miércoles, 3 de septiembre de 2008

Llegar hasta la lujuria del suelo


No leo nunca los manuales de instrucciones y no sé qué hacer ahora. Me siento como embarazoso, a la búsqueda de instantes sueltos de felicidad, de esa que no se relata, según dicen algunos. Yo jamás supe contarla, mejor buscarla. Volver a escribir aquí, cada vez, cada sueño, me va resultando como en familia, ésa que hay que conocer por el camino, no basta que te la den, luego verás tú mismo cómo resulta. Sin ninguna indicación frente a cualquier mujer, descubierta, como pasa siempre que se mezcla la saliva de ambos, la de ella y la mía.

Precisiones ninguna, cobardías las que hagan falta porque hace mucho tiempo ya que vengo escondiendo las verdades en este rincón, propio y escrito para que lo lea casi nadie. En él seré lo cobarde que haga falta, pero lo rotundo, lo osado, no me contradigo. Quiero escribir como en estado de shok, ir buscando cada vez lo mejor a lo que puedo aspirar: el instante de un seno desnudo; el fastidio de no quitarse las ilusiones de encima;  el amor que te elimina la capacidad de hablar cuando ni siquiera puedes ni respirar; eludir la soledad en plena soledad para que pueda bastarme una felicidad unilateral.

Llevo arrastrando cobardemente –como un prodigioso personaje de novela mal leída, los excesos increíbles, la ropa arrancada, la súplica que tiene el placer, la saliva de los dos, el semen, los besos, casi todo, casi todo lo que quise tener y no tuve. Mi cobardía aquí va a consistir en amar demasiado, de cualquier manera para ver si luego en los momentos de calma, me entero de qué es eso de la calma.

Por lo tanto no habrá nada definitivo, no puede haberlo en un viejo que se empeña en decir que es viejo. Porque voy a darle la vuelta a todo. Empezaré –como me recomienda mi entrañable amigo “inalámbrico”,  poder llegar a cimas más altas, pero mi problema está en aspirar a tener tanto y no arreglarme con las cuatro cosas de siempre en el armario. Si lo tenía bien fácil: un libro siempre abierto, ese lápiz permanente para arrancarle los registros entre las páginas que tienen todos, todos los libros; su engranaje, la ternura que tengo al contarlos, cómo sé acariciarlos.

No me hacía falta nada más que ir leyéndolos, tener ese placer que cuesta, esa excitación lenta y segura de verlos amontonados. No necesitaba, no necesito más que convivir con las caricias y poder destinarlas luego. A mí me gusta el verbo, encontrar entonces quien ponga la boca amada; me urgen las miradas para ver a quién destinarlas, estrenar sus ganas de gozarlas para luego perturbarla. Perturbar a una mujer es mejor que seducirla, tiene una espera amplia, aplazar el placer hasta que ella quiera crea un amplio y heroico erotismo. Entonces, seguro, el placer ya no aumenta, aprieta, no cede, sirve la lujuria del suelo.

Y buscando más cosas cuando podía ser capaz sin manual de instrucciones de calcular el mundo, de saber dónde llegaba, de ignorar si se me terminaba me he dado cuenta que no hacía falta plan de ataque, bastaba mi lenguaje como un veneno para expulsar la tristeza. Quiero hacerlo para poder beber, morder, gozar, y hacer así que nada sea definitivo, tenga al menos la cobardía del intento.

viernes, 29 de agosto de 2008

La barrera de los diez centímetros


Necesito cada vez que vuelvo a mi sitio, como una especie garantizada de buen éxito, hacer míos con quienes quieran compartirlos los diez centímetros de cercanía. No debe haber dogmas porque entre cuatro palabras que pienso seguir escribiendo puede estar –de hecho está, el orgasmo más largo de la vida de uno.

Me hace falta el consentimiento pleno, sin cambiar ni de ética ni de edad, pero lo suficiente para que esa exacta medida de diez centímetros entre la ropa usada y las ilusiones intactas, ese tope, me consientan que no sea tope. He demostrado en un fondo de cultura mutua –y a eso le puedo llamar hasta caricia, cómo soy capaz de llegar a ese tacto de diez centímetros de cercanía. Para mí, como una especie de dogma que no supieron enseñarnos, Dios existe porque ha creado una determinada mujer.

Ya voy ganando ese terreno, ya me siento cómodo dentro de él, nada más llegar a mi escritorio privado y único pero descaradamente público. Lo vengo pregonando mucho tiempo que en un hombre maduro caben sueltas por asignar muchas ramas de ternura. Quien la tuvo sabe que me abstendré de juzgar nada de nadie, soy sentencia absolutoria segura porque la necesito propia. Entre líneas se escapan cosas intimas mientras lo que ocultas es lo que más te define; acepto y pierdo, tanto da si ha habido momentos en que no existieron esos diez centímetros, todo era cercanía. Cuando pedí una caricia, gestionada entre los libros leídos, a mí me faltaban, a ella destinarlas; a mí me gustaba el verbo y a ella la boca amada y hablada; a ella estrenar las ganas y a mí el deseo de gozarlas.

Para todo ello sobran los diez centímetros, es dar rienda suelta –como vengo haciendo, como amenazo seguir haciendo, porque en el ser humano hay una disposición inaudita e inauditamente resuelta, a tocarse, acariciarse, abrazarse, a hablar. Hasta lo sacaré fuera de aquí para contarlo aquí, que cuando una bella y anónima mujer sostiene mi mirada en la calle, aún puedo acariciar la idea de que la vida es como un árbol con su entramado de posibilidades, de caminos que podía haber recorrido y voy a recorrer aunque se me haga tarde.

En qué enredo me he metido por dejar el mar ahí, casi a mi lado, pero me he quedado solo -los libros que no he leído me recriminan mi lamento, sólo con mis silencios deseados para llenarlos lo más posible; sólo a lo mejor con poco tiempo para sacarle partido a un abrazo; sólo cuando vuelvo a acordarme en el instante que le dije a alguien, tú no te puedes morir, que te he inventado yo. Y vuela como una mariposa.

Pues enredado estoy de nuevo con las palabras que me propician a lo mejor muchos caminos nuevos porque convencido estoy que vivimos una sociedad con una minusvalía emocional muy poderosa. Pero hacer lo contrario lleva mucho trabajo. Me quedo con el descaro del belga Beigbeder “¿Crees que me amarás algún día? Es largo –fue la respuesta, el amor es un trabajo.”

Un trabajo dispuesto a admitirlo pero para el que hace falta que no existan ni un centímetro que no sea capaz de suprimir la barrera de cercanía. El remedio: amar hasta la asfixia y contarlo luego. Y ya que empieza el invierno necesito como un apetito insaciable, estupefacto, nuevo. Así de transpuesto me he quedado frente a un montón de libros nuevos, las cosas que tendré que contaros, ver que no puedo envejecer en un mundo en que si sabes hacerlo, está prohibido envejecer.

Esta cita ya es repetida, como su autor, Beigbeder: “"Las mujeres son mi sacerdocio. Quiero conquistarlas como un continente.” Pero un continente en que una vez en él será atañer para su aval y su defensa. Un continente amplio, poderoso, tierno.

lunes, 25 de agosto de 2008

Eres lo único que tengo

Para "El Gavilán de Rumbau"

Dijiste esas palabras - porque no tenías además otras más reales, aquella mañana al salir de mi casa. Te marchaste como un ejemplar que forma parte de mi vida, asombroso, seguro en su elección, abrazado a mí. Optaste por ser libre – me lo explicas cada vez, y la libertad es un pesado fardo al que te acostumbras igual que a la muerte. Para ser libre has suscrito la soledad en tus entrañas como una vocación secreta, eliminaste los códigos para acercarse y alejarse, vienes practicando un arte que no es capaz de aprender casi nadie, una sensación que te noto cada vez mirándote la mirada.

Lo nuestro, de lo que hablamos cada vez, ya carece de respuestas, no pueden provenir de ninguno de los dos. Tú has tenido siempre –y sigues teniendo, el poderoso cerebro donde podían estar las claves de lectura de cualquiera. Eras perdedor como me siento yo, pero cuando querías, capaz de abarcar, doble y mitad. Ahora, cada mañana que nos vemos lo tenemos muy claro, hemos asimilado la vejez, se nos ha terminado nuestra dosis de cuerpos frescos y nuevos, hasta si quieres no tiene demasiado poder el poderío del presente.

Lo único que cabe hacer, es lo que tú has hecho este verano: esperarme, como la imagen de ese niño que no puede ser nadie más que tú deseando mi vuelta. Yo he traído los cansancios de la supervivencia inevitables pero no elegidos, intercambiaremos al volver a vernos las imágenes de antes como cromos infantiles de desahogo y paciencia. Consumiste perfecta la espera porque la vida es lo que hacemos, lo que esperamos, lo que no pudimos hacer. He procurado no entretenerme más de la cuenta porque sé que vivir esperando desgasta. La espera es un ángulo, Gavilán, y en su vértice siempre surge el encuentro.

¿Qué vamos a hacer ahora? Lo que veníamos haciendo. Tú traerás cada mañana que vengas a casa esas dosis de memoria desde nuestros antepasados y ese poder que tienes es tal que puede desplazar la realidad. Vas sembrado cada vez detalles de tu memoria que hemos vivido juntos, los desgranas despacio, a veces tienes tanta minuciosidad que pienso que te los inventas. La mía es muy propia, únicamente me vale como el atlas de mis lecturas esparcidas por la casa, el itinerario de los libros, las pausas en cada cita porque ya lo sabes, escribimos lo que escribieron los demás, más o menos, es como mi manera de ir leyendo.

Las menciones de esas citas en tu caso no requieren escritura, están en tu cerebro, te han cabido, no se salen, te vale la selección del recuerdo.
Miro de nuevo a ese niño esperando y te estoy mirando. Somos –si te parece, unos adolescentes para siempre con una forma de envejecer que no tiene historia. Hemos inventado entre los dos una especie de resurrección de lo que dejamos mucho tiempo en suspenso sin tener que morirse antes porque vivimos en un mundo donde está como prohibido envejecer.

Tú lo entiendes mejor porque necesitas poco, te arreglas con cuatro cosas, te mantiene vivo tu cerebro, con el que llegaste a saberlo casi todo. Me dejaste poco sitio, pero no importa porque el sentido de la vida es su carencia. Tuve mucha menos y me equivoqué al querer tanta. Ahora, no me importa, me siento muy orgulloso de sentirte tan cerca, como una metáfora insolente –ya sabes mi manía por leer tanto a Umbral, he tenido la ocasión de que vinieras a quedarte, a esperarme cada vez que me aleje con el heroísmo de los que carecemos de futuro.

HISTORIAS DE MUJER PÉRFIDA Y DESAMOR


Por “El Gavilán de Rumbau”

Cantaba los domingos, el atardecer, a esa hora en que se apagan las teles y la gente sale al fresco, por ver de estirar las piernas y acallar las penas. Se ponía en un recodo de la Calle La Cerviz, a espaldas de la catedral, zona peatonal de poco trasiego en festivo y a esa hora –lo que adecuaba felizmente al hilillo de su voz, pero acababa siendo desdicha a la hora de hacer recuento.

La parte vieja de la Ciudad andaba en fiesta, plagada de buhoneros, de gente malhadada y sin cuartel, variopinta, sí, pero unida por la desgracia de haber nacido a deshora y del revés. Él se despintaba, en cambio, de todos los demás, igual que fuere un príncipe que pasa de civil entre el populacho.

Se sentaba sobre un poyo bajo soportales, en los aledaños de la Catedral, con su guitarra entre piernas, por el camal abierto del short asomando sin querer intimidad; y cantaba con desgana, derrotao, una voz inaudible, quebrada, que arrastraba en las flexiones hasta dejarla huérfana, deshilachada, se aniñaba. Cantaba lo fregada que es la vida, el desengaño, historias de infortunios y amores atravesaos, de mujeres que no son de fiar, a las que llega siempre el día de tener que perdonar.

Desconfiando del poder recaudatorio de su música, la acompañaba cuidando de una absoluta soledad en el entorno, de alguna que otra mirada entreverada y sonrisa cómplice, que dedicaba de vez en vez, a los escasos transeúntes que enfilaban tránsfugas la bocacalle.

Andaba yo muy bajo aquella tarde, yo diría, más bien, desesperao. De tiempo atrás, que me venía repitiendo el horror con que aguardaba el día en que no hubiera niños en mi casa. No sabía lo que haría para llenar con algo el vacío de mi vida, el material vacío de mi casa. Por primera vez al cabo de tantos años, llevaba un mes viviendo solo. Y al pasar por La Cerviz, allí tirao, a la sombra de la torre mora, el pibe cantaba “Flaca”, una tonada porteña, una milonga, lo vi tan lindo, desengañao, cantando para sí, pasando por entero de todos los que pasábamos.

Me senté distante, dándole frente –por preservar la soledad buscada, le escuché paralizado. Me fijaba en quien le daba, pasó una mujer de negro, que debió ser joven, con las uñas plateadas, se saludaron, la sonrisa de él delataba haber amanecido juntos más de una vez, enredaos, “que no me ha sabido a nada” –como rezaba la letra de su canción.
-Te dan más por ti que por tu música, porteño –le dije; y tú lo sabes mejor que nadie. Yo tengo que verte cantar; si no te miro, me vale menos que nada.

-Soy Río platense. Sí, las mujeres, cuando salen de la catedral me echan.
-Mujeres frustradas y en retiro, tú tan pulcro, con el pelo cortao y peinao como Dios manda, ven en ti al hijo que no tuvieron y ya no pueden tener.
Y no se cansaba de cantar el alma en pena. Porque siempre era lo mismo, el mismo desasosiego y desarraigo, la misma historia que acabó fregada. Yo me hice de él un patrón a mi medida, que andaba por la vida solo –por más parentela y mugre que pudiera rodearle, lejos del mar, del Buenos Aires querido; sensible a los halagos engañosos de la hembra, buscaba en ella la madre que nunca tuvo. Debió sufrir un revés, un fatal desengaño, quizá la mujer de negro rufián, de mirada torva y uñas plateadas. Y cantaba en desagravio para sí, ahogando su desdicha entre aires y milongas, pasando por entero de los que pasaban.

-¿Conoces la leyenda del flautista de Hamelín, al que se llamó para que librara al pueblo, infestado de ratas y se las llevó con su música detrás?
Lo que nadie pudo prever es que se llevara a los niños, también. No dejó uno. Tú haces lo mismo, porteño, te llevas la calderilla y a mujeres en el climaterio y pobres viejos, como yo detrás. Y me miraba sin bajar la guardia, reticente y con recelo.

Así que cada domingo, a la hora que sabía habitual, iba yo a verle -más que oírle cantar; y él no venía. Y así un Domingo y otro, y un mes y un año. Hasta que un día me sorprendió un aguacero en La Cerviz. A cobijo de los soportales, aguardando a que aplacara –ensillando hasta que aclare, como dicen ellos, se me acerca un compinche, ¿sabes?, me dice, el flautista se quitó la vida.

Me lo temía. La lluvia trae siempre consigo estas cosas.

Pero fue pura patraña. Porque andaba el verano por acabar, que una tarde que me fui dando un rodeo por las tapias de la Catedral por ver de entretener mis males y olvidar, me lo volví a encontrar, sentado en los aledaños con su guitarra entre piernas, algo ajado, sí, sin aquel brillo de su mirada intencionada, en menoscabo; pero la misma voz desteñida, del color y el sabor de la desgana, la misma historia de siempre de mujer pérfida a la que hay que perdonar, de noches que no supieron a nada, cantando sin piedad el desencanto. Que el amor es un disco rayao, no más que una canción que se te va en humo y deja la cicatriz, que no merece las lágrimas de un chico.

jueves, 21 de agosto de 2008

Otra vez las misma claves de lectura


Lo vengo avisando, lo vengo necesitando. Tengo la compañía profunda del mar a escasos metros, pero la uso solo como mirada tierna y consentidora, no lo gasto el mar, me sirvió en su tiempo, está bien en su sitio desde donde lo veo cada verano, pero mi rostro y mis necesidades se giran hacia la ciudad como animal de ciudad que soy, igual que si la amara sin poder soltarle la mano. Avertencia: por eso ya hace días que me pesa cada día sin ella. Mis escapadas son como infidelidades a mi estancia, pero al mismo tiempo insuficientes. Amo la ciudad como un trabajo largo y satisfactorio y tengo que venir aquí a contarlo cual una especie de exhibicionismo inagotable.

La convivencia con los puntos calientes de mi ciudad me permite recuperar mis claves de lectura. Es curioso, no son los libros ni los autores, ni la temática como una forma de pedir perdón que viene luego. Todos quienes me leéis lo sabéis de sobra, soy un nato perdedor gustoso de mis derrotas, a la vez doble y mitad de quién me quiera, acarreo las dudas pero me las toleran porque detrás de mi lenguaje hay una verdad que nadie duda: a veces una cara estampada por las lágrimas, otras, en cambio, una fortaleza que he aprendido cuando la pedí aunque no me la dieron totalmente.

Volveremos, pues, a zonas oscuras sin respuesta, pero a sitio de vivienda que no deja de tener nadie porque ninguno se queda sin casa. Otra vez los huecos que he descrito tantas veces un poco desordenados pero plenos de mi riqueza siempre al ocuparlos. Que nadie me pregunte cómo me las ventilaré ni el otoño ni el invierno, no son otras estaciones, simplemente ya no son el verano, nada menos.

Una vez lo expliqué: iba por la calle y de repente vi colgado en un balcón como una forma especial de intentar vender la vivienda, no estaba nada mal –“se alquila habitación para gritar”, es decir como un espacio propio que no iba a hacerle mal a nadie ni nuestra desazón, ni la forma de girarnos, de decir que ya no podemos casi seguir viviendo. Una forma de gesto, una impaciencia. No necesito alquilarla, si venís de vez en cuando –tengo sitios de sobra, sabréis lo que es un hombre que ya le puede sacar a la vida poca vida, que tengo que repetirme, esclavo de mi propia tiranía, pero que tengo mi mejor parte sin mentirme, amando a una extraña cada vez, me acompaña la lascivia que es puro presente, orgullo de ser así, inmediatez para mi gloria.

Ya lo veis, las mismas claves: si se trata de mujeres sin conocerlas, verificar su respeto y su llamada, perpendiculares en mi eje vertical para poder así acumular –lo dije al irme, nuevas dosis de ternura. Necesito, -¡oído, cocina!, capacidades infrecuentes cuando parece uno tener las estructuras básicas bien cubiertas. Hacen falta trucos que prohíban casi la sonrisa porque la seriedad es más sexy, bocas disponibles para besos que se escriben primero y se desean luego, elevando los brazos para que tenga su sitio el pecho, la vulgaridad del goce luego, su silencio.

Las mismas claves que no me completaron y todavía recuerdo, noches pensando que los recuerdos pueden ser un cimiento pero son apenas el comienzo. Que me llamen y vuelvo, que sigo siendo el mismo hombre de palabra que nunca se me hará vieja con una vida abierta para penetrar en otra, para llenarla, nada menos.

La mejor clave para acercarme a mis lecturas de nuevo cuando voy a dejar el mar más lejos. Mi grito de reclamo no tiene riesgo, es ofrecer una parte de vida pausada y tierna, admirada y escrita para leerla y compartirla.

viernes, 15 de agosto de 2008

Un gesto antiguo y sabio en casa ajena

Lo necesito para quitarme el cansancio, la ausencia y la vejez, desnudarme del todo por lo que se me quedó fuera y hacer como que sigo, que me van a pasar los días sin pesarme demasiado. He dejado en mi propia casa sosiegos que no me va a dar nadie, pero al menos –en casa ajena, que no debería ser tan ajena, quiero que no me aparten los libros de donde los he dejado, el paquete de tabaco, casi hasta cambiar la manera de sentarme.

Pierdo cuando estoy fuera de casa la audacia que siempre me permiten las palabras, me baño de timidez y de ausencia, de casi hasta preguntar sobre hábitos de convivencia. Me falta la codicia de lo propio, la manera de ser que me ha servido para cautivarme cautivando.

Me siento tan extraño que me palpo los interiores, casi obscenamente ya que los exteriores si no son excepcionalmente dos casi mujeres, no me los tocaba nadie. Y por fuera todos tenemos las raíces de las caricias que nos dieron y supimos devolver. Necesito ese deleite, esa lascivia siempre amando con el goce de lo extraño a lo que debería ser propio. Hay una inaudita manera de expresarlo, no respirando, sólo abrazando.

Está claro pues lo que he hechado en falta: necesitaba como en tierra firme brazos de par en par abiertos para tener siempre a alguien dentro. Es una neura tan humana y tan tierna que no me la debe negar nadie, ni la “picaresca” –término ajeno, que tiene siempre dentro valía cuando usamos solo las palabras. Ni tampoco la seguridad que sientes luego al bajar los brazos, al pensar que también en casa ajena puedes ser querido y poderoso con esa extraña fuerza que tiene siempre un hombre enamorado del amor para que lo quieran, dentro y fuera, aquí o allá, de mañana o al atardecer, cada vez que te notas un poco más viejo e inseguro en busca de palabras que te salven o de sílabas que te unan a alguien luego.

Vaya manía que le tengo a no tener los necesarios detalles que son eso: un gesto, una indicación que cualquier cosa que veas cerca, es propia. Yo seré a cambio sabio y prudente, sabré estar en mi sitio, alegrar compañías, contar lo que sé de la vida por haberla vivido con enorme insistencia. Sabré desde el papel que tenga hacer como los amantes que llegan hasta el fondo, así le llamo yo a eso de la experiencia: un fondo difícil de alcanzar, hay que alargar mucho el brazo, ser amigo del dolor demasiadas veces, pensar que ya no llegas y sin embargo llegas. Eso es para mí nada menos que detalles.

Por eso tengo ganas, he sentido unas enormes ganas todos estos días de volver a pagar el peaje de la soledad bien ganada, bien sufrida, de venir a este sitio y deciros otra vez cómo es porque me lo vengo haciendo propio a ratos, despacio con mis gestos cada vez que escribo, que le respondo a alguien, cada vez que se me acaba el tabaco pero los libros están en el mismo sitio donde estaban.

El orden de lo propio no elimina lo ajeno –que además no debe ser ajeno. Vengo echando demasiados días en falta la caricia que siempre deben tener mis mejillas de quienes deben acariciármelas, porque detrás está la inmortalidad de los recuerdos, de lo que hicimos por los demás, de cómo fuimos capaces de tener siempre a mano una mezcla de sonrisa y de cariño hasta en el silencio.

Pronto estaré de nuevo en casa propia. Desde allí seré capaz de acercarme a cualquier ternura que me llame. Tendré ya que probar a entrenarme.

martes, 12 de agosto de 2008

Baño compartido

Es curioso, unos días en la playa de Tarquinia, a cien kilómetros de Roma, en una hermosa casa, habitada escasamente durante el año por sus dueños, donde mis horas pasaron con la tranquilidad de siempre, de los libros abiertos, de los sueños aquejados de una lentitud incurable, con ese viejo ropaje de la soledad que había dejado, resistiéndome, enérgico con ella, más vivo que con otra manera de estar precisamente vivo. He traído recuerdos, momentos de agradable compañía bajo la égida augusta de un gran patriarca romano, su terca generosidad, la amistad improvisada –con lenguaje diferente, de mi “amica” Amalia, dando bien cuenta en cada cena con 18 comensales, de las mejores reservas de un vino que su dueño obsequiaba para que nunca dijéramos bastante. Una noche hubo que improvisar un regreso a pie hasta la casa de mi inolvidable amiga y en la reja de entrada de suhermoso chalet, dejé no sólo el roce de mis manos sino además la turbia mirada del alcohol que ambos habíamos ingerido.

Contaré mis recuerdos, mis incomprensiones, esa extraña manera que uno tiene de no sentirse en casa aunque los dueños –genes incluidos, quieran hacerte pensar lo contrario. Explicaré si soy capaz de ello como tan hermoso hogar es tan pasajero que nunca podrá ser un hogar. Me apoyaré para ello en las causas inevitables de sus dueños.

Se van, no obstante, completando los detalles ornamentales de la vivienda: ese espejo antiguo que cubre una de las paredes de la sala o la mesa del centro, fruto de una subasta que tuvo la debida puja. Y en cambio, la luz que me faltaba junto a mi cama, testimoniaba mal cómo prolongar las madrugadas con la lectura de las casi 700 páginas de la novela de Larsson “Los hombres que no amaban a las mujeres” –debe ser que buscaba mi propio contrasentido.

Pero todavía no he empezado a explicarlo: lo mejor de estos días –y lo haré con más detalle, el baño compartido con dos niñas que habían ya empezado su insistencia en hacerse mujeres a los 16 años. Lo pregonaba: el pequeño bikini en sus cuerpos antes de marcharse a la playa mientras se lavaban insistentemente los dientes –un iPod en sus oídos, -“pasa, pasa que ya terminamos” e intentar hacerlo por tan estrecha puerta tenía su recompensa con los dientes limpios: un beso que comenzaba en el ángulo inferior de mis labios apretado desde el centro de los suyos. Y la osadía luego que tenían sus vestidos cada cena.

Lo mejor de estos días su coquetería, su alegría y su cariño, mi propuesta indecente:

“-¿Me dejáis que lea los mensajes de vuestros móviles?
-Vale, ahora más tarde, para leer nosotras los tuyos luego y que salgas perdiendo en la manera de medir el deseo.”

Contaré muchas cosas de ellas entre medio, de los genes comunes que tenemos, de lo distintas que son con los mismos años, los mismos días, casi el mismo instante en que nacieron. Es inevitable que si desde los 6 años he ido verano tras verano al aeropuerto para que vinieran solas a mi Mediterráneo –cartelitos de sus tres idiomas casi colgando a la vez desde el cuello, sean mís favoritas de una manera muy especial y única, para poder compartir el mismo baño, roces de cuerpos y sentimientos.

De este primer apunte me quedaré con la fiesta popular en la arena de la playa por la noche, justo horas antes de regresar a mi soledad abundante, mientras nosotros regresábamos de una cena en una casa rural bien ambientada. La advertencia de su padre, -“os quiero a las doce en casa y secas, no bañaros tan de noche.”

Yo recogí cuando llegaron el abrazo entrañable y húmedo de sus cuerpos mojados. No me hablaron, ni me dijeron adiós, se rieron, me besaron como si estuviéramos continuando el baño casero compartido.

lunes, 4 de agosto de 2008

Prefiero el traje antiguo y caduco de la soledad


Va pasando esa sensación de saludo intermitente que tienen los veranos- no se me ocurre mejor manera de nombrarlos, hoy un agosto de recuerdos nublados, una lejanía de vencimientos. Y no me gusta cómo lo estoy sintiendo: tiene forma de una especie de imperativo estacional y emocional.

Me aportan mis veranos bellezas indudables –los descansos me los gané ya hace tiempo, mañanas como la de hoy con la luz por entero, la luz del mar, la más hermosa manera del aliento. Consigo insistencias porque volveré a mi hueco habitual, aunque aquí ande sobrado de tiempo y termine ya varios libros. Otros me esperarán en el sitio donde los dejé, y junto a ellos habrá una parte de historia que no fui capaz de contar. Pues esa parte oculta, voy a explicarla con detalle luego del verano por si no vuelve a venir otro que me exija hacerlo.

La vuelta me va a suponer conseguir lo que ya vengo deseando: el traje antiguo y viejo de la soledad, las maneras que ya se me han hecho necesarias, las rutinas en rincones tan propios que me aportan la hermosura de las cosas cotidianas pero únicas. Repetiré muchos gestos porque hay una belleza en esa igualdad, una forma de sensatez conmigo mismo y con los demás.

A todo regreso se le tiene ganas, porque el instante de la ida nunca es del todo seguro, ni cambiando el paisaje, las personas, las formas de descanso, la brillantez en las recepciones. Todavía no me ido y ya quiero volver, prefiero las realidades que ya tengo, las ocasiones que yo mismo provoco, el talento para las cercanías que necesito, la posibilidad de un beso viejo, seguir empeñado con los viejos trucos, escribir de la mano del tiempo sobre el poco tiempo como una última lección que me queda por vivir.

Ya no le puedo decir que no a varios días fuera de mi antigüedad y mi soledad, ya es preciso marcharse pero tengo que escribir como un aviso de carta que me asegure la vuelta, para ver de nuevo a las gentes que conozco como una impresión de eternidad que llevo siempre puesta. Salirme de la soledad desgasta y ya siento que algo no tiene retorno al no poder evitar la salida.

Eso sí, quiero conservar el poder de mi lenguaje para contar honestamente por qué me sentí mal fuera de mi soledad, de mi propia lejanía; la parte de la historia verdadera y callada de que hablaba antes; sensaciones hermosas que tuve pero que no fueron suficientes; el ansia de lo propio, de lo escaso pero necesario.

Explicarme con palabras lo que ni yo mismo entiendo, esto parece que no tiene nada que ver con la ida y con la vuelta, pero fue una especie de brillante ida y un deseo de llegar en mejores condiciones. No sé por qué –pero es así de cierto, que sientes al final de la vida como si estuvieras siempre terminando mal los veranos, que no tienes la acogida que necesitarías, que es mejor enseguida que te vuelvas a tu rincón caduco y viejo, igual que lo eres tú. No hay ofensas ni agravios, sientes decepciones y nadie se da cuenta que te está decepcionando. Es un cómodo y necesario recorrido por el que fuiste y ahora estás regresando con pocos atractivos para casi nadie.

De ahí las conclusiones, la hermosa soledad que no ofende a nadie pero que uno la ama tiernamente. Se me va acumulando en las arterias la soledad de alguien –de quién sea, aunque queda quizá el consuelo que es la más hermosa manera de comunicarse.

Tardaré escasos días en vestirme con el mismo traje pero al mismo tiempo con una ternura desmedida.

jueves, 31 de julio de 2008

Miento cuando digo que voy a dejarlo todo

Miento cada vez que lo digo, que me quiero aferrar únicamente al instante anterior. Y no es cierto porque no hay tiempo mejor que el que no se ha vivido. Me dan miedo las antiguas agendas de la soledad y buscar allí una anotación es una falsedad. Dejarlo todo es estar dispuesto a conseguir lo siguiente. Pasa igual que con el amor de pronto te das cuenta de la sorpresa de haber amado y vas a ver qué pasa en el amor venidero.

Pues con nuestra conducta ante la vida ocurre otro tanto, el tiempo es algo más que tiempo y enamora la voz del poeta Colinas:
“Comprenderme estoy hablando de ese/ que nunca he sido y que quise ser.” Porque cada uno de nosotros tenemos instantes en la vida en que con aparentes signos de abandono anterior queremos ya ser el que seremos y esos pasos acelerados que hay que dar nos equivocan y hacen que puedan confundirse con nosotros aquellos que nos quieren y a quienes queremos.

Luego, cumplo cada mañana, parece como que me sonríe el mar desde lejos y me impone ese mandado: sigue siendo, ya te vendrá el tiempo venidero pero no dejes nada de lo hecho, renuncias ninguna, serán la fidelidad bien pagada, la manera de sentirme a gusto con lo que hice, como lo hice, en cada instante que lo hice.

Vamos a ver, si es así ni me van afectar lecturas ajenas por muy convincente que sean. Sé que empiezan a hacer daño ideologías del consumo hasta de los sentimientos como si no hubiera “otra opción –en expresión de Boris Groys en su obra “Bajo sospecha”, para disentir que "reivindicar la infelicidad, la enfermedad, el fracaso, la ruina.”

Vamos a ver –insisto, cuando vienen esos momentos de infelicidad, cuando piensas en ese radical dejarlo todo, en no tener más en cuenta que el tiempo venidero, lo siguiente, haces cuentas y tampoco estuvo ni está tan mal. Hay ruinas en muchos sitios a tu alrededor que te son propias pero junto a ello, como en el amor sorpresas de haberlo hecho, simplemente, y nada menos que eso y te abrazas a ese presente como tantas veces he escrito sobre la forma de los abrazos y me lo han contestado: el amor humano practicado frente a frente; un tacto recogido apoyándose en la espalda, no sé, una forma de negar la renuncia.

Pues habrá que sacar conclusiones de por qué estaba dispuesto a mentir: a mi tiempo alguien le llamó “el oro quedado de la edad”, no contabilizar demasiado bien algo tan sencillo como es verdaderamente el tiempo o darle unos valores que no tiene aunque sea como morirse a ratitos; que cada historia apoyada en el tiempo tiene el mismo valor del siguiente. Luego no debe ser tan cierto –cosa de poetas, eso que no haya nada mejor que lo que no se ha vivido todavía.

No dejaré nada, no renunciaré a nada, mentiré rotundamente cuando diga lo contrario, me quedaré: con el amanecer de este momento –hasta tengo la luz encendida sobre el teclado porque apenas lo veo, me viene el recuerdo de algún truco que quedé en contaros, la hermosura invencible de unos brazos levantados, borronear con mis dedos sobre su piel: la “b” alrededor de sus pechos, una “a” a lo largo de sus brazos y una “s” entre sus piernas.

No es un truco: hecho y pensado, ojala pudiera quedarme toda la vida entre aquellos brazos, móviles como una mariposa pero quietos en su hermosura. Luego, no puedo dejarlo todo. Aunque siempre cada línea que escribo, cada entre línea en que dejo espacio es para comprobar si puedo de nuevo llorar de gozo.

Siempre me queda, no obstante, una frontera por cruzar.

LA LLAVE ESTÁ EN LA PORTERÍA

Por El Gavilán de Rumbau
El era así. A lo largo, a lo ancho y hasta el sedimento mismo: amargao, las tres dimensiones del resentimiento.- Decía ser un niño de la piedra, de los que la madre abandona al nacer sobre la losa, a la puerta de la Iglesia, al cuidado del cielo; bastardo, nacido de una noche de amor, sin las componendas ni cambalaches de los sedicientes “legítimos”. Se quejaba de que la gente no habla. Y así nos cunde; cuando vienes a enterarte de qué va esto, se oye la voz del director de escena: “telón”; en el primer tercio de la vida andas ciego; en el segundo, aquejao de cataratas; y al ver la luz al final del túnel, te das cuenta que te has equivocao de plano y nada tiene remedio. Es el vicio nefando de buscarle explicación a todo, de empequeñecerlo, cuando no hay que preguntarse nunca el por qué, no pedir nada a la vida y tomar las cosas tal y como vienen.

De tiempo acá que se sospechaba que el bien y el mal tienen el mismo origen, son la haz y el envés de una misma y sola cosa, es cuestión de cómo lo tomes, ni del todo amargo, ni tampoco el empacho de lo dulce. Mira, si no: cuando la lluvia arrecia, los hombres se embarran y los cerdos van quedando limpios; y con el mismo aliento de la boca con que me caliento las manos, se enfría el caldo –de donde se extrae su moralidad.

La Primavera anda metida en agua, toda la noche lloviendo, un estrépito sobre la madera carcomida de la galería acristalada. Agua, viento y cuchilladas desde la cama. Y así debía de ser todo, estar a verlas venir, que las ves pasar, nunca hubo nublao que no escampase; que no te tienes que mover: el pez te lo trae el rio. Habría que suprimir el sujeto: al igual que se dice “llueve” o “hace mal tiempo”, decir también “se sufre”. Necio error el de teólogos y zoólogos que pretenden hacer del hombre el eje sobre el que gira el universo, cuando no pasa de ser un mísero componente molecular infinitesimal de los billones de especies que lo pueblan. Se te suprime de golpe y todo sigue igual, no hay nadie que se dé ni cuenta, que nada se seca tan pronto como una lágrima.

Nos decía que deplorar un solo hecho real es blasfemar del Universo, que la palabra clave es aceptar, compartir –que la vida empieza de dos en adelante. No hay, en cambio, sino amor propio, el amor no es nada, no merece las lágrimas de un chico. Que nada hay tan parecido a la felicidad que echar de menos; si lo logras, lo malogras; el amor, o es imposible, o no es.

Y andaba siempre igual, dando vueltas y más vueltas a lo mismo, erre que erre, que dicen que el caballo ciego es el preferido parala noria; que de Demóstenes se cuenta que, al final de su vida, se cegó de su propia mano, para mejor comprender los misterios de la humana naturaleza. Y Empédocles, obsesionado por las erupciones del Etna, se arrojó al cráter en plena ignición del que salió despedida una de sus sandalias de bronce.

Nunca pretendió aleccionar a nadie, que en la vida hay los que saben arreglárselas y los que no; y los que no saben, moralizan. Y menos aún asumir un credo: veía la creencia como la antítesis de la fe, algo que genera ansiedad en lugar de complacencia, que te retiene en lugar de dejarte en libertad. El que ejerce control y dominio sobre su vida, no precisa ponerle en manos de ninguna deidad.

Anoche, cuando fuimos a pedirle parecer, nos lo encontramos muerto. No contestaba al teléfono y, cuando llegamos, tuvimos que entrar con el pañuelo en la boca. Tanto cuento, el hombre y luego sólo sirve para juntar moscas. La Iglesia de Roma le vetará el Camposanto- Como si hubiera habido alguien que no haya ido quitandose la vida que le negaron los demás, poquito a poco, ejerciendo el sagrado derecho a desautorizar a quien le trajo al mundo sin pedirle parecer.

En la mesilla de luz había dejado una nota que lo explicaba todo sin decir nada: “me voy y no vuelvo; la llave está en la portería”. Al buen entendedor las palabras le vienen sobrando.

Vale. Te seguimos. Detrás de los que nos precedieron, guiando a los que nos van a relevar –que no hay nadie que no pueda ser de provecho, y no es poco si no hace daño. Sin escatimar esfuerzo ni alivio del viaje, que ya descansaremos bien a bien cuando estemos muertos. Poca es la ventaja que nos puedes haber sacao. Ves haciendo sitio y espaciando, que a menos bultos más claridad. Y que no tarde, que me muero de ganas de saber lo que viene después, de ser otro sin dejar de ser el mismo, sin que nadie me toque la noche estrellada, el goce, llegar con la mano el sueño.

sábado, 26 de julio de 2008

Tengo la carne para la ternura

Con una ropa de distancias cortas, una aproximación a lo que me atañe y a lo que quizá no es preciso pero como no se parará el corazón nunca –víscera gratuita para los demás, todo me sigue produciendo asombro, esa categoría de la cotidianidad, de lo que parece más común, a veces la simple casualidad pero yo la interpreto apretada y tierna y la suelo contar, ya lo veis.

A veces importan más los que pasan y no los que se quedan, identificarnos con aquellos casi como una vanidad de la derrota, por eso he explicado ya en muchas ocasiones que asumí el papel de derrotado que otorga la vida y no me hace daño. Detrás siempre tengo ternura en esta vieja etapa de notar más las cosas, las cosas que se me van haciendo precisamente viejas.

Cada situación me crea una clave de lectura y tratándose de ello, leo a gusto. Tengo muy reciente, una voz que me dijo: “ven te necesito” y acudí a convivir los duros momentos del final de una vida. Me importaba, sobre todo, más allá de cualquier viviente que se extinguía en ese momento, quién me había pedido la ayuda. Genes había, pero aunque no los hubiera habido en el reclamo noté de inmediato la necesidad de un abrazo y lo aporté generosamente, hasta el final, hasta donde no me quedaron brazos.

Luego me vine a donde estoy, desde donde escribo a todos quienes me leen porque es mi orgullo tener un solo lector o unos cuantos –tanto da, junto a mí al deslizar mis más íntimas palabras frente un mar azul y quieto que nunca responde, simplemente está y es suficiente. La distancia es muy corta, el poder de su belleza enorme, tiene precisamente pinta de ternura como la de mi carne.

Es una manera de de amueblar una vida que cada vez voy sintiendo más inmóvil. Debe ser verdad lo de Joyce: “el silencio, el exilio y la astucia”. Yo me dejé la astucia fuera desde hace años o quizá nunca supe qué hacer con ella, pero vivo mis silencios desde aquí como una especie de exilio, de final, de despedida aunque haya a quien no le guste que lo escriba.

Mientras tanto voy contándolo como una especie de sacerdocio voluntario con las palabras: hace días ese abrazo por causa de posiciones póstumas de la vida; hoy, en cambio, noto más la piel, como si estuviera más cerca de una mujer. La piel del ser humano necesita un gran número de besos todos los días como un estómago su alimento, y en cambio cada vez va teniendo menos o le rozan ya apenas.

Con una carne para la ternura, echo en falta muchas veces de ese imperativo como una paranoia de la piel a la que le faltan labios porque no tenemos la droga de los cuerpos jóvenes y bellos, una mínima ración de mil besos mojados en el cuello mientras nos giramos, al buscarlos, al necesitarlos. Hay una expresión de Beigbeder que adoro: “Danos hoy nuestros besos de cada día.“ La he leído varias veces adrede, ahora la estoy leyendo para que llegue hasta la lejanía del mar que os conté que tengo tan cerca.

Enamorado, pues, estoy de la ternura, del amor, del reclamo húmedo del beso, de una pose, de un gesto, del recuerdo de unos ojos, y en estos días quietos tengo que escribir menos porque me produce placer hacerlo y para los demás podemos parecer de lo más vulgares cuando gozamos.

Hasta me he estudiado algunos trucos para la carne insistentemente tierna: morderme los labios, acercarme a la nuca de quién tiene algún beso, que uno de los dos levante los brazos, tener la boca abierta más que para el beso para verificar lo que es una mujer. Muchos trucos, que son necesidades.

Ya os cuento...

domingo, 20 de julio de 2008

Los dos verbos más antiguos del hombre


Son sin duda amar y recordar. Me lo trajo a mi rostro el amor de los genes cuando una mujer escasa aún de ser mujer, recién levantada se traía todavía la sonrisa estampada en la almohada y dejaba en mis labios su principio y el mío que iban a ser bien distintos: su juventud insistente en la orilla del mar que yo solo me atrevía a mirar de cerca, pero bastante lejos para la hermosura que tiene.

Y eso que era presente me traía cada vez la memoria de lo que he amado y he recordado. Verbos antiguos, idiosincrasia similar, relación de biyectivmismo, daba lo mismo que no tuviera futuro, eso lo inventan los que no tienen futuro. Y con este presente, con un beso que no se podía estampar más cerca he comenzado a pensar que me lo he creído del todo lo de amar y recordar, su prestigio, su antigüedad.

A lo que iba: esa chica me invitó a que viniera al mar que tengo tan cerca, yo le dije me cuentas, sólo me cuentas porque del mar tienes que saber tú más porque tú edad posee los sentimientos más intensos. Me dijo luego que siguiera con mi cercanía hacia todo aunque era diferente a la de ella, -56 años menos, pero se lo va sabiendo ya casi todo, hasta cuando me ve leyendo, entiende que voy a ir recordando, el otro verbo, el otro verbo de qué hablábamos.

Porque todos luego escribiendo contamos algo de la vida, pero habrá que estudiarla primero, habrá que saber qué vino primero y qué vino luego: cientos y cientos de libros, otros cientos esperando, siempre algo estudiando porque si no te lo sabes ni te vale el amor ni el recuerdo. Igual que la felicidad, la tenemos antes de empezar a buscarla. Y ayer por la mañana me la trajeron en forma de beso, hasta me miraron más cerca imposible: lo más hermoso de este verano.

Algo de recuerdos siempre tengo: me vino al pensamiento deprisa: la sombra de una axila perfecta cuando aún no era casi de noche, la bondad de alguien que busco porque la necesito junto a cualquier recuerdo, amarguras en la región oscura que queda de los olvidos y el beneficio de esa duda que siempre tuve de aquella otra chica de los besos mojados y tiernos cuando me hice novio, novio de la vida por primera vez.

Me siento pues a gusto, aunque a veces con la quietud o con una especie de templanza inventada, duras cuatro días. Hace que vivas el estrés que te buscas cada vez: unos senos que parece que van a desmoronarse entre los dedos; la exacta simetría perfecta que tienen casi siempre los pechos y todo lo ajeno al sexo el creerme mis palabras porque son las que me han proporcionado mil veces el camino perdido. Con todo lo que abandone hasta el tiempo que reste aprenderé, eso, a perder, que es una cuestión de principios.

Porque no quiero ser ganador de nada. Ya me fui una vez pero antes habían sido capaces de darme lo mejor. Perder, porque es lo bueno de la edad, ser capaces de todo, quedarme con el resultado que tenga, no juzgar nunca, es como una lección que aprendí de niño.

Voy a poner todo mi genio de persona en que una niña, bella y tierna, una niña en la frontera preciosa de los dieciseis años, vuelva a darme el beso que me dio el otro día, me lo ha de ir repitiendo a medida me voy haciendo un poco más viejo.

Nada más, tengo bastante, forma parte de los verbos antiguos del hombre. Ayer me lo recordaba El Gavilán de Rumbau: “sólo llevo el corazón y aún me estorba.”

Agua


Colaboración de Rubén


Después de miles de kilómetros surcando la piel verdemar del océano, la ola demostraba toda su sabiduría agonizando sin fuerzas en las piedras redondeadas de la playa, hilachas blancas del perfume de algas adherido de su barba se desprendieron de su historia abandonándose entre los granos de arena de la orilla. Las lágrimas de la lluvia caían por su propio vértigo, algunas gotas decían que era un deseo irrefrenable, volver a tierra, fundirse en ella, continuar el ciclo que empezó cientos, miles de millones de años atrás. Y sí, la brisa balbuceó un suspiro, así pareció escucharse, como una exhalación no mas, sinceramente apenas hubo tiempo para mas, el que tarda el universo en contraerse y expandirse y empezar un nuevo ciclo, sí, y todo en el más hermoso de los silencios. Quien sabe porque, pero esa mañana cuando el sol elevaba su adagio sobre el vientre azur del océano, la gaviota levantaba de nuevo el vuelo, con sus alas acariciaba la seda de las nubes y sin que nadie se diera cuenta, de veinte veces que se zambullía en el agua por alimento, diecinueve era por mero placer. Y de tierra adentro llegaron las golondrinas buscando el verano y no hacían sino inundarse una y otra y otra vez en el infinito océano del cielo, como hilos azabaches enhebrando la filigrana de las nubes, buscando confeccionar un hermoso velo blanco de textura de arrecife, siluetas de arabescos.


Sobre el acantilado dos almas gemelas estiraban sus sombras a sus espaldas en la hierba y, al susurro de la brisa, un diálogo casi sin palabras.
-Cuando hacíamos el amor llorabas. ¿Recuerdas?-.
Y yo ciego de mi preguntaba inconsciente. -¿Qué es eso que brilla en tu cristalino?-.
-Estrellas-, me contestaste… Miles de ellas…

miércoles, 16 de julio de 2008

Amar y despedirse



A lo mejor queda eso solo, casi sin tocarse nadie pero con mimo y a la vez con audacia, sabiendo que dejaste capacidades a las que llegaron pocos y a la vez, sin ápice de orgullo, siempre esperando.

A ratitos mi destino será que me olviden, ya fui capaz de ir contando lo que me pasaba y cuando me enfrenté cara a cara con la necesidad de amar, la lección para sacar de la vida lo que saques. Es complicado, más o menos vas a acabar en derrota, pero tendrás que seguir teniendo en tus labios el sabor deshecho de algún corazón.

Mentir y mentirse cuesta, pero es inevitable: amo y miento pero seré capaz con una palabra de entrar en otra vida y una vez allí ni me puedo escapar ni dejarán que me escape, con un gesto dulce y sabio ando lleno de mujeres. Es mi mérito, es la evidencia de haber sentido. Ya me sale esta escritura: es que amo para poderme despedir luego pero sin salir nunca fuera de con quién estaba dentro.

Y quiero reclamar antes de despedirme de nada ni de nadie una enorme cantidad de carencias. Debieron darme más y de más, hubiera enriquecido mi lenguaje, un arma propia arrojadiza hasta para contar el sexo: follar sin tocarse. Por eso sigo teniendo la necesidad de un destino entendido, prólogo de una despedida, tierna, sin ambages como siempre lo hice.

No lo puedo callar, ni lo callaré jamás: hay una manera de estar junto a alguien sabiendo que no puedes permitírtelo; que un día vendrá un luego porque no puede ser y no será, por eso trae su final. Lo sigo recordando –miento, con la cara cambiada: ya no es recuerdo sino necesidad. Tuve un mimo, una codicia, sólo mirándole los ojos que se me han quedado de lleno entre un par de metáforas y las veces de silencio. Había un gesto, una palabra, una manera de imponerlo que imponía vergüenza hasta en la propia mirada. Era puro detalle, nada menos que detalle. A lo mejor es verdad, dice el poeta que sólo lo perdido se posee eternamente.

Envejezco y tengo que amar y despedirme, amar más de lo que amé y despedirme temblando por si acaso me estoy despidiendo. Amar mezclando las lenguas como hacen los amantes y cogiéndose las nucas porque allí está la insistencia, la seguridad de lo que haces. Envejecer como si no tuviera años sino las palabras que he dicho, los libros que he leído, las veces que no me han entendido.

Amar y despedirse como el destino del hombre en palabras de Neruda. Eso dice Juan Cruz en esos años que cuenta porque muchas veces se lo pidieron. A mí no me lo ha pedido nadie pero estoy en esa tesitura, ya lo he dicho antes que tengo que envejecer –no lo remedia nadie, y amar es un ejercicio físico que me permite mi cuerpo ya que otros muchos no me deja hacerlos. Será alguna postura o una manera de inventarse lo que va a acabar siendo una forma de ponerse cómodo con alguien a tu lado. Sin tocarse, bueno, casi sin tocarse.

Amar y despedirse -¡qué fastidio no consigo quitarme las ilusiones de encima. Amar hasta que pierda la capacidad de hablar, de decir lo que quiero decir: la nostalgia de una caricia, de una piel, de un después. Y despedirse porque todos somos un relato, hemos formado un cuento con las palabras que nos han acabado formando.

viernes, 4 de julio de 2008

Chus Visor me ayudó a indagar en mi vida

Hace días, leí un reportaje sobre ese editor heroico de poesía que nos trajo a los que se nos escapaban los sentimientos por la vida, la forma de indagar en ellos y en ella. Contaba en una entrevista con él, cómo levantó su negocio de libros de poesía. Él solo, a base de pasión, porque si no interviene la pasión, un desdén, una amargura, una mirada perdida ya no nos cabe ningún recurso, nada. Y él hace 40 años hizo de su oído verso, de su vida un tugurio de poetas y entre Adonaís y El Bardo que eran los únicos editores de poesía entonces, hizo su primera declaración de intenciones publicando “Una temporada en el infierno” de Rimbaud traducido por Celaya.

Cuatrocientos autores forman su catálogo ahora, y en las paredes de mi casa entre tanta novela, esos manejables libros negros, casi de bolsillo, duermen aún esperando quizá que algunos no pueda leerlos nunca. Con ellos he vivido que el lujo de la vida y el silencio son amantes, que es el tiempo el que avanza y no nosotros, con ellos a mi lado he hecho cierto una manera de hablar, de caminar, de querer indagar.

Sentado como estoy en mi butaca de cuero y de descanso cuando no tengo madrugadas impertinentes y me hace seguir acercándome a la vida, dejando estar ya el pasado que lo noto demasiado pasado, me duelen los libros de Chus Visor que todavía no he leído, que ocupan una estantería y que no tendré tiempo de leer jamás. Chus rebosa de libros en su casa, treinta mil volúmenes son bastantes libros para terminar al fin con la memoria. En la mía no quiero contarlos porque me dolería demasiado los que no voy a poder leer.

Los estoy tocando, os lo aseguro, unos cuantos pendientes de leer que tienen sitio cerca: Mario Cuenca, Arturo Tendero, Yolanda Castaño, Vicente Núñez, los que me va enseñando mi librera, “hay más cosas de Visor” ¡y ella qué sabe! O quizá me lo note que es verdad lo que dice su editor: que los que escriben poesía hay de dos estilos, los que escriben del amor y los que indagan en la vida.”

Yo he estado siempre entre el grupo de los que indagan en la vida, en su propia vida, rebuscan a ver qué encuentran, cómo fuí viviendo la juventud escribiendo poemas que no leería nadie afortunadamente. Recuerdo como si lo viera ahora, esas cuartillas que le robaba a mi padre de su despacho de médico y en ellas más que escribir, me escribía. Así fui llenando, por fechas, por ilusiones, sobres que se hicieron viejos y amarillos al mismo tiempo. Todavía me ha quedado tiempo de romperlos con cariño y entereza.

Umbral ya dijo que "escribir poesía, o simplemente leerla, es uno de los menesteres más arrasadores que pueden tentar al hombre.” Caí en la tentación una y mil veces, escribía y leía y siempre tuve a mano cuando había momentos en que todo me inducía al abandono, como una estirpe que no merecida, los libros de poesía de Chus Visor. Cuántas veces fue cierto, dentro de mi propia tristeza intransferible, la forma de llorar que nos cuenta Juan Cruz: “mi manera de llorar es estar a punto de llorar”.

Pero cuatro o cinco versos enhebraban los silencios y los convertían en huecos sonoros, en palabras, en la única manera de enamorarse del lenguaje.

jueves, 26 de junio de 2008

El olor de cuando llegas

De mi sitio, el hueco de mis micro relatos, con la particularidad que no traigo nada especial dentro de ellos, me interesa más saber hasta dónde llegan sus alcances porque hay gente amiga que quiere sentirse bien con ellos. Explicar lo que pienso de cualquier sentimiento puede tener apenas repercusión propia, pero me valen, por eso los cuento y procuro sobre todo buscar su hueco más cálido.

Me llega el verano por varios sitios a la vez: en la página de los libros que he leído me adhiero a Bolaño -el chileno de 1953 y muerto bien deprisa en el 2003, con su asombroso alarde de audacia y poderío narrativo de su “2666”. Estoy de acuerdo con él cuando dice que uno nunca termina de leer, igual que “uno nunca termina de vivir aunque la muerte sea un hecho cierto.”

Me aplaza la vida el verano cambiante de mis lugares eternos y conocidos por otros que al menos no son tan propios; me aleja de esas caras de casi todos los días que toman vacaciones sin permiso porque yo necesitaría seguir mirándolas; o los hábitos, y eso que los hombres no tenemos por costumbre quedarnos, huimos, olvidamos, no sabemos cómo.

Me ha creado una pausa esta mañana la riqueza de un abrazo emocionado, tener que buscar una dirección postal para que “Pan de mendigo” pudiera de nuevo estampar la agonía de su palabra seca y honda con las dos clases de tragedia que él cuenta que la vida tiene encima: “una, es lograr lo que te propones; y la otra él no lograrlo.” Tanto da porque es lo mismo. Me lo dejó por escrito unos minutos antes, antes que alargáramos un abrazo en éste sitio cálido donde todo puede durar, eso, más de diez minutos.

Hemos dejado entre medias la hendidura por donde contarnos nuestras cosas porque se han quedado pendientes demasiadas, esa rosa estampada de rojo para su “dulce de membrillo” o las charlas heroicas de salud, hoy te empeñaste en convencerme de tu secreto para ti: “creer que no se está enfermo y vivir como si se estuviera sano.” Me hubieras hecho falta esta tarde, “Pan de mendigo”, para no tensarme otra vez inútilmente en esas ásperas salas de espera, donde no se sabe nunca bien lo que esperas.

Y mientras, aquí también este verano, estará no ya por temperatura sino por ganas de acogida y de aventura, éste sitio cálido que he inventado para un grupo de amigos y amigas, este escritorio para escribir como a dos velas lo que pienso, lo que termino de creerme, lo que ha estado muchas veces y sigue estándolo en las palabras de respuesta o en los silencios que hay detrás, tan callados como hermosos de quienes a la vez que me leen, me entienden y me quieren.

No me hace falta nada más en este sitio diferente, propio, anhelante, único: la mano ajena que me toma la mano; querer y que me quieran con esa inquebrantable tautología del deseo; soñar en el día siguiente si es posible desde hoy antes de que se haga tarde; ya no vivir más hacia atrás, sino por delante aunque me duela hasta el aire que respiro, seducido por el sueño –se me ocurre arrimando el ascua a las metáforas, de una mujer mal desnuda y soñante.

Nada más, que me aplacen lo que sea pero que no me roben el amor ni a empujones, de mi sitio que conserva hasta el olor que tiene cuando llegas.

DULCE DE MEMBRILLO


Por Pan de Mendigo

Salíamos de misa, de la misa de 12 del domingo, de haber estado media hora muertos, sentados en los bancos de espaldas a la puerta, a la vida, dando cara al altar flanqueado por dos sepulcros, dando frente a la muerte. Nacimos para vivir y nuestro credo nos hace vivir para morir.

Y salir de aquella penumbra cirial al sol radiante en el cenit, de la atmósfera viciada e insana de saumerios y coños sin ventilar, a la brisa del mar en las acacias, nos deolvía el alma al cuerpo, secuestrada que nos había sido durante media hora.

La misma casucha de la familia inmigrante contrastaba con nuestro hábitat, con nuestro comedor-estar, donde no come ni está nadie nunca. Ellos se juntan eb la cocina, junto al hogar, el corazón de la casa. Allí andaba todo manga por hombro, cada cosa estaba en el mismo lugar donde quedó la noche anterior, el día, el mes en que se utilizó por última vez. Que lo natural es el desorden y dejar de lao el orden al cuidao del Universo; el pequeño, retozando en tierra con un pajarraco que le picoteaba el culo, en plena interacción de las especies.

Veo al abuelo en el corral absorbido en la tarea de juntar ramas de olivo para el vareo de la aceituna, mientras en la cocina la vieja cuece el membrillo en almíbar. El runrún del viento en el choperal, el lento y simétrico mecido de las hojas en los álamos del río, como el flujo y reflujo del mar al atardecer lamiendo la orilla, les marcan la pauta, el ritmo vital que nosotros perdimos tiempo ha y de una vez para siempre.

Lo queremos todo. Y soplar y sorber no puede ser. La vida en la aldea anda totalmente involucrada con lo natural, que es la única forma de poder vivir sin ayuda de vecino. Cada fin de semana, mi hijavacila ante el espejo entre tomar un estimulante que le permita estar haciendo el indio hasta la madrugada, o tomarse un sedante, acostarse y poder dormir. Los Tarahumara se acercaban, de vez en cuando, a las grandes ciudades, para ver cómo eran los hombres que se habían equivocado; de uvas a peras, que todo se pega menos la hermosura. Y yo ando en quejido constante, pidiendo cada vez más y de balde. Que gracia perdida, velas encendidas; gracia lograda, ni velas ni nada. Sin saber que en la vida hay dos clases de tragedia: una, es no lograr lo que te propones; y la otra, el lograrlo.

La perla del Papaloapan


Colaboración de Rubén

Enjuto de carnes, chupado de huesos, ceniza de pelo, de luna tostado, mostrando un torso desnudo escamas por pecho, desbriznándose a modo de fina escarcha mezquinos pelos. Salvador de Aristofanes, más conocido por los niños en el pueblo de Tlacotalpan como Gavilán el del puerto.

-A mi me alumbró la mar- espetaba con una alegría boba y sin rodeos.
Prolijo de habla se inventaba palabras que solo él entendía dejando restos de espuma entre la sutura vencida de sus labios. El tiempo se le había comido los dientes mascando cada una de las voces que salían de su garganta. Perfilándose con flojedad su rostro al cielo se vanagloriaba de su propia ceguera perjurando no haber visto nunca las estrellas. De párpados caídos, trémulos al hablar, de improviso se le derrotaban lágrimas huérfanas.

-Saladas- farfullaba cuando las recogía con su lengua.
-A mi me alumbró la mar- repetía de nuevo en una mundanal salmodia, llevado por una inhalación tan profunda que el oxígeno atolondraba las sienes de su cerebro y al exhalar, su aliento había agarrado el vaho del salitre y las olas desgastadas del mar.

Se desvivía contando historias. Sus dedos cenceños garabateaban danzando en el vacío, recostada su cabeza ligeramente hacía el infinito, como leyendo en las nubes o si las rescatara husmeándolas del Sotavento, algunas eran de trazos increíbles, otras celosamente desesperanzadoras pero todas, imposibles sin duda alguna.

-Hoy os voy a narrar la historia de un marinero ciego enamorado de las alas de una gaviota…-.

Él siempre declaró que lo trajo el huracán Gilberto, que andaba pescando cuando los fuertes vientos despedazaron su barca y lo arrancaron del mar enviándolo río adentro dejándole por herencia una sanguínea nostalgia de filiación marina.

Un día sin sol, ni sombras, ni luna desapareció como se vino, nadie pareció echarlo de menos. El mismo Sotavento casi barrió su nombre y los febriles restos de su memoria. Pero de vez en cuando, después de la temporada de huracanes, de aquellos que fueron niños y aún de los que todavía se atreven a serlo, de repente se asoman cuando alumbra el atardecer perfilándose sus siluetas en el puerto, allí, en la orilla de la perla del Papaloapan, pensando que tal vez el mar lo devolverá río arriba de nuevo, con racimos de historias, todas imposibles eso es cierto.

*rio de las mariposas (Veracruz).

P.D: Dedicado al Gavilán de la calle Rumbau.