sábado, 4 de septiembre de 2010
RETORNO Y PAUSA
He vuelto a lo que llamaba mis comodidades pero alguien muy certeramente me ha explicado que se trata de mis necesidades del cuerpo y del espíritu. Puntos de apoyo que durante este verano echaba de menos, pero los he notado ausentes de una manera especial, de la misma manera que inesperadamente una amiga común, una tarde desde su punto de veraneo me envió un sms con tan solo cuatro palabras: os echo de menos. Eso ya era empezar a recuperarlas. Trivialidades aparentes de una cerveza en una terraza, pero como reclamo de nuestra presencia, los besos de amistad comunes y repetidos pero importantes, vernos, estar un rato juntos de vez en cuando, llamarnos con diminutivos creados por la antigüedad con que nos queremos.
Fue esta buena amiga quien me insistió para que recobrara mis necesidades. He llegado a casa de nuevo con más equipaje que me llevé, pero ni más cosas, ni más ropa, menos libros era ya más difícil. Pero junto a ello me he traído un deseo que voy a cumplir. He ocupado mi tiempo este verano, en la convivencia familiar y la lectura, he escrito poco y peor, pero he reflexionado más sobre lo que escribía, mi necesidad de no repetir al menos por un tiempo mis mismas palabras, idénticos sentimientos, la misma manera de decirlos y responderlos. Me siento orgulloso de ello, pero junto a esa riqueza personal –quizá sea el cansancio, verme siempre el mismo rostro- necesito provocar en mis escritos una pausa, un reposo, un punto y aparte, un ahora vuelvo.
Mi tiempo lo he absorbido –eso sí, creo que brillantemente, hasta ahí llega mi orgullo- en trasladar a los demás (conocidos y amigos a quienes les aviso que otra vez está en la red www.acercatealoslibros.com) y ese boca a boca desconocido y abundante ya de quienes pinchan esa página y yo nunca sabré quienes fueron. Me ha permitido esta presunción comentarios por correo a mi página con un tono literario y a la vez cariñoso de incalculable valor. Hasta una catedrática de latín ha calificado mis recomendaciones como “ánimos” y que “reconforta saber que estás ahí, leyendo para compartir con todos los que te seguimos.”
Este es mi punto de descanso, es mi única razón válida para colgar algo en la red: mi lectura y al comentario ajeno cuando llegue saber mezclar en mis pequeñas referencias literarias todo lo que siento, lo que me cuenta aún la vida y no sabía y me he estado atreviendo a escribirlo. Mi pausa y mi tiempo van a estar ahí, quizá un día aparezca de nuevo aquí hambriento del cariño ajeno, sobrado en mis planteamientos y hasta en mis propias respuestas que a veces eran excesivas, festivas, como un escritor con genes propios se atrevió a decir con razón, rompen el tono de la pieza triste, de la soledad mal llevada, de posibles riquezas acumuladas, efectuado por ti mismo.
Me vais a permitir que mi cómodo retorno a necesidades inevitables, como he dicho, del cuerpo y del alma, lo ordene un poco en casa, donde hay demasiada abundancia de lo que no merezco.
Me vais a casi a dejar o a ayudar en la difícil tarea del esfuerzo del lenguaje. Ya sabéis que primero busco el ajeno abundantemente y luego con el propio mezclo sentimientos, hasta hondas vocales y comunes metáforas. Intento siempre como un cálido encaje de anatomías entre las palabras, me duelen ya los pocos años que me quedan por leer. He leído poco porque soñé leer mucho más.
Se me escurren en esos esfuerzos del lenguaje imágenes del amor que acosan mi espíritu porque soy y siempre he sido un hombre enamorado del amor. Se envejece y se madura a la vez con él. Es muy fácil, ante una caricia de menos quedar a cambio con un intercambio de lugar y de sitio con la persona amada para darle tu comodidad para su comodidad.
Os lo advierto. amar casi de viejo, es saber callarse, es tener sitio, haber dejado huella y seguir dejándola de la manera que ahora puedas. Es un acomodo, un estilo que todavía no conoces, un amanecer especial, saber escuchar, dejar de tener razón.
Retorno y pausa o cambiando el orden de todo y ante todo lo que me voy encontrando, dedicar mi tiempo más plenamente para que me puedan volver a decir muchas veces casi en una lengua que siempre quise saber y no fui capaz de aprender: que reconforta saber que estoy leyendo.
No me voy de ningún sitio y menos de donde ha sido mi privilegio, simplemente saber que estoy en casa leyendo.
HEMBRA BRAVA
Por Correveidile
Nacida Palmira, según su abuela –el nombre del árbol que extiende su copa en lo alto como la palma de la mano, sus ramas a manera de dedos, se le colgó muy pronto en el pueblo el sobrenombre de “sauce llorón”; por su destino aciago que conlleva sin querer el llanto –como el árbol de Babilonia.
En sus juegos infantiles, andando aún como quien dice a gatas, se reservaba siempre el rol de hacer “como si fuera mamá”; de no ser así rompía la baraja y se daba vuelta. De modo que bien pudo decirse de ella que no fue nunca niña, sino madre en ciernes, llamada a hacerse cuartos.
No más llegar a la pubertad quedó preñada de un lugareño acomodado. Y a lo largo de doce años concibió cuatro hijos, de los que sólo uno le vive –le mal vive. Pero no he venido aquí a ocuparme de los frutos, sino del árbol, ni siquiera de las ramas, únicamente del tronco, de la hembra brava.
En su primer embarazo concibió gemelos; y cantaron Aleluya antes de Pascua, echaron las campanas al vuelo, aguardando que nacieran los dos con alas –como los hijos del Viento Boreal. Pero sólo uno vio la luz con vida, siendo el otro mera semilla que dicen, cuajarón de nieve, que se esponja en el agua y se disuelve y se va en humo sin dejar rastro. Como cuaja la leche con la flor del cardo. Que todo es cuestión de suerte, donde unos hallan la vida, otros la muerte.
La devastadora hecatombe que debió producirse en el útero materno al segundo mes de gestación –como una presa que se raja y asola con sus aguas tormentosas la campiña y el poblado, debió afectar en gran medida al feto sobreviente, que salió como hecho a oscuras y por los rincones, lo que explica sus carencias y trastornos consiguientes, que le han dejado varado en los lindes de la anormalidad: su visión –por dar un rato, le quedó reducida al cincuenta por cien torpe y desaliñado al andar, desangelado –que si era disléxico, decían. Hizo falta ese caos para echar al mundo una estrella fugaz. Pero hoy es la madre que me quita el sueño y me dicta este canto de mineros arrastrado y triste.
Frustrada la pareja por la pérdida de la mitad de la cosecha, no tardaron en acudir al reclamo y probar por segunda vez fortuna. Y poco más de un año después destejiendo por la noche lo que se teje de día, se produjo el segundo parto. Con la criatura emponzoñada, muerta. Como el vino que se tuerce o la carne se corrompe, igual que fuera el olivo manzano, que basta con arrimarse a su sombra para acabar envenenado. Lo que cayó como una losa funeraria sobre el ánimo de ambos, que les hizo amilanarse, volver al hogar con las manos en la cabeza y desistir de plano de buscar más descendencia.
Pero quien no se arriesga no pasa la mar. Hay que dar tiempo al tiempo, que todo lo siega y sosiega, que va saturando y forma callo. Y diez años después del segundo alumbramiento, Palmira se sometió a minuciosos exámenes médicos, a toda suerte de análisis químicos y bacteriológicos, a la detección por el escáner , acudiendo al Juez para que ordenara el Municipio autorizar la exhumación de los restos de los dos fetos, con el fin de consultar a los arúspices, quienes predicen por el examen de las entrañas de las víctimas. Olvidando que se dice que náufrago que vuelve a embarcar o viudo que reincide castigo pide.
Mal aconsejados, asidos a las crines y llevados por el afán de desquite y la contumacia en torcer el curso de las cosas y dar vida a los dos niños muertos, sino el tercer embarazo y el tercer entierro con cajita blanca. Lo que no fue sino mera repetición de empeños bajo el infausto influjo de los astros o la maldición del plenilunio, retablo de duelos. Que porfiar en demasía trasluce pactos con el diablo.
Sin caer en la cuenta de que los destinos de la Naturaleza son insondables y no se la debe tentar, que es justiciera y se reserva siempre la última palabra para dejar la balanza en el fiel. Que el bien y el mal primero que vienen dan señal.
En un principio, como un volcán lanzando espumarajos por la boca, tentada estuvo Palmira de alzarse contra el cielo y pedirle cuentas de semejante iniquidad. Pero el que escupe en alto a la cara se le vuelve, llegando los cónyuges a cargar recíprocamente sobre los hombros del otro y la responsabilidad del descalabro, vapores negros que suben al corazón y a la cabeza, sacando a flor de piel enemistad antigua e ira envejecida, que acabaron con el vínculo hecho trizas.
Una vez pasa la cólera, el que amenaza se reporta, a la ira y al enfado darles vado. Así que, víctima propiciatoria, la mujer acabó llevándolo en paciencia, como hace el animal o el árbol; que de alegría y contento han muerto muchos, que de la aridez salió el manjar y de la acritud dulzura, que con el mismo aliento de la boca con que se calienta uno las manos, se enfría el caldo.
Si bien se mira, más triste es el designio de la higuera estéril o el aljibe seco que Palmira, mal que bien, dio fruto, que cada cabello hace su sombra en el suelo. Porque un hombre sin hijos es poco, una mujer sin ellos es menos todavía lo que no se dice en menoscabo de la hembra, sino bien al contrario ensalzando su destino impar de hacerse a trozos.
Dien de ella que no acaba de cuadrar y anda errática, con los dos labios heridos del espíritu, diciendo su pena a quien no le pena. Que los hay tentados de saber lo oculto de nuestros pechos y hasta, a veces, lo que Dios se reserva en el suyo. Que pasa los días sin comer apenas, pensando en penas, desbabando el hilo de su vientre se va consumiendo como gusano de seda, y si le hiendes la corteza mana una lágrima o licor viscoso, humor cuajado, su destino infame de dar a luz media vida y tres cuartos.
sábado, 28 de agosto de 2010
SIEMPRE HAY UN ACTIVO Y UN PASIVO
Es lo que pienso escribiendo una última mañana del verano frente a este mar, desde esta terraza. ¿Último con relación a qué? ¿Tan solo a una estación de un año? ¿Última mañana, sin saber cuántas me van a quedar? No está nada claro que cualquier fragmento de nuestra vida sea precisamente una historia cerrada con un principio y un final. Quizá esto que siento ahora, mirando al mar, sea tan solo un gesto, un temor a cualquier final, como si hubiera pasado este verano con unos cuantos días, una docena de aguardientes y un millón de palabras por decir.
Me vengo callando muchas adrede, por eso en familia valgo tan poco, me notan más los de fuera, los que se dan cuenta de mi necesidad de comprar un libro, de mirar obscenamente a una amiga para no terminar nunca con la obscenidad en mis entrañas, con mi voz precipitada que no se entiende bien adrede. De ahí mis silencios gratuitos pero hermosos y propios, cuando todos van demostrando así cuánto más saben, que atrás me voy quedando.
Tengo, no obstante, la lengua húmeda y caliente, la infinita riqueza del lenguaje de los sentimientos con su registro, con las sutiles señales de la carne, del intento. Pero dije muy poco este verano, viví como siempre la barata felicidad diaria que me voy construyendo a base de mañanas como esta, desde aquí, mirando lo propio, viviendo la verdadera libertad, que es sin duda alguna eximirse de las obligaciones que a uno le atan en la vida, le implican necesariamente. De ahí mi desprestigio colectivo y mis antojos de hacerme la vida a la medida del libro que tengo entre las manos. Hasta, es curioso, cuando se habla de libros, me callo, me los leo yo solo, los cuento en Internet o hasta a sus propios autores, finjo como que no me interesa el tema, que no sé apenas nada, qué más da que salga en la conversación el poco valor del cuento que suele darle la gente, cuando llevo años enamorado de ellos y este mes próximo todas las páginas de mi propia página van a estar dedicadas totalmente a su cultivo.
Como con eso, me pasa con muchas cosas. Ya luché por mis razones mucho tiempo, ahora paso la palabra al que me sigue, asuma la posible ignorancia de muchas cosas que todos tenemos y prefiero mi sitio de silencio elegido, que ese sea mi pasivo, porque mi activo ya lo puse con todas mis capacidades en el foro difícil de la vida muchos años, cuando la estuve construyendo para aquellos que vinieran detrás por razón de vida, tuvieran así su comienzo, arrancaran más fácil, encontraran más puertas abiertas.
Aquí y ahora si hago cuentas del activo y el pasivo que tenemos todos no sé si me salen bien o mal, prefiero no hacerlas, ya dije muchas veces que soy hombre de letras, que se me dan mal los números y si se trata de entender las conductas, ahí puede que durante muchos tiempo no haya salido peor parado. Activo y pasivo, por si no tengo ocasión de volver a plateármelo en otro periodo, hoy es la última mañana, el penúltimo mar al menos que me queda por mirar porque justo antes de irme lo miraré de nuevo. Me llevo el aroma de su tiempo, su humedad hermosa, mi dolor insistente de huesos, el cansancio que produce la resistencia a hacerse viejo, mi ética de lector todo el verano, mi "engagement" moral con los libros, mi sonrisa contenida con que he sabido siempre responder a la ternura que notaba en cualquier mujer madura que fue mi amiga tantas veces, tantos veranos.
Ayer, os confesaré, me devolvieron un piropo, luego de mirar insistentemente a los ojos: -te quiero ver el verano que viene, le dije, siempre me harás falta. Antes de su respuesta, surgió un abrazo espontáneo, sincero y la lentitud con que supo responderme: -tampoco faltes tú y ni una sola palabra de las que dices a una mujer.
¿Será cierto que los buenos propósitos detienen a la muerte? Eso opina “El bailarín ruso de Montecarlo” del cubano Abilio Estévez. No lo sé, la muerte no debe poner fin a la vida, debe darle conformidad a todos esos propósitos que tuvimos, debe hacerlos ciertos, con su activo y su pasivo, el que me llevo a a casa hoy mismo para seguir construyéndolo de nuevo sin tener este mar delante. Vuelvo a casa porque además se hace más corto ya el día, me tarda en llegar la mañana y al contrario la noche viene antes y me admira, me asusta.
Además la belleza del mar que tengo tan cerca, su riqueza, la siento más cuando no puedo verlo en la ciudad, como si fuera la seguridad de la orilla.
domingo, 22 de agosto de 2010
LEO PARA BUSCAR EL LÍMITE
Por eso lo único que necesito es más tiempo para seguir leyendo. Y no lo encuentro, ni en la mejor biblioteca de la tierra, ni en el campo, ni en la playa, ni en el vientre de una mujer, ni en un polvo caliente, despacio, abierto. Leo libros buenos, me los compro sufriendo porque no tengo bastante dinero para todos los que quiero, los elijo con tiento, sé antes de ellos cómo son, qué tienen, mis libreras conocen qué me gustará, hasta a veces me preguntan -adivinando un problema- ¿qué buscas? y me lo encuentran y eso que antes le he avisado a la chica que lleva el vaquero más hermoso de la tierra, gastado y viejo, lleva cuidado, porque si eres capaz de encontrarme un buen libro de cuentos que sea el primero que haya escrito su autor, soy capaz de besarte de tal manera que sea una forma inequívoca de habértelo agradecido luego.
Hay otro apartado, y es descubrir autores nuevos, buena literatura que anda esperando su punto de salida, es un blog “con la boca abierta y derrotada” como en “Los recuerdos para Olga” de Lara Moreno, por ejemplo: un post con las uñas de ella amenazándome, para acabar luego derrotado una vez leído, y decir ya no escribo más, porque así voy a tener más tiempo para leer, voy a encontrar el límite y podré morirme luego. Con los recuerdos aparte porque vienen solos luego, por todos los orificios del cuerpo. Por ejemplo, los del cuento de Lara cuando pierde él una tarde el equilibrio: “para que la follara sin ruido y sin prisas, y sin tripas, y yo lo hice, -dice- me dejé llevar por su vientre, que me atrapó y me masticó el sexo.” Ese es otro apartado que por mucho que lea a mí nadie me ha masticado el sexo ni me ha follado con la boca abierta y derrotada. Es un fallo, por eso necesito para todo más tiempo.
A Inés Mendoza le leía que “la fantasía es un lugar donde llueve.” A mí me llueve cada vez más esa fantasía pero necesito la más estricta honestidad de quién la lea y si no la tengo quiero que el menos me recuerde siempre bien. Dice Eloy Tizón que hacen falta las palabras para decir la pena y para inventar la vida, pues eso me pasa, escribo cuando algo me pena porque la felicidad no da para la escritura, escribo cuando busco, invento la vida que me queda que va siendo ya poca.
Y aquí he sabido ofrecerme como el hombre más entero que tengo dentro. Necesito a tope como una metáfora urgente y necesaria, la calidad de la mujer más tierna, es la literatura más rica que pude haber leído y que necesito leer todavía. El libro es mi delirio, mi sueño obsceno, la manera de prolongar esto. Quizá por eso este mes dedicándome de lleno al mejor cuento joven de la literatura española del siglo XXI, me he sentido feliz, lleno; así, si me venía una derrota me iba a pillar menos cansado, más preparado. Hace días comentaba con un corredor de fondo amigo, de los dolores que sentía y me trajo a la mesa en donde estábamos hablando aquella frase de un buen corredor: “el dolor es inevitable, el sufrimiento opcional”, el que quieras, hasta donde estés dispuesto a tolerar, a sufrir.
Tengo niveles, pero da la casualidad que me falta tiempo para el más rico empeño, lo que ha dado siempre vida a mi vida: tiempo para leer. No insistas, me dijo un día Josefina Aldecoa, nunca leerás un ápice de lo que quieres leer. Ni un ápice, ¡qué cruel y exacta fuiste! mientras te notaba en la boca los cientos de cuentos de Ignacio antes de morirse, porque él mismo hizo por morirse.
Al menos, pues, hasta donde llegue, nadie añadirá más derrota a mis derrotas. Las leeré antes en las páginas del libro que ando leyendo; ni sacará lo peor de mí para obtener su beneficio. ¡Ya hubo bastantes! Entregas gratuitas ninguna, todo previo limpio pago de una caricia sana, de un gesto que no admita la peor forma de situarse.
De momento ahora, me quedaré, buscando el límite, con el delirio de un libro que añada más delirio, más sueño, detrás de mi gesto más honesto. Lo que tiene de bueno buscar el límite al libro es que resulta al fin como una pasión, y las pasiones te las tiene que palpar alguien hasta que terminen verdaderamente apasionándote. Sin remedio, para percibir por ejemplo el eterno misterio femenino que siempre tienen ellas intacto como un “canalillo profundo y firme” que diría Andreu Martín. Aunque uno va notando ya gastada su elegancia o que de tanto darle vueltas a los sentimientos, el cerebro va teniendo poco que hacer.
Sigo librando mi propia batalla aunque de otra manera, siempre prácticamente desde el libro. Desde su límite, o el mío propio leyendo.
Hay otro apartado, y es descubrir autores nuevos, buena literatura que anda esperando su punto de salida, es un blog “con la boca abierta y derrotada” como en “Los recuerdos para Olga” de Lara Moreno, por ejemplo: un post con las uñas de ella amenazándome, para acabar luego derrotado una vez leído, y decir ya no escribo más, porque así voy a tener más tiempo para leer, voy a encontrar el límite y podré morirme luego. Con los recuerdos aparte porque vienen solos luego, por todos los orificios del cuerpo. Por ejemplo, los del cuento de Lara cuando pierde él una tarde el equilibrio: “para que la follara sin ruido y sin prisas, y sin tripas, y yo lo hice, -dice- me dejé llevar por su vientre, que me atrapó y me masticó el sexo.” Ese es otro apartado que por mucho que lea a mí nadie me ha masticado el sexo ni me ha follado con la boca abierta y derrotada. Es un fallo, por eso necesito para todo más tiempo.
A Inés Mendoza le leía que “la fantasía es un lugar donde llueve.” A mí me llueve cada vez más esa fantasía pero necesito la más estricta honestidad de quién la lea y si no la tengo quiero que el menos me recuerde siempre bien. Dice Eloy Tizón que hacen falta las palabras para decir la pena y para inventar la vida, pues eso me pasa, escribo cuando algo me pena porque la felicidad no da para la escritura, escribo cuando busco, invento la vida que me queda que va siendo ya poca.
Y aquí he sabido ofrecerme como el hombre más entero que tengo dentro. Necesito a tope como una metáfora urgente y necesaria, la calidad de la mujer más tierna, es la literatura más rica que pude haber leído y que necesito leer todavía. El libro es mi delirio, mi sueño obsceno, la manera de prolongar esto. Quizá por eso este mes dedicándome de lleno al mejor cuento joven de la literatura española del siglo XXI, me he sentido feliz, lleno; así, si me venía una derrota me iba a pillar menos cansado, más preparado. Hace días comentaba con un corredor de fondo amigo, de los dolores que sentía y me trajo a la mesa en donde estábamos hablando aquella frase de un buen corredor: “el dolor es inevitable, el sufrimiento opcional”, el que quieras, hasta donde estés dispuesto a tolerar, a sufrir.
Tengo niveles, pero da la casualidad que me falta tiempo para el más rico empeño, lo que ha dado siempre vida a mi vida: tiempo para leer. No insistas, me dijo un día Josefina Aldecoa, nunca leerás un ápice de lo que quieres leer. Ni un ápice, ¡qué cruel y exacta fuiste! mientras te notaba en la boca los cientos de cuentos de Ignacio antes de morirse, porque él mismo hizo por morirse.
Al menos, pues, hasta donde llegue, nadie añadirá más derrota a mis derrotas. Las leeré antes en las páginas del libro que ando leyendo; ni sacará lo peor de mí para obtener su beneficio. ¡Ya hubo bastantes! Entregas gratuitas ninguna, todo previo limpio pago de una caricia sana, de un gesto que no admita la peor forma de situarse.
De momento ahora, me quedaré, buscando el límite, con el delirio de un libro que añada más delirio, más sueño, detrás de mi gesto más honesto. Lo que tiene de bueno buscar el límite al libro es que resulta al fin como una pasión, y las pasiones te las tiene que palpar alguien hasta que terminen verdaderamente apasionándote. Sin remedio, para percibir por ejemplo el eterno misterio femenino que siempre tienen ellas intacto como un “canalillo profundo y firme” que diría Andreu Martín. Aunque uno va notando ya gastada su elegancia o que de tanto darle vueltas a los sentimientos, el cerebro va teniendo poco que hacer.
Sigo librando mi propia batalla aunque de otra manera, siempre prácticamente desde el libro. Desde su límite, o el mío propio leyendo.
CUATRO ANGELITOS TIENE MI CAMA
Imagen elegida por Fran
POR CORREVEIDILE
En un vagón de coche-cama, el pasajero que ocupa la litera superior, nada más acostarse empieza a susurrar sus preces:
-Con Dios me acuesto, con Dios me levanto, con la Virgen María y el Espíritu Santo.
Cuatro angelitos tiene mi cama...
Y fue entonces que el tren chocó violentamente contra un mercancías aparcado, dando con el pasajero devoto en tierra.
-Se veía venir –le espetó el de la litera de abajo, se acuesta usted con tantas gente…
Y a cuento de qué viene el chiste, si es tan contrario a todo lo que sigue –si es que se puede saber.
Nuestro héroe de tres al cuarto reúne las cuatro condiciones del consumado pájaro solitario:
-no tienen el color bien definido.
-no soporta compañía ni aun de su mismo plumaje.
-canta suavemente.
-y vuela a lo más alto –sobre todo eso, como hace el águila real, que se aproxima hasta tal punto al sol que deja que ardan las plumas con tal de que el ojo goce.
Se había separado de su mujer después de veinte años de vida en común –lo que era un decir del páramo de un matrimonio burgués la avenido y en descampado, de muerte compartida –serían los términos adecuados. Con su hijo prácticamente que no se hablaba. Tenía, sí, un único nieto, el amor de su vida, aunque apenas si le veía. Y puso el Océano por medio, emigró a la América latina, a Bolivia, por más señas.
Vivía en Suere. Fue pronto preso, sí, de la belleza volcánica de la raza chueca, que le quitó la tierra debajo de sus pies, le hizo renacer de sus cenias y le devolvió las ganas de vivir. Pero la tierra extraña acababa por quemar, se veía siempre como ajeno, vagaba de acá para allá, sin encontrar nunca su lugar. Por si fuera poco, había perdido ha y de modo irreversible –como se pierde siempre, la juventud, que no es el comienzo de nada, sino al contrario, una agonía, que al menor descuido uno ya es viejo.
Hasta que un día, un día aciago de esos que no debían de hallar nunca lugar, recibió un telegrama de su hijo: “Sebastián murió accidente moto stop. Enterrado ayer Stop Saludos.” Lo que le cayó como una losa que acababa con su ya escasa movilidad y le dejaba listo para el moridero.
La vida empieza de dos en adelante, la palabra clave es compartir, venimos a este mundo a aliviar la soledad de otro. “Llega un momento en que, más allá de la tristeza que acarrea, la soledad adquiere una dureza mineral, una desnudez impúdica, genera un grado de insensibilidad tal, que se adivina que la muerte ronda.” Que el bien y el mal primero que vienen dan señal.
El consumado pájaro solitario –al igual que la higuera estéril, redundan, están de más. Se hace con ellos una gavilla y se la arroja al fuego purificador. Y aquí paz y allá gloria, nadie más se acuerda de él.
Su religión del pecado, el rechinar de dientes y el fuego eterno, se le mostraba incapaz de llenar el vacío de su vida, de aliviar el espanto de su orfandad. Las Iglesias vacías convertidas en museos de pago, pregonaban a voz en grito que Dios hacía siglos que se había mudado a vivir a otro lugar. De modo y manera que acabó por comprender que no le quedaba otra alternativa que aguardar; aguardar, aquietando con la mano el corazón que, cuando menos lo piensas, te cae del cielo inadvertido el sosiego de la muerte.
sábado, 14 de agosto de 2010
LA METÁFORA, ESA AMIGA
No sé si será verdad que la metáfora es la elocuencia del mundo, o si es un disimulo de siglos anteriores, si será cierto lo que decía Umbral que escribir eran unas cuantas metáforas y poco más, pero siempre en mi escritura fui amigo de ellas, y ahora estos días como queriendo hacer un punto y aparte necesario e inevitable, os voy a ir contando lo que veo, pero disimulando con una magnitud en las comparaciones, con letra grande cuando haga falta, insertando todo aquello que nada menos me causó estupor. Del estupor se puede vivir, altera el ritmo cardíaco pero luego te das cuenta que eso es la inspiración, tu música interior, tu deseo casi suicida por un atardecer que es capaz de enloquecerte como haría una mujer sin querer, sin proponérselo. Hoy he sido capaz de escribirle a alguien, eres como una pasión, no sé, no te lo puedo explicar.
Indudablemente antes había un punto y aparte. Luego tiene que haberlo también. Porque creo que doy lo que tengo. Mi duda es mi pasión y mi pasión es mi misión por la vida.
A fin de cuentas todo esto es nada más que una resaca, como una de esas pocas veces que llego hasta la playa y allí noto hasta lo carnal que tiene el agua por las muchas mujeres que se han mojado del todo; porque yo mira que he dicho verdades y mentiras sobre la misma arena -un pedazo que siempre teníamos acotado para nosotros- junto a este mar donde se han hecho mis hijos, hijos; he vivido al llegar tantos fines de semana estresado, sinsabores de quienes me mandaban mal en el trabajo aunque sabían que acabaría dejándolo tan bien hecho que todavía ahora, entre esos mismos despachos, se nota la huella de mi apellido literario; allí yo era ese “romero” de León Felipe que creaba caminos nuevos. Por eso he sabido enseñar a mucha gente que el trabajo es el trabajo, ahora y siempre para el que lo quiera, para el que lo quiere.
También me acuerdo que aquí siempre se hacía el amor despacio, con un orgullo que superaba a la ternura, con una mirada que amaba y liberaba, le entregaba al otro todo y se ponía a su dulce disposición olvidando cualquier carencia. Hacíamos el amor en camas más pequeñas pero como si fueran cumbres repartidas para el uno y para el otro. Hacíamos el amor contándonos metáforas sin el áspero roce de las sábanas y con la exigencia que tienen las noches de verano. Hacíamos el amor bien desnudos.
Para acordarme de todas estas cosas, para hacer punto y aparte, me he quedado un día, con la excusa de una comida fuera y que no todos cabíamos en el coche, sólo por el Mareny, hablando con la gente que he encontrado, comprando un bocadillo para comérmelo luego que convirtiera con un chico informático los videos de la tableta gráfica de Adobe CS5, colgados en la red, para poder pintar luego como los clásicos.
Porque algo clásico soy aquí después de más de treinta años comprando mi primer apartamento con el miedo de no poder pagarlo, a medida que lo iban construyendo. Soy un clásico aquí con el que he conseguido que mi cuerpo viva a punto de cualquier obscenidad con tal de no sentir dolor, obstinado, insobornable, pero empeñado en tener ese soplo de vida que me aferra a la vida como si fuera la metáfora más bella que he encontrado a la hora de decirla: amar ese lado de las cosas insistente cuando se están terminando y queda poco rato para poder elegir.
Puesto a ello, tendré derecho a decir que estoy deseando que llegue Septiembre como a la espera de un sosiego maduro, igual que aquel que veía en casa de mis padres, en los adornos de los metales dorados. Pero mientras llega Septiembre pues haré como Julián Barnés en El loro de Flaubert” que decía: “Para pintar el vino, el amor, las mujeres o la gloria, es necesario no ser borracho ni amante ni marido ni soldado raso. Entremezclado con la vida, es difícil verla correctamente, la sufres o la gozas demasiado.”
Pues da lo mismo, voy a seguir sufriéndola o gozándola aunque sea demasiado.
JOSUE
POR CORREVEIDILE
El balcón de “Tejidos e Hilaturas de Rodriguez de Carvajal Hermanos”, que Doña María nos tenía reservados, enfrentaba la estatua ecuestre en bronce y tamaño natural de San Martín, en la fachada de la Parroquia de su advocación, desnudo el mendigo que implora al jinete, partiendo éste magnánimo con su espada su manto a la morisca, por darle abrigo y reconfortarle.
Íbamos la familia, esa urdimbre de añagazas, hipocresías y tragaderas que viene a ser la familia cristiana. Íbamos a ver pasar desde allí, el día de la fiesta, la Procesión del Corpus.
Medio siglo después levanto la vista añorante al balcón cuando lo cruzo. Aún me queda el olor a murta y alhucema del pavimento regado recién, el desficio de ver a la niña de la casa en sazón, deambulando de acá para allá, sin poder llegarle con la mano y besar el santo.
Con eso y todo, a pesar de los pesares y de apuntar el ánimo rijoso, el corazón, de niño. Porque me encandilaba cuando, entre los personajes bíblicos, llegaba Josué, del que cuentan que pidió ayuda al Señor para vencer a sus enemigos que ocupaban la tierra de Canaa y Jeovah le mostró su apoyo de forma simbólica, deteniendo la marcha progresiva del sol para darle tiempo a escapar con su tropa.
Altivo y desdeñoso, vestido de centurión romano, desnudos sería más propio decir, sus muslos poderosos, caminaba en avanzada y solitario, despegado de toda la comparsa, alzando con su mano izquierda un sol radiante en oro y apuntándole con la derecha con su espada flamígera, digamos que cada veinte pasos del recorrido; de modo que podía presumirse fundadamente el verle por tres veces representar la pantomina. Y ahora mismo que no sé qué sería, si la magia de poder detener el tiempo, lo inverosimil de la floritura, o la desnudez del soldado, lo que ensimismaba a la pobre criatura en aquellas tardes cándidas y desconsoladas de la floración.
A media procesión, antes que desfilara la torrentera de seminaristas, Doña María se esforzaba por hacer los honores de un balcón a otro. Y sintiéndose obligada a agasajar a sus huéspedes y romper así la monotonía de la larga espera, aparecían sus criadas, con cofia y de punto en blanco, portando bandejas de lata con canapés, “petit choux” de crema y chocolate y así, “María, por Dios, no tenías por qué haberte molestado”, era el comentario de mi madre. “Chica, calla, no tiene ninguna importancia y lo hago muy a gusto”, contestaba la anfitriona mientras yo no les quitaba ojo a las pantorrillas de las aldeanas, a punto de caramelo, que nos servían.
Cuando sonaba la campanilla anunciando que asomaba, entre una nube de incienso, la Custodia, se te quedaba la tarde entre las manos, anochecía, se recogía el personal, en medio de un silencio de muerte, al paso del santísimo Sacramento, subía hasta el balcón el olor a pétalos de rosa que se pudren y adormecía. Para acabar, instantes después, disuelto todo en el sopor profundo y la desgana de la vuelta a casa, a rastras y a contrapelo, a regañadientes con la parentela. A enterrarse vivo en casa y, el año que viene, más.
lunes, 9 de agosto de 2010
ECHO DE MENOS CAMINAR COMO UN POEMA
Pero en el fondo he dado buen resultado. Cuando me preguntan, cómo estás, aquellos que me veían tan mal, les digo, bien, sin entrar en detalles, y algunos ya no pueden ni preguntármelo. Aquí cada año el mar se lleva de la arena como a algunos paseantes de antiguo, que mataban la tarde mientras yo les recriminaba el poco tiempo que a todos nos quedaba. Por eso digo, que en el fondo he dado buen resultado, no puedo ocultar mis menudos pasos, la exigente sensación de inseguridad, esa falta de tono regio y severo que tienen los poemas al leerlos y creértelos. Además es un aviso, adivinan la llegada de algo tierno, existe un armonía en ellos y a la vez una elegancia, que yo ya no la tengo.
Echo de menos demasiadas cosas estos días, busco esos silencios que tienen algunos ratos, durante un rato. No me acerco a la playa porque en la playa parece como si el hueso dolorido le ganase el terreno al músculo y si este ya se queja, mejor es que no se le acerque el hueso. Necesito cada vez que vuelvo de un silencio, o cuando escribo un post donde a la vez cuento que cumplo años, sentir muy cerca un mensaje tierno, sé que está escrito bajo, en los comentarios, pero lo tengo que volver a leer de nuevo: desde la que llega la primera para celebrar brillantemente, como hace siempre esa mariposa de mis sueños el polvo de permanencia o pensar -con qué precisión y belleza me lo dijeron- que en cada abrazo que le he dado a las mujeres me he ido quedando con la edad de ellas para ir dejándolas mis palabras que consideran vestidas de fiesta de gala.
Tengo hasta ganas de volver a mi sitio sin que quede verano ni para escribir porque eso puede ser la mejor señal de felicidad interior, terminar desde donde siempre los hechos acabados o no terminar ninguno. Yo lo siento, por la gente que no veo más que de tarde en tarde, pero alteran mi vida porque ponen delante la suya, paso de ser alguien a algo, detrás estará el cariño, no lo dudo, pero a lo mejor es que no sienten necesidad de decírmelo y a mí me hace mucha falta. Ahí esta el error, el más profundo error que provoca la naturaleza, por muchos polvos que le eche uno cada lunes o cualquier día de la semana a la vida: debiéramos de ser considerados igual que hace veinte o treinta o cuarenta años, provocar interés por nosotros, por lo que pensamos, porque podemos, quizá, hasta enseñarles todavía algo. Y ahora no es así, manda una naturaleza mucho más arrugada e impresentable, con formas de caminar ajenas por completo a la elegancia de un poema, con una mente que se va repetir diciendo una y otra vez las mismas cosas y por eso es mejor que a uno ya no le escuchen, ya ser algo en lugar de alguien.
Por eso me quiero ir como a mi lugar de origen, ya sé que este también lo fue durante muchos años, épocas enteras de mi vida, y que mi gente fue creciendo y aprendiendo y descansando a la orilla de este mar tranquilo, de espuma banca como una vagina marcada bajo la seda, pero necesito mi sitio, mi lugar, esa permanencia de que hablaba hace días pero más adherida a mi persona, a mis costumbres; a que el silencio -hasta con la persona más entrañable cerca- sea propio, elegante, no un descuido como intencionado que noto aquí y ahora.
Es evidente que no sé explicarlo, o no quiero o no puedo pero podría decir muchas cosas que van a vivir luego quienes quizá me las provoquen ahora, pero en el fondo me da lo mismo, al final el alma no descansa hasta dejar saldadas todas las cuentas. No es que se trate de una cuenta pendiente, me da lo mismo quién tendrá que asumir más alto pago, yo vengo pagando ya hace mucho tiempo sin que mucha gente lo sepa o se percate, aquí no aparece la casilla de saldo por ninguna parte, existe como un vacío, como una larga distancia, como si se hubiera creado ese duro muro de la maratón en el kilómetro 35, que quién lo pasa llega hasta el final. De verdad no quiero sentir tan dura la distancia, yo alargo muchas veces y de muchas maneras la mano de la concordia, pero está el hueco sin cubrir y me consta que no será por falta de cariño, pues entonces para eso existe el lenguaje que elimina los territorios escondidos, que me permitiría sentirme igual de cómodo sin mis cosas de todos los días.
Me permitirían levantar la mirada y encontrar mirada, hacer que mi propio cuerpo inagotablemente deteriorado pudiera al dar cuatro pasos parecer un poema. Que no tengan que ser los demás los que vengan a explicarme que estoy dando un buen resultado a base de muchos años de lucha y de esfuerzo. Me rompieron, me limitaron, me cortaron parte del camino desde hace ya demasiado tiempo y aquí me tienen, aquí me tenéis para darle celos a la decepción, brillo a lo que lo fue perdiendo, doy señales de un reflejo viejo y opaco pero todavía persistente.
Yo no puedo dejar de echar de menos que nadie ya escuche mi valor de ser “alguien” por lo que los demás tuvieron la posibilidad de dar luego sus brillantes pasos. Pero no quiero quedarme tan pronto tan apagado, tener que asomarme una y otra vez a la ventana de delante de Internet, ni notar la oscuridad antes de tiempo. Necesito despertar todavía el interés con las palabras propicias que tantas veces pienso que podrían servir, si tuviera respuesta en otras pupilas.
Este es el ángulo de mi verano, los días que voy pasando como trazos breves en lugar de caminar buscando un equilibrio que cada vez siento menos. Ese es mi silencio y mi estupor diario.
MANDELA CUMPLE 92 AÑOS
POR CORREVEIDILE
El 18 de Julio, Madiva cumplió 92 años, Madiva como le llamaban de chico. Y aliento la esperanza de morir antes que él-a pesar de tener muchos menos, para no sentir la orfandad, el vacío de ver que Mandela se va. Fundada esperanza, porque Mandela no es viejo, es joven, joven de verdad. La juventud es eso, su sonrisa, que no es prefabricada ni de quita y pon, sino que sale de dentro, de su amor a la vida y a los demás. –La fotografía está tomada en el césped del “Soccer” de Johanesburgo, en la final del Mundial de Fútbol 2010, con temperatura, ese día, de cero grados.
Sartre saludó al “Ché”, a su muerte, como el hombre más completo de su tiempo. Idéntico elogio cuadra, medio siglo después, con Mandela. Tengo por seguro que, si se le preguntara sobre su muerte, contestaría: “¿cómo voy a morir con lo que hay que hacer?” Porque Mandela continua en activo, en plena y fructífera actividad.
Larga vida a Madiva, viejo sabio africano, Premio Nobel de la Paz, Ex Presidente durante dos mandatos de la República de Sud-África, Padre de la Patria –yo me atrevería a decir de la humanidad oprimida.
sábado, 31 de julio de 2010
LE ECHO UN POLVO A LA EDAD TODOS LOS LUNES
amartinezfotografia.com
Y hoy tengo que venir adrede a explicar eso de la edad, lo que cuento tantas veces, luego diré por qué. Me resulta válido para pedir que me esperen hasta mi próxima mañana que tenga libre –esas del otro día- para no tener que hacer memoria de la forma que tengo de dejar un abrazo espléndido e irrepetible, pendiente; y cuando alguien nota mi palabra que se hace añeja, pues que lo sea; o una bolboreta revoloteando a mí alrededor viva de alguna manera siempre conmigo entre las letras, en esta mi vejez donde no hace falta un hueco sino que ya lo hay desde siempre y es especie de bella permanencia. Todo esto es una forma de echarle un polvo a la edad los lunes.
Una forma y una manera de hacerse así viejo: que no le sepa mal a uno estar mucho rato con alguien sin hablarse; a gusto, con ropa de andar por casa, quizá barata pero bien llevada; dejar de mirar antes de dar un beso; saber convivir con el verso de Ángel González “te llaman porvenir porque no vienes nunca.” Para qué quiero el porvenir, basta el tiempo de ahora, un hoy desgastado y hermoso con la ilusión de ir pudiendo contarlo luego.
Siempre tengo a mano los mismos recursos de hace tiempo: como si fuera la insistencia de la lencería blanca en un polvo verdadero; oler pronto a café recién hecho; hacer sentirse bien a una mujer aunque no me lo diga luego; ser capaz de crear una relación civilizada, compensatoria, cuando te das cuenta que la pasión de los cuerpos hizo ya las maletas hace tiempo, como es capaz de explicar en un cuento Patricia Esteban. No es fácil pero hay que intentarlo cerca de cincuenta años.
A la vez yo siempre he hecho lo que fuera necesario, como caricias distraídas y distantes buscando un cariño húmedo, vigente y permanente; sólo quiero eso imprescindiblemente que tenga una estancia verdadera, una idea plena capaz de mantenerla, como antes, con las maletas ya hechas.
Si es bien fácil, en el fondo se trata de que sea verdad que esto es un privilegio, no me cansaré de decirlo: saber qué cosas son verdaderamente necesarias y demostrar que llevo siempre la misma intención: no tener que volver, sino estar aquí ya para siempre. Hasta que vuelva a ser otra vez lunes, los lunes de los jubilados de las obligaciones que cuando eran imprescindibles las cumplimos, nadie tuvo que explicárnoslo. Un polvo puede ser saber decirle a alguien, como en ese cuento de Patricia Esteban de que hablaba, “ya ves, te voy a querer siempre por mucho que me joda.”
Es que hay gente que no sabe decirlo y tampoco hacerlo. Yo vengo manteniendo ya hace tiempo el margen que tienen las palabras del que me habla para poder conseguir así un hermoso lenguaje verdadero desde el principio, todas las veces que sea necesario, que pueda conseguirse luego un largo rato de felicidad del que tienes cerca, así, así vengo cumpliendo años.
Siento como una liturgia del cariño cada atardecer, lo busco en las cosas a mí alrededor, en la gente que me quiere para poder saldar así todas las cuentas hasta el lunes siguiente. Tengo todavía muchas cosas que contar hasta que me jubile de estar jubilado, pero no quiero hacerlo de todo aquello que ha constituido cualquier alegría de mi vida propia o ajena.
Pienso cada día en ese incomparable café de las mañanas, las cervezas frías, las rebecas sin botones o las blusas abiertas. ¡Qué pasa! Es lo que más me gusta, lo que me hace feliz o puede hacer feliz a alguien al leerlo, al buscar un abrazo o un hueco permanente, alguna cosa bella de esas que aportan señal de vida como la ceñidura sexual de los vaqueros, la literatura, la propia vida.
Y tendré que rebelarme, sin embargo, como una señal insistente, cuando hablas por teléfono con quien está simplemente representado a alguien y te pide enseguida tu nombre y apellidos, tu DNI, tu fecha de nacimiento y a lo mejor hasta el Nick con que llegué a estas páginas que nunca le he ocultado a nadie.
Y menos hoy que le echaré un polvo tremendo a la vida por ser mañana lunes y haber cumplido hoy, setenta y cuatro años de esa vida que es lo que hicimos y también lo que no supimos hacer.
GUSANOS DE LUZ
Por Correveidile
A Langreo no he vuelto desde que murió el papá, recién cumplidos yo los trece. En Septiembre, en el Cantábrico, la luz decrece, el día acorta sensiblemente y refresca; y en un abrir y cerrar de ojos te encuentras como andando a tientas si no pulsas el interruptor. Y era entonces que empezaba yo a merodear por el jardín en búsqueda de luciérnagas, por los rincones por donde sabía que tenían su querencia, el pasto o la dormida.
De pronto, aparecía una cautelosa, me arrodillaba para estudiarla a conciencia, me hacía cruces de cómo, sin estar conectado a la red ni llevar pila alcalina alguna, brillaba de esa manera. Y la miraba asombrao, yo era todavía un niño.
Es la piel que les cubre, escamosa, metálica –me decía el papá, que refleja la luz ajena, del poniente recién o del interior de casa, de la luna o la noche estrellada. Mentira. Una más de las cosas que nos dicen de niños –de las que he perdido ya la cuenta y resulta luego no ser verdad, como los Magos de Oriente. Porque una noche sin luna, africana y en el rincón más oscuro y alejado del jardín junto al garage, descubrí una rutilante como una estrella.
Por si fuera poco, había luego de saber que a la luciérnaga se la tiene por buen augurio entre los hindúes, presagio de amores correspondidos. Pero llevo medio siglo que me tropiezo con una –y así me va; debe ser una especie a extinguir o ya extinguida, nos vamos quedando sin nada, sólo el odio permanece, no hay modo de acabar con él. También hube de envidiar su vida fugaz, porque mueren cuando truena.
De los veranos de langre, cuando aún me crecían los dientes, prevalece el recuerdo del misterio, para mí indescifrable, de los gusanos de luz.
sábado, 24 de julio de 2010
HASTA LA PRÓXIMA MAÑANA LIBRE
A lo mejor estos días leo como Pilar Adón…”para evitar mirar, hablar, tocar a nadie.” Porque aquí lo prefiero, qué remedio me adhiero al verano, todo viene porque no soy capaz de abandonar el invierno, la casa, las cosas, los sitios de las cosas, los huecos que me ido creando para mí.
Aquí además pasa, porque estamos en verano, que el mar tiene una tiranía sobre los huesos, y el dolor ocurre y cuando ocurre su gramática le hace a uno sin remedio perder el equilibrio. Aquí además -repito- pasan todas estas cosas: estando más acompañado, con gente propia a mí alrededor, noto insistente, sin embargo, el aliento de esa soledad forzada que se fabrica uno porque posee el imperio de sus propios sentimientos y en esa soledad los maneja como quiere. Eso lo he explicado muchas veces.
Pero no quiero dejar de lado algo que me dijeron en un comentario a mi anterior post sobre este “mi segundo hogar”, del que en el fondo continúo hablando. Me dijo como volando sobre mis esencias una mariposa de tierras gallegas: “harás hogar de verano allí a dónde vayas.” Lo llevo puesto porque dediqué mucho tiempo de mi vida a crearlo honestamente, a ponerle el esfuerzo necesario para poder siempre decir, esta es mi gente, la relevancia que tengan se la habrán ganado ellos luego, pero yo puse, bien acompañado, la simiente, sino nada es posible, anda uno dando tumbos y su descendencia detrás también.
Necesitaré este entorno, una y otra vez, habré encontrado, esta ventana abierta porque me la había cerrado demasiado pronto la vida. En cada caso, hubo lo que hubo, de mejor o peor calidad, probablemente siempre por motivo propio, pero ni reniego ni renuncio, lo único que resalto es que en todo momento, aunque como anécdota de mi desenvolvimiento, me cae mal el verano porque como he dicho soy un poco incapaz de abandonar el invierno, lo echo de menos, hasta le alargo la mano a veces, entro en casa un rato cuando me acerco cualquier día, voy a ver si en la librería, ha llegado un libro que tengo encargado y me noto más propio para poder volver luego a estar bien con la gente que ahora maduran casi conmigo.
Eso hice el otro día, como queriendo recoger unas cosas que me había olvidado, y es curioso me vinieron de mi casa las mejores sensaciones: mi librería tenía la calma de una biblioteca pública; mi saludo a las personas que podían estar esperándome poseían a la vez el ruido de los besos por la sonoridad de encontrarse; recogí algún post ajeno, de esos que a veces aquí cuelgo, como siempre, con recuerdos del pasado que pudiendo ser comunes renuncio a ellos, no me sirven para nada, aún tengo presente.
Es curioso, ese rato que volví a estar en casa, recuperé la rutina, esa que siempre tranquiliza porque en mi caso vale, ya lo he dicho que me la trabajé mucho antes. Me gusta mi soledad pero también la convivencia como una apuesta balsámica en donde busco lo contrario de la lectura mezclada de los cuentos de Pilar Adón: mirar, hablar y tocar. Y no hay contradicción, estoy seguro que alguien me entenderá, soy carnaza para lo “imprevisto” de Tabucci que leía el otro día.
Llevo la autobiografía a cuestas, qué más da, si las palabras sirven para eso, para desnudar el alma entreteniéndome con el sexo antes, desde la imaginación más refinada hasta la forma más entera. Pero tengo bien metido dentro que como me queda poco tiempo ha de ser empleado todo, el tiempo de ahora, el que ya ha pasado para qué, si ya ha pasado. Contaré cada momento del momento, las heridas o las satisfacciónes que me causaron, lo que di o lo que me dieron, no me importa es una cuenta vieja y cerrada.
Mis mañanas de ahora, vienen de una forma de dormir hermosa y descarada: poca ropa, ancha cama que aparece debajo de un hermoso sofá, todo el ventanal de par en par abierto, casi durmiendo en la propia terraza, y el dormitorio para qué, debe ser para cuando no tienes sueño y te sobran pensamientos. Y de ahí parte la más hermosa mañana nada parecida a las mañanas del invierno –cada estación tiene su parte, su derecho, su rincón de empezarla-. Nada más bajo de la anchísima cama que egoístamente ocupo solo, luego tengo una mañana pegada a la orilla del mar, sin estrenar para nada, como esperándome a mí cada vez.
Dos cafés, la obviedad independiente de los relatos de “No hay terceras personas” de Empar Moliner y así voy acumulando los cuentos que contaré con los cuentistas en Septiembre para hacer que mientras vaya a ser verdad lo que dijo Bolaño: “…la verdad es que cada día estamos más vivos. Infinitamente viejos e infinitamente vivos."
Hasta la próxima mañana libre.
jueves, 15 de julio de 2010
MI SEGUNDO HOGAR
Siempre he dicho que no me gusta el verano, que manda todo él más sobre mí, hasta el calor no lo soporto y en cambio al frío le tengo apego para poder taparme como con una especie de segunda piel más tierna. No me gusta llegar hasta el verano, ir de aquí para allá y a eso le llamo a veces simplemente el encuentro familiar en un punto hermoso junto al mar que elegí hace muchos años para los míos y para mí. Un espacio de horizonte abierto donde la lectura es si cabe mucho más propia y cuatro líneas que pueda escribir para algún destinatario, éste suele ser la vida, nada menos que mi vida.
Pues no me gusta el verano y esta misma mañana, a punto ya de marcharme a ese segundo hogar -tan caro de mantenimiento pero que muchos españoles casi a la fuerza tenemos- que fue signo de ganancia y poderío y cuando con una pareja de ingleses lo intercambié con su única vivienda en Londres, se asombraban que en nuestro caso fuéramos personas cuyos ingresos eran un simple trabajo. No me gusta, no le saco el partido que quizá le debiera sacar; la playa, el mar los veo desde cerca pero apenas me acerco, el exceso de gente no me acaba de dejar ya ser yo mismo.
Y esta mañana sin embargo en una hermosa búsqueda que he emprendido de material literario suficientemente bueno para dedicar la próxima página web de literatura al género del cuento, del relato breve en su totalidad, he dedicado más tiempo del habitual a husmear por mi librería, por mi propio estante de libros pendientes de tenerlos en casa, he acudido con las referencias necesarias de la red, ojeando libros de forma insistente y azoriniana, y me he dado cuenta perfectamente que mi segundo hogar, para llenar el verano hermosamente –viene a ser lo mismo que hago en invierno- pero ahora, al estar fuera de mi ciudad le busco la excusa, el motivo sólido de una falsa visita médica para acudir a mi librería mucho más rato del habitual.
Va estar muy claro en mi caso, no me va a bastar envejecer leyendo, antes tengo que ir a por los libros, a buscarlos, a este mes no poder comprarlos, no acumular innecesariamente literatura que no alcanzo, libros que ya paso a ojear en casa antes, estableciendo entre ellos como un exigente servicio de novedades que no me lo marca mi librera, que se inventa llamarme “Pakuchi”, que me trae un punto de lectura de su viaje a la India, pintado a mano, que me abraza con incontenible entusiasmo, que admite mis protestas porque le pido un libro que aún no se ha editado.
Bello hogar de veraneo, punto de encuentro, con nadie porque anda casi todo el mundo eso que llamamos “fuera”, un irse a la fuerza, a lo mejor a un viaje caro y lleno de trompicones o a una residencia ajena de los sillones habituales, la tele que no mira nadie, la pareja que convive y es una belleza que todavía después de casi cincuenta años, aún alargue la mano entre dos asientos próximos, se cuente mutuamente lo que duele porque es una manera vieja y pertinaz que te duela menos. Por eso a ese estar fuera insistente, veraniego, con la ropa muchas veces con una talla que no debemos ya ponernos y que el verano es aviso de ello, yo lo mitigo en ocasiones con esta especie de escapadas deshonestas, con este convertir mi librería, el entrañable manoseo de los libros todavía no abiertos, en un segundo hogar verdadero que elegí para siempre, que jamás me defrauda.
Saber que Empar Moliner ha vuelto al cuento y Acantilado se lo ha traducido del catalán; que Pilar Adón escribe a la vez con dulzura y con firmeza sin restarle dureza a la propia de cada relato; que del Norte de México Daniel Sada sabe contar infortunio y gozo; que Conget es capaz de poner al día las catástrofes de la pasión compartida; que las alegorías e imágenes de “Azul ruso” de Patricia Esteba, transforman y destruyen a seres reales y soñados. Y hasta una maravillosa antología de cerca de 600 páginas de la editorial Menoscuatro de los nuevos nombres del cuento español actual, nos cuenta lo mejor que se ha venido escribiendo en el género últimamente.
Todo está en los suplementos literarios, pero no está igual, no es hogar si no lo tienes en la mano, si no sabes que “la chica unta una esponja triangular con la pasta marrón de un tubo “ y luego de aplicársela a la cara pregunta: “¿Y usted de qué viene a hablar?” y hasta coinciden en tener un tatuaje, "ella aparta la tira del sujetador para que él pueda verlo." Poco importa ya el tatuaje, se queda la incidencia del sujetador.
Yo me pregunto cada vez entre los libros, sin cansarme, sin irme de este hogar, ¿tú qué es lo que quieres ahora?: que me necesiten los poemas, que esta vigilia mágica de libros y hogar sea un género que a ser posible me pertenezca siempre, un placer indisoluble, una utilidad que no me pueda negar ya nadie. En ese hogar me paseo más desnudo y más propio, lo importante: noto menos el verano, hasta me siento menos vulnerable y más propio.
Es como un pudor de premisas culturales como algo inesperado pero que busco cada verano adrede, muchos buenos momentos: el hallazgo de un libro que estaba medio abierto esperándome adrede.
Pues no me gusta el verano y esta misma mañana, a punto ya de marcharme a ese segundo hogar -tan caro de mantenimiento pero que muchos españoles casi a la fuerza tenemos- que fue signo de ganancia y poderío y cuando con una pareja de ingleses lo intercambié con su única vivienda en Londres, se asombraban que en nuestro caso fuéramos personas cuyos ingresos eran un simple trabajo. No me gusta, no le saco el partido que quizá le debiera sacar; la playa, el mar los veo desde cerca pero apenas me acerco, el exceso de gente no me acaba de dejar ya ser yo mismo.
Y esta mañana sin embargo en una hermosa búsqueda que he emprendido de material literario suficientemente bueno para dedicar la próxima página web de literatura al género del cuento, del relato breve en su totalidad, he dedicado más tiempo del habitual a husmear por mi librería, por mi propio estante de libros pendientes de tenerlos en casa, he acudido con las referencias necesarias de la red, ojeando libros de forma insistente y azoriniana, y me he dado cuenta perfectamente que mi segundo hogar, para llenar el verano hermosamente –viene a ser lo mismo que hago en invierno- pero ahora, al estar fuera de mi ciudad le busco la excusa, el motivo sólido de una falsa visita médica para acudir a mi librería mucho más rato del habitual.
Va estar muy claro en mi caso, no me va a bastar envejecer leyendo, antes tengo que ir a por los libros, a buscarlos, a este mes no poder comprarlos, no acumular innecesariamente literatura que no alcanzo, libros que ya paso a ojear en casa antes, estableciendo entre ellos como un exigente servicio de novedades que no me lo marca mi librera, que se inventa llamarme “Pakuchi”, que me trae un punto de lectura de su viaje a la India, pintado a mano, que me abraza con incontenible entusiasmo, que admite mis protestas porque le pido un libro que aún no se ha editado.
Bello hogar de veraneo, punto de encuentro, con nadie porque anda casi todo el mundo eso que llamamos “fuera”, un irse a la fuerza, a lo mejor a un viaje caro y lleno de trompicones o a una residencia ajena de los sillones habituales, la tele que no mira nadie, la pareja que convive y es una belleza que todavía después de casi cincuenta años, aún alargue la mano entre dos asientos próximos, se cuente mutuamente lo que duele porque es una manera vieja y pertinaz que te duela menos. Por eso a ese estar fuera insistente, veraniego, con la ropa muchas veces con una talla que no debemos ya ponernos y que el verano es aviso de ello, yo lo mitigo en ocasiones con esta especie de escapadas deshonestas, con este convertir mi librería, el entrañable manoseo de los libros todavía no abiertos, en un segundo hogar verdadero que elegí para siempre, que jamás me defrauda.
Saber que Empar Moliner ha vuelto al cuento y Acantilado se lo ha traducido del catalán; que Pilar Adón escribe a la vez con dulzura y con firmeza sin restarle dureza a la propia de cada relato; que del Norte de México Daniel Sada sabe contar infortunio y gozo; que Conget es capaz de poner al día las catástrofes de la pasión compartida; que las alegorías e imágenes de “Azul ruso” de Patricia Esteba, transforman y destruyen a seres reales y soñados. Y hasta una maravillosa antología de cerca de 600 páginas de la editorial Menoscuatro de los nuevos nombres del cuento español actual, nos cuenta lo mejor que se ha venido escribiendo en el género últimamente.
Todo está en los suplementos literarios, pero no está igual, no es hogar si no lo tienes en la mano, si no sabes que “la chica unta una esponja triangular con la pasta marrón de un tubo “ y luego de aplicársela a la cara pregunta: “¿Y usted de qué viene a hablar?” y hasta coinciden en tener un tatuaje, "ella aparta la tira del sujetador para que él pueda verlo." Poco importa ya el tatuaje, se queda la incidencia del sujetador.
Yo me pregunto cada vez entre los libros, sin cansarme, sin irme de este hogar, ¿tú qué es lo que quieres ahora?: que me necesiten los poemas, que esta vigilia mágica de libros y hogar sea un género que a ser posible me pertenezca siempre, un placer indisoluble, una utilidad que no me pueda negar ya nadie. En ese hogar me paseo más desnudo y más propio, lo importante: noto menos el verano, hasta me siento menos vulnerable y más propio.
Es como un pudor de premisas culturales como algo inesperado pero que busco cada verano adrede, muchos buenos momentos: el hallazgo de un libro que estaba medio abierto esperándome adrede.
martes, 6 de julio de 2010
"VEN, Y PONDREMOS VERDES A LOS VENCEDORES"
Voy sintiéndome cada vez menos seguro, pasa el tiempo y entiendo menos a las personas y sé menos de las cosas. Voy notándome viejo en eso, dejando que si el tiempo me vence en la prisa, yo, sin embargo, voy cada vez más despacio y además mis movimientos son más equivocados.
Me empeño en moverme, eso sí, con dolor y sacrificio, es como una obligación diaria que me pusieron desde el día en que casi me quitaron del todo el movimiento, hace 22 años. Me asusté por si me iba a quedar sólo con la literatura, me dijeron hasta donde llegues si es que llegas, y ellos no sabían que yo siempre en la vida me he marcado metas lejos aunque nunca llegara a alcanzarlas, daba lo mismo, aprendía luego el llanto de haberme quedado lejos, el reducto de la soledad a tiempo, el ápice amargo y didáctico de cada fracaso, nunca sentí la obligación de triunfar a toda costa.
Porque en realidad no me ha gustado excesivamente el triunfo de los triunfadores, acaban dando mal resultado. Como estos días he leído tres o cuatro veces seguidas un libro de versos de Kirmen Uribe, un extraordinario poeta vasco y ya luego Premio de la Crítica en Narrativa del año pasado, me he quedado pegado a esos versos, poema tras poema con un placer lento. He estado de acuerdo con él, con Uribe,…"Sea un secreto, un error o un gesto. Ven y pondremos verdes a los vencedores".
Lo digo sin envidia porque yo no he vencido nunca, ni he querido ni he podido, perdía en las discusiones, en los balones del patio del Colegio, me callaba –aunque eso como todos- de las caricias del Padre Prefecto, indignantes e impúdicas, mucho más que la impudicia que he podido tener yo luego. Ya veis después, he cumplido, estoy cumpliendo en las páginas de este escritorio público la raíz del poema de “Mientras tanto cógeme la mano”:
"Ven, y hablaremos de las cosas de siempre.
Del valor que tiene ser amable,
De la necesidad de arreglártelas con las dudas,
De cómo llenar los huecos que tenemos dentro."…
Todo eso vengo haciendo en este rato largo que ya tengo con el pequeño inconveniente que tiene la vida que pasa y termina y ya no viene luego. Yo aquí estoy más tieso que un ocho, más mío que nadie, más presente, con más dudas pero a lo mejor más calidades humanas, esas que te dan al hacerte viejo. Los demás te engañan, te dicen que tú no eres viejo porque vas como puedes amueblándote los mimbres enredados del cerebro que te dieron, yo me apaño con los libros, y como veis con un libro escrito en verso que termina por decírmelo casi todo. Hasta me avisa, para cuando yo venga aquí a hablar de las cosas de siempre, me da permiso para explicar con las mujeres la larga tradición que tengo con ellas, de quererlas, de llamarlas, de contestarlas como si tuvieran siempre “el pubis convertido en alga” que cuenta Kirmen Uribe.
Ya lo veis mi fracaso, que me ganen de una vez los vencedores pero me dejen al menos, fijaros, moverme como pueda pero estar contento, que no sean capaces de quitarme el sueño luego, ya que deben vivir los sueños en lugares donde nunca duermo; porque, además, no nos engañemos la Medicina no ha descubierto prolongar la vida, sino acercar la muerte lentamente hasta que te des cuenta. Por eso todos los que estamos más cerca posiblemente de ella, sólo pedimos un respeto y un cariño. (…”no quiero promesas, no quiero disculpas/tan sólo un gesto de amor”…) Estamos, los viejos, cruzando cada día un posible nuevo riesgo, porque sin riesgo ni puedes vivir ni te vale la pena aunque pudieras. Aparece su consecuencia de repente, y tú no la habías llamado ni sabías la naturaleza de cómo iba a ser luego. A lo peor terrible.
Aquí siempre acabo hablando de lo más difícil que tiene la vida y lo más hermoso: hacer el amor en cambio, esa dulce heroína de otro tiempo, que a veces puede ser simplemente el beneficio del silencio, la proximidad de una caricia, u otra vez el verso del poeta: “Si embargo si me dices “mi amor”/siento un escalofrío/sea verdad o mentira."
No lo puedo evitar en esta especie de homenaje a Uribe al leer tantas veces sus poemas, que me haya dado cuenta que no acabo de arreglarme con las dudas, que las sigo teniendo, que lo único que sé para solucionarlas, aparte de estar tantos ratos leyendo libros y contándolos luego, que no existen vencedores ni buenos, ni morales de línea recta que nunca sabe uno quién la ha puesto. Están y seguirán estando esas dudas y lo único que podemos hacer, lo único, es arreglárnoslo como hacían antes, como he hecho yo luego, desde aquella tarde en una silla de ruedas y malos vaticinios para el movimiento, queriéndonos entre varios con la tecnología a cuestas: los blogs, los nick’s, los mails, la caligrafía enterrada para siempre y el impacto de ese correo electrónico en que a veces no te vale para tragártelo estar más tieso que un ocho.
Terminaré también con Uribe:
…”Todavía tengo la postal que envió desde la mili:
“Yo bien, tú bien,
mándame cien”
Ahora es lo mismo: yo bien, tú bien, ya no pido cien sino las palabras de amor que hay en los comentarios de mis post de ellas. Puede que me sirvan para arreglarme mis dudas que todavía tengo dentro.
MIHOMBRE
Relato de Correveidile
Se lo oí contar a Diego, siendo yo muy mayor. Lo contaba de sus padres, sin que remotamente se echara en falta el respeto y la veneración que a ambos en vida les profesó.
Los Recuejo –seis generaciones a lo menos que se sepa, eran oriundos de Calabuey un pueblecito de nada, que no pasó de ser aldea, a tres horas de Bienvenida; a tres horas de las de entonces, lo que equivalía a decir a lomo de mula o en carro. La Provincia de Albacete.
El padre de Diego –de quién él traía el nombre, trabajaba sus propias tierras y cualquiera otra que se le pudiera ofrecer en aparcería. Arrimar el hombro, de sol a sol, que la cosa no daba para más y a eso hemos venido. Había casado en primeras y únicas nupcias con Florinda y, en el tiempo del relato, vivían solos; el hijo mayor –que fue quien me contó lo sucedido, trabajando de mayoral en un Cortijo de Jaén; y las hembras, pues cada cual en su hogar y cuidando de su hombre y de la prole –que no es paja.
Tenían los padres la casa y corral en la Calle Ancha de Calabuey; y en el extremo opuesto paraba el Gervasio, casado con la María Juana, mujer metida en carnes, y en años también, aunque aún ganosa y, en el maldecir del vecindario, uva de calle.
Un mediodía de poniente, ya entrado el verano, llamaron a la puerta de Florinda. Estaba sola y su Diego, como siempre, en el campo. En los pueblos, ya se sabe, no hay mucho que hacer y siempre amaga quien se dedica a llenar el tiempo como le viene en gana, caiga quien caiga. Era el sordo.
-Florinda, buenos días.
-Buenos días nos de Dios
-¿Por dónde para tu Diego?
-Está en la Torzuela, trabajando las manzanas. Igual que todos los Jueves
-¿Tan segura estás?
A Florinda le pusieron la pulga tras la oreja
-¿Quieres verlo en la cama de la María Juana, retozando con ella como Dios los trajo al mundo? El Gervasio está en la ciudad, a rendir cuenta, que hoy es fin de mes. Y tu Diego lo aprovecha.
A la pobre mujer se le amargó lo que le quedaba de día y de vida por venir. Nos es que hubiera puesto las dos manos en el fuego por la guarda del débito en su hombre; pero enterarse así, de sopetón y, para más inri, con la golfa de la esquina, le desbarataba sus arreglos.
-Si no te atreves a ir sola, te acompaño
-A mí no me hace falta “naide”, que me basto y me sobro por mí misma
Y sin pensárselo dos veces, Florinda cerró la casa, se anudó la llave en el pañuelo y se dirigió, con paso firme y el gesto atravesao, a la otra punta de la calle, sin poder evitar que le resbalara una lágrima no sabía si de rabia o desespero, si de hambre, sueño o ruindad de dueño.
El pueblo estaba desierto a esa hora, los postigos encubiertos en reparo de la resolana. Cada uno en su quehacer, en la casa, en la tierra, o con el rebaño en el monte y Dios, o el diablo, con todos. Enfrentó la vivienda del Gervasio y golpeó con los nudillos en la puerta. No hubo respuesta. Y fue al insistir en el empeño, que apareció la María Juana en camisa y sin poder ocultar un amago de sofoco y embarazo al verla.
-Florinda, hija, ¿qué te trae por aquí, a estas horas y con la que quema?
-Sé que mi Diego está contigo en la cama
-Pero ¿qué dices, mujer. ¿Es que quieres comprobarlo?
Pero el ofrecimiento de la anfitriona sonó igual a cuando te dicen si quieres comer, sabiendo que, invariablemente, se contesta que aproveche. Ni siquiera se apartó del vano, para franquear la entrada.
A Florinda le flaquearon entonces las piernas, se dio vuelta y se fue a casa, que se las había visto peores y en cuanto atañe al sufrimiento no era lo que se dice un pardillo.
Al caer el sol de ese mismo día, a la hora en que se presumía que volvía de escarbar la tierra y aclarara el ramaje a los manzanos de La Torzuela, entró Diego en casa, como si nada. Desde hacía mucho tiempo que no se hablaban los consortes entre sí, desde que casó la última de las hijas y quedaron solos; de uvas a peras solamente, lo imprescindible y cuando era menester. Cada uno vivía su vida y cumplía con sus mandatos, sin estorbar al otro –que no es poco, ni parar mientes en él.
Florinda le preparó la sopa, se la sacó casi hirviendo –como sabe que a él le gusta, cenaron mal que bien, sin siquiera mirarse una vez a la cara y, cumplidos los últimos y más menudos negocios del día, ocuparon el tálamo, la única cama que quedaba en casa, sin compartir otra cosa que algún que otro mal olor y remordimiento.
Y a la mañana siguiente, con el alba apenas, después de haber sorbido su tazón de leche con sopas, que le había dispuesto, igual que siempre, su hembra, cargado con los aperos, doblegado por el peso de los años y a punto de traspasar el umbral, Diego se volvió, encaró a Florinda con gesto grave y le espetó:
-Que no me vuelvan a decir que andas metiendo el hocico por donde yo voy, o a donde yo paro; que a ti no se te ha perdido nada en mis negocios, ni te ha dado nadie vela en el entierro. ¿Enterada?
Su última palabra resonó algo hiriente en el silencio de aquella primera hora, quedando el eco un ratico atrapado entre los muros –aún lo siento. Y cerró de un portazo tras sí.
Florinda quedó un momento paralizada y absorta. Pensó entonces, que había mucho qué hacer toda la noche lloviendo, así debe andar todo, dar de comer a los animales, antes que nada, estar por la labor, disponerse a labrar la batalla diaria contra la misma mierda de siempre, darle cuerda a la casa, que no se pare es lo que importa.
Mientras trajinaba, se dijo que, a los hombres, a los tomas o los dejas, que el que tiene un vicio, si no lo hace en la puerta, lo hace en el quicio, que pretender cambiarles a tu aire, no es sino pugnar en balde, agua en cesto; y que el Diego, al menos, lucía agallas para hacerle frente, sin hipocresías ni tapujos mujeriles –como tantos otros. De modo en que están hoy las cosas, se sentía segura en casa mientras él estuviera, se abandonaba a su suerte y sabía que nada malo podía ocurrirle mientras él viviera. Y si era cierto que le había visto empezar a envejecer, guardaba aún, como asi lo demostraba, munición creciente en la dirección para seguir dando guerra. Tampoco iba a pretender que el árbol creciera en la dirección que a ella se le antojara.
Cuando salió al corral, escampaba.
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