sábado, 31 de julio de 2010

LE ECHO UN POLVO A LA EDAD TODOS LOS LUNES


amartinezfotografia.com

…aunque sea un mal polvo ya, y sigo conviviendo con todo lo de siempre: con la misma mujer que no se me hace vieja porque “cuando se está muchos años junto a otra persona, el otro no envejece” (Sergio Olguín); con la constancia que tienen los días en venir uno tras otro pues perder la cuenta de los almanaques ya no me importa. Le echo un polvo a la edad a ver qué pasa, mientras yo voy como de paseante feliz en un todo a cien y miro salir de casa a esas chicas que me gustan siempre, medio vestidas con las ropas que les regalaron sus amantes.



Y hoy tengo que venir adrede a explicar eso de la edad, lo que cuento tantas veces, luego diré por qué. Me resulta válido para pedir que me esperen hasta mi próxima mañana que tenga libre –esas del otro día- para no tener que hacer memoria de la forma que tengo de dejar un abrazo espléndido e irrepetible, pendiente; y cuando alguien nota mi palabra que se hace añeja, pues que lo sea; o una bolboreta revoloteando a mí alrededor viva de alguna manera siempre conmigo entre las letras, en esta mi vejez donde no hace falta un hueco sino que ya lo hay desde siempre y es especie de bella permanencia. Todo esto es una forma de echarle un polvo a la edad los lunes.


Una forma y una manera de hacerse así viejo: que no le sepa mal a uno estar mucho rato con alguien sin hablarse; a gusto, con ropa de andar por casa, quizá barata pero bien llevada; dejar de mirar antes de dar un beso; saber convivir con el verso de Ángel González “te llaman porvenir porque no vienes nunca.” Para qué quiero el porvenir, basta el tiempo de ahora, un hoy desgastado y hermoso con la ilusión de ir pudiendo contarlo luego.


Siempre tengo a mano los mismos recursos de hace tiempo: como si fuera la insistencia de la lencería blanca en un polvo verdadero; oler pronto a café recién hecho; hacer sentirse bien a una mujer aunque no me lo diga luego; ser capaz de crear una relación civilizada, compensatoria, cuando te das cuenta que la pasión de los cuerpos hizo ya las maletas hace tiempo, como es capaz de explicar en un cuento Patricia Esteban. No es fácil pero hay que intentarlo cerca de cincuenta años.


A la vez yo siempre he hecho lo que fuera necesario, como caricias distraídas y distantes buscando un cariño húmedo, vigente y permanente; sólo quiero eso imprescindiblemente que tenga una estancia verdadera, una idea plena capaz de mantenerla, como antes, con las maletas ya hechas.


Si es bien fácil, en el fondo se trata de que sea verdad que esto es un privilegio, no me cansaré de decirlo: saber qué cosas son verdaderamente necesarias y demostrar que llevo siempre la misma intención: no tener que volver, sino estar aquí ya para siempre. Hasta que vuelva a ser otra vez lunes, los lunes de los jubilados de las obligaciones que cuando eran imprescindibles las cumplimos, nadie tuvo que explicárnoslo. Un polvo puede ser saber decirle a alguien, como en ese cuento de Patricia Esteban de que hablaba, “ya ves, te voy a querer siempre por mucho que me joda.”


Es que hay gente que no sabe decirlo y tampoco hacerlo. Yo vengo manteniendo ya hace tiempo el margen que tienen las palabras del que me habla para poder conseguir así un hermoso lenguaje verdadero desde el principio, todas las veces que sea necesario, que pueda conseguirse luego un largo rato de felicidad del que tienes cerca, así, así vengo cumpliendo años.


Siento como una liturgia del cariño cada atardecer, lo busco en las cosas a mí alrededor, en la gente que me quiere para poder saldar así todas las cuentas hasta el lunes siguiente. Tengo todavía muchas cosas que contar hasta que me jubile de estar jubilado, pero no quiero hacerlo de todo aquello que ha constituido cualquier alegría de mi vida propia o ajena.


Pienso cada día en ese incomparable café de las mañanas, las cervezas frías, las rebecas sin botones o las blusas abiertas. ¡Qué pasa! Es lo que más me gusta, lo que me hace feliz o puede hacer feliz a alguien al leerlo, al buscar un abrazo o un hueco permanente, alguna cosa bella de esas que aportan señal de vida como la ceñidura sexual de los vaqueros, la literatura, la propia vida.


Y tendré que rebelarme, sin embargo, como una señal insistente, cuando hablas por teléfono con quien está simplemente representado a alguien y te pide enseguida tu nombre y apellidos, tu DNI, tu fecha de nacimiento y a lo mejor hasta el Nick con que llegué a estas páginas que nunca le he ocultado a nadie.


Y menos hoy que le echaré un polvo tremendo a la vida por ser mañana lunes y haber cumplido hoy, setenta y cuatro años de esa vida que es lo que hicimos y también lo que no supimos hacer.

GUSANOS DE LUZ


Por Correveidile

A Langreo no he vuelto desde que murió el papá, recién cumplidos yo los trece. En Septiembre, en el Cantábrico, la luz decrece, el día acorta sensiblemente y refresca; y en un abrir y cerrar de ojos te encuentras como andando a tientas si no pulsas el interruptor. Y era entonces que empezaba yo a merodear por el jardín en búsqueda de luciérnagas, por los rincones por donde sabía que tenían su querencia, el pasto o la dormida.



De pronto, aparecía una cautelosa, me arrodillaba para estudiarla a conciencia, me hacía cruces de cómo, sin estar conectado a la red ni llevar pila alcalina alguna, brillaba de esa manera. Y la miraba asombrao, yo era todavía un niño.


Es la piel que les cubre, escamosa, metálica –me decía el papá, que refleja la luz ajena, del poniente recién o del interior de casa, de la luna o la noche estrellada. Mentira. Una más de las cosas que nos dicen de niños –de las que he perdido ya la cuenta y resulta luego no ser verdad, como los Magos de Oriente. Porque una noche sin luna, africana y en el rincón más oscuro y alejado del jardín junto al garage, descubrí una rutilante como una estrella.


Por si fuera poco, había luego de saber que a la luciérnaga se la tiene por buen augurio entre los hindúes, presagio de amores correspondidos. Pero llevo medio siglo que me tropiezo con una –y así me va; debe ser una especie a extinguir o ya extinguida, nos vamos quedando sin nada, sólo el odio permanece, no hay modo de acabar con él. También hube de envidiar su vida fugaz, porque mueren cuando truena.


De los veranos de langre, cuando aún me crecían los dientes, prevalece el recuerdo del misterio, para mí indescifrable, de los gusanos de luz.

sábado, 24 de julio de 2010

HASTA LA PRÓXIMA MAÑANA LIBRE


A lo mejor estos días leo como Pilar Adón…”para evitar mirar, hablar, tocar a nadie.” Porque aquí lo prefiero, qué remedio me adhiero al verano,  todo viene porque no soy capaz de abandonar el invierno, la casa, las cosas, los sitios de las cosas, los huecos que me ido creando para mí.



Aquí además pasa, porque estamos en verano, que el mar tiene una tiranía sobre los huesos, y el dolor ocurre y cuando ocurre su gramática le hace a uno sin remedio perder el equilibrio. Aquí además -repito- pasan todas estas cosas: estando más acompañado, con gente propia a mí alrededor, noto insistente, sin embargo, el aliento de esa soledad forzada que se fabrica uno porque posee el imperio de sus propios sentimientos y en esa soledad los maneja como quiere. Eso lo he explicado muchas veces.


Pero no quiero dejar de lado algo que me dijeron en un comentario a mi anterior post sobre este “mi segundo hogar”, del que en el fondo continúo hablando. Me dijo como volando sobre mis esencias una mariposa de tierras gallegas: “harás hogar de verano allí a dónde vayas.” Lo llevo puesto porque dediqué mucho tiempo de mi vida a crearlo honestamente, a ponerle el esfuerzo necesario para poder siempre decir, esta es mi gente, la relevancia que tengan se la habrán ganado ellos luego, pero yo puse, bien acompañado, la simiente, sino nada es posible, anda uno dando tumbos y su descendencia detrás también.


Necesitaré este entorno, una y otra vez, habré encontrado, esta ventana abierta porque me la había cerrado demasiado pronto la vida. En cada caso, hubo lo que hubo, de mejor o peor calidad, probablemente siempre por motivo propio, pero ni reniego ni renuncio, lo único que resalto es que en todo momento, aunque como anécdota de mi desenvolvimiento, me cae mal el verano porque como he dicho soy un poco incapaz de abandonar el invierno, lo echo de menos, hasta le alargo la mano a veces, entro en casa un rato cuando me acerco cualquier día, voy a ver si en la librería, ha llegado un libro que tengo encargado y me noto más propio para poder volver luego a estar bien con la gente que ahora maduran casi conmigo.


Eso hice el otro día, como queriendo recoger unas cosas que me había olvidado, y es curioso me vinieron de mi casa las mejores sensaciones: mi librería tenía la calma de una biblioteca pública; mi saludo a las personas que podían estar esperándome poseían a la vez el ruido de los besos por la sonoridad de encontrarse; recogí algún post ajeno, de esos que a veces aquí cuelgo, como siempre, con recuerdos del pasado que pudiendo ser comunes renuncio a ellos, no me sirven para nada, aún tengo presente.


Es curioso, ese rato que volví a estar en casa, recuperé la rutina, esa que siempre tranquiliza porque en mi caso vale, ya lo he dicho que me la trabajé mucho antes. Me gusta mi soledad pero también la convivencia como una apuesta balsámica en donde busco lo contrario de la lectura mezclada de los cuentos de Pilar Adón: mirar, hablar y tocar. Y no hay contradicción, estoy seguro que alguien me entenderá, soy carnaza para lo “imprevisto” de Tabucci que leía el otro día.


Llevo la autobiografía a cuestas, qué más da, si las palabras sirven para eso, para desnudar el alma entreteniéndome con el sexo antes, desde la imaginación más refinada hasta la forma más entera. Pero tengo bien metido dentro que como me queda poco tiempo ha de ser empleado todo, el tiempo de ahora, el que ya ha pasado para qué, si ya ha pasado. Contaré cada momento del momento, las heridas o las satisfacciónes que me causaron, lo que di o lo que me dieron, no me importa es una cuenta vieja y cerrada.


Mis mañanas de ahora, vienen de una forma de dormir hermosa y descarada: poca ropa, ancha cama que aparece debajo de un hermoso sofá, todo el ventanal de par en par abierto, casi durmiendo en la propia terraza, y el dormitorio para qué, debe ser para cuando no tienes sueño y te sobran pensamientos. Y de ahí parte la más hermosa mañana nada parecida a las mañanas del invierno –cada estación tiene su parte, su derecho, su rincón de empezarla-. Nada más bajo de la anchísima cama que egoístamente ocupo solo, luego tengo una mañana pegada a la orilla del mar, sin estrenar para nada, como esperándome a mí cada vez.


Dos cafés, la obviedad independiente de los relatos de “No hay terceras personas” de Empar Moliner y así voy acumulando los cuentos que contaré con los cuentistas en Septiembre para hacer que mientras vaya a ser verdad lo que dijo Bolaño: “…la verdad es que cada día estamos más vivos. Infinitamente viejos e infinitamente vivos."


Hasta la próxima mañana libre.

jueves, 15 de julio de 2010

MI SEGUNDO HOGAR

Siempre he dicho que no me gusta el verano, que manda todo él más sobre mí, hasta el calor no lo soporto y en cambio al frío le tengo apego para poder taparme como con una especie de segunda piel más tierna. No me gusta llegar hasta el verano, ir de aquí para allá y a eso le llamo a veces simplemente el encuentro familiar en un punto hermoso junto al mar que elegí hace muchos años para los míos y para mí. Un espacio de horizonte abierto donde la lectura es si cabe mucho más propia y cuatro líneas que pueda escribir para algún destinatario, éste suele ser la vida, nada menos que mi vida.



Pues no me gusta el verano y esta misma mañana, a punto ya de marcharme a ese segundo hogar -tan caro de mantenimiento pero que muchos españoles casi a la fuerza tenemos- que fue signo de ganancia y poderío y cuando con una pareja de ingleses lo intercambié con su única vivienda en Londres, se asombraban que en nuestro caso fuéramos personas cuyos ingresos eran un simple trabajo. No me gusta, no le saco el partido que quizá le debiera sacar; la playa, el mar los veo desde cerca pero apenas me acerco, el exceso de gente no me acaba de dejar ya ser yo mismo.


Y esta mañana sin embargo en una hermosa búsqueda que he emprendido de material literario suficientemente bueno para dedicar la próxima página web de literatura al género del cuento, del relato breve en su totalidad, he dedicado más tiempo del habitual a husmear por mi librería, por mi propio estante de libros pendientes de tenerlos en casa, he acudido con las referencias necesarias de la red, ojeando libros de forma insistente y azoriniana, y me he dado cuenta perfectamente que mi segundo hogar, para llenar el verano hermosamente –viene a ser lo mismo que hago en invierno- pero ahora, al estar fuera de mi ciudad le busco la excusa, el motivo sólido de una falsa visita médica para acudir a mi librería mucho más rato del habitual.


Va estar muy claro en mi caso, no me va a bastar envejecer leyendo, antes tengo que ir a por los libros, a buscarlos, a este mes no poder comprarlos, no acumular innecesariamente literatura que no alcanzo, libros que ya paso a ojear en casa antes, estableciendo entre ellos como un exigente servicio de novedades que no me lo marca mi librera, que se inventa llamarme “Pakuchi”, que me trae un punto de lectura de su viaje a la India, pintado a mano, que me abraza con incontenible entusiasmo, que admite mis protestas porque le pido un libro que aún no se ha editado.


Bello hogar de veraneo, punto de encuentro, con nadie porque anda casi todo el mundo eso que llamamos “fuera”, un irse a la fuerza, a lo mejor a un viaje caro y lleno de trompicones o a una residencia ajena de los sillones habituales, la tele que no mira nadie, la pareja que convive y es una belleza que todavía después de casi cincuenta años, aún alargue la mano entre dos asientos próximos, se cuente mutuamente lo que duele porque es una manera vieja y pertinaz que te duela menos. Por eso a ese estar fuera insistente, veraniego, con la ropa muchas veces con una talla que no debemos ya ponernos y que el verano es aviso de ello, yo lo mitigo en ocasiones con esta especie de escapadas deshonestas, con este convertir mi librería, el entrañable manoseo de los libros todavía no abiertos, en un segundo hogar verdadero que elegí para siempre, que jamás me defrauda.


Saber que Empar Moliner ha vuelto al cuento y Acantilado se lo ha traducido del catalán; que Pilar Adón escribe a la vez con dulzura y con firmeza sin restarle dureza a la propia de cada relato; que del Norte de México Daniel Sada sabe contar infortunio y gozo; que Conget es capaz de poner al día las catástrofes de la pasión compartida; que las alegorías e imágenes de “Azul ruso” de Patricia Esteba, transforman y destruyen a seres reales y soñados. Y hasta una maravillosa antología de cerca de 600 páginas de la editorial Menoscuatro de los nuevos nombres del cuento español actual, nos cuenta lo mejor que se ha venido escribiendo en el género últimamente.


Todo está en los suplementos literarios, pero no está igual, no es hogar si no lo tienes en la mano, si no sabes que “la chica unta una esponja triangular con la pasta marrón de un tubo “ y luego de aplicársela a la cara pregunta: “¿Y usted de qué viene a hablar?” y hasta coinciden en tener un tatuaje, "ella aparta la tira del sujetador para que él pueda verlo." Poco importa ya el tatuaje, se queda la incidencia del sujetador.


Yo me pregunto cada vez entre los libros, sin cansarme, sin irme de este hogar, ¿tú qué es lo que quieres ahora?: que me necesiten los poemas, que esta vigilia mágica de libros y hogar sea un género que a ser posible me pertenezca siempre, un placer indisoluble, una utilidad que no me pueda negar ya nadie. En ese hogar me paseo más desnudo y más propio,  lo importante: noto menos el verano, hasta me siento menos vulnerable y más propio.


Es como un pudor de premisas culturales como algo inesperado pero que busco cada verano adrede, muchos buenos momentos: el hallazgo de un libro que estaba medio abierto esperándome adrede.

martes, 6 de julio de 2010

"VEN, Y PONDREMOS VERDES A LOS VENCEDORES"


Voy sintiéndome cada vez menos seguro, pasa el tiempo y entiendo menos a las personas y sé menos de las cosas. Voy notándome viejo en eso, dejando que si el tiempo me vence en la prisa, yo, sin embargo, voy cada vez más despacio y además mis movimientos son más equivocados.



Me empeño en moverme, eso sí, con dolor y sacrificio, es como una obligación diaria que me pusieron desde el día en que casi me quitaron del todo el movimiento, hace 22 años. Me asusté por si me iba a quedar sólo con la literatura, me dijeron hasta donde llegues si es que llegas, y ellos no sabían que yo siempre en la vida me he marcado metas lejos aunque nunca llegara a alcanzarlas, daba lo mismo, aprendía luego el llanto de haberme quedado lejos, el reducto de la soledad a tiempo, el ápice amargo y didáctico de cada fracaso, nunca sentí la obligación de triunfar a toda costa.


Porque en realidad no me ha gustado excesivamente el triunfo de los triunfadores, acaban dando mal resultado. Como estos días he leído tres o cuatro veces seguidas un libro de versos de Kirmen Uribe, un extraordinario poeta vasco y ya luego Premio de la Crítica en Narrativa del año pasado, me he quedado pegado a esos versos, poema tras poema con un placer lento. He estado de acuerdo con él, con Uribe,…"Sea un secreto, un error o un gesto. Ven y pondremos verdes a los vencedores".


Lo digo sin envidia porque yo no he vencido nunca, ni he querido ni he podido, perdía en las discusiones, en los balones del patio del Colegio, me callaba –aunque eso como todos- de las caricias del Padre Prefecto, indignantes e impúdicas, mucho más que la impudicia que he podido tener yo luego. Ya veis después, he cumplido, estoy cumpliendo en las páginas de este escritorio público la raíz del poema de “Mientras tanto cógeme la mano”:


"Ven, y hablaremos de las cosas de siempre.
Del valor que tiene ser amable,
De la necesidad de arreglártelas con las dudas,
De cómo llenar los huecos que tenemos dentro."…


Todo eso vengo haciendo en este rato largo que ya tengo con el pequeño inconveniente que tiene la vida que pasa y termina y ya no viene luego. Yo aquí estoy más tieso que un ocho, más mío que nadie, más presente, con más dudas pero a lo mejor más calidades humanas, esas que te dan al hacerte viejo. Los demás te engañan, te dicen que tú no eres viejo porque vas como puedes amueblándote los mimbres enredados del cerebro que te dieron, yo me apaño con los libros, y como veis con un libro escrito en verso que termina por decírmelo casi todo. Hasta me avisa, para cuando yo venga aquí a hablar de las cosas de siempre, me da permiso para explicar con las mujeres la larga tradición que tengo con ellas, de quererlas, de llamarlas, de contestarlas como si tuvieran siempre “el pubis convertido en alga” que cuenta Kirmen Uribe.


Ya lo veis mi fracaso, que me ganen de una vez los vencedores pero me dejen al menos, fijaros, moverme como pueda pero estar contento, que no sean capaces de quitarme el sueño luego, ya que deben vivir los sueños en lugares donde nunca duermo; porque, además, no nos engañemos la Medicina no ha descubierto prolongar la vida, sino acercar la muerte lentamente hasta que te des cuenta. Por eso todos los que estamos más cerca posiblemente de ella, sólo pedimos un respeto y un cariño. (…”no quiero promesas, no quiero disculpas/tan sólo un gesto de amor”…) Estamos, los viejos, cruzando cada día un posible nuevo riesgo, porque sin riesgo ni puedes vivir ni te vale la pena aunque pudieras. Aparece su consecuencia de repente, y tú no la habías llamado ni sabías la naturaleza de cómo iba a ser luego. A lo peor terrible.


Aquí siempre acabo hablando de lo más difícil que tiene la vida y lo más hermoso: hacer el amor en cambio, esa dulce heroína de otro tiempo, que a veces puede ser simplemente el beneficio del silencio, la proximidad de una caricia, u otra vez el verso del poeta: “Si embargo si me dices “mi amor”/siento un escalofrío/sea verdad o mentira."


No lo puedo evitar en esta especie de homenaje a Uribe al leer tantas veces sus poemas, que me haya dado cuenta que no acabo de arreglarme con las dudas, que las sigo teniendo, que lo único que sé para solucionarlas, aparte de estar tantos ratos leyendo libros y contándolos luego, que no existen vencedores ni buenos, ni morales de línea recta que nunca sabe uno quién la ha puesto. Están y seguirán estando esas dudas y lo único que podemos hacer, lo único, es arreglárnoslo como hacían antes, como he hecho yo luego, desde aquella tarde en una silla de ruedas y malos vaticinios para el movimiento, queriéndonos entre varios con la tecnología a cuestas: los blogs, los nick’s, los mails, la caligrafía enterrada para siempre y el impacto de ese correo electrónico en que a veces no te vale para tragártelo estar más tieso que un ocho.


Terminaré también con Uribe:


…”Todavía tengo la postal que envió desde la mili:

“Yo bien, tú bien,
mándame cien”


Ahora es lo mismo: yo bien, tú bien, ya no pido cien sino las palabras de amor que hay en los comentarios de mis post de ellas. Puede que me sirvan para arreglarme mis dudas que todavía tengo dentro.

MIHOMBRE


Relato de Correveidile


Se lo oí contar a Diego, siendo yo muy mayor. Lo contaba de sus padres, sin que remotamente se echara en falta el respeto y la veneración que a ambos en vida les profesó.



Los Recuejo –seis generaciones a lo menos que se sepa, eran oriundos de Calabuey un pueblecito de nada, que no pasó de ser aldea, a tres horas de Bienvenida; a tres horas de las de entonces, lo que equivalía a decir a lomo de mula o en carro. La Provincia de Albacete.


El padre de Diego –de quién él traía el nombre, trabajaba sus propias tierras y cualquiera otra que se le pudiera ofrecer en aparcería. Arrimar el hombro, de sol a sol, que la cosa no daba para más y a eso hemos venido. Había casado en primeras y únicas nupcias con Florinda y, en el tiempo del relato, vivían solos; el hijo mayor –que fue quien me contó lo sucedido, trabajando de mayoral en un Cortijo de Jaén; y las hembras, pues cada cual en su hogar y cuidando de su hombre y de la prole –que no es paja.


Tenían los padres la casa y corral en la Calle Ancha de Calabuey; y en el extremo opuesto paraba el Gervasio, casado con la María Juana, mujer metida en carnes, y en años también, aunque aún ganosa y, en el maldecir del vecindario, uva de calle.


Un mediodía de poniente, ya entrado el verano, llamaron a la puerta de Florinda. Estaba sola y su Diego, como siempre, en el campo. En los pueblos, ya se sabe, no hay mucho que hacer y siempre amaga quien se dedica a llenar el tiempo como le viene en gana, caiga quien caiga. Era el sordo.


-Florinda, buenos días.


-Buenos días nos de Dios


-¿Por dónde para tu Diego?


-Está en la Torzuela, trabajando las manzanas. Igual que todos los Jueves


-¿Tan segura estás?


A Florinda le pusieron la pulga tras la oreja


-¿Quieres verlo en la cama de la María Juana, retozando con ella como Dios los trajo al mundo? El Gervasio está en la ciudad, a rendir cuenta, que hoy es fin de mes. Y tu Diego lo aprovecha.


A la pobre mujer se le amargó lo que le quedaba de día y de vida por venir. Nos es que hubiera puesto las dos manos en el fuego por la guarda del débito en su hombre; pero enterarse así, de sopetón y, para más inri, con la golfa de la esquina, le desbarataba sus arreglos.


-Si no te atreves a ir sola, te acompaño


-A mí no me hace falta “naide”, que me basto y me sobro por mí misma


Y sin pensárselo dos veces, Florinda cerró la casa, se anudó la llave en el pañuelo y se dirigió, con paso firme y el gesto atravesao, a la otra punta de la calle, sin poder evitar que le resbalara una lágrima no sabía si de rabia o desespero, si de hambre, sueño o ruindad de dueño.


El pueblo estaba desierto a esa hora, los postigos encubiertos en reparo de la resolana. Cada uno en su quehacer, en la casa, en la tierra, o con el rebaño en el monte y Dios, o el diablo, con todos. Enfrentó la vivienda del Gervasio y golpeó con los nudillos en la puerta. No hubo respuesta. Y fue al insistir en el empeño, que apareció la María Juana en camisa y sin poder ocultar un amago de sofoco y embarazo al verla.


-Florinda, hija, ¿qué te trae por aquí, a estas horas y con la que quema?


-Sé que mi Diego está contigo en la cama


-Pero ¿qué dices, mujer. ¿Es que quieres comprobarlo?


Pero el ofrecimiento de la anfitriona sonó igual a cuando te dicen si quieres comer, sabiendo que, invariablemente, se contesta que aproveche. Ni siquiera se apartó del vano, para franquear la entrada.


A Florinda le flaquearon entonces las piernas, se dio vuelta y se fue a casa, que se las había visto peores y en cuanto atañe al sufrimiento no era lo que se dice un pardillo.


Al caer el sol de ese mismo día, a la hora en que se presumía que volvía de escarbar la tierra y aclarara el ramaje a los manzanos de La Torzuela, entró Diego en casa, como si nada. Desde hacía mucho tiempo que no se hablaban los consortes entre sí, desde que casó la última de las hijas y quedaron solos; de uvas a peras solamente, lo imprescindible y cuando era menester. Cada uno vivía su vida y cumplía con sus mandatos, sin estorbar al otro –que no es poco, ni parar mientes en él.


Florinda le preparó la sopa, se la sacó casi hirviendo –como sabe que a él le gusta, cenaron mal que bien, sin siquiera mirarse una vez a la cara y, cumplidos los últimos y más menudos negocios del día, ocuparon el tálamo, la única cama que quedaba en casa, sin compartir otra cosa que algún que otro mal olor y remordimiento.


Y a la mañana siguiente, con el alba apenas, después de haber sorbido su tazón de leche con sopas, que le había dispuesto, igual que siempre, su hembra, cargado con los aperos, doblegado por el peso de los años y a punto de traspasar el umbral, Diego se volvió, encaró a Florinda con gesto grave y le espetó:


-Que no me vuelvan a decir que andas metiendo el hocico por donde yo voy, o a donde yo paro; que a ti no se te ha perdido nada en mis negocios, ni te ha dado nadie vela en el entierro. ¿Enterada?


Su última palabra resonó algo hiriente en el silencio de aquella primera hora, quedando el eco un ratico atrapado entre los muros –aún lo siento. Y cerró de un portazo tras sí.


Florinda quedó un momento paralizada y absorta. Pensó entonces, que había mucho qué hacer toda la noche lloviendo, así debe andar todo, dar de comer a los animales, antes que nada, estar por la labor, disponerse a labrar la batalla diaria contra la misma mierda de siempre, darle cuerda a la casa, que no se pare es lo que importa.


Mientras trajinaba, se dijo que, a los hombres, a los tomas o los dejas, que el que tiene un vicio, si no lo hace en la puerta, lo hace en el quicio, que pretender cambiarles a tu aire, no es sino pugnar en balde, agua en cesto; y que el Diego, al menos, lucía agallas para hacerle frente, sin hipocresías ni tapujos mujeriles –como tantos otros. De modo en que están hoy las cosas, se sentía segura en casa mientras él estuviera, se abandonaba a su suerte y sabía que nada malo podía ocurrirle mientras él viviera. Y si era cierto que le había visto empezar a envejecer, guardaba aún, como asi lo demostraba, munición creciente en la dirección para seguir dando guerra. Tampoco iba a pretender que el árbol creciera en la dirección que a ella se le antojara.


Cuando salió al corral, escampaba.

viernes, 25 de junio de 2010

IBA DESCUIDANDO MI SOSIEGO



Y nada que produzca inquietud o fatiga aunque pueda disfrazarlo el placer lo justifica. Ni el delirio de la propia escritura, esa razón de escribir como un medio más de vida para poder explicar una temperatura fuera, de sentimientos no explícitos y que uno los comparte escribiendo.



Que la escritura es delirio lo reafirmaban ayer en Santillana del Mar en el Curso de “Lecciones y Maestros” –que disfruté el año anterior-, con la propia prueba de Cervantes y como asegura Sergio Pitol. Igual la propia Rosa Montero dijo que intentaba mitigar así el dolor y buscar una luz. Hay otras formas de acallar el dolor: admitir su jerarquía sobre la que tantas veces he insistido. Lo que me duela tiene derecho a doler, a lo mejor es una especie de pesadilla que envejece con nosotros, es carrera, parte de camino con su impudicia y su deleite.


He terminado precisamente estos días una gran primera novela de un hombre, David Monteagudo, de cerca de 50 años ,“Fin”, que como él mismo reconoce, resulta extraña su vena literaria de alto nivel ya reconocido, trabajando desde las seis de la mañana en una fábrica, manejando una máquina sofisticada, acudiendo cada día con su potente moto. Su delirio literario, sacándole al día el enorme provecho de un sustento y dos o tres horas luego al mundo de la escritura, es tal, que puedes entender que este hombre llegue a perder su sosiego y escriba una gran novela.


Pero a quién le pilla ya tarde, más bien terminándosele, quién supo mejor leer lo que otros le dijeron por dónde acercarse más a la vida, necesita esa calma interna, no perderla por nada y resulta más gratificante que uno se solace ahora de los silencios a tiempo, de las cartas ya no escritas, de no adelantarte porque aquello que tenga validez propia te proporciona siempre una experiencia tranquila.


Ya lo sé que como consecuencia a que ha sido el amor casi el único asunto sobre el que me ha interesado la lectura, porque detrás estaban todos los demás, eso era vértice de pérdidas que tenía que aprender, como las habrá ido padeciendo a lo mejor, un autor novel de casi cincuenta años. Mientras yo aquí he ido dejando a dónde me han llamado, lo mejor de mi persona, lo más tierno al menos. Si me iban mal las cuentas, es que debía de ser así porque las entregas a plena madrugada, con las sábanas inquietas del sueño que no reposa ni cuando está soñando; mis pasos por la casa, por los metros que no tienen más medida que los libros; mi pantalla apagada, pero probablemente con acuse recibo de recibo detrás, todo ello tenía y tengo que escribirlo.


Lo único que a estas alturas ya quiero es algo de sosiego, es al menos el simbolismo de un pago a algo bien hecho, y como vivo de palabras, pues siempre demando las palabras. Yo ando escaso de gestos grandilocuentes, ni me gustan, ni sé hacerlos; remos mal manejados; cansancio a veces que se me nota en las pausas sin alegrías ciertas.


Pues yo mismo me he hecho ese pacto, respiraré tranquilo, esperaré lo que sé que viene con el justo dominio de la comodidad que me hace falta, la que debe proporcionar al menos los sitios, las gentes que los ocuparon, por donde estuve y dejé señal de estancia muchas veces hermosa y siempre suficiente. Se puede compaginar el delirio de seguir escribiendo, con el sosiego que necesitamos luego.


Todos podemos en algún momento aparecer con la cara cambiada, a cualquiera le podemos encontrar motivos para modificársela, pero es de nobleza y buen nacimiento, en los sitios en que hubo generosidad y rendimiento escoger la mejor y dejar esa puesta. Siempre me resistiré al cambio de enseñar lo peor cuando existió andadura de lo mejor y entonces se utilizó, se compartió.


Mi delirio necesita que continúe, escribiendo, hacerlo con las palabras más justas, o al menos más aproximadas, para que sepáis lo que quiero, porque os quiero. Detrás está quizá el misterio de por qué no huyo, suelo volver a decirlo casi todo de nuevo con parecidas imágenes y necesite otra vez el sosiego porque cada uno de nosotros somos esas señales en busca del reflejo de una especie de obstinación a donde van a parar todos los sueños.


Yo me detengo, pero sigo teniéndolos.

JUNIO


Imagen aportada por Fran


Por Correveidile

Al mes siguiente se le dijo Junio, en honor de los mancebos, cuando empieza a verdear la sementera. Las plantas han ido tomando virtud durante todo el año, a la par que los días crecían hasta llegar al solsticio de verano –a poquito de cumplir el mes su mitad, en que el sol parece ser por un instante quedarse quieto –tal como lo detuvo Josué para poder dar paso a sus tropas antes de que anocheciera, siendo el día más largo del año, la noche se empezara a venir y la ves como arrinconada.



Y a partir de ahí las horas de luz decrecen y las plantas se enjugan y recogen, la serpiente pierde su piel y se vuelve ciega hasta la remota Primavera, en que restriega sus ojos con el hinojo y ve luego. De ahí también que sea del vulgo en que las hierbas cogidas de la mañana de San Juan tienen más virtud, por haber florecido en el apogeo astral; y que “riña por San Juan, paz para todo el año.”
El vencejo –el que duerme en vuelo, que emigró para invernar en tierras cálidas, ha vuelto ya donde solía, la algarabía de pájaros descontentos que anidan en los magnolios de la Gran Vía al atardecer, el aire plagado de semilla de los plátanos de sombra, que allí les dicen manilos, la noche de San Juan en llamas, la dulzura de vivir.
La misma raíz de la palabra Junio dice relación a lo que es joven, a la fugitiva tiranía de la lozanía, que es como humo de pajas por lo poco que dura, que “el mozo y el gallo, un año”; después le sigue el largo crespúsculo de los dioses. Al igual que el que pone la rosa segada en un vaso con agua, que sabe que, al tercer día, ni es rosa ni es nada; como un tacho de jazmín nevado que guarda su frescura sólo unas horas, desde que el sol se pone hasta que amaga la unánime noche, que se marchita y se te queda entre las manos.


Y no creo que fuera por azar el que, un 14 de Junio, al mediodía, abriera los ojos por primera vez. Después, vino la vida a enlodarlo todo. Que sólo tres días gozarás de esta luz y, al tercero te recibirá la muerte.

jueves, 17 de junio de 2010

LA ILUSIÓN DE PERMANENCIA



Aunque me vaya quedando sin ideas quiero ir conservando siempre un rincón propio con un ápice de bondad al menos, un arte al alcance de unos pocos. Sirve para limpiar la piel de aquellas ocasiones que culminaron dentro de uno en una especie de protesta por la vida corriente. Cuando ocurre me siento ajeno al momento, rotundamente extraño y todo deriva curiosamente de haber vivido esos instantes en sitios donde no debía estar. Me doy cuenta enseguida, no tengo plaza allí aunque me solace una y otra vez, estudié otras materias, igual de profundas y liberales, pero es sumamente fácil equivocarse de redacción y pensamiento.

No quiero errar ni de lugar ni de gentes, me da lo mismo que me encuentre ya en un ascensor de bajada, quiero poder levantar la mirada y que se noten los antecedentes, que no los estropeen el error que se calcula al comprobar que no era ese piso, el lugar ni la residencia. Antes de volver a equivocarme, estar sólo si hace falta, que se parece a ser libre, y eso hay veces que no hay bicho viviente que lo aguante.


Un artículo de Elvira Lindo del pasado domingo, hablaba que no le gustaría ser más joven, que quería “estancarse, hacer eterno este presente”; que añoraba la lozanía física y notaba que era cierto que ser viejo duele en los huesos –yo te tomé tiempo y me dolieron mucho antes de hacerme viejo-. Se lamentaba que “al parecer provoca más dolor el deseo frustrado de tener una vida distinta de la que nos ha tocado en suerte.”


Y le quiero contradecir: me quedo, Elvira, con la vida que he tenido y que tengo, no le voy a pedir prestado nada a nadie si no es mío, tendría que morirme antes; ni hasta, a veces, a la mujer que llevo al lado como un brazo cómodo dónde apoyarme siempre cuando subo precisamente escalones con ella, sin escalera, sólo quiero evitar o salir de ellos, de los tropezones, las maneras habituales de equivocarse. Me sujetaré con la larga retahíla de los cariños leales de siempre, evitando impacientarme, voy a estancarme en el presente porque es el sitio dónde voy a pasar el resto de mi vida.


No pasará nada si se me acaban las ideas, siempre me quedarán los libros para buscar nuevas en ellos, pero quiero ser bueno, bueno hasta la médula, sin tener que rascar nada luego; bueno con quien tengo cerca, bueno en sitios como éste que se escribe y se lee y luego hace cada uno lo que mejor piense. Pero no bueno como una estampita del colegio, sino ejerciendo la calidad que tuve y puse en marcha en tantas ocasiones, desde el comienzo, a pesar que el paso del tiempo a una cierta belleza, de origen, de expresión, cualquiera puede notarla acentuada pero cansada. En definitiva, bueno con quién lo merece.


Pues no me voy a cansar de intentar ser lo mejor que pueda, como si fuera mi forma de seducción, mi libertad interior y exterior prestada a los demás. Quiero que se note entre las mismas hojas donde escribo un intento de conquista con la mirada, un momento oportuno que alargue su oportunidad hasta que haga falta pero dónde desarrollarse a gusto, ya lo dije: en piso, lugar y residencia adecuada.


La claridad y la verdad en cada palabra escrita, que nadie me pille con el paso cambiado porque lo tuve siempre recto y sorbo a sorbo ese ha sido mi pasado. Donde puse la entrada, tuve luego la salida, nadie me dijo es por otro lado, eres ex de nada y entonces es absurdo que la confusión la provoque yo mismo. Me suenan extrañas las relaciones entre la gente que fueron de una manera muy gloriosa y se acabaron enseguida.


Quiero que lo que reste sea, una vida normal, me doy cuenta que no existe para mi vuelta atrás porque lo que no puede volverse de nuevo es el tiempo. He gastado a la vez montañas de ingenuidad, entregar más de lo que podía. Necesito ordenar mis cosas, darle paciencia a la salud por si hay alguien que le importe saberlo cierto. Sacarle todo el partido al café de esta mañana, a las seis y media, casi cien páginas de una excelente novela de Marta Sánz; dejar que me llegue la tarde como muy de media tarde, leer luego por la noche antes de dormirme engañándole a los dolores de los huesos.


Necesito lealtades de admiración y de paciencia; siempre supe devolverlas; una confianza de gente buena que sea a mí a quién le pregunte, ¿necesitas algo?; vivir con pasos adelante, malos y breves como suelo darlos, pero seguros que hasta desnudo de ideas nunca perderé la de ayudar a la gente. No quiero sentir penas y menos de mí mismo, la pena no puedo permitírmela, quiero valer lo que valga más o menos pero que sirva para formar parte de esos pequeños actos repetidos que consigue transmitir la ilusión de la permanencia.


Eso venía a decir, como si ya fuera la última idea para ir a parar a la monotonía establecida de las vidas en orden, un amor a esa vida sin que nos exceda, que suponga una garantía para preservarla, por si acaso.

AÑORANZA DE MI PADRE



Por Correveidile


Durante mi niñez y adolescencia, mi padre se hizo más de temer que de querer; después pasó por desentendido, como si con él no fuera la cosa, ausente siempre. El miedo con que me acercaba a la clínica del papá, en el extremo norte de la casa, cuando entraba a pedirle dinero para reponer ropa interior rota. Claro está que hubiese preferido mil veces llevar el calzoncillo a trozos con tal de ahorrarme el mal rato; pero me obligaba a hacerlo mi madre, por joderlo a él también. Con lo que, entre uno y otro, dejaban al pobre crío atrapado entre dos fuegos. Qué te voy a decir cuando había que pasarle a la firma algún suspenso. Todo ello con el olor penetrante de los rayos ultravioleta, que emanaba de la clínica e impregnaba la casa entera y que doy por seguro que sería cancerígeno.
El día que me pegó con furia, esquivando yo los golpes como pude detrás de la máquina de coser, bajo el influjo de ve tú a saber qué hados malignos o conjunción astral que le hizo descargar su cólera sobre mí, me quedó de mi padre la imagen de un ser abominable, más que otra cosa. Lo mismo que me embutió de niño el judaísmo, del Dios padre, justiciero y vengativo, implacable del rayo que no cesa y fulmina con el rechinar de dientes y la perdición eterna. Cuando, bien al contrario, Dios es el bálsamo que te hace llevadera la carga.


El pánico y la peste a rayos ultravioletas han quedado, medio siglo después, fosilizados en mi memoria.
Demonizado por mi madre en el feudo interminable y cruento que fue su vida conyugal, jugó el papel del “malo” en la película. Y, como ocurre siempre, acabé por alistarme en su bando. Y llamo al feudo cruento porque, como es de ley, fuimos nosotros los que pagamos: la prole. Con eso y todo, hoy lo añaro.


“Haz tu casa al solano y vivirás sano”. Y así lo hizo el abuelo paterno, que edificó donde cara al levante en una de las colinas que circundan la ciudad. Después de comer, la fachada de “Villa Zoraida”, el chalet de los veranos de mi infancia, queda en sombra y yo, que era de los que en viendo gente huye, me salía a sentarme en el antepecho de la verja –un poco incómodo a la larga, pero, para un niño, venía sobrando: me salía a disfrutar de lo que no cambiaba entonces por nada: del bien de estar solo. Después de comer, nosotros. Porque, en el tren de las 3, por el fondo de la Plaza de la Concordia, subía pesaroso el papá, que venía de pasar consulta en la ciudad, enchaquetado, anudada la corbata, bajo el sol cegador del ferragosto y de la plaza sin un solo arbolillo. Y le veía venir cansino y disminuido, sinque ni una sola vez me levantara a acostarle la distancia, a aligerarle la carga de los años y el desengaño con un beso.
Le vuelvo a ver, en las raras noches de crudo invierno, ponerse una casaca militar para andar por casa, de lana azul y trabilla trenzada de pasamanería negro, más propio de remero del Volga que de un médico que hizo la guerra de África y volvió tan trastornao que, al llegar la lucha hasta las puertas de casa, salió huido y buscó asilo en un Convento.


Son cosas, todas ellas, que te vienen a la memoria, una y otra vez, a lo largo de los años, igual que cuesta quitarse de encima un trapo mojao y mugriento, que afloran cuando ya nada tiene remedio y ves que te has equivocado en todo, que te apenan como un lujo burgués añadido para más inri –que poder encerrarse en una habitación a llorar, ya no es sufrimiento.

martes, 8 de junio de 2010

"CUÁNTO HE LLORADO PORQUE CUÁNTO HE TRABAJADO"

Fueron palabras de Rafa Nadal al término de la Final de Rollan Garros en que además de obtener la quinta victoria en esa especie de Champion del tenis, recuperaba el número uno del ranking mundial que la lesión de su rodilla le había hecho perder meses antes. La figura emocionado del tenista español, me hizo la otra tarde llorar a mí con él.



Soy un predicador del esfuerzo, de la convicción, de la lucha. La vida a nadie le da nada, le puede quitar, le puede dejar lejos del sitio que le conviene, pero hay camino, senda dura por dónde se puede conquistar ese espacio. La jerarquía del dolor se establece de pronto por algo y para algo. Todo es hermoso y todo merece la pena de ser vivido en esa andadura, hasta el propio dolor, porque detrás de él está la vida. Lo mejor surge del dolor y detrás de cada uno hay un recuerdo, una especie de tatuaje en la piel.


El tenista que lloraba el domingo al final de la victoria, lloraba su dolor –el de su lesión- su esfuerzo, su trabajo, eso que goza de tan mala prensa cuando se tiene y que no siempre somos capaces de emplearlo, de sacarle el debido partido entonces. Su tiempo en la cumbre social y económica pudo emplearlo para un ocio más relajado. Lo empleó en el trabajo para poder llorarlo luego.


Cierto que hay muchos caminos, que yo mismo estoy fuera de una ortodoxia cuando me la han querido imponer y no es de mi agrado; que me quedo en ocasiones como lento en la lentitud, que finjo ser lo que no soy porque hay un placer que está lejos de líneas trazadas, paralelas y brillantes. La debilidad puede aportar la singularidad más íntima porque hay goce débil, inconfesable y callado. Y mezclado puede haber un amor tan palpable y tan humano que te de acceso al dolor, comienzo de la otra ruta para poder soportarlo todo llorando después.


Perderé la compostura, pues, cuando sienta la necesidad de perderla, seré obsceno, suplicante, renegante del esfuerzo y el trabajo. No renuncio a nada, pero ni mucho menos a las lágrimas, a la manera profunda de llorar cuando nadie me lo mande. Que no de señales jamás de la aceptación de perder, porque perder no sé, no hay ni que pensarlo para que jamás se te note. Únicamente en los más obscenos y necesitados momentos puede uno rendirse y humillarse.


No sé, es como una doble cara, como el rostro desesperado que se tapaba el tenista enamorado de su triunfo con la tolla sucia con la propia tierra batida que aplastaron sus zancadas al sacar o devolver cada pelota. Por eso al final lloraba, se le juntaba el precio y el premio de su constante esfuerzo, lo que había trabajado. Le daba al mismo el excelso valor cuando pudo tener otro empleo de su tiempo.


Me viene ahora el recuerdo cuando la vida me negó a mí demasiado pronto el propio esfuerzo diario de mi trabajo. Me sentó en una butaca movible, que pudo ser para siempre con un libro en la mano. Entendí que había terminado mi trabajo, no por voluntad propia, sino por uno de esos avisos que llegan para marcarle de repente a cada uno sus posibles límites, como una enseñanza y poder saber que puedes tener que pararte en cualquier momento.


Empecé a recuperar lo que me habían quitado, sino todo una parte al menos que me dejara seguir para ver lo que quisiera ver y no tuviera que ser desde la ventana de mi cuarto. Luché contra muchas cosas, trabajé de otra manera, me empeñé sobre todo en no hacerme viejo. Me acordé de las palabras de Gala: “¿Un viejo tú? No hay nadie que lo sea si no quiere.” Me aproximé de nuevo a muchas cosas que tuve antes, empecé a notarlas tan cerca que eran ya una certeza.


Certezas he ido construyendo de cada manera. Me he ido inventando el trabajo porque no me queda trabajo. He pecado en solitario a mi manera, he gozado de lejos, he establecido mi propia competición. La estoy haciendo larga y bella y corrupta a veces porque la belleza siempre tiene un fondo de corrupción. He vivido cada momento oportuno, haciéndolo oportuno, cuando ha sido error es que tocaba error, porque hay que contar con la soledad que te lleva al error; si me quedaba en los ojos esa brillantez que tienen algunos momentos, supe exigir la mirada ajena para que aprendieran cuál era mi éxito, dónde estaba mi trabajo y mi esfuerzo.


Por eso comprendí las lágrimas de un hombre de 24 años pasmado de sí mismo, loco de futuro, pero antes orgulloso de su presente. Lloré junto con él por la esencia más brillante que puede tener el hombre: gustarse tanto a veces que significa poder vencerle a la vida, esa que en ocasiones nos puede.


Contra ello se me ocurre como una final explicación, acercarme a ella para salir ganador como se debe hacer con una mujer: mirada, caricia y cópula. Miro así a la vida con la amplitud inaudita que puede tener a veces la mirada; la acaricio, si parece que hasta lo reclama, o hasta cuando renuncie al hueco de mi mano; y copulo como la necesidad para hacer más amplio y más profundo mi propio camino.

sábado, 29 de mayo de 2010

"EL PROGRESO LENTO DE LA EDAD"


Es verso de poeta, es realidad de los viejos. Pero exige ese trascurso un esfuerzo hasta el final para contestar a todas las preguntas que uno se viene haciendo. Aunque no me hace privarme de casi nada, a pesar que los códigos del deseo cuesta mucho saciarlos. Por eso me pregunto en ese camino invariable de la madurez que cuentan los poetas, ¿cuántos años todavía me quedan para hacerme viejo?

 
Voy a ver si esta vez leo un pie de página que sepa explicármelo, que me responda sabiendo que no voy a hacerle caso, malsana curiosidad, pues. Voy como a quemar una tarde todas las tarjetas de mi crédito en la vida aunque sienta luego la culpabilidad en sus cenizas, vaya placer aunque después me dañe el desaliento


Repasando un poco ese progreso lento de mi edad, insisto que tengo el derecho a esa lentitud porque empezó demasiado pronto y sin aviso previo. Me dejó excesivamente quieto, me armé entonces de todas las negativas que tenía, las justas para cada pierna y empecé a caminar de nuevo. Os lo cuento, se lo cuento a quién me considera a veces demasiado niño, fue de nuevo un comienzo, largo, costoso, lleno de esfuerzo cual la imagen de los hombres, con sus correajes fuera y dentro, estirando, negando a quienes lo pusieron en duda. Qué bien me viene la hermosa cita de Simone de Beauvoir: “Construiré una fuerza en la que me refugiaré para siempre.”


Ahora, con la compañía inevitable del dolor como parte necesaria de la carrera -símil de las que corría antes- ya le puedo a cada camino. La vida me lo va poniendo cada vez más complicado, más arduo, qué asombroso, es antiguo y pertinaz pero te quita el miedo. Siempre que estoy fuera, alejado de mis recursos, de mis propias posibilidades me lo creo antes menos, luego, en cambio, basta la ayuda de una mano, un gesto amigo y todo se convierte en llano.


Hago casi ya senderismo de mis cercanías, las estiro, me las convierto en riqueza de los años, de su propio progreso cuando debía de ser carencia. Es que me convenzo cuando vuelvo y nunca dejaré de intentar convencer a cualquiera, casi todo es cuestión de esfuerzo, de intentarlo más lejos, de quitarle límites. No me los quito yo, luego se los puede quitar cualquiera, me lo enseñan quienes están peor pero se empeñan en estar mejor.


Ya lo sé que parecen fáciles sentencias, pero es que las vengo practicando mucho tiempo, es mi patrimonio, mi carencia total de deudas, es mi pasión y la pasión no se puede ni explicar ni rectificar. La madurez me viene desnudando con una sociología que no es fácil de entender: me aguanto cada noche la noche que me fabrica la incomodidad de las nuevas posturas. Me traje de Galicia una belleza imposible de explicar, un paisaje tan seguro que parecía que lo acaban de inventar para la Historia tan hermosa que tiene ese pueblo, y al mismo tiempo como le robé cantidades de sol, tengo un tono moreno en el rostro parecido a la sombra de los pechos de una mujer antes de ser acariciados.


Me traje lo mejor que pude, por eso escribo sin cansancio, sin el dolor que debía tener, muy honestamente sé luego que mi esfuerzo me proporciona placer, es una ley de la naturaleza que no está todavía en ningún manual de medicina de asistencia primaria. Tiendo a lo mejor, aunque no sea posible poseerlo todo entero como se hace con las ciudades y las mujeres que me quieren. Es mi prenda corporal de las mañanas enseguida del café, hago que me dure lo más posible del día, que no me lo estropee nadie. Es la manera de salir de tantas páginas que he escrito en tantas ocasiones de duda y de quebranto, que ofrecieron ayuda y de poco sirvieron.


Se ve que salir fuera, me sirve para sentirme mejor luego dentro, sin pretextos, con un sentimiento libre, fogoso y tierno que se me lee tan pronto desde el pensamiento que hasta dejan de hacerme falta el gesto, la palabra, la duración de una mirada.


No me alargo porque voy a tener tiempo en este lento camino de mi propia edad, os diré que ayer para vencer una momentánea sensación de malestar, me bastó seguir tomando el sol en una terraza a donde me llegaba la invencible sensación mediterránea y comprarme una novela del argentino Sergio Olguín donde su personaje Julio Andrada rompe la monotonía de su recorrido habitual de su casa al trabajo, y se deja sorprender por una incontenible oleada de deseo que le produce una prostituta al cambiar de trayecto.


Yo de alguna manera lo vengo haciendo, detengo mi progreso inevitable, salgo fuera, donde no me conocen, me pongo más moreno y convierto mi esfuerzo como el de los hombres de la imagen en mi propia medida, que yo sólo la sé, que no la cuento a nadie pero que la voy prolongando como si las personas cuando hace falta, perdiéramos esa medida con una ternura desmedida.

domingo, 23 de mayo de 2010

GALICIA, DESTELLOS VERDES, RAZÓN DE ASIENTO


Galicia es un país al que si no puedes derrotarlo, debes rendirte a él como un amante crepuscular que vas a tener siempre. Parece que no va a anochecer nunca, para los relojes, toma asiento y se convierte en tu espera, en la más hermosa hecatombe a tu sistema de persona.


La visité hace muchos años ya con motivos de trabajo y de ocio compartido. El trabajo me tuvo sobre todo en A Coruña, nunca fueron mías sus gentes, en los negocios que iba a hacer con ellos, prefirieron una y otra vez preguntarme en lugar de darme la respuesta para que volviera poco tiempo después de nuevo. Ya recuerdo mal tan bella ciudad porque los años, a pesar de mi empeño en detenerlos hacen daño, dejan a destiempo los recuerdos aunque fueran brillantes en su momento.


Ahora ha sido un recorrido por sus Rias Baixas. Mis motivos han sido diferentes. He vuelto a Galicia a explicarle que no me he hecho viejo, que si en un viaje de grupo con todos sus miembros sin fecha de caducidad, una guía me otorga sus explicaciones con su mano en la bruma, la misma mano para hacerme más fácil la subida o bajada al vehículo de salida, iba destruyendo hacia atrás y hacia delante los espacios, me hacía comprender la razón de mi esfuerzo para caminar luego, igual que si fuera un peregrino del Camino de Santiago.


Galicia fue razón de asiento cuando estuve, ahora ha sido motivo como de planicie y belleza en cada Ría para comunicar los sitios, así lo hace la playa de La Lanzada entre Sanxenxo y El Grove, cuya importancia radica en la fertilidad de las Noches de San Juan: esa mujer que la mojan nueve olas en busca de su fertilidad como una búsqueda pienso yo –ignorante de cualquier historia que no sea el lenguaje- de la lujuria propia. Esas aguas pueden ser o un devorador de hímenes o un amante crepuscular, razón de sexo de asiento.


Acudí con miedo, os lo confieso, voy sintiendo cada vez más cerca limites que nunca quise yo, pero me los llevé conmigo, a nadie se los podía ocultar, son ya testimonio, como un rasgo o un tono de piel. A pie por ciudades como Vigo o Pontevedra, frente al bellísimo Parador del Conde de Gondomar en Baiona, que trajo mi recuerdo aquella inolvidable estancia en sus instalaciones hace años; a pie –digo- hacía imposible negaciones que ya tengo.


Se me van terminando los arreos, pero me fue devuelto al contemplar este increíble paisaje que puede hacerlo posible todo, ancho, agradable como el acomodo carnal de un hogar; en Galicia practiqué de nuevo la audacia de desabrocharme los hábitos; había tan hermosa agua en aquellas rías que eran por sí solas casi emoción: me explicaban aquella tierra y sus gentes, cómo seguir de nuevo. No me arrepiento, le volví a mentir a mi cuerpo, le dije si has estado, lo recorrerás despacio y te quedarás otra vez con su misterio.


Así fue, no quise aquí contaros ni lugares ni espacios con detalle porque me llevo yo dentro los detalles. Cuando caminas fuera de tu entorno, te conviertes en ser ajeno, ya no eres propio. Me bastó estos días la señal de la mano de la guía, y me fuera contando la vida y las historias de los demás por donde pasábamos, para que yo la siguiera, para que no me perdiera.


Y todo lo que vi me lo llevo conmigo, lo que traía en mi retina de antes y lo que he añadido ahora junto a la cosecha de mi esfuerzo, al intento de no quedarme fuera ya antes de tiempo. Me quedan sitios por ver, lugares por recordar, pozos de mi asiento en mitades pequeñas de recorrido.


En Galicia estuve muchas veces quieto, ante mi había un mapa que te mete dentro, que te enseña mucho más de aquello a lo que puedes aspirar. En tu propio entorno, con lo tuyo, con el breve recorrido diario, practicas una convivencia que suscita el descuido. Tienes que asomarte fuera, a la belleza en ocasiones tan imposible como ajena. He querido copular estos días con una necesidad más amplia, eliminar mis asperezas, los tonos equivocados de mi cuerpo.


Me he ido de excursiones, he salido como un rato prolongado de unos días donde estaba siempre; he roto hábitos, he cambiado horarios, he viajado estampando la madrugada sobre mis ojos bien guiado por un chofer y una guía, reflejados en la imagen de estas tierras.Lo que hice, lo hice nuevo para ver si es posible en alguna medida volverme yo más nuevo, como el amante que busca el estímulo inventado del cuerpo nuevo al que todavía le quedara todo por decidir.

martes, 11 de mayo de 2010

HE PECADO 21 VECES SIN INTERRUPCIÓN


Os dije que os iría contando lo que más me había fascinado de mi fascinación, no me puede ya a estas alturas de la vida servir de contrapeso o de mirada al porvenir, pero existe un hoy, un cada momento, una vuelta de página que sirve, estremece.



He leído 21 cuentos, casi 600 páginas de un libro, para leer quieto y obsceno ya uno mismo donde pecas seguro porque los personajes de Joyce Carol Oates viven “historias de transgresión”, válidas para absorber cualquier significado o temática. Hay en cada historia, amor, celos, poder, violencia, a lo ancho y a lo largo. Y así me di un paseo yo para alejarme de los hombres y mujeres corrientes pero que al mismo tiempo podías encontrártelos en la capa misma de tu propia tierra.


Yo también tengo, por qué no, la ambición de transgredir, me la dejo entre las letras para ayer casi le mandaba a alguien perder el sentido entre mis palabras. De todos los momentos que he vivido con la prosa de Oates partí desde cada uno de ellos y noté el olor a cuerpos, cuerpos adultos, a “levadura viciada”. Pensé con ella que es cierto “una mujer desnuda muy cerca de un hombre siempre parece tan…inesperada de algún modo."


Debí empezar desde ahí porque mi credibilidad con dichas palabras es absoluta: surge lo inesperado de algún modo, o el abrazo para hacer el amor luego, con tiempo de espera, de sexo sin hacer para convertirlo con el penúltimo roce de la piel, en sexo cargado de sexo, socavando el amor como una pornografía estornudada y un placer de tacones de aguja, un inolvidable sitio húmedo.


También en muchos cuentos es imprescindible la muerte, una muerte que siempre duele: un suicidio, un asesinato con sus dosis de humillación e indignación; un hombre observando a su ex mujer a través de la mirilla de un fusil; el muchacho orgulloso de su cuchillo que conserva el ADN de los hombres muertos. Aquí parece que se juega sólo a la ruleta rusa porque es el juego que se menciona más veces y el catálogo de armas de sus personajes hace que sus dueños sean dueños, no simples ocasionales poseedores.


He leído, pues, de todo. He pecado con cada adulterio, pero sin renunciar con los adúlteros a la búsqueda permanente de la felicidad; me he desesperado al ver que es igual, cómo declina el cuerpo y te resta cada vez en el amor, en la impudicia de tus sueños. Están patentes de cada mujer su atractivo y su destino, cada tentativa, cada manera que tienen de acercarse para terminar luego en el sueño imposible de una cama. Todo lo más allí –como antes contaba- para nadar hasta la orilla o quedarse definitivamente fuera.


Las siluetas de las mujeres de Oates te matan casi de verlas, te dejan sin olvidos o haces noche para siempre. Su sensualidad –bien que lo explica- no es del todo sino de las partes, como con cada prenda fuera, insustituible el sitio, su diseño para hacer el amor cada vez notando la pasión bajo la piel. Cada mujer es un destino que alguien puede tener. “La mayoría de las vidas quedan en nada. ¿Por qué no aceptarlo?”


Pues acepté y pequé con ellos entre las letras asombrosas de esta mujer. Transgredí con ella, palpé cada alternativa como quien puede perder a su ser querido, me agarré a ellas, me fui haciendo piel de su propia piel. De la mano de sus letras fue cierto: "Mi instinto me lo había traído al lugar adecuado. Éste es el borde del abismo."


Luego de leerla, sólo queda el abismo o volver a hacerlo. Parecido quizá a acercarse al otro y si no llega la mano, el sexo, la boca, seguro que estará la posibilidad de amar con el lenguaje como una contradicción entre la carne y el espíritu sin vencedores ni vencidos.

miércoles, 5 de mayo de 2010

ME FASCINAN


Tendré que explicarme a mí mismo un día el porqué de mi fascinación, de esa feria propia que es como una hechicería, un dominio irresistible. No he llegado nunca –a las pruebas me remito como se suele decir- a fascinar de verdad a nadie con la labia o la mirada, he estado mejor dotado para padecerlo siendo yo el fascinado, el deslumbrado.



Celebro una fiesta cada vez que alguien ha dejado cerca de mí su afecto desparramado. Sigo teniendo, a pie de página: el goce de la intimidad; el torrente de palabras para volar; la ternura de leer a mi lado  más allá de los silencios; ese rincón compartido de la lectura y la vida; o un humilde y encogido corazón. Sigo teniéndolo, ya lo he dicho de nuevo, sigo necesitándolo.


Pero mientras tanto acudo a la llamada de una Bibliotecaria: “tengo libros para ti”, dejo llenar de nuevo mi ficha de allí varios días vacía con cinco obras nuevas que aún no han estado esperando su sitio en mi mesa: “Historia del pelo” de Paul Auster, como un enfermo a perderlo; “La maestra de piano” de Janice Lee con la belleza euroasiática y arrolladora de Trudy Liang; “Diario de una mujer adúltera” de Curt Levian,  ese triángulo de sensualidad y secretos, de amores perdidos entre Guido y Charlie con ella; “Las teorías salvajes”, la primera y escandalosa historia de la era weblog (no tendré que explicar lo que significa); o esos cuentos maravillosos de Yoyce Carol Oates, “Infiel”, una historia profunda y variada cada uno de ellos.


Pero no vine a hablar hoy, de estos u otros libros, vine a confesar que me fascinó que me los prestaran ayer, cuando alguno de ellos volverá a la Biblioteca sin leer o los adquiridos por mí seguirán esperando ya demasiado tiempo. Vine a explicar que cuando al final de estas líneas, en la weblogmanía que sufrimos ya tantos no tenga las palabras que necesito, he de hacer como ayer al salir de la Biblioteca: eludir cualquier bolsa para llevarlo, salir con los cinco libros, difícilmente sujetos por mis brazos y recorrer el camino hasta mi coche como con un fanatismo cumplido, una seducción en que había caído que es igual a una historia aunque se viva como un relámpago sin historia apenas.


Necesito la fascinación, la seducción a cada hora: o me la proporciona una mujer, practicante innata como algo hormonal, me trae sus palabras con el temblor de una insinuación cierta, o he de protegerme en la “espera” de los libros por leer, pasearlos al salir de la biblioteca.


Me urge el atractivo ajeno para no caer de lleno en los libros como una vieja religión, como la única respuesta, como mi propia fascinación, mi manera de envejecer acumulando libros leídos y libros por leer. Me hace falta la secuencia hermosísima de las palabras ajenas destinadas para mí. Sé que tengo –me lo dejaron escrito hace bien poco- el cariño que merezco siempre, pues que me lo vuelvan a dar.


La vida –lo he dicho alguna vez- sólo respeta a los fuertes, el amor los vuelve vulnerables y previsibles. Soy consciente que ando perdiendo las ganas, la actividad, fornicar hasta con las debilidades. Cada respuesta que doy tiene el mismo color, idéntico tono de reclamación. Pues lo que no tuve suficientemente antes, todavía tengo tiempo de volverlo a tener.


Ayer paseaba orgulloso y dolorido por mis piernas con los libros de la Biblioteca bajo el brazo, seducido por ellos. Me detuve un momento en la puerta del coche y pensé ¿no vendrá nadie a acariciarlos conmigo? Sigo siendo el mismo. Me surge a ratos la tristeza de los que quisimos ser poetas y no pudimos serlo, lo peor es que me la noten desde lejos como si fuera una renuncia a que me devuelvan los abrazos que me pasé parte de mi vida dando.


No puedo más a la vez de excitación y de tristeza, de echar de menos la fiesta del contrario, la respiración que acorta las distancias para habituarme de nuevo a las presencias tras una escuela de aprendizaje de nuevo si hace falta. Mientras, como desnudo esperando los abrazos de alguien, no puedo soportar la vida abierta sin llenar, por eso acudo mientras al enorme destino de los libros, hasta ver venir de nuevo ese deseo tan enorme que siempre tengo dentro como un alboroto de la carne y el entendimiento