sábado, 13 de noviembre de 2010

ESTOY LEYENDO Y FUMANDO SIN CENICERO Y SIN PAUSA

y, mientras, voy soportando el atropello de los años, las ganas que te impone la vida cuando la procuras hacer a la vez donación y propia calma. No pasa nada especial nunca, pero hay muchos momentos en que alquilaría una habitación para poder gritar porque no llego bastante a donde quiero llegar aunque no deba ser yo quien calibre mi persona ya que cada uno saca de la vida lo que puede sacar y lo que le damos a los demás también debe tener valoración ajena.



Ya lo sabéis que cada mañana estreno mañana, huérfano de muchas posibilidades, ofreciendo entre las páginas de cada libro que ando leyendo mi abrazo siempre libre y promiscuo, descarado y tierno, como el grito de que hablaba antes. Es la única postura qué sé saber hacer: me dieron pronto la capacidad de entender y soportar el dolor, sin medirlo, porque eso no lo sabe medir nadie (¿le duele mucho?, me preguntaban los médicos y siempre contestaba, ah, pues no lo sé). Me he concedido a mí mismo cuando escribo el problema y el placer a la vez y al no darme pausa, lo hago con café, humo, dedicación y melancolía. Es mi forma de ebriedad, mi búsqueda constante de algún ser salvaje, adorable e inquietante, para ver si me calma o aumenta mi embriaguez.


Estoy siempre en la etapa de esa captura de un sentimiento asimétrico, con un año tras otro de caricias gratuitas porque las palabras que no vengan ya vendrán detrás; así las debilidades propias y ajenas, que a pesar de todo, aproximan. Es como expresar mi necesidad de ayuda porque el nivel de exigencia siempre me parece poco. La justificación que a nadie le salen del todo bien las cosas, no me sirve, qué más da, si existe la posibilidad de hacerlas mejor.


Esta mañana lo hablaba con un ser querido, familiar, yo le llamaría en cierta manera, propio, al que quiero acercarme porque me quedará tiempo de sentirlo más cerca que lo tuve –una mujer que siempre llevó hasta en la ropa de ir por casa los bolsillos llenos de belleza insistente y una inteligencia trabajada y rica- porque Mariate tiene esa rica sabiduría que siempre acompaña. Lo hablaba con ella, con el Wifi por en medio pero con un tono dulce de decir las cosas, que hasta casi me convence en que no insista demasiado en el esfuerzo propio, en la autoestima, en el derrame.


Pues no le voy a hacer caso: yo nunca le di demasiado valor a la experiencia, es una cualidad sobrevalorada; prefiero la cercanía de pieles que se quieren, de dar y entregar sin derecho a la devolución ni al retorno en caso de avería; lo que dije del grito primero y el abrazo luego sin sentir ciertamente a quién estás abrazando. Esa es la belleza de la promiscuidad. Ese es mi proyecto para poder defenderme, a ver qué tal os parece: o amor o quiebra.


Porque me quiebro cuando quiero a alguien, me hago pedazos para dormir mal de noche y andar medio dormido luego durante el día. Yo mismo me siento raro, raro pero tierno. Así en mi forma de vida, creo como en la publicidad, un espacio propio que no le dejo a nadie, o se lo doy o me lo quedo para siempre escribiendo.


Y dentro de ese espacio, Mariate, –ya que fuiste la culpable de que enhebrara las palabras esta mañana- seguiré esforzándome, eso que no me lo quite nadie. Me aguanté los dolores –y tú lo sabes- pues eso hice, aguantarlos, llevándole la contraria a los médicos; leyendo mucho, dejando todo el cuerpo mientras tanto como los iPods, en modo de espera.


Le dije a tu hermano una tarde entre foto y foto que sentía dentro de mí la ineludible sensación de no haber hecho nada bien. Y es verdad aunque “nadie sea un perdedor tan absoluto -como dice Nick Hornby- para no poder contar alguna historia sobre el hecho de perder.” ¡Las que yo contaría, las que me quedan por contar! Quisiera haberlo hecho mucho mejor y dentro de esa sensación de derrota que todos tenemos a veces, se vuelve siempre a intentar algo superior en muchos sitios: se vuelve, digo, a la ciudad los que se fueron; a la cama los que perdieron el amor; a la caricia, al menos aunque sea tibia y lejos los que nos hacemos viejos; a la enorme seguridad que dan las intenciones; a esa impresión de eternidad que siempre le otorgo al cariño aunque vivir degrada y desgasta.


Mientras, sigo escribiendo en este taller de auto escritura con la palabra que destruye y que separa cuando es lo único que les queda a un hombre y a una mujer: quien escribe y quien lee.

viernes, 5 de noviembre de 2010

HE DESCUBIERTO, SIN MIRAMIENTOS


Con esa placidez a deshora que me viene a veces donde me quedan restos de cuando estuve bien, escribiendo aquí, o en cualquier sitio público sin miramientos. Sigo, pues, escribiendo en una especie de búsqueda y de testimonio de una continuada lectura de un libro de cómodo y pequeño formato. Y al hacerlo, me siento cada vez más convencido que tengo una vocación de hondura para poder contarla luego. Es mi ruido de fondo, el eco de mi fiesta; es mi atracción y la que brindaré gratuitamente, sin pudor alguno.



Pero ya son muchas veces las que lo he dicho, me estoy cansado de hablar de libros, para contar los que leo como una especie de imprudencia. Voy a ver si por fin, leo para mí solo, o para alguien que me siga siempre; voy a leer de las dos o tres maneras que sé hacerlo: la de lápiz y libreta, casi siempre; la que encierra esa inevitable promesa para inducir a leerlo a alguien luego; la simple, la sencilla, la relajada de la sala o de la cama, yo que sé, dónde me pille, a veces con frecuencia en algún ambulatorio donde no lee jamás nadie.


Ya está bien. Tengo el cansancio que tienen a veces los poetas pero sin ser capaz de escribir ningún verso. Los post que cuelgo en mi blog ya no me importa si nos los lee nadie, yo los escribí con la seguridad de tenerlos dentro, como dije antes, sin miramientos.


Pero voy notando entre libro y libro el temblor de mis tejidos que envejecen a conciencia, hasta a veces con reacciones de cuerpos extraños en antiguas cicatrices en las isquiotibiales. A esa piel bien curtida que traje de la vida, nadie supo estrujarla con una palabra completa, rotunda, bien dicha, de esas que no admiten dudas.


Me gasta la vida y me viene gastando ya demasiado Internet, con voces que debieron llamarme antes. Yo vengo desplegando junto al hábito sedentario y hermoso de la lectura, el de la petición y el acercamiento, como advertí, sin dudas, y carezco de él. Son muchas veces las que lo supe todo y lo admití todo sin tener en cuenta que luego viene el cansancio que nos viene a los adultos de la vida creando espacios huecos, que en el mismo lugar debieron estar llenos.


Me duelen cosas que no le dije a nadie, me duelen cosas que acepté siempre; echo en falta barbaridades que tampoco me hizo nadie, lo mejor que repartieron para otros, no sé si con más merecimientos, pero con menos paciencia. Me urge ya un presente mucho mejor, antes de dejar esto: ni la reseña de un libro, ni copiar unos versos, ni soñar con un beso. Me urge lo que urge, lo que aprieta, lo que no engaña a nadie; necesito querer sólo a quién me quiera de verdad sin decírmelo quizá jamás.


Sin haber tenido nunca afición a la fotografía, qué permanente es el flash del momento, deja en tu retina, la hermosura de quién ofrece su belleza gratuita y generosa sin llevar nada puesto sino una verdadera gratitud o la honradez de dejarte pasar de largo que es otra forma de ser generoso; o de llamarte en todo caso, hablarte un rato y luego yo seguir en mi butaca de siempre y para siempre, leyendo, buscando de una vez esa placidez a deshoras que comentaba al principio y que no me la da nadie.


Ya va siendo hora que cierre yo puertas que siempre tuve abiertas. Es un derecho al descanso, aunque sea para lo que sea, ni tan siquiera quiero volver a ver a ningún médico que observe mis cicatrices de antaño, cuando todavía me quedan actuales por falta a veces de un calor humano que sacie, que reviente por todas las partes de mi viejo cuerpo.


He dado demasiado placer en muchas ocasiones, en demasiadas páginas sueltas, en correos que se leen sin fijarse del todo en la exigencia que tienen, el vicio que llevan. He hablado demasiado de libros, de todo, y es como enseñar la piel con el paso de los años y la ropa cómoda pero demasiado usada.


Ni me cambiaré de ropa, quizá baste seguir leyendo en cualquier sitio el último manojo de versos y no contárselo a nadie. Sin miramientos.

miércoles, 20 de octubre de 2010

LA AMISTAD, ESE PLACER PREVIO Y EXQUISITO


Hablar de la amistad puede parecer situarse en un entorno menos importante cuando a diario nos movemos en márgenes que necesitan el cariño exigente y manifiesto. Pues hoy me vienen a la boca reacciones más infrecuentes pero que con su expresión acogedora y cándida, hacen que me fie más de la vida, me proporcionan un placer exquisito y previo para cuando sientes algún vacío, te lo cubre, a pesar de no contar con la presencia siempre, con su envergadura.



Hay veces que esos momentos huecos que te vienen de repente, te los callas o los cuentas. Yo prefiero casi explicarlos pero como en un ambiente de diálogo, de esa conversación que puedes tener cualquier tarde, en cualquier momento, esa reanudación para saber cómo estabas sin que te lo hubiera preguntado explícitamente nadie, que es la mejor manera de saber el estado de alguien, de algún amigo o amiga que sientes lejos, como si estuviera en una fila de la vida muy separada de la tuya.


Me he encontrado unos días necesitado de esas pocas pero imprescindibles miradas que las llevo encima desde antaño; me he sentido más seguro, para decir, quiero a los que me quieren; he recogido así el intento de caricia en una simple y poderosa amistad; he guardado esa imagen, como si contara formas de placer, la parsimonia de no moverse para que me vaya llegando lo mejor. Viví como consecuencia de mi propia torpeza el flash de los mejores momentos posteriores, esa extraña posibilidad de sentirte sin nada pero como imaginando que vendrá luego alguna coquetería que has soñado siempre.


Debajo no llevo nada, el ángulo de la esperanza y la ansiedad, debajo soy más yo mismo, mi calor humano a la espera de otro calor humano con las maravillas que se producen en esos casos. Fui un enfermo de mentira, una delicia para quien quisiera proporcionarme a su vez, su propio encanto; notaba más que nunca la piel, lo que no puede ocultar el paso de los años ni de las páginas de los libros que estoy leyendo. ¡Qué más daba! Era una madurez bien pensada a raíz de una insensatez, la ilusión del regalo diario de una mañana nueva, lo mismo que la ropa vieja que terminé poniéndome para poder presentarme otra vez, si acaso me encontraba con alguna amistad necesaria.


Busco ya hace mucho tiempo de la vida la belleza que proporciona la tranquilidad, saber estar con unas cuantas personas con un poder incalculable. No tienen nada que ver con los seres propios, es una conquista recordarlas, y una belleza cada vez que se acuerdan de ti. Hay una obscena generosidad gratuita detrás que sostiene esa sofocante partida de la vida, precisamente, cuando te viene algún sofoco sin esperarlo, sin saber por qué, con el gozo de explicarlo luego a unos pocos amigos o amigas, aquí no importa el sexo, sino el propio roce.


Esas amistades que cuento son como una conquista que conseguió uno un día con la exigente certeza detrás. Sería una metáfora obscena contar que te metes en la cama cada vez con ellas, que duermes los recuerdos en una alfombra tierna y única. Qué conquistador me siento cada vez, dueño a medias de los momentos que compartiremos, juntando las palabras hasta encontrar ese silencio voraz de dar a entender que estás bien. Casi uno huye del caos de las palabras, ya las lees, ya las dices necesariamente luego.


En este caso se trata del más hermoso patrimonio que puede tener el ser humano cada vez que triunfa con un amigo. Esto ha sido también como mi pausa, está siendo, aunque menos de lo que quería en las tintas de la paredes de la red. Estoy hablando estos días con amigos, han cruzado las piernas frente a mí y el tiempo así se nos ha hecho más corto o más inagotable, no se sabe.


Eso hago cuando guardo silencio, cuando no hablo de las letras que leo, cuando dedico las tardes ya insistentemente a juntar dos butacas leyendo, a esperar que alguien llame y regale la belleza imposible de preguntarme cómo estás.



lunes, 11 de octubre de 2010

CEDERÉ MIS DERECHOS DE AUTOR


Y me apoyaré otra vez en el sitio que tuve y sigo teniendo porque las palabras propias, las hice precisamente demasiado hondas para quedármelas a solas. Será suficiente para volver a añadir algunas nuevas, que su lectura -como me dicen aquí mismo- “apacigüe y levante el ánimo”. Porque precisamente de ánimos no andamos nadie demasiado sobrados.



Voy a ver cómo me las arreglo para calmar cualquier mar de tristeza, para que vuelva a haber de nuevo, algún rato, precisamente un mar de tranquilidad que a todos nos hace falta. Ando ahora metido con los versos de un novelista que en “Cháchara” asegura donde escribe: “se está bien aquí, en la intemperie del ahora/sin sitio a dónde ir y sin memoria de dónde estuvimos.” Y además añade después que es un sitio “donde no vamos a morirnos. No se puede.”


Sin embargo yo estos días casi sentí de cerca la sensación de cómo era lo más parecido a morirse. No tuve dolencias graves, solamente un desarreglo, un olvido, un pequeño parche para mi organismo. No poder interrumpir la propia vida con algo de sueño, esas horas que necesita el cuerpo, esa manera de acercarse a estar , dormido, pero sntiéndose bien.


Ya lo tengo arreglado y por eso al leer que alguien que no tiene más apaciguamiento que esta especie de cuelgue producida por la expresión de mis sentimientos, las palabras que suelo recoger de cualquier libro, por eso, vengo un rato de nuevo, al mismo sitio. Mi literatura tendrá el suyo propio, aquí es cuestión de tacto, del roce de la piel con alguien, de la poderosa imagen de la imaginación, de volver a vivir como lo he tenido que hacer yo mismo en mi propio terreno. También yo necesitaba de alguna manera apaciguarme.


Ya estoy de nuevo por los sitios, por las calles que me son propias; he empezado -ya que el poeta dice que no vamos a morirnos- a hacerle caso a él. He empezado por irme a mi espacio inevitable donde me venden los libros, para que a cambio de este libro de versos que os hablo, o de unos deliciosos cuentos de Le Clezio por fin me han dicho que me dan un beso donde quiera o como el poeta si es preciso “me regalan un tatuaje en cualquier sitio”.


Quiero que sea suficiente para quien me vuelva a leer, que se quede sin ansiedad, que el mar vuelva a ser el mar que era. Mis palabras son públicas y sirven fácilmente, hasta como he dicho, estaba necesitado yo de ellas; como pienso de nuevo será siempre este papel ya bastante usado, esta misión, este empeño de volver a explicarle a cualquier mujer que me esté ahora leyendo que necesito yo también que me eduquen de nuevo, hasta lo que todos necesitamos: lo proporciona copular con el amor todas veces que se pueda.


Ya sabéis que siento cerca la turbiedad que ponen los años en la propia memoria; que siempre que escribo aquí es para explicar como dije hace días aquí mismo, sintiendo el abrazo inexplicable de alguien con genes propios, que es imposible sospechar que exista la tristeza con esos condicionantes. No me hace falta ni el derecho del lenguaje, que lo ponga cualquiera en cualquier respuesta; me comentan lo que no tiene comentario posible: es mi tacto, mi ternura, lo que se nota en la espalda con el abrazo.


Tendré, pues, que intentar brillar de nuevo de alguna manera, sobrevivir aquí más cerca, no apartarme del todo si le hace daño a alguien. Tenderé la mano, abriré la ventana de mi cuarto y lo primero que se nota, es que está lleno de libros y entre ellos el cariño que siempre puse con la gente. Quiero que mis momentos se noten, sean de nuevo los momentos de alguien que pueda necesitarlos.


Total, ahora que yo mismo me estoy leyendo, pienso que es una manera de guardar y hacer notar mi silencio, que se note, lo mismo que se nota el amor –lo he dicho varias veces- cuando no dices nada.


No tengo más derechos que aquellas palabras que escriben los demás.

jueves, 9 de septiembre de 2010

CARMEN


amartinezfotografia.com

Dije que había vuelto y que iba hacer una pausa en mí cuaderno de escritos, pero alguien me la ha interrumpido. Se llama Carmen, tiene los genes juntos y directos, hija de un hermano médico que la vida me lo robó como avisándome que iba hacer lo mismo luego, más de cerca todavía.



Siempre hablo cuando me preguntan por mi familia de ese grupo tan unido que forman las chicas y el chico, con el apellido de mi mujer, que son ya familia mía también.

 De mi ramal me olvido –y os pido perdón a todos- de las ingenierías, las biologías, el arte y las enseñanzas y me quedo enseguida y la aprieto entre mis brazos con la menos cultivada pero que en cambio siempre ha aportado cerca de mí, lo que no enseñan en ningún sitio: la alegría.


Se llama Carmen, es la prohibición de estar triste, la generosidad de las sonrisas que no tiene nadie; se llama la vida, eso que a veces no encuentras, y lo tengo bien fácil: llamar a Carmen. Nos vemos muy poco, perdió a su madre y un momento antes necesitó tenerme junto a ella. La vimos morir juntos y abrazados.


Y ya que lo nombro y por eso la traigo aquí, en esta pausa a mi pausa, posee una particularidad que forma parte de mi vida: Carmen abraza como no me ha abrazado nadie jamás, lo trajo aprendido para poder practicarlo conmigo las veces que nos viéramos. Aprieta, la condenada, te viene a dejar sin aire, pone la cara donde solo hay sitio para ponerla, ajusta el cuerpo, empieza ya su risa suelta y desenvuelta, te aparta, te mira para estar segura –no sea caso que se haya confundido en el abrazo- y te vuelve a abrazar para que no dudes jamás, que se llama Carmen y que a ratos su recuerdo es lo mejor que te puede pasar.


De verdad que lo he estudiado, me he preguntado, ¿cómo abraza esta mujer que no es posible que lo haga igual nadie? Cuando lo hace, es mi hermano, que fue médico para ordenar que me cuidaran, antes de irse; es la bondad de él, su entrega y su generosidad, la exigencia para que Carmen me quisiera de esta manera.


He roto la pausa de este foro, he colgado el post más sentido que he notado dentro porque hace unos días junto a ella, cuando vino casualmente a mi ciudad que también fue la suya, estuvimos juntos, nos reímos juntos, tuvimos la alegría juntos, prohibimos a la vez cualquier tristeza que nos viniera.


Me diste, Carmen, esta mañana en un correo, las gracias por mi compañía y la de mi mujer y sólo te he pedido como respuesta, no me dejes nunca, no me abandones.


Ya lo sabes, puede surgirme en la vida la ineludible necesidad de que me abrace alguien como sólo tú sabes hacerlo.

sábado, 4 de septiembre de 2010

RETORNO Y PAUSA


He vuelto a lo que llamaba mis comodidades pero alguien muy certeramente me ha explicado que se trata de mis necesidades del cuerpo y del espíritu. Puntos de apoyo que durante este verano echaba de menos, pero los he notado ausentes de una manera especial, de la misma manera que inesperadamente una amiga común, una tarde desde su punto de veraneo me envió un sms con tan solo cuatro palabras: os echo de menos. Eso ya era empezar a recuperarlas. Trivialidades aparentes de una cerveza en una terraza, pero como reclamo de nuestra presencia, los besos de amistad comunes y repetidos pero importantes, vernos, estar un rato juntos de vez en cuando, llamarnos con diminutivos creados por la antigüedad con que nos queremos.



Fue esta buena amiga quien me insistió para que recobrara mis necesidades. He llegado a casa de nuevo con más equipaje que me llevé, pero ni más cosas, ni más ropa, menos libros era ya más difícil. Pero junto a ello me he traído un deseo que voy a cumplir. He ocupado mi tiempo este verano, en la convivencia familiar y la lectura, he escrito poco y peor, pero he reflexionado más sobre lo que escribía, mi necesidad de no repetir al menos por un tiempo mis mismas palabras, idénticos sentimientos, la misma manera de decirlos y responderlos. Me siento orgulloso de ello, pero junto a esa riqueza personal –quizá sea el cansancio, verme siempre el mismo rostro- necesito provocar en mis escritos una pausa, un reposo, un punto y aparte, un ahora vuelvo.


Mi tiempo lo he absorbido –eso sí, creo que brillantemente, hasta ahí llega mi orgullo- en trasladar a los demás (conocidos y amigos a quienes les aviso que otra vez está en la red www.acercatealoslibros.com) y ese boca a boca desconocido y abundante ya de quienes pinchan esa página y yo nunca sabré quienes fueron. Me ha permitido esta presunción comentarios por correo a mi página con un tono literario y a la vez cariñoso de incalculable valor. Hasta una catedrática de latín ha calificado mis recomendaciones como “ánimos” y que “reconforta saber que estás ahí, leyendo para compartir con todos los que te seguimos.”


Este es mi punto de descanso, es mi única razón válida para colgar algo en la red: mi lectura y al comentario ajeno cuando llegue saber mezclar en mis pequeñas referencias literarias todo lo que siento, lo que me cuenta aún la vida y no sabía y me he estado atreviendo a escribirlo. Mi pausa y mi tiempo van a estar ahí, quizá un día aparezca de nuevo aquí hambriento del cariño ajeno, sobrado en mis planteamientos y hasta en mis propias respuestas que a veces eran excesivas, festivas, como un escritor con genes propios se atrevió a decir con razón, rompen el tono de la pieza triste, de la soledad mal llevada, de posibles riquezas acumuladas, efectuado por ti mismo.


Me vais a permitir que mi cómodo retorno a necesidades inevitables, como he dicho, del cuerpo y del alma, lo ordene un poco en casa, donde hay demasiada abundancia de lo que no merezco.


Me vais a casi a dejar o a ayudar en la difícil tarea del esfuerzo del lenguaje. Ya sabéis que primero busco el ajeno abundantemente y luego con el propio mezclo sentimientos, hasta hondas vocales y comunes metáforas. Intento siempre como un cálido encaje de anatomías entre las palabras, me duelen ya los pocos años que me quedan por leer. He leído poco porque soñé leer mucho más.


Se me escurren en esos esfuerzos del lenguaje imágenes del amor que acosan mi espíritu porque soy y siempre he sido un hombre enamorado del amor. Se envejece y se madura a la vez con él. Es muy fácil, ante una caricia de menos quedar a cambio con un intercambio de lugar y de sitio con la persona amada para darle tu comodidad para su comodidad.


Os lo advierto. amar casi de viejo, es saber callarse, es tener sitio, haber dejado huella y seguir dejándola de la manera que ahora puedas. Es un acomodo, un estilo que todavía no conoces, un amanecer especial, saber escuchar, dejar de tener razón.


Retorno y pausa o cambiando el orden de todo y ante todo lo que me voy encontrando, dedicar mi tiempo más plenamente para que me puedan volver a decir muchas veces casi en una lengua que siempre quise saber y no fui capaz de aprender: que reconforta saber que estoy leyendo.


No me voy de ningún sitio y menos de donde ha sido mi privilegio, simplemente saber que estoy en casa leyendo.

HEMBRA BRAVA



Imagen elegida por Fran

Por Correveidile

Nacida Palmira, según su abuela –el nombre del árbol que extiende su copa en lo alto como la palma de la mano, sus ramas a manera de dedos, se le colgó muy pronto en el pueblo el sobrenombre de “sauce llorón”; por su destino aciago que conlleva sin querer el llanto –como el árbol de Babilonia.



En sus juegos infantiles, andando aún como quien dice a gatas, se reservaba siempre el rol de hacer “como si fuera mamá”; de no ser así rompía la baraja y se daba vuelta. De modo que bien pudo decirse de ella que no fue nunca niña, sino madre en ciernes, llamada a hacerse cuartos.


No más llegar a la pubertad quedó preñada de un lugareño acomodado. Y a lo largo de doce años concibió cuatro hijos, de los que sólo uno le vive –le mal vive. Pero no he venido aquí a ocuparme de los frutos, sino del árbol, ni siquiera de las ramas, únicamente del tronco, de la hembra brava.


En su primer embarazo concibió gemelos; y cantaron Aleluya antes de Pascua, echaron las campanas al vuelo, aguardando que nacieran los dos con alas –como los hijos del Viento Boreal. Pero sólo uno vio la luz con vida, siendo el otro mera semilla que dicen, cuajarón de nieve, que se esponja en el agua y se disuelve y se va en humo sin dejar rastro. Como cuaja la leche con la flor del cardo. Que todo es cuestión de suerte, donde unos hallan la vida, otros la muerte.


La devastadora hecatombe que debió producirse en el útero materno al segundo mes de gestación –como una presa que se raja y asola con sus aguas tormentosas la campiña y el poblado, debió afectar en gran medida al feto sobreviente, que salió como hecho a oscuras y por los rincones, lo que explica sus carencias y trastornos consiguientes, que le han dejado varado en los lindes de la anormalidad: su visión –por dar un rato, le quedó reducida al cincuenta por cien torpe y desaliñado al andar, desangelado –que si era disléxico, decían. Hizo falta ese caos para echar al mundo una estrella fugaz. Pero hoy es la madre que me quita el sueño y me dicta este canto de mineros arrastrado y triste.


Frustrada la pareja por la pérdida de la mitad de la cosecha, no tardaron en acudir al reclamo y probar por segunda vez fortuna. Y poco más de un año después destejiendo por la noche lo que se teje de día, se produjo el segundo parto. Con la criatura emponzoñada, muerta. Como el vino que se tuerce o la carne se corrompe, igual que fuera el olivo manzano, que basta con arrimarse a su sombra para acabar envenenado. Lo que cayó como una losa funeraria sobre el ánimo de ambos, que les hizo amilanarse, volver al hogar con las manos en la cabeza y desistir de plano de buscar más descendencia.


Pero quien no se arriesga no pasa la mar. Hay que dar tiempo al tiempo, que todo lo siega y sosiega, que va saturando y forma callo. Y diez años después del segundo alumbramiento, Palmira se sometió a minuciosos exámenes médicos, a toda suerte de análisis químicos y bacteriológicos, a la detección por el escáner , acudiendo al Juez para que ordenara el Municipio autorizar la exhumación de los restos de los dos fetos, con el fin de consultar a los arúspices, quienes predicen por el examen de las entrañas de las víctimas. Olvidando que se dice que náufrago que vuelve a embarcar o viudo que reincide castigo pide.


Mal aconsejados, asidos a las crines y llevados por el afán de desquite y la contumacia en torcer el curso de las cosas y dar vida a los dos niños muertos, sino el tercer embarazo y el tercer entierro con cajita blanca. Lo que no fue sino mera repetición de empeños bajo el infausto influjo de los astros o la maldición del plenilunio, retablo de duelos. Que porfiar en demasía trasluce pactos con el diablo.


Sin caer en la cuenta de que los destinos de la Naturaleza son insondables y no se la debe tentar, que es justiciera y se reserva siempre la última palabra para dejar la balanza en el fiel. Que el bien y el mal primero que vienen dan señal.


En un principio, como un volcán lanzando espumarajos por la boca, tentada estuvo Palmira de alzarse contra el cielo y pedirle cuentas de semejante iniquidad. Pero el que escupe en alto a la cara se le vuelve, llegando los cónyuges a cargar recíprocamente sobre los hombros del otro y la responsabilidad del descalabro, vapores negros que suben al corazón y a la cabeza, sacando a flor de piel enemistad antigua e ira envejecida, que acabaron con el vínculo hecho trizas.


Una vez pasa la cólera, el que amenaza se reporta, a la ira y al enfado darles vado. Así que, víctima propiciatoria, la mujer acabó llevándolo en paciencia, como hace el animal o el árbol; que de alegría y contento han muerto muchos, que de la aridez salió el manjar y de la acritud dulzura, que con el mismo aliento de la boca con que se calienta uno las manos, se enfría el caldo.


Si bien se mira, más triste es el designio de la higuera estéril o el aljibe seco que Palmira, mal que bien, dio fruto, que cada cabello hace su sombra en el suelo. Porque un hombre sin hijos es poco, una mujer sin ellos es menos todavía lo que no se dice en menoscabo de la hembra, sino bien al contrario ensalzando su destino impar de hacerse a trozos.


Dien de ella que no acaba de cuadrar y anda errática, con los dos labios heridos del espíritu, diciendo su pena a quien no le pena. Que los hay tentados de saber lo oculto de nuestros pechos y hasta, a veces, lo que Dios se reserva en el suyo. Que pasa los días sin comer apenas, pensando en penas, desbabando el hilo de su vientre se va consumiendo como gusano de seda, y si le hiendes la corteza mana una lágrima o licor viscoso, humor cuajado, su destino infame de dar a luz media vida y tres cuartos.

sábado, 28 de agosto de 2010

SIEMPRE HAY UN ACTIVO Y UN PASIVO


Es lo que pienso escribiendo una última mañana del verano frente a este mar, desde esta terraza. ¿Último con relación a qué? ¿Tan solo a una estación de un año? ¿Última mañana, sin saber cuántas me van a quedar? No está nada claro que cualquier fragmento de nuestra vida sea precisamente una historia cerrada con un principio y un final. Quizá esto que siento ahora, mirando al mar, sea tan solo un gesto, un temor a cualquier final, como si hubiera pasado este verano con unos cuantos días, una docena de aguardientes y un millón de palabras por decir.
Me vengo callando muchas adrede, por eso en familia valgo tan poco, me notan más los de fuera, los que se dan cuenta de mi necesidad de comprar un libro, de mirar obscenamente a una amiga para no terminar nunca con la obscenidad en mis entrañas, con mi voz precipitada que no se entiende bien adrede. De ahí mis silencios gratuitos pero hermosos y propios, cuando todos van demostrando así cuánto más saben, que atrás me voy quedando.
Tengo, no obstante, la lengua húmeda y caliente, la infinita riqueza del lenguaje de los sentimientos con su registro, con las sutiles señales de la carne, del intento. Pero dije muy poco este verano, viví como siempre la barata felicidad diaria que me voy construyendo a base de mañanas como esta, desde aquí, mirando lo propio, viviendo la verdadera libertad, que es sin duda alguna eximirse de las obligaciones que a uno le atan en la vida, le implican necesariamente. De ahí mi desprestigio colectivo y mis antojos de hacerme la vida a la medida del libro que tengo entre las manos. Hasta, es curioso, cuando se habla de libros, me callo, me los leo yo solo, los cuento en Internet o hasta a sus propios autores, finjo como que no me interesa el tema, que no sé apenas nada, qué más da que salga en la conversación el poco valor del cuento que suele darle la gente, cuando llevo años enamorado de ellos y este mes próximo todas las páginas de mi propia página van a estar dedicadas totalmente a su cultivo.
Como con eso, me pasa con muchas cosas. Ya luché por mis razones mucho tiempo, ahora paso la palabra al que me sigue, asuma la posible ignorancia de muchas cosas que todos tenemos y prefiero mi sitio de silencio elegido, que ese sea mi pasivo, porque mi activo ya lo puse con todas mis capacidades en el foro difícil de la vida muchos años, cuando la estuve construyendo para aquellos que vinieran detrás por razón de vida, tuvieran así su comienzo, arrancaran más fácil, encontraran más puertas abiertas.
Aquí y ahora si hago cuentas del activo y el pasivo que tenemos todos no sé si me salen bien o mal, prefiero no hacerlas, ya dije muchas veces que soy hombre de letras, que se me dan mal los números y si se trata de entender las conductas, ahí puede que durante muchos tiempo no haya salido peor parado. Activo y pasivo, por si no tengo ocasión de volver a plateármelo en otro periodo, hoy es la última mañana, el penúltimo mar al menos que me queda por mirar porque justo antes de irme lo miraré de nuevo. Me llevo el aroma de su tiempo, su humedad hermosa, mi dolor insistente de huesos, el cansancio que produce la resistencia a hacerse viejo, mi ética de lector todo el verano, mi "engagement" moral con los libros, mi sonrisa contenida con que he sabido siempre responder a la ternura que notaba en cualquier mujer madura que fue mi amiga tantas veces, tantos veranos.
Ayer, os confesaré, me devolvieron un piropo, luego de mirar insistentemente a los ojos: -te quiero ver el verano que viene, le dije, siempre me harás falta. Antes de su respuesta, surgió un abrazo espontáneo, sincero y la lentitud con que supo responderme: -tampoco faltes tú y ni una sola palabra de las que dices a una mujer.
¿Será cierto que los buenos propósitos detienen a la muerte? Eso opina “El bailarín ruso de Montecarlo” del cubano Abilio Estévez.  No lo sé, la muerte no debe poner fin a la vida, debe darle conformidad a todos esos propósitos que tuvimos, debe hacerlos ciertos, con su activo y su pasivo, el que me llevo a a casa hoy mismo para seguir construyéndolo de nuevo sin tener este mar delante. Vuelvo a casa porque además se hace más corto ya el día, me tarda en llegar la mañana y al contrario la noche viene antes y me admira, me asusta.
Además la belleza del mar que tengo tan cerca, su riqueza, la siento más cuando no puedo verlo en la ciudad, como si fuera la seguridad de la orilla.

domingo, 22 de agosto de 2010

LEO PARA BUSCAR EL LÍMITE

Por eso lo único que necesito es más tiempo para seguir leyendo. Y no lo encuentro, ni en la mejor biblioteca de la tierra, ni en el campo, ni en la playa, ni en el vientre de una mujer, ni en un polvo caliente, despacio, abierto. Leo libros buenos, me los compro sufriendo porque no tengo bastante dinero para todos los que quiero, los elijo con tiento, sé antes de ellos cómo son, qué tienen, mis libreras conocen qué me gustará, hasta a veces me preguntan -adivinando un problema- ¿qué buscas? y me lo encuentran y eso que antes le he avisado a la chica que lleva el vaquero más hermoso de la tierra, gastado y viejo, lleva cuidado, porque si eres capaz de encontrarme un buen libro de cuentos que sea el primero que haya escrito su autor, soy capaz de besarte de tal manera que sea una forma inequívoca de habértelo agradecido luego.



Hay otro apartado, y es descubrir autores nuevos, buena literatura que anda esperando su punto de salida, es un blog “con la boca abierta y derrotada” como en “Los recuerdos para Olga” de Lara Moreno, por ejemplo: un post con las uñas de ella amenazándome, para acabar luego derrotado una vez leído, y decir ya no escribo más, porque así voy a tener más tiempo para leer, voy a encontrar el límite y podré morirme luego. Con los recuerdos aparte porque vienen solos luego, por todos los orificios del cuerpo. Por ejemplo, los del cuento de Lara cuando pierde él una tarde el equilibrio: “para que la follara sin ruido y sin prisas, y sin tripas, y yo lo hice, -dice- me dejé llevar por su vientre, que me atrapó y me masticó el sexo.” Ese es otro apartado que por mucho que lea a mí nadie me ha masticado el sexo ni me ha follado con la boca abierta y derrotada. Es un fallo, por eso necesito para todo más tiempo.


A Inés Mendoza le leía que “la fantasía es un lugar donde llueve.” A mí me llueve cada vez más esa fantasía pero necesito la más estricta honestidad de quién la lea y si no la tengo quiero que el menos me recuerde siempre bien. Dice Eloy Tizón que hacen falta las palabras para decir la pena y para inventar la vida, pues eso me pasa, escribo cuando algo me pena porque la felicidad no da para la escritura, escribo cuando busco, invento la vida que me queda que va siendo ya poca.


Y aquí he sabido ofrecerme como el hombre más entero que tengo dentro. Necesito a tope como una metáfora urgente y necesaria, la calidad de la mujer más tierna, es la literatura más rica que pude haber leído y que necesito leer todavía. El libro es mi delirio, mi sueño obsceno, la manera de prolongar esto. Quizá por eso este mes dedicándome de lleno al mejor cuento joven de la literatura española del siglo XXI, me he sentido feliz, lleno; así, si me venía una derrota me iba a pillar menos cansado, más preparado. Hace días comentaba con un corredor de fondo amigo, de los dolores que sentía y me trajo a la mesa en donde estábamos hablando aquella frase de un buen corredor: “el dolor es inevitable, el sufrimiento opcional”, el que quieras, hasta donde estés dispuesto a tolerar, a sufrir.


Tengo niveles, pero da la casualidad que me falta tiempo para el más rico empeño, lo que ha dado siempre vida a mi vida: tiempo para leer. No insistas, me dijo un día Josefina Aldecoa, nunca leerás un ápice de lo que quieres leer. Ni un ápice, ¡qué cruel y exacta fuiste! mientras te notaba en la boca los cientos de cuentos de Ignacio antes de morirse, porque él mismo hizo por morirse.


Al menos, pues, hasta donde llegue, nadie añadirá más derrota a mis derrotas. Las leeré antes en las páginas del libro que ando leyendo; ni sacará lo peor de mí para obtener su beneficio. ¡Ya hubo bastantes! Entregas gratuitas ninguna, todo previo limpio pago de una caricia sana, de un gesto que no admita la peor forma de situarse.


De momento ahora, me quedaré, buscando el límite, con el delirio de un libro que añada más delirio, más sueño, detrás de mi gesto más honesto. Lo que tiene de bueno buscar el límite al libro es que resulta al fin como una pasión, y las pasiones te las tiene que palpar alguien hasta que terminen verdaderamente apasionándote. Sin remedio, para percibir por ejemplo el eterno misterio femenino que siempre tienen ellas intacto como un “canalillo profundo y firme” que diría Andreu Martín. Aunque uno va notando ya gastada su elegancia o que de tanto darle vueltas a los sentimientos, el cerebro va teniendo poco que hacer.


Sigo librando mi propia batalla aunque de otra manera, siempre prácticamente desde el libro. Desde su límite, o el mío propio leyendo.

CUATRO ANGELITOS TIENE MI CAMA

Imagen elegida por Fran

POR CORREVEIDILE


En un vagón de coche-cama, el pasajero que ocupa la litera superior, nada más acostarse empieza a susurrar sus preces:



-Con Dios me acuesto, con Dios me levanto, con la Virgen María y el Espíritu Santo.


Cuatro angelitos tiene mi cama...


Y fue entonces que el tren chocó violentamente contra un mercancías aparcado, dando con el pasajero devoto en tierra.


-Se veía venir –le espetó el de la litera de abajo, se acuesta usted con tantas gente…


Y a cuento de qué viene el chiste, si es tan contrario a todo lo que sigue –si es que se puede saber.


Nuestro héroe de tres al cuarto reúne las cuatro condiciones del consumado pájaro solitario:


-no tienen el color bien definido.


-no soporta compañía ni aun de su mismo plumaje.


-canta suavemente.


-y vuela a lo más alto –sobre todo eso, como hace el águila real, que se aproxima hasta tal punto al sol que deja que ardan las plumas con tal de que el ojo goce.


Se había separado de su mujer después de veinte años de vida en común –lo que era un decir del páramo de un matrimonio burgués la avenido y en descampado, de muerte compartida –serían los términos adecuados. Con su hijo prácticamente que no se hablaba. Tenía, sí, un único nieto, el amor de su vida, aunque apenas si le veía. Y puso el Océano por medio, emigró a la América latina, a Bolivia, por más señas.


Vivía en Suere. Fue pronto preso, sí, de la belleza volcánica de la raza chueca, que le quitó la tierra debajo de sus pies, le hizo renacer de sus cenias y le devolvió las ganas de vivir. Pero la tierra extraña acababa por quemar, se veía siempre como ajeno, vagaba de acá para allá, sin encontrar nunca su lugar. Por si fuera poco, había perdido ha y de modo irreversible –como se pierde siempre, la juventud, que no es el comienzo de nada, sino al contrario, una agonía, que al menor descuido uno ya es viejo.


Hasta que un día, un día aciago de esos que no debían de hallar nunca lugar, recibió un telegrama de su hijo: “Sebastián murió accidente moto stop. Enterrado ayer Stop Saludos.” Lo que le cayó como una losa que acababa con su ya escasa movilidad y le dejaba listo para el moridero.


La vida empieza de dos en adelante, la palabra clave es compartir, venimos a este mundo a aliviar la soledad de otro. “Llega un momento en que, más allá de la tristeza que acarrea, la soledad adquiere una dureza mineral, una desnudez impúdica, genera un grado de insensibilidad tal, que se adivina que la muerte ronda.” Que el bien y el mal primero que vienen dan señal.


El consumado pájaro solitario –al igual que la higuera estéril, redundan, están de más. Se hace con ellos una gavilla y se la arroja al fuego purificador. Y aquí paz y allá gloria, nadie más se acuerda de él.


Su religión del pecado, el rechinar de dientes y el fuego eterno, se le mostraba incapaz de llenar el vacío de su vida, de aliviar el espanto de su orfandad. Las Iglesias vacías convertidas en museos de pago, pregonaban a voz en grito que Dios hacía siglos que se había mudado a vivir a otro lugar. De modo y manera que acabó por comprender que no le quedaba otra alternativa que aguardar; aguardar, aquietando con la mano el corazón que, cuando menos lo piensas, te cae del cielo inadvertido el sosiego de la muerte.

sábado, 14 de agosto de 2010

LA METÁFORA, ESA AMIGA


No sé si será verdad que la metáfora es la elocuencia del mundo, o si es un disimulo de siglos anteriores, si será cierto lo que decía Umbral que escribir eran unas cuantas metáforas y poco más, pero siempre en mi escritura fui amigo de ellas, y ahora estos días como queriendo hacer un punto y aparte necesario e inevitable, os voy a ir contando lo que veo, pero disimulando con una magnitud en las comparaciones, con letra grande cuando haga falta, insertando todo aquello que nada menos me causó estupor. Del estupor se puede vivir, altera el ritmo cardíaco pero luego te das cuenta que eso es la inspiración, tu música interior, tu deseo casi suicida por un atardecer que es capaz de enloquecerte como haría una mujer sin querer, sin proponérselo. Hoy he sido capaz de escribirle a alguien, eres como una pasión, no sé, no te lo puedo explicar.


Indudablemente antes había un punto y aparte. Luego tiene que haberlo también. Porque creo que doy lo que tengo. Mi duda es mi pasión y mi pasión es mi misión por la vida.



A fin de cuentas todo esto es nada más que una resaca, como una de esas pocas veces que llego hasta la playa y allí noto hasta lo carnal que tiene el agua por las muchas mujeres que se han mojado del todo; porque yo mira que he dicho verdades y mentiras sobre la misma arena -un pedazo que siempre teníamos acotado para nosotros- junto a este mar donde se han hecho mis hijos, hijos; he vivido al llegar tantos fines de semana estresado, sinsabores de quienes me mandaban mal en el trabajo aunque sabían que acabaría dejándolo tan bien hecho que todavía ahora, entre esos mismos despachos, se nota la huella de mi apellido literario; allí yo era ese “romero” de León Felipe que creaba caminos nuevos. Por eso he sabido enseñar a mucha gente que el trabajo es el trabajo, ahora y siempre para el que lo quiera, para el que lo quiere.


También me acuerdo que aquí siempre se hacía el amor despacio, con un orgullo que superaba a la ternura, con una mirada que amaba y liberaba, le entregaba al otro todo y se ponía a su dulce disposición olvidando cualquier carencia. Hacíamos el amor en camas más pequeñas pero como si fueran cumbres repartidas para el uno y para el otro. Hacíamos el amor contándonos metáforas sin el áspero roce de las sábanas y con la exigencia que tienen las noches de verano. Hacíamos el amor bien desnudos.


Para acordarme de todas estas cosas, para hacer punto y aparte, me he quedado un día, con la excusa de una comida fuera y que no todos cabíamos en el coche, sólo por el Mareny, hablando con la gente que he encontrado, comprando un bocadillo para comérmelo luego que convirtiera con un chico informático los videos de la tableta gráfica de Adobe CS5, colgados en la red, para poder pintar luego como los clásicos.


Porque algo clásico soy aquí después de más de treinta años comprando mi primer apartamento con el miedo de no poder pagarlo, a medida que lo iban construyendo. Soy un clásico aquí con el que he conseguido que mi cuerpo viva a punto de cualquier obscenidad con tal de no sentir dolor, obstinado, insobornable, pero empeñado en tener ese soplo de vida que me aferra a la vida como si fuera la metáfora más bella que he encontrado a la hora de decirla: amar ese lado de las cosas insistente cuando se están terminando y queda poco rato para poder elegir.


Puesto a ello, tendré derecho a decir que estoy deseando que llegue Septiembre como a la espera de un sosiego maduro, igual que aquel que veía en casa de mis padres, en los adornos de los metales dorados. Pero mientras llega Septiembre pues haré como Julián Barnés en El loro de Flaubert” que decía: “Para pintar el vino, el amor, las mujeres o la gloria, es necesario no ser borracho ni amante ni marido ni soldado raso. Entremezclado con la vida, es difícil verla correctamente, la sufres o la gozas demasiado.”


Pues da lo mismo, voy a seguir sufriéndola o gozándola aunque sea demasiado.

JOSUE



POR CORREVEIDILE

El balcón de “Tejidos e Hilaturas de Rodriguez de Carvajal Hermanos”, que Doña María nos tenía reservados, enfrentaba la estatua ecuestre en bronce y tamaño natural de San Martín, en la fachada de la Parroquia de su advocación, desnudo el mendigo que implora al jinete, partiendo éste magnánimo con su espada su manto a la morisca, por darle abrigo y reconfortarle.



Íbamos la familia, esa urdimbre de añagazas, hipocresías y tragaderas que viene a ser la familia cristiana. Íbamos a ver pasar desde allí, el día de la fiesta, la Procesión del Corpus.


Medio siglo después levanto la vista añorante al balcón cuando lo cruzo. Aún me queda el olor a murta y alhucema del pavimento regado recién, el desficio de ver a la niña de la casa en sazón, deambulando de acá para allá, sin poder llegarle con la mano y besar el santo.


Con eso y todo, a pesar de los pesares y de apuntar el ánimo rijoso, el corazón, de niño. Porque me encandilaba cuando, entre los personajes bíblicos, llegaba Josué, del que cuentan que pidió ayuda al Señor para vencer a sus enemigos que ocupaban la tierra de Canaa y Jeovah le mostró su apoyo de forma simbólica, deteniendo la marcha progresiva del sol para darle tiempo a escapar con su tropa.


Altivo y desdeñoso, vestido de centurión romano, desnudos sería más propio decir, sus muslos poderosos, caminaba en avanzada y solitario, despegado de toda la comparsa, alzando con su mano izquierda un sol radiante en oro y apuntándole con la derecha con su espada flamígera, digamos que cada veinte pasos del recorrido; de modo que podía presumirse fundadamente el verle por tres veces representar la pantomina. Y ahora mismo que no sé qué sería, si la magia de poder detener el tiempo, lo inverosimil de la floritura, o la desnudez del soldado, lo que ensimismaba a la pobre criatura en aquellas tardes cándidas y desconsoladas de la floración.


A media procesión, antes que desfilara la torrentera de seminaristas, Doña María se esforzaba por hacer los honores de un balcón a otro. Y sintiéndose obligada a agasajar a sus huéspedes y romper así la monotonía de la larga espera, aparecían sus criadas, con cofia y de punto en blanco, portando bandejas de lata con canapés, “petit choux” de crema y chocolate y así, “María, por Dios, no tenías por qué haberte molestado”, era el comentario de mi madre. “Chica, calla, no tiene ninguna importancia y lo hago muy a gusto”, contestaba la anfitriona mientras yo no les quitaba ojo a las pantorrillas de las aldeanas, a punto de caramelo, que nos servían.


Cuando sonaba la campanilla anunciando que asomaba, entre una nube de incienso, la Custodia, se te quedaba la tarde entre las manos, anochecía, se recogía el personal, en medio de un silencio de muerte, al paso del santísimo Sacramento, subía hasta el balcón el olor a pétalos de rosa que se pudren y adormecía. Para acabar, instantes después, disuelto todo en el sopor profundo y la desgana de la vuelta a casa, a rastras y a contrapelo, a regañadientes con la parentela. A enterrarse vivo en casa y, el año que viene, más.

lunes, 9 de agosto de 2010

ECHO DE MENOS CAMINAR COMO UN POEMA


Pero en el fondo he dado buen resultado. Cuando me preguntan, cómo estás, aquellos que me veían tan mal, les digo, bien, sin entrar en detalles, y algunos ya no pueden ni preguntármelo. Aquí cada año el mar se lleva de la arena como a algunos paseantes de antiguo, que mataban la tarde mientras yo les recriminaba el poco tiempo que a todos nos quedaba. Por eso digo, que en el fondo he dado buen resultado, no puedo ocultar mis menudos pasos, la exigente sensación de inseguridad, esa falta de tono regio y severo que tienen los poemas al leerlos y creértelos. Además es un aviso, adivinan la llegada de algo tierno, existe un armonía en ellos y a la vez una elegancia, que yo ya no la tengo.



Echo de menos demasiadas cosas estos días, busco esos silencios que tienen algunos ratos, durante un rato. No me acerco a la playa porque en la playa parece como si el hueso dolorido le ganase el terreno al músculo y si este ya se queja, mejor es que no se le acerque el hueso. Necesito cada vez que vuelvo de un silencio, o cuando escribo un post donde a la vez cuento que cumplo años, sentir muy cerca un mensaje tierno, sé que está escrito bajo, en los comentarios, pero lo tengo que volver a leer de nuevo: desde la que llega la primera para celebrar brillantemente, como hace siempre esa mariposa de mis sueños el polvo de permanencia o pensar -con qué precisión y belleza me lo dijeron- que en cada abrazo que le he dado a las mujeres me he ido quedando con la edad de ellas para ir dejándolas mis palabras que consideran vestidas de fiesta de gala.


Tengo hasta ganas de volver a mi sitio sin que quede verano ni para escribir porque eso puede ser la mejor señal de felicidad interior, terminar desde donde siempre los hechos acabados o no terminar ninguno. Yo lo siento, por la gente que no veo más que de tarde en tarde, pero alteran mi vida porque ponen delante la suya, paso de ser alguien a algo, detrás estará el cariño, no lo dudo, pero a lo mejor es que no sienten necesidad de decírmelo y a mí me hace mucha falta. Ahí esta el error, el más profundo error que provoca la naturaleza, por muchos polvos que le eche uno cada lunes o cualquier día de la semana a la vida: debiéramos de ser considerados igual que hace veinte o treinta o cuarenta años, provocar interés por nosotros, por lo que pensamos, porque podemos, quizá, hasta enseñarles todavía algo. Y ahora no es así, manda una naturaleza mucho más arrugada e impresentable, con formas de caminar ajenas por completo a la elegancia de un poema, con una mente que se va repetir diciendo una y otra vez las mismas cosas y por eso es mejor que a uno ya no le escuchen, ya ser algo en lugar de alguien.


Por eso me quiero ir como a mi lugar de origen, ya sé que este también lo fue durante muchos años, épocas enteras de mi vida, y que mi gente fue creciendo y aprendiendo y descansando a la orilla de este mar tranquilo, de espuma banca como una vagina marcada bajo la seda, pero necesito mi sitio, mi lugar, esa permanencia de que hablaba hace días pero más adherida a mi persona, a mis costumbres; a que el silencio -hasta con la persona más entrañable cerca- sea propio, elegante, no un descuido como intencionado que noto aquí y ahora.


Es evidente que no sé explicarlo, o no quiero o no puedo pero podría decir muchas cosas que van a vivir luego quienes quizá me las provoquen ahora, pero en el fondo me da lo mismo, al final el alma no descansa hasta dejar saldadas todas las cuentas. No es que se trate de una cuenta pendiente, me da lo mismo quién tendrá que asumir más alto pago, yo vengo pagando ya hace mucho tiempo sin que mucha gente lo sepa o se percate, aquí no aparece la casilla de saldo por ninguna parte, existe como un vacío, como una larga distancia, como si se hubiera creado ese duro muro de la maratón en el kilómetro 35, que quién lo pasa llega hasta el final. De verdad no quiero sentir tan dura la distancia, yo alargo muchas veces y de muchas maneras la mano de la concordia, pero está el hueco sin cubrir y me consta que no será por falta de cariño, pues entonces para eso existe el lenguaje que elimina los territorios escondidos, que me permitiría sentirme igual de cómodo sin mis cosas de todos los días.


Me permitirían levantar la mirada y encontrar mirada, hacer que mi propio cuerpo inagotablemente deteriorado pudiera al dar cuatro pasos parecer un poema. Que no tengan que ser los demás los que vengan a explicarme que estoy dando un buen resultado a base de muchos años de lucha y de esfuerzo. Me rompieron, me limitaron, me cortaron parte del camino desde hace ya demasiado tiempo y aquí me tienen, aquí me tenéis para darle celos a la decepción, brillo a lo que lo fue perdiendo, doy señales de un reflejo viejo y opaco pero todavía persistente.


Yo no puedo dejar de echar de menos que nadie ya escuche mi valor de ser “alguien” por lo que los demás tuvieron la posibilidad de dar luego sus brillantes pasos. Pero no quiero quedarme tan pronto tan apagado, tener que asomarme una y otra vez a la ventana de delante de Internet, ni notar la oscuridad antes de tiempo. Necesito despertar todavía el interés con las palabras propicias que tantas veces pienso que podrían servir, si tuviera respuesta en otras pupilas.

Este es el ángulo de mi verano, los días que voy pasando como trazos breves en lugar de caminar buscando un equilibrio que cada vez siento menos. Ese es mi silencio y mi estupor diario.

MANDELA CUMPLE 92 AÑOS

POR CORREVEIDILE


El 18 de Julio, Madiva cumplió 92 años, Madiva como le llamaban de chico. Y aliento la esperanza de morir antes que él-a pesar de tener muchos menos, para no sentir la orfandad, el vacío de ver que Mandela se va. Fundada esperanza, porque Mandela no es viejo, es joven, joven de verdad. La juventud es eso, su sonrisa, que no es prefabricada ni de quita y pon, sino que sale de dentro, de su amor a la vida y a los demás. –La fotografía está tomada en el césped del “Soccer” de Johanesburgo, en la final del Mundial de Fútbol 2010, con temperatura, ese día, de cero grados.



Sartre saludó al “Ché”, a su muerte, como el hombre más completo de su tiempo. Idéntico elogio cuadra, medio siglo después, con Mandela. Tengo por seguro que, si se le preguntara sobre su muerte, contestaría: “¿cómo voy a morir con lo que hay que hacer?” Porque Mandela continua en activo, en plena y fructífera actividad.


Larga vida a Madiva, viejo sabio africano, Premio Nobel de la Paz, Ex Presidente durante dos mandatos de la República de Sud-África, Padre de la Patria –yo me atrevería a decir de la humanidad oprimida.

sábado, 31 de julio de 2010

LE ECHO UN POLVO A LA EDAD TODOS LOS LUNES


amartinezfotografia.com

…aunque sea un mal polvo ya, y sigo conviviendo con todo lo de siempre: con la misma mujer que no se me hace vieja porque “cuando se está muchos años junto a otra persona, el otro no envejece” (Sergio Olguín); con la constancia que tienen los días en venir uno tras otro pues perder la cuenta de los almanaques ya no me importa. Le echo un polvo a la edad a ver qué pasa, mientras yo voy como de paseante feliz en un todo a cien y miro salir de casa a esas chicas que me gustan siempre, medio vestidas con las ropas que les regalaron sus amantes.



Y hoy tengo que venir adrede a explicar eso de la edad, lo que cuento tantas veces, luego diré por qué. Me resulta válido para pedir que me esperen hasta mi próxima mañana que tenga libre –esas del otro día- para no tener que hacer memoria de la forma que tengo de dejar un abrazo espléndido e irrepetible, pendiente; y cuando alguien nota mi palabra que se hace añeja, pues que lo sea; o una bolboreta revoloteando a mí alrededor viva de alguna manera siempre conmigo entre las letras, en esta mi vejez donde no hace falta un hueco sino que ya lo hay desde siempre y es especie de bella permanencia. Todo esto es una forma de echarle un polvo a la edad los lunes.


Una forma y una manera de hacerse así viejo: que no le sepa mal a uno estar mucho rato con alguien sin hablarse; a gusto, con ropa de andar por casa, quizá barata pero bien llevada; dejar de mirar antes de dar un beso; saber convivir con el verso de Ángel González “te llaman porvenir porque no vienes nunca.” Para qué quiero el porvenir, basta el tiempo de ahora, un hoy desgastado y hermoso con la ilusión de ir pudiendo contarlo luego.


Siempre tengo a mano los mismos recursos de hace tiempo: como si fuera la insistencia de la lencería blanca en un polvo verdadero; oler pronto a café recién hecho; hacer sentirse bien a una mujer aunque no me lo diga luego; ser capaz de crear una relación civilizada, compensatoria, cuando te das cuenta que la pasión de los cuerpos hizo ya las maletas hace tiempo, como es capaz de explicar en un cuento Patricia Esteban. No es fácil pero hay que intentarlo cerca de cincuenta años.


A la vez yo siempre he hecho lo que fuera necesario, como caricias distraídas y distantes buscando un cariño húmedo, vigente y permanente; sólo quiero eso imprescindiblemente que tenga una estancia verdadera, una idea plena capaz de mantenerla, como antes, con las maletas ya hechas.


Si es bien fácil, en el fondo se trata de que sea verdad que esto es un privilegio, no me cansaré de decirlo: saber qué cosas son verdaderamente necesarias y demostrar que llevo siempre la misma intención: no tener que volver, sino estar aquí ya para siempre. Hasta que vuelva a ser otra vez lunes, los lunes de los jubilados de las obligaciones que cuando eran imprescindibles las cumplimos, nadie tuvo que explicárnoslo. Un polvo puede ser saber decirle a alguien, como en ese cuento de Patricia Esteban de que hablaba, “ya ves, te voy a querer siempre por mucho que me joda.”


Es que hay gente que no sabe decirlo y tampoco hacerlo. Yo vengo manteniendo ya hace tiempo el margen que tienen las palabras del que me habla para poder conseguir así un hermoso lenguaje verdadero desde el principio, todas las veces que sea necesario, que pueda conseguirse luego un largo rato de felicidad del que tienes cerca, así, así vengo cumpliendo años.


Siento como una liturgia del cariño cada atardecer, lo busco en las cosas a mí alrededor, en la gente que me quiere para poder saldar así todas las cuentas hasta el lunes siguiente. Tengo todavía muchas cosas que contar hasta que me jubile de estar jubilado, pero no quiero hacerlo de todo aquello que ha constituido cualquier alegría de mi vida propia o ajena.


Pienso cada día en ese incomparable café de las mañanas, las cervezas frías, las rebecas sin botones o las blusas abiertas. ¡Qué pasa! Es lo que más me gusta, lo que me hace feliz o puede hacer feliz a alguien al leerlo, al buscar un abrazo o un hueco permanente, alguna cosa bella de esas que aportan señal de vida como la ceñidura sexual de los vaqueros, la literatura, la propia vida.


Y tendré que rebelarme, sin embargo, como una señal insistente, cuando hablas por teléfono con quien está simplemente representado a alguien y te pide enseguida tu nombre y apellidos, tu DNI, tu fecha de nacimiento y a lo mejor hasta el Nick con que llegué a estas páginas que nunca le he ocultado a nadie.


Y menos hoy que le echaré un polvo tremendo a la vida por ser mañana lunes y haber cumplido hoy, setenta y cuatro años de esa vida que es lo que hicimos y también lo que no supimos hacer.

GUSANOS DE LUZ


Por Correveidile

A Langreo no he vuelto desde que murió el papá, recién cumplidos yo los trece. En Septiembre, en el Cantábrico, la luz decrece, el día acorta sensiblemente y refresca; y en un abrir y cerrar de ojos te encuentras como andando a tientas si no pulsas el interruptor. Y era entonces que empezaba yo a merodear por el jardín en búsqueda de luciérnagas, por los rincones por donde sabía que tenían su querencia, el pasto o la dormida.



De pronto, aparecía una cautelosa, me arrodillaba para estudiarla a conciencia, me hacía cruces de cómo, sin estar conectado a la red ni llevar pila alcalina alguna, brillaba de esa manera. Y la miraba asombrao, yo era todavía un niño.


Es la piel que les cubre, escamosa, metálica –me decía el papá, que refleja la luz ajena, del poniente recién o del interior de casa, de la luna o la noche estrellada. Mentira. Una más de las cosas que nos dicen de niños –de las que he perdido ya la cuenta y resulta luego no ser verdad, como los Magos de Oriente. Porque una noche sin luna, africana y en el rincón más oscuro y alejado del jardín junto al garage, descubrí una rutilante como una estrella.


Por si fuera poco, había luego de saber que a la luciérnaga se la tiene por buen augurio entre los hindúes, presagio de amores correspondidos. Pero llevo medio siglo que me tropiezo con una –y así me va; debe ser una especie a extinguir o ya extinguida, nos vamos quedando sin nada, sólo el odio permanece, no hay modo de acabar con él. También hube de envidiar su vida fugaz, porque mueren cuando truena.


De los veranos de langre, cuando aún me crecían los dientes, prevalece el recuerdo del misterio, para mí indescifrable, de los gusanos de luz.