
sábado, 1 de noviembre de 2008
Le he contestado, elige tú el sitio, yo prefiero en la boca.

jueves, 30 de octubre de 2008
Aguardo en el lugar de siempre
Y mis palabras lo saben y lo dicen en una permanente captura de los mejores instantes. Noto más el tiempo en que salen menos en mi defensa, dejan que pase, que siga siendo el que soy, y sin embargo yo me acuerdo de pausas bien recientes en que me sentía mucho más querido. Ese es hoy mi grito, mi manifestación por los sitios que recorro cada vez cuando se juntan conmigo seres que hace poco -mucho más niñas todavía- tropezaban en muchas más ocasiones con ese tenue roce que produce el cariño.Que no me cuenten que eso ya pasó porque la vida siempre será hoy y lo que me falta hoy, me falta y basta. Los besos ya son muy desiguales, los momentos de verse nunca sirven de excusa para cualquier tropiezo y hace tan solo cuatro días era bien distinto: yo me sentía una especie de viejo guay para dos niñas preciosas, de las que sólo ya conservo fotos antiguas.
-No, déjalo. Está bien.
viernes, 24 de octubre de 2008
La tarde cae desde el momento que empieza

LANCES DE LA VIDA AIRADA
Por “Haz de leña”Cogí el tren en Morón de la Frontera, grandes líneas ahora les llaman, largo recorrido entonces, Sevilla la estación de origen y la de destino La Línea de la Concepción. Vagones con pasillo junto al ventanal y compartimentos estancos con puerta corrediza acristalada.
sábado, 18 de octubre de 2008
Lo que traigo entre manos

Más o menos lo que vengo escribiendo aquí con manos lentas y a veces involuntarias, no sé pues si bien hecho o sin deber hacerlo. Pretendo preferentemente que sea un cántico al esfuerzo que no tenga significado de sacrificio, sino manera de dar a entender, al contarlo, que sólo existimos dentro de nosotros mismos, lo que permanece siempre inmóvil de lo que nos resulta tan difícil escaparnos.
Seguro que no me voy a morir de pena aunque a veces recurra al viejo traje caduco de la soledad y a su mundo de belleza interno, no lo dudemos. A pesar de su dosis de miedo a veces -precisa y fundamental- que podríamos llamar simplemente respeto propio y ajeno.
Entre manos pero como buscando siempre el tacto ajeno, desde ellas, desde donde pueden visitarse todos los sueños, el lenguaje de los territorios ajenos escondidos. Existe una magia allí donde la palabra se detiene y se agosta, sólo queda la corriente que pasa de una piel a la otra. Y en ese tacto, la insistencia para poder así notar la ternura que puede tener en la espalda la forma de un abrazo.
Pero vine a decir que entre manos y entre escritos ando buscando esa especie de paraíso que contando con nuestros dolores, con nuestro tedio, nuestras decepciones, lo tenemos aquí tan cerca que está en este mundo. Mientras, haciendo uso de él, uno no puede morirse de pena cuando tanta gente, cada vez, cada momento, anda muriéndose así mucho antes de hacerse vieja. Ni tiempo tuvo apenas.
Llevará razón Paul Auster cuando dice, muy seguro de él, que no hay necesidad de palabras, no hacen falta apenas cuando sabes lo que te traes entre manos. Uno puede ir así venciendo el mal oscuro de vivir sin tener que dar cuentas a nadie. Ya tenemos un arma poderosa: nuestra propia resistencia, su camino que le dieron trazado y que ya dará cuenta de él, a quienes queden detrás o a quienes están presentes. Resisto como puedo, eso vengo contando, pero sin pena, sin dejar restos que no sean propios, tan inevitables, que no puedo cambiarlos porque desde siempre los llevo entre las manos.
Pongo fuerza y pasión hasta en lo que me resulta extraño, soy capaz de ir entendiendo aquello que no entra entre las normas del más conocido y próspero entendimiento. Me acerco hablo y escucho, nada menos, como si fuera un proyecto adivino y cierto; recibo y admito la entropía que nos pasamos los unos a los otros; me queda como una especie de embriaguez sentimental pero duradera.
Hago posible todo aquello que me emociona, que llega hasta mí con la novedad de un requerimiento con una edad psicológica privada que no inventaron los romanos, se trata de una óptica personal, un paisaje de deseos permanentes con rigor de tiempo y circunstancia.
Y ya estoy de nuevo, más o menos escribiéndolo: tener entre mis manos todos los placeres que nos unen a los demás de una manera o de otra porque en casi todos esos momentos necesitamos estar vinculados a alguien, de cualquier forma, pero que no se nos escape de las manos con la constancia que tienen los días de venir uno detrás de otro.
Antares desterrada

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domingo, 12 de octubre de 2008
Este sitio donde he dejado la vida
Con una belleza acentuada y cansada, la que tienen mis libros, la que yo he puesto en ellos. Hace días de una manera que parecía inagotable, una mujer, junto a ellos les iba quitando el polvo de la vida, mientras persiste, sin embargo, la alta ebriedad perenne de los símbolos que tienen cada uno. Además, puede que contengan, que esté, lo que nunca he sido y lo que quise ser, o en verso del poeta Colinas “o acaso del que fui, o del qué aún seré.” Todo puede ser.
Es mi título, es lo más cierto, me he dejado la vida en ellos y me la han dado a cambio, porque me fueron entregando cada vez instantes y momentos, las horas del ensueño adrede para no poder dormir. ¿Qué pasará luego? Antes de pensarlo tan siquiera, me detuve en páginas gloriosas, en primeras ediciones, en colecciones completas de algún editor romántico que se arruinó con los libros, de autores, que llegaban traducidos, ignorados hasta entonces en el país donde vivía.
He dejado mezclados estos días, la añoranza, el recuerdo de su primera compra, casi en forma de caricia, de anhelo leve de mí propio ser. Le he dado la razón definitivamente a Melania Mazzucco en “Un día perfecto”: “la literatura es lo único que permite soportar esa perversa locura que es la vida”. Fue mi embriagador perfume como si estuviera oliendo permanentemente a una mujer, que huele casi siempre a incienso y a manzana y a deseo.
Siempre se me escapa el símil: al igual que una mujer, los libros me llamaban con urgencia -podría a veces ser la misma cosa, las hojas sueltas de la existencia entera. Y era urgente porque lo mismo que en el amor, cuando se demora ya suele ser otra cosa.
Me dieron el idioma, la forma de acercarme a la gente, la fortaleza que me ha negado el cuerpo tantas veces, me contagiaron como de un humo áspero y unos versos de oro que siempre llevan los poetas puestos. Fueron mi continuidad de estar aquí hablando ahora de ellos, de haber estado quitándoles el polvo que tenían porque siempre tienen su turno y su antigüedad: o no haberlos leído, o estar ya demasiado tiempo en su sitio.
No tiene que volver lo que nunca se ha ido porque es parte de nuestra recóndita riqueza. La mía tiene forma de gratitud y de silencio, es una manera de testimoniar que estamos juntos como cuando a una mujer le he pedido -al igual que ese volumen en la estantería, que me conservara el amor de siempre, que no tuviera impaciencia porque eso siempre quedaba lejos y yo en cambio me notaba muy cerca, como lo hago junto a cada estantería.
No sé quién las vaciará un día, no tendrán tiempo de hacerlo, ni sitio para ponerlos. Ni lo pienso, les hemos ido quitando el polvo que tenían de hace un año más o menos. Al tenerlos así limpios, al haberlos pasado por las manos nuevamente, me he vuelto a enamorar de cada uno de ellos. Su olor ya viejo me ha parecido como a una mujer que le gusta que la enamoren y no sabía cómo decírselo.
No sé qué harán con ellos, da lo mismo, han sido ese sitio donde he ido dejando la vida, esa razón suficiente para seguir vivo.
miércoles, 8 de octubre de 2008
Escribí en una tarjeta que me cuidaran, sólo eso

No quiero incertidumbres de nadie. Cada instante que quiero -que estoy queriendo a alguien, llego hasta al fondo, sé que luego no se puede volver a la superficie, ni lo intento. Me siento como ansioso de cometer un largo y ansioso pecado, que no puede ser nunca pecado al igual que siempre son dueños de su belleza los pezones realzados de una mujer.
Os digo en dos líneas un sueño que tengo pendiente: perderme minuciosamente en las callejuelas de la ciudad que siempre tiene el cuerpo, para soñarlo, para contarlo luego. Queda pendiente que hablemos, pues, del cuerpo.
DOBLE FONDO

En el cuerpo de armariada y cajones de la izquierda, si llegas con la mano al paño con que el mueble cierra por detrás, descubres un orificio circular por donde, al meter el dedo y tirar hacia ti, cede la chapa, apareciendo un espacio vacío a modo de doble fondo o caja fuerte, donde guardar los papeles más comprometidos.
En lugar de documentos o títulos valores, me tropiezo con mi carta de niño desde Ronda -donde hice el servicio militar, con una foto olvidada, un sobre raído rotulado por él “Recuerdos de mi pobre padre”, con recortes de la vida del abuelo, cuatro cosas que, al fin y al cabo han venido a ser tu vida, naderías que te sacaron las lágrimas un día.
Mi carta rezaba así:
“Montejaque, 3 de Agosto de 1956.
Querido papá:
Siento deciros que no me esperéis en la semana de permiso de jura. Se sorteó la permanencia de 13 cadetes para la limpieza del Campamento durante la licencia, y de más de 3000 que somos, me tocó a mí. Mala suetrte.
lunes, 6 de octubre de 2008
Con el pelo eróticamente suelto o recogido

miércoles, 1 de octubre de 2008
Qué gran misterio son las mujeres

Pongo siempre un beso desmesurado en cada ocasión y una intensidad concentrada para saber cómo son, en una especie de ansiedad contemporánea, y lograr así que en sus caderas jamás se ponga el sol. Porque no se puede poner, ni ocultar, se queda. Y cuando beso sus ojos y sus labios, siento cada vez que estoy besando toda una historia en lugar de a una mujer.
Empiezo cada relato intenso y breve pero al final nunca fui capaz de entender lo más hermoso que tienen de mujer. Ese beso desproporcionado para el espontáneo instante, me abre paso para aprender todo lo que me puede enseñar cada mujer. Y para ello sobre todo hace falta tiempo y calma y así poder administrar la costumbre de tenerlas siempre cerca. Te enseñan casi todo, te educan de nuevo como cuando estás sin ellas, te explican lo que es regresar a la vida, a su mundo, a la circunstancia.
Sigo, sin embargo, sin entenderlo, porque me parece una caricia que empecé antes, lenta cual un tacto que nunca estoy terminando y detrás de cada vez, luego de cada instante se pasa siempre a los momentos que tiene el cuerpo de un hombre y una mujer, dos dispositivos infalibles: el de la inercia y el del erotismo.
Nunca quise que esa mentalidad permaneciera quieta, sino consistiera en una manera de asombrarse ante cada mujer, un raro fenómeno húmedo y tranquilo delante del hombre. Conoces de verdad a una mujer cuando se siente amada. Ellas, como consecuencia viven luego del recuerdo, el hombre no, el hombre es puro instante y por eso se queda, una y otra vez sin saber bien lo qué es un mujer, dónde tiene el encanto, en qué consiste su misterio.
Me he fijado con detenimiento: hay una ley de tacto con ellas, de adoración, de respeto a la tenacidad, que no solemos tener los hombres. Ellas tienen en cambio una pose memorable, única, cada vez, cada momento; una madurez que nos cuesta cien veces más a nosotros tenerla cuando la tienen ya ellas, antes incluso de que en su mirada sobre la belleza gratuita, aunque sea a trechos. Se encienden y suenan, se encienden y huelen como si tuvieran siempre el pubis encendido.
Pienso que he explicado ya bastante lo que siento y estoy como al principio. Habría que quedarse hablando, aprendiendo porque tantas veces son adorables y proféticas. Se me acusa de mi elogio a pesar de tener el verbo triste, pero insisto, me aprenderé el gran documento de ir conociendo a una mujer y preguntarle entre sus redes, cuál es ese misterio, porque yo no puedo tenerlo, porque los hombres, callamos y perdemos. Las soñamos tantas veces desnudas desde el principio para que den sus dimensiones exactas, no ya del cuerpo, sino de esa habilidad que les proporciona su misterio. A nosotros la pasión nos entorpece, dificulta la concreción de nuestros anhelos, ellas la llevan siempre dentro, la tienen si la buscas sin tener que preguntar por ella.
No sé porque me ha salido todo este poema largo, sin maneras de poeta ni destino caso de que tuviera versos. Me quedo con la alternativa que tienen más cerebro porque tienen misterio. En mi caso no me queda más que una demanda larga, una forma de mirarlas que yo sé que les llega. Mientras, entre los verbos persiste esa constante incertidumbre que produce el porqué tiembla el alma cuando el codo roza por casualidad el brazo de una mujer que todavía es una completa desconocida.
Ya lo sé: por su misterio.
lunes, 22 de septiembre de 2008
Escuchar cinco veces el cuerpo de la amada
He podido saber hace unos días cómo es el amor según La Ley de Jamsa. La ha explicado muy bien Ruy Sánchez, cómo escuchar cinco veces el cuerpo de la amada, ese cinco de los manuales árabes, “cinco caricias prolongadas, todo cinco veces, hasta cinco círculos concéntricos alrededor de cinco besos púbicos. Todo cinco veces repetido antes de pensar siquiera en entrar en ella.” Luego ya viene la aventura, la reclamación necesaria de la mujer invocada por las puertas secretas del sexo.Me viene a cuento esta legislación árabe del amor para pensar en cómo debe uno sentirse, saber acercarse y sobre todo mantenerse. Para ello me considero capaz de inventarme una mujer y sé hacerlo a partir de sus vocales, de lo sobrada que ande de ellas, por cómo se mueve, cómo te llama, por cual es su tendencia, hasta como diría la fantasía del casi poeta, “su pubis a partir de sus silencios” para amarse luego y hacer un poema con los cuerpos que son quienes tienen la autoridad y el prestigio.
miércoles, 17 de septiembre de 2008
El silencio de intimidad adulta

Lo practico cada día, la convivencia callada, cómoda. Puedo estar al lado de una mujer y tener sólo olfato para ella, ya inventadas las palabras que le dije muchas veces. Me las oiría de nuevo con agrado, pero me callo, le regalo el silencio, ni tan siquiera lo cotidiano que he escrito, le busco la mano para nada especial, quizá igual que en estas líneas como una metáfora insolente.
Tengo muchos motivos de conversación: contarle cómo fue y cómo es mi talento para el dolor; casi como una conversación practicar el ruido de los besos y la risa luego; darnos cuenta de la constancia que tenemos viniendo un día luego de otro. Y nosotros contándonoslos algún rato, pero otros muchos callándolos. En suma nos comprendemos y la comprensión no exige respuesta, ahí está si la tienes y la tiene el otro.
Haría lo mismo con la mujer de paso. Yo aporto siempre mi literatura, no ésa que sólo sirve como literatura, sino la del “vicio impune” según Larbaud. Los libros que leo me dan una calma de biblioteca pública. Tengo un toque personal de acercamiento, pero luego viene el entendimiento y el silencio. Hasta en los momentos en que el erotismo es un sueño como una cremallera en la espalda tan fácil de bajar, con soñar que me sueña y la sueño.
Todo esto con las justas palabras ni de más ni de menos, es difícil y hermoso, deja huella, te sientes cómodo, no hay cosas que no debiste mencionar, fueron las necesarias porque así practicas la intimidad adulta, y dentro del silencio y de esa convivencia, después vengo aquí y lo cuento con la insolencia de sentirme poeta.
Junto a una mujer a la luz, con el foco de ese silencio se le ilumina el escote y el pasado. Pero ambos hemos decidido hace tiempo con un pacto sagrado ignorar ya el pasado porque tenemos hoy y futuro hasta donde llegue, porque hay seres nuevos, anécdotas tan recientes que casi no tienen calendario y entre quienes los hemos creado con el hoy se distinguen limpiamente los adverbios del olvido.
Del pasado me olvido, pues, adrede, y el hoy que me fabrico tiene una belleza que muchas veces al haberlo creado ni hay que contarlo, más bien tenerlo en silencio. Con ese silencio se aguantan muchas veces las grandes y difíciles respuestas porque el silencio es lo que se siente cuando aún no te has atrevido con las palabras. Me quiero, pues hacer más adulto, sabiendo guardar esas pausas como un tempo de minueto lento, una manera. Hay que callar porque en el silencio tuvimos el origen, el lugar del que procedemos, la salida de dentro de una mujer y luego viene lo que hacemos, cómo somos, lo que no debimos decir.
Hay un verbo silencioso y quieto, áspero, en las despedidas, pero otro muy hermoso en la permanencia prolongada, entendida y quieta. Sobre todo, adulta sin hacerse vieja, una especie de vacilación antes de hablar que muchas veces nos hace callar hermosamente.
NIÑOS HASTA 18 AÑOS MEDIO BILLETE
Por "perrero de las iglesias"
He sido siempre muy infantil, fuerza es reconocer que, en cualquier etapa de mi vida, anduve con retraso, hasta los 40 niños grandes. Por eso no me extrañó en lo más mínimo leer el cartel de los “niños de 18 años” en la estación de autobuses de Tánger. Lo encontré normal. Porque a los 18 años en la estación de autobuses de Tánger.
No creo haber llegado a la pubertad antes de los 13; y los sábanas húmedas se alargaron más de lo corriente. Aún me veo en el cuarto de baño escudriñando en mi cuerpo los arcanos de la biología; y al ceñir espada igual, preguntando con uniforme militar en el puerto de Algeciras si era chicle los paquetitos que vendían -en vez de preservativos, si las mesuras de polvo blanco que arrojaba el cocinero en las perolas del cuartel eran sal, en vez de “bromuro, idiota para que no os folléis unos a otros”.
Así que aquel Otoño, no habría cumplido aún los 13 que, una noche, la abuela, acabado que hubo de cenar y sentada en su mecedor de siempre de espaldas a la televisión, me colocó de pie entre sus piernas, me miró a los ojos y cogiéndome las manos, me dijo:
-como regalo de cumpleaños, este año la abuela te llevará a la otra orilla.
-¿A la otra orilla?
-Si; para que veas lo que hay detrás de la muerte.
Yo cumplía años al comienzo del invierno.
Pero la promesa no llegó a ramos de bendecir. Porque el 14 de diciembre, el día en que yo nací, 13 años antes, la abuela ya estaba muerta. La Naturaleza va por libre y se renueva a sí misma sin pedirnos parecer.
Fantasioso como era no me había disgustado en lo más mínimo la idea del regalito. De tiempo atrás y siendo todavía un niño, que me había planteado la pregunta, replanteada al morir el abuelo. Yo albergaba mis propias sospechas, claro está que muy lejos de coincidir con las tonterías de los frailes blancos, se la había formulado a mi amigo del alma:
-¿Tú qué crees que viene después de la muerte?
-Pues nada, que vuelves a nacer
-Lo mismo que yo
Pero distaba mucho aquello del acomodo y sosiego que conlleva la certeza. Y la abuela, a quién tuve siempre por medio bruja, podía haber aportado claridad. Por medio bruja, sí, con poderes extraños, exacerbada que llevaba siempre:
-No os peinéis antes de acostaros, hijas mías -les decía a mis hermanas, que desorienta a los navegantes, se lo leí a Gabo
Y al anochecer, cuando salían los animes del aljibe -esas minúsculas arañitas que viven en el agua estancada y nadan como si fueran ranas:
-Ya van a hacer de las suyas: a oxidar las cerraduras, cambiar el color de los ojos de los niños y hacer que tengas sueños enrevesados. Lo dice Gabo.
Cuando a mi madre se le caía algo al suelo y decía “parece que estén vivas”, invariablemente contestaba:
-Es que lo están
Para ella, lo que fuera que fuese que existiese albergaba un nivel de conciencia. Todo cuanto nos rodea es frágil y dura poco. ¿Por qué, pues, ser crueles?
Sí; mi abuela era medio bruja y me pregunto ahora cual será la diferencia con ser bruja entera. Así que cuando murió, me quedaba sin saber a ciencia cierta lo que te pasa cuando cierras los ojos para siempre.
Durante muchos años alimenté la esperanza de que se me apareciera en sueños, dejaba sobre la mesilla de noche un ramito de espliego -que vinculaba yo a su memoria. O incluso despierto, ¿por qué no?, cuando volvía del colegio, anochecido ya, al rancio caserón de la Plaza de América y, si no había nadie en casa y sin encender la luz, levantaba de inmediato la vista a donde muere la escalera -que era donde a ella le gustaba demorarse. Pero no vi nunca nada que no fueran los aspavientos de mi imaginación. Había que rendirse a la evidencia: mi abuela se había ido para siempre sin decir adiós ni al diablo.
Y así se me ha venido escurriendo la vida entre los dedos. Y sigo dando palos de ciego sin saber nada a carta cabal.
La otra noche, sentado en mi sillón de siempre de espaldas a la televisión y una vez acabada la cena, me cogí a mi nieto -que tiene 9, pero es púber, me lo puse de pie entre las piernas y agarrándole las manos, le miré a los ojos y le dije:
-Este año, el abuelo, como regalo de cumpleaños, te llevará a la otra orilla
-¿A qué otra orilla?
-A donde se ve lo que hay detrás de la muerte.
Pero queda mucho trecho aún hasta el 14 de junio en qué, a las puertas del verano, nació mi nieto, va a hacer ahora 10 años. Y me angustia la sospecha de que se cumpla el destino fatal y desparezca antes de que llegue el día -como le ocurrió a mi abuela.
Y me va venciendo el mismo adormecimiento de los gusanos de seda en tiempo de niebla, que es como morirse un poco para ir haciendo boca. Al fin y al cabo ya se verá cuando llegue el momento de partirse en dos y que miles de oropéndolas silvestres alcen el vuelo desde tu interior. Que los hay tentados de saber lo oculto de nuestros pechos y hasta lo que Dios guarda en el suyo. En esto creo y espero, ni del todo en calma, ni tampoco atosigado.
viernes, 12 de septiembre de 2008
Necesito un clásico de mujer
Que tan sólo sepa al acercarse a mí, los códigos de seducción, ni mi nombre, que del placer haya indagado lo mejor: el cansancio de después. En el antes yo pondré el pregón de mis palabras, luego nos iremos conociendo, olvidándonos más tarde para así poder volvernos a conocer con un tema bien escrito de pasiones. Más tarde, quizá hasta urgentemente, entre los dos habrá una segunda lectura, palabras más precisas, el lenguaje inolvidable de las manos que no mienten nunca, saben del tacto.¿Y por qué me hace falta ese clasicismo? La entereza de mis sueños, se desmorona a veces, quedan restos de lo que fui capaz, pero voy a aumentarlos porque tengo un valioso don: mantengo las querencias intactas, si hicieron hueco, lo seguirán teniendo, siempre fui capaz de hacer sitio. Tengo la sociabilidad que da el intento reiterado del amor, clásico -como os decía- intacto cada vez que intento la magia de un escrito.
sábado, 6 de septiembre de 2008
"La jodida costumbre de vivir"

miércoles, 3 de septiembre de 2008
Llegar hasta la lujuria del suelo
No leo nunca los manuales de instrucciones y no sé qué hacer ahora. Me siento como embarazoso, a la búsqueda de instantes sueltos de felicidad, de esa que no se relata, según dicen algunos. Yo jamás supe contarla, mejor buscarla. Volver a escribir aquí, cada vez, cada sueño, me va resultando como en familia, ésa que hay que conocer por el camino, no basta que te la den, luego verás tú mismo cómo resulta. Sin ninguna indicación frente a cualquier mujer, descubierta, como pasa siempre que se mezcla la saliva de ambos, la de ella y la mía.
Precisiones ninguna, cobardías las que hagan falta porque hace mucho tiempo ya que vengo escondiendo las verdades en este rincón, propio y escrito para que lo lea casi nadie. En él seré lo cobarde que haga falta, pero lo rotundo, lo osado, no me contradigo. Quiero escribir como en estado de shok, ir buscando cada vez lo mejor a lo que puedo aspirar: el instante de un seno desnudo; el fastidio de no quitarse las ilusiones de encima; el amor que te elimina la capacidad de hablar cuando ni siquiera puedes ni respirar; eludir la soledad en plena soledad para que pueda bastarme una felicidad unilateral.
Llevo arrastrando cobardemente –como un prodigioso personaje de novela mal leída, los excesos increíbles, la ropa arrancada, la súplica que tiene el placer, la saliva de los dos, el semen, los besos, casi todo, casi todo lo que quise tener y no tuve. Mi cobardía aquí va a consistir en amar demasiado, de cualquier manera para ver si luego en los momentos de calma, me entero de qué es eso de la calma.
Por lo tanto no habrá nada definitivo, no puede haberlo en un viejo que se empeña en decir que es viejo. Porque voy a darle la vuelta a todo. Empezaré –como me recomienda mi entrañable amigo “inalámbrico”, poder llegar a cimas más altas, pero mi problema está en aspirar a tener tanto y no arreglarme con las cuatro cosas de siempre en el armario. Si lo tenía bien fácil: un libro siempre abierto, ese lápiz permanente para arrancarle los registros entre las páginas que tienen todos, todos los libros; su engranaje, la ternura que tengo al contarlos, cómo sé acariciarlos.
No me hacía falta nada más que ir leyéndolos, tener ese placer que cuesta, esa excitación lenta y segura de verlos amontonados. No necesitaba, no necesito más que convivir con las caricias y poder destinarlas luego. A mí me gusta el verbo, encontrar entonces quien ponga la boca amada; me urgen las miradas para ver a quién destinarlas, estrenar sus ganas de gozarlas para luego perturbarla. Perturbar a una mujer es mejor que seducirla, tiene una espera amplia, aplazar el placer hasta que ella quiera crea un amplio y heroico erotismo. Entonces, seguro, el placer ya no aumenta, aprieta, no cede, sirve la lujuria del suelo.
Y buscando más cosas cuando podía ser capaz sin manual de instrucciones de calcular el mundo, de saber dónde llegaba, de ignorar si se me terminaba me he dado cuenta que no hacía falta plan de ataque, bastaba mi lenguaje como un veneno para expulsar la tristeza. Quiero hacerlo para poder beber, morder, gozar, y hacer así que nada sea definitivo, tenga al menos la cobardía del intento.
viernes, 29 de agosto de 2008
La barrera de los diez centímetros

Necesito cada vez que vuelvo a mi sitio, como una especie garantizada de buen éxito, hacer míos con quienes quieran compartirlos los diez centímetros de cercanía. No debe haber dogmas porque entre cuatro palabras que pienso seguir escribiendo puede estar –de hecho está, el orgasmo más largo de la vida de uno.
Me hace falta el consentimiento pleno, sin cambiar ni de ética ni de edad, pero lo suficiente para que esa exacta medida de diez centímetros entre la ropa usada y las ilusiones intactas, ese tope, me consientan que no sea tope. He demostrado en un fondo de cultura mutua –y a eso le puedo llamar hasta caricia, cómo soy capaz de llegar a ese tacto de diez centímetros de cercanía. Para mí, como una especie de dogma que no supieron enseñarnos, Dios existe porque ha creado una determinada mujer.
Ya voy ganando ese terreno, ya me siento cómodo dentro de él, nada más llegar a mi escritorio privado y único pero descaradamente público. Lo vengo pregonando mucho tiempo que en un hombre maduro caben sueltas por asignar muchas ramas de ternura. Quien la tuvo sabe que me abstendré de juzgar nada de nadie, soy sentencia absolutoria segura porque la necesito propia. Entre líneas se escapan cosas intimas mientras lo que ocultas es lo que más te define; acepto y pierdo, tanto da si ha habido momentos en que no existieron esos diez centímetros, todo era cercanía. Cuando pedí una caricia, gestionada entre los libros leídos, a mí me faltaban, a ella destinarlas; a mí me gustaba el verbo y a ella la boca amada y hablada; a ella estrenar las ganas y a mí el deseo de gozarlas.
Para todo ello sobran los diez centímetros, es dar rienda suelta –como vengo haciendo, como amenazo seguir haciendo, porque en el ser humano hay una disposición inaudita e inauditamente resuelta, a tocarse, acariciarse, abrazarse, a hablar. Hasta lo sacaré fuera de aquí para contarlo aquí, que cuando una bella y anónima mujer sostiene mi mirada en la calle, aún puedo acariciar la idea de que la vida es como un árbol con su entramado de posibilidades, de caminos que podía haber recorrido y voy a recorrer aunque se me haga tarde.
En qué enredo me he metido por dejar el mar ahí, casi a mi lado, pero me he quedado solo -los libros que no he leído me recriminan mi lamento, sólo con mis silencios deseados para llenarlos lo más posible; sólo a lo mejor con poco tiempo para sacarle partido a un abrazo; sólo cuando vuelvo a acordarme en el instante que le dije a alguien, tú no te puedes morir, que te he inventado yo. Y vuela como una mariposa.
Pues enredado estoy de nuevo con las palabras que me propician a lo mejor muchos caminos nuevos porque convencido estoy que vivimos una sociedad con una minusvalía emocional muy poderosa. Pero hacer lo contrario lleva mucho trabajo. Me quedo con el descaro del belga Beigbeder “¿Crees que me amarás algún día? Es largo –fue la respuesta, el amor es un trabajo.”
Un trabajo dispuesto a admitirlo pero para el que hace falta que no existan ni un centímetro que no sea capaz de suprimir la barrera de cercanía. El remedio: amar hasta la asfixia y contarlo luego. Y ya que empieza el invierno necesito como un apetito insaciable, estupefacto, nuevo. Así de transpuesto me he quedado frente a un montón de libros nuevos, las cosas que tendré que contaros, ver que no puedo envejecer en un mundo en que si sabes hacerlo, está prohibido envejecer.
Esta cita ya es repetida, como su autor, Beigbeder: “"Las mujeres son mi sacerdocio. Quiero conquistarlas como un continente.” Pero un continente en que una vez en él será atañer para su aval y su defensa. Un continente amplio, poderoso, tierno.
lunes, 25 de agosto de 2008
Eres lo único que tengo
Para "El Gavilán de Rumbau"Lo nuestro, de lo que hablamos cada vez, ya carece de respuestas, no pueden provenir de ninguno de los dos. Tú has tenido siempre –y sigues teniendo, el poderoso cerebro donde podían estar las claves de lectura de cualquiera. Eras perdedor como me siento yo, pero cuando querías, capaz de abarcar, doble y mitad. Ahora, cada mañana que nos vemos lo tenemos muy claro, hemos asimilado la vejez, se nos ha terminado nuestra dosis de cuerpos frescos y nuevos, hasta si quieres no tiene demasiado poder el poderío del presente.
Miro de nuevo a ese niño esperando y te estoy mirando. Somos –si te parece, unos adolescentes para siempre con una forma de envejecer que no tiene historia. Hemos inventado entre los dos una especie de resurrección de lo que dejamos mucho tiempo en suspenso sin tener que morirse antes porque vivimos en un mundo donde está como prohibido envejecer.
HISTORIAS DE MUJER PÉRFIDA Y DESAMOR

Cantaba los domingos, el atardecer, a esa hora en que se apagan las teles y la gente sale al fresco, por ver de estirar las piernas y acallar las penas. Se ponía en un recodo de la Calle La Cerviz, a espaldas de la catedral, zona peatonal de poco trasiego en festivo y a esa hora –lo que adecuaba felizmente al hilillo de su voz, pero acababa siendo desdicha a la hora de hacer recuento.
-Te dan más por ti que por tu música, porteño –le dije; y tú lo sabes mejor que nadie. Yo tengo que verte cantar; si no te miro, me vale menos que nada.
-Mujeres frustradas y en retiro, tú tan pulcro, con el pelo cortao y peinao como Dios manda, ven en ti al hijo que no tuvieron y ya no pueden tener.
Y no se cansaba de cantar el alma en pena. Porque siempre era lo mismo, el mismo desasosiego y desarraigo, la misma historia que acabó fregada. Yo me hice de él un patrón a mi medida, que andaba por la vida solo –por más parentela y mugre que pudiera rodearle, lejos del mar, del Buenos Aires querido; sensible a los halagos engañosos de la hembra, buscaba en ella la madre que nunca tuvo. Debió sufrir un revés, un fatal desengaño, quizá la mujer de negro rufián, de mirada torva y uñas plateadas. Y cantaba en desagravio para sí, ahogando su desdicha entre aires y milongas, pasando por entero de los que pasaban.
Lo que nadie pudo prever es que se llevara a los niños, también. No dejó uno. Tú haces lo mismo, porteño, te llevas la calderilla y a mujeres en el climaterio y pobres viejos, como yo detrás. Y me miraba sin bajar la guardia, reticente y con recelo.
jueves, 21 de agosto de 2008
Otra vez las misma claves de lectura

viernes, 15 de agosto de 2008
Un gesto antiguo y sabio en casa ajena
Lo necesito para quitarme el cansancio, la ausencia y la vejez, desnudarme del todo por lo que se me quedó fuera y hacer como que sigo, que me van a pasar los días sin pesarme demasiado. He dejado en mi propia casa sosiegos que no me va a dar nadie, pero al menos –en casa ajena, que no debería ser tan ajena, quiero que no me aparten los libros de donde los he dejado, el paquete de tabaco, casi hasta cambiar la manera de sentarme. Pierdo cuando estoy fuera de casa la audacia que siempre me permiten las palabras, me baño de timidez y de ausencia, de casi hasta preguntar sobre hábitos de convivencia. Me falta la codicia de lo propio, la manera de ser que me ha servido para cautivarme cautivando.
Me siento tan extraño que me palpo los interiores, casi obscenamente ya que los exteriores si no son excepcionalmente dos casi mujeres, no me los tocaba nadie. Y por fuera todos tenemos las raíces de las caricias que nos dieron y supimos devolver. Necesito ese deleite, esa lascivia siempre amando con el goce de lo extraño a lo que debería ser propio. Hay una inaudita manera de expresarlo, no respirando, sólo abrazando.
Está claro pues lo que he hechado en falta: necesitaba como en tierra firme brazos de par en par abiertos para tener siempre a alguien dentro. Es una neura tan humana y tan tierna que no me la debe negar nadie, ni la “picaresca” –término ajeno, que tiene siempre dentro valía cuando usamos solo las palabras. Ni tampoco la seguridad que sientes luego al bajar los brazos, al pensar que también en casa ajena puedes ser querido y poderoso con esa extraña fuerza que tiene siempre un hombre enamorado del amor para que lo quieran, dentro y fuera, aquí o allá, de mañana o al atardecer, cada vez que te notas un poco más viejo e inseguro en busca de palabras que te salven o de sílabas que te unan a alguien luego.
Vaya manía que le tengo a no tener los necesarios detalles que son eso: un gesto, una indicación que cualquier cosa que veas cerca, es propia. Yo seré a cambio sabio y prudente, sabré estar en mi sitio, alegrar compañías, contar lo que sé de la vida por haberla vivido con enorme insistencia. Sabré desde el papel que tenga hacer como los amantes que llegan hasta el fondo, así le llamo yo a eso de la experiencia: un fondo difícil de alcanzar, hay que alargar mucho el brazo, ser amigo del dolor demasiadas veces, pensar que ya no llegas y sin embargo llegas. Eso es para mí nada menos que detalles.
Por eso tengo ganas, he sentido unas enormes ganas todos estos días de volver a pagar el peaje de la soledad bien ganada, bien sufrida, de venir a este sitio y deciros otra vez cómo es porque me lo vengo haciendo propio a ratos, despacio con mis gestos cada vez que escribo, que le respondo a alguien, cada vez que se me acaba el tabaco pero los libros están en el mismo sitio donde estaban.
El orden de lo propio no elimina lo ajeno –que además no debe ser ajeno. Vengo echando demasiados días en falta la caricia que siempre deben tener mis mejillas de quienes deben acariciármelas, porque detrás está la inmortalidad de los recuerdos, de lo que hicimos por los demás, de cómo fuimos capaces de tener siempre a mano una mezcla de sonrisa y de cariño hasta en el silencio.
Pronto estaré de nuevo en casa propia. Desde allí seré capaz de acercarme a cualquier ternura que me llame. Tendré ya que probar a entrenarme.