martes, 17 de junio de 2008

Ser entendido por mis insistencias


Insisto muy poco, soy capaz con facilidad de darle la razón al otro, me dejo convencer, es mi más rica debilidad por la cual cuando miro o cuando escribo dejo el camino abierto al que viene detrás. Por eso, porque insisto muy poco –o al menos no se dan cuenta los demás, quiero ser entendido con el hermoso disfraz de mis insistencias.

Traigo siempre en la mano el equipaje incierto de mis libros. Me detengo un rato, tengo frente a mí, el papel en blanco, la reciente conversación de una muestra de independencia, de autosuficiencia que ya quisiera yo tener. Y me detengo entre dos páginas abiertas –ahora nada menos que de un ensayo sobre arte e igual que su autor lo titula “Pintar sin tener ni idea”, entre cuatro líneas aprendidas, cerca la pátina de la pantalla, (reciente todavía en mi organismo la somnolencia de los mófidos del día anterior, que no entendía y me duraban más tiempo del debido) me voy a ir quedando para mejorar mi tarde, como para hacer lo que quisiera como lo que dijo Apollinaire de “La Musa inspirando al Poeta”, que se trataba de pintura sin ninguna literatura.

Me gustaría explicar cómo pongo el entendimiento en las insistencias, no tengo las soledades solas, sólo algunas a ratos, fuera de cualquier horario también, elegidas por mí y que voy a escribir en cuatro líneas en qué consisten:

Antes que nada, más allá de un posible prestigio de hombre serio, buscar el ángulo donde robe la sonrisa que no me queda, porque lo que diga no procede decirlo en ese momento, desgarro de quienes veo la juventud que ya no tengo, me quedo quieto, escucho, aprendo, es el paso más honesto que puedo dar en la vida.

Pero luego del momento en que me ofrecieron algo pongo detrás mi deseo de siempre ir y nunca de volver, beber los vinos más fuertes del placer y como ahora ando leyendo un libro de Ángel González sobre los que no tienen ni idea de pintura, como yo tampoco la tengo, lo veo todo primario y deseable, no tendría arreglo en ningún taller ni de pintura ni de escritura.

Vuelta a empezar con cualquiera, llevo la razón, por eso la entrego fácilmente, tengo así el camino abierto a las insistencias con un inhabitual ropaje de cariño. Si alguien me dice que no me queda cariño dónde estaba puesto, miente, lo llevo siempre encima, lo disimulo si hace falta porque sé entender a quién no quiera pagar precio alguno, gesto, ni movimiento.

Mi insistencia es llevarme con la ropa puesta maneras improvisadas pero que sé de sobra que van a producir tono y acercamiento. Tengo la insistencia también del tiempo porque me queda poco tiempo, me dejaré convencer fácilmente pero a la vuelta de la esquina ganaré mi opción, descansaré con ella, fabricaré modos nuevos de insistencia para después.

Esta tarde se me hacía larga, aún leyendo de arte sin saber nada de arte. Yo no soy capaz de romper esquemas, se me rompen deprisa si no tuviera la apoyatura de siempre, pocas ganas, pero seguir leyendo. Desgana de lo demás, de lo que a mí también me imponen los años, las rupturas que no entiendo, pero como el que resiste siempre vence y convence, eso es lo que hago, blandengue ante los razonamientos ajenos pero duro de repente como un Goya espeso y primitivo.

Seguiré consintiendo y acabando así las tardes, no sé, sin tiempo porque transcurre
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MUEBLE-BAR CON TAPA ABATIBLE


Por Malmirao


La noche de Reyes, siendo aún muy niño –cuatro años a lo sumo que tendría, para mejor hacerme creer que los Magos de Oriente pasaron por casa a dejarnos juguetes, mis padres abatían la tapa del mueble-bar, antes de acostarse y dejaban tres copas con restos de Sherry.

A la pobre criatura no le llegaba la malicia a comprobar que, en el borde de las copas, no quedaba huella alguna de labios de rey negro; y se tragaba la píldora. Uno más de la serie de embustes que jalonaron mi vida de aquellos años. Cuando lo que había que hacer era justamente lo contrario, ir depejando, una a una, sus dudas con la verdad.

De modo y manera que, muy poco después, vergonzoso y de buena crianza como era, había de encerrarse en el cuarto de baño y, sin encomendarse a Dios ni al diablo, encaramarse al borde de la pileta y desdoblarse en dos, verse desde allí desnudo en el espejo, a fin de compensar la falta de soporte que llegara de fuera, de alguien que le echara una mano. Y todo ello, acabados recién los tres años de guerra civil española, celebrando aún la entrada triunfal de las tropas nacionales sobre un campo sembrado de un millón de hermanos muertos.

Es por eso que resulta tan duro vivir; más que hagas y no podrás olvidar. Medio siglo después, la noche de Reyes se me puebla de fantasmas el entendimiento, la tapa abatida del mueble-bar, las copas con restos de Sherry, el niño en bolas en el espejo del baño.

Mazatlán


Colaboración de Rubén


Fue una extraña primavera, abrazado al frío de Enero, crepúsculo de luna llena y por voz, un silencio. Un silbo arcaico y ciego flotaba indolente arrastrándose en un reguero incierto al desamparo indiferente del trasiego humano bajo la luz taciturna, de un sol soñoliento. Reunidos todos los vientos en un manojo de sueños, una brisa ebria barrió los últimos vitrales levantando vahos cobrizos de polvo y hojas podridas desprendidas del cielo. Llovía en algunas esquinas de Querétaro, apenas unas esquirlas de gotas embarradas de ocre viento, una lluvia rala, de compromiso, que ni nubes habían, acaso dos estrellas en el horizonte saeteado de iglesias y de ellas, una, era Venus, el planeta.
Una procesión astillada de semicorcheas me trajo a su vera, sentado bajo la arcada pétrea de una madreselva cuyas flores eran blancas piedras, cuatro pesos era todo el rocío de monedas escampadas en tierra y en el regazo engatusado de su hombro, un violín de tres hebras por cuerdas deshaciéndose en regueros de aserrín, desmoronándose por la carcoma cada vez que raspaba corrigiendo el aura de las notas, dejando guijarros de escarcha, retales fugaces de su alma en las ascuas marchitas de una ausencia.
-Es tierra- me dijo. -Arena de la playa de Mazatlán…-.
Tras su dermis velluda de arrecife el salitre había cauterizado en su mirada una profundidad cósmica. De manos primorosamente erosionadas, sus dedos languidecían como algas desmochadas tocando siempre la misma tonada...
-Es el murmullo del mar de Sinaloa- aseguró. -El violín guarda los sonidos de una caracola. Me recuerda las olas- y sonreía o parecía que lo hiciera con un deje de tristeza infinita.
Antes de alejarme con mis prisas urbanitas le di una miseria de monedas, conchas creyó que eran. Se santiguó al escuchar el repiqueteo del nácar en la acera sin poder evitar el desprendimiento de una lágrima, marchitándose en la tierra.

viernes, 13 de junio de 2008

El erotismo de lo desconocido


Siempre pensé que detrás de un mundo desconocido para mi había un erotismo como un territorio por habitar y que yo mismo, con mis posibilidades, podría alcanzarlo y disfrutarlo, dejando siempre las cosas como estaban, mano alzada, rostro a la vista. Existe indudablemente ese erotismo elegante y propio para cubrir los dos infalibles momentos del cuerpo: uno la inercia y el otro ese camino de riesgo. Pero me lo tuve que inventar siempre con la palabra o el gesto, ni nadie me lo dio, ni me lo permitió, ni tampoco quise tenerlo cerca.

Pero anda perfectamente hermanada con los ojos en los ojos para no estar sólo de nuevo y aún así, se siente uno sólo. Aunque te digan mil veces no te vayas y no tengas además adónde, únicamente el gesto y sobarte el alma en otra alma, hacerte ilusiones de que la visita va a ser linda y fructífera. Nada más lejos, cuatro metáforas y demasiadas veces la facilidad de los propios ojos mojados. Una y otra vez porque me pasa algo así como el personaje, el verso hecho novela de cada página de Pablo Gutiérrez en “Rosas, restos de alas·. Me encanta porque es una chica con los besos mojados.

A mí no se me llegan a mojar los besos, prefiero en el fondo la prioridad de los ojos, el aplazamiento del placer porque no me va a llegar el placer nuevo, el que tengo es bastante, a base de una manera tan elegante, sin imitadores, convivencias de diario, soledades en compartimentos estancos con diferentes imágenes, una hermosa y digna soledad que no suele alcanzarse porque sí que es cierto que es una forma inquebrantable de soledad: una mano en la nuca, seguir durmiendo, oír, “no pasa nada” no deja de ser cada vez esa inevitable soledad del ser humano.

A lo único que puedo aspirar es a acumular en mis arterias la soledad de alguien junto a la propia. Siempre tuve esa vocación secreta sin que eso supusiera renunciar a buscar en las palabras sueltas, las metáforas prestadas, el erotismo insistente de lo desconocido. La soledad es una urgencia como la vejez un momento de la vida, porque sólo dura mientras andabas buscando –insolencia, la del viejo, la que no tiene arreglo.

Me he puesto a escribir de todo esto en un momento en que me falta un poco el equilibrio, no me queda para nada el secreto goce de la espera. Me lo tengo que imaginar, igual que el erotismo: “la noche del oráculo” de Paul Auster el que más sabe de amor: “en cuanto entremos por la puerta, arráncame la ropa, párteme por la mitad”. Habría que dejarse las ingles en el esfuerzo, hacerse la ilusión que estaba todo nuevo, que era por primera vez. Es una colisión hacia lo desconocido, los pechos bien difíciles, o sino -insistente, como Gutiérrez, “perder consonantes y sobar trozos de mujer con los ojos.”

Tampoco es preciso que me lo hagan los ojos sin querer, por inercia, por querer siempre tener a la mujer cerca. Me tengo que callar, me suelo callar y volver a dejar un libro donde estaba.

Jardín Corregidora


Colaboración de Ruben

Hace mucho tiempo que no le veo, pero cada día que paso por la estatua de la Corregidora allì en un jardìn de Querètaro me obligo a echarlo de menos. Cinco o seis años de niño como mucho, nunca podría imaginármelo de viejo, pero hace mucho tiempo que no le veo y no es el peso del tiempo, sino su vacío el que aún en tiempo de la canícula, hace que me consuma de frío. En el desamparo de su rostro tenía labrado el epitafio absurdo de su infortunio, bajo un silencio ajeno e infame nos devolvía al barlovento de sus ojos una mirada de un vacío infinito, mirada de ojos de mundo, el nuestro. Ni respondía a ningún nombre, pero se acercaba despacio si en cualquier ajena mano, encontraba restos de comida o miserables pesos de desconsuelo. Analfabeto para aquellos que piensan que con dominar el lenguaje leído y escrito ya esta todo sabido. Hay miradas que guardan silencios que hablan todos los idiomas del universo. Ser huérfano fue su primer oficio aprendido a los dos años y medio. Nunca conoció el nombre de sus padres y si los tuvo ni le alcanzó recuerdo. Tardó tiempo en descubrir que todo lo vivo tuvo su progenitor, y aún tardó mucho en creerlo y cuando por fin lo asimiló, ya era a tarde para buscarlos, si el destino le proveyó de olvido, el fuego de su espíritu le reveló su condición de humano buscando ese calor perdido, ese cálido aliento innato que todos buscan darlo o como la mayoría, recibirlo.

-¿Qué has comido hoy?-.
-Agua- me respondió.
Yo lo vi, mejor dicho tuve la grandísima suerte de verlo. Una noche sin cielo, crujiendo el velo de nubes bajo el espanto pedregoso de los relámpagos. Completamente empapado, por manto la lluvia cubriendo su cuerpo. Lo desperté preocupado, infeliz e incauto. Vivía de sus sueños, durmiendo sobre los lomos alados de una de las cuatro águilas que cubren los cuatro ángulos del monumento a la Corregidora, diría que tenía un dulce ensueño, o no debería estar vivo, tamaña serenidad yo nunca la he visto entre humanos. Quise engañarme porque dudar me supo a poco, no es de este mundo, pero cuando despertaron sus ojos, desparecieron todos mis miedos. No era de este mundo, afirmé y me volví loco.

De esto ya hace mucho tiempo que no lo veo, pero cada día que respiro el cielo no puedo evitar echarlo de menos, es como si lo llevara en el latir del corazón, en el tuétano de mis huesos, en las lágrimas sin llanto, en la brisa que levanta el silencio. Aún no puedo quebrar de mi pensamiento aquello que cuando me agarró confianza me contó a la sombra de un roto de cielo.

De su pasado no solía hablar y sin embargo su mirada estaba arrasada de una nostalgia ancestral.

-Las águilas me adoptaron- dijo con naturalidad.
Cada noche dormía en los lomos de una de ellas, cada una bautizada con un nombre que no me atrevo a revelar. Según él y a su modo de explicarse, aseguraba que todas tenían su propia personalidad, su genio y su genialidad. Decía que cuando dormía siempre soñaba volar. Él se encargaba por las mañanas de limpiar de suciedad las águilas del monumento, de preservar las hormigas que deambulaban por las escalinatas que suben al mismo, decía que todo el monumento era un grandísimo hormiguero de hormigas rojas, a veces las sentía moverse cuando subía descalzo por los escalones, pero nunca piso alguna y ellas siempre respetaron y compartieron el mismo hogar. Escondía en los orificios de los cañones que están en cada una de las águilas sus cosas personales, muda medio limpia, doblada y cuidadosamente guardada, bolas de trapo con lo que hacía malabares en algún perezoso semáforo del casco viejo de la ciudad y algunos pesos que ya no podía alcanzar. Lo vi sólo dos veces y envejecí toda una vida siendo incapaz de olvidarlo. Desde entonces ya llovió mucho. Una vez, en una de tantas noches de lluvia en soledad, me acerqué sin esperanzas al jardìn Corregidora, las calles relumbraban mojadas, no hube alcanzado la sombra que deja la estatua a la luz de la luna cuando escuché el férreo crujir de unos hierros retorciéndose en chirridos oxidados desprendiéndose del suelo y un desentumido aleteo, sereno, de brillo metálico y cuatro sombras, siluetas esbeltas, recortadas en el sahumerio de las nubes del cielo al contraluz de los luceros dando círculos perfectos y en el eco infinito unas llamadas como si buscaran algo, nunca estuve seguro de ello… Kia, Kia, Kia, Kia.

Si alguna vez fijan su atención en las águilas del monumento, digo, verán como son permisivas con todos los niños, dejando que las suban y acaricien con sus manos. Yo sé de plano que les recuerdan a su hijo al que una vez adoptaron, no como a un hijo ilegítimo, sino como si fuera suyo, el de todos, el nuestro.

domingo, 8 de junio de 2008

La ética del tacto


He necesitado siempre esa sociología que explicaba Josep Vicent Marqués, nunca un feminista militante pero que empezó por encuadernar en libro, aquello “Qué hace el poder en tu cama” para que fuera ganando la mujer reconocimiento en lugar de privilegio. Se nos ha muerto, nunca se atrevió a ejercer de señorito como explicaba Julio Máñez, fue a base de esfuerzo en aquellos tiempos que en cuanto luchabas contra rutinas preestablecidas desde tu sitio enseguida te tildaban, yo que sé, de lo que fuera.

Aquí me gustaría precisar a mí ahora –necrologías no hago aunque sean merecidas, cómo me he esforzado y me esfuerzo en algo tan sencillo como el tacto, la caricia, la incitación a la compañía simplemente. Yo la tengo, pero pienso seguirla pidiendo. Puede ser el origen las palabras que siembro, que necesito, y me vienen así en forma de palabras o como un hibisco, una planta, malvácea, ornamental. Porque ya sabéis, me fijo en cosas de fuera que hago luego mías. Las restriego en internet para saber si valen, las convierto en deseo, público, manifiesto, desvergonzado y sincero.

Me dejo conducir como por un toque de sensualidad que tengo dentro, no sé dónde se queda si en algún sitio como aquel frustrado amante que le han dicho alguna vez, hoy no duermas aquí, mi condición de amante es parecida al que cualquiera tiene: la soledad, más tierna cada vez, la impaciencia del tacto –ese tan hermoso que no suele ser sexo luego, sólo la insistencia dentro de ésa comarca, un oscuro vértigo que siempre tiene la piel, hasta con su sociología, Josep Vicent, tú la explicaste a las mujeres muchas veces, por eso tu escapada me lo ha recordado.

Quiero un tacto singular, inesperado, de cuerpos imperfectos, un pathos del amor parecido a la lectura –¡mira por donde!, a lo antiguo con una simpatía por lo separado, ya quedaron aparte ligaduras, conveniencias, fue la comunicación perfecta, ética, de dos seres que se miran un rato, se inventan ese tacto cada vez como esa parte salvaje y elegante que todos llevamos dentro.

El tacto puede ser una costumbre que tenemos hacia alguien, hasta las mismas personas o cosas que a veces interrumpe la vida y con ello a nosotros; luego todas las aventuras, hasta la de siempre. Prefiero la sensualidad de la duda, argumentos de distintos paisajes porque no hay paisaje, puede ser simplemente la piel mía y de ella, los poemas que recito de memoria porque no tengo versos dónde poner las palabras. No me hicieron poeta, sino respetuoso e insistente.

Ya lo he dicho bien claro, desde la sociología de la muerte de un sociólogo al que escuché y leí tantas veces, hasta esta manía que tengo de quedarme a medias.

Tocaré mientras pueda, mientras me dejen las palabras aunque sea mirando algo íntimo que aderece mi amor para dejarlo suave para el tacto, enriquecido, cálido, pieza a pieza de la manera más tierna posible: yo pondré la imaginación y mis manos si me dejan, precisamente para que no se me olvide el tacto.

Hace un par de noches, noté una mano en mi cuello, mientras yo mantenía unas bellas imágenes delante, en la pantalla de mi ordenador. Eso es tacto, me he ganado ese tacto muchas veces en los huecos más honestos que sólo lo requerían, me lo buscaban, me lo pedían. Yo lo devuelvo porque nunca anduve escaso, un solo y breve roce es encajar las anatomías a tope, bien me vale, donde empiezo me indican siempre que nunca estoy terminando.

Ni yo puse final, ni sabría hacerlo, es la importante sociología de las manos.

miércoles, 4 de junio de 2008

Defiendo mi soledad amando a mi manera


Luego de una mañana triste, tras la pérdida de un amigo, sin conocer allí más que a otros amigos, alguien le dijo a la mujer que había sufrido la más dura pérdida, “ése es Romero”, fue ella la que se volvió dijo sólo gracias y le respondí con la mejor expresión que tengo inventada: te quiero.

Apagué luego yo solo, las esencias tristes que me quedaban leyendo dos o tres “poemas impuros” de Nuria Amat que te obligan a pensar en el amor como un ejercicio antiguo, ya no lo pienso, lo practico a mi manera: basta que luego, al preguntar por un libro a mi librera, como quién busca aún un apoyo más viejo, fue suficiente que intercambiáramos las voces, ella me dijo antes, ¿estás bien?, la respuesta se quedó dentro: la tendré que amar más íntimamente como una sombra serena de mí entre los libros. No sé qué tiene al dármelos, con los ojos profundos y si puede entenderse una sonrisa tan posterior, tan para luego.

A mi manera, como la droga para los elegidos, eterna, igual que si fuera un cuento o una única noche de amor que ya no vendrá más. Como ya lo sé, al final sólo queda el amor y la muerte, el primero es una especie de insomnio, la segunda la seguridad sin ponerle plazo, desnuda y segura. Mi insistente manera hace que los ojos se enganchen, que las casualidades uno las comprenda después, luego de la fiebre amorosa de los cuerpos que ya los noto lejos.

Tengo el amor que no me alcanza y no deja de ser y que me sirve para acercarme a cualquier mujer. Hasta tengo el recurso de las letras o de escuchar palabras que no parecen de amor pero vencen la soledad, la sequedad. “¿Estás bien?", hoy me he inventado cómo comprarme un libro para que me ocurra lo me hace a veces ella, seguirla hasta su sitio, así tengo a la vez a la mujer y al libro.

La vida entera, la soledad que nos inventamos los hombres la vencería siempre el amor, una forma de expresión, de no estarse quietos, lo curaríamos todo porque podemos hacer que ése amor no tenga tiempo de desamor, amando a mi manera no hay retorno, se me queda un mujer dentro, una manera de decirlo, a veces basta un gesto, rozarle siempre la mano como si no hubiera más sitios. Me seguiré sintiendo vulnerable y previsible, cuando escribo, cuando leo, nunca fuerte pero defendiendo la soledad con uñas y dientes.

En cada arteria está la soledad de alguien y también yo tengo para con ella una vocación secreta y eso que nadie me ha enseñado el arte de la soledad, lo he tenido que ir aprendiendo como un estado de ánimo, una forma de girarse hasta que te llaman insistentemente, pero esa misma soledad te trae a veces una protección, una ternura desmedida que siempre la he encontrado amando a mi manera. En esa soledad no hay códigos para acercarse ni alejarse, está uno, se siente uno, sólo, por eso hace falta únicamente que alguien quiera saber si estás bien. Nada demasiado tangible, a lo mejor nada ni para contarlo luego, ya tuve bastante.

Hubiera respondido, en lugar de pedirle que me buscara un libro, explicándole en una tarde interminable, cómo soy capaz de amar a mi manera.

domingo, 1 de junio de 2008

Para todas mis carencias no tengo recursos


Ya no sé cómo decirlo, por eso quizá me quedo siempre a medias diciéndolo. Vengo ya demasiado tiempo escondiendo casi todo con la mezcla del lenguaje más bello que encuentro. Pero ahí queda el enunciado: carencias por cumplir que se quedaron a medias, que no tienen unas manos como las quiero de destino.

Hace días me hundía en un film de Ramón Costafreda, con la inmensa belleza de un paisaje nunca visto: Betanzos -tantas veces soñado, y según su autor, “potente y dulce como un perfume masculino.” Quizá trajo a mi recuerdo, que he dejado mi perfume muchas veces, una esencia de hombre viejo que no puede restarle a la mirada la tristeza de hace tiempo. ¿Será que tengo la mirada definitivamente triste? Empecé demasiado temprano a restar capacidades que no tengo y al menor descuido, uno ya es viejo.

Cuatro días que vivimos y los hacemos pronto malos. Yo me escondo, no termino de confesar los huecos que suponen las carencias y espero el devenir que me proporciona un libro porque cada vez que voy leyendo puedo engendrar conmigo algo que nunca fue leído.

Un recurso es – y en cierto modo lo sigue siendo, a la vez que tengo los libros, perderse en una especie de universo instantáneo que está por todas partes y que nunca lo tuve, ni lo quise, ni sé si me hubiera servido: escribirme tantas veces con quien no podía olerse ni rozarse, ni jamás –si se trataba por ejemplo de una mujer, tenerla un rato abrazada. O si lo hice fue prestado, ni era propio, ni yo quise que lo fuera. Todo obedecía a dos mandatos esenciales: salir fuera cuando no podía para averiguar la gente cómo era, y esos rasgos que formaban mi carácter, es decir mi destino.

Tampoco allí tuve mucho éxito, no podía evitar cual iba a ser siempre el final porque eso es imposible, hacer que nuestro carácter no se convierta en destino ya son cosas antiguas, hasta de Heráclito. Nuestro ser tendrá mil rincones pero en algunos se verá que es conflictivo y trágico –lo contemos o no, nos tiremos a la piscina sin agua o tengamos miedo y hagamos uso de la empatía que nos van a valer más que las pruebas, que las defensas.

Yo siempre he sentido miedo, me escondo entre las palabras, parece que voy a decirlo y no lo digo aunque es cierto que cuando he querido con ellas decir lo más profundo que sentía, lo he hecho, -vox populi, a tumba abierta, pero sin unos brazos luego para recogerme siempre.

Cuando estuve ya fuera, observaba y sigo observando a la gente que estoy convencido que tienen una belleza propia, no sólo en los rasgos, en la forma de estar, en cada vez que se les escapa una sonrisa. Sino en lo más profundo: en el hábito de algún proyecto de la inteligencia. Me ha parecido cada vez, tanto si era un hombre como una mujer, como único y privado, y así junto a alguien siempre he resistido, en algo he vencido, “potente y dulce como un perfume masculino” –yo mismo me lo he notado.

Ya tengo pliegues oscuros en la carne y por ahí deben de andar los demás huecos. Para arreglarlo he puesto juntos el dolor y la vanidad en cueros vivos como en un mercado a ver si me lo arreglaba el tiempo. He confiado en cosas bien sencillas que me inventaba de ese mundo de fuera que no podía ni tan siquiera tocar, pero qué bonito debe ser ese primer beso como un secreto compartido entre los labios. Luego venía hasta aquí y lo contaba.

Por eso la otra tarde me brillaban tanto los recuerdos y explicándolo echaba en falta una mano que sirva para acercarme de nuevo donde quedan caricias. “Eso es lo que hay”. Ya debo saberlo y aceptarlo porque el poder temporal se hace eterno y me siguen faltando los recursos como si fuera un niño de nuevo desnudo pero sin que me queden deseos porque se me acaban terminando, más difíciles que el propio deseo.

EL REFECTORIO DE LOS FRAILES BLANCOS


Por Limón Ceutí


Era el único niño que comía en el Refectorio. Al mediodía, se disparaban los timbres y la chiquillería huía dispersa como hormigas de un nido aventao. Yo, en cambio, atravesaba la puerta cancela de la clausura y me adentraba por entre los muros del Convento, El Claustro gótico de arrayán y boj, limoneros y naranjos bordes cuajados de naranjitas silvestres, de esas que no son de comer, algún que otro pájaro muerto flotando siempre en la alberca, el Refectorio, vacío y penumbroso. Me cruzaba, a veces, con algún fraile leyendo el breviario, medio oculto, apostado –diría yo ahora, al rebusco de sabe Dios qué cosa.

Treinta monjes con el hábito blanco de estameña burda de la orden de Santo Domingo y un niño trigueño, de corto, colorado el rostro como el besuguete, vergonzoso y de buena crianza, un dibujo, sentado en medio de la larga tabla, el único laico, infringiendo la prohibición de las Constituciones de la Orden. Y he tenido que llegar a viejo para comprender que, más que por los cuartos, se permitían la indulgencia como reparo al frío que entraba por las troneras y se te acomodaba en los huesos, para no sentarse solos a la mesa de aquel aquelarre fantasmal de hombres frustrados y sin hijos. Ya tenían a quien mondarle la naranja.

Durante la comida, el Hermano lego leía a los religiosos en voz alta un libro piadoso, a fin de evitar que se intercambiaran palabras de quemazón, de ahuyentar del subconsciente el obsceno pájaro de la noche; que del espinazo del hombre dicen los naturales engendrarse una culebra, que su saliva en ayunas mata al dragón. Y, una vez terminada la pitanza, se permitían al salir alguna licencia políticamente correcta con la criatura –a pagarlo poca ropa. Y subían a encerrarse en sus celdas, yo me lo guiso y yo me lo como caiga quien caiga, cada uno en su casa y el diablo en la de todos.

Un día servida ya la menestra, la campana de la torre tocó a rebato, se pusieron todos en pie, salieron al claustro: se había detectado un fuego, desde allí se veían las llamas salir del piso alto, de la pieza habilitada para desván donde almacenaban, tiempo ha, toneladas de desecho. El Hermano lego, un cabrero tosco del Tremedal de colmillo retorcido, me apretaba contra él para acallar mi pánico, o el suyo, o ve tú a saber si la mira puesta en dos cosas, que el lobo hace entre semana por donde no va a misa el domingo. Me queda sólo el olor a lejía de su faldón negro, a ropa sucia puesta a remojar. Yo no pasaría entonces de los seis años, ni al bajo vientre que le llegaba.

En un santiamén los bomberos se ventilaron aquello, asistidos por la lluvia con sol que se desató al tiempo. La comunidad se quedó en el claustro, a espaciarse y tomar fresco, volvieron las aguas a su cauce, respiramos de nuevo el salitre del mar, el soplo apacible de mitad de junio plagado de manilos de los plátanos de sombra, la luz rosada del atardecer. Era hora de volver a casa y aquietarse.

martes, 27 de mayo de 2008

El muro, la mítica distancia


No habrá que hacer demasiada historia porque es de sobra conocida: Maratón es una ciudad situada a cuarenta y dos kilómetros de Atenas donde los atenienses le ganaron la batalla a los persas y Filípides fue el hemeródromo que dio la noticia en Atenas al tiempo que cayó muerto, aunque ésta última aseveración se ha puesto en duda. Fue en los Juegos Olímpicos de 1896 cuando se introdujo esa distancia desde las llanuras de Maratón hasta el estadio Olímpico de Atenas y los británicos en 1908 le añadieron 195 metros quedando así establecida la mítica carrera. Esta clara y sencilla explicación la he entresacado de un ensayo excelente de Vicente Verdú.

Pero no siento mis ojos aquí para narrar dos carreras en distintas ciudades –norte y este de España, así cumplidas. Quiero sacar ese recuerdo y utilizarlo ahora. Verdú explica muy bien como corredor que fue, el porqué de la existencia de ese famoso “muro” en el kilómetro 32: se le termina a nuestra musculatura el alimento de glucógeno, las piernas se nos paran -os lo puedo asegurar, y sólo queda el esfuerzo de la mente. Hay un mundo inédito detrás que nunca supe que existía cuando corría noche tras noche en mis entrenamientos, nunca he sabido que la vida me lo iba a volver a presentar muchas más veces y la llamada suena en la mente que es dónde está la solución: tenemos otro yo para toda la vida, una fuerza nueva, una manera de conversar con el dolor y ganarle la conversación.

Corrí aquellas dos veces hasta la extenuación, corrí una nueva vida durara los años que durara luego, si fui capaz de vencer aquel muro de la mítica distancia, no habrá muro ya, pausa ni parada, solo quiero empeñarme en empeñarme, llegar de alguna manera en algún aspecto de la vida donde no pueda llegar nadie. He pasado ese muro, he vencido lo invencible, pues que me den lo diario, lo más difícil del día. Volveré como muchas tardes a mirar aquellas New Balance con las que corrí. Jamás me las he vuelto a poner, las llevo en el esfuerzo, les debo mi respeto, cruzaron aquel muro, sirven solo para lo imposible, para llorar a veces recordando el abrazo que me dio un niño que estaba esperándome.

Detrás de aquel mítico muro tenía que venirme la resistencia que no me ha inventado nadie; el lenguaje que me puede servir para amar y sufrir; los besos que puse luego en alguna piel desconocida cada vez; el erotismo narrable que no se puede contar; cualquier cosa porque ya estoy detrás del muro y no necesito esfuerzo, allí fue la mente quien le quitó el sitio a la musculatura, aquí cada vez también está en mi pensamiento por una mano tendida o alguien que no conozca y que debe tener la soledad de los ojos claros.

Ya no tengo ningún muro en la vida sino los mejores intentos siempre: podría ser un coloquio de caricias inventado, -lo he dicho y lo he soñado muchas veces, la cresta de no tener placer porque ya lo tuve, esas rencillas vocacionales del amor que se terminan en los lechos sin prisa, con la música dentro en forma de hendiduras de la vida, la curva de una cintura entre mis dedos, cualquier beso pendiente que ocupó sitio en un palacio de cristal lleno de colores.

Nada me impedirá llegar a cualquier parte, no hay muros ni barreras, mi mente pudo dos veces cuando se me terminaba el glucógeno. Aquí ya no me queda hace tiempo y sigo cada vez, cada mañana, cada intento, cada recuerdo como si escribirlo fuera el destino final de mis dedos.

A todos los hombres y mujeres del mundo que han corrido y terminado alguna vez una maratón, que cruzaron aquel mítico muro y llegaron a la meta final. Siento estas palabras desde mis piernas que no correrán jamás.

BIZCOCHO DE PRIMERA COMUNIÓN


Por Limón Ceutí

A decir de cuantos le conocieron, Eustaquio malvivió de siempre en la indigencia, con una mano atrás y otra delante. Pero él juraba y perjuraba que sus antepasados permanecían cubiertos delante del Rey. Tonterías. De bacín de barbero recogí, en cambio, el rumor de que su bisabuelo gozó de unos mil acres de tierra labrantía en propiedad. Pero vino a menos, que la risa ya se sabe va por barrios y se vió obligado a malvenderlo todo y emigrar. En hacienda y bondad, la mitad de la mitad. Así que el pobre Eustaquio se pasó su puta vida trabajando para los zánganos, que comen del afán y la labor de los demás.

- De tiempo acá que vengo olfateando que me llega un golpe de fortuna; me lo dice el cuerpo.
- Lo único que llega seguro es la muerte, Eustaquio.
- Me río de los peces de colores.
- Mira bien lo que dices; que el que al cielo escupe, a la cara se le vuelve.

Y andaban los dos en lo cierto. Porque, de su coyunda con Hortensia –una aldeana cabizbaja y para poco, le vino el que luego sería vástago único, sin que hubiera que decir mala noche y parir hijo, porque fue varón.

Y le llamó “el cielo abierto”. Pero eso no es un nombre, le decían todos, me importa un bledo, eso es lo que yo ví cuando vino al mundo. Ponle Darío, como el abuelo; pero él erre que erre con su “cielo abierto”. Y, a poco de cumplir los cinco, se oyó la campana tañer a muerto; por la misma abertura por donde lo trajo, el cielo se lo llevó. Una peste súbita y nefanda, venida de ultramar, que asoló al pueblo, que empezaban a estornudar y no paraban hasta caer muertos.

Eustaquio sintió entonces que le quitaban la tierra debajo de los pies. Y enloqueció, se dio a fundar torres de viento. Con todo cuanto había ahorrao a lo largo de miles y miles de horas quebrado el espinazo sobre el terrón de sol a sol y en una joyería de la cabeza de partido, compró una corona de oro de ley, seda incrustada de pedredería y borceguíes y vistió a la criatura igual que fuera un príncipe, en un desorden de flor, quedándole a modo de mascarón de proa, altanero y de mal contento en su blanca palidez, el pelo ensortijado manchado de oro.

Y convocó a un fotógrafo de cercanías –que en el pueblo no lo había. Pero hombre, eso no tiene pies ni cabeza –le dijo éste, al saber que quería la foto del niño en pie, tal y como si estuviera vivo, que para mí lo está. Y él, erre que erre. El abuelo le cogió del brazo y Eustaquio le sostuvo la cabeza, que no se tenía, doce horas que llevaba con rigor mortis. Y el fotógrafo, allá ustedes, adelante con los faroles, decir aquí “quieto” viene sobrando, que podría tomarse a mala parte. Y disparó su fogonazo de magnesio.

Y tal cual luce la instantánea, nada más traspasar el umbral y sobre el hogar, en marco de talla labrado a mano, presidiendo la cochambre de las cuatro paredes de de la barraca: hidalgo pobre, jarra de plata olla de bronce.

viernes, 23 de mayo de 2008

Argumento: la calma del tiempo cero


Esa es la vida que quiero cerca para compensar ese otro tiempo que ya no tengo. Ahora he de buscar insistentemente una calma y una serenidad que nada me lo enturbie. Me he traído hasta aquí, nada menos, los libros que siempre llevé en la mano, la manera de subrayarlos sin que nadie pudiera notarlo luego, hasta parecían sin leerlos y conmigo me producían riqueza y prosperidad. Darle la razón a mi padre, se la tuve que dar: en la Facultad de viajante y de profesión “el pequeño lee”.

Por eso hace poco respondía en mi escritorio lo que tantas veces he predicado: la necesidad, el vicio de tener palabras donde saber darlas y que te enseñen a pedirlas. Eso lleva –adjetivos por en medio, a calma cero, al derecho del recuerdo. No es un sueño el recuerdo, es la aparición con los ojos abiertos de lo que hicimos, de nuevo, de lo que tuvimos, te llevan y te traen: unos ojos asombrados y brillantes; una axila difícil de mejorar su posición y su belleza; un empeño de ganarme cada vez la postura que puede provocar el silencio, con caracteres escritos como un invento nuevo para la mecanografía. Una manera de imponer la riqueza y la necesidad de ese silencio.

Necesito pues, luego de los recuerdos, entrar en el presente muy vivo, el que me palpita todos los días entre los dedos, las ganas de la calma, la posibilidad de llorar de nuevo porque me cuesta llorar cada vez menos y el llanto deshace nudos nerviosos que tenemos dentro, los conflictos que traen a veces un simple momento porque sin ellos sería síntoma de que no teníamos ya ni identidad ni sentido, ni vida, ni ganas de tener vida, y yo la necesito para que el argumento de la calma del tiempo cero me deje escribir luego.

No tendría escritura posible, me quedaría quieto, dejaría de ser, se me acabaría mi capacidad de arriesgarme en cada escrito con lo que yo más quiero en ese momento. Cada instante en que empiezo un momento soñado sin sueño porque quiero llenarme como un vaso de vino con la satisfacción propia que ya no me lo quitará nadie. Que lo entienda cualquiera que me lea: tengo el egoísmo de la escritura lenta, de haberme quedado con los sueños porque los sueños están dónde y cómo los tuvimos, un traje que ya era viejo y lo gastamos aún a tiempo. Si he contado los sueños es lo más parecido a lo que haya ocurrido.

La calma definitiva es que me pille a mí dentro, dentro de mí mismo como una especie de desconocimiento que estoy averiguando para explicarlo luego. Quiero saber definitivamente donde queda el sitio más decente para hacerlo depués indecente; el hueco en que un grito sea una llamada donde sentirse dentro, sea estar bien en el acto; un estado previo a mi propio lenguaje pero sabiendo que ese vicio va a ser incurable.
Así debe de ser, así me la imagino: estar en un bar de ambiente y quedarse con la vida, el coloquio que antes o después siempre tienen las caricias, que ya no se escape nada cada día como un rito obligado para poder vivir otro día, retrasarse un poco en la salida y eso que la vida no tiene salida.

Tiempo que carece de número con el propósito de conseguir un poco más de tiempo para no perder intensidad y ganas de olvidarse de contarlo. Todo mío para que pueda parecer como en voz del poeta Colinas : “Hoy parece que el tiempo/aún se anula más/ y que es mi libertad recuperada.”

Ése es el argumento.

lunes, 19 de mayo de 2008

Hiciste feliz al "colmenero"


A “Limón Ceutí”

Me escribiste que entre los dos, Limón Ceutí, ha arrancado una “colaboración provechosa.” Haz memoria: la empezaste con un libro, asombrado de tu audacia, que “regalarle un libro a un librero es como venderle miel al colmenero”. Pues entre medio de los dos ha surgido el vértigo irremediable de la palabra, un vicio que tenemos ambos desde siempre, yo la dejo mezclada en la red con el alimento inmediato de la respuesta, y tú conservas tus más de ochocientos relatos en los escasos metros cuadrados de tu casa.

Si audacia fue regalarme aquel libro, esta vez, sin embargo me has traído al señorito Umbral, engreído y agresivo, escribiendo el mejor castellano de los últimos cincuenta años, donde ha juntado esta vez su editor, ya muerto Umbral, sus “Hojas de Madrid”, los papeles sueltos de la cultura y la miseria de ésa ciudad que él se sabía, hasta el fondo. Una joya: ocho libros, que ellos sueltos reposaban ya en las estanterías de mi casa, que se han ido haciendo viejos, buen amigo –y digo buen amigo porque es lo más hermoso que un hombre le puede decir a otro hombre. Su final los dos lo sabemos: lo leíste un día en mi página en la red acércate a los libros: esa piel de mi piel terminará en manos de un librero de viejo, son los únicos que compran los libros y con ellos la historia de quien los tuvo. Te dije que no me importaba, que quizá mis hijos podrían así entender porque sus padres se hicieron antes viejos leyéndolos.

Me regalaste la otra mañana “Hojas de Madrid”. Lo tengo puesto y las estoy releyendo donde más horas estoy delante porque el mismo Umbral ya lo dijo que “afortunadamente la literatura no tiene jubilación”. Yo tampoco tengo tiempo –me parece que ninguno de los dos, para jubilarme de nada, sólo retirarme o que me retire de la vida. Dejaré poca sombra, porque lo único que he hecho ha sido ir entendiéndome con los libros que voy leyendo. Ahora me queda como si fuera una prisa que devuelve la infancia, la magistral y perfecta definición de Azorín, asimilada por el propio Umbral: “la literatura está en el adjetivo.” Por eso me suelo bastar con el adjetivo, las metáforas que se le escapaban a Umbral sin quererlo.

Me dijiste alguna vez, amigo, leyendo algún escrito mío, que voy a decir las cosas y no las digo, es que duele decirlas, que sepan los demás que tienes el derecho de sentirlas. Hasta he tenido que escribir en estas páginas lo que el propio Umbral asegura: “el hijo se pierde siempre, en la vida o en la muerte”. Voy teniendo que decir, mezclados de silencio, los más mínimos secretos. Junto a la audacia, el descaro, que todo el que nos lee ha de permitirnos, el ápice del sufrimiento de haber sabido ya de la vida sus más íntimos secretos.

Te da las gracias “el colmenero” porque fuiste a buscarme un libro bien reciente y que yo mismo no encontraba. Hago con él, con todo el derecho, lo que hago tantas veces: dejarlo cerca abierto, boca abajo sus letras, boca arriba mi ansia de leerlas. Jun Cruz me dijo un día: “eres los libros que has leído”. Pero no sé lo que pasa, dejé mi vida en ellos y no me la han devuelto. Me quedo pues, con la sugestión que tienen los libros para esforzarme entre ellos.

Por eso, Limón Ceutí, que trajiste junto al libro de Umbral, mi deseo de tenerlo, tendré que hacer lo mismo contigo aquello que hago con él tantas veces, seguir cada vez que estamos juntos explicándonos ese cariño suave y milenario como el aviso del final de algo que tiene adherido su principio.

viernes, 16 de mayo de 2008

Cómo me gustaría aprender a escribir

El título no es mío, es de alguien que tengo muy cerca. La razón tampoco: “porque la vida es tan corta que no nos permite más que ser aprendices de cualquier cosa.” (Gregorio Marañón) Aprender a escribir como si hubiera descubierto la manera de empezar, con el Diccionario al lado, como un libro de horas. Aprender un estilo: que el tiempo sea definitivamente mío así. Escribir para tener un desahogo, decir lo que no puedo decir a nadie. Luego tendré la indecencia de que lo lea el que quiera por una palabra que le llama, un gesto que sabe mío, una insistente manera que tengo de ponerme frente al papel, el papel de cristal de 17 pulgadas. Así no me angustio del todo o me como mi propia angustia, no lo sé.

En todo este tiempo no encontré otro camino: fui a ver si aprendía a escribir leyendo, por eso permito que alaben mis lecturas cuando no es nada más que pasar mis ojos por los libros. De ellos he ido sacándolo no casi todo, todo. Escribimos cada uno con las palabras que escribieron los demás, lápiz junto a cada página a ver si acaba siendo verdad lo que le ocurre a Ángel González García en sus ensayos sobre arte, “`pintar sin tener ni idea”.

Escribir sin saber hacerlo, con una inspiración como decía Umbral que dura medio folio y tres o cuatro metáforas; caminando por el mundo para explicar, más o menos, lo que le pasa a los demás que hemos leído, como un vacío del último lenguaje que nos deja la vida. Cómo me gustaría ya que soy un enamorado de la palabra, saber utilizarlas, unen y separan, pero es lo único que nos queda entre los hombres. No saber escribir es la pérdida de la felicidad, la única que hubiéramos podido llegar a sentir. Mezclados de palabras somos más, nos unimos como en un bar de ambiente que tiene la vida, la dulzura de la palabra ajena cuando ya se rompió la nuestra.

Pero no puedo aunque lo intento, tengo el lápiz a mano siempre, subrayando lo que dijeron los demás con la desvergüenza de saberlo ajeno y dejarlo escrito como propio: un coloquio de caricias, un intento de buscar la belleza ajena –dime lo que dices y pongo que lo digo. Repetirlo sin que lo note nadie es mi cresta de placer ya que no me quedan los corrientes, por eso admiro tanto estos días los regalos de “Limón Ceutí”, su memoria paciente y reciente, para ver si acordarse es lo ideal aunque a partir de cierta edad ya nada es ideal, ya se rompe cada día el proyecto de mendigarle a la vida, la vida.

Cómo me gustaría aprender a escribir pero no puedo hacerlo. Tengo demasiado cerca ya la torpeza de los viejos, las camisas de otros años, los mismos recuerdos y no saber contarlos. Necesitaría, sin acordarme ya de la edad que tengo a ver si es posible, en una especie de pathos arrebatador de tranquilidad y entusiasmo llegar o a la realidad del día y saber contarla, o a la memoria aunque tenga la barandilla demasiado alta.

Habría quizá que volver a escribir sobre el papel empeñado en ser papel, pautado para que no se me vayan demasiado las líneas, un rato luego de leer para saber explicarme a mí mismo la melodía interna que tiene cualquier vida. La mía la estoy terminando pasando por mis ojos los libros como bien me dijeron con cariño hace días y por eso me gustaría luego aprender a escribir para contarla aunque ya solo pudiera hacer llegar en verso del poeta Vicente Gallego, “el carbón de mi edad, la oscura alpaca/que ayer fuera orgullosa platería.”

Amoríos


Por Tristao


Para Fran

“El rayo y el amor
La ropa sana y quemado el corazón.”

Le conocí una tarde desapacible por demás. Me lo crucé apenas puse el pie en aquel boliche que ocupaba JARIT en la calle Buenos Aires, joven, muy joven, la ropa pegada, el pelo negro zaino ensortijado magrebí. Sobre la T-shirt, áspera y sudada que traslucía el pezón, una bandera verde y roja, con la media luna y la estrella que simboliza la libertad, bajo las siglas R.A.D.S. (1) Pasamos al bar; en una mesita verde adosada a la pared nos sentamos cuatro. Pagaba él.

Había entrado a apuntarme para hacer con ellos un Campo de Trabajo entre los refugiados de Tinduf. Y, un mes después, me lo tropecé otra vez allí, en ropa de faena, que es como decir sin ropa, sin vello, los ojos negros como las noches sin luna de Essaouira, que pasan por ser las más negras de toda el África negra.

De rodillas, como quien te está pidiendo favor, me dijo que era para él cuestión de vida o muerte adquirir la nacionalidad española, no dejar pasar la ocasión de un contrato prometedor, que te sale al paso no más que una vez en la vida; me pidió que me casara con él ese mismo mes.

Si se lo digo a mi madre me mata. Pero en la noche en claro y sofocante de Tinduf, ardí por los cuatro costados, cuerpo de muchacha núbil que lo recorre un ciempiés. Sabía un punto más que el diablo. De naturaleza eréctil y picado del alacrán, iba al rebusco en monte áspero, como hace el jabalí, fiero cuando le irritan, apacible y tierno si está saciao, escupiendo lava por allá por donde pasa. Todavía dura la calentura. Hizo bueno el proverbio de que cuando una hembra hace el amor con un árabe, ya no lo vuelve a hacer con un blanquiñoso, cuerpo de hombre y alma de mujer.

El día de clausura del campamento, resfriaba ya el tiempo. Nos despedimos con el parabrisas húmedo, el rocío que arroja de sí el áncora al zarpar. Declinaba el sol a la vez que me amortecía, cortó el aire el muecín llamando a la oración. Y no lo he vuelto a ver más. Era mucho pedir, mucho cielo. No hay noche que no ponga bajo la almohada un ramito de laurel, pensando en él.
(1) República Árabe Saharahui Democrática

martes, 13 de mayo de 2008

Lo que amo, lo que extraño


Leo de mañana para que me quede más tiempo para leer. Escucho los Adagios de Bach, sus conciertos de Brandemburgo, o confundido en el aire la voz de Pavarotti como un placer proporcional a la intensidad del deseo que crece con el tiempo de la privación. O una romanza de Sara Brigthman. Qué más dará para culminar una pasión triste, escapada o por nacer, qué más dará si no lo sé ni yo. Esa mañana empieza, como cada mañana –lo que ocurre es que lo cuento menos, como una cosecha de vértigos, un hedonismo de la calidad que siempre busco.

Alguna vez repetí las palabras de San Agustín que me recordó Marina “cada uno es lo que ama”. Amo mi deseo, mi amanecer donde empiezo con el sueño incompleto, con horas por dormirlas, pero es que me espera alguien: hoy lo fue una novela en Cagliari, un diamante tallado que me viene a la palabra que todavía tengo suelta y no sé si pronunciarla: “Si no he de conocerte nunca, haz al menos que te extrañe.”

Tengo el empeño inagotable de desear los deseos, como un ejemplo de humanidad que me trazo cada vez. No quiero un punto final por muy cerca que tenga para raya de término. Quiero obrar, apalabrar con los demás cómo va a ser esto, si todo es cosa del sueño o es mi propio deseo. O mi temperamento, término de arranque y de freno, como se formaron las páginas de este privilegio, igual que cada mañana leyendo, cada vez escribiendo.

Buscando el placer que quiero, amando lo que tuvo ese signo y esa relevancia, necesito siempre lo que me permita plantar la tienda de mis deseos, despacharlos de mañana, satisfacerlos con la palabra luego, enhebrarlos en el sueño del comienzo cuando todavía no tengo del todo sueño. Quiero además la pasión que incita al recelo, al conflicto cuando falta precisamente la pasión.

Por eso cuando se me termina el día y me llega de verdad el sueño, me viene a la memoria aquello de Ortega: la felicidad es como dormirse. Y añadiría porque te despiertas luego, comienzas otra mañana para tener tiempo y enseguida no saber qué hacer con él luego. Una vez bien despierto el reto casi olímpico ya de tener deseo, de ser lo que amo, de al menos que en mi vida siempre tenga algo de extraño, alguien a quién extrañar, como un enamorado del ocio y la palabra.

Valiente y verdadero cada mañana pronto, me ahogo entre los libros, me atormenta saberlos y no haberlos leído todavía. Acoplado a la música no menos poderosa que sé que tengo, que escucho, que recuerdo. Soy yo mismo entonces, sin contárselo a nadie, derecho a mi acabar y consumir, todo entero, apenas viejo, sin aspirar a premio, dejo esto aquí suelto, para que llegue luego y sigan en su sitio la música y los libros, las imágenes que cada día estampan las pulgadas del escenario en donde escribo.

Se me queda todo quieto, buscando un equilibrio que no tengo, el guión de una seducción que podría ser un arte si supiera hacerlo. De momento, al menos lo que amo, lo que extraño.

miércoles, 7 de mayo de 2008

Nuestra propia derrota


Quien lo niegue engaña y se engaña, hay una derrota propia, inconsolable y única que todos llevamos muy adentro, lejos de cualquier mirada ajena. Son parecidas las veces que la vida nos derrota y aquellas en que nosotros cultivamos de alguna manera una forma intransferible fabricada por nosotros sin motivo aparente.

Es una derrota secreta, lejos de la mirada ajena, sin escarbar demasiado. Lloramos esas veces frente al espejo con una desesperación de quién sabe que jamás vendrá un consuelo, un sosiego, tenemos una sorda contención para saber lo que nos pasa luego, un escalón íntimo que la única manera de llegar a él es callando y hacia fuera mintiendo. Por eso me gustan los libros que tienen cuando se escribieron una intimidad dolorosa y descarada. Leo esas derrotas que allí se cuentan, me las creo, las pongo al lado exacto de las mías como la mejor manera de ser yo mismo, sin engaño posible como utilizando el derecho de terminar antes de ser derrotado.

Por eso me ahogo en la literatura porque si no me ahogarían mis actitudes, lo que se llama tener mala conciencia como si es que hubiera buena. Me gusta, pues, y me fascina la soledad que elimina los adversarios, me voy quedando quieto, voy repasando con la piel desteñida de mentiras, de deseos que nunca tuve cumplidos pero que los leo en los libros y son posibles muchas veces: esta habitación dónde escribo de la que ya he hablado otras ocasiones y que podría ser de cualquiera pero que ahora sólo puede ser mía; la belleza de una mujer sobre la que he leído hoy un tinte de comentario no sé si profano para los pintores, excitante para los mirones, una mujer guapa, “muy de cuadro de ingres, muy clásica”; la garra que le pongo en este mundo, las veces que me marea el mundo, ese destino –derrota al fin, geométrico y exacto que tenemos los hombres.

Más todo es cada vez más propio, intransferible en su tono de vergüenza, con su nostalgia, su insistencia de pensar que podríamos haberlo hecho mejor. Nuestra propia derrota no la sabrá nunca nadie, hasta casi la disfrazamos con el traje del último tramo desquiciado. Ahí llevamos escondido desnudeces y prohibiciones, palabras entrecomilladas de fracaso con toda su etimología francesa: “casser”, que significa romper y los restos de platos rotos que siempre deja.

Mi fracaso, mi derrota es mi pasado y mi futuro, todo junto, no habrá manera de separarlo, necesitaría mucho “rigor” para hacerlo y le pongo entre comillas al rigor adrede por su propia dificultad. No me queda casi ya ni fugacidad ni tránsito, mirar para dentro, donde no alcanza la mirada ajena y mi sueño sería que no pudiera llegar jamás. No sé ni lo que fue ni lo que pudo ser, sólo estoy seguro que me tiembla todo a veces, que no tengo más remedio que cerrar un libro que se ha quedado abierto o mal cerrado y aliviarme, mejorarme de no tener que contar más estropicios abriendo otro a continuación.

Nadie va a saberlo lo que queda detrás, lo que queda dentro, mi propiedad y mi sentido.

VIERNES SANTO


Por Limón Ceutí


Ayer fue Viernes Santo. Pero se me pasó la hora en que se dice y se conmemora la muerte del Señor.-”el señor” ese de la mamá que decía mi hermano pequeño.

Y en la quietud de la aldea y a la hora de siesta mora, me vino a la memoria el rito que nos gastábamos en la casa-prisión de la Plaza de América cuando aún me crecían los dientes.

Comíamos sin cruzar palabra alguna unos con otros que no fuera de reproche, como cualquier familia cristiana. Y, al dar el reloj la tres del Viernes Santo, la mamá se levantaba, entre imperativa y lastimera y nos hacía gesto, un ademán de seguirla al dormitorio.

Allí nos arrodillábamos los tres vástagos, al pie de su cama, dando cara a un crucifijo de plata sobre damasco morao. Y mi madre nos decía que debíamos pedir tres cosas, con la garantía absoluta de obtener una.

De muy pequeños, hacía de apuntador, poco menos que nos dictaba las súplicas –en las que venía siempre involucrada en su provecho. Más adelante, ya no. Quedaba a nuestro libre albedrío. Yo pedía tres veces lo mismo, por ver de amarrar la gracia. Y con los años, me he dado cuenta de que era una especie de chantaje, juego sucio al fin y al cabo.

Ni falta hace decir que el papé quedaba siempre excluido de toda esta fanfarria de exorcismos y conjuros, más propios de aquelarre de brujas que de gente en sus cabales.


Ahora, hace mucho que no pido nada. Se me da de balde. A más de que pedir es inmoral y contraproducente, blasfemar del Universo. El bien está en desear, echar de menos; si lo logras lo malogras. ¡Ay de aquellos cuyos deseos se cumplen!

viernes, 2 de mayo de 2008

Nos quitamos el miedo mutuamente


Pensándolo ahora me parece un poco como el comienzo de una historia de película antigua que luego no seguimos. No era un sitio habitual para mí, pero aquella terraza entre sol y sombra, alejada de ruido, me hizo buscar un sitio –los había suficientes, para cumplir lo que va constituyendo un rito si el tiempo me lo permite: luego de comprar la prensa me siento a tomar una cerveza. No elegí intencionadamente la mesa, pero inmediatamente me di cuenta que en la de al lado, tomándose lo que luego confirmé que era un Martini al pedirse un segundo, una bella mujer de unos 50 años cumplía idéntica misión de ocio: leerse su periódico.

No podía coincidir mi mirada del todo con sus ojos, lo que sí que coincidía era la intención, las ganas de mirarla, de pensar que –como yo, le buscaba un hueco a la soledad para hacerla propia. El motivo carecía de importancia, pero tanto ella como yo, estábamos solos y debíamos querer estar solos en ese momento al menos. La información era adicional, la bebida menos, pero la descarga propia de sentirse eso, propios, tenía todo su fundamento.

Es curioso que a medida que disponemos del día, de la vida, para hacer lo que queremos del día aunque no tanto de la vida, los pequeños detalles, los que hemos inventado son como placeres dispersos que así los recogemos. No podría describir ahora cómo era esa mujer, dónde radicaba su belleza, algún rasgo de su atuendo, pero si se me quedó de inmediato grabada en la mirada, la hermosura de sus manos, el periódico extendido, sus anillos, su porte, su estilo. Sí se me quedó de su rostro la conjunción de las líneas de sus ojos hacia su boca, y sobre todo, insisto, sus manos, la autoridad que debieron tener siempre cualquier tipo de caricia, una travesura mezclada con el deseo ajeno.

Y leyendo el periódico, pero sin leerlo, se me fue quitando el miedo que le tengo cada día al día, que me falle lo esencial, que confirme que no me gusta lo que tengo, que note más qué me falta, lo que ya no voy teniendo al hacerme viejo. Es preciso que te retiren el cabello, que te llamen con un nombre que no sea tu nombre pero con una ternura incalculable, notar unos pechos sobre tu pecho, volver a aprenderte cómo huele la mujer a mujer.

Todo eso pensaba viendo naturalmente a una mujer que quizá no la había visto nunca por mi barrio, que ni se había dado cuenta que le estaba mirando insistentemente sus manos. Tenía manos de pianista pulcra, de mujer enseñada a ser mujer y no pedir ya nada porque ya lo tiene. Tenía manos con una madurez obstinada y resistente, manos para quitarse el miedo, de pensar que ambos teníamos bien ocupado el periodo y el método de la madurez, Fue algo parecido a una emoción, a una sospecha de que esas manos, hagan lo que hagan llevaran como la casualidad de un cariño suave y milenario.

Ella se levantó para ir a pagar, yo ni me atreví a pedir mi habitual segunda cerveza, al pasar junto a mí, le dije claramente: ¿me dejas que te diga una cosa? Obviamente sin respuesta pero sin que diera un solo paso, escuchó de mis labios: tienes unas manos preciosas. Gracias, contestó, no como un gesto educado o cortés, sino con la seguridad de que había adivinado que sus manos poseían un cariño coloquial, integrador, milenario y reconfortante.

Gracias, aseguró y siguió su camino, como yo haría luego con el mío habiéndonos quitado el miedo mutuamente a todo lo viniera después.

viernes, 25 de abril de 2008

"Nadie nos enseña a ser viejos"


La frase es de David Trueba, de su libro “Saber perder”. Es una especie de desarme, parece lejano pero tiene una llegada exigente, una especie de rendición húmeda como el sexo abandonado de una mujer. Y un peso propio, un recorrido con señales que cada uno sabe entenderlas como puede.

Pero no hay una disciplina, una fase de estudio de tu vida que sea eso, tu manera de hacerte viejo luego, hasta incluso en el mejor de los casos, tu resistencia. No me lo había querido plantear aunque la vida ya hace tiempo puso límites a donde estaba acostumbrado a llegar. Me voy dando cuenta por mucho que me lo nieguen el cariño ajeno y el empeño propio. Son hojas arrugadas ya mi vida y lo que es peor muchas veces inevitablemente tristes.

A veces hasta la simple y rutinaria entrevista con un médico, te enseña un dietario acusador, al que sólo supe responderle inevitable, no elegido por mí, pero fue motivo suficiente para que mis lágrimas de sentirme pobre hombre se deslizaran por un bello jersey de color amarillo. No me sirvieron para nada, rutinarias palabras de ánimo porque no había nada que animar, quizá sólo el silencio me hubiera devuelto gestos del coraje que tengo cuando hace tanta falta a diario.

Vale, ya no importa ni la anécdota, ni la contrariedad de sentirte contrariado. Tengo un camino habitual después: las palabras que voy dejando sueltas para cuatro amigos, para unas amigas; la enseñanza de Trueba con su libro en las manos de “saber perder”; el consuelo de algún capricho satisfecho por aquello que pasear luego solo por la calle, pesan los pasos, los recuerdos con alguien, los mejores y los peores comportamientos; la belleza del instante de cualquier conversación para contar lo propio y no escuchar lo ajeno.

Me falta la enseñanza –dije al principio, de cómo hacerme viejo sin que note demasiado, admitir las cosas que se extinguen (alguien duda caso que se extingue el amor que ayudó a que llegaras a ser viejo, porque siempre debes tener un ser al lado que te acompañe). Sin terminar explicaciones que no tienen la base de ser explicaciones, son simplemente quejas que no consideran los demás. Te vas quedando –y a eso le das valor, firmeza, con las costumbres que tienes, que en este caso sí, acaban teniendo la fortaleza de tu propia costumbre, tu manera de ser hombre.

Hace días escribía sobre mi rincón propio, el orden de mis cosas desordenadas, su indudable belleza, la manera de impedirme hasta un mal sueño. Pues ahí, depositaré cada paso que me hace viejo, quiero estar hasta el final, no ser capaz de escribir y que se me caiga el libro que estoy leyendo demasiadas veces. Quiero que no se me haga nunca de noche, ni que aparezca ese cansancio cariñoso hacia los demás sitios propios. Aquí, como lo estoy haciendo ahora aprenderé a hacerme viejo, recordaré lo sagrado que fue cuando era joven tener la solidez para amar un cuerpo amado. La vejez es una derrota muy difícil de entender, parece que se nos escapa el mundo de las bellezas que tuvimos, su abismo, y somos nosotros los que terminamos en el abismo propio.

Me he hecho viejo, casi de repente, pero utilizando cita ajena, Maurice Chevalier decía que la vejez es horrible, pero la única alternativa conocida es peor. Debe haber algo mejor: la calidez de una saliva en tu saliva, a pesar de los años que uno tiene cuando siempre supo encontrar esa saliva; la mirada que antecede a amar como siempre gocé en esa perseverancia; los besos demasiado apasionadas que tienen la severa advertencia de que dejen de ser besos, sean ya una forma de entrega.

En suma: nadie me ha enseñado a envejecer y en la próxima entrevista médica para saber cómo se comporta mi cuerpo con la edad, llevaré en lugar de mi dietario analgésico un historial de los pliegues con los que siempre supe besar y domesticar con los labios. Mejor manera de vivir hasta haciéndome viejo.

martes, 22 de abril de 2008

DESCENSO A LOS INFIERNOS




Por Limón Ceutí



De niño y cuando estaba malo, me llevaba mi madre a la cama para que me distrajera “La Divina Comedia” del Dante, ilustrada por Gustavo Doré, un viejo tomo de la biblioteca del abuelo, incómodo de manejar apergaminado y con olor a cripta de cementerio.


Acompañado de Virgilio descendía el Dante a los infiernos. Y traspuesto el cancerbero, el perro de tres cabezas que guarda su entrada, la visión de los cuerpos desnudos de los condenados en tropel, atrapados por los demonios, negros y sin siquiera hoja de parra, hacía que esa noche me durmiera con el oscuro e inconfesable deseo de condenarme para siempre.


Porque, al ascender el poeta a la gloria, junto a su amada Beatriz, te veías a los bienaventurados, perfectamente alineados y con carita de circunstancias, vestidos hasta los pies con túnicas blancas y tocando el harpa para un señor con barba.


No, me dije, esto no tiene espera; sin pensármelo dos veces, decidí poner de mi parte, en adelante, lo que hiciera falta, sin escatimar esfuerzo ni dar tregua ni cuartel, con tal de ir al infierno. Y, cuanto antes, mejor.

miércoles, 16 de abril de 2008

Amo de la Historia mi propia historia

Siempre he sido un mal estudiante de historia porque la historia de los demás me llama poco, prefiero la reserva neta de mi vida, propia, tranquila, una forma gratuita de entender a las personas y a las cosas para que me entiendan a mí. Vamos a seguir, pues, hasta el final, hasta que llegue el final.
Me gusta en este momento el sitio, el lugar que me he agenciado: paredes de libros con los libros, mi maldito ordenador pero donde voy dejando muchas cosas que no serán luego ya para nadie; mi mesa desordenada yo que soy tan amante del orden, de tirar lo que sobra y lo que no sobra como un impulso de energía; libros amontonados que no han tenido todavía el prestigio de tener su sitio, el tabaco, el cenicero, las revistas y suplementos que hablan de esos libros, las llaves de memoria del propio ordenador que un día perderán toda la memoria.

Y mi vieja butaca de cuero llena de los sentimientos de dos siglos, XX y XXI, de horas de lectura, de intimidades absolutas de soledad y sosiego, no como una condición sino como un hecho. Todo como gestos hacia fuera que he dado gratuitamente sin darme cuenta. Una butaca que ha vencido hasta el insomnio, cuando surgen esos instantes en que solo serías capaz de dormir si alguien te cogiera la mano, te preguntara por tu historia. Esa que me hace viejo, porque cada vez decido menos.

Tendré que llamarle hogar a este cuarto que es ya mi costumbre, mi seguridad, mi permanencia. En él está dentro mi lírica, mi lucidez, todas las cosas que yo quiero, la manía de escribir a ratos, tener que contestarle a alguien, cómo estás, qué te pasa, qué forma tiene ya tu vida. Aquí tengo también, el penúltimo intento de no hacerme viejo.

Cuando llego y todo está como lo dejé ayer pienso que mi vida, que mi historia todavía puede valerle a alguien, aunque haya ratos, no sé si en la butaca o frente al ordenador en que sería capaz de explicar en qué consiste eso de la desesperación.

Lo tengo claro, soy un solitario en este cuarto para solitarios que me he ido haciendo yo mismo. Aquí hay un sacerdocio de leer y escribirlo luego, una manera de perder la memoria, como decía el otro día y quedarme con los buenos recuerdos: una mano –fíjate qué poca cosa, a veces una mano insistente. Aquí está mi pasado, todo mi pasado, la historia de mi historia, la que jamás se escribe en los libros de historia, ni en las páginas de memorias, ni tan siquiera cuando miras a los ojos insistente.

Aquí se juntan todos los silencios de la casa, naturales, sucesivos, llenos de confianza y de reposo. Aquí puede venirme hasta la muerte, sobre todo de noche, antes de acostarme porque al día le puedo, soy muy poderoso frente al que empieza, aunque me lo ponga difícil. Es tal la intensidad, la comodidad que tengo, el derecho a la propiedad aunque sepa que las cosas intensas son las que se acaban antes.

Me gusta, amo mi historia, en una sola habitación, con las mismas manías cada día, con vicios –por ejemplo dejar el libro que estoy leyendo, la música que he puesto, lo que estoy escribiendo y sentirme contento, aquí estoy, a solas con mi edad, con mi propia historia.

jueves, 10 de abril de 2008

Si pierdo la memoria


“Si pierdo la memoria, qué pureza”, dice un verso del poeta catalán Gimferer. La cita me la arrastra Umbral en su “Carta a mi mujer”. Podría ser como irse a una explanada, arrojarlo casi todo, bien esparcido en una especie de lujo testimoniando las derrotas con cicatrices casi en las niñas de los ojos. ¿Qué te pasa podría preguntarme cualquier viandante que llevas puestas hasta imágenes inciertas en la mirada?. Y no se trataba de una destrucción porque soy capaz de vivir hasta destruido, era simplemente, como consecuencia de la pérdida de memoria adrede, de buscar de nuevo formas de vivir al descubierto.

Quiero quedarme solo con el desconcierto alegre de vivir éste y cada momento, de los que estaban en el cofre lento del olvido. Voy a buscar de nuevo la seguridad que tengo tan deteriorada, precisamente por no haber sabido ir perdiendo la memoria. He acumulado recuerdos hermosos pero a la vez avisos que no eran del todo de mi propiedad, y lo que no es mío o no va a ser absolutamente mío no lo quiero. Prefiero de la vida la seguridad de todo, ya luego lo iré explicando con el poder exquisito de la palabra hasta olvidarme del mundo entero porque cada mañana me fluyen libremente todas las palabras. Es una estética zoom de lo que llevo dentro.

Una vez perdida pues toda la memoria, haré mis construcciones desde dentro. Las de fuera me van creciendo ya en dirección contraria, me avisan, eres viejo. Pero seré un poco menos si soy capaz de crearme un mundo de riqueza y de tiniebla como tienen las mujeres y lo noto en la tierra, a ellas no supe ni quise entenderlas, no era mi tema a base de ser siempre mi necesidad, mi lenguaje, mi instinto al menos de indagarlas por entero.

Vaya empeño con la nobleza que me va suponer hacerlo sólo, gastar la últimas horas de los posteriores cuartetos que siempre tienen los versos; vivir la soledad sin parte de atrás; aspirar a una simple felicidad: no darle importancia a nada; que no me moleste ni el sudor ni el sueño; la búsqueda de un sosiego aunque haya que trabajarlo. Y de vez en cuando esa maquinaria de los sueños que se lleva todo por delante.

Sin memoria, si pierdo la memoria podré leer como una cita que no me acuerdo, a la Mazzantini cuando dice “quien sufre recuerda”, y quien recuerda, sufre, señora. Sin embargo, hay una sugestión arraigada en cada cosa propia que obliga buscarla; una descendencia en los genes que te exigen a ti mismo mantener el tipo. Sembré presentes –muy brillantes por cierto, perdí sólo lo que no pude evitar que me quitaran. Pero abro la mañana con la mínima dignidad, de que esos genes ya no son memoria mía, se construirán la propia vida cada día y me vienen repitiendo, haz tú también lo propio, tú mejor que nadie.

Pues anda ya que voy a ser mejor que nadie no sé si en motivo de estima o de simple recorrido por la vida. Pero puse demasiadas veces esfuerzo, no tenía más talento que la espera. He vivido demasiadas veces la tristeza sin edad y quiero ropa nueva, desde el verso de Pere Gimferrer y sobre todo una vez allí, el prestigio de un sitio, de un hueco bien tapado, la autonomía del verdín de mi vida, esa tierra cubierta de plantas para disfrutar con ellas al cultivarlas. “Qué pureza” se ha quedado del verso.

martes, 8 de abril de 2008

Cada uno envejece como quiere


A lo mejor un 31 de mayo de 2006 decidí empezar a envejecer con las letras en la piel cada vez, cada momento que soñaba aprender a escribir, inventándome la vida. Todo eso comenzó como ya lo hice desde niño, leyendo, leyéndole a la vida sus misterios que acababan siendo los míos. Me fascinó ir contando luego el asombro de cada palabra dicha en voz alta, porque siempre lo hago: escribo contándomelo.

Viene a ser como la lectura que recobra así su mayor misterio: recitada. Y eso vengo haciendolo desde ese 31 de mayo ya tan pasado, con cicatrices de cuerpo que necesitan luego quitarle los puntos, con esperas en mis entregas que no tuvieron su debido eco, todo lo más como en voz del novelista y cocinero Caparrós “la hospitalidad del bolero mal cantado”.

Pero tuve valor todo este tiempo: empecé por lo básico, que me gustaba el amor apasionado y ciego, a ser posible equivocado en esa penumbra nada estable pero que se alimenta a base de impulsos y oleadas. Quien los siente y los mantiene se emborracha con la grandeza regalada, más ha de entender que es todo prestado, nunca falso, pero prestado.

De eso es una cosa de lo que he estado desnudándome a ciegas, con nombre pero sin futuro, advertencia en la mano. Parecía que las cosas iban a ser muy sencillas, como a primera vista, pero luego en todos los casos han dejado una historia detrás que me ha hecho más viejo.

Y una página siguiente. Otra vez a contarlo, la soledad me hacía más valiente, decidido esa vez a salir intacto, pero no era así por aquello de los restos que quedan detrás. Con mi puñado de palabras podía pasar una de las dos cosas que gustaran hasta hacer daño. Pero era tan solo ese grupo de sensaciones que se habían producido lo que hacía biografía para mí y para quién las recibía.
Luego venían momentos siempre aparte: el sitio donde dejaba toda la literatura. Era y honda y buena y ahí no llegaba nadie, como una altura física que no tenía respuesta. Desde allí yo lo veía, sabía que había una forma de ir haciéndome viejo brillante, solemne. Me resultaba muy fácil y me sigue siéndolo: hay una literatura muy rica en la frase hecha, en lo que dice a veces la gente sin pensarlo, y ahí también llevaba ventaja. Era un rincón, un hueco demasiado brillante.

Siempre tuve, en cada encuentro, un extraño modo de andar, como si no encontrara la rima cuando siempre la había. Pero hasta eso me servía. Siempre tuve y todavía tengo desfiles de lujo: mi manera de estar, mi seguridad, improvisar lo que iba a gustar en cada especie de camino propio y ajeno. Cada vez que le escribía a alguien parecía una especie de pergamino antiguo, una manera de estar seguro de la tinta escrita cuando faltaba la mirada, el escalofrío de cualquier caricia. Así era mí andadura: me devoraban pero lo mío era acabar y consumir.

Mal sistema de envejecer despacio sobre todo en el capítulo humano: detrás de una hermosa foto hay un contenido igual de precioso, pero lo quería entregar cuando yo quisiera y hasta donde yo quisiera y cuando me he visto derrotado de reservas porque me las habían gastado y había que empezar otra vez en el desgaste de la espera para no tener ni el aspecto de un cariño con destino verdadero, he decidido definitivamente quedarme en el exilio, sin asomarme porque me queda un derecho propio que jamás debió deteriorármelo nadie sin pago justo, seguro, correspondido: lo que podía ser mi postura, mi aspiración, mi sueño todavía o simplemente el silencio.

No voy a gastar más palabras en ese ni en cualquier empeño, ni voy a llegar tarde, ni como siempre después, como un sol tardío que nunca acaba de ponerse con pinta de vejez mal explicada. Ya, ya sé que al final caemos todos, se trata de ir tirando o ir llegando, pero en este modo de envejecer de ahora, ni ofrecimientos ni explicaciones, tan solo seré militante de la voz y la palabra para culto propio, como señal de identidad sin fecha de caducidad.

viernes, 4 de abril de 2008

Aquí hubiera podido vivir cien años

Me trajiste la imborrable imagen de la casa de nuestra niñez, de esa manzana frente a los puentes que cruzaban el cauce del Turia que contigo compartí muchos años allí. En mi caso, toda mi niñez. Desde hace poco es la lujuria de las imágenes que me traes, sueltas e impacientes en tus desmejoradas bolsas de papel y sus textos donde no cabe más prieto el castellano: cómo poder decir mejor que uno se siente mal “con el humor de los párpados cuajados”. ¡Ay los genes para escribir -frase ajena, el acomodo para vivir!

En esa casa hubiera compartido la elegancia, el origen notarial, con las camas separadas como un matrimonio hace luego, debe hacer luego; si dormir con el doctor o antes en la niñez con una madre investigadora permanente de los engaños, si esas separaciones no me hubieran hecho tanto daño, allí estaría merendando en el “Principal” que tenían todas las mansiones de raigambre, mientras al fondo quedaban las habitaciones del servicio.

Cien años como un poema apropiado, con la clínica del doctor de quién más tarde, descubrió nuestra madre el rótulo de una calle con su nombre en su ciudad natal, osado en sus vivencias pero dueño en el trato con la gente –gracias, por dármelo. Y con ello los inevitables pliegues de estar tan bien con las mujeres.

Aquella casa supo darme -desde niño los tragos largos de las madrugadas sin sueño, aprendidos en su espera mientras el médico deshacía los papeles de los caramelos que chupaba para evitar, no poder evitar el mal sueño: o caminaba por la casa mientras yo me hacía el dormido. Creo que en aquellos disimulados insomnios me inventé la realidad de lo poético, la intimidad de todas las letras que escribiría luego, aprendí a diferenciar en los versos las sílabas de las palabras en una especie de religión de claves secretas.

Allí no me hubiera venido la vida toda junta jamás, la habría saboreado hasta siempre, hasta que no me quedara y fuera yo el notario que diera fe de su duración, de su permanencia, porque no nos olvidemos vivimos lo que queremos y pudo ser allí establecerla sin un destino preciso, sin ansias de compromisos, sin litigios. Esa vida difícil en la que todo se puede, necesita marco y magisterio, Navarro Reverter/Plaza de América/Sorní lo tuvo siempre y en aquella esquina de Sorní luego, el mapa de los libros que trazó hasta mi rostro juntó lo anterior, lo futuro, lo distante de una vida que debió durar cien años.

Si tú escribes, hermano, que “no me suelo morir en verano” y describes tu estancia en Baden Powell House, acompasas tu respiración como allí al leérmelo, al lamento de aquel bengalí muerto, a mi me devolviste en esa imagen, ciento y pico años después, la ambición, la grandeza de haberlos cumplido casi allí al menos con una hospitalidad inolvidable, la que hubiera sido capaz de inventarme yo.

martes, 1 de abril de 2008

Quiero estar de nuevo al completo


Me lo dijeron el otro día de despedida: ¡cuídate! Y no sé cómo hacerlo, pero debo hacerlo para estar de nuevo al completo como si fuera una primicia de la vida que la andaba perdiendo. De nuevo al completo para todo porque valga como ejemplo no sé bien lo que es el amor pero sí el esfuerzo para poder sentirlo.


Me voy a cuidar para estar de nuevo al completo. Si es preciso “la cubriré de espuma pero dejaré su aroma en su silueta”, intentaré hasta dentro de los sueños ver qué hago con las palabras, sé más de ellas que lo que sé de la vida, recordaré como he contado sus gestos, su manera de arreglarse el pelo hasta más allá de donde le llegaba el pelo.


De nuevo al completo para no dejar de desear a una mujer veinte años más joven y que no exista ningún placer muerto. Seguir así sintiéndome como bajo su hechizo, lo que es capaz de evitar cualquier derrota, convertir el recuerdo de los momentos en lujo y júbilo aunque aún me queden cicatrices en las niñas de los ojos.


¿Qué hace de mi mundo un mundo completo? La certeza de la honestidad conmigo mismo, saber que al lado de una mujer siempre encuentro el lenguaje de las cosas justas; que no me hago viejo porque no quiero hacerme viejo, porque el derecho de cuidarme no me lo puede negar nadie.
Ciento por ciento, medida justa y siempre satisfactoria, un deleite para decirle a quien tengas a tu lado: ¿sabes cuánto te dejaré? Esto que ves, esto que tienes, las declaraciones de los sueños, dar amor porque si no es eso pues va y es como si no dieras nada. Cómo no, una cultura excesiva con su tono su timbre, su verbo, su inverosímil, a veces, ganas de vivir. Ciento por ciento, al fondo no es más que un justo sentimiento de culpa y cuatro cosas más que te lo perdonan todo.


Pues aunque no la tenga, aunque sea una línea de color en el mar voy a ir a por todo, a sentirlo todo, a escribirlo todo, me iré abriendo como una cremallera fácil de bajar –qué bien me vienen las metáforas siempre, os iré contando cómo me voy cuidando, voy a hacer jóvenes las cosas de mi mundo que se han cansado de ser viejas. Pondré orden en mi vida, dejaré de tomar esas pastillas contra el mareo que me producen mareo; ordenaré mis cosas –con esa manía del orden, para que sea verdad esa frase de Borges, “las cosas comunes que nos rodean durarán más que nosotros.”


Vamos a dejar aparte lo que dure cada uno. Lo que quiero es durar completo en esa coincidencia de la vida que no vuelve más. Al completo como si fuera volver al grado cero, al principio. Tengo para repartir mientras tanto como siempre lo he hecho una dosis milenaria de cariño, integrador, y confortante para mí mismo.