viernes, 31 de agosto de 2007

La soledad que me queda

Hace días leyendo algún comentario a este rincón virtual mío donde caben tantas cosas: besos, maneras de estar, desesperos y alguna forma de sueño, me decían, poco menos, que era eso, como el título, un privilegio, mostrarse allí desnudo en mitad del albero. Pues lo pienso seguir haciendo –y van llegando cada vez más lejos mis palabras por lo que veo- mientras me quede ese rincón de soledad quizá mal entendida, una equivocación, una felicidad del momento, dos “transilium” y no poder dormir una noche, o intentar quince veces una conexión sin cables quizá porque me habían quitado hacía un rato casi todos los cables.

Voy a seguir haciéndolo hasta que me quede la impresión de eternidad cuando miro a las mujeres, la inquietud todavía libre en las regiones más septentrionales, la necesidad de que me sigan infiltrando ilusiones porque jamás se me terminarán las ilusiones, mecanismos de las cosas por saber, instantes de verdades que duraron sólo eso, instantes.

Lo he dicho muchas veces: no me voy a quedar ya con el silencio. Si es preciso, como hacía de niño recitaré mis sentimientos como versos aprendidos, versos dichos en voz alta cuando dormía, sólo, con dos cuartos a los lados, uno el del padre, otro el de la madre, dignidades sociales que nunca podían entonces separarse.

Arrastro tantas cosas, que hice mal en callármelas. Y ahora ya muy tarde, 71 años después he venido, estoy viniendo a decíroslas como consecuencia de esa cita de Umbral que le he leído a Inés Matute: “Hay una voz, la voz de la agonía, que/ la llevamos dentro toda la vida;”…Pues esa voz, esa agonía, esa soledad que os contaba ya no puedo llevarla más tiempo dentro.

Puestos a contar todavía no me acuerdo muy bien si supe lo que es la pasión, por eso ahora ando imaginándomela a todas horas, sin censuras ni carencias. Me tengo ya que imaginar lo que debía a ser con veinte años jadear, jurar y llorar con una mujer dentro, porque no hay que penetrar a las mujeres, nos llevan todas dentro, no nos engañemos. Jugamos a su antojo voluntariamente porque saben más lujuria, más formas de ponerse, más sabidurías alojadas desde cada punto de entrada.

Quiero vivir lo que me quede con los dedos sobre el trigo de la rabadilla de la soledad bien entendida. Quiero escribir lo que aquí quede sin vergüenza porque ya me vendrá la vergüenza luego cuando lo lea, cuando se me escapen las hojas del periódico anterior de mi vida en los años años que escribía en los periódicos. Quiero dejar la estupidez fuera de lo que piensen los demás, hay quién ni me piensa, ni me considera, ni me cuenta, me dejan estar en la soledad, que yo mismo les exijo porque bien poco me dan en su lugar.

Quiero la autonomía de los viejos que no se han hecho viejos, mirar todavía los pechos sólidos, redondos y erguidos que tienen todas las mujeres que miro. Cinco segundos de agrado mirándolos y mil momentos recordándolos. No soy un viejo verde, soy en todo caso un hombre en tono verde, ese que proporciona el nerviosismo perpetuo que se te acabe la vida, que se te termine el silencio.

viernes, 24 de agosto de 2007

Por la calle Baja


Normalmente en mis escritos de la red suelo contar más, cosas de mis sentimientos, de mi mundo interno, que hechos realmente sucedidos en mi vida cotidiana. Hoy voy a invertir los términos. Contaré mi paseo la otra mañana por la parte vieja de la ciudad, en pleno barrio del Carmen, en el Tosalt, recorrí a pie, porque es el único medio por toda aquella zona, en busca, en la calle Baja, de dos librerías que en plena canícula acababan de abrir dos libreros. Se han extinguido en mi ciudad y empleo el término “librero” en todo su preciso significado. Yo lo fui en mis tiempos inmediatamente posteriores a la Universidad y recuerdo esa época como la más hermosa de mi vida.

Me costó llegar hasta la primera de las librerías, recorrer partes de la ciudad que ya no recordaba, zonas viejas pero vivas. La primera de las librerías que buscaba estaba cerrada con una reja pero que me permitió entrever su interior, y el rótulo explicativo en una nota externa junto a la puerta no dejaba lugar a dudas: se trataba de un taller de poesía, los libros de poemas amontonados hasta en el suelo, fuera en la nota explicativa a que me referí, hablaba de un horario vespertino y nocturno dedicado unos días a enseñar a recitar poesía, otros a explicarla –como si tuviera alguna explicación ese mundo-, también había un día dedicado a los niños, me imagino que para inculcarles el amor a los versos de un poema, antes y después de hacerse poema.

Seguí caminando, sin hacer demasiado caso a mis caderas, tenaces, insistentes de su presencia en mi cuerpo hace ya casi veinte años, en la búsqueda de la otra librería. La calle Baja, como su paralela, la calle Alta, es corta, pero al no localizarla entré en una tienda a medio abrir dedicada a la venta de discos. Un posible cliente con pinta de extranjero atendió a mi pregunta: -The librery?. Me indicó la que acababa de abandonar y parecía no saber nada más o mi inglés no me permitió completar mi interrogación. Apareció una hermosa muchacha con una ceñida camiseta violeta y un short, no me fijé de qué color. Bajo su camiseta noté dos pechos antigravatorios. Se ofreció para responder a mi indagación a acompañarme, claro le dije, sin pensar en nada más, en nada más. Caminamos unos metros y comprobamos que la otra librería estaba también cerrada y únicamente abría por las tardes, según indicaba su horario.

Era lógico, ya que el barrio del Carmen, es por la noche cuando tiene vida, una vida sin horas muertas, una vida nocturna como un escenario oscuro de posibilidades, sin desperfectos ni renuncias con el poder que tiene la noche cuando se impone: una salvación a lo que nos traen luego los días durante el día.

Inicié mi camino de regreso, me fui fijando en los gestos de la gente por la calle Baja que ya no recordaba, me detuve en una vieja tienda de ropa usada. Un precioso perro galgo que la protegía, demandó mi caricia cuando me acerqué a mirar su escaparate. El dueño, de aspecto apacible, me dijo al verme: -qué, con mi perro viendo lo que vendo? y le respondí, sí aquí estamos los dos. Ya de lejos miré con insistencia la calle que acaba de abandonar, la calle Baja, la vieja calle Baja.

Pensé que aún estaba allí hacía mucho más de cien años, casi los que quiero cumplir, por eso volveré otra vez a ver si me encuentro de nuevo a aquella muchacha de la tienda de discos, nuestra despedida fue en silencio, la más rica forma que tienen las despedidas, le rocé el brazo que ella misma me alargaba al darle las gracias por su compañía; buscaré de nuevo también a mi amigo el perro galgo y su amo; intentaré si está ya abierta que en la primera librería me expliquen entre medio de unos cuantos poemas, cómo se aprende a leer poesía, no sé, volveré por volver, a esa especie de calma que aún me queda por ver dónde queda, sin dejar de buscarla.

Por la calle Baja, me sentí bien la otra mañana, fuera de mi barrio, lejos de mi casa, pero cerca, cerca de esa calma. Quizá la encuentre en el recorrido en busca de esas dos nuevas librerías, paraíso donde he leído en una reseña del periódico, no venden los libros por venderlos, me han contado que hay un sillón donde ojearlos, donde me pueden dejar ser de nuevo librero, como en aquellas madrugadas en la “Librería Romero” con los cómicos que recogía al final de sus representaciones en los teatros de mi ciudad para hablarles de los libros que yo había sabido leer mejor que nadie.

Ellos me entendían, me compraban libros sin pagármelos, pero se sabían de memoria aquellos versos de Leon Felipe que había a la entrada: “…ser en la vida romero, sólo romero/ que camina siempre por caminos nuevos”.

lunes, 20 de agosto de 2007

A ti


A ti, que en letra de Joaquín Sabina, “te has colado en el coto privado de mi vida, que aún no sabes lo besos que te caben en la boca”. Lo primero no avisaste, me viste con la mano tendida y adivinaste qué me hacía falta, como una especie de aviso para poder entenderme. El asunto de los besos es que no lo hemos probado porque todavía no hemos podido.

A ti, parece fácil decirlo, que es una especie de sentimiento cómodo para estar, eso, más cómodo. Y sin embargo a medida que va pasando el tiempo, es un punto de partida, una manera de acercarse, una confianza antes de tener confianza.

A ti, no te lo creas que es cómodo sentirlo porque lleva detrás, con mi modo de entender las maneras de estar con la gente, un cúmulo de puntos de contacto para buscar un verdadero contacto, unas cuantas palabras verdaderas, esa especie de hálitos de vida, libres de licencia, pero que no tiene todo el mundo.

A ti, me ha resultado en ocasiones no saber razonar, hallarme en ese poco más allá del cual efectivamente no podía razonar, sólo consistía en estar como al borde mismo de tu desnudez, rozando el llanto que no debe llegar, buscando la infinita proximidad de las palabras que tienen al escribirlas para quién las lee.

A ti, siempre ha sido una proximidad, una honestidad, una manera de darle valor a gestos que usábamos a medias. Hablando de mitades, como un hueco que no era de nadie porque era de los dos, porque lo entendíamos los dos. A ratos pensábamos que había ya bastante, que estaba todo dicho y ya ves faltaba eso del coto privado y del interrogante de los besos.

A ti, para mí nunca fueron solo dos palabras: han sido páginas de asombro, muestras de esfuerzo, imágenes que te mandaba siempre por el mismo camino, canciones, canciones de retorno por tu parte para guardarlas en un iPod pequeño y entrañable.

Por eso ahora cuando leo en un libro de versos que no tiene versos, qué hacen dos seres con un paquete de sesenta meses, con un pasado, un futuro tercamente ausente, yo no saco más las cuentas de las veces que más o menos veladamente te lo he estado diciendo que debemos hacer con muchos menos meses. Y eso que siguiendo el tono de Sabina, he leído la red y no hablan ni de ti ni de mí.

De mi coto privado, lo siento, ya no puedes salir, lo de los besos tenemos que tratarlo, ves pensando cuántos te cabrían en tu boca; de cómo nos entendemos también puede ser que no lo entendamos: la gente queda lejos pero puede sentirse cerca, estar casi al alcance de la mano y nunca rozarse las manos, sólo cada vez, cada noche escribiéndolo o escuchando quizá ese “a ti” de Sabina. No te gustan sus formas, lo sé, pero le he robado las dos primeras palabras de una de sus canciones.

En casa, sabes, hace tiempo, tampoco hace tanto tiempo, sonaban muchas veces sus canciones en un cuarto que tengo cerca. Muchas veces sonaban sus canciones.

domingo, 19 de agosto de 2007

Todavía no tengo el resultado

Todavía no tengo el resultado de muchos comportamientos a los que me ha ido obligando la vida, o situaciones que yo voluntariamente he buscado. No sé del todo como soy con la gente, mi forma de acercarme o de quedarme, qué tal soy más allá de las frases cordiales de siempre. Saber de ti lo que gustas y aquello por lo que no agradas, qué razones tuviste del éxito o del fracaso, qué no supiste hacer bien. Repetimos muchas veces comportamientos sin saber por qué, sin venir quizás a cuenta, entra uno dentro del hábito de la repeticiones e ignoramos el original cómo fue para los demás.

Son demasiadas las escenas de las que quisiera saber su final antes de llegar al final. Resuenan nuestras voces, hay un eco cercano que las escucha, pero qué le parecen, qué le parecieron a estas alturas de la vida. Fueron muchas las veces en que me ejercité incansablemente sin venir a cuento o el tono era equivocado. No lo sé, no me lo dijeron claramente del todo quienes debían decírmelo.


Hay un área muy difícil de saber, cuando tu cuerpo se acoge a otro cuerpo, tu sentido a un sentido cercano pero ajeno al tuyo propio. He buscado saber muchas veces el resultado y sigo sin saberlo Se juntas tantas cosas, incluso algunas que nos las puse yo que me siento totalmente desorientado. ¿Qué estoy pareciendo tantos años, qué estoy pareciendo desde ayer, desde el primer gesto, la última palabra, desde mi manera de ser?


Siempre he intentado no parecer demasiado extraño, asequible, fácil, pero yo a mí mismo me respondo en muchas ocasiones, que no soy nada sencillo, que a lo mejor hay que dejar que te vean, que te juzguen no, por favor, que simplemente tengan en cuenta que llevas ya aprendiendo desde lejos, desde hace mucho tiempo modales y maneras que tienen también el tono amable de las palabras enteras cuando son verdaderas, una manera de ser y ya es bastante.


Me viene ahora a la memoria una cita que hace días leía de Heráclito en boca de un poeta: “el camino hacia arriba y hacia abajo es uno y el mismo”. Por eso yo no sé qué hacer para sentirme hacia arriba y que les parezca a los demás para que al final me den un buen resultado de mi análisis. Mi almanaque de debilidades es grande pero a eso hay que unir que cada vez tengo menos resistencia para ir hacia abajo, de la mano de Heráclito.


Necesito saber el resultado del examen, sobre todo de las personas que quizá alguna vez supieron entenderme. Ya sé que con el verano no se acumulan demasiado los aciertos, da lo mismo, porque llevo una vida detrás con muy pocas actitudes que han supuesto una queja verdadera, un impedimento, un freno o una barrera a que hicieran de mi lo que quisieran. Ha llegado el momento que con tanta sombra como me traen los años alguien ponga un poco de luz, ese poco de afecto que hace falta a ratos, casi siempre.


Ha llegado el momento de saber, ¿y si no hubiera suspendido el examen después de todo?

miércoles, 15 de agosto de 2007

Se me agotan las pilas


No sé si lo habrá sentido alguien de vosotros alguna vez, pero hay ciertos momentos de cansancio en que uno nota que su propia fuente de alimentación, lo mejor que tiene, la siente más agotada. Y no encuentro relevo, ni es hora ya de buscarlo. Es cierto que el verano me pesa por algo más que el clima, se trata de una propia temperatura no buscada que ciertamente me deteriora bastante. Pero no es solo eso, a veces se nos juntan factores, síntomas, se nos acaban incluso los rincones para el sufrimiento individual pálido pero honesto.

Hace días, incluso, llamé insistentemente a una puerta donde había genes propios, sangre de la misma clase detrás, y nadie me respondía. No lo pude evitar, vinieron a mi mente recuerdos dolorosos: una puerta -la mía propia- donde al cruzarla hallé la casa vacía y debía haber alguien. Pero no había nadie, absolutamente nadie. En el caso que cuento, he sabido a tiempo de tirar al suelo esa otra puerta, que su dueño se había cambiado de donde estaba a otro sitio, a otro sitio que todavía desconozco.

Es tan solo un ejemplo que no tiene nada que ver y que voy a mezclar con uno de mis habituales suspiros.Esta tarde más bien quería referirme como siempre nuevamente a un libro que acabo de leer, que me trae de frente secuelas y consecuencias de un mundo que todavía estoy viviendo hace mucho tiempo y que no era así precisamente el que buscaba. Algo dije el otro día sobre iniciativas, sobre preguntas en lugar de respuestas.

A propósito de una novela de una persona conocida en el mundo de la red, dice su personaje: "(A veces necesito tratar con otras personas, pero al tiempo, rehuyo el contacto físico. Hoy por hoy internet es la solución idónea)” No es cierto, no me ha sido cierto. No eludo ese contacto real, físico, si se tiene que producir he dado ese paso al mismo conservando mi sitio, mis maneras, mi vida. Pero quizá esos otros contactos que cargan las pilas continuamente, que me alimenta donde me falta alimento lo veo de otra manera a como lo he tenido.

Casi utilizando el desacuerdo con esa puerta que me encontraba cerrada estos días -puerta casi propia- necesito no tener que llamar a ninguna, tenerlas todas siempre abiertas, es un modo insistente, muchas veces agobiante pero para mis sones de alarma, necesario. Internet puede acercarte hasta ciertas personas que sabes que te entienden más que tu propia gente, contar cosas que has venido callando, vida que has vivido y que algunos múltiples detalles han pasado desapercibidos.

Y encuentras las víctimas de tus sentimientos, de tus sufrimientos, incluso, cometes casi pecados deshonestos porque sigues llamando a las puertas donde tienes la mejor respuesta que pudieras soñar, pero anhelas aún más: no llamar y que te llamen. No eres ni mejor ni peor en un chat a puerta abierta, quieres que todos tengan los mismos medios que tú tienes, y los utilicen, y se los inventen si hace falta –la técnica no tiene límites, los descubres cada día- te pueden ayudar.

Pero sigues llegando y aunque te siguen respondiendo insistes y pecas, como en un mal evangelio, y sabes otra vez lo que es pasar mal la tarde o la noche o cualquier momento libre. Debe ser un error, un mal planteamiento lo que dice mi novelista amiga, si quieres tratar con otras personas, páralas por la calle, tómalas del brazo aunque no las conozcas igual que haces en la red, intercambia las tarjetas de vista sin tener que concretar las visitas –deberes y obligaciones, ninguno- pero si el pliegue de una boca, una insistencia en la sonrisa, una altura que ni te has fijado en averiguar te dice “algo” ya tienes bastante, no pidas nada más, asume tu papel como el otro día aquí alguien escribía, da todo lo que puedas y no pidas nada a cambio.

Pido perdón por no saber hacerlo y cuando entre estos momentos del verano vuelva a cruzar esa puerta que decía no sé todavía dónde está, la puerta nada menos de un hermano que tiene muy buena pinta, casi de hombre joven, quizá porque supo aprender a vivir sólo, tono tostado, minutos escasos a mi lado, el símbolo de un abrazo pequeño luego, que me diga es que vivo en otro lado, prometo ser mejor que en internet, pedirle menos, devolverle el abrazo y saber otra vez cuál es su calle, su número porque tengo miedo, tengo ya el mismo miedo de estar sintiendo vivir solo y no acabar de contármelo cómo es eso.

A él no le hace falta Internet, ni sabe lo que es eso, ni quiso saberlo.

viernes, 10 de agosto de 2007

Modem de voz y datos


Yo soy un hablador con la voz y la escritura, y la vida anda demostrándome mi error. Ocultar, callar, es dar sentido, mantener lo propio en silencio es una manera de cargarlo de significado. Lo desvelado, lo contado, lo expresado se va volviendo con el tiempo banal al vertirlo fuera. Lo demasiado visible, contado, se vuelve tarde o temprano en demasiado visto, pierde valor.

Vivo con la gente demasiado puertas abiertas, soy contador porque me revienta dentro, tenga o no razón, son mis sucesos, los que puede que ya no tenga tiempo de contarlos luego y es mi forma de expresar sentimientos, gestos de acercamiento, modos de vivir, de vida. Pero voy entendiendo mi error. Mi gente de bien me escucha, sabe que necesito esa ida y vuelta como un modem de voz y datos, pero me suele faltar el retorno, el circuito no se me completa por completo y sólo me ha servido al fin para dejar algo fuera con poca utilidad.

Muy junto con esta idea tengo otra rama de perdedor: cultivo la iniciativa, no me bastan las respuestas, necesito las preguntas, los pasos adelante al mismo tiempo o antes de darlos yo. Me hace falta cultivar mis conocimientos con la sabiduría ajena, no saber quién fue antes, quién alargó la mano previamente, quién va a decir la próxima palabra bella. Viene a ser como en esos correos electrónicos que cabe la posibilidad de responder o de enviar antes. Pues tengo el ordenador lleno de envíos propios, cientos de megas, y junto a ellas todas las respuestas. Me ha pasado siempre y me seguirá pasando porque tengo el ordenador ya viciado. O el viciado soy yo.

Al fin y a la postre todo esto me lleva a la misma ruta que todos buscamos: no haber sido un poco más feliz, no haberme sabido ganar eso que me hacia siempre falta. Necesito el privilegio de estar con la gente, aquí en la ruta de tierra o en esa otra que me inventé un día que iba por unos cables inexistentes, por el aire, por el viento pero yo adiviné, nada menos que lo adiviné que podía ser tan válida como la otra.

Todo debe ser porque me soportaba mal a mí mismo y me sigo soportando igual, eso me temo. No sé todavía lo que me ha pasado con tantas horas leídas y escritas, como dije al principio un exceso de coloquio que acaba siendo monólogo y una espera a que vengan a buscarme pero termina por no venir nadie como necesito, como quiero. Yo tenía que contar mi dolor, pero contándolo no se extingue nunca por completo, sigue siendo dolor. Yo tenía que decir que en plena edad adulta era capaz de sollozar así con las llaves del alma bien abiertas.

Son dos maneras equivocadas de emprender este camino de descanso de esta tarde, me falta coherencia en hacer lo que no debo y mucho menos en pedirlo. En el fondo sólo pretendo seguir viviendo pero con tonos elegidos, exquisitos, porque si cuento una historia propia tiene poder y valor por eso lo hago y si me quedo quieto esperando el envío de lo mejor de alguien, puede que no sepa hacerlo, me anticipo, me convierto antes en respuesta.
Que nadie me haga caso, son cosas de los libros.

jueves, 9 de agosto de 2007

Hechos cotidianos

En muchas ocasiones no le damos valor a hechos cotidianos que se producen en el transcurso de nuestros días. Vienen sin buscarlos, sin llamarlos y pueden constituir instantes de bienestar muy valiosos. La vida es el día, éste momento, no sé lo que me ocurrirá ahora luego pero si es bueno y me satisface tengo casi la obligación de disfrutarlo y de agradecérselo a la vida.

Cada momento que me trae algo distinto, favorable, casi perfecto en su ajuste a mis capacidades receptivas me entra enseguida la imperiosa necesidad de pensarlo, de escribirlo, como de contármelo a mí mismo, antes que a nadie, de sacarlo de mi pensamiento y ponerlo en el papel timbrado de los acontecimientos cotidianos. Porque escribir para mí ya es como amar, se escribe igual que se ama o que se vive, no me queda más alternativa ni escapatoria que pueda resultarme más tolerable y satisfactoria.

Es como la felicidad del instante que se toma un retorno, las razones de los sueños que no necesitan razón, voy así tasando la vida para valorar la mía, experto, como digo, en esos hechos del día que llenan los días. Cuando uno llega a esa edad en que dices esto es lo que hay, tienes que darte cuenta cuando lo que hay es bueno que lo puedes convertir en alimento enamoradizo, en palabras quietas que te gusta escribirlas, en contárselo a los demás, a todos los que te quieren.

Yo busco siempre, entre lo que leo y aquello que escribo una literatura de satisfacciones, mi propia ropa tendida en el patio interior, mis calles, mis voces, la gente que se sabe para siempre mi nombre, que se queda con lo bueno que hice y perdona mis errores. Yo busco y cuento una literatura íntima que parece que no debiera contársela a nadie pero son las únicas actividades que me quedan: que alguien me deje su admiración suelta, que casi lamente no tenerme cerca siempre, que fabrique así mis propias nostalgias por si acaso se vuelven a producir de nuevo los hechos que las motivaron.

Ya sé que tengo a la vista lentitudes que no puedo ocultarle a nadie: miro despacio, en busca de la mágica lentitud de la mirada; camino más lento todavía porque me negaron hace demasiado tiempo que siguiera corriendo; me canso al final del día porque se acaba el día y por eso mi apoyo, mi voluntad de continuar otra vez, otro día, está en la posibilidad de encontrarme y recordar alguno de esos hechos cotidianos que me gustaron, que me devuelvan la capacidad para casi todo otra vez.

He de reconocer que tengo un hito de poner siempre al alcance ajeno, desde mis manos, el regalo de la comunicación, de la amabilidad, de la caricia a punto, del beso de los finales de la tarde; tengo una manera de acercarme para que me sientan simplemente cerca; nunca quiero poner punto final a esa proximidad con alguien; ando rotundamente empeñado que me quieran eternamente porque yo jamás voy a dejar de hacerlo.

La memoria tiene una cierta ventaja, forma la corteza del pasado, pero el instante, el suceso inesperado que acaba de ocurrir y ha proporcionado el alimento de sonreír, de querer que se repita, tiene más valor para los que cultivamos el hoy, su sorpresa, su inevitable envoltura que oculta lo que tiene detrás.

Como cada día tengo una pincelada propia que dibujar, un poema que escribir sin haber sido jamás poeta, hoy quiero únicamente un suceso corriente, una manera única de vivir el día distinta del de ayer, emocionante, única. Me basta cualquier cosa aunque me la proporcione un hecho simple. Ya me encargaré yo de darle empaque, importancia, tono de alcance, casi motivo de un nuevo insomnio por la noche.

lunes, 6 de agosto de 2007

Así de cerca


Así de cerca no me he sentido nunca porque para eso tienen que estar dos personas completamente conmocionadas, tienen que usar la misma terminología, dar una impresión de eternidad infectada, sin retorno, con todas las horas muertas entre los dos, una soledad compartida que no haya manera de dividirla, que deje de ser sólo soledad. Así no me sentí, ni supe averiguar cómo era.

Pienso que es una especie de calma de hechos consumados, de sueños irrepetibles, un compartimiento único donde cada expresión tiene ida y vuelta, la diga uno o la diga otro, dos cuerpos juntos que no tienen derrota, en todo caso perder es perder y basta.

Lo he probado todo, hasta esa teoría de que la mujer se queda con el que llora, me he pasado horas y horas tumbado boca arriba por ver si alguien me aportaba ese noveno grado perfecto y dulce, he malgastado los cinco últimos minutos hablando y escribiendo, me dijeron ¡qué perfectos! Pero en cada caso los borraron, los convirtieron en un gesto de ternura y no era eso, no era eso estar así de cerca.
Lo mío es no querer consecuencias como si fuera a ser una borrachera azarosa, una especie de mezcla de dos mundos que ni necesitan el sabor del primer beso; lo mío es mirar con unos ojos enormes, cósmicos, como si fueran constelaciones enteras y juntos mezclar los cabellos negros, apoyarse en todo y entenderlo todo, utilizar la casualidad de decir te amo como un descubrimiento mutuo, no lo sé, ¡caramba! La rabia que debe dar tener las manos entrelazadas y tener que dejaras sueltas porque quedan pendientes las caricias.

No, así de cerca, nunca: esa especie de droga de sobremesa, de no oponer resistencia nunca, de no separar tampoco las bocas, los alientos, dejar que las palabras del amor lleguen hasta el esternón, eso, eso debe ser abrazarse, no se me ocurre otra definición. En esos abrazos se comparten los misterios, todas las equivocaciones, en ese abrazo se acaba gritando siempre, eso dicen, eso dicen porque jamás he gastado esos abrazos.

Tengo el inútil remordimiento de no haber sabido pedir estar así de cerca, siento la cercanía, tengo miedo como me decían hace poco “de ver la negra espalda del tiempo recordándome que no soy nada, y que cada vez tengo menos tiempo para serlo”. Debe ser eso, que no soy nada, que no fui nada, que no supe alcanzar una cercanía tan cercana, de ser capaz de convertirme en otro tipo de persona, porque ésta gustaba pero no lo suficiente.

A lo mejor es que es necesario morirse con todos los deseos jóvenes, intactos, sin cumplir y yo tengo ese pendiente, de estar tan cerca, de ser para alguien la única persona, la única persona de la tierra, de que esto se trata de un idilio excesivo cuando ya no se usan los idilios. Es obvio que no supe hacerlo, que llegué tarde o lo planteé demasiado pronto.

Recogí infinidad de cariños, de formas dulces de entenderme, pero necesito iniciativas que coincidan, estar escribiendo y que se crucen los correos, las palabras, las maneras que quererse. Basta un banco, mirar a ninguna parte, el escenario es suficiente, se trata de un olor, de un tacto blanco, de terminar sin desperfectos, quizá sea un imposible entre los humanos porque se terminaron esos bancos, esas formar de coincidir diciendo casi idénticas palabras, pero que nadie las haya dicho jamás a nadie, un estreno solemne, una coincidencia así de cerca, casi así de cerca.

Ese es mi protagonismo de hoy, mi insistencia, la última palabra que me trae una imagen, el mar quieto allá en el fondo, mi contacto que siempre produce un sentimiento, la conclusión idónea, que no supe encontrarla jamás.

sábado, 4 de agosto de 2007

Me dejasteis un iPod


Pero os fuisteis y no debisteis hacerlo, me dejasteis con mi música para ver si así me estaba quieto como en un embarcadero donde el estanque azul es mucho más bello, más sereno cuando estáis vosotras. Vinisteis antes que nadie, como si no fuera a venir nadie detrás. Siempre ocurre lo mismo al principio: os calláis, a todas las preguntas la repuesta es ”nada”, pero vais sembrando compañía para no sentirme solo, para no tener que irse a ese cuarto que todos tenemos alquilado, precisamente para eso, para estar solo. No es un apartamento u otro, es cualquier estancia que tiene el mar detrás, es un embarcadero de la vida, cuatro trozos de madera quietos y una playa al lado para bañarse luego.


No, no debisteis de haberos marchado, mira que os lo avisé porque tengo derecho a tener miedo, a no poder deciros una vez hasta luego. Fijaros, ya habíamos establecido una forma de entendernos y para eso muchas veces no hacen falta las palabras, sobra con las miradas. Estabais por la terraza o por la casa, no recuerdo lo que llevabais puesto, cualquier cosa, pero estabais. Ahora no me queda más que ratos de silencio, algún libro que me olvidaba a veces en cuando estábamos juntos, y ese iPod, ese aparatito que me regalasteis y me disteis alguna clase de cómo utilizarlo.


Allí pasé 189 canciones que yo tenía almacenadas porque me las habían enviado, para poder escucharlas con esa máquina tan pequeña para mis ratos de estar quieto y solo. Ya sabéis que necesito estar demasiado quieto. Antes de iros hasta tuve que preguntarle a ese chico tan alto con su belleza indígena, con su manera de no hacer nada que no le guste en ese momento que alguien se lo reclama, unas instrucciones que no venían en las instrucciones; hasta al iros aprovechó ese rato del abrazo para ofrecerse como experto, ”si necesitas algo del iPod, me llamas”.


Con vosotras empleé un abrazo como para cualquier otra cosa: para deciros adiós sin tener que decíroslo, para estar más o menos seguro de cuándo volveremos a hablar de “nada”, para daros las gracias con un gesto, con la manera de poner las manos porque hay muchas formas de abrazarse pero sólo hay una verdadera, la que deja los restos que siempre quedan cuando hubo un modo de crear una insistencia que a la vez es una convivencia sin enterarse casi, cuatro cosas que se dicen comiendo, una risa suelta, cómo me poníais los platos más cerca, notaros a mi lado comiendo.

Todo eso y muchas más cosas hemos estado viviendo sin que que yo quisiera saber que era sólo un rato, un rato me parecieron todos y cada uno de los días cuando os fuisteis ayer y no encontré otra manera de deciros adiós que asegurar rotundamente que os quiero. Tener esos recuerdos: el roce del abrazo, las veces que os reíais de verme ya sentado esperando la cena porque mi horario empezaba antes, porque yo es que tengo a veces prisa por si acaso se acaba lo que tiene que acabarse y no debe acabarse.

Prometerme una cosa: venir muy pronto a verme aunque al principio nunca me digáis “nada”, venir muy pronto a verme. Yo dejaré los auriculares de esa música vieja que nunca se hace vieja sin que ni tan siquiera haga falta para veros, para sentiros de nuevo cerca, para entrecruzar las manos como hemos hecho a veces estos días, para tener el mar por testigo cerca, confirmar que ya no sois niñas, sino mujeres con un hombre alto al lado que os protege porque jugáis insistentemente con él; para quedar de acuerdo que la próxima vez no me vais a dejar un iPod entre las manos, sino esas vuestras que entrecruzábamo ya que no vais a marcharos, ya que no vais a marcharos otra vez.

domingo, 29 de julio de 2007

Sin carnet de vuelo


Quizá sea la poca confianza en lo finito, más que miedo a que se acabe el vuelo es la sensación de estar volando como sin carnet de vuelo. Porque puede estar uno condenado a morirse sin ruido, que no quede nada para los vivos, nada de utilidad de lo que hicimos en la vida. Quizá les vaya a faltar a los demás para conmigo la tolerancia que yo siempre empleé, esos hilvanes que me servían para vivir luego. Pero me van faltando contraseñas, hitos para seguir viviendo convencido del valor de lo que hice donde errores y aciertos tuvieron la misma vivienda.

Que nadie se me vaya a asustar pero es que hay muchas veces en que uno no sabe muy bien si es bueno haber alcanzado en cierto modo una edad calificable como en los programas informáticos de opciones avanzadas. Es ya un punto en que no me interesa nada que esté por encima de mí porque me siento por debajo, porque estoy por debajo. Es preciso que haya un nirvana después, más allá de la muerte, en que todos podamos encontrarnos felices y dichosos. Que no hayan mediciones, reproches ni equivocaciones. Es un lenguaje para esos momentos no admitido, no entendido.
A falta de cualquier lenguaje el error y la verdad pueden ser la misma cosa, los éxitos y las decepciones, propias y ajenas irán a pozo común, todos habremos vivido bien, habremos sido buenos, dimos el nivel, casi pintamos de nuevo el futuro como volviéndolo a hacer, descontándolo de pasados que nunca nos gustaron, de ratos malgastados, como dije, de errores y mentiras.

Sé que la vida no son las horas, minutos y segundos que hemos pasado, la vida es un inmenso presente, infinito, sin límite de tiempo, pensándolo bien los límites los ponemos nosotros siempre porque no sabemos valorar ese presente que tenemos dure lo que dure, alcance hasta donde alcance. Pero no lo puedo evitar ya, tengo huellas de tiempo, señales, días precisos donde habrá hasta gente a la que aunque sea un rato alegre le gustas más o eso te hace creer.

Nunca tuve un espíritu atrevido, pero sí un caudal de ganas y energías. Me quejé como todos muchas veces. Tuve un mal mayor: soledades elegidas porque se estaba bien, sin subestimarlas. Carecí de términos medios, quise o no quise, me acerqué o me distancié del todo, de verdad no sé si fui buen compañero, si exprimí demasiado una misoginia acusada cuando me interesaba.

Lo peor quizá fue, quizá ha sido, no saber distinguir posibilidades a mi alcance de las que eran imposibles. Todo esto me viene en estas fechas próximas, alguna demasiado propia, porque curiosamente cerca del mar no me he dado cuenta que la vida tiene su mar y su lecho, que va contracorriente además, que ya me pilla cerca, la orilla más atrás, la vista escandalosamente turbia, la falta muchas veces de unos ojos en mis ojos ya bastante menos tiempo, contabilizándolo como si viera a una mujer con la cintura de reloj de arena.

Allí tendré que ver el tiempo que me queda, hasta cuándo he de seguir volando.

domingo, 22 de julio de 2007

Lo que no te mata


Al final va a llevar razón, según me cuentan, Nietzsche, “todo lo no te mata te hace más fuerte.” Me hago más fuerte estos días viviendo como errores de casting, casi historias de falta de química pero llevadas al comportamiento ajeno, que me repercuten insistentemente porque tanto cuido yo el propio en el momento de entrecruzarse que me parecen formas de la vida mal entendidas.

Estos días leía “Yo estaba detrás de ti” y Fargues con franqueza, audacia e espontaneidad escribe insistentemente sobre sus aturdimientos. Los resume en ésta frase: “Qué tal? Bien y los días ¿Qué tal? Mal.” Como para intentar lo más posible estar bien, olvidar que no estoy bien. Recuerdo las lecciones, las advertencias como si me vinieran del mar que lo tengo tan cerca y no saber cumplirlas; me pesan las vacaciones en las que no quiero descansar de nada; gravita sobre mí mi Mediterráneo estival, la cercanía de la playa que la noto sin embargo tan ajena cada mañana, y me acuerdo, me acuerdo firmemente de sensaciones preciosas, de la manera de suspirar, esa recomendación al cien por cien reconfortante. Frente al dolor, frente al mareo de no tenerlo todo cierto, suspiro, suspiro una y otra vez.

Hay desesperaciones pequeñas pero irreversibles o hundimientos cada rato para recuperarse luego con una confianza ciega en uno mismo, formas de las cosas de la vida que no te matan y con Nietzsche de la mano te hacen más fuerte. Me hace más fuerte pensar que no, que no estoy de acuerdo con planteamientos de la vida ajena porque me veo dentro, silencios esperando una pregunta que debió producirse antes. Siempre mi respuesta hubiera sido positiva, dejar el campo libre a la conveniencia ajena, pero necesito esa pregunta en función de mi protagonismo que a estas alturas merece un respeto, una consideración, una mano tendida de verdad, siempre. Y los que están más cerca no lo hacen, no se dan cuenta, lo dan por supuesto y cada momento notas que no hay que dar nada por supuesto.

Hay que preguntarlo siempre porque todos somos seres sensibles de carne y debemos incluir dentro una forma de comportamiento siempre mutuamente conveniente. Pensamos demasiadas veces en uno mismo quizá y eso lleva consigo infracciones al reglamento, al reglamento de las sensibilidades, de las maneras de ser, de cómo lo contaremos luego. A lo mejor a alguien que no tenga nada que ver contigo, si tienes esa suerte, lo cuentas y sueñas y acabas siendo más fuerte porque estás seguro que no te acabas de notar muerto. Todo, tiene el mismo origen, el mismo pensamiento, erosiones a diario, formas de reponerse, nimiedades que se te hacen grandes, dolores en el mismo sitio.

Es curioso en ese capítulo de los dolores por qué la naturaleza a cada uno le enseña a doler en un punto concreto, de manera que a lo mejor no entiende nadie o que nadie pregunta si te duele. Es inoportuno no saber si siento más malestar o felicidad. Si es felicidad, he decidido que sea clandestina y permanente, completa, quedarte en un punto que descubriste, caderas tan bellas como incompletas y un hueco en las axilas que te hace decir cada vez decir “era aquí” por eso yo estaba detrás de ti como en una novela. Parece no tener nada que ver con destrucciones y dolores, pero sí que lo es porque me sirve para darme cuenta que no me estoy muriendo, que me hago cada vez más fuerte.

Es mi actual forma de felicidad: un recuerdo, un libro que no he leído, un correo que no he recibido, la luz segura de la espera, a veces la emoción de la necesidad de un suspiro, la sugestión o sentirte sugestivo, el color que tiene hoy el cielo y la necesidad de compartirlo. Aunque sea explicándolo.


miércoles, 18 de julio de 2007

Cuestión de estilo


Hay etapas en la vida en que te das cuenta que detrás del comportamiento propio y ajeno en definitiva lo que hay simplemente es una cuestión de estilo, de maneras de afrontar la vida, de convivir, primero contigo mismo, luego con los demás. Son esos periodos de tiempo en que te ves obligado a renunciar a esa soledad que elegiste, callejón sin salida, porque no quieres salir de él.

En el mismo muchas veces te apenan demasiado las penas, aprendes a llorar para tus adentros, sin hacer ruido, se nota menos, duele menos. No tienes más motivos que los que te inventaste con tu cuestión de estilo, miras la noche cuando más se nota la madrugada, te aprendes el día siguiente consciente que llevará una contabilidad ya muy marcada, es una lástima que no sepas amar demasiado lo que tienes, tan solo señalados bordes propios que son los mejores, cuando más próximos a ti hay otros muchos que debieran agradarte. Pero es una cuestión de estilo y basta.

Muchas veces sonríes como un desesperado para aparentar que nadie va a poder contigo aunque te estés cayendo a pedazos. Es una forma de osadía, mi incitación hacia los demás, sobre todo, a quienes quizá desde lejos me conocen mejor. Busco siempre unas manos suaves para dejar en ellas mis tristes versos, mi manera de entender la vida, busco también esa seguridad que deben tener los abrazos aunque no los sienta entre los pedazos de mi piel. Deben estar detrás de un bello colgante, que llevará quizá mi sueño de mujer quieta, mi grito de llamarla cada vez más veces pero más en voz baja.
Me gustaría practicar a todas horas ese estilo propio que moja y resbala, que pide y se sacia a veces con solo dos palabras, un gesto que dejo puesto en la orilla del mar por la insistencia que vivo estos días al tenerlo tan cerca. Me gustaría curar de una vez todas las heridas de un estilo que provoca heridas. Niego el mundo ajeno, el que tengo alrededor cuando no me gusta y no me gusta, me rebelo ante todo lo que no sea aspirar a unos momentos de felicidad al menos, que es curioso siempre me vienen de fuera.

Y cuál es el estilo ajeno que tengo alrededor. Por supuesto muy distinto al mío, adulto, ni mejor ni peor, diferente pero muchas veces hiriente. Me quedan ya pocas maneras de quejarme, pocos instantes como ahora, solo, no más testigos que el ruido de una olas amigas sobre la arena, dos o tres libros, gente que duerme sin haberse dado cuenta antes de hacerlo que dejaron conmigo algo pendiente. Tuve que encender la misma luz de siempre, saciarme fácilmente, explicar que era así como me hacía falta y dejarlo todo de nuevo en su sitio, pendiente, esta mañana, estos momentos, este estilo que si te apropias de él tiene tu propio lenguaje.

Era fácil, pero duele. Me tuvo mucho rato despierto esperando el sueño sin que viniera el sueño. Suspiré muchas veces. Me quedan las enseñanzas siempre, las maneras más fáciles que debe haber en la vida para no notar la vida, para no tenerle miedo a que se me puede estar acabando la vida. Me queda una disciplina que no es a base de exigencias, sino de generosidades abiertas parecidas a los propios abrazos que no tengo, ya lo expliqué antes, pero que deben ser, deben tener, tamaño y envergadura, suponer una cuestión de estilo parecida a la propia, los mismos colores, la misma fantasía quieta, un intercambio de vocales, una seguridad llena de seguridades.
La buscaré, intenaré de nuevo tenerla siempre, alumno disciplinado hasta en el estilo, en la forma de suspirar.

viernes, 13 de julio de 2007

Nostalgia


En cualquier caso la nostalgia tiene dos raíces griegas, nostos y algia, regreso y dolor. Querer el regreso, casi añorar el dolor, pero el creado por uno mismo. Nostalgia de haber dejado de ver lo que teníamos cerca, lo que era nuestro. El dolor ya nos acompaña, va de sitio en sitio, tiene una personalidad propia que no nos la quita nadie.

Nostalgia porque nos fallan los detalles, a lo que uno no llama detalles, sino gestos, no es lo mismo, es bien diferente. Ya, ya sé que hay una cuadrícula propia que forma cada universo personal. Y precisamente yo trazo a lápiz casi todo: una nota al margen de un libro, una idea que se me ocurre de repente, una mirada a una mujer donde debo mirarla. No es para borrarlo luego, es porque yo a lápiz escribo de otra manera.

Ya sé que a lo mejor la nostalgia es un sentimiento del que no bebe fiarse uno mucho, sentimientos que pueden ser olores, sitios, tareas. Pero la tengo a flor de piel y me la voy a quedar en la piel para siempre. Me da lo mismo la sensibilidad de los demás, vivo de la mía y sino me la alimentan me hundo.

Pero volveré a mi sitio, estoy contando los días para tener otra vez mi sitio. Antes le haré un hueco al mar, estaré seguro de él, de quienes me rodeen, no educaré lo ineducable, me cansaré de mis soledades o las buscaré adrede. Dicen que hay momentos, períodos, tiempos, pues ya me parecen largos y no los he empezado todavía. Hay presencias que debieran justificarlo todo, pero ya he adquirido para siempre la infelicidad de los que a veces simplemente nos falta el pulso para tenerla. Voy a perfumarme para que así, tal como dicen, quienes nos perfumamos queremos ocultar algo que tenemos que ocultar.

Mal asunto empezar a escribir de la nostalgia de hace tres días y antes haber averiguado a ciencia cierta las raíces griegas, regreso y dolor: desear el regreso y empeñarse en el dolor. Mal asunto no aprender enseñanzas templadas que me dieron avisándome antes: dada la confianza… No hace falta confianza cuando se dice la verdad. Luego lo ocultado, lo culpable es propiedad mía.

Eso es lo que hay, me lo impone mi tiempo, mi circunstancia, mi camino, todo mi error, pero no hay nada más sabio que dejar a cada uno en su error. Eso es lo que hay, me lo avisaron, casi me exigieron sácale partido a cada instante bueno y a muchos se los he sacado. Pero tengo una enorme exigencia y se me desmorona cuando si me la aplicara a mi mismo caería por su peso antes, mucho antes.

Pero voy a seguir igual, definitivamente igual. Prometo la sonrisa cuando no la tenga, el vino bien bebido, la caricia pendiente, la mirada lejos, esperar, seguir esperando a que me den más, qué le voy a hacer. Remedios físicos no tengo y en los otros no creo, sólo la cercanía que produzco, mi forma de insistencia, la enseñanza de los libros pendientes, la palabra, un mundo del que me enamoré ya hace tiempo para ver si me la prestaba algún poeta, un soñador con palabra suelta, un niño inteligente que sea algo mío, una amante con axilas insistentes.

sábado, 7 de julio de 2007

Disfruta de la vida y de mí


Fue así cuando le pedí su cariño: me dejó libre el derecho y el deber de quererla. No había pues rencilla, y en todo caso la tendríamos que decidir en cualquier lecho abierto. Disfrutar de la vida será siempre para mí disfrutar de ella, como a la vida le doy tiempo, justo el necesario.

Son ya muchas las veces que escribo sobre el amor, amando. Debe ser que llevaba razón Balzac: “hablar de amor es hacer el amor”. Hoy una vez más empecé la mañana y quiero descargar las razones del amor, la página en blanco para mancharla luego, el cultivo adorable a la palabra, la venero más que nada, me abre paso a lo que más quiero, aporto entendimiento y la melodía de mi propio sentimiento.

Suelo en estos casos irme con los poetas, a su vera me enseñan desde sus antologías de papel cómo hay que explicarle a una mujer tu manera de amarla o que te lo digan ellas:

“Ven éste jueves por la madrugada
O ven mañana.
Ven cualquier día o ven siempre. Pero ven.
[…]
Ven para decirme como siempre en mitad de mis celos:
Soy tan perfecta como te imaginas;
mira mi belleza, mírala ahora.
[...]
Mira mi cuerpo, mi voz, mis perezas,
mira cómo despliego mis mejores artes en el escenario de tu vida."
Octavio Gómez Milián

Y en eso ando, mirando cada vez que puedo su belleza al arrancar la mañana, su aire desenfadado y sensual, el gesto de su ropa que siempre me hace pensar que no lleva ropa. No sabía que el amor se parecía tanto a la dependencia, a la desnudez, a tener permiso para el disfrute, a que lo es todo, a que puede con todo.

“Disfruta de la vida y de mí. Tienes todo el derecho.” Desmenuzo las palabras, intercambio así los sentimientos. Parte de un enunciado, va a terminar, seguro, guardándose ella mis cosas, yo queriéndoselas robar. Se guardará quizá un libro permanente -una historia de amor- en su mesilla de noche, para abrazarse a él cada vez que no me tiene para abrazarse a mí. Sera una fuente de placer compartida para cumplir ese proverbio árabe que asegura que el placer sacia a los hombres y encadena a las mujeres.

Pero en este caso, el saciado soy yo y quién se siente encadenado: no sé traerle ya más versos, ni inventarme más besos, dentro de sus brazos me imagino que hay un país grande y lejano. Una vez dentro no sabré bien cuál será mi papel porque amar para unos es conquistar, para otros someterse, me inventé las cadenas y me las dejaré puestas, sólo sé que con ellas dispongo de una sensualidad para su sensualidad escogida.

“Disfruta de la vida y de mí.” Pues eso es lo que hago, con la lentitud impuesta de su cuerpo, con el invento de un derecho que ya no me discute nadie, con una fuerza que se parece a la plenitud que tengo cerca, con la seguridad que a una mujer que se la ama hasta ni le hacen falta al final las palabras para que sepan que la aman. Me quedo en la torpeza, en el intento, en la seguridad que ella sabrá entenderlo.

Pero por si acaso continuaré las suyas, disfrutaré de la vida y de ella.

domingo, 1 de julio de 2007

La insistencia del verano


Me llega cada año como un paquete que me trae sin reembolso posible mi más íntimo correo y siempre lo devuelvo, antes de empezarlo, antes de destaparlo. Sé lo que contiene: el cambio de los sitios de las fichas, el intento de empezar una nueva partida, reclamaciones de las deudas pendientes que yo mismo no estoy seguro que sean débitos personales, en resumen un paquete bien envuelto por gente que me quiere pero que una y otra vez me van a pillar ausente, poco coincidente, tercamente ausente, ya lo sé, es mi forma de defenderme.

Acumula cada año la nostalgia de los años, esos dos o tres meses me cuentan mucho más en el débito de vida pendiente, esa cuenta si no es deudora es al menos ya casi residual. Me aporta la compensación te tener el mar cerca, de ser casi del mar, pero eso ya lo puedo hacer todos los días del año con un singular atractivo que no tiene el verano: ir adrede a buscarlo como quien quiere rescatar de esa manera ritos de un lenguaje amoroso siempre insuficientemente contado. Es más hermoso casi olvidarse del mar como una costumbre diaria para tener que remediarlo.

Pero todo eso es tan solo decorado, lo esencial es que me dejen sin las cosas que suelo tener cerca, sin tenerlas cerca; que no me acaben de contar del todo que me quieren y me tienen al lado; que en la mesa de siempre se quedaron papeles abiertos que jamás, jamás, debe leer nadie y puedo no poder recogerlos; que necesito los paraísos que he creado por extraños que sean para lo que no forme parte de cada paraíso.

Además me va a llegar el paquete del verano cuando estoy intentando comprender lo extraño, lo extraño propio y lo extraño ajeno, y me gusta, voy entendiendo esa extrañeza. Me va a llegar el paquete del verano, como siempre, sin que quiera que llegue, es el peor momento porque ninguno va a ser buen momento. Me va a llegar justo cuando sin prever la pérdida de ninguna especial felicidad propia eso no me impide, creer que puedo llegar a sentirla. Es el legítimo derecho de los solitarios y los rebeldes propios.

No pasa nada especial porque yo soy capaz de sentirme bien en el acto. Me bastan pocas cosas: las que aporta muchas veces el lenguaje en mi permanente búsqueda de cuál es el mejor lenguaje, un oficio adquirido, un empeño propio.

Soy un heredero de la cultura de sentirme bien y en el verano no me siento nada bien. Tenía que decirlo, que reconocerlo. Ya sé que habrá muchos momentos que me lo compense todo: la cresta de placer de las caricias verdaderas cuando vienen casi aún antes de estar hechas por quienes sin decírmelo me estaban un poco esperando.

Quizá me eviten muchas veces una fuga también verdadera a mis soledades de luces muchas veces rotas.



jueves, 28 de junio de 2007

La gloria del intento

Llega el verano y no sé que me pesa más si el calor o la manera en qué he de cambiar hábitos, formas de estar a gusto con una manera propia de la que a estas alturas de la vida uno se ha apropiado, la ha convertido en derecho. Desplazo mi residencia, pero poco, cerca de casa, por aquello que la proximidad tolera otras incomodidades y además me permite cuando surgen esos momentos en que quiero recobrar soledades, hábitos, hasta donde mi alcance la mano, no las tenga lejos.

No he de preparar equipaje de lecturas inminentes porque esa urgencia me surge a diario, casi la cultivo, consciente que mi alcance es insuficiente. Hace días me recordaba una amiga y gran escritora, una referencia al Quijote al no poder tampoco cubrir la medida de sus lecturas previstas: basta con la gloria del intento. Pero es que en todo, pienso, me tengo que quedar con ese mínimo agrado.

Hasta en mis propios lugares comunes me quedo corto, soy consciente a la vez de mi esfuerzo pero también de una especie de fracaso. Voy sintiendo juntos ardor y cansancio en una mezcla indivisa y me empeño en buscar desde cada mañana ese agrado en las esquinas de dicha que me quedan: quizá en una respuesta a un correo, a unas palabras colgadas en la red, un cansancio que no cansa, a ver si puedo todavía querer, querer a alguien sin que sienta la menor resistencia. Estoy en el intento, diría, pero me quedan perfecciones ocultas, generosidades, borrar la nostalgia de los años porque de tanto pasado ya no me queda pasado, sólo quiero presente.

Me tengo que valer como pueda, quizá olvidarme sin eliminar la esencia, el hermoso origen, de las palabras ajenas, de las historias que tienen la lectura de mis novelas. He de amar por mí mismo para que me venga lo demás, he de hacer la vida que quiero hacer sin ganancias ni pérdidas, con la simple ética de mi esfuerzo y no se me quede precisamente la vida en el intento. Luego de cada momento de felicidad, ya lo sé, vienen vacíos de eternidad, hasta de infortunio. Ahí está la condena y la salvación, la manera de acercarse y que luego cada uno seamos mucho menos de lo debimos poder ser.

No quiero pagar deudas antiguas, quiero que cada intento de los que hablaba antes me lo acaricie alguien, como un giro con la devolución puesta. Me satisface que la prosperidad de mis repeticiones, me las entiendan. He agotado el ejercicio incansable del dolor que vino antes de tiempo y se quedó y llegó con la etiqueta de lo inesperado como siempre llega lo molesto, lo extraño.

Ante todo esto al menos me llevaré en el mismo equipaje de los libros, el intento, esa reconfortante gloria.

sábado, 23 de junio de 2007

La última nota

A todos nos queda una última nota por contar y por cantar, a un destinatario que nos escucha cada vez y al que no le hemos sabido explicar del todo todas nuestras razones. Una última nota que solo puede tener la misma cara que tiene el amor siempre. A todos, absolutamente a todos, nos queda pendiente esa última nota y queremos contarla y cantarla a quien valga la pena, a quién sepa escucharla. Decirla, no hay más remedio, la vamos a decir.

El amor puede con todo, nos pongamos como nos pongamos cada parte. Puede con todo porque lo es todo. Todavía tenemos más o menos pendientes salivas en el cuerpo, en cada hueco del cuerpo, propio y ajeno; todavía hay un sexo reclamante lo entreguemos o no, Está en todos los libros del derecho. Pero el sexo es tan hermoso y lo sabemos hacer bien tan pocas veces en la vida que está lleno de contradicciones y memorias. El sexo es un derecho y da derecho, pero la falta del mismo se transforma en deseo que es capaz de llenar la vida entera.

Todo al fin, el amor, las ganas inauditas de ser algún rato felices, de construir las vidas, mantenidas o destruidas antes, son formas y maneras que tiene la vida, como un campo estampado de batallas donde cada día hay que levantarse luego de la última vez que nos caímos.

Hace días por algún lado escribía que el amor es un precipicio, ¡vaya si lo es!, pero hay que caminar por ese mismo borde para poder explicar bien los sentimientos. Damos y recibimos cada vez, cada momento y esa relación entre los seres jamás la deben romper las contabilidades. Se trata de corrientes de energía de una parte a otra incumplidas hasta su satisfacción.

La última nota en sábanas que registran los labios que se muerden con palabras siempre en la orilla impacientes y exactas. La última nota donde se pueden romper definitivamente los besos que han de hacer que alguien nos quiera a pesar de que cada vez que la llamamos hizo como que nos oía. Una emoción pagana que me han proporcionado gratuitamente los libros para soportar mejor lo que venga a posteriori.

Todavía el temblor que puede darnos alguien todavía porque queda por escuchar la última nota, contundente, como puede ser la locura de leer los versos al oído y mirándo a los ojos decir cualquier cosa.

martes, 19 de junio de 2007

¡Qué raro soy!




Pero habrá que hacer inventario de lo extraño e intentar comprenderlo, el sentido de lo inesperado, de lo impropio para los demás, la prueba irrefutable del contacto casi de piel cuando has vivido el paraíso inefable, acogido, de ser comprendido.

Me intento convencer que debe ser así, que ni un instante, ni un roce deben quedar pendientes, limpio los rincones de los recuerdos que no me fueron gratos para estar más ancho, pero son gritos innecesarios, al fin de cuentas todavía no tengo hecho el inventario, ni he repasado la enciclopedia de las veces que he llorado, sigo intentando vivir la prosperidad de las repeticiones y no hay posibilidad de redención, qué raro me siento tantas veces.

A estas alturas de la vida ya lo hemos dejado casi todo, acumulas cicatrices que no te las entendió nadie. Pero la razón es muy simple, es uno mismo quien se hace las heridas, no acusemos a nadie, no necesitamos ayuda de nadie. Igual que somos responsables de nuestro rostro a medida se hace viejo, cada momento extraño que nos esperamos es una forma de regresar a cómo somos. La vida sólo me enseña ya el difícil arte de comprender nuestra propia historia, si es que tuve alguna vez historia y no soy simplemente duración e insistencia.

Tengo la manía de la complicidad y ser cómplice mío es un desatino, una manera de malgastar energía por alguien como yo que quizá nunca la tuvo. Para qué pues arrastrar conmigo realidades más sencillas frente a una especie de incómodo vértigo. Me conviene más la soledad y el silencio que hacerle a nadie cambiar sus frecuencias. Mi vida tiene muchas veces, demasiadas, insatisfacción y ruido, pido malgastar el tiempo ajeno y no me doy cuenta que es ajeno.

Debiera asimilar para siempre la seriedad melancólica de los hombres que acostumbran a vivir solos, que se van despidiendo de las cosas sin compañía alguna porque despedirse las cosas es una de las tareas más difíciles que tiene la vida. Debiera asumir el fracaso de la más dolorosa despedida quizá porque nunca debí buscar la compañía. Pero llego a sitios donde no suele llegar casi nadie, gozoso de saber sentirlo y decirlo, desmenuzando las palabras entre los dedos. Luego trae consigo la aniquilación que es cosa del amor y no del tiempo. Huele bien el amor, dicen todos los poetas, hay amores que crecen sin que nadie se de cuenta. Por eso el día que se me rompen las estrellas en las manos, tan solo en forma de silencio ya se te acaba para siempre el lenguaje, se acercan las cenizas de tu muerte, se te rompen más los huesos aunque se te hayan roto otras veces.

Todo esto es consecuencia de lo raro que soy y del miedo que ya tengo. El que cierta convivencia se pueda terminar, se rompa la magia de que lo semejante atrae a lo semejante, que la admiración engendra respeto, que ese momento nuevo vaya a terminarse. Ya sé que la vida a todos nos arrastra por igual, pero tengo miedo a no poder aguantar el miedo de que me llame primero y sentirme antes de esa llamada nuevamente solo, sin una letra suelta, ni una palabra bella para nadie.

Tengo miedo por lo raro que soy, por lo raro que he sido que se me acabe demasiado pronto el tiempo para los abrazos porque me venza el momento de las renuncias. Tengo miedo de irme por la puerta, no quedarme un rato más y a la vez es mi derecho a tenerle miedo al abismo, dejar para siempre atrás la seducción de la luz, de las palabras abiertas que siempre soñé poder decirlas.

domingo, 17 de junio de 2007

Quitar los puntos y las comas


Hace días leyendo “Las afueras” de Pablo García Casado me convencí de sus razones de quitarle a todos sus poemas los puntos y las comas. Son los sentimientos sueltos que al final permiten que el verso deje de ser verso y sea parte de la vida, de los sentimientos.

Al escribir, la gramática tiene una significación propia, una autolimitación que te impones a ti mismo, pero llega un momento en que piensas que entre cada coma, detrás de cada punto hay una especie de fascinación oculta que quitándoselos puedes llegar a transmitirla mejor y tomas la decisión de decidirte a hacerlo un día para ver si llegas a un gesto, a una forma de expresión, a una belleza interior parecida a la que tienen los poetas: no contar nada en los poemas –para eso necesitarías los puntos y las comas- sino darte como eres, desnudo de esos caracteres, habitando entre los versos tus mejores sentimientos.

Quiero recuperar de una vez la brillantez que no me queda y no sé cómo hacerlo. Quiero vivir, respirar y caminar sin memorias que entorpezcan simplemente la vida; quiero volver a dormir como una página abierta donde nunca escribiré los errores ortográficos con que las cargué; necesito mi individualidad a secas, mis emociones reales para que no me las juzgue nadie; recuperar lo mejor con que nací, algo de lo que aprendí, la voz potente de mis sentimientos que he ido repartiendo día a día, ajeno hasta a las pausas que me pusieron los acontecimientos de la vida.

Voy a ver, pues, si soy capaz de aprender a ser poeta sin las reglas de los versos, ni las puntuaciones, sin que los lea a lo mejor nadie luego. Sigo necesitando la verdad de ese poema de Ana Rosetti, que alguien me lo entienda: “Dolor por estar contigo en cada cosa. Por no dejar de estar contigo en cada cosa. Por estar irremediablemente contigo en mí”…Un contigo siempre, que ya no sabré puntuar ni puntuándolo en los recuerdos, ni acentuándolo en los sueños.

Un contigo para comunicarme, para mantener los silencios y las veces que no paro de contar, una filosofía personal y única, una creación de retos desde ya hace años: los que me salieron mal y los que me devolvieron ciertos momentos de paz que no cambié con nadie, eran fruto de mis esfuerzos de estar contigo y por lo tanto intransferibles.

Ya no puedo llegar a más, por eso entiendo que la mejor solución es dejarse fuera los puntos y las comas. Alargar a la vez las manos y las palabras, esperar que alguien las entienda, que no me deje hacerme viejo mientras, que sepa que aquí estoy con las mejores partes buenas y al no ponerle puntos de separación, se junten y hagan de mí alguien aspirante antes que a poeta, a un ser anhelante para vencer los errores, que trae consigo la emoción pagana que extraje de los libros y con ellos llegué al amor y he vuelto. Aquí sí que le añado punto.

jueves, 7 de junio de 2007

Esa literatura corta


Hay una literatura, un culto a la palabra que se parece al instante como la felicidad que contaba Sciascia que nunca sabes cuándo se presenta, pero sí sabes que se va de inmediato. Hay un mundo en la red que no es casi un género, es lo que sientes y lo cuentas, es acercarse, cultivar tus sentidos y hacerlos ajenos, son a lo mejor un falso epílogo de lo que has vivido y te atreves a contarlo.

La aventura de vivir puede ser bastante, aliviar el error de creer que todo consiste en tener razón, ser capaz de explicar tus capacidades innatas y las adquiridas. Contar las madrugadas como una especie de sueño sin sueño porque ahí es donde te vienen los silogismos propios que no te explicas bien y que para eso no te basta tu bloc de papel en la mesa propia, necesitas decirlo, haces recuento y van saliendo en forma de escritura breve e íntima esos impulsos que en la vida te han servido para ser feliz a veces.

Lagunas y deterioros de la memoria, resistencias a envejecer, autoestimas lesionadas porque a veces también te las lastimaron los demás con demasiado ejemplo en sus posturas brillantes, no saber qué hace la vida con la edad, con tu edad. Todo se te ocurre, te viene.

Ya he dicho muchas veces que le llevo la contraria a Kafka cuando dice que el despertar es el momento más arriesgado del día. A mí me da sosiego, tranquilidad, la confianza que no tengo cuando se me acaba precisamente el día. A mí me devuelve las ganas, y si entraña riesgos los asumo. Hasta le engaño a la vida y a la humillación paulatina a que nos somete la edad.

Me entran ganas entonces hasta de cerrar el libro y enfrentarme a la frágil armadura del presente. Construyo para goce propio esa literatura pequeña de frase suelta pero propia. Me enfrento así a la densidad del tiempo y tengo la fortaleza de no lamentarme del pasado porque uno ni puede ni debe.

Pienso que lo mejor que puedo hacer es dejar aquí puesta para siempre esa frase de San Agustín: “Ama y tendrás fuerzas para lo que quieras”. Nadie me va a apear del empeño: amo porque es lo que más me gusta, porque me sirve siempre, porque me da la riqueza que nunca tuve ni quise. Ama y que te amen, olvídate del cambio, sal perdiendo, no acumules el billete de la gratitud.

Me interesa sólo ésta mañana el dibujo y la estrategia que soy capaz de contar sin destinatario si hace falta. Lo que importa es tener siempre viva la posibilidad activista del amor, acercarte y que se te acerquen enseguida, a lo mejor notas de golpe ese instante de Sciascia para notar la felicidad aunque sea de un instante, de unas palabras propias que se te escapan cada vez y las notas por momentos como un imperativo de existencia, elegido y vivido.

Algo así debe ser, esa literatura corta del momento que traigo a veces como un fastidio que uno siente porque es incapaz de quitarse las ilusiones de encima.