martes, 30 de marzo de 2010
TENGO UNA CAPACIDAD DE SENTIMIENTO INTACTA Y GRANDE
Todavía, y por eso necesito un verso en cada soledad para explicarla. Hace días pedía una felicidad humilde y última porque la vida la voy sintiendo demasiado adulta. Aquí en la red, que es algo así como su nombre dice de la mano de María Moliner, una “malla de hilo, cuerda, alambre, de forma adecuada para contener o retener cosas, o para cualquier uso.”, la usé y me usaron en ella. Yo creo que la red de Internet es de un material especial, es casi un espionaje de sentimientos del que no te puedes librar, una industria monumental que se crea alrededor de las personas cautivándolas.
Preguntarme a mí mismo o a quienes me leen qué es a estas alturas, me deja sin respuesta. La gasté por muchos motivos entre letras: para pedir perdón hasta cuando no debía; estar con alguien mientras me querían o eso creía; que fuera placer o casi placer esa ternura difícil pero mutua. Llevo tiempo anunciando mi partida, desenredado de la red, con escasas letras ya cursadas fuera de estas páginas, voy a irme unos días junto al mar, allí donde es más fácil hacerse poeta, pero he pensado antes de hacerlo que es preciso confesar, que dentro o fuera de esta red me queda todavía una capacidad de sentimiento poderosa y virgen.
Viene el buen tiempo, se termina el invierno de nuestros descontentos, haré que me venga bien para sentirme mejor a pesar de que acumulé demasiados motivos para estar peor. Voy a contar de nuevo cómo es eso que yo supe hacer bien muchas veces: tener quien cruzaba mis palabras con las suyas como unas memorias intemporales sin destino, sin dueño, lo mejor que poseo, lo que he regalado demasiadas veces sin merecer su destinatario el destino que les di: mi coraje de vivir, mi rabia, mi ternura que siempre tiene un apellido. Es como una proximidad desnuda, descarada e imprevisible. Son más cosas: la lentitud del tacto que tuve escribiendo, mi avalancha en ocasiones por no saber esperar, mi atractivo como un coche viejo que provoca cada vez subirse en él.
Pues eso, habrá sido cosa del buen tiempo, de que ya estoy harto de quejarme cerca o lejos y que era incapaz de dormir por haberme olvidado de escribir un e-mail, o haber mirado a ver si llegaba un sms de quién ni tan siquiera llevaba encima el móvil. O haberme dado cuenta yo solo que este capazo de sentimiento vale casi tanto al darlo que al notarlo yo por dentro.
Me hace mucha falta hacer como he visto esta mañana en la calle, sin hacer caso alguno, a que se abriera o no el paso de peatones, una mujer y un hombre, macho y hembra para la realidad de cualquier tema abierto, besándose en la calle apasionadamente. Era más bien la boca de ella, quién buscaba la de él al separarse; era un beso prolongado con el secreto del éxito puesto. La gente que pasaba no sé si les censuraba o los envidiaba, yo era del último grupo, seguro. Ese beso tenía que tener causa o a lo mejor eran dos personas con capacidad de sentimiento, con historia que se le notaba en los cuerpos.
Pertenezco a esa asociación de besos y cuerpos, de falta de decoro si no encuentro las palabras decorosas. Voy a agrietarme de nuevo cuando escriba, a volver a ser joven, a que la memoria me deje de una vez ya libre para siempre. A enredarme en la red y la malla de hilo pero yo solo, la cuerda o el alambre: serán lo suficientemente fuertes para no desenredarme. O sin ella, tanto da.
Voy a ser placer otra vez, narrable, provocación, instante. ¿Para quién? Para mí mismo, para esa humille felicidad última que aún me queda por sentir dentro de mí, que me la merezco más que nadie. No debo nada a nadie, ni tengo peticiones pendientes, me lo debo a mí que he querido siempre entregando hasta lo puesto y lo que tenía por poner.
Noto recogido el tacto entre las manos y la ternura llegándome a la espalda. Me brillan los ojos viejos cuando miro a una mujer merecida y verdadera. Me queda entre los dedos la verdad del deseo cuando es deseo. Estoy seguro, encontraré ese imborrable y propio verso de la soledad que necesito con la desgana que siempre tienen los poetas, encontraré el amor, ese cuando no se dice nada.
Gozaré con mis propios recursos, con la riqueza de mi letra, la alegre protesta de la vida, las luces matinales, la cultura de oro de la tarde que dura, la urgencia que ya tengo de vivir, el lenguaje que aprendí desde niño para ayudarme a ser hombre con lo que he leído.
Tengo bastante. Escribo recién inaugurada la mañana porque nunca me he sentido triste una mañana, me da lo mismo que no me espere nadie al otro lado de mi propia escritura. Haré que no sean ciertas las palabras de Juan Cruz, ya que llevo leyéndole hace días, cuando afirma que “lo que la vida devuelve es el invencible fracaso del porvenir.”
Que la vida no me devuelva nada. Me anclaré en el poeta Caballero Bonald: "Prefiero equivocarme sin ayuda de nadie. Verme situado en el porvenir siempre ha sido una de las versiones de mí mismo que menos me han gustado." Pues el presente solo y propio con esa capacidad de sentimiento intacta todavía..
miércoles, 24 de marzo de 2010
"TANTOS AÑOS, TANTAS TARDES, TANTAS PALABRAS"
La expresión es de un magnífico periodista, Juan Cruz, de su libro de memorias “Egos revueltos”, escritas escuchando “el mar tronante de Tenerife.” El añadido propio: PARA NADA. Cubriendo donde las puse esos episodios de vida mal contados, pero sentidos con la intención de una recepción noble que eliminara imperfecciones propias, cualquier tipo de desaliento y me provocara el entusiasmo como un espectáculo de futuro todavía.
Pero no me ocurrió así. Hasta en mi última intervención pública, rodeado de excelentes escritores ya lo dije: primero mi titulación, lector, de esa vida que como dice Juan “se lee y se queda, es como una piel que se te adhiere”. Yo la traje aquí, la fui contando con las páginas de cada libro, desde el suelo si hizo falta como la imagen que encabeza este suelto, con manos hacia arriba que no tuvieron duración verdadera, fueron gestos al aire, una postdata al final del propio texto de las que me había olvidado.
Ya lo sé que estoy insistiendo: nunca fue como quise para poder decir luego “era”, aunque quizá la verdadera cuestión es si debía haber un era, si aporté lo suficiente, si no di la imagen de amordazado yo mismo antes de alzarme por no tener –más allá del oficio de la lectura- otro signo de vida más hermoso, una continuidad de comportamientos, un trazo limpio y entendido para cubrir cualquier espacio incómodo, utilizando los órganos más útiles.
Hablamos otra ocasión de ellos –y me repito- quizá porque yo mismo noto mis carencias, los huecos que tengo, cómo los fui contando y sin ser escritor, me atreví a veces a escribirlos y la propia escritura “manda y hiere”. Me fue ordenando lo que os he ido contando desde “inventándome la vida” que puse como título a mi primer blog, hasta este presunto “mi privilegio” que ya por mucho que lo busque, nada responde a su nombre, sino rutina, insistencia, como una queja monótona derivada de años, tardes y palabras.
Con estos años, ¿qué he hecho? Ni siquiera la dignidad del envejecimiento, mi edad del tiempo, las manchas de mi cuerpo y hasta opiáceos que van destruyendo el cerebro. No son medicamentos, son acompañamientos para hacerte peor viejo, con ellos. Para poder vencer las madrugadas, llegar al fin a ese sitio de la mañana que siempre será mi único válido espacio donde sentirme hombre leyendo, poder así enterarme de cómo eran los demás, llego ya por senderos que me traen malos recuerdos al ser yo mismo ahora quien se encargue de repetirlos.
No poder dormir, no poder emplear el pedazo de descanso que me queda cada noche, recorrer yo solo los espacios de una casa vacía y fría, sin los 21 grados a que le obligo de día; terminar en la cocina que han dejado ya limpia y buscar cualquier intento de comida con el único objetivo de volver luego a la cama como si viniera del final del día. Y si continúa la manía de no poder dormirse, remediarlo ya mal. Me lo callo, no sea caso que me estropee la mañana que viene algún día. Se me ha escapado demasiado contarlo.
Para qué si los años que aquí he puesto hace más de veinte años ha sido como contar los sueños de estar donde no estábamos. Me gustaría el borrón casi completo, empezar a contar otra vez los años pero no por vivir más tiempo, sino por hacerlo mejor y por procurar que ahora, “tantos años, tantas tardes, tantas palabras” me hubieran servido aquí para algo.
Ya que le he robado a Juan Cruz el título para meter aquí estos pensamientos, de sus excelentes “Egos revueltos”, compartiré con él su entusiasmo por ciertos libros que también he leído con la pasión de leer apasionado: “Tres tristes tigres” de Cabrera Infante, dice en su primera página lo que afirma Lewis Carol: “me gustaría saber de qué color es la luz de una vela cuando está apagada.” Digo yo: ¿De qué color será la propia vela?
miércoles, 17 de marzo de 2010
NO TENGO ALIENTO
Al igual que la imagen, con su mismo texto. Para seguir insistiendo sobre lo que quiero. Hace ya 5 años, le puse una palabra delante a los libros a la hora de crear en la red una página web de literatura, donde iba a contar lo que estaba leyendo, sabiendo que un libro es tan propio que ni se lo puedes recomendar a nadie.
acércatealoslibros.com sólo pretendió insistir en que aquella tremenda parte de mi vida iba a seguir siéndolo, compartida con los que quisieran conmigo venir a leerse un libro. Para eso aún me queda aliento, hábito, y un enorme cariño.
Y quise luego en estas pegatinas del sentimiento, llegar hasta más terreno. Ya lo sé que nadie acepta a nadie como es, se puede competir o comprender, y con esa agarradera humana he desnudado muchas veces mis debilidades más ocultas para llegar así hasta la gente y tener un coito humano y glorioso a la vez. Como sacando de esta manera la vida secreta que todos llevamos dentro, la preciosa vergüenza de la intimidad. ¿Para qué?
Casi parecido a tomarse un café a media tarde con alguien e intentar decir cómo eres, y averiguar cómo es quién tienes cerca. Todos estamos pensando a la vez que en las relaciones humanas, no existe estar solo, cuando es verdad no está solo nadie.
Cuántas veces me he acercado para nada pensando que estaba casi todo, que yo era ese hombre con la página del libro siempre abierta para estimular el cariño, inventárselo cada vez si llegaba hasta que me dijeran basta o me quedara sin aliento, como en esta ocasión por ese hermoso poder y esa tremenda fuerza de la comunicación. Evitar así y evitármela, la tristeza de estar solo muchas veces hasta que llegara la verdad de mi mentira, lo que antes explicaba: la certeza que no está solo nadie.
Pero puede tener uno ya, el derecho por las veces que he hecho míos esfuerzos o necesidades ajenas –mal qué bien, pero hechas- a una vez más quedarme quieto, equivocado con los propios vicios que no vienen ni en los diccionarios eróticos quizá, pero sin agobios. Me gané, creo, mi sitio, mi lugar, mi identidad, con el documento acreditativo además en la mano. Y sobre todo, me gané, me parece, en ese espacio, también otro derecho: una empatía y un reconocimiento que normalmente no hace falta tanto pathos para obtenerlo.
Creo que aún puedo pedir más, voy a insistir en un derecho a amar con el más amplio reconocimiento; salir ganador –como si la hubiera habido- de la hazaña bélica que tienen los amantes antes de la cama y una cosa muy hermosa: ese recurso que deben tener las citas en el campo de batalla, caídos ya los estímulos de la empatía y el vestido. Dije ya hace mucho tiempo en aquellos foros de debate tierno, necesito un cariño que hasta yo mismo le pueda bajar los tirantes.
Todo viene quizá desde que llegaron las pantallas enormes de Internet, nos fueron viendo todos, los que nos podían ver y los que no debían, y llamarnos luego o pensaron en la intención de hacerlo. No supe desfigurar el rostro, ni mucho menos los valores para una continuidad.
A mí me faltó, encontrarme del todo bien en un sitio. Había un sendero de búsqueda, de proceso. No se trata de sentirse entonces mejor persona, sigues fallando en los mismos esquemas cuando surgen, sino al menos simplemente mejor, no sentirme de pronto agobiado y que tenga que decir como en la imagen, me falta el aliento.
Porque soy persona de mucho aliento y de reconocer insistentemente el valor de quien tengo al lado. Insisto en las admiraciones que estoy admirando siempre. A lo mejor empiezo como todos con lo fácil, la belleza, ese injusto atributo de la naturaleza humana, pero siempre sigo más hondo porque me sorprende y rechazo las distancias.
Es sugestión cada vez más para mí esa comunicación del ser humano en la que hay tantos vacíos, pero lo que ocurre, o lo que más me destruye, es que luego detrás del misterio existe el deterioro por hacerlo. Chejov ya avisaba que cualquier relación de pareja es un misterio.
Cuando escribo y lo que he escrito aquí, también ya hace años, no hay un cálculo: das, recibo, con tarjeta de crédito admitida. Porque mi crédito siempre ha sido amplio, gasto bastante, luego pediré un precio alto, pero no quiero llegar, cobre el importe que cobre, a esa sensación de no tener ya aliento de eliminar yo mismo un día las palabras que siempre las acababa de leer y poder así llegar a un silencio reposado y viejo donde no quepa nada más que la soledad, sin espacio para que no sea cierta.
sábado, 13 de marzo de 2010
AL FINAL SOLO QUEDA ESO
Los versos de Uribe: “”no quiero promesas, no quiero disculpas/tan sólo un gesto de amor”. Hay explanada suficiente en la vida para darte cuenta quien aporta ese gesto, esa manera de ser, no hace falta ni tan solo decirlo. Parece sencillo, pero escasea.
Ando ya de finales, que viene a ser lo mismo que plantearse las cosas que uno no hizo bien desde el principio, no dar ni una frase gratis, otra vez Uribe, “mientras tanto cógeme la mano.” Lo he pensado, nadie hemos sido perfectos ni en la cama, ni en el sueño, ni desde un lado al otro hemos demandado y otorgado demasiada convivencia, tan sólo saberse las cosas y estar dispuesto a aceptarlas.
Pues escribiendo por estos andurriales hice lo mismo y pretendí que hicieran igual conmigo. Aquí entre las palabras pueden estar dos seres juntos y qué daño se pueden hacer dos personas y qué placer se pueden dar. Depende del tiento, como dije de las maneras, de esa espera dándose la mano del poeta vasco.
Yo que vine por aquí para estar menos tiempo solo me voy sintiendo más solo. Ya sé que la soledad es una buena condición para enamorarse o para perderse. Estuve mucho tiempo apuntado a lo primero, a ese lance hermoso como insistentemente dije un día: necesito la desnudez de una mujer que se quiebre, basta, muchas veces, una palabra para abandonar una vida y penetrar en otra. A veces la calidad del mundo depende de un simple monosílabo: económico, de absoluta discreción. No lo he tenido, ni un abrazo, sin dominio, libre, promiscuo, inmoral a los ojos ajenos, el de la mujer que sólo sabe murmurar te amo en el momento en que se siente hembra abierta. Pues el hombre, abriéndola.
Expliqué en post pegados varias veces la medida, que es difícil en casi todas las ocasiones pero que la tenemos todos por igual: veinticuatro horas, para querer a alguien, para soportar el dolor, para entenderlo todo el tiempo, pase cualquier cosa a la que le dimos toda la importancia si cabía la posibilidad de pensar que no iban a entenderla, se iban a quedar sólo precisamente con la importancia..
Y como todo eso me ha ido fallando, y me puede seguir fallando a la vez que he fallado yo, pues hay que recurrir al cuarto propio donde gritar a solas en silencio sobre todas las cosas; donde te das cuenta que la vida ha sido sólo eso. Se me ocurre un símil –ya sabéis la manía de las metáforas que tengo- : la desolación de desnudarse en la oscuridad junto a una mujer que no se va a despertar únicamente pensando en ti.
Pero a mí me queda todavía, la honestidad de los adultos que quieren algo de los demás y estuvieron dando mucho rato; sostengo la percepción del amor como un secreto propio que tengo; una fortaleza vulnerable y previsible pero fuerte. Abandono si me viene alguna desgana triste, permanezco con mi historia, eso que siempre no se cuenta. Todo esto me pasa, lo siento porque ya es media tarde, con su extraño y particular silencio de cuando estoy solo en casa, me sustento de algún buen recuerdo leyendo el castellano de Castilla de Miguel Delibes, recién muerto. Le pudo a la salud escribiendo, ni eso fue una derrota, a lo mejor su mejor victoria.
Para mí un gesto de amor es entender todo esto: que la vida no me ha dejado más que eso: sin promesas, sin necesidad de disculpas, cogiéndome la mano, mientras tanto, yo la miro dormir porque siempre tengo tiempo para dormir yo después.
Para que me pertenezca eso, tres recuerdos que tengo como un ofrecimiento: un sentimiento tan conmovedoramente arrugado como un pezón todavía arrugado; tocar como se debe tocar (lo que dije el otro día del tacto) y sentir que es cierto, y que siempre hay un aquí estoy yo, aquí estás tú, el que sea, el más propio. Igual que si la vida no le soltara a uno nunca. A mí ya no me suelta aunque al final sólo me quede esto: iba a empezar a escribirlo pero esta tarde es demasiado tarde, perezosa como una novela que no se acaba nunca.
No he conseguido explicarlo, luego nadie podrá juzgarlo. Va de poetas, fijaro que para terminar mi explicación cualquier otro día empleara los versos de Erika Martínez, de su “Color carne”: "Me gusta que me mientas/no permitas que se te note.”
martes, 9 de marzo de 2010
MI SECRETO ES EL TACTO
Lo explicaré, y de ahí me vendrán las palabras, algunas que pueden cubrir todo un idioma. Por eso Kirmen Uribe en su novela “Paris-New York-Paris” cuando habla del viejo proyecto de estudiar euskera, dice que sólo recuerda una palabra: “goxua”, dulzura.
Cuando la pierdo, o no la tengo a mano, o no me viene de algún sitio, no soy yo, ni parezco serlo. Me puede cercar un contexto extraño que no lo entenderé jamás, con el que me daré después golpes en el muro siempre a mano para cualquier desesperación que tenemos todos los hombres. Sentí desde niño como la creación propia de un mito: la historia inagotable de la mujer, y pagar el precio que haga falta por su profecía para unirse a ella. Por eso los hombres acabamos siendo siempre de nuestras mujeres, de cualquiera que sintamos cerca, de sus caderas donde jamás se pone el sol (qué inverosímil pero qué cierto), de lo artísticas que pueden ser sus miradas, siempre tienen una belleza aunque sea a trechos.
Por eso no quiero perder jamás la “goxua” de los vascos para ellas. Vengo a pedir perdón a la hoja de papel sin destinatario o con él, da lo mismo, por cada instante inexplicable y quieto, en que la perdí, se me hizo pedazos, se produjo la distancia, la propia negación de mí mismo, la pérdida de las palabras que podían ser perlas en mi boca.
Quiero recuperar de nuevo el tacto para sentirme bien, quieto, callarme un rato, saber que haya quién me pueda haber leído hace años y no defraudarle jamás. Creo que tengo todavía señales de ese tacto, prolongado y joven, sé dar la mano, nada menos que la mano con la inmediatez y la esperanza con que escribo un post suelto, lo pego en el pasillo junto a más de seis mil libros para que se haga viejo como yo pero que acabe siendo un astro.
Sabéis de sobra cómo me levanto, (lo he explicado al menos cien veces) y cuando me acuesto -¡qué terrible secreto!- ya leo poco rato y eso que estiro el sueño antes que el libro me deje a mí en lugar de ser yo quién lo apoye en la mesilla, apague la luz de un día menos de los que tenía y haga esfuerzos por recordar dónde dejé ese tacto, en lugar de un roce inclinado que es capaz de cambiar a la persona con crueldad, con desmemoria, dejarla sin tacto.
Tengo pues un proyecto de vida que no se lo he contado a nadie: lo que vengo haciendo. Por la mañana volverme a enamorar bien pronto de toda la mañana, estar fuera un buen rato, irme hasta donde vendan la prensa más lejos de mi casa; pasar por mi librería y enseñarle a Bea la copia de la sobrecubierta de la próxima novela de Mercedes Castro, “Mantis”, que me ha hecho llegar ella hasta mis manos en un correo electrónico, como cuando nos escribíamos por aquella su primera obra, “Y punto”, que tanto me gustó. (Tengo 32 citas señaladas, ¡qué mal he dejado el libro, o qué rico!). Luego me he ido más contento, he tomado una cerveza fría porque hacía frío, en la calle, al sol y la chica insistentemente rubia que me la trae, siempre me dice “amor mío, verás cómo está muy buena”.
Ya por la tarde, era tan urgente recuperar el tacto que luego de leer un rato “La humillación” de Roth, con “vídeo train” he juntado tres imágenes –una casa, un grafiti y un cielo nublado- y Photoshop y yo nos entendemos tanto que ha quedado divino poner el grafiti en la pared de la casa y cambiarle el cielo tan claro y tan falso por el que yo llevaba bien nublado.
Ya no tengo más cosas, más día que contaros, sino reclamar el tacto que se me escapa a veces para que venga y se me quede dentro de las entrañas para siempre el idioma de la dulzura, el derecho a la soledad, la renuncia a la indignidad de esa falta de tacto a veces. Así toda la tarde, así toda la vida.
lunes, 1 de marzo de 2010
SOY UN HOMBRE CÁLIDO QUE BUSCA REFUGIO
Lo dije el otro día en una respuesta a un comentario, enviando a alguien besos. Podría aplicarlo ahora porque tengo todavía una comarca vacía donde buscar ese refugio. Han pasado los años y ya no me quedan respuestas contundentes y totales, tan sólo saber que hubo un momento en que debí conservar la más pura esencia de la dignidad que tiene detrás el propio lenguaje y no lo hice, quizá porque me quedé demasiado rato. Pero hay que seguir desde cualquier parte.
He buscado refugio a veces en las propias palabras y cuando yo he escrito de amor, de pasión, en estas páginas nunca fueron palabras con destino concreto, era cómo definir los sentimientos, cómo ponerles un lenguaje propio con una intencionalidad sana y hambrienta. Era oír a Bach o a Wagner y saber que eso era la música; o como hace un rato en la voz de Serrat la poesía imprescindible de Miguel Hernández que le dice a su esposa: “eres la medianoche de la sombra culminante/donde culmina el sueño, donde el amor culmina.”
Porque debe haber una especie de sitio, de culminación, igual que la mañana con el café y los libros donde uno sea el mediodía para la gente de bien, para quien de verdad quiera saber cómo me siento. Y el porqué de esta propia estancia, aquí, entre los silencios del ordenador abierto, mi caminar incierto, inseguro, doloroso pero con una gravedad en los gestos obscenos, nobles y generosos que debieron servirme y tampoco me sirvieron.
Estaré equivocado, habré preguntado las cosas a destiempo pero traje seguro como entre dientes de las propias palabras una imborrable educación, en mi caso, heredada y conquistada. Me ha pasado como a ese personaje, “Pumuky”, que Lucía Etxebarría ha construido en la red de Facebook durante años y del cual ha derivado su última novela “Lo verdadero es un momento de lo falso”, que explica claramente como “uno no se hace adicto a una sustancia o a una persona: se hace adicto a una conducta.”
Yo llevaba, como todos, la conducta puesta y me fueron apareciendo las adicciones: una tan hermosa como es la del amor esa “negra tormenta que se desencadena en estación equivocada.” (Etxebarría) Otra fue quizá la de contar las cosas con esa obligación que me he creado de necesitar las palabras pero con una gramática del miedo, de no poder escribir nunca todos los versos que tengo dentro; las palabras con el lenguaje del cuerpo que debe haber detrás. Y cuando me callaba, ¿sabéis qué me pasaba?: que estaba buscando más palabras.
Todo para qué: para tener ese refugio y esconderme allí dentro, saber de algún cariño honesto y tierno done hacerme viejo, de un espacio clandestino pero honesto que tiene la propia cama. Todo para poder luchar como hice al principio desde cuando tenía tan solo cincuenta años con esa especie de sufrimiento que se nos viene a la cabeza, que no está ni en los huesos ni en las cosas que nos van apareciendo. Es verdad, la mente no te engaña: estás mal cuando te empeñas en estar mal.
Y no encuentro ese refugio para este animal cálido con formas quebradizas de niño, porque eso soy, me lo dijo un médico famoso que fue humano y grandioso hasta el último instante de su vida; se lo dijo mi hermano Antonio a la mujer con la que me voy a terminar mis días: cuídalo, que es un chico muy bueno y muy frágil.
Da lo mismo, sin refugio, seguiré ofreciendo cada vez que escriba frente al néctar de una flor nocturna la claridad que tiene el día; me empeñaré en decirle bien pronto a la gente: “que tengas un buen día”, para quedarme aunque sea con poco porcentaje de oído pero mucho para escucharlo, esperando eso, que me digan lo mismo.
Pues aquí estoy, sin refugio, da lo mismo, pero recuerdo haber estado antes, a lo mejor sólo quiero sentir una mirada encima de la mía.
lunes, 22 de febrero de 2010
EN EL SURCO PROFUNDO DE LA ESPALDA
Es curioso el papel le he asignado a la música en mis últimos tiempos. Aquella enseñanza obligatoria de mi padre que he contado en otras ocasiones se ha convertido leyendo, a la vez, en ganancia para las palabras con un ritmo propio, casi el mismo del péndulo del reloj de la sala donde leo.
Este año dos novelas que son pura música su temática y su desarrollo me han cautivado: la gran obra de Belén Gopegui, “Deseo ser punk” de la cual ya me ocupé hace meses en mi página web de literatura, y ahora, una bellísima novela, nada punk porque según confiesa su autora, Aixa de la Cruz, una bilbaína de 21años –estudiante en la Fundación Antonio Gala- lo único de esa naturaleza que ha hecho en su vida es casarse con un dramaturgo mexicano.
A mí de su novela “De música ligera”, esas dos generaciones musicales del libro, el cuarentón profesor y su alumna, entre cerveza y cerveza en cualquier pub irlandés de Madrid, me ha llevado a darles crédito cierto las palabras de unos de sus personajes: “la educación no se hereda, se conquista”.
Una frase ajena siempre me hace pensar lo suficiente para entrar en un limbo donde me gustaría poder cambiar las cosas porque siempre fui un enamorado de los modos, esa cultura inabarcable y tan específicamente propia que no te la da nadie, que no se aprende. Me valdrán mis genes, pero ese vidrio tallado y bello, ese estilo es más infrecuente de lo que pensamos y muchas voces lo poseen seres que no llegaron a mejores niveles.
La educación es un surco profundo de la espalda, es la manera por excelencia, el relato de lo que hablamos y contamos, de las palabras que nos vuelven, un lazo de atracción única y literaria, es seguridad. La enseñanza del esfuerzo lleva de la mano las formas de hacerlo.
Igual que he leído en la novela de Aixa de la Cruz sobre la inmortalidad de la música, que marca los instantes y les quita la historia, ésa la pondremos nosotros. Yo hago de la música ahora como mi doble fondo cuando estoy leyendo, una especie de silencio propio, que es el abandono de oír.
El silencio lo gasto para mí, cuando noto a alguien cerca indefenso, necesitado, no me callo, no hago pausa ni busco tiempo muerto, es como una educación de entrega de enamoramiento que me fabrico a veces
Pero es mi mayor cultura y mayor educación, mi compañía verdadera, mi escucha tenue como una especie de sensibilidad inteligente, propia, sobre todo con alguien que no esté absolutamente cuerdo, como nadie, como yo mismo. Tomo una medida: la necesidad que siempre tienen los mejores indagándose mutuamente en la búsqueda de los gestos inauditos que siempre tiene la vida.
Me la conquisté con esos pequeños detalles inalterables que al final es lo que recordamos de las personas. Es mi maquillaje, la calidad del alma de la que saco lo que puedo para oír música leyendo; es lo que por mí está mejor imaginado, siempre que tiene más calidad que lo real; la manera que tengo de deciros no quiero la herencia, quiero la conquista, envejecer de la forma más humana que haya.
Creo que alguna vez ya lo dije: Hay una medida que no falla y es igual para todos: veinticuatro horas, para querer a alguien, para soportar el dolor, para entenderlo todo, todo el tiempo. La calidad de la vida no depende de grandes cosas: son maneras de estar, de entenderse con la gente, con los códigos que eligió uno, su educación.
Está siempre en el surco profundo de la espalda. Como una columna de luz para hacer que intervenga el equilibrio, la caricia pendiente, amplia, para sentirte al fin conquistado.
miércoles, 10 de febrero de 2010
Menos posibilidades de sentirme solo
Todo sigue su curso y, poco podemos hacer para poder cambiarlo, escribo para que sepan los demás cómo soy yo. Escribo para no estarme quieto, como un sudoku mal hecho, un testimonio inquietante de líneas de cocaina vacilantes. Quiero aferrarme a algo, si a uno se le acaba la persona, pues los ritos, el silencio, las costumbres enseñantes: el María Moliner desde la A hasta la Z puede ser un sendero, una belleza como a una mujer a la que no se le caen los pechos.
He dicho que la A es la primera letra del alfabeto. “Se pronuncia con los labios muy abiertos y los dientes separados aproximadamente 1 cm y se emplea fundamentalmente para formar el complemento indirecto”. Lo de la Z es otra cosa, la Z da miedo, tienes que coger el otro tomo, llegar hasta allí como si nada hubiera pasado, como si efectivamente cada letra te hubiera valido para estar menos solo escribiendo.
Hoy me han impuesto más obligaciones, simplemente porque he dicho que del libro de Berta Marsé “Fantasías animadas” que estoy leyendo, ya no me acordaba cómo eran sus fantasías; no cuáles (sí de algunas), sino del calificativo que la hija de Juan Marsé le había puesto en el título a su hermosa colección de cuentos. Pues vete a casa, me han dicho, andando, de vez en cuando, por el camino, te preguntas cómo se llaman las fantasías sin mirar la tapa del libro que llevas en la mano junto con el periódico que acabas de comprar. Me ha ido bien dos o tres veces –debe ser que tenía las manos húmedas del cansancio y de la soledad de no tener a nadie cerca- pero al dejar el libro en la mesilla de noche, ya se me había quedado en solo fantasías.
Luego , lo que he hecho otras veces sencillamente, cambiar unos botones de mi página web para darle efectos especiales, yo que sé, que no sean tan rectos, que no tengan tanto empaque, como si quisiera renovarlos a ver si así renuevo mis deseos, ese zarpazo de que habla Paniker que “remite a lo que no se tiene, pero la sentencia es incompleta: el deseo también remite a lo que ya se tiene sin tenerlo”. No he podido, no he sabido, no me dejaba el programa interpretar el texto de dentro de los botones. Debía de ser lo de Paniker, que lo he tenido –el saberlo hacer- pero ya no lo tengo.
Y a veces, lo aseguro, desesperarse es solamente eso, una oscuridad como helada, una intolerable soledad, andar sobrado de posibilidades de sentirte solo simplemente porque no te sale una cosa que sabes hacer; porque estabas siempre bien (hasta cuando caminaba con unas muletas) y ya no te acuerdas de lo que es estar bien, como cualquier enamorado que pregunta a un amigo, dime qué coño es el desamor. Pues eso, le responde el amigo, debe ser como si uno siente un día un desajuste, que demasiadas cosas tuvieron su época, y eso es mala cosa, la temporalidad, que existió alguna vez, el ajuste. Saber que se va a terminar, que el baño tibio de las palabras de dentro termina siendo frio, acaba no sirviendo tampoco.
Tendré que seguir con el diccionario, irme ya a la B, más perfecta que la A, con las medidas de un beso abierto dejado sin terminar. La B como si me fuera a llegar un nuevo día –y nadie me lo va a traer sino que me lo he de buscar yo mismo- como una vocación para las manos, un destino a plazo fijo en los labios- “un fonema bilabial oclusivo y sonoro” que crea a veces pausa. Pues yo quiero, yo necesito la pausa a todo esto: acordarme de seguido de las de las fantasías “animadas” de Berta Marsé; caminar cada mañana tanto rato hasta darme cuenta que me cansa la mañana con el cariño que le tengo; levantarme por la tarde de esta butaca donde estoy escribiendo, recorrer un pasillo lleno de libros, sin que ellos se den cuenta, acariciarlos un poquito; dejar estar lo de los botones para cualquier otro rato.
Y eso sí, seguir escribiendo para desnudarme lentamente y tener menos posibilidades de sentirme solo. Las dudas las seguiré teniendo dentro, pero me tomaré la molestia de dudar. En todo caso, para eso tengo el diccionario.
miércoles, 3 de febrero de 2010
Una web sin reset
Ayer tuve que responder en un mail que en esta web, que es lo que en definitiva llamamos blog, ya quisiera conseguir con lo que escribo convertir lo cotidiano en literatura como me dijeron. Sí que intento cada día, rozado de sentimientos inevitablemente muchas veces, ir contándolo: “la web y la soledad, la soledad y la web” que prologa Juan Terranova a una hermosa colección de relatos de jóvenes autores argentinos con el pie de un link donde hallarlos en la red a diario, al final de cada hermoso cuento.
Dicen que lo que ya no tiene reset posible es cuando morimos, no hay necesidad de resetear el sistema e instalarlo de nuevo. Ni hace falta ni podemos. Pero yo tampoco en vida vacío el sistema de mi disco duro, copio y pego cuando hace falta a quien me ha aportado generosidad y cariño las mismas palabras que escribí siempre. Lo escrito ahí queda como muebles viejos, como yo, pero que ya forman parte del hogar para siempre, queda la verdad que nunca mata, ocultarla es lo que te hace miserable.
Tendré, pues, una web sin reset. Estará hasta cuando pueda, no sé si las palabras o el ánimo como una reciente permanente de peluquería. Mis largos días de silencio que vengan luego nunca tendrán rencor, tan sólo pena, mi convicción que la derrota constituye la más dura y verdadera experiencia humana.
Si no es así prefiero el cuarto totalmente vacío, lo que yo llené ya se lo llevaron, pues entonces me quedará la verdadera belleza de esa amistad que existe a veces como literaria y distinta. Os hablaba antes del libro de los escritores argentinos cuyo título “Hablar de mí” ya lo explica todo: una especie de narrativa autobiográfica, un narcisismo, un exhibicionismo, una confesión permanente, un pudor, el “voyerismo que existe entre el relato y la lectura”, la demanda hasta llegar a la web donde dentro de ella todo puede entregarse pero para quedarse.
La web de uno puede ser exigente e inmoral, tener escalones difíciles de subir, incomprensibles a veces, pero es curioso, siempre son mutuos. La web tiene respuesta o no es web, hay que hacerlo todo entre medias y destruirlo ya depende de la capacidad personal de la memoria. La web y los mails se escriben y no los borra nadie, ni los sistemas de recuperación de archivos borrados o perdidos.
Pero además, no practico el reset, porque aún intentándolo hacer siempre hay quién se da cuenta de lo que no es cierto. Lo que se oculta se ve, lo que no se quiere decir lo leen los demás enseguida sin estar escrito.
Tengo nuevos hábitos, no obstante, para mantener intacta una calidad humana que no me la va a alterar nadie. Me siento bien con esa soledad sin la web o hasta dentro de ella, qué más da. Me noto el hombre al que el físico le robó demasiado pronto facultades que cultivaba, pero que las he suplido en muchas ocasiones hasta límites nada fáciles. Me siento bien ya, no necesito que me admitan nada.
Ayer instalé veinte plug-ins nuevos en Adobe Photoshop; con él hice luego, de la mano de un maestro on line un “punto de fuga” geométrico y perfecto en una ventana con su resplandor enfrente que era mi propio resplandor ya días oscurecido; y preparé varios nuevos botones con degradado gausiano para cuando cada mes me acerque a los libros en la página web. Me deslicé en los principios de los sesenta con Patrick Modiano de la mano de René Meinthe, personaje de puro vodevil francés.
Cerré mi ordenador, al que le he eliminado de sus entrañas su stand-by para que nunca esté a la espera de nada que no debe entrar, lo apagué cuando terminó la tarde para volverlo a encender esta mañana únicamente en el momento cuando tenía que decir que soy capaz de sentir el mismo placer en darlo que en recibirlo. Pero el auténtico, el indiscutible, el que somos capaces de dejar en una web sin reset.
miércoles, 27 de enero de 2010
Leo contigo
“Asocio el gusto y la dedicación de leer contigo”, me han dicho. Quien traía ya el hábito y la lectura aprendida desde casa, quien en cultura me saca varios cuerpos de ventaja. Pues bendigo y agradezco tu gusto porque es cierta la cita que acompañas que “el placer de leer es una herencia de la necesidad de decir". Leo por esa necesidad y me quedo corto y tímido muchas veces ya que nunca terminaré. Y por mucho que insista nunca leeré todo lo que quiera. Pero aún me queda tiempo y gente con quien compartir la dedicación de la lectura, esfuerzo, incertidumbres antes y después. Es mi memoria personal que construiré con los recuerdos o la imaginación ajena, como mejor me olvido de mí mismo y a la vez casi como más me entero; me voy comparando, como si mi empatía le sirviera a mi lectura.
Necesito la lectura, al mismo tiempo que la soledad, cuando leo no me hablo con nadie y atravieso mejor esos momentos en que de verdad tampoco me interesa nadie; subo y bajo despacio, me lo noto más, lo cuento mejor, hasta asusto un poco porque yo que siempre me defiendo con los estímulos de unos labios que pienso pueden ser a la vez suyos y propios; que busco cuando me quejo la ternura, y reclamo un abrazo y lo tengo; que amando no me hago nunca viejo, me da miedo no poder superar la cuesta abajo en momentos quizás en que estoy seguro y me digo, por ahí no, por ahí no, prefiero privarme de esas inquietudes que me sirven para la aproximación a la piel que me ofrecieron hasta lo más hondo posible.
Leer conmigo porque si soy incapaz de provocar esa necesidad es que no sirvo para ser indispensable, para encontrar explicaciones a lo que hice, para conservar una presencia y convertirla en esencia. Es que no voy a pasar los exámenes de la historia de la vida porque no me gusta mi historia y se me van terminando los hábitos de pertenencia.
No me quedan destinos, lo que fueron ilusiones no me atrevo a vivirlas de nuevo: las zonas concretas de un cuerpo donde a lo mejor no estuvo nadie. Yo iba por las axilas, me gustaba hasta imaginar el tacto del dorso de la mano en ese hueco mágico. O he cambiado también otro destino y donde era figura resplandeciente de palabra, enseñanza y vicio, ya es amistad repetida y frecuente donde desde luego se elimina el vicio.
Me queda, pues, eso: la soledad y la lectura, la más extraña forma del arrepentimiento sin remedio o la estoica de no arrepentirse como si uno tuviera la droga dura que te obliga y la necesitas, con la gramática del miedo, la sensación del vacío, la actitud de la derrota. Me queda la única manera de subsistencia: que alguien quiera leer conmigo.
Pero es poco, no es suficiente para quien lo quiso todo siempre: compartió amarguras y dificultades ajenas, paseó por la calle su rictus elegante como un donativo sin retorno, buscó la clase entre donde nunca debe haberla, porque eso suponía paradójicamente tener la de cualquier viandante desesperado y vacilante.
Es poco, sobre todo por la tarde. Es poco hasta delante de un ordenador que lo hago viejo adrede para comprarme otro y enseguida ya lo tengo trabajado y visto demasiadas veces. Es poco para tenerme en pie y convivir con los demás, compañera y compañeros de lo más propio y no notarse en cambio solo, no notar el silencio cuando no quedan ruidos, que no me apriete la noche en la almohada de la debilidad de mis palabras, de las culturas que ya no son para mí casi nada, del ocio que forma mi crepúsculo cada tarde, derramado, fatal.
Es poco cuando he caminado por sitios donde no se podía pasar, cuando hace pocos meses dos manzanas de la calle 42, cruzando la sexta, en Nueva York, me parecían hasta poca cosa para mis cortos pasos. Es muy poco, eso ya lo tenía, en aquella raquítica mesa de noche del Hospital llena de libros, es poco porque hasta las enfermeras leían conmigo.
Yo te doy las gracias, tú que me lo dijiste hace pocos días porque me notaste decadencia, debilidad hasta en las palabras, me hablaste de que las recuperaciones son lentas hasta llegar de nuevo a la altura de un pico diferente.
Me curaré, me curaré de tanta cosa, de tanta noche, descansaré sin desesperarme, venceré la intolerable soledad de estar demasiadas veces solo como un desamor que no hubiera tenido amor, con la renovación diaria de las mañanas, leyendo.
Necesito la lectura, al mismo tiempo que la soledad, cuando leo no me hablo con nadie y atravieso mejor esos momentos en que de verdad tampoco me interesa nadie; subo y bajo despacio, me lo noto más, lo cuento mejor, hasta asusto un poco porque yo que siempre me defiendo con los estímulos de unos labios que pienso pueden ser a la vez suyos y propios; que busco cuando me quejo la ternura, y reclamo un abrazo y lo tengo; que amando no me hago nunca viejo, me da miedo no poder superar la cuesta abajo en momentos quizás en que estoy seguro y me digo, por ahí no, por ahí no, prefiero privarme de esas inquietudes que me sirven para la aproximación a la piel que me ofrecieron hasta lo más hondo posible.
Leer conmigo porque si soy incapaz de provocar esa necesidad es que no sirvo para ser indispensable, para encontrar explicaciones a lo que hice, para conservar una presencia y convertirla en esencia. Es que no voy a pasar los exámenes de la historia de la vida porque no me gusta mi historia y se me van terminando los hábitos de pertenencia.
No me quedan destinos, lo que fueron ilusiones no me atrevo a vivirlas de nuevo: las zonas concretas de un cuerpo donde a lo mejor no estuvo nadie. Yo iba por las axilas, me gustaba hasta imaginar el tacto del dorso de la mano en ese hueco mágico. O he cambiado también otro destino y donde era figura resplandeciente de palabra, enseñanza y vicio, ya es amistad repetida y frecuente donde desde luego se elimina el vicio.
Me queda, pues, eso: la soledad y la lectura, la más extraña forma del arrepentimiento sin remedio o la estoica de no arrepentirse como si uno tuviera la droga dura que te obliga y la necesitas, con la gramática del miedo, la sensación del vacío, la actitud de la derrota. Me queda la única manera de subsistencia: que alguien quiera leer conmigo.
Pero es poco, no es suficiente para quien lo quiso todo siempre: compartió amarguras y dificultades ajenas, paseó por la calle su rictus elegante como un donativo sin retorno, buscó la clase entre donde nunca debe haberla, porque eso suponía paradójicamente tener la de cualquier viandante desesperado y vacilante.
Es poco, sobre todo por la tarde. Es poco hasta delante de un ordenador que lo hago viejo adrede para comprarme otro y enseguida ya lo tengo trabajado y visto demasiadas veces. Es poco para tenerme en pie y convivir con los demás, compañera y compañeros de lo más propio y no notarse en cambio solo, no notar el silencio cuando no quedan ruidos, que no me apriete la noche en la almohada de la debilidad de mis palabras, de las culturas que ya no son para mí casi nada, del ocio que forma mi crepúsculo cada tarde, derramado, fatal.
Es poco cuando he caminado por sitios donde no se podía pasar, cuando hace pocos meses dos manzanas de la calle 42, cruzando la sexta, en Nueva York, me parecían hasta poca cosa para mis cortos pasos. Es muy poco, eso ya lo tenía, en aquella raquítica mesa de noche del Hospital llena de libros, es poco porque hasta las enfermeras leían conmigo.
Yo te doy las gracias, tú que me lo dijiste hace pocos días porque me notaste decadencia, debilidad hasta en las palabras, me hablaste de que las recuperaciones son lentas hasta llegar de nuevo a la altura de un pico diferente.
Me curaré, me curaré de tanta cosa, de tanta noche, descansaré sin desesperarme, venceré la intolerable soledad de estar demasiadas veces solo como un desamor que no hubiera tenido amor, con la renovación diaria de las mañanas, leyendo.
martes, 19 de enero de 2010
Como un ámbito del pasado
Me gustaría volver a sentirme cómodo, como un novicio recién llegado al noviciado. Espectador en el ágora, sin ser juzgado, en esa plaza donde se reunían las asambleas públicas de las ciudades de la antigua Grecia. Esa ágora con acento ó sin él, un ahora del latín hac hora, desusado y traquilo. Y ahora tengo presente junto esa condición de volver a ser novicio, mi vida a los setenta que es como una calcomanía blanca de la nada porque dentro de poco nada valdrá la pena volver a contar ya. Me acuerdo de esa cultura religiosa que recibí ampliamente que decía que Dios estaba en todas partes, y no es verdad, decía Umbral, “ha estado más en unas partes que en otras.”
Ya ni me vale refugiarme a la fuerza en ese incómodo silencio de los acúfenos que no son un tintineo en los oídos, mucho peor, te viene del cerebro. Tampoco un pasado culto y rico, ni inventarme una voz obscena y nueva por aquello de recordar los más viejos manuales de seducción que se hayan escrito, porque está claro que lo que vale es ese arranque más que cualquier convicción. La seducción dura bien poco pero convencer menos.
Me convendrá incluso dejar de escribir muchas más veces, tendría que irme de este foro con vaselina y aceite viejo de máquinas para luego ver cómo todo va pasando. Ya escucho música en aquellos inolvidables discos de vinilo de 78 revoluciones con los que mi padre me obligó a aprenderme a Bach hasta el final, amparado en una antigüedad bien hecha. Y en la lectura me acabaré convirtiendo en lector de lance, de segunda mano como si así quisiera quedarme un poco al margen de la vida.
Canso hasta a quienes un día fui capaz de fabricarles asombros y admiraciones. A mí me cansa ya el cansancio, la soledad sin pretensiones, ni abandonos. Me salva apenas recomendar un libro que me ha devuelto media vida, cómo puedo hacerle mantener a alguien la capacidad de amar, que yo lo vea, que yo entienda su riqueza sin pretensiones ni abandonos.
Estoy muy necesitado de sentir el aplomo que tiene un caballo de gran alzada, sin dar la talla ni mucho menos, sino es contando la capacidad de entusiasmo que tengo a veces. Echo en falta volver a la escritura manuscrita como cuando intercambié con Antonio Buero Vallejo, con motivo de una tesina sobre su teatro que hizo mi mujer, decenas de cartas de su puño y letra con el valor incalculable que hoy tendría.
De puño y letra, con el lirismo que supone hacerlo, a destiempo con los tiempos que corren pero para escribir así hace falta tener como un cuaderno gris, igual que cuando se le escribe a una mujer memorable y distinta, convicta conmigo de esa paz del noviciado; como una especie de amuleto en este sitio donde escribo que tiene para mí la belleza que debe tener un rincón romano, todo menos prisa pero donde estos últimos días me acuerdo más de lo que debe ser la muerte: suprimirlo todo, hasta el temor a la muerte.
La muerte no es una sombra, ni un malhumor ni un miedo, ni el whisky que no tomo ni la soledad o la vejez o el frio del invierno. Debe ser otra cosa a que tu ritmo cardiaco sea diferente, a que estés unos días muy incómodo o como juzgado para siempre.
Voy camino como un novicio recién llegado al noviciado hacia espaciar las palabras y que venga el silencio; a sentirme dispuesto en ese elegido mutismo a seguir siendo tan escuchado y deseado, pese haber perdido la ocupación, el prestigio, casi el sitio.
A ser como un ámbito del pasado.
domingo, 10 de enero de 2010
Al mar o al precipicio
Vivimos en una sociedad, pero cada uno lejos de ella. Vivimos nuestra soledad porque así somos más propios o no lo podemos evitar incluso entre nuestros seres más queridos. Hay veces que necesitamos un cariño próximo al cual ni le pedimos identificación, tiene límites impensables hasta el punto que en nuestro cúmulo de ocasiones, sí que va a importarle que vayamos a parar al mar o al precipicio. A una mar tranquila y sosegada, hecha de comodidades de fabricación propia, siguiendo en ella cada día retomando nuestra historia, las sagradas costumbres de la costumbre, desordenando nuestras cosas, tomando nuestros cafés de subsistencia, leyendo sin parar, hasta en la cama, con el frio más que de la temperatura ambiente; o de un día mal resuelto, interesándonos por algo tan ajeno como nos trae la historia de un personaje de Charlotte Roche que estoy leyendo, apurando en su depurado íntimo, y produciéndose una fisura física. Una primera obra con veinticinco traducciones ya, que está en la lista de los más exquisitos best sellers mundiales.
Nos interesaría cualquier cosa que nos sirviera en determinados momentos para pensar que uno no se equivoca nunca y si lo ha hecho qué más da, las cosas ocurren porque sí, ajenas a cualquier culpa por extraña e incomunicada que sea. Quisiéramos el paraíso aquí en la tierra, que al menos alguien le importe si nos quedamos en el mar de la tranquilidad y el sosiego, del tacto amable, de contar las sílabas, de rozar los codos, o nos arrojamos al precipicio del que no nos preocupa la respuesta –ya nos la sabemos- sino nuestra propia manera de hacer la exposición, de explicar los motivos.
Hay demasiadas conductas además que al verlas tan ejemplares a nuestro alrededor, deben tener escondidos sus errores lo mismo que le negamos nosotros a la medicina la exposición completa de nuestras dolencias. Porque siguen siendo esos dolores antiguos y pertinaces, como la vida, siempre de moda, con una perfección a veces salvaje.
Pero más allá de las comparaciones, igual quisiéramos que no estuviera todo admitido con tal de no perjudicar el bienestar de los otros; que importáramos nosotros mismos, que no sintiéramos a veces un abandono que no sabemos si en el fondo es creación propia o que no hay más espejo donde mirarse. Sigo teniendo ese mismo espejo desgastado y viejo que me produce –eso sí- la necesaria rebeldía de tener el suficiente coraje de mirarme como soy, porque está claro que la vejez no es para los cobardes.
Me encasillo en lo de siempre, cuento varias veces lo mismo, no se me va la culpa cuando miro más adentro y me resulta pesada de quitar como una resaca mal llevada. Quisiera poder llegar a ser lo que debí ser: total; que alguien me lo dijera, con cuarenta u ochenta años, viejos al fin y al cabo para la mirada de cualquier joven, justificadamente joven. Necesito una belleza externa e interna, esa clase a la que se le perdona todo lo que venga después, lo que hizo uno antes.
Quiero escaparme un instante del tiempo como para empezar de nuevo, es la única felicidad en la que pienso, absoluta y desconocida, como con la boca entreabierta –yo no sé cuántas veces he puesto este símil- de una muchacha que está esperando un beso.
No sé cómo salir de esta porque lleva razón Andrew Sean Green: "el mundo no era para los mansos sino para los desesperados, los hambrientos, los apasionados. El resto apenas contábamos." Yo no sé lo que cuento, ni menos lo que contaré cuando sea voz plana, casi ajena, impensable como si yo también, igual que un personaje de novela, tuviera ya demasiadas fisuras por explicar.
lunes, 4 de enero de 2010
La ventaja de vivir aquí quieto, en mi cuarto
Dentro de una especie de soledad doméstica de la propia imagen de uno, los días se acomodan, no miras el calendarios, no hay festivos ni mucho menos laborables, ni estás dispuesto a cambiarle la cifra al año con tal que te deje la misma parte mejor de ti dentro de ti, que nada te altere tus propias señales en la forma de vivir ya que son de alguna manera marcas diarias en la piel, propios encajes.
Me lo cambiaron unos días, pero tampoco me ofrecieron –aunque llevaba ese título- festividades especiales; las caras a mi alrededor de fabricación propia, las notaba algo lejanas y de los necesarios apoyos propios, carecía de ellos: el cuero de una butaca, el humo de mi propio tabaco, mi frivolidad de estar aquí cerca donde escribo en que ni siquiera tengo menopausia a mi edad; el desorden de unos libros y la búsqueda del tiempo para leerlos.
Prefiero un desayuno solo a otro todavía menos tierno, distribuirme el tiempo para caminar menos -ya lo reclaman mis huesos de todas las partes-. Y hasta la belleza de una ciudad conocida muchas veces y quizá por eso nunca bien vista, tenía una fiesta en sus calles que no era mi fiesta; a comer fuera de casa no le he sacado suficiente partido tampoco, me ha faltado mi velocidad personal en los sitios, la comodidad de los camareros conocidos, es curioso tantos atractivos y costosos para que no sea lo suficiente por conocido.
Yo hubiera querido compartir más ternura, y hasta en el festivo momento del cambio de año sentir más cercanos dos cuerpos que de alguna manera me decía que eran cuerpos por mí, como salidos también de mí como hizo la mujer. Hubiera pagado las incomodidades de estar fuera de la casa propia, aunque sea en mansión lujosa, de no notar el viejo encaje de las viejas costumbres, hubiera terminado el tabaco para siempre, me habría levantado de aquella cama de la que me era casi imposible levantarme por su escasa altura y la humillante falta de fuerza de mis miembros, por dos o tres gestos de amor, de esos que son muy raros con gente de cuarenta y tantos años y que en cambio dos niñas empezando sus vidas los reparten a caudales, casi como cada suspiro.
Necesito ya hacer el final de mi historia como si fuera ese camino de hinduismo que junta liberación y salvación. Hacer historia porque se me acaba la historia, me tiemblan ya todos los pétalos que tienen el rosal de la vida. Quiero que cuando me alejen fuera de todos mis hábitos, cuando me duelan más los huesos sea justificadamente y oler el cariño ajeno pero de genes propios, como me gusta el olor a libros, a humo viejo, a mujer sola, a días anteriores donde supe poner las palabras justas a todas mis incertidumbres.
Es lógico que me tire la tierra, la casa, la cama, la butaca, la mesa, la llave de memoria del ordenador donde está todo lo escrito y que alguien borrará definitivamente un día. Pero cambiarlo, cuando haya simplemente que dejarlo esperando, que sea por las cosas que no tenga, por otras más valiosas pero que note que pueda sentirlas mías. No es necesario que sean tan ostentosas, pero no quiero estar de paso, más o menos brillante; no quiero ser viejo y que me noten viejo, contar poco porque cuento poco.
Tengo yo mi culpa: no participo ni en los juegos por las noches, ni sé jugar a ellos, ni aprendo; tan solo una noche ese al que le pones “como un” delante porque no puedes llamarle hijo, me incorporó a su equipo para ver si podía sentirme alguna vez vencedor, ganador con una inteligencia lenta pero capaz de algo; el mismo compañero de equipo que alargó su brazo para hacerme notar que ya era otro año luego de la última campanada. Gracias.
Pues para mí va a ser el mismo año. Me va hacer durar lo de toda la vida: el placer de leer para conformarme con la vida, con el lirismo y la resaca que tienen los libros. Lo de toda la vida: buscar el lujo en el corazón de alguien; los labios importantes, el entusiasmo que siempre pongo en las palabras, en su tilde. Lo de toda la vida: la destreza que puede tener la caricia de unas manos temblando.
En definitiva, recuperar otra vez ese encaje de la vieja costumbre de vivir aquí quieto, en mi cuarto.
jueves, 24 de diciembre de 2009
Como un cuerpo desnudo sin sorpresas
Ya soy. Y poco queda esperar de él. Aquí he desarrollado la capacidad de decir la verdad de lo que siento, de no dejar de contar y contar, como si cara a cara me lo exigieran, me dijeran, no olvides de hacerlo. Ya he dicho alguna vez que tengo la sabiduría de haber perdido tres o cuatro momentos que valieron la pena; si me quedé quieto antes de tiempo, no podía ya competir por kilómetros nuevos como siempre hice, de ahí me vino esta cadencia hacia una desnudez sin recursos casi, aquí
Ni más hermoso ni menos, planté mi pequeña envergadura en el uso de la palabra para beneficio ajeno. La supe y la sabré seguir diciendo a tiempo, pero es escaso el canon de mantenimiento ya que tengo, muy agotada la más difícil de las licencias románticas: satisfacción ajena antes que la propia, o al menos inferior porque anda ya viciada y deteriorada. Lo que ocurre con este comportamiento es que empiezas por quedarte atrás, no ser tan sugestivo, pero a cambio uno sabe hacer aquello en lo nunca pensó: poder poner punto final y quedarse quizá con resacas de mala recuperación, con memorias de peor caligrafía porque la memoria es poco inocente y a veces retiene lo más doloroso del pasado o al menos lo menos brillante.
Es indudable que el roce, la convivencia en este aparcamiento de palabras, te desnuda, te saca hasta las vergüenzas al descubierto, enseña tu carácter y te lo compran como una mercancía. Pero al pensar en todo esto, uno decide honestamente que antes de cerrar un día la rendija de sus pensamientos tiene cierto derecho a pedir lo mejor. A eso vine, o me voy como vine, de aquí o de cualquier sitio, desnudo, pero sin complejos. Llegué a este taller propio de privilegios para poder tener alguno de ellos, sólo se pueden pedir en convivencia, o sólo se puede sentir su ausencia del mismo modo que nunca se sabe lo que es una mujer hasta que vives con ella.
No quiero cinco centímetros por encima del dobladillo, quiero la enagua entera, quiero tener simplemente, nada menos, que el amor de quienes amo. En estas fechas que se exhiben anhelos de todo un año, yo los necesito para lo que reste de una vida; quiero hasta el escándalo si es necesario porque nunca fui un hombre a medias: o me comí la tierra o me subí hasta el cielo. Perdí hace tiempo la capacidad de ser prudente por lo que no me queda nada más que la imprudencia. No conduzco bebido, bebo luego, voy despacio pero quiero siempre sentir el tacto ajeno, recogido entre las manos como una ternura sobrada desde el último abrazo.
Así deseo empezar el año, así voy a hacer durar el año. Ya lo he explicado, con mi cuerpo desnudo sin sorpresas. Pero evitaré que no me llegue nunca el momento en que no sienta nada, prefiero la excitación -¡qué lujo de antesala prolongarla con obscenidades obscenas-. Todavía soy un hombre que goza de esa especie de protesta de la vida por unos pechos bien llevados; siento la urgencia de las cosas urgentes para acudir enseguida porque hay un símil muy cierto que me explicó una tarde mi maestro Umbral: “el amor es siempre urgente. Cuando el amor se demora ya es otra cosa.”
Ese necesito que siga siendo mi idioma o no puedo seguir utilizando el lenguaje, eso, que es mi ropa de andar más cómodo, mi manera de llegar hasta donde quiera. Me es imprescindible una continuidad con el mismo tono, el mismo entusiasmo, la misma certeza entre los demás que tuve la primera vez que expliqué que con el amor no te impacientas, no dejas a merced el cuerpo desnudo sin sorpresas, cumples antes.
Te queda así la ilusión, como una belleza en mi caso acentuada, cansada, pero bien expresada.
martes, 15 de diciembre de 2009
Aporto mi bienestar animal
A raíz de mi último post sobre el entusiasmo me regalaron con inusual generosidad, un calificativo: me dijeron que poseo: “la tenacidad de un jardinero”, pero tendría que responder enseguida, precisamente por mi carencia de perfeccionismo alguno , así me defiendo, detrás no hay nada más, tan solo considerar que tengo un mundo entero después, luego del comienzo de cada día .Quizá, nada menos.
Mi posible tenacidad, mi esfuerzo diario es un tono en la vida: entre dos cuerpos, acostumbrarse uno al otro, la proximidad a no perder lo que tengo próximo, no aspirar a un deseo voraz ya, basta un bienestar animal. Ahí quiero ir a parar. Estoy bien, respondo a una hermosa aunque poco frecuente pregunta para el doliente crónico, nunca hay que entrar en detalles, es suficiente acercar la mano, insistir en un roce porque siempre lo he hecho ante una mirada dulce o un simple buen tratamiento.
Aquello que también puede definirme y hacer que me aferre como cultivador de mi simple esfuerzo, es la necesidad que tengo de buscármelo por mi cuenta, tener siempre dispuesto ese tacto amable de que hablaba antes. Vendo mi producto desde un puesto de vendedor ambulante, no arruino a nadie, hasta al más carente le busco su mejor abundancia, la comparto, la convierto en lenguaje, hago de esa persona, que conmigo se sienta más persona, le doy parte de mí si es necesario, sin derecho a retorno, presto sin avales para que de inmediato no sea sino una donación.
Busco siempre, no ser intercambiable. ¡Vaya presunción y vaya duración! Terminar un instante si es con alguien, como un éxtasis. No es fácil, por la simple razón de que existen muchas experiencias en la vida decepcionantes, apáticas o nulas. Pues tengo que ofrecer la insistencia, la instrucción que deben de tener siempre los amantes. Ese es “mi taller de privilegio”.
Me voy a tener que explicar un poco: he nombrado los amantes porque mi blog es una metáfora continuada de las formas de amar, hable de lo que hable. Me queda la adolescencia de los sueños, viejo; el empeño de buscar un erotismo propio por alguna razón: me aburre no tenerlo, y eso viene a ser siempre un éxito. A lo mejor de alguien, basta con que conquiste su color; transmito la certeza que dentro de mí todavía queda mucho por contar sin decoro; por fin la memoria me ha dejado libre y solo me acuerdo de lo muy reciente e inmediato: que la habitación está libre cual una vida abierta y yo dispongo todavía de la destreza de cómo dejar las manos. O bastaría llamarle delicadeza. Es válido el decreto de copular con la vida porque abre siempre un camino y le quita asperezas a todo el mundo.
Me explico: así -casi siempre, esa es la verdad- aquí quise responder al elogio de mi tenacidad, mejor al calificativo, porque elegí en la vida pasos fuertes frente a todo lo que nos va a volver vulnerables. Crecer es una lucha y no cabe otra alternativa que dejarse la piel para que no quepa la derrota. Lo más que admito son las esperas, con el poder de los libros luego para saber contar después de dónde saqué energía y poder darme a pedazos. Porque me importa lo ajeno, no tengo más secreto: el espacio que crean mis libros es vuestro, vivir es estar cerca, no escribo una sola palabra que no sienta como propia.
Es la mejor manera de estar con los demás, es dejarse la vejez fuera; es saber que la noche aporta nobleza entre los pechos de una mujer; que mi alijo ya es pequeño: mis amigos, el mejor pintalabios que le robo al día, no perder un instante, si es posible, en un mundo de dualidades muchas veces
Mi posible tenacidad, mi esfuerzo diario es un tono en la vida: entre dos cuerpos, acostumbrarse uno al otro, la proximidad a no perder lo que tengo próximo, no aspirar a un deseo voraz ya, basta un bienestar animal. Ahí quiero ir a parar. Estoy bien, respondo a una hermosa aunque poco frecuente pregunta para el doliente crónico, nunca hay que entrar en detalles, es suficiente acercar la mano, insistir en un roce porque siempre lo he hecho ante una mirada dulce o un simple buen tratamiento.
Aquello que también puede definirme y hacer que me aferre como cultivador de mi simple esfuerzo, es la necesidad que tengo de buscármelo por mi cuenta, tener siempre dispuesto ese tacto amable de que hablaba antes. Vendo mi producto desde un puesto de vendedor ambulante, no arruino a nadie, hasta al más carente le busco su mejor abundancia, la comparto, la convierto en lenguaje, hago de esa persona, que conmigo se sienta más persona, le doy parte de mí si es necesario, sin derecho a retorno, presto sin avales para que de inmediato no sea sino una donación.
Busco siempre, no ser intercambiable. ¡Vaya presunción y vaya duración! Terminar un instante si es con alguien, como un éxtasis. No es fácil, por la simple razón de que existen muchas experiencias en la vida decepcionantes, apáticas o nulas. Pues tengo que ofrecer la insistencia, la instrucción que deben de tener siempre los amantes. Ese es “mi taller de privilegio”.
Me voy a tener que explicar un poco: he nombrado los amantes porque mi blog es una metáfora continuada de las formas de amar, hable de lo que hable. Me queda la adolescencia de los sueños, viejo; el empeño de buscar un erotismo propio por alguna razón: me aburre no tenerlo, y eso viene a ser siempre un éxito. A lo mejor de alguien, basta con que conquiste su color; transmito la certeza que dentro de mí todavía queda mucho por contar sin decoro; por fin la memoria me ha dejado libre y solo me acuerdo de lo muy reciente e inmediato: que la habitación está libre cual una vida abierta y yo dispongo todavía de la destreza de cómo dejar las manos. O bastaría llamarle delicadeza. Es válido el decreto de copular con la vida porque abre siempre un camino y le quita asperezas a todo el mundo.
Me explico: así -casi siempre, esa es la verdad- aquí quise responder al elogio de mi tenacidad, mejor al calificativo, porque elegí en la vida pasos fuertes frente a todo lo que nos va a volver vulnerables. Crecer es una lucha y no cabe otra alternativa que dejarse la piel para que no quepa la derrota. Lo más que admito son las esperas, con el poder de los libros luego para saber contar después de dónde saqué energía y poder darme a pedazos. Porque me importa lo ajeno, no tengo más secreto: el espacio que crean mis libros es vuestro, vivir es estar cerca, no escribo una sola palabra que no sienta como propia.
Es la mejor manera de estar con los demás, es dejarse la vejez fuera; es saber que la noche aporta nobleza entre los pechos de una mujer; que mi alijo ya es pequeño: mis amigos, el mejor pintalabios que le robo al día, no perder un instante, si es posible, en un mundo de dualidades muchas veces
jueves, 10 de diciembre de 2009
La nobleza del entusiasmo
He echado en falta muchas veces el verdadero entusiasmo, el gusto, el vicio por lo que haces o por lo que quieres hacer. Pero es que para eso hace falta una enorme nobleza, no pasar por la vida de paso, ni con glorias ni con lo que pueden ser errores, da lo mismo. Quiero entusiasmarme de verdad o dejarlo estar, ahondar en la vergüenza y el error, que me produzca esa especie de entelequia que es el arrepentimiento, pero lo suficientemente poderoso para no dejarme vivir ni dormir.
Hace días contaba mi entusiasmo por una extensa novela de Muñoz Molina, que como a él mismo le digo he leído lenta y profundamente, de seguido, ojala hubiera podido ser de un tirón. Libro que viene a continuación: “El mundo después del cumpleaños” de Lionel Shriver, una periodista y escritora norteamericana, de besos increíblemente brillantes, interminables, diferentes. Por eso siempre cuando escribo jamás me quedo tibio, o tengo vergüenza luego o me viene lucidez.
No vayamos por la vida, nada más que por la vida, aunque sea en un tranvía lento y viejo y las arrugas y los pasos me delaten, voy a dar el engaño, voy a enamorar hasta enamorarme; y a la inversa me creeré el engaño ajeno, decidido pero con el paso más inocente con que pueda andar por la vida. Buscaré como tantas veces la obscenidad con el recurso mínimo del escándalo que aportan las palabras, pero pasivo a ver qué pasa, no lo estuve, no lo estaré.
Ya sé que el entusiasmo trae muchas veces decepción y tristeza pero la transformaré a base de caricias. Nos hemos preguntado cada momento ¿por qué es todo tan difícil? Porque debe de serlo, porque arranca así lo mejor propio: historias de amor que incluyen necesariamente amor, siempre hay una vida ajena que produce el delirio blanco de los celos, aunque suframos con ellos, dejémoslos como un símbolo, un desierto de emociones, una incapacidad de tener miedo.
Entusiasmo es la extraña sospecha de la emoción, de lo imprevisto; entusiasmo es no poder llorar más y llorar luego, una llamada pidiendo o dando protección, una búsqueda de todos los frentes habituales y de todas las web por descubrir. Hoy me lo ha producido, en una pequeña llave de memoria de 4 Gb donde conservaba escritos de hace años, una extrañeza de cómo fui capaz de explicarle a una mujer el hermoso animal que suponía y la cima obscena de salud y belleza, del suspiro de su blusa de encaje desabrochada hasta lo impensable.
Fui capaz de sentir un rato para entusiasmarme a solas a falta de motivos de entusiasmo, desgastado, casi hasta la perfección. Me noté inspirado para poder escribir algún día sobre el amor exacto e infinito de los tristes, de las cosas pequeñas que nos esperan cada día, de las sílabas que hacen palabra y verbo, de los propios rincones del entusiasmo.
Me casaría eternamente con él, lo amaría para siempre, no lo dejaría al borde de la vida jamás, estoy seguro que me enseñaría la nobleza que entraña la postura idónea de un abrazo.
Hace días contaba mi entusiasmo por una extensa novela de Muñoz Molina, que como a él mismo le digo he leído lenta y profundamente, de seguido, ojala hubiera podido ser de un tirón. Libro que viene a continuación: “El mundo después del cumpleaños” de Lionel Shriver, una periodista y escritora norteamericana, de besos increíblemente brillantes, interminables, diferentes. Por eso siempre cuando escribo jamás me quedo tibio, o tengo vergüenza luego o me viene lucidez.
No vayamos por la vida, nada más que por la vida, aunque sea en un tranvía lento y viejo y las arrugas y los pasos me delaten, voy a dar el engaño, voy a enamorar hasta enamorarme; y a la inversa me creeré el engaño ajeno, decidido pero con el paso más inocente con que pueda andar por la vida. Buscaré como tantas veces la obscenidad con el recurso mínimo del escándalo que aportan las palabras, pero pasivo a ver qué pasa, no lo estuve, no lo estaré.
Ya sé que el entusiasmo trae muchas veces decepción y tristeza pero la transformaré a base de caricias. Nos hemos preguntado cada momento ¿por qué es todo tan difícil? Porque debe de serlo, porque arranca así lo mejor propio: historias de amor que incluyen necesariamente amor, siempre hay una vida ajena que produce el delirio blanco de los celos, aunque suframos con ellos, dejémoslos como un símbolo, un desierto de emociones, una incapacidad de tener miedo.
Entusiasmo es la extraña sospecha de la emoción, de lo imprevisto; entusiasmo es no poder llorar más y llorar luego, una llamada pidiendo o dando protección, una búsqueda de todos los frentes habituales y de todas las web por descubrir. Hoy me lo ha producido, en una pequeña llave de memoria de 4 Gb donde conservaba escritos de hace años, una extrañeza de cómo fui capaz de explicarle a una mujer el hermoso animal que suponía y la cima obscena de salud y belleza, del suspiro de su blusa de encaje desabrochada hasta lo impensable.
Fui capaz de sentir un rato para entusiasmarme a solas a falta de motivos de entusiasmo, desgastado, casi hasta la perfección. Me noté inspirado para poder escribir algún día sobre el amor exacto e infinito de los tristes, de las cosas pequeñas que nos esperan cada día, de las sílabas que hacen palabra y verbo, de los propios rincones del entusiasmo.
Me casaría eternamente con él, lo amaría para siempre, no lo dejaría al borde de la vida jamás, estoy seguro que me enseñaría la nobleza que entraña la postura idónea de un abrazo.
domingo, 6 de diciembre de 2009
Quiero volver a la novedad del silencio
Porque la falta del mismo ya me agobia. Como si se me hubiera escapado de pronto y no lo recupero ya que las pérdidas son inevitables y permanentes. ¿Cómo es posible percibir un sonido que no existe? Os aseguro que sí, escucho como un chorro de agua que viene alimentar mi existencia. Debí dejarme la Trompa de Eustaquio abierta, tengo ya a estas alturas una capacidad de recepción demasiado abundante y por esas rendijas he perdido lo mejor: mi silencio, el íntimo silencio alimentando la tremenda soledad de la lectura o de la propia escritura.
Pues lo quiero recuperar de nuevo, nuevo. Como si fuera una utilidad y me permita de nuevo sentirme así amante, esa extraña cadencia que a veces tiene el cuerpo, crear un ritmo propio hasta precipitar los sentidos. He de reconocerlo: guardo silencio al quitar una blusa empleando a la vez esa habilidad de tacto viejo; guardo silencio, muy temprano cuando ando descalzo por el parquet de muchos metros como pisando un caldo lento con el pijama que llevo puesto que me hace sentir como si, guardando silencio, asegurara la propiedad de una casa de hace más de treinta años. Además guardo silencio como hacen los poeta, con la armonía final que tienen sus versos.
Recuperarlo nuevo, o si no puede ser como estaba de viejo pero propio, explicando el origen, la distancia enorme de lo que me ha ido pasando, mi sutileza, mi éxito a veces. En cuantas ocasiones callarme era difícil, como regalar mi historia, mi manera de pensar, mi forma de contar. ¡Ya lo sé! Le estaba dando vueltas a lo que era el silencio, y es un pliegue particular cuando estás leyendo, es mi habitación más madura donde aunque os parezca mentira aún me quedan cosas que hacer y lo que es más complicado decidir la mejor manera de hacerlo.
De los viejos temores que aún persiisten -que puede que no sepan casi nadie- lo solitario no es narrable, puede como mucho ser una relación entre dos, un orgasmo impreciso y mutable, pero esas angustias enormes con ruidos que no vienen de fuera, que son propios (no me engañará nadie, son lagunas cerebrales, son espacios viejos), con ellos dentro manejo cada vez peor la mecánica propia.
Hasta en cada ocasión, con los acufenos estampados en el fondo del oído, sería un mal amante, eso que se es o no se es, lo que cuentan en los cuentos de las estanterías de adultos. Ni esos bellos instantes me volverían a proporcionar la novedad del silencio, la he perdido, no la encuentro, no me deja ni un instante de reposo, duermo, sueño y siguen existiendo los sonidos. Ni tienen la categoría de dolor, ese rango mínimo que a estas alturas yo le pido a la vida porque detrás siempre está la vida. Aquí hay una escasez absoluta y una duración permanente.
Venir a hablarme al menos, con palabras vuestras tendré el valor de palabras ajenas, aunque vengan de lejos llegan siempre, y me hago luego dueño de ellas. De esta manera, ahora, es como si estuviera a la intemperie, en un umbral interno reticente, insistente. Tengo deseo de sonidos vuestros, no me saciaré jamás y seguro que servirán para defenderme con una forma cómoda y ancha y paradójicamente, con voces, silenciosa.
Ya sabéis tengo un rincón, ya sin demasiado prestigio, pero cómodo, solitario y ahora con la más absoluta falta de silencio. Me acompañan siempre los acufenos, no me dejan desnudarme del todo, de todo. Me impiden hasta percibir ese hermoso susurro de la tela sobre la piel todavía con los pies en el suelo, a falta incluso de que intervengan los dedos. Yo los tengo ahora caídos, imprecisos, hasta sostengo mal el libro que estoy leyendo; sólo tengo un aprendizaje nuevo, una vida donde he perdido esa vieja creencia que siempre tuve: que el silencio siempre tenía una reserva, pues ni esa me queda.
Tengo sonido propio, indecente e indebido hasta desnudándome en la oscuridad, solitario y en silencio.
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