Salimos de un útero pero antes de volver a entrar dentro de otro necesitamos que nos tomen de la mano como un niño que no sabe, que le va a venir grande la vida. Porque dentro de una mujer, desde dentro, consolidarnos en el sexo, hacerlo bien para siempre nos parece muchas veces imposible, como náufragos de úteros que no supieron saber ese oculto sentido que siempre está dentro de una mujer.Luego fuera, tenemos que aprender hasta la parte hablada de todo, diferenciar el color gris de los colores, la estampida de la vida, ya salimos del sitio y emprendemos un camino con la vida, “hasta que la muerte nos separe” como un matrimonio bien avenido en una competición de felicidades e infelicidades complicada. Más adelante mezclaremos salud y enfermedades revueltas buscando un difícil equilibrio, un sitio y a lo mejor ese lugar vuelve a estar dentro de una mujer soñada con lecciones de una vida mejor hecha.
Da lo mismo, hay que hacerse a la idea, ellas con su cuerpo tienen una fortuna que puede tenerlo todo, nos trajeron, nos mantuvieron cada vez, cada instante que la carne reclamaba otra vez su carne, nos acompañaran luego, evitarán muchas veces que nos estampemos contra huecos ineficaces de soledad y de silencio, como si dijeran vente de nuevo dentro, allí lo tienes todo, sonriente, quieto, acomodado y único.
Qué placer y qué misterio, allí dentro, ni piensas en el futuro, ni te hace falta el sufrimiento, se trata de un aprendizaje humilde y brillante, mezclas a la vez cargamentos de placer, trozos de los que estamos hechos, pruebas qué se puede hacer con el material humano, con la paz insoportable que tiene dentro una mujer. Siempre cabes, siempre tienes sitio, se trata de saber buscártelo, de reconocerlo, al salir y mientras estás allí. Es una dependencia de la vida que te debe crear toda mujer.
Contaremos las satisfacciones aparte, las vibraciones, los ritmos propios siempre acordes porque ellas marcan la pauta y tú la sigues, a veces recuperas allí, la esencial lentitud que tiene la vida, tu vigor necesario, tu aprendizaje de hombre, tu manera de ser, la invención cultural de tu lujuria, tu lirismo romántico y sin resaca.
El mejor sitio, imperioso y hondo, labios precisos de una mujer, formas de su vulva, identidades importantes a medida como una lección de intimidad que no debes defraudar. Allí dentro hay una paz cargada de sensatez y de memoria, de historia propia y de ella, de sabiduría, no sé, de lo que no tienes en ninguna otra parte.
Hasta he pensado que me puedo quedar sin historias para contar, no me harán falta ya: ni el poema olvidado, ni narrar el desgaste cotidiano, el escozor del gusto, el suspiro de la queja. En el mito sagrado de la fornicación se elige una certeza de lo que sucederá, pero luego dentro hay un mundo propio que escoge la mujer, doméstico a veces, irreversible, único, exigente y preciso.
No hace falta narrar esos momentos, sólo basta tenerlos, olvidar la castidad de la memoria e intentar comprender que es con ella, dentro y fuera de ella donde está el camino y salida de la vida de todos los hombres, su prestigio luego, su deber de recordar lo que le dieron dentro, lo que le mantiene fuera.
A Alicia Giménez Barlet le leí una vez que “nadie quiere otra cosa que ser escuchado”. Pues escucharme y leerme, sin “para” ni “por qué” dentro de una mujer estará siempre la alcancía más hermosa que puede obtener un hombre por haber salido de ella.
Mi respeto, mi veneración.




















