viernes, 25 de junio de 2010
IBA DESCUIDANDO MI SOSIEGO
Y nada que produzca inquietud o fatiga aunque pueda disfrazarlo el placer lo justifica. Ni el delirio de la propia escritura, esa razón de escribir como un medio más de vida para poder explicar una temperatura fuera, de sentimientos no explícitos y que uno los comparte escribiendo.
Que la escritura es delirio lo reafirmaban ayer en Santillana del Mar en el Curso de “Lecciones y Maestros” –que disfruté el año anterior-, con la propia prueba de Cervantes y como asegura Sergio Pitol. Igual la propia Rosa Montero dijo que intentaba mitigar así el dolor y buscar una luz. Hay otras formas de acallar el dolor: admitir su jerarquía sobre la que tantas veces he insistido. Lo que me duela tiene derecho a doler, a lo mejor es una especie de pesadilla que envejece con nosotros, es carrera, parte de camino con su impudicia y su deleite.
He terminado precisamente estos días una gran primera novela de un hombre, David Monteagudo, de cerca de 50 años ,“Fin”, que como él mismo reconoce, resulta extraña su vena literaria de alto nivel ya reconocido, trabajando desde las seis de la mañana en una fábrica, manejando una máquina sofisticada, acudiendo cada día con su potente moto. Su delirio literario, sacándole al día el enorme provecho de un sustento y dos o tres horas luego al mundo de la escritura, es tal, que puedes entender que este hombre llegue a perder su sosiego y escriba una gran novela.
Pero a quién le pilla ya tarde, más bien terminándosele, quién supo mejor leer lo que otros le dijeron por dónde acercarse más a la vida, necesita esa calma interna, no perderla por nada y resulta más gratificante que uno se solace ahora de los silencios a tiempo, de las cartas ya no escritas, de no adelantarte porque aquello que tenga validez propia te proporciona siempre una experiencia tranquila.
Ya lo sé que como consecuencia a que ha sido el amor casi el único asunto sobre el que me ha interesado la lectura, porque detrás estaban todos los demás, eso era vértice de pérdidas que tenía que aprender, como las habrá ido padeciendo a lo mejor, un autor novel de casi cincuenta años. Mientras yo aquí he ido dejando a dónde me han llamado, lo mejor de mi persona, lo más tierno al menos. Si me iban mal las cuentas, es que debía de ser así porque las entregas a plena madrugada, con las sábanas inquietas del sueño que no reposa ni cuando está soñando; mis pasos por la casa, por los metros que no tienen más medida que los libros; mi pantalla apagada, pero probablemente con acuse recibo de recibo detrás, todo ello tenía y tengo que escribirlo.
Lo único que a estas alturas ya quiero es algo de sosiego, es al menos el simbolismo de un pago a algo bien hecho, y como vivo de palabras, pues siempre demando las palabras. Yo ando escaso de gestos grandilocuentes, ni me gustan, ni sé hacerlos; remos mal manejados; cansancio a veces que se me nota en las pausas sin alegrías ciertas.
Pues yo mismo me he hecho ese pacto, respiraré tranquilo, esperaré lo que sé que viene con el justo dominio de la comodidad que me hace falta, la que debe proporcionar al menos los sitios, las gentes que los ocuparon, por donde estuve y dejé señal de estancia muchas veces hermosa y siempre suficiente. Se puede compaginar el delirio de seguir escribiendo, con el sosiego que necesitamos luego.
Todos podemos en algún momento aparecer con la cara cambiada, a cualquiera le podemos encontrar motivos para modificársela, pero es de nobleza y buen nacimiento, en los sitios en que hubo generosidad y rendimiento escoger la mejor y dejar esa puesta. Siempre me resistiré al cambio de enseñar lo peor cuando existió andadura de lo mejor y entonces se utilizó, se compartió.
Mi delirio necesita que continúe, escribiendo, hacerlo con las palabras más justas, o al menos más aproximadas, para que sepáis lo que quiero, porque os quiero. Detrás está quizá el misterio de por qué no huyo, suelo volver a decirlo casi todo de nuevo con parecidas imágenes y necesite otra vez el sosiego porque cada uno de nosotros somos esas señales en busca del reflejo de una especie de obstinación a donde van a parar todos los sueños.
Yo me detengo, pero sigo teniéndolos.
JUNIO
Imagen aportada por Fran
Por Correveidile
Al mes siguiente se le dijo Junio, en honor de los mancebos, cuando empieza a verdear la sementera. Las plantas han ido tomando virtud durante todo el año, a la par que los días crecían hasta llegar al solsticio de verano –a poquito de cumplir el mes su mitad, en que el sol parece ser por un instante quedarse quieto –tal como lo detuvo Josué para poder dar paso a sus tropas antes de que anocheciera, siendo el día más largo del año, la noche se empezara a venir y la ves como arrinconada.
Y a partir de ahí las horas de luz decrecen y las plantas se enjugan y recogen, la serpiente pierde su piel y se vuelve ciega hasta la remota Primavera, en que restriega sus ojos con el hinojo y ve luego. De ahí también que sea del vulgo en que las hierbas cogidas de la mañana de San Juan tienen más virtud, por haber florecido en el apogeo astral; y que “riña por San Juan, paz para todo el año.”
El vencejo –el que duerme en vuelo, que emigró para invernar en tierras cálidas, ha vuelto ya donde solía, la algarabía de pájaros descontentos que anidan en los magnolios de la Gran Vía al atardecer, el aire plagado de semilla de los plátanos de sombra, que allí les dicen manilos, la noche de San Juan en llamas, la dulzura de vivir.
La misma raíz de la palabra Junio dice relación a lo que es joven, a la fugitiva tiranía de la lozanía, que es como humo de pajas por lo poco que dura, que “el mozo y el gallo, un año”; después le sigue el largo crespúsculo de los dioses. Al igual que el que pone la rosa segada en un vaso con agua, que sabe que, al tercer día, ni es rosa ni es nada; como un tacho de jazmín nevado que guarda su frescura sólo unas horas, desde que el sol se pone hasta que amaga la unánime noche, que se marchita y se te queda entre las manos.
Y no creo que fuera por azar el que, un 14 de Junio, al mediodía, abriera los ojos por primera vez. Después, vino la vida a enlodarlo todo. Que sólo tres días gozarás de esta luz y, al tercero te recibirá la muerte.
jueves, 17 de junio de 2010
LA ILUSIÓN DE PERMANENCIA
No quiero errar ni de lugar ni de gentes, me da lo mismo que me encuentre ya en un ascensor de bajada, quiero poder levantar la mirada y que se noten los antecedentes, que no los estropeen el error que se calcula al comprobar que no era ese piso, el lugar ni la residencia. Antes de volver a equivocarme, estar sólo si hace falta, que se parece a ser libre, y eso hay veces que no hay bicho viviente que lo aguante.
Un artículo de Elvira Lindo del pasado domingo, hablaba que no le gustaría ser más joven, que quería “estancarse, hacer eterno este presente”; que añoraba la lozanía física y notaba que era cierto que ser viejo duele en los huesos –yo te tomé tiempo y me dolieron mucho antes de hacerme viejo-. Se lamentaba que “al parecer provoca más dolor el deseo frustrado de tener una vida distinta de la que nos ha tocado en suerte.”
Y le quiero contradecir: me quedo, Elvira, con la vida que he tenido y que tengo, no le voy a pedir prestado nada a nadie si no es mío, tendría que morirme antes; ni hasta, a veces, a la mujer que llevo al lado como un brazo cómodo dónde apoyarme siempre cuando subo precisamente escalones con ella, sin escalera, sólo quiero evitar o salir de ellos, de los tropezones, las maneras habituales de equivocarse. Me sujetaré con la larga retahíla de los cariños leales de siempre, evitando impacientarme, voy a estancarme en el presente porque es el sitio dónde voy a pasar el resto de mi vida.
No pasará nada si se me acaban las ideas, siempre me quedarán los libros para buscar nuevas en ellos, pero quiero ser bueno, bueno hasta la médula, sin tener que rascar nada luego; bueno con quien tengo cerca, bueno en sitios como éste que se escribe y se lee y luego hace cada uno lo que mejor piense. Pero no bueno como una estampita del colegio, sino ejerciendo la calidad que tuve y puse en marcha en tantas ocasiones, desde el comienzo, a pesar que el paso del tiempo a una cierta belleza, de origen, de expresión, cualquiera puede notarla acentuada pero cansada. En definitiva, bueno con quién lo merece.
Pues no me voy a cansar de intentar ser lo mejor que pueda, como si fuera mi forma de seducción, mi libertad interior y exterior prestada a los demás. Quiero que se note entre las mismas hojas donde escribo un intento de conquista con la mirada, un momento oportuno que alargue su oportunidad hasta que haga falta pero dónde desarrollarse a gusto, ya lo dije: en piso, lugar y residencia adecuada.
La claridad y la verdad en cada palabra escrita, que nadie me pille con el paso cambiado porque lo tuve siempre recto y sorbo a sorbo ese ha sido mi pasado. Donde puse la entrada, tuve luego la salida, nadie me dijo es por otro lado, eres ex de nada y entonces es absurdo que la confusión la provoque yo mismo. Me suenan extrañas las relaciones entre la gente que fueron de una manera muy gloriosa y se acabaron enseguida.
Quiero que lo que reste sea, una vida normal, me doy cuenta que no existe para mi vuelta atrás porque lo que no puede volverse de nuevo es el tiempo. He gastado a la vez montañas de ingenuidad, entregar más de lo que podía. Necesito ordenar mis cosas, darle paciencia a la salud por si hay alguien que le importe saberlo cierto. Sacarle todo el partido al café de esta mañana, a las seis y media, casi cien páginas de una excelente novela de Marta Sánz; dejar que me llegue la tarde como muy de media tarde, leer luego por la noche antes de dormirme engañándole a los dolores de los huesos.
Necesito lealtades de admiración y de paciencia; siempre supe devolverlas; una confianza de gente buena que sea a mí a quién le pregunte, ¿necesitas algo?; vivir con pasos adelante, malos y breves como suelo darlos, pero seguros que hasta desnudo de ideas nunca perderé la de ayudar a la gente. No quiero sentir penas y menos de mí mismo, la pena no puedo permitírmela, quiero valer lo que valga más o menos pero que sirva para formar parte de esos pequeños actos repetidos que consigue transmitir la ilusión de la permanencia.
Eso venía a decir, como si ya fuera la última idea para ir a parar a la monotonía establecida de las vidas en orden, un amor a esa vida sin que nos exceda, que suponga una garantía para preservarla, por si acaso.
AÑORANZA DE MI PADRE
Por Correveidile
Durante mi niñez y adolescencia, mi padre se hizo más de temer que de querer; después pasó por desentendido, como si con él no fuera la cosa, ausente siempre. El miedo con que me acercaba a la clínica del papá, en el extremo norte de la casa, cuando entraba a pedirle dinero para reponer ropa interior rota. Claro está que hubiese preferido mil veces llevar el calzoncillo a trozos con tal de ahorrarme el mal rato; pero me obligaba a hacerlo mi madre, por joderlo a él también. Con lo que, entre uno y otro, dejaban al pobre crío atrapado entre dos fuegos. Qué te voy a decir cuando había que pasarle a la firma algún suspenso. Todo ello con el olor penetrante de los rayos ultravioleta, que emanaba de la clínica e impregnaba la casa entera y que doy por seguro que sería cancerígeno.
El día que me pegó con furia, esquivando yo los golpes como pude detrás de la máquina de coser, bajo el influjo de ve tú a saber qué hados malignos o conjunción astral que le hizo descargar su cólera sobre mí, me quedó de mi padre la imagen de un ser abominable, más que otra cosa. Lo mismo que me embutió de niño el judaísmo, del Dios padre, justiciero y vengativo, implacable del rayo que no cesa y fulmina con el rechinar de dientes y la perdición eterna. Cuando, bien al contrario, Dios es el bálsamo que te hace llevadera la carga.
El pánico y la peste a rayos ultravioletas han quedado, medio siglo después, fosilizados en mi memoria.
Demonizado por mi madre en el feudo interminable y cruento que fue su vida conyugal, jugó el papel del “malo” en la película. Y, como ocurre siempre, acabé por alistarme en su bando. Y llamo al feudo cruento porque, como es de ley, fuimos nosotros los que pagamos: la prole. Con eso y todo, hoy lo añaro.
“Haz tu casa al solano y vivirás sano”. Y así lo hizo el abuelo paterno, que edificó donde cara al levante en una de las colinas que circundan la ciudad. Después de comer, la fachada de “Villa Zoraida”, el chalet de los veranos de mi infancia, queda en sombra y yo, que era de los que en viendo gente huye, me salía a sentarme en el antepecho de la verja –un poco incómodo a la larga, pero, para un niño, venía sobrando: me salía a disfrutar de lo que no cambiaba entonces por nada: del bien de estar solo. Después de comer, nosotros. Porque, en el tren de las 3, por el fondo de la Plaza de la Concordia, subía pesaroso el papá, que venía de pasar consulta en la ciudad, enchaquetado, anudada la corbata, bajo el sol cegador del ferragosto y de la plaza sin un solo arbolillo. Y le veía venir cansino y disminuido, sinque ni una sola vez me levantara a acostarle la distancia, a aligerarle la carga de los años y el desengaño con un beso.
Le vuelvo a ver, en las raras noches de crudo invierno, ponerse una casaca militar para andar por casa, de lana azul y trabilla trenzada de pasamanería negro, más propio de remero del Volga que de un médico que hizo la guerra de África y volvió tan trastornao que, al llegar la lucha hasta las puertas de casa, salió huido y buscó asilo en un Convento.
Son cosas, todas ellas, que te vienen a la memoria, una y otra vez, a lo largo de los años, igual que cuesta quitarse de encima un trapo mojao y mugriento, que afloran cuando ya nada tiene remedio y ves que te has equivocado en todo, que te apenan como un lujo burgués añadido para más inri –que poder encerrarse en una habitación a llorar, ya no es sufrimiento.
martes, 8 de junio de 2010
"CUÁNTO HE LLORADO PORQUE CUÁNTO HE TRABAJADO"
Fueron palabras de Rafa Nadal al término de la Final de Rollan Garros en que además de obtener la quinta victoria en esa especie de Champion del tenis, recuperaba el número uno del ranking mundial que la lesión de su rodilla le había hecho perder meses antes. La figura emocionado del tenista español, me hizo la otra tarde llorar a mí con él.
Soy un predicador del esfuerzo, de la convicción, de la lucha. La vida a nadie le da nada, le puede quitar, le puede dejar lejos del sitio que le conviene, pero hay camino, senda dura por dónde se puede conquistar ese espacio. La jerarquía del dolor se establece de pronto por algo y para algo. Todo es hermoso y todo merece la pena de ser vivido en esa andadura, hasta el propio dolor, porque detrás de él está la vida. Lo mejor surge del dolor y detrás de cada uno hay un recuerdo, una especie de tatuaje en la piel.
El tenista que lloraba el domingo al final de la victoria, lloraba su dolor –el de su lesión- su esfuerzo, su trabajo, eso que goza de tan mala prensa cuando se tiene y que no siempre somos capaces de emplearlo, de sacarle el debido partido entonces. Su tiempo en la cumbre social y económica pudo emplearlo para un ocio más relajado. Lo empleó en el trabajo para poder llorarlo luego.
Cierto que hay muchos caminos, que yo mismo estoy fuera de una ortodoxia cuando me la han querido imponer y no es de mi agrado; que me quedo en ocasiones como lento en la lentitud, que finjo ser lo que no soy porque hay un placer que está lejos de líneas trazadas, paralelas y brillantes. La debilidad puede aportar la singularidad más íntima porque hay goce débil, inconfesable y callado. Y mezclado puede haber un amor tan palpable y tan humano que te de acceso al dolor, comienzo de la otra ruta para poder soportarlo todo llorando después.
Perderé la compostura, pues, cuando sienta la necesidad de perderla, seré obsceno, suplicante, renegante del esfuerzo y el trabajo. No renuncio a nada, pero ni mucho menos a las lágrimas, a la manera profunda de llorar cuando nadie me lo mande. Que no de señales jamás de la aceptación de perder, porque perder no sé, no hay ni que pensarlo para que jamás se te note. Únicamente en los más obscenos y necesitados momentos puede uno rendirse y humillarse.
No sé, es como una doble cara, como el rostro desesperado que se tapaba el tenista enamorado de su triunfo con la tolla sucia con la propia tierra batida que aplastaron sus zancadas al sacar o devolver cada pelota. Por eso al final lloraba, se le juntaba el precio y el premio de su constante esfuerzo, lo que había trabajado. Le daba al mismo el excelso valor cuando pudo tener otro empleo de su tiempo.
Me viene ahora el recuerdo cuando la vida me negó a mí demasiado pronto el propio esfuerzo diario de mi trabajo. Me sentó en una butaca movible, que pudo ser para siempre con un libro en la mano. Entendí que había terminado mi trabajo, no por voluntad propia, sino por uno de esos avisos que llegan para marcarle de repente a cada uno sus posibles límites, como una enseñanza y poder saber que puedes tener que pararte en cualquier momento.
Empecé a recuperar lo que me habían quitado, sino todo una parte al menos que me dejara seguir para ver lo que quisiera ver y no tuviera que ser desde la ventana de mi cuarto. Luché contra muchas cosas, trabajé de otra manera, me empeñé sobre todo en no hacerme viejo. Me acordé de las palabras de Gala: “¿Un viejo tú? No hay nadie que lo sea si no quiere.” Me aproximé de nuevo a muchas cosas que tuve antes, empecé a notarlas tan cerca que eran ya una certeza.
Certezas he ido construyendo de cada manera. Me he ido inventando el trabajo porque no me queda trabajo. He pecado en solitario a mi manera, he gozado de lejos, he establecido mi propia competición. La estoy haciendo larga y bella y corrupta a veces porque la belleza siempre tiene un fondo de corrupción. He vivido cada momento oportuno, haciéndolo oportuno, cuando ha sido error es que tocaba error, porque hay que contar con la soledad que te lleva al error; si me quedaba en los ojos esa brillantez que tienen algunos momentos, supe exigir la mirada ajena para que aprendieran cuál era mi éxito, dónde estaba mi trabajo y mi esfuerzo.
Por eso comprendí las lágrimas de un hombre de 24 años pasmado de sí mismo, loco de futuro, pero antes orgulloso de su presente. Lloré junto con él por la esencia más brillante que puede tener el hombre: gustarse tanto a veces que significa poder vencerle a la vida, esa que en ocasiones nos puede.
Contra ello se me ocurre como una final explicación, acercarme a ella para salir ganador como se debe hacer con una mujer: mirada, caricia y cópula. Miro así a la vida con la amplitud inaudita que puede tener a veces la mirada; la acaricio, si parece que hasta lo reclama, o hasta cuando renuncie al hueco de mi mano; y copulo como la necesidad para hacer más amplio y más profundo mi propio camino.
Soy un predicador del esfuerzo, de la convicción, de la lucha. La vida a nadie le da nada, le puede quitar, le puede dejar lejos del sitio que le conviene, pero hay camino, senda dura por dónde se puede conquistar ese espacio. La jerarquía del dolor se establece de pronto por algo y para algo. Todo es hermoso y todo merece la pena de ser vivido en esa andadura, hasta el propio dolor, porque detrás de él está la vida. Lo mejor surge del dolor y detrás de cada uno hay un recuerdo, una especie de tatuaje en la piel.
El tenista que lloraba el domingo al final de la victoria, lloraba su dolor –el de su lesión- su esfuerzo, su trabajo, eso que goza de tan mala prensa cuando se tiene y que no siempre somos capaces de emplearlo, de sacarle el debido partido entonces. Su tiempo en la cumbre social y económica pudo emplearlo para un ocio más relajado. Lo empleó en el trabajo para poder llorarlo luego.
Cierto que hay muchos caminos, que yo mismo estoy fuera de una ortodoxia cuando me la han querido imponer y no es de mi agrado; que me quedo en ocasiones como lento en la lentitud, que finjo ser lo que no soy porque hay un placer que está lejos de líneas trazadas, paralelas y brillantes. La debilidad puede aportar la singularidad más íntima porque hay goce débil, inconfesable y callado. Y mezclado puede haber un amor tan palpable y tan humano que te de acceso al dolor, comienzo de la otra ruta para poder soportarlo todo llorando después.
Perderé la compostura, pues, cuando sienta la necesidad de perderla, seré obsceno, suplicante, renegante del esfuerzo y el trabajo. No renuncio a nada, pero ni mucho menos a las lágrimas, a la manera profunda de llorar cuando nadie me lo mande. Que no de señales jamás de la aceptación de perder, porque perder no sé, no hay ni que pensarlo para que jamás se te note. Únicamente en los más obscenos y necesitados momentos puede uno rendirse y humillarse.
No sé, es como una doble cara, como el rostro desesperado que se tapaba el tenista enamorado de su triunfo con la tolla sucia con la propia tierra batida que aplastaron sus zancadas al sacar o devolver cada pelota. Por eso al final lloraba, se le juntaba el precio y el premio de su constante esfuerzo, lo que había trabajado. Le daba al mismo el excelso valor cuando pudo tener otro empleo de su tiempo.
Me viene ahora el recuerdo cuando la vida me negó a mí demasiado pronto el propio esfuerzo diario de mi trabajo. Me sentó en una butaca movible, que pudo ser para siempre con un libro en la mano. Entendí que había terminado mi trabajo, no por voluntad propia, sino por uno de esos avisos que llegan para marcarle de repente a cada uno sus posibles límites, como una enseñanza y poder saber que puedes tener que pararte en cualquier momento.
Empecé a recuperar lo que me habían quitado, sino todo una parte al menos que me dejara seguir para ver lo que quisiera ver y no tuviera que ser desde la ventana de mi cuarto. Luché contra muchas cosas, trabajé de otra manera, me empeñé sobre todo en no hacerme viejo. Me acordé de las palabras de Gala: “¿Un viejo tú? No hay nadie que lo sea si no quiere.” Me aproximé de nuevo a muchas cosas que tuve antes, empecé a notarlas tan cerca que eran ya una certeza.
Certezas he ido construyendo de cada manera. Me he ido inventando el trabajo porque no me queda trabajo. He pecado en solitario a mi manera, he gozado de lejos, he establecido mi propia competición. La estoy haciendo larga y bella y corrupta a veces porque la belleza siempre tiene un fondo de corrupción. He vivido cada momento oportuno, haciéndolo oportuno, cuando ha sido error es que tocaba error, porque hay que contar con la soledad que te lleva al error; si me quedaba en los ojos esa brillantez que tienen algunos momentos, supe exigir la mirada ajena para que aprendieran cuál era mi éxito, dónde estaba mi trabajo y mi esfuerzo.
Por eso comprendí las lágrimas de un hombre de 24 años pasmado de sí mismo, loco de futuro, pero antes orgulloso de su presente. Lloré junto con él por la esencia más brillante que puede tener el hombre: gustarse tanto a veces que significa poder vencerle a la vida, esa que en ocasiones nos puede.
Contra ello se me ocurre como una final explicación, acercarme a ella para salir ganador como se debe hacer con una mujer: mirada, caricia y cópula. Miro así a la vida con la amplitud inaudita que puede tener a veces la mirada; la acaricio, si parece que hasta lo reclama, o hasta cuando renuncie al hueco de mi mano; y copulo como la necesidad para hacer más amplio y más profundo mi propio camino.
sábado, 29 de mayo de 2010
"EL PROGRESO LENTO DE LA EDAD"
Es verso de poeta, es realidad de los viejos. Pero exige ese trascurso un esfuerzo hasta el final para contestar a todas las preguntas que uno se viene haciendo. Aunque no me hace privarme de casi nada, a pesar que los códigos del deseo cuesta mucho saciarlos. Por eso me pregunto en ese camino invariable de la madurez que cuentan los poetas, ¿cuántos años todavía me quedan para hacerme viejo?
Voy a ver si esta vez leo un pie de página que sepa explicármelo, que me responda sabiendo que no voy a hacerle caso, malsana curiosidad, pues. Voy como a quemar una tarde todas las tarjetas de mi crédito en la vida aunque sienta luego la culpabilidad en sus cenizas, vaya placer aunque después me dañe el desaliento
Repasando un poco ese progreso lento de mi edad, insisto que tengo el derecho a esa lentitud porque empezó demasiado pronto y sin aviso previo. Me dejó excesivamente quieto, me armé entonces de todas las negativas que tenía, las justas para cada pierna y empecé a caminar de nuevo. Os lo cuento, se lo cuento a quién me considera a veces demasiado niño, fue de nuevo un comienzo, largo, costoso, lleno de esfuerzo cual la imagen de los hombres, con sus correajes fuera y dentro, estirando, negando a quienes lo pusieron en duda. Qué bien me viene la hermosa cita de Simone de Beauvoir: “Construiré una fuerza en la que me refugiaré para siempre.”
Ahora, con la compañía inevitable del dolor como parte necesaria de la carrera -símil de las que corría antes- ya le puedo a cada camino. La vida me lo va poniendo cada vez más complicado, más arduo, qué asombroso, es antiguo y pertinaz pero te quita el miedo. Siempre que estoy fuera, alejado de mis recursos, de mis propias posibilidades me lo creo antes menos, luego, en cambio, basta la ayuda de una mano, un gesto amigo y todo se convierte en llano.
Hago casi ya senderismo de mis cercanías, las estiro, me las convierto en riqueza de los años, de su propio progreso cuando debía de ser carencia. Es que me convenzo cuando vuelvo y nunca dejaré de intentar convencer a cualquiera, casi todo es cuestión de esfuerzo, de intentarlo más lejos, de quitarle límites. No me los quito yo, luego se los puede quitar cualquiera, me lo enseñan quienes están peor pero se empeñan en estar mejor.
Ya lo sé que parecen fáciles sentencias, pero es que las vengo practicando mucho tiempo, es mi patrimonio, mi carencia total de deudas, es mi pasión y la pasión no se puede ni explicar ni rectificar. La madurez me viene desnudando con una sociología que no es fácil de entender: me aguanto cada noche la noche que me fabrica la incomodidad de las nuevas posturas. Me traje de Galicia una belleza imposible de explicar, un paisaje tan seguro que parecía que lo acaban de inventar para la Historia tan hermosa que tiene ese pueblo, y al mismo tiempo como le robé cantidades de sol, tengo un tono moreno en el rostro parecido a la sombra de los pechos de una mujer antes de ser acariciados.
Me traje lo mejor que pude, por eso escribo sin cansancio, sin el dolor que debía tener, muy honestamente sé luego que mi esfuerzo me proporciona placer, es una ley de la naturaleza que no está todavía en ningún manual de medicina de asistencia primaria. Tiendo a lo mejor, aunque no sea posible poseerlo todo entero como se hace con las ciudades y las mujeres que me quieren. Es mi prenda corporal de las mañanas enseguida del café, hago que me dure lo más posible del día, que no me lo estropee nadie. Es la manera de salir de tantas páginas que he escrito en tantas ocasiones de duda y de quebranto, que ofrecieron ayuda y de poco sirvieron.
Se ve que salir fuera, me sirve para sentirme mejor luego dentro, sin pretextos, con un sentimiento libre, fogoso y tierno que se me lee tan pronto desde el pensamiento que hasta dejan de hacerme falta el gesto, la palabra, la duración de una mirada.
No me alargo porque voy a tener tiempo en este lento camino de mi propia edad, os diré que ayer para vencer una momentánea sensación de malestar, me bastó seguir tomando el sol en una terraza a donde me llegaba la invencible sensación mediterránea y comprarme una novela del argentino Sergio Olguín donde su personaje Julio Andrada rompe la monotonía de su recorrido habitual de su casa al trabajo, y se deja sorprender por una incontenible oleada de deseo que le produce una prostituta al cambiar de trayecto.
Yo de alguna manera lo vengo haciendo, detengo mi progreso inevitable, salgo fuera, donde no me conocen, me pongo más moreno y convierto mi esfuerzo como el de los hombres de la imagen en mi propia medida, que yo sólo la sé, que no la cuento a nadie pero que la voy prolongando como si las personas cuando hace falta, perdiéramos esa medida con una ternura desmedida.
domingo, 23 de mayo de 2010
GALICIA, DESTELLOS VERDES, RAZÓN DE ASIENTO
Galicia es un país al que si no puedes derrotarlo, debes rendirte a él como un amante crepuscular que vas a tener siempre. Parece que no va a anochecer nunca, para los relojes, toma asiento y se convierte en tu espera, en la más hermosa hecatombe a tu sistema de persona.
La visité hace muchos años ya con motivos de trabajo y de ocio compartido. El trabajo me tuvo sobre todo en A Coruña, nunca fueron mías sus gentes, en los negocios que iba a hacer con ellos, prefirieron una y otra vez preguntarme en lugar de darme la respuesta para que volviera poco tiempo después de nuevo. Ya recuerdo mal tan bella ciudad porque los años, a pesar de mi empeño en detenerlos hacen daño, dejan a destiempo los recuerdos aunque fueran brillantes en su momento.
Ahora ha sido un recorrido por sus Rias Baixas. Mis motivos han sido diferentes. He vuelto a Galicia a explicarle que no me he hecho viejo, que si en un viaje de grupo con todos sus miembros sin fecha de caducidad, una guía me otorga sus explicaciones con su mano en la bruma, la misma mano para hacerme más fácil la subida o bajada al vehículo de salida, iba destruyendo hacia atrás y hacia delante los espacios, me hacía comprender la razón de mi esfuerzo para caminar luego, igual que si fuera un peregrino del Camino de Santiago.
Galicia fue razón de asiento cuando estuve, ahora ha sido motivo como de planicie y belleza en cada Ría para comunicar los sitios, así lo hace la playa de La Lanzada entre Sanxenxo y El Grove, cuya importancia radica en la fertilidad de las Noches de San Juan: esa mujer que la mojan nueve olas en busca de su fertilidad como una búsqueda pienso yo –ignorante de cualquier historia que no sea el lenguaje- de la lujuria propia. Esas aguas pueden ser o un devorador de hímenes o un amante crepuscular, razón de sexo de asiento.
Acudí con miedo, os lo confieso, voy sintiendo cada vez más cerca limites que nunca quise yo, pero me los llevé conmigo, a nadie se los podía ocultar, son ya testimonio, como un rasgo o un tono de piel. A pie por ciudades como Vigo o Pontevedra, frente al bellísimo Parador del Conde de Gondomar en Baiona, que trajo mi recuerdo aquella inolvidable estancia en sus instalaciones hace años; a pie –digo- hacía imposible negaciones que ya tengo.
Se me van terminando los arreos, pero me fue devuelto al contemplar este increíble paisaje que puede hacerlo posible todo, ancho, agradable como el acomodo carnal de un hogar; en Galicia practiqué de nuevo la audacia de desabrocharme los hábitos; había tan hermosa agua en aquellas rías que eran por sí solas casi emoción: me explicaban aquella tierra y sus gentes, cómo seguir de nuevo. No me arrepiento, le volví a mentir a mi cuerpo, le dije si has estado, lo recorrerás despacio y te quedarás otra vez con su misterio.
Así fue, no quise aquí contaros ni lugares ni espacios con detalle porque me llevo yo dentro los detalles. Cuando caminas fuera de tu entorno, te conviertes en ser ajeno, ya no eres propio. Me bastó estos días la señal de la mano de la guía, y me fuera contando la vida y las historias de los demás por donde pasábamos, para que yo la siguiera, para que no me perdiera.
Y todo lo que vi me lo llevo conmigo, lo que traía en mi retina de antes y lo que he añadido ahora junto a la cosecha de mi esfuerzo, al intento de no quedarme fuera ya antes de tiempo. Me quedan sitios por ver, lugares por recordar, pozos de mi asiento en mitades pequeñas de recorrido.
En Galicia estuve muchas veces quieto, ante mi había un mapa que te mete dentro, que te enseña mucho más de aquello a lo que puedes aspirar. En tu propio entorno, con lo tuyo, con el breve recorrido diario, practicas una convivencia que suscita el descuido. Tienes que asomarte fuera, a la belleza en ocasiones tan imposible como ajena. He querido copular estos días con una necesidad más amplia, eliminar mis asperezas, los tonos equivocados de mi cuerpo.
Me he ido de excursiones, he salido como un rato prolongado de unos días donde estaba siempre; he roto hábitos, he cambiado horarios, he viajado estampando la madrugada sobre mis ojos bien guiado por un chofer y una guía, reflejados en la imagen de estas tierras.Lo que hice, lo hice nuevo para ver si es posible en alguna medida volverme yo más nuevo, como el amante que busca el estímulo inventado del cuerpo nuevo al que todavía le quedara todo por decidir.
martes, 11 de mayo de 2010
HE PECADO 21 VECES SIN INTERRUPCIÓN
Os dije que os iría contando lo que más me había fascinado de mi fascinación, no me puede ya a estas alturas de la vida servir de contrapeso o de mirada al porvenir, pero existe un hoy, un cada momento, una vuelta de página que sirve, estremece.
He leído 21 cuentos, casi 600 páginas de un libro, para leer quieto y obsceno ya uno mismo donde pecas seguro porque los personajes de Joyce Carol Oates viven “historias de transgresión”, válidas para absorber cualquier significado o temática. Hay en cada historia, amor, celos, poder, violencia, a lo ancho y a lo largo. Y así me di un paseo yo para alejarme de los hombres y mujeres corrientes pero que al mismo tiempo podías encontrártelos en la capa misma de tu propia tierra.
Yo también tengo, por qué no, la ambición de transgredir, me la dejo entre las letras para ayer casi le mandaba a alguien perder el sentido entre mis palabras. De todos los momentos que he vivido con la prosa de Oates partí desde cada uno de ellos y noté el olor a cuerpos, cuerpos adultos, a “levadura viciada”. Pensé con ella que es cierto “una mujer desnuda muy cerca de un hombre siempre parece tan…inesperada de algún modo."
Debí empezar desde ahí porque mi credibilidad con dichas palabras es absoluta: surge lo inesperado de algún modo, o el abrazo para hacer el amor luego, con tiempo de espera, de sexo sin hacer para convertirlo con el penúltimo roce de la piel, en sexo cargado de sexo, socavando el amor como una pornografía estornudada y un placer de tacones de aguja, un inolvidable sitio húmedo.
También en muchos cuentos es imprescindible la muerte, una muerte que siempre duele: un suicidio, un asesinato con sus dosis de humillación e indignación; un hombre observando a su ex mujer a través de la mirilla de un fusil; el muchacho orgulloso de su cuchillo que conserva el ADN de los hombres muertos. Aquí parece que se juega sólo a la ruleta rusa porque es el juego que se menciona más veces y el catálogo de armas de sus personajes hace que sus dueños sean dueños, no simples ocasionales poseedores.
He leído, pues, de todo. He pecado con cada adulterio, pero sin renunciar con los adúlteros a la búsqueda permanente de la felicidad; me he desesperado al ver que es igual, cómo declina el cuerpo y te resta cada vez en el amor, en la impudicia de tus sueños. Están patentes de cada mujer su atractivo y su destino, cada tentativa, cada manera que tienen de acercarse para terminar luego en el sueño imposible de una cama. Todo lo más allí –como antes contaba- para nadar hasta la orilla o quedarse definitivamente fuera.
Las siluetas de las mujeres de Oates te matan casi de verlas, te dejan sin olvidos o haces noche para siempre. Su sensualidad –bien que lo explica- no es del todo sino de las partes, como con cada prenda fuera, insustituible el sitio, su diseño para hacer el amor cada vez notando la pasión bajo la piel. Cada mujer es un destino que alguien puede tener. “La mayoría de las vidas quedan en nada. ¿Por qué no aceptarlo?”
Pues acepté y pequé con ellos entre las letras asombrosas de esta mujer. Transgredí con ella, palpé cada alternativa como quien puede perder a su ser querido, me agarré a ellas, me fui haciendo piel de su propia piel. De la mano de sus letras fue cierto: "Mi instinto me lo había traído al lugar adecuado. Éste es el borde del abismo."
Luego de leerla, sólo queda el abismo o volver a hacerlo. Parecido quizá a acercarse al otro y si no llega la mano, el sexo, la boca, seguro que estará la posibilidad de amar con el lenguaje como una contradicción entre la carne y el espíritu sin vencedores ni vencidos.
miércoles, 5 de mayo de 2010
ME FASCINAN
Tendré que explicarme a mí mismo un día el porqué de mi fascinación, de esa feria propia que es como una hechicería, un dominio irresistible. No he llegado nunca –a las pruebas me remito como se suele decir- a fascinar de verdad a nadie con la labia o la mirada, he estado mejor dotado para padecerlo siendo yo el fascinado, el deslumbrado.
Celebro una fiesta cada vez que alguien ha dejado cerca de mí su afecto desparramado. Sigo teniendo, a pie de página: el goce de la intimidad; el torrente de palabras para volar; la ternura de leer a mi lado más allá de los silencios; ese rincón compartido de la lectura y la vida; o un humilde y encogido corazón. Sigo teniéndolo, ya lo he dicho de nuevo, sigo necesitándolo.
Pero mientras tanto acudo a la llamada de una Bibliotecaria: “tengo libros para ti”, dejo llenar de nuevo mi ficha de allí varios días vacía con cinco obras nuevas que aún no han estado esperando su sitio en mi mesa: “Historia del pelo” de Paul Auster, como un enfermo a perderlo; “La maestra de piano” de Janice Lee con la belleza euroasiática y arrolladora de Trudy Liang; “Diario de una mujer adúltera” de Curt Levian, ese triángulo de sensualidad y secretos, de amores perdidos entre Guido y Charlie con ella; “Las teorías salvajes”, la primera y escandalosa historia de la era weblog (no tendré que explicar lo que significa); o esos cuentos maravillosos de Yoyce Carol Oates, “Infiel”, una historia profunda y variada cada uno de ellos.
Pero no vine a hablar hoy, de estos u otros libros, vine a confesar que me fascinó que me los prestaran ayer, cuando alguno de ellos volverá a la Biblioteca sin leer o los adquiridos por mí seguirán esperando ya demasiado tiempo. Vine a explicar que cuando al final de estas líneas, en la weblogmanía que sufrimos ya tantos no tenga las palabras que necesito, he de hacer como ayer al salir de la Biblioteca: eludir cualquier bolsa para llevarlo, salir con los cinco libros, difícilmente sujetos por mis brazos y recorrer el camino hasta mi coche como con un fanatismo cumplido, una seducción en que había caído que es igual a una historia aunque se viva como un relámpago sin historia apenas.
Necesito la fascinación, la seducción a cada hora: o me la proporciona una mujer, practicante innata como algo hormonal, me trae sus palabras con el temblor de una insinuación cierta, o he de protegerme en la “espera” de los libros por leer, pasearlos al salir de la biblioteca.
Me urge el atractivo ajeno para no caer de lleno en los libros como una vieja religión, como la única respuesta, como mi propia fascinación, mi manera de envejecer acumulando libros leídos y libros por leer. Me hace falta la secuencia hermosísima de las palabras ajenas destinadas para mí. Sé que tengo –me lo dejaron escrito hace bien poco- el cariño que merezco siempre, pues que me lo vuelvan a dar.
La vida –lo he dicho alguna vez- sólo respeta a los fuertes, el amor los vuelve vulnerables y previsibles. Soy consciente que ando perdiendo las ganas, la actividad, fornicar hasta con las debilidades. Cada respuesta que doy tiene el mismo color, idéntico tono de reclamación. Pues lo que no tuve suficientemente antes, todavía tengo tiempo de volverlo a tener.
Ayer paseaba orgulloso y dolorido por mis piernas con los libros de la Biblioteca bajo el brazo, seducido por ellos. Me detuve un momento en la puerta del coche y pensé ¿no vendrá nadie a acariciarlos conmigo? Sigo siendo el mismo. Me surge a ratos la tristeza de los que quisimos ser poetas y no pudimos serlo, lo peor es que me la noten desde lejos como si fuera una renuncia a que me devuelvan los abrazos que me pasé parte de mi vida dando.
No puedo más a la vez de excitación y de tristeza, de echar de menos la fiesta del contrario, la respiración que acorta las distancias para habituarme de nuevo a las presencias tras una escuela de aprendizaje de nuevo si hace falta. Mientras, como desnudo esperando los abrazos de alguien, no puedo soportar la vida abierta sin llenar, por eso acudo mientras al enorme destino de los libros, hasta ver venir de nuevo ese deseo tan enorme que siempre tengo dentro como un alboroto de la carne y el entendimiento
sábado, 1 de mayo de 2010
"ESCRIBIMOS CUANDO NO VIVIMOS"
La expresión no es mía, pero la hago propia porque la necesito para explicar lo que hace unos días me decía una amiga desbordada de afecto y además de sabiduría: “Menos mal que te queda la lectura y la escritura y tu gran devoción hacia ellas, que es un privilegio.” Ya en otra ocasión su pensamiento estuvo aquí prendido de forma anónima.
El título de lo que hoy quiero contar –también entrecomilladlo- es de uno de los mejores poetas de lengua castellana, todavía de mi tiempo: Francisco Brines, de la generación de los 50, recién premiado con el Reina Sofía y que ya lo fue de la Crítica en el 67 y de Literatura Española en el 99 entre otros. Sus palabras las he hecho mías, entresacadas de una entrevista en el diario “El País” el pasado 29 de abril. Y las enlazo adrede con las de mi amiga, menos mal que me queda la lectura y la escritura.
En este sitio de escritura, voy a hacer hoy punto y aparte para siempre, y el motivo me lo ha provocado también palabras ajenas comentando mi último post: “con el cariño que mereces”. Me lo quedo y me lo creo porque viene de quien viene, que hace ya muchos años en aquel foro “La torre de Babel” –desaparecido- de ya.com me leía en silencio, sin un solo comentario, sin importarle donde hubiera una respuesta y de quién era. Tenía en cuenta, y sigue teniendo en cuenta, mi palabra, mi intención, mi necesidad, mi consuelo, mi temperamento tan verbal, mi reposo con el olvido que sea necesario en cada momento, la droga de mis libros, parecida a los parches de morfina de mi pecho.
Tengo delante hoy ese libro inolvidable de Paco Brines “Las brasas”, con el que obtuvo el premio Adonais en 1959: “Inclina la cabeza, y en su gesto/nada adivinaría nadie; él/sabe que las tristezas son inútiles/ y que es estéril la alegría. Vive/amando, como un loco que creyera/en la tristeza de hoy, o en la alegría/ de mañana”…
Me he pasado demasiado tiempo, inclinando primero la cabeza y explicando que me pesaba la tristeza aunque fuera inútil –ya lo pude comprobar- aunque fuera capaz, medio loco al menos, que debiera haber escrito para mí solo y jamás haberme entregado, una a una, a las respuestas ajenas; que iba a dar como consecuencia de ellas mucho más de lo que recibiera y aunque jamás supe sacar cuentas, la vejez te obliga como a buscar un sitio de retirada, donde uno se sienta a gusto solo, en que todo con la propia envergadura que tengamos debiéramos hacerlo y deshacerlo sin contarlo.
Llegué a pensar para el amor que puse entre las líneas que de verdad no se las quedó nadie, iba a poder yo solo con todo, hasta con la inutilidad de la tristeza del verso de Brines. Y no fue así, me costó demasiado tiempo darme cuenta pero aquí he venido a explicarlo para siempre.
Así, como está ahora sobre mi mesa, junto al teclado, el libro de poemas de Paco Brines, irán estando los que vengan. No me hará falta palabra ajena alguna, seré únicamente lo que soy: el amante permanente de la literatura; me iré haciendo cada vez más drogadicto, nada más necesitaré, con cada libro que tenga cerca aprenderé a hacerme viejo para merecer el verso de Brines:
…”Es un hombre
cansado de esperar, que tiene viejo
su torpe corazón, y que a los ojos
no le suben las lágrimas que siente.”
Esperaré con mi amante de siempre, con mi “devoción y mi privilegio” y con la más inolvidable respuesta: “con el cariño que mereces”.
Ni un solo sentimiento más, no son necesarios. Es suficiente, el libro de hoy, por ejemplo: “Las brasas” de Francisco Brines”. Premio Adonais de 1959. Colección Adonais. CLXXIII. Ediciones Rialp. Madrid, 1960. 55 páginas. Una pequeña joya de mi amplia biblioteca. Justificación de la tirada: “De esta primera edición, se han hecho mil ejemplares en papel de edición y ciento veinte en papel especial del I al L para los suscriptores de honor.”
Hoy se suelen buscar otros honores. No me suben las lágrimas que siento. No hacen falta porque nadie puede saber lo que ocurre en mi corazón con los ojos cerrados y cerrada también la información para siempre.
Hasta el próximo libro. Os dejo que tengo que irme a leer. Si hay una página en la red que se llama, acercatealoslibros, aquí el único privilegio que me queda es tenerlos más cerca ya.
domingo, 25 de abril de 2010
LA HUELLA DEL AFÁN DEBE SER SUFICIENTE
Eso es a lo que aspiraba llegar porque a fin de cuentas poco más he dejado por cualquier sitio: mi afán. Cada vez que ha oscurecido he necesitado a alguien, como todos, como ocurre siempre. Y en cada amanecer, medio dormido todavía por causa de los opiáceos amigos, pero incapaz de permanecer más tiempo acostado con ellos, he comprendido que me quedaba todavía un objetivo por cumplir en la vida: seguir dejando huellas, aunque me parece que no va ser suficiente.
He salvado de cualquier derrumbe interno mi butaca de leer donde ya en ocasiones no puedo leer bien. Necesito revisar requisitos que deben estar cumplidos en su totalidad y no es así porque la ayuda del cuerpo que me falta hace entender el lenguaje y los sentimientos, donde entonces las palabras son impotentes y aumentan los registros de la propia carne. He ido construyéndome mi leyenda con la medida de mi propio apetito, pero no he tenido en cuenta flojedades que me iban a llegar luego.
Yo pensaba que cada mañana con un libro en las manos me iba a resarcir de todas las demás privaciones: aquí este libro, alguien que me sigue al contarlo, una amistad, la demanda de mi propia mirada aunque estuviera lejos, que iba convertirse en liturgia con otra persona me iba a servir si hacía falta como una fiesta de despedida sin despedirme realmente de nadie –acostarme, dormirme y estar ya de verdad en otro lugar- ser generoso con mis propias palabras y las que leía me iba a ir dejando descansado para estrenar luego, una nueva mañana en cada ocasión.
Y no son suficientes las huellas que he ido dejando, el alboroto de las palabras. Falta siempre la acción, saber ir poniendo las cosas en su sitio, entender que el futuro lo tenía que construir desde cada presente y si era insuficiente, aunque yo creyera que la huella indicaba lo contrario, convencerme que no era así. Me vengo dando cuenta ahora, hay medidas que los demás tienen establecidas y te las van a pedir, a exigir como si fuera un tono de moral, de carácter que tienes que haber hecho indiscutible para siempre, como si eso que dije tan solo hace un rato, viniera de muy lejos, como una respiración callada pero viva, parecida al sonido que tiene la otra persona.
Tengo la pesadilla de la insuficiencia, como un pliegue particular que se me nota cada vez que escribo igual que el contoneo que tienen siempre las mujeres al andar con tacones que son como una superficie superior, indiscutible, parecida a como si llevaran además una permanente hebilla en la cintura para elevarlas, que siempre es espectáculo para ver si por estar con los tacones más arriba saben más, se dan más cuenta de cómo se sienten los demás. Es solo medio centímetro, la posibilidad de que note ese pliegue, pero una inseguridad que hace tiempo me viene haciendo daño.
Necesitaría empezar otra vez de nuevo, que fuera ésta la primera ocasión que explicara dónde residía mi energía si es acaso la tenía. Que me cogiera alguien la mano, me llamara con el nombre a medias porque yo sabría ponerle lo que faltaría; que tuviera conmigo siempre ojos tiernos y empañados; que me oliera como si fuera joven, lo que nunca he llevado me lo pusiera: el tatuaje de impedir que se me haga de noche, sino que me vuelvan a gustar todas las cosas, propias y ajenas; que me contaran todavía un cuento en cualquier dormitorio con un lenguaje secreto pero rozando el cielo.
Como una candela que se encendiera de nuevo, antigua y bella, olvidarme así de las manos sin fuerza, ni ternura ni caricia. (Os lo cuento, la torpeza cuando se me caen las cosas es porque antes sabía hacer muy bien todas las caricias.) Quiero no pretender vivir de la huella, hacerme memorable otra vez, tener en los silencios, esas atenciones como orgasmos preliminares de muchos años de matrimonio con la vida, nada menos que con la vida.
Siempre he sido con el lenguaje un conquistador con infinita paciencia. Pues sigo sin tener prisa, en mi poder ese único patrimonio: las palabras que provocan acontecimientos, un viaje a la orilla del cuerpo ya con viento favorable, colmado el pasado, anhelante de lo que viene.
En el fondo –ya termino- dado que la huella del afán que siempre tuve no puede ser suficiente, como todo tiene un final y una pena, quedarme antes con la pasión que no deja señal a la vista, es interna, no se puede explicar pero tiene un parecido con la vida hasta que ya no puedes aguantar más y te das cuenta que las huellas de tus afanes pueden estar llenas de errores pero son muy hermosas.
Aún me quedan afanes, ajetreos por resolver.
domingo, 18 de abril de 2010
GLORIAS EFÍMERAS
Porque no hubo nada en páginas que de verdad nunca tuvieran destinatario por mucho que parecía haberlo a veces. Fueron glorias tan efímeras como el pintalabios de una mujer. Ese que tan bien cuenta Mercedes Castro de su Teresa de “Mantis”: “el anaranjado Charismatic en pie de guerra o el Speak louder de un fuerte rosa claro” que parece asegurar la gloria. Han sido muy precisas dos mujeres para retratarme esto, a quién cito de la novela o quién me contestaba a la indecisión de mi postura de hace bien poco, que las cosas caen por su propio peso.
De aquí se me cayeron ya todas estas cosas, me quedé con el rigor que tuve siempre, sobrio, inusual, existente como ya dije entre cuatro paredes muy bien hechas, construidas a conciencia con el tiempo y las resistencias para lo propio, pero además he necesitado la mirada ajena desde fuera, que de alguna manera se han ido quedando grabadas, me han proporcionado una rica utilidad, espontánea, nunca pensada, me han pillado leyendo o escribiendo o soñando. Para eso sirvieron.
La mujer tiene como un vestido como para dormir de noche, que sabe quitarse en ocasiones despacio y ponérselo luego. A mí me parece ahora no haber dejado nada aquí sino un paso efímero, que hasta un día supe que ni era ya mi sólo privilegio porque no tuve nunca ni la seguridad suficiente como pasa con el amor y la vida, al revés del dolor que traje, fueron cosas muy poco exactas o yo no supe hacer antes las preguntas.
Me comí la desgana muchas veces, me la estoy comiendo ahora antes de escribir veinte o treinta palabras cada vez más finales, quizá por eso se escapan más seguidas. Puse mucha energía, nunca dejé caer los párpados cuando me miraban para estar de alguna manera conmigo y cuidado que traía con los años hasta demasiadas buenas maneras. Con ese cariño que siempre pongo en las palabras tentaba y provocaba las acciones al menos en la misma escala, esperaba acontecimientos de esos que pasan y una vez pronunciados no puedes retirarlos.
Pero mi alimento va a ser pues mi propio sentido y conocimiento. Reconozco que siempre he tenido un apetito voraz y eterno por aquello que tiene el parecido de pecado, por llamarlo de alguna manera ya que nace de la propia boca, de un bocado y jamás le negué sitio al propio, no al ajeno, con su color, con el apagado tono que tiene el aspecto de la duda. Como anda por todas partes, igual que la piel de una mujer, puede ser seda y pecado; o las mejores imágenes que tengo, el lenguaje que he desparramado tantas veces, las ganas con que estoy escribiendo.
He vivido y vivo siempre muerto de esas ganas de todo porque si no, me lo estaría callando y no escribiendo, diciéndolo. Más bien hasta mirando, en la línea de las cejas tengo la de los adultos que ansían algo. He traído secretos y abierto secretos entre unos y otros para ayudarnos; lo he explicado que la vida sólo respeta a los fuertes y que el amor en cambio nos vuelve vulnerables y previsibles, como dijo un día Martín Gazo. Pues yo siempre he sido vida hasta en cada poema que estaba leyendo aunque fuera de las últimas caricias que a todos siempre nos quedan en las manos.
Vida para ir alimentándome, porque todos los alimentos diarios, creo que absolutamente a nadie le pueden ser suficientes en determinados momentos. Crecer es una lucha permanente y yo he ido creciendo en cada página, cada vez que he pegado un post y he contestado. Luego ya a medida me han ido pasando los años de la vida y los que he estado sentado aquí delante, destruyen, obligan a desprenderte de lo que habías conseguido. Es muy duro, pero es cierto.
Mi inocente memoria me lo viene diciendo por eso me lo advierte, como en otra ocasión bien reciente, borra las tres o cuatro palabras que has puesto como título, déjate la piel si te hace falta en los recuerdos, pero aliméntate tú mismo, haz la historia con tu historia, aunque te notes como a media cuarta todavía de llegar al final, tú solo te has de completar la cara, tu extraño y particular silencio de media tarde, tu posibilidad de creértelo todo leyendo, por la poca utilidad de una capacidad de percepción insatisfecha.
He explicado lo que es coger la mano o lo que supone pedirla no importa si está lejos o cerca, las palabras nunca tienen distancia. Muchas veces la he cogido y me la he llevado a la boca en ese largo ardor interno que tienen las esperas o las renuncias de algo. Siento por las ocasiones que lo hice esa rica nostalgia que se puede producir como si se tratara de un cuento bonito que no llegara a novela. Una nostalgia que cuenta, que duele, que aleja ya hasta de alimentarse.
Hay unas maneras propias en que notas que te ha marcado más la vida. Entonces hay un solo remedio, ser como hacen los poetas todo el día, no necesitan a nadie, ni alimento alguno que no sea su propio verso, la palabra que envuelve, que enamora, con la que he seducido a veces, para alimentarse.
viernes, 16 de abril de 2010
ESTOY PENDIENTE DE LA POSTURA
Todavía no he encontrado la propia postura ni cuando me han dado facilidades para hallarla. Era simple decirlo, hace años que se me cayó casi todo de las manos, yo lo hago coincidir no con un golpe seco como suele ser, sino con la lentitud que tienen las carreras largas, interminables, con su muro a cuestas. Y me dejó casi quieto. Han sido, pues, demasiados años, y ahora hay un repaso, una cuenta pendiente que no he llegado a contar del todo.
La propia imagen que acompaña mi texto es bien explícita: quiere volver a retratarlo todo como está y como estuvo, pero anda perdiendo el equilibrio, al final dará con su cabeza contra el suelo sin darse cuenta. Y lo peor del caso, es que el intento de arreglo me ha venido tan tarde, lo he dejado caer por su propio peso, produciendo más daño cuando junto a la vez los síntomas finales de la vida: una tarde tras otra alargándose, tiempo de sobra como si me lo hubieran prestado cuando tenía mucho tiempo y toda una serie de cosas que no vienen a cuento.
Mala postura al avisarla o al descubrírmela, con cansancio como falta de sangre, sólo respirar que ya es bastante. Cambia, sin embargo un poco una imagen habitual: todavía ando leyendo y vienen a acariciarme, a preguntarme como he dormido y lo extraño del caso es que yo hago por dormir bien a la fuerza. Casi quieren saber cómo si lo necesitaran en este momento aunque estuve al lado siempre, con un gesto de caricia cerca de las manos, lo más interno que tengo, lo que todavía es silencio, como si a la chica que estás seduciendo no quisiera que le quitaras del todo los tirantes de la combinación que lleva puesta.
Bien pensado, eso me queda inútilmente para sucesivas sesiones, sujetarme y mantenerme en los apoyos más tiernos; quiero sólo quedarme, seguir como en silencio debajo de las sábanas que siempre tiene la vida, palpar a ciegas o la manera de cogerme a su cintura o explicar maneras de aproximárseme. Quedarme como estoy, escribiendo aquí lo que esta vez nadie entiende, lo hago como en una olla vieja, me viene la frecuencia, confundo mis inquietudes con el último segundo que termino de vivir.
Bastaba que una mirada apenas rozase los alientos, un beso más tierno, una especie de desmayo en los labios, señales para quitarle a todo importancia, porque quizá lo importante no es tanto situarse, sino cómo haber tenido el valor de hacerlo porque para eso hay que abrazarse siempre a lo que viene, como lo hicimos, desnudos de alma y cuerpo.
Todo tiene una dureza hasta el final, quizá lo más duro sea no saber cuándo y dónde tenemos ese final de cada cosa hecha. Como se dice vulgarmente: las buenas y las malas. Tengo como todo ser humano la desnudez de los errores sin pedir que me abrazaran antes, evitarme los temblores y enseñar en cambio cómo consigo cada puerta abierta, el gesto del hombre que hace un rato estaba leyendo como el atractivo de una efigie propia difícil en estos tiempos. Una vez cité a Andrés Barba cómo enaltecía esa seducción del hombre noble, con la mujer hasta rendirla “con las caderas suaves, con los pechos cayéndose sin prisa”.
Yo tampoco puedo tener prisa: estoy recibiendo lo que elegí y estuve sembrando tantos años en las paredes de una casa grande, donde el cariño fue una catástrofe espléndida; como un amante pesado, insistente, que siempre tubo para ponerlo en las palabras colgadas aquí y en sus propios hechos –que tenían la rotundidad de su dignidad segura-; supo quedarse para luego con lo que estuve dando siempre a la vez, en cada palabra, sin un solo grito en toda una vida, como si ese obligatorio amor no fuera tal, sino un combate correspondido, ganado por ambas partes de antemano.
Ahora me queda solo terminar de enderezar la postura, si es preciso acudir a la vida, al boca a boca, a toda una biografía de silencio (debe ser porque estaba o leyendo o escribiendo). Me falta conseguir del todo la atención plena al instante como el budismo Zen; cambiar lo que haga falta de una manera endocrino y cultural; emprender la tozudez de la carne, esos cuatro centímetros favoritos que siempre tiene una mujer, exactamente cuatro.
Sólo ya, tenerme en pie, doblar al acostarme la almohada a gusto, dejar en su medida las cosas como fueron y como son, unas horas de descanso elegidas adrede, la lentitud de estar estable viviendo y escribiendo. De paso, leyendo para satisfacer cada día el deseo que remite a lo que no se tiene, o a lo que se tiene sin saber del todo cómo se tiene.
Por ejemplo el que evite que se note la desolación de las personas. Hay un halo inequívoco que puede evitarse con el recurso inequívoco del abrazo como un amor humano y viejo practicado todavía frente a frente.
sábado, 10 de abril de 2010
NO QUIERO NADA MÁS
Que lo que tuve y me llenó, dejó peso, produjo a veces esos enfrentamientos que en mi caso particularmente ni me dejaban terminar el día. Me gusta la insistencia, la emoción poderosa y fuerte, no quiero nada más. Hasta aquí, llega un momento en que ese intercambio de palabras pueden ser un vínculo como lo que establece cualquier url de la red. Estoy en enlaces que provocan mi lectura como un premeditado acercamiento, pues me gustan y me bastan.
Esas sensaciones que nunca me las callo, que las he contado una y otra vez, que son mi euforia y mi desorden a estas alturas de la vida en que me rodea el orden, sé romperlo adrede. Son nuevos registros de mi base de datos que está apoyada en estos dos cimientos –lo digo por si alguien no lo sabe- veinte mil imágenes donde no haya nunca sólo un paisaje por hermoso que sea, siempre quiero que lo ilumine la persona, también desordenada, su cabello, su postura, su demanda. Si es una mujer debe ser como en “Mantis” dice Mercedes Castro “cuando pruebas el sabor de un hombre ya no puedes parar”, o en el comienzo: “Esto funciona así: "tú te dejas ver y ellos se dejan comer.” (Por eso vengo explicando siendo hombre cómo me dejo comer)
La otra apoyatura, la sabéis de sobra: las necesarias horas leyendo cómo se comen a los demás, que cada palabra propia o ajena, me envuelve, me emociona, me obliga a necesitarlas, sin gramática ni miedo, hasta esas situaciones que son difíciles de convertirlas en palabras; cada una de ellas pesa más o menos, tiene su densidad, a lo mejor están de más cuando existe el deseo, pero yo me sujeto tanto en ellas que las sencillas las hago obscenas y las que parecen un juego son una caricia.
Todos aquellos momentos que estoy dispuesto a repasar aquí y ahora, que sus dueños o dueñas sabrán el nombre y apellidos, he decidido ir contándolos, como a tope para no querer más, para provocar una simple expresión de máximo cariño, una necesidad que se convierte en variados sueños donde siempre estoy yo y quien se puso conmigo. No quiero nada más pero tengo necesidad de explicar donde tuve el más, donde me sentí curioso y joven, me fui haciendo esponja insaciable de palabras y actitudes, me dejé comer y cómo fue eso.
Lo he dicho muchas veces, tan hecho estoy para el placer, que si no hay placer no me interesa. Busqué en cada ocasión que iré contando, el poder y la calma, y es curioso, la sugestión que ofrece a veces la debilidad. En el fondo, como leyendo una novela en la que lo que menos importa es el argumento, ni quería saber lo que pasaba si entraba en el engranaje que yo mismo había creado.
Me interesa el tacto, ese dominio para dejarte comer. Hace falta una capacidad poco frecuente, unas ganas insaciables, como probado y a falta de seguir probándolo. Es imprescindible el lenguaje, te aproxima tanto que la mano casi desabrocha el estúpido botón que impide un pecho hermoso. El lenguaje que hace que el amor se note; el lenguaje como una condición, un tatuaje secreto en todo el cuerpo, que eleva el brazo, arruga el silencio, asegura la noche completa. Este que empleo porque lo he estudiado igual de joven que de viejo, es un hueco de conocimiento, el mejor pecado que posee el hombre.
Con lo que dije y me dijeron tengo bastante, no necesito más, eso es lo racional, mi sentido común, mi presente. Pero a su vez me digo, pusiste mal el título porque eso que lo que tienes es bastante, que no quieres más, es el atrás y tú siempre has sido un hombre hacia delante, tengo la agradable imprecisión de no importarme los límites. De volver y volver luego de haber dicho no volveremos a hablar de eso y ¡vaya si volvimos!. Siempre supe acudir cuando me dijeron ven.
Y si es así, resultará difícil cumplir el enunciado del comienzo. Pueden decirme de nuevo ven y es un serio peligro ya que indudablemente lo último que me preguntaría es el porqué.
miércoles, 7 de abril de 2010
MI MEMORIA MÁS HONDA Y VÁLIDA
He hecho uso estos días de ella, he pensado junto al mar que nadie ya me iba a esperar al otro lado de la escritura. Y callé un tiempo, recorrí los viales –no sé por qué la playa me da un cierto miedo ya- de esa Urbanización donde crecieron mis hijos, yo me descargaba al final de la semana de tensiones y esfuerzos, el mar me devolvía sedaciones que vas perdiendo y sentía más ricas mis propias sensaciones, esas de la memoria.
El Mareny Blau era un poco mi compañero óptimo de viaje y estos días con unos hermosos cuentos de una mujer, quinta académica de la Real Academia de la Lengua, donde también ella habla de sus compañeras de viaje he recordado con la lentitud que otorga el sol y el buen tiempo lo que me ha valido la pena:
Al mejor amigo que me dio la vida, igual que me lo dio, me lo quitó antes de tiempo. Con él me apasioné por el ajedrez, torcía el gesto cuando no sabía sacrificar una pieza a cambio de tomar el centro; jugaba el gambito de dama como si de damas se tratara, daba lo mismo que su contrincante con negras se lo aceptara o no; con él formé parte aquella maravillosa noche de uno de sus 15 tableros simultáneos: Folgado tenía la sabiduría y la paciencia del ajedrez como un amor que merece la pena. Cuando le vi las últimas veces en su casa, noté cómo se marchaba –no te vayas maestro, le decían mis ojos-, déjame perder otra vez contigo una partida más. Aquella última tarde que me acompañó hasta la puerta de su casa, tan solo me dijo: “no tornes mes, Paco”. (No vuelvas más).Ni rocé su mano, me quedé con su mirada honda y bondadosa, para siempre, para siempre.
Con lo poco que he caminado estos días, era casi imposible que alguien no me saludara, no me devolviera los ápices de vida y de cariño con los que viví en ese imborrable sitio de descanso. Si era una mujer siempre las he encontrado adorables y proféticas. He tenido para ellas la palabra abierta de la vida, un beso preparado y desmesurado por si había ocasión, como ese rayo de luz divina que para mí siempre son.
Si eran otros amigos, he insistido en la calidad de mi estado, con euforia y desorden si hacía falta, me he escudado hablando un poco con ellos en la metáfora, esa rara elocuencia del mundo que puede llegar a ser hasta vicio, seducción o promesa. He hecho camino conversando un poco hacia la memoria más honda y válida que me daba este espacio de playa y mar, he conseguido así estos días la razón suficiente para seguir vivo.
La vida no es lo que sucedió, sino lo que uno recuerda y cómo lo recuerda. Estos días, me he recordado a mí mismo mejor que los demás, quizá. He notado la belleza del mar en el momento oportuno, he tenido entre las palabras ajenas el mayor respeto que pueden aportar los ojos del hombre, el estilo en el ejercicio de la noble observación.
Me he querido y me he hecho de querer a quien he visto, me he sentido más cerca de la mayor certeza, capaz de amar más despacio a quienes más lo merecieran. La vejez suaviza y te otorga a la vez una tremenda fuerza que no la tiene tu físico, sino el impacto que dejas a veces, una elegancia, una categoría propia que no te quita nadie parecida a la propia debilidad de la misma.
Recordando estos días en el Mareny he llegado a pensar que es posible que lleguemos a entendernos todos, unos a otros. Aquí he perdido amigos –como el que os he contado con dolor- otros están cada verano, cada buen tiempo, da gusto verlos, me enriquecen mi memoria y yo les aporto lo que siempre hice: mi deseo de ser como un ser querido que lo único que desea es hacer felices a los demás. Rescatarnos de la normalidad, ir a un sitio imposible, escondido y profundo.
Qué memoria más honda, más válida he sentido, he tenido.
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