domingo, 1 de junio de 2008

Para todas mis carencias no tengo recursos


Ya no sé cómo decirlo, por eso quizá me quedo siempre a medias diciéndolo. Vengo ya demasiado tiempo escondiendo casi todo con la mezcla del lenguaje más bello que encuentro. Pero ahí queda el enunciado: carencias por cumplir que se quedaron a medias, que no tienen unas manos como las quiero de destino.

Hace días me hundía en un film de Ramón Costafreda, con la inmensa belleza de un paisaje nunca visto: Betanzos -tantas veces soñado, y según su autor, “potente y dulce como un perfume masculino.” Quizá trajo a mi recuerdo, que he dejado mi perfume muchas veces, una esencia de hombre viejo que no puede restarle a la mirada la tristeza de hace tiempo. ¿Será que tengo la mirada definitivamente triste? Empecé demasiado temprano a restar capacidades que no tengo y al menor descuido, uno ya es viejo.

Cuatro días que vivimos y los hacemos pronto malos. Yo me escondo, no termino de confesar los huecos que suponen las carencias y espero el devenir que me proporciona un libro porque cada vez que voy leyendo puedo engendrar conmigo algo que nunca fue leído.

Un recurso es – y en cierto modo lo sigue siendo, a la vez que tengo los libros, perderse en una especie de universo instantáneo que está por todas partes y que nunca lo tuve, ni lo quise, ni sé si me hubiera servido: escribirme tantas veces con quien no podía olerse ni rozarse, ni jamás –si se trataba por ejemplo de una mujer, tenerla un rato abrazada. O si lo hice fue prestado, ni era propio, ni yo quise que lo fuera. Todo obedecía a dos mandatos esenciales: salir fuera cuando no podía para averiguar la gente cómo era, y esos rasgos que formaban mi carácter, es decir mi destino.

Tampoco allí tuve mucho éxito, no podía evitar cual iba a ser siempre el final porque eso es imposible, hacer que nuestro carácter no se convierta en destino ya son cosas antiguas, hasta de Heráclito. Nuestro ser tendrá mil rincones pero en algunos se verá que es conflictivo y trágico –lo contemos o no, nos tiremos a la piscina sin agua o tengamos miedo y hagamos uso de la empatía que nos van a valer más que las pruebas, que las defensas.

Yo siempre he sentido miedo, me escondo entre las palabras, parece que voy a decirlo y no lo digo aunque es cierto que cuando he querido con ellas decir lo más profundo que sentía, lo he hecho, -vox populi, a tumba abierta, pero sin unos brazos luego para recogerme siempre.

Cuando estuve ya fuera, observaba y sigo observando a la gente que estoy convencido que tienen una belleza propia, no sólo en los rasgos, en la forma de estar, en cada vez que se les escapa una sonrisa. Sino en lo más profundo: en el hábito de algún proyecto de la inteligencia. Me ha parecido cada vez, tanto si era un hombre como una mujer, como único y privado, y así junto a alguien siempre he resistido, en algo he vencido, “potente y dulce como un perfume masculino” –yo mismo me lo he notado.

Ya tengo pliegues oscuros en la carne y por ahí deben de andar los demás huecos. Para arreglarlo he puesto juntos el dolor y la vanidad en cueros vivos como en un mercado a ver si me lo arreglaba el tiempo. He confiado en cosas bien sencillas que me inventaba de ese mundo de fuera que no podía ni tan siquiera tocar, pero qué bonito debe ser ese primer beso como un secreto compartido entre los labios. Luego venía hasta aquí y lo contaba.

Por eso la otra tarde me brillaban tanto los recuerdos y explicándolo echaba en falta una mano que sirva para acercarme de nuevo donde quedan caricias. “Eso es lo que hay”. Ya debo saberlo y aceptarlo porque el poder temporal se hace eterno y me siguen faltando los recursos como si fuera un niño de nuevo desnudo pero sin que me queden deseos porque se me acaban terminando, más difíciles que el propio deseo.

EL REFECTORIO DE LOS FRAILES BLANCOS


Por Limón Ceutí


Era el único niño que comía en el Refectorio. Al mediodía, se disparaban los timbres y la chiquillería huía dispersa como hormigas de un nido aventao. Yo, en cambio, atravesaba la puerta cancela de la clausura y me adentraba por entre los muros del Convento, El Claustro gótico de arrayán y boj, limoneros y naranjos bordes cuajados de naranjitas silvestres, de esas que no son de comer, algún que otro pájaro muerto flotando siempre en la alberca, el Refectorio, vacío y penumbroso. Me cruzaba, a veces, con algún fraile leyendo el breviario, medio oculto, apostado –diría yo ahora, al rebusco de sabe Dios qué cosa.

Treinta monjes con el hábito blanco de estameña burda de la orden de Santo Domingo y un niño trigueño, de corto, colorado el rostro como el besuguete, vergonzoso y de buena crianza, un dibujo, sentado en medio de la larga tabla, el único laico, infringiendo la prohibición de las Constituciones de la Orden. Y he tenido que llegar a viejo para comprender que, más que por los cuartos, se permitían la indulgencia como reparo al frío que entraba por las troneras y se te acomodaba en los huesos, para no sentarse solos a la mesa de aquel aquelarre fantasmal de hombres frustrados y sin hijos. Ya tenían a quien mondarle la naranja.

Durante la comida, el Hermano lego leía a los religiosos en voz alta un libro piadoso, a fin de evitar que se intercambiaran palabras de quemazón, de ahuyentar del subconsciente el obsceno pájaro de la noche; que del espinazo del hombre dicen los naturales engendrarse una culebra, que su saliva en ayunas mata al dragón. Y, una vez terminada la pitanza, se permitían al salir alguna licencia políticamente correcta con la criatura –a pagarlo poca ropa. Y subían a encerrarse en sus celdas, yo me lo guiso y yo me lo como caiga quien caiga, cada uno en su casa y el diablo en la de todos.

Un día servida ya la menestra, la campana de la torre tocó a rebato, se pusieron todos en pie, salieron al claustro: se había detectado un fuego, desde allí se veían las llamas salir del piso alto, de la pieza habilitada para desván donde almacenaban, tiempo ha, toneladas de desecho. El Hermano lego, un cabrero tosco del Tremedal de colmillo retorcido, me apretaba contra él para acallar mi pánico, o el suyo, o ve tú a saber si la mira puesta en dos cosas, que el lobo hace entre semana por donde no va a misa el domingo. Me queda sólo el olor a lejía de su faldón negro, a ropa sucia puesta a remojar. Yo no pasaría entonces de los seis años, ni al bajo vientre que le llegaba.

En un santiamén los bomberos se ventilaron aquello, asistidos por la lluvia con sol que se desató al tiempo. La comunidad se quedó en el claustro, a espaciarse y tomar fresco, volvieron las aguas a su cauce, respiramos de nuevo el salitre del mar, el soplo apacible de mitad de junio plagado de manilos de los plátanos de sombra, la luz rosada del atardecer. Era hora de volver a casa y aquietarse.

martes, 27 de mayo de 2008

El muro, la mítica distancia


No habrá que hacer demasiada historia porque es de sobra conocida: Maratón es una ciudad situada a cuarenta y dos kilómetros de Atenas donde los atenienses le ganaron la batalla a los persas y Filípides fue el hemeródromo que dio la noticia en Atenas al tiempo que cayó muerto, aunque ésta última aseveración se ha puesto en duda. Fue en los Juegos Olímpicos de 1896 cuando se introdujo esa distancia desde las llanuras de Maratón hasta el estadio Olímpico de Atenas y los británicos en 1908 le añadieron 195 metros quedando así establecida la mítica carrera. Esta clara y sencilla explicación la he entresacado de un ensayo excelente de Vicente Verdú.

Pero no siento mis ojos aquí para narrar dos carreras en distintas ciudades –norte y este de España, así cumplidas. Quiero sacar ese recuerdo y utilizarlo ahora. Verdú explica muy bien como corredor que fue, el porqué de la existencia de ese famoso “muro” en el kilómetro 32: se le termina a nuestra musculatura el alimento de glucógeno, las piernas se nos paran -os lo puedo asegurar, y sólo queda el esfuerzo de la mente. Hay un mundo inédito detrás que nunca supe que existía cuando corría noche tras noche en mis entrenamientos, nunca he sabido que la vida me lo iba a volver a presentar muchas más veces y la llamada suena en la mente que es dónde está la solución: tenemos otro yo para toda la vida, una fuerza nueva, una manera de conversar con el dolor y ganarle la conversación.

Corrí aquellas dos veces hasta la extenuación, corrí una nueva vida durara los años que durara luego, si fui capaz de vencer aquel muro de la mítica distancia, no habrá muro ya, pausa ni parada, solo quiero empeñarme en empeñarme, llegar de alguna manera en algún aspecto de la vida donde no pueda llegar nadie. He pasado ese muro, he vencido lo invencible, pues que me den lo diario, lo más difícil del día. Volveré como muchas tardes a mirar aquellas New Balance con las que corrí. Jamás me las he vuelto a poner, las llevo en el esfuerzo, les debo mi respeto, cruzaron aquel muro, sirven solo para lo imposible, para llorar a veces recordando el abrazo que me dio un niño que estaba esperándome.

Detrás de aquel mítico muro tenía que venirme la resistencia que no me ha inventado nadie; el lenguaje que me puede servir para amar y sufrir; los besos que puse luego en alguna piel desconocida cada vez; el erotismo narrable que no se puede contar; cualquier cosa porque ya estoy detrás del muro y no necesito esfuerzo, allí fue la mente quien le quitó el sitio a la musculatura, aquí cada vez también está en mi pensamiento por una mano tendida o alguien que no conozca y que debe tener la soledad de los ojos claros.

Ya no tengo ningún muro en la vida sino los mejores intentos siempre: podría ser un coloquio de caricias inventado, -lo he dicho y lo he soñado muchas veces, la cresta de no tener placer porque ya lo tuve, esas rencillas vocacionales del amor que se terminan en los lechos sin prisa, con la música dentro en forma de hendiduras de la vida, la curva de una cintura entre mis dedos, cualquier beso pendiente que ocupó sitio en un palacio de cristal lleno de colores.

Nada me impedirá llegar a cualquier parte, no hay muros ni barreras, mi mente pudo dos veces cuando se me terminaba el glucógeno. Aquí ya no me queda hace tiempo y sigo cada vez, cada mañana, cada intento, cada recuerdo como si escribirlo fuera el destino final de mis dedos.

A todos los hombres y mujeres del mundo que han corrido y terminado alguna vez una maratón, que cruzaron aquel mítico muro y llegaron a la meta final. Siento estas palabras desde mis piernas que no correrán jamás.

BIZCOCHO DE PRIMERA COMUNIÓN


Por Limón Ceutí

A decir de cuantos le conocieron, Eustaquio malvivió de siempre en la indigencia, con una mano atrás y otra delante. Pero él juraba y perjuraba que sus antepasados permanecían cubiertos delante del Rey. Tonterías. De bacín de barbero recogí, en cambio, el rumor de que su bisabuelo gozó de unos mil acres de tierra labrantía en propiedad. Pero vino a menos, que la risa ya se sabe va por barrios y se vió obligado a malvenderlo todo y emigrar. En hacienda y bondad, la mitad de la mitad. Así que el pobre Eustaquio se pasó su puta vida trabajando para los zánganos, que comen del afán y la labor de los demás.

- De tiempo acá que vengo olfateando que me llega un golpe de fortuna; me lo dice el cuerpo.
- Lo único que llega seguro es la muerte, Eustaquio.
- Me río de los peces de colores.
- Mira bien lo que dices; que el que al cielo escupe, a la cara se le vuelve.

Y andaban los dos en lo cierto. Porque, de su coyunda con Hortensia –una aldeana cabizbaja y para poco, le vino el que luego sería vástago único, sin que hubiera que decir mala noche y parir hijo, porque fue varón.

Y le llamó “el cielo abierto”. Pero eso no es un nombre, le decían todos, me importa un bledo, eso es lo que yo ví cuando vino al mundo. Ponle Darío, como el abuelo; pero él erre que erre con su “cielo abierto”. Y, a poco de cumplir los cinco, se oyó la campana tañer a muerto; por la misma abertura por donde lo trajo, el cielo se lo llevó. Una peste súbita y nefanda, venida de ultramar, que asoló al pueblo, que empezaban a estornudar y no paraban hasta caer muertos.

Eustaquio sintió entonces que le quitaban la tierra debajo de los pies. Y enloqueció, se dio a fundar torres de viento. Con todo cuanto había ahorrao a lo largo de miles y miles de horas quebrado el espinazo sobre el terrón de sol a sol y en una joyería de la cabeza de partido, compró una corona de oro de ley, seda incrustada de pedredería y borceguíes y vistió a la criatura igual que fuera un príncipe, en un desorden de flor, quedándole a modo de mascarón de proa, altanero y de mal contento en su blanca palidez, el pelo ensortijado manchado de oro.

Y convocó a un fotógrafo de cercanías –que en el pueblo no lo había. Pero hombre, eso no tiene pies ni cabeza –le dijo éste, al saber que quería la foto del niño en pie, tal y como si estuviera vivo, que para mí lo está. Y él, erre que erre. El abuelo le cogió del brazo y Eustaquio le sostuvo la cabeza, que no se tenía, doce horas que llevaba con rigor mortis. Y el fotógrafo, allá ustedes, adelante con los faroles, decir aquí “quieto” viene sobrando, que podría tomarse a mala parte. Y disparó su fogonazo de magnesio.

Y tal cual luce la instantánea, nada más traspasar el umbral y sobre el hogar, en marco de talla labrado a mano, presidiendo la cochambre de las cuatro paredes de de la barraca: hidalgo pobre, jarra de plata olla de bronce.

viernes, 23 de mayo de 2008

Argumento: la calma del tiempo cero


Esa es la vida que quiero cerca para compensar ese otro tiempo que ya no tengo. Ahora he de buscar insistentemente una calma y una serenidad que nada me lo enturbie. Me he traído hasta aquí, nada menos, los libros que siempre llevé en la mano, la manera de subrayarlos sin que nadie pudiera notarlo luego, hasta parecían sin leerlos y conmigo me producían riqueza y prosperidad. Darle la razón a mi padre, se la tuve que dar: en la Facultad de viajante y de profesión “el pequeño lee”.

Por eso hace poco respondía en mi escritorio lo que tantas veces he predicado: la necesidad, el vicio de tener palabras donde saber darlas y que te enseñen a pedirlas. Eso lleva –adjetivos por en medio, a calma cero, al derecho del recuerdo. No es un sueño el recuerdo, es la aparición con los ojos abiertos de lo que hicimos, de nuevo, de lo que tuvimos, te llevan y te traen: unos ojos asombrados y brillantes; una axila difícil de mejorar su posición y su belleza; un empeño de ganarme cada vez la postura que puede provocar el silencio, con caracteres escritos como un invento nuevo para la mecanografía. Una manera de imponer la riqueza y la necesidad de ese silencio.

Necesito pues, luego de los recuerdos, entrar en el presente muy vivo, el que me palpita todos los días entre los dedos, las ganas de la calma, la posibilidad de llorar de nuevo porque me cuesta llorar cada vez menos y el llanto deshace nudos nerviosos que tenemos dentro, los conflictos que traen a veces un simple momento porque sin ellos sería síntoma de que no teníamos ya ni identidad ni sentido, ni vida, ni ganas de tener vida, y yo la necesito para que el argumento de la calma del tiempo cero me deje escribir luego.

No tendría escritura posible, me quedaría quieto, dejaría de ser, se me acabaría mi capacidad de arriesgarme en cada escrito con lo que yo más quiero en ese momento. Cada instante en que empiezo un momento soñado sin sueño porque quiero llenarme como un vaso de vino con la satisfacción propia que ya no me lo quitará nadie. Que lo entienda cualquiera que me lea: tengo el egoísmo de la escritura lenta, de haberme quedado con los sueños porque los sueños están dónde y cómo los tuvimos, un traje que ya era viejo y lo gastamos aún a tiempo. Si he contado los sueños es lo más parecido a lo que haya ocurrido.

La calma definitiva es que me pille a mí dentro, dentro de mí mismo como una especie de desconocimiento que estoy averiguando para explicarlo luego. Quiero saber definitivamente donde queda el sitio más decente para hacerlo depués indecente; el hueco en que un grito sea una llamada donde sentirse dentro, sea estar bien en el acto; un estado previo a mi propio lenguaje pero sabiendo que ese vicio va a ser incurable.
Así debe de ser, así me la imagino: estar en un bar de ambiente y quedarse con la vida, el coloquio que antes o después siempre tienen las caricias, que ya no se escape nada cada día como un rito obligado para poder vivir otro día, retrasarse un poco en la salida y eso que la vida no tiene salida.

Tiempo que carece de número con el propósito de conseguir un poco más de tiempo para no perder intensidad y ganas de olvidarse de contarlo. Todo mío para que pueda parecer como en voz del poeta Colinas : “Hoy parece que el tiempo/aún se anula más/ y que es mi libertad recuperada.”

Ése es el argumento.

lunes, 19 de mayo de 2008

Hiciste feliz al "colmenero"


A “Limón Ceutí”

Me escribiste que entre los dos, Limón Ceutí, ha arrancado una “colaboración provechosa.” Haz memoria: la empezaste con un libro, asombrado de tu audacia, que “regalarle un libro a un librero es como venderle miel al colmenero”. Pues entre medio de los dos ha surgido el vértigo irremediable de la palabra, un vicio que tenemos ambos desde siempre, yo la dejo mezclada en la red con el alimento inmediato de la respuesta, y tú conservas tus más de ochocientos relatos en los escasos metros cuadrados de tu casa.

Si audacia fue regalarme aquel libro, esta vez, sin embargo me has traído al señorito Umbral, engreído y agresivo, escribiendo el mejor castellano de los últimos cincuenta años, donde ha juntado esta vez su editor, ya muerto Umbral, sus “Hojas de Madrid”, los papeles sueltos de la cultura y la miseria de ésa ciudad que él se sabía, hasta el fondo. Una joya: ocho libros, que ellos sueltos reposaban ya en las estanterías de mi casa, que se han ido haciendo viejos, buen amigo –y digo buen amigo porque es lo más hermoso que un hombre le puede decir a otro hombre. Su final los dos lo sabemos: lo leíste un día en mi página en la red acércate a los libros: esa piel de mi piel terminará en manos de un librero de viejo, son los únicos que compran los libros y con ellos la historia de quien los tuvo. Te dije que no me importaba, que quizá mis hijos podrían así entender porque sus padres se hicieron antes viejos leyéndolos.

Me regalaste la otra mañana “Hojas de Madrid”. Lo tengo puesto y las estoy releyendo donde más horas estoy delante porque el mismo Umbral ya lo dijo que “afortunadamente la literatura no tiene jubilación”. Yo tampoco tengo tiempo –me parece que ninguno de los dos, para jubilarme de nada, sólo retirarme o que me retire de la vida. Dejaré poca sombra, porque lo único que he hecho ha sido ir entendiéndome con los libros que voy leyendo. Ahora me queda como si fuera una prisa que devuelve la infancia, la magistral y perfecta definición de Azorín, asimilada por el propio Umbral: “la literatura está en el adjetivo.” Por eso me suelo bastar con el adjetivo, las metáforas que se le escapaban a Umbral sin quererlo.

Me dijiste alguna vez, amigo, leyendo algún escrito mío, que voy a decir las cosas y no las digo, es que duele decirlas, que sepan los demás que tienes el derecho de sentirlas. Hasta he tenido que escribir en estas páginas lo que el propio Umbral asegura: “el hijo se pierde siempre, en la vida o en la muerte”. Voy teniendo que decir, mezclados de silencio, los más mínimos secretos. Junto a la audacia, el descaro, que todo el que nos lee ha de permitirnos, el ápice del sufrimiento de haber sabido ya de la vida sus más íntimos secretos.

Te da las gracias “el colmenero” porque fuiste a buscarme un libro bien reciente y que yo mismo no encontraba. Hago con él, con todo el derecho, lo que hago tantas veces: dejarlo cerca abierto, boca abajo sus letras, boca arriba mi ansia de leerlas. Jun Cruz me dijo un día: “eres los libros que has leído”. Pero no sé lo que pasa, dejé mi vida en ellos y no me la han devuelto. Me quedo pues, con la sugestión que tienen los libros para esforzarme entre ellos.

Por eso, Limón Ceutí, que trajiste junto al libro de Umbral, mi deseo de tenerlo, tendré que hacer lo mismo contigo aquello que hago con él tantas veces, seguir cada vez que estamos juntos explicándonos ese cariño suave y milenario como el aviso del final de algo que tiene adherido su principio.

viernes, 16 de mayo de 2008

Cómo me gustaría aprender a escribir

El título no es mío, es de alguien que tengo muy cerca. La razón tampoco: “porque la vida es tan corta que no nos permite más que ser aprendices de cualquier cosa.” (Gregorio Marañón) Aprender a escribir como si hubiera descubierto la manera de empezar, con el Diccionario al lado, como un libro de horas. Aprender un estilo: que el tiempo sea definitivamente mío así. Escribir para tener un desahogo, decir lo que no puedo decir a nadie. Luego tendré la indecencia de que lo lea el que quiera por una palabra que le llama, un gesto que sabe mío, una insistente manera que tengo de ponerme frente al papel, el papel de cristal de 17 pulgadas. Así no me angustio del todo o me como mi propia angustia, no lo sé.

En todo este tiempo no encontré otro camino: fui a ver si aprendía a escribir leyendo, por eso permito que alaben mis lecturas cuando no es nada más que pasar mis ojos por los libros. De ellos he ido sacándolo no casi todo, todo. Escribimos cada uno con las palabras que escribieron los demás, lápiz junto a cada página a ver si acaba siendo verdad lo que le ocurre a Ángel González García en sus ensayos sobre arte, “`pintar sin tener ni idea”.

Escribir sin saber hacerlo, con una inspiración como decía Umbral que dura medio folio y tres o cuatro metáforas; caminando por el mundo para explicar, más o menos, lo que le pasa a los demás que hemos leído, como un vacío del último lenguaje que nos deja la vida. Cómo me gustaría ya que soy un enamorado de la palabra, saber utilizarlas, unen y separan, pero es lo único que nos queda entre los hombres. No saber escribir es la pérdida de la felicidad, la única que hubiéramos podido llegar a sentir. Mezclados de palabras somos más, nos unimos como en un bar de ambiente que tiene la vida, la dulzura de la palabra ajena cuando ya se rompió la nuestra.

Pero no puedo aunque lo intento, tengo el lápiz a mano siempre, subrayando lo que dijeron los demás con la desvergüenza de saberlo ajeno y dejarlo escrito como propio: un coloquio de caricias, un intento de buscar la belleza ajena –dime lo que dices y pongo que lo digo. Repetirlo sin que lo note nadie es mi cresta de placer ya que no me quedan los corrientes, por eso admiro tanto estos días los regalos de “Limón Ceutí”, su memoria paciente y reciente, para ver si acordarse es lo ideal aunque a partir de cierta edad ya nada es ideal, ya se rompe cada día el proyecto de mendigarle a la vida, la vida.

Cómo me gustaría aprender a escribir pero no puedo hacerlo. Tengo demasiado cerca ya la torpeza de los viejos, las camisas de otros años, los mismos recuerdos y no saber contarlos. Necesitaría, sin acordarme ya de la edad que tengo a ver si es posible, en una especie de pathos arrebatador de tranquilidad y entusiasmo llegar o a la realidad del día y saber contarla, o a la memoria aunque tenga la barandilla demasiado alta.

Habría quizá que volver a escribir sobre el papel empeñado en ser papel, pautado para que no se me vayan demasiado las líneas, un rato luego de leer para saber explicarme a mí mismo la melodía interna que tiene cualquier vida. La mía la estoy terminando pasando por mis ojos los libros como bien me dijeron con cariño hace días y por eso me gustaría luego aprender a escribir para contarla aunque ya solo pudiera hacer llegar en verso del poeta Vicente Gallego, “el carbón de mi edad, la oscura alpaca/que ayer fuera orgullosa platería.”

Amoríos


Por Tristao


Para Fran

“El rayo y el amor
La ropa sana y quemado el corazón.”

Le conocí una tarde desapacible por demás. Me lo crucé apenas puse el pie en aquel boliche que ocupaba JARIT en la calle Buenos Aires, joven, muy joven, la ropa pegada, el pelo negro zaino ensortijado magrebí. Sobre la T-shirt, áspera y sudada que traslucía el pezón, una bandera verde y roja, con la media luna y la estrella que simboliza la libertad, bajo las siglas R.A.D.S. (1) Pasamos al bar; en una mesita verde adosada a la pared nos sentamos cuatro. Pagaba él.

Había entrado a apuntarme para hacer con ellos un Campo de Trabajo entre los refugiados de Tinduf. Y, un mes después, me lo tropecé otra vez allí, en ropa de faena, que es como decir sin ropa, sin vello, los ojos negros como las noches sin luna de Essaouira, que pasan por ser las más negras de toda el África negra.

De rodillas, como quien te está pidiendo favor, me dijo que era para él cuestión de vida o muerte adquirir la nacionalidad española, no dejar pasar la ocasión de un contrato prometedor, que te sale al paso no más que una vez en la vida; me pidió que me casara con él ese mismo mes.

Si se lo digo a mi madre me mata. Pero en la noche en claro y sofocante de Tinduf, ardí por los cuatro costados, cuerpo de muchacha núbil que lo recorre un ciempiés. Sabía un punto más que el diablo. De naturaleza eréctil y picado del alacrán, iba al rebusco en monte áspero, como hace el jabalí, fiero cuando le irritan, apacible y tierno si está saciao, escupiendo lava por allá por donde pasa. Todavía dura la calentura. Hizo bueno el proverbio de que cuando una hembra hace el amor con un árabe, ya no lo vuelve a hacer con un blanquiñoso, cuerpo de hombre y alma de mujer.

El día de clausura del campamento, resfriaba ya el tiempo. Nos despedimos con el parabrisas húmedo, el rocío que arroja de sí el áncora al zarpar. Declinaba el sol a la vez que me amortecía, cortó el aire el muecín llamando a la oración. Y no lo he vuelto a ver más. Era mucho pedir, mucho cielo. No hay noche que no ponga bajo la almohada un ramito de laurel, pensando en él.
(1) República Árabe Saharahui Democrática

martes, 13 de mayo de 2008

Lo que amo, lo que extraño


Leo de mañana para que me quede más tiempo para leer. Escucho los Adagios de Bach, sus conciertos de Brandemburgo, o confundido en el aire la voz de Pavarotti como un placer proporcional a la intensidad del deseo que crece con el tiempo de la privación. O una romanza de Sara Brigthman. Qué más dará para culminar una pasión triste, escapada o por nacer, qué más dará si no lo sé ni yo. Esa mañana empieza, como cada mañana –lo que ocurre es que lo cuento menos, como una cosecha de vértigos, un hedonismo de la calidad que siempre busco.

Alguna vez repetí las palabras de San Agustín que me recordó Marina “cada uno es lo que ama”. Amo mi deseo, mi amanecer donde empiezo con el sueño incompleto, con horas por dormirlas, pero es que me espera alguien: hoy lo fue una novela en Cagliari, un diamante tallado que me viene a la palabra que todavía tengo suelta y no sé si pronunciarla: “Si no he de conocerte nunca, haz al menos que te extrañe.”

Tengo el empeño inagotable de desear los deseos, como un ejemplo de humanidad que me trazo cada vez. No quiero un punto final por muy cerca que tenga para raya de término. Quiero obrar, apalabrar con los demás cómo va a ser esto, si todo es cosa del sueño o es mi propio deseo. O mi temperamento, término de arranque y de freno, como se formaron las páginas de este privilegio, igual que cada mañana leyendo, cada vez escribiendo.

Buscando el placer que quiero, amando lo que tuvo ese signo y esa relevancia, necesito siempre lo que me permita plantar la tienda de mis deseos, despacharlos de mañana, satisfacerlos con la palabra luego, enhebrarlos en el sueño del comienzo cuando todavía no tengo del todo sueño. Quiero además la pasión que incita al recelo, al conflicto cuando falta precisamente la pasión.

Por eso cuando se me termina el día y me llega de verdad el sueño, me viene a la memoria aquello de Ortega: la felicidad es como dormirse. Y añadiría porque te despiertas luego, comienzas otra mañana para tener tiempo y enseguida no saber qué hacer con él luego. Una vez bien despierto el reto casi olímpico ya de tener deseo, de ser lo que amo, de al menos que en mi vida siempre tenga algo de extraño, alguien a quién extrañar, como un enamorado del ocio y la palabra.

Valiente y verdadero cada mañana pronto, me ahogo entre los libros, me atormenta saberlos y no haberlos leído todavía. Acoplado a la música no menos poderosa que sé que tengo, que escucho, que recuerdo. Soy yo mismo entonces, sin contárselo a nadie, derecho a mi acabar y consumir, todo entero, apenas viejo, sin aspirar a premio, dejo esto aquí suelto, para que llegue luego y sigan en su sitio la música y los libros, las imágenes que cada día estampan las pulgadas del escenario en donde escribo.

Se me queda todo quieto, buscando un equilibrio que no tengo, el guión de una seducción que podría ser un arte si supiera hacerlo. De momento, al menos lo que amo, lo que extraño.

miércoles, 7 de mayo de 2008

Nuestra propia derrota


Quien lo niegue engaña y se engaña, hay una derrota propia, inconsolable y única que todos llevamos muy adentro, lejos de cualquier mirada ajena. Son parecidas las veces que la vida nos derrota y aquellas en que nosotros cultivamos de alguna manera una forma intransferible fabricada por nosotros sin motivo aparente.

Es una derrota secreta, lejos de la mirada ajena, sin escarbar demasiado. Lloramos esas veces frente al espejo con una desesperación de quién sabe que jamás vendrá un consuelo, un sosiego, tenemos una sorda contención para saber lo que nos pasa luego, un escalón íntimo que la única manera de llegar a él es callando y hacia fuera mintiendo. Por eso me gustan los libros que tienen cuando se escribieron una intimidad dolorosa y descarada. Leo esas derrotas que allí se cuentan, me las creo, las pongo al lado exacto de las mías como la mejor manera de ser yo mismo, sin engaño posible como utilizando el derecho de terminar antes de ser derrotado.

Por eso me ahogo en la literatura porque si no me ahogarían mis actitudes, lo que se llama tener mala conciencia como si es que hubiera buena. Me gusta, pues, y me fascina la soledad que elimina los adversarios, me voy quedando quieto, voy repasando con la piel desteñida de mentiras, de deseos que nunca tuve cumplidos pero que los leo en los libros y son posibles muchas veces: esta habitación dónde escribo de la que ya he hablado otras ocasiones y que podría ser de cualquiera pero que ahora sólo puede ser mía; la belleza de una mujer sobre la que he leído hoy un tinte de comentario no sé si profano para los pintores, excitante para los mirones, una mujer guapa, “muy de cuadro de ingres, muy clásica”; la garra que le pongo en este mundo, las veces que me marea el mundo, ese destino –derrota al fin, geométrico y exacto que tenemos los hombres.

Más todo es cada vez más propio, intransferible en su tono de vergüenza, con su nostalgia, su insistencia de pensar que podríamos haberlo hecho mejor. Nuestra propia derrota no la sabrá nunca nadie, hasta casi la disfrazamos con el traje del último tramo desquiciado. Ahí llevamos escondido desnudeces y prohibiciones, palabras entrecomilladas de fracaso con toda su etimología francesa: “casser”, que significa romper y los restos de platos rotos que siempre deja.

Mi fracaso, mi derrota es mi pasado y mi futuro, todo junto, no habrá manera de separarlo, necesitaría mucho “rigor” para hacerlo y le pongo entre comillas al rigor adrede por su propia dificultad. No me queda casi ya ni fugacidad ni tránsito, mirar para dentro, donde no alcanza la mirada ajena y mi sueño sería que no pudiera llegar jamás. No sé ni lo que fue ni lo que pudo ser, sólo estoy seguro que me tiembla todo a veces, que no tengo más remedio que cerrar un libro que se ha quedado abierto o mal cerrado y aliviarme, mejorarme de no tener que contar más estropicios abriendo otro a continuación.

Nadie va a saberlo lo que queda detrás, lo que queda dentro, mi propiedad y mi sentido.

VIERNES SANTO


Por Limón Ceutí


Ayer fue Viernes Santo. Pero se me pasó la hora en que se dice y se conmemora la muerte del Señor.-”el señor” ese de la mamá que decía mi hermano pequeño.

Y en la quietud de la aldea y a la hora de siesta mora, me vino a la memoria el rito que nos gastábamos en la casa-prisión de la Plaza de América cuando aún me crecían los dientes.

Comíamos sin cruzar palabra alguna unos con otros que no fuera de reproche, como cualquier familia cristiana. Y, al dar el reloj la tres del Viernes Santo, la mamá se levantaba, entre imperativa y lastimera y nos hacía gesto, un ademán de seguirla al dormitorio.

Allí nos arrodillábamos los tres vástagos, al pie de su cama, dando cara a un crucifijo de plata sobre damasco morao. Y mi madre nos decía que debíamos pedir tres cosas, con la garantía absoluta de obtener una.

De muy pequeños, hacía de apuntador, poco menos que nos dictaba las súplicas –en las que venía siempre involucrada en su provecho. Más adelante, ya no. Quedaba a nuestro libre albedrío. Yo pedía tres veces lo mismo, por ver de amarrar la gracia. Y con los años, me he dado cuenta de que era una especie de chantaje, juego sucio al fin y al cabo.

Ni falta hace decir que el papé quedaba siempre excluido de toda esta fanfarria de exorcismos y conjuros, más propios de aquelarre de brujas que de gente en sus cabales.


Ahora, hace mucho que no pido nada. Se me da de balde. A más de que pedir es inmoral y contraproducente, blasfemar del Universo. El bien está en desear, echar de menos; si lo logras lo malogras. ¡Ay de aquellos cuyos deseos se cumplen!

viernes, 2 de mayo de 2008

Nos quitamos el miedo mutuamente


Pensándolo ahora me parece un poco como el comienzo de una historia de película antigua que luego no seguimos. No era un sitio habitual para mí, pero aquella terraza entre sol y sombra, alejada de ruido, me hizo buscar un sitio –los había suficientes, para cumplir lo que va constituyendo un rito si el tiempo me lo permite: luego de comprar la prensa me siento a tomar una cerveza. No elegí intencionadamente la mesa, pero inmediatamente me di cuenta que en la de al lado, tomándose lo que luego confirmé que era un Martini al pedirse un segundo, una bella mujer de unos 50 años cumplía idéntica misión de ocio: leerse su periódico.

No podía coincidir mi mirada del todo con sus ojos, lo que sí que coincidía era la intención, las ganas de mirarla, de pensar que –como yo, le buscaba un hueco a la soledad para hacerla propia. El motivo carecía de importancia, pero tanto ella como yo, estábamos solos y debíamos querer estar solos en ese momento al menos. La información era adicional, la bebida menos, pero la descarga propia de sentirse eso, propios, tenía todo su fundamento.

Es curioso que a medida que disponemos del día, de la vida, para hacer lo que queremos del día aunque no tanto de la vida, los pequeños detalles, los que hemos inventado son como placeres dispersos que así los recogemos. No podría describir ahora cómo era esa mujer, dónde radicaba su belleza, algún rasgo de su atuendo, pero si se me quedó de inmediato grabada en la mirada, la hermosura de sus manos, el periódico extendido, sus anillos, su porte, su estilo. Sí se me quedó de su rostro la conjunción de las líneas de sus ojos hacia su boca, y sobre todo, insisto, sus manos, la autoridad que debieron tener siempre cualquier tipo de caricia, una travesura mezclada con el deseo ajeno.

Y leyendo el periódico, pero sin leerlo, se me fue quitando el miedo que le tengo cada día al día, que me falle lo esencial, que confirme que no me gusta lo que tengo, que note más qué me falta, lo que ya no voy teniendo al hacerme viejo. Es preciso que te retiren el cabello, que te llamen con un nombre que no sea tu nombre pero con una ternura incalculable, notar unos pechos sobre tu pecho, volver a aprenderte cómo huele la mujer a mujer.

Todo eso pensaba viendo naturalmente a una mujer que quizá no la había visto nunca por mi barrio, que ni se había dado cuenta que le estaba mirando insistentemente sus manos. Tenía manos de pianista pulcra, de mujer enseñada a ser mujer y no pedir ya nada porque ya lo tiene. Tenía manos con una madurez obstinada y resistente, manos para quitarse el miedo, de pensar que ambos teníamos bien ocupado el periodo y el método de la madurez, Fue algo parecido a una emoción, a una sospecha de que esas manos, hagan lo que hagan llevaran como la casualidad de un cariño suave y milenario.

Ella se levantó para ir a pagar, yo ni me atreví a pedir mi habitual segunda cerveza, al pasar junto a mí, le dije claramente: ¿me dejas que te diga una cosa? Obviamente sin respuesta pero sin que diera un solo paso, escuchó de mis labios: tienes unas manos preciosas. Gracias, contestó, no como un gesto educado o cortés, sino con la seguridad de que había adivinado que sus manos poseían un cariño coloquial, integrador, milenario y reconfortante.

Gracias, aseguró y siguió su camino, como yo haría luego con el mío habiéndonos quitado el miedo mutuamente a todo lo viniera después.

viernes, 25 de abril de 2008

"Nadie nos enseña a ser viejos"


La frase es de David Trueba, de su libro “Saber perder”. Es una especie de desarme, parece lejano pero tiene una llegada exigente, una especie de rendición húmeda como el sexo abandonado de una mujer. Y un peso propio, un recorrido con señales que cada uno sabe entenderlas como puede.

Pero no hay una disciplina, una fase de estudio de tu vida que sea eso, tu manera de hacerte viejo luego, hasta incluso en el mejor de los casos, tu resistencia. No me lo había querido plantear aunque la vida ya hace tiempo puso límites a donde estaba acostumbrado a llegar. Me voy dando cuenta por mucho que me lo nieguen el cariño ajeno y el empeño propio. Son hojas arrugadas ya mi vida y lo que es peor muchas veces inevitablemente tristes.

A veces hasta la simple y rutinaria entrevista con un médico, te enseña un dietario acusador, al que sólo supe responderle inevitable, no elegido por mí, pero fue motivo suficiente para que mis lágrimas de sentirme pobre hombre se deslizaran por un bello jersey de color amarillo. No me sirvieron para nada, rutinarias palabras de ánimo porque no había nada que animar, quizá sólo el silencio me hubiera devuelto gestos del coraje que tengo cuando hace tanta falta a diario.

Vale, ya no importa ni la anécdota, ni la contrariedad de sentirte contrariado. Tengo un camino habitual después: las palabras que voy dejando sueltas para cuatro amigos, para unas amigas; la enseñanza de Trueba con su libro en las manos de “saber perder”; el consuelo de algún capricho satisfecho por aquello que pasear luego solo por la calle, pesan los pasos, los recuerdos con alguien, los mejores y los peores comportamientos; la belleza del instante de cualquier conversación para contar lo propio y no escuchar lo ajeno.

Me falta la enseñanza –dije al principio, de cómo hacerme viejo sin que note demasiado, admitir las cosas que se extinguen (alguien duda caso que se extingue el amor que ayudó a que llegaras a ser viejo, porque siempre debes tener un ser al lado que te acompañe). Sin terminar explicaciones que no tienen la base de ser explicaciones, son simplemente quejas que no consideran los demás. Te vas quedando –y a eso le das valor, firmeza, con las costumbres que tienes, que en este caso sí, acaban teniendo la fortaleza de tu propia costumbre, tu manera de ser hombre.

Hace días escribía sobre mi rincón propio, el orden de mis cosas desordenadas, su indudable belleza, la manera de impedirme hasta un mal sueño. Pues ahí, depositaré cada paso que me hace viejo, quiero estar hasta el final, no ser capaz de escribir y que se me caiga el libro que estoy leyendo demasiadas veces. Quiero que no se me haga nunca de noche, ni que aparezca ese cansancio cariñoso hacia los demás sitios propios. Aquí, como lo estoy haciendo ahora aprenderé a hacerme viejo, recordaré lo sagrado que fue cuando era joven tener la solidez para amar un cuerpo amado. La vejez es una derrota muy difícil de entender, parece que se nos escapa el mundo de las bellezas que tuvimos, su abismo, y somos nosotros los que terminamos en el abismo propio.

Me he hecho viejo, casi de repente, pero utilizando cita ajena, Maurice Chevalier decía que la vejez es horrible, pero la única alternativa conocida es peor. Debe haber algo mejor: la calidez de una saliva en tu saliva, a pesar de los años que uno tiene cuando siempre supo encontrar esa saliva; la mirada que antecede a amar como siempre gocé en esa perseverancia; los besos demasiado apasionadas que tienen la severa advertencia de que dejen de ser besos, sean ya una forma de entrega.

En suma: nadie me ha enseñado a envejecer y en la próxima entrevista médica para saber cómo se comporta mi cuerpo con la edad, llevaré en lugar de mi dietario analgésico un historial de los pliegues con los que siempre supe besar y domesticar con los labios. Mejor manera de vivir hasta haciéndome viejo.

martes, 22 de abril de 2008

DESCENSO A LOS INFIERNOS




Por Limón Ceutí



De niño y cuando estaba malo, me llevaba mi madre a la cama para que me distrajera “La Divina Comedia” del Dante, ilustrada por Gustavo Doré, un viejo tomo de la biblioteca del abuelo, incómodo de manejar apergaminado y con olor a cripta de cementerio.


Acompañado de Virgilio descendía el Dante a los infiernos. Y traspuesto el cancerbero, el perro de tres cabezas que guarda su entrada, la visión de los cuerpos desnudos de los condenados en tropel, atrapados por los demonios, negros y sin siquiera hoja de parra, hacía que esa noche me durmiera con el oscuro e inconfesable deseo de condenarme para siempre.


Porque, al ascender el poeta a la gloria, junto a su amada Beatriz, te veías a los bienaventurados, perfectamente alineados y con carita de circunstancias, vestidos hasta los pies con túnicas blancas y tocando el harpa para un señor con barba.


No, me dije, esto no tiene espera; sin pensármelo dos veces, decidí poner de mi parte, en adelante, lo que hiciera falta, sin escatimar esfuerzo ni dar tregua ni cuartel, con tal de ir al infierno. Y, cuanto antes, mejor.

miércoles, 16 de abril de 2008

Amo de la Historia mi propia historia

Siempre he sido un mal estudiante de historia porque la historia de los demás me llama poco, prefiero la reserva neta de mi vida, propia, tranquila, una forma gratuita de entender a las personas y a las cosas para que me entiendan a mí. Vamos a seguir, pues, hasta el final, hasta que llegue el final.
Me gusta en este momento el sitio, el lugar que me he agenciado: paredes de libros con los libros, mi maldito ordenador pero donde voy dejando muchas cosas que no serán luego ya para nadie; mi mesa desordenada yo que soy tan amante del orden, de tirar lo que sobra y lo que no sobra como un impulso de energía; libros amontonados que no han tenido todavía el prestigio de tener su sitio, el tabaco, el cenicero, las revistas y suplementos que hablan de esos libros, las llaves de memoria del propio ordenador que un día perderán toda la memoria.

Y mi vieja butaca de cuero llena de los sentimientos de dos siglos, XX y XXI, de horas de lectura, de intimidades absolutas de soledad y sosiego, no como una condición sino como un hecho. Todo como gestos hacia fuera que he dado gratuitamente sin darme cuenta. Una butaca que ha vencido hasta el insomnio, cuando surgen esos instantes en que solo serías capaz de dormir si alguien te cogiera la mano, te preguntara por tu historia. Esa que me hace viejo, porque cada vez decido menos.

Tendré que llamarle hogar a este cuarto que es ya mi costumbre, mi seguridad, mi permanencia. En él está dentro mi lírica, mi lucidez, todas las cosas que yo quiero, la manía de escribir a ratos, tener que contestarle a alguien, cómo estás, qué te pasa, qué forma tiene ya tu vida. Aquí tengo también, el penúltimo intento de no hacerme viejo.

Cuando llego y todo está como lo dejé ayer pienso que mi vida, que mi historia todavía puede valerle a alguien, aunque haya ratos, no sé si en la butaca o frente al ordenador en que sería capaz de explicar en qué consiste eso de la desesperación.

Lo tengo claro, soy un solitario en este cuarto para solitarios que me he ido haciendo yo mismo. Aquí hay un sacerdocio de leer y escribirlo luego, una manera de perder la memoria, como decía el otro día y quedarme con los buenos recuerdos: una mano –fíjate qué poca cosa, a veces una mano insistente. Aquí está mi pasado, todo mi pasado, la historia de mi historia, la que jamás se escribe en los libros de historia, ni en las páginas de memorias, ni tan siquiera cuando miras a los ojos insistente.

Aquí se juntan todos los silencios de la casa, naturales, sucesivos, llenos de confianza y de reposo. Aquí puede venirme hasta la muerte, sobre todo de noche, antes de acostarme porque al día le puedo, soy muy poderoso frente al que empieza, aunque me lo ponga difícil. Es tal la intensidad, la comodidad que tengo, el derecho a la propiedad aunque sepa que las cosas intensas son las que se acaban antes.

Me gusta, amo mi historia, en una sola habitación, con las mismas manías cada día, con vicios –por ejemplo dejar el libro que estoy leyendo, la música que he puesto, lo que estoy escribiendo y sentirme contento, aquí estoy, a solas con mi edad, con mi propia historia.

jueves, 10 de abril de 2008

Si pierdo la memoria


“Si pierdo la memoria, qué pureza”, dice un verso del poeta catalán Gimferer. La cita me la arrastra Umbral en su “Carta a mi mujer”. Podría ser como irse a una explanada, arrojarlo casi todo, bien esparcido en una especie de lujo testimoniando las derrotas con cicatrices casi en las niñas de los ojos. ¿Qué te pasa podría preguntarme cualquier viandante que llevas puestas hasta imágenes inciertas en la mirada?. Y no se trataba de una destrucción porque soy capaz de vivir hasta destruido, era simplemente, como consecuencia de la pérdida de memoria adrede, de buscar de nuevo formas de vivir al descubierto.

Quiero quedarme solo con el desconcierto alegre de vivir éste y cada momento, de los que estaban en el cofre lento del olvido. Voy a buscar de nuevo la seguridad que tengo tan deteriorada, precisamente por no haber sabido ir perdiendo la memoria. He acumulado recuerdos hermosos pero a la vez avisos que no eran del todo de mi propiedad, y lo que no es mío o no va a ser absolutamente mío no lo quiero. Prefiero de la vida la seguridad de todo, ya luego lo iré explicando con el poder exquisito de la palabra hasta olvidarme del mundo entero porque cada mañana me fluyen libremente todas las palabras. Es una estética zoom de lo que llevo dentro.

Una vez perdida pues toda la memoria, haré mis construcciones desde dentro. Las de fuera me van creciendo ya en dirección contraria, me avisan, eres viejo. Pero seré un poco menos si soy capaz de crearme un mundo de riqueza y de tiniebla como tienen las mujeres y lo noto en la tierra, a ellas no supe ni quise entenderlas, no era mi tema a base de ser siempre mi necesidad, mi lenguaje, mi instinto al menos de indagarlas por entero.

Vaya empeño con la nobleza que me va suponer hacerlo sólo, gastar la últimas horas de los posteriores cuartetos que siempre tienen los versos; vivir la soledad sin parte de atrás; aspirar a una simple felicidad: no darle importancia a nada; que no me moleste ni el sudor ni el sueño; la búsqueda de un sosiego aunque haya que trabajarlo. Y de vez en cuando esa maquinaria de los sueños que se lleva todo por delante.

Sin memoria, si pierdo la memoria podré leer como una cita que no me acuerdo, a la Mazzantini cuando dice “quien sufre recuerda”, y quien recuerda, sufre, señora. Sin embargo, hay una sugestión arraigada en cada cosa propia que obliga buscarla; una descendencia en los genes que te exigen a ti mismo mantener el tipo. Sembré presentes –muy brillantes por cierto, perdí sólo lo que no pude evitar que me quitaran. Pero abro la mañana con la mínima dignidad, de que esos genes ya no son memoria mía, se construirán la propia vida cada día y me vienen repitiendo, haz tú también lo propio, tú mejor que nadie.

Pues anda ya que voy a ser mejor que nadie no sé si en motivo de estima o de simple recorrido por la vida. Pero puse demasiadas veces esfuerzo, no tenía más talento que la espera. He vivido demasiadas veces la tristeza sin edad y quiero ropa nueva, desde el verso de Pere Gimferrer y sobre todo una vez allí, el prestigio de un sitio, de un hueco bien tapado, la autonomía del verdín de mi vida, esa tierra cubierta de plantas para disfrutar con ellas al cultivarlas. “Qué pureza” se ha quedado del verso.

martes, 8 de abril de 2008

Cada uno envejece como quiere


A lo mejor un 31 de mayo de 2006 decidí empezar a envejecer con las letras en la piel cada vez, cada momento que soñaba aprender a escribir, inventándome la vida. Todo eso comenzó como ya lo hice desde niño, leyendo, leyéndole a la vida sus misterios que acababan siendo los míos. Me fascinó ir contando luego el asombro de cada palabra dicha en voz alta, porque siempre lo hago: escribo contándomelo.

Viene a ser como la lectura que recobra así su mayor misterio: recitada. Y eso vengo haciendolo desde ese 31 de mayo ya tan pasado, con cicatrices de cuerpo que necesitan luego quitarle los puntos, con esperas en mis entregas que no tuvieron su debido eco, todo lo más como en voz del novelista y cocinero Caparrós “la hospitalidad del bolero mal cantado”.

Pero tuve valor todo este tiempo: empecé por lo básico, que me gustaba el amor apasionado y ciego, a ser posible equivocado en esa penumbra nada estable pero que se alimenta a base de impulsos y oleadas. Quien los siente y los mantiene se emborracha con la grandeza regalada, más ha de entender que es todo prestado, nunca falso, pero prestado.

De eso es una cosa de lo que he estado desnudándome a ciegas, con nombre pero sin futuro, advertencia en la mano. Parecía que las cosas iban a ser muy sencillas, como a primera vista, pero luego en todos los casos han dejado una historia detrás que me ha hecho más viejo.

Y una página siguiente. Otra vez a contarlo, la soledad me hacía más valiente, decidido esa vez a salir intacto, pero no era así por aquello de los restos que quedan detrás. Con mi puñado de palabras podía pasar una de las dos cosas que gustaran hasta hacer daño. Pero era tan solo ese grupo de sensaciones que se habían producido lo que hacía biografía para mí y para quién las recibía.
Luego venían momentos siempre aparte: el sitio donde dejaba toda la literatura. Era y honda y buena y ahí no llegaba nadie, como una altura física que no tenía respuesta. Desde allí yo lo veía, sabía que había una forma de ir haciéndome viejo brillante, solemne. Me resultaba muy fácil y me sigue siéndolo: hay una literatura muy rica en la frase hecha, en lo que dice a veces la gente sin pensarlo, y ahí también llevaba ventaja. Era un rincón, un hueco demasiado brillante.

Siempre tuve, en cada encuentro, un extraño modo de andar, como si no encontrara la rima cuando siempre la había. Pero hasta eso me servía. Siempre tuve y todavía tengo desfiles de lujo: mi manera de estar, mi seguridad, improvisar lo que iba a gustar en cada especie de camino propio y ajeno. Cada vez que le escribía a alguien parecía una especie de pergamino antiguo, una manera de estar seguro de la tinta escrita cuando faltaba la mirada, el escalofrío de cualquier caricia. Así era mí andadura: me devoraban pero lo mío era acabar y consumir.

Mal sistema de envejecer despacio sobre todo en el capítulo humano: detrás de una hermosa foto hay un contenido igual de precioso, pero lo quería entregar cuando yo quisiera y hasta donde yo quisiera y cuando me he visto derrotado de reservas porque me las habían gastado y había que empezar otra vez en el desgaste de la espera para no tener ni el aspecto de un cariño con destino verdadero, he decidido definitivamente quedarme en el exilio, sin asomarme porque me queda un derecho propio que jamás debió deteriorármelo nadie sin pago justo, seguro, correspondido: lo que podía ser mi postura, mi aspiración, mi sueño todavía o simplemente el silencio.

No voy a gastar más palabras en ese ni en cualquier empeño, ni voy a llegar tarde, ni como siempre después, como un sol tardío que nunca acaba de ponerse con pinta de vejez mal explicada. Ya, ya sé que al final caemos todos, se trata de ir tirando o ir llegando, pero en este modo de envejecer de ahora, ni ofrecimientos ni explicaciones, tan solo seré militante de la voz y la palabra para culto propio, como señal de identidad sin fecha de caducidad.

viernes, 4 de abril de 2008

Aquí hubiera podido vivir cien años

Me trajiste la imborrable imagen de la casa de nuestra niñez, de esa manzana frente a los puentes que cruzaban el cauce del Turia que contigo compartí muchos años allí. En mi caso, toda mi niñez. Desde hace poco es la lujuria de las imágenes que me traes, sueltas e impacientes en tus desmejoradas bolsas de papel y sus textos donde no cabe más prieto el castellano: cómo poder decir mejor que uno se siente mal “con el humor de los párpados cuajados”. ¡Ay los genes para escribir -frase ajena, el acomodo para vivir!

En esa casa hubiera compartido la elegancia, el origen notarial, con las camas separadas como un matrimonio hace luego, debe hacer luego; si dormir con el doctor o antes en la niñez con una madre investigadora permanente de los engaños, si esas separaciones no me hubieran hecho tanto daño, allí estaría merendando en el “Principal” que tenían todas las mansiones de raigambre, mientras al fondo quedaban las habitaciones del servicio.

Cien años como un poema apropiado, con la clínica del doctor de quién más tarde, descubrió nuestra madre el rótulo de una calle con su nombre en su ciudad natal, osado en sus vivencias pero dueño en el trato con la gente –gracias, por dármelo. Y con ello los inevitables pliegues de estar tan bien con las mujeres.

Aquella casa supo darme -desde niño los tragos largos de las madrugadas sin sueño, aprendidos en su espera mientras el médico deshacía los papeles de los caramelos que chupaba para evitar, no poder evitar el mal sueño: o caminaba por la casa mientras yo me hacía el dormido. Creo que en aquellos disimulados insomnios me inventé la realidad de lo poético, la intimidad de todas las letras que escribiría luego, aprendí a diferenciar en los versos las sílabas de las palabras en una especie de religión de claves secretas.

Allí no me hubiera venido la vida toda junta jamás, la habría saboreado hasta siempre, hasta que no me quedara y fuera yo el notario que diera fe de su duración, de su permanencia, porque no nos olvidemos vivimos lo que queremos y pudo ser allí establecerla sin un destino preciso, sin ansias de compromisos, sin litigios. Esa vida difícil en la que todo se puede, necesita marco y magisterio, Navarro Reverter/Plaza de América/Sorní lo tuvo siempre y en aquella esquina de Sorní luego, el mapa de los libros que trazó hasta mi rostro juntó lo anterior, lo futuro, lo distante de una vida que debió durar cien años.

Si tú escribes, hermano, que “no me suelo morir en verano” y describes tu estancia en Baden Powell House, acompasas tu respiración como allí al leérmelo, al lamento de aquel bengalí muerto, a mi me devolviste en esa imagen, ciento y pico años después, la ambición, la grandeza de haberlos cumplido casi allí al menos con una hospitalidad inolvidable, la que hubiera sido capaz de inventarme yo.

martes, 1 de abril de 2008

Quiero estar de nuevo al completo


Me lo dijeron el otro día de despedida: ¡cuídate! Y no sé cómo hacerlo, pero debo hacerlo para estar de nuevo al completo como si fuera una primicia de la vida que la andaba perdiendo. De nuevo al completo para todo porque valga como ejemplo no sé bien lo que es el amor pero sí el esfuerzo para poder sentirlo.


Me voy a cuidar para estar de nuevo al completo. Si es preciso “la cubriré de espuma pero dejaré su aroma en su silueta”, intentaré hasta dentro de los sueños ver qué hago con las palabras, sé más de ellas que lo que sé de la vida, recordaré como he contado sus gestos, su manera de arreglarse el pelo hasta más allá de donde le llegaba el pelo.


De nuevo al completo para no dejar de desear a una mujer veinte años más joven y que no exista ningún placer muerto. Seguir así sintiéndome como bajo su hechizo, lo que es capaz de evitar cualquier derrota, convertir el recuerdo de los momentos en lujo y júbilo aunque aún me queden cicatrices en las niñas de los ojos.


¿Qué hace de mi mundo un mundo completo? La certeza de la honestidad conmigo mismo, saber que al lado de una mujer siempre encuentro el lenguaje de las cosas justas; que no me hago viejo porque no quiero hacerme viejo, porque el derecho de cuidarme no me lo puede negar nadie.
Ciento por ciento, medida justa y siempre satisfactoria, un deleite para decirle a quien tengas a tu lado: ¿sabes cuánto te dejaré? Esto que ves, esto que tienes, las declaraciones de los sueños, dar amor porque si no es eso pues va y es como si no dieras nada. Cómo no, una cultura excesiva con su tono su timbre, su verbo, su inverosímil, a veces, ganas de vivir. Ciento por ciento, al fondo no es más que un justo sentimiento de culpa y cuatro cosas más que te lo perdonan todo.


Pues aunque no la tenga, aunque sea una línea de color en el mar voy a ir a por todo, a sentirlo todo, a escribirlo todo, me iré abriendo como una cremallera fácil de bajar –qué bien me vienen las metáforas siempre, os iré contando cómo me voy cuidando, voy a hacer jóvenes las cosas de mi mundo que se han cansado de ser viejas. Pondré orden en mi vida, dejaré de tomar esas pastillas contra el mareo que me producen mareo; ordenaré mis cosas –con esa manía del orden, para que sea verdad esa frase de Borges, “las cosas comunes que nos rodean durarán más que nosotros.”


Vamos a dejar aparte lo que dure cada uno. Lo que quiero es durar completo en esa coincidencia de la vida que no vuelve más. Al completo como si fuera volver al grado cero, al principio. Tengo para repartir mientras tanto como siempre lo he hecho una dosis milenaria de cariño, integrador, y confortante para mí mismo.

viernes, 28 de marzo de 2008

Fui incapaz de tocarte


Cada vez pienso con más seguridad que he llegado tarde, que me ocurrió lo mismo que a Luisa Castro –último premio Biblioteca Breve, cuando entró en aquella librería donde en un escaparate había un cartel que decía: “buscamos libros de autores noveles.” Ella pensó que el anuncio debiera haberse completado con “y aceptamos también ropa usada”. A ambas cosas pienso que fue tardía mi presencia: a escribir un libro nuevo de los que tengo en los cajones escondidos, medio empezados, medio terminados y a terminar de gastar mi ropa usada aunque la presunción me haga comprarme también nueva.

Tardía hasta en aquel encuentro de la otra noche. Quedamos en no vernos jamás, en dejar lo que hicimos para cuando no estemos, los espacios en blanco, el derroche de lenguaje que fue lo que nos perdió, lo que a mí precisamente me impidió darme cuenta que todo tiene un término, no el recuerdo de dos años de encuentros, no la prisa por quererse y pararse después, ni los espacios en blanco cada noche en que no conseguía llevarme tu imagen sugestiva y me iba solo con el castigo de las palabras bien dichas y olvidadas.

Fue curioso volverse a encontrar de nuevo cuando ninguno de los dos íbamos a pisar los mismos caminos: ni las orillas de mares, distintos, la amenaza de volver a leer yo a solas sin ese extraño sentimiento que siempre sentía de que tu figura estaba junto a mi cuando leía. Una promesa que yo entendí mal, que te costó tantas de veces explicarme, tengo que irme Fran, te has de quedar en tu lecho como puedas, con los sueños, con los repasos de los recuerdos, pero nada más, ni tan siquiera el aroma imposible de mi axila.

No me acuerdo por qué sitio estaba, te vi desde muy lejos y lo mismo que aquella mañana que te escuché me volvieron a temblar de nuevo las piernas, a estar seguro que podía empezar de nuevo a vivir la vida, de que iba a llegar a tiempo con un libro nuevo en esa librería donde admiten libros nuevos, casi que no los ha escrito nadie de tan nuevos que son y la ropa usada –según quiere también Luisa Castro, de la calidad infinita de los que aman, esos tienen la ropa mucho más usada, hasta su olor propio, inconfundible.

Lo que sí que teníamos era un mar cerca –cada uno el suyo para que fuera más hermoso, riberas de palabras, esa forma, esas posturas tuyas solo tuyas, yo no sé cómo te las inventabas, hasta cuando alguien te llamaba, te volvías, ya no mirabas la web cam y yo entonces aprovechaba para aprenderme la belleza de la posición de tu cuello. Todo eso junto al mar de cada uno, en el encuentro de la otra noche volvió a ser nuestro, no sé, muy poco rato, era tanto el asombro del encuentro que buscamos en los gestos esa posible felicidad, que dicen que existe entre los que vuelven a encontrarse.

Lo había soñado muchas veces, como un auto defensa, huyendo de las certezas, despacio, cada mañana al levantarme, el primer libro en la mano, mi primer café bien hecho y la droga que es preciso para andar luego un rato. Te había soñado muchas veces porque supe desde el principio que amar, que amarte era empezar a renunciarte.

Estuvimos ese rato mirándonos, y es curioso era tan solo en mi imaginación, como el mismo encuentro que te pedí alguna tarde de poder volver a verte, igual que te había estado viendo decenas de veces y cada vez era motivo de escribirte, porque lleva razón Nuria Amat en castellano y en latín: “lo que se escribe produce la sensación de que perdura. Verbo volant, scripta manent”.

Debió de ser por eso de tanto escribirte has perdurado, nos hemos encontrado, emociones intactas, silencios y respetos como jamás me ofreció mujer alguna, y un deseo que nos estuvo engañando todo el tiempo como una especie de felicidad que no tendríamos nunca.

No quedamos en nada, ni en volvernos a ver de nuevo, sino cogernos al sueño como la única manera válida de ir subsistiendo. Lo único que haré es seguir escribiendo como si fuera un autor novel. Con la escritura cicatrizo, es una especie de manera de remediar las heridas, de tapar los huecos hasta que vuelva a encontrarte otra noche de nuevo.

Haré lo mismo: venceré brillantemente mi deseo, dándome así como una capa de pintura de esas que no entiendo aunque sería capaz de “pintar sin tener ni idea” como dice el libro de un amigo.

Haré lo mismo, esperar por si caso, sin leer, sin hacer nada, igual que cuando te fuiste fui incapaz ni de tocarte.

martes, 18 de marzo de 2008

Con zapatos de tacón por casa

Y todavía quedan unos cuantos vestidos en tu armario que no te pondrás ya nunca. Desde entonces entré, desde que te fuiste, en la Verdadera Soledad, es una especie de paraíso, infalible e indeseable.

Hoy recuerdo ineludiblemente la ropa que te comprabas, las veces que la cambiabas, cuando preguntabas por tu futuro como si alguien fuéramos a saber algo del futuro, de lo que va a venir, de lo que tenemos pendiente.

Mi abrazo más largo hubiera sido insuficiente, dejamos uno pendiente –te acuerdas, para la vuelta, eso tienen a veces los viajes que en el retorno no nos encontramos todos. Por eso me hace falta la fuerza suficiente para quererte sin sentirte en el cuarto de al lado, todas las tardes hábiles que nos servían a los dos para esperarnos. Porque eso es lo que existe ahora, una espera en la que no tardaremos en vernos.

Con zapatos de tacón por casa, una belleza natural puesta, la manera de conversar que tenías o la ausencia total cuando la puerta de tu cuarto estaba totalmente cerrada. Siempre te la respetamos, era como la soledad propia que cada uno la manifiesta de una forma.

Tenías una manera desconcertante de vivir que no siempre podíamos entenderte, sin saber cómo vivías a pesar de las horas que estábamos juntos. Tu mundo de riqueza lesionada y propia, a veces con escasas palabras y por eso te extrañaba verme tanto a mí entre libros y escribiendo, ésa era mi elegida soledad como una desmemoria antigua y llena de silencio. La mezclaba con la tuya, mientras suplicabas vivir un poco más, morir más tarde.

Lo malo es que te fuiste sin avisar, dejaron de sonar por la casa tus zapatos de tacón de estar en casa, tu manera insistente de leerte los periódicos, la amenaza de tu propia habitación, imposible que la ocupara cualquiera, era únicamente tuya y tu manera de tener la puerta mal abierta, tu fugacidad en espera de tu tránsito.

Tenías siempre a la vista tu futuro breve, la heroicidad de tu flaqueza tantas veces inevitable. Ibas a ser, ibas a tener, un final despacio y solitario, cruelmente solitario. La vida te fue negando lo que era más difícil: los deseos que no podías tener, te fue negando ni tan siquiera preguntar por ellos, ni tuviste destino, ni tiempo, no fue ni lo anterior, ni lo distante, ni lo futuro, fue un asunto confundido, una espesura que te hizo daño siempre.

Hoy mejor que no hablemos de la vida, recordemos tu mejor imagen, se me ha quedado tu costumbre de vestirte para estar en tu cuarto, salir algún rato y volver a estar en casa. Era un lujo mirarte, una sensación de que una hija puede ser lo más importante, una hija que se empeñó en marcharse, ibas a cenar, te acuerdas, la bandeja a los pies de tu cama, no pudiste de repente respirar y no nos esperaste.

Lo hicimos lo mejor que pudimos, te quisimos, vivimos contigo, Ahora cuando alguna noche no puedo dormirme, te recuerdo caminando por ese tan largo pasillo lleno de libros. Yo lo hago descalzo, siempre, igual que tú en cambio lo hacías con zapatos de tacón.

Espéranos, no tardaremos.

jueves, 13 de marzo de 2008

La mujer, esa larga tarea


Ando estos días ocupado en un póstumo libro publicado, de Francisco Umbral, dedicado como una especie de carta a su mujer. Y a la vez, leyéndolo voy dándome cuenta de qué poco sé de la mujer. Me he esforzado con ella en esforzarme, me he ocupado de ella, con ella, casi he habitado como en una habitación que puede ocupar cualquiera con la amenaza de la soledad si me quedara sin ella.

He conocido mujeres de papel, que una tarde cualquiera fueron de inquietudes mutuas, rozamos como la estancia prohibida en la que siempre tuve la prohibición pendiente. Con Umbral coincido que no es una asignatura fácil –siempre me la dejaron suspendida para Septiembre, porque además de una larga tarea, es una espera, una resistencia para alcanzar como bien sabía de ellas la Yourcenar que su mayor encanto es la disponibilidad.

El mío con ellas, es la necesidad. Es la mano quieta, el cuarto cerca con su existencia en alguna importante ocupación, o su llamada –tantas veces la tuve, como llama una hija desesperada a un padre, a escasos metros, puerta a puerta. Me oía teclear, o el pasar de las hojas de cualquier libro ya leído y yo sin embargo, palpaba su silencio, sabía de su puerta abierta o de la tremenda negación cuando estaba cerrada.

Un hombre sin una mujer cerca es fracaso seguro, se te acaba la vida, la literatura, el sentimiento, todo. Ya me sé de sobra lo que se dicen los hombres, se lo dijeron todo Sócrates y Platón a un tiempo, necesito, en cambio, mi ley, mi permanencia, mi manera de emplear la borrachera de las palabras o la lasitud sexual de los gestos con ellas.

Mi garra y mi resistencia, esa larga tarea menos mal que su longitud me resuelve a diario los motivos donde no sirvo casi. Evoco en la mujer lo que me falta, lo que tienen gratis ellas, una ética que debe ser invención pero que yo no sé cómo buscarla. De verdad que la mujer es mi mejor anhelo, ver cómo me queda todavía el presente y dejar que llegue luego como la fiesta de la costumbre de estar mucho en casa sin tener que festejar nada.

Evoco en la mujer lo que a mí me falla, ellas tienen como dice Paniker “una praxis de creación permanente”, una serie de estímulos, una evidencia que me encanta, la eternidad con que me miden, la espera que siempre estoy dispuesto a disfrutar cada vez que lleguen, siempre que tenga que esperar.

Tengo a veces un extraño equilibrio entre mi lenguaje y mi cuerpo. Me cuesta mantenerlo porque el cuerpo me lo niega en ocasiones y yo no sé cómo exigírselo. Pero entonces me lleno de lenguaje, ni una sola mentira, una indecencia a mano –como decía el otro día, ya que estoy con Umbral, “el culo de una mujer, la curvatura de su alma”, y de inmediato si la mujer la tengo cerca, no olvidarlo, para que ella no lo olvide tampoco nunca, tengo un poderoso mandato en mi tarea con la mujer: una mirada de dimensiones enorme, más bonita que los propios ojos todavía para meterse allí y quedarse con aprendiz de esa escuela.

lunes, 10 de marzo de 2008

Necesito señales de nobleza e indecencias

A esta hora ya necesito señales de nobleza. Di ya todo lo visto, hasta el oficio de mirar por los demás. Me he quedado sin hora, nada más que para escuchar aquellas voces que pudieran enseñarme o a lo mejor transmitirme con colores una manera de soñar sin soñar y a esos colores les llamaré libertad. Ya es buen rato de quedarme con lo real en una eterna cortesía vieja pero sin dejar de contar mis maneras de acercarme.

Voy a ello: Si te trata de algo relacionado con eso del amor, saber que me mide y que nos mide, que erase una vez y cuando lo cumplimos supimos de su esfuerzo y su tensión. Dejémonos de niveles a los que llegamos pocas veces bien, en cambio cualquier momento será bueno para beber con lentitud, imaginarse la bodega inagotable de uno y allí pasar la tarde con quien no te pidió nada sino hacer cadena de personas anónimas que luego acaban siendo la abnegación de un abrazo pendiente.

Y en el paso diario de cualquier menester poner empeño en ello: darte cuenta de esa mujer que ha cambiado su peinado por otro peinado o al menos por una forma distinta de peinarse; admirar de aquella chica joven los pechos difíciles por su constante adolescencia permanente; hablar con sencillez, con la enorme sencillez que da la sabiduría aunque uno la tenga todavía pendiente: mirar serenamente, como sacándole la verdad a los ojos de enfrente en ese diálogo insistente en su belleza, constante.

Ya me queda menos de la mañana, ¡caramba que me acuerde de leer al llegar a casa señales de nobleza! de leerlo prácticamente dedicado, sin esperar que sea yo el donante, vendrá a ser al revés de cómo me ha venido ocurriendo siempre, qué fácil –ahora me he dado demasiado cuenta, recibir sin que medie tan solo una breve palabra de sentimiento, sino naturalidad, otorgamiento, preguntas para poder dar luego al menos la belleza de la intención, del gesto entre lo escrito o lo hablado.

Y una vez en casa, administraré estas señales de nobleza, comprobaré que son del todo ciertas, gratuitas, generosas como una satisfacción que viene luego devuelta de algún cuerpo en soledad. Esa especie de música antigua, las luces de los colores de cualquier pintura, la sugestión arraigada luego de las cosas que nacieron sin esfuerzo, las señales que nos unen siempre a algo o a alguien.

De nuevo con las cosas que me esperan en casa, la vida, esa etapa abierta que luego se cierra, un párrafo que escribo cada vez que tengo que escribirlo, eso que sucede mientras uno está ocupado en otras cosas que dijo Jhon Lennon que era la vida, pero ya más enriquecido porque me siento cómodo y tranquilo.

Haré, eso sí como necesario complemento, las indecencias que pueda, en el envés del cuerpo como una larga caricia o una especie de deseo para años. Y las haré con el ritual de los sueños pero el encanto de la realidad, con una especie de desprendimiento, una clase heredada de acercarme a la vida ajena, sin preguntar si se puede porque luego no me faltarán ni recursos, ni maneras, ni sobre todo estética.

La misma que utilizo, cada vez que escribo, que pregunto, que tengo que ver por donde aprendo cómo es un ritual para tapar los agujeros.

viernes, 7 de marzo de 2008

El que va a la bodega

Hace días leí en una entrevista a José Manuel Caballero Bonald, celebrada en un restaurante, que diariamente inserta el diario ”El País” en su última página, que a la hora de escoger el vino, el poeta preguntó “¿hasta dónde puedo llegar?” A la generosa invitación del periodista anfitrión, Caballero Bonald se acogía al enunciado de Machado, “gente de poco beber y mucho hablar, son de poco fiar.” Y se enlaza muy bien con un poderoso refrán que estos días alguien trajo a mi página de literatura, “que el que va a la bodega por vez se le cuenta, beba o no beba.”

Beba o no beba, en la bodega de la literatura estoy y cada vez necesito más el trago de la lujuria y la sencillez, que nadie que se junte a mis letras y camine sus felices días con ellas, luego me diga que yo sabía que aquel dispendio iba a tener final, trago va, trago viene, porque ahí pongo siempre el sentimiento y el bebercio y ya no lo puedo quitar.

Para mí nunca estará agotado, o caminamos juntos hacia la bodega, se nos cuente o no, la bebida que nos atrevimos beber. Si no, aunque fuerce la necesidad, la espera, la demanda del pregonero, que no me admitan de pasajero porque para el anfitrión tiene también regusto de goce y dispendio. Negarlo o ignorarlo no es justeza.

Quiero si intento llegar hasta las lindes húmedas de una mujer o que no me dejen nunca hallarlas o que el tiempo se me alargue en ellas, infinito, como tiene que ser. Mi trago es la palabra y mi caricia también, pues andemos ese sendero largamente, holgadamente, que nadie lo termine antes, ni sacuda como el polvo de un guardapolvo culpas ni menciones.

Manos y gemidos juntos, ¡cuánto se goza! y prolongado el gozar no le pongamos terminar. He sabido desde que me hice hombre como estaban las cosas al empezar a hablar, he tenido y sentido siempre las manos de una mujer la primera vez como si de una pianista pulcra fuera; he eliminado los empeños de mentirnos y aunque sintiéndome siempre casi muchacho en los andares del querer, era hombre maduro, con métodos educados de adulto, manos oscuras de manchas con vejez de esas que para quitarlas las tienes que pintar cada vez con ese ungüento de los besos que cuestan, con la dulzura de los sueños que regresan donde estaban.


¡Ay que cierto!, ni freno tuvo Bonald para pedir el vino no fuera que lo tomaran por gente de no fiar, ni dejará de contarme mi presencia con mujer libre, “clásica como si fuera un cuadro de Ingres” que dice Paniker o “brillante y veloz como un relámpago” al modo de Marina. Es que hablando de mujeres se me traban las entendederas. Me contará cada vez, beba o no beba, porque la grandeza de lo que emborracha a uno, es la propia medida de su grandeza.

sábado, 1 de marzo de 2008

Eras así


Tus axilas tenían forma de mariposa, lo supe enseguida porque pasaste por mi vida como tal con tus alas de colores vistosos producidos por esas escamillas que las cubrían. Te paraste, eras así, dijiste que no te quedarías y así fue. En el tiempo que cubrimos con tus brillos a la vista, hiciste lo que dijo Umbral en "Carta a mi mujer", una vez muerto, en su póstumo libro: “sabes entrar en la conversación con lo callado.” Porque insistentemente cada vez que hablábamos tú manejabas mi silencio no fuera que se me terminaran ya las metáforas que me quedaban.

Me asombraban los huecos de tus axilas, a veces me los enseñabas, daba lo mismo que lo quisieras hacer o no, otras los soñaba y entre todas las palabras que cruzábamos, estaba eso, que sabías conversar con lo callado. Porque jamás supe de nadie que hiciera ese prodigio de ir diciéndome sin decírmelo, los vuelos de tus alas de colores, tus anhelos que tenías pendientes. Por eso me admitiste y seguirás leyéndome siempre esta manera simple y permanente de entregarme.

No lo puedo arreglar, no existe ni fugacidad ni tránsito, una especie de permanencia porque siempre fui un hombre que no hablaba de futuro, que quiso en el último tramo de su vida enterarse definitivamente si era capaz de esa orgía inmensa de la permanencia en el hueco de su vida propia que tiene una mujer con las axilas que parecen mariposas.

Permaneceré, Bolboreta, lo haré siempre aunque te vayas del todo de mi vida, aunque te empeñes en llamarle recuerdo a esa especie de éxtasis que siempre que escribo cuento. Tú lo sentías cuando me leías. Por eso nunca podrás limitar la validez de mis palabras, si las admitías con tu silencio y tu demanda al tiempo, aún siguen ahí, permanecerán como cualquier evidencia de la vida, que nos gusta notarla, la anticipamos con las manos, la terminamos en el abrazo.

Nunca supe del todo quién eras ciertamente, tenías como una ética de catecismo antiguo, un respeto a lo propio y a lo que te rodeaba. Cortabas las respuestas o ni siquiera las dabas, era una forma estética de silencio, una moralidad que tuvimos y que no impedía que fuéramos los dos como una expresión de los colores propios.

Andabas tan sobrada de estilo que aplicabas cada momento la eterna definición de José Antonio Marina: “es una opacidad que retiene al espectador. Es un procedimiento para que se fije.” Era una parte indisoluble de tu atractivo, una praxis ortodoxa en todas nuestras conversaciones, cortas, esenciales porque podía pasar que llegaran a ser demasiado tiernas con una eternidad que no tuviera medida y no querías, no podía ser, ibas a continuar el vuelo más tarde, del ensueño, majestuosa para que me hiciera hombre entre palabras que habían tenido un único destino: estar entre los dos, evocando lo que me faltaba, recordando poemas olvidados. Te las iba escribiendo porque así todas las cosas escritas acaban siendo ciertas.

Por eso al ver pasar de nuevo por la puerta siempre abierta de este escritorio tan bella mariposa, me he acordado que era igual de cierta y de inevitable: tus axilas así, con esos colores llevaban prendidas en sus alas cada vez el goce secreto que me diste mientras me dejaste estar, fue la medida de mi tiempo, mi manera de acordarme que hay un esplendor interminable, un asombro, una belleza que siempre se puede tener dentro. Te lo escribiré cada vez porque ese es mi límite, mi dolor, mi única posibilidad de sentirme vivo.
Aunque no tenga respuesta lo volveré a escribir de nuevo. Es la única forma de soportar el llanto como antiguo y quieto.