sábado, 17 de octubre de 2009

Como una cintura ajustable para tener más espacios


Así he recorrido Nueva York, sus lugares nunca se terminan porque es una ciudad que puede ser lo que uno quiera. Aquí, en mis post sobre este viaje contaré mi turismo del asombro, del sueño, haré mía la famosa frase de Simone de Breauvoir que estando allí me recordaba Manuel García Rubio en su novela “Sal”: “Parce que je réve, je ne sui pas. Parce que je réve, je réve.” Allí estaba esa ciudad, más allá de mis sueños y para mis sueños.


Fui siguiendo la ruta de llegar hasta ella en el pequeño vídeo de la butaca del pasajero del avión que me precedía. Crucé así el Atlántico, tenía una cita breve e inmediata: “la Quinta”. Amaba la Quinta Avenida antes de llegar a ella por eso aquella misma tarde nada más dejar el equipaje en el mundo del Hilton –la negación de un Hotel, la similitud con la ciudad- quise empezar mi amor por esa ciudad a través de dicha Avenida. Para las mujeres el amor es más bien guardar cosas, para el hombre es robar. Igual que arrancas de una mujer su esencia más profunda, su lluvia de oro, amaba ya la Quinta, amaba ya Nueva York como puedes pensar en una noche de besos entregados.

Caminé por esa inmensa Avenida nada más llegar aquella tarde, seguro de mi esfuerzo, de mi búsqueda, de mi entrega, convencido que porque había soñado, soñaba. Se juntó ante mi vista el inagotable mundo del dinero en aquellos edificios de los grandes bancos, de las multinacionales del capital, incapaz de que mi vista alcanzara su final porque las posibilidades de mis vértebras cervicales ya no llegaban a más; junto a los inmensos edificios, los pobres puestos de venta callejera con camisetas “I love New York” a 1$ y perritos calientes o cuencos de extrañas frutas cortadas, todo a la vez, porque es eso esta ciudad, una primera Avenida sufrida por mis pies donde todo estaba unido, era un mundo completo. Os juro que estremecí, que apreté mis manos para que no se me escapara el sueño de mis sueños, que se quedara una huella en mi boca, igual que luego de dar un beso entregado y profundo. Eso fue ese paseo: besar una historia en lugar de una mujer.

Quizá la primera o la última tienda que se puede visitar es Tifany’s, (luego de regatear lo indecible en el Soho sus maravillosas falsificaciones, o la auténtica ropa Calvin Clain en Century a precios irisorios). Precisamente, el famoso joyero Tifany, con el emblemático Atlas sujetando un reloj encima de la entrada, parece querer ganar cientos de corazones, sus pequeñas cajas azules encierran sueños de muchas mujeres; a otras en cambio les basta la imagen de su presencia en la puerta, véase sino aquellas muchachas que observé fotografiándose simplemente en la puerta de la joyería, que no necesitaban anillo alguno.


Cuando al salir me preguntaron por aquellos tres pisos que visité como un espectador extraño y ajeno, no me atreví a decir que lo más bello me pareció el asilo de las visitantes de fuera, la desgana de sus caderas recorriendo la entrada, sin atreverse a cruzar el umbral, por supuesto. ¡Quédate, por favor! Decía cada joya en aquellas vitrinas a cada mujer, quédate con este anillo o con esta alianza para ver si el oro y los diamantes hacen posible que sea una alianza entre un hombre y una mujer precisamente. Los colgantes de corazones plateados “Elsa Peretti”, no aseguraban la generosidad que debe tener un corazón. Yo lo he buscado por otro sitio en mi vida, por cualquier otro sitio, sin principio ni fin, entre las partes repartidas de otra piel y la mía.

Voy a contar de la ciudad, parte a parte, cosas, seres, maneras de la gente que me llamaron la atención. Guías de turismo hay demasiadas. Con una bajo el brazo y una excelente compañía de quién ya había visitado la ciudad, Teresa, yo llegué a Nueva York para fijarme, para notarla, para caminarla porque me lo iban a permitir mis caderas. Aparqué mis deficiencias en las ocho horas de vuelo, entré de lleno, supe buscar mis momentos de pausa, cumplir los trazados con conocimiento, disfrutar en los perfectos cruces de calles y Avenidas numeradas con el rigor inequívoco que tienen los números. Nueva York además está trazada de tal forma que es sencillo ir cubriendo sus distintas partes.


Desde la primera tarde al sueño que traje libre le quité el pudor, borré de la memoria lo que no me convenía que había pasado, dejé libre y limpio el camino, llegué con un amor imprudente hacia una ciudad pero a la que no quería amar precisamente como a una mujer porque ésta debe conservar siempre lo que tiene de mujer. Y yo a Nueva York, no se lo iba a permitir.

La iba a robar entera. No volveré a escuchar en Blue Notes a Ray Gelato mientras su voz, su saxo mágico, los seis magníficos músicos que le acompañaban; ni tampoco volveré a vivir la más hermosa noche de celebración en la vida de un hombre y una mujer, en el River Café, dónde fue aún más exquisita que la cena y el servicio, el maravilloso local, cruzado el puente de Brooklyn con toda la vista de Manhattan desde el atardecer. Y hasta quién hizo la reserva desde España –nuestra imprescindible Mónica- recibió un e-mail al día siguiente preguntando por nuestro grado de satisfacción y qué es lo que se podía mejorar. ¡Inolvidable!

Esos momentos que os contaré se los he ido robando a Nueva York y muchos más que tengo pegados en la piel, en mi retina, que quisiera que me sobraran como una mirada siempre lenta, como un destino, como un vestido ligero y sugestivo en una mujer que apenas se nota, pero está ahí hasta que unas manos lo quitan, lo hacen suyo como yo hice míos muchas horas los espacios de Nueva York.

martes, 6 de octubre de 2009

Volveré a recogerlo todo


Ya lo dije la otra vez, el cambio de horario cansa al principio y al final, pero yo volveré para recoger todo lo que dejé, más bien a quedarme donde estaba, donde estoy, aunque hay un tema al que no le he visto solución, que al regreso será como si hubiera vuelto a cumplir los mismos años que tenía. De ahí que he eliminado casi todas las fotos viejas que no tienen ni arreglo ni con Photoshop, le he mandado una a una amiga para que la mire con la mirada ganadora de quién quiere ganar algo, precisamente, a lo mejor esa especie de paz que llega luego de un esfuerzo, el mío tendrá ese tono seguro de las cosas viejas.


Ahora que lo pienso, este viaje va ser como para hallarme mejor, a dónde voy, en la cortina del atardecer, que se me note menos hasta en la piel con la supresión en seis días de una parte de mi biografía, cambiarla por otra bien distinta, insistente, que la tenía ya hace años por cumplir y le tenía miedo. Ando haciendo pruebas estos días, me recorro mi calle toda entera en lugar de parar en sitios cerca, y me digo, ves, una cosas así debe ser la Quinta Avenida, pero mucho, mucho más enorme y más larga y con la experiencia sensorial, antes de que se me hagan viejas las ganas acumuladas tanto tiempo, tantas veces de pasearme por ella.

Suprimiré, pues, allí, las fronteras del esfuerzo como en una fiesta sabia de amantes maduros, un almanaque desnudo para que cada día dure más de lo que pienso que debe durar. Va a ser un viaje grandioso e íntimo, una forma de sabiduría que no tienen los libros, un anillo sin fecha, un horizonte que lo voy a notar hasta en los labios. Descansaré de mis otros asombros, de la beligerancia de la vida, de algún viejo beso que he escrito muchas veces poder saber darlo, rotundo y lento, y como escribió un poeta -más mujer aún que poeta- “quiso que fuera suya como nadie lo ha querido.” Descansaré de los sueños, de la complicación de entenderse con las bocas, de sentirme solo.

Pero prometo como ese viejo amante de un prodigioso cuento de Nuria Labari en que él le dice a ella: "Voy a dejarte en esta gasolinera. Volveré a recogerte dentro de veinte años. Yo tendré setenta y cinco y tú treinta y siete. Me reconocerás y todo habrá ido bien. ¿Entendido? Sal del coche."

Yo en este caso estoy seguro que a mi vuelta “todo habrá ido bien”; se me habrán terminado las preguntas que ya no me quedaban, traeré una nueva biografía, como dice mi amigo Leo, desde New York, New York, del
www.birdlandjazz.com , alias Charlie Parker (o el mejor saxofonista que ha parido la historia), situado en la calle 44ª entre la 8ª y 9ª avenida; muy céntrico y seguro también, actúa la CHICO O'FARRILL'S AFRO-CUBAN JAZZ ORCHESTRA.
En el Blue Note http://www.bluenotejazz.com/newyork toca -únicamente ese día- el 12- RAY GELATO WITH THE CITY RHYTHM ORCHESTRA, que es absolutamente recomendable. Ray es un vocalista genial; y hay posibilidades también de acudir a esos y/u otros sitios similares para degustar un BRUNCH, que es una especie de desayuno-almuerzo con Champagne, cocktails y música de Jazz que suelen darse los domingos.

Como veis llevo el programa en la mano, pero es seguro que volveré aquí de nuevo a recogerlo todo, a saber otra vez, luego del cambio endocrino y cultural de cualquier mala tarde o del cansancio callado y elegante, quizá note menos ese cansancio como esa especie whisky que emborracha lentamente: de la mujer con la inteligencia natural del cuerpo y la intuición del sexo. Volveré a la carne blanca y decadente con la oleada de Esencia Loewe que me pongo siempre; a partir de ceros otra vez, a hacer las cosas como se hacen y en la misma medida que se hacen, que ya son.

A imponer mi vida con la debilidad de mis palabras pero que me curan tantas cosas, tanta cosa. Volveré a recogerlo todo otra vez, sin dejarme nada. Junto a las personas y todas esas cosas, el deseo, esa tautología que tiene el deseo, ese pleonasmo, esa repetición, sin la que no puedo pasar sin ella.
Hasta la vuelta.

martes, 29 de septiembre de 2009

La vida no sé dónde la dejé


Para que sea cierta la cita de Rimbau, en el “Babelia” del 19 de Septiembre pasado traída por Muñoz Molina, de que “la vida siempre está en otra parte.” Yo ahora la tengo con ese tono impaciente de la espera de un viaje soñado con demasiada insistencia. Sé que a la vuelta tendré demasiadas cosas que contar, como dice mi amiga Mónica, que trenza los horarios de los vuelos y hasta engaña a las compañías –aquí te compro, aquí te vendo- para que salga más barato. Pero ya no es eso, ya no es el viaje, ya es la decisión de poder hacerlo no con las posibilidades de los jóvenes, pero da lo mismo, al cansancio lo engañaré seguro y como dice un familiar, psicóloga de lujo, es cierto que me pasará como al escritor, que sentado en un banco de un pequeño parque, miraré el cielo y sentiré ese estado mágico, cuando recuperas la vida que no sabes dónde la dejaste, “Too Much Happiness”.


Mientras pienso, como hago cada día, que mi doble café Nespresso a la espera del libro abierto de las mañanas, me da lo mejor que puede darme la vida, que ahí está, ahí se quedará para siempre, es lo que tenemos las neuronas que ya no funcionan como una maquinita; pero aportaré, en cambio la calidad del cuero viejo, de la resistencia como una arcilla perfilando los bordes y la elocuencia de las manos con una manicura francesa que no nos lleva lejos.


Me voy a Nueva York para volver luego como veinte años antes, echarle la culpa al cambio de horario, y junto a mí una mujer, delgada y elegante para que sigamos viviendo juntos. Me voy a Nueva York a gastarme las preguntas que siempre me hice en las películas, a saber qué son eso de las Avenidas, de todas las razas enredadas por las calles, de su misterio, de la iniciativa, del enorme deseo, de quedarme embobado con la boca de una mujer negra, con su color seguro y exigente.


Y de paso en el viaje conseguiré como quien encuentra un manojo de llaves que no sabía dónde estaban, pues eso, la vida que no sé dónde la dejé. Por eso le llamo a este viaje una sensación, un hallazgo, una manera de ponerse, un compartimento estanco del otoño para sentirse menos solos, hacerle menos caso a los libros, al roce de una mujer en un semáforo, un cristal empañado, un objetivo.


Hacer que no me falte nunca el deseo, la vehemencia, esa manera de contar las cosas sin la facilidad del poeta, pero con todo alejado de la realidad de las cosas. Cambiar las trampas que tiene la vida por otras más fáciles, intentar ser feliz, eso que lo hacen todos y lo más llega a ratos para irse luego.


Ya sabéis –no hace falta confesarlo- que me falla la memoria, no me acabo de creer que es cosa de viejos. Antes era la reciente, la de las cosas que había hecho hace poco rato: el nombre de un amigo, la cara de quién me acababa de saludar por la calle. Mi defensa estaba que conservaba, la lejana, los libros que había leído hace veinte, treinta años. Ahora son las dos, cogidas de la mano, no te creas, me vienen a decir, tiene el mismo mal arreglo de no acordarte también dónde dejaste la vida.


Pero prometo ir por la Quinta Avenida con el lápiz en la mano para acordarme luego, prometo contaros los recuerdos más bonitos de la tierra, ir diciéndolo a tiempo nada más volver para no tener que recordarlo. Como un poema de amor que siempre empieza en el cuerpo desnudo de ella, los trazos de mis letras serán de recuperación y de aliento. Habré hundido mi boca en las páginas más bellas que tiene una ciudad con la que he soñado siempre verlas. Os traeré, os lo prometo, el exotismo y la imaginación de encontrar de nuevo, la vida que no sabía dónde la había dejado. O mejor dónde se me había quedado.

jueves, 24 de septiembre de 2009

Vámonos donde quieres ir


Me dijo mi mujer. Me lo ha cumplido ella. Y supimos enseguida cómo era tenerlo todo hecho: el difícil OK de las reservas; las plazas de un avión que tienen un precio diferente en cada momento; un hotel que el lujo se le sale hasta fuera; un sitio en “The Riber Café” para no tomar nunca café, situado bajo el Brookling Bridge sino poder divisar hasta la Estatua de la Libertad con la mirada, allá lejos, casi al alcance de la mano, cierras un poco los ojos y luego se deja ver, casi se deja hacer.


Me lo hicieron muy fácil, me mandó enseguida una chica que su placer en la red es organizar viajes, diez o doce e-mails con todas las confirmaciones que quedan en la tierra, lo que podría ver luego desde la memoria. Hasta ya casi a las doce me envió un sms con más maneras de decirme que sí, que me podía ir dónde quise ir siempre. Me tuve que contener para no contestarle doce veces. Luego me mandó algún seguro para que estuviera seguro de no quedarme en tierra, un saludo, y yo un beso simplemente. Al final he conseguido que me envíe un abrazo.

Qué bello sueño: organizar viajes aunque no los fuera a hacer nadie, hay cosas que se aprovechan pensando cómo hacerlas aunque no se consuman. Le prometí un día mandarle los números de una tarjeta sin dinero, en lugar de la mi mujer, para que haga lo que quiera o una de esas mías con oro hasta los bordes que dan miedo porque ya te la están cobrando antes que la vea nadie.

Todo está organizado en pocas horas por la hija de un hombre que lo tuve a mi lado trabajando, los mejores años que fueron muy pocos porque la vida se lo llevó con impaciencia, con esa luz de falta de paciencia que nos moja los ojos y nos quita al mejor compañero. ¡Ché, no podías haberme quitado otro!

Supe de ella, supe de su hija, nada más nacer, ahora ella me dice que han pasado muchos años y a mí me parecen muy pocos porque ya me deben quedar pocos. Pero pueden ser unos días que supongan lo poco que a veces cuesta tener la gloria, cosa de un otoño, de seis días y seis noches en Manhatan, en el Hilton New York, es la ventaja de ir con un médico glorioso y exigente. Y su pareja, que es la única mujer en mi vida que me ha enviado flores.

Hacer este viaje puede servir como dice el poeta José Luis Piquero para “morirse con algún objetivo”. Ha coincidido: yo llevo también los mismos años, más o menos, esperando, él en su silencio tras su último libro ha estado aguardando como yo “lo que viene antes y después del poema”. Yo no tenía versos pero estaba dispuesto a no tachar más páginas a ver si de una vez me hacía poeta. Me he quedado tranquilo, no hace falta porque “la poesía no son los versos, sino la mirada, la sensación, el hallazgo.”

Voy a viajar, por la ruta de la mujer que organiza viajes para que a lo mejor no viaje nadie; la mujer que ayer me decía, no te extrañe que te envíe un día de estos un mail con algún posible viaje que tenga mirado, aunque no vayas a ir, solo para soñar un poco…

Esta vez –mujer que organizas viajes posibles e imposibles a la vez- que hasta noto el roce de tu vestido cuando los haces, voy a cumplir un sueño de hace tiempo: pasearme despacio por la Quinta Avenida. No tenía quién me hiciera las reservas sin habernos dicho antes ni una sola palabra en la tierra.

Dejaré por unos días las mañanas que comienzo en que yo siempre quiero ser el libro que estoy leyendo. Mi mujer anda durmiendo, me deja que me emborrache leyendo sin haber probado el vino. Entre los dos vamos a arrancar la vida aún a tiempo para hacer ese viaje que siempre más que hacer, hay que tener. Siempre detrás de las palabras no me había dado cuenta que iba a amanecer un día que podría traerme el goce casual que iba a dejarme exactamente donde quise ir, gracias a ella.

Añadido me trajo, como haciendo el camino, la belleza imposible de un sueño hecho destino, un destino que me lo iba a buscar una chica que hasta ya está pensando conmigo, un nuevo camino. Tú lo haces lentamente, seguro que habrás pensado, no te preocupes, yo sabré hacértelo exactamente a tu medida, de ti y de quién ha construido su vida junto a la tuya tantos años.

Eso cuesta, hay que tener gestos y libertades al mismo tiempo, hay que saber entender por parte de mi propia mujer lo que quizá entre estos papeles nadie hubiera entendido, absolutamente nadie.

jueves, 17 de septiembre de 2009

Espera, que tengo que terminar una cosa


Es lo que te dicen. Y lo dejas estar. Te quedas, no obstante, con la sensación de estar intacto, pierdes el miedo de soltar el equipaje y eso que hay algo del mismo que siempre nos pertenece. Por eso sigo escribiendo, casi sin equipaje, con mis papeles y mis dudas, utilizando este puente del lenguaje que permite llegar a todas partes, hasta en ocasiones te inventas un poema que no cuelgas.


Siempre alguien a quien yo me acercaba estaba terminando una cosa; las mías en cambio las tengo terminadas, sino no hubiera ni acercado la cara, no hubiera dicho que soy una persona amable, con la falta que hacen, no hubiera traído la huella del último libro leído en esa hora de la mañana en que me sirve lo que le pasa a esa chica de su edad para la que la música “es un sitio” y nos explica esa “parte donde nunca nos abrazan”. (“Deseo ser punk” de Soledad Puértolas) A mí han dejado de abrazarme muchas de las otras partes, las que todavía tengo libres. Yo escribo desde aquí y me invento casi todo el sueño, pero de repente, como dos o tres años antes alguien quiso ser una reina, y es verdad que en ese caso, la tenía a mi lado y además del abrazo intenté besarla. Pero no pudo ser. Y ahora, luego de ese tiempo transcurrido, en una especie de no sé qué seguimiento que está siguiendo, le han peguntado y ha dicho sí, sigo con Romero.


Tengo las cosas terminadas, no están del todo mal hechas, es cuestión de volver a pasar el trapo por dónde debes, de asumir las responsabilidades propias porque puedes hacerlo –tengo crédito para ello- y desde la zona donde no te abraza nadie, eres un hombre que se aferra a la vida porque es razón suficiente para seguir viviendo. Cultivas a ratos el pecado solitario de la propia escritura, hay veces que se me notan hasta los pelos y señales, da lo mismo, y hasta si lo contaran por ahí no quedaría tan mal, siempre tuve los modos y maneras, tienen un coste adicional muy elevado y lo exijo a los demás, valga lo que valga tenerlo. La honestidad de quien se entrega no la puedes engañar nunca aunque estés en la miseria.


Volveré cuando haga falta y a quién haga falta a pedirle la necesidad del momento, pero pediré, como una obscenidad permanente la oportunidad de los muslos abiertos. Respetaré los ojos ajenos, su estilo, su observación y si en algún momento niega mi ropaje, me bastará el mensaje del error para dejar de cultivarlo. Volveré y en esa vuelta buscaré con matices de permanencia que el futuro que esté por venir, no nos lo inventaremos, se lo tiene uno que buscar cada vez y ni yo mismo pienso que me va a faltar tiempo.


El futuro es construcción, esfuerzo, de la misma manera que lo hizo uno anteriormente y que sirvió para ganarse el estilo, la señal de estar en muchas cosas en lo cierto y en aquellos que no, ponerse a averiguarlas. El futuro no viene de repente, no es la primitiva de los jueves, yo estoy en ello todavía porque ando convencido de que me queda ese futuro, seguimiento, las cosas más cerca que puedan ser ya casi una certeza.


Tengo un huequillo en la nuca, detrás del pelo que espero, igual que yo un día intenté dar un beso, pueda ser el acoso de la ancha capacidad de una mujer que quiera que esto mismo salga bien y entonces sale bien, así de sencillo. Que no tenga que terminar ninguna cosa, su postura sea una cercanía, mirarme a los ojos, no dejar de mirarme, a los ojos nada más, nada menos. Lo aviso, mi vejez suaviza, pero de verdad ni llega a ser vejez porque no hay nadie que lo sea sino quiere.


Voy a tener yo también mi propio seguimiento igual que intenté una vez dar un beso y no pude hacerlo. No sé si voy a ser feliz, pero al menos voy a intentar serlo, aún me queda mucho tiempo, ni tendré el dolor de llegar tarde porque sabré que me están esperando.


Quiero seguir, tengo curiosidad por saber lo que dejo luego.

sábado, 12 de septiembre de 2009

Muchas veces cierro hasta los párpados


Porque el cariño de los ojos, suele ser en ocasiones duro e imposible, como un adverbio que se te ha quedado escribiendo, y a veces tienes que volver la vista atrás por esa dureza que tienen los ojos, que se te quedó hasta en la propia mirada. Cuánto talento hemos de tener para poder salir adelante en cualquier circunstancia. Y cuánto duelen las palabras que no pueden salir.

Se me ha quedado, al fin y al cabo, lo peor, un retorno cansado que no se lo puedo atribuir todo al verano, es algo como una lluvia propia provocada por mí, hasta ajena por completo a cómo está el cielo, la opacidad la tengo yo. De todos modos, aunque llueva, ya que opino como Umbral que la lluvia es un sentimiento que debiera figurar en los catálogos de la psicología sentimental. Porque llueve por dentro, digo yo, en esos momentos de la vida en que no tienes tiempo de mirar el tiempo, sólo tus propias esencias.

Voy a ver con las novelas cómo me las arreglo para que esa ilusión decore la piel de mis semanas, la invariable falta de posibilidades de mi cuerpo que sólo uno mismo tiene en cuenta. Tendré que escribir despacio, desnudo de fracasos y arrepentimientos, muy solo, pero no evitará que me vuelva a inventar el rumor de un cabello de mujer como en un salón de violines lentos; sabré besar de nuevo entre palabras con un presente triste y pálido porque sigo creyendo, sigo creyendo en la bondad del ser humano como si fuera un dios en seco.

El alcohol del pensar lo proporciona la soledad y esa la tengo como quiera. Debe ser que como yo temo a la noche, me vienen los crepúsculos ya manchados, en cambio tengo, a la mañana –muy a la mañana- cual una antorcha blanca por haber pasado ya la madrugada.

Nunca tuve en cuenta la numerología de los abrazos, las veces que dejé los brazos tiernos, la exquisitez de saber poner las manos aunque luego nunca supiera del pecado, como un género desprestigiado que nombrarlo ya te hace ante los demás, viejo. Me da lo mismo, antes perdonado, mis manos siempre demandaron el presente porque no es una medida de tiempo, es sólo lo que pasa.

Cierro los párpados y me visto de soledad como un mendigo. Se me van terminando como si fuera mi última gloria, las noches mal dormidas, no es que no quede sueño, es que puedo ya no hallar la propia noche, por eso hasta me noto inseguro escribiendo.

Porque tengo un sombra ya cansada, hasta de escribirla, como el color violeta venido a menos para amarme al menos yo a mí mismo y que me quede tranquilo luego, más despacio, y pueda comprenderlo todo lentamente, sin ayuda de nadie. Tengo el suficiente talento para seguir adelante, lo único que hemos de procurar es que no afecte a nadie. Porque jamás lo tuve tan claro ni pienso que haya ningún secreto: la vida es agua y fuego, es mantenerse y consumirse quieto, esperando a ver qué ocurre.

Debe ser una cuestión de no poder cerrar los párpados, pero no voy a insistir en hacerlo, sólo me interesa el presente porque es el sitio donde voy a pasar el resto de mi vida. Y ya lo dijo Borges que todo amanecer nos finge un comienzo. Quiero ese amanecer para hacerme mucho más dispuesto de nuevo, la tremenda eficacia que tiene de silencio se descubre más tarde, por eso el viejo siempre es menos brillante pero escribe como vive, es inevitable. Gasto muchas metáforas porque es la única elocuencia que tiene mi universo de los libros, mi vicio, mi seducción, mi manera de sostenerme, mi libertad.

Aunque a la libertad como a la felicidad nunca se llega, se intenta averiguar cómo se va a ella. Me queda todavía la vida, razón suficiente para seguir vivo.

martes, 8 de septiembre de 2009

No he sabido hacerme viejo


Supe ser niño y hasta tuve que entender lo que padres adultos mezclaban con una indudable e impecable enseñanza, modos de convivencia nada recomendables. Cuando un hombre y una mujer unidos con el porqué maravilloso del amor, lo rompen a pedazos, nada lo justifica, todos sabemos lo que tenemos que saber de los demás antes y en cualquier ruptura las partes son muy por mitades. Junto a ello aprendí algo esencial y permanente: unos criterios claros y éticos a lo que es muy difícil no saber responder, las mismas pautas de conducta que pasaremos de página luego con nuestros propios hijos. Fui buen niño y hasta entendí para siempre esa insalvable distancia hasta nuestros padres, como una sensación intacta que si un día la perdemos –tenga uno la edad que tenga- ahí se termina una posible y alargada juventud, una madurez bien trabajada hasta que el cuerpo lo permita. Cuando no se tiene ese respeto en la vida para con los demás, eso que debieron enseñarnos a todos le falta a uno lo mejor, lo más valioso que tiene el ser humano.

Quizá eso me ha pasado. Tuve la juventud de la educación, nada menos que de la educación, exquisita, tierna, correcta, bondadosa como un traje con corbata de diario o la ropa más informal para seguir siendo elegante. La llevaba encima gratis allá dónde entraba, la ropa de la cultura propia, inevitable, de no dejar nunca de ser lo que era. Aporté a la vez, por allí por dónde pasé las ganas del trabajo que sólo da el propio trabajo. El mío tuvo cifras, objetivos –a la vez maneras de estar entre mi gente- y sacaba bien las cuentas, siempre con saldo positivo para que al día siguiente me pidieran un poco más y lo diera.


Se terminaron las autoalabanzas porque vine aquí hoy a escribir que a ser viejo no he aprendido a serlo nada bien. Quizá la lentitud de mis posturas provocó el impulso repentino, la palabra sugestiva, la esperada respuesta costara lo que costara. Si encima tenía el dolor de estarme quieto, debí hacerlo, porque el dolor no es para compartir, se aguanta y ya está. Los impulsos pueden estropear la vida, impedir vivir la vida que había aprendido. La quería como un medio para llegar al orgasmo simultáneo de sentirme escuchado fueran cuales fueran mis palabras. Sin embargo estarme quieto, no esperar ya nada, ni bueno ni malo, eso que es precisamente la vejez, no me lo quise creer.


Cada beso humano es también una respuesta y he buscado los besos y muchas cosas que dependían de las palabras, casi todas. Sin saber hacerme viejo, sin querer hacerme viejo, tengo en cambio la turbiedad inevitable de dentro de los ojos, la equivocación del pensamiento, la sospecha que me ha llegado la tristeza antes de tiempo. Me basta solamente con sobrevivir, ir tirando, eso ya me parece que ocupa mi vida.


Pues si tanto me he equivocado con este cuerpo mal llevado y viejo, ¿qué busco? Pues salir de aquí, de voz y pensamiento, abrir una ventana y asomarme; busco saber qué busco que no lo acabo de saber. Me está doliendo el tiempo sin consuelo, tengo miedo del momento, no soporto ni la excitación de mi propio grito, no encuentro –pienso que para siempre- lo cálido de unos primeros momentos, mostrar una persona que ni yo mismo era, soportar la incertidumbre de la noche dejando que pase entera sin que yo la intente interrumpir voluntariamente o alargarla más de lo debido.

Que me vuelvan a gustar las mismas cosas de antes, atreverme, inventar, imaginarme, soñar. Que me interese otra vez la pura y hermosa prosa de no haberme hecho tan mayor, como una vocación de pensar. Recobrar mi pensamiento limpio, desnudo o con una lencería blanca sobre una piel manchada con vocación de ceniza; la alegre protesta de la vida –como una mujer con pechos bien llevados- volviendo a esos criterios claros y éticos que aprendí de niño.

Ir otra vez a la reclamación del presente, que existe, que me quiere, como una llamada urgente de la vida que si se demora, si no le hacemos caso, ya es otra cosa.

miércoles, 2 de septiembre de 2009

Necesito pasar las páginas, Doña Carmen

Ya son muchos años que el mundo de los libros tiene que pasar por las manos de Doña Carmen Balcells, más que su criterio, su voz autoritaria como agente literario lleva a las librerías aquellos libros que merecen su publicación. Jubilada de tacto oficial, presente no obstante todavía en tantas y tantas obras antes de salir a la luz. Su voz ha sonado: “De lo que estoy feliz es de que el futuro no me haya borrado ya”. El futuro del libro electrónico, esa pequeña pantalla que permite la lectura de más de 500 libros, está más cerca de lo que creemos. Se habla de vender este año 22 millones de lectores electrónicos.

Hace ya demasiados años, de la mano de un sistema operativo MSDos me situé delante de un ordenador, aprendí su manejo y lo enseñé, a niños y mayores que no querían quedarse fuera de ese mundo de la red. Tengo ya demasiada longitud de horas, de calcular el diámetro perfecto entre las palabras de un diálogo como si fueran las yemas de los dedos en los pechos de una mujer. Que he ido llenando paredes de una casa para obtener los amigos que no me fallarían; páginas sin leer pero ojeadas a conciencia, profesionalmente; apartados de los libros con su piel y con su tacto, con las páginas con la autoestima más alta de aquel que las escribió, para soñar con ellas, para oler su misterio, su interrogante permanente, la extrañeza de un instante.

Por eso me voy a quedar fuera, Doña Carmen. Preferiré mil veces por qué dijo que sí a que viera la luz una novela. Me he hecho adulto primero y luego viejo con los libros en la mano, pasando sus páginas como un pomelo reventado en la vieja butaca de cuero con un acomodo carnal de lo más confortable. Una butaca que es ancha y agradable, acogedora como un gran hogar, con el libro entre las manos mientras descubriendo entre sus páginas modos de amarme que nadie conoce.

Me gusta más el libro, me gusta tanto el libro que la madurez me parece no aprender casi con ellos, es una especie de nostalgia quieta, un contacto tan cálido que nunca me lo puede dar ese chisme electrónico, con 500 novelas dentro, sin que le roben el sitio a mi casa casi entera, si que se queden la piel que puse en ellos, tomo a tomo, casi un pantis pegajoso a medida que los pasos de mi vida iban con ellos, dilatados en los muslos, alternados al andar y mira que me cuesta caminar.

No, mítica Balcells, dices que el futuro no te ha borrado ya al formar parte de “Leer E”. No, Doña Carmen Balcells, no me vas a quitar el gusto por cuatro días que me quedan, de esta misma mañana en que voy a cambiar la mirada hasta el mar en la bella terraza desde donde casi lo alcanzaba, por entrar de nuevo en el libre sendero de mi librería, me notarán enseguida como si llevara en la mirada, como revuelto y sin ropa mi propia apasionada manera de ojear los libros.

En la puerta dejaré hasta la edad que aparento, entraré sólo con un poco de ingenio para rozar a la vez las páginas de cualquier libro y las manos de una mujer, su frecuencia, me parece que sus caderas nuevas, la convivencia que teníamos antes de irme este verano, la que suscita el descuido, una liturgia que tenemos ambos como pasar las páginas de un libro que nunca dejaré de hacer como si fuera a la vez mi daño y mi placer.

miércoles, 26 de agosto de 2009

Como una tarde sin luces


Así me siento, me vienen recuerdos de este escritorio que empecé hace casi tres años, llamándose primero “inventándose la vida” y que luego los propios tecnicismos me impidieron continuar colgándole más post, más advertencias, más maneras de reaccionar y fue ya en adelante “Mi taller de privilegio”. Recuerdos que también abrigan, no.

O en ocasiones lo contrario porque aquí he andado buscando la paz sin conseguirlo, quizá porque uno es demasiado débil para cargar con todas las certezas.

Ya hace tiempo que lo noto: a la hora de escribir aquí, no encuentro el privilegio, ni es taller, ni es enseñanza propia ni ajena, se me van cerrando los días demasiado de golpe, será por el clima, por el momento. Alguien me dijo que al final del verano a lo mejor me gustaba, y no ha sido así. Sigue sin gustarme.

He releído al azar varias veces en que conté sensaciones y aún me gustan menos, aunque me libera que el miedo a equivocarse es un derecho del poeta. Y son muchas las veces que me siento poeta sin escribir poemas, siempre los he guardado para destruirlos luego.

“Mi talle de privilegio” ha pretendido ser como una sala insonorizada de resacas, que nadie me pretenda quitar el empeño del lenguaje, pero más que aportar como una música propia, quise poder convertirla en la posibilidad de las escuchas.

Ayer lo leía en un periódico que el sexo no es solo una Y. El sexo cuando lo he notado lo he contado en formas y maneras de mujer: empalmando a un hombre en menos de treinta segundos; leyendo a cada hembra como un libro abierto y ella por dentro ardiendo para entrar en danza.

Ayer lo leía, también en un periódico, en el relato de Navellón sobre la caída de Óscar Pérez a más de 6.000 metros de altitud, explicando que “no se siente miedo, no hay tiempo para ello” y que lo último que le dijo, es cuando puedas, súbeme tabaco.

A mí también me hace falta tabaco y no estoy a 6.000 metros de altura, puedo ir a comprarlo en la calle, pero me seguirá faltando tabaco; que alguien me suprima del todo los motivos que me hagan daño, son las cosas que notas cuando no te duermes: fíjate qué raro, la falta de tabaco.

Las cosas las he hecho bien o las he hecho mal, y ya está y he estudiado cómo explicarlas en su momento. Pero una vez contadas las que aquí cuento, lo leí en un post de Carmen, una más de los blogs, “que se sentía a gusto al llegar al sofá y verlos a todos”. Yo me voy quedando, sin embargo, solo. Yo me voy siniendo cada vez más solo. Da lo mismo cerrar esta puerta y abrir luego otra. Pero es muy complicado cambiar de sitio cuando ya tienes el sitio.

Escribir lo necesito, es una ambición de durar, un atrevimiento.

viernes, 21 de agosto de 2009

En lugar de minutos, esperas, veces


Vuelvo pronto ya a la vida de después, como si fuera a ser distinta, pero ando equivocado porque el PIN sigue siendo el mismo que tenía este verano, el que marco cada mañana al teléfono móvil del propio camino. Voy a dejar atrás la belleza de las albas sin esfuerzo con el mar delante como una vegetación de los azules cargados de respuestas. Dejaré sin quedármelo, digo, todo lo que tuve bello: unos versos bien entonados que muchos no entendieron, uno luego recula, vuelve atrás, sigue teniendo miedo porque encuentra un abismo inagotable de nuevo, la manera de vejez en la vejez.


Tengo ganas de volver y un cúmulo de temores por hacerlo –alguien sabrá por qué-. Me esperarán las esperas, las veces sin saberlo, mi falta de capacidad de entendimiento en tantas ocasiones; temores hasta de estarme quieto, capaz de comprender formas con las que me quieren entender. No sirvo, no sirvo para esto, noto que me quedan tres o cuatro telediarios para matar una tarde, una escasa posibilidad de que alguien coja a la vez el mismo libro que estoy leyendo. Los siento en la página “acércate a los libros” pero pocos se acercan del todo, se me quedan antes a mí los libros en la mesa después de leerlos, veinte citas que todavía no he traspuesto de algún libro con tejuelo o de los que yo he tenido entre las manos mucho rato, ojeándolos, casi leyéndolos antes de leerlos.

Tres o cuatro telediarios con esto de la vuelta donde quiero volver para quedarme más tranquilo sobre la forma de entender la vida y a la vez mucho más lejano que podéis imaginaros. Se lo avisan al personal de la limpieza –“como conozco a mi marido querrá volverse inmediatamente de habernos quedado solos, con la casa de al lado, la nuestra, la que están los chicos, vacía-. Les llamo los “chicos” porque yo pienso que han dejado de ser hijos. Estos que ahora tengo, al contrario de los que tenía días antes, son de mucha conversación, no son tan suyos, son más nuestros.

Y en dejarme todo eso estoy, como empujando, con ganas de estar solo, recuperar áreas propias, dos butacas de cuero para que me cuenten lo que pasa, porque lo que me pase a mí es mucho mejor no contarlo, dejar pasar, igual que si fuera hacerle un hueco al tiempo, eso, tres o cuatro telediarios que antes se me escaparon.

Y esta mañana –es curioso- he venido a entrenarme yo solo a pasar un día entero dentro de mi casa, tocar sus paredes, andar descalzo por el parquet que aún no me he aprendido demasiado sus ángulos, ver si las cosas estaban como las dejamos, hasta en lugar de hacerme un café como en el sitio de verano, aquí sin el mar delante, me he hecho un nexpresso, he llorado un rato, como si fuera un “pavo” así me puede llamar quién siente ya aún más cerca el día que deje definitivamente de serlo.

He venido a crear presentimientos, tiempos con sus remansos –no sé a qué hora volveré, ni tan siquiera si comeré, es robarle tiempo al tiempo-.He venido como a inventarme un siglo, ya que a mí me cambiaron, he venido a soñar que soy parte de una tribu de los que precisamente ya no les queda casi siglo. He dejado la prehistoria que tiene el verano, el toque de maldición que decía que siempre posee, la madre de mi mujer, licenciada en Farmacia en aquellos tiempos que estudiar una mujer era motivo de castigo eterno. Ella decía, “todo lo malo ocurre en verano, hasta las guerras”. Debías tener razón, Josefina, igual que cuando afirmabas enérgicamente que por tu cadáver todos tus hijos e hijas cursarían una carrera aunque tuvieras que pedir limosna.

Me he acordado de ti, huyendo del verano. Juan Cruz dice que a ciertas alturas de la vida es la amenaza de una soledad, Mi amigo Juan Cruz que en “Lecciones y Maestros” en Santillana del Mar, con un café en la mano, se acordaba de mí, de la página de mis libros sueltos, de las veces que nos vimos en Segorbe con motivo del concurso de cuentos de Max Aub. “-Hola, acércate a los libros” me dijo, cómo andas de libros”.

Ando bien, pero ando mal del verano, de las ganas que se termine del todo y de lo que me viene luego, de la forma de apaciguar los desesperos, de arreglármelas para que no quede nada y puedan entendérmelo todo. A mí, que de mí dicen que no logro entender en muchas ocasiones, que al final canso; a mí que dejo los pedazos de la vida que me quedan sin pedírmelos, todos enteros; pero mal dejados por lo visto. Me hago más mayor y no aprendo, no aprendo a esperar los minutos, los silencios, las veces que no me pertenecen.

Tampoco he aprendido en el verano, ni he reinventando el amor hasta que llegue a las manos, hasta que entienda que como dice Umbral en un verso inédito, “vivir es amar y olvidar mucho”; o se me acabe del todo este verano y tenga que apurar antes esos tres o cuatro telediarios que me queden, muy necesarios para al menos tener una dignidad y un valor no para recular ni para volver atrás, sino para ya no estar.

Una dignidad para enamorarse como quien pilla un resfriado, sin quererlo, sin creérselo, a mi pesar y sin poder defenderme después. La dignidad para dormir bien, a pierna suelta como luego de un polvo y listo, con la varita mágica todavía enhiesta, estallante, rezumando lava y añoranza; con la posibilidad de encontrar el silencio a solas y quedármelo luego como una manera de sobrevivir al cualquier desengaño. Con la herida de la edad porque envejecer es inimagiable excepto para quién envejece.




sábado, 15 de agosto de 2009

Me he puesto un parche de mujer en el pecho


Llevo sobre el pecho un parche de un opiáceo, Transec35, para calmar el dolor, lo cambio cada tres días y medio, sólo, frente al espejo, recién salido de la ducha. Pues a la vez, estos días, que se me está acabando el verano, he decidido a la vez que calmo los dolores de mi cuerpo, adherirme así como si fuera el resultado de mis sueños de hace siglos, una fornicación del subconsciente, la manera de tener un apogeo de luz y actualidad allá donde más nos asomamos para apaciguar los desesperos. Todo eso en forma de parche de mujer.


Me sentía demasiado en la rampa de bajada, sin tener por qué, y tomé la decisión de inmediato, de adherírmelo. Se me acercó más que nunca una mujer y consideré de inmediato en besar su carne húmeda y vegetal, la que hay al final de los besos en la boca, esos besos del comienzo y del final. Ella me fue preguntando por mis cosas de fuera, intercambiamos escribirnos despacio, sabe hasta dejar un poema con dueño para siempre, un poema que nadie me había escrito parecido en los más recientes veinte años que uno siempre tiene a mano; me dijo más o menos vente aquí, luego tendremos las certezas que siempre se recuerdan luego.


Es una mujer que cubre con sus manos la lumbre de la evidencia, me pregunta cada vez que la llamo al contestarme, como quien devuelve con su seguridad la pregunta en respuesta, “¿qué pasa Fran?” Tiene belleza, maneras que no tiene nadie; “qué pasa Fran” no me lo había dicho nadie en mi vida, cada vez que lo dice, es como soñar con ella, sentirse uno necesariamente bien. “Qué pasa Fran” y ya no puede pasar nada más que un baile, ese beso de que hablaba, eliminar cualquier presente triste y pálido suyo o mío; es otra vez un retorno a las ganas de la vida nada menos.
Se me estaban yendo y sin embargo me las trajo como un obsequio para que me pegara la pegatina, el parche de felicidad para eliminar las gotas de amargura que tenía, con el parche me venía a decir, la felicidad la tienes ahí a mano, tiene un parecido a una blusa de seda, como una vuelta al sueño de las cosas insignificantes que me advirtió que podía ser capaz de hacer.


Así me siento todo yo de nuevo, entero, otra vez sobrante de caricias. El parche de ella no me puede ofrecer vivir un poco más, nadie sabe, pero sí vivir más plenamente las cosas de esta vida. Es un parche que sirve para sostener la debilidad que tengo suelta, puede hasta ser el sueño de una entrepierna a mi alcance, siempre cerca, y la lengua de su boca en la mía. Eso es entereza y fortaleza; eso, el tono que tenía que lo tengo de nuevo, es una evolución, una aproximación, un climax que se te queda para siempre.

Es, sobre todo, una cuestión de comunicación, de piel, una cuenta sílabas de las palabras que nos vamos a decir. Sé que su piel tiene sobre mi piel una línea infinita de felicidad, una tinta de saliva cada vez que uno le hable al otro, el espectáculo conmovedor de la inmediatez como sea cuando hasta las palabras fallen. Saber significa salirte de tu propia piel. Al menos intentarlo. De vez en cuando. Pues me pasa cada vez, renuevo el parche del opiáceo, le doy un mensaje de silencio al dolor, pero ella no hace falta, se pegó para quedarse como si fuera una princesa de cuento, la sinapsis de la materia unida.

Quiero, es muy sencillo, que me deje cultivar sus laderas mudándome de piel cada día para ser uno con sus cambios con sus ecos. Esa será mi manera de llevar esta adherencia. Estamos siempre buscando quiénes fuimos, en los espejos y en las sombras, aunque la piel devuelva a la realidad la evidencia de que esa juventud ya no existe. No quiero devoluciones imposibles, quedarme como estoy, sentirme propio, en cada lado un parche, pero en uno toda mi aspiración, mi existencia.

Ya lo dije: un parche se llama “Transec35”. El otro no necesita comillas: Reyes Vaccaro.

domingo, 9 de agosto de 2009

Mi depósito del tiempo vivido


No se me termina y yo mismo estoy juzgando insistentemente mis acciones y tampoco se me acaba la necesidad de que me escuchen, de colgar el post de las cosas al oído, las que considero demasiado a flor de piel y por eso no las digo, quizá porque siempre noto que me falta aunque fuera como una caricatura en la escucha. No la encuentro, por eso no escribiré esos sentimientos porque me parece que hacerlo sería como a fondo perdido, mejor callarme, quedarme con las mismas cosas –ya veréis- y soportar así lo mejor posible el tirón de vivir.

Estoy siendo incapaz de olvidar lo suficiente y presentarme aquí desnudo, sin posesiones, ni tan siquiera la palabra mal utilizada tantas veces, la posible e imposible. Y que conste que siempre llego con hambre de sabores, de armonías, de maneras de acercarme, soy capaz de decirlo al oído templado y tierno, al que se acerca antes de que yo me aproxime. No hay manera, cada vez siento lo mismo, en cada ocasión o momento, necesito lo mismo y quienes me leen se creen muchas veces que son maneras mirar la vida, y no es la vida, es mi vida.

Escribiendo aquí todas estas veces parece que no pierdo nada, mucho peor no gano nada. Uno llega a cualquier parte inacabado, incompleto, se traía tres miradas, el empeño de estar vivo, de no haberse planteado todavía siquiera esa personalización prematura de la muerte, cada uno de la manera que sea. Y cité a Molina Foix y lo traigo de nuevo, huyendo de la muerte: “Morir siempre es prematuro. Hasta para los condenados a muerte.”

Pues yo me siento condenado a vivir y una vez empiezo a contarlo, pero puestos a ello como si fuera al revés, del final incompleto hasta el principio igualmente desdibujado por la falta de memoria. Pero eso da lo mismo, me interesa sobre todo el cargamento propio de hoy y la respuesta ajena, vaciar el depósito del tiempo que he vivido y cubrir si es posible los huecos que no pude o no supe cubrir.

Y me vengo acercando, como he dicho, buscando el oído quieto. Me va faltando el eco, puede faltar del todo porque hubo un tiempo que esto sólo se apoyaba con un único apoyo. Ya sabía antes de escribirla que cada palabra tenía su analógica, su semejante, como una mano tendida siempre.


Ya está bien yo decía, si tuviera esas respuestas a mi lado sabría hacer buen uso de ellas. Podríamos fabricar dos personas juntas la metáfora del hombre que siempre sueña lo venidero, como un sistema de sombras preparado, igual que dos amantes despacio que cruzaban esa distancia de sus cuerpos aunque fueran a destinos diversos.

Por eso sigo escribiendo, pero al mismo tiempo porque falta todo lo que falta o lo que yo creo y siento que falta, no cuelgo el post más verdadero. Aparento un falso sosiego pero carezco de una paz sin cansancio, ésa que existe en el borde los besos.

Ando por el camino de que se lo vayan creyendo, no tengo un solo gesto que no sea verdadero, pero se me notan los huecos dentro de la profundidad de mi propio depósito. Pienso seguir haciéndolo –lo he dicho en muchas ocasiones- lo más despojado de incertidumbres que puedo. En la carne tengo ya muchas veces una desobediencia irremediable; conservo la soledad y su conocimiento hasta en mis manos más viejas, creo que los dedos aún están intactos empeñados en el propio tacto para buscarlo y no dejarlo.

Vengo a decirlo porque en todo ese depósito de tiempo transcurrido aún me quedan para el futuro maneras de explicar algo cansado pero bueno, para poder compartirlo como quien lo hace con el tabaco: una naturalidad, una forma de ser que enriquece, la piel tendría que estar sobre la piel, algún sueño por inventar, inventarlo, ver cómo soy capaz de colgar de una vez el post más verdadero.

sábado, 1 de agosto de 2009

Cumplo años a las 7 de la mañana, luego ya no


Luego ya no, porque no me gustará lo que me toca vivir y me lo he preparado yo mismo, me lo he hecho todos estos años anteriores, y me voy cansando de ello, hasta ya no tengo más remedio que con mis palabras, como siempre, buscar mi derecho a la felicidad porque no he hecho nada malo ni he dejado de hacer lo necesario para tenerla un rato. Una cierta felicidad que deben dar los años, antigua y profunda para poder demostrar que soy mejor de lo que puedan contar por ahí. Necesito montar como una celebración –no de los años- porque ya no necesito tartas que soplar, sino pedir y recibir una ofrenda casi divina junto a alguien algún día o al menos unos momentos, para al mismo tiempo poder así respirar a salvo de contrariedades y malos sabores.

Hace tiempo, hace ya bastante tiempo que eyaculo en mis palabras un poderío congénito, libre, tierno, vestido de estreno, utilizando incluso una especie de calzoncillos eróticos que no sé de dónde me los saco, pero así me presento, así vuelvo a estar ahora, este rato, estas siete de la mañana que eso sí, no me las quita nadie y aún me queda aunque os parezca extraño muchas palabras tiernas por estrenar: cuando estoy en la ciudad en un amplio salón, una música recién puesta cada vez, el necesario engaño al cuerpo de dos cafés bien espesos y la soledad de 200 metros para mí, el parquet para ir descalzo y a lo mejor tener la fractura de un dedo meñique como un niño jugando, pero una tranquilidad leyendo que es incapaz de mejorármela nadie de la tierra.

O si es como ahora, como en este instante, con el mar delante, intenso, pasional como me siento yo, casi como incitándome a que ofrezca de nuevo eso, lo único que tengo, las ganas de enamorarme de cualquiera: a lo mejor la muchacha que está haciendo footing en la orilla que ya ni la recuerdo, no sé quiénes son sus padres que seguro que los conozco, ni a ella por supuesto. Corre libre, debe ser con sus pensamientos, igual que hacía yo hasta que ya no pude hacerlo más.

O la mujer que tenga en sueños, -porque siempre tengo una metida entre ellos- alguien con quien inventarme un juego erótico y rasposo pero inevitable, a ver si es posible de cualquier manera llegar a tener la inagotable capacidad que otorga la esclavitud del sentimiento, el sometimiento como el medio más cercano de que no me haga daño estar ahora mismo –luego ya no- cumpliendo años y diciendo con voz muy propia, escondida de tonalidades por los años, los dos términos más hermosos que tiene el castellano, ven, te deseo. Eso me servirá para amar siempre en el obstáculo, en la dificultad, en el ansia de ser diferente, hasta que a cualquiera le cueste alcanzar quererme a fondo perdido, cada vez, a las siete de la mañana encendiendo un mundo nuevo para mí.

Ya lo sé que la felicidad al fin va ser unas frases que dije una vez y sigo diciendo, repitiendo, un surco de palabras que yo siempre tengo porque ando sobrado pero necesitado para darlas, para decirlas insistiendo, relajado en el hombro de quién sea capaz de llegar hasta aquí, hasta esta terraza a la que le sobra el mar de bella que es, hasta este desespero por sentirme mejor como un terco deseo, una solemne intuición para decirle a una mujer después, ¡qué bien estoy contigo!.

Se me está terminando el tiempo, ya empieza a no ser las siete de la mañana, ya mi cumpleaños no podré celebrarlo con nadie porque esto de escribir se va a convertir en el final de un principio. Me gustaría ser más que un inservible come mujeres, que me comieran a mí como hombre con lo que llevo puesto. Ya, ya sé que esto es como una especie de prostitución que no termino, un empeño, un hueco que no sé llenar porque es difícil hacerlo o que lo hagan por mí en una especie de sexualidad descabellada y única, libre en el mercado de palabras, en los post que cuelgo sin vergüenza, con la necesaria indecencia para que se noten que son míos.

Ya no son ni las siete y un minuto, se me ha escapado el tiempo con la hora, he terminado de una vez el rito antiguo del cumpleaños cuando tienes a todos los seres queridos. A mí me falta ya hace tiempo una hija muy bella que insistía muchas veces –siempre cuento lo mismo de ella y sin embargo las cosas que podría contar- me decía, “papá, es que tú lo lees todo”. Ya quisiera, le respondía y se marchaba con sus tacones por el pasillo de casa, bella, esbelta, reclamando su merecido descanso.

¿Pero todo esto que he escrito para qué? Pues a lo mejor tan sólo para darle la razón a Vicente Molina Foix en su libro de ensayos que ha reunido maravillosamente y que le ha puesto de título el único que se le puede poner a todo esto que nos viene haciendo daño y así tener la manera de contrarrestarlo: “Con tal de no morir”, eso que significa que nadie vuelve a verte.

Sin embargo, yo quisiera que me volvieran a ver, aproximadamente unos cien años, poder inventarme otro escrito sin pies ni cabeza, poder como estoy haciendo ahora, leyendo un nuevo libro. Con tal de no morir.

lunes, 27 de julio de 2009

Me he quedado sin pulso


“No es que sienta tu ausencia el sentimiento.
Es que la siente el cuerpo. No te miro.
No te puedo tocar por más que estiro
Los brazos como un ciego contra el viento.”

Ángel González

La cita proviene de un hermoso libro de relatos de Joaquín Rodríguez, titulado “Las mujeres que vuelan” cuya reseña incluiré en mi página web de literatura el próximo mes.
Pero me sirve, como me viene sirviendo toda mi vida la literatura irremediablemente almacenada en mi forma de vivir para que me permita al menos una disponibilidad de la escritura, o como en frase de Bolaño, “líneas capaces de cogerme del pelo y levantarme cuando mi cuerpo ya no quiera aguantar más.” Porque me derrota ya aguantar, porque me voy dejando de engañar a mí mismo sobre una fortaleza que quizá no tenía más sustento ni más ajuste que las palabras que leía.

He venido a un espacio muy hermoso, de esos que llaman urbanización para dar la sensación de que algún organismo estatal lo organiza. No, no es así, el “Mareny Blau”, ésta estrella de mar azul la urbanizamos unos cuantos con la convivencia del cariño, de las mañanas al sol para que los cuerpos se doraran, de los paseos por la tarde junto al mar donde estaba repartido gratuito el asombro, el beneplácito del silencio con el sonido del mar como techo.

He venido, otro año de nuevo, siempre ya falta alguno de la lista donde no hacemos lista, porque la vida si está se vence, se tienen los años en su totalidad, a veces se coge algún atajo para evitar que no te noten lo que se nota. He venido otro año, eso, a cumplir años, nadie te los pregunta ni te los cuenta, yo siempre digo que estoy bien a la típica de pregunta como si fuera un estado de embarazo, estoy bien porque no entro en los detalles. Los detalles me los quedo, son la parte más personal que tengo, son el sombrajo de mi memoria, confesiones que no le deben importar a nadie porque siempre se han producido luego de un coito, de algún hábito, de la ilusión de permanencia, del beneplácito que me dejan mis propios silencios. Esos, mis detalles, incontenibles y propios.

Aún me queda en los viales que recorro más o menos -siempre tiene que ser más o menos- el gesto, la cercanía de un amigo, su respeto con forma de antigüedad bien llevada, como una dictadura de la vejez que lo despeja todo, puede ser al pararse a saludar a alguien, como una tarde alargándose, un tiempo de sobra, prestado, cualquier cosa que no viene a cuento, el desgaste de aquel presente que tuvimos juntos, un descuido, una desactivación, una falta de pulso.

Así me siento, como si me hubiera quedado sin pulso al venir a estos terrenos propiedad del mar, lo urbanizaron su arena y sus aguas, su gente tumbada, los niños que traje que se empeñan en volver hasta que un día me tengan ellos, ya bien adultos, que traer. Pero mientras no sea así, aquí, separado de mi mundo habitual, de mi rincón con libros, asiento y silencio, he de reconocer no obstante que “estiro los brazos como un ciego contra el viento”, que ya no puedo tocar la misma mar intacta, que mi goce es inferior, que lleva razón González que tengo el sentimiento pero no la tiene ya el cuerpo, que busco el lugar exacto y propio donde estuve, las huellas de mi sobre la arena y no quedan, debió de ser como un malentendido con la literatura que yo llevaba y el llanto pesado que ahora tengo.

Venir aquí ha sido sentarme sobre la propia melancolía. Fui poderoso muchos años, hasta le daba severas órdenes a mi perro al llegar los fríos viernes del invierno cuando lo dejaba suelto y le decía, “a la media hora te quiero aquí”, haz lo mismo que voy a hacer yo en la terraza: el oficio de abrazarme a nadie y sentirme propio con las personas que habían llenado mi vida todas las semanas. Ir allí venía a ser como dos enamorados, con los niños por el parque y nosotros en el lecho –sin que hiciera falta tener lecho- para no cansarnos de nuestros propios olores y nuestros sabores.

He venido aquí y como siempre me he quedado sin metáforas y no encuentro las pasiones, sólo noto con el aire las arrugas del contorno de los ojos como redes de pesca cargadas de miradas, sólo noto las palabras que dije cada viernes cuando ya tranquilo me sentía como poeta de café, venido a menos pero con la piel todavía tejida de empujones.

De todo ello no nota su ausencia mi sentimiento, lo notan los brazos que estiro, el alma, los suspiros, la boca abierta y muda, el límite voraz de todas mis sensaciones.

lunes, 20 de julio de 2009

Se me está terminando la magia


Hasta en los sitios donde estaba tranquilo cada verano exclamo: ¡la que se me viene encima!. Destruyo así, en las líneas de la mala recepción a forasteros propios, su comienzo bien ganado de descanso. Pienso egoístamente en mí, en ángulos que resultaban cómodos, en no echar ya cuentas, en acercarme más a la incertidumbre de la edad: porque creo que lo dije alguna vez que la edad no es algo fijo, ni una cifra concreta, insultante y voraz. Estoy a punto de cumplir otra nueva edad real –a ver cuántos días faltan, da lo mismo los que falten- pero en cuanto la tenga, sea de mi propiedad, la dejaré atrás lo más rápidamente que pueda. Mi celebración con los míos consistirá en pensar, más o menos, estoy como estaba hace un año (ninguna garantía de prestigio) quizá en este haya el peligro de ese mal hurgar en comportamientos que a todos nos suena como una mala entonación de principios, de esos que nos enseñaron de niños recién venidos.

Pero yo todo este tiempo he ido construyendo una magia propia que me quitaba de la cara forúnculos de vejez puestos al revés, impedía hasta a veces en parte ese pequeño y cautivador temblor de las manos que servían incluso para lo que llamaba mis caricias: ir acumulando libros leídos dentro, asentarse en un miedo bien armado de recuerdos; las secuencias de palabras que siempre tengo. A eso le he tenido tantas veces miedo, que se lo sigo teniendo. Y magia tuve también por dentro o haciendo sitio fuera al último escalón de la escalera de los labios, imprevisible, intacta como el color de una risa, no me digáis que consiguiendo creérselo no se acumula una propiedad, que precisamente es la que noto que ando perdiendo.

Entonces, qué hago al cumplir más años si supongo que no existe ninguna edad correcta, todas tienen sus más y sus menos de lo que parece a simple vista. Te vas acercando, pues ya tengo tantos años e incluso pienso en ese futuro que se me viene encima y sigo queriendo saber qué va a pasar más adelante. Yo acudiré a él como más adúltero o más desnudo, sin haber sido infiel, ni haberse desprendido de la ropa que permite la asiduidad de la noche completa, las manías del goce, las imágenes de los sueños murmurados apenas y los espantos contados, el abandono de la desnudez y luego del sueño saber extraer el mejor secreto que tiene el lenguaje, la luz, el día luego, la ropa que te vuelves a poner.

Todo eso formaba un conglomerado mágico y tranquilo que se va pareciendo cada vez más a todo lo contrario: a una fecha de caducidad más próxima, a preguntar en ese diccionario “abierto por inventario” que han escrito varios escritores: "- Maestro ¿Por qué la felicidad está siempre en la otra orilla?
-Para que cada uno aprenda a construir su propio puente." He aprendido mucho en ese diccionario, he buscado mi puente como “un compendio de creencias, un prodigio de síntesis." Creencias me van quedando pocas, las síntesis me salen cada vez peor –incluso las propias-

Todo esto tiene el mismo origen, la misma palabra como punto de partida: la insaciable ley humana del deseo. Quiero más que tengo, que no se me terminen los espacios, que de verdad voy notando que se acaban como una ecuación de segundo grado que nunca supe resolver.
Me siento ya como madera de barco viejo que por ni dimensión ni atractivo tiene hueco; soy tan solo ya tarde de humo y lectura eterna; dolores de pliegues que siento siempre, formas que ya ha adquirido mi vida con las que me hago daño con un mal que no está hecho ni pagado ni terminado. Simplemente convive con todo, y como hombre sólo percibo a veces el cansancio de ese daño. Siempre queremos un borrón completo, un hacer que no duela, una acumulación de lo que ocurre en otro lugar de la conciencia.

Pero que me quede algo todavía de la magia que tenía antes, como una mujer que pone las piernas sobre los hombros para que el hombre llegue más hondo aunque detrás esté un daño indecible y amargo. Igual –ya que he puesto el símil- que la carne se verifica, dejarme el eterno hueco que siempre tuve para las palabras. Al menos que me entiendan las mujeres porque para mí siempre me dan una sensación de eternidad como un túnel que tiene la esencia del mundo. Necesito tenerlo cerca. Hace poco me dijeron “date tiempo” para asimilar realidades que ignoraba. Pues en ello estoy para no quedarme fuera.

miércoles, 15 de julio de 2009

Pasciencia e incertidumbre


Me pregunto cada vez más veces si me queda ya retorno en las palabras, si interesan a alguien, si se entiende que sobre todo busco un hedonismo armonioso, una paciencia que cuento pero que hay que alimentar de la incertidumbre de lo propio y de la que encontramos en lo ajeno. En el fondo cada vez es lo mismo, me gustaría esa intensidad tan especial a todas horas como un vals de la vida que bailas sin cansarte y sin cansar, una especie de lentitud luego del coito con la vida con todas las partes del cuerpo por pequeñas que sean.

La paciencia también es el precio de haberte equivocado tantas veces, la resaca de la noche al despertarte que se espabila a la vez con mi sistema nervioso. La paciencia tiene fijo un lugar en mi cuerpo, un altar de sacrificio, una inalterable necesidad de vida adulta, mi manera de sentarme o de permanecer de pie y caminar. Hasta llegará a ser si sigo escribiendo sobre ello, la figura de un hombre con forma de querubín rodeado de amadisis, de novias desnudas, como un amante antiguo que es capaz de arrancar el placer del otro en el momento exacto y sin esfuerzo.

Pero no me quedaré desnudo de incertidumbre, de saber qué viene luego para esclarecer toda cosa complicada y problemática. No quiero dar la imagen de hombre quieto por muy quieto que tenga que estar, tengo un afán afásico de gozar la vida y para eso necesito la inquietud hasta de mi propio entendimiento. Y por eso empieza a dolerme demasiado que alguien confunda mi paciencia, mi silencio a veces, que rehúya necesariamente el movimiento con que no busque todavía de la vida como ese cuento excepcional que todavía no hemos leído, un viento para violar la piel, hasta me atrevo a decir que metidos en el amor, llegar a algo exagerando la curiosidad y la indecencia.

No quiero que se me haga tarde, que se me haga más tarde. Necesito que me espere alguien siempre como una simiente aún, una aventura, la gruta de unas axilas con unos presentimientos aún gozosos. Me bastará –pido poco- que me miren con cariño para que mis engranajes funcionen, para que mí paciencia sea válida, utilizable y mi incertidumbre con la misma inquietud que puede tener un beso, el caminar de una mujer con sandalias de tacón alto, vaya donde vaya el improvisado placer que parece que si uno da rienda suelta la vida lo tiene todo calculado.

Pues si es así, y están ambas apoyaturas a mi alcance, prometo subir las escaleras con más seguridad, casi con la elegancia que puede darme la mano firme de una niña dueña de un cariño consistente que hace sentirme precisamente consistente. Quemo mis dedos, y las palmas viejas de mis manos como si aún me quedara por escribir en este bloque de hojas propias lo mejor de mi vida. Quemaré si es preciso para demostrar mi paciencia y mi incertidumbre mis dedos en el fósforo que puede tener una cintura querida; gastaré mi consistencia lo que haga falta con besos con forma inquieta, igual que mis palabras; iré contando más o menos cosas porque lo demás ya lo cuenta el cine de los ojos quietos en otros ojos.

Escribiré, ahora que pienso esas cartas tan íntimas y tan desvergonzadas con chasquidos de sexo que se abre, con sonidos que llegan desde dentro de alguien y que acaban siendo propios. Haré historia de mi pobre historia pero eso sí como un cuerpo profundo cruzado de pasado y lleno de las dentelladas que da la vida en las respuestas.

Más o menos, para que no se sepa de mí, qué es lo uno y qué es lo otro de lo que titulo como paciencia e incertidumbre. Escondidos los hilos de las cremalleras de los quirófanos donde estuve, enamorado del analgésico sorprendente de lo profundo que sepa darme alguien. Como un dibujo que acabo de ver o una imagen que siempre me cautiva y sorprende: ella se cubría con una camiseta sólo para tapar un instante el desnudo, el sujetador no existe, una zona abierta y desdibujada de los muslos para que el cuerpo recuerde su memoria de cuerpo pausado y exigente en su dominio.