“Asocio el gusto y la dedicación de leer contigo”, me han dicho. Quien traía ya el hábito y la lectura aprendida desde casa, quien en cultura me saca varios cuerpos de ventaja. Pues bendigo y agradezco tu gusto porque es cierta la cita que acompañas que “el placer de leer es una herencia de la necesidad de decir". Leo por esa necesidad y me quedo corto y tímido muchas veces ya que nunca terminaré. Y por mucho que insista nunca leeré todo lo que quiera. Pero aún me queda tiempo y gente con quien compartir la dedicación de la lectura, esfuerzo, incertidumbres antes y después. Es mi memoria personal que construiré con los recuerdos o la imaginación ajena, como mejor me olvido de mí mismo y a la vez casi como más me entero; me voy comparando, como si mi empatía le sirviera a mi lectura.
Necesito la lectura, al mismo tiempo que la soledad, cuando leo no me hablo con nadie y atravieso mejor esos momentos en que de verdad tampoco me interesa nadie; subo y bajo despacio, me lo noto más, lo cuento mejor, hasta asusto un poco porque yo que siempre me defiendo con los estímulos de unos labios que pienso pueden ser a la vez suyos y propios; que busco cuando me quejo la ternura, y reclamo un abrazo y lo tengo; que amando no me hago nunca viejo, me da miedo no poder superar la cuesta abajo en momentos quizás en que estoy seguro y me digo, por ahí no, por ahí no, prefiero privarme de esas inquietudes que me sirven para la aproximación a la piel que me ofrecieron hasta lo más hondo posible.
Leer conmigo porque si soy incapaz de provocar esa necesidad es que no sirvo para ser indispensable, para encontrar explicaciones a lo que hice, para conservar una presencia y convertirla en esencia. Es que no voy a pasar los exámenes de la historia de la vida porque no me gusta mi historia y se me van terminando los hábitos de pertenencia.
No me quedan destinos, lo que fueron ilusiones no me atrevo a vivirlas de nuevo: las zonas concretas de un cuerpo donde a lo mejor no estuvo nadie. Yo iba por las axilas, me gustaba hasta imaginar el tacto del dorso de la mano en ese hueco mágico. O he cambiado también otro destino y donde era figura resplandeciente de palabra, enseñanza y vicio, ya es amistad repetida y frecuente donde desde luego se elimina el vicio.
Me queda, pues, eso: la soledad y la lectura, la más extraña forma del arrepentimiento sin remedio o la estoica de no arrepentirse como si uno tuviera la droga dura que te obliga y la necesitas, con la gramática del miedo, la sensación del vacío, la actitud de la derrota. Me queda la única manera de subsistencia: que alguien quiera leer conmigo.
Pero es poco, no es suficiente para quien lo quiso todo siempre: compartió amarguras y dificultades ajenas, paseó por la calle su rictus elegante como un donativo sin retorno, buscó la clase entre donde nunca debe haberla, porque eso suponía paradójicamente tener la de cualquier viandante desesperado y vacilante.
Es poco, sobre todo por la tarde. Es poco hasta delante de un ordenador que lo hago viejo adrede para comprarme otro y enseguida ya lo tengo trabajado y visto demasiadas veces. Es poco para tenerme en pie y convivir con los demás, compañera y compañeros de lo más propio y no notarse en cambio solo, no notar el silencio cuando no quedan ruidos, que no me apriete la noche en la almohada de la debilidad de mis palabras, de las culturas que ya no son para mí casi nada, del ocio que forma mi crepúsculo cada tarde, derramado, fatal.
Es poco cuando he caminado por sitios donde no se podía pasar, cuando hace pocos meses dos manzanas de la calle 42, cruzando la sexta, en Nueva York, me parecían hasta poca cosa para mis cortos pasos. Es muy poco, eso ya lo tenía, en aquella raquítica mesa de noche del Hospital llena de libros, es poco porque hasta las enfermeras leían conmigo.
Yo te doy las gracias, tú que me lo dijiste hace pocos días porque me notaste decadencia, debilidad hasta en las palabras, me hablaste de que las recuperaciones son lentas hasta llegar de nuevo a la altura de un pico diferente.
Me curaré, me curaré de tanta cosa, de tanta noche, descansaré sin desesperarme, venceré la intolerable soledad de estar demasiadas veces solo como un desamor que no hubiera tenido amor, con la renovación diaria de las mañanas, leyendo.
miércoles, 27 de enero de 2010
martes, 19 de enero de 2010
Como un ámbito del pasado
Me gustaría volver a sentirme cómodo, como un novicio recién llegado al noviciado. Espectador en el ágora, sin ser juzgado, en esa plaza donde se reunían las asambleas públicas de las ciudades de la antigua Grecia. Esa ágora con acento ó sin él, un ahora del latín hac hora, desusado y traquilo. Y ahora tengo presente junto esa condición de volver a ser novicio, mi vida a los setenta que es como una calcomanía blanca de la nada porque dentro de poco nada valdrá la pena volver a contar ya. Me acuerdo de esa cultura religiosa que recibí ampliamente que decía que Dios estaba en todas partes, y no es verdad, decía Umbral, “ha estado más en unas partes que en otras.”
Ya ni me vale refugiarme a la fuerza en ese incómodo silencio de los acúfenos que no son un tintineo en los oídos, mucho peor, te viene del cerebro. Tampoco un pasado culto y rico, ni inventarme una voz obscena y nueva por aquello de recordar los más viejos manuales de seducción que se hayan escrito, porque está claro que lo que vale es ese arranque más que cualquier convicción. La seducción dura bien poco pero convencer menos.
Me convendrá incluso dejar de escribir muchas más veces, tendría que irme de este foro con vaselina y aceite viejo de máquinas para luego ver cómo todo va pasando. Ya escucho música en aquellos inolvidables discos de vinilo de 78 revoluciones con los que mi padre me obligó a aprenderme a Bach hasta el final, amparado en una antigüedad bien hecha. Y en la lectura me acabaré convirtiendo en lector de lance, de segunda mano como si así quisiera quedarme un poco al margen de la vida.
Canso hasta a quienes un día fui capaz de fabricarles asombros y admiraciones. A mí me cansa ya el cansancio, la soledad sin pretensiones, ni abandonos. Me salva apenas recomendar un libro que me ha devuelto media vida, cómo puedo hacerle mantener a alguien la capacidad de amar, que yo lo vea, que yo entienda su riqueza sin pretensiones ni abandonos.
Estoy muy necesitado de sentir el aplomo que tiene un caballo de gran alzada, sin dar la talla ni mucho menos, sino es contando la capacidad de entusiasmo que tengo a veces. Echo en falta volver a la escritura manuscrita como cuando intercambié con Antonio Buero Vallejo, con motivo de una tesina sobre su teatro que hizo mi mujer, decenas de cartas de su puño y letra con el valor incalculable que hoy tendría.
De puño y letra, con el lirismo que supone hacerlo, a destiempo con los tiempos que corren pero para escribir así hace falta tener como un cuaderno gris, igual que cuando se le escribe a una mujer memorable y distinta, convicta conmigo de esa paz del noviciado; como una especie de amuleto en este sitio donde escribo que tiene para mí la belleza que debe tener un rincón romano, todo menos prisa pero donde estos últimos días me acuerdo más de lo que debe ser la muerte: suprimirlo todo, hasta el temor a la muerte.
La muerte no es una sombra, ni un malhumor ni un miedo, ni el whisky que no tomo ni la soledad o la vejez o el frio del invierno. Debe ser otra cosa a que tu ritmo cardiaco sea diferente, a que estés unos días muy incómodo o como juzgado para siempre.
Voy camino como un novicio recién llegado al noviciado hacia espaciar las palabras y que venga el silencio; a sentirme dispuesto en ese elegido mutismo a seguir siendo tan escuchado y deseado, pese haber perdido la ocupación, el prestigio, casi el sitio.
A ser como un ámbito del pasado.
domingo, 10 de enero de 2010
Al mar o al precipicio
Vivimos en una sociedad, pero cada uno lejos de ella. Vivimos nuestra soledad porque así somos más propios o no lo podemos evitar incluso entre nuestros seres más queridos. Hay veces que necesitamos un cariño próximo al cual ni le pedimos identificación, tiene límites impensables hasta el punto que en nuestro cúmulo de ocasiones, sí que va a importarle que vayamos a parar al mar o al precipicio. A una mar tranquila y sosegada, hecha de comodidades de fabricación propia, siguiendo en ella cada día retomando nuestra historia, las sagradas costumbres de la costumbre, desordenando nuestras cosas, tomando nuestros cafés de subsistencia, leyendo sin parar, hasta en la cama, con el frio más que de la temperatura ambiente; o de un día mal resuelto, interesándonos por algo tan ajeno como nos trae la historia de un personaje de Charlotte Roche que estoy leyendo, apurando en su depurado íntimo, y produciéndose una fisura física. Una primera obra con veinticinco traducciones ya, que está en la lista de los más exquisitos best sellers mundiales.
Nos interesaría cualquier cosa que nos sirviera en determinados momentos para pensar que uno no se equivoca nunca y si lo ha hecho qué más da, las cosas ocurren porque sí, ajenas a cualquier culpa por extraña e incomunicada que sea. Quisiéramos el paraíso aquí en la tierra, que al menos alguien le importe si nos quedamos en el mar de la tranquilidad y el sosiego, del tacto amable, de contar las sílabas, de rozar los codos, o nos arrojamos al precipicio del que no nos preocupa la respuesta –ya nos la sabemos- sino nuestra propia manera de hacer la exposición, de explicar los motivos.
Hay demasiadas conductas además que al verlas tan ejemplares a nuestro alrededor, deben tener escondidos sus errores lo mismo que le negamos nosotros a la medicina la exposición completa de nuestras dolencias. Porque siguen siendo esos dolores antiguos y pertinaces, como la vida, siempre de moda, con una perfección a veces salvaje.
Pero más allá de las comparaciones, igual quisiéramos que no estuviera todo admitido con tal de no perjudicar el bienestar de los otros; que importáramos nosotros mismos, que no sintiéramos a veces un abandono que no sabemos si en el fondo es creación propia o que no hay más espejo donde mirarse. Sigo teniendo ese mismo espejo desgastado y viejo que me produce –eso sí- la necesaria rebeldía de tener el suficiente coraje de mirarme como soy, porque está claro que la vejez no es para los cobardes.
Me encasillo en lo de siempre, cuento varias veces lo mismo, no se me va la culpa cuando miro más adentro y me resulta pesada de quitar como una resaca mal llevada. Quisiera poder llegar a ser lo que debí ser: total; que alguien me lo dijera, con cuarenta u ochenta años, viejos al fin y al cabo para la mirada de cualquier joven, justificadamente joven. Necesito una belleza externa e interna, esa clase a la que se le perdona todo lo que venga después, lo que hizo uno antes.
Quiero escaparme un instante del tiempo como para empezar de nuevo, es la única felicidad en la que pienso, absoluta y desconocida, como con la boca entreabierta –yo no sé cuántas veces he puesto este símil- de una muchacha que está esperando un beso.
No sé cómo salir de esta porque lleva razón Andrew Sean Green: "el mundo no era para los mansos sino para los desesperados, los hambrientos, los apasionados. El resto apenas contábamos." Yo no sé lo que cuento, ni menos lo que contaré cuando sea voz plana, casi ajena, impensable como si yo también, igual que un personaje de novela, tuviera ya demasiadas fisuras por explicar.
lunes, 4 de enero de 2010
La ventaja de vivir aquí quieto, en mi cuarto
Dentro de una especie de soledad doméstica de la propia imagen de uno, los días se acomodan, no miras el calendarios, no hay festivos ni mucho menos laborables, ni estás dispuesto a cambiarle la cifra al año con tal que te deje la misma parte mejor de ti dentro de ti, que nada te altere tus propias señales en la forma de vivir ya que son de alguna manera marcas diarias en la piel, propios encajes.
Me lo cambiaron unos días, pero tampoco me ofrecieron –aunque llevaba ese título- festividades especiales; las caras a mi alrededor de fabricación propia, las notaba algo lejanas y de los necesarios apoyos propios, carecía de ellos: el cuero de una butaca, el humo de mi propio tabaco, mi frivolidad de estar aquí cerca donde escribo en que ni siquiera tengo menopausia a mi edad; el desorden de unos libros y la búsqueda del tiempo para leerlos.
Prefiero un desayuno solo a otro todavía menos tierno, distribuirme el tiempo para caminar menos -ya lo reclaman mis huesos de todas las partes-. Y hasta la belleza de una ciudad conocida muchas veces y quizá por eso nunca bien vista, tenía una fiesta en sus calles que no era mi fiesta; a comer fuera de casa no le he sacado suficiente partido tampoco, me ha faltado mi velocidad personal en los sitios, la comodidad de los camareros conocidos, es curioso tantos atractivos y costosos para que no sea lo suficiente por conocido.
Yo hubiera querido compartir más ternura, y hasta en el festivo momento del cambio de año sentir más cercanos dos cuerpos que de alguna manera me decía que eran cuerpos por mí, como salidos también de mí como hizo la mujer. Hubiera pagado las incomodidades de estar fuera de la casa propia, aunque sea en mansión lujosa, de no notar el viejo encaje de las viejas costumbres, hubiera terminado el tabaco para siempre, me habría levantado de aquella cama de la que me era casi imposible levantarme por su escasa altura y la humillante falta de fuerza de mis miembros, por dos o tres gestos de amor, de esos que son muy raros con gente de cuarenta y tantos años y que en cambio dos niñas empezando sus vidas los reparten a caudales, casi como cada suspiro.
Necesito ya hacer el final de mi historia como si fuera ese camino de hinduismo que junta liberación y salvación. Hacer historia porque se me acaba la historia, me tiemblan ya todos los pétalos que tienen el rosal de la vida. Quiero que cuando me alejen fuera de todos mis hábitos, cuando me duelan más los huesos sea justificadamente y oler el cariño ajeno pero de genes propios, como me gusta el olor a libros, a humo viejo, a mujer sola, a días anteriores donde supe poner las palabras justas a todas mis incertidumbres.
Es lógico que me tire la tierra, la casa, la cama, la butaca, la mesa, la llave de memoria del ordenador donde está todo lo escrito y que alguien borrará definitivamente un día. Pero cambiarlo, cuando haya simplemente que dejarlo esperando, que sea por las cosas que no tenga, por otras más valiosas pero que note que pueda sentirlas mías. No es necesario que sean tan ostentosas, pero no quiero estar de paso, más o menos brillante; no quiero ser viejo y que me noten viejo, contar poco porque cuento poco.
Tengo yo mi culpa: no participo ni en los juegos por las noches, ni sé jugar a ellos, ni aprendo; tan solo una noche ese al que le pones “como un” delante porque no puedes llamarle hijo, me incorporó a su equipo para ver si podía sentirme alguna vez vencedor, ganador con una inteligencia lenta pero capaz de algo; el mismo compañero de equipo que alargó su brazo para hacerme notar que ya era otro año luego de la última campanada. Gracias.
Pues para mí va a ser el mismo año. Me va hacer durar lo de toda la vida: el placer de leer para conformarme con la vida, con el lirismo y la resaca que tienen los libros. Lo de toda la vida: buscar el lujo en el corazón de alguien; los labios importantes, el entusiasmo que siempre pongo en las palabras, en su tilde. Lo de toda la vida: la destreza que puede tener la caricia de unas manos temblando.
En definitiva, recuperar otra vez ese encaje de la vieja costumbre de vivir aquí quieto, en mi cuarto.
jueves, 24 de diciembre de 2009
Como un cuerpo desnudo sin sorpresas
Ya soy. Y poco queda esperar de él. Aquí he desarrollado la capacidad de decir la verdad de lo que siento, de no dejar de contar y contar, como si cara a cara me lo exigieran, me dijeran, no olvides de hacerlo. Ya he dicho alguna vez que tengo la sabiduría de haber perdido tres o cuatro momentos que valieron la pena; si me quedé quieto antes de tiempo, no podía ya competir por kilómetros nuevos como siempre hice, de ahí me vino esta cadencia hacia una desnudez sin recursos casi, aquí
Ni más hermoso ni menos, planté mi pequeña envergadura en el uso de la palabra para beneficio ajeno. La supe y la sabré seguir diciendo a tiempo, pero es escaso el canon de mantenimiento ya que tengo, muy agotada la más difícil de las licencias románticas: satisfacción ajena antes que la propia, o al menos inferior porque anda ya viciada y deteriorada. Lo que ocurre con este comportamiento es que empiezas por quedarte atrás, no ser tan sugestivo, pero a cambio uno sabe hacer aquello en lo nunca pensó: poder poner punto final y quedarse quizá con resacas de mala recuperación, con memorias de peor caligrafía porque la memoria es poco inocente y a veces retiene lo más doloroso del pasado o al menos lo menos brillante.
Es indudable que el roce, la convivencia en este aparcamiento de palabras, te desnuda, te saca hasta las vergüenzas al descubierto, enseña tu carácter y te lo compran como una mercancía. Pero al pensar en todo esto, uno decide honestamente que antes de cerrar un día la rendija de sus pensamientos tiene cierto derecho a pedir lo mejor. A eso vine, o me voy como vine, de aquí o de cualquier sitio, desnudo, pero sin complejos. Llegué a este taller propio de privilegios para poder tener alguno de ellos, sólo se pueden pedir en convivencia, o sólo se puede sentir su ausencia del mismo modo que nunca se sabe lo que es una mujer hasta que vives con ella.
No quiero cinco centímetros por encima del dobladillo, quiero la enagua entera, quiero tener simplemente, nada menos, que el amor de quienes amo. En estas fechas que se exhiben anhelos de todo un año, yo los necesito para lo que reste de una vida; quiero hasta el escándalo si es necesario porque nunca fui un hombre a medias: o me comí la tierra o me subí hasta el cielo. Perdí hace tiempo la capacidad de ser prudente por lo que no me queda nada más que la imprudencia. No conduzco bebido, bebo luego, voy despacio pero quiero siempre sentir el tacto ajeno, recogido entre las manos como una ternura sobrada desde el último abrazo.
Así deseo empezar el año, así voy a hacer durar el año. Ya lo he explicado, con mi cuerpo desnudo sin sorpresas. Pero evitaré que no me llegue nunca el momento en que no sienta nada, prefiero la excitación -¡qué lujo de antesala prolongarla con obscenidades obscenas-. Todavía soy un hombre que goza de esa especie de protesta de la vida por unos pechos bien llevados; siento la urgencia de las cosas urgentes para acudir enseguida porque hay un símil muy cierto que me explicó una tarde mi maestro Umbral: “el amor es siempre urgente. Cuando el amor se demora ya es otra cosa.”
Ese necesito que siga siendo mi idioma o no puedo seguir utilizando el lenguaje, eso, que es mi ropa de andar más cómodo, mi manera de llegar hasta donde quiera. Me es imprescindible una continuidad con el mismo tono, el mismo entusiasmo, la misma certeza entre los demás que tuve la primera vez que expliqué que con el amor no te impacientas, no dejas a merced el cuerpo desnudo sin sorpresas, cumples antes.
Te queda así la ilusión, como una belleza en mi caso acentuada, cansada, pero bien expresada.
martes, 15 de diciembre de 2009
Aporto mi bienestar animal
A raíz de mi último post sobre el entusiasmo me regalaron con inusual generosidad, un calificativo: me dijeron que poseo: “la tenacidad de un jardinero”, pero tendría que responder enseguida, precisamente por mi carencia de perfeccionismo alguno , así me defiendo, detrás no hay nada más, tan solo considerar que tengo un mundo entero después, luego del comienzo de cada día .Quizá, nada menos.
Mi posible tenacidad, mi esfuerzo diario es un tono en la vida: entre dos cuerpos, acostumbrarse uno al otro, la proximidad a no perder lo que tengo próximo, no aspirar a un deseo voraz ya, basta un bienestar animal. Ahí quiero ir a parar. Estoy bien, respondo a una hermosa aunque poco frecuente pregunta para el doliente crónico, nunca hay que entrar en detalles, es suficiente acercar la mano, insistir en un roce porque siempre lo he hecho ante una mirada dulce o un simple buen tratamiento.
Aquello que también puede definirme y hacer que me aferre como cultivador de mi simple esfuerzo, es la necesidad que tengo de buscármelo por mi cuenta, tener siempre dispuesto ese tacto amable de que hablaba antes. Vendo mi producto desde un puesto de vendedor ambulante, no arruino a nadie, hasta al más carente le busco su mejor abundancia, la comparto, la convierto en lenguaje, hago de esa persona, que conmigo se sienta más persona, le doy parte de mí si es necesario, sin derecho a retorno, presto sin avales para que de inmediato no sea sino una donación.
Busco siempre, no ser intercambiable. ¡Vaya presunción y vaya duración! Terminar un instante si es con alguien, como un éxtasis. No es fácil, por la simple razón de que existen muchas experiencias en la vida decepcionantes, apáticas o nulas. Pues tengo que ofrecer la insistencia, la instrucción que deben de tener siempre los amantes. Ese es “mi taller de privilegio”.
Me voy a tener que explicar un poco: he nombrado los amantes porque mi blog es una metáfora continuada de las formas de amar, hable de lo que hable. Me queda la adolescencia de los sueños, viejo; el empeño de buscar un erotismo propio por alguna razón: me aburre no tenerlo, y eso viene a ser siempre un éxito. A lo mejor de alguien, basta con que conquiste su color; transmito la certeza que dentro de mí todavía queda mucho por contar sin decoro; por fin la memoria me ha dejado libre y solo me acuerdo de lo muy reciente e inmediato: que la habitación está libre cual una vida abierta y yo dispongo todavía de la destreza de cómo dejar las manos. O bastaría llamarle delicadeza. Es válido el decreto de copular con la vida porque abre siempre un camino y le quita asperezas a todo el mundo.
Me explico: así -casi siempre, esa es la verdad- aquí quise responder al elogio de mi tenacidad, mejor al calificativo, porque elegí en la vida pasos fuertes frente a todo lo que nos va a volver vulnerables. Crecer es una lucha y no cabe otra alternativa que dejarse la piel para que no quepa la derrota. Lo más que admito son las esperas, con el poder de los libros luego para saber contar después de dónde saqué energía y poder darme a pedazos. Porque me importa lo ajeno, no tengo más secreto: el espacio que crean mis libros es vuestro, vivir es estar cerca, no escribo una sola palabra que no sienta como propia.
Es la mejor manera de estar con los demás, es dejarse la vejez fuera; es saber que la noche aporta nobleza entre los pechos de una mujer; que mi alijo ya es pequeño: mis amigos, el mejor pintalabios que le robo al día, no perder un instante, si es posible, en un mundo de dualidades muchas veces
Mi posible tenacidad, mi esfuerzo diario es un tono en la vida: entre dos cuerpos, acostumbrarse uno al otro, la proximidad a no perder lo que tengo próximo, no aspirar a un deseo voraz ya, basta un bienestar animal. Ahí quiero ir a parar. Estoy bien, respondo a una hermosa aunque poco frecuente pregunta para el doliente crónico, nunca hay que entrar en detalles, es suficiente acercar la mano, insistir en un roce porque siempre lo he hecho ante una mirada dulce o un simple buen tratamiento.
Aquello que también puede definirme y hacer que me aferre como cultivador de mi simple esfuerzo, es la necesidad que tengo de buscármelo por mi cuenta, tener siempre dispuesto ese tacto amable de que hablaba antes. Vendo mi producto desde un puesto de vendedor ambulante, no arruino a nadie, hasta al más carente le busco su mejor abundancia, la comparto, la convierto en lenguaje, hago de esa persona, que conmigo se sienta más persona, le doy parte de mí si es necesario, sin derecho a retorno, presto sin avales para que de inmediato no sea sino una donación.
Busco siempre, no ser intercambiable. ¡Vaya presunción y vaya duración! Terminar un instante si es con alguien, como un éxtasis. No es fácil, por la simple razón de que existen muchas experiencias en la vida decepcionantes, apáticas o nulas. Pues tengo que ofrecer la insistencia, la instrucción que deben de tener siempre los amantes. Ese es “mi taller de privilegio”.
Me voy a tener que explicar un poco: he nombrado los amantes porque mi blog es una metáfora continuada de las formas de amar, hable de lo que hable. Me queda la adolescencia de los sueños, viejo; el empeño de buscar un erotismo propio por alguna razón: me aburre no tenerlo, y eso viene a ser siempre un éxito. A lo mejor de alguien, basta con que conquiste su color; transmito la certeza que dentro de mí todavía queda mucho por contar sin decoro; por fin la memoria me ha dejado libre y solo me acuerdo de lo muy reciente e inmediato: que la habitación está libre cual una vida abierta y yo dispongo todavía de la destreza de cómo dejar las manos. O bastaría llamarle delicadeza. Es válido el decreto de copular con la vida porque abre siempre un camino y le quita asperezas a todo el mundo.
Me explico: así -casi siempre, esa es la verdad- aquí quise responder al elogio de mi tenacidad, mejor al calificativo, porque elegí en la vida pasos fuertes frente a todo lo que nos va a volver vulnerables. Crecer es una lucha y no cabe otra alternativa que dejarse la piel para que no quepa la derrota. Lo más que admito son las esperas, con el poder de los libros luego para saber contar después de dónde saqué energía y poder darme a pedazos. Porque me importa lo ajeno, no tengo más secreto: el espacio que crean mis libros es vuestro, vivir es estar cerca, no escribo una sola palabra que no sienta como propia.
Es la mejor manera de estar con los demás, es dejarse la vejez fuera; es saber que la noche aporta nobleza entre los pechos de una mujer; que mi alijo ya es pequeño: mis amigos, el mejor pintalabios que le robo al día, no perder un instante, si es posible, en un mundo de dualidades muchas veces
jueves, 10 de diciembre de 2009
La nobleza del entusiasmo
He echado en falta muchas veces el verdadero entusiasmo, el gusto, el vicio por lo que haces o por lo que quieres hacer. Pero es que para eso hace falta una enorme nobleza, no pasar por la vida de paso, ni con glorias ni con lo que pueden ser errores, da lo mismo. Quiero entusiasmarme de verdad o dejarlo estar, ahondar en la vergüenza y el error, que me produzca esa especie de entelequia que es el arrepentimiento, pero lo suficientemente poderoso para no dejarme vivir ni dormir.
Hace días contaba mi entusiasmo por una extensa novela de Muñoz Molina, que como a él mismo le digo he leído lenta y profundamente, de seguido, ojala hubiera podido ser de un tirón. Libro que viene a continuación: “El mundo después del cumpleaños” de Lionel Shriver, una periodista y escritora norteamericana, de besos increíblemente brillantes, interminables, diferentes. Por eso siempre cuando escribo jamás me quedo tibio, o tengo vergüenza luego o me viene lucidez.
No vayamos por la vida, nada más que por la vida, aunque sea en un tranvía lento y viejo y las arrugas y los pasos me delaten, voy a dar el engaño, voy a enamorar hasta enamorarme; y a la inversa me creeré el engaño ajeno, decidido pero con el paso más inocente con que pueda andar por la vida. Buscaré como tantas veces la obscenidad con el recurso mínimo del escándalo que aportan las palabras, pero pasivo a ver qué pasa, no lo estuve, no lo estaré.
Ya sé que el entusiasmo trae muchas veces decepción y tristeza pero la transformaré a base de caricias. Nos hemos preguntado cada momento ¿por qué es todo tan difícil? Porque debe de serlo, porque arranca así lo mejor propio: historias de amor que incluyen necesariamente amor, siempre hay una vida ajena que produce el delirio blanco de los celos, aunque suframos con ellos, dejémoslos como un símbolo, un desierto de emociones, una incapacidad de tener miedo.
Entusiasmo es la extraña sospecha de la emoción, de lo imprevisto; entusiasmo es no poder llorar más y llorar luego, una llamada pidiendo o dando protección, una búsqueda de todos los frentes habituales y de todas las web por descubrir. Hoy me lo ha producido, en una pequeña llave de memoria de 4 Gb donde conservaba escritos de hace años, una extrañeza de cómo fui capaz de explicarle a una mujer el hermoso animal que suponía y la cima obscena de salud y belleza, del suspiro de su blusa de encaje desabrochada hasta lo impensable.
Fui capaz de sentir un rato para entusiasmarme a solas a falta de motivos de entusiasmo, desgastado, casi hasta la perfección. Me noté inspirado para poder escribir algún día sobre el amor exacto e infinito de los tristes, de las cosas pequeñas que nos esperan cada día, de las sílabas que hacen palabra y verbo, de los propios rincones del entusiasmo.
Me casaría eternamente con él, lo amaría para siempre, no lo dejaría al borde de la vida jamás, estoy seguro que me enseñaría la nobleza que entraña la postura idónea de un abrazo.
Hace días contaba mi entusiasmo por una extensa novela de Muñoz Molina, que como a él mismo le digo he leído lenta y profundamente, de seguido, ojala hubiera podido ser de un tirón. Libro que viene a continuación: “El mundo después del cumpleaños” de Lionel Shriver, una periodista y escritora norteamericana, de besos increíblemente brillantes, interminables, diferentes. Por eso siempre cuando escribo jamás me quedo tibio, o tengo vergüenza luego o me viene lucidez.
No vayamos por la vida, nada más que por la vida, aunque sea en un tranvía lento y viejo y las arrugas y los pasos me delaten, voy a dar el engaño, voy a enamorar hasta enamorarme; y a la inversa me creeré el engaño ajeno, decidido pero con el paso más inocente con que pueda andar por la vida. Buscaré como tantas veces la obscenidad con el recurso mínimo del escándalo que aportan las palabras, pero pasivo a ver qué pasa, no lo estuve, no lo estaré.
Ya sé que el entusiasmo trae muchas veces decepción y tristeza pero la transformaré a base de caricias. Nos hemos preguntado cada momento ¿por qué es todo tan difícil? Porque debe de serlo, porque arranca así lo mejor propio: historias de amor que incluyen necesariamente amor, siempre hay una vida ajena que produce el delirio blanco de los celos, aunque suframos con ellos, dejémoslos como un símbolo, un desierto de emociones, una incapacidad de tener miedo.
Entusiasmo es la extraña sospecha de la emoción, de lo imprevisto; entusiasmo es no poder llorar más y llorar luego, una llamada pidiendo o dando protección, una búsqueda de todos los frentes habituales y de todas las web por descubrir. Hoy me lo ha producido, en una pequeña llave de memoria de 4 Gb donde conservaba escritos de hace años, una extrañeza de cómo fui capaz de explicarle a una mujer el hermoso animal que suponía y la cima obscena de salud y belleza, del suspiro de su blusa de encaje desabrochada hasta lo impensable.
Fui capaz de sentir un rato para entusiasmarme a solas a falta de motivos de entusiasmo, desgastado, casi hasta la perfección. Me noté inspirado para poder escribir algún día sobre el amor exacto e infinito de los tristes, de las cosas pequeñas que nos esperan cada día, de las sílabas que hacen palabra y verbo, de los propios rincones del entusiasmo.
Me casaría eternamente con él, lo amaría para siempre, no lo dejaría al borde de la vida jamás, estoy seguro que me enseñaría la nobleza que entraña la postura idónea de un abrazo.
domingo, 6 de diciembre de 2009
Quiero volver a la novedad del silencio
Porque la falta del mismo ya me agobia. Como si se me hubiera escapado de pronto y no lo recupero ya que las pérdidas son inevitables y permanentes. ¿Cómo es posible percibir un sonido que no existe? Os aseguro que sí, escucho como un chorro de agua que viene alimentar mi existencia. Debí dejarme la Trompa de Eustaquio abierta, tengo ya a estas alturas una capacidad de recepción demasiado abundante y por esas rendijas he perdido lo mejor: mi silencio, el íntimo silencio alimentando la tremenda soledad de la lectura o de la propia escritura.
Pues lo quiero recuperar de nuevo, nuevo. Como si fuera una utilidad y me permita de nuevo sentirme así amante, esa extraña cadencia que a veces tiene el cuerpo, crear un ritmo propio hasta precipitar los sentidos. He de reconocerlo: guardo silencio al quitar una blusa empleando a la vez esa habilidad de tacto viejo; guardo silencio, muy temprano cuando ando descalzo por el parquet de muchos metros como pisando un caldo lento con el pijama que llevo puesto que me hace sentir como si, guardando silencio, asegurara la propiedad de una casa de hace más de treinta años. Además guardo silencio como hacen los poeta, con la armonía final que tienen sus versos.
Recuperarlo nuevo, o si no puede ser como estaba de viejo pero propio, explicando el origen, la distancia enorme de lo que me ha ido pasando, mi sutileza, mi éxito a veces. En cuantas ocasiones callarme era difícil, como regalar mi historia, mi manera de pensar, mi forma de contar. ¡Ya lo sé! Le estaba dando vueltas a lo que era el silencio, y es un pliegue particular cuando estás leyendo, es mi habitación más madura donde aunque os parezca mentira aún me quedan cosas que hacer y lo que es más complicado decidir la mejor manera de hacerlo.
De los viejos temores que aún persiisten -que puede que no sepan casi nadie- lo solitario no es narrable, puede como mucho ser una relación entre dos, un orgasmo impreciso y mutable, pero esas angustias enormes con ruidos que no vienen de fuera, que son propios (no me engañará nadie, son lagunas cerebrales, son espacios viejos), con ellos dentro manejo cada vez peor la mecánica propia.
Hasta en cada ocasión, con los acufenos estampados en el fondo del oído, sería un mal amante, eso que se es o no se es, lo que cuentan en los cuentos de las estanterías de adultos. Ni esos bellos instantes me volverían a proporcionar la novedad del silencio, la he perdido, no la encuentro, no me deja ni un instante de reposo, duermo, sueño y siguen existiendo los sonidos. Ni tienen la categoría de dolor, ese rango mínimo que a estas alturas yo le pido a la vida porque detrás siempre está la vida. Aquí hay una escasez absoluta y una duración permanente.
Venir a hablarme al menos, con palabras vuestras tendré el valor de palabras ajenas, aunque vengan de lejos llegan siempre, y me hago luego dueño de ellas. De esta manera, ahora, es como si estuviera a la intemperie, en un umbral interno reticente, insistente. Tengo deseo de sonidos vuestros, no me saciaré jamás y seguro que servirán para defenderme con una forma cómoda y ancha y paradójicamente, con voces, silenciosa.
Ya sabéis tengo un rincón, ya sin demasiado prestigio, pero cómodo, solitario y ahora con la más absoluta falta de silencio. Me acompañan siempre los acufenos, no me dejan desnudarme del todo, de todo. Me impiden hasta percibir ese hermoso susurro de la tela sobre la piel todavía con los pies en el suelo, a falta incluso de que intervengan los dedos. Yo los tengo ahora caídos, imprecisos, hasta sostengo mal el libro que estoy leyendo; sólo tengo un aprendizaje nuevo, una vida donde he perdido esa vieja creencia que siempre tuve: que el silencio siempre tenía una reserva, pues ni esa me queda.
Tengo sonido propio, indecente e indebido hasta desnudándome en la oscuridad, solitario y en silencio.
martes, 1 de diciembre de 2009
Un día intacto
Lo he dicho muchas veces, necesito esa hora de la mañana en que siento todavía el día intacto, una propiedad adquirida al instante de acercarme al café y al libro. Así le llama Muñoz Molina -con quien ando enviciado en un millar de páginas- al día, y mejor al libro: “un viaje y una morada para la que tal vez no hay sustitutos” Que nadie pretenda cambiármelo, además de ser el momento en que me siento más limpio, casi tan nítido como el propio día, sin nadie. Entonces he de pensar sólo en bondad y admiración.
Yo traigo dentro demasiados años una lucha interna propia, donde se coló hasta la del cuerpo, que hace demasiado daño y que ya se aproxima al momento del silencio. Tengo que apartar, pues, cualquier cosa que le reste al día su capacidad, su integridad. Me quiero dedicar a mirar y admirar, a dejar ileso el tacto, que ninguna realidad me reste sueño, que los poemas que llevo aprendidos y escritos desde niño tengan la capacidad y el sonido que siempre llevan dentro. El poema es lo único que puede ser perfecto, el poema es el deseo porque la poesía puede ser la mejor vía para andar más sereno por la vida.
A eso me voy a dedicar, pues, a esa búsqueda sin que sea importante la ayuda ajena: para ser bueno me basto solo, para torcer los acontecimientos también yo mismo y luego echarle la culpa a la vida. Es siempre una empresa difícil: este ajetreo que aporta la red en donde soy capaz de escribir un correo para devolverle la sensualidad a una mujer; de dejarle desde la palabra, sin mirarla, un rastro de ternura en los ojos; de preguntar cada vez por el amor para provocar la espera, los celos y el deseo; de dibujar para mi propio ocio inquieto la imagen estática de ese amor que nunca pierde fuerza; de llenar territorios desconocidos por habitar y una vez dentro quedarme con el asombro, desde abajo que puede ser futuro, hasta arriba para cruzar los labios con una enorme caricia como una lluvia de oro detenida y difícil.
Día intacto para hacer luego con él lo que más me plazca. Ya he dejado dos horas después el libro, su memoria, su lectura como una hembra abierta. Me digo a mí mismo, nadie me lo quita, voy a darle la forma que me satisfaga por lo menos a las horas suficientes para que en cada una de ellas, el día tenga destino, pudor, que me vengan, que las sienta cerca las palabras para explicarlo luego. Ese día es mi único asilo, me he apropiado de él, del roce de su piel para obtener el resultado apetecido.
No estoy diciendo nada simple, un día entero para uno sin que finjas pasado ni te importe el futuro, que éste sea inmediato, desde que abres la puerta y te cruzas con alguien. Te van a salir nuevos hasta los gestos, las mentiras viejas que más te convengan y cuando hables sientas propia e inevitable la calentura verbal.
Contaré si es preciso aunque las lágrimas persistan qué hice mal cada vez, cual fue la desdicha y por qué existió sin que yo la buscara. Pero desde el día lleno, íntegro. No debe importarle a quien me vea la comisura de mis labios vencidas por la edad, los besos quebradizos pero propios. Es mi herencia, mi esencia, soy ese mismo que os cuenta cada vez lo que piensa y hoy ha sido el sueño de tener ese día intacto de que hablaba Muñoz Molina y hasta soy capaz cada vez de salir de esa morada, de ese cobijo para tener aventura, para llenar todo el día.
No conozco el tedio, ni el ocio del aburrimiento, lo que sea vengo y lo cuento, busco los reflejos de las más de doscientas imágenes que miro en el ordenador cada vez. Ayer con Photoshop, desde las de un fotógrafo que había hecho cien fotos del mismo momento, ese hermoso pastor alemán que miraba y dejaba de mirar a la chica, una veces con los ojos cerrados, otras abiertos. Del escote enseñaba lo suficiente, el arranque (no os habéis dado cuenta las propias mujeres que el escote lo mejor que tiene es su aviso, su indiferencia, su reclamo desesperado de belleza y a la vez, lo mejor, su exigencia). Al final de la fotografía cambié la postura del perro, le exigí que mirara a la mujer, a ella no le toqué los ojos, incitaban a sentarse a su lado, a mirarla, sólo mirarla.
Pero en cambio de su boca sí que cambié los labios, casi como si tuviera en mis manos su propio lápiz facial con un tono de saturación y diferencia, y la dejé natural, como llamándome, era parte –dos horas más o menos me costó este trabajo- del empleo del día voluntario, para seguir luego haciendo que siguiera siendo pulcro, intacto, mío.
martes, 24 de noviembre de 2009
Mi más vieja destreza
Que además no entraña la constante vocación del ser humano de adquirir. De niño la tuve y nunca la dejé. Además ha sido mi interacción social por excelencia, el punto de partida para llegar a casi todo, para luchar incluso sobre los escombros volantes que siempre nos va dejando la propia vida. Es muy sencillo: cuando un libro me embauca, me enamora, parece un gesto de humanidad sana porque prometo no seguir leyendo para no enamorarme más. Cosa que, naturalmente, incumplo enseguida.
En coloquio informal con Antonio Muñoz Molina me habló de su próxima novela, una historia de amor desarrollada en tiempos de la guerra civil española. La tengo en mis manos: “La noche de los tiempos”, con sus cerca de mil páginas. En las cien primeras que he leído en dos ratos, ya me proporciona un motivo justificado para mí -que no soy escritor porque no he tenido cualidades ni voluntad suficientes para ello, pero sí con la destreza de lector- una cita que incluye de un verso de Machado: “lleva quien deja y vive el que ha vivido.”
He vivido y llevo en mi vida entera esa destreza de la cual hablo, leyendo, mi sueño cada vez que elijo un libro, mi estante propio en mi habitual librería acumulando elecciones; cada momento en que ojeo un libro, como esa profesión azoriniana, que sí que sé cumplir. Cada libro “pendiente” y las comillas tienen el mismo deseo, como la guía canal de un escote; cada libro es una tentación que me incita a ir demasiado lejos como la figura de cualquier personaje, su lenguaje mordaz, su sensualidad de aprendizaje para que luego yo lo vaya amanerando con mi propia destreza. En palabras del propio Muñoz Molina, “intensamente carnal y a la vez intangible como una promesa.”
Esa promesa sí que se me cumple siempre y sé darle cobijo, no media ninguna otra intención, llena mi exigencia de soledad, la reitero una y otra vez incumpliendo la de no tener un nuevo enamoramiento. Me siento más limpio y más humano entre los personajes ajenos, son capaces de borrar hasta la más reciente debilidad, ya no lo cambio por nada ni por nadie.
Lo digo humilde y convencido pero necesitado como de un recogimiento nuevo cada vez. Soy ya mayor para cosas menores, ni me vale el posible papel de héroe en ninguna circunstancia, desde ahí me brota una sinceridad que no se puede poner en duda; venzo cualquier derrota provocada o propia. Noto, leyendo, fascinación, atropello que yo mismo me provoco; me invento ese tiempo de los abrazos verdaderos que todos tuvimos, disposición, dueño de mis secretos, los que no soy capaz ni de contar aquí.
De verdad que es destreza, como un oficio aprendido de pequeño. Con la mitad de mis conocimientos tengo bastante, voy a ir acumulando la otra mitad que me falta. Leyendo tengo corazón de amante, el mismo quizá que pongo luego explicando cada mes los libros que he leído en una página que no puede tener más claro significado: pido acércate a los libros, que es acércate a mí. Leyendo tengo una luminosidad que permanece hasta en una vista vieja, es una manera de luchar contra la oscuridad que nos trae tantas veces la vida.
Leyendo soy muy joven, hasta hermoso, venir un día a verme. Son mis soledades más absolutas y más felices, pero como cualquier puerta de mi casa, de par en par abiertas; leyendo justifico todo y si alguien está cerca se le quedan mis huellas, mis más íntimas señales, de los pies a la boca. Cada vez que estoy leyendo me acuerdo de una carencia que tengo pendiente: leer en voz alta a alguien, que sea la forma de decirle quédate, desabróchate el deseo conmigo si hace falta con las palabras y las metáforas que nos deja otro, una especie de adjetivo para volver a empezar de nuevo.
Quédate, no te de vergüenza, con mi destreza más antigua y ahora que pienso menos vieja. Todos llevamos algún pedazo de vida equivocada con una soledad aparentemente tranquila por delante, pues leyendo ofrezco la parte más emocionante y la convierto en la mejor compañía, ya verás te sentirás adorada y adorable. No me he dado cuenta pero como estas palabras no pueden tener mejor destino que el de una mujer, me acuerdo de unas palabras de Iribarren: “las mujeres son como el alumbrado de la vida, lo máximo.”
Yo leyendo soy casi lo máximo.
jueves, 19 de noviembre de 2009
El mejor núcleo de mi ser
Lo he dicho varias veces, la vida además de degradar, desgasta, pero buscando es posible hallar, el núcleo del ser que lo soporta casi todo, un residuo parecido, cual un arco de placer y gratitud profundo y eso que yo me exijo ser más lacónico que hipérbole, pero en ocasiones manda el motivo que anda por detrás.
Pueden ser muchos momentos bien distintos: el tono y la forma de intercalar modos de ser en una conversación agradable y sincera; la palabra que siempre queda entre un hombre y una mujer; la resistencia a envejecer como en una especie de reconciliación con los griegos, una dad sin número donde incluso la amenaza de la pérdida de una felicidad material, te hace más fuerte, te obliga a sentirla antes de perderla como con más insistencia. Ahí hay partículas de ese mejor núcleo.
Hay ratos malos, pero otros en cambio en que te sientes bien en el acto, amas las posibilidades, los intentos, resistes cualquier tipo de dolor como un estado previo a tu mejor lenguaje: callártelo. Te llega casi todo lo bueno boca a boca, quien te quiere entrecruza los besos como una señal inevitable de cariño, escondiendo en el fondo algo que el otro necesita, que te lo devolverá enseguida. Te llega en la epidermis de la vida, la posición, empedernida, inevitable.
Puede estar ahí ese mejor núcleo, ese rincón de tu propio misterio como si entraras en cada ocasión en el primer bar de alterne de tu vida, la primera vez que supiste lo que era la ternura, el coloquio que hay detrás de las caricias, la manera de solventar cualquier rencilla, la curva de una cintura, ver descruzar bien las piernas, demorar el instante, el destino final.
De todo eso me acuerdo con el inevitable retraso de veinte o treinta años que los tengo metidos en mi mala memoria para todo lo malo. Me dio susto el amor que al principio se te escapa por todos los lados, pero te acabas haciendo con él como un futuro que ahí sí que importa porque se adivina y se anhela. Eso es una piña, no sé cómo llamarle, lo ideal, cuando piensas que a pesar de este tiempo insistente y dañino hay algo que ha quedado, que aguanta cualquier envite, junto con un entusiasmo recordado incontenible, y te permite a ratos, estar muy bien, una especie de pathos tranquilo que a los demás les cuesta entender.
Me acuerdo y lo conservo, es la parte que debiera estar oxidada y no consiento que así sea. Me acuerdo escribiendo como ahora y me aferro como a una barandilla alta, hago que se canse la mentira de las cosas mal hechas. Están en el recuerdo –y es un apoyo más- los mejores libros que he leído, los que formaron colecciones inolvidables como aquella Biblioteca Formentor que fundaron Victor Seix y Carlos Barral; las novelas policiacas del comisario Maigret, de Georges Simenon, donde daban igual los muertos porque existía en su narrador la vida por delante; o el Lorca con las hojas por cortar de Losada. ¡Vaya si me ayudan los libros! Más que núcleo deben ser fortaleza para que ahora me defienda.
Dice Amos Oz que en el mundo hay una alquimia que es también la melodía interna de la vida. Esa química mágica que pretende ser la piedra filosofal, yo no la busco, me viene a las manos cada día, la escucho, se encierra en mi persona con la harina limpia con que amaso cada vez lo que viene, lo que va a ser. A medida voy cumpliendo años siento menos ganas de opinar y aún menos de juzgar, prefiero observar lo que venga y narrar, por ejemplo, lo que le estoy leyendo a Isabel Fonseca, lo mejor de la sensualidad: “lo esencial de los triángulos blancos”.
Ese tono inevitable propio, lo dejo aquí cada vez como el núcleo más importante de mí ser.
lunes, 16 de noviembre de 2009
ME PINTO PARA EL PLACER
Ya dije una vez que me he sentido muchas veces como un poeta sin versos, un poeta de intenciones, en litigio con el lenguaje pero dispuesto siempre a buscar en el fondo el rumor, las maneras del placer. Que no me busquen en la desdicha, que cuando venga la callaré, será un viaje que no tenga relato y si tampoco destino, mejor me lo ponéis. Irá todo viniendo a menos, ya lo sé, pues yo durante el momento que puedo le otorgo dosis positivas añadidas a la vida, propio sitio: en la boca ociosa dispuesta siempre para el deleite; en el sobrante del amor diario, como dice la poeta Erika Martínez a “pezón desorientado”; errante –como perdido- a falta de una matriz que me oriente cada vez, o “encender las velas de mi boca” en palabras, éstas, de la Vaccaro. No lo sabéis, yo también como Fernández Malo, tengo un proyecto, os cuento: escribiendo, la mejor metáfora –no la que más me acerque a la realidad-, sino la que produzca ruido a los besos y risa luego; el milagro de las cosas sencillas y que dure lo que dure el día, no hacerlo más largo de lo debido, me bastan los que prolongan la mañana antes de que llegue el vacío de la tarde antes que la vaya notando perdida.
Me he prohibido de viejo las malas noticias, precisamente porque mi decoración no me lo permite, prefiero los sueños que llevan emparamentados los sexos libres, que me cuentan que están libres. Tiene todo que ver con el placer, con una calidad de vida que se la otorga uno mismo en un ordenador portátil que no debe leer nadie; incluso lo inevitable en el prodigioso film “Despedidas” que hasta te convence de la belleza de la muerte, no estropea tu propia decoración placentera, hay un lavado después, una pintura en los labios, una belleza en las cejas depiladas que te hacen asombrarte, hasta pensar en ponerte en primer lugar y ser tú el protagonista.
Pero viviré lo bastante para decíroslo más veces, me salva la decadencia, la mujer que deviene en mujer con insistencia, su profecía que para mí será siempre repetición, lentitud y deseo; hay una espera, un olor luego, una mentira que me creo siempre que me la transmitan sus manos cuando señalan las estrellas, sus territorios escondidos, ¡hallarlos!, caer rendido, explorar lo que ni encontramos, dejarlo por no tener ya palabras. Esas llegaron antes, esas son mi salvación, mi mejor expresión.
Es mi ventaja, lo digo bien claro, decorado para el placer, no me cuentan los años, sino las intenciones, las veces que supe explicar lo que fueron mis fascinaciones porque las sentí antes. Es ventaja también la literatura que ahora leo, las novelas que más me creo, suelen no tener más de treinta años quienes las escribieron. Si alguien me escoge un libro siempre me dice, este es lascivo pero prometedor como el final de la mujer que miraste, de espaldas a la vida al irse, pero presente en esa mirada propia que llevaba caricias destinadas.
Es mi ventaja, lo digo bien claro, decorado para el placer, no me cuentan los años, sino las intenciones, las veces que supe explicar lo que fueron mis fascinaciones porque las sentí antes. Es ventaja también la literatura que ahora leo, las novelas que más me creo, suelen no tener más de treinta años quienes las escribieron. Si alguien me escoge un libro siempre me dice, este es lascivo pero prometedor como el final de la mujer que miraste, de espaldas a la vida al irse, pero presente en esa mirada propia que llevaba caricias destinadas.
Conservarme, pues, el placer, me pinto adrede, tengo dependencia –alguna hay que tener- mecanismos para no extinguir nunca los sentimientos. Si no puedo, exploro los cuerpos con palabras, se puede hasta ir más lento y más satisfactorio que con los labios. No me explico esta vocación para el placer, pero es que no suele haberla para lo que más ansiamos tenerla. La voy a dejar ahí, sin que se caiga y si cayese la recogeré cuantas veces haga falta aunque acabe rendido pero sin competencia.
Es mi verdad y mi ficción, es mi escritura de las tardes antes de que se haga tarde; es vestirse para el placer y tener placer; es como el instante que puede ser un reclamo abrasante pero que lo vengo haciendo durar como un privilegio, un gesto parecido a una felicidad definitiva. Me sacia así la vida, se me hace impensable e inagotable, es un compromiso de futuro sin tener casi futuro, ¡qué más da! Tengo presente que es como una forma de no perder nunca la decoración que hemos adquirido.
La mía ya la sabéis; es el placer: tener vértigo a veces, fuego en la piel, como un nudo de sensaciones secretas, un vaivén. El solitario es narrable, el de fusión escapa, aunque pienses mientras, que unos labios succionen en los mástiles oscuros de los senos y que alguien aprieta y levanta luego el vuelo sin destino.
Queda la palabra, como la sombra que siempre deja el placer.
miércoles, 11 de noviembre de 2009
ME CORROMPO ADREDE EN LA RED

Porque todo lo cálido lo encuentro y tengo la templanza de decir que en mis palabras hay dosis suficientes de un ardor oculto, todavía por contar. En este hueco mío de escritura del que tantas veces he hablado, del café, de los libros que siempre tengo abiertos esperándome en la cómodas butacas para leer y ser, dónde en él podríais hasta tocar la piel de mi cadera, ahí he encontrado una corrupción, una falta de vergüenza propia como un ritmo pegado desde la red hasta mi propio teclado. Son, palabras de leyla: si no es mucho pedir, dejarme que termine aquí mis días, en este espacio que he creado con amor y tolerancia, como una especie de enajenación por la felicidad que no llega apenas. Lo construí yo diría que con tinta y desgarro, desprevenido cuando empecé a escribir sin importarme que por saber de mí iban a buscar quienes me leyeran, hasta mi glande.
Aquí, ya lo veis, cada vez con más frecuencia, soy quien soy y resulta que quienes vienen a leerme ya lo saben porque la soledad no se encuentra se hace, se hace sola. Me la voy fabricando cada vez y os la cuento, hago pausas para hacerme ilusiones, son posturas, son maneras de ser insistente llenando las paredes de algún post. En esos intermedios de la vida me preguntan a veces, y yo contesto: todo esto puede ser un intento que se abre paso; ir a ver lo que hay fuera; no saber despertarme y ponerme a escribirlo, no sé, suele ser cualquier cosa, explicar cómo se entra en una mujer para saber sus propios límites o medir su cintura con los labios.
Pero lo que es indudable es que me vine aquí, llegué una tarde “inventándome la vida”, luego quien pintaba la caseta le cambio de repente el nombre y le puso “Mi taller de privilegio”. Aquí vengo a estar más cómodamente, pero sobre todo, como dice mi amiga Leyla, dejarme que termine aquí mis días. Nunca preguntéis por mí si no estoy en el “taller”. Si eso ocurre es que he terminado escribiendo esa reacción prematura de la vida que es la muerte. Y como al final solo queda el amor y la propia muerte, dejarme como muestra de vuestro amor, en este mi escritorio, algún libro vuestro. Siempre han sido sus páginas las flores que mejor he olido.
Me siento cada tarde y es como si dijera a todos llámame cuando vuelvas a la red, tú que sabes lo que es exigir el respeto a internet. Nuria Labari en sus cuentos “Los borrachos de mi vida” ya lo advierte: "Como cualquier otro lugar sagrado. Internet no se ha de compartir con aquellos que no lo respetan." Ella treinta añera en Telecinco que se enfrenta a un mundo como el que tenemos agresivo y complejo, hace llegar la sacralidad de nuestra defensa frente a él.
Yo en mi rincón de invitaciones, con mi café o mis cervezas compartidas, en este sitio donde cuando cuento cómo me han parecido los pechos de aquella muchacha los he sentido llenos y enhiestos para unas manos quietas; siempre supe leer con una sexualidad contundente porque la otra no me interesaba; quiero leer de un hembra como un libro abierto que arde por entrar en danza.
El otro día me reclamaban esta escritura mía como un ojete agresivo y tierno. Que nadie dude que mi debilidad siga aquí quieta, donde debe ir a parar y si escojo simplemente la mirada a los ojos, habrá que hacerlo para que quede rostro contra rostro; para que la cultura de mi propio erotismo permanezca detrás de cada palabra, de cada pensamiento.
Me corrompo desde aquí y para los que están aquí porque saben entenderme; me corrompo adrede para que no se me haga viejo el vicio, para llevar mis palabras con el mismo garbo necesario que necesita una mujer al abrírsele la falda. Este “taller de privilegio” es precisamente mi privilegio, mi jerarquía, la magia que le pongo a veces al verbo, la metáfora suelta que siempre viene de alguna otra metáfora. Es un lugar como si fuera una época de vida humana, un punto de encuentro para lo que quiero, una instancia al instante, la arroba de la dirección de correo electrónico insaciable, llena de palabras e intenciones.
Queda claro, me imagino, es la parte humana de mi ser humano, una racha de aire, mi mejor manera, mis desengaños, lo común que no es que no sea de nadie, es que es de cada uno.
domingo, 8 de noviembre de 2009
Sin preámbulos

Soy hostil al concepto de aperitivo, de preparación, como si fuera una manera de reparar antes el “dèja-vù” de después. Cada momento que siento, que explico, es vaciar la memoria ya, encogerse como algo usado o lavado muchas veces. Sin más preámbulos, como en el film “New Yory, New Yory, yo te amo”, donde ella sale del restaurante, con la misma misión que el hombre que encuentra a su lado, fumarse la prohibición, le pregunta”¿has hecho el amor con una desconocida? Tiene la audacia de pensar eso, imprevisible, porque luego cuando vuelva a la mesa con su marido él no se dará cuenta que bajo de su vestido no lleva ropa interior.
Las cosas sin tiempo previo, una declinación recitada por en medio, ni un esquema ortodoxo, como haciendo el amor –ya que estamos en ello- con una mujer pensando en otra. Ni hasta sabiendo bien en cual. Y al terminar habrá que lavarse los dientes con un cepillo viejo. Esa posible indecencia es como una incertidumbre –sin ávidos ya- parecido a la duda que tenemos con el tiempo si creemos en algo o ya no lo hacemos.
Para hacer el amor, para poderle responder con la verdad a ese personaje de película de Nueva York, habría que decir simplemente que lo único que hace falta es el deseo, notar que va a haber físico por todas partes. No hará falta antes ni la conversación, ni la copa ni el cigarrillo. Dos ojos quietos pueden ser suficientes. Y resulta conveniente tener poco tiempo para hacer el amor lentamente. Es la hermosa contradicción de la habilidad y la hermosura, o quizá sino la memoria fotográfica, instantánea, que traemos, la desnudez de hace un momento. La cortedad de tiempo viene a ser como un principio del placer saciado y lleno desde antes, dictando así la vida siempre.
Y si se trata de escribir, habrá que hacerlo con lengua eterna, ni la interpretación ni el paso del tiempo nos va a cambiar la intención de las palabras. Hoy me traje de botín mañanero, ese al que os invité -y bien que tengo en mano la aceptación de Bolboreta- una persistencia al vaciarme. Me lo voy a creer yo todo tanto que empezaré por un ejemplo con el que he conseguido vencer el estrés de tantos días: ese lenguaje html de mi página web de literatura a la que le he tenido que cambiarle la contraseña porque los piratas informáticas querían robarme el dominio. A alguien le escuché por la tele un símil perfecto: si te roban el dominio, es como si te roban la casa o el negocio, vas a entrar un día y los ocupas ya tienen su derecho sentado y firme ante un juez.
Pues como os digo, me lo creo todo esta mañana. Me tomaré, con un aperitivo cierto de cerveza y compañía –imaginaros la cordialidad, que hasta la dueña del bar, la Voll Dam doble malta, siempre me la pone llamándome cariño y de alguna manera apoyando su mano en mi brazo. Porque le he trasmitido esa creencia, escribiendo no me gustan ni los preámbulos; sino llegar en todo tan a tiempo antes que haya llegado nadie: las obscenidades al momento; las culpabilidades propias ya no existen porque no creo en el pasado y solamente están allí. En cambio sí, en las maravillas del presente: que un coche ande, que me mire insistentemente una mujer, que la última novela de Landero la compré el primero ayer por la mañana, que decir te quiero sea el chantaje más perfecto, que me quedé con la paciencia infinita del libro abierto, el temor del desencanto luego.
La cita pendiente ya no es cita, ni previo anuncio en los pedestales: es directamente sincronizar intenciones, idea, captación, la hermosura de una axila que aún recuerdo, sin recovecos, todo lo más los que hicieran los besos. Desde ahí brotó todo enseguida, libre de terminaciones nerviosas.
Sin ese prólogo que me asusta, he pensado, que no sé lo que espero de la vida. No sólo cómo habrá que hacer el último equipaje, sino estos de ahora cumplirlos a su debido tiempo. De verdad en esos momentos que todos tenemos, solos, llenos de gente, no sé qué haré para ser lo más endeble posible, ajustado a mis caderas, pero con lo más hermoso que me quede, con todas las calorías, hasta si es preciso a veces imprudente, con las sensaciones que siempre tuve, jamás leves, todas hondas y llenas.
Voy a vivir hasta que me quede, una especie de vida de famosos, me leeréis en los papeles más tiernos de la tierra; miraré todos los escotes, los de todas las categorías existentes, me quedaré dentro de la vida lo mismo que si fuera una mujer. Lleva razón Levé antes de suicidarse a los 42 años, cuando escribe: “Tardo menos en penetrar a un mujer que en salirme de ella.” Bromeabas con la muerte y espero tu libro “Suicidio” que dejaste con las galeradas terminadas.
Me quedaré a ratos, leyendo, escribiendo, para asomarme a cualquier cita que me traiga la vida, en mi sitio permanente, dispuesto siempre, sin aviso previo.
miércoles, 4 de noviembre de 2009
He vuelto a la rima de la carpeta vieja
Si es que alguna vez tuve rima, que viejas sí que se me están haciendo las carpetas donde escribo, donde al menos tomo notas, cosas sueltas, en esas horas libres, recién despierto con los libros que estoy leyendo. Habrá que decir aquí, qué es lo que tengo, lo que conservo después de visitar una ciudad capaz de imponerme su recuerdo. Es curioso, he vuelto al humo de los cigarrillos luego de vivir en una ciudad donde fumar lo hacen imposible. Guardé mi tabaco, mi impulso de fumador, mi vicio mal llevado y volví prácticamente con el mismo tabaco que me había traído. Mis amigos, sin embargo, se quedaban en la puerta del Hotel al regresar, unos minutos, para calmar su dependencia justa, su consentimiento. He vuelto a la ilusión de encontrarme lo mismo y que sea lo mismo y lo mejor; al viejo tacto y al sentimiento, a la ilusión del entendimiento entre quién escribe y quién te lee, como un terreno propio que dejé antes de irme. He vuelto porque nunca abandoné ni a las metáforas ni a las vocales largas como tiene que ser, a las palabras, que son ellas las que vuelven, tercas e insistentes, con la belleza de la obscenidad a veces como quien mira siempre que puede algún escote breve pero prometedor.
Necesito un acomodo discreto ya en la vida frente a la terrible realidad diaria que nadie me ha explicado bien lo que es, en qué consiste, pero existe. Cuando me marché de viaje dejé lo suficiente para recoger y añadir a la vuelta: mis capacidades frente al posible abandono que a veces cometemos. Es preciso sentir la necesidad de donación de afecto a los demás y a su vez provocar las ganas ajenas.
A eso he vuelto, pues, a lo de siempre, pero noto más –que alguien sea capaz de explicármelo- por qué envejezco yo más rápidamente que las cosas que tuve siempre, como si fuera que las manos poseyeran una pátina más seca y lo notara al tocarlas y al mirarlas. Con la edad me he vuelto mucho más breve para todo, más corto, llego a menos sitios y me canso antes, habrá que irse de viaje pronto para invertirlo, cansarse menos y después, siempre tener tiempo para la última copa, en este especie de club de alterne que tengo montado con los sueños en el teclado.
En suma, carpetas también viejas, pero no siento admiración por ninguna edad, son las que eran, tengo una gran variedad, a veces me confundo, me pongo a escribir donde no debo, continuo donde no había empezado por que el comienzo estaba en otro sitio. Es, como si fuera una especie de intercambio de parejas, de no saber bien lo que vas a decir y en cambio estar seguro de lo que estás sintiendo.
Alguien dijo una vez que nuestra casa es un museo, notaba belleza y perfección, en los sitios donde buscar los sitios, en una especie de acomodo, que antes lo dije, me hace falta discretamente ajeno a los demás un poco. Voy por casa, saboreando cada paso lento, tengo sitio siempre, zonas propias y allí un presente que no solo me interesa más que el pasado, sino que es el más hermoso hueco de diario que poseo.
Me gustaría invitaros a un café, a leeros algo del libro que estoy leyendo, a comprobar que el ordenador siempre lo tengo encendido; invitaros a una de las butacas de cuero viejo, cómodas para leer, interesantes para pensar, para querer. Yo no sé cocinar, sólo sé hacer cafés, de esos que aportan vida para estar de pie, para escribir, para leer, para mirar los ojos de una mujer. Vivo en esta casa y sin salir mucho de ella gano cada día en energía, en madurez o en vejez, da lo mismo. Mi casa es mi finca de recreo con alguien a mi lado y a la vez con rincones de soledad propia que no me quita nadie.
Mi casa viene a ser casi todo mi tiempo, lo intento aprovechar como si el tiempo se fuera a dejar, pero sin embargo es mi pago al contado siempre, mi edad propia, mis medidas o incluso como dijo Proust la dimensión trágica que nunca se recobra.
No obstante, creo que eso es lo que he recobrado cuando he vuelto, dentro de una carpeta vieja.
miércoles, 28 de octubre de 2009
Ya todo me daba alegría
Habría que empezar por decir como final de este viaje a Nueva York, que ya todo me dio y me daba alegría. La vuelta fue dura y larga, al cruzar el aeropuerto Charles de Gaul para poder coger el vuelo a Valencia, las cintas del suelo con obbejo de evitarme caminar parecían más lentas todavía que mis pasos como si se repitiesen o fueran hacia atrás intentando devolverme la nostalgia de un sueño propio, fascinante, inquebrantable, una pequeña guía lenta del recuerdo para no terminar del todo.Y en cambio no sabía que aquello que iba a escribir sobre lo mejor de este viaje a Nueva York, estaba en lo que aquí dejé. Y ya que tengo que dejar en este escritorio un post de despedida del viaje para que lo entiendan todos–vaya género más completo esta vez, todos-han sido quienes comentan mis palabras, mis esperas, mis pausas hechas adrede, con mimo, eso que no estropea a nadie, que me devuelve muchas veces la transparencia de los ojos al escribir para recuperar siempre el color que tuvieron. Será verdad que a los adolescentes les salvan los sueños como a los viejos la memoria. Yo acabo de vivir un sueño con una lentitud que ya no me dejaba tiempo, ahora que es memoria, para contarlo, para recordarlo.
Me gustó de mi viaje lo que me estáis escribiendo, vuestros comentarios, dos palabras, la misma confianza de hace años, el único y hermoso contacto de este sitio para expresarlo. Me gustó que me esperarais como una tarde alargándose, un tiempo de sobra, como prestado, para decirme cualquier cosa, más o menos a cuento. Qué más da.
Me gustó, sobre todo, esa especie de interrupción, de seducción entre la sorpresa y lo previsible; esa necesidad que hizo que me gustara la ciudad, las avenidas, las razas, la compañía de habla hispana cuando escuchaban tu lenguaje; conquistarlo con aquellos días, acumular así más defensas para la vuelta, maneras de estar más a gusto en lo cotidiano luego.
Me gustó de Nueva York la ternura con que hablé a quién quería, me tenía a mi lado y sin embargo empleaba con ella las vocales largas, el sueño de ese instante, todo lo que destilaba como propio, mi regreso al tacto enriquecido que lo tenía por ahí suelto, compartir en ese lugar sólido del mundo, su silueta, digna y justa.
He vuelto con lo propio, con lo de toda la vida, que resulta que va a ser la vida. Ese recorrido de seis días enteros para ver lo que era imposible ver fue una especie de pedazo de vida que sembramos allí y lo pasamos sin problemas por el control de Aduanas. ¡Oiga es todo nuestro! Es haber estado allí y querer volver con los años que tenemos como si fuera una hipoteca que pidiéramos para más de treinta años y que el Banco nos la diera por aquello de que habíamos vuelto más ricos, más jóvenes, con una llamarada que se nota enseguida cuando la tienes dentro hasta con los ojos apagados.
Os lo digo, me he traído del viaje como una prenda corporal para llevarla siempre; una posesión tenaz de seguir estando vivo. Voy a afrontar lo imprevisible con palabras comunes, como si fueran los pantalones vaqueros de siempre que envejecen, palidecen pero no encogen. Hablar de Nueva York será por mucho tiempo como esas declinaciones que me enseñaban en el colegio y se quedan grabadas para gastarlas como un cepillo viejo.
He venido como me fui: me sigo sintiendo atraído por las mujeres como dice Levé en su “Autorretrato” “con las sonrisas, con la conversación, con el afecto”. Por eso he entrado en mi librería de casi todos los días, con un post del Metropolitan de pegatina en la nevera, para mis dos amigas que me limpian a diario el estante donde tengo los libros apartados, esos que me esperan, ya son casi míos, recién salidos de las cajas de los distribuidores.
He notado la vida que dejé como la dejé: debe ser una cuestión de piel, de querer a mucha gente con la que no tienes que tener explicaciones; que anhelo lo mismo que anhelaba: una sensación continuada verdadera y sonriente, sin tener que hacer nada especial para estar siempre a flote con una sonrisa de viento favorable.
jueves, 22 de octubre de 2009
Busqué un acomodo suficiente

Siempre lo hago, y más luego de llegar desde el atardecer del “River Café” que te deja la noche prendida de cualquier situación: Nueva York, mi viaje, mi sueño; y entonces acoplamos los cuerpos suficiente. Fue la culminación de lo que en el otro post comentaba, una vez cruzado el puente de Brookling con todo Manhatan ofreciéndose, inexplicable. Son esos momentos que tienen una lentitud espontánea, sin intención de terminarlos, una fiesta sin preámbulos, un tiempo en que creamos entre dos la ilusión de permanencia. Nuestra cena, nuestra fiesta, la insistencia de los cuerpos, las pequeñas cosas imprescindibles en un cuarto de hotel luego: hasta la colcha medio rota, cinco estrellas en que alguna faltaba pero que no le hicimos demasiado caso. Fue un encanto, fue un estilo, una manera de ser un hombre y una mujer que se quitan entonces veinte años.
Los mismos que me quitaba, bien temprano, hasta alguna mañana que me defendía antes con la propia cafetera del cuarto, y acudimos luego a un desayuno de "parejitas" –que decía Mónica- con las tostadas más completas, los zumos, los expresos para atenuar el sabor del café americano. Me quitaba veinte años cada vez con el cansancio. Ya me acuerdo de aquellas zapatillas rojas, con forma de botines que quería regalar, buscándolas tienda tras tienda, por la calle 42. Hasta que nombrando en pleno semáforo el nombre de la que nos habían dicho que las tenían, lo de siempre, el habla hispana –nada une más que el propio lenguaje- te indica hasta casi con satisfacción y con cariño que es allí, bueno, dos o tres manzanas más abajo y menos mal que le había quitado antes del salir del hotel esos veinte años a mis caderas bien escaneadas en los controles de seguridad. Porque esas dos o tres manzanas pueden ser un pedazo de tu propia ciudad alargada de inmediato.
Me he ido trayendo de Nueva York, más que recuerdos, que los puedes tener fácilmente de tus hábitos diarios, sensaciones que casi no tienen nombre, poco me importa cómo se llaman los locales, si el “Metropolitan”, o el ”Moma”, son Museos que por nombre famoso ya ni necesitan nombre, la puerta te arrastra, las colas te llaman, la larga escalera para su acceso en el primero; y junto al arte como no, por la noche, los espectáculos de Braodway, juntos, recorriendo con ellos una vida nocturna que vas a elegir si quieres al momento comprando a mitad precio sus entradas en los puesto off o bien saliendo, a decisión ya tomada, del mostrador del Hilton de Tour y espectáculos.
Pero me daba lo mismo, únicamente quería más que un musical, en repetidas ocasiones visto en España, el tono, el sonido que engancha, que brilla, que se mezcla con la humedad de la boca en una cena íntima, jazz completo. Rindo la palabra por la música del saxo de Ray Gelato y todos sus acompañantes, en el “Blue Notes”. Me sentí aprendiz del movimiento de las manos de cualquier otro espectador, mientras cenaba como yo, como un registro propio ya, como una mística sin final, sin respuesta, casi sonaba igual que la música que escuchas cuando estás solo y no te aporta nada más que la música, una física privada, una danza imposible de seguir, una cadencia de los cuerpos que rompen definitivamente el silencio y precipitan los sentidos.
Ray Gelato empezaba con su música cuando se habían terminado las palabras, un concierto propio y acompañado entre los músicos y los que los oíamos, ignorantes muchos pero acompañados de las manos que se movían de aquellos que la sentían dentro, de las caderas que exigían la realidad de los vestidos, un desarme de la ignorancia propia del mejor jazz que he oído en mi vida en aquel pequeño restaurante –corrían para pagar las tarjetas de crédito en la oscuridad del local- y al salir, como ahora me quedé con las palabras que no supe decir pero con la música que sí que supe escuchar y admirar.
Nos retrasamos intencionadamente en encontrar un taxi. Quería recorer las calles del sitio, llevármelas un poco porque tenían un sabor indecente, sobresaltado, con la audacia propia en cada local. Casi éramos perversos porque no pertenecíamos a ese mundo, tenía un registro tan propio, sanatorios del alcohol sin humo, como cuando la piel es piel, o una tejida promesa de la penúltima caída.
sábado, 17 de octubre de 2009
Como una cintura ajustable para tener más espacios

Así he recorrido Nueva York, sus lugares nunca se terminan porque es una ciudad que puede ser lo que uno quiera. Aquí, en mis post sobre este viaje contaré mi turismo del asombro, del sueño, haré mía la famosa frase de Simone de Breauvoir que estando allí me recordaba Manuel García Rubio en su novela “Sal”: “Parce que je réve, je ne sui pas. Parce que je réve, je réve.” Allí estaba esa ciudad, más allá de mis sueños y para mis sueños.
Fui siguiendo la ruta de llegar hasta ella en el pequeño vídeo de la butaca del pasajero del avión que me precedía. Crucé así el Atlántico, tenía una cita breve e inmediata: “la Quinta”. Amaba la Quinta Avenida antes de llegar a ella por eso aquella misma tarde nada más dejar el equipaje en el mundo del Hilton –la negación de un Hotel, la similitud con la ciudad- quise empezar mi amor por esa ciudad a través de dicha Avenida. Para las mujeres el amor es más bien guardar cosas, para el hombre es robar. Igual que arrancas de una mujer su esencia más profunda, su lluvia de oro, amaba ya la Quinta, amaba ya Nueva York como puedes pensar en una noche de besos entregados.
Caminé por esa inmensa Avenida nada más llegar aquella tarde, seguro de mi esfuerzo, de mi búsqueda, de mi entrega, convencido que porque había soñado, soñaba. Se juntó ante mi vista el inagotable mundo del dinero en aquellos edificios de los grandes bancos, de las multinacionales del capital, incapaz de que mi vista alcanzara su final porque las posibilidades de mis vértebras cervicales ya no llegaban a más; junto a los inmensos edificios, los pobres puestos de venta callejera con camisetas “I love New York” a 1$ y perritos calientes o cuencos de extrañas frutas cortadas, todo a la vez, porque es eso esta ciudad, una primera Avenida sufrida por mis pies donde todo estaba unido, era un mundo completo. Os juro que estremecí, que apreté mis manos para que no se me escapara el sueño de mis sueños, que se quedara una huella en mi boca, igual que luego de dar un beso entregado y profundo. Eso fue ese paseo: besar una historia en lugar de una mujer.
Quizá la primera o la última tienda que se puede visitar es Tifany’s, (luego de regatear lo indecible en el Soho sus maravillosas falsificaciones, o la auténtica ropa Calvin Clain en Century a precios irisorios). Precisamente, el famoso joyero Tifany, con el emblemático Atlas sujetando un reloj encima de la entrada, parece querer ganar cientos de corazones, sus pequeñas cajas azules encierran sueños de muchas mujeres; a otras en cambio les basta la imagen de su presencia en la puerta, véase sino aquellas muchachas que observé fotografiándose simplemente en la puerta de la joyería, que no necesitaban anillo alguno.
Cuando al salir me preguntaron por aquellos tres pisos que visité como un espectador extraño y ajeno, no me atreví a decir que lo más bello me pareció el asilo de las visitantes de fuera, la desgana de sus caderas recorriendo la entrada, sin atreverse a cruzar el umbral, por supuesto. ¡Quédate, por favor! Decía cada joya en aquellas vitrinas a cada mujer, quédate con este anillo o con esta alianza para ver si el oro y los diamantes hacen posible que sea una alianza entre un hombre y una mujer precisamente. Los colgantes de corazones plateados “Elsa Peretti”, no aseguraban la generosidad que debe tener un corazón. Yo lo he buscado por otro sitio en mi vida, por cualquier otro sitio, sin principio ni fin, entre las partes repartidas de otra piel y la mía.
Voy a contar de la ciudad, parte a parte, cosas, seres, maneras de la gente que me llamaron la atención. Guías de turismo hay demasiadas. Con una bajo el brazo y una excelente compañía de quién ya había visitado la ciudad, Teresa, yo llegué a Nueva York para fijarme, para notarla, para caminarla porque me lo iban a permitir mis caderas. Aparqué mis deficiencias en las ocho horas de vuelo, entré de lleno, supe buscar mis momentos de pausa, cumplir los trazados con conocimiento, disfrutar en los perfectos cruces de calles y Avenidas numeradas con el rigor inequívoco que tienen los números. Nueva York además está trazada de tal forma que es sencillo ir cubriendo sus distintas partes.
Desde la primera tarde al sueño que traje libre le quité el pudor, borré de la memoria lo que no me convenía que había pasado, dejé libre y limpio el camino, llegué con un amor imprudente hacia una ciudad pero a la que no quería amar precisamente como a una mujer porque ésta debe conservar siempre lo que tiene de mujer. Y yo a Nueva York, no se lo iba a permitir.
La iba a robar entera. No volveré a escuchar en Blue Notes a Ray Gelato mientras su voz, su saxo mágico, los seis magníficos músicos que le acompañaban; ni tampoco volveré a vivir la más hermosa noche de celebración en la vida de un hombre y una mujer, en el River Café, dónde fue aún más exquisita que la cena y el servicio, el maravilloso local, cruzado el puente de Brooklyn con toda la vista de Manhattan desde el atardecer. Y hasta quién hizo la reserva desde España –nuestra imprescindible Mónica- recibió un e-mail al día siguiente preguntando por nuestro grado de satisfacción y qué es lo que se podía mejorar. ¡Inolvidable!
Esos momentos que os contaré se los he ido robando a Nueva York y muchos más que tengo pegados en la piel, en mi retina, que quisiera que me sobraran como una mirada siempre lenta, como un destino, como un vestido ligero y sugestivo en una mujer que apenas se nota, pero está ahí hasta que unas manos lo quitan, lo hacen suyo como yo hice míos muchas horas los espacios de Nueva York.
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