
Luego ya no, porque no me gustará lo que me toca vivir y me lo he preparado yo mismo, me lo he hecho todos estos años anteriores, y me voy cansando de ello, hasta ya no tengo más remedio que con mis palabras, como siempre, buscar mi derecho a la felicidad porque no he hecho nada malo ni he dejado de hacer lo necesario para tenerla un rato. Una cierta felicidad que deben dar los años, antigua y profunda para poder demostrar que soy mejor de lo que puedan contar por ahí. Necesito montar como una celebración –no de los años- porque ya no necesito tartas que soplar, sino pedir y recibir una ofrenda casi divina junto a alguien algún día o al menos unos momentos, para al mismo tiempo poder así respirar a salvo de contrariedades y malos sabores.
Hace tiempo, hace ya bastante tiempo que eyaculo en mis palabras un poderío congénito, libre, tierno, vestido de estreno, utilizando incluso una especie de calzoncillos eróticos que no sé de dónde me los saco, pero así me presento, así vuelvo a estar ahora, este rato, estas siete de la mañana que eso sí, no me las quita nadie y aún me queda aunque os parezca extraño muchas palabras tiernas por estrenar: cuando estoy en la ciudad en un amplio salón, una música recién puesta cada vez, el necesario engaño al cuerpo de dos cafés bien espesos y la soledad de 200 metros para mí, el parquet para ir descalzo y a lo mejor tener la fractura de un dedo meñique como un niño jugando, pero una tranquilidad leyendo que es incapaz de mejorármela nadie de la tierra.
O si es como ahora, como en este instante, con el mar delante, intenso, pasional como me siento yo, casi como incitándome a que ofrezca de nuevo eso, lo único que tengo, las ganas de enamorarme de cualquiera: a lo mejor la muchacha que está haciendo footing en la orilla que ya ni la recuerdo, no sé quiénes son sus padres que seguro que los conozco, ni a ella por supuesto. Corre libre, debe ser con sus pensamientos, igual que hacía yo hasta que ya no pude hacerlo más.
O la mujer que tenga en sueños, -porque siempre tengo una metida entre ellos- alguien con quien inventarme un juego erótico y rasposo pero inevitable, a ver si es posible de cualquier manera llegar a tener la inagotable capacidad que otorga la esclavitud del sentimiento, el sometimiento como el medio más cercano de que no me haga daño estar ahora mismo –luego ya no- cumpliendo años y diciendo con voz muy propia, escondida de tonalidades por los años, los dos términos más hermosos que tiene el castellano, ven, te deseo. Eso me servirá para amar siempre en el obstáculo, en la dificultad, en el ansia de ser diferente, hasta que a cualquiera le cueste alcanzar quererme a fondo perdido, cada vez, a las siete de la mañana encendiendo un mundo nuevo para mí.
Ya lo sé que la felicidad al fin va ser unas frases que dije una vez y sigo diciendo, repitiendo, un surco de palabras que yo siempre tengo porque ando sobrado pero necesitado para darlas, para decirlas insistiendo, relajado en el hombro de quién sea capaz de llegar hasta aquí, hasta esta terraza a la que le sobra el mar de bella que es, hasta este desespero por sentirme mejor como un terco deseo, una solemne intuición para decirle a una mujer después, ¡qué bien estoy contigo!.
Se me está terminando el tiempo, ya empieza a no ser las siete de la mañana, ya mi cumpleaños no podré celebrarlo con nadie porque esto de escribir se va a convertir en el final de un principio. Me gustaría ser más que un inservible come mujeres, que me comieran a mí como hombre con lo que llevo puesto. Ya, ya sé que esto es como una especie de prostitución que no termino, un empeño, un hueco que no sé llenar porque es difícil hacerlo o que lo hagan por mí en una especie de sexualidad descabellada y única, libre en el mercado de palabras, en los post que cuelgo sin vergüenza, con la necesaria indecencia para que se noten que son míos.
Ya no son ni las siete y un minuto, se me ha escapado el tiempo con la hora, he terminado de una vez el rito antiguo del cumpleaños cuando tienes a todos los seres queridos. A mí me falta ya hace tiempo una hija muy bella que insistía muchas veces –siempre cuento lo mismo de ella y sin embargo las cosas que podría contar- me decía, “papá, es que tú lo lees todo”. Ya quisiera, le respondía y se marchaba con sus tacones por el pasillo de casa, bella, esbelta, reclamando su merecido descanso.
¿Pero todo esto que he escrito para qué? Pues a lo mejor tan sólo para darle la razón a Vicente Molina Foix en su libro de ensayos que ha reunido maravillosamente y que le ha puesto de título el único que se le puede poner a todo esto que nos viene haciendo daño y así tener la manera de contrarrestarlo: “Con tal de no morir”, eso que significa que nadie vuelve a verte.
Sin embargo, yo quisiera que me volvieran a ver, aproximadamente unos cien años, poder inventarme otro escrito sin pies ni cabeza, poder como estoy haciendo ahora, leyendo un nuevo libro. Con tal de no morir.