sábado, 28 de agosto de 2010

SIEMPRE HAY UN ACTIVO Y UN PASIVO


Es lo que pienso escribiendo una última mañana del verano frente a este mar, desde esta terraza. ¿Último con relación a qué? ¿Tan solo a una estación de un año? ¿Última mañana, sin saber cuántas me van a quedar? No está nada claro que cualquier fragmento de nuestra vida sea precisamente una historia cerrada con un principio y un final. Quizá esto que siento ahora, mirando al mar, sea tan solo un gesto, un temor a cualquier final, como si hubiera pasado este verano con unos cuantos días, una docena de aguardientes y un millón de palabras por decir.
Me vengo callando muchas adrede, por eso en familia valgo tan poco, me notan más los de fuera, los que se dan cuenta de mi necesidad de comprar un libro, de mirar obscenamente a una amiga para no terminar nunca con la obscenidad en mis entrañas, con mi voz precipitada que no se entiende bien adrede. De ahí mis silencios gratuitos pero hermosos y propios, cuando todos van demostrando así cuánto más saben, que atrás me voy quedando.
Tengo, no obstante, la lengua húmeda y caliente, la infinita riqueza del lenguaje de los sentimientos con su registro, con las sutiles señales de la carne, del intento. Pero dije muy poco este verano, viví como siempre la barata felicidad diaria que me voy construyendo a base de mañanas como esta, desde aquí, mirando lo propio, viviendo la verdadera libertad, que es sin duda alguna eximirse de las obligaciones que a uno le atan en la vida, le implican necesariamente. De ahí mi desprestigio colectivo y mis antojos de hacerme la vida a la medida del libro que tengo entre las manos. Hasta, es curioso, cuando se habla de libros, me callo, me los leo yo solo, los cuento en Internet o hasta a sus propios autores, finjo como que no me interesa el tema, que no sé apenas nada, qué más da que salga en la conversación el poco valor del cuento que suele darle la gente, cuando llevo años enamorado de ellos y este mes próximo todas las páginas de mi propia página van a estar dedicadas totalmente a su cultivo.
Como con eso, me pasa con muchas cosas. Ya luché por mis razones mucho tiempo, ahora paso la palabra al que me sigue, asuma la posible ignorancia de muchas cosas que todos tenemos y prefiero mi sitio de silencio elegido, que ese sea mi pasivo, porque mi activo ya lo puse con todas mis capacidades en el foro difícil de la vida muchos años, cuando la estuve construyendo para aquellos que vinieran detrás por razón de vida, tuvieran así su comienzo, arrancaran más fácil, encontraran más puertas abiertas.
Aquí y ahora si hago cuentas del activo y el pasivo que tenemos todos no sé si me salen bien o mal, prefiero no hacerlas, ya dije muchas veces que soy hombre de letras, que se me dan mal los números y si se trata de entender las conductas, ahí puede que durante muchos tiempo no haya salido peor parado. Activo y pasivo, por si no tengo ocasión de volver a plateármelo en otro periodo, hoy es la última mañana, el penúltimo mar al menos que me queda por mirar porque justo antes de irme lo miraré de nuevo. Me llevo el aroma de su tiempo, su humedad hermosa, mi dolor insistente de huesos, el cansancio que produce la resistencia a hacerse viejo, mi ética de lector todo el verano, mi "engagement" moral con los libros, mi sonrisa contenida con que he sabido siempre responder a la ternura que notaba en cualquier mujer madura que fue mi amiga tantas veces, tantos veranos.
Ayer, os confesaré, me devolvieron un piropo, luego de mirar insistentemente a los ojos: -te quiero ver el verano que viene, le dije, siempre me harás falta. Antes de su respuesta, surgió un abrazo espontáneo, sincero y la lentitud con que supo responderme: -tampoco faltes tú y ni una sola palabra de las que dices a una mujer.
¿Será cierto que los buenos propósitos detienen a la muerte? Eso opina “El bailarín ruso de Montecarlo” del cubano Abilio Estévez.  No lo sé, la muerte no debe poner fin a la vida, debe darle conformidad a todos esos propósitos que tuvimos, debe hacerlos ciertos, con su activo y su pasivo, el que me llevo a a casa hoy mismo para seguir construyéndolo de nuevo sin tener este mar delante. Vuelvo a casa porque además se hace más corto ya el día, me tarda en llegar la mañana y al contrario la noche viene antes y me admira, me asusta.
Además la belleza del mar que tengo tan cerca, su riqueza, la siento más cuando no puedo verlo en la ciudad, como si fuera la seguridad de la orilla.

domingo, 22 de agosto de 2010

LEO PARA BUSCAR EL LÍMITE

Por eso lo único que necesito es más tiempo para seguir leyendo. Y no lo encuentro, ni en la mejor biblioteca de la tierra, ni en el campo, ni en la playa, ni en el vientre de una mujer, ni en un polvo caliente, despacio, abierto. Leo libros buenos, me los compro sufriendo porque no tengo bastante dinero para todos los que quiero, los elijo con tiento, sé antes de ellos cómo son, qué tienen, mis libreras conocen qué me gustará, hasta a veces me preguntan -adivinando un problema- ¿qué buscas? y me lo encuentran y eso que antes le he avisado a la chica que lleva el vaquero más hermoso de la tierra, gastado y viejo, lleva cuidado, porque si eres capaz de encontrarme un buen libro de cuentos que sea el primero que haya escrito su autor, soy capaz de besarte de tal manera que sea una forma inequívoca de habértelo agradecido luego.



Hay otro apartado, y es descubrir autores nuevos, buena literatura que anda esperando su punto de salida, es un blog “con la boca abierta y derrotada” como en “Los recuerdos para Olga” de Lara Moreno, por ejemplo: un post con las uñas de ella amenazándome, para acabar luego derrotado una vez leído, y decir ya no escribo más, porque así voy a tener más tiempo para leer, voy a encontrar el límite y podré morirme luego. Con los recuerdos aparte porque vienen solos luego, por todos los orificios del cuerpo. Por ejemplo, los del cuento de Lara cuando pierde él una tarde el equilibrio: “para que la follara sin ruido y sin prisas, y sin tripas, y yo lo hice, -dice- me dejé llevar por su vientre, que me atrapó y me masticó el sexo.” Ese es otro apartado que por mucho que lea a mí nadie me ha masticado el sexo ni me ha follado con la boca abierta y derrotada. Es un fallo, por eso necesito para todo más tiempo.


A Inés Mendoza le leía que “la fantasía es un lugar donde llueve.” A mí me llueve cada vez más esa fantasía pero necesito la más estricta honestidad de quién la lea y si no la tengo quiero que el menos me recuerde siempre bien. Dice Eloy Tizón que hacen falta las palabras para decir la pena y para inventar la vida, pues eso me pasa, escribo cuando algo me pena porque la felicidad no da para la escritura, escribo cuando busco, invento la vida que me queda que va siendo ya poca.


Y aquí he sabido ofrecerme como el hombre más entero que tengo dentro. Necesito a tope como una metáfora urgente y necesaria, la calidad de la mujer más tierna, es la literatura más rica que pude haber leído y que necesito leer todavía. El libro es mi delirio, mi sueño obsceno, la manera de prolongar esto. Quizá por eso este mes dedicándome de lleno al mejor cuento joven de la literatura española del siglo XXI, me he sentido feliz, lleno; así, si me venía una derrota me iba a pillar menos cansado, más preparado. Hace días comentaba con un corredor de fondo amigo, de los dolores que sentía y me trajo a la mesa en donde estábamos hablando aquella frase de un buen corredor: “el dolor es inevitable, el sufrimiento opcional”, el que quieras, hasta donde estés dispuesto a tolerar, a sufrir.


Tengo niveles, pero da la casualidad que me falta tiempo para el más rico empeño, lo que ha dado siempre vida a mi vida: tiempo para leer. No insistas, me dijo un día Josefina Aldecoa, nunca leerás un ápice de lo que quieres leer. Ni un ápice, ¡qué cruel y exacta fuiste! mientras te notaba en la boca los cientos de cuentos de Ignacio antes de morirse, porque él mismo hizo por morirse.


Al menos, pues, hasta donde llegue, nadie añadirá más derrota a mis derrotas. Las leeré antes en las páginas del libro que ando leyendo; ni sacará lo peor de mí para obtener su beneficio. ¡Ya hubo bastantes! Entregas gratuitas ninguna, todo previo limpio pago de una caricia sana, de un gesto que no admita la peor forma de situarse.


De momento ahora, me quedaré, buscando el límite, con el delirio de un libro que añada más delirio, más sueño, detrás de mi gesto más honesto. Lo que tiene de bueno buscar el límite al libro es que resulta al fin como una pasión, y las pasiones te las tiene que palpar alguien hasta que terminen verdaderamente apasionándote. Sin remedio, para percibir por ejemplo el eterno misterio femenino que siempre tienen ellas intacto como un “canalillo profundo y firme” que diría Andreu Martín. Aunque uno va notando ya gastada su elegancia o que de tanto darle vueltas a los sentimientos, el cerebro va teniendo poco que hacer.


Sigo librando mi propia batalla aunque de otra manera, siempre prácticamente desde el libro. Desde su límite, o el mío propio leyendo.

CUATRO ANGELITOS TIENE MI CAMA

Imagen elegida por Fran

POR CORREVEIDILE


En un vagón de coche-cama, el pasajero que ocupa la litera superior, nada más acostarse empieza a susurrar sus preces:



-Con Dios me acuesto, con Dios me levanto, con la Virgen María y el Espíritu Santo.


Cuatro angelitos tiene mi cama...


Y fue entonces que el tren chocó violentamente contra un mercancías aparcado, dando con el pasajero devoto en tierra.


-Se veía venir –le espetó el de la litera de abajo, se acuesta usted con tantas gente…


Y a cuento de qué viene el chiste, si es tan contrario a todo lo que sigue –si es que se puede saber.


Nuestro héroe de tres al cuarto reúne las cuatro condiciones del consumado pájaro solitario:


-no tienen el color bien definido.


-no soporta compañía ni aun de su mismo plumaje.


-canta suavemente.


-y vuela a lo más alto –sobre todo eso, como hace el águila real, que se aproxima hasta tal punto al sol que deja que ardan las plumas con tal de que el ojo goce.


Se había separado de su mujer después de veinte años de vida en común –lo que era un decir del páramo de un matrimonio burgués la avenido y en descampado, de muerte compartida –serían los términos adecuados. Con su hijo prácticamente que no se hablaba. Tenía, sí, un único nieto, el amor de su vida, aunque apenas si le veía. Y puso el Océano por medio, emigró a la América latina, a Bolivia, por más señas.


Vivía en Suere. Fue pronto preso, sí, de la belleza volcánica de la raza chueca, que le quitó la tierra debajo de sus pies, le hizo renacer de sus cenias y le devolvió las ganas de vivir. Pero la tierra extraña acababa por quemar, se veía siempre como ajeno, vagaba de acá para allá, sin encontrar nunca su lugar. Por si fuera poco, había perdido ha y de modo irreversible –como se pierde siempre, la juventud, que no es el comienzo de nada, sino al contrario, una agonía, que al menor descuido uno ya es viejo.


Hasta que un día, un día aciago de esos que no debían de hallar nunca lugar, recibió un telegrama de su hijo: “Sebastián murió accidente moto stop. Enterrado ayer Stop Saludos.” Lo que le cayó como una losa que acababa con su ya escasa movilidad y le dejaba listo para el moridero.


La vida empieza de dos en adelante, la palabra clave es compartir, venimos a este mundo a aliviar la soledad de otro. “Llega un momento en que, más allá de la tristeza que acarrea, la soledad adquiere una dureza mineral, una desnudez impúdica, genera un grado de insensibilidad tal, que se adivina que la muerte ronda.” Que el bien y el mal primero que vienen dan señal.


El consumado pájaro solitario –al igual que la higuera estéril, redundan, están de más. Se hace con ellos una gavilla y se la arroja al fuego purificador. Y aquí paz y allá gloria, nadie más se acuerda de él.


Su religión del pecado, el rechinar de dientes y el fuego eterno, se le mostraba incapaz de llenar el vacío de su vida, de aliviar el espanto de su orfandad. Las Iglesias vacías convertidas en museos de pago, pregonaban a voz en grito que Dios hacía siglos que se había mudado a vivir a otro lugar. De modo y manera que acabó por comprender que no le quedaba otra alternativa que aguardar; aguardar, aquietando con la mano el corazón que, cuando menos lo piensas, te cae del cielo inadvertido el sosiego de la muerte.

sábado, 14 de agosto de 2010

LA METÁFORA, ESA AMIGA


No sé si será verdad que la metáfora es la elocuencia del mundo, o si es un disimulo de siglos anteriores, si será cierto lo que decía Umbral que escribir eran unas cuantas metáforas y poco más, pero siempre en mi escritura fui amigo de ellas, y ahora estos días como queriendo hacer un punto y aparte necesario e inevitable, os voy a ir contando lo que veo, pero disimulando con una magnitud en las comparaciones, con letra grande cuando haga falta, insertando todo aquello que nada menos me causó estupor. Del estupor se puede vivir, altera el ritmo cardíaco pero luego te das cuenta que eso es la inspiración, tu música interior, tu deseo casi suicida por un atardecer que es capaz de enloquecerte como haría una mujer sin querer, sin proponérselo. Hoy he sido capaz de escribirle a alguien, eres como una pasión, no sé, no te lo puedo explicar.


Indudablemente antes había un punto y aparte. Luego tiene que haberlo también. Porque creo que doy lo que tengo. Mi duda es mi pasión y mi pasión es mi misión por la vida.



A fin de cuentas todo esto es nada más que una resaca, como una de esas pocas veces que llego hasta la playa y allí noto hasta lo carnal que tiene el agua por las muchas mujeres que se han mojado del todo; porque yo mira que he dicho verdades y mentiras sobre la misma arena -un pedazo que siempre teníamos acotado para nosotros- junto a este mar donde se han hecho mis hijos, hijos; he vivido al llegar tantos fines de semana estresado, sinsabores de quienes me mandaban mal en el trabajo aunque sabían que acabaría dejándolo tan bien hecho que todavía ahora, entre esos mismos despachos, se nota la huella de mi apellido literario; allí yo era ese “romero” de León Felipe que creaba caminos nuevos. Por eso he sabido enseñar a mucha gente que el trabajo es el trabajo, ahora y siempre para el que lo quiera, para el que lo quiere.


También me acuerdo que aquí siempre se hacía el amor despacio, con un orgullo que superaba a la ternura, con una mirada que amaba y liberaba, le entregaba al otro todo y se ponía a su dulce disposición olvidando cualquier carencia. Hacíamos el amor en camas más pequeñas pero como si fueran cumbres repartidas para el uno y para el otro. Hacíamos el amor contándonos metáforas sin el áspero roce de las sábanas y con la exigencia que tienen las noches de verano. Hacíamos el amor bien desnudos.


Para acordarme de todas estas cosas, para hacer punto y aparte, me he quedado un día, con la excusa de una comida fuera y que no todos cabíamos en el coche, sólo por el Mareny, hablando con la gente que he encontrado, comprando un bocadillo para comérmelo luego que convirtiera con un chico informático los videos de la tableta gráfica de Adobe CS5, colgados en la red, para poder pintar luego como los clásicos.


Porque algo clásico soy aquí después de más de treinta años comprando mi primer apartamento con el miedo de no poder pagarlo, a medida que lo iban construyendo. Soy un clásico aquí con el que he conseguido que mi cuerpo viva a punto de cualquier obscenidad con tal de no sentir dolor, obstinado, insobornable, pero empeñado en tener ese soplo de vida que me aferra a la vida como si fuera la metáfora más bella que he encontrado a la hora de decirla: amar ese lado de las cosas insistente cuando se están terminando y queda poco rato para poder elegir.


Puesto a ello, tendré derecho a decir que estoy deseando que llegue Septiembre como a la espera de un sosiego maduro, igual que aquel que veía en casa de mis padres, en los adornos de los metales dorados. Pero mientras llega Septiembre pues haré como Julián Barnés en El loro de Flaubert” que decía: “Para pintar el vino, el amor, las mujeres o la gloria, es necesario no ser borracho ni amante ni marido ni soldado raso. Entremezclado con la vida, es difícil verla correctamente, la sufres o la gozas demasiado.”


Pues da lo mismo, voy a seguir sufriéndola o gozándola aunque sea demasiado.

JOSUE



POR CORREVEIDILE

El balcón de “Tejidos e Hilaturas de Rodriguez de Carvajal Hermanos”, que Doña María nos tenía reservados, enfrentaba la estatua ecuestre en bronce y tamaño natural de San Martín, en la fachada de la Parroquia de su advocación, desnudo el mendigo que implora al jinete, partiendo éste magnánimo con su espada su manto a la morisca, por darle abrigo y reconfortarle.



Íbamos la familia, esa urdimbre de añagazas, hipocresías y tragaderas que viene a ser la familia cristiana. Íbamos a ver pasar desde allí, el día de la fiesta, la Procesión del Corpus.


Medio siglo después levanto la vista añorante al balcón cuando lo cruzo. Aún me queda el olor a murta y alhucema del pavimento regado recién, el desficio de ver a la niña de la casa en sazón, deambulando de acá para allá, sin poder llegarle con la mano y besar el santo.


Con eso y todo, a pesar de los pesares y de apuntar el ánimo rijoso, el corazón, de niño. Porque me encandilaba cuando, entre los personajes bíblicos, llegaba Josué, del que cuentan que pidió ayuda al Señor para vencer a sus enemigos que ocupaban la tierra de Canaa y Jeovah le mostró su apoyo de forma simbólica, deteniendo la marcha progresiva del sol para darle tiempo a escapar con su tropa.


Altivo y desdeñoso, vestido de centurión romano, desnudos sería más propio decir, sus muslos poderosos, caminaba en avanzada y solitario, despegado de toda la comparsa, alzando con su mano izquierda un sol radiante en oro y apuntándole con la derecha con su espada flamígera, digamos que cada veinte pasos del recorrido; de modo que podía presumirse fundadamente el verle por tres veces representar la pantomina. Y ahora mismo que no sé qué sería, si la magia de poder detener el tiempo, lo inverosimil de la floritura, o la desnudez del soldado, lo que ensimismaba a la pobre criatura en aquellas tardes cándidas y desconsoladas de la floración.


A media procesión, antes que desfilara la torrentera de seminaristas, Doña María se esforzaba por hacer los honores de un balcón a otro. Y sintiéndose obligada a agasajar a sus huéspedes y romper así la monotonía de la larga espera, aparecían sus criadas, con cofia y de punto en blanco, portando bandejas de lata con canapés, “petit choux” de crema y chocolate y así, “María, por Dios, no tenías por qué haberte molestado”, era el comentario de mi madre. “Chica, calla, no tiene ninguna importancia y lo hago muy a gusto”, contestaba la anfitriona mientras yo no les quitaba ojo a las pantorrillas de las aldeanas, a punto de caramelo, que nos servían.


Cuando sonaba la campanilla anunciando que asomaba, entre una nube de incienso, la Custodia, se te quedaba la tarde entre las manos, anochecía, se recogía el personal, en medio de un silencio de muerte, al paso del santísimo Sacramento, subía hasta el balcón el olor a pétalos de rosa que se pudren y adormecía. Para acabar, instantes después, disuelto todo en el sopor profundo y la desgana de la vuelta a casa, a rastras y a contrapelo, a regañadientes con la parentela. A enterrarse vivo en casa y, el año que viene, más.

lunes, 9 de agosto de 2010

ECHO DE MENOS CAMINAR COMO UN POEMA


Pero en el fondo he dado buen resultado. Cuando me preguntan, cómo estás, aquellos que me veían tan mal, les digo, bien, sin entrar en detalles, y algunos ya no pueden ni preguntármelo. Aquí cada año el mar se lleva de la arena como a algunos paseantes de antiguo, que mataban la tarde mientras yo les recriminaba el poco tiempo que a todos nos quedaba. Por eso digo, que en el fondo he dado buen resultado, no puedo ocultar mis menudos pasos, la exigente sensación de inseguridad, esa falta de tono regio y severo que tienen los poemas al leerlos y creértelos. Además es un aviso, adivinan la llegada de algo tierno, existe un armonía en ellos y a la vez una elegancia, que yo ya no la tengo.



Echo de menos demasiadas cosas estos días, busco esos silencios que tienen algunos ratos, durante un rato. No me acerco a la playa porque en la playa parece como si el hueso dolorido le ganase el terreno al músculo y si este ya se queja, mejor es que no se le acerque el hueso. Necesito cada vez que vuelvo de un silencio, o cuando escribo un post donde a la vez cuento que cumplo años, sentir muy cerca un mensaje tierno, sé que está escrito bajo, en los comentarios, pero lo tengo que volver a leer de nuevo: desde la que llega la primera para celebrar brillantemente, como hace siempre esa mariposa de mis sueños el polvo de permanencia o pensar -con qué precisión y belleza me lo dijeron- que en cada abrazo que le he dado a las mujeres me he ido quedando con la edad de ellas para ir dejándolas mis palabras que consideran vestidas de fiesta de gala.


Tengo hasta ganas de volver a mi sitio sin que quede verano ni para escribir porque eso puede ser la mejor señal de felicidad interior, terminar desde donde siempre los hechos acabados o no terminar ninguno. Yo lo siento, por la gente que no veo más que de tarde en tarde, pero alteran mi vida porque ponen delante la suya, paso de ser alguien a algo, detrás estará el cariño, no lo dudo, pero a lo mejor es que no sienten necesidad de decírmelo y a mí me hace mucha falta. Ahí esta el error, el más profundo error que provoca la naturaleza, por muchos polvos que le eche uno cada lunes o cualquier día de la semana a la vida: debiéramos de ser considerados igual que hace veinte o treinta o cuarenta años, provocar interés por nosotros, por lo que pensamos, porque podemos, quizá, hasta enseñarles todavía algo. Y ahora no es así, manda una naturaleza mucho más arrugada e impresentable, con formas de caminar ajenas por completo a la elegancia de un poema, con una mente que se va repetir diciendo una y otra vez las mismas cosas y por eso es mejor que a uno ya no le escuchen, ya ser algo en lugar de alguien.


Por eso me quiero ir como a mi lugar de origen, ya sé que este también lo fue durante muchos años, épocas enteras de mi vida, y que mi gente fue creciendo y aprendiendo y descansando a la orilla de este mar tranquilo, de espuma banca como una vagina marcada bajo la seda, pero necesito mi sitio, mi lugar, esa permanencia de que hablaba hace días pero más adherida a mi persona, a mis costumbres; a que el silencio -hasta con la persona más entrañable cerca- sea propio, elegante, no un descuido como intencionado que noto aquí y ahora.


Es evidente que no sé explicarlo, o no quiero o no puedo pero podría decir muchas cosas que van a vivir luego quienes quizá me las provoquen ahora, pero en el fondo me da lo mismo, al final el alma no descansa hasta dejar saldadas todas las cuentas. No es que se trate de una cuenta pendiente, me da lo mismo quién tendrá que asumir más alto pago, yo vengo pagando ya hace mucho tiempo sin que mucha gente lo sepa o se percate, aquí no aparece la casilla de saldo por ninguna parte, existe como un vacío, como una larga distancia, como si se hubiera creado ese duro muro de la maratón en el kilómetro 35, que quién lo pasa llega hasta el final. De verdad no quiero sentir tan dura la distancia, yo alargo muchas veces y de muchas maneras la mano de la concordia, pero está el hueco sin cubrir y me consta que no será por falta de cariño, pues entonces para eso existe el lenguaje que elimina los territorios escondidos, que me permitiría sentirme igual de cómodo sin mis cosas de todos los días.


Me permitirían levantar la mirada y encontrar mirada, hacer que mi propio cuerpo inagotablemente deteriorado pudiera al dar cuatro pasos parecer un poema. Que no tengan que ser los demás los que vengan a explicarme que estoy dando un buen resultado a base de muchos años de lucha y de esfuerzo. Me rompieron, me limitaron, me cortaron parte del camino desde hace ya demasiado tiempo y aquí me tienen, aquí me tenéis para darle celos a la decepción, brillo a lo que lo fue perdiendo, doy señales de un reflejo viejo y opaco pero todavía persistente.


Yo no puedo dejar de echar de menos que nadie ya escuche mi valor de ser “alguien” por lo que los demás tuvieron la posibilidad de dar luego sus brillantes pasos. Pero no quiero quedarme tan pronto tan apagado, tener que asomarme una y otra vez a la ventana de delante de Internet, ni notar la oscuridad antes de tiempo. Necesito despertar todavía el interés con las palabras propicias que tantas veces pienso que podrían servir, si tuviera respuesta en otras pupilas.

Este es el ángulo de mi verano, los días que voy pasando como trazos breves en lugar de caminar buscando un equilibrio que cada vez siento menos. Ese es mi silencio y mi estupor diario.

MANDELA CUMPLE 92 AÑOS

POR CORREVEIDILE


El 18 de Julio, Madiva cumplió 92 años, Madiva como le llamaban de chico. Y aliento la esperanza de morir antes que él-a pesar de tener muchos menos, para no sentir la orfandad, el vacío de ver que Mandela se va. Fundada esperanza, porque Mandela no es viejo, es joven, joven de verdad. La juventud es eso, su sonrisa, que no es prefabricada ni de quita y pon, sino que sale de dentro, de su amor a la vida y a los demás. –La fotografía está tomada en el césped del “Soccer” de Johanesburgo, en la final del Mundial de Fútbol 2010, con temperatura, ese día, de cero grados.



Sartre saludó al “Ché”, a su muerte, como el hombre más completo de su tiempo. Idéntico elogio cuadra, medio siglo después, con Mandela. Tengo por seguro que, si se le preguntara sobre su muerte, contestaría: “¿cómo voy a morir con lo que hay que hacer?” Porque Mandela continua en activo, en plena y fructífera actividad.


Larga vida a Madiva, viejo sabio africano, Premio Nobel de la Paz, Ex Presidente durante dos mandatos de la República de Sud-África, Padre de la Patria –yo me atrevería a decir de la humanidad oprimida.

sábado, 31 de julio de 2010

LE ECHO UN POLVO A LA EDAD TODOS LOS LUNES


amartinezfotografia.com

…aunque sea un mal polvo ya, y sigo conviviendo con todo lo de siempre: con la misma mujer que no se me hace vieja porque “cuando se está muchos años junto a otra persona, el otro no envejece” (Sergio Olguín); con la constancia que tienen los días en venir uno tras otro pues perder la cuenta de los almanaques ya no me importa. Le echo un polvo a la edad a ver qué pasa, mientras yo voy como de paseante feliz en un todo a cien y miro salir de casa a esas chicas que me gustan siempre, medio vestidas con las ropas que les regalaron sus amantes.



Y hoy tengo que venir adrede a explicar eso de la edad, lo que cuento tantas veces, luego diré por qué. Me resulta válido para pedir que me esperen hasta mi próxima mañana que tenga libre –esas del otro día- para no tener que hacer memoria de la forma que tengo de dejar un abrazo espléndido e irrepetible, pendiente; y cuando alguien nota mi palabra que se hace añeja, pues que lo sea; o una bolboreta revoloteando a mí alrededor viva de alguna manera siempre conmigo entre las letras, en esta mi vejez donde no hace falta un hueco sino que ya lo hay desde siempre y es especie de bella permanencia. Todo esto es una forma de echarle un polvo a la edad los lunes.


Una forma y una manera de hacerse así viejo: que no le sepa mal a uno estar mucho rato con alguien sin hablarse; a gusto, con ropa de andar por casa, quizá barata pero bien llevada; dejar de mirar antes de dar un beso; saber convivir con el verso de Ángel González “te llaman porvenir porque no vienes nunca.” Para qué quiero el porvenir, basta el tiempo de ahora, un hoy desgastado y hermoso con la ilusión de ir pudiendo contarlo luego.


Siempre tengo a mano los mismos recursos de hace tiempo: como si fuera la insistencia de la lencería blanca en un polvo verdadero; oler pronto a café recién hecho; hacer sentirse bien a una mujer aunque no me lo diga luego; ser capaz de crear una relación civilizada, compensatoria, cuando te das cuenta que la pasión de los cuerpos hizo ya las maletas hace tiempo, como es capaz de explicar en un cuento Patricia Esteban. No es fácil pero hay que intentarlo cerca de cincuenta años.


A la vez yo siempre he hecho lo que fuera necesario, como caricias distraídas y distantes buscando un cariño húmedo, vigente y permanente; sólo quiero eso imprescindiblemente que tenga una estancia verdadera, una idea plena capaz de mantenerla, como antes, con las maletas ya hechas.


Si es bien fácil, en el fondo se trata de que sea verdad que esto es un privilegio, no me cansaré de decirlo: saber qué cosas son verdaderamente necesarias y demostrar que llevo siempre la misma intención: no tener que volver, sino estar aquí ya para siempre. Hasta que vuelva a ser otra vez lunes, los lunes de los jubilados de las obligaciones que cuando eran imprescindibles las cumplimos, nadie tuvo que explicárnoslo. Un polvo puede ser saber decirle a alguien, como en ese cuento de Patricia Esteban de que hablaba, “ya ves, te voy a querer siempre por mucho que me joda.”


Es que hay gente que no sabe decirlo y tampoco hacerlo. Yo vengo manteniendo ya hace tiempo el margen que tienen las palabras del que me habla para poder conseguir así un hermoso lenguaje verdadero desde el principio, todas las veces que sea necesario, que pueda conseguirse luego un largo rato de felicidad del que tienes cerca, así, así vengo cumpliendo años.


Siento como una liturgia del cariño cada atardecer, lo busco en las cosas a mí alrededor, en la gente que me quiere para poder saldar así todas las cuentas hasta el lunes siguiente. Tengo todavía muchas cosas que contar hasta que me jubile de estar jubilado, pero no quiero hacerlo de todo aquello que ha constituido cualquier alegría de mi vida propia o ajena.


Pienso cada día en ese incomparable café de las mañanas, las cervezas frías, las rebecas sin botones o las blusas abiertas. ¡Qué pasa! Es lo que más me gusta, lo que me hace feliz o puede hacer feliz a alguien al leerlo, al buscar un abrazo o un hueco permanente, alguna cosa bella de esas que aportan señal de vida como la ceñidura sexual de los vaqueros, la literatura, la propia vida.


Y tendré que rebelarme, sin embargo, como una señal insistente, cuando hablas por teléfono con quien está simplemente representado a alguien y te pide enseguida tu nombre y apellidos, tu DNI, tu fecha de nacimiento y a lo mejor hasta el Nick con que llegué a estas páginas que nunca le he ocultado a nadie.


Y menos hoy que le echaré un polvo tremendo a la vida por ser mañana lunes y haber cumplido hoy, setenta y cuatro años de esa vida que es lo que hicimos y también lo que no supimos hacer.

GUSANOS DE LUZ


Por Correveidile

A Langreo no he vuelto desde que murió el papá, recién cumplidos yo los trece. En Septiembre, en el Cantábrico, la luz decrece, el día acorta sensiblemente y refresca; y en un abrir y cerrar de ojos te encuentras como andando a tientas si no pulsas el interruptor. Y era entonces que empezaba yo a merodear por el jardín en búsqueda de luciérnagas, por los rincones por donde sabía que tenían su querencia, el pasto o la dormida.



De pronto, aparecía una cautelosa, me arrodillaba para estudiarla a conciencia, me hacía cruces de cómo, sin estar conectado a la red ni llevar pila alcalina alguna, brillaba de esa manera. Y la miraba asombrao, yo era todavía un niño.


Es la piel que les cubre, escamosa, metálica –me decía el papá, que refleja la luz ajena, del poniente recién o del interior de casa, de la luna o la noche estrellada. Mentira. Una más de las cosas que nos dicen de niños –de las que he perdido ya la cuenta y resulta luego no ser verdad, como los Magos de Oriente. Porque una noche sin luna, africana y en el rincón más oscuro y alejado del jardín junto al garage, descubrí una rutilante como una estrella.


Por si fuera poco, había luego de saber que a la luciérnaga se la tiene por buen augurio entre los hindúes, presagio de amores correspondidos. Pero llevo medio siglo que me tropiezo con una –y así me va; debe ser una especie a extinguir o ya extinguida, nos vamos quedando sin nada, sólo el odio permanece, no hay modo de acabar con él. También hube de envidiar su vida fugaz, porque mueren cuando truena.


De los veranos de langre, cuando aún me crecían los dientes, prevalece el recuerdo del misterio, para mí indescifrable, de los gusanos de luz.

sábado, 24 de julio de 2010

HASTA LA PRÓXIMA MAÑANA LIBRE


A lo mejor estos días leo como Pilar Adón…”para evitar mirar, hablar, tocar a nadie.” Porque aquí lo prefiero, qué remedio me adhiero al verano,  todo viene porque no soy capaz de abandonar el invierno, la casa, las cosas, los sitios de las cosas, los huecos que me ido creando para mí.



Aquí además pasa, porque estamos en verano, que el mar tiene una tiranía sobre los huesos, y el dolor ocurre y cuando ocurre su gramática le hace a uno sin remedio perder el equilibrio. Aquí además -repito- pasan todas estas cosas: estando más acompañado, con gente propia a mí alrededor, noto insistente, sin embargo, el aliento de esa soledad forzada que se fabrica uno porque posee el imperio de sus propios sentimientos y en esa soledad los maneja como quiere. Eso lo he explicado muchas veces.


Pero no quiero dejar de lado algo que me dijeron en un comentario a mi anterior post sobre este “mi segundo hogar”, del que en el fondo continúo hablando. Me dijo como volando sobre mis esencias una mariposa de tierras gallegas: “harás hogar de verano allí a dónde vayas.” Lo llevo puesto porque dediqué mucho tiempo de mi vida a crearlo honestamente, a ponerle el esfuerzo necesario para poder siempre decir, esta es mi gente, la relevancia que tengan se la habrán ganado ellos luego, pero yo puse, bien acompañado, la simiente, sino nada es posible, anda uno dando tumbos y su descendencia detrás también.


Necesitaré este entorno, una y otra vez, habré encontrado, esta ventana abierta porque me la había cerrado demasiado pronto la vida. En cada caso, hubo lo que hubo, de mejor o peor calidad, probablemente siempre por motivo propio, pero ni reniego ni renuncio, lo único que resalto es que en todo momento, aunque como anécdota de mi desenvolvimiento, me cae mal el verano porque como he dicho soy un poco incapaz de abandonar el invierno, lo echo de menos, hasta le alargo la mano a veces, entro en casa un rato cuando me acerco cualquier día, voy a ver si en la librería, ha llegado un libro que tengo encargado y me noto más propio para poder volver luego a estar bien con la gente que ahora maduran casi conmigo.


Eso hice el otro día, como queriendo recoger unas cosas que me había olvidado, y es curioso me vinieron de mi casa las mejores sensaciones: mi librería tenía la calma de una biblioteca pública; mi saludo a las personas que podían estar esperándome poseían a la vez el ruido de los besos por la sonoridad de encontrarse; recogí algún post ajeno, de esos que a veces aquí cuelgo, como siempre, con recuerdos del pasado que pudiendo ser comunes renuncio a ellos, no me sirven para nada, aún tengo presente.


Es curioso, ese rato que volví a estar en casa, recuperé la rutina, esa que siempre tranquiliza porque en mi caso vale, ya lo he dicho que me la trabajé mucho antes. Me gusta mi soledad pero también la convivencia como una apuesta balsámica en donde busco lo contrario de la lectura mezclada de los cuentos de Pilar Adón: mirar, hablar y tocar. Y no hay contradicción, estoy seguro que alguien me entenderá, soy carnaza para lo “imprevisto” de Tabucci que leía el otro día.


Llevo la autobiografía a cuestas, qué más da, si las palabras sirven para eso, para desnudar el alma entreteniéndome con el sexo antes, desde la imaginación más refinada hasta la forma más entera. Pero tengo bien metido dentro que como me queda poco tiempo ha de ser empleado todo, el tiempo de ahora, el que ya ha pasado para qué, si ya ha pasado. Contaré cada momento del momento, las heridas o las satisfacciónes que me causaron, lo que di o lo que me dieron, no me importa es una cuenta vieja y cerrada.


Mis mañanas de ahora, vienen de una forma de dormir hermosa y descarada: poca ropa, ancha cama que aparece debajo de un hermoso sofá, todo el ventanal de par en par abierto, casi durmiendo en la propia terraza, y el dormitorio para qué, debe ser para cuando no tienes sueño y te sobran pensamientos. Y de ahí parte la más hermosa mañana nada parecida a las mañanas del invierno –cada estación tiene su parte, su derecho, su rincón de empezarla-. Nada más bajo de la anchísima cama que egoístamente ocupo solo, luego tengo una mañana pegada a la orilla del mar, sin estrenar para nada, como esperándome a mí cada vez.


Dos cafés, la obviedad independiente de los relatos de “No hay terceras personas” de Empar Moliner y así voy acumulando los cuentos que contaré con los cuentistas en Septiembre para hacer que mientras vaya a ser verdad lo que dijo Bolaño: “…la verdad es que cada día estamos más vivos. Infinitamente viejos e infinitamente vivos."


Hasta la próxima mañana libre.

jueves, 15 de julio de 2010

MI SEGUNDO HOGAR

Siempre he dicho que no me gusta el verano, que manda todo él más sobre mí, hasta el calor no lo soporto y en cambio al frío le tengo apego para poder taparme como con una especie de segunda piel más tierna. No me gusta llegar hasta el verano, ir de aquí para allá y a eso le llamo a veces simplemente el encuentro familiar en un punto hermoso junto al mar que elegí hace muchos años para los míos y para mí. Un espacio de horizonte abierto donde la lectura es si cabe mucho más propia y cuatro líneas que pueda escribir para algún destinatario, éste suele ser la vida, nada menos que mi vida.



Pues no me gusta el verano y esta misma mañana, a punto ya de marcharme a ese segundo hogar -tan caro de mantenimiento pero que muchos españoles casi a la fuerza tenemos- que fue signo de ganancia y poderío y cuando con una pareja de ingleses lo intercambié con su única vivienda en Londres, se asombraban que en nuestro caso fuéramos personas cuyos ingresos eran un simple trabajo. No me gusta, no le saco el partido que quizá le debiera sacar; la playa, el mar los veo desde cerca pero apenas me acerco, el exceso de gente no me acaba de dejar ya ser yo mismo.


Y esta mañana sin embargo en una hermosa búsqueda que he emprendido de material literario suficientemente bueno para dedicar la próxima página web de literatura al género del cuento, del relato breve en su totalidad, he dedicado más tiempo del habitual a husmear por mi librería, por mi propio estante de libros pendientes de tenerlos en casa, he acudido con las referencias necesarias de la red, ojeando libros de forma insistente y azoriniana, y me he dado cuenta perfectamente que mi segundo hogar, para llenar el verano hermosamente –viene a ser lo mismo que hago en invierno- pero ahora, al estar fuera de mi ciudad le busco la excusa, el motivo sólido de una falsa visita médica para acudir a mi librería mucho más rato del habitual.


Va estar muy claro en mi caso, no me va a bastar envejecer leyendo, antes tengo que ir a por los libros, a buscarlos, a este mes no poder comprarlos, no acumular innecesariamente literatura que no alcanzo, libros que ya paso a ojear en casa antes, estableciendo entre ellos como un exigente servicio de novedades que no me lo marca mi librera, que se inventa llamarme “Pakuchi”, que me trae un punto de lectura de su viaje a la India, pintado a mano, que me abraza con incontenible entusiasmo, que admite mis protestas porque le pido un libro que aún no se ha editado.


Bello hogar de veraneo, punto de encuentro, con nadie porque anda casi todo el mundo eso que llamamos “fuera”, un irse a la fuerza, a lo mejor a un viaje caro y lleno de trompicones o a una residencia ajena de los sillones habituales, la tele que no mira nadie, la pareja que convive y es una belleza que todavía después de casi cincuenta años, aún alargue la mano entre dos asientos próximos, se cuente mutuamente lo que duele porque es una manera vieja y pertinaz que te duela menos. Por eso a ese estar fuera insistente, veraniego, con la ropa muchas veces con una talla que no debemos ya ponernos y que el verano es aviso de ello, yo lo mitigo en ocasiones con esta especie de escapadas deshonestas, con este convertir mi librería, el entrañable manoseo de los libros todavía no abiertos, en un segundo hogar verdadero que elegí para siempre, que jamás me defrauda.


Saber que Empar Moliner ha vuelto al cuento y Acantilado se lo ha traducido del catalán; que Pilar Adón escribe a la vez con dulzura y con firmeza sin restarle dureza a la propia de cada relato; que del Norte de México Daniel Sada sabe contar infortunio y gozo; que Conget es capaz de poner al día las catástrofes de la pasión compartida; que las alegorías e imágenes de “Azul ruso” de Patricia Esteba, transforman y destruyen a seres reales y soñados. Y hasta una maravillosa antología de cerca de 600 páginas de la editorial Menoscuatro de los nuevos nombres del cuento español actual, nos cuenta lo mejor que se ha venido escribiendo en el género últimamente.


Todo está en los suplementos literarios, pero no está igual, no es hogar si no lo tienes en la mano, si no sabes que “la chica unta una esponja triangular con la pasta marrón de un tubo “ y luego de aplicársela a la cara pregunta: “¿Y usted de qué viene a hablar?” y hasta coinciden en tener un tatuaje, "ella aparta la tira del sujetador para que él pueda verlo." Poco importa ya el tatuaje, se queda la incidencia del sujetador.


Yo me pregunto cada vez entre los libros, sin cansarme, sin irme de este hogar, ¿tú qué es lo que quieres ahora?: que me necesiten los poemas, que esta vigilia mágica de libros y hogar sea un género que a ser posible me pertenezca siempre, un placer indisoluble, una utilidad que no me pueda negar ya nadie. En ese hogar me paseo más desnudo y más propio,  lo importante: noto menos el verano, hasta me siento menos vulnerable y más propio.


Es como un pudor de premisas culturales como algo inesperado pero que busco cada verano adrede, muchos buenos momentos: el hallazgo de un libro que estaba medio abierto esperándome adrede.

martes, 6 de julio de 2010

"VEN, Y PONDREMOS VERDES A LOS VENCEDORES"


Voy sintiéndome cada vez menos seguro, pasa el tiempo y entiendo menos a las personas y sé menos de las cosas. Voy notándome viejo en eso, dejando que si el tiempo me vence en la prisa, yo, sin embargo, voy cada vez más despacio y además mis movimientos son más equivocados.



Me empeño en moverme, eso sí, con dolor y sacrificio, es como una obligación diaria que me pusieron desde el día en que casi me quitaron del todo el movimiento, hace 22 años. Me asusté por si me iba a quedar sólo con la literatura, me dijeron hasta donde llegues si es que llegas, y ellos no sabían que yo siempre en la vida me he marcado metas lejos aunque nunca llegara a alcanzarlas, daba lo mismo, aprendía luego el llanto de haberme quedado lejos, el reducto de la soledad a tiempo, el ápice amargo y didáctico de cada fracaso, nunca sentí la obligación de triunfar a toda costa.


Porque en realidad no me ha gustado excesivamente el triunfo de los triunfadores, acaban dando mal resultado. Como estos días he leído tres o cuatro veces seguidas un libro de versos de Kirmen Uribe, un extraordinario poeta vasco y ya luego Premio de la Crítica en Narrativa del año pasado, me he quedado pegado a esos versos, poema tras poema con un placer lento. He estado de acuerdo con él, con Uribe,…"Sea un secreto, un error o un gesto. Ven y pondremos verdes a los vencedores".


Lo digo sin envidia porque yo no he vencido nunca, ni he querido ni he podido, perdía en las discusiones, en los balones del patio del Colegio, me callaba –aunque eso como todos- de las caricias del Padre Prefecto, indignantes e impúdicas, mucho más que la impudicia que he podido tener yo luego. Ya veis después, he cumplido, estoy cumpliendo en las páginas de este escritorio público la raíz del poema de “Mientras tanto cógeme la mano”:


"Ven, y hablaremos de las cosas de siempre.
Del valor que tiene ser amable,
De la necesidad de arreglártelas con las dudas,
De cómo llenar los huecos que tenemos dentro."…


Todo eso vengo haciendo en este rato largo que ya tengo con el pequeño inconveniente que tiene la vida que pasa y termina y ya no viene luego. Yo aquí estoy más tieso que un ocho, más mío que nadie, más presente, con más dudas pero a lo mejor más calidades humanas, esas que te dan al hacerte viejo. Los demás te engañan, te dicen que tú no eres viejo porque vas como puedes amueblándote los mimbres enredados del cerebro que te dieron, yo me apaño con los libros, y como veis con un libro escrito en verso que termina por decírmelo casi todo. Hasta me avisa, para cuando yo venga aquí a hablar de las cosas de siempre, me da permiso para explicar con las mujeres la larga tradición que tengo con ellas, de quererlas, de llamarlas, de contestarlas como si tuvieran siempre “el pubis convertido en alga” que cuenta Kirmen Uribe.


Ya lo veis mi fracaso, que me ganen de una vez los vencedores pero me dejen al menos, fijaros, moverme como pueda pero estar contento, que no sean capaces de quitarme el sueño luego, ya que deben vivir los sueños en lugares donde nunca duermo; porque, además, no nos engañemos la Medicina no ha descubierto prolongar la vida, sino acercar la muerte lentamente hasta que te des cuenta. Por eso todos los que estamos más cerca posiblemente de ella, sólo pedimos un respeto y un cariño. (…”no quiero promesas, no quiero disculpas/tan sólo un gesto de amor”…) Estamos, los viejos, cruzando cada día un posible nuevo riesgo, porque sin riesgo ni puedes vivir ni te vale la pena aunque pudieras. Aparece su consecuencia de repente, y tú no la habías llamado ni sabías la naturaleza de cómo iba a ser luego. A lo peor terrible.


Aquí siempre acabo hablando de lo más difícil que tiene la vida y lo más hermoso: hacer el amor en cambio, esa dulce heroína de otro tiempo, que a veces puede ser simplemente el beneficio del silencio, la proximidad de una caricia, u otra vez el verso del poeta: “Si embargo si me dices “mi amor”/siento un escalofrío/sea verdad o mentira."


No lo puedo evitar en esta especie de homenaje a Uribe al leer tantas veces sus poemas, que me haya dado cuenta que no acabo de arreglarme con las dudas, que las sigo teniendo, que lo único que sé para solucionarlas, aparte de estar tantos ratos leyendo libros y contándolos luego, que no existen vencedores ni buenos, ni morales de línea recta que nunca sabe uno quién la ha puesto. Están y seguirán estando esas dudas y lo único que podemos hacer, lo único, es arreglárnoslo como hacían antes, como he hecho yo luego, desde aquella tarde en una silla de ruedas y malos vaticinios para el movimiento, queriéndonos entre varios con la tecnología a cuestas: los blogs, los nick’s, los mails, la caligrafía enterrada para siempre y el impacto de ese correo electrónico en que a veces no te vale para tragártelo estar más tieso que un ocho.


Terminaré también con Uribe:


…”Todavía tengo la postal que envió desde la mili:

“Yo bien, tú bien,
mándame cien”


Ahora es lo mismo: yo bien, tú bien, ya no pido cien sino las palabras de amor que hay en los comentarios de mis post de ellas. Puede que me sirvan para arreglarme mis dudas que todavía tengo dentro.

MIHOMBRE


Relato de Correveidile


Se lo oí contar a Diego, siendo yo muy mayor. Lo contaba de sus padres, sin que remotamente se echara en falta el respeto y la veneración que a ambos en vida les profesó.



Los Recuejo –seis generaciones a lo menos que se sepa, eran oriundos de Calabuey un pueblecito de nada, que no pasó de ser aldea, a tres horas de Bienvenida; a tres horas de las de entonces, lo que equivalía a decir a lomo de mula o en carro. La Provincia de Albacete.


El padre de Diego –de quién él traía el nombre, trabajaba sus propias tierras y cualquiera otra que se le pudiera ofrecer en aparcería. Arrimar el hombro, de sol a sol, que la cosa no daba para más y a eso hemos venido. Había casado en primeras y únicas nupcias con Florinda y, en el tiempo del relato, vivían solos; el hijo mayor –que fue quien me contó lo sucedido, trabajando de mayoral en un Cortijo de Jaén; y las hembras, pues cada cual en su hogar y cuidando de su hombre y de la prole –que no es paja.


Tenían los padres la casa y corral en la Calle Ancha de Calabuey; y en el extremo opuesto paraba el Gervasio, casado con la María Juana, mujer metida en carnes, y en años también, aunque aún ganosa y, en el maldecir del vecindario, uva de calle.


Un mediodía de poniente, ya entrado el verano, llamaron a la puerta de Florinda. Estaba sola y su Diego, como siempre, en el campo. En los pueblos, ya se sabe, no hay mucho que hacer y siempre amaga quien se dedica a llenar el tiempo como le viene en gana, caiga quien caiga. Era el sordo.


-Florinda, buenos días.


-Buenos días nos de Dios


-¿Por dónde para tu Diego?


-Está en la Torzuela, trabajando las manzanas. Igual que todos los Jueves


-¿Tan segura estás?


A Florinda le pusieron la pulga tras la oreja


-¿Quieres verlo en la cama de la María Juana, retozando con ella como Dios los trajo al mundo? El Gervasio está en la ciudad, a rendir cuenta, que hoy es fin de mes. Y tu Diego lo aprovecha.


A la pobre mujer se le amargó lo que le quedaba de día y de vida por venir. Nos es que hubiera puesto las dos manos en el fuego por la guarda del débito en su hombre; pero enterarse así, de sopetón y, para más inri, con la golfa de la esquina, le desbarataba sus arreglos.


-Si no te atreves a ir sola, te acompaño


-A mí no me hace falta “naide”, que me basto y me sobro por mí misma


Y sin pensárselo dos veces, Florinda cerró la casa, se anudó la llave en el pañuelo y se dirigió, con paso firme y el gesto atravesao, a la otra punta de la calle, sin poder evitar que le resbalara una lágrima no sabía si de rabia o desespero, si de hambre, sueño o ruindad de dueño.


El pueblo estaba desierto a esa hora, los postigos encubiertos en reparo de la resolana. Cada uno en su quehacer, en la casa, en la tierra, o con el rebaño en el monte y Dios, o el diablo, con todos. Enfrentó la vivienda del Gervasio y golpeó con los nudillos en la puerta. No hubo respuesta. Y fue al insistir en el empeño, que apareció la María Juana en camisa y sin poder ocultar un amago de sofoco y embarazo al verla.


-Florinda, hija, ¿qué te trae por aquí, a estas horas y con la que quema?


-Sé que mi Diego está contigo en la cama


-Pero ¿qué dices, mujer. ¿Es que quieres comprobarlo?


Pero el ofrecimiento de la anfitriona sonó igual a cuando te dicen si quieres comer, sabiendo que, invariablemente, se contesta que aproveche. Ni siquiera se apartó del vano, para franquear la entrada.


A Florinda le flaquearon entonces las piernas, se dio vuelta y se fue a casa, que se las había visto peores y en cuanto atañe al sufrimiento no era lo que se dice un pardillo.


Al caer el sol de ese mismo día, a la hora en que se presumía que volvía de escarbar la tierra y aclarara el ramaje a los manzanos de La Torzuela, entró Diego en casa, como si nada. Desde hacía mucho tiempo que no se hablaban los consortes entre sí, desde que casó la última de las hijas y quedaron solos; de uvas a peras solamente, lo imprescindible y cuando era menester. Cada uno vivía su vida y cumplía con sus mandatos, sin estorbar al otro –que no es poco, ni parar mientes en él.


Florinda le preparó la sopa, se la sacó casi hirviendo –como sabe que a él le gusta, cenaron mal que bien, sin siquiera mirarse una vez a la cara y, cumplidos los últimos y más menudos negocios del día, ocuparon el tálamo, la única cama que quedaba en casa, sin compartir otra cosa que algún que otro mal olor y remordimiento.


Y a la mañana siguiente, con el alba apenas, después de haber sorbido su tazón de leche con sopas, que le había dispuesto, igual que siempre, su hembra, cargado con los aperos, doblegado por el peso de los años y a punto de traspasar el umbral, Diego se volvió, encaró a Florinda con gesto grave y le espetó:


-Que no me vuelvan a decir que andas metiendo el hocico por donde yo voy, o a donde yo paro; que a ti no se te ha perdido nada en mis negocios, ni te ha dado nadie vela en el entierro. ¿Enterada?


Su última palabra resonó algo hiriente en el silencio de aquella primera hora, quedando el eco un ratico atrapado entre los muros –aún lo siento. Y cerró de un portazo tras sí.


Florinda quedó un momento paralizada y absorta. Pensó entonces, que había mucho qué hacer toda la noche lloviendo, así debe andar todo, dar de comer a los animales, antes que nada, estar por la labor, disponerse a labrar la batalla diaria contra la misma mierda de siempre, darle cuerda a la casa, que no se pare es lo que importa.


Mientras trajinaba, se dijo que, a los hombres, a los tomas o los dejas, que el que tiene un vicio, si no lo hace en la puerta, lo hace en el quicio, que pretender cambiarles a tu aire, no es sino pugnar en balde, agua en cesto; y que el Diego, al menos, lucía agallas para hacerle frente, sin hipocresías ni tapujos mujeriles –como tantos otros. De modo en que están hoy las cosas, se sentía segura en casa mientras él estuviera, se abandonaba a su suerte y sabía que nada malo podía ocurrirle mientras él viviera. Y si era cierto que le había visto empezar a envejecer, guardaba aún, como asi lo demostraba, munición creciente en la dirección para seguir dando guerra. Tampoco iba a pretender que el árbol creciera en la dirección que a ella se le antojara.


Cuando salió al corral, escampaba.

viernes, 25 de junio de 2010

IBA DESCUIDANDO MI SOSIEGO



Y nada que produzca inquietud o fatiga aunque pueda disfrazarlo el placer lo justifica. Ni el delirio de la propia escritura, esa razón de escribir como un medio más de vida para poder explicar una temperatura fuera, de sentimientos no explícitos y que uno los comparte escribiendo.



Que la escritura es delirio lo reafirmaban ayer en Santillana del Mar en el Curso de “Lecciones y Maestros” –que disfruté el año anterior-, con la propia prueba de Cervantes y como asegura Sergio Pitol. Igual la propia Rosa Montero dijo que intentaba mitigar así el dolor y buscar una luz. Hay otras formas de acallar el dolor: admitir su jerarquía sobre la que tantas veces he insistido. Lo que me duela tiene derecho a doler, a lo mejor es una especie de pesadilla que envejece con nosotros, es carrera, parte de camino con su impudicia y su deleite.


He terminado precisamente estos días una gran primera novela de un hombre, David Monteagudo, de cerca de 50 años ,“Fin”, que como él mismo reconoce, resulta extraña su vena literaria de alto nivel ya reconocido, trabajando desde las seis de la mañana en una fábrica, manejando una máquina sofisticada, acudiendo cada día con su potente moto. Su delirio literario, sacándole al día el enorme provecho de un sustento y dos o tres horas luego al mundo de la escritura, es tal, que puedes entender que este hombre llegue a perder su sosiego y escriba una gran novela.


Pero a quién le pilla ya tarde, más bien terminándosele, quién supo mejor leer lo que otros le dijeron por dónde acercarse más a la vida, necesita esa calma interna, no perderla por nada y resulta más gratificante que uno se solace ahora de los silencios a tiempo, de las cartas ya no escritas, de no adelantarte porque aquello que tenga validez propia te proporciona siempre una experiencia tranquila.


Ya lo sé que como consecuencia a que ha sido el amor casi el único asunto sobre el que me ha interesado la lectura, porque detrás estaban todos los demás, eso era vértice de pérdidas que tenía que aprender, como las habrá ido padeciendo a lo mejor, un autor novel de casi cincuenta años. Mientras yo aquí he ido dejando a dónde me han llamado, lo mejor de mi persona, lo más tierno al menos. Si me iban mal las cuentas, es que debía de ser así porque las entregas a plena madrugada, con las sábanas inquietas del sueño que no reposa ni cuando está soñando; mis pasos por la casa, por los metros que no tienen más medida que los libros; mi pantalla apagada, pero probablemente con acuse recibo de recibo detrás, todo ello tenía y tengo que escribirlo.


Lo único que a estas alturas ya quiero es algo de sosiego, es al menos el simbolismo de un pago a algo bien hecho, y como vivo de palabras, pues siempre demando las palabras. Yo ando escaso de gestos grandilocuentes, ni me gustan, ni sé hacerlos; remos mal manejados; cansancio a veces que se me nota en las pausas sin alegrías ciertas.


Pues yo mismo me he hecho ese pacto, respiraré tranquilo, esperaré lo que sé que viene con el justo dominio de la comodidad que me hace falta, la que debe proporcionar al menos los sitios, las gentes que los ocuparon, por donde estuve y dejé señal de estancia muchas veces hermosa y siempre suficiente. Se puede compaginar el delirio de seguir escribiendo, con el sosiego que necesitamos luego.


Todos podemos en algún momento aparecer con la cara cambiada, a cualquiera le podemos encontrar motivos para modificársela, pero es de nobleza y buen nacimiento, en los sitios en que hubo generosidad y rendimiento escoger la mejor y dejar esa puesta. Siempre me resistiré al cambio de enseñar lo peor cuando existió andadura de lo mejor y entonces se utilizó, se compartió.


Mi delirio necesita que continúe, escribiendo, hacerlo con las palabras más justas, o al menos más aproximadas, para que sepáis lo que quiero, porque os quiero. Detrás está quizá el misterio de por qué no huyo, suelo volver a decirlo casi todo de nuevo con parecidas imágenes y necesite otra vez el sosiego porque cada uno de nosotros somos esas señales en busca del reflejo de una especie de obstinación a donde van a parar todos los sueños.


Yo me detengo, pero sigo teniéndolos.

JUNIO


Imagen aportada por Fran


Por Correveidile

Al mes siguiente se le dijo Junio, en honor de los mancebos, cuando empieza a verdear la sementera. Las plantas han ido tomando virtud durante todo el año, a la par que los días crecían hasta llegar al solsticio de verano –a poquito de cumplir el mes su mitad, en que el sol parece ser por un instante quedarse quieto –tal como lo detuvo Josué para poder dar paso a sus tropas antes de que anocheciera, siendo el día más largo del año, la noche se empezara a venir y la ves como arrinconada.



Y a partir de ahí las horas de luz decrecen y las plantas se enjugan y recogen, la serpiente pierde su piel y se vuelve ciega hasta la remota Primavera, en que restriega sus ojos con el hinojo y ve luego. De ahí también que sea del vulgo en que las hierbas cogidas de la mañana de San Juan tienen más virtud, por haber florecido en el apogeo astral; y que “riña por San Juan, paz para todo el año.”
El vencejo –el que duerme en vuelo, que emigró para invernar en tierras cálidas, ha vuelto ya donde solía, la algarabía de pájaros descontentos que anidan en los magnolios de la Gran Vía al atardecer, el aire plagado de semilla de los plátanos de sombra, que allí les dicen manilos, la noche de San Juan en llamas, la dulzura de vivir.
La misma raíz de la palabra Junio dice relación a lo que es joven, a la fugitiva tiranía de la lozanía, que es como humo de pajas por lo poco que dura, que “el mozo y el gallo, un año”; después le sigue el largo crespúsculo de los dioses. Al igual que el que pone la rosa segada en un vaso con agua, que sabe que, al tercer día, ni es rosa ni es nada; como un tacho de jazmín nevado que guarda su frescura sólo unas horas, desde que el sol se pone hasta que amaga la unánime noche, que se marchita y se te queda entre las manos.


Y no creo que fuera por azar el que, un 14 de Junio, al mediodía, abriera los ojos por primera vez. Después, vino la vida a enlodarlo todo. Que sólo tres días gozarás de esta luz y, al tercero te recibirá la muerte.

jueves, 17 de junio de 2010

LA ILUSIÓN DE PERMANENCIA



Aunque me vaya quedando sin ideas quiero ir conservando siempre un rincón propio con un ápice de bondad al menos, un arte al alcance de unos pocos. Sirve para limpiar la piel de aquellas ocasiones que culminaron dentro de uno en una especie de protesta por la vida corriente. Cuando ocurre me siento ajeno al momento, rotundamente extraño y todo deriva curiosamente de haber vivido esos instantes en sitios donde no debía estar. Me doy cuenta enseguida, no tengo plaza allí aunque me solace una y otra vez, estudié otras materias, igual de profundas y liberales, pero es sumamente fácil equivocarse de redacción y pensamiento.

No quiero errar ni de lugar ni de gentes, me da lo mismo que me encuentre ya en un ascensor de bajada, quiero poder levantar la mirada y que se noten los antecedentes, que no los estropeen el error que se calcula al comprobar que no era ese piso, el lugar ni la residencia. Antes de volver a equivocarme, estar sólo si hace falta, que se parece a ser libre, y eso hay veces que no hay bicho viviente que lo aguante.


Un artículo de Elvira Lindo del pasado domingo, hablaba que no le gustaría ser más joven, que quería “estancarse, hacer eterno este presente”; que añoraba la lozanía física y notaba que era cierto que ser viejo duele en los huesos –yo te tomé tiempo y me dolieron mucho antes de hacerme viejo-. Se lamentaba que “al parecer provoca más dolor el deseo frustrado de tener una vida distinta de la que nos ha tocado en suerte.”


Y le quiero contradecir: me quedo, Elvira, con la vida que he tenido y que tengo, no le voy a pedir prestado nada a nadie si no es mío, tendría que morirme antes; ni hasta, a veces, a la mujer que llevo al lado como un brazo cómodo dónde apoyarme siempre cuando subo precisamente escalones con ella, sin escalera, sólo quiero evitar o salir de ellos, de los tropezones, las maneras habituales de equivocarse. Me sujetaré con la larga retahíla de los cariños leales de siempre, evitando impacientarme, voy a estancarme en el presente porque es el sitio dónde voy a pasar el resto de mi vida.


No pasará nada si se me acaban las ideas, siempre me quedarán los libros para buscar nuevas en ellos, pero quiero ser bueno, bueno hasta la médula, sin tener que rascar nada luego; bueno con quien tengo cerca, bueno en sitios como éste que se escribe y se lee y luego hace cada uno lo que mejor piense. Pero no bueno como una estampita del colegio, sino ejerciendo la calidad que tuve y puse en marcha en tantas ocasiones, desde el comienzo, a pesar que el paso del tiempo a una cierta belleza, de origen, de expresión, cualquiera puede notarla acentuada pero cansada. En definitiva, bueno con quién lo merece.


Pues no me voy a cansar de intentar ser lo mejor que pueda, como si fuera mi forma de seducción, mi libertad interior y exterior prestada a los demás. Quiero que se note entre las mismas hojas donde escribo un intento de conquista con la mirada, un momento oportuno que alargue su oportunidad hasta que haga falta pero dónde desarrollarse a gusto, ya lo dije: en piso, lugar y residencia adecuada.


La claridad y la verdad en cada palabra escrita, que nadie me pille con el paso cambiado porque lo tuve siempre recto y sorbo a sorbo ese ha sido mi pasado. Donde puse la entrada, tuve luego la salida, nadie me dijo es por otro lado, eres ex de nada y entonces es absurdo que la confusión la provoque yo mismo. Me suenan extrañas las relaciones entre la gente que fueron de una manera muy gloriosa y se acabaron enseguida.


Quiero que lo que reste sea, una vida normal, me doy cuenta que no existe para mi vuelta atrás porque lo que no puede volverse de nuevo es el tiempo. He gastado a la vez montañas de ingenuidad, entregar más de lo que podía. Necesito ordenar mis cosas, darle paciencia a la salud por si hay alguien que le importe saberlo cierto. Sacarle todo el partido al café de esta mañana, a las seis y media, casi cien páginas de una excelente novela de Marta Sánz; dejar que me llegue la tarde como muy de media tarde, leer luego por la noche antes de dormirme engañándole a los dolores de los huesos.


Necesito lealtades de admiración y de paciencia; siempre supe devolverlas; una confianza de gente buena que sea a mí a quién le pregunte, ¿necesitas algo?; vivir con pasos adelante, malos y breves como suelo darlos, pero seguros que hasta desnudo de ideas nunca perderé la de ayudar a la gente. No quiero sentir penas y menos de mí mismo, la pena no puedo permitírmela, quiero valer lo que valga más o menos pero que sirva para formar parte de esos pequeños actos repetidos que consigue transmitir la ilusión de la permanencia.


Eso venía a decir, como si ya fuera la última idea para ir a parar a la monotonía establecida de las vidas en orden, un amor a esa vida sin que nos exceda, que suponga una garantía para preservarla, por si acaso.