viernes, 25 de abril de 2008

"Nadie nos enseña a ser viejos"


La frase es de David Trueba, de su libro “Saber perder”. Es una especie de desarme, parece lejano pero tiene una llegada exigente, una especie de rendición húmeda como el sexo abandonado de una mujer. Y un peso propio, un recorrido con señales que cada uno sabe entenderlas como puede.

Pero no hay una disciplina, una fase de estudio de tu vida que sea eso, tu manera de hacerte viejo luego, hasta incluso en el mejor de los casos, tu resistencia. No me lo había querido plantear aunque la vida ya hace tiempo puso límites a donde estaba acostumbrado a llegar. Me voy dando cuenta por mucho que me lo nieguen el cariño ajeno y el empeño propio. Son hojas arrugadas ya mi vida y lo que es peor muchas veces inevitablemente tristes.

A veces hasta la simple y rutinaria entrevista con un médico, te enseña un dietario acusador, al que sólo supe responderle inevitable, no elegido por mí, pero fue motivo suficiente para que mis lágrimas de sentirme pobre hombre se deslizaran por un bello jersey de color amarillo. No me sirvieron para nada, rutinarias palabras de ánimo porque no había nada que animar, quizá sólo el silencio me hubiera devuelto gestos del coraje que tengo cuando hace tanta falta a diario.

Vale, ya no importa ni la anécdota, ni la contrariedad de sentirte contrariado. Tengo un camino habitual después: las palabras que voy dejando sueltas para cuatro amigos, para unas amigas; la enseñanza de Trueba con su libro en las manos de “saber perder”; el consuelo de algún capricho satisfecho por aquello que pasear luego solo por la calle, pesan los pasos, los recuerdos con alguien, los mejores y los peores comportamientos; la belleza del instante de cualquier conversación para contar lo propio y no escuchar lo ajeno.

Me falta la enseñanza –dije al principio, de cómo hacerme viejo sin que note demasiado, admitir las cosas que se extinguen (alguien duda caso que se extingue el amor que ayudó a que llegaras a ser viejo, porque siempre debes tener un ser al lado que te acompañe). Sin terminar explicaciones que no tienen la base de ser explicaciones, son simplemente quejas que no consideran los demás. Te vas quedando –y a eso le das valor, firmeza, con las costumbres que tienes, que en este caso sí, acaban teniendo la fortaleza de tu propia costumbre, tu manera de ser hombre.

Hace días escribía sobre mi rincón propio, el orden de mis cosas desordenadas, su indudable belleza, la manera de impedirme hasta un mal sueño. Pues ahí, depositaré cada paso que me hace viejo, quiero estar hasta el final, no ser capaz de escribir y que se me caiga el libro que estoy leyendo demasiadas veces. Quiero que no se me haga nunca de noche, ni que aparezca ese cansancio cariñoso hacia los demás sitios propios. Aquí, como lo estoy haciendo ahora aprenderé a hacerme viejo, recordaré lo sagrado que fue cuando era joven tener la solidez para amar un cuerpo amado. La vejez es una derrota muy difícil de entender, parece que se nos escapa el mundo de las bellezas que tuvimos, su abismo, y somos nosotros los que terminamos en el abismo propio.

Me he hecho viejo, casi de repente, pero utilizando cita ajena, Maurice Chevalier decía que la vejez es horrible, pero la única alternativa conocida es peor. Debe haber algo mejor: la calidez de una saliva en tu saliva, a pesar de los años que uno tiene cuando siempre supo encontrar esa saliva; la mirada que antecede a amar como siempre gocé en esa perseverancia; los besos demasiado apasionadas que tienen la severa advertencia de que dejen de ser besos, sean ya una forma de entrega.

En suma: nadie me ha enseñado a envejecer y en la próxima entrevista médica para saber cómo se comporta mi cuerpo con la edad, llevaré en lugar de mi dietario analgésico un historial de los pliegues con los que siempre supe besar y domesticar con los labios. Mejor manera de vivir hasta haciéndome viejo.

martes, 22 de abril de 2008

DESCENSO A LOS INFIERNOS




Por Limón Ceutí



De niño y cuando estaba malo, me llevaba mi madre a la cama para que me distrajera “La Divina Comedia” del Dante, ilustrada por Gustavo Doré, un viejo tomo de la biblioteca del abuelo, incómodo de manejar apergaminado y con olor a cripta de cementerio.


Acompañado de Virgilio descendía el Dante a los infiernos. Y traspuesto el cancerbero, el perro de tres cabezas que guarda su entrada, la visión de los cuerpos desnudos de los condenados en tropel, atrapados por los demonios, negros y sin siquiera hoja de parra, hacía que esa noche me durmiera con el oscuro e inconfesable deseo de condenarme para siempre.


Porque, al ascender el poeta a la gloria, junto a su amada Beatriz, te veías a los bienaventurados, perfectamente alineados y con carita de circunstancias, vestidos hasta los pies con túnicas blancas y tocando el harpa para un señor con barba.


No, me dije, esto no tiene espera; sin pensármelo dos veces, decidí poner de mi parte, en adelante, lo que hiciera falta, sin escatimar esfuerzo ni dar tregua ni cuartel, con tal de ir al infierno. Y, cuanto antes, mejor.

miércoles, 16 de abril de 2008

Amo de la Historia mi propia historia

Siempre he sido un mal estudiante de historia porque la historia de los demás me llama poco, prefiero la reserva neta de mi vida, propia, tranquila, una forma gratuita de entender a las personas y a las cosas para que me entiendan a mí. Vamos a seguir, pues, hasta el final, hasta que llegue el final.
Me gusta en este momento el sitio, el lugar que me he agenciado: paredes de libros con los libros, mi maldito ordenador pero donde voy dejando muchas cosas que no serán luego ya para nadie; mi mesa desordenada yo que soy tan amante del orden, de tirar lo que sobra y lo que no sobra como un impulso de energía; libros amontonados que no han tenido todavía el prestigio de tener su sitio, el tabaco, el cenicero, las revistas y suplementos que hablan de esos libros, las llaves de memoria del propio ordenador que un día perderán toda la memoria.

Y mi vieja butaca de cuero llena de los sentimientos de dos siglos, XX y XXI, de horas de lectura, de intimidades absolutas de soledad y sosiego, no como una condición sino como un hecho. Todo como gestos hacia fuera que he dado gratuitamente sin darme cuenta. Una butaca que ha vencido hasta el insomnio, cuando surgen esos instantes en que solo serías capaz de dormir si alguien te cogiera la mano, te preguntara por tu historia. Esa que me hace viejo, porque cada vez decido menos.

Tendré que llamarle hogar a este cuarto que es ya mi costumbre, mi seguridad, mi permanencia. En él está dentro mi lírica, mi lucidez, todas las cosas que yo quiero, la manía de escribir a ratos, tener que contestarle a alguien, cómo estás, qué te pasa, qué forma tiene ya tu vida. Aquí tengo también, el penúltimo intento de no hacerme viejo.

Cuando llego y todo está como lo dejé ayer pienso que mi vida, que mi historia todavía puede valerle a alguien, aunque haya ratos, no sé si en la butaca o frente al ordenador en que sería capaz de explicar en qué consiste eso de la desesperación.

Lo tengo claro, soy un solitario en este cuarto para solitarios que me he ido haciendo yo mismo. Aquí hay un sacerdocio de leer y escribirlo luego, una manera de perder la memoria, como decía el otro día y quedarme con los buenos recuerdos: una mano –fíjate qué poca cosa, a veces una mano insistente. Aquí está mi pasado, todo mi pasado, la historia de mi historia, la que jamás se escribe en los libros de historia, ni en las páginas de memorias, ni tan siquiera cuando miras a los ojos insistente.

Aquí se juntan todos los silencios de la casa, naturales, sucesivos, llenos de confianza y de reposo. Aquí puede venirme hasta la muerte, sobre todo de noche, antes de acostarme porque al día le puedo, soy muy poderoso frente al que empieza, aunque me lo ponga difícil. Es tal la intensidad, la comodidad que tengo, el derecho a la propiedad aunque sepa que las cosas intensas son las que se acaban antes.

Me gusta, amo mi historia, en una sola habitación, con las mismas manías cada día, con vicios –por ejemplo dejar el libro que estoy leyendo, la música que he puesto, lo que estoy escribiendo y sentirme contento, aquí estoy, a solas con mi edad, con mi propia historia.

jueves, 10 de abril de 2008

Si pierdo la memoria


“Si pierdo la memoria, qué pureza”, dice un verso del poeta catalán Gimferer. La cita me la arrastra Umbral en su “Carta a mi mujer”. Podría ser como irse a una explanada, arrojarlo casi todo, bien esparcido en una especie de lujo testimoniando las derrotas con cicatrices casi en las niñas de los ojos. ¿Qué te pasa podría preguntarme cualquier viandante que llevas puestas hasta imágenes inciertas en la mirada?. Y no se trataba de una destrucción porque soy capaz de vivir hasta destruido, era simplemente, como consecuencia de la pérdida de memoria adrede, de buscar de nuevo formas de vivir al descubierto.

Quiero quedarme solo con el desconcierto alegre de vivir éste y cada momento, de los que estaban en el cofre lento del olvido. Voy a buscar de nuevo la seguridad que tengo tan deteriorada, precisamente por no haber sabido ir perdiendo la memoria. He acumulado recuerdos hermosos pero a la vez avisos que no eran del todo de mi propiedad, y lo que no es mío o no va a ser absolutamente mío no lo quiero. Prefiero de la vida la seguridad de todo, ya luego lo iré explicando con el poder exquisito de la palabra hasta olvidarme del mundo entero porque cada mañana me fluyen libremente todas las palabras. Es una estética zoom de lo que llevo dentro.

Una vez perdida pues toda la memoria, haré mis construcciones desde dentro. Las de fuera me van creciendo ya en dirección contraria, me avisan, eres viejo. Pero seré un poco menos si soy capaz de crearme un mundo de riqueza y de tiniebla como tienen las mujeres y lo noto en la tierra, a ellas no supe ni quise entenderlas, no era mi tema a base de ser siempre mi necesidad, mi lenguaje, mi instinto al menos de indagarlas por entero.

Vaya empeño con la nobleza que me va suponer hacerlo sólo, gastar la últimas horas de los posteriores cuartetos que siempre tienen los versos; vivir la soledad sin parte de atrás; aspirar a una simple felicidad: no darle importancia a nada; que no me moleste ni el sudor ni el sueño; la búsqueda de un sosiego aunque haya que trabajarlo. Y de vez en cuando esa maquinaria de los sueños que se lleva todo por delante.

Sin memoria, si pierdo la memoria podré leer como una cita que no me acuerdo, a la Mazzantini cuando dice “quien sufre recuerda”, y quien recuerda, sufre, señora. Sin embargo, hay una sugestión arraigada en cada cosa propia que obliga buscarla; una descendencia en los genes que te exigen a ti mismo mantener el tipo. Sembré presentes –muy brillantes por cierto, perdí sólo lo que no pude evitar que me quitaran. Pero abro la mañana con la mínima dignidad, de que esos genes ya no son memoria mía, se construirán la propia vida cada día y me vienen repitiendo, haz tú también lo propio, tú mejor que nadie.

Pues anda ya que voy a ser mejor que nadie no sé si en motivo de estima o de simple recorrido por la vida. Pero puse demasiadas veces esfuerzo, no tenía más talento que la espera. He vivido demasiadas veces la tristeza sin edad y quiero ropa nueva, desde el verso de Pere Gimferrer y sobre todo una vez allí, el prestigio de un sitio, de un hueco bien tapado, la autonomía del verdín de mi vida, esa tierra cubierta de plantas para disfrutar con ellas al cultivarlas. “Qué pureza” se ha quedado del verso.

martes, 8 de abril de 2008

Cada uno envejece como quiere


A lo mejor un 31 de mayo de 2006 decidí empezar a envejecer con las letras en la piel cada vez, cada momento que soñaba aprender a escribir, inventándome la vida. Todo eso comenzó como ya lo hice desde niño, leyendo, leyéndole a la vida sus misterios que acababan siendo los míos. Me fascinó ir contando luego el asombro de cada palabra dicha en voz alta, porque siempre lo hago: escribo contándomelo.

Viene a ser como la lectura que recobra así su mayor misterio: recitada. Y eso vengo haciendolo desde ese 31 de mayo ya tan pasado, con cicatrices de cuerpo que necesitan luego quitarle los puntos, con esperas en mis entregas que no tuvieron su debido eco, todo lo más como en voz del novelista y cocinero Caparrós “la hospitalidad del bolero mal cantado”.

Pero tuve valor todo este tiempo: empecé por lo básico, que me gustaba el amor apasionado y ciego, a ser posible equivocado en esa penumbra nada estable pero que se alimenta a base de impulsos y oleadas. Quien los siente y los mantiene se emborracha con la grandeza regalada, más ha de entender que es todo prestado, nunca falso, pero prestado.

De eso es una cosa de lo que he estado desnudándome a ciegas, con nombre pero sin futuro, advertencia en la mano. Parecía que las cosas iban a ser muy sencillas, como a primera vista, pero luego en todos los casos han dejado una historia detrás que me ha hecho más viejo.

Y una página siguiente. Otra vez a contarlo, la soledad me hacía más valiente, decidido esa vez a salir intacto, pero no era así por aquello de los restos que quedan detrás. Con mi puñado de palabras podía pasar una de las dos cosas que gustaran hasta hacer daño. Pero era tan solo ese grupo de sensaciones que se habían producido lo que hacía biografía para mí y para quién las recibía.
Luego venían momentos siempre aparte: el sitio donde dejaba toda la literatura. Era y honda y buena y ahí no llegaba nadie, como una altura física que no tenía respuesta. Desde allí yo lo veía, sabía que había una forma de ir haciéndome viejo brillante, solemne. Me resultaba muy fácil y me sigue siéndolo: hay una literatura muy rica en la frase hecha, en lo que dice a veces la gente sin pensarlo, y ahí también llevaba ventaja. Era un rincón, un hueco demasiado brillante.

Siempre tuve, en cada encuentro, un extraño modo de andar, como si no encontrara la rima cuando siempre la había. Pero hasta eso me servía. Siempre tuve y todavía tengo desfiles de lujo: mi manera de estar, mi seguridad, improvisar lo que iba a gustar en cada especie de camino propio y ajeno. Cada vez que le escribía a alguien parecía una especie de pergamino antiguo, una manera de estar seguro de la tinta escrita cuando faltaba la mirada, el escalofrío de cualquier caricia. Así era mí andadura: me devoraban pero lo mío era acabar y consumir.

Mal sistema de envejecer despacio sobre todo en el capítulo humano: detrás de una hermosa foto hay un contenido igual de precioso, pero lo quería entregar cuando yo quisiera y hasta donde yo quisiera y cuando me he visto derrotado de reservas porque me las habían gastado y había que empezar otra vez en el desgaste de la espera para no tener ni el aspecto de un cariño con destino verdadero, he decidido definitivamente quedarme en el exilio, sin asomarme porque me queda un derecho propio que jamás debió deteriorármelo nadie sin pago justo, seguro, correspondido: lo que podía ser mi postura, mi aspiración, mi sueño todavía o simplemente el silencio.

No voy a gastar más palabras en ese ni en cualquier empeño, ni voy a llegar tarde, ni como siempre después, como un sol tardío que nunca acaba de ponerse con pinta de vejez mal explicada. Ya, ya sé que al final caemos todos, se trata de ir tirando o ir llegando, pero en este modo de envejecer de ahora, ni ofrecimientos ni explicaciones, tan solo seré militante de la voz y la palabra para culto propio, como señal de identidad sin fecha de caducidad.

viernes, 4 de abril de 2008

Aquí hubiera podido vivir cien años

Me trajiste la imborrable imagen de la casa de nuestra niñez, de esa manzana frente a los puentes que cruzaban el cauce del Turia que contigo compartí muchos años allí. En mi caso, toda mi niñez. Desde hace poco es la lujuria de las imágenes que me traes, sueltas e impacientes en tus desmejoradas bolsas de papel y sus textos donde no cabe más prieto el castellano: cómo poder decir mejor que uno se siente mal “con el humor de los párpados cuajados”. ¡Ay los genes para escribir -frase ajena, el acomodo para vivir!

En esa casa hubiera compartido la elegancia, el origen notarial, con las camas separadas como un matrimonio hace luego, debe hacer luego; si dormir con el doctor o antes en la niñez con una madre investigadora permanente de los engaños, si esas separaciones no me hubieran hecho tanto daño, allí estaría merendando en el “Principal” que tenían todas las mansiones de raigambre, mientras al fondo quedaban las habitaciones del servicio.

Cien años como un poema apropiado, con la clínica del doctor de quién más tarde, descubrió nuestra madre el rótulo de una calle con su nombre en su ciudad natal, osado en sus vivencias pero dueño en el trato con la gente –gracias, por dármelo. Y con ello los inevitables pliegues de estar tan bien con las mujeres.

Aquella casa supo darme -desde niño los tragos largos de las madrugadas sin sueño, aprendidos en su espera mientras el médico deshacía los papeles de los caramelos que chupaba para evitar, no poder evitar el mal sueño: o caminaba por la casa mientras yo me hacía el dormido. Creo que en aquellos disimulados insomnios me inventé la realidad de lo poético, la intimidad de todas las letras que escribiría luego, aprendí a diferenciar en los versos las sílabas de las palabras en una especie de religión de claves secretas.

Allí no me hubiera venido la vida toda junta jamás, la habría saboreado hasta siempre, hasta que no me quedara y fuera yo el notario que diera fe de su duración, de su permanencia, porque no nos olvidemos vivimos lo que queremos y pudo ser allí establecerla sin un destino preciso, sin ansias de compromisos, sin litigios. Esa vida difícil en la que todo se puede, necesita marco y magisterio, Navarro Reverter/Plaza de América/Sorní lo tuvo siempre y en aquella esquina de Sorní luego, el mapa de los libros que trazó hasta mi rostro juntó lo anterior, lo futuro, lo distante de una vida que debió durar cien años.

Si tú escribes, hermano, que “no me suelo morir en verano” y describes tu estancia en Baden Powell House, acompasas tu respiración como allí al leérmelo, al lamento de aquel bengalí muerto, a mi me devolviste en esa imagen, ciento y pico años después, la ambición, la grandeza de haberlos cumplido casi allí al menos con una hospitalidad inolvidable, la que hubiera sido capaz de inventarme yo.

martes, 1 de abril de 2008

Quiero estar de nuevo al completo


Me lo dijeron el otro día de despedida: ¡cuídate! Y no sé cómo hacerlo, pero debo hacerlo para estar de nuevo al completo como si fuera una primicia de la vida que la andaba perdiendo. De nuevo al completo para todo porque valga como ejemplo no sé bien lo que es el amor pero sí el esfuerzo para poder sentirlo.


Me voy a cuidar para estar de nuevo al completo. Si es preciso “la cubriré de espuma pero dejaré su aroma en su silueta”, intentaré hasta dentro de los sueños ver qué hago con las palabras, sé más de ellas que lo que sé de la vida, recordaré como he contado sus gestos, su manera de arreglarse el pelo hasta más allá de donde le llegaba el pelo.


De nuevo al completo para no dejar de desear a una mujer veinte años más joven y que no exista ningún placer muerto. Seguir así sintiéndome como bajo su hechizo, lo que es capaz de evitar cualquier derrota, convertir el recuerdo de los momentos en lujo y júbilo aunque aún me queden cicatrices en las niñas de los ojos.


¿Qué hace de mi mundo un mundo completo? La certeza de la honestidad conmigo mismo, saber que al lado de una mujer siempre encuentro el lenguaje de las cosas justas; que no me hago viejo porque no quiero hacerme viejo, porque el derecho de cuidarme no me lo puede negar nadie.
Ciento por ciento, medida justa y siempre satisfactoria, un deleite para decirle a quien tengas a tu lado: ¿sabes cuánto te dejaré? Esto que ves, esto que tienes, las declaraciones de los sueños, dar amor porque si no es eso pues va y es como si no dieras nada. Cómo no, una cultura excesiva con su tono su timbre, su verbo, su inverosímil, a veces, ganas de vivir. Ciento por ciento, al fondo no es más que un justo sentimiento de culpa y cuatro cosas más que te lo perdonan todo.


Pues aunque no la tenga, aunque sea una línea de color en el mar voy a ir a por todo, a sentirlo todo, a escribirlo todo, me iré abriendo como una cremallera fácil de bajar –qué bien me vienen las metáforas siempre, os iré contando cómo me voy cuidando, voy a hacer jóvenes las cosas de mi mundo que se han cansado de ser viejas. Pondré orden en mi vida, dejaré de tomar esas pastillas contra el mareo que me producen mareo; ordenaré mis cosas –con esa manía del orden, para que sea verdad esa frase de Borges, “las cosas comunes que nos rodean durarán más que nosotros.”


Vamos a dejar aparte lo que dure cada uno. Lo que quiero es durar completo en esa coincidencia de la vida que no vuelve más. Al completo como si fuera volver al grado cero, al principio. Tengo para repartir mientras tanto como siempre lo he hecho una dosis milenaria de cariño, integrador, y confortante para mí mismo.

viernes, 28 de marzo de 2008

Fui incapaz de tocarte


Cada vez pienso con más seguridad que he llegado tarde, que me ocurrió lo mismo que a Luisa Castro –último premio Biblioteca Breve, cuando entró en aquella librería donde en un escaparate había un cartel que decía: “buscamos libros de autores noveles.” Ella pensó que el anuncio debiera haberse completado con “y aceptamos también ropa usada”. A ambas cosas pienso que fue tardía mi presencia: a escribir un libro nuevo de los que tengo en los cajones escondidos, medio empezados, medio terminados y a terminar de gastar mi ropa usada aunque la presunción me haga comprarme también nueva.

Tardía hasta en aquel encuentro de la otra noche. Quedamos en no vernos jamás, en dejar lo que hicimos para cuando no estemos, los espacios en blanco, el derroche de lenguaje que fue lo que nos perdió, lo que a mí precisamente me impidió darme cuenta que todo tiene un término, no el recuerdo de dos años de encuentros, no la prisa por quererse y pararse después, ni los espacios en blanco cada noche en que no conseguía llevarme tu imagen sugestiva y me iba solo con el castigo de las palabras bien dichas y olvidadas.

Fue curioso volverse a encontrar de nuevo cuando ninguno de los dos íbamos a pisar los mismos caminos: ni las orillas de mares, distintos, la amenaza de volver a leer yo a solas sin ese extraño sentimiento que siempre sentía de que tu figura estaba junto a mi cuando leía. Una promesa que yo entendí mal, que te costó tantas de veces explicarme, tengo que irme Fran, te has de quedar en tu lecho como puedas, con los sueños, con los repasos de los recuerdos, pero nada más, ni tan siquiera el aroma imposible de mi axila.

No me acuerdo por qué sitio estaba, te vi desde muy lejos y lo mismo que aquella mañana que te escuché me volvieron a temblar de nuevo las piernas, a estar seguro que podía empezar de nuevo a vivir la vida, de que iba a llegar a tiempo con un libro nuevo en esa librería donde admiten libros nuevos, casi que no los ha escrito nadie de tan nuevos que son y la ropa usada –según quiere también Luisa Castro, de la calidad infinita de los que aman, esos tienen la ropa mucho más usada, hasta su olor propio, inconfundible.

Lo que sí que teníamos era un mar cerca –cada uno el suyo para que fuera más hermoso, riberas de palabras, esa forma, esas posturas tuyas solo tuyas, yo no sé cómo te las inventabas, hasta cuando alguien te llamaba, te volvías, ya no mirabas la web cam y yo entonces aprovechaba para aprenderme la belleza de la posición de tu cuello. Todo eso junto al mar de cada uno, en el encuentro de la otra noche volvió a ser nuestro, no sé, muy poco rato, era tanto el asombro del encuentro que buscamos en los gestos esa posible felicidad, que dicen que existe entre los que vuelven a encontrarse.

Lo había soñado muchas veces, como un auto defensa, huyendo de las certezas, despacio, cada mañana al levantarme, el primer libro en la mano, mi primer café bien hecho y la droga que es preciso para andar luego un rato. Te había soñado muchas veces porque supe desde el principio que amar, que amarte era empezar a renunciarte.

Estuvimos ese rato mirándonos, y es curioso era tan solo en mi imaginación, como el mismo encuentro que te pedí alguna tarde de poder volver a verte, igual que te había estado viendo decenas de veces y cada vez era motivo de escribirte, porque lleva razón Nuria Amat en castellano y en latín: “lo que se escribe produce la sensación de que perdura. Verbo volant, scripta manent”.

Debió de ser por eso de tanto escribirte has perdurado, nos hemos encontrado, emociones intactas, silencios y respetos como jamás me ofreció mujer alguna, y un deseo que nos estuvo engañando todo el tiempo como una especie de felicidad que no tendríamos nunca.

No quedamos en nada, ni en volvernos a ver de nuevo, sino cogernos al sueño como la única manera válida de ir subsistiendo. Lo único que haré es seguir escribiendo como si fuera un autor novel. Con la escritura cicatrizo, es una especie de manera de remediar las heridas, de tapar los huecos hasta que vuelva a encontrarte otra noche de nuevo.

Haré lo mismo: venceré brillantemente mi deseo, dándome así como una capa de pintura de esas que no entiendo aunque sería capaz de “pintar sin tener ni idea” como dice el libro de un amigo.

Haré lo mismo, esperar por si caso, sin leer, sin hacer nada, igual que cuando te fuiste fui incapaz ni de tocarte.

martes, 18 de marzo de 2008

Con zapatos de tacón por casa

Y todavía quedan unos cuantos vestidos en tu armario que no te pondrás ya nunca. Desde entonces entré, desde que te fuiste, en la Verdadera Soledad, es una especie de paraíso, infalible e indeseable.

Hoy recuerdo ineludiblemente la ropa que te comprabas, las veces que la cambiabas, cuando preguntabas por tu futuro como si alguien fuéramos a saber algo del futuro, de lo que va a venir, de lo que tenemos pendiente.

Mi abrazo más largo hubiera sido insuficiente, dejamos uno pendiente –te acuerdas, para la vuelta, eso tienen a veces los viajes que en el retorno no nos encontramos todos. Por eso me hace falta la fuerza suficiente para quererte sin sentirte en el cuarto de al lado, todas las tardes hábiles que nos servían a los dos para esperarnos. Porque eso es lo que existe ahora, una espera en la que no tardaremos en vernos.

Con zapatos de tacón por casa, una belleza natural puesta, la manera de conversar que tenías o la ausencia total cuando la puerta de tu cuarto estaba totalmente cerrada. Siempre te la respetamos, era como la soledad propia que cada uno la manifiesta de una forma.

Tenías una manera desconcertante de vivir que no siempre podíamos entenderte, sin saber cómo vivías a pesar de las horas que estábamos juntos. Tu mundo de riqueza lesionada y propia, a veces con escasas palabras y por eso te extrañaba verme tanto a mí entre libros y escribiendo, ésa era mi elegida soledad como una desmemoria antigua y llena de silencio. La mezclaba con la tuya, mientras suplicabas vivir un poco más, morir más tarde.

Lo malo es que te fuiste sin avisar, dejaron de sonar por la casa tus zapatos de tacón de estar en casa, tu manera insistente de leerte los periódicos, la amenaza de tu propia habitación, imposible que la ocupara cualquiera, era únicamente tuya y tu manera de tener la puerta mal abierta, tu fugacidad en espera de tu tránsito.

Tenías siempre a la vista tu futuro breve, la heroicidad de tu flaqueza tantas veces inevitable. Ibas a ser, ibas a tener, un final despacio y solitario, cruelmente solitario. La vida te fue negando lo que era más difícil: los deseos que no podías tener, te fue negando ni tan siquiera preguntar por ellos, ni tuviste destino, ni tiempo, no fue ni lo anterior, ni lo distante, ni lo futuro, fue un asunto confundido, una espesura que te hizo daño siempre.

Hoy mejor que no hablemos de la vida, recordemos tu mejor imagen, se me ha quedado tu costumbre de vestirte para estar en tu cuarto, salir algún rato y volver a estar en casa. Era un lujo mirarte, una sensación de que una hija puede ser lo más importante, una hija que se empeñó en marcharse, ibas a cenar, te acuerdas, la bandeja a los pies de tu cama, no pudiste de repente respirar y no nos esperaste.

Lo hicimos lo mejor que pudimos, te quisimos, vivimos contigo, Ahora cuando alguna noche no puedo dormirme, te recuerdo caminando por ese tan largo pasillo lleno de libros. Yo lo hago descalzo, siempre, igual que tú en cambio lo hacías con zapatos de tacón.

Espéranos, no tardaremos.

jueves, 13 de marzo de 2008

La mujer, esa larga tarea


Ando estos días ocupado en un póstumo libro publicado, de Francisco Umbral, dedicado como una especie de carta a su mujer. Y a la vez, leyéndolo voy dándome cuenta de qué poco sé de la mujer. Me he esforzado con ella en esforzarme, me he ocupado de ella, con ella, casi he habitado como en una habitación que puede ocupar cualquiera con la amenaza de la soledad si me quedara sin ella.

He conocido mujeres de papel, que una tarde cualquiera fueron de inquietudes mutuas, rozamos como la estancia prohibida en la que siempre tuve la prohibición pendiente. Con Umbral coincido que no es una asignatura fácil –siempre me la dejaron suspendida para Septiembre, porque además de una larga tarea, es una espera, una resistencia para alcanzar como bien sabía de ellas la Yourcenar que su mayor encanto es la disponibilidad.

El mío con ellas, es la necesidad. Es la mano quieta, el cuarto cerca con su existencia en alguna importante ocupación, o su llamada –tantas veces la tuve, como llama una hija desesperada a un padre, a escasos metros, puerta a puerta. Me oía teclear, o el pasar de las hojas de cualquier libro ya leído y yo sin embargo, palpaba su silencio, sabía de su puerta abierta o de la tremenda negación cuando estaba cerrada.

Un hombre sin una mujer cerca es fracaso seguro, se te acaba la vida, la literatura, el sentimiento, todo. Ya me sé de sobra lo que se dicen los hombres, se lo dijeron todo Sócrates y Platón a un tiempo, necesito, en cambio, mi ley, mi permanencia, mi manera de emplear la borrachera de las palabras o la lasitud sexual de los gestos con ellas.

Mi garra y mi resistencia, esa larga tarea menos mal que su longitud me resuelve a diario los motivos donde no sirvo casi. Evoco en la mujer lo que me falta, lo que tienen gratis ellas, una ética que debe ser invención pero que yo no sé cómo buscarla. De verdad que la mujer es mi mejor anhelo, ver cómo me queda todavía el presente y dejar que llegue luego como la fiesta de la costumbre de estar mucho en casa sin tener que festejar nada.

Evoco en la mujer lo que a mí me falla, ellas tienen como dice Paniker “una praxis de creación permanente”, una serie de estímulos, una evidencia que me encanta, la eternidad con que me miden, la espera que siempre estoy dispuesto a disfrutar cada vez que lleguen, siempre que tenga que esperar.

Tengo a veces un extraño equilibrio entre mi lenguaje y mi cuerpo. Me cuesta mantenerlo porque el cuerpo me lo niega en ocasiones y yo no sé cómo exigírselo. Pero entonces me lleno de lenguaje, ni una sola mentira, una indecencia a mano –como decía el otro día, ya que estoy con Umbral, “el culo de una mujer, la curvatura de su alma”, y de inmediato si la mujer la tengo cerca, no olvidarlo, para que ella no lo olvide tampoco nunca, tengo un poderoso mandato en mi tarea con la mujer: una mirada de dimensiones enorme, más bonita que los propios ojos todavía para meterse allí y quedarse con aprendiz de esa escuela.

lunes, 10 de marzo de 2008

Necesito señales de nobleza e indecencias

A esta hora ya necesito señales de nobleza. Di ya todo lo visto, hasta el oficio de mirar por los demás. Me he quedado sin hora, nada más que para escuchar aquellas voces que pudieran enseñarme o a lo mejor transmitirme con colores una manera de soñar sin soñar y a esos colores les llamaré libertad. Ya es buen rato de quedarme con lo real en una eterna cortesía vieja pero sin dejar de contar mis maneras de acercarme.

Voy a ello: Si te trata de algo relacionado con eso del amor, saber que me mide y que nos mide, que erase una vez y cuando lo cumplimos supimos de su esfuerzo y su tensión. Dejémonos de niveles a los que llegamos pocas veces bien, en cambio cualquier momento será bueno para beber con lentitud, imaginarse la bodega inagotable de uno y allí pasar la tarde con quien no te pidió nada sino hacer cadena de personas anónimas que luego acaban siendo la abnegación de un abrazo pendiente.

Y en el paso diario de cualquier menester poner empeño en ello: darte cuenta de esa mujer que ha cambiado su peinado por otro peinado o al menos por una forma distinta de peinarse; admirar de aquella chica joven los pechos difíciles por su constante adolescencia permanente; hablar con sencillez, con la enorme sencillez que da la sabiduría aunque uno la tenga todavía pendiente: mirar serenamente, como sacándole la verdad a los ojos de enfrente en ese diálogo insistente en su belleza, constante.

Ya me queda menos de la mañana, ¡caramba que me acuerde de leer al llegar a casa señales de nobleza! de leerlo prácticamente dedicado, sin esperar que sea yo el donante, vendrá a ser al revés de cómo me ha venido ocurriendo siempre, qué fácil –ahora me he dado demasiado cuenta, recibir sin que medie tan solo una breve palabra de sentimiento, sino naturalidad, otorgamiento, preguntas para poder dar luego al menos la belleza de la intención, del gesto entre lo escrito o lo hablado.

Y una vez en casa, administraré estas señales de nobleza, comprobaré que son del todo ciertas, gratuitas, generosas como una satisfacción que viene luego devuelta de algún cuerpo en soledad. Esa especie de música antigua, las luces de los colores de cualquier pintura, la sugestión arraigada luego de las cosas que nacieron sin esfuerzo, las señales que nos unen siempre a algo o a alguien.

De nuevo con las cosas que me esperan en casa, la vida, esa etapa abierta que luego se cierra, un párrafo que escribo cada vez que tengo que escribirlo, eso que sucede mientras uno está ocupado en otras cosas que dijo Jhon Lennon que era la vida, pero ya más enriquecido porque me siento cómodo y tranquilo.

Haré, eso sí como necesario complemento, las indecencias que pueda, en el envés del cuerpo como una larga caricia o una especie de deseo para años. Y las haré con el ritual de los sueños pero el encanto de la realidad, con una especie de desprendimiento, una clase heredada de acercarme a la vida ajena, sin preguntar si se puede porque luego no me faltarán ni recursos, ni maneras, ni sobre todo estética.

La misma que utilizo, cada vez que escribo, que pregunto, que tengo que ver por donde aprendo cómo es un ritual para tapar los agujeros.

viernes, 7 de marzo de 2008

El que va a la bodega

Hace días leí en una entrevista a José Manuel Caballero Bonald, celebrada en un restaurante, que diariamente inserta el diario ”El País” en su última página, que a la hora de escoger el vino, el poeta preguntó “¿hasta dónde puedo llegar?” A la generosa invitación del periodista anfitrión, Caballero Bonald se acogía al enunciado de Machado, “gente de poco beber y mucho hablar, son de poco fiar.” Y se enlaza muy bien con un poderoso refrán que estos días alguien trajo a mi página de literatura, “que el que va a la bodega por vez se le cuenta, beba o no beba.”

Beba o no beba, en la bodega de la literatura estoy y cada vez necesito más el trago de la lujuria y la sencillez, que nadie que se junte a mis letras y camine sus felices días con ellas, luego me diga que yo sabía que aquel dispendio iba a tener final, trago va, trago viene, porque ahí pongo siempre el sentimiento y el bebercio y ya no lo puedo quitar.

Para mí nunca estará agotado, o caminamos juntos hacia la bodega, se nos cuente o no, la bebida que nos atrevimos beber. Si no, aunque fuerce la necesidad, la espera, la demanda del pregonero, que no me admitan de pasajero porque para el anfitrión tiene también regusto de goce y dispendio. Negarlo o ignorarlo no es justeza.

Quiero si intento llegar hasta las lindes húmedas de una mujer o que no me dejen nunca hallarlas o que el tiempo se me alargue en ellas, infinito, como tiene que ser. Mi trago es la palabra y mi caricia también, pues andemos ese sendero largamente, holgadamente, que nadie lo termine antes, ni sacuda como el polvo de un guardapolvo culpas ni menciones.

Manos y gemidos juntos, ¡cuánto se goza! y prolongado el gozar no le pongamos terminar. He sabido desde que me hice hombre como estaban las cosas al empezar a hablar, he tenido y sentido siempre las manos de una mujer la primera vez como si de una pianista pulcra fuera; he eliminado los empeños de mentirnos y aunque sintiéndome siempre casi muchacho en los andares del querer, era hombre maduro, con métodos educados de adulto, manos oscuras de manchas con vejez de esas que para quitarlas las tienes que pintar cada vez con ese ungüento de los besos que cuestan, con la dulzura de los sueños que regresan donde estaban.


¡Ay que cierto!, ni freno tuvo Bonald para pedir el vino no fuera que lo tomaran por gente de no fiar, ni dejará de contarme mi presencia con mujer libre, “clásica como si fuera un cuadro de Ingres” que dice Paniker o “brillante y veloz como un relámpago” al modo de Marina. Es que hablando de mujeres se me traban las entendederas. Me contará cada vez, beba o no beba, porque la grandeza de lo que emborracha a uno, es la propia medida de su grandeza.

sábado, 1 de marzo de 2008

Eras así


Tus axilas tenían forma de mariposa, lo supe enseguida porque pasaste por mi vida como tal con tus alas de colores vistosos producidos por esas escamillas que las cubrían. Te paraste, eras así, dijiste que no te quedarías y así fue. En el tiempo que cubrimos con tus brillos a la vista, hiciste lo que dijo Umbral en "Carta a mi mujer", una vez muerto, en su póstumo libro: “sabes entrar en la conversación con lo callado.” Porque insistentemente cada vez que hablábamos tú manejabas mi silencio no fuera que se me terminaran ya las metáforas que me quedaban.

Me asombraban los huecos de tus axilas, a veces me los enseñabas, daba lo mismo que lo quisieras hacer o no, otras los soñaba y entre todas las palabras que cruzábamos, estaba eso, que sabías conversar con lo callado. Porque jamás supe de nadie que hiciera ese prodigio de ir diciéndome sin decírmelo, los vuelos de tus alas de colores, tus anhelos que tenías pendientes. Por eso me admitiste y seguirás leyéndome siempre esta manera simple y permanente de entregarme.

No lo puedo arreglar, no existe ni fugacidad ni tránsito, una especie de permanencia porque siempre fui un hombre que no hablaba de futuro, que quiso en el último tramo de su vida enterarse definitivamente si era capaz de esa orgía inmensa de la permanencia en el hueco de su vida propia que tiene una mujer con las axilas que parecen mariposas.

Permaneceré, Bolboreta, lo haré siempre aunque te vayas del todo de mi vida, aunque te empeñes en llamarle recuerdo a esa especie de éxtasis que siempre que escribo cuento. Tú lo sentías cuando me leías. Por eso nunca podrás limitar la validez de mis palabras, si las admitías con tu silencio y tu demanda al tiempo, aún siguen ahí, permanecerán como cualquier evidencia de la vida, que nos gusta notarla, la anticipamos con las manos, la terminamos en el abrazo.

Nunca supe del todo quién eras ciertamente, tenías como una ética de catecismo antiguo, un respeto a lo propio y a lo que te rodeaba. Cortabas las respuestas o ni siquiera las dabas, era una forma estética de silencio, una moralidad que tuvimos y que no impedía que fuéramos los dos como una expresión de los colores propios.

Andabas tan sobrada de estilo que aplicabas cada momento la eterna definición de José Antonio Marina: “es una opacidad que retiene al espectador. Es un procedimiento para que se fije.” Era una parte indisoluble de tu atractivo, una praxis ortodoxa en todas nuestras conversaciones, cortas, esenciales porque podía pasar que llegaran a ser demasiado tiernas con una eternidad que no tuviera medida y no querías, no podía ser, ibas a continuar el vuelo más tarde, del ensueño, majestuosa para que me hiciera hombre entre palabras que habían tenido un único destino: estar entre los dos, evocando lo que me faltaba, recordando poemas olvidados. Te las iba escribiendo porque así todas las cosas escritas acaban siendo ciertas.

Por eso al ver pasar de nuevo por la puerta siempre abierta de este escritorio tan bella mariposa, me he acordado que era igual de cierta y de inevitable: tus axilas así, con esos colores llevaban prendidas en sus alas cada vez el goce secreto que me diste mientras me dejaste estar, fue la medida de mi tiempo, mi manera de acordarme que hay un esplendor interminable, un asombro, una belleza que siempre se puede tener dentro. Te lo escribiré cada vez porque ese es mi límite, mi dolor, mi única posibilidad de sentirme vivo.
Aunque no tenga respuesta lo volveré a escribir de nuevo. Es la única forma de soportar el llanto como antiguo y quieto.

martes, 26 de febrero de 2008

Mi debilidad y mi fortaleza


No hace mucho alguien escribió sobre mí, deducido de mis escritos al amanecer público, que era un hombre débil, pero al mismo tiempo dotado de una gran capacidad de esfuerzo. Tendré que admitir ambas cosas. La debilidad la noto a diario, al momento, como una queja propia de no poder llegar a más, de querer más. Y se junta como si fuera un deseo con una manera de alargar la mano, en demanda de apoyo. Me servirá la primera frase de la novela de David Trueba “Saber perder” que ayer busqué de inmediato, todavía sin poner en las estanterías de mi librería habitual, (casa cuartel, cómoda, de compañía bien arreglada). Dice Trueba: “El deseo trabaja como el viento.” Pues mi deseo de ser fuerte, camina así, ésa es su andadura, su senda.

Sé que llevo demasiado tiempo con la dura lógica de la noche, con la admisión de la despedida cuando hubo antes una cercanía inimaginable. Se sabía el final, ya entonces mi debilidad, cuidada antes como la que puede sentir un niño tocaba a su fin, había que echar mano de la lógica para la felicidad ajena y eso sólo podía ser con una enorme fortaleza. En el rostro se me quedó la negativa de volver a ver ese otro rostro que era respiración y alegría. No quería la urgencia de la propia despedida ya sabida, era como un secreto duro que tenía para mí la vida: un final del tiempo que me queda por vivir pero sin ese destello, esa belleza regalada y tierna.

Pues llegado el momento, echaré mano aunque no me acompañe demasiado el cuerpo -ya lo voy conociendo desde tiempo, y lleva razón Gabilondo: “conocer y amar el propio cuerpo no suele ser cómodo.” Tengo ahora acumuladas demasiadas incomodidades, pero como me enseñaron no contaré a nadie su diámetro perfecto, diré siempre más o menos cómo me siento, sin entrar en detalles, me siento, pues eso, nada menos que vivo para al final de cada día poder decir como Séneca: “hoy he vivido.”

Ese amor a la vida es mi fortaleza, son dramáticas las ganas de no contar las derrotas, de resistir las luchas viejas, tienen etiqueta, tratamiento habitual, una edad cierta que ya te da la vida, casi de regalo, pero que hay que prolongarla, seducir con ella en la mano a lo más valioso, lo que gusta de misterio, lo que hace a los demás volverse a mirarte, leerte entre las palabras como una hermosa forma de abrazarse con alguien, de escuchar cuando te leen con una forma suprema de cariño. Por eso escribo, pongo mi lenguaje entre los lenguajes que leo, que me aprendo amaneciendo, anticipándome así a cualquier amenaza de silencio.

Soy débil como podría ser –y así me pasa a veces, si fuera siempre niño en las entrañas de alguien como he estado sintiéndome cada vez que me llamaban con esa palabra, niño, mágica, real y preciosa. Trayendo eso sí, entre las palabras la tremenda memoria que siempre da el cariño. Débil como un deseo que trabaja como el viento, ya lo dije en palabra ajena pero propia.

Pero a la vez, necesariamente, tengo una importante fortaleza de comportamiento, el lenguaje de entregar lo mejor propio, eso es entereza para uno y seducción ajena. Una fortaleza –es curioso, para pillarle el tranquillo a la felicidad de algún instante. Fuerte para vencer soledades que pesan más de noche; la dosis de pasión porque nada hago que no lleve la pasión pegada encima. ¿Cómo escribo si no? Construyendo en mi edificio de palabras las claves de una elemental estética para andar por la vida, con un amor a pedazos entre la memoria y la razón.

Pero pediré la ayuda siempre para la lección de intentar hacerlo casi todo hoy, la ayuda para volver a encender si cabe la luz de una ilusión. Tengo que vivir hoy, porque ya dijo Proust que el pasado no se mueve de sitio, buscaré la alegría osada y necesaria como el poder que le confiere el escote a una mujer. Mi fortaleza, mi exhibición es indagar la valiosa realidad con las palabras. No sé hacer otra cosa.

jueves, 21 de febrero de 2008

Al menos tu voz


Le robaré a Ángel Gabilondo el título de uno de sus capítulos de su libro ”Alguien con quien hablar” que estoy leyendo con sumo agrado. Porque al menos tuve hoy, de improviso, su voz. Ni la conocí y cuando me dijo quién era, aún estando solo, continué a su merced porque estaba temblando. Tanto tiempo que tuve presente su bellísimo rostro, pocas veces su voz, nos lo decíamos todo con el beso que lleva entremezclado las palabras. Ahora no puede ser probablemente ya nada, pero esta mañana tuve la fisonomía de su voz, hablamos hasta de cosas intranscendentes, ninguno de los dos pudo sentirse bien, pero su voz fue una provocación, como una manera de decirme, ¡calla niño! No te olvides de mi propiedad porque te leo y sé perfectamente cómo te sientes en cada instante.

Me lees en tu sitio, está tu fisonomía y la mía, ambas tienen en ese hueco su realidad, su dominio. “Mi privilegio” fue crear mi privilegio, disfrutar de él, ofrecértelo para que hicieras con él lo que quisieras, para que cada vez que me leyeras –estoy seguro de ello, te sintieras dueña de ese modo de deletrear que tengo, rendido y único que no puede tener otro destino.

Al menos su voz, como una recitación, como cada canción que venía hasta mi por las noches, su voz en este instante todavía la siento porque es única, insalvable, porque tiene un poder, una seguridad, una enseñanza que hace que todavía me quede el temblor de esta mañana como si regresara a aquellas tardes de tacto enriquecido cada vez que la miraba.

¡Qué ocurrencia llamarme! y dejarme su voz para ver si esta noche puedo dormir con ella. ¿Te la has mirado en el espejo?, no te has dado cuenta que ya para mí es como una leyenda que sienten los enamorados cuando se quedan sin voz. ¡Cómo has sabido hacerlo! Qué te quejas del silencio, pues te lo voy a rescatar del más íntimo matiz de los afectos que podemos tener los humanos. Te hablaré de repente, notaré tus temblores, tu poca naturalidad, ¡qué tal, como estás! No, no, dime como estás tú, y enredado y nervioso mientras lo que hacía era utilizar la mejor grabadora de mi vida: cuando te veía.

He recordado en escasos momentos cómo eras, cómo eres, cómo te quedarás estampada en mi vida en forma de sueño. Se me acaba el tiempo sabes, del nuestro ya no queda: el recuerdo de una ternura lenta, las vocales largas de mis metáforas en forma extendida, la erosión de una caída, hasta la pérdida de mi manera de poder oírte. Se me acaba el tiempo, dueña mía, ya cambio el placer por el vértigo, ya la dictadura de la vejez me pregunta qué ha pasado. Ya se ha terminado ese hábito de enamorar porque todo agota, todo consume, es un vicio que tiene la vida, un hábito desafortunado.

Pero me valió, ¡vaya si me valió! Volver a sentirme enamorado. Al menos tu voz, nada menos tu voz para llenar los silencios de tus ecos. Gracias por ello, yo no acertaba a hablar bien contigo. Entiéndelo existe amor cuando pierdes la capacidad de hablar, cuando ni siquiera puedes respirar. Me ha venido de pronto el recuerdo, la nostalgia, de una caricia, de una piel, de un después.

Aunque te resistas siempre habrá un después, lo tendrás cada día presente como yo esta mañana, al menos con tu voz.

martes, 19 de febrero de 2008

Placeres pendientes

Llevo ya demasiado tiempo pensando, temblando por todos los placeres pendientes que debieron seguir dándome porque no se puede dejar así esa deuda que nunca fue un secreto, si no algo a voces, mi sueño, mi posada en mi propio escritorio público.

Ahora que ando leyendo una novela de olores, de perfumes que quedaron también pendientes a su protagonista - igual le huele el sexo, el verano, el calor, la siesta, la tarde, la pereza, a mí me huele y me duele lo que hice, me dejaron hacer pero no pude terminar. Y pienso que lo mismo que son imposibles las pausas, los aplazamientos, más insólito y cruel es un final sin una sola respuesta ya.

No es posible que yo lo siga escribiendo, vaya contando todos esos placeres pendientes y no me quede a cambio nada para echarme a la cara, sobre todo en los momentos en que no tengo nada que poder echarme. Es injusto que sepan que estoy, que noten en mis palabras olor antiguo, a tiempo y yo no sepa de lo que sea al menos eso: una palabra presente.

Si incitas al placer, sin concretarlo, es necesario, hacen falta las respuestas, la forma de darlas, el gesto bello que siempre tuvo ese rostro y luego nunca vuelves a ver esos ojos, los más bellos que vistes, una postura con los brazos, una señal al propio empeño porque conseguiste que fuera también constancia de ella. Si entonces contemplar la ausencia podía ser un motivo inevitable y permanente de tristeza, ahora muchas veces es casi razones de desesperación sin que del todo entiendas la rotundidad en la negativa de ahora.

Ya sé que mi pecado fue atreverme como un verbo paralelo al deseo, una necesidad de la propia necesidad, pero si me abrieron los brazos y sentí que me los cerraron luego, que ya no me suelten, no pueden, no deben. Cada instante de la vida es sagrado y extraordinario para los que ponemos en los mismos el amor a la venta, lo mejor, lo más sencillo, lo que no es frecuente y quien lo recibe se da inmediatamente cuenta de ello. Entregamos pedazos que tenemos de estar vivo. Por eso necesitamos que sea igual el instante siguiente.

Y van pasando los días y sigo teniendo pendientes los mismos placeres, las mismas necesidades que empecé aquella vez, aún cercana, todavía próxima porque no había prisa, ni meta, ni tiempo, ni ninguna promesa. Sólo estar como estábamos, eso era un pacto de placer establecido y por eso dije lo que no fui capaz de decirle antes a nadie, y a mí a su vez me dijeron quizá palabras únicas sin saber bien del todo cual iba a ser mi sitio, o sin querer yo saberlo.

Por eso lo tengo todo pendiente y eso duele, debilita mi enérgica manera de ser hombre, me abre libre caminos cuando todavía me siento en el mismo en que estaba. Hasta me parece quedó pendiente un abrazo que no fuimos capaces de darnos: por no poder notarlo, inventarse que te encuentras entre otro ser humano. Ahora la abrazaría prendido de sus piernas, como el final de mi vida, como un niño atrapado y desesperado.

Ya no tengo ni línea recta pensando en ella, me voy dispersando, hasta acabo cayéndome y cuando alguien que me recogió, me pregunta, si estoy bien y qué es lo que me pasó, no supe responderle, dejé que se resbalaran mis lágrimas del antiguo dolor que ya traía, del que tengo a todas horas y no se me va, lo mismo que los placeres los tengo pendientes, como el viento de la edad que me entra cada noche por la ventana y cada vez lo noto, eso, más pendiente.

miércoles, 13 de febrero de 2008

Amo a las mujeres


Amo a las mujeres porque salí desde dentro de una de ellas. Ese lazo de relación que crea el nacimiento dura muchos años, hasta que se te acaba el miedo a los años, dura hasta que lo pierdes y te sientes sin una mujer única para siempre en tu vida.

Amo a las mujeres porque siento una inevitable necesidad de ellas, como una ayuda para que me guste cualquier cosa pequeña, semejante a una curva de ellas, le revuelves un poco el pelo y tienes que llamarla todos los días. Ya desde el principio en su físico íntimo, ellas abren sus muslos y para mí siempre ha sido como un intento de leer sus entrañas, ver lo que me depara el futuro. Ahí estuvo siempre el murmullo de la literatura, un fenómeno que no puedes creértelo, pero que es cierto, llegan antes que tú a todos los sitios, maduran cuando a ti no te habían enseñado en qué consistía eso de la madurez.

Amo a las mujeres como un observador emocionado, fueron siempre perlas en mis penumbras, -sus labios vaginales discretos, un vértice regularmente plegado para buscar un permiso de humanidad y admiración. Ni guapas ni feas, mujeres, es suficiente, que afortunadamente nos ganan casi todas las partidas.

Hoy le leía a Isabel Coixet su defensa radical sin feminismo, "las tetas importan aunque molesten a las feministas" y se basa en el guión de la película que le dio Roth: "el cuerpo tiene más memoria que el cerebro." Porque en su cuerpo he vaciado noches enteras como no había otra forma de ocuparlas, de liberarlme. Con su cuerpo en mis manos lloraba todo lo que me faltaba, eran sus muslos, sus axilas, simplemente la palma de sus manos.

Y como una vez me aprendí de Catherine Millet: "copular respondía a una necesidad más amplia; abrirme un camino sin asperezas en el mundo."
Eso he hecho, eso le debo, a eso me ayudaron junto a dos factores del hombre poco habituales creo: una entrega con forma de sumisión, que no le resta jamás hombría al hombre y una tabla de valores donde cuando están superiores hay que saber decirlo, sin cuotas ni porcentajes, con humildad y reconocimiento. Así lo hice en el trabajo, en la amistad con ellas, en la simple convivencia, el factor más difícil que tiene la vida.

Prefiero que me tengan a tenerlas, que me den conmigo generosamente su belleza interna, su forma de amar, su lenguaje que parece que viene de atrás cuando tienes las manos puestas, cuando son comida para tus manos y debes llegar con la petición de permiso que sólo tiene un hombre generoso o enamorado. Ya me tiene, ya no hay frontera entre el alimento y el cuerpo, hasta se quedan al margen las palabras que yo siempre tengo. Pero sentía un dedo en la boca, una orden de silencio, una voz enérgica, ¡calla! porque si hablas me puedes. Y con esa carencia de lenguaje, aún así, amo a las mujeres, respeto y demando a las mujeres, como si todo estuviera aún por decidir.

Tengo compromisos sociales para días siguientes: ir a la ópera al Palau y también cenar en un sitio acogedor y preparado una noche que llaman de los enamorados. El amor más completo no lo perderé jamás. Disimularé con unas flores, pero pondré luego en su muñeca una pulsera de plata porque ella sabe que amo a las mujeres.

Tengo permiso permanente para escribir que son todas ellas como un fruto del desierto, duro a veces en su corteza pero fresco e inagotable por dentro.

martes, 12 de febrero de 2008

CAPUCHINOS DE BRONCE


Por Tristao

Ayer llovió sangre sobre la ciudad, capuchinos de bronce le dicen en mi pueblo cuando cae recio como cayó ayer. Pero era sangre sin licuar, un gel que se pegaba a la ropa, a la piel, la ira de Dios.

El día estaba por romper, había precedido plenilunio, que es cuando los arúspices predicen los mayores males. Y cortaron la corriente eléctrica, como hacen siempre cuando se desbaratan las nubes y el cielo empieza a soltar injurias, como lo hizo ayer. Así que aguardé tendido en la oscuridad en posición fetal, allí agachado hasta que pase el nublado y poder ensillar, recorriendo errático mis pasos, arrumbado en el desván de los recuerdos el día en que alcé el vuelo y me salió al paso la libertad, rezando por lo bajito: ¡Oh Dios!, si es que hay Dios, guarda el jardín de mi alma, si es que tengo un alma. De la escalera subía llanto de niño, un recién nacido que llora suavecito al amanecer, olor de orín del hierro ensopao.

Al punto me entró un sueño atrasado. Y, cuando desperté, entraba ya por las rendijas la luz lechosa del alba, dando paso a la dejación y al olvido, cesaba el rigor de invierno, escampaba. Atrás quedaba la angustia que genera monstruos y te hace creer que es sangre lo que solo es agua, las preces con que se invocan a Santa Bárbara no más que cuando truena, que gracias pedida velas encendidas, gracia lograda, ni velas ni nada.

Bandadas de alcaravanes sobrevuelan el huerto, me reconcilio con la vida y me sosiego, el corazón a buen recaudo que, expuesto al aire húmedo, se oxida.

Para Fran. 70 años después volvemos a jugar; ahora a juntar palabras.

sábado, 9 de febrero de 2008

La derrota que uno elige


Que nadie que me quiera sienta nada más que lo que siento yo, como Panero: “el derecho a mi cansancio y mis heridas”, todos lo sentimos, todos las tenemos. Todo viene quizá con un tinte unamuniano que traía ayer Susana Fortes cuando hablaba en “Gambito de caballo” –impecable artículo, sobre la muerte de Fischer, ese genio, ese Dios que me trajo al recuerdo las horas que he pasado estudiando de madrugada sus partidas y las que yo terminaba de perder porque siempre que jugaba esa variante de la siciliana había entregado pieza antes de tiempo.

No me pasa nada, nada para quienes me quieren, me leen, me dicen que me leen, es que estoy hasta arriba de amaneceres leyendo para poder aprender a escribir un día. Borrás, el de “Pre-Textos” ya me lo dijo, para saber escribir hay que habérselo leído casi todo antes. En ello estoy y llevo puesta encima el inagotable retraso de mi tiempo, no me hacen falta sueños ni recuerdos, sólo tiempo, porque no tenerlo es un volante de amargura inevitable.

He elegido esta derrota que es la forma de ganarme alguna victoria. Antes que nadie apelaré a mis sentimientos, los destruí yo solo como una fiera herida que busca lo que le queda de la vida. A mi nada me puede porque todo me lastima demasiado y de ahí salgo ganador: de contarlo.

En mi enorme base de datos de lo que escribieron los demás, pongo las comillas donde quiero, fueron libros sólo cuando yo estaba leyéndolos, cuando escribía en ellos lo que los haría viejos pero propios. Así he ido anticipándome a lo que se me venía encima, lo he ido poniendo en una especie de hueco lleno de palabras para usarlas luego.

Y procuro al usarlas a ver si posible anticiparme como hace la mujer. La anticipación es lo que excita, lo que viene luego no se sabe porque lo que más te hace falta nunca lo tienes: una camisa abierta más de lo decente; un beso para recrearse, gratificante, relajado, un esfuerzo mayor del que tú haces, nunca tener bastante, ése es el poder que intento, palabra va, palabra viene como hace cualquier poeta en una búsqueda obsesiva de expresar lo que siente.

Me quedaré en la derrota de no poder llegar a ello, pero inquiero, anhelante de una respuesta como cualquier mujer con el pubis encendido. Y si no tengo a nadie sin acordes ni abrazos para quedarse entre los papeles, constante a mis acordes; o calzado todo terreno para volver a caminarlo, entonces, me equivocaré de nuevo sin ayuda de nadie, con ojos de cansado, sin prendas corporales. Me equivocaré y volveré de nuevo a la seguridad del sentimiento trágico de la vida unamuniano, que citaba la Fortes; releeré más de veinte mil registros de Acces que pasé un día, ficha a ficha, perfeccionada sin una sola errata; despejaré de una vez una mesa de libros amontonados que no sé cuándo leeré.

Y a lo mejor como cuenta Susana Fortes que hizo Fisher al final de sus días, intentaré regresar a la única época que me queda con recuerdos todos limpios: una vieja librería donde vendía libros que no iba a cobrar pero en donde como Fisher en sus tardes felices de su barrio de Brooklyn, me sentía Dios.

Él lo fue entre 64 casillas con su apertura de peón de alfil de dama en su guerra frente a Spassky. Murió a los 64 años también. Yo a mi modo, cada madrugada con los cómicos, recién terminada su representación y que en aquel trasfondo, en aquel infierno de libros prohibidos de mi librería empezábamos en cambio de nuevo una nueva borrachera.

Ése es el mejor recuerdo que me ha dejado libre la vida para elegir mi forma de derrota y contarla después.

lunes, 4 de febrero de 2008

No quiero que pase definitivamente todo


Antes de irse para siempre Ángel González ha dejado escritos un conjunto de poemas que será su libro póstumo, su legado, y he leído tres de ellos, rescatados de un periódico de ayer.
Dice con la solemnidad que le caracteriza que “no hay prisa”:

“Deja que pasen estos años, /son pocos ya, sé paciente y espera/ con la seguridad de que con ellos/ habrá pasado/ definitivamente todo.”

Preferí ser muchas veces impaciente, me lo echaban en cara, pero ahora quiero volverlo a ser porque habla González de una seguridad, peligrosa y paciente en la que luego “habrá pasado/ definitivamente todo.”

Pues no quiero que pase lo más mínimo, quiero hacer nuevamente mía mi impaciencia, recuperar si es preciso cosas olvidadas adrede, señales que al recordarlas me devuelven al sitio donde se llora también adrede.

Es curioso, hasta un pequeño mecanismo del que hablé una vez entre estas líneas por su origen –un obsequio con origen no lo tiene todo el mundo; por su uso después, una música que me llegaba cada noche, sin escogerla, obsequiada también, me impulsaba muchas veces a intentar sacar ventaja hasta al amor.

He pasado muchos días como quién ha llorado entiende, que ni la música me acompañaba en mi caída: “Y me vuelvo a caer desde mí mismo/ al vacío, a la nada.” De nuevo Ángel González.

Pero como quiero que no pase definitivamente todo, he disfrazado los enseres más queridos, el entrañable obsequio con origen lo he puesto otra vez en marcha, a otra hora, como si así fuera una manera distinta de oír música, lo utilizo muy de mañana, -al contratio que antes para vencer el insomnio de las madrugadas, para suprimir la más mínima posibilidad de que vaya a cumplirse esa ausencia de prisa del poeta, esa paciencia, esa espera. Mi iPod me devuelve precisamente la paciencia, me acompaña en la espera.

Porque me resisto, cuesta hacerlo, piensas en tu escaso valor cuando entregabas tu completo territorio, tu tristeza, tu soledad que creías te entendían y te la quitaban, la sucesión con interés de las noches y los días, la manera de esperar propia e impaciente. Detrás estaba la esencial e inevitable lentitud que ya tiene la vida, mi pretexto cada vez que me necesitaban. Que no era suficientemente cierto, pues se pudo terminar y dejarlo estar en un simple recuerdo.

Pero yo con mi actitud, despertada en los versos del poeta, he tomado la decisión de que antes que pase definitivamente todo y nadie pregunte ya qué tal te va la cosa, aún me queda quizá en los ojos, como prendida, la alegría que puede todavía aportarme cualquiera, la ilusión, la caricia a un hombre que fue capaz de darlo también “definitivamente todo”.

Es curioso, me vino sin esperarlo esta mañana, casi como una forma de comenzar el camino de recuperar ilusiones perdidas, un encuentro con el papel por en medio, -dinA4 verdad, me dijo ella y un capricho en forma de Faber Castell, un capricho por volver a verla. .