jueves, 24 de septiembre de 2009

Vámonos donde quieres ir


Me dijo mi mujer. Me lo ha cumplido ella. Y supimos enseguida cómo era tenerlo todo hecho: el difícil OK de las reservas; las plazas de un avión que tienen un precio diferente en cada momento; un hotel que el lujo se le sale hasta fuera; un sitio en “The Riber Café” para no tomar nunca café, situado bajo el Brookling Bridge sino poder divisar hasta la Estatua de la Libertad con la mirada, allá lejos, casi al alcance de la mano, cierras un poco los ojos y luego se deja ver, casi se deja hacer.


Me lo hicieron muy fácil, me mandó enseguida una chica que su placer en la red es organizar viajes, diez o doce e-mails con todas las confirmaciones que quedan en la tierra, lo que podría ver luego desde la memoria. Hasta ya casi a las doce me envió un sms con más maneras de decirme que sí, que me podía ir dónde quise ir siempre. Me tuve que contener para no contestarle doce veces. Luego me mandó algún seguro para que estuviera seguro de no quedarme en tierra, un saludo, y yo un beso simplemente. Al final he conseguido que me envíe un abrazo.

Qué bello sueño: organizar viajes aunque no los fuera a hacer nadie, hay cosas que se aprovechan pensando cómo hacerlas aunque no se consuman. Le prometí un día mandarle los números de una tarjeta sin dinero, en lugar de la mi mujer, para que haga lo que quiera o una de esas mías con oro hasta los bordes que dan miedo porque ya te la están cobrando antes que la vea nadie.

Todo está organizado en pocas horas por la hija de un hombre que lo tuve a mi lado trabajando, los mejores años que fueron muy pocos porque la vida se lo llevó con impaciencia, con esa luz de falta de paciencia que nos moja los ojos y nos quita al mejor compañero. ¡Ché, no podías haberme quitado otro!

Supe de ella, supe de su hija, nada más nacer, ahora ella me dice que han pasado muchos años y a mí me parecen muy pocos porque ya me deben quedar pocos. Pero pueden ser unos días que supongan lo poco que a veces cuesta tener la gloria, cosa de un otoño, de seis días y seis noches en Manhatan, en el Hilton New York, es la ventaja de ir con un médico glorioso y exigente. Y su pareja, que es la única mujer en mi vida que me ha enviado flores.

Hacer este viaje puede servir como dice el poeta José Luis Piquero para “morirse con algún objetivo”. Ha coincidido: yo llevo también los mismos años, más o menos, esperando, él en su silencio tras su último libro ha estado aguardando como yo “lo que viene antes y después del poema”. Yo no tenía versos pero estaba dispuesto a no tachar más páginas a ver si de una vez me hacía poeta. Me he quedado tranquilo, no hace falta porque “la poesía no son los versos, sino la mirada, la sensación, el hallazgo.”

Voy a viajar, por la ruta de la mujer que organiza viajes para que a lo mejor no viaje nadie; la mujer que ayer me decía, no te extrañe que te envíe un día de estos un mail con algún posible viaje que tenga mirado, aunque no vayas a ir, solo para soñar un poco…

Esta vez –mujer que organizas viajes posibles e imposibles a la vez- que hasta noto el roce de tu vestido cuando los haces, voy a cumplir un sueño de hace tiempo: pasearme despacio por la Quinta Avenida. No tenía quién me hiciera las reservas sin habernos dicho antes ni una sola palabra en la tierra.

Dejaré por unos días las mañanas que comienzo en que yo siempre quiero ser el libro que estoy leyendo. Mi mujer anda durmiendo, me deja que me emborrache leyendo sin haber probado el vino. Entre los dos vamos a arrancar la vida aún a tiempo para hacer ese viaje que siempre más que hacer, hay que tener. Siempre detrás de las palabras no me había dado cuenta que iba a amanecer un día que podría traerme el goce casual que iba a dejarme exactamente donde quise ir, gracias a ella.

Añadido me trajo, como haciendo el camino, la belleza imposible de un sueño hecho destino, un destino que me lo iba a buscar una chica que hasta ya está pensando conmigo, un nuevo camino. Tú lo haces lentamente, seguro que habrás pensado, no te preocupes, yo sabré hacértelo exactamente a tu medida, de ti y de quién ha construido su vida junto a la tuya tantos años.

Eso cuesta, hay que tener gestos y libertades al mismo tiempo, hay que saber entender por parte de mi propia mujer lo que quizá entre estos papeles nadie hubiera entendido, absolutamente nadie.

jueves, 17 de septiembre de 2009

Espera, que tengo que terminar una cosa


Es lo que te dicen. Y lo dejas estar. Te quedas, no obstante, con la sensación de estar intacto, pierdes el miedo de soltar el equipaje y eso que hay algo del mismo que siempre nos pertenece. Por eso sigo escribiendo, casi sin equipaje, con mis papeles y mis dudas, utilizando este puente del lenguaje que permite llegar a todas partes, hasta en ocasiones te inventas un poema que no cuelgas.


Siempre alguien a quien yo me acercaba estaba terminando una cosa; las mías en cambio las tengo terminadas, sino no hubiera ni acercado la cara, no hubiera dicho que soy una persona amable, con la falta que hacen, no hubiera traído la huella del último libro leído en esa hora de la mañana en que me sirve lo que le pasa a esa chica de su edad para la que la música “es un sitio” y nos explica esa “parte donde nunca nos abrazan”. (“Deseo ser punk” de Soledad Puértolas) A mí han dejado de abrazarme muchas de las otras partes, las que todavía tengo libres. Yo escribo desde aquí y me invento casi todo el sueño, pero de repente, como dos o tres años antes alguien quiso ser una reina, y es verdad que en ese caso, la tenía a mi lado y además del abrazo intenté besarla. Pero no pudo ser. Y ahora, luego de ese tiempo transcurrido, en una especie de no sé qué seguimiento que está siguiendo, le han peguntado y ha dicho sí, sigo con Romero.


Tengo las cosas terminadas, no están del todo mal hechas, es cuestión de volver a pasar el trapo por dónde debes, de asumir las responsabilidades propias porque puedes hacerlo –tengo crédito para ello- y desde la zona donde no te abraza nadie, eres un hombre que se aferra a la vida porque es razón suficiente para seguir viviendo. Cultivas a ratos el pecado solitario de la propia escritura, hay veces que se me notan hasta los pelos y señales, da lo mismo, y hasta si lo contaran por ahí no quedaría tan mal, siempre tuve los modos y maneras, tienen un coste adicional muy elevado y lo exijo a los demás, valga lo que valga tenerlo. La honestidad de quien se entrega no la puedes engañar nunca aunque estés en la miseria.


Volveré cuando haga falta y a quién haga falta a pedirle la necesidad del momento, pero pediré, como una obscenidad permanente la oportunidad de los muslos abiertos. Respetaré los ojos ajenos, su estilo, su observación y si en algún momento niega mi ropaje, me bastará el mensaje del error para dejar de cultivarlo. Volveré y en esa vuelta buscaré con matices de permanencia que el futuro que esté por venir, no nos lo inventaremos, se lo tiene uno que buscar cada vez y ni yo mismo pienso que me va a faltar tiempo.


El futuro es construcción, esfuerzo, de la misma manera que lo hizo uno anteriormente y que sirvió para ganarse el estilo, la señal de estar en muchas cosas en lo cierto y en aquellos que no, ponerse a averiguarlas. El futuro no viene de repente, no es la primitiva de los jueves, yo estoy en ello todavía porque ando convencido de que me queda ese futuro, seguimiento, las cosas más cerca que puedan ser ya casi una certeza.


Tengo un huequillo en la nuca, detrás del pelo que espero, igual que yo un día intenté dar un beso, pueda ser el acoso de la ancha capacidad de una mujer que quiera que esto mismo salga bien y entonces sale bien, así de sencillo. Que no tenga que terminar ninguna cosa, su postura sea una cercanía, mirarme a los ojos, no dejar de mirarme, a los ojos nada más, nada menos. Lo aviso, mi vejez suaviza, pero de verdad ni llega a ser vejez porque no hay nadie que lo sea sino quiere.


Voy a tener yo también mi propio seguimiento igual que intenté una vez dar un beso y no pude hacerlo. No sé si voy a ser feliz, pero al menos voy a intentar serlo, aún me queda mucho tiempo, ni tendré el dolor de llegar tarde porque sabré que me están esperando.


Quiero seguir, tengo curiosidad por saber lo que dejo luego.

sábado, 12 de septiembre de 2009

Muchas veces cierro hasta los párpados


Porque el cariño de los ojos, suele ser en ocasiones duro e imposible, como un adverbio que se te ha quedado escribiendo, y a veces tienes que volver la vista atrás por esa dureza que tienen los ojos, que se te quedó hasta en la propia mirada. Cuánto talento hemos de tener para poder salir adelante en cualquier circunstancia. Y cuánto duelen las palabras que no pueden salir.

Se me ha quedado, al fin y al cabo, lo peor, un retorno cansado que no se lo puedo atribuir todo al verano, es algo como una lluvia propia provocada por mí, hasta ajena por completo a cómo está el cielo, la opacidad la tengo yo. De todos modos, aunque llueva, ya que opino como Umbral que la lluvia es un sentimiento que debiera figurar en los catálogos de la psicología sentimental. Porque llueve por dentro, digo yo, en esos momentos de la vida en que no tienes tiempo de mirar el tiempo, sólo tus propias esencias.

Voy a ver con las novelas cómo me las arreglo para que esa ilusión decore la piel de mis semanas, la invariable falta de posibilidades de mi cuerpo que sólo uno mismo tiene en cuenta. Tendré que escribir despacio, desnudo de fracasos y arrepentimientos, muy solo, pero no evitará que me vuelva a inventar el rumor de un cabello de mujer como en un salón de violines lentos; sabré besar de nuevo entre palabras con un presente triste y pálido porque sigo creyendo, sigo creyendo en la bondad del ser humano como si fuera un dios en seco.

El alcohol del pensar lo proporciona la soledad y esa la tengo como quiera. Debe ser que como yo temo a la noche, me vienen los crepúsculos ya manchados, en cambio tengo, a la mañana –muy a la mañana- cual una antorcha blanca por haber pasado ya la madrugada.

Nunca tuve en cuenta la numerología de los abrazos, las veces que dejé los brazos tiernos, la exquisitez de saber poner las manos aunque luego nunca supiera del pecado, como un género desprestigiado que nombrarlo ya te hace ante los demás, viejo. Me da lo mismo, antes perdonado, mis manos siempre demandaron el presente porque no es una medida de tiempo, es sólo lo que pasa.

Cierro los párpados y me visto de soledad como un mendigo. Se me van terminando como si fuera mi última gloria, las noches mal dormidas, no es que no quede sueño, es que puedo ya no hallar la propia noche, por eso hasta me noto inseguro escribiendo.

Porque tengo un sombra ya cansada, hasta de escribirla, como el color violeta venido a menos para amarme al menos yo a mí mismo y que me quede tranquilo luego, más despacio, y pueda comprenderlo todo lentamente, sin ayuda de nadie. Tengo el suficiente talento para seguir adelante, lo único que hemos de procurar es que no afecte a nadie. Porque jamás lo tuve tan claro ni pienso que haya ningún secreto: la vida es agua y fuego, es mantenerse y consumirse quieto, esperando a ver qué ocurre.

Debe ser una cuestión de no poder cerrar los párpados, pero no voy a insistir en hacerlo, sólo me interesa el presente porque es el sitio donde voy a pasar el resto de mi vida. Y ya lo dijo Borges que todo amanecer nos finge un comienzo. Quiero ese amanecer para hacerme mucho más dispuesto de nuevo, la tremenda eficacia que tiene de silencio se descubre más tarde, por eso el viejo siempre es menos brillante pero escribe como vive, es inevitable. Gasto muchas metáforas porque es la única elocuencia que tiene mi universo de los libros, mi vicio, mi seducción, mi manera de sostenerme, mi libertad.

Aunque a la libertad como a la felicidad nunca se llega, se intenta averiguar cómo se va a ella. Me queda todavía la vida, razón suficiente para seguir vivo.

martes, 8 de septiembre de 2009

No he sabido hacerme viejo


Supe ser niño y hasta tuve que entender lo que padres adultos mezclaban con una indudable e impecable enseñanza, modos de convivencia nada recomendables. Cuando un hombre y una mujer unidos con el porqué maravilloso del amor, lo rompen a pedazos, nada lo justifica, todos sabemos lo que tenemos que saber de los demás antes y en cualquier ruptura las partes son muy por mitades. Junto a ello aprendí algo esencial y permanente: unos criterios claros y éticos a lo que es muy difícil no saber responder, las mismas pautas de conducta que pasaremos de página luego con nuestros propios hijos. Fui buen niño y hasta entendí para siempre esa insalvable distancia hasta nuestros padres, como una sensación intacta que si un día la perdemos –tenga uno la edad que tenga- ahí se termina una posible y alargada juventud, una madurez bien trabajada hasta que el cuerpo lo permita. Cuando no se tiene ese respeto en la vida para con los demás, eso que debieron enseñarnos a todos le falta a uno lo mejor, lo más valioso que tiene el ser humano.

Quizá eso me ha pasado. Tuve la juventud de la educación, nada menos que de la educación, exquisita, tierna, correcta, bondadosa como un traje con corbata de diario o la ropa más informal para seguir siendo elegante. La llevaba encima gratis allá dónde entraba, la ropa de la cultura propia, inevitable, de no dejar nunca de ser lo que era. Aporté a la vez, por allí por dónde pasé las ganas del trabajo que sólo da el propio trabajo. El mío tuvo cifras, objetivos –a la vez maneras de estar entre mi gente- y sacaba bien las cuentas, siempre con saldo positivo para que al día siguiente me pidieran un poco más y lo diera.


Se terminaron las autoalabanzas porque vine aquí hoy a escribir que a ser viejo no he aprendido a serlo nada bien. Quizá la lentitud de mis posturas provocó el impulso repentino, la palabra sugestiva, la esperada respuesta costara lo que costara. Si encima tenía el dolor de estarme quieto, debí hacerlo, porque el dolor no es para compartir, se aguanta y ya está. Los impulsos pueden estropear la vida, impedir vivir la vida que había aprendido. La quería como un medio para llegar al orgasmo simultáneo de sentirme escuchado fueran cuales fueran mis palabras. Sin embargo estarme quieto, no esperar ya nada, ni bueno ni malo, eso que es precisamente la vejez, no me lo quise creer.


Cada beso humano es también una respuesta y he buscado los besos y muchas cosas que dependían de las palabras, casi todas. Sin saber hacerme viejo, sin querer hacerme viejo, tengo en cambio la turbiedad inevitable de dentro de los ojos, la equivocación del pensamiento, la sospecha que me ha llegado la tristeza antes de tiempo. Me basta solamente con sobrevivir, ir tirando, eso ya me parece que ocupa mi vida.


Pues si tanto me he equivocado con este cuerpo mal llevado y viejo, ¿qué busco? Pues salir de aquí, de voz y pensamiento, abrir una ventana y asomarme; busco saber qué busco que no lo acabo de saber. Me está doliendo el tiempo sin consuelo, tengo miedo del momento, no soporto ni la excitación de mi propio grito, no encuentro –pienso que para siempre- lo cálido de unos primeros momentos, mostrar una persona que ni yo mismo era, soportar la incertidumbre de la noche dejando que pase entera sin que yo la intente interrumpir voluntariamente o alargarla más de lo debido.

Que me vuelvan a gustar las mismas cosas de antes, atreverme, inventar, imaginarme, soñar. Que me interese otra vez la pura y hermosa prosa de no haberme hecho tan mayor, como una vocación de pensar. Recobrar mi pensamiento limpio, desnudo o con una lencería blanca sobre una piel manchada con vocación de ceniza; la alegre protesta de la vida –como una mujer con pechos bien llevados- volviendo a esos criterios claros y éticos que aprendí de niño.

Ir otra vez a la reclamación del presente, que existe, que me quiere, como una llamada urgente de la vida que si se demora, si no le hacemos caso, ya es otra cosa.

miércoles, 2 de septiembre de 2009

Necesito pasar las páginas, Doña Carmen

Ya son muchos años que el mundo de los libros tiene que pasar por las manos de Doña Carmen Balcells, más que su criterio, su voz autoritaria como agente literario lleva a las librerías aquellos libros que merecen su publicación. Jubilada de tacto oficial, presente no obstante todavía en tantas y tantas obras antes de salir a la luz. Su voz ha sonado: “De lo que estoy feliz es de que el futuro no me haya borrado ya”. El futuro del libro electrónico, esa pequeña pantalla que permite la lectura de más de 500 libros, está más cerca de lo que creemos. Se habla de vender este año 22 millones de lectores electrónicos.

Hace ya demasiados años, de la mano de un sistema operativo MSDos me situé delante de un ordenador, aprendí su manejo y lo enseñé, a niños y mayores que no querían quedarse fuera de ese mundo de la red. Tengo ya demasiada longitud de horas, de calcular el diámetro perfecto entre las palabras de un diálogo como si fueran las yemas de los dedos en los pechos de una mujer. Que he ido llenando paredes de una casa para obtener los amigos que no me fallarían; páginas sin leer pero ojeadas a conciencia, profesionalmente; apartados de los libros con su piel y con su tacto, con las páginas con la autoestima más alta de aquel que las escribió, para soñar con ellas, para oler su misterio, su interrogante permanente, la extrañeza de un instante.

Por eso me voy a quedar fuera, Doña Carmen. Preferiré mil veces por qué dijo que sí a que viera la luz una novela. Me he hecho adulto primero y luego viejo con los libros en la mano, pasando sus páginas como un pomelo reventado en la vieja butaca de cuero con un acomodo carnal de lo más confortable. Una butaca que es ancha y agradable, acogedora como un gran hogar, con el libro entre las manos mientras descubriendo entre sus páginas modos de amarme que nadie conoce.

Me gusta más el libro, me gusta tanto el libro que la madurez me parece no aprender casi con ellos, es una especie de nostalgia quieta, un contacto tan cálido que nunca me lo puede dar ese chisme electrónico, con 500 novelas dentro, sin que le roben el sitio a mi casa casi entera, si que se queden la piel que puse en ellos, tomo a tomo, casi un pantis pegajoso a medida que los pasos de mi vida iban con ellos, dilatados en los muslos, alternados al andar y mira que me cuesta caminar.

No, mítica Balcells, dices que el futuro no te ha borrado ya al formar parte de “Leer E”. No, Doña Carmen Balcells, no me vas a quitar el gusto por cuatro días que me quedan, de esta misma mañana en que voy a cambiar la mirada hasta el mar en la bella terraza desde donde casi lo alcanzaba, por entrar de nuevo en el libre sendero de mi librería, me notarán enseguida como si llevara en la mirada, como revuelto y sin ropa mi propia apasionada manera de ojear los libros.

En la puerta dejaré hasta la edad que aparento, entraré sólo con un poco de ingenio para rozar a la vez las páginas de cualquier libro y las manos de una mujer, su frecuencia, me parece que sus caderas nuevas, la convivencia que teníamos antes de irme este verano, la que suscita el descuido, una liturgia que tenemos ambos como pasar las páginas de un libro que nunca dejaré de hacer como si fuera a la vez mi daño y mi placer.

miércoles, 26 de agosto de 2009

Como una tarde sin luces


Así me siento, me vienen recuerdos de este escritorio que empecé hace casi tres años, llamándose primero “inventándose la vida” y que luego los propios tecnicismos me impidieron continuar colgándole más post, más advertencias, más maneras de reaccionar y fue ya en adelante “Mi taller de privilegio”. Recuerdos que también abrigan, no.

O en ocasiones lo contrario porque aquí he andado buscando la paz sin conseguirlo, quizá porque uno es demasiado débil para cargar con todas las certezas.

Ya hace tiempo que lo noto: a la hora de escribir aquí, no encuentro el privilegio, ni es taller, ni es enseñanza propia ni ajena, se me van cerrando los días demasiado de golpe, será por el clima, por el momento. Alguien me dijo que al final del verano a lo mejor me gustaba, y no ha sido así. Sigue sin gustarme.

He releído al azar varias veces en que conté sensaciones y aún me gustan menos, aunque me libera que el miedo a equivocarse es un derecho del poeta. Y son muchas las veces que me siento poeta sin escribir poemas, siempre los he guardado para destruirlos luego.

“Mi talle de privilegio” ha pretendido ser como una sala insonorizada de resacas, que nadie me pretenda quitar el empeño del lenguaje, pero más que aportar como una música propia, quise poder convertirla en la posibilidad de las escuchas.

Ayer lo leía en un periódico que el sexo no es solo una Y. El sexo cuando lo he notado lo he contado en formas y maneras de mujer: empalmando a un hombre en menos de treinta segundos; leyendo a cada hembra como un libro abierto y ella por dentro ardiendo para entrar en danza.

Ayer lo leía, también en un periódico, en el relato de Navellón sobre la caída de Óscar Pérez a más de 6.000 metros de altitud, explicando que “no se siente miedo, no hay tiempo para ello” y que lo último que le dijo, es cuando puedas, súbeme tabaco.

A mí también me hace falta tabaco y no estoy a 6.000 metros de altura, puedo ir a comprarlo en la calle, pero me seguirá faltando tabaco; que alguien me suprima del todo los motivos que me hagan daño, son las cosas que notas cuando no te duermes: fíjate qué raro, la falta de tabaco.

Las cosas las he hecho bien o las he hecho mal, y ya está y he estudiado cómo explicarlas en su momento. Pero una vez contadas las que aquí cuento, lo leí en un post de Carmen, una más de los blogs, “que se sentía a gusto al llegar al sofá y verlos a todos”. Yo me voy quedando, sin embargo, solo. Yo me voy siniendo cada vez más solo. Da lo mismo cerrar esta puerta y abrir luego otra. Pero es muy complicado cambiar de sitio cuando ya tienes el sitio.

Escribir lo necesito, es una ambición de durar, un atrevimiento.

viernes, 21 de agosto de 2009

En lugar de minutos, esperas, veces


Vuelvo pronto ya a la vida de después, como si fuera a ser distinta, pero ando equivocado porque el PIN sigue siendo el mismo que tenía este verano, el que marco cada mañana al teléfono móvil del propio camino. Voy a dejar atrás la belleza de las albas sin esfuerzo con el mar delante como una vegetación de los azules cargados de respuestas. Dejaré sin quedármelo, digo, todo lo que tuve bello: unos versos bien entonados que muchos no entendieron, uno luego recula, vuelve atrás, sigue teniendo miedo porque encuentra un abismo inagotable de nuevo, la manera de vejez en la vejez.


Tengo ganas de volver y un cúmulo de temores por hacerlo –alguien sabrá por qué-. Me esperarán las esperas, las veces sin saberlo, mi falta de capacidad de entendimiento en tantas ocasiones; temores hasta de estarme quieto, capaz de comprender formas con las que me quieren entender. No sirvo, no sirvo para esto, noto que me quedan tres o cuatro telediarios para matar una tarde, una escasa posibilidad de que alguien coja a la vez el mismo libro que estoy leyendo. Los siento en la página “acércate a los libros” pero pocos se acercan del todo, se me quedan antes a mí los libros en la mesa después de leerlos, veinte citas que todavía no he traspuesto de algún libro con tejuelo o de los que yo he tenido entre las manos mucho rato, ojeándolos, casi leyéndolos antes de leerlos.

Tres o cuatro telediarios con esto de la vuelta donde quiero volver para quedarme más tranquilo sobre la forma de entender la vida y a la vez mucho más lejano que podéis imaginaros. Se lo avisan al personal de la limpieza –“como conozco a mi marido querrá volverse inmediatamente de habernos quedado solos, con la casa de al lado, la nuestra, la que están los chicos, vacía-. Les llamo los “chicos” porque yo pienso que han dejado de ser hijos. Estos que ahora tengo, al contrario de los que tenía días antes, son de mucha conversación, no son tan suyos, son más nuestros.

Y en dejarme todo eso estoy, como empujando, con ganas de estar solo, recuperar áreas propias, dos butacas de cuero para que me cuenten lo que pasa, porque lo que me pase a mí es mucho mejor no contarlo, dejar pasar, igual que si fuera hacerle un hueco al tiempo, eso, tres o cuatro telediarios que antes se me escaparon.

Y esta mañana –es curioso- he venido a entrenarme yo solo a pasar un día entero dentro de mi casa, tocar sus paredes, andar descalzo por el parquet que aún no me he aprendido demasiado sus ángulos, ver si las cosas estaban como las dejamos, hasta en lugar de hacerme un café como en el sitio de verano, aquí sin el mar delante, me he hecho un nexpresso, he llorado un rato, como si fuera un “pavo” así me puede llamar quién siente ya aún más cerca el día que deje definitivamente de serlo.

He venido a crear presentimientos, tiempos con sus remansos –no sé a qué hora volveré, ni tan siquiera si comeré, es robarle tiempo al tiempo-.He venido como a inventarme un siglo, ya que a mí me cambiaron, he venido a soñar que soy parte de una tribu de los que precisamente ya no les queda casi siglo. He dejado la prehistoria que tiene el verano, el toque de maldición que decía que siempre posee, la madre de mi mujer, licenciada en Farmacia en aquellos tiempos que estudiar una mujer era motivo de castigo eterno. Ella decía, “todo lo malo ocurre en verano, hasta las guerras”. Debías tener razón, Josefina, igual que cuando afirmabas enérgicamente que por tu cadáver todos tus hijos e hijas cursarían una carrera aunque tuvieras que pedir limosna.

Me he acordado de ti, huyendo del verano. Juan Cruz dice que a ciertas alturas de la vida es la amenaza de una soledad, Mi amigo Juan Cruz que en “Lecciones y Maestros” en Santillana del Mar, con un café en la mano, se acordaba de mí, de la página de mis libros sueltos, de las veces que nos vimos en Segorbe con motivo del concurso de cuentos de Max Aub. “-Hola, acércate a los libros” me dijo, cómo andas de libros”.

Ando bien, pero ando mal del verano, de las ganas que se termine del todo y de lo que me viene luego, de la forma de apaciguar los desesperos, de arreglármelas para que no quede nada y puedan entendérmelo todo. A mí, que de mí dicen que no logro entender en muchas ocasiones, que al final canso; a mí que dejo los pedazos de la vida que me quedan sin pedírmelos, todos enteros; pero mal dejados por lo visto. Me hago más mayor y no aprendo, no aprendo a esperar los minutos, los silencios, las veces que no me pertenecen.

Tampoco he aprendido en el verano, ni he reinventando el amor hasta que llegue a las manos, hasta que entienda que como dice Umbral en un verso inédito, “vivir es amar y olvidar mucho”; o se me acabe del todo este verano y tenga que apurar antes esos tres o cuatro telediarios que me queden, muy necesarios para al menos tener una dignidad y un valor no para recular ni para volver atrás, sino para ya no estar.

Una dignidad para enamorarse como quien pilla un resfriado, sin quererlo, sin creérselo, a mi pesar y sin poder defenderme después. La dignidad para dormir bien, a pierna suelta como luego de un polvo y listo, con la varita mágica todavía enhiesta, estallante, rezumando lava y añoranza; con la posibilidad de encontrar el silencio a solas y quedármelo luego como una manera de sobrevivir al cualquier desengaño. Con la herida de la edad porque envejecer es inimagiable excepto para quién envejece.




sábado, 15 de agosto de 2009

Me he puesto un parche de mujer en el pecho


Llevo sobre el pecho un parche de un opiáceo, Transec35, para calmar el dolor, lo cambio cada tres días y medio, sólo, frente al espejo, recién salido de la ducha. Pues a la vez, estos días, que se me está acabando el verano, he decidido a la vez que calmo los dolores de mi cuerpo, adherirme así como si fuera el resultado de mis sueños de hace siglos, una fornicación del subconsciente, la manera de tener un apogeo de luz y actualidad allá donde más nos asomamos para apaciguar los desesperos. Todo eso en forma de parche de mujer.


Me sentía demasiado en la rampa de bajada, sin tener por qué, y tomé la decisión de inmediato, de adherírmelo. Se me acercó más que nunca una mujer y consideré de inmediato en besar su carne húmeda y vegetal, la que hay al final de los besos en la boca, esos besos del comienzo y del final. Ella me fue preguntando por mis cosas de fuera, intercambiamos escribirnos despacio, sabe hasta dejar un poema con dueño para siempre, un poema que nadie me había escrito parecido en los más recientes veinte años que uno siempre tiene a mano; me dijo más o menos vente aquí, luego tendremos las certezas que siempre se recuerdan luego.


Es una mujer que cubre con sus manos la lumbre de la evidencia, me pregunta cada vez que la llamo al contestarme, como quien devuelve con su seguridad la pregunta en respuesta, “¿qué pasa Fran?” Tiene belleza, maneras que no tiene nadie; “qué pasa Fran” no me lo había dicho nadie en mi vida, cada vez que lo dice, es como soñar con ella, sentirse uno necesariamente bien. “Qué pasa Fran” y ya no puede pasar nada más que un baile, ese beso de que hablaba, eliminar cualquier presente triste y pálido suyo o mío; es otra vez un retorno a las ganas de la vida nada menos.
Se me estaban yendo y sin embargo me las trajo como un obsequio para que me pegara la pegatina, el parche de felicidad para eliminar las gotas de amargura que tenía, con el parche me venía a decir, la felicidad la tienes ahí a mano, tiene un parecido a una blusa de seda, como una vuelta al sueño de las cosas insignificantes que me advirtió que podía ser capaz de hacer.


Así me siento todo yo de nuevo, entero, otra vez sobrante de caricias. El parche de ella no me puede ofrecer vivir un poco más, nadie sabe, pero sí vivir más plenamente las cosas de esta vida. Es un parche que sirve para sostener la debilidad que tengo suelta, puede hasta ser el sueño de una entrepierna a mi alcance, siempre cerca, y la lengua de su boca en la mía. Eso es entereza y fortaleza; eso, el tono que tenía que lo tengo de nuevo, es una evolución, una aproximación, un climax que se te queda para siempre.

Es, sobre todo, una cuestión de comunicación, de piel, una cuenta sílabas de las palabras que nos vamos a decir. Sé que su piel tiene sobre mi piel una línea infinita de felicidad, una tinta de saliva cada vez que uno le hable al otro, el espectáculo conmovedor de la inmediatez como sea cuando hasta las palabras fallen. Saber significa salirte de tu propia piel. Al menos intentarlo. De vez en cuando. Pues me pasa cada vez, renuevo el parche del opiáceo, le doy un mensaje de silencio al dolor, pero ella no hace falta, se pegó para quedarse como si fuera una princesa de cuento, la sinapsis de la materia unida.

Quiero, es muy sencillo, que me deje cultivar sus laderas mudándome de piel cada día para ser uno con sus cambios con sus ecos. Esa será mi manera de llevar esta adherencia. Estamos siempre buscando quiénes fuimos, en los espejos y en las sombras, aunque la piel devuelva a la realidad la evidencia de que esa juventud ya no existe. No quiero devoluciones imposibles, quedarme como estoy, sentirme propio, en cada lado un parche, pero en uno toda mi aspiración, mi existencia.

Ya lo dije: un parche se llama “Transec35”. El otro no necesita comillas: Reyes Vaccaro.

domingo, 9 de agosto de 2009

Mi depósito del tiempo vivido


No se me termina y yo mismo estoy juzgando insistentemente mis acciones y tampoco se me acaba la necesidad de que me escuchen, de colgar el post de las cosas al oído, las que considero demasiado a flor de piel y por eso no las digo, quizá porque siempre noto que me falta aunque fuera como una caricatura en la escucha. No la encuentro, por eso no escribiré esos sentimientos porque me parece que hacerlo sería como a fondo perdido, mejor callarme, quedarme con las mismas cosas –ya veréis- y soportar así lo mejor posible el tirón de vivir.

Estoy siendo incapaz de olvidar lo suficiente y presentarme aquí desnudo, sin posesiones, ni tan siquiera la palabra mal utilizada tantas veces, la posible e imposible. Y que conste que siempre llego con hambre de sabores, de armonías, de maneras de acercarme, soy capaz de decirlo al oído templado y tierno, al que se acerca antes de que yo me aproxime. No hay manera, cada vez siento lo mismo, en cada ocasión o momento, necesito lo mismo y quienes me leen se creen muchas veces que son maneras mirar la vida, y no es la vida, es mi vida.

Escribiendo aquí todas estas veces parece que no pierdo nada, mucho peor no gano nada. Uno llega a cualquier parte inacabado, incompleto, se traía tres miradas, el empeño de estar vivo, de no haberse planteado todavía siquiera esa personalización prematura de la muerte, cada uno de la manera que sea. Y cité a Molina Foix y lo traigo de nuevo, huyendo de la muerte: “Morir siempre es prematuro. Hasta para los condenados a muerte.”

Pues yo me siento condenado a vivir y una vez empiezo a contarlo, pero puestos a ello como si fuera al revés, del final incompleto hasta el principio igualmente desdibujado por la falta de memoria. Pero eso da lo mismo, me interesa sobre todo el cargamento propio de hoy y la respuesta ajena, vaciar el depósito del tiempo que he vivido y cubrir si es posible los huecos que no pude o no supe cubrir.

Y me vengo acercando, como he dicho, buscando el oído quieto. Me va faltando el eco, puede faltar del todo porque hubo un tiempo que esto sólo se apoyaba con un único apoyo. Ya sabía antes de escribirla que cada palabra tenía su analógica, su semejante, como una mano tendida siempre.


Ya está bien yo decía, si tuviera esas respuestas a mi lado sabría hacer buen uso de ellas. Podríamos fabricar dos personas juntas la metáfora del hombre que siempre sueña lo venidero, como un sistema de sombras preparado, igual que dos amantes despacio que cruzaban esa distancia de sus cuerpos aunque fueran a destinos diversos.

Por eso sigo escribiendo, pero al mismo tiempo porque falta todo lo que falta o lo que yo creo y siento que falta, no cuelgo el post más verdadero. Aparento un falso sosiego pero carezco de una paz sin cansancio, ésa que existe en el borde los besos.

Ando por el camino de que se lo vayan creyendo, no tengo un solo gesto que no sea verdadero, pero se me notan los huecos dentro de la profundidad de mi propio depósito. Pienso seguir haciéndolo –lo he dicho en muchas ocasiones- lo más despojado de incertidumbres que puedo. En la carne tengo ya muchas veces una desobediencia irremediable; conservo la soledad y su conocimiento hasta en mis manos más viejas, creo que los dedos aún están intactos empeñados en el propio tacto para buscarlo y no dejarlo.

Vengo a decirlo porque en todo ese depósito de tiempo transcurrido aún me quedan para el futuro maneras de explicar algo cansado pero bueno, para poder compartirlo como quien lo hace con el tabaco: una naturalidad, una forma de ser que enriquece, la piel tendría que estar sobre la piel, algún sueño por inventar, inventarlo, ver cómo soy capaz de colgar de una vez el post más verdadero.

sábado, 1 de agosto de 2009

Cumplo años a las 7 de la mañana, luego ya no


Luego ya no, porque no me gustará lo que me toca vivir y me lo he preparado yo mismo, me lo he hecho todos estos años anteriores, y me voy cansando de ello, hasta ya no tengo más remedio que con mis palabras, como siempre, buscar mi derecho a la felicidad porque no he hecho nada malo ni he dejado de hacer lo necesario para tenerla un rato. Una cierta felicidad que deben dar los años, antigua y profunda para poder demostrar que soy mejor de lo que puedan contar por ahí. Necesito montar como una celebración –no de los años- porque ya no necesito tartas que soplar, sino pedir y recibir una ofrenda casi divina junto a alguien algún día o al menos unos momentos, para al mismo tiempo poder así respirar a salvo de contrariedades y malos sabores.

Hace tiempo, hace ya bastante tiempo que eyaculo en mis palabras un poderío congénito, libre, tierno, vestido de estreno, utilizando incluso una especie de calzoncillos eróticos que no sé de dónde me los saco, pero así me presento, así vuelvo a estar ahora, este rato, estas siete de la mañana que eso sí, no me las quita nadie y aún me queda aunque os parezca extraño muchas palabras tiernas por estrenar: cuando estoy en la ciudad en un amplio salón, una música recién puesta cada vez, el necesario engaño al cuerpo de dos cafés bien espesos y la soledad de 200 metros para mí, el parquet para ir descalzo y a lo mejor tener la fractura de un dedo meñique como un niño jugando, pero una tranquilidad leyendo que es incapaz de mejorármela nadie de la tierra.

O si es como ahora, como en este instante, con el mar delante, intenso, pasional como me siento yo, casi como incitándome a que ofrezca de nuevo eso, lo único que tengo, las ganas de enamorarme de cualquiera: a lo mejor la muchacha que está haciendo footing en la orilla que ya ni la recuerdo, no sé quiénes son sus padres que seguro que los conozco, ni a ella por supuesto. Corre libre, debe ser con sus pensamientos, igual que hacía yo hasta que ya no pude hacerlo más.

O la mujer que tenga en sueños, -porque siempre tengo una metida entre ellos- alguien con quien inventarme un juego erótico y rasposo pero inevitable, a ver si es posible de cualquier manera llegar a tener la inagotable capacidad que otorga la esclavitud del sentimiento, el sometimiento como el medio más cercano de que no me haga daño estar ahora mismo –luego ya no- cumpliendo años y diciendo con voz muy propia, escondida de tonalidades por los años, los dos términos más hermosos que tiene el castellano, ven, te deseo. Eso me servirá para amar siempre en el obstáculo, en la dificultad, en el ansia de ser diferente, hasta que a cualquiera le cueste alcanzar quererme a fondo perdido, cada vez, a las siete de la mañana encendiendo un mundo nuevo para mí.

Ya lo sé que la felicidad al fin va ser unas frases que dije una vez y sigo diciendo, repitiendo, un surco de palabras que yo siempre tengo porque ando sobrado pero necesitado para darlas, para decirlas insistiendo, relajado en el hombro de quién sea capaz de llegar hasta aquí, hasta esta terraza a la que le sobra el mar de bella que es, hasta este desespero por sentirme mejor como un terco deseo, una solemne intuición para decirle a una mujer después, ¡qué bien estoy contigo!.

Se me está terminando el tiempo, ya empieza a no ser las siete de la mañana, ya mi cumpleaños no podré celebrarlo con nadie porque esto de escribir se va a convertir en el final de un principio. Me gustaría ser más que un inservible come mujeres, que me comieran a mí como hombre con lo que llevo puesto. Ya, ya sé que esto es como una especie de prostitución que no termino, un empeño, un hueco que no sé llenar porque es difícil hacerlo o que lo hagan por mí en una especie de sexualidad descabellada y única, libre en el mercado de palabras, en los post que cuelgo sin vergüenza, con la necesaria indecencia para que se noten que son míos.

Ya no son ni las siete y un minuto, se me ha escapado el tiempo con la hora, he terminado de una vez el rito antiguo del cumpleaños cuando tienes a todos los seres queridos. A mí me falta ya hace tiempo una hija muy bella que insistía muchas veces –siempre cuento lo mismo de ella y sin embargo las cosas que podría contar- me decía, “papá, es que tú lo lees todo”. Ya quisiera, le respondía y se marchaba con sus tacones por el pasillo de casa, bella, esbelta, reclamando su merecido descanso.

¿Pero todo esto que he escrito para qué? Pues a lo mejor tan sólo para darle la razón a Vicente Molina Foix en su libro de ensayos que ha reunido maravillosamente y que le ha puesto de título el único que se le puede poner a todo esto que nos viene haciendo daño y así tener la manera de contrarrestarlo: “Con tal de no morir”, eso que significa que nadie vuelve a verte.

Sin embargo, yo quisiera que me volvieran a ver, aproximadamente unos cien años, poder inventarme otro escrito sin pies ni cabeza, poder como estoy haciendo ahora, leyendo un nuevo libro. Con tal de no morir.

lunes, 27 de julio de 2009

Me he quedado sin pulso


“No es que sienta tu ausencia el sentimiento.
Es que la siente el cuerpo. No te miro.
No te puedo tocar por más que estiro
Los brazos como un ciego contra el viento.”

Ángel González

La cita proviene de un hermoso libro de relatos de Joaquín Rodríguez, titulado “Las mujeres que vuelan” cuya reseña incluiré en mi página web de literatura el próximo mes.
Pero me sirve, como me viene sirviendo toda mi vida la literatura irremediablemente almacenada en mi forma de vivir para que me permita al menos una disponibilidad de la escritura, o como en frase de Bolaño, “líneas capaces de cogerme del pelo y levantarme cuando mi cuerpo ya no quiera aguantar más.” Porque me derrota ya aguantar, porque me voy dejando de engañar a mí mismo sobre una fortaleza que quizá no tenía más sustento ni más ajuste que las palabras que leía.

He venido a un espacio muy hermoso, de esos que llaman urbanización para dar la sensación de que algún organismo estatal lo organiza. No, no es así, el “Mareny Blau”, ésta estrella de mar azul la urbanizamos unos cuantos con la convivencia del cariño, de las mañanas al sol para que los cuerpos se doraran, de los paseos por la tarde junto al mar donde estaba repartido gratuito el asombro, el beneplácito del silencio con el sonido del mar como techo.

He venido, otro año de nuevo, siempre ya falta alguno de la lista donde no hacemos lista, porque la vida si está se vence, se tienen los años en su totalidad, a veces se coge algún atajo para evitar que no te noten lo que se nota. He venido otro año, eso, a cumplir años, nadie te los pregunta ni te los cuenta, yo siempre digo que estoy bien a la típica de pregunta como si fuera un estado de embarazo, estoy bien porque no entro en los detalles. Los detalles me los quedo, son la parte más personal que tengo, son el sombrajo de mi memoria, confesiones que no le deben importar a nadie porque siempre se han producido luego de un coito, de algún hábito, de la ilusión de permanencia, del beneplácito que me dejan mis propios silencios. Esos, mis detalles, incontenibles y propios.

Aún me queda en los viales que recorro más o menos -siempre tiene que ser más o menos- el gesto, la cercanía de un amigo, su respeto con forma de antigüedad bien llevada, como una dictadura de la vejez que lo despeja todo, puede ser al pararse a saludar a alguien, como una tarde alargándose, un tiempo de sobra, prestado, cualquier cosa que no viene a cuento, el desgaste de aquel presente que tuvimos juntos, un descuido, una desactivación, una falta de pulso.

Así me siento, como si me hubiera quedado sin pulso al venir a estos terrenos propiedad del mar, lo urbanizaron su arena y sus aguas, su gente tumbada, los niños que traje que se empeñan en volver hasta que un día me tengan ellos, ya bien adultos, que traer. Pero mientras no sea así, aquí, separado de mi mundo habitual, de mi rincón con libros, asiento y silencio, he de reconocer no obstante que “estiro los brazos como un ciego contra el viento”, que ya no puedo tocar la misma mar intacta, que mi goce es inferior, que lleva razón González que tengo el sentimiento pero no la tiene ya el cuerpo, que busco el lugar exacto y propio donde estuve, las huellas de mi sobre la arena y no quedan, debió de ser como un malentendido con la literatura que yo llevaba y el llanto pesado que ahora tengo.

Venir aquí ha sido sentarme sobre la propia melancolía. Fui poderoso muchos años, hasta le daba severas órdenes a mi perro al llegar los fríos viernes del invierno cuando lo dejaba suelto y le decía, “a la media hora te quiero aquí”, haz lo mismo que voy a hacer yo en la terraza: el oficio de abrazarme a nadie y sentirme propio con las personas que habían llenado mi vida todas las semanas. Ir allí venía a ser como dos enamorados, con los niños por el parque y nosotros en el lecho –sin que hiciera falta tener lecho- para no cansarnos de nuestros propios olores y nuestros sabores.

He venido aquí y como siempre me he quedado sin metáforas y no encuentro las pasiones, sólo noto con el aire las arrugas del contorno de los ojos como redes de pesca cargadas de miradas, sólo noto las palabras que dije cada viernes cuando ya tranquilo me sentía como poeta de café, venido a menos pero con la piel todavía tejida de empujones.

De todo ello no nota su ausencia mi sentimiento, lo notan los brazos que estiro, el alma, los suspiros, la boca abierta y muda, el límite voraz de todas mis sensaciones.

lunes, 20 de julio de 2009

Se me está terminando la magia


Hasta en los sitios donde estaba tranquilo cada verano exclamo: ¡la que se me viene encima!. Destruyo así, en las líneas de la mala recepción a forasteros propios, su comienzo bien ganado de descanso. Pienso egoístamente en mí, en ángulos que resultaban cómodos, en no echar ya cuentas, en acercarme más a la incertidumbre de la edad: porque creo que lo dije alguna vez que la edad no es algo fijo, ni una cifra concreta, insultante y voraz. Estoy a punto de cumplir otra nueva edad real –a ver cuántos días faltan, da lo mismo los que falten- pero en cuanto la tenga, sea de mi propiedad, la dejaré atrás lo más rápidamente que pueda. Mi celebración con los míos consistirá en pensar, más o menos, estoy como estaba hace un año (ninguna garantía de prestigio) quizá en este haya el peligro de ese mal hurgar en comportamientos que a todos nos suena como una mala entonación de principios, de esos que nos enseñaron de niños recién venidos.

Pero yo todo este tiempo he ido construyendo una magia propia que me quitaba de la cara forúnculos de vejez puestos al revés, impedía hasta a veces en parte ese pequeño y cautivador temblor de las manos que servían incluso para lo que llamaba mis caricias: ir acumulando libros leídos dentro, asentarse en un miedo bien armado de recuerdos; las secuencias de palabras que siempre tengo. A eso le he tenido tantas veces miedo, que se lo sigo teniendo. Y magia tuve también por dentro o haciendo sitio fuera al último escalón de la escalera de los labios, imprevisible, intacta como el color de una risa, no me digáis que consiguiendo creérselo no se acumula una propiedad, que precisamente es la que noto que ando perdiendo.

Entonces, qué hago al cumplir más años si supongo que no existe ninguna edad correcta, todas tienen sus más y sus menos de lo que parece a simple vista. Te vas acercando, pues ya tengo tantos años e incluso pienso en ese futuro que se me viene encima y sigo queriendo saber qué va a pasar más adelante. Yo acudiré a él como más adúltero o más desnudo, sin haber sido infiel, ni haberse desprendido de la ropa que permite la asiduidad de la noche completa, las manías del goce, las imágenes de los sueños murmurados apenas y los espantos contados, el abandono de la desnudez y luego del sueño saber extraer el mejor secreto que tiene el lenguaje, la luz, el día luego, la ropa que te vuelves a poner.

Todo eso formaba un conglomerado mágico y tranquilo que se va pareciendo cada vez más a todo lo contrario: a una fecha de caducidad más próxima, a preguntar en ese diccionario “abierto por inventario” que han escrito varios escritores: "- Maestro ¿Por qué la felicidad está siempre en la otra orilla?
-Para que cada uno aprenda a construir su propio puente." He aprendido mucho en ese diccionario, he buscado mi puente como “un compendio de creencias, un prodigio de síntesis." Creencias me van quedando pocas, las síntesis me salen cada vez peor –incluso las propias-

Todo esto tiene el mismo origen, la misma palabra como punto de partida: la insaciable ley humana del deseo. Quiero más que tengo, que no se me terminen los espacios, que de verdad voy notando que se acaban como una ecuación de segundo grado que nunca supe resolver.
Me siento ya como madera de barco viejo que por ni dimensión ni atractivo tiene hueco; soy tan solo ya tarde de humo y lectura eterna; dolores de pliegues que siento siempre, formas que ya ha adquirido mi vida con las que me hago daño con un mal que no está hecho ni pagado ni terminado. Simplemente convive con todo, y como hombre sólo percibo a veces el cansancio de ese daño. Siempre queremos un borrón completo, un hacer que no duela, una acumulación de lo que ocurre en otro lugar de la conciencia.

Pero que me quede algo todavía de la magia que tenía antes, como una mujer que pone las piernas sobre los hombros para que el hombre llegue más hondo aunque detrás esté un daño indecible y amargo. Igual –ya que he puesto el símil- que la carne se verifica, dejarme el eterno hueco que siempre tuve para las palabras. Al menos que me entiendan las mujeres porque para mí siempre me dan una sensación de eternidad como un túnel que tiene la esencia del mundo. Necesito tenerlo cerca. Hace poco me dijeron “date tiempo” para asimilar realidades que ignoraba. Pues en ello estoy para no quedarme fuera.

miércoles, 15 de julio de 2009

Pasciencia e incertidumbre


Me pregunto cada vez más veces si me queda ya retorno en las palabras, si interesan a alguien, si se entiende que sobre todo busco un hedonismo armonioso, una paciencia que cuento pero que hay que alimentar de la incertidumbre de lo propio y de la que encontramos en lo ajeno. En el fondo cada vez es lo mismo, me gustaría esa intensidad tan especial a todas horas como un vals de la vida que bailas sin cansarte y sin cansar, una especie de lentitud luego del coito con la vida con todas las partes del cuerpo por pequeñas que sean.

La paciencia también es el precio de haberte equivocado tantas veces, la resaca de la noche al despertarte que se espabila a la vez con mi sistema nervioso. La paciencia tiene fijo un lugar en mi cuerpo, un altar de sacrificio, una inalterable necesidad de vida adulta, mi manera de sentarme o de permanecer de pie y caminar. Hasta llegará a ser si sigo escribiendo sobre ello, la figura de un hombre con forma de querubín rodeado de amadisis, de novias desnudas, como un amante antiguo que es capaz de arrancar el placer del otro en el momento exacto y sin esfuerzo.

Pero no me quedaré desnudo de incertidumbre, de saber qué viene luego para esclarecer toda cosa complicada y problemática. No quiero dar la imagen de hombre quieto por muy quieto que tenga que estar, tengo un afán afásico de gozar la vida y para eso necesito la inquietud hasta de mi propio entendimiento. Y por eso empieza a dolerme demasiado que alguien confunda mi paciencia, mi silencio a veces, que rehúya necesariamente el movimiento con que no busque todavía de la vida como ese cuento excepcional que todavía no hemos leído, un viento para violar la piel, hasta me atrevo a decir que metidos en el amor, llegar a algo exagerando la curiosidad y la indecencia.

No quiero que se me haga tarde, que se me haga más tarde. Necesito que me espere alguien siempre como una simiente aún, una aventura, la gruta de unas axilas con unos presentimientos aún gozosos. Me bastará –pido poco- que me miren con cariño para que mis engranajes funcionen, para que mí paciencia sea válida, utilizable y mi incertidumbre con la misma inquietud que puede tener un beso, el caminar de una mujer con sandalias de tacón alto, vaya donde vaya el improvisado placer que parece que si uno da rienda suelta la vida lo tiene todo calculado.

Pues si es así, y están ambas apoyaturas a mi alcance, prometo subir las escaleras con más seguridad, casi con la elegancia que puede darme la mano firme de una niña dueña de un cariño consistente que hace sentirme precisamente consistente. Quemo mis dedos, y las palmas viejas de mis manos como si aún me quedara por escribir en este bloque de hojas propias lo mejor de mi vida. Quemaré si es preciso para demostrar mi paciencia y mi incertidumbre mis dedos en el fósforo que puede tener una cintura querida; gastaré mi consistencia lo que haga falta con besos con forma inquieta, igual que mis palabras; iré contando más o menos cosas porque lo demás ya lo cuenta el cine de los ojos quietos en otros ojos.

Escribiré, ahora que pienso esas cartas tan íntimas y tan desvergonzadas con chasquidos de sexo que se abre, con sonidos que llegan desde dentro de alguien y que acaban siendo propios. Haré historia de mi pobre historia pero eso sí como un cuerpo profundo cruzado de pasado y lleno de las dentelladas que da la vida en las respuestas.

Más o menos, para que no se sepa de mí, qué es lo uno y qué es lo otro de lo que titulo como paciencia e incertidumbre. Escondidos los hilos de las cremalleras de los quirófanos donde estuve, enamorado del analgésico sorprendente de lo profundo que sepa darme alguien. Como un dibujo que acabo de ver o una imagen que siempre me cautiva y sorprende: ella se cubría con una camiseta sólo para tapar un instante el desnudo, el sujetador no existe, una zona abierta y desdibujada de los muslos para que el cuerpo recuerde su memoria de cuerpo pausado y exigente en su dominio.

miércoles, 8 de julio de 2009

Asombro y asombroso


Por mi afán de vivir, de ponerle pasión a todo, de utilizar el pensamiento con el viejo y torpe mecanismo de las palabras, me acerco cada vez más a ese balcón que no es enseñanza para nadie cuando lo cuento porque me enredo muchas veces precisamente con el verbo. Pero para mí es la manera de poder seguir viviendo con un ápice de asombro e intentar así parecer que llevo a cuestas unos pensamientos asombrosos.

Cada vez sé qué gusto menos porque empiezo por mí mismo, pero no me puedo ni me quiero liberar. El pensamiento me lo dieron y lo vengo llenando ya hace mucho tiempo de una enorme curiosidad para ver cómo quedan estas cosas desde cerca. Ya me lo dijo hace días la Mastreta: “de aquel lado nadie ha vuelto y me gusta vivir en este”. Pues en este lado vengo llenándome de asombros, a veces, con la enorme cercanía que puede producirse entre las personas que lo intentan, que se esfuerzan, que entre ellas mismas también si lo contaran producirían un enorme pasmo.

Soy curiosidad, soy razón, soy amor que a veces hasta dejaría con un beso prolongado en un paso de peatones con el semáforo en rojo. Es hermoso que eso puede producir inquietud en los conductores que sólo quieren ya llegar pronto a cualquier sitio, y sin embargo uno, besando de ese modo, ya ha llegado, su andadura permanece, no necesita el cambio si detrás de ese beso además hubiera alguien que fuera dejar testimonio de su existencia con “versos sin remedio” como yo le llamo cuando se es poeta sin intentarlo.

Asombroso nunca lo conseguí ser, el término con que me rebatían era “medianía” como si la conducta humana hubiera que medirla y no fuera cuestión de aliento, de color de pelo, de una forma de pensamiento, de tener una humanidad dentro fuerte frente a cualquier tipo de engaño sin que esos intentos lleguen a dejar rasgos y jamás uno los convierta en propios.

Asombroso me gustaría poder ser sólo con el lenguaje. Ya es toda una vida diciéndole al cerebro vete allí, cógete unas cuantas palabras –y gusten más o menos a los demás- las metes en la metáfora de siempre, porque me lo dijo Umbral, que escribir era eso, tres o cuatro metáforas. Ahora además hay un inconveniente, que si algo no lo sabes o no lo tienes, te dicen enseguida, descárgatelo de la red. Pues yo entonces siempre digo que para resultar ser más o menos asombroso lo que diga no puedo haberlo buscado en internet, porque entonces tendrá un anonimato imposible de quitar por más que intente vestirlo con rasgos inconfundibles de mi personalidad, de mi ser, de mi insomnio mal puesto a la hora de dormir, de formas de dolor con las que ya he cumplido veinte años de aniversario y he sido capaz de apagar las velas de la tarta y era mucho apagar.

Ya sé que cuando mayor es la promesa más importante puede ser el fracaso. Pues vengo aquí y ahora a arriesgarme: me acostaré cada noche sin ápice de ceniza en ningún sueño y menos si me lo aporta un pedazo de correo que no sé porqué le llaman tan feo –electrónico- cuando es todo carne y sentimiento; una enorme armonía en cada intento por andar un poco armónico con la vida, ¡nada menos!; la promesa de nunca separarme de quién sin tenerla cerca sentiría enseguida un vértigo especial si la perdiera; enseñar a los demás esa especie de paraíso propio que todos llevamos dentro.

Más o menos, eso y lo que me venga ocurriendo, mi manera de defensa, las fuerzas de reserva que tengo que os aseguro son de mi propia humanidad y no tienen nada que ver los libros, me los dejo olvidados cuando hace falta echar mano de ella. A eso yo le llamo, que me instalo, como quien toma sitio que no se lo va a quitar nadie, es mi asombro y mi manera de parecer asombroso. Será mi aurora, mi anochecer, mi mediodía.

Es mi forma de luchar contra esa soledad que todos llevamos dentro, que nos proporciona conocimiento y sabiduría, es indudable, pero que nos quita tiempo y vida. Por eso hoy vengo empeñado con las formas del asombro. La más propia, la que suelo emplear es empañarme del mecanismo del lenguaje y del tacto, porque si te escribes con alguien siempre te imaginas el tacto ajeno, su susto, su cercanía, el placer del vértigo que suelen dar las manos, el contacto cálido de las anatomías encajadas.

Todo eso te lo puede dar la escritura, si la traes de casa bien hecha con una ternura de cuerpos imperfectos, con el pathos de la lejanía y a partir de cierta edad, no sé, como un tracto sucesivo de entre pierna.

viernes, 3 de julio de 2009

Mi viaje sin libros a los libros III Jornada


Y llegamos al tercer día, a la jornada de clausura. Antes, una tarde –y no sería noble no mencionarlo- José Antonio Lasheras, director del Museo Las Cuevas de Altamira, no nos lo enseñó, nos lo hizo creer, lo que era tan difícil de creer, se inventaba los miles de años como quién habla de ayer o antes de ayer, pero fue capaz ante la bellísima reproducción de lo que fueron las cuevas de mantener la atención y en mi caso hizo imposible el cansancio. ¡Dímelo al final, me advirtió! Y vaya si tuve el honor y el placer de decírselo, dos horas y media más tarde.

En esta tercera jornada, Antonio Muñoz Molina nos iba a hablar de su obra, serena y acreditada que como le dijimos en el mismo tren de vuelta a Madrid desde Santander, venimos leyendote en casa, mi mujer y yo hace cuarenta años. Sus 24 novelas han sido eso, novelas para nosotros, nos las ha hecho creer todas porque tiene una capacidad de creación, una calidad y una sencillez en el lenguaje que es difícil superar en la novelística española de este último cuarto de siglo.

En Santillana del Mar fue mucho él, pausado pero exigente con el auditorio y hasta se resistió a pesar de horarios de aviones de regreso que nadie abreviara o le pusiera término cuando en el coloquio, en la mesa redonda con críticos y profesores se explayaba en sus formas, explicaba por qué ese amigo le decía con tono de reproche que no entendía con tanto viaje, tanta vivienda siempre estaba en el mismo sitio, entre sus libros, sus discos, su pantalla del ordenador. Fue un Muñoz Molina generoso que no tuvo pegas en reconocer que para escribir hay que buscar el momento de la “inspiración” que a veces llega no precisamente en nuestro puesto de trabajo, sino en la calle, entre la gente. La palabra y el sentido de lo que queremos decir vienen cuando vienen, cuando detrás hay ese poder de creación que posee Antonio.

Así lo confesó con humildad ese hijo de Úbeda, a quien su padre ya intuyendo su futuro, le dijo un día subido en el burro, búscate, hijo, un trabajo a la sombra. Su castellano tiene una suntuosidad profunda y una casta y tono viejo y esa inspiración, sin buscar eufemismos de que habló; “surge como venida de ninguna parte, y sin embargo ha requerido toda la experiencia de la vida, todo lo que se recuerda y todo lo olvidado.” ¡Ahí es nada, recuerdo y olvido! La templanza de una literatura que le viene sola, que la trajo del periodismo y ahora lo sigue haciendo con una gran altura cada sábado en “Babelia”, el suplemento literario del “El País”.
Muñoz Molina tiene en sus novelas la cautivadora presencia, crea como un sistema de sombras en sus letras, una manera de ser novelista, que lo ha hecho un tremendo novelista, le ha llevado a la Academia, a dirigir el Instituto Cervantes en Nueva York, a saber vivir allí y poder contarnos lo que es ese país, hasta tal punto que constituía un deber de gratitud entre aquellas mesa en forma de café en la sala donde se celebraron las Jornadas de “lecciones y maestros”, rendir culto a un maestro, que nos anuncia humildemente en el tren su próxima novela en Noviembre y cuando le interrogamos como quien no quiere, no sabe si es como “El Jinete polaco”.
No, no lo va a ser, sino una nueva novela de Muñoz Molina. A mí me va a servir para seguir leyendo y quitarme de en medio la vejez que me aprieta muchas más veces de lo que piensan los que me leen en este blog, un artilugio bien inventado donde pedazos de literatura siempre se pueden encontrar por ahí sueltos para que alguien les acerque su soledad o su ternura, o ambas cosas a la vez. Porque es cierto como dice Paniker que “la vida es limitación y en consecuencia obligación de optar; ahora bien hay momentos en que uno acierta a conciliar contrarios; entonces se está a la vez de ida y de vuelta, se es a la vez ingenuo y lúcido, joven y viejo.”
Por ahí ando yo pidiéndole a los libros como si fueran mis contrarios bien elegidos y en este viaje a ellos, pero sin ellos, he aprendido en “lecciones y maestros” que la luz del amanecer no tiene a veces piedad de nuestros cuerpo porque nota que tenemos los ojos cansados, habrá que rendirse pues, sólo para leer, ya que uno no sabe apenas escribir, a mantenerse en esa iluminación sensual y gratuita que he disfrutado estos días en la Fundación Santillana del Mar.
Gracias, maestros.