
miércoles, 7 de mayo de 2008
Nuestra propia derrota

VIERNES SANTO

Ahora, hace mucho que no pido nada. Se me da de balde. A más de que pedir es inmoral y contraproducente, blasfemar del Universo. El bien está en desear, echar de menos; si lo logras lo malogras. ¡Ay de aquellos cuyos deseos se cumplen!
viernes, 2 de mayo de 2008
Nos quitamos el miedo mutuamente

Todo eso pensaba viendo naturalmente a una mujer que quizá no la había visto nunca por mi barrio, que ni se había dado cuenta que le estaba mirando insistentemente sus manos. Tenía manos de pianista pulcra, de mujer enseñada a ser mujer y no pedir ya nada porque ya lo tiene. Tenía manos con una madurez obstinada y resistente, manos para quitarse el miedo, de pensar que ambos teníamos bien ocupado el periodo y el método de la madurez, Fue algo parecido a una emoción, a una sospecha de que esas manos, hagan lo que hagan llevaran como la casualidad de un cariño suave y milenario.
Ella se levantó para ir a pagar, yo ni me atreví a pedir mi habitual segunda cerveza, al pasar junto a mí, le dije claramente: ¿me dejas que te diga una cosa? Obviamente sin respuesta pero sin que diera un solo paso, escuchó de mis labios: tienes unas manos preciosas. Gracias, contestó, no como un gesto educado o cortés, sino con la seguridad de que había adivinado que sus manos poseían un cariño coloquial, integrador, milenario y reconfortante.
Gracias, aseguró y siguió su camino, como yo haría luego con el mío habiéndonos quitado el miedo mutuamente a todo lo viniera después.
viernes, 25 de abril de 2008
"Nadie nos enseña a ser viejos"

En suma: nadie me ha enseñado a envejecer y en la próxima entrevista médica para saber cómo se comporta mi cuerpo con la edad, llevaré en lugar de mi dietario analgésico un historial de los pliegues con los que siempre supe besar y domesticar con los labios. Mejor manera de vivir hasta haciéndome viejo.
martes, 22 de abril de 2008
DESCENSO A LOS INFIERNOS

miércoles, 16 de abril de 2008
Amo de la Historia mi propia historia
Siempre he sido un mal estudiante de historia porque la historia de los demás me llama poco, prefiero la reserva neta de mi vida, propia, tranquila, una forma gratuita de entender a las personas y a las cosas para que me entiendan a mí. Vamos a seguir, pues, hasta el final, hasta que llegue el final. Tendré que llamarle hogar a este cuarto que es ya mi costumbre, mi seguridad, mi permanencia. En él está dentro mi lírica, mi lucidez, todas las cosas que yo quiero, la manía de escribir a ratos, tener que contestarle a alguien, cómo estás, qué te pasa, qué forma tiene ya tu vida. Aquí tengo también, el penúltimo intento de no hacerme viejo.
jueves, 10 de abril de 2008
Si pierdo la memoria

martes, 8 de abril de 2008
Cada uno envejece como quiere

Y una página siguiente. Otra vez a contarlo, la soledad me hacía más valiente, decidido esa vez a salir intacto, pero no era así por aquello de los restos que quedan detrás. Con mi puñado de palabras podía pasar una de las dos cosas que gustaran hasta hacer daño. Pero era tan solo ese grupo de sensaciones que se habían producido lo que hacía biografía para mí y para quién las recibía.
viernes, 4 de abril de 2008
Aquí hubiera podido vivir cien años
Me trajiste la imborrable imagen de la casa de nuestra niñez, de esa manzana frente a los puentes que cruzaban el cauce del Turia que contigo compartí muchos años allí. En mi caso, toda mi niñez. Desde hace poco es la lujuria de las imágenes que me traes, sueltas e impacientes en tus desmejoradas bolsas de papel y sus textos donde no cabe más prieto el castellano: cómo poder decir mejor que uno se siente mal “con el humor de los párpados cuajados”. ¡Ay los genes para escribir -frase ajena, el acomodo para vivir!martes, 1 de abril de 2008
Quiero estar de nuevo al completo

Me voy a cuidar para estar de nuevo al completo. Si es preciso “la cubriré de espuma pero dejaré su aroma en su silueta”, intentaré hasta dentro de los sueños ver qué hago con las palabras, sé más de ellas que lo que sé de la vida, recordaré como he contado sus gestos, su manera de arreglarse el pelo hasta más allá de donde le llegaba el pelo.
De nuevo al completo para no dejar de desear a una mujer veinte años más joven y que no exista ningún placer muerto. Seguir así sintiéndome como bajo su hechizo, lo que es capaz de evitar cualquier derrota, convertir el recuerdo de los momentos en lujo y júbilo aunque aún me queden cicatrices en las niñas de los ojos.
¿Qué hace de mi mundo un mundo completo? La certeza de la honestidad conmigo mismo, saber que al lado de una mujer siempre encuentro el lenguaje de las cosas justas; que no me hago viejo porque no quiero hacerme viejo, porque el derecho de cuidarme no me lo puede negar nadie.
Ciento por ciento, medida justa y siempre satisfactoria, un deleite para decirle a quien tengas a tu lado: ¿sabes cuánto te dejaré? Esto que ves, esto que tienes, las declaraciones de los sueños, dar amor porque si no es eso pues va y es como si no dieras nada. Cómo no, una cultura excesiva con su tono su timbre, su verbo, su inverosímil, a veces, ganas de vivir. Ciento por ciento, al fondo no es más que un justo sentimiento de culpa y cuatro cosas más que te lo perdonan todo.
Pues aunque no la tenga, aunque sea una línea de color en el mar voy a ir a por todo, a sentirlo todo, a escribirlo todo, me iré abriendo como una cremallera fácil de bajar –qué bien me vienen las metáforas siempre, os iré contando cómo me voy cuidando, voy a hacer jóvenes las cosas de mi mundo que se han cansado de ser viejas. Pondré orden en mi vida, dejaré de tomar esas pastillas contra el mareo que me producen mareo; ordenaré mis cosas –con esa manía del orden, para que sea verdad esa frase de Borges, “las cosas comunes que nos rodean durarán más que nosotros.”
Vamos a dejar aparte lo que dure cada uno. Lo que quiero es durar completo en esa coincidencia de la vida que no vuelve más. Al completo como si fuera volver al grado cero, al principio. Tengo para repartir mientras tanto como siempre lo he hecho una dosis milenaria de cariño, integrador, y confortante para mí mismo.
viernes, 28 de marzo de 2008
Fui incapaz de tocarte

Haré lo mismo, esperar por si caso, sin leer, sin hacer nada, igual que cuando te fuiste fui incapaz ni de tocarte.
martes, 18 de marzo de 2008
Con zapatos de tacón por casa
Y todavía quedan unos cuantos vestidos en tu armario que no te pondrás ya nunca. Desde entonces entré, desde que te fuiste, en la Verdadera Soledad, es una especie de paraíso, infalible e indeseable.Espéranos, no tardaremos.
jueves, 13 de marzo de 2008
La mujer, esa larga tarea

He conocido mujeres de papel, que una tarde cualquiera fueron de inquietudes mutuas, rozamos como la estancia prohibida en la que siempre tuve la prohibición pendiente. Con Umbral coincido que no es una asignatura fácil –siempre me la dejaron suspendida para Septiembre, porque además de una larga tarea, es una espera, una resistencia para alcanzar como bien sabía de ellas la Yourcenar que su mayor encanto es la disponibilidad.
El mío con ellas, es la necesidad. Es la mano quieta, el cuarto cerca con su existencia en alguna importante ocupación, o su llamada –tantas veces la tuve, como llama una hija desesperada a un padre, a escasos metros, puerta a puerta. Me oía teclear, o el pasar de las hojas de cualquier libro ya leído y yo sin embargo, palpaba su silencio, sabía de su puerta abierta o de la tremenda negación cuando estaba cerrada.
Un hombre sin una mujer cerca es fracaso seguro, se te acaba la vida, la literatura, el sentimiento, todo. Ya me sé de sobra lo que se dicen los hombres, se lo dijeron todo Sócrates y Platón a un tiempo, necesito, en cambio, mi ley, mi permanencia, mi manera de emplear la borrachera de las palabras o la lasitud sexual de los gestos con ellas.
Mi garra y mi resistencia, esa larga tarea menos mal que su longitud me resuelve a diario los motivos donde no sirvo casi. Evoco en la mujer lo que me falta, lo que tienen gratis ellas, una ética que debe ser invención pero que yo no sé cómo buscarla. De verdad que la mujer es mi mejor anhelo, ver cómo me queda todavía el presente y dejar que llegue luego como la fiesta de la costumbre de estar mucho en casa sin tener que festejar nada.
Evoco en la mujer lo que a mí me falla, ellas tienen como dice Paniker “una praxis de creación permanente”, una serie de estímulos, una evidencia que me encanta, la eternidad con que me miden, la espera que siempre estoy dispuesto a disfrutar cada vez que lleguen, siempre que tenga que esperar.
Tengo a veces un extraño equilibrio entre mi lenguaje y mi cuerpo. Me cuesta mantenerlo porque el cuerpo me lo niega en ocasiones y yo no sé cómo exigírselo. Pero entonces me lleno de lenguaje, ni una sola mentira, una indecencia a mano –como decía el otro día, ya que estoy con Umbral, “el culo de una mujer, la curvatura de su alma”, y de inmediato si la mujer la tengo cerca, no olvidarlo, para que ella no lo olvide tampoco nunca, tengo un poderoso mandato en mi tarea con la mujer: una mirada de dimensiones enorme, más bonita que los propios ojos todavía para meterse allí y quedarse con aprendiz de esa escuela.
lunes, 10 de marzo de 2008
Necesito señales de nobleza e indecencias
A esta hora ya necesito señales de nobleza. Di ya todo lo visto, hasta el oficio de mirar por los demás. Me he quedado sin hora, nada más que para escuchar aquellas voces que pudieran enseñarme o a lo mejor transmitirme con colores una manera de soñar sin soñar y a esos colores les llamaré libertad. Ya es buen rato de quedarme con lo real en una eterna cortesía vieja pero sin dejar de contar mis maneras de acercarme.Voy a ello: Si te trata de algo relacionado con eso del amor, saber que me mide y que nos mide, que erase una vez y cuando lo cumplimos supimos de su esfuerzo y su tensión. Dejémonos de niveles a los que llegamos pocas veces bien, en cambio cualquier momento será bueno para beber con lentitud, imaginarse la bodega inagotable de uno y allí pasar la tarde con quien no te pidió nada sino hacer cadena de personas anónimas que luego acaban siendo la abnegación de un abrazo pendiente.
Y en el paso diario de cualquier menester poner empeño en ello: darte cuenta de esa mujer que ha cambiado su peinado por otro peinado o al menos por una forma distinta de peinarse; admirar de aquella chica joven los pechos difíciles por su constante adolescencia permanente; hablar con sencillez, con la enorme sencillez que da la sabiduría aunque uno la tenga todavía pendiente: mirar serenamente, como sacándole la verdad a los ojos de enfrente en ese diálogo insistente en su belleza, constante.
Ya me queda menos de la mañana, ¡caramba que me acuerde de leer al llegar a casa señales de nobleza! de leerlo prácticamente dedicado, sin esperar que sea yo el donante, vendrá a ser al revés de cómo me ha venido ocurriendo siempre, qué fácil –ahora me he dado demasiado cuenta, recibir sin que medie tan solo una breve palabra de sentimiento, sino naturalidad, otorgamiento, preguntas para poder dar luego al menos la belleza de la intención, del gesto entre lo escrito o lo hablado.
Y una vez en casa, administraré estas señales de nobleza, comprobaré que son del todo ciertas, gratuitas, generosas como una satisfacción que viene luego devuelta de algún cuerpo en soledad. Esa especie de música antigua, las luces de los colores de cualquier pintura, la sugestión arraigada luego de las cosas que nacieron sin esfuerzo, las señales que nos unen siempre a algo o a alguien.
Haré, eso sí como necesario complemento, las indecencias que pueda, en el envés del cuerpo como una larga caricia o una especie de deseo para años. Y las haré con el ritual de los sueños pero el encanto de la realidad, con una especie de desprendimiento, una clase heredada de acercarme a la vida ajena, sin preguntar si se puede porque luego no me faltarán ni recursos, ni maneras, ni sobre todo estética.
La misma que utilizo, cada vez que escribo, que pregunto, que tengo que ver por donde aprendo cómo es un ritual para tapar los agujeros.
viernes, 7 de marzo de 2008
El que va a la bodega
Hace días leí en una entrevista a José Manuel Caballero Bonald, celebrada en un restaurante, que diariamente inserta el diario ”El País” en su última página, que a la hora de escoger el vino, el poeta preguntó “¿hasta dónde puedo llegar?” A la generosa invitación del periodista anfitrión, Caballero Bonald se acogía al enunciado de Machado, “gente de poco beber y mucho hablar, son de poco fiar.” Y se enlaza muy bien con un poderoso refrán que estos días alguien trajo a mi página de literatura, “que el que va a la bodega por vez se le cuenta, beba o no beba.”Beba o no beba, en la bodega de la literatura estoy y cada vez necesito más el trago de la lujuria y la sencillez, que nadie que se junte a mis letras y camine sus felices días con ellas, luego me diga que yo sabía que aquel dispendio iba a tener final, trago va, trago viene, porque ahí pongo siempre el sentimiento y el bebercio y ya no lo puedo quitar.
Para mí nunca estará agotado, o caminamos juntos hacia la bodega, se nos cuente o no, la bebida que nos atrevimos beber. Si no, aunque fuerce la necesidad, la espera, la demanda del pregonero, que no me admitan de pasajero porque para el anfitrión tiene también regusto de goce y dispendio. Negarlo o ignorarlo no es justeza.
Quiero si intento llegar hasta las lindes húmedas de una mujer o que no me dejen nunca hallarlas o que el tiempo se me alargue en ellas, infinito, como tiene que ser. Mi trago es la palabra y mi caricia también, pues andemos ese sendero largamente, holgadamente, que nadie lo termine antes, ni sacuda como el polvo de un guardapolvo culpas ni menciones.
Manos y gemidos juntos, ¡cuánto se goza! y prolongado el gozar no le pongamos terminar. He sabido desde que me hice hombre como estaban las cosas al empezar a hablar, he tenido y sentido siempre las manos de una mujer la primera vez como si de una pianista pulcra fuera; he eliminado los empeños de mentirnos y aunque sintiéndome siempre casi muchacho en los andares del querer, era hombre maduro, con métodos educados de adulto, manos oscuras de manchas con vejez de esas que para quitarlas las tienes que pintar cada vez con ese ungüento de los besos que cuestan, con la dulzura de los sueños que regresan donde estaban.
¡Ay que cierto!, ni freno tuvo Bonald para pedir el vino no fuera que lo tomaran por gente de no fiar, ni dejará de contarme mi presencia con mujer libre, “clásica como si fuera un cuadro de Ingres” que dice Paniker o “brillante y veloz como un relámpago” al modo de Marina. Es que hablando de mujeres se me traban las entendederas. Me contará cada vez, beba o no beba, porque la grandeza de lo que emborracha a uno, es la propia medida de su grandeza.
sábado, 1 de marzo de 2008
Eras así

Nunca supe del todo quién eras ciertamente, tenías como una ética de catecismo antiguo, un respeto a lo propio y a lo que te rodeaba. Cortabas las respuestas o ni siquiera las dabas, era una forma estética de silencio, una moralidad que tuvimos y que no impedía que fuéramos los dos como una expresión de los colores propios.
martes, 26 de febrero de 2008
Mi debilidad y mi fortaleza

Soy débil como podría ser –y así me pasa a veces, si fuera siempre niño en las entrañas de alguien como he estado sintiéndome cada vez que me llamaban con esa palabra, niño, mágica, real y preciosa. Trayendo eso sí, entre las palabras la tremenda memoria que siempre da el cariño. Débil como un deseo que trabaja como el viento, ya lo dije en palabra ajena pero propia.
Pero a la vez, necesariamente, tengo una importante fortaleza de comportamiento, el lenguaje de entregar lo mejor propio, eso es entereza para uno y seducción ajena. Una fortaleza –es curioso, para pillarle el tranquillo a la felicidad de algún instante. Fuerte para vencer soledades que pesan más de noche; la dosis de pasión porque nada hago que no lleve la pasión pegada encima. ¿Cómo escribo si no? Construyendo en mi edificio de palabras las claves de una elemental estética para andar por la vida, con un amor a pedazos entre la memoria y la razón.
jueves, 21 de febrero de 2008
Al menos tu voz

martes, 19 de febrero de 2008
Placeres pendientes
Llevo ya demasiado tiempo pensando, temblando por todos los placeres pendientes que debieron seguir dándome porque no se puede dejar así esa deuda que nunca fue un secreto, si no algo a voces, mi sueño, mi posada en mi propio escritorio público. Ahora que ando leyendo una novela de olores, de perfumes que quedaron también pendientes a su protagonista - igual le huele el sexo, el verano, el calor, la siesta, la tarde, la pereza, a mí me huele y me duele lo que hice, me dejaron hacer pero no pude terminar. Y pienso que lo mismo que son imposibles las pausas, los aplazamientos, más insólito y cruel es un final sin una sola respuesta ya.
No es posible que yo lo siga escribiendo, vaya contando todos esos placeres pendientes y no me quede a cambio nada para echarme a la cara, sobre todo en los momentos en que no tengo nada que poder echarme. Es injusto que sepan que estoy, que noten en mis palabras olor antiguo, a tiempo y yo no sepa de lo que sea al menos eso: una palabra presente.
Si incitas al placer, sin concretarlo, es necesario, hacen falta las respuestas, la forma de darlas, el gesto bello que siempre tuvo ese rostro y luego nunca vuelves a ver esos ojos, los más bellos que vistes, una postura con los brazos, una señal al propio empeño porque conseguiste que fuera también constancia de ella. Si entonces contemplar la ausencia podía ser un motivo inevitable y permanente de tristeza, ahora muchas veces es casi razones de desesperación sin que del todo entiendas la rotundidad en la negativa de ahora.
Ya sé que mi pecado fue atreverme como un verbo paralelo al deseo, una necesidad de la propia necesidad, pero si me abrieron los brazos y sentí que me los cerraron luego, que ya no me suelten, no pueden, no deben. Cada instante de la vida es sagrado y extraordinario para los que ponemos en los mismos el amor a la venta, lo mejor, lo más sencillo, lo que no es frecuente y quien lo recibe se da inmediatamente cuenta de ello. Entregamos pedazos que tenemos de estar vivo. Por eso necesitamos que sea igual el instante siguiente.
Y van pasando los días y sigo teniendo pendientes los mismos placeres, las mismas necesidades que empecé aquella vez, aún cercana, todavía próxima porque no había prisa, ni meta, ni tiempo, ni ninguna promesa. Sólo estar como estábamos, eso era un pacto de placer establecido y por eso dije lo que no fui capaz de decirle antes a nadie, y a mí a su vez me dijeron quizá palabras únicas sin saber bien del todo cual iba a ser mi sitio, o sin querer yo saberlo.
Por eso lo tengo todo pendiente y eso duele, debilita mi enérgica manera de ser hombre, me abre libre caminos cuando todavía me siento en el mismo en que estaba. Hasta me parece quedó pendiente un abrazo que no fuimos capaces de darnos: por no poder notarlo, inventarse que te encuentras entre otro ser humano. Ahora la abrazaría prendido de sus piernas, como el final de mi vida, como un niño atrapado y desesperado.
Ya no tengo ni línea recta pensando en ella, me voy dispersando, hasta acabo cayéndome y cuando alguien que me recogió, me pregunta, si estoy bien y qué es lo que me pasó, no supe responderle, dejé que se resbalaran mis lágrimas del antiguo dolor que ya traía, del que tengo a todas horas y no se me va, lo mismo que los placeres los tengo pendientes, como el viento de la edad que me entra cada noche por la ventana y cada vez lo noto, eso, más pendiente.
miércoles, 13 de febrero de 2008
Amo a las mujeres

Amo a las mujeres porque salí desde dentro de una de ellas. Ese lazo de relación que crea el nacimiento dura muchos años, hasta que se te acaba el miedo a los años, dura hasta que lo pierdes y te sientes sin una mujer única para siempre en tu vida.
Amo a las mujeres porque siento una inevitable necesidad de ellas, como una ayuda para que me guste cualquier cosa pequeña, semejante a una curva de ellas, le revuelves un poco el pelo y tienes que llamarla todos los días. Ya desde el principio en su físico íntimo, ellas abren sus muslos y para mí siempre ha sido como un intento de leer sus entrañas, ver lo que me depara el futuro. Ahí estuvo siempre el murmullo de la literatura, un fenómeno que no puedes creértelo, pero que es cierto, llegan antes que tú a todos los sitios, maduran cuando a ti no te habían enseñado en qué consistía eso de la madurez.
Amo a las mujeres como un observador emocionado, fueron siempre perlas en mis penumbras, -sus labios vaginales discretos, un vértice regularmente plegado para buscar un permiso de humanidad y admiración. Ni guapas ni feas, mujeres, es suficiente, que afortunadamente nos ganan casi todas las partidas.
Hoy le leía a Isabel Coixet su defensa radical sin feminismo, "las tetas importan aunque molesten a las feministas" y se basa en el guión de la película que le dio Roth: "el cuerpo tiene más memoria que el cerebro." Porque en su cuerpo he vaciado noches enteras como no había otra forma de ocuparlas, de liberarlme. Con su cuerpo en mis manos lloraba todo lo que me faltaba, eran sus muslos, sus axilas, simplemente la palma de sus manos.
Y como una vez me aprendí de Catherine Millet: "copular respondía a una necesidad más amplia; abrirme un camino sin asperezas en el mundo."
Eso he hecho, eso le debo, a eso me ayudaron junto a dos factores del hombre poco habituales creo: una entrega con forma de sumisión, que no le resta jamás hombría al hombre y una tabla de valores donde cuando están superiores hay que saber decirlo, sin cuotas ni porcentajes, con humildad y reconocimiento. Así lo hice en el trabajo, en la amistad con ellas, en la simple convivencia, el factor más difícil que tiene la vida.
Prefiero que me tengan a tenerlas, que me den conmigo generosamente su belleza interna, su forma de amar, su lenguaje que parece que viene de atrás cuando tienes las manos puestas, cuando son comida para tus manos y debes llegar con la petición de permiso que sólo tiene un hombre generoso o enamorado. Ya me tiene, ya no hay frontera entre el alimento y el cuerpo, hasta se quedan al margen las palabras que yo siempre tengo. Pero sentía un dedo en la boca, una orden de silencio, una voz enérgica, ¡calla! porque si hablas me puedes. Y con esa carencia de lenguaje, aún así, amo a las mujeres, respeto y demando a las mujeres, como si todo estuviera aún por decidir.
Tengo compromisos sociales para días siguientes: ir a la ópera al Palau y también cenar en un sitio acogedor y preparado una noche que llaman de los enamorados. El amor más completo no lo perderé jamás. Disimularé con unas flores, pero pondré luego en su muñeca una pulsera de plata porque ella sabe que amo a las mujeres.
Tengo permiso permanente para escribir que son todas ellas como un fruto del desierto, duro a veces en su corteza pero fresco e inagotable por dentro.
martes, 12 de febrero de 2008
CAPUCHINOS DE BRONCE

Por Tristao
El día estaba por romper, había precedido plenilunio, que es cuando los arúspices predicen los mayores males. Y cortaron la corriente eléctrica, como hacen siempre cuando se desbaratan las nubes y el cielo empieza a soltar injurias, como lo hizo ayer. Así que aguardé tendido en la oscuridad en posición fetal, allí agachado hasta que pase el nublado y poder ensillar, recorriendo errático mis pasos, arrumbado en el desván de los recuerdos el día en que alcé el vuelo y me salió al paso la libertad, rezando por lo bajito: ¡Oh Dios!, si es que hay Dios, guarda el jardín de mi alma, si es que tengo un alma. De la escalera subía llanto de niño, un recién nacido que llora suavecito al amanecer, olor de orín del hierro ensopao.
Al punto me entró un sueño atrasado. Y, cuando desperté, entraba ya por las rendijas la luz lechosa del alba, dando paso a la dejación y al olvido, cesaba el rigor de invierno, escampaba. Atrás quedaba la angustia que genera monstruos y te hace creer que es sangre lo que solo es agua, las preces con que se invocan a Santa Bárbara no más que cuando truena, que gracias pedida velas encendidas, gracia lograda, ni velas ni nada.
Bandadas de alcaravanes sobrevuelan el huerto, me reconcilio con la vida y me sosiego, el corazón a buen recaudo que, expuesto al aire húmedo, se oxida.
Para Fran. 70 años después volvemos a jugar; ahora a juntar palabras.
sábado, 9 de febrero de 2008
La derrota que uno elige

Que nadie que me quiera sienta nada más que lo que siento yo, como Panero: “el derecho a mi cansancio y mis heridas”, todos lo sentimos, todos las tenemos. Todo viene quizá con un tinte unamuniano que traía ayer Susana Fortes cuando hablaba en “Gambito de caballo” –impecable artículo, sobre la muerte de Fischer, ese genio, ese Dios que me trajo al recuerdo las horas que he pasado estudiando de madrugada sus partidas y las que yo terminaba de perder porque siempre que jugaba esa variante de la siciliana había entregado pieza antes de tiempo.
No me pasa nada, nada para quienes me quieren, me leen, me dicen que me leen, es que estoy hasta arriba de amaneceres leyendo para poder aprender a escribir un día. Borrás, el de “Pre-Textos” ya me lo dijo, para saber escribir hay que habérselo leído casi todo antes. En ello estoy y llevo puesta encima el inagotable retraso de mi tiempo, no me hacen falta sueños ni recuerdos, sólo tiempo, porque no tenerlo es un volante de amargura inevitable.
He elegido esta derrota que es la forma de ganarme alguna victoria. Antes que nadie apelaré a mis sentimientos, los destruí yo solo como una fiera herida que busca lo que le queda de la vida. A mi nada me puede porque todo me lastima demasiado y de ahí salgo ganador: de contarlo.
En mi enorme base de datos de lo que escribieron los demás, pongo las comillas donde quiero, fueron libros sólo cuando yo estaba leyéndolos, cuando escribía en ellos lo que los haría viejos pero propios. Así he ido anticipándome a lo que se me venía encima, lo he ido poniendo en una especie de hueco lleno de palabras para usarlas luego.
Y procuro al usarlas a ver si posible anticiparme como hace la mujer. La anticipación es lo que excita, lo que viene luego no se sabe porque lo que más te hace falta nunca lo tienes: una camisa abierta más de lo decente; un beso para recrearse, gratificante, relajado, un esfuerzo mayor del que tú haces, nunca tener bastante, ése es el poder que intento, palabra va, palabra viene como hace cualquier poeta en una búsqueda obsesiva de expresar lo que siente.
Me quedaré en la derrota de no poder llegar a ello, pero inquiero, anhelante de una respuesta como cualquier mujer con el pubis encendido. Y si no tengo a nadie sin acordes ni abrazos para quedarse entre los papeles, constante a mis acordes; o calzado todo terreno para volver a caminarlo, entonces, me equivocaré de nuevo sin ayuda de nadie, con ojos de cansado, sin prendas corporales. Me equivocaré y volveré de nuevo a la seguridad del sentimiento trágico de la vida unamuniano, que citaba la Fortes; releeré más de veinte mil registros de Acces que pasé un día, ficha a ficha, perfeccionada sin una sola errata; despejaré de una vez una mesa de libros amontonados que no sé cuándo leeré.
Y a lo mejor como cuenta Susana Fortes que hizo Fisher al final de sus días, intentaré regresar a la única época que me queda con recuerdos todos limpios: una vieja librería donde vendía libros que no iba a cobrar pero en donde como Fisher en sus tardes felices de su barrio de Brooklyn, me sentía Dios.
Él lo fue entre 64 casillas con su apertura de peón de alfil de dama en su guerra frente a Spassky. Murió a los 64 años también. Yo a mi modo, cada madrugada con los cómicos, recién terminada su representación y que en aquel trasfondo, en aquel infierno de libros prohibidos de mi librería empezábamos en cambio de nuevo una nueva borrachera.
Ése es el mejor recuerdo que me ha dejado libre la vida para elegir mi forma de derrota y contarla después.
lunes, 4 de febrero de 2008
No quiero que pase definitivamente todo

Dice con la solemnidad que le caracteriza que “no hay prisa”:
“Deja que pasen estos años, /son pocos ya, sé paciente y espera/ con la seguridad de que con ellos/ habrá pasado/ definitivamente todo.”
Preferí ser muchas veces impaciente, me lo echaban en cara, pero ahora quiero volverlo a ser porque habla González de una seguridad, peligrosa y paciente en la que luego “habrá pasado/ definitivamente todo.”
Pues no quiero que pase lo más mínimo, quiero hacer nuevamente mía mi impaciencia, recuperar si es preciso cosas olvidadas adrede, señales que al recordarlas me devuelven al sitio donde se llora también adrede.
Es curioso, hasta un pequeño mecanismo del que hablé una vez entre estas líneas por su origen –un obsequio con origen no lo tiene todo el mundo; por su uso después, una música que me llegaba cada noche, sin escogerla, obsequiada también, me impulsaba muchas veces a intentar sacar ventaja hasta al amor.
He pasado muchos días como quién ha llorado entiende, que ni la música me acompañaba en mi caída: “Y me vuelvo a caer desde mí mismo/ al vacío, a la nada.” De nuevo Ángel González.
Pero como quiero que no pase definitivamente todo, he disfrazado los enseres más queridos, el entrañable obsequio con origen lo he puesto otra vez en marcha, a otra hora, como si así fuera una manera distinta de oír música, lo utilizo muy de mañana, -al contratio que antes para vencer el insomnio de las madrugadas, para suprimir la más mínima posibilidad de que vaya a cumplirse esa ausencia de prisa del poeta, esa paciencia, esa espera. Mi iPod me devuelve precisamente la paciencia, me acompaña en la espera.
Porque me resisto, cuesta hacerlo, piensas en tu escaso valor cuando entregabas tu completo territorio, tu tristeza, tu soledad que creías te entendían y te la quitaban, la sucesión con interés de las noches y los días, la manera de esperar propia e impaciente. Detrás estaba la esencial e inevitable lentitud que ya tiene la vida, mi pretexto cada vez que me necesitaban. Que no era suficientemente cierto, pues se pudo terminar y dejarlo estar en un simple recuerdo.
Pero yo con mi actitud, despertada en los versos del poeta, he tomado la decisión de que antes que pase definitivamente todo y nadie pregunte ya qué tal te va la cosa, aún me queda quizá en los ojos, como prendida, la alegría que puede todavía aportarme cualquiera, la ilusión, la caricia a un hombre que fue capaz de darlo también “definitivamente todo”.
Es curioso, me vino sin esperarlo esta mañana, casi como una forma de comenzar el camino de recuperar ilusiones perdidas, un encuentro con el papel por en medio, -dinA4 verdad, me dijo ella y un capricho en forma de Faber Castell, un capricho por volver a verla. .
jueves, 31 de enero de 2008
La victoria de las derrotas
Hace días lo dijiste, nos hemos encontrado entre las palabras –es normal, no creas, porque allí suele estar casi todo. De todos modos vienes siempre hasta mí con unas límpidas bolsas blancas de papel, ni arrugadas por el uso, tal vez tengan en un hueco la insistencia de tu mano por llevarlas. Dentro de ellas, cada vez, cualquier imagen me sorprende más. Bien reciente: “Like starled, linens and underwear flap in the Meditteranean sun baking old Palermo's rugged Albergheria" , antesala de este escrito, o "Palermo, Sicily, 1027" y tu frase al reverso que no tiene más registro que tu propia memoria. Se tambalea mi persona y la de cualquiera: “Cada uno es como Dios lo ha hecho y, a veces peor.” Tú tienes en ese encuentro de palabras, añoranzas de las que yo no me acuerdo, propias de la vida que vivimos, eres para mí ese país antiguo de los recuerdos que todos tenemos, las voces que nos acompañaron como sentencias cumplidas. Cada día que me las cuentas ando almacenándolas. A pesar de la edad no hablamos de enfermedades, nos miramos y llegamos el otro día ambos a la conclusión que era cierta, aquella frase de nuestro padre: "la salud se ve". Cuando le preguntaban si era médico, siempre contestaba, "lo menos que puedo." Ni comentamos la sexualidad que aún nos queda, enhiesta, culmen de nuestro vicio.
Hablamos de lo que han escrito los demás, de esos autores que ya no leo y que fueron haciendo tantos años, biblioteca en mi biblioteca. El otro día Hemingway el hombre hecho pedazos pero ajeno a la derrota, o el propio Borges cuando sentenció: "Mi padre escribió, pero tuvo la decencia de no publicar jamás." Tú aún lo has hecho con esos micro relatos precisos para tu expresión de cada momento. En cambio, yo ya lo ves, me refugio en este mundo de escribir deprisa, que a alguien le guste una metáfora y luego ya no queda más, sino la insistencia, ese "tropo que consiste en usar las palabras con sentido distinto del que tiene propiamente, pero que guarda con éste una relación descubierta por la imaginación" (María Moliner)
Si me quita la imaginación y el sentimiento al decirlas, al decírselas a alguien, no me queda casi nada. Me he de esconder medio abrazado para que cuando se terminen la ilusiones y se conviertan en recuerdos bien recientes, un horror, espanto, esa senectud de la memoria, que al final no valdrá nada lo que vengo escribiendo más de quince años en este sugestivo escritorio público. No tienen apoyatura verdadera porque si una vez creo haberla encontrado, me quedo de repente sin ella. Te acuerdas, "el andamiaje de los sentimientos" que me leíste y te gustaba.
Prefiero, qué duda ya me cabe, habernos reencontrado entre las palabras. Ya se me va terminando esta forma de escribir, ir a decirlo y no decirlo del todo que casi no se entiende, como si lo tuviera todo aún sin decidir porque son muchas más las cosas que no se dicen que las que se dicen. Y no pasa nada, le queda a uno la desesperación del ángulo de que hablaba Pascal Quinard. Soporto nada menos que las heridas que ya no se desangran por el hueco del recuerdo. Nos las vamos curando entre palabras, con una desnudez sumisa frente a ellas que oculta un fondo de congoja y de derrota imposible de explicar.
Es lo de menos: las derrotas son las únicas victorias que valen la pena. No sé si te lo dije
A degüello

Despierta la ciudad. Hasta la cama me llega el trajín del tráfico mañanero, la algarabía de pájaros moribundos que es mi música interior, mi pena. Que yo andaba altivo y desdeñoso y éste revés del final de Andrés me tiene humilde.