
Insisto muy poco, soy capaz con facilidad de darle la razón al otro, me dejo convencer, es mi más rica debilidad por la cual cuando miro o cuando escribo dejo el camino abierto al que viene detrás. Por eso, porque insisto muy poco –o al menos no se dan cuenta los demás, quiero ser entendido con el hermoso disfraz de mis insistencias.
Traigo siempre en la mano el equipaje incierto de mis libros. Me detengo un rato, tengo frente a mí, el papel en blanco, la reciente conversación de una muestra de independencia, de autosuficiencia que ya quisiera yo tener. Y me detengo entre dos páginas abiertas –ahora nada menos que de un ensayo sobre arte e igual que su autor lo titula “Pintar sin tener ni idea”, entre cuatro líneas aprendidas, cerca la pátina de la pantalla, (reciente todavía en mi organismo la somnolencia de los mófidos del día anterior, que no entendía y me duraban más tiempo del debido) me voy a ir quedando para mejorar mi tarde, como para hacer lo que quisiera como lo que dijo Apollinaire de “La Musa inspirando al Poeta”, que se trataba de pintura sin ninguna literatura.
Me gustaría explicar cómo pongo el entendimiento en las insistencias, no tengo las soledades solas, sólo algunas a ratos, fuera de cualquier horario también, elegidas por mí y que voy a escribir en cuatro líneas en qué consisten:
Antes que nada, más allá de un posible prestigio de hombre serio, buscar el ángulo donde robe la sonrisa que no me queda, porque lo que diga no procede decirlo en ese momento, desgarro de quienes veo la juventud que ya no tengo, me quedo quieto, escucho, aprendo, es el paso más honesto que puedo dar en la vida.
Pero luego del momento en que me ofrecieron algo pongo detrás mi deseo de siempre ir y nunca de volver, beber los vinos más fuertes del placer y como ahora ando leyendo un libro de Ángel González sobre los que no tienen ni idea de pintura, como yo tampoco la tengo, lo veo todo primario y deseable, no tendría arreglo en ningún taller ni de pintura ni de escritura.
Vuelta a empezar con cualquiera, llevo la razón, por eso la entrego fácilmente, tengo así el camino abierto a las insistencias con un inhabitual ropaje de cariño. Si alguien me dice que no me queda cariño dónde estaba puesto, miente, lo llevo siempre encima, lo disimulo si hace falta porque sé entender a quién no quiera pagar precio alguno, gesto, ni movimiento.
Mi insistencia es llevarme con la ropa puesta maneras improvisadas pero que sé de sobra que van a producir tono y acercamiento. Tengo la insistencia también del tiempo porque me queda poco tiempo, me dejaré convencer fácilmente pero a la vuelta de la esquina ganaré mi opción, descansaré con ella, fabricaré modos nuevos de insistencia para después.
Esta tarde se me hacía larga, aún leyendo de arte sin saber nada de arte. Yo no soy capaz de romper esquemas, se me rompen deprisa si no tuviera la apoyatura de siempre, pocas ganas, pero seguir leyendo. Desgana de lo demás, de lo que a mí también me imponen los años, las rupturas que no entiendo, pero como el que resiste siempre vence y convence, eso es lo que hago, blandengue ante los razonamientos ajenos pero duro de repente como un Goya espeso y primitivo.
Seguiré consintiendo y acabando así las tardes, no sé, sin tiempo porque transcurre
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