viernes, 16 de abril de 2010
ESTOY PENDIENTE DE LA POSTURA
Todavía no he encontrado la propia postura ni cuando me han dado facilidades para hallarla. Era simple decirlo, hace años que se me cayó casi todo de las manos, yo lo hago coincidir no con un golpe seco como suele ser, sino con la lentitud que tienen las carreras largas, interminables, con su muro a cuestas. Y me dejó casi quieto. Han sido, pues, demasiados años, y ahora hay un repaso, una cuenta pendiente que no he llegado a contar del todo.
La propia imagen que acompaña mi texto es bien explícita: quiere volver a retratarlo todo como está y como estuvo, pero anda perdiendo el equilibrio, al final dará con su cabeza contra el suelo sin darse cuenta. Y lo peor del caso, es que el intento de arreglo me ha venido tan tarde, lo he dejado caer por su propio peso, produciendo más daño cuando junto a la vez los síntomas finales de la vida: una tarde tras otra alargándose, tiempo de sobra como si me lo hubieran prestado cuando tenía mucho tiempo y toda una serie de cosas que no vienen a cuento.
Mala postura al avisarla o al descubrírmela, con cansancio como falta de sangre, sólo respirar que ya es bastante. Cambia, sin embargo un poco una imagen habitual: todavía ando leyendo y vienen a acariciarme, a preguntarme como he dormido y lo extraño del caso es que yo hago por dormir bien a la fuerza. Casi quieren saber cómo si lo necesitaran en este momento aunque estuve al lado siempre, con un gesto de caricia cerca de las manos, lo más interno que tengo, lo que todavía es silencio, como si a la chica que estás seduciendo no quisiera que le quitaras del todo los tirantes de la combinación que lleva puesta.
Bien pensado, eso me queda inútilmente para sucesivas sesiones, sujetarme y mantenerme en los apoyos más tiernos; quiero sólo quedarme, seguir como en silencio debajo de las sábanas que siempre tiene la vida, palpar a ciegas o la manera de cogerme a su cintura o explicar maneras de aproximárseme. Quedarme como estoy, escribiendo aquí lo que esta vez nadie entiende, lo hago como en una olla vieja, me viene la frecuencia, confundo mis inquietudes con el último segundo que termino de vivir.
Bastaba que una mirada apenas rozase los alientos, un beso más tierno, una especie de desmayo en los labios, señales para quitarle a todo importancia, porque quizá lo importante no es tanto situarse, sino cómo haber tenido el valor de hacerlo porque para eso hay que abrazarse siempre a lo que viene, como lo hicimos, desnudos de alma y cuerpo.
Todo tiene una dureza hasta el final, quizá lo más duro sea no saber cuándo y dónde tenemos ese final de cada cosa hecha. Como se dice vulgarmente: las buenas y las malas. Tengo como todo ser humano la desnudez de los errores sin pedir que me abrazaran antes, evitarme los temblores y enseñar en cambio cómo consigo cada puerta abierta, el gesto del hombre que hace un rato estaba leyendo como el atractivo de una efigie propia difícil en estos tiempos. Una vez cité a Andrés Barba cómo enaltecía esa seducción del hombre noble, con la mujer hasta rendirla “con las caderas suaves, con los pechos cayéndose sin prisa”.
Yo tampoco puedo tener prisa: estoy recibiendo lo que elegí y estuve sembrando tantos años en las paredes de una casa grande, donde el cariño fue una catástrofe espléndida; como un amante pesado, insistente, que siempre tubo para ponerlo en las palabras colgadas aquí y en sus propios hechos –que tenían la rotundidad de su dignidad segura-; supo quedarse para luego con lo que estuve dando siempre a la vez, en cada palabra, sin un solo grito en toda una vida, como si ese obligatorio amor no fuera tal, sino un combate correspondido, ganado por ambas partes de antemano.
Ahora me queda solo terminar de enderezar la postura, si es preciso acudir a la vida, al boca a boca, a toda una biografía de silencio (debe ser porque estaba o leyendo o escribiendo). Me falta conseguir del todo la atención plena al instante como el budismo Zen; cambiar lo que haga falta de una manera endocrino y cultural; emprender la tozudez de la carne, esos cuatro centímetros favoritos que siempre tiene una mujer, exactamente cuatro.
Sólo ya, tenerme en pie, doblar al acostarme la almohada a gusto, dejar en su medida las cosas como fueron y como son, unas horas de descanso elegidas adrede, la lentitud de estar estable viviendo y escribiendo. De paso, leyendo para satisfacer cada día el deseo que remite a lo que no se tiene, o a lo que se tiene sin saber del todo cómo se tiene.
Por ejemplo el que evite que se note la desolación de las personas. Hay un halo inequívoco que puede evitarse con el recurso inequívoco del abrazo como un amor humano y viejo practicado todavía frente a frente.
sábado, 10 de abril de 2010
NO QUIERO NADA MÁS
Que lo que tuve y me llenó, dejó peso, produjo a veces esos enfrentamientos que en mi caso particularmente ni me dejaban terminar el día. Me gusta la insistencia, la emoción poderosa y fuerte, no quiero nada más. Hasta aquí, llega un momento en que ese intercambio de palabras pueden ser un vínculo como lo que establece cualquier url de la red. Estoy en enlaces que provocan mi lectura como un premeditado acercamiento, pues me gustan y me bastan.
Esas sensaciones que nunca me las callo, que las he contado una y otra vez, que son mi euforia y mi desorden a estas alturas de la vida en que me rodea el orden, sé romperlo adrede. Son nuevos registros de mi base de datos que está apoyada en estos dos cimientos –lo digo por si alguien no lo sabe- veinte mil imágenes donde no haya nunca sólo un paisaje por hermoso que sea, siempre quiero que lo ilumine la persona, también desordenada, su cabello, su postura, su demanda. Si es una mujer debe ser como en “Mantis” dice Mercedes Castro “cuando pruebas el sabor de un hombre ya no puedes parar”, o en el comienzo: “Esto funciona así: "tú te dejas ver y ellos se dejan comer.” (Por eso vengo explicando siendo hombre cómo me dejo comer)
La otra apoyatura, la sabéis de sobra: las necesarias horas leyendo cómo se comen a los demás, que cada palabra propia o ajena, me envuelve, me emociona, me obliga a necesitarlas, sin gramática ni miedo, hasta esas situaciones que son difíciles de convertirlas en palabras; cada una de ellas pesa más o menos, tiene su densidad, a lo mejor están de más cuando existe el deseo, pero yo me sujeto tanto en ellas que las sencillas las hago obscenas y las que parecen un juego son una caricia.
Todos aquellos momentos que estoy dispuesto a repasar aquí y ahora, que sus dueños o dueñas sabrán el nombre y apellidos, he decidido ir contándolos, como a tope para no querer más, para provocar una simple expresión de máximo cariño, una necesidad que se convierte en variados sueños donde siempre estoy yo y quien se puso conmigo. No quiero nada más pero tengo necesidad de explicar donde tuve el más, donde me sentí curioso y joven, me fui haciendo esponja insaciable de palabras y actitudes, me dejé comer y cómo fue eso.
Lo he dicho muchas veces, tan hecho estoy para el placer, que si no hay placer no me interesa. Busqué en cada ocasión que iré contando, el poder y la calma, y es curioso, la sugestión que ofrece a veces la debilidad. En el fondo, como leyendo una novela en la que lo que menos importa es el argumento, ni quería saber lo que pasaba si entraba en el engranaje que yo mismo había creado.
Me interesa el tacto, ese dominio para dejarte comer. Hace falta una capacidad poco frecuente, unas ganas insaciables, como probado y a falta de seguir probándolo. Es imprescindible el lenguaje, te aproxima tanto que la mano casi desabrocha el estúpido botón que impide un pecho hermoso. El lenguaje que hace que el amor se note; el lenguaje como una condición, un tatuaje secreto en todo el cuerpo, que eleva el brazo, arruga el silencio, asegura la noche completa. Este que empleo porque lo he estudiado igual de joven que de viejo, es un hueco de conocimiento, el mejor pecado que posee el hombre.
Con lo que dije y me dijeron tengo bastante, no necesito más, eso es lo racional, mi sentido común, mi presente. Pero a su vez me digo, pusiste mal el título porque eso que lo que tienes es bastante, que no quieres más, es el atrás y tú siempre has sido un hombre hacia delante, tengo la agradable imprecisión de no importarme los límites. De volver y volver luego de haber dicho no volveremos a hablar de eso y ¡vaya si volvimos!. Siempre supe acudir cuando me dijeron ven.
Y si es así, resultará difícil cumplir el enunciado del comienzo. Pueden decirme de nuevo ven y es un serio peligro ya que indudablemente lo último que me preguntaría es el porqué.
miércoles, 7 de abril de 2010
MI MEMORIA MÁS HONDA Y VÁLIDA
He hecho uso estos días de ella, he pensado junto al mar que nadie ya me iba a esperar al otro lado de la escritura. Y callé un tiempo, recorrí los viales –no sé por qué la playa me da un cierto miedo ya- de esa Urbanización donde crecieron mis hijos, yo me descargaba al final de la semana de tensiones y esfuerzos, el mar me devolvía sedaciones que vas perdiendo y sentía más ricas mis propias sensaciones, esas de la memoria.
El Mareny Blau era un poco mi compañero óptimo de viaje y estos días con unos hermosos cuentos de una mujer, quinta académica de la Real Academia de la Lengua, donde también ella habla de sus compañeras de viaje he recordado con la lentitud que otorga el sol y el buen tiempo lo que me ha valido la pena:
Al mejor amigo que me dio la vida, igual que me lo dio, me lo quitó antes de tiempo. Con él me apasioné por el ajedrez, torcía el gesto cuando no sabía sacrificar una pieza a cambio de tomar el centro; jugaba el gambito de dama como si de damas se tratara, daba lo mismo que su contrincante con negras se lo aceptara o no; con él formé parte aquella maravillosa noche de uno de sus 15 tableros simultáneos: Folgado tenía la sabiduría y la paciencia del ajedrez como un amor que merece la pena. Cuando le vi las últimas veces en su casa, noté cómo se marchaba –no te vayas maestro, le decían mis ojos-, déjame perder otra vez contigo una partida más. Aquella última tarde que me acompañó hasta la puerta de su casa, tan solo me dijo: “no tornes mes, Paco”. (No vuelvas más).Ni rocé su mano, me quedé con su mirada honda y bondadosa, para siempre, para siempre.
Con lo poco que he caminado estos días, era casi imposible que alguien no me saludara, no me devolviera los ápices de vida y de cariño con los que viví en ese imborrable sitio de descanso. Si era una mujer siempre las he encontrado adorables y proféticas. He tenido para ellas la palabra abierta de la vida, un beso preparado y desmesurado por si había ocasión, como ese rayo de luz divina que para mí siempre son.
Si eran otros amigos, he insistido en la calidad de mi estado, con euforia y desorden si hacía falta, me he escudado hablando un poco con ellos en la metáfora, esa rara elocuencia del mundo que puede llegar a ser hasta vicio, seducción o promesa. He hecho camino conversando un poco hacia la memoria más honda y válida que me daba este espacio de playa y mar, he conseguido así estos días la razón suficiente para seguir vivo.
La vida no es lo que sucedió, sino lo que uno recuerda y cómo lo recuerda. Estos días, me he recordado a mí mismo mejor que los demás, quizá. He notado la belleza del mar en el momento oportuno, he tenido entre las palabras ajenas el mayor respeto que pueden aportar los ojos del hombre, el estilo en el ejercicio de la noble observación.
Me he querido y me he hecho de querer a quien he visto, me he sentido más cerca de la mayor certeza, capaz de amar más despacio a quienes más lo merecieran. La vejez suaviza y te otorga a la vez una tremenda fuerza que no la tiene tu físico, sino el impacto que dejas a veces, una elegancia, una categoría propia que no te quita nadie parecida a la propia debilidad de la misma.
Recordando estos días en el Mareny he llegado a pensar que es posible que lleguemos a entendernos todos, unos a otros. Aquí he perdido amigos –como el que os he contado con dolor- otros están cada verano, cada buen tiempo, da gusto verlos, me enriquecen mi memoria y yo les aporto lo que siempre hice: mi deseo de ser como un ser querido que lo único que desea es hacer felices a los demás. Rescatarnos de la normalidad, ir a un sitio imposible, escondido y profundo.
Qué memoria más honda, más válida he sentido, he tenido.
martes, 30 de marzo de 2010
TENGO UNA CAPACIDAD DE SENTIMIENTO INTACTA Y GRANDE
Todavía, y por eso necesito un verso en cada soledad para explicarla. Hace días pedía una felicidad humilde y última porque la vida la voy sintiendo demasiado adulta. Aquí en la red, que es algo así como su nombre dice de la mano de María Moliner, una “malla de hilo, cuerda, alambre, de forma adecuada para contener o retener cosas, o para cualquier uso.”, la usé y me usaron en ella. Yo creo que la red de Internet es de un material especial, es casi un espionaje de sentimientos del que no te puedes librar, una industria monumental que se crea alrededor de las personas cautivándolas.
Preguntarme a mí mismo o a quienes me leen qué es a estas alturas, me deja sin respuesta. La gasté por muchos motivos entre letras: para pedir perdón hasta cuando no debía; estar con alguien mientras me querían o eso creía; que fuera placer o casi placer esa ternura difícil pero mutua. Llevo tiempo anunciando mi partida, desenredado de la red, con escasas letras ya cursadas fuera de estas páginas, voy a irme unos días junto al mar, allí donde es más fácil hacerse poeta, pero he pensado antes de hacerlo que es preciso confesar, que dentro o fuera de esta red me queda todavía una capacidad de sentimiento poderosa y virgen.
Viene el buen tiempo, se termina el invierno de nuestros descontentos, haré que me venga bien para sentirme mejor a pesar de que acumulé demasiados motivos para estar peor. Voy a contar de nuevo cómo es eso que yo supe hacer bien muchas veces: tener quien cruzaba mis palabras con las suyas como unas memorias intemporales sin destino, sin dueño, lo mejor que poseo, lo que he regalado demasiadas veces sin merecer su destinatario el destino que les di: mi coraje de vivir, mi rabia, mi ternura que siempre tiene un apellido. Es como una proximidad desnuda, descarada e imprevisible. Son más cosas: la lentitud del tacto que tuve escribiendo, mi avalancha en ocasiones por no saber esperar, mi atractivo como un coche viejo que provoca cada vez subirse en él.
Pues eso, habrá sido cosa del buen tiempo, de que ya estoy harto de quejarme cerca o lejos y que era incapaz de dormir por haberme olvidado de escribir un e-mail, o haber mirado a ver si llegaba un sms de quién ni tan siquiera llevaba encima el móvil. O haberme dado cuenta yo solo que este capazo de sentimiento vale casi tanto al darlo que al notarlo yo por dentro.
Me hace mucha falta hacer como he visto esta mañana en la calle, sin hacer caso alguno, a que se abriera o no el paso de peatones, una mujer y un hombre, macho y hembra para la realidad de cualquier tema abierto, besándose en la calle apasionadamente. Era más bien la boca de ella, quién buscaba la de él al separarse; era un beso prolongado con el secreto del éxito puesto. La gente que pasaba no sé si les censuraba o los envidiaba, yo era del último grupo, seguro. Ese beso tenía que tener causa o a lo mejor eran dos personas con capacidad de sentimiento, con historia que se le notaba en los cuerpos.
Pertenezco a esa asociación de besos y cuerpos, de falta de decoro si no encuentro las palabras decorosas. Voy a agrietarme de nuevo cuando escriba, a volver a ser joven, a que la memoria me deje de una vez ya libre para siempre. A enredarme en la red y la malla de hilo pero yo solo, la cuerda o el alambre: serán lo suficientemente fuertes para no desenredarme. O sin ella, tanto da.
Voy a ser placer otra vez, narrable, provocación, instante. ¿Para quién? Para mí mismo, para esa humille felicidad última que aún me queda por sentir dentro de mí, que me la merezco más que nadie. No debo nada a nadie, ni tengo peticiones pendientes, me lo debo a mí que he querido siempre entregando hasta lo puesto y lo que tenía por poner.
Noto recogido el tacto entre las manos y la ternura llegándome a la espalda. Me brillan los ojos viejos cuando miro a una mujer merecida y verdadera. Me queda entre los dedos la verdad del deseo cuando es deseo. Estoy seguro, encontraré ese imborrable y propio verso de la soledad que necesito con la desgana que siempre tienen los poetas, encontraré el amor, ese cuando no se dice nada.
Gozaré con mis propios recursos, con la riqueza de mi letra, la alegre protesta de la vida, las luces matinales, la cultura de oro de la tarde que dura, la urgencia que ya tengo de vivir, el lenguaje que aprendí desde niño para ayudarme a ser hombre con lo que he leído.
Tengo bastante. Escribo recién inaugurada la mañana porque nunca me he sentido triste una mañana, me da lo mismo que no me espere nadie al otro lado de mi propia escritura. Haré que no sean ciertas las palabras de Juan Cruz, ya que llevo leyéndole hace días, cuando afirma que “lo que la vida devuelve es el invencible fracaso del porvenir.”
Que la vida no me devuelva nada. Me anclaré en el poeta Caballero Bonald: "Prefiero equivocarme sin ayuda de nadie. Verme situado en el porvenir siempre ha sido una de las versiones de mí mismo que menos me han gustado." Pues el presente solo y propio con esa capacidad de sentimiento intacta todavía..
miércoles, 24 de marzo de 2010
"TANTOS AÑOS, TANTAS TARDES, TANTAS PALABRAS"
La expresión es de un magnífico periodista, Juan Cruz, de su libro de memorias “Egos revueltos”, escritas escuchando “el mar tronante de Tenerife.” El añadido propio: PARA NADA. Cubriendo donde las puse esos episodios de vida mal contados, pero sentidos con la intención de una recepción noble que eliminara imperfecciones propias, cualquier tipo de desaliento y me provocara el entusiasmo como un espectáculo de futuro todavía.
Pero no me ocurrió así. Hasta en mi última intervención pública, rodeado de excelentes escritores ya lo dije: primero mi titulación, lector, de esa vida que como dice Juan “se lee y se queda, es como una piel que se te adhiere”. Yo la traje aquí, la fui contando con las páginas de cada libro, desde el suelo si hizo falta como la imagen que encabeza este suelto, con manos hacia arriba que no tuvieron duración verdadera, fueron gestos al aire, una postdata al final del propio texto de las que me había olvidado.
Ya lo sé que estoy insistiendo: nunca fue como quise para poder decir luego “era”, aunque quizá la verdadera cuestión es si debía haber un era, si aporté lo suficiente, si no di la imagen de amordazado yo mismo antes de alzarme por no tener –más allá del oficio de la lectura- otro signo de vida más hermoso, una continuidad de comportamientos, un trazo limpio y entendido para cubrir cualquier espacio incómodo, utilizando los órganos más útiles.
Hablamos otra ocasión de ellos –y me repito- quizá porque yo mismo noto mis carencias, los huecos que tengo, cómo los fui contando y sin ser escritor, me atreví a veces a escribirlos y la propia escritura “manda y hiere”. Me fue ordenando lo que os he ido contando desde “inventándome la vida” que puse como título a mi primer blog, hasta este presunto “mi privilegio” que ya por mucho que lo busque, nada responde a su nombre, sino rutina, insistencia, como una queja monótona derivada de años, tardes y palabras.
Con estos años, ¿qué he hecho? Ni siquiera la dignidad del envejecimiento, mi edad del tiempo, las manchas de mi cuerpo y hasta opiáceos que van destruyendo el cerebro. No son medicamentos, son acompañamientos para hacerte peor viejo, con ellos. Para poder vencer las madrugadas, llegar al fin a ese sitio de la mañana que siempre será mi único válido espacio donde sentirme hombre leyendo, poder así enterarme de cómo eran los demás, llego ya por senderos que me traen malos recuerdos al ser yo mismo ahora quien se encargue de repetirlos.
No poder dormir, no poder emplear el pedazo de descanso que me queda cada noche, recorrer yo solo los espacios de una casa vacía y fría, sin los 21 grados a que le obligo de día; terminar en la cocina que han dejado ya limpia y buscar cualquier intento de comida con el único objetivo de volver luego a la cama como si viniera del final del día. Y si continúa la manía de no poder dormirse, remediarlo ya mal. Me lo callo, no sea caso que me estropee la mañana que viene algún día. Se me ha escapado demasiado contarlo.
Para qué si los años que aquí he puesto hace más de veinte años ha sido como contar los sueños de estar donde no estábamos. Me gustaría el borrón casi completo, empezar a contar otra vez los años pero no por vivir más tiempo, sino por hacerlo mejor y por procurar que ahora, “tantos años, tantas tardes, tantas palabras” me hubieran servido aquí para algo.
Ya que le he robado a Juan Cruz el título para meter aquí estos pensamientos, de sus excelentes “Egos revueltos”, compartiré con él su entusiasmo por ciertos libros que también he leído con la pasión de leer apasionado: “Tres tristes tigres” de Cabrera Infante, dice en su primera página lo que afirma Lewis Carol: “me gustaría saber de qué color es la luz de una vela cuando está apagada.” Digo yo: ¿De qué color será la propia vela?
miércoles, 17 de marzo de 2010
NO TENGO ALIENTO
Al igual que la imagen, con su mismo texto. Para seguir insistiendo sobre lo que quiero. Hace ya 5 años, le puse una palabra delante a los libros a la hora de crear en la red una página web de literatura, donde iba a contar lo que estaba leyendo, sabiendo que un libro es tan propio que ni se lo puedes recomendar a nadie.
acércatealoslibros.com sólo pretendió insistir en que aquella tremenda parte de mi vida iba a seguir siéndolo, compartida con los que quisieran conmigo venir a leerse un libro. Para eso aún me queda aliento, hábito, y un enorme cariño.
Y quise luego en estas pegatinas del sentimiento, llegar hasta más terreno. Ya lo sé que nadie acepta a nadie como es, se puede competir o comprender, y con esa agarradera humana he desnudado muchas veces mis debilidades más ocultas para llegar así hasta la gente y tener un coito humano y glorioso a la vez. Como sacando de esta manera la vida secreta que todos llevamos dentro, la preciosa vergüenza de la intimidad. ¿Para qué?
Casi parecido a tomarse un café a media tarde con alguien e intentar decir cómo eres, y averiguar cómo es quién tienes cerca. Todos estamos pensando a la vez que en las relaciones humanas, no existe estar solo, cuando es verdad no está solo nadie.
Cuántas veces me he acercado para nada pensando que estaba casi todo, que yo era ese hombre con la página del libro siempre abierta para estimular el cariño, inventárselo cada vez si llegaba hasta que me dijeran basta o me quedara sin aliento, como en esta ocasión por ese hermoso poder y esa tremenda fuerza de la comunicación. Evitar así y evitármela, la tristeza de estar solo muchas veces hasta que llegara la verdad de mi mentira, lo que antes explicaba: la certeza que no está solo nadie.
Pero puede tener uno ya, el derecho por las veces que he hecho míos esfuerzos o necesidades ajenas –mal qué bien, pero hechas- a una vez más quedarme quieto, equivocado con los propios vicios que no vienen ni en los diccionarios eróticos quizá, pero sin agobios. Me gané, creo, mi sitio, mi lugar, mi identidad, con el documento acreditativo además en la mano. Y sobre todo, me gané, me parece, en ese espacio, también otro derecho: una empatía y un reconocimiento que normalmente no hace falta tanto pathos para obtenerlo.
Creo que aún puedo pedir más, voy a insistir en un derecho a amar con el más amplio reconocimiento; salir ganador –como si la hubiera habido- de la hazaña bélica que tienen los amantes antes de la cama y una cosa muy hermosa: ese recurso que deben tener las citas en el campo de batalla, caídos ya los estímulos de la empatía y el vestido. Dije ya hace mucho tiempo en aquellos foros de debate tierno, necesito un cariño que hasta yo mismo le pueda bajar los tirantes.
Todo viene quizá desde que llegaron las pantallas enormes de Internet, nos fueron viendo todos, los que nos podían ver y los que no debían, y llamarnos luego o pensaron en la intención de hacerlo. No supe desfigurar el rostro, ni mucho menos los valores para una continuidad.
A mí me faltó, encontrarme del todo bien en un sitio. Había un sendero de búsqueda, de proceso. No se trata de sentirse entonces mejor persona, sigues fallando en los mismos esquemas cuando surgen, sino al menos simplemente mejor, no sentirme de pronto agobiado y que tenga que decir como en la imagen, me falta el aliento.
Porque soy persona de mucho aliento y de reconocer insistentemente el valor de quien tengo al lado. Insisto en las admiraciones que estoy admirando siempre. A lo mejor empiezo como todos con lo fácil, la belleza, ese injusto atributo de la naturaleza humana, pero siempre sigo más hondo porque me sorprende y rechazo las distancias.
Es sugestión cada vez más para mí esa comunicación del ser humano en la que hay tantos vacíos, pero lo que ocurre, o lo que más me destruye, es que luego detrás del misterio existe el deterioro por hacerlo. Chejov ya avisaba que cualquier relación de pareja es un misterio.
Cuando escribo y lo que he escrito aquí, también ya hace años, no hay un cálculo: das, recibo, con tarjeta de crédito admitida. Porque mi crédito siempre ha sido amplio, gasto bastante, luego pediré un precio alto, pero no quiero llegar, cobre el importe que cobre, a esa sensación de no tener ya aliento de eliminar yo mismo un día las palabras que siempre las acababa de leer y poder así llegar a un silencio reposado y viejo donde no quepa nada más que la soledad, sin espacio para que no sea cierta.
sábado, 13 de marzo de 2010
AL FINAL SOLO QUEDA ESO
Los versos de Uribe: “”no quiero promesas, no quiero disculpas/tan sólo un gesto de amor”. Hay explanada suficiente en la vida para darte cuenta quien aporta ese gesto, esa manera de ser, no hace falta ni tan solo decirlo. Parece sencillo, pero escasea.
Ando ya de finales, que viene a ser lo mismo que plantearse las cosas que uno no hizo bien desde el principio, no dar ni una frase gratis, otra vez Uribe, “mientras tanto cógeme la mano.” Lo he pensado, nadie hemos sido perfectos ni en la cama, ni en el sueño, ni desde un lado al otro hemos demandado y otorgado demasiada convivencia, tan sólo saberse las cosas y estar dispuesto a aceptarlas.
Pues escribiendo por estos andurriales hice lo mismo y pretendí que hicieran igual conmigo. Aquí entre las palabras pueden estar dos seres juntos y qué daño se pueden hacer dos personas y qué placer se pueden dar. Depende del tiento, como dije de las maneras, de esa espera dándose la mano del poeta vasco.
Yo que vine por aquí para estar menos tiempo solo me voy sintiendo más solo. Ya sé que la soledad es una buena condición para enamorarse o para perderse. Estuve mucho tiempo apuntado a lo primero, a ese lance hermoso como insistentemente dije un día: necesito la desnudez de una mujer que se quiebre, basta, muchas veces, una palabra para abandonar una vida y penetrar en otra. A veces la calidad del mundo depende de un simple monosílabo: económico, de absoluta discreción. No lo he tenido, ni un abrazo, sin dominio, libre, promiscuo, inmoral a los ojos ajenos, el de la mujer que sólo sabe murmurar te amo en el momento en que se siente hembra abierta. Pues el hombre, abriéndola.
Expliqué en post pegados varias veces la medida, que es difícil en casi todas las ocasiones pero que la tenemos todos por igual: veinticuatro horas, para querer a alguien, para soportar el dolor, para entenderlo todo el tiempo, pase cualquier cosa a la que le dimos toda la importancia si cabía la posibilidad de pensar que no iban a entenderla, se iban a quedar sólo precisamente con la importancia..
Y como todo eso me ha ido fallando, y me puede seguir fallando a la vez que he fallado yo, pues hay que recurrir al cuarto propio donde gritar a solas en silencio sobre todas las cosas; donde te das cuenta que la vida ha sido sólo eso. Se me ocurre un símil –ya sabéis la manía de las metáforas que tengo- : la desolación de desnudarse en la oscuridad junto a una mujer que no se va a despertar únicamente pensando en ti.
Pero a mí me queda todavía, la honestidad de los adultos que quieren algo de los demás y estuvieron dando mucho rato; sostengo la percepción del amor como un secreto propio que tengo; una fortaleza vulnerable y previsible pero fuerte. Abandono si me viene alguna desgana triste, permanezco con mi historia, eso que siempre no se cuenta. Todo esto me pasa, lo siento porque ya es media tarde, con su extraño y particular silencio de cuando estoy solo en casa, me sustento de algún buen recuerdo leyendo el castellano de Castilla de Miguel Delibes, recién muerto. Le pudo a la salud escribiendo, ni eso fue una derrota, a lo mejor su mejor victoria.
Para mí un gesto de amor es entender todo esto: que la vida no me ha dejado más que eso: sin promesas, sin necesidad de disculpas, cogiéndome la mano, mientras tanto, yo la miro dormir porque siempre tengo tiempo para dormir yo después.
Para que me pertenezca eso, tres recuerdos que tengo como un ofrecimiento: un sentimiento tan conmovedoramente arrugado como un pezón todavía arrugado; tocar como se debe tocar (lo que dije el otro día del tacto) y sentir que es cierto, y que siempre hay un aquí estoy yo, aquí estás tú, el que sea, el más propio. Igual que si la vida no le soltara a uno nunca. A mí ya no me suelta aunque al final sólo me quede esto: iba a empezar a escribirlo pero esta tarde es demasiado tarde, perezosa como una novela que no se acaba nunca.
No he conseguido explicarlo, luego nadie podrá juzgarlo. Va de poetas, fijaro que para terminar mi explicación cualquier otro día empleara los versos de Erika Martínez, de su “Color carne”: "Me gusta que me mientas/no permitas que se te note.”
martes, 9 de marzo de 2010
MI SECRETO ES EL TACTO
Lo explicaré, y de ahí me vendrán las palabras, algunas que pueden cubrir todo un idioma. Por eso Kirmen Uribe en su novela “Paris-New York-Paris” cuando habla del viejo proyecto de estudiar euskera, dice que sólo recuerda una palabra: “goxua”, dulzura.
Cuando la pierdo, o no la tengo a mano, o no me viene de algún sitio, no soy yo, ni parezco serlo. Me puede cercar un contexto extraño que no lo entenderé jamás, con el que me daré después golpes en el muro siempre a mano para cualquier desesperación que tenemos todos los hombres. Sentí desde niño como la creación propia de un mito: la historia inagotable de la mujer, y pagar el precio que haga falta por su profecía para unirse a ella. Por eso los hombres acabamos siendo siempre de nuestras mujeres, de cualquiera que sintamos cerca, de sus caderas donde jamás se pone el sol (qué inverosímil pero qué cierto), de lo artísticas que pueden ser sus miradas, siempre tienen una belleza aunque sea a trechos.
Por eso no quiero perder jamás la “goxua” de los vascos para ellas. Vengo a pedir perdón a la hoja de papel sin destinatario o con él, da lo mismo, por cada instante inexplicable y quieto, en que la perdí, se me hizo pedazos, se produjo la distancia, la propia negación de mí mismo, la pérdida de las palabras que podían ser perlas en mi boca.
Quiero recuperar de nuevo el tacto para sentirme bien, quieto, callarme un rato, saber que haya quién me pueda haber leído hace años y no defraudarle jamás. Creo que tengo todavía señales de ese tacto, prolongado y joven, sé dar la mano, nada menos que la mano con la inmediatez y la esperanza con que escribo un post suelto, lo pego en el pasillo junto a más de seis mil libros para que se haga viejo como yo pero que acabe siendo un astro.
Sabéis de sobra cómo me levanto, (lo he explicado al menos cien veces) y cuando me acuesto -¡qué terrible secreto!- ya leo poco rato y eso que estiro el sueño antes que el libro me deje a mí en lugar de ser yo quién lo apoye en la mesilla, apague la luz de un día menos de los que tenía y haga esfuerzos por recordar dónde dejé ese tacto, en lugar de un roce inclinado que es capaz de cambiar a la persona con crueldad, con desmemoria, dejarla sin tacto.
Tengo pues un proyecto de vida que no se lo he contado a nadie: lo que vengo haciendo. Por la mañana volverme a enamorar bien pronto de toda la mañana, estar fuera un buen rato, irme hasta donde vendan la prensa más lejos de mi casa; pasar por mi librería y enseñarle a Bea la copia de la sobrecubierta de la próxima novela de Mercedes Castro, “Mantis”, que me ha hecho llegar ella hasta mis manos en un correo electrónico, como cuando nos escribíamos por aquella su primera obra, “Y punto”, que tanto me gustó. (Tengo 32 citas señaladas, ¡qué mal he dejado el libro, o qué rico!). Luego me he ido más contento, he tomado una cerveza fría porque hacía frío, en la calle, al sol y la chica insistentemente rubia que me la trae, siempre me dice “amor mío, verás cómo está muy buena”.
Ya por la tarde, era tan urgente recuperar el tacto que luego de leer un rato “La humillación” de Roth, con “vídeo train” he juntado tres imágenes –una casa, un grafiti y un cielo nublado- y Photoshop y yo nos entendemos tanto que ha quedado divino poner el grafiti en la pared de la casa y cambiarle el cielo tan claro y tan falso por el que yo llevaba bien nublado.
Ya no tengo más cosas, más día que contaros, sino reclamar el tacto que se me escapa a veces para que venga y se me quede dentro de las entrañas para siempre el idioma de la dulzura, el derecho a la soledad, la renuncia a la indignidad de esa falta de tacto a veces. Así toda la tarde, así toda la vida.
lunes, 1 de marzo de 2010
SOY UN HOMBRE CÁLIDO QUE BUSCA REFUGIO
Lo dije el otro día en una respuesta a un comentario, enviando a alguien besos. Podría aplicarlo ahora porque tengo todavía una comarca vacía donde buscar ese refugio. Han pasado los años y ya no me quedan respuestas contundentes y totales, tan sólo saber que hubo un momento en que debí conservar la más pura esencia de la dignidad que tiene detrás el propio lenguaje y no lo hice, quizá porque me quedé demasiado rato. Pero hay que seguir desde cualquier parte.
He buscado refugio a veces en las propias palabras y cuando yo he escrito de amor, de pasión, en estas páginas nunca fueron palabras con destino concreto, era cómo definir los sentimientos, cómo ponerles un lenguaje propio con una intencionalidad sana y hambrienta. Era oír a Bach o a Wagner y saber que eso era la música; o como hace un rato en la voz de Serrat la poesía imprescindible de Miguel Hernández que le dice a su esposa: “eres la medianoche de la sombra culminante/donde culmina el sueño, donde el amor culmina.”
Porque debe haber una especie de sitio, de culminación, igual que la mañana con el café y los libros donde uno sea el mediodía para la gente de bien, para quien de verdad quiera saber cómo me siento. Y el porqué de esta propia estancia, aquí, entre los silencios del ordenador abierto, mi caminar incierto, inseguro, doloroso pero con una gravedad en los gestos obscenos, nobles y generosos que debieron servirme y tampoco me sirvieron.
Estaré equivocado, habré preguntado las cosas a destiempo pero traje seguro como entre dientes de las propias palabras una imborrable educación, en mi caso, heredada y conquistada. Me ha pasado como a ese personaje, “Pumuky”, que Lucía Etxebarría ha construido en la red de Facebook durante años y del cual ha derivado su última novela “Lo verdadero es un momento de lo falso”, que explica claramente como “uno no se hace adicto a una sustancia o a una persona: se hace adicto a una conducta.”
Yo llevaba, como todos, la conducta puesta y me fueron apareciendo las adicciones: una tan hermosa como es la del amor esa “negra tormenta que se desencadena en estación equivocada.” (Etxebarría) Otra fue quizá la de contar las cosas con esa obligación que me he creado de necesitar las palabras pero con una gramática del miedo, de no poder escribir nunca todos los versos que tengo dentro; las palabras con el lenguaje del cuerpo que debe haber detrás. Y cuando me callaba, ¿sabéis qué me pasaba?: que estaba buscando más palabras.
Todo para qué: para tener ese refugio y esconderme allí dentro, saber de algún cariño honesto y tierno done hacerme viejo, de un espacio clandestino pero honesto que tiene la propia cama. Todo para poder luchar como hice al principio desde cuando tenía tan solo cincuenta años con esa especie de sufrimiento que se nos viene a la cabeza, que no está ni en los huesos ni en las cosas que nos van apareciendo. Es verdad, la mente no te engaña: estás mal cuando te empeñas en estar mal.
Y no encuentro ese refugio para este animal cálido con formas quebradizas de niño, porque eso soy, me lo dijo un médico famoso que fue humano y grandioso hasta el último instante de su vida; se lo dijo mi hermano Antonio a la mujer con la que me voy a terminar mis días: cuídalo, que es un chico muy bueno y muy frágil.
Da lo mismo, sin refugio, seguiré ofreciendo cada vez que escriba frente al néctar de una flor nocturna la claridad que tiene el día; me empeñaré en decirle bien pronto a la gente: “que tengas un buen día”, para quedarme aunque sea con poco porcentaje de oído pero mucho para escucharlo, esperando eso, que me digan lo mismo.
Pues aquí estoy, sin refugio, da lo mismo, pero recuerdo haber estado antes, a lo mejor sólo quiero sentir una mirada encima de la mía.
lunes, 22 de febrero de 2010
EN EL SURCO PROFUNDO DE LA ESPALDA
Es curioso el papel le he asignado a la música en mis últimos tiempos. Aquella enseñanza obligatoria de mi padre que he contado en otras ocasiones se ha convertido leyendo, a la vez, en ganancia para las palabras con un ritmo propio, casi el mismo del péndulo del reloj de la sala donde leo.
Este año dos novelas que son pura música su temática y su desarrollo me han cautivado: la gran obra de Belén Gopegui, “Deseo ser punk” de la cual ya me ocupé hace meses en mi página web de literatura, y ahora, una bellísima novela, nada punk porque según confiesa su autora, Aixa de la Cruz, una bilbaína de 21años –estudiante en la Fundación Antonio Gala- lo único de esa naturaleza que ha hecho en su vida es casarse con un dramaturgo mexicano.
A mí de su novela “De música ligera”, esas dos generaciones musicales del libro, el cuarentón profesor y su alumna, entre cerveza y cerveza en cualquier pub irlandés de Madrid, me ha llevado a darles crédito cierto las palabras de unos de sus personajes: “la educación no se hereda, se conquista”.
Una frase ajena siempre me hace pensar lo suficiente para entrar en un limbo donde me gustaría poder cambiar las cosas porque siempre fui un enamorado de los modos, esa cultura inabarcable y tan específicamente propia que no te la da nadie, que no se aprende. Me valdrán mis genes, pero ese vidrio tallado y bello, ese estilo es más infrecuente de lo que pensamos y muchas voces lo poseen seres que no llegaron a mejores niveles.
La educación es un surco profundo de la espalda, es la manera por excelencia, el relato de lo que hablamos y contamos, de las palabras que nos vuelven, un lazo de atracción única y literaria, es seguridad. La enseñanza del esfuerzo lleva de la mano las formas de hacerlo.
Igual que he leído en la novela de Aixa de la Cruz sobre la inmortalidad de la música, que marca los instantes y les quita la historia, ésa la pondremos nosotros. Yo hago de la música ahora como mi doble fondo cuando estoy leyendo, una especie de silencio propio, que es el abandono de oír.
El silencio lo gasto para mí, cuando noto a alguien cerca indefenso, necesitado, no me callo, no hago pausa ni busco tiempo muerto, es como una educación de entrega de enamoramiento que me fabrico a veces
Pero es mi mayor cultura y mayor educación, mi compañía verdadera, mi escucha tenue como una especie de sensibilidad inteligente, propia, sobre todo con alguien que no esté absolutamente cuerdo, como nadie, como yo mismo. Tomo una medida: la necesidad que siempre tienen los mejores indagándose mutuamente en la búsqueda de los gestos inauditos que siempre tiene la vida.
Me la conquisté con esos pequeños detalles inalterables que al final es lo que recordamos de las personas. Es mi maquillaje, la calidad del alma de la que saco lo que puedo para oír música leyendo; es lo que por mí está mejor imaginado, siempre que tiene más calidad que lo real; la manera que tengo de deciros no quiero la herencia, quiero la conquista, envejecer de la forma más humana que haya.
Creo que alguna vez ya lo dije: Hay una medida que no falla y es igual para todos: veinticuatro horas, para querer a alguien, para soportar el dolor, para entenderlo todo, todo el tiempo. La calidad de la vida no depende de grandes cosas: son maneras de estar, de entenderse con la gente, con los códigos que eligió uno, su educación.
Está siempre en el surco profundo de la espalda. Como una columna de luz para hacer que intervenga el equilibrio, la caricia pendiente, amplia, para sentirte al fin conquistado.
miércoles, 10 de febrero de 2010
Menos posibilidades de sentirme solo
Todo sigue su curso y, poco podemos hacer para poder cambiarlo, escribo para que sepan los demás cómo soy yo. Escribo para no estarme quieto, como un sudoku mal hecho, un testimonio inquietante de líneas de cocaina vacilantes. Quiero aferrarme a algo, si a uno se le acaba la persona, pues los ritos, el silencio, las costumbres enseñantes: el María Moliner desde la A hasta la Z puede ser un sendero, una belleza como a una mujer a la que no se le caen los pechos.
He dicho que la A es la primera letra del alfabeto. “Se pronuncia con los labios muy abiertos y los dientes separados aproximadamente 1 cm y se emplea fundamentalmente para formar el complemento indirecto”. Lo de la Z es otra cosa, la Z da miedo, tienes que coger el otro tomo, llegar hasta allí como si nada hubiera pasado, como si efectivamente cada letra te hubiera valido para estar menos solo escribiendo.
Hoy me han impuesto más obligaciones, simplemente porque he dicho que del libro de Berta Marsé “Fantasías animadas” que estoy leyendo, ya no me acordaba cómo eran sus fantasías; no cuáles (sí de algunas), sino del calificativo que la hija de Juan Marsé le había puesto en el título a su hermosa colección de cuentos. Pues vete a casa, me han dicho, andando, de vez en cuando, por el camino, te preguntas cómo se llaman las fantasías sin mirar la tapa del libro que llevas en la mano junto con el periódico que acabas de comprar. Me ha ido bien dos o tres veces –debe ser que tenía las manos húmedas del cansancio y de la soledad de no tener a nadie cerca- pero al dejar el libro en la mesilla de noche, ya se me había quedado en solo fantasías.
Luego , lo que he hecho otras veces sencillamente, cambiar unos botones de mi página web para darle efectos especiales, yo que sé, que no sean tan rectos, que no tengan tanto empaque, como si quisiera renovarlos a ver si así renuevo mis deseos, ese zarpazo de que habla Paniker que “remite a lo que no se tiene, pero la sentencia es incompleta: el deseo también remite a lo que ya se tiene sin tenerlo”. No he podido, no he sabido, no me dejaba el programa interpretar el texto de dentro de los botones. Debía de ser lo de Paniker, que lo he tenido –el saberlo hacer- pero ya no lo tengo.
Y a veces, lo aseguro, desesperarse es solamente eso, una oscuridad como helada, una intolerable soledad, andar sobrado de posibilidades de sentirte solo simplemente porque no te sale una cosa que sabes hacer; porque estabas siempre bien (hasta cuando caminaba con unas muletas) y ya no te acuerdas de lo que es estar bien, como cualquier enamorado que pregunta a un amigo, dime qué coño es el desamor. Pues eso, le responde el amigo, debe ser como si uno siente un día un desajuste, que demasiadas cosas tuvieron su época, y eso es mala cosa, la temporalidad, que existió alguna vez, el ajuste. Saber que se va a terminar, que el baño tibio de las palabras de dentro termina siendo frio, acaba no sirviendo tampoco.
Tendré que seguir con el diccionario, irme ya a la B, más perfecta que la A, con las medidas de un beso abierto dejado sin terminar. La B como si me fuera a llegar un nuevo día –y nadie me lo va a traer sino que me lo he de buscar yo mismo- como una vocación para las manos, un destino a plazo fijo en los labios- “un fonema bilabial oclusivo y sonoro” que crea a veces pausa. Pues yo quiero, yo necesito la pausa a todo esto: acordarme de seguido de las de las fantasías “animadas” de Berta Marsé; caminar cada mañana tanto rato hasta darme cuenta que me cansa la mañana con el cariño que le tengo; levantarme por la tarde de esta butaca donde estoy escribiendo, recorrer un pasillo lleno de libros, sin que ellos se den cuenta, acariciarlos un poquito; dejar estar lo de los botones para cualquier otro rato.
Y eso sí, seguir escribiendo para desnudarme lentamente y tener menos posibilidades de sentirme solo. Las dudas las seguiré teniendo dentro, pero me tomaré la molestia de dudar. En todo caso, para eso tengo el diccionario.
miércoles, 3 de febrero de 2010
Una web sin reset
Ayer tuve que responder en un mail que en esta web, que es lo que en definitiva llamamos blog, ya quisiera conseguir con lo que escribo convertir lo cotidiano en literatura como me dijeron. Sí que intento cada día, rozado de sentimientos inevitablemente muchas veces, ir contándolo: “la web y la soledad, la soledad y la web” que prologa Juan Terranova a una hermosa colección de relatos de jóvenes autores argentinos con el pie de un link donde hallarlos en la red a diario, al final de cada hermoso cuento.
Dicen que lo que ya no tiene reset posible es cuando morimos, no hay necesidad de resetear el sistema e instalarlo de nuevo. Ni hace falta ni podemos. Pero yo tampoco en vida vacío el sistema de mi disco duro, copio y pego cuando hace falta a quien me ha aportado generosidad y cariño las mismas palabras que escribí siempre. Lo escrito ahí queda como muebles viejos, como yo, pero que ya forman parte del hogar para siempre, queda la verdad que nunca mata, ocultarla es lo que te hace miserable.
Tendré, pues, una web sin reset. Estará hasta cuando pueda, no sé si las palabras o el ánimo como una reciente permanente de peluquería. Mis largos días de silencio que vengan luego nunca tendrán rencor, tan sólo pena, mi convicción que la derrota constituye la más dura y verdadera experiencia humana.
Si no es así prefiero el cuarto totalmente vacío, lo que yo llené ya se lo llevaron, pues entonces me quedará la verdadera belleza de esa amistad que existe a veces como literaria y distinta. Os hablaba antes del libro de los escritores argentinos cuyo título “Hablar de mí” ya lo explica todo: una especie de narrativa autobiográfica, un narcisismo, un exhibicionismo, una confesión permanente, un pudor, el “voyerismo que existe entre el relato y la lectura”, la demanda hasta llegar a la web donde dentro de ella todo puede entregarse pero para quedarse.
La web de uno puede ser exigente e inmoral, tener escalones difíciles de subir, incomprensibles a veces, pero es curioso, siempre son mutuos. La web tiene respuesta o no es web, hay que hacerlo todo entre medias y destruirlo ya depende de la capacidad personal de la memoria. La web y los mails se escriben y no los borra nadie, ni los sistemas de recuperación de archivos borrados o perdidos.
Pero además, no practico el reset, porque aún intentándolo hacer siempre hay quién se da cuenta de lo que no es cierto. Lo que se oculta se ve, lo que no se quiere decir lo leen los demás enseguida sin estar escrito.
Tengo nuevos hábitos, no obstante, para mantener intacta una calidad humana que no me la va a alterar nadie. Me siento bien con esa soledad sin la web o hasta dentro de ella, qué más da. Me noto el hombre al que el físico le robó demasiado pronto facultades que cultivaba, pero que las he suplido en muchas ocasiones hasta límites nada fáciles. Me siento bien ya, no necesito que me admitan nada.
Ayer instalé veinte plug-ins nuevos en Adobe Photoshop; con él hice luego, de la mano de un maestro on line un “punto de fuga” geométrico y perfecto en una ventana con su resplandor enfrente que era mi propio resplandor ya días oscurecido; y preparé varios nuevos botones con degradado gausiano para cuando cada mes me acerque a los libros en la página web. Me deslicé en los principios de los sesenta con Patrick Modiano de la mano de René Meinthe, personaje de puro vodevil francés.
Cerré mi ordenador, al que le he eliminado de sus entrañas su stand-by para que nunca esté a la espera de nada que no debe entrar, lo apagué cuando terminó la tarde para volverlo a encender esta mañana únicamente en el momento cuando tenía que decir que soy capaz de sentir el mismo placer en darlo que en recibirlo. Pero el auténtico, el indiscutible, el que somos capaces de dejar en una web sin reset.
miércoles, 27 de enero de 2010
Leo contigo
“Asocio el gusto y la dedicación de leer contigo”, me han dicho. Quien traía ya el hábito y la lectura aprendida desde casa, quien en cultura me saca varios cuerpos de ventaja. Pues bendigo y agradezco tu gusto porque es cierta la cita que acompañas que “el placer de leer es una herencia de la necesidad de decir". Leo por esa necesidad y me quedo corto y tímido muchas veces ya que nunca terminaré. Y por mucho que insista nunca leeré todo lo que quiera. Pero aún me queda tiempo y gente con quien compartir la dedicación de la lectura, esfuerzo, incertidumbres antes y después. Es mi memoria personal que construiré con los recuerdos o la imaginación ajena, como mejor me olvido de mí mismo y a la vez casi como más me entero; me voy comparando, como si mi empatía le sirviera a mi lectura.
Necesito la lectura, al mismo tiempo que la soledad, cuando leo no me hablo con nadie y atravieso mejor esos momentos en que de verdad tampoco me interesa nadie; subo y bajo despacio, me lo noto más, lo cuento mejor, hasta asusto un poco porque yo que siempre me defiendo con los estímulos de unos labios que pienso pueden ser a la vez suyos y propios; que busco cuando me quejo la ternura, y reclamo un abrazo y lo tengo; que amando no me hago nunca viejo, me da miedo no poder superar la cuesta abajo en momentos quizás en que estoy seguro y me digo, por ahí no, por ahí no, prefiero privarme de esas inquietudes que me sirven para la aproximación a la piel que me ofrecieron hasta lo más hondo posible.
Leer conmigo porque si soy incapaz de provocar esa necesidad es que no sirvo para ser indispensable, para encontrar explicaciones a lo que hice, para conservar una presencia y convertirla en esencia. Es que no voy a pasar los exámenes de la historia de la vida porque no me gusta mi historia y se me van terminando los hábitos de pertenencia.
No me quedan destinos, lo que fueron ilusiones no me atrevo a vivirlas de nuevo: las zonas concretas de un cuerpo donde a lo mejor no estuvo nadie. Yo iba por las axilas, me gustaba hasta imaginar el tacto del dorso de la mano en ese hueco mágico. O he cambiado también otro destino y donde era figura resplandeciente de palabra, enseñanza y vicio, ya es amistad repetida y frecuente donde desde luego se elimina el vicio.
Me queda, pues, eso: la soledad y la lectura, la más extraña forma del arrepentimiento sin remedio o la estoica de no arrepentirse como si uno tuviera la droga dura que te obliga y la necesitas, con la gramática del miedo, la sensación del vacío, la actitud de la derrota. Me queda la única manera de subsistencia: que alguien quiera leer conmigo.
Pero es poco, no es suficiente para quien lo quiso todo siempre: compartió amarguras y dificultades ajenas, paseó por la calle su rictus elegante como un donativo sin retorno, buscó la clase entre donde nunca debe haberla, porque eso suponía paradójicamente tener la de cualquier viandante desesperado y vacilante.
Es poco, sobre todo por la tarde. Es poco hasta delante de un ordenador que lo hago viejo adrede para comprarme otro y enseguida ya lo tengo trabajado y visto demasiadas veces. Es poco para tenerme en pie y convivir con los demás, compañera y compañeros de lo más propio y no notarse en cambio solo, no notar el silencio cuando no quedan ruidos, que no me apriete la noche en la almohada de la debilidad de mis palabras, de las culturas que ya no son para mí casi nada, del ocio que forma mi crepúsculo cada tarde, derramado, fatal.
Es poco cuando he caminado por sitios donde no se podía pasar, cuando hace pocos meses dos manzanas de la calle 42, cruzando la sexta, en Nueva York, me parecían hasta poca cosa para mis cortos pasos. Es muy poco, eso ya lo tenía, en aquella raquítica mesa de noche del Hospital llena de libros, es poco porque hasta las enfermeras leían conmigo.
Yo te doy las gracias, tú que me lo dijiste hace pocos días porque me notaste decadencia, debilidad hasta en las palabras, me hablaste de que las recuperaciones son lentas hasta llegar de nuevo a la altura de un pico diferente.
Me curaré, me curaré de tanta cosa, de tanta noche, descansaré sin desesperarme, venceré la intolerable soledad de estar demasiadas veces solo como un desamor que no hubiera tenido amor, con la renovación diaria de las mañanas, leyendo.
Necesito la lectura, al mismo tiempo que la soledad, cuando leo no me hablo con nadie y atravieso mejor esos momentos en que de verdad tampoco me interesa nadie; subo y bajo despacio, me lo noto más, lo cuento mejor, hasta asusto un poco porque yo que siempre me defiendo con los estímulos de unos labios que pienso pueden ser a la vez suyos y propios; que busco cuando me quejo la ternura, y reclamo un abrazo y lo tengo; que amando no me hago nunca viejo, me da miedo no poder superar la cuesta abajo en momentos quizás en que estoy seguro y me digo, por ahí no, por ahí no, prefiero privarme de esas inquietudes que me sirven para la aproximación a la piel que me ofrecieron hasta lo más hondo posible.
Leer conmigo porque si soy incapaz de provocar esa necesidad es que no sirvo para ser indispensable, para encontrar explicaciones a lo que hice, para conservar una presencia y convertirla en esencia. Es que no voy a pasar los exámenes de la historia de la vida porque no me gusta mi historia y se me van terminando los hábitos de pertenencia.
No me quedan destinos, lo que fueron ilusiones no me atrevo a vivirlas de nuevo: las zonas concretas de un cuerpo donde a lo mejor no estuvo nadie. Yo iba por las axilas, me gustaba hasta imaginar el tacto del dorso de la mano en ese hueco mágico. O he cambiado también otro destino y donde era figura resplandeciente de palabra, enseñanza y vicio, ya es amistad repetida y frecuente donde desde luego se elimina el vicio.
Me queda, pues, eso: la soledad y la lectura, la más extraña forma del arrepentimiento sin remedio o la estoica de no arrepentirse como si uno tuviera la droga dura que te obliga y la necesitas, con la gramática del miedo, la sensación del vacío, la actitud de la derrota. Me queda la única manera de subsistencia: que alguien quiera leer conmigo.
Pero es poco, no es suficiente para quien lo quiso todo siempre: compartió amarguras y dificultades ajenas, paseó por la calle su rictus elegante como un donativo sin retorno, buscó la clase entre donde nunca debe haberla, porque eso suponía paradójicamente tener la de cualquier viandante desesperado y vacilante.
Es poco, sobre todo por la tarde. Es poco hasta delante de un ordenador que lo hago viejo adrede para comprarme otro y enseguida ya lo tengo trabajado y visto demasiadas veces. Es poco para tenerme en pie y convivir con los demás, compañera y compañeros de lo más propio y no notarse en cambio solo, no notar el silencio cuando no quedan ruidos, que no me apriete la noche en la almohada de la debilidad de mis palabras, de las culturas que ya no son para mí casi nada, del ocio que forma mi crepúsculo cada tarde, derramado, fatal.
Es poco cuando he caminado por sitios donde no se podía pasar, cuando hace pocos meses dos manzanas de la calle 42, cruzando la sexta, en Nueva York, me parecían hasta poca cosa para mis cortos pasos. Es muy poco, eso ya lo tenía, en aquella raquítica mesa de noche del Hospital llena de libros, es poco porque hasta las enfermeras leían conmigo.
Yo te doy las gracias, tú que me lo dijiste hace pocos días porque me notaste decadencia, debilidad hasta en las palabras, me hablaste de que las recuperaciones son lentas hasta llegar de nuevo a la altura de un pico diferente.
Me curaré, me curaré de tanta cosa, de tanta noche, descansaré sin desesperarme, venceré la intolerable soledad de estar demasiadas veces solo como un desamor que no hubiera tenido amor, con la renovación diaria de las mañanas, leyendo.
martes, 19 de enero de 2010
Como un ámbito del pasado
Me gustaría volver a sentirme cómodo, como un novicio recién llegado al noviciado. Espectador en el ágora, sin ser juzgado, en esa plaza donde se reunían las asambleas públicas de las ciudades de la antigua Grecia. Esa ágora con acento ó sin él, un ahora del latín hac hora, desusado y traquilo. Y ahora tengo presente junto esa condición de volver a ser novicio, mi vida a los setenta que es como una calcomanía blanca de la nada porque dentro de poco nada valdrá la pena volver a contar ya. Me acuerdo de esa cultura religiosa que recibí ampliamente que decía que Dios estaba en todas partes, y no es verdad, decía Umbral, “ha estado más en unas partes que en otras.”
Ya ni me vale refugiarme a la fuerza en ese incómodo silencio de los acúfenos que no son un tintineo en los oídos, mucho peor, te viene del cerebro. Tampoco un pasado culto y rico, ni inventarme una voz obscena y nueva por aquello de recordar los más viejos manuales de seducción que se hayan escrito, porque está claro que lo que vale es ese arranque más que cualquier convicción. La seducción dura bien poco pero convencer menos.
Me convendrá incluso dejar de escribir muchas más veces, tendría que irme de este foro con vaselina y aceite viejo de máquinas para luego ver cómo todo va pasando. Ya escucho música en aquellos inolvidables discos de vinilo de 78 revoluciones con los que mi padre me obligó a aprenderme a Bach hasta el final, amparado en una antigüedad bien hecha. Y en la lectura me acabaré convirtiendo en lector de lance, de segunda mano como si así quisiera quedarme un poco al margen de la vida.
Canso hasta a quienes un día fui capaz de fabricarles asombros y admiraciones. A mí me cansa ya el cansancio, la soledad sin pretensiones, ni abandonos. Me salva apenas recomendar un libro que me ha devuelto media vida, cómo puedo hacerle mantener a alguien la capacidad de amar, que yo lo vea, que yo entienda su riqueza sin pretensiones ni abandonos.
Estoy muy necesitado de sentir el aplomo que tiene un caballo de gran alzada, sin dar la talla ni mucho menos, sino es contando la capacidad de entusiasmo que tengo a veces. Echo en falta volver a la escritura manuscrita como cuando intercambié con Antonio Buero Vallejo, con motivo de una tesina sobre su teatro que hizo mi mujer, decenas de cartas de su puño y letra con el valor incalculable que hoy tendría.
De puño y letra, con el lirismo que supone hacerlo, a destiempo con los tiempos que corren pero para escribir así hace falta tener como un cuaderno gris, igual que cuando se le escribe a una mujer memorable y distinta, convicta conmigo de esa paz del noviciado; como una especie de amuleto en este sitio donde escribo que tiene para mí la belleza que debe tener un rincón romano, todo menos prisa pero donde estos últimos días me acuerdo más de lo que debe ser la muerte: suprimirlo todo, hasta el temor a la muerte.
La muerte no es una sombra, ni un malhumor ni un miedo, ni el whisky que no tomo ni la soledad o la vejez o el frio del invierno. Debe ser otra cosa a que tu ritmo cardiaco sea diferente, a que estés unos días muy incómodo o como juzgado para siempre.
Voy camino como un novicio recién llegado al noviciado hacia espaciar las palabras y que venga el silencio; a sentirme dispuesto en ese elegido mutismo a seguir siendo tan escuchado y deseado, pese haber perdido la ocupación, el prestigio, casi el sitio.
A ser como un ámbito del pasado.
domingo, 10 de enero de 2010
Al mar o al precipicio
Vivimos en una sociedad, pero cada uno lejos de ella. Vivimos nuestra soledad porque así somos más propios o no lo podemos evitar incluso entre nuestros seres más queridos. Hay veces que necesitamos un cariño próximo al cual ni le pedimos identificación, tiene límites impensables hasta el punto que en nuestro cúmulo de ocasiones, sí que va a importarle que vayamos a parar al mar o al precipicio. A una mar tranquila y sosegada, hecha de comodidades de fabricación propia, siguiendo en ella cada día retomando nuestra historia, las sagradas costumbres de la costumbre, desordenando nuestras cosas, tomando nuestros cafés de subsistencia, leyendo sin parar, hasta en la cama, con el frio más que de la temperatura ambiente; o de un día mal resuelto, interesándonos por algo tan ajeno como nos trae la historia de un personaje de Charlotte Roche que estoy leyendo, apurando en su depurado íntimo, y produciéndose una fisura física. Una primera obra con veinticinco traducciones ya, que está en la lista de los más exquisitos best sellers mundiales.
Nos interesaría cualquier cosa que nos sirviera en determinados momentos para pensar que uno no se equivoca nunca y si lo ha hecho qué más da, las cosas ocurren porque sí, ajenas a cualquier culpa por extraña e incomunicada que sea. Quisiéramos el paraíso aquí en la tierra, que al menos alguien le importe si nos quedamos en el mar de la tranquilidad y el sosiego, del tacto amable, de contar las sílabas, de rozar los codos, o nos arrojamos al precipicio del que no nos preocupa la respuesta –ya nos la sabemos- sino nuestra propia manera de hacer la exposición, de explicar los motivos.
Hay demasiadas conductas además que al verlas tan ejemplares a nuestro alrededor, deben tener escondidos sus errores lo mismo que le negamos nosotros a la medicina la exposición completa de nuestras dolencias. Porque siguen siendo esos dolores antiguos y pertinaces, como la vida, siempre de moda, con una perfección a veces salvaje.
Pero más allá de las comparaciones, igual quisiéramos que no estuviera todo admitido con tal de no perjudicar el bienestar de los otros; que importáramos nosotros mismos, que no sintiéramos a veces un abandono que no sabemos si en el fondo es creación propia o que no hay más espejo donde mirarse. Sigo teniendo ese mismo espejo desgastado y viejo que me produce –eso sí- la necesaria rebeldía de tener el suficiente coraje de mirarme como soy, porque está claro que la vejez no es para los cobardes.
Me encasillo en lo de siempre, cuento varias veces lo mismo, no se me va la culpa cuando miro más adentro y me resulta pesada de quitar como una resaca mal llevada. Quisiera poder llegar a ser lo que debí ser: total; que alguien me lo dijera, con cuarenta u ochenta años, viejos al fin y al cabo para la mirada de cualquier joven, justificadamente joven. Necesito una belleza externa e interna, esa clase a la que se le perdona todo lo que venga después, lo que hizo uno antes.
Quiero escaparme un instante del tiempo como para empezar de nuevo, es la única felicidad en la que pienso, absoluta y desconocida, como con la boca entreabierta –yo no sé cuántas veces he puesto este símil- de una muchacha que está esperando un beso.
No sé cómo salir de esta porque lleva razón Andrew Sean Green: "el mundo no era para los mansos sino para los desesperados, los hambrientos, los apasionados. El resto apenas contábamos." Yo no sé lo que cuento, ni menos lo que contaré cuando sea voz plana, casi ajena, impensable como si yo también, igual que un personaje de novela, tuviera ya demasiadas fisuras por explicar.
lunes, 4 de enero de 2010
La ventaja de vivir aquí quieto, en mi cuarto
Dentro de una especie de soledad doméstica de la propia imagen de uno, los días se acomodan, no miras el calendarios, no hay festivos ni mucho menos laborables, ni estás dispuesto a cambiarle la cifra al año con tal que te deje la misma parte mejor de ti dentro de ti, que nada te altere tus propias señales en la forma de vivir ya que son de alguna manera marcas diarias en la piel, propios encajes.
Me lo cambiaron unos días, pero tampoco me ofrecieron –aunque llevaba ese título- festividades especiales; las caras a mi alrededor de fabricación propia, las notaba algo lejanas y de los necesarios apoyos propios, carecía de ellos: el cuero de una butaca, el humo de mi propio tabaco, mi frivolidad de estar aquí cerca donde escribo en que ni siquiera tengo menopausia a mi edad; el desorden de unos libros y la búsqueda del tiempo para leerlos.
Prefiero un desayuno solo a otro todavía menos tierno, distribuirme el tiempo para caminar menos -ya lo reclaman mis huesos de todas las partes-. Y hasta la belleza de una ciudad conocida muchas veces y quizá por eso nunca bien vista, tenía una fiesta en sus calles que no era mi fiesta; a comer fuera de casa no le he sacado suficiente partido tampoco, me ha faltado mi velocidad personal en los sitios, la comodidad de los camareros conocidos, es curioso tantos atractivos y costosos para que no sea lo suficiente por conocido.
Yo hubiera querido compartir más ternura, y hasta en el festivo momento del cambio de año sentir más cercanos dos cuerpos que de alguna manera me decía que eran cuerpos por mí, como salidos también de mí como hizo la mujer. Hubiera pagado las incomodidades de estar fuera de la casa propia, aunque sea en mansión lujosa, de no notar el viejo encaje de las viejas costumbres, hubiera terminado el tabaco para siempre, me habría levantado de aquella cama de la que me era casi imposible levantarme por su escasa altura y la humillante falta de fuerza de mis miembros, por dos o tres gestos de amor, de esos que son muy raros con gente de cuarenta y tantos años y que en cambio dos niñas empezando sus vidas los reparten a caudales, casi como cada suspiro.
Necesito ya hacer el final de mi historia como si fuera ese camino de hinduismo que junta liberación y salvación. Hacer historia porque se me acaba la historia, me tiemblan ya todos los pétalos que tienen el rosal de la vida. Quiero que cuando me alejen fuera de todos mis hábitos, cuando me duelan más los huesos sea justificadamente y oler el cariño ajeno pero de genes propios, como me gusta el olor a libros, a humo viejo, a mujer sola, a días anteriores donde supe poner las palabras justas a todas mis incertidumbres.
Es lógico que me tire la tierra, la casa, la cama, la butaca, la mesa, la llave de memoria del ordenador donde está todo lo escrito y que alguien borrará definitivamente un día. Pero cambiarlo, cuando haya simplemente que dejarlo esperando, que sea por las cosas que no tenga, por otras más valiosas pero que note que pueda sentirlas mías. No es necesario que sean tan ostentosas, pero no quiero estar de paso, más o menos brillante; no quiero ser viejo y que me noten viejo, contar poco porque cuento poco.
Tengo yo mi culpa: no participo ni en los juegos por las noches, ni sé jugar a ellos, ni aprendo; tan solo una noche ese al que le pones “como un” delante porque no puedes llamarle hijo, me incorporó a su equipo para ver si podía sentirme alguna vez vencedor, ganador con una inteligencia lenta pero capaz de algo; el mismo compañero de equipo que alargó su brazo para hacerme notar que ya era otro año luego de la última campanada. Gracias.
Pues para mí va a ser el mismo año. Me va hacer durar lo de toda la vida: el placer de leer para conformarme con la vida, con el lirismo y la resaca que tienen los libros. Lo de toda la vida: buscar el lujo en el corazón de alguien; los labios importantes, el entusiasmo que siempre pongo en las palabras, en su tilde. Lo de toda la vida: la destreza que puede tener la caricia de unas manos temblando.
En definitiva, recuperar otra vez ese encaje de la vieja costumbre de vivir aquí quieto, en mi cuarto.
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