Porque mi futuro ya no es importante, pero aún así, viviendo del presente seguiré confirmándolo en cada escrito, en cada comportamiento que muchas veces no se han merecido los demás: la explicación siempre ajena era mi falta de entendimiento ante otra postura diferente, pero no hay normas preestablecidas como válidas o inválidas, la mayoría de las veces se trata simplemente que son las que nos convienen.Pues en mi presente una y otra vez, la insistencia de la mano tendida, vieja como un libro de segunda mano pero reclamando leerlo de nuevo. Y en esa mano al aire instantánea, confiada, el área más hermosa y más difícil del comportamiento humano: sin saber exactamente dónde existe la fuerza extraña que vuelve cálido un texto, me lo va diciendo luego el tiempo –quizá por eso me pasó más deprisa, pero sí siempre pude averiguar donde reside la intención de crearlo: en el ámbito del sentimiento.
Ahí no he tenido ni he tendido trampa ni engaño, he mirado a lo lejos, hasta me he imaginado compañías que no fueron verdaderas, nunca les di la negativa –y bien cierto que hubieron ocasiones que debí anticiparme al hacerlo. Pude parecer pecar de incauto, de necio y yo lo único que estaba poniendo eran eyaculaciones de mi temperamento: tierno, alargado, extendiendo mi piel, nada temeroso, sólo ilusionado.
Jamás puse un velo o un anonimato, hasta en esos funcionamientos de identidad que suenan a invención mal inventada, cuando detrás en cualquier programa informático hay necesidad de poner una pregunta recordatorio, recurría a la extraña trampa de si era posible estampar mi retrato, palabras tan identificativas que como la lengua, fijaban, limpiaban y daban esplendor. Así he firmado la intensidad del instante porque me lo he creído siempre; si eran sueños los hacía míos con mi sueño de dentro, si deseos su forma y su comienzo, como quien intenta averiguar la piel de una mujer que se extiende y se contrae, invisible, para los hombres.
Cara limpia, tacto a poder ser inmediato, retos importantes para pasar una tarde en rincones de escritura verdaderos, lecturas como oliendo la felicidad del sexo y hasta una melancolía que se me nota pronto como aquella alegría que explicaba Víctor Hugo con maneras de tristeza para que me las quitara alguien. Y siempre lo he arreglado en el peor de los casos, eso, leyendo, conocer una dimensión de la vida tan intensa como enamorarse, lo que viene a ser la hermosa y vieja “Canción antigua” de Mogador” de Ruy Sánchez, ya trilogía:
“Muy adentro acogería
lo que no vi que venía
y que me puso a gemir:
hecha fantasma tu mano.
Date cuenta que no duermo:
dejaste tu huella dentro,
sembraste tu palma en mí.”
Con estos manuales me manejo y volvería a caminarlos de nuevo: la vida es un delirio, pero necesito esa huella, esa palma dentro, es un delirio y es reto tratar de comprenderla luego. Me bendice y me protege muchas veces, me ha abarcado totalmente dentro 50 años como 50 veces el manual inabarcable que me dio una mujer. Difícil conseguirlo, más aún mantenerlo. Para quién no lo tiene, los culpables siempre son los ajenos. Lo disfruto plenamente, pero tengo hueco para con cualquier gesto ajeno: hacer un ritual de acompañamiento sin mirar alrededor si viene alguien, si queda algún resto que debí ser yo quien lo barriera primero.
Todo ayuda a la imprevisión de vivir, es válido cimiento para continuar ese viejo camino que alguien con una autoridad imborrable, me escribía hace días: incluso que “mi cuerpo no contamine tu espíritu, joven, sano, reflexivo y amable.” Siempre diste más de lo que debías amiga, utilizaste la confianza y la generosidad sin temor alguno.
Como dicen los italianos, un “pensieri in luce”.
lo que no vi que venía
y que me puso a gemir:
hecha fantasma tu mano.
Date cuenta que no duermo:
dejaste tu huella dentro,
sembraste tu palma en mí.”
Con estos manuales me manejo y volvería a caminarlos de nuevo: la vida es un delirio, pero necesito esa huella, esa palma dentro, es un delirio y es reto tratar de comprenderla luego. Me bendice y me protege muchas veces, me ha abarcado totalmente dentro 50 años como 50 veces el manual inabarcable que me dio una mujer. Difícil conseguirlo, más aún mantenerlo. Para quién no lo tiene, los culpables siempre son los ajenos. Lo disfruto plenamente, pero tengo hueco para con cualquier gesto ajeno: hacer un ritual de acompañamiento sin mirar alrededor si viene alguien, si queda algún resto que debí ser yo quien lo barriera primero.
Todo ayuda a la imprevisión de vivir, es válido cimiento para continuar ese viejo camino que alguien con una autoridad imborrable, me escribía hace días: incluso que “mi cuerpo no contamine tu espíritu, joven, sano, reflexivo y amable.” Siempre diste más de lo que debías amiga, utilizaste la confianza y la generosidad sin temor alguno.
Como dicen los italianos, un “pensieri in luce”.
















