sábado, 1 de noviembre de 2008

Le he contestado, elige tú el sitio, yo prefiero en la boca.


Tenía que solucionar la resistencia de los recientes recuerdos para que ya no fueran recuerdos. Elegí primero esa especie de hogar que no se encuentra en el espacio sino en las personas, en la manera de estar dentro. Me compré en mi librería, desde mi estante de reserva propia, “Los objetos nos llaman” de Juan José Millás. Dice que son relatos como “cerillas viejas que iluminan habitaciones antiguas”, como un café inolvidable, ya os diré.

Lo que me urge contaros fue mi encuentro con ella, ya ni me acuerdo ni de su ropa sobre ropa porque nunca pierdo la intención de desnudarla, pero sí me queda el último contacto, no sé si al devolverme el cambio porque pienso que no había cambio. Nos dimos ambos el mismo pago: la mano sobre el mostrador, los dedos traviesamente entrecruzados, ambos pusimos codicia y buenos modales, media cuarta de mano en la otra media, hubo como una especie de fervor en la caricia mientras nos mirábamos.

Enamórate más de mí, le dije, porque yo ya cumplí la parte propia, pongo cada vez al verte toda la parsimonia, me he aprendido tu cintura suave y tu pecho vibrante. Te toca a ti convertir cada roce en un ineludible proyecto de quererme, ofréceme tu pelo recogido como una invitación en la nuca incitando tus labios abiertos y tus ojos cerrados.

De eso hablamos, descarados y tiernos, me pareció que duró mucho tiempo la mano sobre su mano, fue todo un comportamiento, exquisito, lleno de cultura y entre las palabras algún atisbo de las del sexo. Qué comedia en la tienda, sin nadie cerca, notándonos mejor, comunicándonos como una terrible coincidencia: yo comprando un libro, perturbado esta vez más por la mujer que por el libro.

Tendré además que contaros cómo terminé la mañana: ella ejerce su profesión en una clínica lujosa. Mis visitas son largas, ambos las prolongamos adrede. Existe la comunicación de treinta años entre medio, eso crea un perfil que hace del hombre para la mujer como una aparición recién llegada, plena de historia, súbita, profunda, milagrosa. Treinta años no son nada para ella si sabes ponerle tu piel cerca, tus mejores maneras educadas y tiernas hasta hacerla vulnerable, cargada de talento y de desidia.

Terminamos cada vez, cada encuentro con unos besos de despedida junto a la puerta. Ayer no podía ser, había gente fuera y me dijo, nos besamos aquí, a lo que yo le contesté equivocando la intención, elige tú el sitio, yo prefiero en la boca.

La abracé de tal manera que tuvo que preguntarme, ¿te quedan fuerzas para hacerlo de nuevo? Claro que sí, le respondí, esta vez será más fácil. Juntamos el abrazo y el beso, casi sin utilizar las manos, sin pizca de oposición. La abracé y la besé con esos besos adherentes en que uno espera que precisamente se adhiera la ternura. Le enseñé cómo se deben abrazar y besar los desconocidos: que la boca del hombre parezca tener siempre pendiente algo que llevarse a su boca, el cielo del paladar de ella, los pezones claros, transparentes, con urgencia, como una garantía de placer no pactado.

Le dejé mi confianza, mi amistad, la saliva todavía joven y permanente de mis labios, la manera de terminar un beso para que vuelva a repetirse; la profundidad de mi boca, hasta imaginarme siempre hablándole, como una vida en caída libre que ella supo detener preguntándome ¿dónde nos besamos de nuevo?, aturdida de ganas, sin saber bien el sitio y la boca entre abierta.

Ya he cumplido mi pacto: las razones son esas, del beso, tener que preguntar el sitio y la boca mejor dispuesta. Y lo que sea el abrazo,-antes o luego, porque a la vez tiene demasiado fuego- que nada se oponga, que lo sostenga la lujuria y el deseo.

jueves, 30 de octubre de 2008

Aguardo en el lugar de siempre

Y mis palabras lo saben y lo dicen en una permanente captura de los mejores instantes. Noto más el tiempo en que salen menos en mi defensa, dejan que pase, que siga siendo el que soy, y sin embargo yo me acuerdo de pausas bien recientes en que me sentía mucho más querido. Ese es hoy mi grito, mi manifestación por los sitios que recorro cada vez cuando se juntan conmigo seres que hace poco -mucho más niñas todavía- tropezaban en muchas más ocasiones con ese tenue roce que produce el cariño.

Que no me cuenten que eso ya pasó porque la vida siempre será hoy y lo que me falta hoy, me falta y basta. Los besos ya son muy desiguales, los momentos de verse nunca sirven de excusa para cualquier tropiezo y hace tan solo cuatro días era bien distinto: yo me sentía una especie de viejo guay para dos niñas preciosas, de las que sólo ya conservo fotos antiguas.

Sigo estando en el lugar de siempre, con las mismas palabras, los mismos errores pero parece que ya la decepción esté esperándome o por lo menos la falta de ilusiones. La vida se construye a partir de los detalles: un rato de lectura que saboreo como nadie, un verdadero café italiano antes y una forma de vencer el tiempo que le he quitado al sueño. Porque nadie me manda levantarme tan temprano, me obliga la necesidad de soñar con los besos que ya no habrá ahora, la insistencia de venir a este cuarto, con libros, con enseres informáticos, con maneras de depender de las cosas que no he hecho cuando nadie me obliga a tener que hacerlas.

Me voy a quedar pues, sin pedir nada a cambio, con la hermosura de los instantes que aquí encuentro, con la soledad total que provoca esos momentos, una manera de llamarme o de llamar a los demás y que nadie me conteste. Me voy a quedar únicamente con los ojos húmedos de letras, mi única andadura, mi mejor manera de ir solucionando todos los problemas. Aquí son solo mías las palabras concretas y nuevas, no necesitan a nadie, ni tan siquiera los recuerdos que me traen -al verlas cada vez- al recordar esos dulces encuentros que prefiero mejor no explicarlos de nuevo.

Sé que abuso del tiempo limitado de la memoria, de hablar de cosas que me entristecen, pero precisamente es por eso, porque se me limita y se me repite tanto la memoria y en la calidad del tiempo me entretengo en contarlo como una forma de estímulo propia. Estos días pasados al no saber compartirlos un poco, me he encerrado en el hoy de este escritorio. Terminábamos de comer, recurría al descanso que trae luego de un excelente cigarrillo negro y de nuevo mi café que compartía antes con quién lleva mis genes, y que era un placer hacérselo yo adrede. Le elegía un “arpeggio” -lo que llaman los italianos un café de media tarde-, le decía, ya lo tienes mientras ella demoraba el tomarlo paseando por el largo pasillo de casa hablando y hablando sin descansar de su trabajo.

-Lo tienes frio, ¿te hago otro?
-No, déjalo. Está bien.

No sé ni cómo terminaban la tarde en una ciudad -de sobra de ella, ausente ya hace más de 20 años. En mi pequeño estudio donde tienen su mejor rincón los sentimientos, pensaba en mi complicidad, repasaba las palabras elementales que no me había dicho nadie -cómo estás, eso tan vulgar- y soñaba, sobre todo soñaba que es mejor para mí en lugar de contar cosas de casa, ilusionarme una vez más en contaros cómo se puede querer a una mujer.

Ayer me entretuve pensando en cómo deben ser los abrazos: la perfecta manera de no pasar de largo, el obcecado intento que tenemos de negar la soledad
.
Prometo contarlo.

viernes, 24 de octubre de 2008

La tarde cae desde el momento que empieza


Lo leía hace días en un relato de Soledad Puértolas como si fuera una tristeza que me invento cada día. No me gusta la tarde, siempre lo dije, porque luego viene la noche y ahí me siento más perdido, me defiendo peor, sospecho a lo largo de la misma que existe la tristeza, siento con urgencia la necesidad de que me tengan más en cuenta. Mientras, yo utilizaré la permanente defensa de las palabras que me vienen, imprescindibles, irrenunciables, definitivamente propias aunque luego sea capaz de ofrecerlas.

Me marca la tarde como me marca la vida, a lo mejor por aquello que a las mujeres les gustan los hombres marcados por la vida, que no sean ellos los que impongan criterio, ya lo traigan puesto. Quizá por eso siempre es igual mi sistema: agarrar no sabes qué, abrir una ventana que no tenía abierta, poner con alguien lo que también pone, incluso la incertidumbre de los primeros momentos, descubrir incluso sentimientos ciegos de no sabía cómo eran ó cómo compartirlos. Es lo que hago, desde el primer momento, para lo que venga luego.

Todo esto me ocurre muchas tardes perezosas, con novela en la mano, que es la mejor forma que tengo de sentarme en esos atardeceres lentos amparado en una extraña liturgia de recuerdos de cosas que me ocurrieron: entre humedades y presencias, devorarse el cuerpo el uno al otro; la hermosura del instante; o los dos quietos repartiendo a medias una especie de dicha que no basta para toda la vida pero que hace glorioso ese momento. Eso conviene tenerlo siempre presente.

Sí, es curioso. Me he esperado muchas veces a que llegara al fin la tarde que me traía el miedo y una forma de cautivar y cautivarme que no era posible encontrar en cualquier otro momento. Son hasta incompresibles las veces que he sentido, por la tarde, el único instante de callarme, dándome así tiempo. Luego vinieron las promesas: escribirse otra vez lo que acabábamos de decirnos. En eso reconozco que siempre fui fiel a mis promesas.

Cuando escribo, cuando ando libre de desazones internas, cuando necesito que estén conmigo mucho más rato, mucho más despacio, no me quedo ni un pedazo, entrego la ternura completa. Recuento las horas enteras de mi vida con esa cultura de todos los libros que he leído y los voy contando un poco, dejando en boca ajena la memoria de los besos entregados pero aplazados todavía para poder devolverlos con un rito deífico.

Soy capaz cada tarde que cae, cuando comienza, hacer que tengan las palabras un sabor labial siempre, en todas las frases, en las dos últimas letras. La escritura tiene esa ventaja: te quedas como abierto, siento cerca las más inesperadas e intolerables metáforas, que casi asfixian al leerlas. Con ellas es como si me dijeran: “házmelo ahora”, con esa literatura que llevas siempre puesta que la conviertes enseguida en magia propia.

Pues eso es más o menos -como confesándolo a tumba abierta- lo que me pasa, cada vez que empieza cualquier tarde.

LANCES DE LA VIDA AIRADA

Por “Haz de leña”

Cogí el tren en Morón de la Frontera, grandes líneas ahora les llaman, largo recorrido entonces, Sevilla la estación de origen y la de destino La Línea de la Concepción. Vagones con pasillo junto al ventanal y compartimentos estancos con puerta corrediza acristalada.
Me acomodé en uno que iba medio vacío, una monja de edad incierta, un anciano más muerto que vivo y el “hippy” -como antes les llamaban, desaliñado, chupao y sin afeitar; se colaba el sol a listones por la persiana tupida de la ventanilla.

Pensé equivocadamente que la monja y el hippy viajaban juntos o, al menos, se conocían. No es que les prestara atención, que a mí me la pulen los demás -estaba leyendo “Chacal” por más señas, pero oí que se hablaban. Subió de pronto el tono de la voz, parece que la monja le espetó algo, le increpó a cuenta de no sé qué, esa obsesión de la gente de hábito talar por enmendarnos la plana, iluminados que se creen siempre por la paloma. Y fue entonces que el muchacho, que ocupaba el asiento encarado a ella, se levantó airado y le cruzó la cara de un sonoro bofetón.

Pareció detenerse el reloj, nadie chistó; el anciano, medio muerto que iba, yo, soy músico y me acuesto a las ocho. El chico pasó frente a mí, de salida y le oí murmurar algo así como “ya me puedo morir tranquilo”. Debió haber sido alumno de ellas y se la tendría jurada -vé tú a saber, caja que guardó alcanfor quédale el olor. La Sor, humillada y a despecho, sacó el rosario y se puso a desgranarlo. De su breviario se deslizó una estampita, que recogí gentilmente del suelo y se la di, sin recibir ni las gracias, fue instantáneo pero me quedó grabada la imagen de un mártir, atravesado su cuerpo por una enorme estaca de madera, con la consiguiente explosión sanguinolenta. Esta gente es muy dada a estas cosas; con lo que la Hermanita convertía la humillación en goce -de un viaje dos mandados.

El tren aminoraba entonces para detenerse en “La moraleja”.

sábado, 18 de octubre de 2008

Lo que traigo entre manos


Más o menos lo que vengo escribiendo aquí con manos lentas y a veces involuntarias, no sé pues si bien hecho o sin deber hacerlo. Pretendo preferentemente que sea un cántico al esfuerzo que no tenga significado de sacrificio, sino manera de dar a entender, al contarlo, que sólo existimos dentro de nosotros mismos, lo que permanece siempre inmóvil de lo que nos resulta tan difícil escaparnos.

Seguro que no me voy a morir de pena aunque a veces recurra al viejo traje caduco de la soledad y a su mundo de belleza interno, no lo dudemos. A pesar de su dosis de miedo a veces -precisa y fundamental- que podríamos llamar simplemente respeto propio y ajeno.

Entre manos pero como buscando siempre el tacto ajeno, desde ellas, desde donde pueden visitarse todos los sueños, el lenguaje de los territorios ajenos escondidos. Existe una magia allí donde la palabra se detiene y se agosta, sólo queda la corriente que pasa de una piel a la otra. Y en ese tacto, la insistencia para poder así notar la ternura que puede tener en la espalda la forma de un abrazo.

Pero vine a decir que entre manos y entre escritos ando buscando esa especie de paraíso que contando con nuestros dolores, con nuestro tedio, nuestras decepciones, lo tenemos aquí tan cerca que está en este mundo. Mientras, haciendo uso de él, uno no puede morirse de pena cuando tanta gente, cada vez, cada momento, anda muriéndose así mucho antes de hacerse vieja. Ni tiempo tuvo apenas.

Llevará razón Paul Auster cuando dice, muy seguro de él, que no hay necesidad de palabras, no hacen falta apenas cuando sabes lo que te traes entre manos. Uno puede ir así venciendo el mal oscuro de vivir sin tener que dar cuentas a nadie. Ya tenemos un arma poderosa: nuestra propia resistencia, su camino que le dieron trazado y que ya dará cuenta de él, a quienes queden detrás o a quienes están presentes. Resisto como puedo, eso vengo contando, pero sin pena, sin dejar restos que no sean propios, tan inevitables, que no puedo cambiarlos porque desde siempre los llevo entre las manos.

Pongo fuerza y pasión hasta en lo que me resulta extraño, soy capaz de ir entendiendo aquello que no entra entre las normas del más conocido y próspero entendimiento. Me acerco hablo y escucho, nada menos, como si fuera un proyecto adivino y cierto; recibo y admito la entropía que nos pasamos los unos a los otros; me queda como una especie de embriaguez sentimental pero duradera.

Hago posible todo aquello que me emociona, que llega hasta mí con la novedad de un requerimiento con una edad psicológica privada que no inventaron los romanos, se trata de una óptica personal, un paisaje de deseos permanentes con rigor de tiempo y circunstancia.

Y ya estoy de nuevo, más o menos escribiéndolo: tener entre mis manos todos los placeres que nos unen a los demás de una manera o de otra porque en casi todos esos momentos necesitamos estar vinculados a alguien, de cualquier forma, pero que no se nos escape de las manos con la constancia que tienen los días de venir uno detrás de otro.

Antares desterrada



Colaboración de Ruben


La vi en un trozo de calle saliendo de una esquina rota. De dónde pudo llegar, ni le alcanzaba a su propia memoria, ajada por las grietas apáticas que petrificaron en el alma tras la añoranza. Y, en su mirada venusina, pérdidas de un lejano cúmulo de estrellas, embebida en el flagelo efímero, un aura de pavesas de oro con olor a bencina amarga, amaneciendo de unos ojos abismales, una dulzura arcaica y serena. Y, refulgiendo en la umbría azabache de su cabellera, minúsculos incendios, destellos inaprensibles de luciérnagas, consumiéndose en lacias estelas de humos de orientales aromas y formas vagas.

Absorta en una destreza fantasmagórica, hilvanaba en el vacío apasionados malabares, con dos barras descamadas de oxidado hierro, en cuyas puntas ardían borlas de vivo fuego, silbar en el vacío, restos mortales de suspiros ahogados, últimos retazos de un sol extinto. Se figuraba la conflagración una prolongación de su propio cuerpo, salvajes movimientos, sudor exhausto y cobrizo, su piel palpitante vibrar al contacto con la iridiscencia de un astillado fuego, que dejaba un llanto de regueros de oro líquido, resplandeciendo en un silencioso siseo.

En la finalización del espectáculo apoyaba una rodilla en tierra, erguido su semblante, extendiendo sus brazos de alabastro, unía los dos extremos de los hierros hasta sentir el beso del fuego morder sus labios y, de un profuso soplido, una deflagración incandescente se elevaba deshaciéndose en el vacío bajo una llovizna breve, rubricada por la reverencia inaprensible de su cuerpo. Luego un repiqueteo de anónimas monedas ahogarse en las entrañas nebulosas de un sombrero de copa, roído por la lluvia de candentes cenizas cual olvidadas lágrimas. Y ella con religiosidad pagana, recogía su sombrero, las monedas y santiguándose en silencio iniciaba camino infinito en compañía del viento.

Se santiguaba por cualquier cosa; al pasar por todas y cada una de las librerías ansiándolas de soslayo, por el contacto huérfano de una anónima brisa, por el aroma prohibido que dejan escapar las puertas de las pastelerías y por el semblante carcomido de la luna. Se santiguaba y besaba las monedas que tenía cuando entraba a un mercado buscando que le alcanzara para la comida. Por la voz de la lluvia y el rocío de plata asperjado en la hierba que olvida la mañana. Por las historias de amor que sobreviven al rumor de las olas y por las alas rotas de las gaviotas despeñadas. Se santiguaba cuando agarraba una fruta, hacía malabares con ella y luego se la comía y luego plantaba las semillas, si semillas tuviera. Se santiguaba por las nubes trajeran o no agua. Y sí, se santiguaba por todo lo que estuviera rodeado de insignificancia. Pero no era la señal de la cruz la que la redimía, sino el besar sus propias manos, el contacto cálido, confidente de sus dedos rozar sus labios, beso en el que iba implícito todo el amor a los puntos sagrados que previamente había tocado; su entrecejo, morada del tercer ojo, la raíz retorcida de su ombligo, la gravidez febril de sus pechos y finalmente, el eco que dejaban los latidos lacónicos de su corazón. Todo rubricado con la humedad de un beso, ese era el verdadero sentido de su ritual. Rendir culto al barro por el cual el alma buscó forjar su destierro transitorio en su cuerpo.






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domingo, 12 de octubre de 2008

Este sitio donde he dejado la vida


Con una belleza acentuada y cansada, la que tienen mis libros, la que yo he puesto en ellos. Hace días de una manera que parecía inagotable, una mujer, junto a ellos les iba quitando el polvo de la vida, mientras persiste, sin embargo, la alta ebriedad perenne de los símbolos que tienen cada uno. Además, puede que contengan, que esté, lo que nunca he sido y lo que quise ser, o en verso del poeta Colinas “o acaso del que fui, o del qué aún seré.” Todo puede ser.

Es curioso y hermoso hacerlo cada año. Te das cuenta de los que prestaste y aún no te los han devuelto, ni te devolverán jamás, de aquellos que se llevaron quienes aprendieron junto a nosotros esa manía de leer, de estar muchos ratos dos personas leyendo sin más autoridad que la enseñanza y el placer que estaban ofreciendo.

Es mi título, es lo más cierto, me he dejado la vida en ellos y me la han dado a cambio, porque me fueron entregando cada vez instantes y momentos, las horas del ensueño adrede para no poder dormir. ¿Qué pasará luego? Antes de pensarlo tan siquiera, me detuve en páginas gloriosas, en primeras ediciones, en colecciones completas de algún editor romántico que se arruinó con los libros, de autores, que llegaban traducidos, ignorados hasta entonces en el país donde vivía.

He dejado mezclados estos días, la añoranza, el recuerdo de su primera compra, casi en forma de caricia, de anhelo leve de mí propio ser. Le he dado la razón definitivamente a Melania Mazzucco en “Un día perfecto”: “la literatura es lo único que permite soportar esa perversa locura que es la vida”. Fue mi embriagador perfume como si estuviera oliendo permanentemente a una mujer, que huele casi siempre a incienso y a manzana y a deseo.

Siempre se me escapa el símil: al igual que una mujer, los libros me llamaban con urgencia -podría a veces ser la misma cosa, las hojas sueltas de la existencia entera. Y era urgente porque lo mismo que en el amor, cuando se demora ya suele ser otra cosa.

Me dieron el idioma, la forma de acercarme a la gente, la fortaleza que me ha negado el cuerpo tantas veces, me contagiaron como de un humo áspero y unos versos de oro que siempre llevan los poetas puestos. Fueron mi continuidad de estar aquí hablando ahora de ellos, de haber estado quitándoles el polvo que tenían porque siempre tienen su turno y su antigüedad: o no haberlos leído, o estar ya demasiado tiempo en su sitio.

No tiene que volver lo que nunca se ha ido porque es parte de nuestra recóndita riqueza. La mía tiene forma de gratitud y de silencio, es una manera de testimoniar que estamos juntos como cuando a una mujer le he pedido -al igual que ese volumen en la estantería, que me conservara el amor de siempre, que no tuviera impaciencia porque eso siempre quedaba lejos y yo en cambio me notaba muy cerca, como lo hago junto a cada estantería.

No sé quién las vaciará un día, no tendrán tiempo de hacerlo, ni sitio para ponerlos. Ni lo pienso, les hemos ido quitando el polvo que tenían de hace un año más o menos. Al tenerlos así limpios, al haberlos pasado por las manos nuevamente, me he vuelto a enamorar de cada uno de ellos. Su olor ya viejo me ha parecido como a una mujer que le gusta que la enamoren y no sabía cómo decírselo.

No sé qué harán con ellos, da lo mismo, han sido ese sitio donde he ido dejando la vida, esa razón suficiente para seguir vivo.

miércoles, 8 de octubre de 2008

Escribí en una tarjeta que me cuidaran, sólo eso


No fui amante con manual de asceta, ni estudié antes posturas recomendadas, tengo el inconveniente de entregarle a quién se acerca a mi vida con el eterno ropaje válido de las palabras, de nuevo la palabra y una forma impetuosa de acercarme. Me muero de placer cada vez que me hablan de placer, tengo la piel tan cálida que busco que la noten los demás como una alteridad que a ambos nos protege.

Me enredo muchas veces con mujeres evocadas, con cualquier momento que estuve con ellas, con aquello que una serie de tardes nos fuimos escribiendo hasta hacer el guión de una novela que no quise firmar. Mejor que lo hiciera ella. Para mí, palabra contra palabra ha de ser siempre dulce, como boca contra boca, un estímulo nuevo cada vez, un imperio para construir sin que exista manera de destruirlo nunca.

Es curioso, os lo cuento: cuando he estado con alguien, cuando he tenido al menos ese tierno roce del ángulo que tienen las pieles; cuando hemos conversado, nos hemos mirado tan directo a los ojos para hacer de ellos mirada, me he aprendido esos ojos y si han sido tan bellos me han temblado cada vez las manos hasta para coger un objeto luego. Si se me ha caído al suelo -cosa que me ocurre con frecuencia, eran aquellos ojos, su insistencia, su magisterio. Porque estoy completamente seguro que los ojos de una mujer son una manual que siempre debes tener a mano, son ese diccionario de uso, son comienzo y término del camino, de la vida que hemos emprendido.

Me estrello con alegría en cada precipicio y me agrada contarlo. Siempre vuelo muy alto por eso es necesario que jamás me digan que hago daño. Llamo y pronuncio para poder existir como si la voz, traducida a palabras, adjuntara las sílabas, enhebrara los silencios huecos y sonoros que acaban siendo verbo.

No quiero incertidumbres de nadie. Cada instante que quiero -que estoy queriendo a alguien, llego hasta al fondo, sé que luego no se puede volver a la superficie, ni lo intento. Me siento como ansioso de cometer un largo y ansioso pecado, que no puede ser nunca pecado al igual que siempre son dueños de su belleza los pezones realzados de una mujer.

He pecado -si es que lo fue, y seguiré pecando, quizá con una costumbre: hacer gestos que gusten para buscar yo los que me hacen falta urgentemente. Tiempo y calma de poder hacerlo mejor aunque se viva muy poco y la vida transcurra a toda prisa. No quiero quedarme corto porque en cuestiones de amor siempre alguien anda que no llega y el otro va ya de largo.

Puedo hacerlo mejor, escribir más prieto, quedarme más noches sin sueño y sin reposo porque siempre he pensado que la noche es para amar y pensar cómo debes hacerlo. Hace días lo escribí más o menos en una tarjeta -siempre mezclando mis metáforas y mis realidades, para que me cuidaran, sólo eso. Puse un ejemplo -a ver qué os parece: las plantas que llenan toda una amplia terraza. Cuídame más que a ellas le dije, aunque sean tan bellas. Ellas pueden vivir con la luz, el sol y el agua -yo creo que ni hay que abonar la tierra. A mí en cambio me hace falta siempre el retorno, la insistencia, no haberlo terminado lo que estábamos haciendo. Me atreví hasta a decir, donde empieza tu cuidado y tu tacto, yo me estoy terminando.

Esa es mi manera de ser, la heredada y cada día cultivada. Voy a seguir insistiendo, recordando aquellos ojos perfectos, el punto de su huella que jamás la esconderé, mis instantes de admiración, los silencios que me sorprendía y que me exigía. Así estoy dispuesto a contemplar y a disponer igual que la desnudez de la piel, la de las palabras. A lo mejor son extrañas pero siempre propias y ciertas.

Os digo en dos líneas un sueño que tengo pendiente: perderme minuciosamente en las callejuelas de la ciudad que siempre tiene el cuerpo, para soñarlo, para contarlo luego. Queda pendiente que hablemos, pues, del cuerpo.

DOBLE FONDO


Por Salvador
Sentado a la mesa de despacho de mi padre y en su lugar, registro sus papeles tres días después de muerto.

En el cuerpo de armariada y cajones de la izquierda, si llegas con la mano al paño con que el mueble cierra por detrás, descubres un orificio circular por donde, al meter el dedo y tirar hacia ti, cede la chapa, apareciendo un espacio vacío a modo de doble fondo o caja fuerte, donde guardar los papeles más comprometidos.

En lugar de documentos o títulos valores, me tropiezo con mi carta de niño desde Ronda -donde hice el servicio militar, con una foto olvidada, un sobre raído rotulado por él “Recuerdos de mi pobre padre”, con recortes de la vida del abuelo, cuatro cosas que, al fin y al cabo han venido a ser tu vida, naderías que te sacaron las lágrimas un día.

Mi carta rezaba así:
“Montejaque, 3 de Agosto de 1956.
Querido papá:

Siento deciros que no me esperéis en la semana de permiso de jura. Se sorteó la permanencia de 13 cadetes para la limpieza del Campamento durante la licencia, y de más de 3000 que somos, me tocó a mí. Mala suetrte.
Mala, o buena, ve tú a saber, que no hay mal que por bien no venga. Me quedo sin ver a Lucy. Pero, de los 3 días de permiso, consumía 2 en ir y volver. Ya sabes que los viajes no son mi fuerte por el oído. Y más de 24 horas de autobús de seguro que me hubiera mareado de mala manera. Por otro lado, que habitemos 13 del Campamento, donde hemos estado 3000 amontonados, tiene también su atractivo, ver en soledad la transparencia de la Serranía al ponerse el sol, oír el toque de silencio en la tienda donde dormíamos 20, sinotra compañía que tus propias pemnas. Hay veces que no cambiaríamos por nada el bien de estar solos.
El mes y medio que queda se pasará en un vuelo y me veo ya en la estación con vosotros peleándonos. Recibe un abrazo de tu hijo.
Salvador
El chiquito no sabía que la soledad no existe sino cuando estás en mala compañía.


lunes, 6 de octubre de 2008

Con el pelo eróticamente suelto o recogido


Así me imagino a una mujer tantas veces, cada amanecer de momento incomprensible, cada rato malo en que ya no sé qué deciros, pero necesito deciros lo que sé. Así me la imagino, pero mientras, me quedo antes con mi edad que me pesa, con las ganas siempre de leer, pase lo que pase -es lo único que no se me va de la conciencia, -erótica también las misma veces, que va haciendo escuela diferente en mi lenguaje. Aunque me quede -según me dicen, en la primaria, como la axila permanente de una mujer -que hace mucho tiempo que no se la veo a hurtadillas cada tarde, pero que aprovecha un santoral a los que no les debe quedar santos para decirme nunca te he soltado, nunca te soltaré.

Eso quiero como hombre, a pesar que hubo un punto final que ha resultado algo continuo, profundamente erógeno por su insistencia como dos rodillas descubiertas -sutileza en su atractivo, estilizado y fino, que me decía que lo importante no es ser el primero, sino quedarse el último, el último con punto y seguido. A la vez la duda, la benévola duda que provoque la mujer porque hay un erotismo insalvable en la necesaria infidelidad que debe de tener. Nunca engaña, -salvo que inevitablemente lo consientas, es un rumor para tener más ganas e imaginártela somnolienta y desnuda como la mejor manera de dormir.

Eso vengo pensando porque me vienen los pensamientos cuando siempre voy a tener edad para tenerlos, y sin embargo la insistencia, el deseo de una mujer entera que en cada momento se me enrede entre el verbo para hablarle del vacío que me fabrico adrede. Tampoco cambio a posta, se me borra intencionalmente el pasado por brillante que fuera para ser también infiel y promiscuo; sigo estando en vigilia permanente sobre todo en los ratos peores donde pienso que ya casi no queda hombre.

Me han ido destruyendo los momentos que la naturaleza tiene, una capacidad para enfrentarme, un coraje, una raza culta y despiadada que me dieron los libros hasta revolcarme con ellos por el suelo. Nunca quise el éxito, me importó la dedicación, la pasión, la manera de emprender las cosas, de llamar a una mujer y quedarme con ella. Recuerdo aquella voz, sensual hasta una atrocidad inusual que me decía tiernamente, qué bien haces queriéndome pero nunca me vas a tener. Había una dominación y una hermosa sumisión luego, una forma de placer anotada en la escuela de la mujer, adorando ese omnímodo e imaginario post coito, siendo el hombre como un animal que siente así la absoluta liberación ante el amor que da la sumisión.

Lo escribí muchas veces en una página con nombre de literatura en la sobrecubierta y cuando me lo aceptaron sentí cumplir así esa dedicación, esa pasión que siempre procuro poner a la búsqueda del mejor momento que venga luego, que me traiga alguien de verdad, poderosamente, sin miedo para poder imaginarme ese pelo eróticamente recogido o tal vez suelto para con ellos hacer un rito, un rito inventado y escalofriante para estar con una mujer, o sin estar con ella encontrar el destino geométrico que tenemos cualquier hombre.

Necesito urgentemente un beso adherente a la ternura de cada pausa en la escritura, adquirir así el hábito que he perdido de gobernar las viejas dificultades que tiene la vida. Siento ya insultantes en las manos las oscuras manchas que tiene la vejez, pero a cambio pido y ofrezco compartir ese instante de sensación verdadera que estoy siempre pidiéndole a la vida.

Estos días miraba con temor y cuidado una vieja cicatriz de hace veinte años. Se parecía un poco a la que un día se inventó Umbral: “el carmín de una mujer doliéndome toda la noche como una cicatriz.” Pues de momento he decidido salir de mirar la cicatriz ya que me gusta escribir como quién sale de una frase. Ni me importa parecer viejo porque al fin y al cabo Borges reescribía lo viejo. El otro día le leía a alguien que ya dijo de él “que sólo se ama lo que no se posee totalmente”.

Pues me quedaré con lo que tenga aunque sea el recuerdo de un pelo eróticamente mal recogido o un santoral que me trajo nunca te he soltado y nunca te soltaré. Yo tampoco.

miércoles, 1 de octubre de 2008

Qué gran misterio son las mujeres


Pongo siempre un beso desmesurado en cada ocasión y una intensidad concentrada para saber cómo son, en una especie de ansiedad contemporánea, y lograr así que en sus caderas jamás se ponga el sol. Porque no se puede poner, ni ocultar, se queda. Y cuando beso sus ojos y sus labios, siento cada vez que estoy besando toda una historia en lugar de a una mujer.

Empiezo cada relato intenso y breve pero al final nunca fui capaz de entender lo más hermoso que tienen de mujer. Ese beso desproporcionado para el espontáneo instante, me abre paso para aprender todo lo que me puede enseñar cada mujer. Y para ello sobre todo hace falta tiempo y calma y así poder administrar la costumbre de tenerlas siempre cerca. Te enseñan casi todo, te educan de nuevo como cuando estás sin ellas, te explican lo que es regresar a la vida, a su mundo, a la circunstancia.

Sigo, sin embargo, sin entenderlo, porque me parece una caricia que empecé antes, lenta cual un tacto que nunca estoy terminando y detrás de cada vez, luego de cada instante se pasa siempre a los momentos que tiene el cuerpo de un hombre y una mujer, dos dispositivos infalibles: el de la inercia y el del erotismo.

Nunca quise que esa mentalidad permaneciera quieta, sino consistiera en una manera de asombrarse ante cada mujer, un raro fenómeno húmedo y tranquilo delante del hombre. Conoces de verdad a una mujer cuando se siente amada. Ellas, como consecuencia viven luego del recuerdo, el hombre no, el hombre es puro instante y por eso se queda, una y otra vez sin saber bien lo qué es un mujer, dónde tiene el encanto, en qué consiste su misterio.

Me he fijado con detenimiento: hay una ley de tacto con ellas, de adoración, de respeto a la tenacidad, que no solemos tener los hombres. Ellas tienen en cambio una pose memorable, única, cada vez, cada momento; una madurez que nos cuesta cien veces más a nosotros tenerla cuando la tienen ya ellas, antes incluso de que en su mirada sobre la belleza gratuita, aunque sea a trechos. Se encienden y suenan, se encienden y huelen como si tuvieran siempre el pubis encendido.

Pienso que he explicado ya bastante lo que siento y estoy como al principio. Habría que quedarse hablando, aprendiendo porque tantas veces son adorables y proféticas. Se me acusa de mi elogio a pesar de tener el verbo triste, pero insisto, me aprenderé el gran documento de ir conociendo a una mujer y preguntarle entre sus redes, cuál es ese misterio, porque yo no puedo tenerlo, porque los hombres, callamos y perdemos. Las soñamos tantas veces desnudas desde el principio para que den sus dimensiones exactas, no ya del cuerpo, sino de esa habilidad que les proporciona su misterio. A nosotros la pasión nos entorpece, dificulta la concreción de nuestros anhelos, ellas la llevan siempre dentro, la tienen si la buscas sin tener que preguntar por ella.

No sé porque me ha salido todo este poema largo, sin maneras de poeta ni destino caso de que tuviera versos. Me quedo con la alternativa que tienen más cerebro porque tienen misterio. En mi caso no me queda más que una demanda larga, una forma de mirarlas que yo sé que les llega. Mientras, entre los verbos persiste esa constante incertidumbre que produce el porqué tiembla el alma cuando el codo roza por casualidad el brazo de una mujer que todavía es una completa desconocida.

Ya lo sé: por su misterio.

lunes, 22 de septiembre de 2008

Escuchar cinco veces el cuerpo de la amada

He podido saber hace unos días cómo es el amor según La Ley de Jamsa. La ha explicado muy bien Ruy Sánchez, cómo escuchar cinco veces el cuerpo de la amada, ese cinco de los manuales árabes, “cinco caricias prolongadas, todo cinco veces, hasta cinco círculos concéntricos alrededor de cinco besos púbicos. Todo cinco veces repetido antes de pensar siquiera en entrar en ella.” Luego ya viene la aventura, la reclamación necesaria de la mujer invocada por las puertas secretas del sexo.

Me viene a cuento esta legislación árabe del amor para pensar en cómo debe uno sentirse, saber acercarse y sobre todo mantenerse. Para ello me considero capaz de inventarme una mujer y sé hacerlo a partir de sus vocales, de lo sobrada que ande de ellas, por cómo se mueve, cómo te llama, por cual es su tendencia, hasta como diría la fantasía del casi poeta, “su pubis a partir de sus silencios” para amarse luego y hacer un poema con los cuerpos que son quienes tienen la autoridad y el prestigio.

Mi deseo ha sido siempre hacer cálidos los textos, los estampo así porque he leído no la forma para hacerlo ya que jamás hubo manual de instrucciones, sino porque he leído directamente cientos de veces de quienes así los hicieron. Insistentemente salen del arbusto frondoso de los sentimientos. De eso anduve sobrado, pero habrá que añadirle la cultura que aporta la cultura, así de repetitivo e insistente. Por eso hallo una mujer en las vocales, es su manera de oler perfume sin estar ella perfumada. Contarlo me permite una dicha inmediata para huir de lo más común entre la gente: que el cerebro se detenga en la desdicha, sin vocales, sin mujer, ni perfume que valga.

Junto con ese lenguaje, depurado sin querer que lo sea, nunca estuve lejos al ponerme a escribir cuatro caracteres de saber que es posible pensar con el sexo y que eso, siempre, siempre, es un privilegio, jamás una osadía, ni una palabra más subida. Al escribirlas tienen todas el mismo tamaño: la intención de quién escribe, la sanidad de su instinto. Es en suma, la sensualidad más verdadera, la que se parece al pubis en silencio, son simplemente eyaculaciones del temperamento. A veces basta para cultivar ese lenguaje, sin más, el pecho breve como la fruta más sencilla, sin indagaciones, pero su brillantez y su misterio hay que contarlo como cualquier caricia lenta en la palma de la mano.

Y ese lenguaje me lo facilita muchas veces, casi todas las veces, saber de una mujer dónde empieza su piel y qué forma tiene. Porque las palabras son color de piel. No solemos verla suficientemente los hombres cuando nos llega el deseo, y en la piel siempre hay como un aviso, una forma de ponerse, un intento de callarse, la verdad en suma de ese deseo. No saber reconocer la piel es muchas veces un reto insalvable para la mayoría de los hombres.

Reconocida la piel, no habrá mejor búsqueda en ese periodo de conocimiento entre las pausas para escuchar cinco veces el cuerpo de la amada que indagar donde llega con su gesto y su sonrisa ayurvédica. En este caso son los indios quienes buscan el equilibrio de los cinco elementos del cuerpo: el aire, el fuego, la tierra, el agua y el éter. Permitirme la precisión de María Moliner al definirla, nunca me basta una sonrisa cualquiera. Notar al menos el aire, el fuego y la tierra se me hace indispensable para esa múltiple escucha que estoy contando.

Concretaré más todavía: donde más grave se escucha el corazón es en la caja de resonancias de una vagina, ya no hacen falta caricias prolongadas ni besos púbicos. Ahí está la intensidad del instante que acaba siendo lo único que vale. Parece que lo que sentimos no lo hemos sentido nunca, ni atrevimiento ni osadía, es cercanía.

Y hasta todo se parece a ese libro erótico de siempre que tengo, que es la vida, la de mi cuerpo que sólo se lee tocándolo, quizá lo mismo que todos. Cinco llamadas, como la Ley de Jamsa y cada vez que escribo es una forma de desnudarme aunque sepa esconderme luego en unas cuantas amigas que siempre son para mí las palabras. Porque mis escritura es como un intento de tacto, una explicación de mi paso por la vida.

Ya que Ruy Sánchez hizo que me aprendiera ese proverbio árabe, tendré que terminar con él como si tuviera a una mujer delante y guiado de nuevo por el deje más antiguo que tengo, por mi acento indudable: “Escribo sabiendo que hacerlo es una metáfora de amarte.”

He de hacer los deberes de buscarle no sólo intento y confesión, sino destino, a todos mis escritos.

miércoles, 17 de septiembre de 2008

El silencio de intimidad adulta


Hay una manera de convivencia, difícil pero hermosa, un camino de tiempo donde dos seres guardan su silencio, ése que han aprendido al hacerse adultos. Casi es una muestra de asombro para los demás pero no hay revolución más profunda que las cosas cotidianas, que los gestos que a veces tienen más valor que cuarenta segundos de un abrazo.

Lo practico cada día, la convivencia callada, cómoda. Puedo estar al lado de una mujer y tener sólo olfato para ella, ya inventadas las palabras que le dije muchas veces. Me las oiría de nuevo con agrado, pero me callo, le regalo el silencio, ni tan siquiera lo cotidiano que he escrito, le busco la mano para nada especial, quizá igual que en estas líneas como una metáfora insolente.

Tengo muchos motivos de conversación: contarle cómo fue y cómo es mi talento para el dolor; casi como una conversación practicar el ruido de los besos y la risa luego; darnos cuenta de la constancia que tenemos viniendo un día luego de otro. Y nosotros contándonoslos algún rato, pero otros muchos callándolos. En suma nos comprendemos y la comprensión no exige respuesta, ahí está si la tienes y la tiene el otro.

Haría lo mismo con la mujer de paso. Yo aporto siempre mi literatura, no ésa que sólo sirve como literatura, sino la del “vicio impune” según Larbaud. Los libros que leo me dan una calma de biblioteca pública. Tengo un toque personal de acercamiento, pero luego viene el entendimiento y el silencio. Hasta en los momentos en que el erotismo es un sueño como una cremallera en la espalda tan fácil de bajar, con soñar que me sueña y la sueño.

Todo esto con las justas palabras ni de más ni de menos, es difícil y hermoso, deja huella, te sientes cómodo, no hay cosas que no debiste mencionar, fueron las necesarias porque así practicas la intimidad adulta, y dentro del silencio y de esa convivencia, después vengo aquí y lo cuento con la insolencia de sentirme poeta.
Junto a una mujer a la luz, con el foco de ese silencio se le ilumina el escote y el pasado. Pero ambos hemos decidido hace tiempo con un pacto sagrado ignorar ya el pasado porque tenemos hoy y futuro hasta donde llegue, porque hay seres nuevos, anécdotas tan recientes que casi no tienen calendario y entre quienes los hemos creado con el hoy se distinguen limpiamente los adverbios del olvido.

Del pasado me olvido, pues, adrede, y el hoy que me fabrico tiene una belleza que muchas veces al haberlo creado ni hay que contarlo, más bien tenerlo en silencio. Con ese silencio se aguantan muchas veces las grandes y difíciles respuestas porque el silencio es lo que se siente cuando aún no te has atrevido con las palabras. Me quiero, pues hacer más adulto, sabiendo guardar esas pausas como un tempo de minueto lento, una manera. Hay que callar porque en el silencio tuvimos el origen, el lugar del que procedemos, la salida de dentro de una mujer y luego viene lo que hacemos, cómo somos, lo que no debimos decir.

Hay un verbo silencioso y quieto, áspero, en las despedidas, pero otro muy hermoso en la permanencia prolongada, entendida y quieta. Sobre todo, adulta sin hacerse vieja, una especie de vacilación antes de hablar que muchas veces nos hace callar hermosamente.

NIÑOS HASTA 18 AÑOS MEDIO BILLETE

Por "perrero de las iglesias"

He sido siempre muy infantil, fuerza es reconocer que, en cualquier etapa de mi vida, anduve con retraso, hasta los 40 niños grandes. Por eso no me extrañó en lo más mínimo leer el cartel de los “niños de 18 años” en la estación de autobuses de Tánger. Lo encontré normal. Porque a los 18 años en la estación de autobuses de Tánger.

No creo haber llegado a la pubertad antes de los 13; y los sábanas húmedas se alargaron más de lo corriente. Aún me veo en el cuarto de baño escudriñando en mi cuerpo los arcanos de la biología; y al ceñir espada igual, preguntando con uniforme militar en el puerto de Algeciras si era chicle los paquetitos que vendían -en vez de preservativos, si las mesuras de polvo blanco que arrojaba el cocinero en las perolas del cuartel eran sal, en vez de “bromuro, idiota para que no os folléis unos a otros”.


Así que aquel Otoño, no habría cumplido aún los 13 que, una noche, la abuela, acabado que hubo de cenar y sentada en su mecedor de siempre de espaldas a la televisión, me colocó de pie entre sus piernas, me miró a los ojos y cogiéndome las manos, me dijo:
-como regalo de cumpleaños, este año la abuela te llevará a la otra orilla.
-¿A la otra orilla?
-Si; para que veas lo que hay detrás de la muerte.
Yo cumplía años al comienzo del invierno.


Pero la promesa no llegó a ramos de bendecir. Porque el 14 de diciembre, el día en que yo nací, 13 años antes, la abuela ya estaba muerta. La Naturaleza va por libre y se renueva a sí misma sin pedirnos parecer.


Fantasioso como era no me había disgustado en lo más mínimo la idea del regalito. De tiempo atrás y siendo todavía un niño, que me había planteado la pregunta, replanteada al morir el abuelo. Yo albergaba mis propias sospechas, claro está que muy lejos de coincidir con las tonterías de los frailes blancos, se la había formulado a mi amigo del alma:
-¿Tú qué crees que viene después de la muerte?
-Pues nada, que vuelves a nacer
-Lo mismo que yo


Pero distaba mucho aquello del acomodo y sosiego que conlleva la certeza. Y la abuela, a quién tuve siempre por medio bruja, podía haber aportado claridad. Por medio bruja, sí, con poderes extraños, exacerbada que llevaba siempre:
-No os peinéis antes de acostaros, hijas mías -les decía a mis hermanas, que desorienta a los navegantes, se lo leí a Gabo
Y al anochecer, cuando salían los animes del aljibe -esas minúsculas arañitas que viven en el agua estancada y nadan como si fueran ranas:
-Ya van a hacer de las suyas: a oxidar las cerraduras, cambiar el color de los ojos de los niños y hacer que tengas sueños enrevesados. Lo dice Gabo.
Cuando a mi madre se le caía algo al suelo y decía “parece que estén vivas”, invariablemente contestaba:
-Es que lo están


Para ella, lo que fuera que fuese que existiese albergaba un nivel de conciencia. Todo cuanto nos rodea es frágil y dura poco. ¿Por qué, pues, ser crueles?
Sí; mi abuela era medio bruja y me pregunto ahora cual será la diferencia con ser bruja entera. Así que cuando murió, me quedaba sin saber a ciencia cierta lo que te pasa cuando cierras los ojos para siempre.


Durante muchos años alimenté la esperanza de que se me apareciera en sueños, dejaba sobre la mesilla de noche un ramito de espliego -que vinculaba yo a su memoria. O incluso despierto, ¿por qué no?, cuando volvía del colegio, anochecido ya, al rancio caserón de la Plaza de América y, si no había nadie en casa y sin encender la luz, levantaba de inmediato la vista a donde muere la escalera -que era donde a ella le gustaba demorarse. Pero no vi nunca nada que no fueran los aspavientos de mi imaginación. Había que rendirse a la evidencia: mi abuela se había ido para siempre sin decir adiós ni al diablo.


Y así se me ha venido escurriendo la vida entre los dedos. Y sigo dando palos de ciego sin saber nada a carta cabal.


La otra noche, sentado en mi sillón de siempre de espaldas a la televisión y una vez acabada la cena, me cogí a mi nieto -que tiene 9, pero es púber, me lo puse de pie entre las piernas y agarrándole las manos, le miré a los ojos y le dije:
-Este año, el abuelo, como regalo de cumpleaños, te llevará a la otra orilla
-¿A qué otra orilla?
-A donde se ve lo que hay detrás de la muerte.


Pero queda mucho trecho aún hasta el 14 de junio en qué, a las puertas del verano, nació mi nieto, va a hacer ahora 10 años. Y me angustia la sospecha de que se cumpla el destino fatal y desparezca antes de que llegue el día -como le ocurrió a mi abuela.


Y me va venciendo el mismo adormecimiento de los gusanos de seda en tiempo de niebla, que es como morirse un poco para ir haciendo boca. Al fin y al cabo ya se verá cuando llegue el momento de partirse en dos y que miles de oropéndolas silvestres alcen el vuelo desde tu interior. Que los hay tentados de saber lo oculto de nuestros pechos y hasta lo que Dios guarda en el suyo. En esto creo y espero, ni del todo en calma, ni tampoco atosigado.


viernes, 12 de septiembre de 2008

Necesito un clásico de mujer

Que tan sólo sepa al acercarse a mí, los códigos de seducción, ni mi nombre, que del placer haya indagado lo mejor: el cansancio de después. En el antes yo pondré el pregón de mis palabras, luego nos iremos conociendo, olvidándonos más tarde para así poder volvernos a conocer con un tema bien escrito de pasiones. Más tarde, quizá hasta urgentemente, entre los dos habrá una segunda lectura, palabras más precisas, el lenguaje inolvidable de las manos que no mienten nunca, saben del tacto.

¿Y por qué me hace falta ese clasicismo? La entereza de mis sueños, se desmorona a veces, quedan restos de lo que fui capaz, pero voy a aumentarlos porque tengo un valioso don: mantengo las querencias intactas, si hicieron hueco, lo seguirán teniendo, siempre fui capaz de hacer sitio. Tengo la sociabilidad que da el intento reiterado del amor, clásico -como os decía- intacto cada vez que intento la magia de un escrito.

He venido esta tarde después de arruinar mi tarde ayer y tengo que recuperarla: ordenar mis cosas, tomar un té, leer en la cama; volver de nuevo a las tardes perezosas de media tarde con la novela de amor de nuevo entre las manos. No lo podréis entender pero quién vive bien la tarde encuentra una mujer distinta cada vez, el arte de las segundas oportunidades y la melancolía de saber aprovecharlas.

Mal camino emprendido. Yerro si pierdo el sentido del sentimiento que acabo de inventarme, si me tiembla casi todo a la vez, si callo ante la falta de respero ajeno. Necesito que este pequeño hueco tenga mi nombre sereno y bondadoso. Fran no responde, Fran se vuelve y busca eso el sabor que le produce lo que tantas veces he buscado y encontrado: el dominio enorme que me da el cariño. Que nadie abuse de él porque entonces, recojo los enseres y me vuelvo a la calle para encontrar enseguida la belleza clásica, cenicienta, acentuada y cansada, que tienen las mujeres maduras.

Pues ya que estaba en eso, allí me quedo como sentando a la belleza en mis rodillas para hablarle luego. No lo sabéis de lo que soy capaz de decirle a una mujer cuando la tengo inevitablemente más cerca. Procuro concentrar sensualidad y calidad, la poesía y la verdad de cada vida, me desgarro, me parto, soy el hombre más enamorado de la tierra y si me da por la metáfora, resulto intolerable.

A una mujer así, en ese sitio, le otorgo el clasicismo de lo clásico, gritos de desesperación para saber cómo son mis besos: son despacio, profundos; una mujer de esa manera piensa que no debe quedar más vida que la suya y la mía, arrojamos como un desperdicio hasta el tiempo porque así como estamos no hay nada parecido.

Tendré que preguntar pues quién quiere estar un rato así conmigo. Cada vez mi mayor atracción es mi propio sentido, compartido con una escucha tenue, con una compañía verdadera, con la enseñanza de un esfuerzo, un clasicismo bien aprendido.

sábado, 6 de septiembre de 2008

"La jodida costumbre de vivir"


En los cuentos de “La lámpara de Aladino”, Lucho Sepúlveda entre “botellas bien habladas” con sus amigos, nos la va explicando, como si me la fuera preguntando. Ya quisiera que no fuera un empeño, Lucho, que tuviera al fin tu ron y tu cazalla para “ordenar las pasiones”, que me fuera viniendo más despacio –entre cuento y cuento- algo que me la hiciera entender y me proporcionara gratuitamente la calma que ya no tengo. Tú lo explicas, que a partir de los cincuenta, dejamos en cuarentena los amores y “los amigos no mueren así no más; se nos mueren”.

A mí me pasa con los cincuenta ya cumplidos que quisiera saber cómo mudarme de piel, ni preguntar por los amigos, saber de una vez que el presente sólo tiene presente, ése que no sabemos vivir bien porque nos empastamos en los recuerdos o en el miedo al porvenir. Pero el presente tiene una segunda epifanía en la vejez. Ya dijeron los filósofos que el hombre es un ser de lejanías, hacemos proyectos desde el pasado o memoria de futuro. Tanto da, es lo mismo.

A mí lo que me pasa es que más que pesarme el tiempo, me pesa el sentimiento, mire por donde mire, y eso es por lo que sufrimos, por lo que caemos en la manía de lo mismo. Y me defiendo con los códigos de la seducción entre palabras, que hay quién los tiene y quién no. No me quedan como a Lucho en sus cuentos, botellas para bien hablarlas, quizá prefiera, como él dice, ese silencio que siempre tiene el vino, casi sin el vino.

Ya estamos en lo mismo: procurar quienes me leáis hacerlo más despacio y a ser posible sentiros alguien aludida. Necesito que las pocas palabras bien sencillas se vuelvan obscenas –la obscenidad es un detalle, una manera de estar cómodamente-. La desnudez debe ser un imprevisto, más que un intento; la caricia, quedarse un rato más hasta si hace falta mentir con ella; lo demás una disposición inaudita para el tacto, pedirle que no piense.

Pero del todo, del todo no es lo de siempre. Será cada vez lo que tenga y lo que me falte: ahora llevo varias noches sin dormir -sin la obligación de hacerlo pero con el nerviosismo de no poder hacerlo. Quiero poder volver a dormir como dormía de niño, libre, contento y sin pensar en el día siguiente, sin miedo, sin saber si lo hago de lado o boca abajo. Quiero otra vez el cansancio y la lujuria de la cama, sin respeto ni maneras.

Quiero escribir, ya que descaro no me falta, de lo que tengo más cerca: por qué mi hermano es más mi hermano ahora que lo ha sido jamás; por qué una mujer a mi lado sabe cualquier cosa cuando no puedo cerrar los ojos sin tener que preguntarlo; por qué la vida más propia, más exigente, puede ser una soledad con forma de estado de ánimo, urgente sin ser perfecta.

Y necesito sobre todo explicar más que el miedo a la muerte, el temor que se me acabe el tenerle miedo. Todo por “la jodida costumbre de vivir” que me ha contado Lucho Sepúlveda como hizo hace pocas noches en Asturias, “con sus amigos y amigas que le devolvieron la tierra bajo los pies”, y para que no me preocupara “quitándose los restos de tristeza con la manga”.

A mí aún me quedan, Lucho, a mí aún me quedan.

miércoles, 3 de septiembre de 2008

Llegar hasta la lujuria del suelo


No leo nunca los manuales de instrucciones y no sé qué hacer ahora. Me siento como embarazoso, a la búsqueda de instantes sueltos de felicidad, de esa que no se relata, según dicen algunos. Yo jamás supe contarla, mejor buscarla. Volver a escribir aquí, cada vez, cada sueño, me va resultando como en familia, ésa que hay que conocer por el camino, no basta que te la den, luego verás tú mismo cómo resulta. Sin ninguna indicación frente a cualquier mujer, descubierta, como pasa siempre que se mezcla la saliva de ambos, la de ella y la mía.

Precisiones ninguna, cobardías las que hagan falta porque hace mucho tiempo ya que vengo escondiendo las verdades en este rincón, propio y escrito para que lo lea casi nadie. En él seré lo cobarde que haga falta, pero lo rotundo, lo osado, no me contradigo. Quiero escribir como en estado de shok, ir buscando cada vez lo mejor a lo que puedo aspirar: el instante de un seno desnudo; el fastidio de no quitarse las ilusiones de encima;  el amor que te elimina la capacidad de hablar cuando ni siquiera puedes ni respirar; eludir la soledad en plena soledad para que pueda bastarme una felicidad unilateral.

Llevo arrastrando cobardemente –como un prodigioso personaje de novela mal leída, los excesos increíbles, la ropa arrancada, la súplica que tiene el placer, la saliva de los dos, el semen, los besos, casi todo, casi todo lo que quise tener y no tuve. Mi cobardía aquí va a consistir en amar demasiado, de cualquier manera para ver si luego en los momentos de calma, me entero de qué es eso de la calma.

Por lo tanto no habrá nada definitivo, no puede haberlo en un viejo que se empeña en decir que es viejo. Porque voy a darle la vuelta a todo. Empezaré –como me recomienda mi entrañable amigo “inalámbrico”,  poder llegar a cimas más altas, pero mi problema está en aspirar a tener tanto y no arreglarme con las cuatro cosas de siempre en el armario. Si lo tenía bien fácil: un libro siempre abierto, ese lápiz permanente para arrancarle los registros entre las páginas que tienen todos, todos los libros; su engranaje, la ternura que tengo al contarlos, cómo sé acariciarlos.

No me hacía falta nada más que ir leyéndolos, tener ese placer que cuesta, esa excitación lenta y segura de verlos amontonados. No necesitaba, no necesito más que convivir con las caricias y poder destinarlas luego. A mí me gusta el verbo, encontrar entonces quien ponga la boca amada; me urgen las miradas para ver a quién destinarlas, estrenar sus ganas de gozarlas para luego perturbarla. Perturbar a una mujer es mejor que seducirla, tiene una espera amplia, aplazar el placer hasta que ella quiera crea un amplio y heroico erotismo. Entonces, seguro, el placer ya no aumenta, aprieta, no cede, sirve la lujuria del suelo.

Y buscando más cosas cuando podía ser capaz sin manual de instrucciones de calcular el mundo, de saber dónde llegaba, de ignorar si se me terminaba me he dado cuenta que no hacía falta plan de ataque, bastaba mi lenguaje como un veneno para expulsar la tristeza. Quiero hacerlo para poder beber, morder, gozar, y hacer así que nada sea definitivo, tenga al menos la cobardía del intento.

viernes, 29 de agosto de 2008

La barrera de los diez centímetros


Necesito cada vez que vuelvo a mi sitio, como una especie garantizada de buen éxito, hacer míos con quienes quieran compartirlos los diez centímetros de cercanía. No debe haber dogmas porque entre cuatro palabras que pienso seguir escribiendo puede estar –de hecho está, el orgasmo más largo de la vida de uno.

Me hace falta el consentimiento pleno, sin cambiar ni de ética ni de edad, pero lo suficiente para que esa exacta medida de diez centímetros entre la ropa usada y las ilusiones intactas, ese tope, me consientan que no sea tope. He demostrado en un fondo de cultura mutua –y a eso le puedo llamar hasta caricia, cómo soy capaz de llegar a ese tacto de diez centímetros de cercanía. Para mí, como una especie de dogma que no supieron enseñarnos, Dios existe porque ha creado una determinada mujer.

Ya voy ganando ese terreno, ya me siento cómodo dentro de él, nada más llegar a mi escritorio privado y único pero descaradamente público. Lo vengo pregonando mucho tiempo que en un hombre maduro caben sueltas por asignar muchas ramas de ternura. Quien la tuvo sabe que me abstendré de juzgar nada de nadie, soy sentencia absolutoria segura porque la necesito propia. Entre líneas se escapan cosas intimas mientras lo que ocultas es lo que más te define; acepto y pierdo, tanto da si ha habido momentos en que no existieron esos diez centímetros, todo era cercanía. Cuando pedí una caricia, gestionada entre los libros leídos, a mí me faltaban, a ella destinarlas; a mí me gustaba el verbo y a ella la boca amada y hablada; a ella estrenar las ganas y a mí el deseo de gozarlas.

Para todo ello sobran los diez centímetros, es dar rienda suelta –como vengo haciendo, como amenazo seguir haciendo, porque en el ser humano hay una disposición inaudita e inauditamente resuelta, a tocarse, acariciarse, abrazarse, a hablar. Hasta lo sacaré fuera de aquí para contarlo aquí, que cuando una bella y anónima mujer sostiene mi mirada en la calle, aún puedo acariciar la idea de que la vida es como un árbol con su entramado de posibilidades, de caminos que podía haber recorrido y voy a recorrer aunque se me haga tarde.

En qué enredo me he metido por dejar el mar ahí, casi a mi lado, pero me he quedado solo -los libros que no he leído me recriminan mi lamento, sólo con mis silencios deseados para llenarlos lo más posible; sólo a lo mejor con poco tiempo para sacarle partido a un abrazo; sólo cuando vuelvo a acordarme en el instante que le dije a alguien, tú no te puedes morir, que te he inventado yo. Y vuela como una mariposa.

Pues enredado estoy de nuevo con las palabras que me propician a lo mejor muchos caminos nuevos porque convencido estoy que vivimos una sociedad con una minusvalía emocional muy poderosa. Pero hacer lo contrario lleva mucho trabajo. Me quedo con el descaro del belga Beigbeder “¿Crees que me amarás algún día? Es largo –fue la respuesta, el amor es un trabajo.”

Un trabajo dispuesto a admitirlo pero para el que hace falta que no existan ni un centímetro que no sea capaz de suprimir la barrera de cercanía. El remedio: amar hasta la asfixia y contarlo luego. Y ya que empieza el invierno necesito como un apetito insaciable, estupefacto, nuevo. Así de transpuesto me he quedado frente a un montón de libros nuevos, las cosas que tendré que contaros, ver que no puedo envejecer en un mundo en que si sabes hacerlo, está prohibido envejecer.

Esta cita ya es repetida, como su autor, Beigbeder: “"Las mujeres son mi sacerdocio. Quiero conquistarlas como un continente.” Pero un continente en que una vez en él será atañer para su aval y su defensa. Un continente amplio, poderoso, tierno.

lunes, 25 de agosto de 2008

Eres lo único que tengo

Para "El Gavilán de Rumbau"

Dijiste esas palabras - porque no tenías además otras más reales, aquella mañana al salir de mi casa. Te marchaste como un ejemplar que forma parte de mi vida, asombroso, seguro en su elección, abrazado a mí. Optaste por ser libre – me lo explicas cada vez, y la libertad es un pesado fardo al que te acostumbras igual que a la muerte. Para ser libre has suscrito la soledad en tus entrañas como una vocación secreta, eliminaste los códigos para acercarse y alejarse, vienes practicando un arte que no es capaz de aprender casi nadie, una sensación que te noto cada vez mirándote la mirada.

Lo nuestro, de lo que hablamos cada vez, ya carece de respuestas, no pueden provenir de ninguno de los dos. Tú has tenido siempre –y sigues teniendo, el poderoso cerebro donde podían estar las claves de lectura de cualquiera. Eras perdedor como me siento yo, pero cuando querías, capaz de abarcar, doble y mitad. Ahora, cada mañana que nos vemos lo tenemos muy claro, hemos asimilado la vejez, se nos ha terminado nuestra dosis de cuerpos frescos y nuevos, hasta si quieres no tiene demasiado poder el poderío del presente.

Lo único que cabe hacer, es lo que tú has hecho este verano: esperarme, como la imagen de ese niño que no puede ser nadie más que tú deseando mi vuelta. Yo he traído los cansancios de la supervivencia inevitables pero no elegidos, intercambiaremos al volver a vernos las imágenes de antes como cromos infantiles de desahogo y paciencia. Consumiste perfecta la espera porque la vida es lo que hacemos, lo que esperamos, lo que no pudimos hacer. He procurado no entretenerme más de la cuenta porque sé que vivir esperando desgasta. La espera es un ángulo, Gavilán, y en su vértice siempre surge el encuentro.

¿Qué vamos a hacer ahora? Lo que veníamos haciendo. Tú traerás cada mañana que vengas a casa esas dosis de memoria desde nuestros antepasados y ese poder que tienes es tal que puede desplazar la realidad. Vas sembrado cada vez detalles de tu memoria que hemos vivido juntos, los desgranas despacio, a veces tienes tanta minuciosidad que pienso que te los inventas. La mía es muy propia, únicamente me vale como el atlas de mis lecturas esparcidas por la casa, el itinerario de los libros, las pausas en cada cita porque ya lo sabes, escribimos lo que escribieron los demás, más o menos, es como mi manera de ir leyendo.

Las menciones de esas citas en tu caso no requieren escritura, están en tu cerebro, te han cabido, no se salen, te vale la selección del recuerdo.
Miro de nuevo a ese niño esperando y te estoy mirando. Somos –si te parece, unos adolescentes para siempre con una forma de envejecer que no tiene historia. Hemos inventado entre los dos una especie de resurrección de lo que dejamos mucho tiempo en suspenso sin tener que morirse antes porque vivimos en un mundo donde está como prohibido envejecer.

Tú lo entiendes mejor porque necesitas poco, te arreglas con cuatro cosas, te mantiene vivo tu cerebro, con el que llegaste a saberlo casi todo. Me dejaste poco sitio, pero no importa porque el sentido de la vida es su carencia. Tuve mucha menos y me equivoqué al querer tanta. Ahora, no me importa, me siento muy orgulloso de sentirte tan cerca, como una metáfora insolente –ya sabes mi manía por leer tanto a Umbral, he tenido la ocasión de que vinieras a quedarte, a esperarme cada vez que me aleje con el heroísmo de los que carecemos de futuro.

HISTORIAS DE MUJER PÉRFIDA Y DESAMOR


Por “El Gavilán de Rumbau”

Cantaba los domingos, el atardecer, a esa hora en que se apagan las teles y la gente sale al fresco, por ver de estirar las piernas y acallar las penas. Se ponía en un recodo de la Calle La Cerviz, a espaldas de la catedral, zona peatonal de poco trasiego en festivo y a esa hora –lo que adecuaba felizmente al hilillo de su voz, pero acababa siendo desdicha a la hora de hacer recuento.

La parte vieja de la Ciudad andaba en fiesta, plagada de buhoneros, de gente malhadada y sin cuartel, variopinta, sí, pero unida por la desgracia de haber nacido a deshora y del revés. Él se despintaba, en cambio, de todos los demás, igual que fuere un príncipe que pasa de civil entre el populacho.

Se sentaba sobre un poyo bajo soportales, en los aledaños de la Catedral, con su guitarra entre piernas, por el camal abierto del short asomando sin querer intimidad; y cantaba con desgana, derrotao, una voz inaudible, quebrada, que arrastraba en las flexiones hasta dejarla huérfana, deshilachada, se aniñaba. Cantaba lo fregada que es la vida, el desengaño, historias de infortunios y amores atravesaos, de mujeres que no son de fiar, a las que llega siempre el día de tener que perdonar.

Desconfiando del poder recaudatorio de su música, la acompañaba cuidando de una absoluta soledad en el entorno, de alguna que otra mirada entreverada y sonrisa cómplice, que dedicaba de vez en vez, a los escasos transeúntes que enfilaban tránsfugas la bocacalle.

Andaba yo muy bajo aquella tarde, yo diría, más bien, desesperao. De tiempo atrás, que me venía repitiendo el horror con que aguardaba el día en que no hubiera niños en mi casa. No sabía lo que haría para llenar con algo el vacío de mi vida, el material vacío de mi casa. Por primera vez al cabo de tantos años, llevaba un mes viviendo solo. Y al pasar por La Cerviz, allí tirao, a la sombra de la torre mora, el pibe cantaba “Flaca”, una tonada porteña, una milonga, lo vi tan lindo, desengañao, cantando para sí, pasando por entero de todos los que pasábamos.

Me senté distante, dándole frente –por preservar la soledad buscada, le escuché paralizado. Me fijaba en quien le daba, pasó una mujer de negro, que debió ser joven, con las uñas plateadas, se saludaron, la sonrisa de él delataba haber amanecido juntos más de una vez, enredaos, “que no me ha sabido a nada” –como rezaba la letra de su canción.
-Te dan más por ti que por tu música, porteño –le dije; y tú lo sabes mejor que nadie. Yo tengo que verte cantar; si no te miro, me vale menos que nada.

-Soy Río platense. Sí, las mujeres, cuando salen de la catedral me echan.
-Mujeres frustradas y en retiro, tú tan pulcro, con el pelo cortao y peinao como Dios manda, ven en ti al hijo que no tuvieron y ya no pueden tener.
Y no se cansaba de cantar el alma en pena. Porque siempre era lo mismo, el mismo desasosiego y desarraigo, la misma historia que acabó fregada. Yo me hice de él un patrón a mi medida, que andaba por la vida solo –por más parentela y mugre que pudiera rodearle, lejos del mar, del Buenos Aires querido; sensible a los halagos engañosos de la hembra, buscaba en ella la madre que nunca tuvo. Debió sufrir un revés, un fatal desengaño, quizá la mujer de negro rufián, de mirada torva y uñas plateadas. Y cantaba en desagravio para sí, ahogando su desdicha entre aires y milongas, pasando por entero de los que pasaban.

-¿Conoces la leyenda del flautista de Hamelín, al que se llamó para que librara al pueblo, infestado de ratas y se las llevó con su música detrás?
Lo que nadie pudo prever es que se llevara a los niños, también. No dejó uno. Tú haces lo mismo, porteño, te llevas la calderilla y a mujeres en el climaterio y pobres viejos, como yo detrás. Y me miraba sin bajar la guardia, reticente y con recelo.

Así que cada domingo, a la hora que sabía habitual, iba yo a verle -más que oírle cantar; y él no venía. Y así un Domingo y otro, y un mes y un año. Hasta que un día me sorprendió un aguacero en La Cerviz. A cobijo de los soportales, aguardando a que aplacara –ensillando hasta que aclare, como dicen ellos, se me acerca un compinche, ¿sabes?, me dice, el flautista se quitó la vida.

Me lo temía. La lluvia trae siempre consigo estas cosas.

Pero fue pura patraña. Porque andaba el verano por acabar, que una tarde que me fui dando un rodeo por las tapias de la Catedral por ver de entretener mis males y olvidar, me lo volví a encontrar, sentado en los aledaños con su guitarra entre piernas, algo ajado, sí, sin aquel brillo de su mirada intencionada, en menoscabo; pero la misma voz desteñida, del color y el sabor de la desgana, la misma historia de siempre de mujer pérfida a la que hay que perdonar, de noches que no supieron a nada, cantando sin piedad el desencanto. Que el amor es un disco rayao, no más que una canción que se te va en humo y deja la cicatriz, que no merece las lágrimas de un chico.

jueves, 21 de agosto de 2008

Otra vez las misma claves de lectura


Lo vengo avisando, lo vengo necesitando. Tengo la compañía profunda del mar a escasos metros, pero la uso solo como mirada tierna y consentidora, no lo gasto el mar, me sirvió en su tiempo, está bien en su sitio desde donde lo veo cada verano, pero mi rostro y mis necesidades se giran hacia la ciudad como animal de ciudad que soy, igual que si la amara sin poder soltarle la mano. Avertencia: por eso ya hace días que me pesa cada día sin ella. Mis escapadas son como infidelidades a mi estancia, pero al mismo tiempo insuficientes. Amo la ciudad como un trabajo largo y satisfactorio y tengo que venir aquí a contarlo cual una especie de exhibicionismo inagotable.

La convivencia con los puntos calientes de mi ciudad me permite recuperar mis claves de lectura. Es curioso, no son los libros ni los autores, ni la temática como una forma de pedir perdón que viene luego. Todos quienes me leéis lo sabéis de sobra, soy un nato perdedor gustoso de mis derrotas, a la vez doble y mitad de quién me quiera, acarreo las dudas pero me las toleran porque detrás de mi lenguaje hay una verdad que nadie duda: a veces una cara estampada por las lágrimas, otras, en cambio, una fortaleza que he aprendido cuando la pedí aunque no me la dieron totalmente.

Volveremos, pues, a zonas oscuras sin respuesta, pero a sitio de vivienda que no deja de tener nadie porque ninguno se queda sin casa. Otra vez los huecos que he descrito tantas veces un poco desordenados pero plenos de mi riqueza siempre al ocuparlos. Que nadie me pregunte cómo me las ventilaré ni el otoño ni el invierno, no son otras estaciones, simplemente ya no son el verano, nada menos.

Una vez lo expliqué: iba por la calle y de repente vi colgado en un balcón como una forma especial de intentar vender la vivienda, no estaba nada mal –“se alquila habitación para gritar”, es decir como un espacio propio que no iba a hacerle mal a nadie ni nuestra desazón, ni la forma de girarnos, de decir que ya no podemos casi seguir viviendo. Una forma de gesto, una impaciencia. No necesito alquilarla, si venís de vez en cuando –tengo sitios de sobra, sabréis lo que es un hombre que ya le puede sacar a la vida poca vida, que tengo que repetirme, esclavo de mi propia tiranía, pero que tengo mi mejor parte sin mentirme, amando a una extraña cada vez, me acompaña la lascivia que es puro presente, orgullo de ser así, inmediatez para mi gloria.

Ya lo veis, las mismas claves: si se trata de mujeres sin conocerlas, verificar su respeto y su llamada, perpendiculares en mi eje vertical para poder así acumular –lo dije al irme, nuevas dosis de ternura. Necesito, -¡oído, cocina!, capacidades infrecuentes cuando parece uno tener las estructuras básicas bien cubiertas. Hacen falta trucos que prohíban casi la sonrisa porque la seriedad es más sexy, bocas disponibles para besos que se escriben primero y se desean luego, elevando los brazos para que tenga su sitio el pecho, la vulgaridad del goce luego, su silencio.

Las mismas claves que no me completaron y todavía recuerdo, noches pensando que los recuerdos pueden ser un cimiento pero son apenas el comienzo. Que me llamen y vuelvo, que sigo siendo el mismo hombre de palabra que nunca se me hará vieja con una vida abierta para penetrar en otra, para llenarla, nada menos.

La mejor clave para acercarme a mis lecturas de nuevo cuando voy a dejar el mar más lejos. Mi grito de reclamo no tiene riesgo, es ofrecer una parte de vida pausada y tierna, admirada y escrita para leerla y compartirla.

viernes, 15 de agosto de 2008

Un gesto antiguo y sabio en casa ajena

Lo necesito para quitarme el cansancio, la ausencia y la vejez, desnudarme del todo por lo que se me quedó fuera y hacer como que sigo, que me van a pasar los días sin pesarme demasiado. He dejado en mi propia casa sosiegos que no me va a dar nadie, pero al menos –en casa ajena, que no debería ser tan ajena, quiero que no me aparten los libros de donde los he dejado, el paquete de tabaco, casi hasta cambiar la manera de sentarme.

Pierdo cuando estoy fuera de casa la audacia que siempre me permiten las palabras, me baño de timidez y de ausencia, de casi hasta preguntar sobre hábitos de convivencia. Me falta la codicia de lo propio, la manera de ser que me ha servido para cautivarme cautivando.

Me siento tan extraño que me palpo los interiores, casi obscenamente ya que los exteriores si no son excepcionalmente dos casi mujeres, no me los tocaba nadie. Y por fuera todos tenemos las raíces de las caricias que nos dieron y supimos devolver. Necesito ese deleite, esa lascivia siempre amando con el goce de lo extraño a lo que debería ser propio. Hay una inaudita manera de expresarlo, no respirando, sólo abrazando.

Está claro pues lo que he hechado en falta: necesitaba como en tierra firme brazos de par en par abiertos para tener siempre a alguien dentro. Es una neura tan humana y tan tierna que no me la debe negar nadie, ni la “picaresca” –término ajeno, que tiene siempre dentro valía cuando usamos solo las palabras. Ni tampoco la seguridad que sientes luego al bajar los brazos, al pensar que también en casa ajena puedes ser querido y poderoso con esa extraña fuerza que tiene siempre un hombre enamorado del amor para que lo quieran, dentro y fuera, aquí o allá, de mañana o al atardecer, cada vez que te notas un poco más viejo e inseguro en busca de palabras que te salven o de sílabas que te unan a alguien luego.

Vaya manía que le tengo a no tener los necesarios detalles que son eso: un gesto, una indicación que cualquier cosa que veas cerca, es propia. Yo seré a cambio sabio y prudente, sabré estar en mi sitio, alegrar compañías, contar lo que sé de la vida por haberla vivido con enorme insistencia. Sabré desde el papel que tenga hacer como los amantes que llegan hasta el fondo, así le llamo yo a eso de la experiencia: un fondo difícil de alcanzar, hay que alargar mucho el brazo, ser amigo del dolor demasiadas veces, pensar que ya no llegas y sin embargo llegas. Eso es para mí nada menos que detalles.

Por eso tengo ganas, he sentido unas enormes ganas todos estos días de volver a pagar el peaje de la soledad bien ganada, bien sufrida, de venir a este sitio y deciros otra vez cómo es porque me lo vengo haciendo propio a ratos, despacio con mis gestos cada vez que escribo, que le respondo a alguien, cada vez que se me acaba el tabaco pero los libros están en el mismo sitio donde estaban.

El orden de lo propio no elimina lo ajeno –que además no debe ser ajeno. Vengo echando demasiados días en falta la caricia que siempre deben tener mis mejillas de quienes deben acariciármelas, porque detrás está la inmortalidad de los recuerdos, de lo que hicimos por los demás, de cómo fuimos capaces de tener siempre a mano una mezcla de sonrisa y de cariño hasta en el silencio.

Pronto estaré de nuevo en casa propia. Desde allí seré capaz de acercarme a cualquier ternura que me llame. Tendré ya que probar a entrenarme.