permanece una convivencia de puertas abiertas, de ocupaciones diferentes, de formas de estar solo pero con una esencial compañía. Alguien lo apreció y le dio el mejor calificativo que tenía: se os nota algo en común.

Ya no hay besos nuevos, tienen también el cansancio que en todo aporta la vida aunque se parecen mucho a los que nos dimos en el pasado. Siempre queda el roce de las manos, adivinar el mejor momento, los sueños inminentes pero que no llegarán, sentirse cada uno más propio y más del otro, eso debe ser tener algo en común.

Tengo una especie de rara compasión por todo aquello que el roce del tiempo hace peor a las personas o las cosas. Es la exigencia de la entropía como una medida de desorden del propio sistema, esa incertidumbre pero a la vez seguridad en el deterioro, hasta voy perdiendo fruto de la incuria, mi habitual cuidado.

Pero entendiendo peor como es cada cosa porque pienso mucho en cómo han sido, de ahí que tenga que cogerme enérgicamente a las posesiones actuales que me aportan fuerza y ánimo, a la búsqueda de esa comunidad con otro que da valor a cualquier convivencia y más si es la que has sabido elegir y mantener.

Todo es fruto de lo mismo. Recuerdo el acierto de las palabras de Domingo Villar en “La playa de los ahogados”: “-y no te preocupes ya por mí. Ya maduraré. No se madura, replicó su padre, sólo se envejece.”
Porque perdemos o nos damos cuenta cuando estamos en él, ese cálido escalón que podríamos llamar madurez. Ya ni la encuentro, ni la recuerdo. Quizá es que no existió, porque vino sin aviso la vejez.

Lo he explicado más de una vez, me trajeron una manera antes de tiempo, y mi forma de protesta, enérgica y cálida fue no hacerle sitio. Por eso reclamo comunicación, seguir siendo como soy, tener ese algo común con alguien. Ha constituido mi forma de prolongar las tentativas hacia lo mejor porque en esa prolongación está precisamente lo que más satisface.
Vivir en la vida es ser capaz de no negarle nada a la vida.

Con maletas siempre preparadas para el sueño que alguien me quiera mantener, esa cercanía, la posibilidad de compartir la vida diferente pero común. ¡Qué hermoso y qué difícil resulta casi siempre! Vale la pena intentarlo, puertas siempre abiertas como he dicho, aromas de café en cualquier sitio, manera de madrugar respetando el sueño ajeno, una capacidad de escuchar buena música para que desde ahí comiencen los buenos sentimientos.

Tapizar todas las paredes de la casa con los libros ya leídos y los pendientes de leer reclamando su momento. La comodidad que impone querer estar precisamente cómodo con alguien. Todo ese tiempo junto crea una manera de entenderse, hace que los demás se den cuenta que tienes algo en común, nada menos, con la persona que quieres.

Voy a ver si término de una vez el verano y recobro el sitio que más quiero, un hueco que es tan propio que nadie me imagino que lo ocupe. Voy a seguir teniendo certeza que junto con un necesario declive me mantiene mantenerme, porque quiero, a la fuerza, con una resistencia extraña que tenemos los que no nos dimos cuenta que íbamos a madurar y nos habíamos ya hecho viejos.

Donde me encuentre, allá a donde vaya, no dejaré olvidado ese coraje nunca. Mejor llevarlo puesto, casi desde la nuca, cual si fuera a ser el resumen de mi persona entera.


viernes, 12 de agosto de 2011

LA DEMOCRACIA DE LOS CUERPOS



La tiene el verano, sin malentendidos, como una admiración o una tolerancia porque el destino vendrá luego, es el arrastre del ocio, de la búsqueda desenfadada de la mayor cantidad posible de placer. Sin utopías. Hay además el descanso suficiente para una comunicación corporal rápida y certera.

Yo lo contemplo de lejos a donde quisiera acercarme para algo parecido, dar a entender, quizá, a una falta de ortodoxia como si mis maneras inventadas para el papel escrito al menos, fueran una forma aparte. Pero antes puse en ello, al crearlo, una capacidad de imaginación oculta, aparentemente enrevesada pero de la mano de algo sobre lo que quise escribir y el falso pudor me lo impidió. Cuando lo hice fue en una memorable privacidad, pero ha bastado para derrumbar la nostalgia detrás de su construcción o destrucción a base de latigazos, una sola palabra, listo, para darla por terminada.

En mis circunstancias podría ser una prolongación de los deseos, una multiplicación de tentativas, unas maneras extrañas y mal entendidas dentro del marco de la normalidad que siempre tuvo para mí, señales de vulgaridad.

Todo proviene probablemente de las veces que me pesa la soledad bien entendida: en casa, en la calle, entre los demás, en una fiesta, en cualquier sitio. Pesan los años y junto a ellos, las omisiones que traen, precisamente creo en el mundo de mi fantasía por no poder poner en práctica posibilidades inauditas. Pesa una madurez definitiva, tanto libro, maneras de observación en campo ajeno que me hacen pensar a lo mejor que debe ser así, pero no para mí, en absoluto para mí y más a estas alturas. Con este peso de los años.

Repasando ese propio papel imaginado pero prodigioso que fuera de su marco no me atreveré a contar, a pesar de dejar siempre a la mujer en el sitio más excelso; nada menos que siendo una mujer, me llena la palabra, me abre ese camino que no cuento que me llevaría a la vez al concepto de la culpa y a la vez del disfrute pleno. Es una adoración inevitable y justificada por la enseñanza que siempre me aportó a mi propia vida y por el deber de pregonarlo.

Cumpliendo órdenes personalmente como en un vodevil en el que me hubiera tocado el papel más humilde pero excitante, rigiendo, cómo no, esa democracia de los cuerpos que veo tanto este verano desde lejos, cada uno en su posición y en su conato. Debe aportarse en ese establecimiento casi publicable en los mejores estamentos sociales y sexuales unas normativas que producen admiración hasta en la lejanía.

Sin embargo, si yo expusiera una posibilidad enorme y altamente gratificante, partiría de las normas esenciales de saber de una mujer siempre, cómo se siente ella, nada más, parecido a una especie de sudor que uno puede hacerlo propio y venerable enseguida. La composición por extraña que parezca poco importa. Se trataría como una forma tan literaria y hermosa que lo mismo provocaba ejemplo.

Para mí serviría como una especie de creación que me conduciría a no sentirme solo jamás: el espectáculo de la admiración y la excitación ajena con algo propio, la publicidad necesaria luego de lo que fue cuando hizo falta a escondidas. No lo olvidemos, la imaginación en el sexo puede servir para el conocimiento ajeno, por eso estos días el verano me obliga a la observación y al silencio.

Al silencio propio, salvo alguna publicación atrevida y valiente que conduce a mi permanente espera y a incrementar mi deseo. Existirá siempre motivo –a pesar de las repeticiones- del cultivo más hermoso que tiene el ser humano: su capacidad de imaginación, su perfil hasta en los órdenes que pueden desconocer los demás.

Continúa el verano, su insistencia en la democracia que deben tener los cuerpos. Todos tenemos derecho a una de ellas.

domingo, 31 de julio de 2011

CADA VERANO CUMPLO MÁS DE UN AÑO

Quizá tenga la culpa la arena y el mar o al menos su cercanía tan próxima. Aquí mis hijos dieron un paso dejando de ser niños y ahora al cumplir ellos también veranos me van dejando unos atrás; arraigaron con sus juegos la necesidad que sienten ahora de acudir siempre que pueden a este reposo, a este hueco propio porque hice camino para ellos cada vez, cada final de una semana de esfuerzo y trabajo, nada más llegar le pedía a esta ciudad de mar el necesario descanso que mi cuerpo necesitaba.

Aquí hicimos cimiento una mujer y un hombre sin que nadie nos lo hubiera obsequiado porque supimos ganarnos el aprecio ajeno, su confianza dándoles lo mejor nuestro. Lo he dicho muchas veces, la vida no regala nada, lo conseguido honestamente pide antes el canon del esfuerzo material y humano. Al final de mis estudios, el sitio en mi hogar –por acomodado que fuera- exigió de mí el trabajo propio, la ganancia estirada de la vida, por el camino que yo quisiera, pero haciendo camino.

Suertes gratuitas hay pocas y suelen perderse o malgastarse. Amo el esfuerzo, la resistencia, el aprendizaje de la vida, la dureza de cada momento, el trabajo. Ya he dicho también en más de una ocasión que cuando el físico me lo impidió, más que el dolor, fue más poderosa la negación de poder continuar mi propio trabajo, pero al menos me quedó el deseo de seguir aprendiendo, quizá por eso cuando vuelvo cada verano a lo que era el hueco de descanso, envejezco más porque traigo el descanso obligado ya puesto.

A veces he escuchado entre las gentes que me conocen hace años por los viales de este sitio hermoso de mar y playa, palabras elogiosas que no podían consistir ya en triunfos profesionales. Se me había terminado desde hacía bastantes años ese progreso que siempre obtuve allá donde tuve un puesto de trabajo. Tengo el derecho de poder decirlo. No me he jubilado de nada voluntariamente, me ha jubilado muy antes de tiempo la vida y el piropo ajeno se basa en qué he quedado mejor de lo que se pensaban mis amistades.

Naturalmente, porque acudí enseguida al cuaderno de enseñanza esforzada. Sigo teniendo las mismas reglas éticas y estéticas que tuve siempre, la misma densidad de pretensiones, el fuego de la cultura que quiero alimentar sin cesar. No soy nada listo, quiero ser listo que es mejor y a mi edad ya cada minuto es un símbolo que me advierte, vete a ver qué aprendes. No me gusta la filosofía barata de la constante queja, me quejo yo mismo cuando caigo en la tentación de hacerlo.

Quiero conservar cada verano, cada vez que pienso que me estoy haciendo más viejo donde fui tan joven y tan ganado mi derecho al descanso, lo más intacta posible la parte de mi cerebro donde residen el lenguaje, las emociones, la memoria, el deseo de lo que me quede por hacer. En absoluto, por malas que sean un día mis condiciones físicas, caeré en el descrédito propio, ese que nos fabricamos muchas veces por no dedicar un minuto más de esfuerzo en mejorar nuestra vida en la medida que pueda ser. Depende de nosotros antes que de nada ni de nadie y me atrevo a decirlo en los duros momentos que vivimos con gente sin trabajo.
Pues búscalo más, sigue desesperado anhelándolo como el único motivo de estar vivo, el único, lo otro viene luego, importa menos. Aleja de una vez los elogios o los lamentos ajenos, quédate con la rabia propia y sal a la calle con ella puesta, a cara lavada, a cuerpo erguido.

Eso hice de forma continuada–aunque fueran otros tiempos-, a eso me enseñaron porque ese anhelo siempre tendrá la antigüedad de lo auténtico.

Ya sabéis de mis constantes citas de Joyce Carol Oates: "Resolver problemas. Por supuesto. Eso es lo que significa ser humano." Sabéis que soy un adicto al lenguaje, también lo fui al trabajo, esto de ahora es una manera simple de darme cuenta que el tiempo se me agota, de preguntarme a mí mismo –y si le sirve a alguien- qué debo hacer para no estar nunca sin hacer.

Aunque esta fecha, este día 1 de Agosto cada año, junto a la playa y el mar que tanto quise, que tanto punto de encuentro me dieron entre gente que todavía me sigue queriendo y hasta me atrevería a decir admirando, es cercano a un reflejo de lo que me hubiera gustado ser muchos más años antes si hubiera podido. De momento me tendré que conformar con la parte de vida que aún me concede la vida.

viernes, 15 de julio de 2011

CUANTAS COSAS QUE NO SE DICEN


Vivimos con las cosas que contamos y nos cuentan, es una especie de intercambio humano forzoso, y mejor que lo hagamos así porque quizá, ese otro mundo oculto y propio que callamos, que no intercambiamos con nadie, esa soledad de derecho propio nos proporciona la autonomía y la libertad, constituye nuestro trabajo diario y en muchas ocasiones provoca un silencio que nos llevamos hasta el final.

No es que no lo haya dicho todo, es que no dije casi nada, ni tan siquiera con aquellos cercanos a mí, con roce del propio cariño. Ni escribiendo en un rincón fabricado por mí, limpio y privilegiado, deja de estar a solas nuestra soledad. Qué frecuente la expresión de compañía querida, ¿cómo estás? Y jamás decimos cómo verdaderamente nos sentimos. O mejor no hacerlo, a pocos le interesa.

Siento esta sensación más que nunca estos días, me refugio en la posibilidad de poder contar mis cosas más tarde, me queda tanto tiempo, ese es mi engaño, y sin embargo la medida que resta es corta, cada vez más corta. Nadie niega su mortalidad pero ninguno somos capaces de admitirla con sinceridad. La disfrazamos con la salud –mejor o peor- pero está detrás. Vivo una circunstancia a la que el diccionario de común uso informático le otorga la posibilidad de ser el resultado de estrés, heridas, cirugías o inflamaciones de origen congénito; con ella convivo ya todo el año y como final pone sin fecha. Esto sí lo he contado –hasta casi demasiado- porque está siendo parte de mi vida, de las cosas que se dicen y de las que no se dicen estos días. No me contradigo, me digo.

Estoy siendo paciente demasiado tiempo con todas las de la ley, me resta ese derecho. Es la paciencia que ya conté. Mi espera para algo mejor, se me está haciendo demasiado larga, contaba un poco con ella, pero le antepuse equivocadamente unos puntos externos, esos que ponen al final los cirujanos, y en este caso no fueron ciertos: no había que modificar el camino, siempre de dentro a fuera, encarnando buenos tejidos, granulosos, esos que sirven para que duelan los insomnios, la facilidad que siempre he arrastrado para el fracaso.

No cuento las cosas que me sirven para la vida, me entretengo en cambio, ya lo veís, en mi destino de paciente y como tal es mucho más conveniente, forma parte de ese intercambio de razones humanas que tenemos los humanos, callarlo, callar lo que forma parte de la vida más íntima, más propia. No cabe en los mails que quiero tanto, ni mucho menos en las redes sociales donde la gente se desnuda impunemente porque no sabe hacerlo en la intimidad y en la elocuencia de un abrazo que va a ser capaz de hacer memoria en mi vida. Las redes sociales me parecen una especie de prostitución que utiliza tus propias emociones.

Por eso pienso cada vez más en cumplir la riqueza del silencio. Las partículas propias que voy colgando aquí cada vez serán más parecidas y menos frecuentes. Hay razones pienso, que escribir es cosunmir la vida la vida que nos consume. Joyce Carol Oates dice, sin embargo, que “somos adictos al lenguaje porque proporciona cordura”. A mi me facilita como una especie de remordimiento por tantas cosas que no dije a tiempo.

Soy consciente que me he apoyado muchas veces en la mujer. La razón es muy simple: escribe la elegía. Yo le devuelvo con mi palabra una especie de admiración con su propio temblor y mi particular abrazo. Paso con respeto por su recuerdo siempre en busca de armonía.

Pero me voy sintiendo ya demasiado lejos, ajemo a estar aquí, extraño a mi propia palabra, acusándome a mí mismo de tantas cosas calladas, cuando si las hubiera dicho hubiera sido mejor mi condición, mis emociones como una historia de amor que en opinión del poeta, no tiene mérito –hasta se atreve a decir que no conoce ningún caso.- ¡Qué fácil enamorarse! Lo difícil es salir entero.

Me va siendo cada vez más complicado. Ya sé que envejecer es ir acumulando libros dentro, pero de ninguna manera callándose las cosas que he ido aprediendo puede ser soportable.

Estoy estudiando un nuevo sistema operativo informático: el Apple de Mac, porque a aprendiendo algo nuevo ser viejo es una conquista. Tengo una excelente amiga enseñante que puede diariamente practicar lo que dice la Oates: “Enseñar es un acto de comunicación, de empatía, un tender la mano.”

Pues a la espera siempre que alguien me tienda la mano. Mi respuesta será decir algunas cosas que no dije.

MANDELA


POR CORREVEIDILE

El próximo 18 de julio –instituido por la ONU como “día de Mandela”, cumplirá 93 años. Ayer me entero de su “delicada salud” y, lo que es peor, le veo fotografiado sin su sonrisa.

Tengo un breve póstumo para el día que se muera Mandela –por si ya no estoy:

“De buena mañana y al pasar junto al kiosco, leo que ha muerto Madiva, el gran Mandela. Meneo la cabeza con disgusto y desaprobación. Estos hombres no deberían morir –me digo. Es como si apagaran, de pronto y sin avisar, el faro que guía al navegante y le lleva a puerto en medio de la tormenta, en la noche infame de mar arbolada.

En un abrir y cerrar de ojos, se queda uno huérfano, sin la luz del gran sabio africano. Me alejo renuente, sin intento, meneando la cabeza en desacuerdo, tan desorientado, tan roto, que no sé por dónde tiro. En la ciudad donde vivo hay una plaza que lleva su nombre. Y sin marchar a lugar cierto y como quien no quiere la cosa, hasta allí me llego, alguna que otra rosa segada sobre el pavimento y bajo el rótulo, yace allí desparramada. Que sabes que, al tercer día, ni es rosa ni es nada."

Quiera Dios que no vea el día de la orfandad en que nos dejaría Mandela, si se va. Con la vista cansada, como andamos de tanto ver, el oído de tanto oír y el corazón de tanto odiar. “Mientras tengas fuerzas –no más fuera que el aliento, para ayudar a otro, no mueres” – dijo. Solo pido precederle. Ainsi.soit-il. (1)

(1) Que así sea

viernes, 1 de julio de 2011

PARA MÍ ES COMO UNA ANTIGUA RELIGIÓN


Volver a ser paciente: del latín “patior, páteris, passus sum, que significa padecer, según la Wikipedia que estamos haciendo todos en la red. Quizá porque esa religión la he vivido reiteradamente, aunque es curioso cada vez sus dogmas tienen ropajes y maneras diferentes, pero siempre, la esencia, la experiencia de esa palabra es esperar. Has de estar desde el principio sólo con el comienzo pero sin saber el final.

Se siente uno siempre mucho más vulnerable, esperando instrucciones de quien no sabes ni el mando que tiene, pero te ofrece siempre cobijo como si su función en la vida, en forma de trabajo, fuera esa: desde decirte donde debes dejar la ropa, cómo cubrir tu cabello y enseñarte a caminar con tu propio calzado pero que deje de serlo, algo lo disimula para eso. Llevaba no obstante cualquier cosa que llevo para estar por casa, me guardé las elegancias para luego.

Pero eso sí, con muy buena presencia, ese polo Hacket color rojo y el pantalón blanco hacían sitio por allí por donde pasé. No es que mi equilibrio sea muy perfecto, ni mucho menos, pero el porte lo llevo siempre puesto. Me lo ha dado la manera de leer ciertos libros con los poemas dentro, una señal para saber dónde los dejo y poder inmediatamente seguir leyéndolos.

Es un camino antiguo y áspero, una puerta conocida pero que te desorienta luego, nos juntamos un grupo con idéntica obligación y el mismo horario para llegar al final de un largo pasillo a esa Unidad que para mí tenía el prestigio de su estreno con entrada y salida, misma puerta, mismo día. Bueno eso siempre depende, porque la vida jamás tiene antes nada cierto.

No tienes que llevar que llevar ningún impreso porque ya está todo impreso y colocado en mi caso en un voluminoso sobre que junto con los demás –no se ha perdido la buena e higiénica costumbre- los desplazan con un carrito de la compra del supermercado. Porque en definitiva algo había comprado al estar allí tantas veces, algo me había llevado a casa de aprendizaje, de buenos consejos y mejores medicamentos, esos del sobre eterno que nunca quise entender por qué les llaman ofensivamente crónicos.

Será la crónica de esa parte de mi vida donde está todo preestablecido para eliminar los errores, los mismos errores que he cometido después siempre. Nunca quise empezarla, pero me la dieron hecha antes de tiempo, mucho antes de tiempo. Aquí tienes tus crónicos, aquí está tu crónica impresa, me dijeron, te lo enseñan todo, te intentan educar en esa nueva y antigua religión de que hablaba antes aunque vayas cuerpo abajo y recorras con deseo de encontrar en el final la caricia de alguien para dejar de ser paciente.

Esta vez recorrí incluso una zona que no conocía: el desconocimiento voluntario, esa sedación en que nunca te vas del todo pero sí que regresas a todo. Estudiada, señalada, como la noche de un cuerpo que ha dejado medidas en el tuyo sin manual, casi con formas de asceta.

La anestesia te anula, la sedación me parece que no es que te seda, es que deja pendiente como en una especie de alteridad que te protege. Es como un ropaje que sustituye al que había dejado antes en el vestidor con versos evocados, con sueños que empezaron tarde, con la seguridad de entenderme con todos. Te seda hasta la boca para que no busques otra boca, no hay por qué, no hay insistencias, no tienes el mando ni el dominio.

Volví de paso, pues, a esa antigua religión que tengo bien aprendida pero que en cada ocasión antes de llegar te enseña nervios nuevos que luego nada tienen que ver. Viví ese duro intervalo del antes y el después. Me aprendí otra vez y las practiqué sílabas de aprecio con la gente –aunque ese estilo siempre lo conservo-. Quienes me complementan en mi etapa más vulnerable, olvidan inmediatamente mi nombre, probablemente esa celadora que bajo su uniforme verde debía de llevar una blusa aparente, acabó enseñándome las fotos de sus dos mellizas de cinco o seis años. No sé, debe ser esas maneras que tengo de mantenerme acostado en una camilla que hacía senda inmediata a soluciones inevitables ya.

Fue en el sitio de espera donde yo miré su sonrisa, su belleza y su paciencia, su manera de hacer las cosas, como la doctora que calmaba la impaciencia y era, como digo, una sencilla celadora, que guardaba mis inquietudes y mis recelos.

Ella hacía su trabajo y a mí me tocaba vivir mi espectáculo.