Habría que empezar por decir como final de este viaje a Nueva York, que ya todo me dio y me daba alegría. La vuelta fue dura y larga, al cruzar el aeropuerto Charles de Gaul para poder coger el vuelo a Valencia, las cintas del suelo con obbejo de evitarme caminar parecían más lentas todavía que mis pasos como si se repitiesen o fueran hacia atrás intentando devolverme la nostalgia de un sueño propio, fascinante, inquebrantable, una pequeña guía lenta del recuerdo para no terminar del todo.miércoles, 28 de octubre de 2009
Ya todo me daba alegría
Habría que empezar por decir como final de este viaje a Nueva York, que ya todo me dio y me daba alegría. La vuelta fue dura y larga, al cruzar el aeropuerto Charles de Gaul para poder coger el vuelo a Valencia, las cintas del suelo con obbejo de evitarme caminar parecían más lentas todavía que mis pasos como si se repitiesen o fueran hacia atrás intentando devolverme la nostalgia de un sueño propio, fascinante, inquebrantable, una pequeña guía lenta del recuerdo para no terminar del todo.jueves, 22 de octubre de 2009
Busqué un acomodo suficiente

Los mismos que me quitaba, bien temprano, hasta alguna mañana que me defendía antes con la propia cafetera del cuarto, y acudimos luego a un desayuno de "parejitas" –que decía Mónica- con las tostadas más completas, los zumos, los expresos para atenuar el sabor del café americano. Me quitaba veinte años cada vez con el cansancio. Ya me acuerdo de aquellas zapatillas rojas, con forma de botines que quería regalar, buscándolas tienda tras tienda, por la calle 42. Hasta que nombrando en pleno semáforo el nombre de la que nos habían dicho que las tenían, lo de siempre, el habla hispana –nada une más que el propio lenguaje- te indica hasta casi con satisfacción y con cariño que es allí, bueno, dos o tres manzanas más abajo y menos mal que le había quitado antes del salir del hotel esos veinte años a mis caderas bien escaneadas en los controles de seguridad. Porque esas dos o tres manzanas pueden ser un pedazo de tu propia ciudad alargada de inmediato.
sábado, 17 de octubre de 2009
Como una cintura ajustable para tener más espacios

Fui siguiendo la ruta de llegar hasta ella en el pequeño vídeo de la butaca del pasajero del avión que me precedía. Crucé así el Atlántico, tenía una cita breve e inmediata: “la Quinta”. Amaba la Quinta Avenida antes de llegar a ella por eso aquella misma tarde nada más dejar el equipaje en el mundo del Hilton –la negación de un Hotel, la similitud con la ciudad- quise empezar mi amor por esa ciudad a través de dicha Avenida. Para las mujeres el amor es más bien guardar cosas, para el hombre es robar. Igual que arrancas de una mujer su esencia más profunda, su lluvia de oro, amaba ya la Quinta, amaba ya Nueva York como puedes pensar en una noche de besos entregados.
martes, 6 de octubre de 2009
Volveré a recogerlo todo

Ahora que lo pienso, este viaje va ser como para hallarme mejor, a dónde voy, en la cortina del atardecer, que se me note menos hasta en la piel con la supresión en seis días de una parte de mi biografía, cambiarla por otra bien distinta, insistente, que la tenía ya hace años por cumplir y le tenía miedo. Ando haciendo pruebas estos días, me recorro mi calle toda entera en lugar de parar en sitios cerca, y me digo, ves, una cosas así debe ser la Quinta Avenida, pero mucho, mucho más enorme y más larga y con la experiencia sensorial, antes de que se me hagan viejas las ganas acumuladas tanto tiempo, tantas veces de pasearme por ella.
martes, 29 de septiembre de 2009
La vida no sé dónde la dejé

Mientras pienso, como hago cada día, que mi doble café Nespresso a la espera del libro abierto de las mañanas, me da lo mejor que puede darme la vida, que ahí está, ahí se quedará para siempre, es lo que tenemos las neuronas que ya no funcionan como una maquinita; pero aportaré, en cambio la calidad del cuero viejo, de la resistencia como una arcilla perfilando los bordes y la elocuencia de las manos con una manicura francesa que no nos lleva lejos.
Me voy a Nueva York para volver luego como veinte años antes, echarle la culpa al cambio de horario, y junto a mí una mujer, delgada y elegante para que sigamos viviendo juntos. Me voy a Nueva York a gastarme las preguntas que siempre me hice en las películas, a saber qué son eso de las Avenidas, de todas las razas enredadas por las calles, de su misterio, de la iniciativa, del enorme deseo, de quedarme embobado con la boca de una mujer negra, con su color seguro y exigente.
Y de paso en el viaje conseguiré como quien encuentra un manojo de llaves que no sabía dónde estaban, pues eso, la vida que no sé dónde la dejé. Por eso le llamo a este viaje una sensación, un hallazgo, una manera de ponerse, un compartimento estanco del otoño para sentirse menos solos, hacerle menos caso a los libros, al roce de una mujer en un semáforo, un cristal empañado, un objetivo.
Hacer que no me falte nunca el deseo, la vehemencia, esa manera de contar las cosas sin la facilidad del poeta, pero con todo alejado de la realidad de las cosas. Cambiar las trampas que tiene la vida por otras más fáciles, intentar ser feliz, eso que lo hacen todos y lo más llega a ratos para irse luego.
Ya sabéis –no hace falta confesarlo- que me falla la memoria, no me acabo de creer que es cosa de viejos. Antes era la reciente, la de las cosas que había hecho hace poco rato: el nombre de un amigo, la cara de quién me acababa de saludar por la calle. Mi defensa estaba que conservaba, la lejana, los libros que había leído hace veinte, treinta años. Ahora son las dos, cogidas de la mano, no te creas, me vienen a decir, tiene el mismo mal arreglo de no acordarte también dónde dejaste la vida.
Pero prometo ir por la Quinta Avenida con el lápiz en la mano para acordarme luego, prometo contaros los recuerdos más bonitos de la tierra, ir diciéndolo a tiempo nada más volver para no tener que recordarlo. Como un poema de amor que siempre empieza en el cuerpo desnudo de ella, los trazos de mis letras serán de recuperación y de aliento. Habré hundido mi boca en las páginas más bellas que tiene una ciudad con la que he soñado siempre verlas. Os traeré, os lo prometo, el exotismo y la imaginación de encontrar de nuevo, la vida que no sabía dónde la había dejado. O mejor dónde se me había quedado.
jueves, 24 de septiembre de 2009
Vámonos donde quieres ir

Me lo hicieron muy fácil, me mandó enseguida una chica que su placer en la red es organizar viajes, diez o doce e-mails con todas las confirmaciones que quedan en la tierra, lo que podría ver luego desde la memoria. Hasta ya casi a las doce me envió un sms con más maneras de decirme que sí, que me podía ir dónde quise ir siempre. Me tuve que contener para no contestarle doce veces. Luego me mandó algún seguro para que estuviera seguro de no quedarme en tierra, un saludo, y yo un beso simplemente. Al final he conseguido que me envíe un abrazo.
jueves, 17 de septiembre de 2009
Espera, que tengo que terminar una cosa

Siempre alguien a quien yo me acercaba estaba terminando una cosa; las mías en cambio las tengo terminadas, sino no hubiera ni acercado la cara, no hubiera dicho que soy una persona amable, con la falta que hacen, no hubiera traído la huella del último libro leído en esa hora de la mañana en que me sirve lo que le pasa a esa chica de su edad para la que la música “es un sitio” y nos explica esa “parte donde nunca nos abrazan”. (“Deseo ser punk” de Soledad Puértolas) A mí han dejado de abrazarme muchas de las otras partes, las que todavía tengo libres. Yo escribo desde aquí y me invento casi todo el sueño, pero de repente, como dos o tres años antes alguien quiso ser una reina, y es verdad que en ese caso, la tenía a mi lado y además del abrazo intenté besarla. Pero no pudo ser. Y ahora, luego de ese tiempo transcurrido, en una especie de no sé qué seguimiento que está siguiendo, le han peguntado y ha dicho sí, sigo con Romero.
Tengo las cosas terminadas, no están del todo mal hechas, es cuestión de volver a pasar el trapo por dónde debes, de asumir las responsabilidades propias porque puedes hacerlo –tengo crédito para ello- y desde la zona donde no te abraza nadie, eres un hombre que se aferra a la vida porque es razón suficiente para seguir viviendo. Cultivas a ratos el pecado solitario de la propia escritura, hay veces que se me notan hasta los pelos y señales, da lo mismo, y hasta si lo contaran por ahí no quedaría tan mal, siempre tuve los modos y maneras, tienen un coste adicional muy elevado y lo exijo a los demás, valga lo que valga tenerlo. La honestidad de quien se entrega no la puedes engañar nunca aunque estés en la miseria.
Volveré cuando haga falta y a quién haga falta a pedirle la necesidad del momento, pero pediré, como una obscenidad permanente la oportunidad de los muslos abiertos. Respetaré los ojos ajenos, su estilo, su observación y si en algún momento niega mi ropaje, me bastará el mensaje del error para dejar de cultivarlo. Volveré y en esa vuelta buscaré con matices de permanencia que el futuro que esté por venir, no nos lo inventaremos, se lo tiene uno que buscar cada vez y ni yo mismo pienso que me va a faltar tiempo.
El futuro es construcción, esfuerzo, de la misma manera que lo hizo uno anteriormente y que sirvió para ganarse el estilo, la señal de estar en muchas cosas en lo cierto y en aquellos que no, ponerse a averiguarlas. El futuro no viene de repente, no es la primitiva de los jueves, yo estoy en ello todavía porque ando convencido de que me queda ese futuro, seguimiento, las cosas más cerca que puedan ser ya casi una certeza.
Tengo un huequillo en la nuca, detrás del pelo que espero, igual que yo un día intenté dar un beso, pueda ser el acoso de la ancha capacidad de una mujer que quiera que esto mismo salga bien y entonces sale bien, así de sencillo. Que no tenga que terminar ninguna cosa, su postura sea una cercanía, mirarme a los ojos, no dejar de mirarme, a los ojos nada más, nada menos. Lo aviso, mi vejez suaviza, pero de verdad ni llega a ser vejez porque no hay nadie que lo sea sino quiere.
Voy a tener yo también mi propio seguimiento igual que intenté una vez dar un beso y no pude hacerlo. No sé si voy a ser feliz, pero al menos voy a intentar serlo, aún me queda mucho tiempo, ni tendré el dolor de llegar tarde porque sabré que me están esperando.
Quiero seguir, tengo curiosidad por saber lo que dejo luego.
sábado, 12 de septiembre de 2009
Muchas veces cierro hasta los párpados
Porque el cariño de los ojos, suele ser en ocasiones duro e imposible, como un adverbio que se te ha quedado escribiendo, y a veces tienes que volver la vista atrás por esa dureza que tienen los ojos, que se te quedó hasta en la propia mirada. Cuánto talento hemos de tener para poder salir adelante en cualquier circunstancia. Y cuánto duelen las palabras que no pueden salir.
Se me ha quedado, al fin y al cabo, lo peor, un retorno cansado que no se lo puedo atribuir todo al verano, es algo como una lluvia propia provocada por mí, hasta ajena por completo a cómo está el cielo, la opacidad la tengo yo. De todos modos, aunque llueva, ya que opino como Umbral que la lluvia es un sentimiento que debiera figurar en los catálogos de la psicología sentimental. Porque llueve por dentro, digo yo, en esos momentos de la vida en que no tienes tiempo de mirar el tiempo, sólo tus propias esencias.
Voy a ver con las novelas cómo me las arreglo para que esa ilusión decore la piel de mis semanas, la invariable falta de posibilidades de mi cuerpo que sólo uno mismo tiene en cuenta. Tendré que escribir despacio, desnudo de fracasos y arrepentimientos, muy solo, pero no evitará que me vuelva a inventar el rumor de un cabello de mujer como en un salón de violines lentos; sabré besar de nuevo entre palabras con un presente triste y pálido porque sigo creyendo, sigo creyendo en la bondad del ser humano como si fuera un dios en seco.
El alcohol del pensar lo proporciona la soledad y esa la tengo como quiera. Debe ser que como yo temo a la noche, me vienen los crepúsculos ya manchados, en cambio tengo, a la mañana –muy a la mañana- cual una antorcha blanca por haber pasado ya la madrugada.
Nunca tuve en cuenta la numerología de los abrazos, las veces que dejé los brazos tiernos, la exquisitez de saber poner las manos aunque luego nunca supiera del pecado, como un género desprestigiado que nombrarlo ya te hace ante los demás, viejo. Me da lo mismo, antes perdonado, mis manos siempre demandaron el presente porque no es una medida de tiempo, es sólo lo que pasa.
Cierro los párpados y me visto de soledad como un mendigo. Se me van terminando como si fuera mi última gloria, las noches mal dormidas, no es que no quede sueño, es que puedo ya no hallar la propia noche, por eso hasta me noto inseguro escribiendo.
Porque tengo un sombra ya cansada, hasta de escribirla, como el color violeta venido a menos para amarme al menos yo a mí mismo y que me quede tranquilo luego, más despacio, y pueda comprenderlo todo lentamente, sin ayuda de nadie. Tengo el suficiente talento para seguir adelante, lo único que hemos de procurar es que no afecte a nadie. Porque jamás lo tuve tan claro ni pienso que haya ningún secreto: la vida es agua y fuego, es mantenerse y consumirse quieto, esperando a ver qué ocurre.
Debe ser una cuestión de no poder cerrar los párpados, pero no voy a insistir en hacerlo, sólo me interesa el presente porque es el sitio donde voy a pasar el resto de mi vida. Y ya lo dijo Borges que todo amanecer nos finge un comienzo. Quiero ese amanecer para hacerme mucho más dispuesto de nuevo, la tremenda eficacia que tiene de silencio se descubre más tarde, por eso el viejo siempre es menos brillante pero escribe como vive, es inevitable. Gasto muchas metáforas porque es la única elocuencia que tiene mi universo de los libros, mi vicio, mi seducción, mi manera de sostenerme, mi libertad.
Aunque a la libertad como a la felicidad nunca se llega, se intenta averiguar cómo se va a ella. Me queda todavía la vida, razón suficiente para seguir vivo.
martes, 8 de septiembre de 2009
No he sabido hacerme viejo

Quizá eso me ha pasado. Tuve la juventud de la educación, nada menos que de la educación, exquisita, tierna, correcta, bondadosa como un traje con corbata de diario o la ropa más informal para seguir siendo elegante. La llevaba encima gratis allá dónde entraba, la ropa de la cultura propia, inevitable, de no dejar nunca de ser lo que era. Aporté a la vez, por allí por dónde pasé las ganas del trabajo que sólo da el propio trabajo. El mío tuvo cifras, objetivos –a la vez maneras de estar entre mi gente- y sacaba bien las cuentas, siempre con saldo positivo para que al día siguiente me pidieran un poco más y lo diera.
Se terminaron las autoalabanzas porque vine aquí hoy a escribir que a ser viejo no he aprendido a serlo nada bien. Quizá la lentitud de mis posturas provocó el impulso repentino, la palabra sugestiva, la esperada respuesta costara lo que costara. Si encima tenía el dolor de estarme quieto, debí hacerlo, porque el dolor no es para compartir, se aguanta y ya está. Los impulsos pueden estropear la vida, impedir vivir la vida que había aprendido. La quería como un medio para llegar al orgasmo simultáneo de sentirme escuchado fueran cuales fueran mis palabras. Sin embargo estarme quieto, no esperar ya nada, ni bueno ni malo, eso que es precisamente la vejez, no me lo quise creer.
Cada beso humano es también una respuesta y he buscado los besos y muchas cosas que dependían de las palabras, casi todas. Sin saber hacerme viejo, sin querer hacerme viejo, tengo en cambio la turbiedad inevitable de dentro de los ojos, la equivocación del pensamiento, la sospecha que me ha llegado la tristeza antes de tiempo. Me basta solamente con sobrevivir, ir tirando, eso ya me parece que ocupa mi vida.
Pues si tanto me he equivocado con este cuerpo mal llevado y viejo, ¿qué busco? Pues salir de aquí, de voz y pensamiento, abrir una ventana y asomarme; busco saber qué busco que no lo acabo de saber. Me está doliendo el tiempo sin consuelo, tengo miedo del momento, no soporto ni la excitación de mi propio grito, no encuentro –pienso que para siempre- lo cálido de unos primeros momentos, mostrar una persona que ni yo mismo era, soportar la incertidumbre de la noche dejando que pase entera sin que yo la intente interrumpir voluntariamente o alargarla más de lo debido.
miércoles, 2 de septiembre de 2009
Necesito pasar las páginas, Doña Carmen
Ya son muchos años que el mundo de los libros tiene que pasar por las manos de Doña Carmen Balcells, más que su criterio, su voz autoritaria como agente literario lleva a las librerías aquellos libros que merecen su publicación. Jubilada de tacto oficial, presente no obstante todavía en tantas y tantas obras antes de salir a la luz. Su voz ha sonado: “De lo que estoy feliz es de que el futuro no me haya borrado ya”. El futuro del libro electrónico, esa pequeña pantalla que permite la lectura de más de 500 libros, está más cerca de lo que creemos. Se habla de vender este año 22 millones de lectores electrónicos.Hace ya demasiados años, de la mano de un sistema operativo MSDos me situé delante de un ordenador, aprendí su manejo y lo enseñé, a niños y mayores que no querían quedarse fuera de ese mundo de la red. Tengo ya demasiada longitud de horas, de calcular el diámetro perfecto entre las palabras de un diálogo como si fueran las yemas de los dedos en los pechos de una mujer. Que he ido llenando paredes de una casa para obtener los amigos que no me fallarían; páginas sin leer pero ojeadas a conciencia, profesionalmente; apartados de los libros con su piel y con su tacto, con las páginas con la autoestima más alta de aquel que las escribió, para soñar con ellas, para oler su misterio, su interrogante permanente, la extrañeza de un instante.
miércoles, 26 de agosto de 2009
Como una tarde sin luces

viernes, 21 de agosto de 2009
En lugar de minutos, esperas, veces
Vuelvo pronto ya a la vida de después, como si fuera a ser distinta, pero ando equivocado porque el PIN sigue siendo el mismo que tenía este verano, el que marco cada mañana al teléfono móvil del propio camino. Voy a dejar atrás la belleza de las albas sin esfuerzo con el mar delante como una vegetación de los azules cargados de respuestas. Dejaré sin quedármelo, digo, todo lo que tuve bello: unos versos bien entonados que muchos no entendieron, uno luego recula, vuelve atrás, sigue teniendo miedo porque encuentra un abismo inagotable de nuevo, la manera de vejez en la vejez.
Tengo ganas de volver y un cúmulo de temores por hacerlo –alguien sabrá por qué-. Me esperarán las esperas, las veces sin saberlo, mi falta de capacidad de entendimiento en tantas ocasiones; temores hasta de estarme quieto, capaz de comprender formas con las que me quieren entender. No sirvo, no sirvo para esto, noto que me quedan tres o cuatro telediarios para matar una tarde, una escasa posibilidad de que alguien coja a la vez el mismo libro que estoy leyendo. Los siento en la página “acércate a los libros” pero pocos se acercan del todo, se me quedan antes a mí los libros en la mesa después de leerlos, veinte citas que todavía no he traspuesto de algún libro con tejuelo o de los que yo he tenido entre las manos mucho rato, ojeándolos, casi leyéndolos antes de leerlos.
Tres o cuatro telediarios con esto de la vuelta donde quiero volver para quedarme más tranquilo sobre la forma de entender la vida y a la vez mucho más lejano que podéis imaginaros. Se lo avisan al personal de la limpieza –“como conozco a mi marido querrá volverse inmediatamente de habernos quedado solos, con la casa de al lado, la nuestra, la que están los chicos, vacía-. Les llamo los “chicos” porque yo pienso que han dejado de ser hijos. Estos que ahora tengo, al contrario de los que tenía días antes, son de mucha conversación, no son tan suyos, son más nuestros.
Y en dejarme todo eso estoy, como empujando, con ganas de estar solo, recuperar áreas propias, dos butacas de cuero para que me cuenten lo que pasa, porque lo que me pase a mí es mucho mejor no contarlo, dejar pasar, igual que si fuera hacerle un hueco al tiempo, eso, tres o cuatro telediarios que antes se me escaparon.
Y esta mañana –es curioso- he venido a entrenarme yo solo a pasar un día entero dentro de mi casa, tocar sus paredes, andar descalzo por el parquet que aún no me he aprendido demasiado sus ángulos, ver si las cosas estaban como las dejamos, hasta en lugar de hacerme un café como en el sitio de verano, aquí sin el mar delante, me he hecho un nexpresso, he llorado un rato, como si fuera un “pavo” así me puede llamar quién siente ya aún más cerca el día que deje definitivamente de serlo.
He venido a crear presentimientos, tiempos con sus remansos –no sé a qué hora volveré, ni tan siquiera si comeré, es robarle tiempo al tiempo-.He venido como a inventarme un siglo, ya que a mí me cambiaron, he venido a soñar que soy parte de una tribu de los que precisamente ya no les queda casi siglo. He dejado la prehistoria que tiene el verano, el toque de maldición que decía que siempre posee, la madre de mi mujer, licenciada en Farmacia en aquellos tiempos que estudiar una mujer era motivo de castigo eterno. Ella decía, “todo lo malo ocurre en verano, hasta las guerras”. Debías tener razón, Josefina, igual que cuando afirmabas enérgicamente que por tu cadáver todos tus hijos e hijas cursarían una carrera aunque tuvieras que pedir limosna.
Me he acordado de ti, huyendo del verano. Juan Cruz dice que a ciertas alturas de la vida es la amenaza de una soledad, Mi amigo Juan Cruz que en “Lecciones y Maestros” en Santillana del Mar, con un café en la mano, se acordaba de mí, de la página de mis libros sueltos, de las veces que nos vimos en Segorbe con motivo del concurso de cuentos de Max Aub. “-Hola, acércate a los libros” me dijo, cómo andas de libros”.
Ando bien, pero ando mal del verano, de las ganas que se termine del todo y de lo que me viene luego, de la forma de apaciguar los desesperos, de arreglármelas para que no quede nada y puedan entendérmelo todo. A mí, que de mí dicen que no logro entender en muchas ocasiones, que al final canso; a mí que dejo los pedazos de la vida que me quedan sin pedírmelos, todos enteros; pero mal dejados por lo visto. Me hago más mayor y no aprendo, no aprendo a esperar los minutos, los silencios, las veces que no me pertenecen.
Tampoco he aprendido en el verano, ni he reinventando el amor hasta que llegue a las manos, hasta que entienda que como dice Umbral en un verso inédito, “vivir es amar y olvidar mucho”; o se me acabe del todo este verano y tenga que apurar antes esos tres o cuatro telediarios que me queden, muy necesarios para al menos tener una dignidad y un valor no para recular ni para volver atrás, sino para ya no estar.
Una dignidad para enamorarse como quien pilla un resfriado, sin quererlo, sin creérselo, a mi pesar y sin poder defenderme después. La dignidad para dormir bien, a pierna suelta como luego de un polvo y listo, con la varita mágica todavía enhiesta, estallante, rezumando lava y añoranza; con la posibilidad de encontrar el silencio a solas y quedármelo luego como una manera de sobrevivir al cualquier desengaño. Con la herida de la edad porque envejecer es inimagiable excepto para quién envejece.
sábado, 15 de agosto de 2009
Me he puesto un parche de mujer en el pecho

Me sentía demasiado en la rampa de bajada, sin tener por qué, y tomé la decisión de inmediato, de adherírmelo. Se me acercó más que nunca una mujer y consideré de inmediato en besar su carne húmeda y vegetal, la que hay al final de los besos en la boca, esos besos del comienzo y del final. Ella me fue preguntando por mis cosas de fuera, intercambiamos escribirnos despacio, sabe hasta dejar un poema con dueño para siempre, un poema que nadie me había escrito parecido en los más recientes veinte años que uno siempre tiene a mano; me dijo más o menos vente aquí, luego tendremos las certezas que siempre se recuerdan luego.
Es una mujer que cubre con sus manos la lumbre de la evidencia, me pregunta cada vez que la llamo al contestarme, como quien devuelve con su seguridad la pregunta en respuesta, “¿qué pasa Fran?” Tiene belleza, maneras que no tiene nadie; “qué pasa Fran” no me lo había dicho nadie en mi vida, cada vez que lo dice, es como soñar con ella, sentirse uno necesariamente bien. “Qué pasa Fran” y ya no puede pasar nada más que un baile, ese beso de que hablaba, eliminar cualquier presente triste y pálido suyo o mío; es otra vez un retorno a las ganas de la vida nada menos.
Se me estaban yendo y sin embargo me las trajo como un obsequio para que me pegara la pegatina, el parche de felicidad para eliminar las gotas de amargura que tenía, con el parche me venía a decir, la felicidad la tienes ahí a mano, tiene un parecido a una blusa de seda, como una vuelta al sueño de las cosas insignificantes que me advirtió que podía ser capaz de hacer.
Así me siento todo yo de nuevo, entero, otra vez sobrante de caricias. El parche de ella no me puede ofrecer vivir un poco más, nadie sabe, pero sí vivir más plenamente las cosas de esta vida. Es un parche que sirve para sostener la debilidad que tengo suelta, puede hasta ser el sueño de una entrepierna a mi alcance, siempre cerca, y la lengua de su boca en la mía. Eso es entereza y fortaleza; eso, el tono que tenía que lo tengo de nuevo, es una evolución, una aproximación, un climax que se te queda para siempre.
domingo, 9 de agosto de 2009
Mi depósito del tiempo vivido

sábado, 1 de agosto de 2009
Cumplo años a las 7 de la mañana, luego ya no
