martes, 18 de junio de 2013

NO ME EQUIVOCO CADA VEZ


 
Ahora ya siento, a la vuelta de un largo viaje a la inmensa ciudad de Berlín, como una especie de confirmación que mi propia resistencia es un punto y seguido, un largo renglón, una forma de sujetarme al último destino de mi vida.
No, no me equivoco cada vez por mucho que luego le tenga que devolver a la vejez, mi vejez; al cansancio  la necesidad del dolor que traje puesto desde allá, desde Berlín. Allí hubo días en que hice realidad la propia definición de Muñoz Molina: “La caminata es una forma de conocimiento y una manera de vivir, un ejercicio permanente de aproximación y lejanía.” Estos días han sido, mi forma de vivir, mi testimonio aunque cada uno descansa luego como puede ya que antes se ha buscado la ruina y el éxtasis como la ha podido entender.

Aunque parezca ya muy tarde no es suficiente tantas horas con un libro entre las mano esperando una especie de revelación que lo explique todo. Quedan aún casi todas las cosas por ver. Lo he notado muchas veces en que no me eran válidas las defensas para sentirme bien, el dolor tiene su dominio, su espacio libre y en ocasiones parece que se queda sin drenaje.

Da lo mismo, he estirado mi capacidad de resistencia pensando que era la misma que la de cualquier persona joven que caminaba junto a mí. Me esperaba, me sonreía, mientras yo irónicamente le decía ¿estás cansado? La quietud tiene en el fondo un trasfondo de derrota, y en cambio en el movimiento están las pasiones más asiduas, pasamos mejor las páginas de la vida, vamos construyendo la memoria para cuando necesitemos luego de ella.

He traído suficientes recuerdos en forma mezclada de satisfacción y agotamiento, he hecho posible todo aquello que aún me emociona, saber sobre lo que no sé, que me seduzca el paisaje aún sin ver, prolongar así mi propia edad con la necesidad de conocer. A la nada despreciable edad de seguir vivo conviene unirle las emociones que siempre tuve al pisar tierras nuevas, conocer gentes extrañas con extraño lenguaje. Estando allí eran del todo ciertas también mis ganas de volver, pero quise cada día prolongar lo que debía terminar,  le supe negar al cuerpo su reclamo ante la belleza de la desesperación.

Estos días, casi sin darme cuenta he utilizado la herramienta del conocimiento a base de la nueva cultura a la que le buscaba sitio. He juntado a la vez el libro abierto por la misma página más o menos como si fuera mi derrota, mi lujo y mi júbilo. Y al final de cada tarde, con ese indudable axioma que cada cual descansa como puede, me costaba encontrar el reposo, ni acostado me sentía quieto. En permanente doble fila, fuera de los hábitos, de los sitios de todos los días, de los rincones de casa entre los libros, de esa extraña constancia que tienen los hábitos de los días de venir uno tras otro. Siempre lo mismo.

Me he dejado, pues, lo mismo estos 8 días, me ha gustado mucho Berlín, lo que he podido saber de una ciudad dividida muchos años por un muro duro y vergonzoso. No he entendido muchas veces lo que me decían, otras en cambio, camareras argentinas me  explicaban, me decían cómo ir a donde quería ir.

Salir tanto de casa, tan fuerte y tan profundo para mis hábitos, mis maneras, mis dolorosas formas de ir hasta los sitios, ha tenido a la vez la brusquedad y la belleza de lo que uno a veces piensa que ya no lo puedes hacer. Sí que se puede, no me planteo si se debe, si puede suponer  una equivocación. Porque todavía no quiero tirar la toalla de la vida. Sé que hay una dura distancia que separa la realidad del deseo. Mi deseo era viajar de nuevo, largo y convencido que iba a llegar a los placeres que tienen los demás, que tuve tantas veces hace muchos años.

No hay excusa, ni vejez ni equivocación posible, hay una extraña complicidad entre lo que puedes y lo que quieres. Sigo pensando como Paniker que el mundo pertenece a quienes juegan fuerte. No dudo que lo he hecho porque resistencia y fortaleza deben entenderse.

Estos días me queda el sedimento que detecta mi edad, mis posibilidades. Pero me he quedado, como todas las veces con los ojos abiertos a la belleza de los sitios hermosos, la que no se calcula, se pisa una sola vez y te la  quedas para siempre.

martes, 21 de mayo de 2013

LA MEMORIA DE HACE UN RATO


 
A lo mejor esto es parecido al enorme cariño que le tenemos a alguien cuando la vida junto a esa persona se convierte en una costumbre caliente, el ruido habitual de sus pasos cerca de los nuestros, el encanto de una postura o el milagro de un roce. Los seres queridos forman nuestra memoria personal. Por qué me pregunto, si ahí existe una continuidad en la memoria, si recordamos igual un modo suyo de hace muchos años como el de ayer o el de hace un rato, no tenemos esa continuidad, se crea un agujero profundo cuando echamos mano de la memoria para referirnos, a contar cosas o hechos próximos: nombres que hemos utilizado tantas veces, sitios en los que coincidimos,  personas que acabamos de saludar por la calle sin saber quién era, relatos propios de nuestras vidas, libros que acabamos de leer o incluso que estamos leyendo.

Me duele, me duele enormemente tener tan deteriorada la memoria de hace un rato, carece de sentido, si hace sólo unas horas, si fue ayer mismo. Estoy dispuesto a admitir ir perdiendo mis defensas corporales, llegar tarde y mal a escalones cercanos no demasiado altos, perder velocidades que tuve en mi trabajo, durante mi ocio, al hacer deporte. Pero no es justo que los años me roben la memoria de lo que termino de hacer cuando tiene todavía una proximidad caliente, una cercanía reconocible por cualquiera. Me provoca una rabia madura, me vienen de pronto a mis ojos muchas de las lágrimas que he derramado desde entonces al ir dándome cuenta.

Paso junto parte de los libros que forman el entorno más valioso de mi casa, patentes en la imagen, rozo un lomo de cualquiera, apenas veo la sobrecubierta y sé qué libro es, dónde estuvo su belleza, el calor más íntimo de su lectura. Pero hay infinidad ya de ellos, en reino aparte, ya muchas decenas, que tienen la proximidad de su lectura o la llamada de su portada ante mis ojos hace un instante, su reclamo para hacer sitio en mi tiempo y una vez han pasado ya de largo mis ojos, he olvidado ese libro. No hay derecho, no tiene derecho la vida a deteriorárseme en la parte que más quiero.

Los demás han sido mi abrigo viejo y confortable, pero estos libros de ahora son mi reclamo, mi ilusión. Son el animal de mi intimidad y mi dignidad, la razón por la que han llegado a mis manos, mi recuerdo instantáneo, y olvidarlos es injusto e incomprensible. Si no he perdido todavía, ni creo que lo pierda jamás, ese deseo de incrementar mi cultura, de enriquecer el tiempo que queda con el lenguaje ajeno, es necesario que me quede en la memoria, que forme parte de la misma como si fuera esa antigua tan rica y poderosa todavía.

Lo aseguro, tengo en las manos manchas oscuras de vejez, pero son tan poderosas porque las han creado los libros que sujeté con ellas. A la vez son pulcras, no afectan a la memoria, simplemente quiero que se formen otras con aquellos otros libros que todavía me faltan por leer. Pero que sepa muy bien cuales son, que me acuerde para siempre de ellos, aunque no los haya leído, aunque estén pendientes todavía de la cirugía de mi ilusión, de la riqueza de mi lectura.

No sé lo qué hacer, quizá como un niño que se aprende los tiempos de los verbos, voy a tener que repetir una y otra vez cada título y el nombre del autor del libro que acabo de leer o del que estoy leyendo en este momento. Para poder repetirlo de nuevo todo de corrido, por favor, se lo pido a la vida, se lo niego a la vejez. No tiene derecho. Ya deterioró mis caderas de corredor de fondo demasiado pronto, he intentado siempre mantener algo ordenado los muebles de mi piso de arriba. Internet fue durante muchos años la ventana por la me asomaba a la vida ya que no podía salir a la calle, quieto en mi butaca de cuero donde era imprescindible leer.

M fuerza me ayudó a vencer muchas dificultades, ya no corro el viejo cauce del rio de mi ciudad, pero al menos camino por sus calles yo solo para poder ir a comprar un libro nuevo. Que alguien me diga dónde venden memorias de hoy, pero no de ningún escritor, sino la mía, la que he perdido con mis “pelos blanqueados por el tiempo” como un día nos contó Juan Cruz.

Tengo miedo a mi cuerpo porque es bastante malo, a esa fisura de la memoria por la que se me escapa lo reciente, lo que más me convoca, lo que más me llama y lo que más se me olvida. Creo que me entenderéis, he escrito mucho con el auxilio de las metáforas, pero para comprender la debilidad de mi memoria reciente no encuentro ninguna ni antigua ni muchos menos reciente.

lunes, 6 de mayo de 2013

QUÉ LLEVAMOS EN LOS BOLSILLOS


 
 
Llevo mi ánimo de lucha contra lo orgánico para sentir una forma de alivio al mezclar mis palabras con las de todos los demás. Por eso procuro llenarme los bolsillos de las mejores maneras amables posibles, como si fueran mis síes más rotundos en lugar de decir cada vez, lo siento. Es una especie de tacto que me queda en los dedos para poder compartirlo en forma de recuerdo, alejando cualquier tono que queja.

Ya abundan demasiado los lamentos porque cada uno tenemos un cargamento propio a medida acumulamos años que poco o nada interesa a los demás. Casi a diario nos brotan como unos dolores nuevos a añadir a los persistentes. Mejor que en una contabilidad de atrás para delante, creyendo en el futuro siempre aunque no sepamos nada de él, guardemos un elegante y beneficioso silencio. Es mejor el rechazo a voz en grito de males colectivos, callando con el silencio propio precisamente lo que encaja únicamente en nuestro esquema.
 
Esa es la especie de cultura que me salva siempre, que frena daños emocionales inmediatos e imprevistos, eso hace que el sentimiento de pesar se aminore. Porque sin embargo esa constante conversación que nos trae la gente a la que no se la pedimos, no sirve, más bien me produce un importante rechazo. Me vale, esa otra antigua como los  años, de valor y de enseñanza, positiva, que habla de las cosas buenas que llegan solas y aunque no duren sí que sirven como una riqueza para compartirla.

Me viene a la memoria, que habla de esas cosas que ocurren sin saberlo antes, el pensamiento de Borges diciendo que esas cosas comunes durarán más que nosotros, “no sabrán nunca que nos hemos ido.” Y me engancha esta idea poderosamente: la de qué sabrán de mí cuando me haya ido precisamente. Si me habrán valido para dejar recuerdo las mejores maneras en los más apreciados sitios. Qué habré dejado importante, es curioso pensarlo y quedarse con un breve espacio, en la mano con la amabilidad que hablaba antes.

Mi nivel de actividad, fuera el que fuera, siempre fue inmediato. Traje lo que se me pedía en la convivencia que iba generando sus mejores cauces. Busqué la forma de equiparar esa inmediatez con una calidad postrera más que equivalente, poderosa, importante.
 
Dejaré como préstamo permanente lo mejor que tienen quienes me siguen. Será importante resto, aunque parezca insignificante, dónde dejé mi olor, mis inconfundibles pasos, ya de tiempo, la forma de tocar las cosas, las que se me cayeron tantas veces, esa aparente torpeza que no era nada más que no aparentar un excesiva apariencia de posesión. Dejaré mi voz perdiendo tono y equilibrio, el tacto suave de mi carácter (para qué tenerlo malo, si puedes ofrecerlo mejor). La defensa de cosas y principios que quise defender siempre. Los libros que he leído y la pena que me dio los que dejé por leer.

Frente a todo lo orgánico, pues, poco presentable, la búsqueda de una civilización cómoda y de cariño. Mi costumbre de desear buenos días a cualquiera, mi insistencia en mirarle a los ojos, la poca resistencia a pedir una disculpa que me sirva de vestido general a la hora de cubrir los errores que todos vamos dejando.
 
Ya le tengo miedo a las horas, a toda clase de contabilidades, a poner tiempo para llegar a algo y no estar muy seguro de poder hacerlo porque todo me parece a plazo largo. Lo único que quiero es no cansarme de nada importante de lo que estoy haciendo, aquello que le haya otorgado la categoría de pasión ineludible.

Indudablemente lo es esa especie de diálogo con quien me cuenta su resistencia a soportar el silencio que impone tantas veces la vida, escribiendo, para que pueda yo luego leerlo. Esa es mi lucha, mi mejor tacto, mi enloquecimiento. Es también como un tesoro que llevo igualmente en los bolsillos.

 

 

 

martes, 9 de abril de 2013

ME TRAJE DE LA PLAYA EL ETERNO RESPETO


 
 
Han sido unos días en que tuve el mar más cerca, fui a él y me quedé en su proximidad porque hace ya tiempo que no convivo con sus aguas. A la playa acudo compartiendo otras vidas que también son propias, recuerdos de años que suponían un descanso enorme, una ruptura necesaria. Ahora en cambio, nada más alejarme de la rutina de mi amplio espacio, echo de menos éste porque dicen que la sensación de esa amplitud, induce a no salirte casi fuera ya.

En mi casa de siempre tengo los hábitos quietos y hermosos. Las localizaciones repetidas y amables, cómodas, quizás demasiado cómodas. Pero lo habitual trae a la vez el material oscuro de los años, como aportando datos en una especie de testamento actualizado o segunda memoria más cercana aunque poco fiable.

En la playa, menos cómodo, raspan los recuerdos, te acuerdas de señales hermosas, como por ejemplo, el eterno respeto que te siguen teniendo personas no obligadas, sin vínculo familiar alguno, y sin embargo la longitud que tienen los años marcados por periodos concretos –un verano, unas pascuas, aquellos inminentes fines de semana que reclamaban descanso- en esas breves temporadas, a estas alturas, existe la necesidad de repetirlas, echas la cuenta por si falta alguien y lo más importante, reparas que tú lo puedes contar.

Y en ese recorrido hacia personas que quisiste siempre y que ves ahora más deterioradas, más cerca de un final que vendrá para todos, al saber de nuevo de ellas, cerca, con el contacto hermoso de un roce, un hola, un adiós, un beso, junto con dolor y una inevitable pena propia, valoras al máximo ese respeto que te tuvieron siempre.

Pero es que supe ganármelo, y en los peores momentos de ellos, te lo devuelven. No hay ya tiempo para los aplazamientos, recoges de inmediato lo mejor del otro. Se me queda como un hermoso pensamiento la herramienta poderosa del afecto y la devolución en forma de respeto.

Eso es quizá lo mejor que he notado estos días desde la playa al regresar a mi sitio de vuelta, al sentido cómodo de la comodidad. Ha sido el mejor y más doloroso placer como una caliente sensación para frenar el dolor de notar a quienes me quisieron tan destruidos. De la playa, estos días es lo mejor que he podido vivir, junto a mis propias rutinas que allí, como en todas partes lleva ya uno a estas alturas, siempre puestas.

En el momento de irme, acudí a buscar ese  respeto de quien siempre me lo tuvo. Con un Don delante, innecesario, que jamás dejó de darme. No te notas más importante, es curioso, sino más humano al pensar que te lo mereces ni por razón social, ni cultural, ni económica. Te lo mereces y te lo saben dar paradójicamente como una exigencia, para que sepas serlo con humanidad, con dulzura, con cariño.

Le dije adiós deprisa para que no me notara un duro y especial sentimiento que tenía dentro, un dolor por verle sufrir. Me hubiera gustado saberle explicar que hay que inventarse algo en situaciones desesperadas. No supe hacerlo, tan sólo darle un beso y llevarme como siempre su respeto. Gracias, Pepe.

A José Muñoz, Conserje Permanente en Cruz del Sur.

 

miércoles, 6 de marzo de 2013

ENTRE LA GENEROSIDAD Y EL APRENDIZAJE


Apoyado en el milagro de un verso corto que siempre puedes encontrar en las palabras. Así llegué la otra tarde a un lugar que no sabía, me llevaban a medias, cansado y desorientado pero con la única guía que siempre utilizo, la palabra ajena para que termine siendo propia porque me quedo fuera, averiguando qué dijeron y por qué lo dijeron.

Llevaba entre mis manos unas hojas que había ido llenando para hablar nada menos que de un libro repartido de sexo. Es un libro distinto, tiene dentro la cocina que te vas a comer, el vino que sabrás beber y en las líneas descaradas pero tiernas de cada uno de los cuentos un sexo no obligado nunca como un deber, sino como un suceso. Y estaba claro, en todos ellos la ética amorosa femenina vencía a la masculina, mucho más básica.

Qué falta de vergüenza la mía, iba a hablar de unos cuentos donde no había habido ningún pudor al escribirlos porque no tenían cuerpo, llevaban cada uno el propio descaro como una emboscada nocturna de sexo sin resistencia alguna. Y mi osadía estaba leyéndolos primero y hablando de ellos luego al imaginarlos cada vez como se desliza el vestido de una mujer que quiere desvestirla un hombre con la debida parsimonia. Saltándose los turnos, como debe ser porque luego será ella la que emprenda la ruta de él.

Por ahí, por ahí debieron haber andado las cosas pero el lugar no lo permitieron. Lo que no podía era negarme a decir algo de un libro del que su mejor mérito era la idea, el planeamiento, el desarrollo, el ayuntamiento, una mezcla bien urdida que yo me había aprendido antes. Hice una pausa interior, me arriesgué luego con un fondo divertido de aquel sitio de ocio y esparcimiento –unas muchachas jugaban su partida de billar entre las risas de su simulación de un juego habitualmente masculino-, mientras en el exterior, una cabalgata animaba la calle, improvisaba la fiesta como un telón de la que teníamos dentro.

Sobre la mesa donde estaban los ejemplares del libro acudió pronto un generoso picoteo de vicio, salmón, paletilla de bellota, la exigencia de esos platos pequeños pero que nunca ponemos resistencia para coger algo del contenido de ellos, casi si nos descuidamos podemos encontrarlos enseguida un poco desprovistos, sin embargo había la suficiente generosidad para que al final cenáramos. Antes y mientras lo hacíamos, no tuve más remedio ante un grupo de amigos, que olvidarme casi del contenido del libro, de lo que de él había escrito, cuento a cuento, dejando algunos en blanco para el poder de la imaginación porque si en unos eran posibles “ejercicios táctiles por debajo del mantel y visuales por encima”, en otros en cambio hay como una  explosión de chocolate con el erotismo más intenso.

No callé, al menos, las palabras que tenía preparadas sobre la autora, las dejé tiernas, despacio sobre la mesa mientras ella las recogía sonriente al referirme a las propias de sus narraciones. Hablé del tacto que tiene el libro en la búsqueda del sexo siempre, que todavía amar hace milagros, desde dentro, desde fuera como si existir no fuera otra cosa que poder amar luego.

Fue una noche especial, merodeando en aquel lugar extraño y ajeno a los cuadros expuestos por su autora y a su libro. Mientras, aporté la generosidad que siempre tengo de dejar entre los demás las palabras que he leído, recogí el aprendizaje que en cualquier sitio existe cuando está todo dispuesto para hablar de un libro. Ese es mi presente permanente, me gusta hablar de éllos, convivir todos los ratos que tengo. Es el hoy que me lleva a veces hasta a situaciones y sitios inauditos, no me interesa el pasado. Proust dijo que “no sólo es fugaz, es que no se mueve de sitio.”

Yo sigo moviéndome hasta donde pueda y por donde pueda, algo iré derramando y algo aprendiendo. Mientras, mis intervalos, consisten en seguir leyendo hasta que me duelan los ojos, desarmados, y en verso de Vicente Gallego “en el reverso frío de los párpados secos.” Porque soy capaz de creer que ha sucedido lo que dicen las palabras de los otros. Aunque sea un verso corto.

miércoles, 6 de febrero de 2013

MI CAPACIDAD DE ASOMBRO


 
Me extraño yo mismo, pero todavía me queda un asombro sin orillas en la vida, lo conservo y me alimenta como una categoría de lo cotidiano. Paso tras paso desde que voy comenzando cada nuevo día, eso es ya un valor incontenible porque me sigue gustando mucho al comenzar, que las mañanas tengan la cotidianeidad que supone ninguna revolución, pues no la hay tan profunda como la de las cosas cotidianas y nada es tan sensato como repetir, cada día, algunos pequeños gestos.

Pues me asombro y me entusiasman esos gestos. Aún conservo y no quiero perderlo jamás, la infinita capacidad que debe tener el ser humano en el camino hacia el aprendizaje. Ayer mismo, bien temprano, llené un largo tiempo en un aula informática, yo que llevó bastantes años ya delante de un ordenador, atraído porque la magia de un teclado que me ha llevado a la posibilidad de poder decir lo que pienso a los demás. Nunca he considerado, ni mucho menos cuantificado hasta donde llegan esos “demás”, los pocos o los muchos que sean, son suficientes para mí.

Pero como os decía, al comprobar que mis conocimientos informáticos no eran suficientes para componer desde el área del símbolo de la manzana de Apple para con las posibilidades de un iPhoto, singular y único, aprendí a ser capaz de componer mis propios álbumes digitales, organizarlos y seleccionarlos antes que desde la nube, en streaming, permitiera desplazarlas de un dispositivo a otro sin cable alguno.

En el aula de esta mañana, one to one, cada uno, desplegábamos sobre la mesa con ordenadores propios o ajenos eso tan hermoso que aún me queda en la vida. Nunca me haré viejo, os lo aseguro, mientras me quede una capacidad de aprendizaje porque se aprende mientras se vive y además cuanto más aprendes menos temes.

Es curioso que terminé el día también en otra aula de aprendizaje: allí juntos, alumnos de tan variada edad, que merecíamos la categoría de alumnos para toda la vida. En una clínica Psicoanalítica, una escritora, Pepa Úbeda contaba a los presentes cómo y por qué había escrito “Una mentira de fábula con guisos y vinos eróticos para enamorar.” Curioso libro donde parlamentan y combinan los personajes de sus relatos cocina y erotismo, en el mejor sitio, como ella dice “con ejercicios táctiles por debajo del mantel y visuales por encima.” Cómo es posible desde una “ostra revestida de tocino ibérico”, llegar a “una explosión de chocolate caliente sobre fresas en su jugo.” Terminamos la sesión con la cata de un vino del país.

Me asombro de todo ello y quiero participar en tantas cosas que por eso me lamento muchas veces que me quedo corto, que no llego. Lucho contra el tiempo, contra los años, contra las limitaciones que cercenan a veces mi cuerpo porque la experiencia quiero que sólo me sirva para aprender más cosas. Quedarme entre las de cada día, asombrado, aprendiendo como quien sale de una frase pero se queda aún en la vida.

Entre el ruido de los besos y la risas propias y ajenas porque todavía el futuro me despierta emociones, me cautiva y me asombra. Quiero empezar cada mañana con la única llave válida para acceder a la sabiduría que es el propio deseo de saber. No me sirve únicamente la escena diaria, doméstica, del reparto de recuerdos. Quiero la pupila dilatada de aprender algo en cualquier sitio. Tengo como mi propio icloud por donde poder desplazarme para andar recogiendo desde el bisel literario de la palabra, de voz en voz, de gesto en gesto, de novedad en novedad.

Por eso conservo intacta mi capacidad de asombro. Busco un poema apropiado para cualquier situación. Me  sentí cómodo en los dos actos donde estuve ayer, bien distintos, ambos aleccionadores para recoger el placer que allí había. Si uno lo deja pasar, lo pierde para siempre. Penetro cada día en mis búsquedas y a la vez me absorben como si fuera un engranaje perfecto entre el placer de un hombre y una mujer.

Cautivo y asombrado a la vez por mi presente. El pasado, ya dijo Proust que no solo no es fugaz, sino que ni se mueve de sitio. Lo dejo a mis espaldas y sigo averiguando lo que puedo aprender hoy, sin prisa, casi diría que con la perfecta armonía que tiene una mujer para quitarse el vestido con la debida parsimonia.

 

 

miércoles, 9 de enero de 2013

LO QUE SOBREVIVE


 
 
Quizá pequeñas cosas sin importancia del momento pero que llegan para quedarse. No son las mejores, ni aquellas a las que les dimos sitio preferente, pero acaban fraguando casi en droga dura y acabas dependiendo de ellas, se crea una inevitable esclavitud. ¿Cómo es posible, te preguntas, que aquello tan aparentemente superfluo acabe mandando sobre mí? Pues así es, así lo vengo viviendo y sufriendo insistentemente. No, no siempre sobrevive lo más importante, en lo que pusimos más esfuerzo, a lo que le dimos más valor. Sobreviven momentos de desafuero, de queja de nuestro organismo porque al fin y al cabo llega un momento en la vida de todos que acaba mandando el cuerpo.

¿Dónde están, te preguntas, las ilusiones que fui creando con mi esfuerzo para que eso fuera resto, poso? Quizá es que las he ido consumiendo y me he ido quedando como digo con gestos de escaso valor pero que mandan, persisten en mi persona, en mi vida. Como el maquillaje de una mujer de cada día yo casi noto marcado en mi piel como una especie de tatuaje, a la vista de los íntimos, pero que tengo que cuidar para que no se desfigure.

A la hora de escribir sobre ello para darle a mis palabras al comienzo de un año más por delante el mejor tono posible, me quedaré con hechos propios cuyo valor no sé si alguien sabrá reconocerlos un día pero para mí tuvieron una importancia superior por supuesto a esas otras pequeñas cosas que hablaba antes, de su supervivencia,

Intentaré que sobreviva a la vez las muchas veces que he actuado bien, mi capacidad de adaptarme a situaciones difíciles, con lo que no se nace, se hace, se aprende. Si eres capaz de vencer adversidades, está claro que tiene poco de herencia y casi todo de triunfo personal. Buscar alguna forma de alegría hay que hacerlo con tiempo porque tarda en llegar, es plácida y lenta.

Tendré también el egoísmo que supone el que me guste mi forma de ser. A lo largo de la misma manera para que fuera sobreviviendo también, como de cosa pequeña a cosa grande, he sentido afín a Aristóteles que “amar es el querer el bien para alguien”, el último criterio, el mejor, detenerse, pararse, fijarse en los demás. Amé y amo profundamente a la vida, se lo dije más de una vez a ella misma como un pacto seguro, duradero para que también sobreviviera.

Al satisfacerme mi forma de existencia, es lógico que lo haya sido todo aquello con lo que me rodeé. He sido y sigo siendo cómplice permanente de la lectura, cada día, como un empuje celular, un hilo frágil de música antigua, un aprendizaje prolongado y cauteloso. Los libros me proporcionan el ardor que en tantas ocasiones falta, son piel envejecida ya, mi aroma a tabaco, mi forma de sentarme.

No quiero pues quedarme en cómo estáis leyendo, (porque esté convencido yo) que sobrevivan cosas sin importancia, que me vaya a quedar atrás con la palabras que fueron más fundamentales, con los hechos vitales que las cimentaron siempre. No es que sean mi monumento de auto justificación que tantas veces he necesitado, ni para subir mi autoestima, ni para absolverme en suma.

Lo que me ocurre escribiendo esta mañana, pensando en lo que puse y lo que queda es que no me sirve la alegría fingida de estos días. Sería preferible una amable rutina para obtener lo mejor en serenidad, en benevolencia. Todos podemos ser bellos y queridos en cualquier momento de la vida, no pongamos fechas, no deseemos felicidad necesariamente cuando traspasa el calendario un día y entonces a uno le entren estas ganas de sacar cuentas cuando siempre he sido de letras.

Demos un beso en cualquier otro momento para ver si se adhiere del todo la ternura, un beso a sabor definitivo pero que forme parte de una biografía todavía llena de ilusiones. Casi un beso en el cielo de la boca con una confianza infinita en lo que sobreviva de mi biografía.

Voy a intentar seguir haciendo lo mismo, como si estuviera leyendo en la calma de una biblioteca pública. Lo mismo, quede lo que quede, con mi carácter, más que pensando en la inteligencia a lo mejor por falta de ella. Haciendo lo mismo, digo, o porque me interesa o porque no tengo más remedio: mi propio maquillaje que sea el correcto, para ello no necesito colorete. Las ranuras que aún me quedan ya se cerrarán, como debe de ser, de dentro a fuera.

Para que fuera, a la vista se quede en esta larga caminata, sobreviviendo, como un cariño exclusivo, suave, milenario para todo aquel que me lea.

 

 

 

 

viernes, 14 de diciembre de 2012

MI LUJO Y MI INDECENCIA



 
Necesito sellar como una especie de pacto donde cuente a la vez mi lujo y mi indecencia hasta poder convencer a quién me lea y dejarme convencer a mí mismo con una especie de encanto en que me quede a medias bañado a la vez de ternura y de temores. Todo no vale lo mismo, ni lo que tienes, ni lo siguiente que puedes ofrecer. Dejando ya casi de tomar café para entender de verdad las posibilidades que me quedan. Aunque del todo me resulta imposible.
Pacto, pues, a medias. De una parte el aroma inconfundible del lenguaje gastado, tan usado que sabe un poco demasiado a metáfora y herramienta, a la palabra cuando ha sido dicha reiteradamente, a tiempo malgastado o quizá lo contrario, al goce incontenible de la oportunidad aprovechada. Suena a intervalo, a una manera para convocar de nuevo la imaginación que anda suelta por los libros, empachado de ellos en una especie de borrachera, de gozosa poesía que puede encontrar para su entrepierna, por ejemplo, cualquier mujer.

Yo mientras, es como si convocara la fuerza que no tengo con el placer y la resistencia: un lujo, una pretensión muy indecente. A base de acercarme completamente a las palabras para encontrar antes las que dijeron los demás, que de esas sé un "puñao". Acorralarlas con mis entendederas, en la cima más íntima de mis sentimientos como una especie de valentía que quizá no tuve a tiempo con la vida. Pero aún conservo mis encantos en la punta de la lengua y con ellos sellaré cualquier pacto.
Habrá que empezar por orden y definir dónde tuve mi lujo y cómo lo mantengo. Me van quedando pocas oportunidades, de ahí que siempre vaya buscándolas por los mismos sitios. Hay una especie de compañía por la vida, sorpresiva e indecente. Te la puede dar cualquiera, todo depende del encanto y la insistencia que pongas en buscarla. Hay que arrojarle buenas dosis de naturalidad, como si no lo hubieras hecho nunca ni tampoco atrevido a buscar el cariño insistente, de nuevo. Es un lujo, seguro, que te viene sin poner ni siquiera antes en entrenamiento un conjunto de habilidades, el intervalo, la seguridad que es preciso demostrar por lo que llevas callado tanto tiempo. Siempre tuve avidez de ello y cierta habilidad que en boca de Pepa Úbeda en sus cuentos para guisos y vinos eróticos, afirma que “bien conducida, precipita. Incluso vestidos”.

No es necesario, me he conformado muchas veces con una fantasía que no era fácil inventársela, ni tan siquiera a medias con alguien. Me hace aguas la voluntad, me falta intensidad y siento vergüenza, pero no deja de atraerme porque se trata de un lujo a medias con la indecencia. Es verdad, creer que amar hace milagros de convivencia y dejarlo entrever con cuatro palabras ajenas, es algo digno de tener en cuenta.

Por lo tanto, el aviso está dado. Cuando tenga un lamento le buscaré la elegancia de no poder evitar el contarlo; si es la filigrana desvestida, seguiré lentamente el escueto y lento proceso de la desnudez. Cuando venga el sosiego luego, cancha abierta aunque contándolo me llene de lugares comunes como si tuviera delante a adversarios.

Pero pienso derrotarlos. Existen todavía caminos indescriptibles que han sido siempre propios y lo siguen siendo. Trazaré entre ellos mis mejores silencios y las maneras más ricas de expresiones que sepa, que me vengan a la boca, sueltas. Escribiré metido de lleno con la debida ceremonia que siempre tengo, atrevida, con la máxima audacia que tiene la caricia de una mano abierta. Eso es lujo, eso es indecencia, eso es insistencia, la propia como la de una falda breve que haga de incitación y de metáfora.

No hace falta que se moleste nadie en contestarme, es necesario tener mucha riqueza en medio de la soledad que siente uno a veces. Como si fuera otra manera de vivir que nunca he explicado suficientemente. No tiene parte de atrás, la llevamos delante quienes la hemos sentido muchas veces aunque estés con quien te la reste. Suele ser a medias, bastante similar. Hay que saber hacerlo y tener suerte, más de la que parece para llegar a acuerdos con tu propia vida y que no se noten.

Todo esto, todo este lujo y toda esta indecencia en la hora de los últimos cuartetos, de la imposible simplificación de Paniker, cuando andamos buscando siempre signos que nos unan a algo o a alguien. ¿Por  qué siento como siento?, Debe ser porque soy lujoso e indecente.

 

miércoles, 28 de noviembre de 2012

NO ES AMOR LO QUE SE PIDE


Sino las pequeñas cosas. Sin descanso. Sin programar que nada especial ocurra, tan sólo la emoción detrás de un punto y coma, receptivo a todo y a todos, paciente, interesado, emocionado. Y además constituye la mejor manera de cultivar los hábitos, de enamorarme de ellos como si alguien fuera capaz de asegurar que cualquier acto de amar constituye una confesión según dijo Camus. Con color a libro viejo, pero también en esas largas tardes de sosiego, un simple carraspeo, una puerta que se cierra sin hacer ruido, la proximidad de alguien que estás deseando, bastándote su compañía. A veces viene a ser como un libro cerca sin acabar de leer, el clic de la cerradura de esa otra puerta que produce quien vuelve al final de cada tarde a casa.
Sin preludios, pero cada gesto excedido si es posible de ternura. Puede parecer un cuento de Páginas de Espuma que acabo de leer, o cualquier razonamiento, de senos recién ascendidos, de palabras que tenía cada vez más escondidas. Siempre constituyen mi ropaje más brillante, los pensamientos siguientes como un vestido ceñido de mujer en “zonas estratégicas”. Esa es ahora ya la única manera que tengo de equivocarme menos, de pedir menos, de ir ignorando adrede casi todos los compromisos que no sean literarios.

Ya vivo ponderando cada vez más la importancia de los modales, las maneras naturales de dar las gracias a alguien que no conoces con tu cara amable aunque te noten viejo; de desearle buenos días a la gente a medida que te la vas encontrando, casi en ocasiones te da pena que ya sea por la tarde y no sepas realmente si ha pasado bien el día; o ese roce insignificante en una tienda a quien simplemente le estás preguntando cuánto vale aquello que tenemos en la mano. Modales de cortesía que son casi insinuaciones, algo de coquetería. Una especie de intimidad espontánea, atrevida, como si estuvieras notando una cintura de mujer entre tus manos y con eso tuvieras bastante.

Es mi acceso privilegiado a donde no suele llegar la gente o porque no sabe o porque no se atreve. Es eso, las pequeñas cosas que recibo y que puedo devolverlas; notar la delicadeza de toda existencia humana, la belleza insoportable de la vida sin leerla pero de la mejor manera para vivirla. De esa vida en sí misma y de todos los que transitan por ella. Los noto, me miran y me preguntan cómo formar de esta manera la próxima metáfora para escribirla luego.
Entre las cosas que me quedan está pues una amabilidad receptiva y paciente que desarrolla hábitos, interés, esfuerzo, la fluida belleza de cada gesto para compensar así la soledad que siempre tiene nuestro cuerpo. Ahí nunca valen remedios ajenos, ni una espalda unida a un pecho, ni el ruido ajeno. Cuenta esa eficacia propia que cuando la ponemos en marcha nuestra propia capacidad se alegra.

Me queda también actuar bien porque eso descubre los valores que no pasan, que tienes. Te acomoda a la vida y tú te ajustas mejor a ella. Me queda en el aire final de la vida pensar que al menos es el del medio, y así me sobrará tiempo plácido y lento para gozar como un lujo la derrota y el júbilo. Me queda intentar seguir queriéndome lo mismo que quiero a tanta gente.

Pero admitirme los descansos porque cada uno descansa como puede y busca el éxtasis de las palabras que más quiere donde puede y cuando puede. Me voy quedando como he dicho con las pequeñas cosas que me parece. Pongo cada vez el mantel de mis deseos sobre los que la vida me está siendo servida como quiero. Hasta me dejaría arrastrar en el fango de las palabras, todas te llevan a lo bueno, cada uno las empleamos de una manera luego, hasta en el fondo de la tristeza hay siempre una palabra que no te dijeron y que aún estás esperando escuchar.

A lo mejor sí que es amor todas las pequeñas cosas que tanto quiero. Y entre ellas esa tan hermosa y solitaria a la que dedico muchas horas de mi vida: cerrar un libro para abrir otro a continuación.

lunes, 5 de noviembre de 2012

AVANZO CON LO MISMO DE SIEMPRE


 
 
Que ya es mérito, una garantía de supervivencia, mejor o peor, pero una especie de guardia permanente. El limpio silencio de la ropa que se va haciendo vieja con su sombra en el suelo y el hábito de ponerse cada día la misma para no tener que pensar demasiado. La estrechez que tienen las palabras cuando las has usado demasiadas veces, el apoyo de quienes te escuchan más poderoso eco que la simple lectura.
Avanzo, y ando dándome cuenta que es mucha historia con escasos puntales para sostenerla y el empeño de enriquecerla. Es sencillo el recorrido, ese café imprescindible que voy mezclando a días entre una cápsula hermética y limpia y el aroma y el ruido que avisa que ya lo tienes, del de siempre. No es que uno sea mejor café que el otro, son diferentes y como todo lo diverso, necesarios

Los mecanismos de estudio que me quedan son, por ejemplo, la selección de la Cámara Alfa o el Mini Bridge de Photoshop;  mi primera Web de acérate a los libros de Dreeamweaver; o las novedades de Mountain Lion de Mac; y saber en esa doble maravilla encadenada de “Finales y Temas de Ajedrez” del argentino Copié dónde está el impulso ganador de ese Alfil en e5 cuando ya ni me acuerdo que en el mate Legal hay que sacrificar la Dama. Esos mis estudios son como una especie de compañía a la desnudez del libro abierto en las manos o sobre las rodillas, casi a veces en el ángulo quieto desde donde leo. He aprendido tan poco y me queda escaso tiempo para descubrir saberes que no sabía detrás del verbo transparente que tiene cualquier tipo de enseñanza. Viene a ser como un intento de acercarse a una compañía diaria y permanente. Aprender algo tiene caracteres de cariño, límites de entendimiento y cultivos del esfuerzo. Es mi rotunda negación a quedarme quieto ya que mis piernas me lo vienen pidiendo insistentemente.

En la elección diaria, en la manera de distribuir el tiempo, en el coraje que aún me queda cuando algo aprendo, en la envidia de poder saberlo hay detrás siempre una planificación previa. Por eso es bonito cada noche, estar dispuesto a regalarle al día que te venga nuevo, eso, un aprendizaje nuevo. Casi a punto de acostarme pongo en orden mi trabajo voluntario y costoso que luego –estoy antes siempre seguro de ello- se quedará incompleto. Da lo mismo, es hermoso pensar que mañana  voy a llegar más lejos antes de un final sin sentido.
Me apoyo sólo en eso, las sujeciones de mi vida las aportan mis esfuerzos casi como una manera de engañarme desde lejos y una compañía permanente, tantas veces enriqueciendo nuestros silencios. Estar con alguien casi totalmente quieto –lo he probado- sin tocarlo, apenas notando el aroma que tenemos todas las personas pero sabiendo que detrás hay un mundo de certezas, de maneras de entenderse, casi como si fuera nuestra silueta.

No hay otra, lo mismo de siempre cada día, cada una de las veces como si fuera el final de una correspondencia o de un silencio. Alrededor también las mismas cosas que me bastan o que me sobran muchas veces, las que durarán más que nosotros. Qué bien que permanezcan los libros donde están o en cualquier sitio; que los lean otros o que sean solamente una convivencia enriquecida creando  nuevos cauces de cultura y compañía.
Lo mismo de siempre porque me importa convivir y aprender con quien lo vengo haciendo y como lo vengo haciendo. Nada especial porque lo importante nunca se cuenta. De esa forma la vida que aún tienes es como una especie de madera envejecida por las conversaciones y los años. No, no se madura, se envejece y no he encontrado otra fórmula para negarle poderío y realidad al cuerpo que saber al final del día, una cosa más de la que sabía. Estoy en ese tiempo en que se analiza el tiempo, el revés de la vida.

Pero me sirve para poder cada día entretenerme, a mi manera, para oponerme a  la prisa con ternura; a que el sudor no me moleste porque puede tener forma de recuerdo; a poder demostrarme algo a mí mismo todavía ya que no tengo que demostrar nada los demás. Es mi propio desafío de la riqueza de las cosas de siempre que traen de nuevo sorpresa y creación.

En la hora de los últimos cuartetos, siempre quiero que no se me termine el libro que estoy leyendo, que permanezcan vivos  mis mejores signos aunque a veces supongan una simplificación. Detrás está lo mejor, lo que me queda como les pasa a los poetas que tienen el poder necesario del silencio en una intimidad adulta, la que tengo todavía como si estuviera ahora escribiendo en la mesa de algún bar con poca iluminación.

Pero de lejos el ruido de los besos  que le doy cada día a la vida.

 

miércoles, 17 de octubre de 2012

LO QUE CUENTA DE VERDAD


En la vida de uno hay algunas fechas que te hacen detenerte y sin necesidad de hacer cuentas especialmente detalladas aceptas sin ningún género de dudas dónde está lo más verdadero y de más valor que has hecho hasta ese momento. Normalmente lo sueles rodear de alguna fiesta especial, las cámaras de fotografía se disparan sin que tú te des cuenta, pero eso luego resulta ser lo de menos, el suceso se termina, la inmortalidad de las imágenes que dieron testimonio, son sólo eso, imágenes, pero por dentro, dirigiendo la mirada y algunas palabras que se te escapan del fondo del alma a la persona con quién has venido viviendo una vida entera, -la cifra redonda de cincuenta años- te sientes infinitamente mejor de lo que pensabas que eras. Echas cuentas internas y sabes verdaderamente lo que cuenta.


No te engaña nadie, tú no eres capaz de hacerlo ni quieres, la vida no te miente, la vida lo confirma: he sabido elegir casi siempre, dando los pasos esenciales,  lo que estaba bien. No hace falta que te lo diga nadie, tú mismo, porque somos tan capaces de hacer tanto el bien como el mal, y la mayoría de las veces hemos elegido el bien. Te acuerdas de muchas cosas porque ya es mucho tiempo junto con alguien, nada desaparece, todo queda y a la hora de decirlo, no me tembló la voz, ni dejó de ser verdadera. Mi mayor deseo, mi más poderosa ilusión, es muy simple: estar con esa misma mujer con la que he construido una vida entera. Y cuando la tengo en algún momento lejos, cuando desde fuera, oigo el tic de la puerta al regresar a casa, me siento infinitamente mejor.

Me valen de verdad los libros que he leído, la mirada quieta que le he mantenido tantas veces, la casa grande y vieja donde crecieron nuestros hijos, la manera que tuvimos de educarlos y formarlos, así en este momento son humana y profesionalmente personas de alto nivel. Me vale la amargura, contra natura, de haber perdido a una hija con sólo 38 años, con una licenciatura en la Universidad completa y brillante, pero por la que tan sólo pudimos hacer una cosa: vivir con ella. No sé si se marchó antes de tiempo o en su momento, vivimos muchas amarguras juntos cuando la salud falla por el peor sitio que puede fallar. Me tocó especialmente a mí la tragedia de decirle a quién la trajo al mundo, ya no está, ya se ha marchado.

Lo dije, la otra noche, porque no era momento de callarme nada, sino de ser más hombre que lo he sido nunca, de estar honestamente con ese grupo de gente que se titula siempre como familiares y amigos. Supe, creo, saber dar las gracias a quienes más me han ayudado cuando en muchos momentos he sufrido quebrantos, quizás antes de tiempo.

No me he arrepiento de nada de lo que tantas veces he escrito, al final siempre tengo las respuestas de las personas sinceras que de verdad me han querido. Y no hace falta, por supuesto que sean públicas. Me llegó el dolor quizá demasiado pronto y también la necesidad de saber luchar, no me bastaba estar, sino contar con esa especie de resistencia que explicaba hace poco en qué consistía.

No sé lo que habré significado para los demás, pero tengo conciencia de no haberlo hecho del todo mal: he querido a quienes me han querido; no he dado en razón y medida por lo que iba a recibir a cambio, sino por la hermosa satisfacción que supone dar. Soy hombre de lectura lenta y a pesar de eso siempre ha sido abundante. Me entiendo bastante bien con el dolor, es una tremenda limitación, no me ha dejado seguir haciendo lo que era mi vida y mi profesión. Pero al dolor hay que saber aguantarlo y no reñir con él porque lleva razón, porque es más poderoso, tiene su importancia y su rigor, no debemos negárselo.

Todo junto, todo junto lo que he hecho, lo que he vivido entre las paredes de una casa y el amplio espacio de ella, tapizada de libros, me ha valido la pena, nos ha valido la pena a una mujer y a mí durante más de cincuenta años ya. Por eso para invitar a quienes esa noche queríamos tener cerca, mandamos tres imágenes, advirtiendo que entre ellas habían transcurrido esos cincuenta años. Desde un viejo negativo, abrazados como se abraza siempre al principio, luego había una señal de un enlace al que dimos el prestigio de ser para toda una vida. Y al final una imagen sin saber apenas que alguien estaba fotografiándonos, cruzando las miradas, uniendo así las vidas que hemos enlazado.

No podía callarlo, porque también es importante lo que piensan los demás: …uno mismo no es nada, uno mismo es algo que no merece la pena. Son los otros los que nos dan la medida de lo que somos"… (Soledad Puértolas)

miércoles, 12 de septiembre de 2012

¿EN QUÉ CONSISTE LA FORTALEZA?





Se lo leí hace poco a Jaime Cabré, uno de los mejores novelistas actuales: "Las cosas han sido como han sido y, si algo he aprendido en la vida, es que los hechos no pueden cambiarse por deseos: hay que tomarlos como vienen. En eso consiste la fortaleza." Los hechos nos van viniendo, y detrás de una línea roja que marca una determinada edad para cada uno, suelen ser duros, difíciles de asimilar, de admitirlos como son y encontrar la forma de resistir. Nuestras capacidades propias las hemos de ir fabricando para entonces, echar luego mano de ellas, eso nos hará fuertes, disminuyen las heridas que los malos momentos nos pueden causar.

Es la única manera de no quedarse con lo que nos trae la vida y no nos gusta, es nuestro prestigio, nuestra valía, Van pasando los años y dentro de nuestra persona se acumulan demasiadas cosas que hacen daño al final. Uno se va defendiendo con cualquier gesto de cariño que verlo compartido con alguien, produce hasta celos por no haberlo practicado antes.

Yo voy alimentando mi fortaleza de una manera muy simple, lo he dicho muchas veces: sintiéndome contento de tener un día más, de poder aprovechar 24 horas nuevas a mi antojo sin la obligación de rendir cuentas a nadie que yo no quiera. Me basta la mañana, la soledad de mis mañanas donde me acompaña esa alegría de nuevo nacimiento de que hablaba antes, un taza de café, y el interés por el libro que leía antes de terminar el último día de la misma manera, leyendo.

Rebusco entre las  cosas que tengo pendientes y me quedo con alguna que siempre me favorece; aporto el convencimiento que las peores sabré solucionarlas aunque sea echando mano de la necesaria fortaleza. ¿Tú qué eres? ¿Tú qué haces? Pues a estas alturas ya, ser fuerte y por si alguien lo dudaba lo dejo aquí escrito, en este montón de folios en blanco que aún me quedan, los lea quien los lea, tengan o no respuesta porque hace tiempo que escribo así, íntimamente de cosas propias.

Siempre ha tenido ese cariz mi blog, tuvo un nacimiento que ya tiene una renuncia, por lo que ahora es total y exclusivamente mío. Bueno, siempre lo fue. En cada línea no consideré cosas ni comportamientos ajenos, tuve la falta de vergüenza de hablar sólo de los propios. Cuando vuelva de nuevo a escribir una línea necesaria y ya casi con carácter urgente, será como dice el poeta porque se acaban los sueños, aprietan más las realidades, envejecen las rutinas como una señal de forma de hacerme viejo.

No opongo resistencia a ello porque ni debo ni puedo.  Me quedan los besos que se dan al retirarse, o esperar que alguien sepa pedírmelos, sin valor, ni precio ni exigencia, porque sí, porque a veces puede producir admiración esa fortaleza que tenemos los débiles. 

La que definí con palabras de Cabré, los hechos no siempre van a coincidir con los deseos, porque de estos tengo demasiados por cumplir y ya no tengo tiempo.
Llevo ya hace tiempo luchando hasta con las ignorancias y contradicciones de la ciencia médica.

Es importante poderle decir a tu médico, te equivocas, te lo digo desde un sitio donde no puedes estar tú, esa silla del paciente que me ha llevado a conocerme porque he sufrido y el sufrimiento es propio, no se lo puedes contar bien a nadie o nadie entenderlo plenamente. Voy en contra dirección muchas veces, lo sé, pero es la única manera que tengo de hacerme comprender, de que se den cuenta que si fueran ciertas todas sus amenazas, no estaría aquí negándoselas.

Mi historia de resistencia me la he hecho yo yendo al revés. Lo que cuento es insuficiente, ya lo sé, debe haber mucho más de lo que se puede contar. Hay pliegues particulares en la ropa de ir por casa que sólo es posible sacar alguien dotado para ello, con su cámara refleja una imagen verdadera e inaudita, la entenderá y te la puede entregar luego para incorporarla a la historia de cincuenta años de convivencia.

Para que yo, como voy a hacer, sea capaz de tener a la gente propia de estas noches, tan cerca que mi forma de convocarlos ha sido esa: "han pasado esos cincuenta años entre estas imágenes". La de hoy me emociona mucho más que las de ayer, porque la acabo de vivir, porque me la fotografiaron viviendo con quien siempre he vivido, nada menos que eso, tan difícil, tan propio.

Tiene esa imágn gestos cansados porque cansa vivir aunque nos guste tanto, pero detrás existe una realidad impresionante: se me nota la compañía y a quien me acompaña mi entrega, explico así sin palabras el sentido de la fortaleza. Ha tardado la memoria muchos años para darme la belleza de esa última madurez, tan difícil de conseguir como si a uno le quedaran muchas cosas por hacer.

viernes, 10 de agosto de 2012

SE ME VAN TERMINANDO LOS ESFUERZOS






Cualquier momento de la vida los requieren. Pero no me esperaba la sorpresa al asomarme a la puerta para que alguien me drenara lo que requería una simple incisión. Acudí al lugar adecuado donde las urgencias suelen prolongar las esperas. En mi caso no me importaba. He aprendido a hacerme menos viejo esperando. Pero el paso siguiente empezó a deshacer mis defensas. Hubo encanto, cariño, traducido cogiéndome las manos, pero la explicación que vino luego ya no fue un deterioro, sino un derrumbe. Se me quedaron dentro de aquel recinto para casos que quedamos que eran solamente de urgencias. Y sin embargo la propuesta que me hicieron, su mano –repito, entre mis manos- es que volviera luego, mucho más tarde, hasta habiendo celebrado la larga pausa con una cena para recobrar el aliento que estaba perdiendo y me quedara después allí dentro. (Ella, me propuso ir alternándome los antibióticos ya que llevaba la vena abierta; otro mucho más médico, en cambio, algo mucho peor: limpiarme los huesos y cambiar de asiento.)

Pero no se trata ahora de contar los sucesos, a cada cual más desafortunado, sino lo peor fue quedarme en aquella estancia de improviso, sin que nadie antes me hubiera avisado, que drenar simplemente una herida, suponía un ingreso sin aviso cuando uno sólo está preparado en la vida para ingresar hacia donde camina. Además, estando “apartado”, sin que tampoco estuvieran autorizados a manipular ni regar con suero fisiológico los bordes de una herida.

Fue pasando el tiempo, fue llegando la noche a la que tanto temo, con lo único bueno de estar lo mejor acompañado posible. Así se me cayó del todo la noche encima, víspera a una víspera de cumplir más años de mi propio calendario y a mi alrededor, por los pasillos de mi ya tantas veces conocido recinto, apenas un silencio, los pequeños ruidos de estar de guardia quienes estaban de guardia, y mientras yo, al dejar pasar así de mal mi tiempo, empezaba el recorrido de ir perdiendo el potencial de mis recursos, mis maneras de sacar refuerzos para los esfuerzos necesarios. Eso es lo que estoy perdiendo. En mi caso, de tanto ejercitarlos, más de veinte años, me voy sintiendo debilitado.

 Esa es la peor dolencia, para evitar esto es por lo que lanzo el grito que me queda dentro. Carencia de recursos, disminución en mi búsqueda de esfuerzos, no haber sido capaz ante el clima de susto que me dejó caer entre las manos dulcemente aquella joven y tierna mujer de bata blanca, de haberme resistido, haber sido capaz de decir no me quedo, prefiero sentirme con mi mínimo aliento como he venido haciendo hasta ahora, con pasos inseguros, con la debilidad de mis países bajos, pero la cabeza lo mínimamente amueblada para saber dónde estaban las personas que me estaban queriendo.

Fue más poderosa la voz enternecedora, ante el riesgo propio, de la joven mujer que se ocupaba de mí y acababa de conocer hacía tan solo unos minutos. Se llamaba Ana y hasta supo terminar sus palabras secándome las lágrimas con su beso, con sus palabras que anteceden al aviso de un estado de coma o la amenaza severa de “te la estás jugando”. Sentí su mejilla junto a la mía como para darme ese esfuerzo que ya no tenía. Todo me venció, todo acabó con lo más valioso que siempre he sentido, mi capacidad de lucha: le di la razón, sentí miedo, rendí mi resistencia.

Pero que nadie me lea con una capacidad de preocupación mayor de la debida, que eso sí, es suficiente. Bastaron 24 horas, lo que me duró aquella mala noche, una amplia explicación para confirmarme los serios peligros que tengo dentro de mi ser, partiendo de una vieja cicatriz, con el nombre propio de haberse fistulizado hasta el hueso, para salir de nuevo por la puerta por donde vine. Ya tendré tiempo si hace falta, de volver al camino donde he estado ya en tantas ocasiones. Que me lleven, que hagan como que camino lo que ya no pueda caminar. No voy a ser el primero, ni el último cuando me llegue ese momento. Mientras, seguiré leyendo, acercando a mis amigos esos libros, temblándome las manos con un libro de buenos versos.

A menos eso sí, que llegue todo un poco más tarde, que no tengan razón los que siempre le echan la culpa a mis huesos. Que me dejen terminar de viejo, siendo viejo, pero no como la otra noche “apartado”. Nunca lo estuve del mundo, aunque siempre me haya acercado a través de los libros. Mentiría si dijera que la otra noche no cogí ninguno. Al menos con los versos que me han servido en el título, siendo propio, además los que he leído de “Climax road” de Vanesa Pérez-Sauquillo: “Cualquier gesto en la vida/exige esfuerzo”…/“Merecerá la pena la batalla”. Porque es verdad, sus versos tienen esa belleza “antigua y agresiva”. De ellos me ocuparé en el sitio debido.

Me ha valido la pena todolo que he hecho hasta ahora, me va a seguir valiendo, hasta secando mis lágrimas en la mejilla de una médico residente en un momento de debilidad cuando sentí que se me iban terminando los esfuerzos. Iré a buscarlos de nuevo.