miércoles, 8 de octubre de 2008

Escribí en una tarjeta que me cuidaran, sólo eso


No fui amante con manual de asceta, ni estudié antes posturas recomendadas, tengo el inconveniente de entregarle a quién se acerca a mi vida con el eterno ropaje válido de las palabras, de nuevo la palabra y una forma impetuosa de acercarme. Me muero de placer cada vez que me hablan de placer, tengo la piel tan cálida que busco que la noten los demás como una alteridad que a ambos nos protege.

Me enredo muchas veces con mujeres evocadas, con cualquier momento que estuve con ellas, con aquello que una serie de tardes nos fuimos escribiendo hasta hacer el guión de una novela que no quise firmar. Mejor que lo hiciera ella. Para mí, palabra contra palabra ha de ser siempre dulce, como boca contra boca, un estímulo nuevo cada vez, un imperio para construir sin que exista manera de destruirlo nunca.

Es curioso, os lo cuento: cuando he estado con alguien, cuando he tenido al menos ese tierno roce del ángulo que tienen las pieles; cuando hemos conversado, nos hemos mirado tan directo a los ojos para hacer de ellos mirada, me he aprendido esos ojos y si han sido tan bellos me han temblado cada vez las manos hasta para coger un objeto luego. Si se me ha caído al suelo -cosa que me ocurre con frecuencia, eran aquellos ojos, su insistencia, su magisterio. Porque estoy completamente seguro que los ojos de una mujer son una manual que siempre debes tener a mano, son ese diccionario de uso, son comienzo y término del camino, de la vida que hemos emprendido.

Me estrello con alegría en cada precipicio y me agrada contarlo. Siempre vuelo muy alto por eso es necesario que jamás me digan que hago daño. Llamo y pronuncio para poder existir como si la voz, traducida a palabras, adjuntara las sílabas, enhebrara los silencios huecos y sonoros que acaban siendo verbo.

No quiero incertidumbres de nadie. Cada instante que quiero -que estoy queriendo a alguien, llego hasta al fondo, sé que luego no se puede volver a la superficie, ni lo intento. Me siento como ansioso de cometer un largo y ansioso pecado, que no puede ser nunca pecado al igual que siempre son dueños de su belleza los pezones realzados de una mujer.

He pecado -si es que lo fue, y seguiré pecando, quizá con una costumbre: hacer gestos que gusten para buscar yo los que me hacen falta urgentemente. Tiempo y calma de poder hacerlo mejor aunque se viva muy poco y la vida transcurra a toda prisa. No quiero quedarme corto porque en cuestiones de amor siempre alguien anda que no llega y el otro va ya de largo.

Puedo hacerlo mejor, escribir más prieto, quedarme más noches sin sueño y sin reposo porque siempre he pensado que la noche es para amar y pensar cómo debes hacerlo. Hace días lo escribí más o menos en una tarjeta -siempre mezclando mis metáforas y mis realidades, para que me cuidaran, sólo eso. Puse un ejemplo -a ver qué os parece: las plantas que llenan toda una amplia terraza. Cuídame más que a ellas le dije, aunque sean tan bellas. Ellas pueden vivir con la luz, el sol y el agua -yo creo que ni hay que abonar la tierra. A mí en cambio me hace falta siempre el retorno, la insistencia, no haberlo terminado lo que estábamos haciendo. Me atreví hasta a decir, donde empieza tu cuidado y tu tacto, yo me estoy terminando.

Esa es mi manera de ser, la heredada y cada día cultivada. Voy a seguir insistiendo, recordando aquellos ojos perfectos, el punto de su huella que jamás la esconderé, mis instantes de admiración, los silencios que me sorprendía y que me exigía. Así estoy dispuesto a contemplar y a disponer igual que la desnudez de la piel, la de las palabras. A lo mejor son extrañas pero siempre propias y ciertas.

Os digo en dos líneas un sueño que tengo pendiente: perderme minuciosamente en las callejuelas de la ciudad que siempre tiene el cuerpo, para soñarlo, para contarlo luego. Queda pendiente que hablemos, pues, del cuerpo.

DOBLE FONDO


Por Salvador
Sentado a la mesa de despacho de mi padre y en su lugar, registro sus papeles tres días después de muerto.

En el cuerpo de armariada y cajones de la izquierda, si llegas con la mano al paño con que el mueble cierra por detrás, descubres un orificio circular por donde, al meter el dedo y tirar hacia ti, cede la chapa, apareciendo un espacio vacío a modo de doble fondo o caja fuerte, donde guardar los papeles más comprometidos.

En lugar de documentos o títulos valores, me tropiezo con mi carta de niño desde Ronda -donde hice el servicio militar, con una foto olvidada, un sobre raído rotulado por él “Recuerdos de mi pobre padre”, con recortes de la vida del abuelo, cuatro cosas que, al fin y al cabo han venido a ser tu vida, naderías que te sacaron las lágrimas un día.

Mi carta rezaba así:
“Montejaque, 3 de Agosto de 1956.
Querido papá:

Siento deciros que no me esperéis en la semana de permiso de jura. Se sorteó la permanencia de 13 cadetes para la limpieza del Campamento durante la licencia, y de más de 3000 que somos, me tocó a mí. Mala suetrte.
Mala, o buena, ve tú a saber, que no hay mal que por bien no venga. Me quedo sin ver a Lucy. Pero, de los 3 días de permiso, consumía 2 en ir y volver. Ya sabes que los viajes no son mi fuerte por el oído. Y más de 24 horas de autobús de seguro que me hubiera mareado de mala manera. Por otro lado, que habitemos 13 del Campamento, donde hemos estado 3000 amontonados, tiene también su atractivo, ver en soledad la transparencia de la Serranía al ponerse el sol, oír el toque de silencio en la tienda donde dormíamos 20, sinotra compañía que tus propias pemnas. Hay veces que no cambiaríamos por nada el bien de estar solos.
El mes y medio que queda se pasará en un vuelo y me veo ya en la estación con vosotros peleándonos. Recibe un abrazo de tu hijo.
Salvador
El chiquito no sabía que la soledad no existe sino cuando estás en mala compañía.


lunes, 6 de octubre de 2008

Con el pelo eróticamente suelto o recogido


Así me imagino a una mujer tantas veces, cada amanecer de momento incomprensible, cada rato malo en que ya no sé qué deciros, pero necesito deciros lo que sé. Así me la imagino, pero mientras, me quedo antes con mi edad que me pesa, con las ganas siempre de leer, pase lo que pase -es lo único que no se me va de la conciencia, -erótica también las misma veces, que va haciendo escuela diferente en mi lenguaje. Aunque me quede -según me dicen, en la primaria, como la axila permanente de una mujer -que hace mucho tiempo que no se la veo a hurtadillas cada tarde, pero que aprovecha un santoral a los que no les debe quedar santos para decirme nunca te he soltado, nunca te soltaré.

Eso quiero como hombre, a pesar que hubo un punto final que ha resultado algo continuo, profundamente erógeno por su insistencia como dos rodillas descubiertas -sutileza en su atractivo, estilizado y fino, que me decía que lo importante no es ser el primero, sino quedarse el último, el último con punto y seguido. A la vez la duda, la benévola duda que provoque la mujer porque hay un erotismo insalvable en la necesaria infidelidad que debe de tener. Nunca engaña, -salvo que inevitablemente lo consientas, es un rumor para tener más ganas e imaginártela somnolienta y desnuda como la mejor manera de dormir.

Eso vengo pensando porque me vienen los pensamientos cuando siempre voy a tener edad para tenerlos, y sin embargo la insistencia, el deseo de una mujer entera que en cada momento se me enrede entre el verbo para hablarle del vacío que me fabrico adrede. Tampoco cambio a posta, se me borra intencionalmente el pasado por brillante que fuera para ser también infiel y promiscuo; sigo estando en vigilia permanente sobre todo en los ratos peores donde pienso que ya casi no queda hombre.

Me han ido destruyendo los momentos que la naturaleza tiene, una capacidad para enfrentarme, un coraje, una raza culta y despiadada que me dieron los libros hasta revolcarme con ellos por el suelo. Nunca quise el éxito, me importó la dedicación, la pasión, la manera de emprender las cosas, de llamar a una mujer y quedarme con ella. Recuerdo aquella voz, sensual hasta una atrocidad inusual que me decía tiernamente, qué bien haces queriéndome pero nunca me vas a tener. Había una dominación y una hermosa sumisión luego, una forma de placer anotada en la escuela de la mujer, adorando ese omnímodo e imaginario post coito, siendo el hombre como un animal que siente así la absoluta liberación ante el amor que da la sumisión.

Lo escribí muchas veces en una página con nombre de literatura en la sobrecubierta y cuando me lo aceptaron sentí cumplir así esa dedicación, esa pasión que siempre procuro poner a la búsqueda del mejor momento que venga luego, que me traiga alguien de verdad, poderosamente, sin miedo para poder imaginarme ese pelo eróticamente recogido o tal vez suelto para con ellos hacer un rito, un rito inventado y escalofriante para estar con una mujer, o sin estar con ella encontrar el destino geométrico que tenemos cualquier hombre.

Necesito urgentemente un beso adherente a la ternura de cada pausa en la escritura, adquirir así el hábito que he perdido de gobernar las viejas dificultades que tiene la vida. Siento ya insultantes en las manos las oscuras manchas que tiene la vejez, pero a cambio pido y ofrezco compartir ese instante de sensación verdadera que estoy siempre pidiéndole a la vida.

Estos días miraba con temor y cuidado una vieja cicatriz de hace veinte años. Se parecía un poco a la que un día se inventó Umbral: “el carmín de una mujer doliéndome toda la noche como una cicatriz.” Pues de momento he decidido salir de mirar la cicatriz ya que me gusta escribir como quién sale de una frase. Ni me importa parecer viejo porque al fin y al cabo Borges reescribía lo viejo. El otro día le leía a alguien que ya dijo de él “que sólo se ama lo que no se posee totalmente”.

Pues me quedaré con lo que tenga aunque sea el recuerdo de un pelo eróticamente mal recogido o un santoral que me trajo nunca te he soltado y nunca te soltaré. Yo tampoco.

miércoles, 1 de octubre de 2008

Qué gran misterio son las mujeres


Pongo siempre un beso desmesurado en cada ocasión y una intensidad concentrada para saber cómo son, en una especie de ansiedad contemporánea, y lograr así que en sus caderas jamás se ponga el sol. Porque no se puede poner, ni ocultar, se queda. Y cuando beso sus ojos y sus labios, siento cada vez que estoy besando toda una historia en lugar de a una mujer.

Empiezo cada relato intenso y breve pero al final nunca fui capaz de entender lo más hermoso que tienen de mujer. Ese beso desproporcionado para el espontáneo instante, me abre paso para aprender todo lo que me puede enseñar cada mujer. Y para ello sobre todo hace falta tiempo y calma y así poder administrar la costumbre de tenerlas siempre cerca. Te enseñan casi todo, te educan de nuevo como cuando estás sin ellas, te explican lo que es regresar a la vida, a su mundo, a la circunstancia.

Sigo, sin embargo, sin entenderlo, porque me parece una caricia que empecé antes, lenta cual un tacto que nunca estoy terminando y detrás de cada vez, luego de cada instante se pasa siempre a los momentos que tiene el cuerpo de un hombre y una mujer, dos dispositivos infalibles: el de la inercia y el del erotismo.

Nunca quise que esa mentalidad permaneciera quieta, sino consistiera en una manera de asombrarse ante cada mujer, un raro fenómeno húmedo y tranquilo delante del hombre. Conoces de verdad a una mujer cuando se siente amada. Ellas, como consecuencia viven luego del recuerdo, el hombre no, el hombre es puro instante y por eso se queda, una y otra vez sin saber bien lo qué es un mujer, dónde tiene el encanto, en qué consiste su misterio.

Me he fijado con detenimiento: hay una ley de tacto con ellas, de adoración, de respeto a la tenacidad, que no solemos tener los hombres. Ellas tienen en cambio una pose memorable, única, cada vez, cada momento; una madurez que nos cuesta cien veces más a nosotros tenerla cuando la tienen ya ellas, antes incluso de que en su mirada sobre la belleza gratuita, aunque sea a trechos. Se encienden y suenan, se encienden y huelen como si tuvieran siempre el pubis encendido.

Pienso que he explicado ya bastante lo que siento y estoy como al principio. Habría que quedarse hablando, aprendiendo porque tantas veces son adorables y proféticas. Se me acusa de mi elogio a pesar de tener el verbo triste, pero insisto, me aprenderé el gran documento de ir conociendo a una mujer y preguntarle entre sus redes, cuál es ese misterio, porque yo no puedo tenerlo, porque los hombres, callamos y perdemos. Las soñamos tantas veces desnudas desde el principio para que den sus dimensiones exactas, no ya del cuerpo, sino de esa habilidad que les proporciona su misterio. A nosotros la pasión nos entorpece, dificulta la concreción de nuestros anhelos, ellas la llevan siempre dentro, la tienen si la buscas sin tener que preguntar por ella.

No sé porque me ha salido todo este poema largo, sin maneras de poeta ni destino caso de que tuviera versos. Me quedo con la alternativa que tienen más cerebro porque tienen misterio. En mi caso no me queda más que una demanda larga, una forma de mirarlas que yo sé que les llega. Mientras, entre los verbos persiste esa constante incertidumbre que produce el porqué tiembla el alma cuando el codo roza por casualidad el brazo de una mujer que todavía es una completa desconocida.

Ya lo sé: por su misterio.

lunes, 22 de septiembre de 2008

Escuchar cinco veces el cuerpo de la amada

He podido saber hace unos días cómo es el amor según La Ley de Jamsa. La ha explicado muy bien Ruy Sánchez, cómo escuchar cinco veces el cuerpo de la amada, ese cinco de los manuales árabes, “cinco caricias prolongadas, todo cinco veces, hasta cinco círculos concéntricos alrededor de cinco besos púbicos. Todo cinco veces repetido antes de pensar siquiera en entrar en ella.” Luego ya viene la aventura, la reclamación necesaria de la mujer invocada por las puertas secretas del sexo.

Me viene a cuento esta legislación árabe del amor para pensar en cómo debe uno sentirse, saber acercarse y sobre todo mantenerse. Para ello me considero capaz de inventarme una mujer y sé hacerlo a partir de sus vocales, de lo sobrada que ande de ellas, por cómo se mueve, cómo te llama, por cual es su tendencia, hasta como diría la fantasía del casi poeta, “su pubis a partir de sus silencios” para amarse luego y hacer un poema con los cuerpos que son quienes tienen la autoridad y el prestigio.

Mi deseo ha sido siempre hacer cálidos los textos, los estampo así porque he leído no la forma para hacerlo ya que jamás hubo manual de instrucciones, sino porque he leído directamente cientos de veces de quienes así los hicieron. Insistentemente salen del arbusto frondoso de los sentimientos. De eso anduve sobrado, pero habrá que añadirle la cultura que aporta la cultura, así de repetitivo e insistente. Por eso hallo una mujer en las vocales, es su manera de oler perfume sin estar ella perfumada. Contarlo me permite una dicha inmediata para huir de lo más común entre la gente: que el cerebro se detenga en la desdicha, sin vocales, sin mujer, ni perfume que valga.

Junto con ese lenguaje, depurado sin querer que lo sea, nunca estuve lejos al ponerme a escribir cuatro caracteres de saber que es posible pensar con el sexo y que eso, siempre, siempre, es un privilegio, jamás una osadía, ni una palabra más subida. Al escribirlas tienen todas el mismo tamaño: la intención de quién escribe, la sanidad de su instinto. Es en suma, la sensualidad más verdadera, la que se parece al pubis en silencio, son simplemente eyaculaciones del temperamento. A veces basta para cultivar ese lenguaje, sin más, el pecho breve como la fruta más sencilla, sin indagaciones, pero su brillantez y su misterio hay que contarlo como cualquier caricia lenta en la palma de la mano.

Y ese lenguaje me lo facilita muchas veces, casi todas las veces, saber de una mujer dónde empieza su piel y qué forma tiene. Porque las palabras son color de piel. No solemos verla suficientemente los hombres cuando nos llega el deseo, y en la piel siempre hay como un aviso, una forma de ponerse, un intento de callarse, la verdad en suma de ese deseo. No saber reconocer la piel es muchas veces un reto insalvable para la mayoría de los hombres.

Reconocida la piel, no habrá mejor búsqueda en ese periodo de conocimiento entre las pausas para escuchar cinco veces el cuerpo de la amada que indagar donde llega con su gesto y su sonrisa ayurvédica. En este caso son los indios quienes buscan el equilibrio de los cinco elementos del cuerpo: el aire, el fuego, la tierra, el agua y el éter. Permitirme la precisión de María Moliner al definirla, nunca me basta una sonrisa cualquiera. Notar al menos el aire, el fuego y la tierra se me hace indispensable para esa múltiple escucha que estoy contando.

Concretaré más todavía: donde más grave se escucha el corazón es en la caja de resonancias de una vagina, ya no hacen falta caricias prolongadas ni besos púbicos. Ahí está la intensidad del instante que acaba siendo lo único que vale. Parece que lo que sentimos no lo hemos sentido nunca, ni atrevimiento ni osadía, es cercanía.

Y hasta todo se parece a ese libro erótico de siempre que tengo, que es la vida, la de mi cuerpo que sólo se lee tocándolo, quizá lo mismo que todos. Cinco llamadas, como la Ley de Jamsa y cada vez que escribo es una forma de desnudarme aunque sepa esconderme luego en unas cuantas amigas que siempre son para mí las palabras. Porque mis escritura es como un intento de tacto, una explicación de mi paso por la vida.

Ya que Ruy Sánchez hizo que me aprendiera ese proverbio árabe, tendré que terminar con él como si tuviera a una mujer delante y guiado de nuevo por el deje más antiguo que tengo, por mi acento indudable: “Escribo sabiendo que hacerlo es una metáfora de amarte.”

He de hacer los deberes de buscarle no sólo intento y confesión, sino destino, a todos mis escritos.

miércoles, 17 de septiembre de 2008

El silencio de intimidad adulta


Hay una manera de convivencia, difícil pero hermosa, un camino de tiempo donde dos seres guardan su silencio, ése que han aprendido al hacerse adultos. Casi es una muestra de asombro para los demás pero no hay revolución más profunda que las cosas cotidianas, que los gestos que a veces tienen más valor que cuarenta segundos de un abrazo.

Lo practico cada día, la convivencia callada, cómoda. Puedo estar al lado de una mujer y tener sólo olfato para ella, ya inventadas las palabras que le dije muchas veces. Me las oiría de nuevo con agrado, pero me callo, le regalo el silencio, ni tan siquiera lo cotidiano que he escrito, le busco la mano para nada especial, quizá igual que en estas líneas como una metáfora insolente.

Tengo muchos motivos de conversación: contarle cómo fue y cómo es mi talento para el dolor; casi como una conversación practicar el ruido de los besos y la risa luego; darnos cuenta de la constancia que tenemos viniendo un día luego de otro. Y nosotros contándonoslos algún rato, pero otros muchos callándolos. En suma nos comprendemos y la comprensión no exige respuesta, ahí está si la tienes y la tiene el otro.

Haría lo mismo con la mujer de paso. Yo aporto siempre mi literatura, no ésa que sólo sirve como literatura, sino la del “vicio impune” según Larbaud. Los libros que leo me dan una calma de biblioteca pública. Tengo un toque personal de acercamiento, pero luego viene el entendimiento y el silencio. Hasta en los momentos en que el erotismo es un sueño como una cremallera en la espalda tan fácil de bajar, con soñar que me sueña y la sueño.

Todo esto con las justas palabras ni de más ni de menos, es difícil y hermoso, deja huella, te sientes cómodo, no hay cosas que no debiste mencionar, fueron las necesarias porque así practicas la intimidad adulta, y dentro del silencio y de esa convivencia, después vengo aquí y lo cuento con la insolencia de sentirme poeta.
Junto a una mujer a la luz, con el foco de ese silencio se le ilumina el escote y el pasado. Pero ambos hemos decidido hace tiempo con un pacto sagrado ignorar ya el pasado porque tenemos hoy y futuro hasta donde llegue, porque hay seres nuevos, anécdotas tan recientes que casi no tienen calendario y entre quienes los hemos creado con el hoy se distinguen limpiamente los adverbios del olvido.

Del pasado me olvido, pues, adrede, y el hoy que me fabrico tiene una belleza que muchas veces al haberlo creado ni hay que contarlo, más bien tenerlo en silencio. Con ese silencio se aguantan muchas veces las grandes y difíciles respuestas porque el silencio es lo que se siente cuando aún no te has atrevido con las palabras. Me quiero, pues hacer más adulto, sabiendo guardar esas pausas como un tempo de minueto lento, una manera. Hay que callar porque en el silencio tuvimos el origen, el lugar del que procedemos, la salida de dentro de una mujer y luego viene lo que hacemos, cómo somos, lo que no debimos decir.

Hay un verbo silencioso y quieto, áspero, en las despedidas, pero otro muy hermoso en la permanencia prolongada, entendida y quieta. Sobre todo, adulta sin hacerse vieja, una especie de vacilación antes de hablar que muchas veces nos hace callar hermosamente.

NIÑOS HASTA 18 AÑOS MEDIO BILLETE

Por "perrero de las iglesias"

He sido siempre muy infantil, fuerza es reconocer que, en cualquier etapa de mi vida, anduve con retraso, hasta los 40 niños grandes. Por eso no me extrañó en lo más mínimo leer el cartel de los “niños de 18 años” en la estación de autobuses de Tánger. Lo encontré normal. Porque a los 18 años en la estación de autobuses de Tánger.

No creo haber llegado a la pubertad antes de los 13; y los sábanas húmedas se alargaron más de lo corriente. Aún me veo en el cuarto de baño escudriñando en mi cuerpo los arcanos de la biología; y al ceñir espada igual, preguntando con uniforme militar en el puerto de Algeciras si era chicle los paquetitos que vendían -en vez de preservativos, si las mesuras de polvo blanco que arrojaba el cocinero en las perolas del cuartel eran sal, en vez de “bromuro, idiota para que no os folléis unos a otros”.


Así que aquel Otoño, no habría cumplido aún los 13 que, una noche, la abuela, acabado que hubo de cenar y sentada en su mecedor de siempre de espaldas a la televisión, me colocó de pie entre sus piernas, me miró a los ojos y cogiéndome las manos, me dijo:
-como regalo de cumpleaños, este año la abuela te llevará a la otra orilla.
-¿A la otra orilla?
-Si; para que veas lo que hay detrás de la muerte.
Yo cumplía años al comienzo del invierno.


Pero la promesa no llegó a ramos de bendecir. Porque el 14 de diciembre, el día en que yo nací, 13 años antes, la abuela ya estaba muerta. La Naturaleza va por libre y se renueva a sí misma sin pedirnos parecer.


Fantasioso como era no me había disgustado en lo más mínimo la idea del regalito. De tiempo atrás y siendo todavía un niño, que me había planteado la pregunta, replanteada al morir el abuelo. Yo albergaba mis propias sospechas, claro está que muy lejos de coincidir con las tonterías de los frailes blancos, se la había formulado a mi amigo del alma:
-¿Tú qué crees que viene después de la muerte?
-Pues nada, que vuelves a nacer
-Lo mismo que yo


Pero distaba mucho aquello del acomodo y sosiego que conlleva la certeza. Y la abuela, a quién tuve siempre por medio bruja, podía haber aportado claridad. Por medio bruja, sí, con poderes extraños, exacerbada que llevaba siempre:
-No os peinéis antes de acostaros, hijas mías -les decía a mis hermanas, que desorienta a los navegantes, se lo leí a Gabo
Y al anochecer, cuando salían los animes del aljibe -esas minúsculas arañitas que viven en el agua estancada y nadan como si fueran ranas:
-Ya van a hacer de las suyas: a oxidar las cerraduras, cambiar el color de los ojos de los niños y hacer que tengas sueños enrevesados. Lo dice Gabo.
Cuando a mi madre se le caía algo al suelo y decía “parece que estén vivas”, invariablemente contestaba:
-Es que lo están


Para ella, lo que fuera que fuese que existiese albergaba un nivel de conciencia. Todo cuanto nos rodea es frágil y dura poco. ¿Por qué, pues, ser crueles?
Sí; mi abuela era medio bruja y me pregunto ahora cual será la diferencia con ser bruja entera. Así que cuando murió, me quedaba sin saber a ciencia cierta lo que te pasa cuando cierras los ojos para siempre.


Durante muchos años alimenté la esperanza de que se me apareciera en sueños, dejaba sobre la mesilla de noche un ramito de espliego -que vinculaba yo a su memoria. O incluso despierto, ¿por qué no?, cuando volvía del colegio, anochecido ya, al rancio caserón de la Plaza de América y, si no había nadie en casa y sin encender la luz, levantaba de inmediato la vista a donde muere la escalera -que era donde a ella le gustaba demorarse. Pero no vi nunca nada que no fueran los aspavientos de mi imaginación. Había que rendirse a la evidencia: mi abuela se había ido para siempre sin decir adiós ni al diablo.


Y así se me ha venido escurriendo la vida entre los dedos. Y sigo dando palos de ciego sin saber nada a carta cabal.


La otra noche, sentado en mi sillón de siempre de espaldas a la televisión y una vez acabada la cena, me cogí a mi nieto -que tiene 9, pero es púber, me lo puse de pie entre las piernas y agarrándole las manos, le miré a los ojos y le dije:
-Este año, el abuelo, como regalo de cumpleaños, te llevará a la otra orilla
-¿A qué otra orilla?
-A donde se ve lo que hay detrás de la muerte.


Pero queda mucho trecho aún hasta el 14 de junio en qué, a las puertas del verano, nació mi nieto, va a hacer ahora 10 años. Y me angustia la sospecha de que se cumpla el destino fatal y desparezca antes de que llegue el día -como le ocurrió a mi abuela.


Y me va venciendo el mismo adormecimiento de los gusanos de seda en tiempo de niebla, que es como morirse un poco para ir haciendo boca. Al fin y al cabo ya se verá cuando llegue el momento de partirse en dos y que miles de oropéndolas silvestres alcen el vuelo desde tu interior. Que los hay tentados de saber lo oculto de nuestros pechos y hasta lo que Dios guarda en el suyo. En esto creo y espero, ni del todo en calma, ni tampoco atosigado.


viernes, 12 de septiembre de 2008

Necesito un clásico de mujer

Que tan sólo sepa al acercarse a mí, los códigos de seducción, ni mi nombre, que del placer haya indagado lo mejor: el cansancio de después. En el antes yo pondré el pregón de mis palabras, luego nos iremos conociendo, olvidándonos más tarde para así poder volvernos a conocer con un tema bien escrito de pasiones. Más tarde, quizá hasta urgentemente, entre los dos habrá una segunda lectura, palabras más precisas, el lenguaje inolvidable de las manos que no mienten nunca, saben del tacto.

¿Y por qué me hace falta ese clasicismo? La entereza de mis sueños, se desmorona a veces, quedan restos de lo que fui capaz, pero voy a aumentarlos porque tengo un valioso don: mantengo las querencias intactas, si hicieron hueco, lo seguirán teniendo, siempre fui capaz de hacer sitio. Tengo la sociabilidad que da el intento reiterado del amor, clásico -como os decía- intacto cada vez que intento la magia de un escrito.

He venido esta tarde después de arruinar mi tarde ayer y tengo que recuperarla: ordenar mis cosas, tomar un té, leer en la cama; volver de nuevo a las tardes perezosas de media tarde con la novela de amor de nuevo entre las manos. No lo podréis entender pero quién vive bien la tarde encuentra una mujer distinta cada vez, el arte de las segundas oportunidades y la melancolía de saber aprovecharlas.

Mal camino emprendido. Yerro si pierdo el sentido del sentimiento que acabo de inventarme, si me tiembla casi todo a la vez, si callo ante la falta de respero ajeno. Necesito que este pequeño hueco tenga mi nombre sereno y bondadoso. Fran no responde, Fran se vuelve y busca eso el sabor que le produce lo que tantas veces he buscado y encontrado: el dominio enorme que me da el cariño. Que nadie abuse de él porque entonces, recojo los enseres y me vuelvo a la calle para encontrar enseguida la belleza clásica, cenicienta, acentuada y cansada, que tienen las mujeres maduras.

Pues ya que estaba en eso, allí me quedo como sentando a la belleza en mis rodillas para hablarle luego. No lo sabéis de lo que soy capaz de decirle a una mujer cuando la tengo inevitablemente más cerca. Procuro concentrar sensualidad y calidad, la poesía y la verdad de cada vida, me desgarro, me parto, soy el hombre más enamorado de la tierra y si me da por la metáfora, resulto intolerable.

A una mujer así, en ese sitio, le otorgo el clasicismo de lo clásico, gritos de desesperación para saber cómo son mis besos: son despacio, profundos; una mujer de esa manera piensa que no debe quedar más vida que la suya y la mía, arrojamos como un desperdicio hasta el tiempo porque así como estamos no hay nada parecido.

Tendré que preguntar pues quién quiere estar un rato así conmigo. Cada vez mi mayor atracción es mi propio sentido, compartido con una escucha tenue, con una compañía verdadera, con la enseñanza de un esfuerzo, un clasicismo bien aprendido.

sábado, 6 de septiembre de 2008

"La jodida costumbre de vivir"


En los cuentos de “La lámpara de Aladino”, Lucho Sepúlveda entre “botellas bien habladas” con sus amigos, nos la va explicando, como si me la fuera preguntando. Ya quisiera que no fuera un empeño, Lucho, que tuviera al fin tu ron y tu cazalla para “ordenar las pasiones”, que me fuera viniendo más despacio –entre cuento y cuento- algo que me la hiciera entender y me proporcionara gratuitamente la calma que ya no tengo. Tú lo explicas, que a partir de los cincuenta, dejamos en cuarentena los amores y “los amigos no mueren así no más; se nos mueren”.

A mí me pasa con los cincuenta ya cumplidos que quisiera saber cómo mudarme de piel, ni preguntar por los amigos, saber de una vez que el presente sólo tiene presente, ése que no sabemos vivir bien porque nos empastamos en los recuerdos o en el miedo al porvenir. Pero el presente tiene una segunda epifanía en la vejez. Ya dijeron los filósofos que el hombre es un ser de lejanías, hacemos proyectos desde el pasado o memoria de futuro. Tanto da, es lo mismo.

A mí lo que me pasa es que más que pesarme el tiempo, me pesa el sentimiento, mire por donde mire, y eso es por lo que sufrimos, por lo que caemos en la manía de lo mismo. Y me defiendo con los códigos de la seducción entre palabras, que hay quién los tiene y quién no. No me quedan como a Lucho en sus cuentos, botellas para bien hablarlas, quizá prefiera, como él dice, ese silencio que siempre tiene el vino, casi sin el vino.

Ya estamos en lo mismo: procurar quienes me leáis hacerlo más despacio y a ser posible sentiros alguien aludida. Necesito que las pocas palabras bien sencillas se vuelvan obscenas –la obscenidad es un detalle, una manera de estar cómodamente-. La desnudez debe ser un imprevisto, más que un intento; la caricia, quedarse un rato más hasta si hace falta mentir con ella; lo demás una disposición inaudita para el tacto, pedirle que no piense.

Pero del todo, del todo no es lo de siempre. Será cada vez lo que tenga y lo que me falte: ahora llevo varias noches sin dormir -sin la obligación de hacerlo pero con el nerviosismo de no poder hacerlo. Quiero poder volver a dormir como dormía de niño, libre, contento y sin pensar en el día siguiente, sin miedo, sin saber si lo hago de lado o boca abajo. Quiero otra vez el cansancio y la lujuria de la cama, sin respeto ni maneras.

Quiero escribir, ya que descaro no me falta, de lo que tengo más cerca: por qué mi hermano es más mi hermano ahora que lo ha sido jamás; por qué una mujer a mi lado sabe cualquier cosa cuando no puedo cerrar los ojos sin tener que preguntarlo; por qué la vida más propia, más exigente, puede ser una soledad con forma de estado de ánimo, urgente sin ser perfecta.

Y necesito sobre todo explicar más que el miedo a la muerte, el temor que se me acabe el tenerle miedo. Todo por “la jodida costumbre de vivir” que me ha contado Lucho Sepúlveda como hizo hace pocas noches en Asturias, “con sus amigos y amigas que le devolvieron la tierra bajo los pies”, y para que no me preocupara “quitándose los restos de tristeza con la manga”.

A mí aún me quedan, Lucho, a mí aún me quedan.

miércoles, 3 de septiembre de 2008

Llegar hasta la lujuria del suelo


No leo nunca los manuales de instrucciones y no sé qué hacer ahora. Me siento como embarazoso, a la búsqueda de instantes sueltos de felicidad, de esa que no se relata, según dicen algunos. Yo jamás supe contarla, mejor buscarla. Volver a escribir aquí, cada vez, cada sueño, me va resultando como en familia, ésa que hay que conocer por el camino, no basta que te la den, luego verás tú mismo cómo resulta. Sin ninguna indicación frente a cualquier mujer, descubierta, como pasa siempre que se mezcla la saliva de ambos, la de ella y la mía.

Precisiones ninguna, cobardías las que hagan falta porque hace mucho tiempo ya que vengo escondiendo las verdades en este rincón, propio y escrito para que lo lea casi nadie. En él seré lo cobarde que haga falta, pero lo rotundo, lo osado, no me contradigo. Quiero escribir como en estado de shok, ir buscando cada vez lo mejor a lo que puedo aspirar: el instante de un seno desnudo; el fastidio de no quitarse las ilusiones de encima;  el amor que te elimina la capacidad de hablar cuando ni siquiera puedes ni respirar; eludir la soledad en plena soledad para que pueda bastarme una felicidad unilateral.

Llevo arrastrando cobardemente –como un prodigioso personaje de novela mal leída, los excesos increíbles, la ropa arrancada, la súplica que tiene el placer, la saliva de los dos, el semen, los besos, casi todo, casi todo lo que quise tener y no tuve. Mi cobardía aquí va a consistir en amar demasiado, de cualquier manera para ver si luego en los momentos de calma, me entero de qué es eso de la calma.

Por lo tanto no habrá nada definitivo, no puede haberlo en un viejo que se empeña en decir que es viejo. Porque voy a darle la vuelta a todo. Empezaré –como me recomienda mi entrañable amigo “inalámbrico”,  poder llegar a cimas más altas, pero mi problema está en aspirar a tener tanto y no arreglarme con las cuatro cosas de siempre en el armario. Si lo tenía bien fácil: un libro siempre abierto, ese lápiz permanente para arrancarle los registros entre las páginas que tienen todos, todos los libros; su engranaje, la ternura que tengo al contarlos, cómo sé acariciarlos.

No me hacía falta nada más que ir leyéndolos, tener ese placer que cuesta, esa excitación lenta y segura de verlos amontonados. No necesitaba, no necesito más que convivir con las caricias y poder destinarlas luego. A mí me gusta el verbo, encontrar entonces quien ponga la boca amada; me urgen las miradas para ver a quién destinarlas, estrenar sus ganas de gozarlas para luego perturbarla. Perturbar a una mujer es mejor que seducirla, tiene una espera amplia, aplazar el placer hasta que ella quiera crea un amplio y heroico erotismo. Entonces, seguro, el placer ya no aumenta, aprieta, no cede, sirve la lujuria del suelo.

Y buscando más cosas cuando podía ser capaz sin manual de instrucciones de calcular el mundo, de saber dónde llegaba, de ignorar si se me terminaba me he dado cuenta que no hacía falta plan de ataque, bastaba mi lenguaje como un veneno para expulsar la tristeza. Quiero hacerlo para poder beber, morder, gozar, y hacer así que nada sea definitivo, tenga al menos la cobardía del intento.

viernes, 29 de agosto de 2008

La barrera de los diez centímetros


Necesito cada vez que vuelvo a mi sitio, como una especie garantizada de buen éxito, hacer míos con quienes quieran compartirlos los diez centímetros de cercanía. No debe haber dogmas porque entre cuatro palabras que pienso seguir escribiendo puede estar –de hecho está, el orgasmo más largo de la vida de uno.

Me hace falta el consentimiento pleno, sin cambiar ni de ética ni de edad, pero lo suficiente para que esa exacta medida de diez centímetros entre la ropa usada y las ilusiones intactas, ese tope, me consientan que no sea tope. He demostrado en un fondo de cultura mutua –y a eso le puedo llamar hasta caricia, cómo soy capaz de llegar a ese tacto de diez centímetros de cercanía. Para mí, como una especie de dogma que no supieron enseñarnos, Dios existe porque ha creado una determinada mujer.

Ya voy ganando ese terreno, ya me siento cómodo dentro de él, nada más llegar a mi escritorio privado y único pero descaradamente público. Lo vengo pregonando mucho tiempo que en un hombre maduro caben sueltas por asignar muchas ramas de ternura. Quien la tuvo sabe que me abstendré de juzgar nada de nadie, soy sentencia absolutoria segura porque la necesito propia. Entre líneas se escapan cosas intimas mientras lo que ocultas es lo que más te define; acepto y pierdo, tanto da si ha habido momentos en que no existieron esos diez centímetros, todo era cercanía. Cuando pedí una caricia, gestionada entre los libros leídos, a mí me faltaban, a ella destinarlas; a mí me gustaba el verbo y a ella la boca amada y hablada; a ella estrenar las ganas y a mí el deseo de gozarlas.

Para todo ello sobran los diez centímetros, es dar rienda suelta –como vengo haciendo, como amenazo seguir haciendo, porque en el ser humano hay una disposición inaudita e inauditamente resuelta, a tocarse, acariciarse, abrazarse, a hablar. Hasta lo sacaré fuera de aquí para contarlo aquí, que cuando una bella y anónima mujer sostiene mi mirada en la calle, aún puedo acariciar la idea de que la vida es como un árbol con su entramado de posibilidades, de caminos que podía haber recorrido y voy a recorrer aunque se me haga tarde.

En qué enredo me he metido por dejar el mar ahí, casi a mi lado, pero me he quedado solo -los libros que no he leído me recriminan mi lamento, sólo con mis silencios deseados para llenarlos lo más posible; sólo a lo mejor con poco tiempo para sacarle partido a un abrazo; sólo cuando vuelvo a acordarme en el instante que le dije a alguien, tú no te puedes morir, que te he inventado yo. Y vuela como una mariposa.

Pues enredado estoy de nuevo con las palabras que me propician a lo mejor muchos caminos nuevos porque convencido estoy que vivimos una sociedad con una minusvalía emocional muy poderosa. Pero hacer lo contrario lleva mucho trabajo. Me quedo con el descaro del belga Beigbeder “¿Crees que me amarás algún día? Es largo –fue la respuesta, el amor es un trabajo.”

Un trabajo dispuesto a admitirlo pero para el que hace falta que no existan ni un centímetro que no sea capaz de suprimir la barrera de cercanía. El remedio: amar hasta la asfixia y contarlo luego. Y ya que empieza el invierno necesito como un apetito insaciable, estupefacto, nuevo. Así de transpuesto me he quedado frente a un montón de libros nuevos, las cosas que tendré que contaros, ver que no puedo envejecer en un mundo en que si sabes hacerlo, está prohibido envejecer.

Esta cita ya es repetida, como su autor, Beigbeder: “"Las mujeres son mi sacerdocio. Quiero conquistarlas como un continente.” Pero un continente en que una vez en él será atañer para su aval y su defensa. Un continente amplio, poderoso, tierno.

lunes, 25 de agosto de 2008

Eres lo único que tengo

Para "El Gavilán de Rumbau"

Dijiste esas palabras - porque no tenías además otras más reales, aquella mañana al salir de mi casa. Te marchaste como un ejemplar que forma parte de mi vida, asombroso, seguro en su elección, abrazado a mí. Optaste por ser libre – me lo explicas cada vez, y la libertad es un pesado fardo al que te acostumbras igual que a la muerte. Para ser libre has suscrito la soledad en tus entrañas como una vocación secreta, eliminaste los códigos para acercarse y alejarse, vienes practicando un arte que no es capaz de aprender casi nadie, una sensación que te noto cada vez mirándote la mirada.

Lo nuestro, de lo que hablamos cada vez, ya carece de respuestas, no pueden provenir de ninguno de los dos. Tú has tenido siempre –y sigues teniendo, el poderoso cerebro donde podían estar las claves de lectura de cualquiera. Eras perdedor como me siento yo, pero cuando querías, capaz de abarcar, doble y mitad. Ahora, cada mañana que nos vemos lo tenemos muy claro, hemos asimilado la vejez, se nos ha terminado nuestra dosis de cuerpos frescos y nuevos, hasta si quieres no tiene demasiado poder el poderío del presente.

Lo único que cabe hacer, es lo que tú has hecho este verano: esperarme, como la imagen de ese niño que no puede ser nadie más que tú deseando mi vuelta. Yo he traído los cansancios de la supervivencia inevitables pero no elegidos, intercambiaremos al volver a vernos las imágenes de antes como cromos infantiles de desahogo y paciencia. Consumiste perfecta la espera porque la vida es lo que hacemos, lo que esperamos, lo que no pudimos hacer. He procurado no entretenerme más de la cuenta porque sé que vivir esperando desgasta. La espera es un ángulo, Gavilán, y en su vértice siempre surge el encuentro.

¿Qué vamos a hacer ahora? Lo que veníamos haciendo. Tú traerás cada mañana que vengas a casa esas dosis de memoria desde nuestros antepasados y ese poder que tienes es tal que puede desplazar la realidad. Vas sembrado cada vez detalles de tu memoria que hemos vivido juntos, los desgranas despacio, a veces tienes tanta minuciosidad que pienso que te los inventas. La mía es muy propia, únicamente me vale como el atlas de mis lecturas esparcidas por la casa, el itinerario de los libros, las pausas en cada cita porque ya lo sabes, escribimos lo que escribieron los demás, más o menos, es como mi manera de ir leyendo.

Las menciones de esas citas en tu caso no requieren escritura, están en tu cerebro, te han cabido, no se salen, te vale la selección del recuerdo.
Miro de nuevo a ese niño esperando y te estoy mirando. Somos –si te parece, unos adolescentes para siempre con una forma de envejecer que no tiene historia. Hemos inventado entre los dos una especie de resurrección de lo que dejamos mucho tiempo en suspenso sin tener que morirse antes porque vivimos en un mundo donde está como prohibido envejecer.

Tú lo entiendes mejor porque necesitas poco, te arreglas con cuatro cosas, te mantiene vivo tu cerebro, con el que llegaste a saberlo casi todo. Me dejaste poco sitio, pero no importa porque el sentido de la vida es su carencia. Tuve mucha menos y me equivoqué al querer tanta. Ahora, no me importa, me siento muy orgulloso de sentirte tan cerca, como una metáfora insolente –ya sabes mi manía por leer tanto a Umbral, he tenido la ocasión de que vinieras a quedarte, a esperarme cada vez que me aleje con el heroísmo de los que carecemos de futuro.

HISTORIAS DE MUJER PÉRFIDA Y DESAMOR


Por “El Gavilán de Rumbau”

Cantaba los domingos, el atardecer, a esa hora en que se apagan las teles y la gente sale al fresco, por ver de estirar las piernas y acallar las penas. Se ponía en un recodo de la Calle La Cerviz, a espaldas de la catedral, zona peatonal de poco trasiego en festivo y a esa hora –lo que adecuaba felizmente al hilillo de su voz, pero acababa siendo desdicha a la hora de hacer recuento.

La parte vieja de la Ciudad andaba en fiesta, plagada de buhoneros, de gente malhadada y sin cuartel, variopinta, sí, pero unida por la desgracia de haber nacido a deshora y del revés. Él se despintaba, en cambio, de todos los demás, igual que fuere un príncipe que pasa de civil entre el populacho.

Se sentaba sobre un poyo bajo soportales, en los aledaños de la Catedral, con su guitarra entre piernas, por el camal abierto del short asomando sin querer intimidad; y cantaba con desgana, derrotao, una voz inaudible, quebrada, que arrastraba en las flexiones hasta dejarla huérfana, deshilachada, se aniñaba. Cantaba lo fregada que es la vida, el desengaño, historias de infortunios y amores atravesaos, de mujeres que no son de fiar, a las que llega siempre el día de tener que perdonar.

Desconfiando del poder recaudatorio de su música, la acompañaba cuidando de una absoluta soledad en el entorno, de alguna que otra mirada entreverada y sonrisa cómplice, que dedicaba de vez en vez, a los escasos transeúntes que enfilaban tránsfugas la bocacalle.

Andaba yo muy bajo aquella tarde, yo diría, más bien, desesperao. De tiempo atrás, que me venía repitiendo el horror con que aguardaba el día en que no hubiera niños en mi casa. No sabía lo que haría para llenar con algo el vacío de mi vida, el material vacío de mi casa. Por primera vez al cabo de tantos años, llevaba un mes viviendo solo. Y al pasar por La Cerviz, allí tirao, a la sombra de la torre mora, el pibe cantaba “Flaca”, una tonada porteña, una milonga, lo vi tan lindo, desengañao, cantando para sí, pasando por entero de todos los que pasábamos.

Me senté distante, dándole frente –por preservar la soledad buscada, le escuché paralizado. Me fijaba en quien le daba, pasó una mujer de negro, que debió ser joven, con las uñas plateadas, se saludaron, la sonrisa de él delataba haber amanecido juntos más de una vez, enredaos, “que no me ha sabido a nada” –como rezaba la letra de su canción.
-Te dan más por ti que por tu música, porteño –le dije; y tú lo sabes mejor que nadie. Yo tengo que verte cantar; si no te miro, me vale menos que nada.

-Soy Río platense. Sí, las mujeres, cuando salen de la catedral me echan.
-Mujeres frustradas y en retiro, tú tan pulcro, con el pelo cortao y peinao como Dios manda, ven en ti al hijo que no tuvieron y ya no pueden tener.
Y no se cansaba de cantar el alma en pena. Porque siempre era lo mismo, el mismo desasosiego y desarraigo, la misma historia que acabó fregada. Yo me hice de él un patrón a mi medida, que andaba por la vida solo –por más parentela y mugre que pudiera rodearle, lejos del mar, del Buenos Aires querido; sensible a los halagos engañosos de la hembra, buscaba en ella la madre que nunca tuvo. Debió sufrir un revés, un fatal desengaño, quizá la mujer de negro rufián, de mirada torva y uñas plateadas. Y cantaba en desagravio para sí, ahogando su desdicha entre aires y milongas, pasando por entero de los que pasaban.

-¿Conoces la leyenda del flautista de Hamelín, al que se llamó para que librara al pueblo, infestado de ratas y se las llevó con su música detrás?
Lo que nadie pudo prever es que se llevara a los niños, también. No dejó uno. Tú haces lo mismo, porteño, te llevas la calderilla y a mujeres en el climaterio y pobres viejos, como yo detrás. Y me miraba sin bajar la guardia, reticente y con recelo.

Así que cada domingo, a la hora que sabía habitual, iba yo a verle -más que oírle cantar; y él no venía. Y así un Domingo y otro, y un mes y un año. Hasta que un día me sorprendió un aguacero en La Cerviz. A cobijo de los soportales, aguardando a que aplacara –ensillando hasta que aclare, como dicen ellos, se me acerca un compinche, ¿sabes?, me dice, el flautista se quitó la vida.

Me lo temía. La lluvia trae siempre consigo estas cosas.

Pero fue pura patraña. Porque andaba el verano por acabar, que una tarde que me fui dando un rodeo por las tapias de la Catedral por ver de entretener mis males y olvidar, me lo volví a encontrar, sentado en los aledaños con su guitarra entre piernas, algo ajado, sí, sin aquel brillo de su mirada intencionada, en menoscabo; pero la misma voz desteñida, del color y el sabor de la desgana, la misma historia de siempre de mujer pérfida a la que hay que perdonar, de noches que no supieron a nada, cantando sin piedad el desencanto. Que el amor es un disco rayao, no más que una canción que se te va en humo y deja la cicatriz, que no merece las lágrimas de un chico.

jueves, 21 de agosto de 2008

Otra vez las misma claves de lectura


Lo vengo avisando, lo vengo necesitando. Tengo la compañía profunda del mar a escasos metros, pero la uso solo como mirada tierna y consentidora, no lo gasto el mar, me sirvió en su tiempo, está bien en su sitio desde donde lo veo cada verano, pero mi rostro y mis necesidades se giran hacia la ciudad como animal de ciudad que soy, igual que si la amara sin poder soltarle la mano. Avertencia: por eso ya hace días que me pesa cada día sin ella. Mis escapadas son como infidelidades a mi estancia, pero al mismo tiempo insuficientes. Amo la ciudad como un trabajo largo y satisfactorio y tengo que venir aquí a contarlo cual una especie de exhibicionismo inagotable.

La convivencia con los puntos calientes de mi ciudad me permite recuperar mis claves de lectura. Es curioso, no son los libros ni los autores, ni la temática como una forma de pedir perdón que viene luego. Todos quienes me leéis lo sabéis de sobra, soy un nato perdedor gustoso de mis derrotas, a la vez doble y mitad de quién me quiera, acarreo las dudas pero me las toleran porque detrás de mi lenguaje hay una verdad que nadie duda: a veces una cara estampada por las lágrimas, otras, en cambio, una fortaleza que he aprendido cuando la pedí aunque no me la dieron totalmente.

Volveremos, pues, a zonas oscuras sin respuesta, pero a sitio de vivienda que no deja de tener nadie porque ninguno se queda sin casa. Otra vez los huecos que he descrito tantas veces un poco desordenados pero plenos de mi riqueza siempre al ocuparlos. Que nadie me pregunte cómo me las ventilaré ni el otoño ni el invierno, no son otras estaciones, simplemente ya no son el verano, nada menos.

Una vez lo expliqué: iba por la calle y de repente vi colgado en un balcón como una forma especial de intentar vender la vivienda, no estaba nada mal –“se alquila habitación para gritar”, es decir como un espacio propio que no iba a hacerle mal a nadie ni nuestra desazón, ni la forma de girarnos, de decir que ya no podemos casi seguir viviendo. Una forma de gesto, una impaciencia. No necesito alquilarla, si venís de vez en cuando –tengo sitios de sobra, sabréis lo que es un hombre que ya le puede sacar a la vida poca vida, que tengo que repetirme, esclavo de mi propia tiranía, pero que tengo mi mejor parte sin mentirme, amando a una extraña cada vez, me acompaña la lascivia que es puro presente, orgullo de ser así, inmediatez para mi gloria.

Ya lo veis, las mismas claves: si se trata de mujeres sin conocerlas, verificar su respeto y su llamada, perpendiculares en mi eje vertical para poder así acumular –lo dije al irme, nuevas dosis de ternura. Necesito, -¡oído, cocina!, capacidades infrecuentes cuando parece uno tener las estructuras básicas bien cubiertas. Hacen falta trucos que prohíban casi la sonrisa porque la seriedad es más sexy, bocas disponibles para besos que se escriben primero y se desean luego, elevando los brazos para que tenga su sitio el pecho, la vulgaridad del goce luego, su silencio.

Las mismas claves que no me completaron y todavía recuerdo, noches pensando que los recuerdos pueden ser un cimiento pero son apenas el comienzo. Que me llamen y vuelvo, que sigo siendo el mismo hombre de palabra que nunca se me hará vieja con una vida abierta para penetrar en otra, para llenarla, nada menos.

La mejor clave para acercarme a mis lecturas de nuevo cuando voy a dejar el mar más lejos. Mi grito de reclamo no tiene riesgo, es ofrecer una parte de vida pausada y tierna, admirada y escrita para leerla y compartirla.

viernes, 15 de agosto de 2008

Un gesto antiguo y sabio en casa ajena

Lo necesito para quitarme el cansancio, la ausencia y la vejez, desnudarme del todo por lo que se me quedó fuera y hacer como que sigo, que me van a pasar los días sin pesarme demasiado. He dejado en mi propia casa sosiegos que no me va a dar nadie, pero al menos –en casa ajena, que no debería ser tan ajena, quiero que no me aparten los libros de donde los he dejado, el paquete de tabaco, casi hasta cambiar la manera de sentarme.

Pierdo cuando estoy fuera de casa la audacia que siempre me permiten las palabras, me baño de timidez y de ausencia, de casi hasta preguntar sobre hábitos de convivencia. Me falta la codicia de lo propio, la manera de ser que me ha servido para cautivarme cautivando.

Me siento tan extraño que me palpo los interiores, casi obscenamente ya que los exteriores si no son excepcionalmente dos casi mujeres, no me los tocaba nadie. Y por fuera todos tenemos las raíces de las caricias que nos dieron y supimos devolver. Necesito ese deleite, esa lascivia siempre amando con el goce de lo extraño a lo que debería ser propio. Hay una inaudita manera de expresarlo, no respirando, sólo abrazando.

Está claro pues lo que he hechado en falta: necesitaba como en tierra firme brazos de par en par abiertos para tener siempre a alguien dentro. Es una neura tan humana y tan tierna que no me la debe negar nadie, ni la “picaresca” –término ajeno, que tiene siempre dentro valía cuando usamos solo las palabras. Ni tampoco la seguridad que sientes luego al bajar los brazos, al pensar que también en casa ajena puedes ser querido y poderoso con esa extraña fuerza que tiene siempre un hombre enamorado del amor para que lo quieran, dentro y fuera, aquí o allá, de mañana o al atardecer, cada vez que te notas un poco más viejo e inseguro en busca de palabras que te salven o de sílabas que te unan a alguien luego.

Vaya manía que le tengo a no tener los necesarios detalles que son eso: un gesto, una indicación que cualquier cosa que veas cerca, es propia. Yo seré a cambio sabio y prudente, sabré estar en mi sitio, alegrar compañías, contar lo que sé de la vida por haberla vivido con enorme insistencia. Sabré desde el papel que tenga hacer como los amantes que llegan hasta el fondo, así le llamo yo a eso de la experiencia: un fondo difícil de alcanzar, hay que alargar mucho el brazo, ser amigo del dolor demasiadas veces, pensar que ya no llegas y sin embargo llegas. Eso es para mí nada menos que detalles.

Por eso tengo ganas, he sentido unas enormes ganas todos estos días de volver a pagar el peaje de la soledad bien ganada, bien sufrida, de venir a este sitio y deciros otra vez cómo es porque me lo vengo haciendo propio a ratos, despacio con mis gestos cada vez que escribo, que le respondo a alguien, cada vez que se me acaba el tabaco pero los libros están en el mismo sitio donde estaban.

El orden de lo propio no elimina lo ajeno –que además no debe ser ajeno. Vengo echando demasiados días en falta la caricia que siempre deben tener mis mejillas de quienes deben acariciármelas, porque detrás está la inmortalidad de los recuerdos, de lo que hicimos por los demás, de cómo fuimos capaces de tener siempre a mano una mezcla de sonrisa y de cariño hasta en el silencio.

Pronto estaré de nuevo en casa propia. Desde allí seré capaz de acercarme a cualquier ternura que me llame. Tendré ya que probar a entrenarme.

martes, 12 de agosto de 2008

Baño compartido

Es curioso, unos días en la playa de Tarquinia, a cien kilómetros de Roma, en una hermosa casa, habitada escasamente durante el año por sus dueños, donde mis horas pasaron con la tranquilidad de siempre, de los libros abiertos, de los sueños aquejados de una lentitud incurable, con ese viejo ropaje de la soledad que había dejado, resistiéndome, enérgico con ella, más vivo que con otra manera de estar precisamente vivo. He traído recuerdos, momentos de agradable compañía bajo la égida augusta de un gran patriarca romano, su terca generosidad, la amistad improvisada –con lenguaje diferente, de mi “amica” Amalia, dando bien cuenta en cada cena con 18 comensales, de las mejores reservas de un vino que su dueño obsequiaba para que nunca dijéramos bastante. Una noche hubo que improvisar un regreso a pie hasta la casa de mi inolvidable amiga y en la reja de entrada de suhermoso chalet, dejé no sólo el roce de mis manos sino además la turbia mirada del alcohol que ambos habíamos ingerido.

Contaré mis recuerdos, mis incomprensiones, esa extraña manera que uno tiene de no sentirse en casa aunque los dueños –genes incluidos, quieran hacerte pensar lo contrario. Explicaré si soy capaz de ello como tan hermoso hogar es tan pasajero que nunca podrá ser un hogar. Me apoyaré para ello en las causas inevitables de sus dueños.

Se van, no obstante, completando los detalles ornamentales de la vivienda: ese espejo antiguo que cubre una de las paredes de la sala o la mesa del centro, fruto de una subasta que tuvo la debida puja. Y en cambio, la luz que me faltaba junto a mi cama, testimoniaba mal cómo prolongar las madrugadas con la lectura de las casi 700 páginas de la novela de Larsson “Los hombres que no amaban a las mujeres” –debe ser que buscaba mi propio contrasentido.

Pero todavía no he empezado a explicarlo: lo mejor de estos días –y lo haré con más detalle, el baño compartido con dos niñas que habían ya empezado su insistencia en hacerse mujeres a los 16 años. Lo pregonaba: el pequeño bikini en sus cuerpos antes de marcharse a la playa mientras se lavaban insistentemente los dientes –un iPod en sus oídos, -“pasa, pasa que ya terminamos” e intentar hacerlo por tan estrecha puerta tenía su recompensa con los dientes limpios: un beso que comenzaba en el ángulo inferior de mis labios apretado desde el centro de los suyos. Y la osadía luego que tenían sus vestidos cada cena.

Lo mejor de estos días su coquetería, su alegría y su cariño, mi propuesta indecente:

“-¿Me dejáis que lea los mensajes de vuestros móviles?
-Vale, ahora más tarde, para leer nosotras los tuyos luego y que salgas perdiendo en la manera de medir el deseo.”

Contaré muchas cosas de ellas entre medio, de los genes comunes que tenemos, de lo distintas que son con los mismos años, los mismos días, casi el mismo instante en que nacieron. Es inevitable que si desde los 6 años he ido verano tras verano al aeropuerto para que vinieran solas a mi Mediterráneo –cartelitos de sus tres idiomas casi colgando a la vez desde el cuello, sean mís favoritas de una manera muy especial y única, para poder compartir el mismo baño, roces de cuerpos y sentimientos.

De este primer apunte me quedaré con la fiesta popular en la arena de la playa por la noche, justo horas antes de regresar a mi soledad abundante, mientras nosotros regresábamos de una cena en una casa rural bien ambientada. La advertencia de su padre, -“os quiero a las doce en casa y secas, no bañaros tan de noche.”

Yo recogí cuando llegaron el abrazo entrañable y húmedo de sus cuerpos mojados. No me hablaron, ni me dijeron adiós, se rieron, me besaron como si estuviéramos continuando el baño casero compartido.

lunes, 4 de agosto de 2008

Prefiero el traje antiguo y caduco de la soledad


Va pasando esa sensación de saludo intermitente que tienen los veranos- no se me ocurre mejor manera de nombrarlos, hoy un agosto de recuerdos nublados, una lejanía de vencimientos. Y no me gusta cómo lo estoy sintiendo: tiene forma de una especie de imperativo estacional y emocional.

Me aportan mis veranos bellezas indudables –los descansos me los gané ya hace tiempo, mañanas como la de hoy con la luz por entero, la luz del mar, la más hermosa manera del aliento. Consigo insistencias porque volveré a mi hueco habitual, aunque aquí ande sobrado de tiempo y termine ya varios libros. Otros me esperarán en el sitio donde los dejé, y junto a ellos habrá una parte de historia que no fui capaz de contar. Pues esa parte oculta, voy a explicarla con detalle luego del verano por si no vuelve a venir otro que me exija hacerlo.

La vuelta me va a suponer conseguir lo que ya vengo deseando: el traje antiguo y viejo de la soledad, las maneras que ya se me han hecho necesarias, las rutinas en rincones tan propios que me aportan la hermosura de las cosas cotidianas pero únicas. Repetiré muchos gestos porque hay una belleza en esa igualdad, una forma de sensatez conmigo mismo y con los demás.

A todo regreso se le tiene ganas, porque el instante de la ida nunca es del todo seguro, ni cambiando el paisaje, las personas, las formas de descanso, la brillantez en las recepciones. Todavía no me ido y ya quiero volver, prefiero las realidades que ya tengo, las ocasiones que yo mismo provoco, el talento para las cercanías que necesito, la posibilidad de un beso viejo, seguir empeñado con los viejos trucos, escribir de la mano del tiempo sobre el poco tiempo como una última lección que me queda por vivir.

Ya no le puedo decir que no a varios días fuera de mi antigüedad y mi soledad, ya es preciso marcharse pero tengo que escribir como un aviso de carta que me asegure la vuelta, para ver de nuevo a las gentes que conozco como una impresión de eternidad que llevo siempre puesta. Salirme de la soledad desgasta y ya siento que algo no tiene retorno al no poder evitar la salida.

Eso sí, quiero conservar el poder de mi lenguaje para contar honestamente por qué me sentí mal fuera de mi soledad, de mi propia lejanía; la parte de la historia verdadera y callada de que hablaba antes; sensaciones hermosas que tuve pero que no fueron suficientes; el ansia de lo propio, de lo escaso pero necesario.

Explicarme con palabras lo que ni yo mismo entiendo, esto parece que no tiene nada que ver con la ida y con la vuelta, pero fue una especie de brillante ida y un deseo de llegar en mejores condiciones. No sé por qué –pero es así de cierto, que sientes al final de la vida como si estuvieras siempre terminando mal los veranos, que no tienes la acogida que necesitarías, que es mejor enseguida que te vuelvas a tu rincón caduco y viejo, igual que lo eres tú. No hay ofensas ni agravios, sientes decepciones y nadie se da cuenta que te está decepcionando. Es un cómodo y necesario recorrido por el que fuiste y ahora estás regresando con pocos atractivos para casi nadie.

De ahí las conclusiones, la hermosa soledad que no ofende a nadie pero que uno la ama tiernamente. Se me va acumulando en las arterias la soledad de alguien –de quién sea, aunque queda quizá el consuelo que es la más hermosa manera de comunicarse.

Tardaré escasos días en vestirme con el mismo traje pero al mismo tiempo con una ternura desmedida.

jueves, 31 de julio de 2008

Miento cuando digo que voy a dejarlo todo

Miento cada vez que lo digo, que me quiero aferrar únicamente al instante anterior. Y no es cierto porque no hay tiempo mejor que el que no se ha vivido. Me dan miedo las antiguas agendas de la soledad y buscar allí una anotación es una falsedad. Dejarlo todo es estar dispuesto a conseguir lo siguiente. Pasa igual que con el amor de pronto te das cuenta de la sorpresa de haber amado y vas a ver qué pasa en el amor venidero.

Pues con nuestra conducta ante la vida ocurre otro tanto, el tiempo es algo más que tiempo y enamora la voz del poeta Colinas:
“Comprenderme estoy hablando de ese/ que nunca he sido y que quise ser.” Porque cada uno de nosotros tenemos instantes en la vida en que con aparentes signos de abandono anterior queremos ya ser el que seremos y esos pasos acelerados que hay que dar nos equivocan y hacen que puedan confundirse con nosotros aquellos que nos quieren y a quienes queremos.

Luego, cumplo cada mañana, parece como que me sonríe el mar desde lejos y me impone ese mandado: sigue siendo, ya te vendrá el tiempo venidero pero no dejes nada de lo hecho, renuncias ninguna, serán la fidelidad bien pagada, la manera de sentirme a gusto con lo que hice, como lo hice, en cada instante que lo hice.

Vamos a ver, si es así ni me van afectar lecturas ajenas por muy convincente que sean. Sé que empiezan a hacer daño ideologías del consumo hasta de los sentimientos como si no hubiera “otra opción –en expresión de Boris Groys en su obra “Bajo sospecha”, para disentir que "reivindicar la infelicidad, la enfermedad, el fracaso, la ruina.”

Vamos a ver –insisto, cuando vienen esos momentos de infelicidad, cuando piensas en ese radical dejarlo todo, en no tener más en cuenta que el tiempo venidero, lo siguiente, haces cuentas y tampoco estuvo ni está tan mal. Hay ruinas en muchos sitios a tu alrededor que te son propias pero junto a ello, como en el amor sorpresas de haberlo hecho, simplemente, y nada menos que eso y te abrazas a ese presente como tantas veces he escrito sobre la forma de los abrazos y me lo han contestado: el amor humano practicado frente a frente; un tacto recogido apoyándose en la espalda, no sé, una forma de negar la renuncia.

Pues habrá que sacar conclusiones de por qué estaba dispuesto a mentir: a mi tiempo alguien le llamó “el oro quedado de la edad”, no contabilizar demasiado bien algo tan sencillo como es verdaderamente el tiempo o darle unos valores que no tiene aunque sea como morirse a ratitos; que cada historia apoyada en el tiempo tiene el mismo valor del siguiente. Luego no debe ser tan cierto –cosa de poetas, eso que no haya nada mejor que lo que no se ha vivido todavía.

No dejaré nada, no renunciaré a nada, mentiré rotundamente cuando diga lo contrario, me quedaré: con el amanecer de este momento –hasta tengo la luz encendida sobre el teclado porque apenas lo veo, me viene el recuerdo de algún truco que quedé en contaros, la hermosura invencible de unos brazos levantados, borronear con mis dedos sobre su piel: la “b” alrededor de sus pechos, una “a” a lo largo de sus brazos y una “s” entre sus piernas.

No es un truco: hecho y pensado, ojala pudiera quedarme toda la vida entre aquellos brazos, móviles como una mariposa pero quietos en su hermosura. Luego, no puedo dejarlo todo. Aunque siempre cada línea que escribo, cada entre línea en que dejo espacio es para comprobar si puedo de nuevo llorar de gozo.

Siempre me queda, no obstante, una frontera por cruzar.

LA LLAVE ESTÁ EN LA PORTERÍA

Por El Gavilán de Rumbau
El era así. A lo largo, a lo ancho y hasta el sedimento mismo: amargao, las tres dimensiones del resentimiento.- Decía ser un niño de la piedra, de los que la madre abandona al nacer sobre la losa, a la puerta de la Iglesia, al cuidado del cielo; bastardo, nacido de una noche de amor, sin las componendas ni cambalaches de los sedicientes “legítimos”. Se quejaba de que la gente no habla. Y así nos cunde; cuando vienes a enterarte de qué va esto, se oye la voz del director de escena: “telón”; en el primer tercio de la vida andas ciego; en el segundo, aquejao de cataratas; y al ver la luz al final del túnel, te das cuenta que te has equivocao de plano y nada tiene remedio. Es el vicio nefando de buscarle explicación a todo, de empequeñecerlo, cuando no hay que preguntarse nunca el por qué, no pedir nada a la vida y tomar las cosas tal y como vienen.

De tiempo acá que se sospechaba que el bien y el mal tienen el mismo origen, son la haz y el envés de una misma y sola cosa, es cuestión de cómo lo tomes, ni del todo amargo, ni tampoco el empacho de lo dulce. Mira, si no: cuando la lluvia arrecia, los hombres se embarran y los cerdos van quedando limpios; y con el mismo aliento de la boca con que me caliento las manos, se enfría el caldo –de donde se extrae su moralidad.

La Primavera anda metida en agua, toda la noche lloviendo, un estrépito sobre la madera carcomida de la galería acristalada. Agua, viento y cuchilladas desde la cama. Y así debía de ser todo, estar a verlas venir, que las ves pasar, nunca hubo nublao que no escampase; que no te tienes que mover: el pez te lo trae el rio. Habría que suprimir el sujeto: al igual que se dice “llueve” o “hace mal tiempo”, decir también “se sufre”. Necio error el de teólogos y zoólogos que pretenden hacer del hombre el eje sobre el que gira el universo, cuando no pasa de ser un mísero componente molecular infinitesimal de los billones de especies que lo pueblan. Se te suprime de golpe y todo sigue igual, no hay nadie que se dé ni cuenta, que nada se seca tan pronto como una lágrima.

Nos decía que deplorar un solo hecho real es blasfemar del Universo, que la palabra clave es aceptar, compartir –que la vida empieza de dos en adelante. No hay, en cambio, sino amor propio, el amor no es nada, no merece las lágrimas de un chico. Que nada hay tan parecido a la felicidad que echar de menos; si lo logras, lo malogras; el amor, o es imposible, o no es.

Y andaba siempre igual, dando vueltas y más vueltas a lo mismo, erre que erre, que dicen que el caballo ciego es el preferido parala noria; que de Demóstenes se cuenta que, al final de su vida, se cegó de su propia mano, para mejor comprender los misterios de la humana naturaleza. Y Empédocles, obsesionado por las erupciones del Etna, se arrojó al cráter en plena ignición del que salió despedida una de sus sandalias de bronce.

Nunca pretendió aleccionar a nadie, que en la vida hay los que saben arreglárselas y los que no; y los que no saben, moralizan. Y menos aún asumir un credo: veía la creencia como la antítesis de la fe, algo que genera ansiedad en lugar de complacencia, que te retiene en lugar de dejarte en libertad. El que ejerce control y dominio sobre su vida, no precisa ponerle en manos de ninguna deidad.

Anoche, cuando fuimos a pedirle parecer, nos lo encontramos muerto. No contestaba al teléfono y, cuando llegamos, tuvimos que entrar con el pañuelo en la boca. Tanto cuento, el hombre y luego sólo sirve para juntar moscas. La Iglesia de Roma le vetará el Camposanto- Como si hubiera habido alguien que no haya ido quitandose la vida que le negaron los demás, poquito a poco, ejerciendo el sagrado derecho a desautorizar a quien le trajo al mundo sin pedirle parecer.

En la mesilla de luz había dejado una nota que lo explicaba todo sin decir nada: “me voy y no vuelvo; la llave está en la portería”. Al buen entendedor las palabras le vienen sobrando.

Vale. Te seguimos. Detrás de los que nos precedieron, guiando a los que nos van a relevar –que no hay nadie que no pueda ser de provecho, y no es poco si no hace daño. Sin escatimar esfuerzo ni alivio del viaje, que ya descansaremos bien a bien cuando estemos muertos. Poca es la ventaja que nos puedes haber sacao. Ves haciendo sitio y espaciando, que a menos bultos más claridad. Y que no tarde, que me muero de ganas de saber lo que viene después, de ser otro sin dejar de ser el mismo, sin que nadie me toque la noche estrellada, el goce, llegar con la mano el sueño.

sábado, 26 de julio de 2008

Tengo la carne para la ternura

Con una ropa de distancias cortas, una aproximación a lo que me atañe y a lo que quizá no es preciso pero como no se parará el corazón nunca –víscera gratuita para los demás, todo me sigue produciendo asombro, esa categoría de la cotidianidad, de lo que parece más común, a veces la simple casualidad pero yo la interpreto apretada y tierna y la suelo contar, ya lo veis.

A veces importan más los que pasan y no los que se quedan, identificarnos con aquellos casi como una vanidad de la derrota, por eso he explicado ya en muchas ocasiones que asumí el papel de derrotado que otorga la vida y no me hace daño. Detrás siempre tengo ternura en esta vieja etapa de notar más las cosas, las cosas que se me van haciendo precisamente viejas.

Cada situación me crea una clave de lectura y tratándose de ello, leo a gusto. Tengo muy reciente, una voz que me dijo: “ven te necesito” y acudí a convivir los duros momentos del final de una vida. Me importaba, sobre todo, más allá de cualquier viviente que se extinguía en ese momento, quién me había pedido la ayuda. Genes había, pero aunque no los hubiera habido en el reclamo noté de inmediato la necesidad de un abrazo y lo aporté generosamente, hasta el final, hasta donde no me quedaron brazos.

Luego me vine a donde estoy, desde donde escribo a todos quienes me leen porque es mi orgullo tener un solo lector o unos cuantos –tanto da, junto a mí al deslizar mis más íntimas palabras frente un mar azul y quieto que nunca responde, simplemente está y es suficiente. La distancia es muy corta, el poder de su belleza enorme, tiene precisamente pinta de ternura como la de mi carne.

Es una manera de de amueblar una vida que cada vez voy sintiendo más inmóvil. Debe ser verdad lo de Joyce: “el silencio, el exilio y la astucia”. Yo me dejé la astucia fuera desde hace años o quizá nunca supe qué hacer con ella, pero vivo mis silencios desde aquí como una especie de exilio, de final, de despedida aunque haya a quien no le guste que lo escriba.

Mientras tanto voy contándolo como una especie de sacerdocio voluntario con las palabras: hace días ese abrazo por causa de posiciones póstumas de la vida; hoy, en cambio, noto más la piel, como si estuviera más cerca de una mujer. La piel del ser humano necesita un gran número de besos todos los días como un estómago su alimento, y en cambio cada vez va teniendo menos o le rozan ya apenas.

Con una carne para la ternura, echo en falta muchas veces de ese imperativo como una paranoia de la piel a la que le faltan labios porque no tenemos la droga de los cuerpos jóvenes y bellos, una mínima ración de mil besos mojados en el cuello mientras nos giramos, al buscarlos, al necesitarlos. Hay una expresión de Beigbeder que adoro: “Danos hoy nuestros besos de cada día.“ La he leído varias veces adrede, ahora la estoy leyendo para que llegue hasta la lejanía del mar que os conté que tengo tan cerca.

Enamorado, pues, estoy de la ternura, del amor, del reclamo húmedo del beso, de una pose, de un gesto, del recuerdo de unos ojos, y en estos días quietos tengo que escribir menos porque me produce placer hacerlo y para los demás podemos parecer de lo más vulgares cuando gozamos.

Hasta me he estudiado algunos trucos para la carne insistentemente tierna: morderme los labios, acercarme a la nuca de quién tiene algún beso, que uno de los dos levante los brazos, tener la boca abierta más que para el beso para verificar lo que es una mujer. Muchos trucos, que son necesidades.

Ya os cuento...

domingo, 20 de julio de 2008

Los dos verbos más antiguos del hombre


Son sin duda amar y recordar. Me lo trajo a mi rostro el amor de los genes cuando una mujer escasa aún de ser mujer, recién levantada se traía todavía la sonrisa estampada en la almohada y dejaba en mis labios su principio y el mío que iban a ser bien distintos: su juventud insistente en la orilla del mar que yo solo me atrevía a mirar de cerca, pero bastante lejos para la hermosura que tiene.

Y eso que era presente me traía cada vez la memoria de lo que he amado y he recordado. Verbos antiguos, idiosincrasia similar, relación de biyectivmismo, daba lo mismo que no tuviera futuro, eso lo inventan los que no tienen futuro. Y con este presente, con un beso que no se podía estampar más cerca he comenzado a pensar que me lo he creído del todo lo de amar y recordar, su prestigio, su antigüedad.

A lo que iba: esa chica me invitó a que viniera al mar que tengo tan cerca, yo le dije me cuentas, sólo me cuentas porque del mar tienes que saber tú más porque tú edad posee los sentimientos más intensos. Me dijo luego que siguiera con mi cercanía hacia todo aunque era diferente a la de ella, -56 años menos, pero se lo va sabiendo ya casi todo, hasta cuando me ve leyendo, entiende que voy a ir recordando, el otro verbo, el otro verbo de qué hablábamos.

Porque todos luego escribiendo contamos algo de la vida, pero habrá que estudiarla primero, habrá que saber qué vino primero y qué vino luego: cientos y cientos de libros, otros cientos esperando, siempre algo estudiando porque si no te lo sabes ni te vale el amor ni el recuerdo. Igual que la felicidad, la tenemos antes de empezar a buscarla. Y ayer por la mañana me la trajeron en forma de beso, hasta me miraron más cerca imposible: lo más hermoso de este verano.

Algo de recuerdos siempre tengo: me vino al pensamiento deprisa: la sombra de una axila perfecta cuando aún no era casi de noche, la bondad de alguien que busco porque la necesito junto a cualquier recuerdo, amarguras en la región oscura que queda de los olvidos y el beneficio de esa duda que siempre tuve de aquella otra chica de los besos mojados y tiernos cuando me hice novio, novio de la vida por primera vez.

Me siento pues a gusto, aunque a veces con la quietud o con una especie de templanza inventada, duras cuatro días. Hace que vivas el estrés que te buscas cada vez: unos senos que parece que van a desmoronarse entre los dedos; la exacta simetría perfecta que tienen casi siempre los pechos y todo lo ajeno al sexo el creerme mis palabras porque son las que me han proporcionado mil veces el camino perdido. Con todo lo que abandone hasta el tiempo que reste aprenderé, eso, a perder, que es una cuestión de principios.

Porque no quiero ser ganador de nada. Ya me fui una vez pero antes habían sido capaces de darme lo mejor. Perder, porque es lo bueno de la edad, ser capaces de todo, quedarme con el resultado que tenga, no juzgar nunca, es como una lección que aprendí de niño.

Voy a poner todo mi genio de persona en que una niña, bella y tierna, una niña en la frontera preciosa de los dieciseis años, vuelva a darme el beso que me dio el otro día, me lo ha de ir repitiendo a medida me voy haciendo un poco más viejo.

Nada más, tengo bastante, forma parte de los verbos antiguos del hombre. Ayer me lo recordaba El Gavilán de Rumbau: “sólo llevo el corazón y aún me estorba.”

Agua


Colaboración de Rubén


Después de miles de kilómetros surcando la piel verdemar del océano, la ola demostraba toda su sabiduría agonizando sin fuerzas en las piedras redondeadas de la playa, hilachas blancas del perfume de algas adherido de su barba se desprendieron de su historia abandonándose entre los granos de arena de la orilla. Las lágrimas de la lluvia caían por su propio vértigo, algunas gotas decían que era un deseo irrefrenable, volver a tierra, fundirse en ella, continuar el ciclo que empezó cientos, miles de millones de años atrás. Y sí, la brisa balbuceó un suspiro, así pareció escucharse, como una exhalación no mas, sinceramente apenas hubo tiempo para mas, el que tarda el universo en contraerse y expandirse y empezar un nuevo ciclo, sí, y todo en el más hermoso de los silencios. Quien sabe porque, pero esa mañana cuando el sol elevaba su adagio sobre el vientre azur del océano, la gaviota levantaba de nuevo el vuelo, con sus alas acariciaba la seda de las nubes y sin que nadie se diera cuenta, de veinte veces que se zambullía en el agua por alimento, diecinueve era por mero placer. Y de tierra adentro llegaron las golondrinas buscando el verano y no hacían sino inundarse una y otra y otra vez en el infinito océano del cielo, como hilos azabaches enhebrando la filigrana de las nubes, buscando confeccionar un hermoso velo blanco de textura de arrecife, siluetas de arabescos.


Sobre el acantilado dos almas gemelas estiraban sus sombras a sus espaldas en la hierba y, al susurro de la brisa, un diálogo casi sin palabras.
-Cuando hacíamos el amor llorabas. ¿Recuerdas?-.
Y yo ciego de mi preguntaba inconsciente. -¿Qué es eso que brilla en tu cristalino?-.
-Estrellas-, me contestaste… Miles de ellas…