martes, 12 de agosto de 2008

Baño compartido

Es curioso, unos días en la playa de Tarquinia, a cien kilómetros de Roma, en una hermosa casa, habitada escasamente durante el año por sus dueños, donde mis horas pasaron con la tranquilidad de siempre, de los libros abiertos, de los sueños aquejados de una lentitud incurable, con ese viejo ropaje de la soledad que había dejado, resistiéndome, enérgico con ella, más vivo que con otra manera de estar precisamente vivo. He traído recuerdos, momentos de agradable compañía bajo la égida augusta de un gran patriarca romano, su terca generosidad, la amistad improvisada –con lenguaje diferente, de mi “amica” Amalia, dando bien cuenta en cada cena con 18 comensales, de las mejores reservas de un vino que su dueño obsequiaba para que nunca dijéramos bastante. Una noche hubo que improvisar un regreso a pie hasta la casa de mi inolvidable amiga y en la reja de entrada de suhermoso chalet, dejé no sólo el roce de mis manos sino además la turbia mirada del alcohol que ambos habíamos ingerido.

Contaré mis recuerdos, mis incomprensiones, esa extraña manera que uno tiene de no sentirse en casa aunque los dueños –genes incluidos, quieran hacerte pensar lo contrario. Explicaré si soy capaz de ello como tan hermoso hogar es tan pasajero que nunca podrá ser un hogar. Me apoyaré para ello en las causas inevitables de sus dueños.

Se van, no obstante, completando los detalles ornamentales de la vivienda: ese espejo antiguo que cubre una de las paredes de la sala o la mesa del centro, fruto de una subasta que tuvo la debida puja. Y en cambio, la luz que me faltaba junto a mi cama, testimoniaba mal cómo prolongar las madrugadas con la lectura de las casi 700 páginas de la novela de Larsson “Los hombres que no amaban a las mujeres” –debe ser que buscaba mi propio contrasentido.

Pero todavía no he empezado a explicarlo: lo mejor de estos días –y lo haré con más detalle, el baño compartido con dos niñas que habían ya empezado su insistencia en hacerse mujeres a los 16 años. Lo pregonaba: el pequeño bikini en sus cuerpos antes de marcharse a la playa mientras se lavaban insistentemente los dientes –un iPod en sus oídos, -“pasa, pasa que ya terminamos” e intentar hacerlo por tan estrecha puerta tenía su recompensa con los dientes limpios: un beso que comenzaba en el ángulo inferior de mis labios apretado desde el centro de los suyos. Y la osadía luego que tenían sus vestidos cada cena.

Lo mejor de estos días su coquetería, su alegría y su cariño, mi propuesta indecente:

“-¿Me dejáis que lea los mensajes de vuestros móviles?
-Vale, ahora más tarde, para leer nosotras los tuyos luego y que salgas perdiendo en la manera de medir el deseo.”

Contaré muchas cosas de ellas entre medio, de los genes comunes que tenemos, de lo distintas que son con los mismos años, los mismos días, casi el mismo instante en que nacieron. Es inevitable que si desde los 6 años he ido verano tras verano al aeropuerto para que vinieran solas a mi Mediterráneo –cartelitos de sus tres idiomas casi colgando a la vez desde el cuello, sean mís favoritas de una manera muy especial y única, para poder compartir el mismo baño, roces de cuerpos y sentimientos.

De este primer apunte me quedaré con la fiesta popular en la arena de la playa por la noche, justo horas antes de regresar a mi soledad abundante, mientras nosotros regresábamos de una cena en una casa rural bien ambientada. La advertencia de su padre, -“os quiero a las doce en casa y secas, no bañaros tan de noche.”

Yo recogí cuando llegaron el abrazo entrañable y húmedo de sus cuerpos mojados. No me hablaron, ni me dijeron adiós, se rieron, me besaron como si estuviéramos continuando el baño casero compartido.

lunes, 4 de agosto de 2008

Prefiero el traje antiguo y caduco de la soledad


Va pasando esa sensación de saludo intermitente que tienen los veranos- no se me ocurre mejor manera de nombrarlos, hoy un agosto de recuerdos nublados, una lejanía de vencimientos. Y no me gusta cómo lo estoy sintiendo: tiene forma de una especie de imperativo estacional y emocional.

Me aportan mis veranos bellezas indudables –los descansos me los gané ya hace tiempo, mañanas como la de hoy con la luz por entero, la luz del mar, la más hermosa manera del aliento. Consigo insistencias porque volveré a mi hueco habitual, aunque aquí ande sobrado de tiempo y termine ya varios libros. Otros me esperarán en el sitio donde los dejé, y junto a ellos habrá una parte de historia que no fui capaz de contar. Pues esa parte oculta, voy a explicarla con detalle luego del verano por si no vuelve a venir otro que me exija hacerlo.

La vuelta me va a suponer conseguir lo que ya vengo deseando: el traje antiguo y viejo de la soledad, las maneras que ya se me han hecho necesarias, las rutinas en rincones tan propios que me aportan la hermosura de las cosas cotidianas pero únicas. Repetiré muchos gestos porque hay una belleza en esa igualdad, una forma de sensatez conmigo mismo y con los demás.

A todo regreso se le tiene ganas, porque el instante de la ida nunca es del todo seguro, ni cambiando el paisaje, las personas, las formas de descanso, la brillantez en las recepciones. Todavía no me ido y ya quiero volver, prefiero las realidades que ya tengo, las ocasiones que yo mismo provoco, el talento para las cercanías que necesito, la posibilidad de un beso viejo, seguir empeñado con los viejos trucos, escribir de la mano del tiempo sobre el poco tiempo como una última lección que me queda por vivir.

Ya no le puedo decir que no a varios días fuera de mi antigüedad y mi soledad, ya es preciso marcharse pero tengo que escribir como un aviso de carta que me asegure la vuelta, para ver de nuevo a las gentes que conozco como una impresión de eternidad que llevo siempre puesta. Salirme de la soledad desgasta y ya siento que algo no tiene retorno al no poder evitar la salida.

Eso sí, quiero conservar el poder de mi lenguaje para contar honestamente por qué me sentí mal fuera de mi soledad, de mi propia lejanía; la parte de la historia verdadera y callada de que hablaba antes; sensaciones hermosas que tuve pero que no fueron suficientes; el ansia de lo propio, de lo escaso pero necesario.

Explicarme con palabras lo que ni yo mismo entiendo, esto parece que no tiene nada que ver con la ida y con la vuelta, pero fue una especie de brillante ida y un deseo de llegar en mejores condiciones. No sé por qué –pero es así de cierto, que sientes al final de la vida como si estuvieras siempre terminando mal los veranos, que no tienes la acogida que necesitarías, que es mejor enseguida que te vuelvas a tu rincón caduco y viejo, igual que lo eres tú. No hay ofensas ni agravios, sientes decepciones y nadie se da cuenta que te está decepcionando. Es un cómodo y necesario recorrido por el que fuiste y ahora estás regresando con pocos atractivos para casi nadie.

De ahí las conclusiones, la hermosa soledad que no ofende a nadie pero que uno la ama tiernamente. Se me va acumulando en las arterias la soledad de alguien –de quién sea, aunque queda quizá el consuelo que es la más hermosa manera de comunicarse.

Tardaré escasos días en vestirme con el mismo traje pero al mismo tiempo con una ternura desmedida.

jueves, 31 de julio de 2008

Miento cuando digo que voy a dejarlo todo

Miento cada vez que lo digo, que me quiero aferrar únicamente al instante anterior. Y no es cierto porque no hay tiempo mejor que el que no se ha vivido. Me dan miedo las antiguas agendas de la soledad y buscar allí una anotación es una falsedad. Dejarlo todo es estar dispuesto a conseguir lo siguiente. Pasa igual que con el amor de pronto te das cuenta de la sorpresa de haber amado y vas a ver qué pasa en el amor venidero.

Pues con nuestra conducta ante la vida ocurre otro tanto, el tiempo es algo más que tiempo y enamora la voz del poeta Colinas:
“Comprenderme estoy hablando de ese/ que nunca he sido y que quise ser.” Porque cada uno de nosotros tenemos instantes en la vida en que con aparentes signos de abandono anterior queremos ya ser el que seremos y esos pasos acelerados que hay que dar nos equivocan y hacen que puedan confundirse con nosotros aquellos que nos quieren y a quienes queremos.

Luego, cumplo cada mañana, parece como que me sonríe el mar desde lejos y me impone ese mandado: sigue siendo, ya te vendrá el tiempo venidero pero no dejes nada de lo hecho, renuncias ninguna, serán la fidelidad bien pagada, la manera de sentirme a gusto con lo que hice, como lo hice, en cada instante que lo hice.

Vamos a ver, si es así ni me van afectar lecturas ajenas por muy convincente que sean. Sé que empiezan a hacer daño ideologías del consumo hasta de los sentimientos como si no hubiera “otra opción –en expresión de Boris Groys en su obra “Bajo sospecha”, para disentir que "reivindicar la infelicidad, la enfermedad, el fracaso, la ruina.”

Vamos a ver –insisto, cuando vienen esos momentos de infelicidad, cuando piensas en ese radical dejarlo todo, en no tener más en cuenta que el tiempo venidero, lo siguiente, haces cuentas y tampoco estuvo ni está tan mal. Hay ruinas en muchos sitios a tu alrededor que te son propias pero junto a ello, como en el amor sorpresas de haberlo hecho, simplemente, y nada menos que eso y te abrazas a ese presente como tantas veces he escrito sobre la forma de los abrazos y me lo han contestado: el amor humano practicado frente a frente; un tacto recogido apoyándose en la espalda, no sé, una forma de negar la renuncia.

Pues habrá que sacar conclusiones de por qué estaba dispuesto a mentir: a mi tiempo alguien le llamó “el oro quedado de la edad”, no contabilizar demasiado bien algo tan sencillo como es verdaderamente el tiempo o darle unos valores que no tiene aunque sea como morirse a ratitos; que cada historia apoyada en el tiempo tiene el mismo valor del siguiente. Luego no debe ser tan cierto –cosa de poetas, eso que no haya nada mejor que lo que no se ha vivido todavía.

No dejaré nada, no renunciaré a nada, mentiré rotundamente cuando diga lo contrario, me quedaré: con el amanecer de este momento –hasta tengo la luz encendida sobre el teclado porque apenas lo veo, me viene el recuerdo de algún truco que quedé en contaros, la hermosura invencible de unos brazos levantados, borronear con mis dedos sobre su piel: la “b” alrededor de sus pechos, una “a” a lo largo de sus brazos y una “s” entre sus piernas.

No es un truco: hecho y pensado, ojala pudiera quedarme toda la vida entre aquellos brazos, móviles como una mariposa pero quietos en su hermosura. Luego, no puedo dejarlo todo. Aunque siempre cada línea que escribo, cada entre línea en que dejo espacio es para comprobar si puedo de nuevo llorar de gozo.

Siempre me queda, no obstante, una frontera por cruzar.

LA LLAVE ESTÁ EN LA PORTERÍA

Por El Gavilán de Rumbau
El era así. A lo largo, a lo ancho y hasta el sedimento mismo: amargao, las tres dimensiones del resentimiento.- Decía ser un niño de la piedra, de los que la madre abandona al nacer sobre la losa, a la puerta de la Iglesia, al cuidado del cielo; bastardo, nacido de una noche de amor, sin las componendas ni cambalaches de los sedicientes “legítimos”. Se quejaba de que la gente no habla. Y así nos cunde; cuando vienes a enterarte de qué va esto, se oye la voz del director de escena: “telón”; en el primer tercio de la vida andas ciego; en el segundo, aquejao de cataratas; y al ver la luz al final del túnel, te das cuenta que te has equivocao de plano y nada tiene remedio. Es el vicio nefando de buscarle explicación a todo, de empequeñecerlo, cuando no hay que preguntarse nunca el por qué, no pedir nada a la vida y tomar las cosas tal y como vienen.

De tiempo acá que se sospechaba que el bien y el mal tienen el mismo origen, son la haz y el envés de una misma y sola cosa, es cuestión de cómo lo tomes, ni del todo amargo, ni tampoco el empacho de lo dulce. Mira, si no: cuando la lluvia arrecia, los hombres se embarran y los cerdos van quedando limpios; y con el mismo aliento de la boca con que me caliento las manos, se enfría el caldo –de donde se extrae su moralidad.

La Primavera anda metida en agua, toda la noche lloviendo, un estrépito sobre la madera carcomida de la galería acristalada. Agua, viento y cuchilladas desde la cama. Y así debía de ser todo, estar a verlas venir, que las ves pasar, nunca hubo nublao que no escampase; que no te tienes que mover: el pez te lo trae el rio. Habría que suprimir el sujeto: al igual que se dice “llueve” o “hace mal tiempo”, decir también “se sufre”. Necio error el de teólogos y zoólogos que pretenden hacer del hombre el eje sobre el que gira el universo, cuando no pasa de ser un mísero componente molecular infinitesimal de los billones de especies que lo pueblan. Se te suprime de golpe y todo sigue igual, no hay nadie que se dé ni cuenta, que nada se seca tan pronto como una lágrima.

Nos decía que deplorar un solo hecho real es blasfemar del Universo, que la palabra clave es aceptar, compartir –que la vida empieza de dos en adelante. No hay, en cambio, sino amor propio, el amor no es nada, no merece las lágrimas de un chico. Que nada hay tan parecido a la felicidad que echar de menos; si lo logras, lo malogras; el amor, o es imposible, o no es.

Y andaba siempre igual, dando vueltas y más vueltas a lo mismo, erre que erre, que dicen que el caballo ciego es el preferido parala noria; que de Demóstenes se cuenta que, al final de su vida, se cegó de su propia mano, para mejor comprender los misterios de la humana naturaleza. Y Empédocles, obsesionado por las erupciones del Etna, se arrojó al cráter en plena ignición del que salió despedida una de sus sandalias de bronce.

Nunca pretendió aleccionar a nadie, que en la vida hay los que saben arreglárselas y los que no; y los que no saben, moralizan. Y menos aún asumir un credo: veía la creencia como la antítesis de la fe, algo que genera ansiedad en lugar de complacencia, que te retiene en lugar de dejarte en libertad. El que ejerce control y dominio sobre su vida, no precisa ponerle en manos de ninguna deidad.

Anoche, cuando fuimos a pedirle parecer, nos lo encontramos muerto. No contestaba al teléfono y, cuando llegamos, tuvimos que entrar con el pañuelo en la boca. Tanto cuento, el hombre y luego sólo sirve para juntar moscas. La Iglesia de Roma le vetará el Camposanto- Como si hubiera habido alguien que no haya ido quitandose la vida que le negaron los demás, poquito a poco, ejerciendo el sagrado derecho a desautorizar a quien le trajo al mundo sin pedirle parecer.

En la mesilla de luz había dejado una nota que lo explicaba todo sin decir nada: “me voy y no vuelvo; la llave está en la portería”. Al buen entendedor las palabras le vienen sobrando.

Vale. Te seguimos. Detrás de los que nos precedieron, guiando a los que nos van a relevar –que no hay nadie que no pueda ser de provecho, y no es poco si no hace daño. Sin escatimar esfuerzo ni alivio del viaje, que ya descansaremos bien a bien cuando estemos muertos. Poca es la ventaja que nos puedes haber sacao. Ves haciendo sitio y espaciando, que a menos bultos más claridad. Y que no tarde, que me muero de ganas de saber lo que viene después, de ser otro sin dejar de ser el mismo, sin que nadie me toque la noche estrellada, el goce, llegar con la mano el sueño.

sábado, 26 de julio de 2008

Tengo la carne para la ternura

Con una ropa de distancias cortas, una aproximación a lo que me atañe y a lo que quizá no es preciso pero como no se parará el corazón nunca –víscera gratuita para los demás, todo me sigue produciendo asombro, esa categoría de la cotidianidad, de lo que parece más común, a veces la simple casualidad pero yo la interpreto apretada y tierna y la suelo contar, ya lo veis.

A veces importan más los que pasan y no los que se quedan, identificarnos con aquellos casi como una vanidad de la derrota, por eso he explicado ya en muchas ocasiones que asumí el papel de derrotado que otorga la vida y no me hace daño. Detrás siempre tengo ternura en esta vieja etapa de notar más las cosas, las cosas que se me van haciendo precisamente viejas.

Cada situación me crea una clave de lectura y tratándose de ello, leo a gusto. Tengo muy reciente, una voz que me dijo: “ven te necesito” y acudí a convivir los duros momentos del final de una vida. Me importaba, sobre todo, más allá de cualquier viviente que se extinguía en ese momento, quién me había pedido la ayuda. Genes había, pero aunque no los hubiera habido en el reclamo noté de inmediato la necesidad de un abrazo y lo aporté generosamente, hasta el final, hasta donde no me quedaron brazos.

Luego me vine a donde estoy, desde donde escribo a todos quienes me leen porque es mi orgullo tener un solo lector o unos cuantos –tanto da, junto a mí al deslizar mis más íntimas palabras frente un mar azul y quieto que nunca responde, simplemente está y es suficiente. La distancia es muy corta, el poder de su belleza enorme, tiene precisamente pinta de ternura como la de mi carne.

Es una manera de de amueblar una vida que cada vez voy sintiendo más inmóvil. Debe ser verdad lo de Joyce: “el silencio, el exilio y la astucia”. Yo me dejé la astucia fuera desde hace años o quizá nunca supe qué hacer con ella, pero vivo mis silencios desde aquí como una especie de exilio, de final, de despedida aunque haya a quien no le guste que lo escriba.

Mientras tanto voy contándolo como una especie de sacerdocio voluntario con las palabras: hace días ese abrazo por causa de posiciones póstumas de la vida; hoy, en cambio, noto más la piel, como si estuviera más cerca de una mujer. La piel del ser humano necesita un gran número de besos todos los días como un estómago su alimento, y en cambio cada vez va teniendo menos o le rozan ya apenas.

Con una carne para la ternura, echo en falta muchas veces de ese imperativo como una paranoia de la piel a la que le faltan labios porque no tenemos la droga de los cuerpos jóvenes y bellos, una mínima ración de mil besos mojados en el cuello mientras nos giramos, al buscarlos, al necesitarlos. Hay una expresión de Beigbeder que adoro: “Danos hoy nuestros besos de cada día.“ La he leído varias veces adrede, ahora la estoy leyendo para que llegue hasta la lejanía del mar que os conté que tengo tan cerca.

Enamorado, pues, estoy de la ternura, del amor, del reclamo húmedo del beso, de una pose, de un gesto, del recuerdo de unos ojos, y en estos días quietos tengo que escribir menos porque me produce placer hacerlo y para los demás podemos parecer de lo más vulgares cuando gozamos.

Hasta me he estudiado algunos trucos para la carne insistentemente tierna: morderme los labios, acercarme a la nuca de quién tiene algún beso, que uno de los dos levante los brazos, tener la boca abierta más que para el beso para verificar lo que es una mujer. Muchos trucos, que son necesidades.

Ya os cuento...

domingo, 20 de julio de 2008

Los dos verbos más antiguos del hombre


Son sin duda amar y recordar. Me lo trajo a mi rostro el amor de los genes cuando una mujer escasa aún de ser mujer, recién levantada se traía todavía la sonrisa estampada en la almohada y dejaba en mis labios su principio y el mío que iban a ser bien distintos: su juventud insistente en la orilla del mar que yo solo me atrevía a mirar de cerca, pero bastante lejos para la hermosura que tiene.

Y eso que era presente me traía cada vez la memoria de lo que he amado y he recordado. Verbos antiguos, idiosincrasia similar, relación de biyectivmismo, daba lo mismo que no tuviera futuro, eso lo inventan los que no tienen futuro. Y con este presente, con un beso que no se podía estampar más cerca he comenzado a pensar que me lo he creído del todo lo de amar y recordar, su prestigio, su antigüedad.

A lo que iba: esa chica me invitó a que viniera al mar que tengo tan cerca, yo le dije me cuentas, sólo me cuentas porque del mar tienes que saber tú más porque tú edad posee los sentimientos más intensos. Me dijo luego que siguiera con mi cercanía hacia todo aunque era diferente a la de ella, -56 años menos, pero se lo va sabiendo ya casi todo, hasta cuando me ve leyendo, entiende que voy a ir recordando, el otro verbo, el otro verbo de qué hablábamos.

Porque todos luego escribiendo contamos algo de la vida, pero habrá que estudiarla primero, habrá que saber qué vino primero y qué vino luego: cientos y cientos de libros, otros cientos esperando, siempre algo estudiando porque si no te lo sabes ni te vale el amor ni el recuerdo. Igual que la felicidad, la tenemos antes de empezar a buscarla. Y ayer por la mañana me la trajeron en forma de beso, hasta me miraron más cerca imposible: lo más hermoso de este verano.

Algo de recuerdos siempre tengo: me vino al pensamiento deprisa: la sombra de una axila perfecta cuando aún no era casi de noche, la bondad de alguien que busco porque la necesito junto a cualquier recuerdo, amarguras en la región oscura que queda de los olvidos y el beneficio de esa duda que siempre tuve de aquella otra chica de los besos mojados y tiernos cuando me hice novio, novio de la vida por primera vez.

Me siento pues a gusto, aunque a veces con la quietud o con una especie de templanza inventada, duras cuatro días. Hace que vivas el estrés que te buscas cada vez: unos senos que parece que van a desmoronarse entre los dedos; la exacta simetría perfecta que tienen casi siempre los pechos y todo lo ajeno al sexo el creerme mis palabras porque son las que me han proporcionado mil veces el camino perdido. Con todo lo que abandone hasta el tiempo que reste aprenderé, eso, a perder, que es una cuestión de principios.

Porque no quiero ser ganador de nada. Ya me fui una vez pero antes habían sido capaces de darme lo mejor. Perder, porque es lo bueno de la edad, ser capaces de todo, quedarme con el resultado que tenga, no juzgar nunca, es como una lección que aprendí de niño.

Voy a poner todo mi genio de persona en que una niña, bella y tierna, una niña en la frontera preciosa de los dieciseis años, vuelva a darme el beso que me dio el otro día, me lo ha de ir repitiendo a medida me voy haciendo un poco más viejo.

Nada más, tengo bastante, forma parte de los verbos antiguos del hombre. Ayer me lo recordaba El Gavilán de Rumbau: “sólo llevo el corazón y aún me estorba.”

Agua


Colaboración de Rubén


Después de miles de kilómetros surcando la piel verdemar del océano, la ola demostraba toda su sabiduría agonizando sin fuerzas en las piedras redondeadas de la playa, hilachas blancas del perfume de algas adherido de su barba se desprendieron de su historia abandonándose entre los granos de arena de la orilla. Las lágrimas de la lluvia caían por su propio vértigo, algunas gotas decían que era un deseo irrefrenable, volver a tierra, fundirse en ella, continuar el ciclo que empezó cientos, miles de millones de años atrás. Y sí, la brisa balbuceó un suspiro, así pareció escucharse, como una exhalación no mas, sinceramente apenas hubo tiempo para mas, el que tarda el universo en contraerse y expandirse y empezar un nuevo ciclo, sí, y todo en el más hermoso de los silencios. Quien sabe porque, pero esa mañana cuando el sol elevaba su adagio sobre el vientre azur del océano, la gaviota levantaba de nuevo el vuelo, con sus alas acariciaba la seda de las nubes y sin que nadie se diera cuenta, de veinte veces que se zambullía en el agua por alimento, diecinueve era por mero placer. Y de tierra adentro llegaron las golondrinas buscando el verano y no hacían sino inundarse una y otra y otra vez en el infinito océano del cielo, como hilos azabaches enhebrando la filigrana de las nubes, buscando confeccionar un hermoso velo blanco de textura de arrecife, siluetas de arabescos.


Sobre el acantilado dos almas gemelas estiraban sus sombras a sus espaldas en la hierba y, al susurro de la brisa, un diálogo casi sin palabras.
-Cuando hacíamos el amor llorabas. ¿Recuerdas?-.
Y yo ciego de mi preguntaba inconsciente. -¿Qué es eso que brilla en tu cristalino?-.
-Estrellas-, me contestaste… Miles de ellas…

miércoles, 16 de julio de 2008

Amar y despedirse



A lo mejor queda eso solo, casi sin tocarse nadie pero con mimo y a la vez con audacia, sabiendo que dejaste capacidades a las que llegaron pocos y a la vez, sin ápice de orgullo, siempre esperando.

A ratitos mi destino será que me olviden, ya fui capaz de ir contando lo que me pasaba y cuando me enfrenté cara a cara con la necesidad de amar, la lección para sacar de la vida lo que saques. Es complicado, más o menos vas a acabar en derrota, pero tendrás que seguir teniendo en tus labios el sabor deshecho de algún corazón.

Mentir y mentirse cuesta, pero es inevitable: amo y miento pero seré capaz con una palabra de entrar en otra vida y una vez allí ni me puedo escapar ni dejarán que me escape, con un gesto dulce y sabio ando lleno de mujeres. Es mi mérito, es la evidencia de haber sentido. Ya me sale esta escritura: es que amo para poderme despedir luego pero sin salir nunca fuera de con quién estaba dentro.

Y quiero reclamar antes de despedirme de nada ni de nadie una enorme cantidad de carencias. Debieron darme más y de más, hubiera enriquecido mi lenguaje, un arma propia arrojadiza hasta para contar el sexo: follar sin tocarse. Por eso sigo teniendo la necesidad de un destino entendido, prólogo de una despedida, tierna, sin ambages como siempre lo hice.

No lo puedo callar, ni lo callaré jamás: hay una manera de estar junto a alguien sabiendo que no puedes permitírtelo; que un día vendrá un luego porque no puede ser y no será, por eso trae su final. Lo sigo recordando –miento, con la cara cambiada: ya no es recuerdo sino necesidad. Tuve un mimo, una codicia, sólo mirándole los ojos que se me han quedado de lleno entre un par de metáforas y las veces de silencio. Había un gesto, una palabra, una manera de imponerlo que imponía vergüenza hasta en la propia mirada. Era puro detalle, nada menos que detalle. A lo mejor es verdad, dice el poeta que sólo lo perdido se posee eternamente.

Envejezco y tengo que amar y despedirme, amar más de lo que amé y despedirme temblando por si acaso me estoy despidiendo. Amar mezclando las lenguas como hacen los amantes y cogiéndose las nucas porque allí está la insistencia, la seguridad de lo que haces. Envejecer como si no tuviera años sino las palabras que he dicho, los libros que he leído, las veces que no me han entendido.

Amar y despedirse como el destino del hombre en palabras de Neruda. Eso dice Juan Cruz en esos años que cuenta porque muchas veces se lo pidieron. A mí no me lo ha pedido nadie pero estoy en esa tesitura, ya lo he dicho antes que tengo que envejecer –no lo remedia nadie, y amar es un ejercicio físico que me permite mi cuerpo ya que otros muchos no me deja hacerlos. Será alguna postura o una manera de inventarse lo que va a acabar siendo una forma de ponerse cómodo con alguien a tu lado. Sin tocarse, bueno, casi sin tocarse.

Amar y despedirse -¡qué fastidio no consigo quitarme las ilusiones de encima. Amar hasta que pierda la capacidad de hablar, de decir lo que quiero decir: la nostalgia de una caricia, de una piel, de un después. Y despedirse porque todos somos un relato, hemos formado un cuento con las palabras que nos han acabado formando.

viernes, 4 de julio de 2008

Chus Visor me ayudó a indagar en mi vida

Hace días, leí un reportaje sobre ese editor heroico de poesía que nos trajo a los que se nos escapaban los sentimientos por la vida, la forma de indagar en ellos y en ella. Contaba en una entrevista con él, cómo levantó su negocio de libros de poesía. Él solo, a base de pasión, porque si no interviene la pasión, un desdén, una amargura, una mirada perdida ya no nos cabe ningún recurso, nada. Y él hace 40 años hizo de su oído verso, de su vida un tugurio de poetas y entre Adonaís y El Bardo que eran los únicos editores de poesía entonces, hizo su primera declaración de intenciones publicando “Una temporada en el infierno” de Rimbaud traducido por Celaya.

Cuatrocientos autores forman su catálogo ahora, y en las paredes de mi casa entre tanta novela, esos manejables libros negros, casi de bolsillo, duermen aún esperando quizá que algunos no pueda leerlos nunca. Con ellos he vivido que el lujo de la vida y el silencio son amantes, que es el tiempo el que avanza y no nosotros, con ellos a mi lado he hecho cierto una manera de hablar, de caminar, de querer indagar.

Sentado como estoy en mi butaca de cuero y de descanso cuando no tengo madrugadas impertinentes y me hace seguir acercándome a la vida, dejando estar ya el pasado que lo noto demasiado pasado, me duelen los libros de Chus Visor que todavía no he leído, que ocupan una estantería y que no tendré tiempo de leer jamás. Chus rebosa de libros en su casa, treinta mil volúmenes son bastantes libros para terminar al fin con la memoria. En la mía no quiero contarlos porque me dolería demasiado los que no voy a poder leer.

Los estoy tocando, os lo aseguro, unos cuantos pendientes de leer que tienen sitio cerca: Mario Cuenca, Arturo Tendero, Yolanda Castaño, Vicente Núñez, los que me va enseñando mi librera, “hay más cosas de Visor” ¡y ella qué sabe! O quizá me lo note que es verdad lo que dice su editor: que los que escriben poesía hay de dos estilos, los que escriben del amor y los que indagan en la vida.”

Yo he estado siempre entre el grupo de los que indagan en la vida, en su propia vida, rebuscan a ver qué encuentran, cómo fuí viviendo la juventud escribiendo poemas que no leería nadie afortunadamente. Recuerdo como si lo viera ahora, esas cuartillas que le robaba a mi padre de su despacho de médico y en ellas más que escribir, me escribía. Así fui llenando, por fechas, por ilusiones, sobres que se hicieron viejos y amarillos al mismo tiempo. Todavía me ha quedado tiempo de romperlos con cariño y entereza.

Umbral ya dijo que "escribir poesía, o simplemente leerla, es uno de los menesteres más arrasadores que pueden tentar al hombre.” Caí en la tentación una y mil veces, escribía y leía y siempre tuve a mano cuando había momentos en que todo me inducía al abandono, como una estirpe que no merecida, los libros de poesía de Chus Visor. Cuántas veces fue cierto, dentro de mi propia tristeza intransferible, la forma de llorar que nos cuenta Juan Cruz: “mi manera de llorar es estar a punto de llorar”.

Pero cuatro o cinco versos enhebraban los silencios y los convertían en huecos sonoros, en palabras, en la única manera de enamorarse del lenguaje.

jueves, 26 de junio de 2008

El olor de cuando llegas

De mi sitio, el hueco de mis micro relatos, con la particularidad que no traigo nada especial dentro de ellos, me interesa más saber hasta dónde llegan sus alcances porque hay gente amiga que quiere sentirse bien con ellos. Explicar lo que pienso de cualquier sentimiento puede tener apenas repercusión propia, pero me valen, por eso los cuento y procuro sobre todo buscar su hueco más cálido.

Me llega el verano por varios sitios a la vez: en la página de los libros que he leído me adhiero a Bolaño -el chileno de 1953 y muerto bien deprisa en el 2003, con su asombroso alarde de audacia y poderío narrativo de su “2666”. Estoy de acuerdo con él cuando dice que uno nunca termina de leer, igual que “uno nunca termina de vivir aunque la muerte sea un hecho cierto.”

Me aplaza la vida el verano cambiante de mis lugares eternos y conocidos por otros que al menos no son tan propios; me aleja de esas caras de casi todos los días que toman vacaciones sin permiso porque yo necesitaría seguir mirándolas; o los hábitos, y eso que los hombres no tenemos por costumbre quedarnos, huimos, olvidamos, no sabemos cómo.

Me ha creado una pausa esta mañana la riqueza de un abrazo emocionado, tener que buscar una dirección postal para que “Pan de mendigo” pudiera de nuevo estampar la agonía de su palabra seca y honda con las dos clases de tragedia que él cuenta que la vida tiene encima: “una, es lograr lo que te propones; y la otra él no lograrlo.” Tanto da porque es lo mismo. Me lo dejó por escrito unos minutos antes, antes que alargáramos un abrazo en éste sitio cálido donde todo puede durar, eso, más de diez minutos.

Hemos dejado entre medias la hendidura por donde contarnos nuestras cosas porque se han quedado pendientes demasiadas, esa rosa estampada de rojo para su “dulce de membrillo” o las charlas heroicas de salud, hoy te empeñaste en convencerme de tu secreto para ti: “creer que no se está enfermo y vivir como si se estuviera sano.” Me hubieras hecho falta esta tarde, “Pan de mendigo”, para no tensarme otra vez inútilmente en esas ásperas salas de espera, donde no se sabe nunca bien lo que esperas.

Y mientras, aquí también este verano, estará no ya por temperatura sino por ganas de acogida y de aventura, éste sitio cálido que he inventado para un grupo de amigos y amigas, este escritorio para escribir como a dos velas lo que pienso, lo que termino de creerme, lo que ha estado muchas veces y sigue estándolo en las palabras de respuesta o en los silencios que hay detrás, tan callados como hermosos de quienes a la vez que me leen, me entienden y me quieren.

No me hace falta nada más en este sitio diferente, propio, anhelante, único: la mano ajena que me toma la mano; querer y que me quieran con esa inquebrantable tautología del deseo; soñar en el día siguiente si es posible desde hoy antes de que se haga tarde; ya no vivir más hacia atrás, sino por delante aunque me duela hasta el aire que respiro, seducido por el sueño –se me ocurre arrimando el ascua a las metáforas, de una mujer mal desnuda y soñante.

Nada más, que me aplacen lo que sea pero que no me roben el amor ni a empujones, de mi sitio que conserva hasta el olor que tiene cuando llegas.

DULCE DE MEMBRILLO


Por Pan de Mendigo

Salíamos de misa, de la misa de 12 del domingo, de haber estado media hora muertos, sentados en los bancos de espaldas a la puerta, a la vida, dando cara al altar flanqueado por dos sepulcros, dando frente a la muerte. Nacimos para vivir y nuestro credo nos hace vivir para morir.

Y salir de aquella penumbra cirial al sol radiante en el cenit, de la atmósfera viciada e insana de saumerios y coños sin ventilar, a la brisa del mar en las acacias, nos deolvía el alma al cuerpo, secuestrada que nos había sido durante media hora.

La misma casucha de la familia inmigrante contrastaba con nuestro hábitat, con nuestro comedor-estar, donde no come ni está nadie nunca. Ellos se juntan eb la cocina, junto al hogar, el corazón de la casa. Allí andaba todo manga por hombro, cada cosa estaba en el mismo lugar donde quedó la noche anterior, el día, el mes en que se utilizó por última vez. Que lo natural es el desorden y dejar de lao el orden al cuidao del Universo; el pequeño, retozando en tierra con un pajarraco que le picoteaba el culo, en plena interacción de las especies.

Veo al abuelo en el corral absorbido en la tarea de juntar ramas de olivo para el vareo de la aceituna, mientras en la cocina la vieja cuece el membrillo en almíbar. El runrún del viento en el choperal, el lento y simétrico mecido de las hojas en los álamos del río, como el flujo y reflujo del mar al atardecer lamiendo la orilla, les marcan la pauta, el ritmo vital que nosotros perdimos tiempo ha y de una vez para siempre.

Lo queremos todo. Y soplar y sorber no puede ser. La vida en la aldea anda totalmente involucrada con lo natural, que es la única forma de poder vivir sin ayuda de vecino. Cada fin de semana, mi hijavacila ante el espejo entre tomar un estimulante que le permita estar haciendo el indio hasta la madrugada, o tomarse un sedante, acostarse y poder dormir. Los Tarahumara se acercaban, de vez en cuando, a las grandes ciudades, para ver cómo eran los hombres que se habían equivocado; de uvas a peras, que todo se pega menos la hermosura. Y yo ando en quejido constante, pidiendo cada vez más y de balde. Que gracia perdida, velas encendidas; gracia lograda, ni velas ni nada. Sin saber que en la vida hay dos clases de tragedia: una, es no lograr lo que te propones; y la otra, el lograrlo.

La perla del Papaloapan


Colaboración de Rubén

Enjuto de carnes, chupado de huesos, ceniza de pelo, de luna tostado, mostrando un torso desnudo escamas por pecho, desbriznándose a modo de fina escarcha mezquinos pelos. Salvador de Aristofanes, más conocido por los niños en el pueblo de Tlacotalpan como Gavilán el del puerto.

-A mi me alumbró la mar- espetaba con una alegría boba y sin rodeos.
Prolijo de habla se inventaba palabras que solo él entendía dejando restos de espuma entre la sutura vencida de sus labios. El tiempo se le había comido los dientes mascando cada una de las voces que salían de su garganta. Perfilándose con flojedad su rostro al cielo se vanagloriaba de su propia ceguera perjurando no haber visto nunca las estrellas. De párpados caídos, trémulos al hablar, de improviso se le derrotaban lágrimas huérfanas.

-Saladas- farfullaba cuando las recogía con su lengua.
-A mi me alumbró la mar- repetía de nuevo en una mundanal salmodia, llevado por una inhalación tan profunda que el oxígeno atolondraba las sienes de su cerebro y al exhalar, su aliento había agarrado el vaho del salitre y las olas desgastadas del mar.

Se desvivía contando historias. Sus dedos cenceños garabateaban danzando en el vacío, recostada su cabeza ligeramente hacía el infinito, como leyendo en las nubes o si las rescatara husmeándolas del Sotavento, algunas eran de trazos increíbles, otras celosamente desesperanzadoras pero todas, imposibles sin duda alguna.

-Hoy os voy a narrar la historia de un marinero ciego enamorado de las alas de una gaviota…-.

Él siempre declaró que lo trajo el huracán Gilberto, que andaba pescando cuando los fuertes vientos despedazaron su barca y lo arrancaron del mar enviándolo río adentro dejándole por herencia una sanguínea nostalgia de filiación marina.

Un día sin sol, ni sombras, ni luna desapareció como se vino, nadie pareció echarlo de menos. El mismo Sotavento casi barrió su nombre y los febriles restos de su memoria. Pero de vez en cuando, después de la temporada de huracanes, de aquellos que fueron niños y aún de los que todavía se atreven a serlo, de repente se asoman cuando alumbra el atardecer perfilándose sus siluetas en el puerto, allí, en la orilla de la perla del Papaloapan, pensando que tal vez el mar lo devolverá río arriba de nuevo, con racimos de historias, todas imposibles eso es cierto.

*rio de las mariposas (Veracruz).

P.D: Dedicado al Gavilán de la calle Rumbau.

sábado, 21 de junio de 2008

Sólo cuenta la intensidad del instante

Porque mi futuro ya no es importante, pero aún así, viviendo del presente seguiré confirmándolo en cada escrito, en cada comportamiento que muchas veces no se han merecido los demás: la explicación siempre ajena era mi falta de entendimiento ante otra postura diferente, pero no hay normas preestablecidas como válidas o inválidas, la mayoría de las veces se trata simplemente que son las que nos convienen.

Pues en mi presente una y otra vez, la insistencia de la mano tendida, vieja como un libro de segunda mano pero reclamando leerlo de nuevo. Y en esa mano al aire instantánea, confiada, el área más hermosa y más difícil del comportamiento humano: sin saber exactamente dónde existe la fuerza extraña que vuelve cálido un texto, me lo va diciendo luego el tiempo –quizá por eso me pasó más deprisa, pero sí siempre pude averiguar donde reside la intención de crearlo: en el ámbito del sentimiento.

Ahí no he tenido ni he tendido trampa ni engaño, he mirado a lo lejos, hasta me he imaginado compañías que no fueron verdaderas, nunca les di la negativa –y bien cierto que hubieron ocasiones que debí anticiparme al hacerlo. Pude parecer pecar de incauto, de necio y yo lo único que estaba poniendo eran eyaculaciones de mi temperamento: tierno, alargado, extendiendo mi piel, nada temeroso, sólo ilusionado.

Jamás puse un velo o un anonimato, hasta en esos funcionamientos de identidad que suenan a invención mal inventada, cuando detrás en cualquier programa informático hay necesidad de poner una pregunta recordatorio, recurría a la extraña trampa de si era posible estampar mi retrato, palabras tan identificativas que como la lengua, fijaban, limpiaban y daban esplendor. Así he firmado la intensidad del instante porque me lo he creído siempre; si eran sueños los hacía míos con mi sueño de dentro, si deseos su forma y su comienzo, como quien intenta averiguar la piel de una mujer que se extiende y se contrae, invisible, para los hombres.

Cara limpia, tacto a poder ser inmediato, retos importantes para pasar una tarde en rincones de escritura verdaderos, lecturas como oliendo la felicidad del sexo y hasta una melancolía que se me nota pronto como aquella alegría que explicaba Víctor Hugo con maneras de tristeza para que me las quitara alguien. Y siempre lo he arreglado en el peor de los casos, eso, leyendo, conocer una dimensión de la vida tan intensa como enamorarse, lo que viene a ser la hermosa y vieja “Canción antigua” de Mogador” de Ruy Sánchez, ya trilogía:

“Muy adentro acogería
lo que no vi que venía
y que me puso a gemir:
hecha fantasma tu mano.
Date cuenta que no duermo:
dejaste tu huella dentro,
sembraste tu palma en mí.”

Con estos manuales me manejo y volvería a caminarlos de nuevo: la vida es un delirio, pero necesito esa huella, esa palma dentro, es un delirio y es reto tratar de comprenderla luego. Me bendice y me protege muchas veces, me ha abarcado totalmente dentro 50 años como 50 veces el manual inabarcable que me dio una mujer. Difícil conseguirlo, más aún mantenerlo. Para quién no lo tiene, los culpables siempre son los ajenos. Lo disfruto plenamente, pero tengo hueco para con cualquier gesto ajeno: hacer un ritual de acompañamiento sin mirar alrededor si viene alguien, si queda algún resto que debí ser yo quien lo barriera primero.

Todo ayuda a la imprevisión de vivir, es válido cimiento para continuar ese viejo camino que alguien con una autoridad imborrable, me escribía hace días: incluso que “mi cuerpo no contamine tu espíritu, joven, sano, reflexivo y amable.” Siempre diste más de lo que debías amiga, utilizaste la confianza y la generosidad sin temor alguno.

Como dicen los italianos, un “pensieri in luce”.

martes, 17 de junio de 2008

Ser entendido por mis insistencias


Insisto muy poco, soy capaz con facilidad de darle la razón al otro, me dejo convencer, es mi más rica debilidad por la cual cuando miro o cuando escribo dejo el camino abierto al que viene detrás. Por eso, porque insisto muy poco –o al menos no se dan cuenta los demás, quiero ser entendido con el hermoso disfraz de mis insistencias.

Traigo siempre en la mano el equipaje incierto de mis libros. Me detengo un rato, tengo frente a mí, el papel en blanco, la reciente conversación de una muestra de independencia, de autosuficiencia que ya quisiera yo tener. Y me detengo entre dos páginas abiertas –ahora nada menos que de un ensayo sobre arte e igual que su autor lo titula “Pintar sin tener ni idea”, entre cuatro líneas aprendidas, cerca la pátina de la pantalla, (reciente todavía en mi organismo la somnolencia de los mófidos del día anterior, que no entendía y me duraban más tiempo del debido) me voy a ir quedando para mejorar mi tarde, como para hacer lo que quisiera como lo que dijo Apollinaire de “La Musa inspirando al Poeta”, que se trataba de pintura sin ninguna literatura.

Me gustaría explicar cómo pongo el entendimiento en las insistencias, no tengo las soledades solas, sólo algunas a ratos, fuera de cualquier horario también, elegidas por mí y que voy a escribir en cuatro líneas en qué consisten:

Antes que nada, más allá de un posible prestigio de hombre serio, buscar el ángulo donde robe la sonrisa que no me queda, porque lo que diga no procede decirlo en ese momento, desgarro de quienes veo la juventud que ya no tengo, me quedo quieto, escucho, aprendo, es el paso más honesto que puedo dar en la vida.

Pero luego del momento en que me ofrecieron algo pongo detrás mi deseo de siempre ir y nunca de volver, beber los vinos más fuertes del placer y como ahora ando leyendo un libro de Ángel González sobre los que no tienen ni idea de pintura, como yo tampoco la tengo, lo veo todo primario y deseable, no tendría arreglo en ningún taller ni de pintura ni de escritura.

Vuelta a empezar con cualquiera, llevo la razón, por eso la entrego fácilmente, tengo así el camino abierto a las insistencias con un inhabitual ropaje de cariño. Si alguien me dice que no me queda cariño dónde estaba puesto, miente, lo llevo siempre encima, lo disimulo si hace falta porque sé entender a quién no quiera pagar precio alguno, gesto, ni movimiento.

Mi insistencia es llevarme con la ropa puesta maneras improvisadas pero que sé de sobra que van a producir tono y acercamiento. Tengo la insistencia también del tiempo porque me queda poco tiempo, me dejaré convencer fácilmente pero a la vuelta de la esquina ganaré mi opción, descansaré con ella, fabricaré modos nuevos de insistencia para después.

Esta tarde se me hacía larga, aún leyendo de arte sin saber nada de arte. Yo no soy capaz de romper esquemas, se me rompen deprisa si no tuviera la apoyatura de siempre, pocas ganas, pero seguir leyendo. Desgana de lo demás, de lo que a mí también me imponen los años, las rupturas que no entiendo, pero como el que resiste siempre vence y convence, eso es lo que hago, blandengue ante los razonamientos ajenos pero duro de repente como un Goya espeso y primitivo.

Seguiré consintiendo y acabando así las tardes, no sé, sin tiempo porque transcurre
.

MUEBLE-BAR CON TAPA ABATIBLE


Por Malmirao


La noche de Reyes, siendo aún muy niño –cuatro años a lo sumo que tendría, para mejor hacerme creer que los Magos de Oriente pasaron por casa a dejarnos juguetes, mis padres abatían la tapa del mueble-bar, antes de acostarse y dejaban tres copas con restos de Sherry.

A la pobre criatura no le llegaba la malicia a comprobar que, en el borde de las copas, no quedaba huella alguna de labios de rey negro; y se tragaba la píldora. Uno más de la serie de embustes que jalonaron mi vida de aquellos años. Cuando lo que había que hacer era justamente lo contrario, ir depejando, una a una, sus dudas con la verdad.

De modo y manera que, muy poco después, vergonzoso y de buena crianza como era, había de encerrarse en el cuarto de baño y, sin encomendarse a Dios ni al diablo, encaramarse al borde de la pileta y desdoblarse en dos, verse desde allí desnudo en el espejo, a fin de compensar la falta de soporte que llegara de fuera, de alguien que le echara una mano. Y todo ello, acabados recién los tres años de guerra civil española, celebrando aún la entrada triunfal de las tropas nacionales sobre un campo sembrado de un millón de hermanos muertos.

Es por eso que resulta tan duro vivir; más que hagas y no podrás olvidar. Medio siglo después, la noche de Reyes se me puebla de fantasmas el entendimiento, la tapa abatida del mueble-bar, las copas con restos de Sherry, el niño en bolas en el espejo del baño.

Mazatlán


Colaboración de Rubén


Fue una extraña primavera, abrazado al frío de Enero, crepúsculo de luna llena y por voz, un silencio. Un silbo arcaico y ciego flotaba indolente arrastrándose en un reguero incierto al desamparo indiferente del trasiego humano bajo la luz taciturna, de un sol soñoliento. Reunidos todos los vientos en un manojo de sueños, una brisa ebria barrió los últimos vitrales levantando vahos cobrizos de polvo y hojas podridas desprendidas del cielo. Llovía en algunas esquinas de Querétaro, apenas unas esquirlas de gotas embarradas de ocre viento, una lluvia rala, de compromiso, que ni nubes habían, acaso dos estrellas en el horizonte saeteado de iglesias y de ellas, una, era Venus, el planeta.
Una procesión astillada de semicorcheas me trajo a su vera, sentado bajo la arcada pétrea de una madreselva cuyas flores eran blancas piedras, cuatro pesos era todo el rocío de monedas escampadas en tierra y en el regazo engatusado de su hombro, un violín de tres hebras por cuerdas deshaciéndose en regueros de aserrín, desmoronándose por la carcoma cada vez que raspaba corrigiendo el aura de las notas, dejando guijarros de escarcha, retales fugaces de su alma en las ascuas marchitas de una ausencia.
-Es tierra- me dijo. -Arena de la playa de Mazatlán…-.
Tras su dermis velluda de arrecife el salitre había cauterizado en su mirada una profundidad cósmica. De manos primorosamente erosionadas, sus dedos languidecían como algas desmochadas tocando siempre la misma tonada...
-Es el murmullo del mar de Sinaloa- aseguró. -El violín guarda los sonidos de una caracola. Me recuerda las olas- y sonreía o parecía que lo hiciera con un deje de tristeza infinita.
Antes de alejarme con mis prisas urbanitas le di una miseria de monedas, conchas creyó que eran. Se santiguó al escuchar el repiqueteo del nácar en la acera sin poder evitar el desprendimiento de una lágrima, marchitándose en la tierra.

viernes, 13 de junio de 2008

El erotismo de lo desconocido


Siempre pensé que detrás de un mundo desconocido para mi había un erotismo como un territorio por habitar y que yo mismo, con mis posibilidades, podría alcanzarlo y disfrutarlo, dejando siempre las cosas como estaban, mano alzada, rostro a la vista. Existe indudablemente ese erotismo elegante y propio para cubrir los dos infalibles momentos del cuerpo: uno la inercia y el otro ese camino de riesgo. Pero me lo tuve que inventar siempre con la palabra o el gesto, ni nadie me lo dio, ni me lo permitió, ni tampoco quise tenerlo cerca.

Pero anda perfectamente hermanada con los ojos en los ojos para no estar sólo de nuevo y aún así, se siente uno sólo. Aunque te digan mil veces no te vayas y no tengas además adónde, únicamente el gesto y sobarte el alma en otra alma, hacerte ilusiones de que la visita va a ser linda y fructífera. Nada más lejos, cuatro metáforas y demasiadas veces la facilidad de los propios ojos mojados. Una y otra vez porque me pasa algo así como el personaje, el verso hecho novela de cada página de Pablo Gutiérrez en “Rosas, restos de alas·. Me encanta porque es una chica con los besos mojados.

A mí no se me llegan a mojar los besos, prefiero en el fondo la prioridad de los ojos, el aplazamiento del placer porque no me va a llegar el placer nuevo, el que tengo es bastante, a base de una manera tan elegante, sin imitadores, convivencias de diario, soledades en compartimentos estancos con diferentes imágenes, una hermosa y digna soledad que no suele alcanzarse porque sí que es cierto que es una forma inquebrantable de soledad: una mano en la nuca, seguir durmiendo, oír, “no pasa nada” no deja de ser cada vez esa inevitable soledad del ser humano.

A lo único que puedo aspirar es a acumular en mis arterias la soledad de alguien junto a la propia. Siempre tuve esa vocación secreta sin que eso supusiera renunciar a buscar en las palabras sueltas, las metáforas prestadas, el erotismo insistente de lo desconocido. La soledad es una urgencia como la vejez un momento de la vida, porque sólo dura mientras andabas buscando –insolencia, la del viejo, la que no tiene arreglo.

Me he puesto a escribir de todo esto en un momento en que me falta un poco el equilibrio, no me queda para nada el secreto goce de la espera. Me lo tengo que imaginar, igual que el erotismo: “la noche del oráculo” de Paul Auster el que más sabe de amor: “en cuanto entremos por la puerta, arráncame la ropa, párteme por la mitad”. Habría que dejarse las ingles en el esfuerzo, hacerse la ilusión que estaba todo nuevo, que era por primera vez. Es una colisión hacia lo desconocido, los pechos bien difíciles, o sino -insistente, como Gutiérrez, “perder consonantes y sobar trozos de mujer con los ojos.”

Tampoco es preciso que me lo hagan los ojos sin querer, por inercia, por querer siempre tener a la mujer cerca. Me tengo que callar, me suelo callar y volver a dejar un libro donde estaba.

Jardín Corregidora


Colaboración de Ruben

Hace mucho tiempo que no le veo, pero cada día que paso por la estatua de la Corregidora allì en un jardìn de Querètaro me obligo a echarlo de menos. Cinco o seis años de niño como mucho, nunca podría imaginármelo de viejo, pero hace mucho tiempo que no le veo y no es el peso del tiempo, sino su vacío el que aún en tiempo de la canícula, hace que me consuma de frío. En el desamparo de su rostro tenía labrado el epitafio absurdo de su infortunio, bajo un silencio ajeno e infame nos devolvía al barlovento de sus ojos una mirada de un vacío infinito, mirada de ojos de mundo, el nuestro. Ni respondía a ningún nombre, pero se acercaba despacio si en cualquier ajena mano, encontraba restos de comida o miserables pesos de desconsuelo. Analfabeto para aquellos que piensan que con dominar el lenguaje leído y escrito ya esta todo sabido. Hay miradas que guardan silencios que hablan todos los idiomas del universo. Ser huérfano fue su primer oficio aprendido a los dos años y medio. Nunca conoció el nombre de sus padres y si los tuvo ni le alcanzó recuerdo. Tardó tiempo en descubrir que todo lo vivo tuvo su progenitor, y aún tardó mucho en creerlo y cuando por fin lo asimiló, ya era a tarde para buscarlos, si el destino le proveyó de olvido, el fuego de su espíritu le reveló su condición de humano buscando ese calor perdido, ese cálido aliento innato que todos buscan darlo o como la mayoría, recibirlo.

-¿Qué has comido hoy?-.
-Agua- me respondió.
Yo lo vi, mejor dicho tuve la grandísima suerte de verlo. Una noche sin cielo, crujiendo el velo de nubes bajo el espanto pedregoso de los relámpagos. Completamente empapado, por manto la lluvia cubriendo su cuerpo. Lo desperté preocupado, infeliz e incauto. Vivía de sus sueños, durmiendo sobre los lomos alados de una de las cuatro águilas que cubren los cuatro ángulos del monumento a la Corregidora, diría que tenía un dulce ensueño, o no debería estar vivo, tamaña serenidad yo nunca la he visto entre humanos. Quise engañarme porque dudar me supo a poco, no es de este mundo, pero cuando despertaron sus ojos, desparecieron todos mis miedos. No era de este mundo, afirmé y me volví loco.

De esto ya hace mucho tiempo que no lo veo, pero cada día que respiro el cielo no puedo evitar echarlo de menos, es como si lo llevara en el latir del corazón, en el tuétano de mis huesos, en las lágrimas sin llanto, en la brisa que levanta el silencio. Aún no puedo quebrar de mi pensamiento aquello que cuando me agarró confianza me contó a la sombra de un roto de cielo.

De su pasado no solía hablar y sin embargo su mirada estaba arrasada de una nostalgia ancestral.

-Las águilas me adoptaron- dijo con naturalidad.
Cada noche dormía en los lomos de una de ellas, cada una bautizada con un nombre que no me atrevo a revelar. Según él y a su modo de explicarse, aseguraba que todas tenían su propia personalidad, su genio y su genialidad. Decía que cuando dormía siempre soñaba volar. Él se encargaba por las mañanas de limpiar de suciedad las águilas del monumento, de preservar las hormigas que deambulaban por las escalinatas que suben al mismo, decía que todo el monumento era un grandísimo hormiguero de hormigas rojas, a veces las sentía moverse cuando subía descalzo por los escalones, pero nunca piso alguna y ellas siempre respetaron y compartieron el mismo hogar. Escondía en los orificios de los cañones que están en cada una de las águilas sus cosas personales, muda medio limpia, doblada y cuidadosamente guardada, bolas de trapo con lo que hacía malabares en algún perezoso semáforo del casco viejo de la ciudad y algunos pesos que ya no podía alcanzar. Lo vi sólo dos veces y envejecí toda una vida siendo incapaz de olvidarlo. Desde entonces ya llovió mucho. Una vez, en una de tantas noches de lluvia en soledad, me acerqué sin esperanzas al jardìn Corregidora, las calles relumbraban mojadas, no hube alcanzado la sombra que deja la estatua a la luz de la luna cuando escuché el férreo crujir de unos hierros retorciéndose en chirridos oxidados desprendiéndose del suelo y un desentumido aleteo, sereno, de brillo metálico y cuatro sombras, siluetas esbeltas, recortadas en el sahumerio de las nubes del cielo al contraluz de los luceros dando círculos perfectos y en el eco infinito unas llamadas como si buscaran algo, nunca estuve seguro de ello… Kia, Kia, Kia, Kia.

Si alguna vez fijan su atención en las águilas del monumento, digo, verán como son permisivas con todos los niños, dejando que las suban y acaricien con sus manos. Yo sé de plano que les recuerdan a su hijo al que una vez adoptaron, no como a un hijo ilegítimo, sino como si fuera suyo, el de todos, el nuestro.

domingo, 8 de junio de 2008

La ética del tacto


He necesitado siempre esa sociología que explicaba Josep Vicent Marqués, nunca un feminista militante pero que empezó por encuadernar en libro, aquello “Qué hace el poder en tu cama” para que fuera ganando la mujer reconocimiento en lugar de privilegio. Se nos ha muerto, nunca se atrevió a ejercer de señorito como explicaba Julio Máñez, fue a base de esfuerzo en aquellos tiempos que en cuanto luchabas contra rutinas preestablecidas desde tu sitio enseguida te tildaban, yo que sé, de lo que fuera.

Aquí me gustaría precisar a mí ahora –necrologías no hago aunque sean merecidas, cómo me he esforzado y me esfuerzo en algo tan sencillo como el tacto, la caricia, la incitación a la compañía simplemente. Yo la tengo, pero pienso seguirla pidiendo. Puede ser el origen las palabras que siembro, que necesito, y me vienen así en forma de palabras o como un hibisco, una planta, malvácea, ornamental. Porque ya sabéis, me fijo en cosas de fuera que hago luego mías. Las restriego en internet para saber si valen, las convierto en deseo, público, manifiesto, desvergonzado y sincero.

Me dejo conducir como por un toque de sensualidad que tengo dentro, no sé dónde se queda si en algún sitio como aquel frustrado amante que le han dicho alguna vez, hoy no duermas aquí, mi condición de amante es parecida al que cualquiera tiene: la soledad, más tierna cada vez, la impaciencia del tacto –ese tan hermoso que no suele ser sexo luego, sólo la insistencia dentro de ésa comarca, un oscuro vértigo que siempre tiene la piel, hasta con su sociología, Josep Vicent, tú la explicaste a las mujeres muchas veces, por eso tu escapada me lo ha recordado.

Quiero un tacto singular, inesperado, de cuerpos imperfectos, un pathos del amor parecido a la lectura –¡mira por donde!, a lo antiguo con una simpatía por lo separado, ya quedaron aparte ligaduras, conveniencias, fue la comunicación perfecta, ética, de dos seres que se miran un rato, se inventan ese tacto cada vez como esa parte salvaje y elegante que todos llevamos dentro.

El tacto puede ser una costumbre que tenemos hacia alguien, hasta las mismas personas o cosas que a veces interrumpe la vida y con ello a nosotros; luego todas las aventuras, hasta la de siempre. Prefiero la sensualidad de la duda, argumentos de distintos paisajes porque no hay paisaje, puede ser simplemente la piel mía y de ella, los poemas que recito de memoria porque no tengo versos dónde poner las palabras. No me hicieron poeta, sino respetuoso e insistente.

Ya lo he dicho bien claro, desde la sociología de la muerte de un sociólogo al que escuché y leí tantas veces, hasta esta manía que tengo de quedarme a medias.

Tocaré mientras pueda, mientras me dejen las palabras aunque sea mirando algo íntimo que aderece mi amor para dejarlo suave para el tacto, enriquecido, cálido, pieza a pieza de la manera más tierna posible: yo pondré la imaginación y mis manos si me dejan, precisamente para que no se me olvide el tacto.

Hace un par de noches, noté una mano en mi cuello, mientras yo mantenía unas bellas imágenes delante, en la pantalla de mi ordenador. Eso es tacto, me he ganado ese tacto muchas veces en los huecos más honestos que sólo lo requerían, me lo buscaban, me lo pedían. Yo lo devuelvo porque nunca anduve escaso, un solo y breve roce es encajar las anatomías a tope, bien me vale, donde empiezo me indican siempre que nunca estoy terminando.

Ni yo puse final, ni sabría hacerlo, es la importante sociología de las manos.

miércoles, 4 de junio de 2008

Defiendo mi soledad amando a mi manera


Luego de una mañana triste, tras la pérdida de un amigo, sin conocer allí más que a otros amigos, alguien le dijo a la mujer que había sufrido la más dura pérdida, “ése es Romero”, fue ella la que se volvió dijo sólo gracias y le respondí con la mejor expresión que tengo inventada: te quiero.

Apagué luego yo solo, las esencias tristes que me quedaban leyendo dos o tres “poemas impuros” de Nuria Amat que te obligan a pensar en el amor como un ejercicio antiguo, ya no lo pienso, lo practico a mi manera: basta que luego, al preguntar por un libro a mi librera, como quién busca aún un apoyo más viejo, fue suficiente que intercambiáramos las voces, ella me dijo antes, ¿estás bien?, la respuesta se quedó dentro: la tendré que amar más íntimamente como una sombra serena de mí entre los libros. No sé qué tiene al dármelos, con los ojos profundos y si puede entenderse una sonrisa tan posterior, tan para luego.

A mi manera, como la droga para los elegidos, eterna, igual que si fuera un cuento o una única noche de amor que ya no vendrá más. Como ya lo sé, al final sólo queda el amor y la muerte, el primero es una especie de insomnio, la segunda la seguridad sin ponerle plazo, desnuda y segura. Mi insistente manera hace que los ojos se enganchen, que las casualidades uno las comprenda después, luego de la fiebre amorosa de los cuerpos que ya los noto lejos.

Tengo el amor que no me alcanza y no deja de ser y que me sirve para acercarme a cualquier mujer. Hasta tengo el recurso de las letras o de escuchar palabras que no parecen de amor pero vencen la soledad, la sequedad. “¿Estás bien?", hoy me he inventado cómo comprarme un libro para que me ocurra lo me hace a veces ella, seguirla hasta su sitio, así tengo a la vez a la mujer y al libro.

La vida entera, la soledad que nos inventamos los hombres la vencería siempre el amor, una forma de expresión, de no estarse quietos, lo curaríamos todo porque podemos hacer que ése amor no tenga tiempo de desamor, amando a mi manera no hay retorno, se me queda un mujer dentro, una manera de decirlo, a veces basta un gesto, rozarle siempre la mano como si no hubiera más sitios. Me seguiré sintiendo vulnerable y previsible, cuando escribo, cuando leo, nunca fuerte pero defendiendo la soledad con uñas y dientes.

En cada arteria está la soledad de alguien y también yo tengo para con ella una vocación secreta y eso que nadie me ha enseñado el arte de la soledad, lo he tenido que ir aprendiendo como un estado de ánimo, una forma de girarse hasta que te llaman insistentemente, pero esa misma soledad te trae a veces una protección, una ternura desmedida que siempre la he encontrado amando a mi manera. En esa soledad no hay códigos para acercarse ni alejarse, está uno, se siente uno, sólo, por eso hace falta únicamente que alguien quiera saber si estás bien. Nada demasiado tangible, a lo mejor nada ni para contarlo luego, ya tuve bastante.

Hubiera respondido, en lugar de pedirle que me buscara un libro, explicándole en una tarde interminable, cómo soy capaz de amar a mi manera.