lunes, 14 de febrero de 2011

ME GUTARÍA ESCRIBIR UNA DANZA DEL DESEO


Ya que la escritura es una perversión de la vida, pero la ocupación más noble. Hacerlo con la astucia y paciencia del afecto y poder así convencer de la convivencia, una buena compenetración, saber estar juntos. Por ahí anda siempre suelto el deseo. Me gustaría esta vez saber expresar la sonrisa que uno debe llevar dentro para que cualquier cosa que te imagines deje de ser una fantasía y pueda convertirse en el comienzo de cualquier realidad. Pero en el plazo más breve posible, como si estuviera contando ahora lo que es el deseo más obsceno, más completo, rodeado de libros, de mi conversación civilizada y culta. Vendré a buscar junto al empuje propio, esa inclinación femenina, a ceder.


Ya está, voy a ver si lo puedo hacer como una ola de ternura nueva que vengo callándomela demasiado tiempo. Será la mejor prueba contra mi propio tiempo breve, llenar así ese cuarto de estar cómodo y propio, compartido con lo que tengo detrás. Recordaré el increíble detalle de hundirse en una mujer, que viene a ser como suprimir de siempre el espacio que ocupa el pudor. Lo suprimiré, lo contaré porque estoy seguro que escribirlo otra vez vendrá a ser pasar página igual que el cruce de piernas de una mujer, parecida a la vieja elegancia de estar casi en otro mundo. Ya me hace falta, sin dolores ni quejas, que son la estupidez mal callada.


No habrá puntos intermedios para disimular lo bueno, estaré como decía, ocupado casi todo el día experimentando para poder contarlo luego. Las historias con queja son un fastidio, es demasiado divertido eso bueno que siempre tuvo el deseo para privarse de ello. Suprimamos pues, lo duro que queda cuando no hay afecto, por ahí se escapan la mitad de los núcleos donde apoyarse luego, los buscamos y no quedan o no estuvieron. Vamos a pasarlo bien, con ese cargamento propio e inherente de cada sexo. Sin viejas confesiones que suelen traernos lo peor que tuvimos y por eso nos lo callamos, lo pasamos mal cada vez que hablamos en lugar de ocuparnos de lo mejor nuestro y lo que tiene el otro que debe ser mucho cuando lo buscamos y lo hallamos. No nos empeñemos en embarrar el poder que tiene la ternura que está ahí cerca.


Y ni mucho menos ese deseo sólo lo satisface el sexo. Hay una felicidad que es puro apetito sin tenerlo terminado. Cuando saciamos la carne queda la mitad de la carne todavía. Si nos preguntan hacia el final, ¿cómo fue? Pues estar bien con alguien es una de las mejores cosas que puedes hacer si te mantienes vivo: antesala, principio y final de tu deseo, cobertura de no tenerlo terminado cada vez, de esperar el siguiente, sábanas nuevas, un roce diferente, una comunicación que no tuvimos antes, palabras que jamás escribimos. En definitiva, eso sí que hace falta llevarlo puesto: enamorarse, que es una historia tan vieja como la humanidad. Eso lleva consigo una indudable calidad como si no la tuviéramos en cuenta. Comunicarse - quise decir antes y sino lo digo ahora- hasta empezar la danza y no soltarla luego


Pues llevo años pudiendo dar envidia, almacenando preguntas de cómo hay que hacerlo. Es muy simple la fórmula, vive dos películas bien hechas, la ajena y la propia y mirar cómo se desenvuelven. Me gusta Antonio Orejudo cuando en su “Tiempo de descanso” lo explica: "La gente quiere ver follando a la vecina de al lado, a la cajera del supermercado, a la profe de baile. No le importa que la calidad de la imagen sea mala. Lo comprende.”


Pues que todos entendamos que con quien consigas comunicarte arañando de cerca ese inevitable deseo cualquier cosa que te imaginas deja de ser una fantasía. Será el logro propio, que es lo único que entiende todo el mundo, no de justicia. Basado en la lealtad que tiene un atractivo final parecido a cualquier sexualidad. Es mi triunfo, mi deseo, mi victoria, una nueva religión, casi vieja, un fondo verdadero difícil de explicar.


Una manera ideal de ir cubriendo las necesidades del día. Gusta y disgusta por sí mismo, verídico, sin trampa ni cartón. No se me ocurre mejor símil para explicarlo, decir que es una búsqueda apoyada desde siempre en un día a día despampanante y tenaz. La mejor forma de ejercer la libertad es a medias sin sacar nunca la cuenta.


Ya lo diré de una vez: lo más hermoso que he encontrado en este mundo es una cara de mujer cerca sin almanaques propios, todo es hermoso, todo merece la pena ser vivido, hasta el dolor porque detrás del dolor –más o menos lo explicaba el otro día- detrás, está la vida.


Pues la danza del deseo que me gustaría escribir procede a la vez del alboroto de la carne y de un intenso entendimiento.

lunes, 7 de febrero de 2011

LA VEJEZ TAMBIÉN ES UNA CUMBRE


Y puede ser una sugestión, un criterio, una manera de llegar a la última lujuria, a la ternura que aún nos queda, la excusa para buscarse todos los caprichos, excepto los que no te permite el cuerpo porque en palabras de Carlos Marzal, “lo fuera de lugar era un concepto adolescente, pero no un criterio de vejez.” Me voy a permitir, pues, aunque no me dejen, cualquier cosa, venga o no a cuento. Tendré siempre vivo el respeto ajeno, pero ese rincón propio como hacíamos con los juguetes de cuando éramos niños no lo modificarán las circunstancias porque me queda todavía una capacidad de gozo de la que no tuve noticia hasta ahora.



Es nada menos que una cumbre a base de detalles que el más fogoso amor de juventud no me permitió saber que existían: lo vengo haciendo, me lo vienen haciendo ya muchas veces, muchas noches, noto una mano que simplemente pregunta, ¿estás despierto? No hacía falta preguntarlo, sabía que lo estaba por el ruido opaco de la almohada, por la forma de estar acostado, nunca del lado que me duele, por un simple carraspeo de garganta, arreglar el edredón que se estaba cayendo. No se trata de nada especial, es un registro de la carne, cansada y acumulada, a falta de catálogo ya, impaciente por no encontrar la mejor manera de ponerse. Es nada menos que la presencia de un hombre junto a una mujer que llevan así casi todo el tiempo que han vivido, es hacerse viejo sin que sea tan molesto todo lo molesto que es hacerse viejo.


Desde arriba de esa cumbre escribía hace unos días sobre el dolor. Me ha parecido al volverlo a leer como si le estuviera haciendo algún mal gesto y se trata sin duda de un grave error: nadie se conoce mientras no ha sufrido, ni sabes del todo de los demás, cómo eran, cómo van a llegar a ser. Ni yo mismo seré capaz de entender bien lo que hice porque de joven no sabía lo que tardaría la memoria en dejarme libre. Ahora ya lo estoy, ya miro desde arriba, desde esa cumbre, depauperada pero cumbre, gloriosa tantas veces. No es que quiera alardear de ella, pero es que puedo pensar lo que quiera y expresarlo como si estuviera todo sin decidir todavía.


Vivir todo este tramo y lo que encierra, que se me está acabando, es una manera de decir adiós sin decirla, es un placer solitario, narrable, manejado con la mecánica propia que me otorgan las palabras, las tantas palabras que he leído. Contar todo esto que cuento es como ser amante desde siempre y para siempre, son los instantes, quizá los mejores instantes.


He llegado donde estoy, escribiendo muchas veces en los huecos que me permitía la red, haciéndolo con mucha gente de la que en cualquier caso siempre guardaré buen recuerdo para que a su vez lo tengan de mí. Vine hasta aquí con un anecdotario propio, con sucesos de mi día a día. Todo forma parte del equilibrio.


Estos días tengo para añadir cual una continuación a mis múltiples gestos, cómo me someto a la curación de una herida. Paso por distintos Centros de Salud, cruzo diferentes puertas según el día de la semana que sea y me encuentro a diferentes enfermeras. Mechar esa herida es como el abc en su trabajo. Milímetro más o menos vienen a hacer lo mismo. No así el cariño que ponen en ello. Pero, Pilar, Lola, Irene, Camino lo hacen como quien besa por primera vez, me hacen creer que los 2,2 mm de profundidad ya son tan sólo 1,8 y que supuro menos, con una complicidad mutua, una confianza aprendida en los manuales para curar cualquier herida.


La juventud no tiene ese sitio elevado desde donde poder ver casi por completo la duración que van a tener las cosas sin saber el final, sin tener la placidez y el aplomo como una especie de sabiduría gratuita, completa, llena de intimidades que ando desplegando. Ya me he untado con esa especie de barniz corporal que dan las personas elegidas, los sucesos desconocidos que no sabíamos que íbamos a tener, como el andén de una ciudad a la que llegamos tarde.


La vida destruye y remplaza, derriba y suple, pero es acogedora como un gran hogar.

viernes, 28 de enero de 2011

LA PACIENCIA DEL DOLOR


El dolor exige su paciencia. algo tengo, pero a la vez lo sustento en un importante pedestal de salud que me ido fabricando utilizando esa misma paciencia. El dolor reclama, es a veces exigente, pero te obliga a tener una calidad propia que no tienen quienes apenas sienten señales del mismo. Mi calidad me sirve para sonreír y poder decirle a quien puede provocármelo, no te preocupes, el dolor es cosa mía y la resistencia es mía para siempre, densa y profunda. La practico ya de mañana, como mi perfume de salir de casa, mi estirpe propia, casi mi apellido a medias entre los que traje desde mis padres y me ido haciendo con tantas letras ajenas.



El dolor, mi dolor en este caso, físico y pertinaz, no es de grandes ocasiones ni de solemnes proporciones, es ese diario hasta con recordatorios de medianoche, pero que encierra entre los libros que estoy leyendo su forma poética, la línea de cualquier verso para que me lo vaya dulcificando. Y sobre todo aspiro a sacarle partido al cuerpo fuera de su sitio. Necesito, su barniz, su gravedad, como una belleza que nunca tuve y que ahora a base de paciencia puede adornarme hasta la propia vejez mal llevada.


No pasa nada, porque esté escribiendo como una elegía al dolor bien hecho. Tantas y tantas personas en el mundo, en este momento, lo estarán sufriendo con niveles lo suficientemente importantes para que sintamos hacia ellos una generosidad con el cariño que antes no tuvimos. El mío ya lo siento propiedad y usura como un descubrimiento que hace más de veinte años vengo padeciendo, complacido en el intento de alcanzar con él su calma, su espacio, su derecho.


Es como haber creado una intimidad que nunca dejará de haberla ya, como el límite que tiene la piel.Hay momentos que parece que se difumina, se aletarga, como si se quedara más quieta, pero donde hubo un día, un momento, esa intimidad, siempre queda, ya la tengo en propiedad. Lo que llamo intimidad puede ser muy bien una especie de conjunción como dos cuerpos que han copulado y siguen notándolo cada vez que se encuentran. El dolor es la encarnación ya en mi vida, el pasado, el presente, su insistencia futura.


Tampoco querría darle demasiada importancia, como a tantas cosas de la vida, al dolor que duele. A fin de cuentas formará parte del resumen de mi propia vida, acumulará momentos, de esos peores, pero nunca decisivos. Lo que se tiene luego en cuenta es aquello que se encarama con nosotros, provenga de donde provenga. Hasta doliéndonos algo pesa en la queja, su por qué, se busca su razón principal, su raíz, eso que digo, su importancia. Habrá, pues, que guardar silencio de él, callárnoslo a solas a pesar de la insistencia a veces. Lo dicho, es cosa de paciencia, más que de importancia.


De lo que sí que me acuerdo es de su debut corporal, como si fuéramos a ser pareja para siempre. Me fui documentando, preguntado a unos y a otros, esto cuánto dura, cómo es, cuáles son sus límites. Y supe, de acuerdo con la necesaria intimidad que mencionaba antes que para hacerla completa, rica y voluptuosa, alguien me explicó que vendría a ser como los besos de boca, o te convences antes o nunca sabrás darlos. Era, nada menos que el reinado del cuerpo, su humedad, su mundo entero. Parecido a estar con una mujer admirando su boca, sus pómulos quietos, el punto acre de su exigencia tantas veces. Matrimonio perfecto para ser matrimonio, sensorial, prolongado. El debut para casarse fue como la carne cruda de las murmuraciones, ¡qué mal tenía hecho el cuerpo!


Por eso, traspasado el umbral del debut, su belleza, su resistencia está en el cimiento de la paciencia, porque hay detrás una capacidad de gozo, una propiedad que me otorga así el derecho a contarlo, a saberlo. Algo sé del dolor, algo voy aprendiendo.

domingo, 16 de enero de 2011

PERTENEZCO A LA CUNA DEL ESFUERZO


Y jamás me derrumbaré de bruces porque ese es mi reglamento. Incluso podría ser que mantener una herida abierta a la altura del trocante fuera rentable hasta el punto de vista artístico, pero habría otra razón, los que arrastramos algún daño desde piel para fuera o desde piel para dentro, aguantamos así, con todo abierto. Mientras, no ha pasado nada, que me ido haciendo viejo.



Cada mañana siento luego una segunda piel con la mecha dentro, pero a veces aviso el recuerdo, la recomendación de agarrarme a lo bueno, de establecer una dependencia que puedes notarla en ese momento: la cura la compensas con una lágrima además dentro. Es mi forma de acudir al llamamiento, establecer una intimidad con el expresivo encuentro de las coincidencias.


De ahí me viene todo: quedarme con lo bueno es la mercancía que llevo puesta, el almacén del tiempo, hasta incluso también tengo mi libreta y mi poética de los versos con los libros dentro, ese desierto sin soledad al hablar tanto de ellos. Junto, pongo mi esfuerzo y en muchas ocasiones me vale el reino de la cosas tal como empezaron siendo, tal como siguen siendo, no se sabe muy bien si se trata de una recomendación, sin que se note apenas, o una dependencia.


A pesar de todo, ya lo dije, tengo esa involución crepuscular de los que nos hemos hecho viejos, “ebrios en los bares de moda” con algún poeta, con la copa en la mano leyendo en voz alta a una mujer, llegando con la lectura a hacer que se sintiera apenas violada de cariño y se trataba simplemente de alcanzar alguna certeza para andar por la vida. Pero nos alimentábamos de la contundencia de ese instante como si nos hubiéramos extraviado y aquello fuera un acierto además de un hallazgo.


He sentido todo eso, así me he fortalecido, he encontrado las palabras para lo sencillo, que no es fácil decirlo y menos sentirlo. El otro día anotaba esta cita de Cohen: “Cada hombre está solo y a nadie le importa nadie.” Pero está lo que te trae cada día, está nada menos que la vida con su belleza y el misterio imperturbable de lo que a cada uno le dura. Y puedes importarle mucho a alguien, por eso yo mientras voy enterándome de las historias que tiene la gente, de hasta dónde llegará su resistencia, de la verdad del esfuerzo si lo llevas desde la cuna puesto.


Entretanto voy engañándome con las cosas a las que yo les voy a poner el final, a la altura de cualquier trocante; aferrándome hasta llenarme de anécdotas de la mano de alguien sin poder hacerlo todo al instante con los momentos que vienen, que enfrían el ambiente pero frente a los que me impongo, por aquello de la cuna, del reglamento, agarrado a la victoria, luchando contra la aspereza si viene, pero firmes para hacer memoria, saber que donde estuvimos, por donde pasamos dejamos la huella del esfuerzo, la aprendimos antes, fuimos a cualquier escuela humana, donde únicamente al salir dimos las gracias.


Esto me está pasando, me seguirá pasando porque los huesos no miran el calendario. Pero los míos van a acabar enamorados hasta de mis vaqueros cuando me los bajo para que puedan curarme, porque los vaqueros –ya lo dijo Marzal- “no son una simple prenda de vestir. Son un logro civilizador, una dádiva entregada a los hombres del mundo.” Los míos al bajármelos (a lo mejor mientras, se me cae el iPhone del bolsillo e Irene me dice, toma, esto es tuyo) son un aviso cada mañana de que voy a tener otra mañana.


Me frotaré de nuevo con el día, con la fortaleza y la ilusión de que es un nuevo día y yo una criatura, tan viva y tan sencilla que emprendería al instante el idilio de amor que tiene la mujer; la mujer en singular, ese extraordinario ser humano del que vengo aprendiendo en pleno idilio, casi respirando boca a boca, beso tras beso, convexo para una mano cónica.


Mi carácter es así, entregado y provocativo, con los argumentos necesarios siempre para que en cualquier momento sepan perdonarme. Siempre mantengo el nivel de la piel, de la mirada, donde está la otra piel o la otra mirada para crear eso, la intimidad. Mi dureza de hombre frágil, os lo puedo asegurar que es un descubrimiento de una capacidad juntas de gozo y resistencia, igual que hace tantas veces brillantemente la noté en la carne.


Así me reconozco ante un pequeño acontecimiento, una herida abierta a la que no le negué el permiso a tiempo, que lo cuento porque eso sí, siempre me llegan las palabras en su debido momento, debe ser de la misma cuna, del mismo esfuerzo.

miércoles, 5 de enero de 2011

SOMOS LO QUE HEMOS SIDO


Le sigo la advertencia al novelista y poeta Carlos Marzal en la colección de cuentos “Los pobres perros desgraciados hijos de perra”, con la previa cita de Stevens: “-No hay que sacar conclusiones morales. La gente se limita a hacer las cosas lo mejor que puede-.” Y explicaré la confirmación de lo que he hecho y por lo tanto lo que soy. No hay distancia dentro de mí, ni negativa en la vida, me lo han hecho ver carca de 200 maravillosas imágenes de la página “Magnum Photography”, la elección en su temática, la lectura, hecha magistralmente por un fotógrafo de voz, de gesto, de intención, Antonio Martínez, que ha puesto, dentro de un CD, un regalo de luz y respuesta a mi vida, esa misma vida mía que una tarde yo le contaba a la que no le encontraba la luz ni su rigor más verdadero.



Habría naturalmente que cerrar ya este post de todas las palabras que me vinieran aún por aquello de que son “mi perfume y mi lepra” diaria”. Pero cariño por cariño, hoy tan solo veréis quienes me leéis la imagen de la portada, “Leyendo”, y con ellas pretendo que esté el testimonio de mi gratitud a Antonio.


Él se calla y mira, roba la imagen en silencio, la trabaja luego en las mejores horas de su tiempo y la imprime -como la permanente “Cenicienta” para mí, en un papel al que hay que tenerle un enorme respeto para poder tocarlo- para poder tener la imagen que representa, entre nuestros dedos. Fue portada de mi página literaria del mes de noviembre pasado.


Somos lo que hemos sido y poco más alguna vez. Si me pongo a repasar me entra como una especie de miedo, de cansancio antiguo a esta altura de la vida. Es verdad, a veces todo es cuestión de un poco más de suerte, no sólo nuestro esfuerzo, la capacidad de resistencia, el tono del amor cuando amamos. Y luego van sucediendo las cosas y nosotros las vamos narrando con una capacidad propia e innata que no puede negarnos nadie.


Leo, Antonio, para eso, para contar lo que nos ha pasado a unos cuantos ya que nuestra capacidad narrativa nos la guía y nos la ilumina el opiáceo de la palabra. Tú lo sabes de mí, tú me lo explicaste aquella tarde cuando te decía en uno de esos momentos verídicos de derrumbe que todos tenemos a veces en la vida, que no había hecho nada. Casi te enfadaste, por eso ahora, desde tu mundo imperdonable y bello de la imagen me lo has ido buscando en “Magnum Photography”, y la otra noche me lo diste en forma de esas imposibles fotografías que son la vida, que son mi vida. Quienes me leéis, iréis viendo algunas porque son 174 maravillas.


No lo he tenido fácil, sabes, lo único leer, me vino pronto el rostro del dolor y tuve que convivir con él, por eso de alguna manera leía tanto para no hacerle caso, para tener que contar el dolor ajeno y ser generoso con él. A la vez me resultó conveniente apuntarme a la figura del amor, al triángulo de su umbral, a su música, a su armonía. Qué bello cuando cuenta Carlos Marzal en sus “Tierras hondas” luego de hacer el amor en los escasos segundos de vestirse una mujer “ese siglo de esplendor gestual, la más antigua danza ejecutada con movimientos de gracia absoluta”; su manera de descubrir el sexo, la carne absoluta de todas las mujeres, la carne del mundo que era la de su amor.


Ves, Antonio, tienes que entenderlo, sin los libros poco queda de mí, sin haberlos leído; luego ya puedo con casi todo, ya me da lo mismo los cuerpos extraños de una vieja cicatriz en amigable compañía mensual del Aumentine Plus, ya no abandono, ya reconozco que soy lo que he sido, lo poco que haya sido, en esas imágenes donde en todas, en todas hay alguien leyendo, cumpliendo el más hermoso rito de la vida.


Así luego igual que me vendrá la fuerza, tendré palabras para todo, les dedicaré estas a quien supo reconocer el valor de mi profesión, lector, ni más ni menos, quizá porque no pude llegar a otra cosa mejor. Huelo siempre a libro, ese es mi denso y perenne perfume como el que forman la estirpe de las hembras fuertes. Y escribo si es posible con el más importante erotismo que encuentre: mi cultura histórica es la forma del cuerpo de una mujer.


Y después de cada lectura me quedaré con las palabras como el único patrimonio que tengo y que no puede heredar nadie de mí. Son mi fuerza, mi conciencia, la última herida que me queda, mi goce al verme en cada foto de las que me has regalo, mi única manera de darte las gracias, Antonio Martínez Carrau.

miércoles, 22 de diciembre de 2010

UNA ESTÉTICA ARRIESGADA


Metido de lleno, cómo no, con las cosas que más me gustan, que me proporcionan placer, ando ahora con el quinto tomo de “Pequeñas Resistencias” con cuarenta cuentos a cuestas, "ríos de indómita tinta", con los hombres y mujeres, en muchos casos en la balanza ya segura de tener tan solo treinta años, he arrancado de este libro una estética propia y arriesgada, con su amor y su lectura, lo he convertido en la regla: cuando uno hace una cosa, lo hace toda su vida, por eso advierte Eloy Tizón: “al cuento se lo ama o se lo rechaza”, "tiende a los colores fuertes, la fiebre y lo adictivo". Y mira por donde, yo ando siempre así viviendo; me apunté como si fuera a estar siempre leyendo un cuento cada día, dedicado al amor con su hermosa estética arriesgada y su ética profunda. Amo desde ese mismo cuento de mi vida, mi manera de estar, mi práctica bien aprendida



Amo,  porque el amor es como mi tierra, mi lugar de origen, mi cobijo, con forma de pecho y de cadera, destino y vivienda, un punto sin retorno porque no quiero volver, me quedé en él, es mi buena noticia al empezar el día, mi permanente compañía. Cual una bufanda necesaria para los fríos del invierno y la quietud de un libro sobre las piernas, a la vista está junto a mis palabras. Más allá qué importa, qué más da.


Amo a quien tuvo la paciencia de entenderme todos los días –y ya son muchos días- para que la entendiera yo a ella; a quienes pusieron sus palabras en este taller de escritura benévolo y tierno; quién cuenta los días que pasaron hasta que fui a por más amoxicilina en la botica de toda la vida; o quien sus maneras fueron el oficio incalculable de encontrarme el libro, en ocasiones sin aportarle los diez dígitos del International Standard Book Number, o cuando ni estaba editado pero iba pronto a estarlo. Mi "servicio de novedades" de ex librero es una manera de anticiparse a los deseos igual que cuando pregunto si me quieren.


Amo, porque es una actividad de permanente rejuvenecimiento ya que supe elegirla libremente como una manera de entender la vida. Amo, hasta convertirlo en eso, mi estética arriesgada, me conocen desde lejos, me ven venir, ya saben lo que voy a pedir. ¿Dónde está el riesgo? En querer lo mejor y poder obtenerlo luego con el equilibrio que me aportan las “Pequeñas Resistencias”, cinco tomos para leerlos despacio, y como está uno de acuerdo en amar el cuento, estar también favorecido para amar todas las cosas que me ofrezca la vida.


Me vale para apuntarme a lo que más me gusta y poder disfrutarlo luego: quiero las blusas con escotes imposibles donde sueñas poder llegar más tarde; que cada vez que me preguntan, ¿te gusta que te toque? no me quede posibilidad de respuesta porque viene enseguida otra manera de tocarme; desmontar las horas de la noche cuando ocupan el hueco de la propiedad de tu cama y luego quieren saber, si podían cambiarse de sitio. Así no me hago viejo, tengo como una petición de servicio permanente, de sorpresa recordando el brillo que puede tener el pómulo derecho que ande viendo, casi igual al reflejo de un collar de perlas.


Igualmente no me desparece el deseo, la comodidad de mezclar en la reglamentación del amor al cuento que estoy leyendo como un libro siempre abierto, con el amor que me favorece, me conviene, me aproxima a las personas que me quieren, me devuelve la voluntad de la propia prosa.


Hace escasos días me enviaron un vídeo precioso como felicitación navideña para hacer que en el año próximo se me olvidaran las penas del amor. A falta de penas, no obstante, es un hermoso homenaje de la Asociación Gayarre de Pamplona en el Día Europeo de la Ópera 2010, una demostración que la ópera la ha creado el pueblo y es para el pueblo, forma parte de esa cultura popular y sólida. Me la hizo llegar mi mejor psicóloga ya que no tengo otra psicóloga. Le añadí junto a las bellas romanzas de la ópera, tener un libro cerca.


Al verlo, al fijarte en las expresiones de la gente que llena el inolvidable Café Iruña de la Plaza del Castillo pamplonesa en una tarde de primavera, gente mayor, tomando sus cañas de cerveza, su bocadillo, gente joven con los niños al cuello de sus padres, todo representa a la vez que el asombro al escuchar la música cantada por los camareros del café, entre sus gestos, el amor de unos y otros.

http://www.youtube.com/watch_popup?v=NLjuGPBusxs&vq=medium


martes, 14 de diciembre de 2010

AMOXICILINA, COMPRIMIDOS DE LIBERACIÓN PROLONGADA


Menos mal, eso tomo, antes del desayuno, de la comida y de la cena. Ya no solo para que elimine de la vieja cicatriz en mis isquiotibiales, sin bisturí ni nada, algún cuerpo extraño que se quedó ahí dentro y no quiso salir cuando era su turno. Menos mal, además, porque con la amoxicilina me palia un poco ese rastro final que tenemos los hombres: ¿qué queda de nosotros cuando andamos medio acabados, sino una ranura de disculpa? Uno tiene que recurrir a lo que tiene aún de hímnico como dije el otro día, hasta que me lleguen las palabras que se esperan un poco porque la gente se va y a veces pasa eso, que de pronto se pierden las señas.



Hoy he recobrado sin embargo una dirección que tenía en una carpeta llena de hermosas imágenes; hoy mejor que en un banco en el viejo cauce del Turia, aquel que veía desde la finca de mi madre, a la bajada del Puente del Mar –la finca más hermosa de Valencia, con sus dos torreones, con su amplio mirador y las habitaciones de la entrada donde el ilustre doctor ejercía la medicina de curar las pieles-. (¿Habéis visto alguna vez, me hacía pensar, lo que es la piel de una mujer?)


En las palabras de mi conversador “Correveidile” celebraba que haya recobrado mi “Taller de Privilegio”. Mejor recuperación será con un escrito de él, en que no sabe si ponerse a servir o tomar criada. Yo vendré a colocar junto a sus palabras las mías que siempre reclamaron compañía. No, Correveidile, no necesité meter ningún “pet” en casa y jamás me daré por vencido.


Descenderé cuerpo abajo pero con mi taller de privilegio siendo yo solo su privilegio; con mi página que habla de los libros, acercándome a ellos; borrando si es preciso el camino que recorro y que quizá lo hímnico sea recuperar unas viejas caricias de la propia esencia, que nacieron con genes parecidos. Daré de nuevo dentro de escasos días un abrazo inolvidable a quien ya tuvo sitio en estas páginas para explicarlo.


No regresaré del todo, me quedaré hasta donde me lleven los comprimidos de liberación prolongada, pero súplicas, testimonios inolvidables para lo ajeno con consentimiento porque no tenía precio, no lo volveré a dar. Es imposible mejorarlo. Aunque siempre quedarán –y allí están- al igual que hago con “Las Pequeñas Resistencias 5” en la Antología del Cuento Español: o se le ama o se le rechaza, como una amante mal llevada. Probablemente, igual que citaba Vargas Llosa a Flaubert en la toma de posesión del último Premio Nobel, es verdad, “el talento es una disciplina tenaz y una larga paciencia”, que yo no tuve nunca. He sido más bien corriente, me defiendo con mis lecturas en el comienzo solitario de la mañana que me duran para todo el día y que hacen que me parezcan, como ya dije alguna vez, algo ilícito y precioso.


Sin talento ni paciencia, quizá, pero con café verdadero (hasta en mis estancias en los Hospitales, no tomaba Malta, engañaba a las enfermeras en cuanto se daban la vuelta con el café que me traían de casa). No, no quiero sucedáneos, quiero sólo lo verdadero, viejo amigo “Correveidile”, tú que también tienes tus entretenimientos, “de la que me haces gracia” cuando hablamos de la salud, que es lo que importa, lo único que ya me importa.


Me tendré que valer, como es siempre verdad reconocida, con el misterio inaugural de mis mañanas. Y a ratos, escribiendo, sacaré entrada de la vida, con una referencia ineludible a mi título de cabecera. Porque escribir también puede ser un vicio que te lleva hasta el fondo del que no puedes salir jamás, una mínima costumbre, como una mujer que cuando tiene un hombre cerca, hace algún gesto siempre, muestra un poco.


Ya me vale, escribiendo me muestro, me aporta calma, aunque es irregular (hímnica o de liberación prolongada) como en el amor en que alguien anda siempre corto y el otro largo sin explicarlo nunca.

NO SÉ QUE ME HAGA, SI PONERME A SERVIR O TOMAR CRIADA


Por Correveidile

Escribir, de por sí, es algo funéreo, sí, guarda concomitancias con la muerte, en tanto es la antítesis de la vida; vivir es otra cosa, está vinculado a la acción, al ser desnudo de los aditamentos, de la lencería femenina que vienen a ser las palabras.

La exigua minoría de los que viven “en directo”, no escribe ni lee, ni va al cine, ni deja que se lo cuenten, lo protagoniza; mientras una abrumadora mayoría saca entrada, entra y se sienta a verlo, a que se lo den “en diferido”, envasado, muerto.
Sucedáneos: el que tiene prohibido el café se contenta con un remedo vulgar: malta. Para suplir las carencias del que es para poco y se acobarda de cualquier cosita, se le cuentan cuentos, leyendas mitológicas, hazañas bélicas o de cualquier superhéroes, romances de amores de estrellas cruzadas. A falta de pan, buenas son tortas.
Bien mirado, las religiones al uso no son otra cosa que sucedáneos. El que ejerce dominio y guarda control sobre su propia vida, no necesita ponerla en manos de ninguna deidad.
Quien no se entiende con la mujer y/o con los hijos, mete en casa un “pet”, restableciendo algo de lo poco que dábamos por vencido: la esclavitud. Sin saber que el remedio no es la mascota, sino vivir solo, no poder ejercer crueldad sobre nadie –ni que la ejerzan sobre ti.
Así que estoy en duda, de si seguir con esto, o mandarlo todo a rodar y poner pies en polvorosa.
Entretanto, salgo a la calle y, de pronto, oigo el tris tras de un desusado trajín, alguien que huye del edificio de Capitanía, tropa que corre detrás, oigo una explosión, veo la deflagración, le ha estallado encima la bomba que llevaba destinada al cuartel, o la ha hecho estallar, se ha inmolado para no ser torturado.
Un atentado frustrado, me entero por los corrillos, un chiquillo, que ni pinta tenía de terrorista, pudiera ser que un sicario pagado por peces gordos, quién iba a sospechar, con esa pinta de querubín, cuando entró en Capitanía sorteando al centinela con una panera de ensaimadas en la cabeza y con aire despistado de repartidor de horno.
La policía había detenido el tráfico en las dos direcciones, provocando un atasco. Bocinazos de protesta.
Vuelve la luz verde, se reanuda la marcha, que es la hora de entrada y hay que fichar. Salen todos zumbando, sin otra preocupación que no sea no encontrar ningún fuego, toda la avenida en verde; han olvidado por entero lo que acababa de ocurrir, a mí que me registren, de mis viñas vengo, ya se apañarán.
Y el chiquillo, ¿qué? ¿le estalló la bomba encima, o se inmoló, buscando del mal el menos? Nos quedamos con la duda, es nuestro sino fatal, no ver nunca claro, se lleva cada cual su secreto a la tumba. Y así andamos, dando palos de ciego, huérfanos, sin padre ni madre ni perro que nos ladre.

viernes, 10 de diciembre de 2010

SER HÍMNICO, FESTIVO Y PANTEISTA


Lo volveré a ser de nuevo, sembrando algún poema hacia delante llenándome de euforia al sustituir todos los eufemismos de mi lengua y sin ningún disfemismo. Lucharé en el ámbito del dolor contra la propiedad de cualquier dolencia, la impaciencia de las palabras que vendrán detrás, borrar las etapas que no quise trazar para que no me vuelva a doler la vida como tensa y maldita.



Será otra vez un himno nuevo leyendo entre los renglones del corpus literario de Manuel Rivas –“A cuerpo abierto”, “El lápiz del carpintero”- hasta su último silencio cuando al hablar te juegas casi la vida si no aciertas el sitio que tienen escondido los gallegos, esas calas que cuando las encuentras se abren como una concha con todo su misterio, su lealtad, su memoria explícita, su tierra incógnita.


Me aposento en el modo de querer insistente y tierno, en la fiesta propia de perder el juicio, la cabeza loca, el cansancio incansable de mi cuerpo. Hace poco le leía a Paul Auster que el cuerpo humano no puede existir sin otros cuerpos humanos, necesita que lo toquen porque siempre tiene la piel reclamando la caricia hasta desde lejos. Me quedo, pues, para siempre con la energía corporal que me da la vida porque la energía es necesidad y placer.


¿Dónde tuve yo esa energía que me puso de pie? En mis lecturas cada día que me parecían algo ilícito, obsceno por su desbordante belleza. La tuve además en empeñarme por tenerla, en sentir tal necesidad de ella que sin ella no podía vivir, no tenía ni el suficiente aire para respirar lentamente en cada instante en que hace falta precisamente el aire. La tuve festivamente, como digo, acercándome a los libros hasta prematuramente, tenazmente, con una infinita paciencia que quizá me ha faltado luego. Por eso es necesario cantar el propio himno de nuevo, insistir otra vez en ser yo mismo el que era, el que fui, el que supe ser, produje placer al menos quince días, quince orgasmos, quince palabras antes y después.


Es como el desnudo del cuerpo que mencionaba antes que no puede vivir sin otro cuerpo. Aunque ahora tengan arrugas los contornos de mis ojos, seguirán siendo redes de pesca semejantes a los pliegues de las sábanas de las noches sin sueño. Le tengo tan pocas ganas a ser viejo que la ternura no se me ha hecho vieja, la puedo dar de nuevo soñando con un ceja fina de mujer y el hueco infinito que tienen sus axilas. Tengo algo de todo todavía: gestos, cosas, hablar del libro que estoy leyendo, las palabras, las emociones. Me queda lo mejor, querer ser hímnico como el gallego Manuel Rivas y contarlo luego en un taller de privilegio, propio,con una fundación inolvidable.


Devolveré lo que me dieron, explicaré en qué consiste el magisterio de mis ganas, las ganas de vivir, el cariño. Será al final justa la medida porque si algo callé entre medio escribiré mis emociones, casi desnudo, hasta reventar de nuevo con la audacia previa exacta al desabrocharme y quitarme la ropa con el permanente perfume de saber vivir, intacto y resistente, humano con una emoción imprevisible pero suficiente.


Más me vale, me parece, vivir ardientemente, pieza a pieza con la vida, cada contacto, cada muestra, cada anatomía, cada imagen. Más me vale sentirme siempre fuerte, con ánimo todavía de aprendizaje de la vida, jamás concluida, todavía pendiente. Ese es al fin y al cabo mi argumento escandaloso, mi asombro de cómo se resisten mis caderas a plegarse; notar como una aparición llegada, plena de historia, súbita, profunda, carnal y milagrosa.


El andén de la vida donde no se me hará de noche, mi calor más íntimo, el que siempre tuve como un arrebato postergado pero aún visible, una especie de sudor propio, mi peso, la edad que no aparento porque se me olvida apuntarla cada año.

lunes, 29 de noviembre de 2010

AL MENOS, BUENA GENTE


Me dijeron, al menos, buena gente, pero he decidido seguir haciendo por los demás lo que sea, pero negándome a ser excesivo. Me lo ha dicho varias veces con su estilo habitual una Princesa que siempre tuve lejos –que si América, que si Burdeos- me lo viene pidiendo, mientras ella ha decidido no tener ninguna prisa en crecer y mientras llamarme otra vez con su wifi porque le gusta oír mi voz, lo que menos cambia de las personas. Eso dice ella.



Pues menos mal que me ha llamado tesoro, el tesoro escondido que le dejó mi hermano antes de irse, cuando a veces aquí por estas pistas interminables, uno se siente mercancía de segunda mano, pero a la vez, se acuerda de esos comportamientos que siempre he tenido ofreciéndolos de forma gratuita, como una especie de proletariado que puede tener de bueno, que no se acaba nunca.


Por eso no me pienso terminar nunca para explicar que sin otro traje ni consecuencias, voy a seguir contando todo lo suficiente, sin pistas ni acelerar olvidos con tal de poder practicar como advertí hace días el sendero de los cursillos rápidos hacia la tranquilidad de ser comprendido.


Una vez ya aquí, con las comodidades que me da mi hogar, trabajadas desde hace mucho tiempo podré llegar indudablemente a niveles mejores de buena gente. Palparé siempre –eso sí- mi fruta propia de mercado, ese frutero único donde puedes saber la que ya está madura para comértela. Hasta en pleno invierno sudaré con cara de estar agradecido entre los seres que tengo y que tuve esperándome siempre, casi intimidado por su belleza tranquila y única.


Me quedarán fuerzas todavía para llevar sobre los hombros el bulto de las cosas no hechas y que acabaré haciendo, sin prisa, con el color del pelo que te exige la edad pero con la abundancia que me dejó mi padre; con el tabaco negro que fuman los hombres y que testimonian luego, los dedos amarillos, el sarro de los dientes. Así como cuando eres joven todo te gusta tanto que nada dura, ahora en cambio sí, porque si no dura no llegas, tienes que tomártelo todo en serio, aunque te salga regular, porque te falla luego la memoria, la que pones a elegir de las cosas que quieres acordarte, y dejas de hablar seguido, como hablabas antes y te acordabas a la vez de los nombres de entonces y de ese momento.


Necesito el sueño de la segunda oportunidad para ver como salen las cosas, las madrugadas con las ventanas abiertas para que vengan los amigos y siempre alguno te deje el consuelo, la caricia, el sueño. Y en esa segunda oportunidad necesito entender las tristezas y las vergüenzas ajenas como las propias. Ya lo sé que no es cierto eso de que las generaciones van pasando y no se hacen viejas. Hay que pensar que cualquier cosa nos sobrevivirá, pero que en ese tiempo hasta el final es hora de recibir los abrazos ciertos, las llamadas de una Princesa que no se hace mayor, las fotos que no hemos sido capaces de darle la suficiente dignidad, el fotógrafo lo hacía mucho mejor, siempre lo intentaba, pero nadie está a la altura de sus fotografías.


Y hasta junto a mis letras noto la falta de las fábulas de aquel Correveidile que traía aquí sus mejores cuentos. Me he dejado por el camino muchas veces lo mejor aunque no es tan malo echarlo de menos, es conveniente empezar a hacerlo cuanto antes.


Pero afortunadamente en mi casa no ha faltado un instante la luz infinita y bella de cada hora y todos los minutos. Siempre tuve mi sitio, mi turno y estuve donde tenía que estar cada vez, como soy, como era, porque el embellecimiento no se elige, quizá no se llega al escalón siguiente, pero al menos sí, el de buena gente.

sábado, 20 de noviembre de 2010

DE GUARDIA EN UNA BANQUETA


Mientras se me destrozan las lumbares, es incómodo y nunca más lo haré, porque estoy matriculado en necesitar la tranquilidad para ser comprendido, en unos cursillos rápidos que te dejan como nuevo para saber mirarle luego a una mujer la mejor postura de poner sus muslos.



Dicen en la primera lección, total desalojo, no a la ocupación para el provecho de nadie, si alguna vez lo ofrecí, lo retiro, como una apuesta que va a ser mal pagada en cualquier casino al uso. Pueden convertirse en supuestas pertenencias ajenas que al final ni te dan para pagar el pan del exquisito banquete que vienes ofreciendo. Porque todo consiste en imaginarte lo que de cierto no te han dado nunca, es a base de imaginaciones y la mía la tengo ya cansada; allí en los cursillos, predican realidades, hasta esas que existen para las personas de edad avanzada, una modalidad, que es un cúmulo de satisfacciones, hermoso y desbordante.


Hasta voy a cambiar la ruta del pequeño paseo de caderas desquiciadas y peligrosas: un camino que sin darme cuenta, por real y conocido, recorro a diario mientras me van dando al hacerlo obsequios sin tener que hacerlos yo antes: las amistades de calibre, sin explicaciones, al mismo tiempo que yo y con las mismas intenciones. Dará a lo mejor la impresión por tratarse de una ruta, por conocida, donde me desean menos; nada más lejos de la realidad, lo llevan escrito en la cuartilla abierta porque saben que leo. Dejémonos, pues, de imaginaciones, sino vayamos a casos concretos y cosas hechas.


De guardia nunca ya y no me oprimirá ninguna otra madrugada. Disfrutaré como lo vengo haciendo del amor en tiempo quieto, hermoso y tierno, arrancando los sujetadores sin ninguna ceremonia, la que he tenido siempre, la que te pilla desprevenido cuando no eres tú el que toma la iniciativa, la que es capaz de admirarte hasta mientras duermes, casi de lado, en la almohada contra las cervicales para que tengas la sonrisa de siempre.


Sentiré las ansiedades que me convienen, parecidas a las que siente cualquier mujer bajo la falda, pero no se me notará cómo me siento, no lo voy a contar, seré entero pero inaudible, desde el enorme patio interior donde dan las ventanas de mi casa, ni un jadeo, ni una conversación familiar de viejos amantes.


Ya sé que el verdadero amor provoca su dosis de desesperación y sufrimiento, por eso, cuando es verdadero cambiamos nuestro personaje de vez en cuando, como un turno admitido y querido, tras la última caricia que cuelga del más deshonesto sitio en un cuarto amueblado sin prisa y con saliva.


Y sabré ser cuando haga falta rotundo y firme sobre una cama bien vestida o en el sofá de cuero donde me voy haciendo viejo; una cama agrietada y permanente, que ha sabido ya de cómo salvar las discusiones con una autoridad pactada y rodeada de los mejores cimientos desde el principio. No hace falta pregonarla, sino usarla.


Es que ya lo sabéis –de ahí el título- no debo estar demasiado rato de pie y cuando me siente, necesito comodidades para todas las partes de mi cuerpo. Estoy haciendo esos cursillos de los que hablaba, donde de mí todo se me entiende por las calles hasta llegar al aula donde tienen lugar ellos, todos contentos, como si fuera un barrio nuevo. Me ha costado darme cuenta de la necesidad de mudarme para encontrar el banco en donde más tarda en ponerse el sol, en llegar más tarde la tarde, más soluciones a mis manías de siempre.


Y en casa –ya lo explicaré otro día mucho más largo- mi cuarto de trabajo, para mi mejor trabajo, mi sitio y mi postura de lectura como el mejor placer que aún me queda, infinito, rotundo, prolongado y largo, haciendo un poco ya el amor en entreactos para que no se me olvide el entusiasmo y su falta de ceremonia.


sábado, 13 de noviembre de 2010

ESTOY LEYENDO Y FUMANDO SIN CENICERO Y SIN PAUSA

y, mientras, voy soportando el atropello de los años, las ganas que te impone la vida cuando la procuras hacer a la vez donación y propia calma. No pasa nada especial nunca, pero hay muchos momentos en que alquilaría una habitación para poder gritar porque no llego bastante a donde quiero llegar aunque no deba ser yo quien calibre mi persona ya que cada uno saca de la vida lo que puede sacar y lo que le damos a los demás también debe tener valoración ajena.



Ya lo sabéis que cada mañana estreno mañana, huérfano de muchas posibilidades, ofreciendo entre las páginas de cada libro que ando leyendo mi abrazo siempre libre y promiscuo, descarado y tierno, como el grito de que hablaba antes. Es la única postura qué sé saber hacer: me dieron pronto la capacidad de entender y soportar el dolor, sin medirlo, porque eso no lo sabe medir nadie (¿le duele mucho?, me preguntaban los médicos y siempre contestaba, ah, pues no lo sé). Me he concedido a mí mismo cuando escribo el problema y el placer a la vez y al no darme pausa, lo hago con café, humo, dedicación y melancolía. Es mi forma de ebriedad, mi búsqueda constante de algún ser salvaje, adorable e inquietante, para ver si me calma o aumenta mi embriaguez.


Estoy siempre en la etapa de esa captura de un sentimiento asimétrico, con un año tras otro de caricias gratuitas porque las palabras que no vengan ya vendrán detrás; así las debilidades propias y ajenas, que a pesar de todo, aproximan. Es como expresar mi necesidad de ayuda porque el nivel de exigencia siempre me parece poco. La justificación que a nadie le salen del todo bien las cosas, no me sirve, qué más da, si existe la posibilidad de hacerlas mejor.


Esta mañana lo hablaba con un ser querido, familiar, yo le llamaría en cierta manera, propio, al que quiero acercarme porque me quedará tiempo de sentirlo más cerca que lo tuve –una mujer que siempre llevó hasta en la ropa de ir por casa los bolsillos llenos de belleza insistente y una inteligencia trabajada y rica- porque Mariate tiene esa rica sabiduría que siempre acompaña. Lo hablaba con ella, con el Wifi por en medio pero con un tono dulce de decir las cosas, que hasta casi me convence en que no insista demasiado en el esfuerzo propio, en la autoestima, en el derrame.


Pues no le voy a hacer caso: yo nunca le di demasiado valor a la experiencia, es una cualidad sobrevalorada; prefiero la cercanía de pieles que se quieren, de dar y entregar sin derecho a la devolución ni al retorno en caso de avería; lo que dije del grito primero y el abrazo luego sin sentir ciertamente a quién estás abrazando. Esa es la belleza de la promiscuidad. Ese es mi proyecto para poder defenderme, a ver qué tal os parece: o amor o quiebra.


Porque me quiebro cuando quiero a alguien, me hago pedazos para dormir mal de noche y andar medio dormido luego durante el día. Yo mismo me siento raro, raro pero tierno. Así en mi forma de vida, creo como en la publicidad, un espacio propio que no le dejo a nadie, o se lo doy o me lo quedo para siempre escribiendo.


Y dentro de ese espacio, Mariate, –ya que fuiste la culpable de que enhebrara las palabras esta mañana- seguiré esforzándome, eso que no me lo quite nadie. Me aguanté los dolores –y tú lo sabes- pues eso hice, aguantarlos, llevándole la contraria a los médicos; leyendo mucho, dejando todo el cuerpo mientras tanto como los iPods, en modo de espera.


Le dije a tu hermano una tarde entre foto y foto que sentía dentro de mí la ineludible sensación de no haber hecho nada bien. Y es verdad aunque “nadie sea un perdedor tan absoluto -como dice Nick Hornby- para no poder contar alguna historia sobre el hecho de perder.” ¡Las que yo contaría, las que me quedan por contar! Quisiera haberlo hecho mucho mejor y dentro de esa sensación de derrota que todos tenemos a veces, se vuelve siempre a intentar algo superior en muchos sitios: se vuelve, digo, a la ciudad los que se fueron; a la cama los que perdieron el amor; a la caricia, al menos aunque sea tibia y lejos los que nos hacemos viejos; a la enorme seguridad que dan las intenciones; a esa impresión de eternidad que siempre le otorgo al cariño aunque vivir degrada y desgasta.


Mientras, sigo escribiendo en este taller de auto escritura con la palabra que destruye y que separa cuando es lo único que les queda a un hombre y a una mujer: quien escribe y quien lee.

viernes, 5 de noviembre de 2010

HE DESCUBIERTO, SIN MIRAMIENTOS


Con esa placidez a deshora que me viene a veces donde me quedan restos de cuando estuve bien, escribiendo aquí, o en cualquier sitio público sin miramientos. Sigo, pues, escribiendo en una especie de búsqueda y de testimonio de una continuada lectura de un libro de cómodo y pequeño formato. Y al hacerlo, me siento cada vez más convencido que tengo una vocación de hondura para poder contarla luego. Es mi ruido de fondo, el eco de mi fiesta; es mi atracción y la que brindaré gratuitamente, sin pudor alguno.



Pero ya son muchas veces las que lo he dicho, me estoy cansado de hablar de libros, para contar los que leo como una especie de imprudencia. Voy a ver si por fin, leo para mí solo, o para alguien que me siga siempre; voy a leer de las dos o tres maneras que sé hacerlo: la de lápiz y libreta, casi siempre; la que encierra esa inevitable promesa para inducir a leerlo a alguien luego; la simple, la sencilla, la relajada de la sala o de la cama, yo que sé, dónde me pille, a veces con frecuencia en algún ambulatorio donde no lee jamás nadie.


Ya está bien. Tengo el cansancio que tienen a veces los poetas pero sin ser capaz de escribir ningún verso. Los post que cuelgo en mi blog ya no me importa si nos los lee nadie, yo los escribí con la seguridad de tenerlos dentro, como dije antes, sin miramientos.


Pero voy notando entre libro y libro el temblor de mis tejidos que envejecen a conciencia, hasta a veces con reacciones de cuerpos extraños en antiguas cicatrices en las isquiotibiales. A esa piel bien curtida que traje de la vida, nadie supo estrujarla con una palabra completa, rotunda, bien dicha, de esas que no admiten dudas.


Me gasta la vida y me viene gastando ya demasiado Internet, con voces que debieron llamarme antes. Yo vengo desplegando junto al hábito sedentario y hermoso de la lectura, el de la petición y el acercamiento, como advertí, sin dudas, y carezco de él. Son muchas veces las que lo supe todo y lo admití todo sin tener en cuenta que luego viene el cansancio que nos viene a los adultos de la vida creando espacios huecos, que en el mismo lugar debieron estar llenos.


Me duelen cosas que no le dije a nadie, me duelen cosas que acepté siempre; echo en falta barbaridades que tampoco me hizo nadie, lo mejor que repartieron para otros, no sé si con más merecimientos, pero con menos paciencia. Me urge ya un presente mucho mejor, antes de dejar esto: ni la reseña de un libro, ni copiar unos versos, ni soñar con un beso. Me urge lo que urge, lo que aprieta, lo que no engaña a nadie; necesito querer sólo a quién me quiera de verdad sin decírmelo quizá jamás.


Sin haber tenido nunca afición a la fotografía, qué permanente es el flash del momento, deja en tu retina, la hermosura de quién ofrece su belleza gratuita y generosa sin llevar nada puesto sino una verdadera gratitud o la honradez de dejarte pasar de largo que es otra forma de ser generoso; o de llamarte en todo caso, hablarte un rato y luego yo seguir en mi butaca de siempre y para siempre, leyendo, buscando de una vez esa placidez a deshoras que comentaba al principio y que no me la da nadie.


Ya va siendo hora que cierre yo puertas que siempre tuve abiertas. Es un derecho al descanso, aunque sea para lo que sea, ni tan siquiera quiero volver a ver a ningún médico que observe mis cicatrices de antaño, cuando todavía me quedan actuales por falta a veces de un calor humano que sacie, que reviente por todas las partes de mi viejo cuerpo.


He dado demasiado placer en muchas ocasiones, en demasiadas páginas sueltas, en correos que se leen sin fijarse del todo en la exigencia que tienen, el vicio que llevan. He hablado demasiado de libros, de todo, y es como enseñar la piel con el paso de los años y la ropa cómoda pero demasiado usada.


Ni me cambiaré de ropa, quizá baste seguir leyendo en cualquier sitio el último manojo de versos y no contárselo a nadie. Sin miramientos.

miércoles, 20 de octubre de 2010

LA AMISTAD, ESE PLACER PREVIO Y EXQUISITO


Hablar de la amistad puede parecer situarse en un entorno menos importante cuando a diario nos movemos en márgenes que necesitan el cariño exigente y manifiesto. Pues hoy me vienen a la boca reacciones más infrecuentes pero que con su expresión acogedora y cándida, hacen que me fie más de la vida, me proporcionan un placer exquisito y previo para cuando sientes algún vacío, te lo cubre, a pesar de no contar con la presencia siempre, con su envergadura.



Hay veces que esos momentos huecos que te vienen de repente, te los callas o los cuentas. Yo prefiero casi explicarlos pero como en un ambiente de diálogo, de esa conversación que puedes tener cualquier tarde, en cualquier momento, esa reanudación para saber cómo estabas sin que te lo hubiera preguntado explícitamente nadie, que es la mejor manera de saber el estado de alguien, de algún amigo o amiga que sientes lejos, como si estuviera en una fila de la vida muy separada de la tuya.


Me he encontrado unos días necesitado de esas pocas pero imprescindibles miradas que las llevo encima desde antaño; me he sentido más seguro, para decir, quiero a los que me quieren; he recogido así el intento de caricia en una simple y poderosa amistad; he guardado esa imagen, como si contara formas de placer, la parsimonia de no moverse para que me vaya llegando lo mejor. Viví como consecuencia de mi propia torpeza el flash de los mejores momentos posteriores, esa extraña posibilidad de sentirte sin nada pero como imaginando que vendrá luego alguna coquetería que has soñado siempre.


Debajo no llevo nada, el ángulo de la esperanza y la ansiedad, debajo soy más yo mismo, mi calor humano a la espera de otro calor humano con las maravillas que se producen en esos casos. Fui un enfermo de mentira, una delicia para quien quisiera proporcionarme a su vez, su propio encanto; notaba más que nunca la piel, lo que no puede ocultar el paso de los años ni de las páginas de los libros que estoy leyendo. ¡Qué más daba! Era una madurez bien pensada a raíz de una insensatez, la ilusión del regalo diario de una mañana nueva, lo mismo que la ropa vieja que terminé poniéndome para poder presentarme otra vez, si acaso me encontraba con alguna amistad necesaria.


Busco ya hace mucho tiempo de la vida la belleza que proporciona la tranquilidad, saber estar con unas cuantas personas con un poder incalculable. No tienen nada que ver con los seres propios, es una conquista recordarlas, y una belleza cada vez que se acuerdan de ti. Hay una obscena generosidad gratuita detrás que sostiene esa sofocante partida de la vida, precisamente, cuando te viene algún sofoco sin esperarlo, sin saber por qué, con el gozo de explicarlo luego a unos pocos amigos o amigas, aquí no importa el sexo, sino el propio roce.


Esas amistades que cuento son como una conquista que conseguió uno un día con la exigente certeza detrás. Sería una metáfora obscena contar que te metes en la cama cada vez con ellas, que duermes los recuerdos en una alfombra tierna y única. Qué conquistador me siento cada vez, dueño a medias de los momentos que compartiremos, juntando las palabras hasta encontrar ese silencio voraz de dar a entender que estás bien. Casi uno huye del caos de las palabras, ya las lees, ya las dices necesariamente luego.


En este caso se trata del más hermoso patrimonio que puede tener el ser humano cada vez que triunfa con un amigo. Esto ha sido también como mi pausa, está siendo, aunque menos de lo que quería en las tintas de la paredes de la red. Estoy hablando estos días con amigos, han cruzado las piernas frente a mí y el tiempo así se nos ha hecho más corto o más inagotable, no se sabe.


Eso hago cuando guardo silencio, cuando no hablo de las letras que leo, cuando dedico las tardes ya insistentemente a juntar dos butacas leyendo, a esperar que alguien llame y regale la belleza imposible de preguntarme cómo estás.



lunes, 11 de octubre de 2010

CEDERÉ MIS DERECHOS DE AUTOR


Y me apoyaré otra vez en el sitio que tuve y sigo teniendo porque las palabras propias, las hice precisamente demasiado hondas para quedármelas a solas. Será suficiente para volver a añadir algunas nuevas, que su lectura -como me dicen aquí mismo- “apacigüe y levante el ánimo”. Porque precisamente de ánimos no andamos nadie demasiado sobrados.



Voy a ver cómo me las arreglo para calmar cualquier mar de tristeza, para que vuelva a haber de nuevo, algún rato, precisamente un mar de tranquilidad que a todos nos hace falta. Ando ahora metido con los versos de un novelista que en “Cháchara” asegura donde escribe: “se está bien aquí, en la intemperie del ahora/sin sitio a dónde ir y sin memoria de dónde estuvimos.” Y además añade después que es un sitio “donde no vamos a morirnos. No se puede.”


Sin embargo yo estos días casi sentí de cerca la sensación de cómo era lo más parecido a morirse. No tuve dolencias graves, solamente un desarreglo, un olvido, un pequeño parche para mi organismo. No poder interrumpir la propia vida con algo de sueño, esas horas que necesita el cuerpo, esa manera de acercarse a estar , dormido, pero sntiéndose bien.


Ya lo tengo arreglado y por eso al leer que alguien que no tiene más apaciguamiento que esta especie de cuelgue producida por la expresión de mis sentimientos, las palabras que suelo recoger de cualquier libro, por eso, vengo un rato de nuevo, al mismo sitio. Mi literatura tendrá el suyo propio, aquí es cuestión de tacto, del roce de la piel con alguien, de la poderosa imagen de la imaginación, de volver a vivir como lo he tenido que hacer yo mismo en mi propio terreno. También yo necesitaba de alguna manera apaciguarme.


Ya estoy de nuevo por los sitios, por las calles que me son propias; he empezado -ya que el poeta dice que no vamos a morirnos- a hacerle caso a él. He empezado por irme a mi espacio inevitable donde me venden los libros, para que a cambio de este libro de versos que os hablo, o de unos deliciosos cuentos de Le Clezio por fin me han dicho que me dan un beso donde quiera o como el poeta si es preciso “me regalan un tatuaje en cualquier sitio”.


Quiero que sea suficiente para quien me vuelva a leer, que se quede sin ansiedad, que el mar vuelva a ser el mar que era. Mis palabras son públicas y sirven fácilmente, hasta como he dicho, estaba necesitado yo de ellas; como pienso de nuevo será siempre este papel ya bastante usado, esta misión, este empeño de volver a explicarle a cualquier mujer que me esté ahora leyendo que necesito yo también que me eduquen de nuevo, hasta lo que todos necesitamos: lo proporciona copular con el amor todas veces que se pueda.


Ya sabéis que siento cerca la turbiedad que ponen los años en la propia memoria; que siempre que escribo aquí es para explicar como dije hace días aquí mismo, sintiendo el abrazo inexplicable de alguien con genes propios, que es imposible sospechar que exista la tristeza con esos condicionantes. No me hace falta ni el derecho del lenguaje, que lo ponga cualquiera en cualquier respuesta; me comentan lo que no tiene comentario posible: es mi tacto, mi ternura, lo que se nota en la espalda con el abrazo.


Tendré, pues, que intentar brillar de nuevo de alguna manera, sobrevivir aquí más cerca, no apartarme del todo si le hace daño a alguien. Tenderé la mano, abriré la ventana de mi cuarto y lo primero que se nota, es que está lleno de libros y entre ellos el cariño que siempre puse con la gente. Quiero que mis momentos se noten, sean de nuevo los momentos de alguien que pueda necesitarlos.


Total, ahora que yo mismo me estoy leyendo, pienso que es una manera de guardar y hacer notar mi silencio, que se note, lo mismo que se nota el amor –lo he dicho varias veces- cuando no dices nada.


No tengo más derechos que aquellas palabras que escriben los demás.

jueves, 9 de septiembre de 2010

CARMEN


amartinezfotografia.com

Dije que había vuelto y que iba hacer una pausa en mí cuaderno de escritos, pero alguien me la ha interrumpido. Se llama Carmen, tiene los genes juntos y directos, hija de un hermano médico que la vida me lo robó como avisándome que iba hacer lo mismo luego, más de cerca todavía.



Siempre hablo cuando me preguntan por mi familia de ese grupo tan unido que forman las chicas y el chico, con el apellido de mi mujer, que son ya familia mía también.

 De mi ramal me olvido –y os pido perdón a todos- de las ingenierías, las biologías, el arte y las enseñanzas y me quedo enseguida y la aprieto entre mis brazos con la menos cultivada pero que en cambio siempre ha aportado cerca de mí, lo que no enseñan en ningún sitio: la alegría.


Se llama Carmen, es la prohibición de estar triste, la generosidad de las sonrisas que no tiene nadie; se llama la vida, eso que a veces no encuentras, y lo tengo bien fácil: llamar a Carmen. Nos vemos muy poco, perdió a su madre y un momento antes necesitó tenerme junto a ella. La vimos morir juntos y abrazados.


Y ya que lo nombro y por eso la traigo aquí, en esta pausa a mi pausa, posee una particularidad que forma parte de mi vida: Carmen abraza como no me ha abrazado nadie jamás, lo trajo aprendido para poder practicarlo conmigo las veces que nos viéramos. Aprieta, la condenada, te viene a dejar sin aire, pone la cara donde solo hay sitio para ponerla, ajusta el cuerpo, empieza ya su risa suelta y desenvuelta, te aparta, te mira para estar segura –no sea caso que se haya confundido en el abrazo- y te vuelve a abrazar para que no dudes jamás, que se llama Carmen y que a ratos su recuerdo es lo mejor que te puede pasar.


De verdad que lo he estudiado, me he preguntado, ¿cómo abraza esta mujer que no es posible que lo haga igual nadie? Cuando lo hace, es mi hermano, que fue médico para ordenar que me cuidaran, antes de irse; es la bondad de él, su entrega y su generosidad, la exigencia para que Carmen me quisiera de esta manera.


He roto la pausa de este foro, he colgado el post más sentido que he notado dentro porque hace unos días junto a ella, cuando vino casualmente a mi ciudad que también fue la suya, estuvimos juntos, nos reímos juntos, tuvimos la alegría juntos, prohibimos a la vez cualquier tristeza que nos viniera.


Me diste, Carmen, esta mañana en un correo, las gracias por mi compañía y la de mi mujer y sólo te he pedido como respuesta, no me dejes nunca, no me abandones.


Ya lo sabes, puede surgirme en la vida la ineludible necesidad de que me abrace alguien como sólo tú sabes hacerlo.