
Ya no sé cómo decirlo, por eso quizá me quedo siempre a medias diciéndolo. Vengo ya demasiado tiempo escondiendo casi todo con la mezcla del lenguaje más bello que encuentro. Pero ahí queda el enunciado: carencias por cumplir que se quedaron a medias, que no tienen unas manos como las quiero de destino.
Hace días me hundía en un film de Ramón Costafreda, con la inmensa belleza de un paisaje nunca visto: Betanzos -tantas veces soñado, y según su autor, “potente y dulce como un perfume masculino.” Quizá trajo a mi recuerdo, que he dejado mi perfume muchas veces, una esencia de hombre viejo que no puede restarle a la mirada la tristeza de hace tiempo. ¿Será que tengo la mirada definitivamente triste? Empecé demasiado temprano a restar capacidades que no tengo y al menor descuido, uno ya es viejo.
Cuatro días que vivimos y los hacemos pronto malos. Yo me escondo, no termino de confesar los huecos que suponen las carencias y espero el devenir que me proporciona un libro porque cada vez que voy leyendo puedo engendrar conmigo algo que nunca fue leído.
Un recurso es – y en cierto modo lo sigue siendo, a la vez que tengo los libros, perderse en una especie de universo instantáneo que está por todas partes y que nunca lo tuve, ni lo quise, ni sé si me hubiera servido: escribirme tantas veces con quien no podía olerse ni rozarse, ni jamás –si se trataba por ejemplo de una mujer, tenerla un rato abrazada. O si lo hice fue prestado, ni era propio, ni yo quise que lo fuera. Todo obedecía a dos mandatos esenciales: salir fuera cuando no podía para averiguar la gente cómo era, y esos rasgos que formaban mi carácter, es decir mi destino.
Tampoco allí tuve mucho éxito, no podía evitar cual iba a ser siempre el final porque eso es imposible, hacer que nuestro carácter no se convierta en destino ya son cosas antiguas, hasta de Heráclito. Nuestro ser tendrá mil rincones pero en algunos se verá que es conflictivo y trágico –lo contemos o no, nos tiremos a la piscina sin agua o tengamos miedo y hagamos uso de la empatía que nos van a valer más que las pruebas, que las defensas.
Yo siempre he sentido miedo, me escondo entre las palabras, parece que voy a decirlo y no lo digo aunque es cierto que cuando he querido con ellas decir lo más profundo que sentía, lo he hecho, -vox populi, a tumba abierta, pero sin unos brazos luego para recogerme siempre.
Cuando estuve ya fuera, observaba y sigo observando a la gente que estoy convencido que tienen una belleza propia, no sólo en los rasgos, en la forma de estar, en cada vez que se les escapa una sonrisa. Sino en lo más profundo: en el hábito de algún proyecto de la inteligencia. Me ha parecido cada vez, tanto si era un hombre como una mujer, como único y privado, y así junto a alguien siempre he resistido, en algo he vencido, “potente y dulce como un perfume masculino” –yo mismo me lo he notado.
Ya tengo pliegues oscuros en la carne y por ahí deben de andar los demás huecos. Para arreglarlo he puesto juntos el dolor y la vanidad en cueros vivos como en un mercado a ver si me lo arreglaba el tiempo. He confiado en cosas bien sencillas que me inventaba de ese mundo de fuera que no podía ni tan siquiera tocar, pero qué bonito debe ser ese primer beso como un secreto compartido entre los labios. Luego venía hasta aquí y lo contaba.
Por eso la otra tarde me brillaban tanto los recuerdos y explicándolo echaba en falta una mano que sirva para acercarme de nuevo donde quedan caricias. “Eso es lo que hay”. Ya debo saberlo y aceptarlo porque el poder temporal se hace eterno y me siguen faltando los recursos como si fuera un niño de nuevo desnudo pero sin que me queden deseos porque se me acaban terminando, más difíciles que el propio deseo.























