miércoles, 19 de noviembre de 2008

Me abandono a las palabras


Porque en ellas está mi horizonte, mi energía, la manera de borrar mis errores, todos los ideales que me sirven hasta para la salud del cuerpo. Palabras que me salvan una y otra vez como una especie de sortilegio erótico para hablar de los libros. Busco en ellas al mismo tiempo el problema y el placer, la llamada salvaje para ver si ese adorable ser me calma o aumenta mi embriaguez. Con ellas puedo prometer y prometo un año entero de caricias y escribir con la tinta guardada desde ayer las palabras que no supe decir jamás. Me temblaba el misterio de lo que vendría luego, me acogía la lucidez de hacerme nuevo, de poder cumplir aquello que ya debí hacer, un especie de sentimiento asimétrico de viene y ven.

Además, a la vez mi palabra quiero que sea ventisca y pasión, seguro que la aportaré, no haré nada más: o a falta de papel la cara cerca de una mujer; o la debilidad de ser este hombre que aquí digo que soy porque las debilidades aproximan, dejan más quieto, se alarga como estés y si luego te preguntan cómo estás tendrás el suficiente talento para convencer que te falta solo un punto para terminar en el abandono de quién quiera saberlo.

Siempre escribo con café, humo y melancolía, estoy también de acuerdo con la cita de Pascal en el “Dietario voluble” de Vila-Matas: “la mayoría de los problemas de los seres humanos vienen de no poder quedarse tranquilos en su habitación.” Pues yo tengo una habitación para estar tranquilo, el humo, el café y la melancolía, la fe en cada palabra que pongo al lado de quien se inventó las suyas para crear este cuaderno de bitácora que dice la Moliner que es un blog, la alianza de web y logbook.

Quiero obligarme a necesitar las palabras con una gramática del miedo que casi no necesita el verbo porque si pongo el verbo me quedaría conjugándolo todo el día. Y siempre estaría jugando con su compañía, con el yoismo y el tuismo de nuestra lengua, escuchándola y dándola a escuchar al borde de las cosas, siempre, constantemente.

Me abono pues a mi lenguaje porque me vale, porque me lo estuve construyendo con miles de horas leyendo, porque detrás de él para quién supo conocerlo está lo mejor de mi persona. Soy capaz de escribir con palabras sencillas y que se vuelvan lo suficientemente obscenas para que sean juegos de tacto sin respuesta.

Dejarme que vaya poniéndolas. MI palabra es más si alberga deseo y lo tiene; mi palabra se queda quieta y espera si le responde una mujer luego. Mis palabras llevan sueños si me dan alguno después, tienen mirada, se fijan en los labios ajenos para al oírlas hacerlas nuestras con el pliegue tierno que siempre tienen los labios, un momento, un instante, antes o después de decirlas.

Quisiera ser en mi abandono un animal absoluto de palabras, cansado pero rebelde, tierno pero ansioso. Sé que antes de decirlas soy su dueño, luego su prisionero, no me importa, me sentiré más como un amante vulnerable.

Me da miedo la noche porque no las tengo. No como ahora que sería capaz de decir con ellas: déjame tocarte como se debe, tengo el verbo suelto para la boca amada, un fondo de congoja como la tilde en un diptongo tierno. Ahora me las noto como si fuera el lenguaje del cuerpo que ha llegado antes. Allí me abandono.

sábado, 15 de noviembre de 2008

Necesito la dignidad de rogar


Ray Loriga cuando “ya sólo habla de amor”, pide al final esa dignidad de rogar que debe buscar siempre el hombre. Pues la necesito. Todos tenemos, en efecto, una cuenta de miserias pendientes, pero bastaría que no sólo se contabilicen las miserias y tuviéramos presente la hondura de los abrazos en silencio, de cómo me importaba cada vez más el aroma secreto de una mujer. He sido capaz de soñar demasiadas veces, al menos un instante, con las manos, las caricias y los besos; fui siempre un especialista de enfrentarme así al dolor y a las derrotas, las ignoraba, las dejaba aparte. He necesitado imperiosamente la inquietud del afecto sea cual sea el tamaño o el momento.

Voy a buscar, pues, ese ruego pausado y único en cada línea, con cada libro terminado. Que me devuelvan el éxito de la vanidad que tuve de besar con amor hasta en la calle, estoy esperando todavía que me quiera todavía más una mujer que ya me quiere, tengo en la memoria sus últimas palabras: sentir que te quieren y querer, y eso lo tenemos. Pues me basta imaginar el murmullo que debe tener la tela sobre su piel, por eso necesito en mi desconcierto que me cojan la mano y me calmen así el ardor de las largar esperas.

Que me quede al menos, pues, el sonido de las horas propias, estas que aquí, me permitieron repetir las cosas que hice bien, que saldría todo otra vez, al menos igual de bien o igual a secas, es bastante. En esas horas voy a rogar -habrá que hacer bien la lista, no dejarse nada-: mirar en la mirada de diario con los ojos de diario el momento que empiece la mañana oliendo a colonia tirando a buena; esa posibilidad tan humana de acoplarse a la perfección los cuerpos y las palabras, hablando o rompiéndose las caricias; acercarme a los sueños, esos que antes de venir, ayudan. Esas son mis horas propias, con una estampida tierna dentro, asumiendo el papel de novio de la vida impaciente y antiguo.

A lo mejor en esas horas y dentro de los más necesitados ruegos, tendré que rozar la punta de los dedos para saber de los nervios del otro y encontrar definitivamente la calma. Por ejemplo el amor de toda una vida o el polvo del siglo, una u otra o las dos cosas que viene a ser lo mismo. Qué infinita paciencia, mirando por las tardes una presentación de power point que a lo mejor viene a insistir en anhelos inútiles o en errores que no está uno dispuesto a confesar ni a rectificar.

Pues todo eso constituirá el cúmulo de miserias, aquí estoy yo, aquí estás tú, porque indudablemente -otra vez con Loriga- “la vida se le hacía insoportable sin una mujer en la cabeza.” Oye, Loriga, a mí también, chico, aunque sea para las horas de pausa, cuando ruegue, y ruegue lo que ruegue. Siempre en cada escrito tengo a rastras una inexpresable tristeza que tienen las cosas, pero sigo sujeto a la vida aunque os voy a confesar -con mi derecho al ruego- mi convicción y mi empeño.

Está claro que la vida no te suelta nunca, ni tú a ella, pero los días se me acortan de tal manera que los voy convirtiendo en media jornada. Imaginaros, pues, poder escribir sólo la mitad de lo que quiero; que de las caricias que lleva mi verbo sólo pudiera poner la mitad, y a mí me gusta igual que en el verso y en el beso, la boca entera, la mirada que perturba cuando llegas al final de estrenar las ganas.


Media jornada -me he dado cuenta- solamente por mi manera de abarcar la vida, comparado en cómo me apoderaba de ella antes. Quizá tenga suerte -ya sabéis que me gusta hablar de la mujer al principio y al final- y no tenga que mover un músculo, ni un ruego, ni una hora de espera o de pausa porque puede que sea -ya que dice que eso lo tenemos - del tipo de mujer que le gusta caer sola.

MORIR DE AMOR

Por “Limón Ceutí”
Para Fran que dio asilo a mis escritos

“Lo único que me preocupa de morir es que no sea de amor” -le oí decir a mi padre al envejecer. Y fue justamente por entonces, recién terminados mis estudios, que tuve conocimiento de una leyenda ubicada en una aldea próxima a Mosul, en el Kurdistán, sobre una mujer, madre de una sola hija, quien le devolvió el favor de haber nacido dándole ocho nietos. Al último en venir -que se demoró 12 años del parto anterior, se le puso por nombre Gabriel, que significa “esposo divino”, en tanto que fue este el Ángel de la Anunciación y la Concepción. La abuela decía que Gabriel no era de este mundo, sino un enviado del más allá. Y así fue que se le fue tan pronto, como los elegidos, florecido recién.

En el Kurdistán iraquí es compulsivo incinerar los cadáveres y aventar sus cenizas en lugar de libre elección. Pero la abuela logró rescatar las de su nieto a tiempo, las disolvió en vino y se las bebió, enterrándose viva acto seguido. No encontró urna funeraria más adecuada para depositar lo poco que quedó de su Dios.
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En el reino animal supe después de la existencia del calamón, o porfirio, ave de la familia de los rapaces susceptible de domesticar y habitar entre los humanos y al que se tenía por celador y celoso del débito conyugal; de modo que, acogido en lugar ocupado por mujer que sale ventanera y no lo guarda, lo denuncia quitándose la vida. Se le conoce como el pet suicida.

Vivíamos entonces en Kirkuk -fronteriza con Irán y, puerta con puerta, habitaba una familia ucraniana que tenía un calamón. Empezó a mostrar éste signos de alteración de la conducta, descartándose de inmediato cualquier referencia a la santa esposa -mujer de vida monacal y todo un antídoto de la lujuria. Las sospechas recayeron en el vástago, por la más tierna edad que andaba, que escribía torcido y apuntaba hacia sendas que llevan al despeño y precipicio. Una mañana de domingo, cuando la madre entró a despertar al niño, encontró al pájaro -que dormía con él, inerte, cosido al pecho a picotazos y sin una gota de sangre en su interior. A lo visto no halló manera mejor de poner sobre aviso del peligro que corría el hijo de su señor.
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La historia de Nashibia es la de un amor de estrellas cruzadas, judía ella, palestino aquel por el que deliraba. Ocupaba el chico con su familia una tienda en Uasef -un acentamiento de refugiados árabes en el Líbano. Se veían al anochecer y a escondidas, sin ocultar el muchacho su condición, en tanto portaba siempre la jaifa en bandolera en sus encuentros con ella.

En un bombardeo judío de represalia, el acentamiento palestino quedó reducido a pavesas, sin que Nashibia pudiera siquiera guardar como reliquia rastro alguno de su enamorado.

Pasaron los días, los años. Y una mañana, temprano, cuando todo parecía haber quedado en olvido, la chica se encaminó, como de costumbre hacia el mercado de Benalua, tras haberse demorado más de lo común en el ajuste de su corpiño.
Se dirigió al lugar que sabía frecuentado por soldados israelíes en licencia y dónde se vendía droga. Y sin dar motivo ni preámbulo de especie alguna, rompió a llorar. Su porte candoroso movió la curiosidad de los militares judíos, que se acercaron a indagar. Y en el momento se vio rodeada por ellos, introdujo su única mano libre en el pecho y arrancó de un tirón la horqulla de la granada que portaba encorsetada, volando en pedazos junto a ella el corro íntegro de soldados.

Aún con el paso del tiempo -que dicen que arregla las cosas y trae las rosas, Nashibia no fue capaz de olvidar a su enamorado.

lunes, 10 de noviembre de 2008

Mi libido, mi llanto desordenado y propio


La entropía de todas mis historias es eso, su envejecimiento o una medida de desorden. Del cuarto al salón o al sillón de leer, de los nervios a la calma como una especie de admitida decisión a una forma de ser que ya traía puesta. Y me vienen ahora de golpe historias, a la memoria, al pasado que no quiero, cuando dejaba que se hiciera más de noche para salir de casa buscando siempre la posibilidad del milagro nocturno, de ése, en el que no creo ahora en absoluto.

Salía con ropa fácil de entender -venga, os cuento- y si ahora tengo un taller de escritura, un escritorio desvergonzado y público, entonces tuve un rincón de lectura donde acudieron escritores con escritura ya estampada, cuyos libros estaban sobre mis mesas de ofrecimiento al público. Pero luego, cuando había conseguido al fin que la madrugada fuera más madrugada, aquellas figuras del teatro, disfrazadas de personajes imposibles esperaban el amanecer, terminando allí la ginebra y el whisky bien ganado; me robaban cuatro libros mientras yo le rozaba a la primera ama de la compañía su postura más provocativa y la última mirada de sus ojos de diario, la borrachera y las sobriedades que debíamos tener ambos.

Yo que soy un hombre tan amante del orden, que recojo cada noche de una mesa de estancias prolongadas, los periódicos viejos, dos ceniceros llenos de colillas, los restos de una cena que cada uno se prepara lo mejor para que pueda ser cena, allí queda sólo mi regalo en condición de colmenero, ya que los libros que leo y que anoto, que subrayo, que destrozo un poco, me los llevo puestos a la cama para poder leerlos hasta el tiempo que quiera, hasta lo que me deje lo que luego será el mejor despertar que tenga un sueño. ¿No lo habéis probado? Pregúntale a tu libro dónde te habías quedado, al levantarte, qué le pasaba a ese personaje, que hablaba poco, que esperaba junto a ella hacia dónde más se puede huir.

Se me van acabando todos los imperativos de orden, ahora ya me viene el envejecimiento del desorden. Nada menos, -casi lo escribo en cursiva, con soltura y sin especial cuidado- me voy acostumbrando a esa entropía en forma de caída porque el ser humano se acostumbra a todo y nosotros a él y no nos damos cuenta de su deterioro, de sus acumulaciones menos queridas.

A todo me estoy acostumbrando, a todo me voy a acostumbrar pero voy a conservar un pedazo propio inmaterial pero muy apreciado, poder deciros aquí lo que yo quiero: acordarme de un abrazo tierno, volver cada mañana a ver si tengo suerte con los libros y entrelazar las manos con quién tiene que dármelos; si es verdad que la vida acaba siendo algo, aunque sea lo mismo dentro de lo mismo.

A lo mejor es cierto eso que le leía hace días a Millás, en frase de un espía de John Le Carré: “nosotros no vivimos la realidad, pero la visitamos”. Pues en esa visita donde la voy limpiando de recuerdos voy a seguir explicando mi reclamación y mi queja permanente: necesito el receptáculo que es cada mujer -porque para mí todas lo son- detrás de cada escrito, de cada contestación. Me voy a detener aquí mucho más de lo que pensáis, os pienso contar una historia cuando responda cada vez, desordenado pero con la belleza propia que me otorga el lenguaje inexpresable y expresivo al mismo tiempo.

Pretendo contagiaros de palabras, ya que los besos los tenemos aparcados -no malgastarlos con cualquiera, -guardarme un poco de ellos-. Mi poso, mi descanso, mi inmortalidad va a estar aquí porque todas las enfermedades que pueda tener mi ánimo -ya se lo leí un día a Paniker- son todo enfermedades del lenguaje.

Mi libido es este sitio, mi máximo deseo, mi llanto desordenado y propio del que nunca supo nadie. Aquí, mi librería abierta toda la noche, donde gozar con los versos de los otros ya que yo no pude ser poeta. Mi camino y mi estancia hasta donde la vida me lleve. Ese llanto que he dicho, porque llorar bien cuesta, como todo.

miércoles, 5 de noviembre de 2008

De acá para allá


Ando estos días leyendo unos excelentes cuentos de Juan José Millás donde a veces une un aparente despropósito con una honda filosofía. Y de uno de ellos me quedé con esta expresión, yo diría que aplicable para el día a día -por lo menos mi día- muy de lleno: “Mi madre pasó por varias etapas, como Picasso, sólo que ella, en vez de pintar, iba de acá para allá.”

Me pasa que no sé hacia dónde voy ya, no pinto tampoco, ni hago nada que valga demasiado la pena y el rumbo por factores internos y externos es de un lado a otro. Poco me vale la nostalgia del pasado, estoy como en un tránsito de autodefensa para que no se me queden demasiado pronto ya muchas cosas o momentos sin defensa.

Me valen pocas filosofías. Ya Hegel decía que la filosofía llega siempre tarde; posturas tomo las mismas; los anhelos se apagan, evoco cada vez con más insistencia estímulos que no me llegan o no son suficientes. Quisiera una eternidad que no se midiera, una evidencia de ética propia y una belleza al pasar frente a cualquier cosa: los ojos de una mujer, las palabras con parsimonia propia como una vivienda con las claves de la estética zoom permanente.

Mientras, sin embargo, de acá para allá, sin pintar nada. Lo compenso, os lo cuento, intentando hacer mucho: que si un rato escribiendo, leyendo como un vicio siempre compensado y recordando las veces que he escrito en estas mismas páginas sentimientos que jamás dije tan rotundamente. Me ha pasado porque he escrito por alguien y para alguien. Hace días escuchaba su voz de nuevo y al colgar el teléfono fue tal mi conmoción que una persona junto a mí me dijo, ¿le ocurre algo? Solamente, le contesté que he hablado con una mujer que cubrió plenamente todos los motivos que me iba inventando adrede para ella.

Me falta ese punto de anclaje, esa seguridad que se le puede llamar locura. Se me acaban los motivos de estar, hasta de desgranar palabras que poco importan ya a nadie. Quizá tenga de nuevo que convertir este escritorio público en una atrocidad a destiempo pegada al pecho y decirlo luego -como hice tantas veces- como una forma de auto absolverme.

Necesito sentir tener cerca lo que tuve tan cerca, faltó solo un pulso, una imaginación cuidada y cultivada. Necesito volver a decir lo único que supe decir: que aunque ella tenía treinta años menos y yo treinta años más, por la autoridad con que trato cualquier cosa, la amé y la he amado lentamente, con la lentitud que siempre tuve para eso. Sin saber casi de ella -eso es lo que me causaba el asombro- pero llegando hasta el fondo de sus pupilas quietas donde debe tener la vida que nunca quiso explicarme.

Por eso ahora, voy de aquí para allá, dejo el tiempo, más o menos quieto, mantengo los caprichos del asombro del prolongarse la vida, pero no me siento capaz de poder mantener y prolongar las ilusiones para siempre. Estas pausas desorientadas merman facultades, voy siendo cada vez menos, sintiéndome como en un final perezoso queriéndolo disfrazar en algo natural, que debe ser así y empeñarse en ser natural es una especie de derrota escondida e íntima.

No me hagáis ya mucho caso, ni tan siquiera a lo que diga. Os contaré: hoy he utilizado un hermoso recurso, un libro magnífico y querido que me regalaron con la excusa de “regalarle miel al colmenero”, que reposa aparte de todos los miles que cubren las pareces y las mesas de trabajo de mi casa, le he dicho a la persona que me hizo tal obsequio: cuando yo no esté llévatelo enseguida, di que es tuyo porque con él me regalaste una parte de mi vida.

Eso es ir más o menos de acá para allá, decir lo que digo.

LOS DIOSES PROTECTORES SE NOS VAN

Por "Mirlo blanco"
No había cumplido un año que su madre lo trajo, en vuelo directo Teherán-Madrid, vía Frankfort y aquí ha malvivido los trece con que cuenta. El padre quedó atrás, no guardan de él ni sus señas. La globalización nos quita la tierra de debajo de los pies, nos deja en orfandad permanente y nos hace perder, como la flor del loto, el cariño de la patria.

Pero yo veo al vástago como ido, camina errático, no acaba de encontrar definición. En Irán la prole no lleva otro apellido que el del padre. Pero bien puede decirse que le conoce sólo de oídos, se le fue sin dejar rastro, como la anguila se disuelve en el limo y desparece. De él sólo le queda el color verde olivo de su piel, su mirada tenebrosa.

Aquí se integran mal que bien, la tierra extraña quema, pero van tirando a rastras con su desarraigo y desvalimiento. Les llaman los niños del llavín, del cuello cuelga la llave de casa, no la fuera a perder, que al volver no habrá nadie que le abra. Se encuentra sólo con un perrito lanudo, verlo agitarse sin pausa, las carantoñas que se hacen, parece que hacen más llevadera la lastimosa soledad a la que está hoy condenado el hijo único.

Los dioses protectores se nos van, les veo que se alejan, oigo su música en la distancia. Y se llevan consigo un pedazo de tu ser.

La madrugada de Madrid es fría en invierno, el Colegio está distante, aprieta el paso por ver de compensar, sin saber a ciencia cierta si la opresión que sufre en el pecho proviene del medio ambiente o del vacío que siente en el lado izquierdo, donde dicen los manuales que se aloja el corazón.

sábado, 1 de noviembre de 2008

Le he contestado, elige tú el sitio, yo prefiero en la boca.


Tenía que solucionar la resistencia de los recientes recuerdos para que ya no fueran recuerdos. Elegí primero esa especie de hogar que no se encuentra en el espacio sino en las personas, en la manera de estar dentro. Me compré en mi librería, desde mi estante de reserva propia, “Los objetos nos llaman” de Juan José Millás. Dice que son relatos como “cerillas viejas que iluminan habitaciones antiguas”, como un café inolvidable, ya os diré.

Lo que me urge contaros fue mi encuentro con ella, ya ni me acuerdo ni de su ropa sobre ropa porque nunca pierdo la intención de desnudarla, pero sí me queda el último contacto, no sé si al devolverme el cambio porque pienso que no había cambio. Nos dimos ambos el mismo pago: la mano sobre el mostrador, los dedos traviesamente entrecruzados, ambos pusimos codicia y buenos modales, media cuarta de mano en la otra media, hubo como una especie de fervor en la caricia mientras nos mirábamos.

Enamórate más de mí, le dije, porque yo ya cumplí la parte propia, pongo cada vez al verte toda la parsimonia, me he aprendido tu cintura suave y tu pecho vibrante. Te toca a ti convertir cada roce en un ineludible proyecto de quererme, ofréceme tu pelo recogido como una invitación en la nuca incitando tus labios abiertos y tus ojos cerrados.

De eso hablamos, descarados y tiernos, me pareció que duró mucho tiempo la mano sobre su mano, fue todo un comportamiento, exquisito, lleno de cultura y entre las palabras algún atisbo de las del sexo. Qué comedia en la tienda, sin nadie cerca, notándonos mejor, comunicándonos como una terrible coincidencia: yo comprando un libro, perturbado esta vez más por la mujer que por el libro.

Tendré además que contaros cómo terminé la mañana: ella ejerce su profesión en una clínica lujosa. Mis visitas son largas, ambos las prolongamos adrede. Existe la comunicación de treinta años entre medio, eso crea un perfil que hace del hombre para la mujer como una aparición recién llegada, plena de historia, súbita, profunda, milagrosa. Treinta años no son nada para ella si sabes ponerle tu piel cerca, tus mejores maneras educadas y tiernas hasta hacerla vulnerable, cargada de talento y de desidia.

Terminamos cada vez, cada encuentro con unos besos de despedida junto a la puerta. Ayer no podía ser, había gente fuera y me dijo, nos besamos aquí, a lo que yo le contesté equivocando la intención, elige tú el sitio, yo prefiero en la boca.

La abracé de tal manera que tuvo que preguntarme, ¿te quedan fuerzas para hacerlo de nuevo? Claro que sí, le respondí, esta vez será más fácil. Juntamos el abrazo y el beso, casi sin utilizar las manos, sin pizca de oposición. La abracé y la besé con esos besos adherentes en que uno espera que precisamente se adhiera la ternura. Le enseñé cómo se deben abrazar y besar los desconocidos: que la boca del hombre parezca tener siempre pendiente algo que llevarse a su boca, el cielo del paladar de ella, los pezones claros, transparentes, con urgencia, como una garantía de placer no pactado.

Le dejé mi confianza, mi amistad, la saliva todavía joven y permanente de mis labios, la manera de terminar un beso para que vuelva a repetirse; la profundidad de mi boca, hasta imaginarme siempre hablándole, como una vida en caída libre que ella supo detener preguntándome ¿dónde nos besamos de nuevo?, aturdida de ganas, sin saber bien el sitio y la boca entre abierta.

Ya he cumplido mi pacto: las razones son esas, del beso, tener que preguntar el sitio y la boca mejor dispuesta. Y lo que sea el abrazo,-antes o luego, porque a la vez tiene demasiado fuego- que nada se oponga, que lo sostenga la lujuria y el deseo.

jueves, 30 de octubre de 2008

Aguardo en el lugar de siempre

Y mis palabras lo saben y lo dicen en una permanente captura de los mejores instantes. Noto más el tiempo en que salen menos en mi defensa, dejan que pase, que siga siendo el que soy, y sin embargo yo me acuerdo de pausas bien recientes en que me sentía mucho más querido. Ese es hoy mi grito, mi manifestación por los sitios que recorro cada vez cuando se juntan conmigo seres que hace poco -mucho más niñas todavía- tropezaban en muchas más ocasiones con ese tenue roce que produce el cariño.

Que no me cuenten que eso ya pasó porque la vida siempre será hoy y lo que me falta hoy, me falta y basta. Los besos ya son muy desiguales, los momentos de verse nunca sirven de excusa para cualquier tropiezo y hace tan solo cuatro días era bien distinto: yo me sentía una especie de viejo guay para dos niñas preciosas, de las que sólo ya conservo fotos antiguas.

Sigo estando en el lugar de siempre, con las mismas palabras, los mismos errores pero parece que ya la decepción esté esperándome o por lo menos la falta de ilusiones. La vida se construye a partir de los detalles: un rato de lectura que saboreo como nadie, un verdadero café italiano antes y una forma de vencer el tiempo que le he quitado al sueño. Porque nadie me manda levantarme tan temprano, me obliga la necesidad de soñar con los besos que ya no habrá ahora, la insistencia de venir a este cuarto, con libros, con enseres informáticos, con maneras de depender de las cosas que no he hecho cuando nadie me obliga a tener que hacerlas.

Me voy a quedar pues, sin pedir nada a cambio, con la hermosura de los instantes que aquí encuentro, con la soledad total que provoca esos momentos, una manera de llamarme o de llamar a los demás y que nadie me conteste. Me voy a quedar únicamente con los ojos húmedos de letras, mi única andadura, mi mejor manera de ir solucionando todos los problemas. Aquí son solo mías las palabras concretas y nuevas, no necesitan a nadie, ni tan siquiera los recuerdos que me traen -al verlas cada vez- al recordar esos dulces encuentros que prefiero mejor no explicarlos de nuevo.

Sé que abuso del tiempo limitado de la memoria, de hablar de cosas que me entristecen, pero precisamente es por eso, porque se me limita y se me repite tanto la memoria y en la calidad del tiempo me entretengo en contarlo como una forma de estímulo propia. Estos días pasados al no saber compartirlos un poco, me he encerrado en el hoy de este escritorio. Terminábamos de comer, recurría al descanso que trae luego de un excelente cigarrillo negro y de nuevo mi café que compartía antes con quién lleva mis genes, y que era un placer hacérselo yo adrede. Le elegía un “arpeggio” -lo que llaman los italianos un café de media tarde-, le decía, ya lo tienes mientras ella demoraba el tomarlo paseando por el largo pasillo de casa hablando y hablando sin descansar de su trabajo.

-Lo tienes frio, ¿te hago otro?
-No, déjalo. Está bien.

No sé ni cómo terminaban la tarde en una ciudad -de sobra de ella, ausente ya hace más de 20 años. En mi pequeño estudio donde tienen su mejor rincón los sentimientos, pensaba en mi complicidad, repasaba las palabras elementales que no me había dicho nadie -cómo estás, eso tan vulgar- y soñaba, sobre todo soñaba que es mejor para mí en lugar de contar cosas de casa, ilusionarme una vez más en contaros cómo se puede querer a una mujer.

Ayer me entretuve pensando en cómo deben ser los abrazos: la perfecta manera de no pasar de largo, el obcecado intento que tenemos de negar la soledad
.
Prometo contarlo.

viernes, 24 de octubre de 2008

La tarde cae desde el momento que empieza


Lo leía hace días en un relato de Soledad Puértolas como si fuera una tristeza que me invento cada día. No me gusta la tarde, siempre lo dije, porque luego viene la noche y ahí me siento más perdido, me defiendo peor, sospecho a lo largo de la misma que existe la tristeza, siento con urgencia la necesidad de que me tengan más en cuenta. Mientras, yo utilizaré la permanente defensa de las palabras que me vienen, imprescindibles, irrenunciables, definitivamente propias aunque luego sea capaz de ofrecerlas.

Me marca la tarde como me marca la vida, a lo mejor por aquello que a las mujeres les gustan los hombres marcados por la vida, que no sean ellos los que impongan criterio, ya lo traigan puesto. Quizá por eso siempre es igual mi sistema: agarrar no sabes qué, abrir una ventana que no tenía abierta, poner con alguien lo que también pone, incluso la incertidumbre de los primeros momentos, descubrir incluso sentimientos ciegos de no sabía cómo eran ó cómo compartirlos. Es lo que hago, desde el primer momento, para lo que venga luego.

Todo esto me ocurre muchas tardes perezosas, con novela en la mano, que es la mejor forma que tengo de sentarme en esos atardeceres lentos amparado en una extraña liturgia de recuerdos de cosas que me ocurrieron: entre humedades y presencias, devorarse el cuerpo el uno al otro; la hermosura del instante; o los dos quietos repartiendo a medias una especie de dicha que no basta para toda la vida pero que hace glorioso ese momento. Eso conviene tenerlo siempre presente.

Sí, es curioso. Me he esperado muchas veces a que llegara al fin la tarde que me traía el miedo y una forma de cautivar y cautivarme que no era posible encontrar en cualquier otro momento. Son hasta incompresibles las veces que he sentido, por la tarde, el único instante de callarme, dándome así tiempo. Luego vinieron las promesas: escribirse otra vez lo que acabábamos de decirnos. En eso reconozco que siempre fui fiel a mis promesas.

Cuando escribo, cuando ando libre de desazones internas, cuando necesito que estén conmigo mucho más rato, mucho más despacio, no me quedo ni un pedazo, entrego la ternura completa. Recuento las horas enteras de mi vida con esa cultura de todos los libros que he leído y los voy contando un poco, dejando en boca ajena la memoria de los besos entregados pero aplazados todavía para poder devolverlos con un rito deífico.

Soy capaz cada tarde que cae, cuando comienza, hacer que tengan las palabras un sabor labial siempre, en todas las frases, en las dos últimas letras. La escritura tiene esa ventaja: te quedas como abierto, siento cerca las más inesperadas e intolerables metáforas, que casi asfixian al leerlas. Con ellas es como si me dijeran: “házmelo ahora”, con esa literatura que llevas siempre puesta que la conviertes enseguida en magia propia.

Pues eso es más o menos -como confesándolo a tumba abierta- lo que me pasa, cada vez que empieza cualquier tarde.

LANCES DE LA VIDA AIRADA

Por “Haz de leña”

Cogí el tren en Morón de la Frontera, grandes líneas ahora les llaman, largo recorrido entonces, Sevilla la estación de origen y la de destino La Línea de la Concepción. Vagones con pasillo junto al ventanal y compartimentos estancos con puerta corrediza acristalada.
Me acomodé en uno que iba medio vacío, una monja de edad incierta, un anciano más muerto que vivo y el “hippy” -como antes les llamaban, desaliñado, chupao y sin afeitar; se colaba el sol a listones por la persiana tupida de la ventanilla.

Pensé equivocadamente que la monja y el hippy viajaban juntos o, al menos, se conocían. No es que les prestara atención, que a mí me la pulen los demás -estaba leyendo “Chacal” por más señas, pero oí que se hablaban. Subió de pronto el tono de la voz, parece que la monja le espetó algo, le increpó a cuenta de no sé qué, esa obsesión de la gente de hábito talar por enmendarnos la plana, iluminados que se creen siempre por la paloma. Y fue entonces que el muchacho, que ocupaba el asiento encarado a ella, se levantó airado y le cruzó la cara de un sonoro bofetón.

Pareció detenerse el reloj, nadie chistó; el anciano, medio muerto que iba, yo, soy músico y me acuesto a las ocho. El chico pasó frente a mí, de salida y le oí murmurar algo así como “ya me puedo morir tranquilo”. Debió haber sido alumno de ellas y se la tendría jurada -vé tú a saber, caja que guardó alcanfor quédale el olor. La Sor, humillada y a despecho, sacó el rosario y se puso a desgranarlo. De su breviario se deslizó una estampita, que recogí gentilmente del suelo y se la di, sin recibir ni las gracias, fue instantáneo pero me quedó grabada la imagen de un mártir, atravesado su cuerpo por una enorme estaca de madera, con la consiguiente explosión sanguinolenta. Esta gente es muy dada a estas cosas; con lo que la Hermanita convertía la humillación en goce -de un viaje dos mandados.

El tren aminoraba entonces para detenerse en “La moraleja”.

sábado, 18 de octubre de 2008

Lo que traigo entre manos


Más o menos lo que vengo escribiendo aquí con manos lentas y a veces involuntarias, no sé pues si bien hecho o sin deber hacerlo. Pretendo preferentemente que sea un cántico al esfuerzo que no tenga significado de sacrificio, sino manera de dar a entender, al contarlo, que sólo existimos dentro de nosotros mismos, lo que permanece siempre inmóvil de lo que nos resulta tan difícil escaparnos.

Seguro que no me voy a morir de pena aunque a veces recurra al viejo traje caduco de la soledad y a su mundo de belleza interno, no lo dudemos. A pesar de su dosis de miedo a veces -precisa y fundamental- que podríamos llamar simplemente respeto propio y ajeno.

Entre manos pero como buscando siempre el tacto ajeno, desde ellas, desde donde pueden visitarse todos los sueños, el lenguaje de los territorios ajenos escondidos. Existe una magia allí donde la palabra se detiene y se agosta, sólo queda la corriente que pasa de una piel a la otra. Y en ese tacto, la insistencia para poder así notar la ternura que puede tener en la espalda la forma de un abrazo.

Pero vine a decir que entre manos y entre escritos ando buscando esa especie de paraíso que contando con nuestros dolores, con nuestro tedio, nuestras decepciones, lo tenemos aquí tan cerca que está en este mundo. Mientras, haciendo uso de él, uno no puede morirse de pena cuando tanta gente, cada vez, cada momento, anda muriéndose así mucho antes de hacerse vieja. Ni tiempo tuvo apenas.

Llevará razón Paul Auster cuando dice, muy seguro de él, que no hay necesidad de palabras, no hacen falta apenas cuando sabes lo que te traes entre manos. Uno puede ir así venciendo el mal oscuro de vivir sin tener que dar cuentas a nadie. Ya tenemos un arma poderosa: nuestra propia resistencia, su camino que le dieron trazado y que ya dará cuenta de él, a quienes queden detrás o a quienes están presentes. Resisto como puedo, eso vengo contando, pero sin pena, sin dejar restos que no sean propios, tan inevitables, que no puedo cambiarlos porque desde siempre los llevo entre las manos.

Pongo fuerza y pasión hasta en lo que me resulta extraño, soy capaz de ir entendiendo aquello que no entra entre las normas del más conocido y próspero entendimiento. Me acerco hablo y escucho, nada menos, como si fuera un proyecto adivino y cierto; recibo y admito la entropía que nos pasamos los unos a los otros; me queda como una especie de embriaguez sentimental pero duradera.

Hago posible todo aquello que me emociona, que llega hasta mí con la novedad de un requerimiento con una edad psicológica privada que no inventaron los romanos, se trata de una óptica personal, un paisaje de deseos permanentes con rigor de tiempo y circunstancia.

Y ya estoy de nuevo, más o menos escribiéndolo: tener entre mis manos todos los placeres que nos unen a los demás de una manera o de otra porque en casi todos esos momentos necesitamos estar vinculados a alguien, de cualquier forma, pero que no se nos escape de las manos con la constancia que tienen los días de venir uno detrás de otro.

Antares desterrada



Colaboración de Ruben


La vi en un trozo de calle saliendo de una esquina rota. De dónde pudo llegar, ni le alcanzaba a su propia memoria, ajada por las grietas apáticas que petrificaron en el alma tras la añoranza. Y, en su mirada venusina, pérdidas de un lejano cúmulo de estrellas, embebida en el flagelo efímero, un aura de pavesas de oro con olor a bencina amarga, amaneciendo de unos ojos abismales, una dulzura arcaica y serena. Y, refulgiendo en la umbría azabache de su cabellera, minúsculos incendios, destellos inaprensibles de luciérnagas, consumiéndose en lacias estelas de humos de orientales aromas y formas vagas.

Absorta en una destreza fantasmagórica, hilvanaba en el vacío apasionados malabares, con dos barras descamadas de oxidado hierro, en cuyas puntas ardían borlas de vivo fuego, silbar en el vacío, restos mortales de suspiros ahogados, últimos retazos de un sol extinto. Se figuraba la conflagración una prolongación de su propio cuerpo, salvajes movimientos, sudor exhausto y cobrizo, su piel palpitante vibrar al contacto con la iridiscencia de un astillado fuego, que dejaba un llanto de regueros de oro líquido, resplandeciendo en un silencioso siseo.

En la finalización del espectáculo apoyaba una rodilla en tierra, erguido su semblante, extendiendo sus brazos de alabastro, unía los dos extremos de los hierros hasta sentir el beso del fuego morder sus labios y, de un profuso soplido, una deflagración incandescente se elevaba deshaciéndose en el vacío bajo una llovizna breve, rubricada por la reverencia inaprensible de su cuerpo. Luego un repiqueteo de anónimas monedas ahogarse en las entrañas nebulosas de un sombrero de copa, roído por la lluvia de candentes cenizas cual olvidadas lágrimas. Y ella con religiosidad pagana, recogía su sombrero, las monedas y santiguándose en silencio iniciaba camino infinito en compañía del viento.

Se santiguaba por cualquier cosa; al pasar por todas y cada una de las librerías ansiándolas de soslayo, por el contacto huérfano de una anónima brisa, por el aroma prohibido que dejan escapar las puertas de las pastelerías y por el semblante carcomido de la luna. Se santiguaba y besaba las monedas que tenía cuando entraba a un mercado buscando que le alcanzara para la comida. Por la voz de la lluvia y el rocío de plata asperjado en la hierba que olvida la mañana. Por las historias de amor que sobreviven al rumor de las olas y por las alas rotas de las gaviotas despeñadas. Se santiguaba cuando agarraba una fruta, hacía malabares con ella y luego se la comía y luego plantaba las semillas, si semillas tuviera. Se santiguaba por las nubes trajeran o no agua. Y sí, se santiguaba por todo lo que estuviera rodeado de insignificancia. Pero no era la señal de la cruz la que la redimía, sino el besar sus propias manos, el contacto cálido, confidente de sus dedos rozar sus labios, beso en el que iba implícito todo el amor a los puntos sagrados que previamente había tocado; su entrecejo, morada del tercer ojo, la raíz retorcida de su ombligo, la gravidez febril de sus pechos y finalmente, el eco que dejaban los latidos lacónicos de su corazón. Todo rubricado con la humedad de un beso, ese era el verdadero sentido de su ritual. Rendir culto al barro por el cual el alma buscó forjar su destierro transitorio en su cuerpo.






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domingo, 12 de octubre de 2008

Este sitio donde he dejado la vida


Con una belleza acentuada y cansada, la que tienen mis libros, la que yo he puesto en ellos. Hace días de una manera que parecía inagotable, una mujer, junto a ellos les iba quitando el polvo de la vida, mientras persiste, sin embargo, la alta ebriedad perenne de los símbolos que tienen cada uno. Además, puede que contengan, que esté, lo que nunca he sido y lo que quise ser, o en verso del poeta Colinas “o acaso del que fui, o del qué aún seré.” Todo puede ser.

Es curioso y hermoso hacerlo cada año. Te das cuenta de los que prestaste y aún no te los han devuelto, ni te devolverán jamás, de aquellos que se llevaron quienes aprendieron junto a nosotros esa manía de leer, de estar muchos ratos dos personas leyendo sin más autoridad que la enseñanza y el placer que estaban ofreciendo.

Es mi título, es lo más cierto, me he dejado la vida en ellos y me la han dado a cambio, porque me fueron entregando cada vez instantes y momentos, las horas del ensueño adrede para no poder dormir. ¿Qué pasará luego? Antes de pensarlo tan siquiera, me detuve en páginas gloriosas, en primeras ediciones, en colecciones completas de algún editor romántico que se arruinó con los libros, de autores, que llegaban traducidos, ignorados hasta entonces en el país donde vivía.

He dejado mezclados estos días, la añoranza, el recuerdo de su primera compra, casi en forma de caricia, de anhelo leve de mí propio ser. Le he dado la razón definitivamente a Melania Mazzucco en “Un día perfecto”: “la literatura es lo único que permite soportar esa perversa locura que es la vida”. Fue mi embriagador perfume como si estuviera oliendo permanentemente a una mujer, que huele casi siempre a incienso y a manzana y a deseo.

Siempre se me escapa el símil: al igual que una mujer, los libros me llamaban con urgencia -podría a veces ser la misma cosa, las hojas sueltas de la existencia entera. Y era urgente porque lo mismo que en el amor, cuando se demora ya suele ser otra cosa.

Me dieron el idioma, la forma de acercarme a la gente, la fortaleza que me ha negado el cuerpo tantas veces, me contagiaron como de un humo áspero y unos versos de oro que siempre llevan los poetas puestos. Fueron mi continuidad de estar aquí hablando ahora de ellos, de haber estado quitándoles el polvo que tenían porque siempre tienen su turno y su antigüedad: o no haberlos leído, o estar ya demasiado tiempo en su sitio.

No tiene que volver lo que nunca se ha ido porque es parte de nuestra recóndita riqueza. La mía tiene forma de gratitud y de silencio, es una manera de testimoniar que estamos juntos como cuando a una mujer le he pedido -al igual que ese volumen en la estantería, que me conservara el amor de siempre, que no tuviera impaciencia porque eso siempre quedaba lejos y yo en cambio me notaba muy cerca, como lo hago junto a cada estantería.

No sé quién las vaciará un día, no tendrán tiempo de hacerlo, ni sitio para ponerlos. Ni lo pienso, les hemos ido quitando el polvo que tenían de hace un año más o menos. Al tenerlos así limpios, al haberlos pasado por las manos nuevamente, me he vuelto a enamorar de cada uno de ellos. Su olor ya viejo me ha parecido como a una mujer que le gusta que la enamoren y no sabía cómo decírselo.

No sé qué harán con ellos, da lo mismo, han sido ese sitio donde he ido dejando la vida, esa razón suficiente para seguir vivo.

miércoles, 8 de octubre de 2008

Escribí en una tarjeta que me cuidaran, sólo eso


No fui amante con manual de asceta, ni estudié antes posturas recomendadas, tengo el inconveniente de entregarle a quién se acerca a mi vida con el eterno ropaje válido de las palabras, de nuevo la palabra y una forma impetuosa de acercarme. Me muero de placer cada vez que me hablan de placer, tengo la piel tan cálida que busco que la noten los demás como una alteridad que a ambos nos protege.

Me enredo muchas veces con mujeres evocadas, con cualquier momento que estuve con ellas, con aquello que una serie de tardes nos fuimos escribiendo hasta hacer el guión de una novela que no quise firmar. Mejor que lo hiciera ella. Para mí, palabra contra palabra ha de ser siempre dulce, como boca contra boca, un estímulo nuevo cada vez, un imperio para construir sin que exista manera de destruirlo nunca.

Es curioso, os lo cuento: cuando he estado con alguien, cuando he tenido al menos ese tierno roce del ángulo que tienen las pieles; cuando hemos conversado, nos hemos mirado tan directo a los ojos para hacer de ellos mirada, me he aprendido esos ojos y si han sido tan bellos me han temblado cada vez las manos hasta para coger un objeto luego. Si se me ha caído al suelo -cosa que me ocurre con frecuencia, eran aquellos ojos, su insistencia, su magisterio. Porque estoy completamente seguro que los ojos de una mujer son una manual que siempre debes tener a mano, son ese diccionario de uso, son comienzo y término del camino, de la vida que hemos emprendido.

Me estrello con alegría en cada precipicio y me agrada contarlo. Siempre vuelo muy alto por eso es necesario que jamás me digan que hago daño. Llamo y pronuncio para poder existir como si la voz, traducida a palabras, adjuntara las sílabas, enhebrara los silencios huecos y sonoros que acaban siendo verbo.

No quiero incertidumbres de nadie. Cada instante que quiero -que estoy queriendo a alguien, llego hasta al fondo, sé que luego no se puede volver a la superficie, ni lo intento. Me siento como ansioso de cometer un largo y ansioso pecado, que no puede ser nunca pecado al igual que siempre son dueños de su belleza los pezones realzados de una mujer.

He pecado -si es que lo fue, y seguiré pecando, quizá con una costumbre: hacer gestos que gusten para buscar yo los que me hacen falta urgentemente. Tiempo y calma de poder hacerlo mejor aunque se viva muy poco y la vida transcurra a toda prisa. No quiero quedarme corto porque en cuestiones de amor siempre alguien anda que no llega y el otro va ya de largo.

Puedo hacerlo mejor, escribir más prieto, quedarme más noches sin sueño y sin reposo porque siempre he pensado que la noche es para amar y pensar cómo debes hacerlo. Hace días lo escribí más o menos en una tarjeta -siempre mezclando mis metáforas y mis realidades, para que me cuidaran, sólo eso. Puse un ejemplo -a ver qué os parece: las plantas que llenan toda una amplia terraza. Cuídame más que a ellas le dije, aunque sean tan bellas. Ellas pueden vivir con la luz, el sol y el agua -yo creo que ni hay que abonar la tierra. A mí en cambio me hace falta siempre el retorno, la insistencia, no haberlo terminado lo que estábamos haciendo. Me atreví hasta a decir, donde empieza tu cuidado y tu tacto, yo me estoy terminando.

Esa es mi manera de ser, la heredada y cada día cultivada. Voy a seguir insistiendo, recordando aquellos ojos perfectos, el punto de su huella que jamás la esconderé, mis instantes de admiración, los silencios que me sorprendía y que me exigía. Así estoy dispuesto a contemplar y a disponer igual que la desnudez de la piel, la de las palabras. A lo mejor son extrañas pero siempre propias y ciertas.

Os digo en dos líneas un sueño que tengo pendiente: perderme minuciosamente en las callejuelas de la ciudad que siempre tiene el cuerpo, para soñarlo, para contarlo luego. Queda pendiente que hablemos, pues, del cuerpo.

DOBLE FONDO


Por Salvador
Sentado a la mesa de despacho de mi padre y en su lugar, registro sus papeles tres días después de muerto.

En el cuerpo de armariada y cajones de la izquierda, si llegas con la mano al paño con que el mueble cierra por detrás, descubres un orificio circular por donde, al meter el dedo y tirar hacia ti, cede la chapa, apareciendo un espacio vacío a modo de doble fondo o caja fuerte, donde guardar los papeles más comprometidos.

En lugar de documentos o títulos valores, me tropiezo con mi carta de niño desde Ronda -donde hice el servicio militar, con una foto olvidada, un sobre raído rotulado por él “Recuerdos de mi pobre padre”, con recortes de la vida del abuelo, cuatro cosas que, al fin y al cabo han venido a ser tu vida, naderías que te sacaron las lágrimas un día.

Mi carta rezaba así:
“Montejaque, 3 de Agosto de 1956.
Querido papá:

Siento deciros que no me esperéis en la semana de permiso de jura. Se sorteó la permanencia de 13 cadetes para la limpieza del Campamento durante la licencia, y de más de 3000 que somos, me tocó a mí. Mala suetrte.
Mala, o buena, ve tú a saber, que no hay mal que por bien no venga. Me quedo sin ver a Lucy. Pero, de los 3 días de permiso, consumía 2 en ir y volver. Ya sabes que los viajes no son mi fuerte por el oído. Y más de 24 horas de autobús de seguro que me hubiera mareado de mala manera. Por otro lado, que habitemos 13 del Campamento, donde hemos estado 3000 amontonados, tiene también su atractivo, ver en soledad la transparencia de la Serranía al ponerse el sol, oír el toque de silencio en la tienda donde dormíamos 20, sinotra compañía que tus propias pemnas. Hay veces que no cambiaríamos por nada el bien de estar solos.
El mes y medio que queda se pasará en un vuelo y me veo ya en la estación con vosotros peleándonos. Recibe un abrazo de tu hijo.
Salvador
El chiquito no sabía que la soledad no existe sino cuando estás en mala compañía.


lunes, 6 de octubre de 2008

Con el pelo eróticamente suelto o recogido


Así me imagino a una mujer tantas veces, cada amanecer de momento incomprensible, cada rato malo en que ya no sé qué deciros, pero necesito deciros lo que sé. Así me la imagino, pero mientras, me quedo antes con mi edad que me pesa, con las ganas siempre de leer, pase lo que pase -es lo único que no se me va de la conciencia, -erótica también las misma veces, que va haciendo escuela diferente en mi lenguaje. Aunque me quede -según me dicen, en la primaria, como la axila permanente de una mujer -que hace mucho tiempo que no se la veo a hurtadillas cada tarde, pero que aprovecha un santoral a los que no les debe quedar santos para decirme nunca te he soltado, nunca te soltaré.

Eso quiero como hombre, a pesar que hubo un punto final que ha resultado algo continuo, profundamente erógeno por su insistencia como dos rodillas descubiertas -sutileza en su atractivo, estilizado y fino, que me decía que lo importante no es ser el primero, sino quedarse el último, el último con punto y seguido. A la vez la duda, la benévola duda que provoque la mujer porque hay un erotismo insalvable en la necesaria infidelidad que debe de tener. Nunca engaña, -salvo que inevitablemente lo consientas, es un rumor para tener más ganas e imaginártela somnolienta y desnuda como la mejor manera de dormir.

Eso vengo pensando porque me vienen los pensamientos cuando siempre voy a tener edad para tenerlos, y sin embargo la insistencia, el deseo de una mujer entera que en cada momento se me enrede entre el verbo para hablarle del vacío que me fabrico adrede. Tampoco cambio a posta, se me borra intencionalmente el pasado por brillante que fuera para ser también infiel y promiscuo; sigo estando en vigilia permanente sobre todo en los ratos peores donde pienso que ya casi no queda hombre.

Me han ido destruyendo los momentos que la naturaleza tiene, una capacidad para enfrentarme, un coraje, una raza culta y despiadada que me dieron los libros hasta revolcarme con ellos por el suelo. Nunca quise el éxito, me importó la dedicación, la pasión, la manera de emprender las cosas, de llamar a una mujer y quedarme con ella. Recuerdo aquella voz, sensual hasta una atrocidad inusual que me decía tiernamente, qué bien haces queriéndome pero nunca me vas a tener. Había una dominación y una hermosa sumisión luego, una forma de placer anotada en la escuela de la mujer, adorando ese omnímodo e imaginario post coito, siendo el hombre como un animal que siente así la absoluta liberación ante el amor que da la sumisión.

Lo escribí muchas veces en una página con nombre de literatura en la sobrecubierta y cuando me lo aceptaron sentí cumplir así esa dedicación, esa pasión que siempre procuro poner a la búsqueda del mejor momento que venga luego, que me traiga alguien de verdad, poderosamente, sin miedo para poder imaginarme ese pelo eróticamente recogido o tal vez suelto para con ellos hacer un rito, un rito inventado y escalofriante para estar con una mujer, o sin estar con ella encontrar el destino geométrico que tenemos cualquier hombre.

Necesito urgentemente un beso adherente a la ternura de cada pausa en la escritura, adquirir así el hábito que he perdido de gobernar las viejas dificultades que tiene la vida. Siento ya insultantes en las manos las oscuras manchas que tiene la vejez, pero a cambio pido y ofrezco compartir ese instante de sensación verdadera que estoy siempre pidiéndole a la vida.

Estos días miraba con temor y cuidado una vieja cicatriz de hace veinte años. Se parecía un poco a la que un día se inventó Umbral: “el carmín de una mujer doliéndome toda la noche como una cicatriz.” Pues de momento he decidido salir de mirar la cicatriz ya que me gusta escribir como quién sale de una frase. Ni me importa parecer viejo porque al fin y al cabo Borges reescribía lo viejo. El otro día le leía a alguien que ya dijo de él “que sólo se ama lo que no se posee totalmente”.

Pues me quedaré con lo que tenga aunque sea el recuerdo de un pelo eróticamente mal recogido o un santoral que me trajo nunca te he soltado y nunca te soltaré. Yo tampoco.

miércoles, 1 de octubre de 2008

Qué gran misterio son las mujeres


Pongo siempre un beso desmesurado en cada ocasión y una intensidad concentrada para saber cómo son, en una especie de ansiedad contemporánea, y lograr así que en sus caderas jamás se ponga el sol. Porque no se puede poner, ni ocultar, se queda. Y cuando beso sus ojos y sus labios, siento cada vez que estoy besando toda una historia en lugar de a una mujer.

Empiezo cada relato intenso y breve pero al final nunca fui capaz de entender lo más hermoso que tienen de mujer. Ese beso desproporcionado para el espontáneo instante, me abre paso para aprender todo lo que me puede enseñar cada mujer. Y para ello sobre todo hace falta tiempo y calma y así poder administrar la costumbre de tenerlas siempre cerca. Te enseñan casi todo, te educan de nuevo como cuando estás sin ellas, te explican lo que es regresar a la vida, a su mundo, a la circunstancia.

Sigo, sin embargo, sin entenderlo, porque me parece una caricia que empecé antes, lenta cual un tacto que nunca estoy terminando y detrás de cada vez, luego de cada instante se pasa siempre a los momentos que tiene el cuerpo de un hombre y una mujer, dos dispositivos infalibles: el de la inercia y el del erotismo.

Nunca quise que esa mentalidad permaneciera quieta, sino consistiera en una manera de asombrarse ante cada mujer, un raro fenómeno húmedo y tranquilo delante del hombre. Conoces de verdad a una mujer cuando se siente amada. Ellas, como consecuencia viven luego del recuerdo, el hombre no, el hombre es puro instante y por eso se queda, una y otra vez sin saber bien lo qué es un mujer, dónde tiene el encanto, en qué consiste su misterio.

Me he fijado con detenimiento: hay una ley de tacto con ellas, de adoración, de respeto a la tenacidad, que no solemos tener los hombres. Ellas tienen en cambio una pose memorable, única, cada vez, cada momento; una madurez que nos cuesta cien veces más a nosotros tenerla cuando la tienen ya ellas, antes incluso de que en su mirada sobre la belleza gratuita, aunque sea a trechos. Se encienden y suenan, se encienden y huelen como si tuvieran siempre el pubis encendido.

Pienso que he explicado ya bastante lo que siento y estoy como al principio. Habría que quedarse hablando, aprendiendo porque tantas veces son adorables y proféticas. Se me acusa de mi elogio a pesar de tener el verbo triste, pero insisto, me aprenderé el gran documento de ir conociendo a una mujer y preguntarle entre sus redes, cuál es ese misterio, porque yo no puedo tenerlo, porque los hombres, callamos y perdemos. Las soñamos tantas veces desnudas desde el principio para que den sus dimensiones exactas, no ya del cuerpo, sino de esa habilidad que les proporciona su misterio. A nosotros la pasión nos entorpece, dificulta la concreción de nuestros anhelos, ellas la llevan siempre dentro, la tienen si la buscas sin tener que preguntar por ella.

No sé porque me ha salido todo este poema largo, sin maneras de poeta ni destino caso de que tuviera versos. Me quedo con la alternativa que tienen más cerebro porque tienen misterio. En mi caso no me queda más que una demanda larga, una forma de mirarlas que yo sé que les llega. Mientras, entre los verbos persiste esa constante incertidumbre que produce el porqué tiembla el alma cuando el codo roza por casualidad el brazo de una mujer que todavía es una completa desconocida.

Ya lo sé: por su misterio.

lunes, 22 de septiembre de 2008

Escuchar cinco veces el cuerpo de la amada

He podido saber hace unos días cómo es el amor según La Ley de Jamsa. La ha explicado muy bien Ruy Sánchez, cómo escuchar cinco veces el cuerpo de la amada, ese cinco de los manuales árabes, “cinco caricias prolongadas, todo cinco veces, hasta cinco círculos concéntricos alrededor de cinco besos púbicos. Todo cinco veces repetido antes de pensar siquiera en entrar en ella.” Luego ya viene la aventura, la reclamación necesaria de la mujer invocada por las puertas secretas del sexo.

Me viene a cuento esta legislación árabe del amor para pensar en cómo debe uno sentirse, saber acercarse y sobre todo mantenerse. Para ello me considero capaz de inventarme una mujer y sé hacerlo a partir de sus vocales, de lo sobrada que ande de ellas, por cómo se mueve, cómo te llama, por cual es su tendencia, hasta como diría la fantasía del casi poeta, “su pubis a partir de sus silencios” para amarse luego y hacer un poema con los cuerpos que son quienes tienen la autoridad y el prestigio.

Mi deseo ha sido siempre hacer cálidos los textos, los estampo así porque he leído no la forma para hacerlo ya que jamás hubo manual de instrucciones, sino porque he leído directamente cientos de veces de quienes así los hicieron. Insistentemente salen del arbusto frondoso de los sentimientos. De eso anduve sobrado, pero habrá que añadirle la cultura que aporta la cultura, así de repetitivo e insistente. Por eso hallo una mujer en las vocales, es su manera de oler perfume sin estar ella perfumada. Contarlo me permite una dicha inmediata para huir de lo más común entre la gente: que el cerebro se detenga en la desdicha, sin vocales, sin mujer, ni perfume que valga.

Junto con ese lenguaje, depurado sin querer que lo sea, nunca estuve lejos al ponerme a escribir cuatro caracteres de saber que es posible pensar con el sexo y que eso, siempre, siempre, es un privilegio, jamás una osadía, ni una palabra más subida. Al escribirlas tienen todas el mismo tamaño: la intención de quién escribe, la sanidad de su instinto. Es en suma, la sensualidad más verdadera, la que se parece al pubis en silencio, son simplemente eyaculaciones del temperamento. A veces basta para cultivar ese lenguaje, sin más, el pecho breve como la fruta más sencilla, sin indagaciones, pero su brillantez y su misterio hay que contarlo como cualquier caricia lenta en la palma de la mano.

Y ese lenguaje me lo facilita muchas veces, casi todas las veces, saber de una mujer dónde empieza su piel y qué forma tiene. Porque las palabras son color de piel. No solemos verla suficientemente los hombres cuando nos llega el deseo, y en la piel siempre hay como un aviso, una forma de ponerse, un intento de callarse, la verdad en suma de ese deseo. No saber reconocer la piel es muchas veces un reto insalvable para la mayoría de los hombres.

Reconocida la piel, no habrá mejor búsqueda en ese periodo de conocimiento entre las pausas para escuchar cinco veces el cuerpo de la amada que indagar donde llega con su gesto y su sonrisa ayurvédica. En este caso son los indios quienes buscan el equilibrio de los cinco elementos del cuerpo: el aire, el fuego, la tierra, el agua y el éter. Permitirme la precisión de María Moliner al definirla, nunca me basta una sonrisa cualquiera. Notar al menos el aire, el fuego y la tierra se me hace indispensable para esa múltiple escucha que estoy contando.

Concretaré más todavía: donde más grave se escucha el corazón es en la caja de resonancias de una vagina, ya no hacen falta caricias prolongadas ni besos púbicos. Ahí está la intensidad del instante que acaba siendo lo único que vale. Parece que lo que sentimos no lo hemos sentido nunca, ni atrevimiento ni osadía, es cercanía.

Y hasta todo se parece a ese libro erótico de siempre que tengo, que es la vida, la de mi cuerpo que sólo se lee tocándolo, quizá lo mismo que todos. Cinco llamadas, como la Ley de Jamsa y cada vez que escribo es una forma de desnudarme aunque sepa esconderme luego en unas cuantas amigas que siempre son para mí las palabras. Porque mis escritura es como un intento de tacto, una explicación de mi paso por la vida.

Ya que Ruy Sánchez hizo que me aprendiera ese proverbio árabe, tendré que terminar con él como si tuviera a una mujer delante y guiado de nuevo por el deje más antiguo que tengo, por mi acento indudable: “Escribo sabiendo que hacerlo es una metáfora de amarte.”

He de hacer los deberes de buscarle no sólo intento y confesión, sino destino, a todos mis escritos.

miércoles, 17 de septiembre de 2008

El silencio de intimidad adulta


Hay una manera de convivencia, difícil pero hermosa, un camino de tiempo donde dos seres guardan su silencio, ése que han aprendido al hacerse adultos. Casi es una muestra de asombro para los demás pero no hay revolución más profunda que las cosas cotidianas, que los gestos que a veces tienen más valor que cuarenta segundos de un abrazo.

Lo practico cada día, la convivencia callada, cómoda. Puedo estar al lado de una mujer y tener sólo olfato para ella, ya inventadas las palabras que le dije muchas veces. Me las oiría de nuevo con agrado, pero me callo, le regalo el silencio, ni tan siquiera lo cotidiano que he escrito, le busco la mano para nada especial, quizá igual que en estas líneas como una metáfora insolente.

Tengo muchos motivos de conversación: contarle cómo fue y cómo es mi talento para el dolor; casi como una conversación practicar el ruido de los besos y la risa luego; darnos cuenta de la constancia que tenemos viniendo un día luego de otro. Y nosotros contándonoslos algún rato, pero otros muchos callándolos. En suma nos comprendemos y la comprensión no exige respuesta, ahí está si la tienes y la tiene el otro.

Haría lo mismo con la mujer de paso. Yo aporto siempre mi literatura, no ésa que sólo sirve como literatura, sino la del “vicio impune” según Larbaud. Los libros que leo me dan una calma de biblioteca pública. Tengo un toque personal de acercamiento, pero luego viene el entendimiento y el silencio. Hasta en los momentos en que el erotismo es un sueño como una cremallera en la espalda tan fácil de bajar, con soñar que me sueña y la sueño.

Todo esto con las justas palabras ni de más ni de menos, es difícil y hermoso, deja huella, te sientes cómodo, no hay cosas que no debiste mencionar, fueron las necesarias porque así practicas la intimidad adulta, y dentro del silencio y de esa convivencia, después vengo aquí y lo cuento con la insolencia de sentirme poeta.
Junto a una mujer a la luz, con el foco de ese silencio se le ilumina el escote y el pasado. Pero ambos hemos decidido hace tiempo con un pacto sagrado ignorar ya el pasado porque tenemos hoy y futuro hasta donde llegue, porque hay seres nuevos, anécdotas tan recientes que casi no tienen calendario y entre quienes los hemos creado con el hoy se distinguen limpiamente los adverbios del olvido.

Del pasado me olvido, pues, adrede, y el hoy que me fabrico tiene una belleza que muchas veces al haberlo creado ni hay que contarlo, más bien tenerlo en silencio. Con ese silencio se aguantan muchas veces las grandes y difíciles respuestas porque el silencio es lo que se siente cuando aún no te has atrevido con las palabras. Me quiero, pues hacer más adulto, sabiendo guardar esas pausas como un tempo de minueto lento, una manera. Hay que callar porque en el silencio tuvimos el origen, el lugar del que procedemos, la salida de dentro de una mujer y luego viene lo que hacemos, cómo somos, lo que no debimos decir.

Hay un verbo silencioso y quieto, áspero, en las despedidas, pero otro muy hermoso en la permanencia prolongada, entendida y quieta. Sobre todo, adulta sin hacerse vieja, una especie de vacilación antes de hablar que muchas veces nos hace callar hermosamente.

NIÑOS HASTA 18 AÑOS MEDIO BILLETE

Por "perrero de las iglesias"

He sido siempre muy infantil, fuerza es reconocer que, en cualquier etapa de mi vida, anduve con retraso, hasta los 40 niños grandes. Por eso no me extrañó en lo más mínimo leer el cartel de los “niños de 18 años” en la estación de autobuses de Tánger. Lo encontré normal. Porque a los 18 años en la estación de autobuses de Tánger.

No creo haber llegado a la pubertad antes de los 13; y los sábanas húmedas se alargaron más de lo corriente. Aún me veo en el cuarto de baño escudriñando en mi cuerpo los arcanos de la biología; y al ceñir espada igual, preguntando con uniforme militar en el puerto de Algeciras si era chicle los paquetitos que vendían -en vez de preservativos, si las mesuras de polvo blanco que arrojaba el cocinero en las perolas del cuartel eran sal, en vez de “bromuro, idiota para que no os folléis unos a otros”.


Así que aquel Otoño, no habría cumplido aún los 13 que, una noche, la abuela, acabado que hubo de cenar y sentada en su mecedor de siempre de espaldas a la televisión, me colocó de pie entre sus piernas, me miró a los ojos y cogiéndome las manos, me dijo:
-como regalo de cumpleaños, este año la abuela te llevará a la otra orilla.
-¿A la otra orilla?
-Si; para que veas lo que hay detrás de la muerte.
Yo cumplía años al comienzo del invierno.


Pero la promesa no llegó a ramos de bendecir. Porque el 14 de diciembre, el día en que yo nací, 13 años antes, la abuela ya estaba muerta. La Naturaleza va por libre y se renueva a sí misma sin pedirnos parecer.


Fantasioso como era no me había disgustado en lo más mínimo la idea del regalito. De tiempo atrás y siendo todavía un niño, que me había planteado la pregunta, replanteada al morir el abuelo. Yo albergaba mis propias sospechas, claro está que muy lejos de coincidir con las tonterías de los frailes blancos, se la había formulado a mi amigo del alma:
-¿Tú qué crees que viene después de la muerte?
-Pues nada, que vuelves a nacer
-Lo mismo que yo


Pero distaba mucho aquello del acomodo y sosiego que conlleva la certeza. Y la abuela, a quién tuve siempre por medio bruja, podía haber aportado claridad. Por medio bruja, sí, con poderes extraños, exacerbada que llevaba siempre:
-No os peinéis antes de acostaros, hijas mías -les decía a mis hermanas, que desorienta a los navegantes, se lo leí a Gabo
Y al anochecer, cuando salían los animes del aljibe -esas minúsculas arañitas que viven en el agua estancada y nadan como si fueran ranas:
-Ya van a hacer de las suyas: a oxidar las cerraduras, cambiar el color de los ojos de los niños y hacer que tengas sueños enrevesados. Lo dice Gabo.
Cuando a mi madre se le caía algo al suelo y decía “parece que estén vivas”, invariablemente contestaba:
-Es que lo están


Para ella, lo que fuera que fuese que existiese albergaba un nivel de conciencia. Todo cuanto nos rodea es frágil y dura poco. ¿Por qué, pues, ser crueles?
Sí; mi abuela era medio bruja y me pregunto ahora cual será la diferencia con ser bruja entera. Así que cuando murió, me quedaba sin saber a ciencia cierta lo que te pasa cuando cierras los ojos para siempre.


Durante muchos años alimenté la esperanza de que se me apareciera en sueños, dejaba sobre la mesilla de noche un ramito de espliego -que vinculaba yo a su memoria. O incluso despierto, ¿por qué no?, cuando volvía del colegio, anochecido ya, al rancio caserón de la Plaza de América y, si no había nadie en casa y sin encender la luz, levantaba de inmediato la vista a donde muere la escalera -que era donde a ella le gustaba demorarse. Pero no vi nunca nada que no fueran los aspavientos de mi imaginación. Había que rendirse a la evidencia: mi abuela se había ido para siempre sin decir adiós ni al diablo.


Y así se me ha venido escurriendo la vida entre los dedos. Y sigo dando palos de ciego sin saber nada a carta cabal.


La otra noche, sentado en mi sillón de siempre de espaldas a la televisión y una vez acabada la cena, me cogí a mi nieto -que tiene 9, pero es púber, me lo puse de pie entre las piernas y agarrándole las manos, le miré a los ojos y le dije:
-Este año, el abuelo, como regalo de cumpleaños, te llevará a la otra orilla
-¿A qué otra orilla?
-A donde se ve lo que hay detrás de la muerte.


Pero queda mucho trecho aún hasta el 14 de junio en qué, a las puertas del verano, nació mi nieto, va a hacer ahora 10 años. Y me angustia la sospecha de que se cumpla el destino fatal y desparezca antes de que llegue el día -como le ocurrió a mi abuela.


Y me va venciendo el mismo adormecimiento de los gusanos de seda en tiempo de niebla, que es como morirse un poco para ir haciendo boca. Al fin y al cabo ya se verá cuando llegue el momento de partirse en dos y que miles de oropéndolas silvestres alcen el vuelo desde tu interior. Que los hay tentados de saber lo oculto de nuestros pechos y hasta lo que Dios guarda en el suyo. En esto creo y espero, ni del todo en calma, ni tampoco atosigado.


viernes, 12 de septiembre de 2008

Necesito un clásico de mujer

Que tan sólo sepa al acercarse a mí, los códigos de seducción, ni mi nombre, que del placer haya indagado lo mejor: el cansancio de después. En el antes yo pondré el pregón de mis palabras, luego nos iremos conociendo, olvidándonos más tarde para así poder volvernos a conocer con un tema bien escrito de pasiones. Más tarde, quizá hasta urgentemente, entre los dos habrá una segunda lectura, palabras más precisas, el lenguaje inolvidable de las manos que no mienten nunca, saben del tacto.

¿Y por qué me hace falta ese clasicismo? La entereza de mis sueños, se desmorona a veces, quedan restos de lo que fui capaz, pero voy a aumentarlos porque tengo un valioso don: mantengo las querencias intactas, si hicieron hueco, lo seguirán teniendo, siempre fui capaz de hacer sitio. Tengo la sociabilidad que da el intento reiterado del amor, clásico -como os decía- intacto cada vez que intento la magia de un escrito.

He venido esta tarde después de arruinar mi tarde ayer y tengo que recuperarla: ordenar mis cosas, tomar un té, leer en la cama; volver de nuevo a las tardes perezosas de media tarde con la novela de amor de nuevo entre las manos. No lo podréis entender pero quién vive bien la tarde encuentra una mujer distinta cada vez, el arte de las segundas oportunidades y la melancolía de saber aprovecharlas.

Mal camino emprendido. Yerro si pierdo el sentido del sentimiento que acabo de inventarme, si me tiembla casi todo a la vez, si callo ante la falta de respero ajeno. Necesito que este pequeño hueco tenga mi nombre sereno y bondadoso. Fran no responde, Fran se vuelve y busca eso el sabor que le produce lo que tantas veces he buscado y encontrado: el dominio enorme que me da el cariño. Que nadie abuse de él porque entonces, recojo los enseres y me vuelvo a la calle para encontrar enseguida la belleza clásica, cenicienta, acentuada y cansada, que tienen las mujeres maduras.

Pues ya que estaba en eso, allí me quedo como sentando a la belleza en mis rodillas para hablarle luego. No lo sabéis de lo que soy capaz de decirle a una mujer cuando la tengo inevitablemente más cerca. Procuro concentrar sensualidad y calidad, la poesía y la verdad de cada vida, me desgarro, me parto, soy el hombre más enamorado de la tierra y si me da por la metáfora, resulto intolerable.

A una mujer así, en ese sitio, le otorgo el clasicismo de lo clásico, gritos de desesperación para saber cómo son mis besos: son despacio, profundos; una mujer de esa manera piensa que no debe quedar más vida que la suya y la mía, arrojamos como un desperdicio hasta el tiempo porque así como estamos no hay nada parecido.

Tendré que preguntar pues quién quiere estar un rato así conmigo. Cada vez mi mayor atracción es mi propio sentido, compartido con una escucha tenue, con una compañía verdadera, con la enseñanza de un esfuerzo, un clasicismo bien aprendido.

sábado, 6 de septiembre de 2008

"La jodida costumbre de vivir"


En los cuentos de “La lámpara de Aladino”, Lucho Sepúlveda entre “botellas bien habladas” con sus amigos, nos la va explicando, como si me la fuera preguntando. Ya quisiera que no fuera un empeño, Lucho, que tuviera al fin tu ron y tu cazalla para “ordenar las pasiones”, que me fuera viniendo más despacio –entre cuento y cuento- algo que me la hiciera entender y me proporcionara gratuitamente la calma que ya no tengo. Tú lo explicas, que a partir de los cincuenta, dejamos en cuarentena los amores y “los amigos no mueren así no más; se nos mueren”.

A mí me pasa con los cincuenta ya cumplidos que quisiera saber cómo mudarme de piel, ni preguntar por los amigos, saber de una vez que el presente sólo tiene presente, ése que no sabemos vivir bien porque nos empastamos en los recuerdos o en el miedo al porvenir. Pero el presente tiene una segunda epifanía en la vejez. Ya dijeron los filósofos que el hombre es un ser de lejanías, hacemos proyectos desde el pasado o memoria de futuro. Tanto da, es lo mismo.

A mí lo que me pasa es que más que pesarme el tiempo, me pesa el sentimiento, mire por donde mire, y eso es por lo que sufrimos, por lo que caemos en la manía de lo mismo. Y me defiendo con los códigos de la seducción entre palabras, que hay quién los tiene y quién no. No me quedan como a Lucho en sus cuentos, botellas para bien hablarlas, quizá prefiera, como él dice, ese silencio que siempre tiene el vino, casi sin el vino.

Ya estamos en lo mismo: procurar quienes me leáis hacerlo más despacio y a ser posible sentiros alguien aludida. Necesito que las pocas palabras bien sencillas se vuelvan obscenas –la obscenidad es un detalle, una manera de estar cómodamente-. La desnudez debe ser un imprevisto, más que un intento; la caricia, quedarse un rato más hasta si hace falta mentir con ella; lo demás una disposición inaudita para el tacto, pedirle que no piense.

Pero del todo, del todo no es lo de siempre. Será cada vez lo que tenga y lo que me falte: ahora llevo varias noches sin dormir -sin la obligación de hacerlo pero con el nerviosismo de no poder hacerlo. Quiero poder volver a dormir como dormía de niño, libre, contento y sin pensar en el día siguiente, sin miedo, sin saber si lo hago de lado o boca abajo. Quiero otra vez el cansancio y la lujuria de la cama, sin respeto ni maneras.

Quiero escribir, ya que descaro no me falta, de lo que tengo más cerca: por qué mi hermano es más mi hermano ahora que lo ha sido jamás; por qué una mujer a mi lado sabe cualquier cosa cuando no puedo cerrar los ojos sin tener que preguntarlo; por qué la vida más propia, más exigente, puede ser una soledad con forma de estado de ánimo, urgente sin ser perfecta.

Y necesito sobre todo explicar más que el miedo a la muerte, el temor que se me acabe el tenerle miedo. Todo por “la jodida costumbre de vivir” que me ha contado Lucho Sepúlveda como hizo hace pocas noches en Asturias, “con sus amigos y amigas que le devolvieron la tierra bajo los pies”, y para que no me preocupara “quitándose los restos de tristeza con la manga”.

A mí aún me quedan, Lucho, a mí aún me quedan.

miércoles, 3 de septiembre de 2008

Llegar hasta la lujuria del suelo


No leo nunca los manuales de instrucciones y no sé qué hacer ahora. Me siento como embarazoso, a la búsqueda de instantes sueltos de felicidad, de esa que no se relata, según dicen algunos. Yo jamás supe contarla, mejor buscarla. Volver a escribir aquí, cada vez, cada sueño, me va resultando como en familia, ésa que hay que conocer por el camino, no basta que te la den, luego verás tú mismo cómo resulta. Sin ninguna indicación frente a cualquier mujer, descubierta, como pasa siempre que se mezcla la saliva de ambos, la de ella y la mía.

Precisiones ninguna, cobardías las que hagan falta porque hace mucho tiempo ya que vengo escondiendo las verdades en este rincón, propio y escrito para que lo lea casi nadie. En él seré lo cobarde que haga falta, pero lo rotundo, lo osado, no me contradigo. Quiero escribir como en estado de shok, ir buscando cada vez lo mejor a lo que puedo aspirar: el instante de un seno desnudo; el fastidio de no quitarse las ilusiones de encima;  el amor que te elimina la capacidad de hablar cuando ni siquiera puedes ni respirar; eludir la soledad en plena soledad para que pueda bastarme una felicidad unilateral.

Llevo arrastrando cobardemente –como un prodigioso personaje de novela mal leída, los excesos increíbles, la ropa arrancada, la súplica que tiene el placer, la saliva de los dos, el semen, los besos, casi todo, casi todo lo que quise tener y no tuve. Mi cobardía aquí va a consistir en amar demasiado, de cualquier manera para ver si luego en los momentos de calma, me entero de qué es eso de la calma.

Por lo tanto no habrá nada definitivo, no puede haberlo en un viejo que se empeña en decir que es viejo. Porque voy a darle la vuelta a todo. Empezaré –como me recomienda mi entrañable amigo “inalámbrico”,  poder llegar a cimas más altas, pero mi problema está en aspirar a tener tanto y no arreglarme con las cuatro cosas de siempre en el armario. Si lo tenía bien fácil: un libro siempre abierto, ese lápiz permanente para arrancarle los registros entre las páginas que tienen todos, todos los libros; su engranaje, la ternura que tengo al contarlos, cómo sé acariciarlos.

No me hacía falta nada más que ir leyéndolos, tener ese placer que cuesta, esa excitación lenta y segura de verlos amontonados. No necesitaba, no necesito más que convivir con las caricias y poder destinarlas luego. A mí me gusta el verbo, encontrar entonces quien ponga la boca amada; me urgen las miradas para ver a quién destinarlas, estrenar sus ganas de gozarlas para luego perturbarla. Perturbar a una mujer es mejor que seducirla, tiene una espera amplia, aplazar el placer hasta que ella quiera crea un amplio y heroico erotismo. Entonces, seguro, el placer ya no aumenta, aprieta, no cede, sirve la lujuria del suelo.

Y buscando más cosas cuando podía ser capaz sin manual de instrucciones de calcular el mundo, de saber dónde llegaba, de ignorar si se me terminaba me he dado cuenta que no hacía falta plan de ataque, bastaba mi lenguaje como un veneno para expulsar la tristeza. Quiero hacerlo para poder beber, morder, gozar, y hacer así que nada sea definitivo, tenga al menos la cobardía del intento.